Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de abril de 2021)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Mi misión es la de ser un testigo de la verdad, decía Jesús a Poncio Pilato. Y este le preguntaba: y la verdad ¿qué es?

Sí, hermanos y hermanas: y la verdad ¿qué es? Nos podemos preguntar como se lo pregunta tanta gente en nuestro contexto cultural tan dado al subjetivismo y tan atacado por las noticias falsas. Y la verdad ¿qué es? Jesús en el contexto del interrogatorio de Pilato no responde a la pregunta. Pero a partir del contexto de todas las palabras de Jesús, podemos responderla. Aquí la verdad no hace referencia tanto a la correspondencia objetiva de lo que se dice con la realidad de los hechos, como una palabra de la que te puedes fiar, una palabra fiel, que no falla ni decepciona. Jesús ha venido a ser un testigo de la verdad. Y podemos distinguir tres ámbitos de la verdad que testimonia. El primero es el de la verdad que es Dios, y de la verdad que es Jesús mismo desde el momento en que ha venido al mundo porque el Padre le ha enviado y que quien lo ve, él, ve al Padre (cf. Jn 12, 44-45). En un mundo lleno de incertidumbres, frágil y pasajero, tal como nos muestra cada día la pandemia de Covid, donde nada nos puede dar una seguridad plena y total, Jesús da testimonio de la verdad que es su palabra, de la verdad que es su amor que salva. Todo lo que ha predicado, todo lo que ahora está viviendo, desde su detención en el huerto de los olivos, en el juicio ante el Gran Sacerdote o ante Pilato, en la tortura y en la ejecución que vendrán, todo es para testimoniar la verdad del Padre y de su amor sin límites (cf. Jn 13, 1).

Jesús es testigo de la verdad de Dios. De un Dios lleno de ternura y por ello rico en misericordia. Pero, en un segundo ámbito, es, también, testigo de la verdad del hombre, de todo ser humano. De lo que cada hombre y cada mujer son a los ojos de Dios: creados por amor y revestidos de una dignidad inalienable. Dios no quiere la marginación de nadie, ni la explotación, ni la violencia, ni el asesinato, ni la muerte eterna. Por eso cuando Pilato presenta, a la gente que pedía la condena, a Jesús flagelado, coronado de espinas y con un ridículo manto de púrpura, les dice: he aquí al hombre. El hombre sufriente, el hombre marginado, el hombre humillado, el hombre abocado a la muerte. Jesús en su pasión y en su cruz toma sobre sí mismo todo el sufrimiento de la enfermedad, de la pobreza y de la marginación, de la violencia de tantas clases, los que tienen que emigrar o de huir, los excluidos y despreciados socialmente, de los que son víctimas de sus debilidades y de su pecado. También de cada uno de nosotros. Jesús es el hombre que toma sobre sí mismo todo el sufrimiento del mundo para vencerlo, para liberarnos. Es el hombre que enseña a amar sin condiciones, a perdonar generosamente, a dar la vida gastándose por Dios y por los demás.

En un tercer ámbito, Jesús es el testigo de la verdad de la historia. Él es el Señor, tiene la soberanía de la historia. Él es su centro, desde el momento que todo ha venido a la existencia por él y todo se encamina hacia él (Col 1, 15-16. 18). Y él, que ahora contemplamos tan débil y condenado a muerte, será el juez al final de la historia para vindicar los derechos conculcados a tantos hombres y mujeres del mundo, para pedir cuentas a los que hacen el mal, para examinar cómo habremos estimado ( Mt 25, 31-46) y para reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 3, 17-21; 12, 52). Aquellos que, por ser de la verdad, habrán escuchado su voz y habrán vivido amando y sirviendo como él.

Por eso sorprende tanto el grito de: fuera, fuera, crucifícale. No quieren escuchar el testimonio de la verdad. Les estorba, pone en cuestión sus convicciones demasiado humanas. Fuera, fuera no es sólo el grito de la gente ante Pilato cuando sospechaba que quería soltar a Jesús. También hoy, en nuestras sociedades, hay quien no quiere la presencia de Jesús. Unos lo ignoran porque no les interesa su persona y ni su palabra. Otros toman una actitud más o menos hostil porque la persona y la palabra de verdad de Jesús cuestionan su comportamiento. La vida y la enseñanza del Señor siguen siendo incómodas, provocativos, también hoy. El estilo de vida, los criterios, las urgencias, los afanes de poder y los intereses políticos o económicos de muchos en nuestra sociedad, topan con la verdad de Jesús. También los hay que se sienten incómodos con su pasión y su muerte, porque les recuerda que debe ser primero el amor plenamente gratuito y dado a los otros hasta el límite, les recuerda el valor de la humildad frente al poder, les recuerda la injusticia que es la condena de un inocente y la gravedad de matar por intereses inconfesables. La muerte de Jesús se hace incómodo, también, a algunos porque, atareados como están con sus cosas, sus negocios, sus vacaciones, sus evasiones, les recuerda que la muerte es insoslayable y todos tendremos que afrontar en un momento u otro. En cambio, los cristianos debemos continuar testimoniando que el Crucificado es el único que salva el mundo, que su muerte en la cruz ha vencido la Muerte y es fuente de vida y revelación de Dios, que en él está la respuesta a todas nuestras preguntas y a todos nuestros anhelos, que su soledad ha vencido todas las soledades. Él, elevado la cruz, transforma la muerte humillante e ignominiosa a que lo condenaron en una revelación del amor que quiere atraer a todos hacia él para llevar a todos hacia la plenitud (cf. M. Delpini, Homilía de vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 2019).

La cruz de Jesús hermana a quienes compartimos la fe cristiana. Por ello, el Papa Francisco pide, también este año, que, mientras hacemos memoria del gesto supremo de amor de Jesús en la cruz, nos acordamos de los cristianos que viven en Tierra Santa y en Oriente medio, los que han vivido, y viven, doblemente los efectos de la pandemia, porque la han sufrido ellos también y porque ha provocado la ausencia de peregrinos y, por tanto, la caída de puestos de trabajo y la falta de recursos en muchas familias, además de las situaciones precarias que algunos cristianos tienen debidas a la violencia o las sanciones económicas que afectan s algunas de aquellas tierras. Somos invitados, pues, hoy a hacer nuestra aportación a favor de estos hermanos nuestros en la fe.

En este Viernes Santo, agradecemos la coherencia y la verdad de la cruz de Jesús que lleva la salvación a quien lo acoge y que cura todas las heridas de los que se le acercan con fe. Si le abrimos el corazón y la inteligencia conoceremos la verdad y la verdad nos hará personas libres (Jn 8, 32). Conoceremos la verdad que es la realidad de Dios revelada por Jesucristo que comunica la plenitud de la vida verdadera. Y seremos libres, no tanto con una autonomía interior o con la libertad de movimientos, sino libres ante la mentira y la muerte y con capacidad para vivir, gracias a la acción del Espíritu Santo, en la comunión del Padre y del Hijo en un proceso creciente que culminará en la vida eterna que nos abre la cruz de Jesucristo.

 

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