Solemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2021)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo (cf. respuesta al salmo). Lo hacemos, hermanos y hermanas, porque el nacimiento de Santa María es el término de todas las expectativas del Antiguo Testamento y el anuncio de la llegada del Salvador. Ella es la aurora que, después de la oscuridad de la noche extendida durante muchos siglos sobre la humanidad, precede el sol resplandeciente. Ella es la destinada a ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).

El evangelio que nos ha proclamado el diácono era, a través de una serie de nombres de personajes bíblicos, la síntesis de la historia del pueblo de la primera alianza. Nada, pues, de una lista monótona y aburrida. Sino proclamación de la fidelidad y de la gracia de Dios que llegan a su culmen con el nacimiento de la Virgen y, aún más, con el de su hijo Jesucristo. Detrás de cada nombre hay una historia que nos hace ver cómo, tal como decía san Pablo en la segunda lectura, Dios lo dispone todo en bien de los que le aman.

Por eso hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo. El nacimiento de Jesús, tal como nos es presentado en esta lista, es un acontecimiento único, fruto de la gratuidad amorosa de Dios. Pero bien insertado en un pueblo y en una familia concreta. La lista nos atestigua que Jesús, a pesar de su origen divino, es realmente hombre, verdaderamente «nacido de mujer», como dirá San Pablo (Gal 4, 4).

Es una lista, sin embargo, que, a la luz de los libros de la Sagrada Escritura, refleja una serie de debilidades humanas y gracias de Dios. Constituye una muestra de cómo Dios va llevando a cabo con firmeza y amor su plan de salvación a través de la historia humana. En medio de los altibajos de las personas y los hechos de cada día, incluso cuando puede parecer que no hay razón para la esperanza, como en el tiempo de la deportación a Babilonia. También entonces Dios llevaba adelante su plan hasta llegar a Santa María y el nacimiento de Jesús.

La gratuidad de Dios queda remarcada aún más en la mención que hace el evangelista de cinco nombres femeninos. Puede parecer sorprendente que en una lista hecha a partir de los nombres masculinos -que eran quienes daban la descendencia legalmente- haya unos nombres de mujer. Y no son los nombres de las mujeres más ilustres del Antiguo Testamento, como podrían ser Sara, Rebeca o Raquel. Los cuatro primeros nombres femeninos citados son personajes de una vida moralmente poco clara. Son: Tamar, mujer de un comportamiento muy dudoso con su suegro Judá; Rahab, una mujer pagana, prostituta, pero que llega a creer en el Dios de Israel y ayuda al pueblo de Dios; Rut, una mujer sin lacra moral y de una fidelidad probada, pero que era, también, pagana y de un pueblo que según la Escritura no debía ser nunca admitido en la comunidad del pueblo de Dios (Dt 23, 4 -5); ella, en cambio, creyó en Dios y fue incluida en el pueblo de Israel hasta llegar a ser la bisabuela del rey David, el precursor por excelencia del Mesías. De la cuarta mujer no nos es dado el nombre, pero sí que nos es presentada como mujer de Urías, también ella extranjera, esposa del general Urías; con ella David cometió adulterio y, después de hacer morir el esposo, la tomó por mujer y de ella tuvo Solomon, el rey. El rasgo característico común a estas cuatro mujeres es la no conformidad con las normas establecidas. Pero a pesar de la sangre extranjera, pagana, y en el caso de algunas a pesar de su conducta reprobable, el plan divino de salvación se realizó a través de ellas. Ellas entraron en el linaje del Mesías, son, pues, de la familia de Jesús. Nada ha sido capaz de interrumpir el curso de la bendición de Dios: ni los errores políticos y religiosos de los reyes mencionados en la lista, ni los pecados personales o colectivos, ni la no pertenencia al pueblo de la alianza. Toda la genealogía contiene un mensaje de universalismo y de gracia, subrayado aún más por los cuatro nombres femeninos. Y deja bien claro que el plan de Dios puede topar con las obstáculos que pone la libertad humana, puede tener que hacer eses, pero la fidelidad de Dios no hace marcha atrás, siempre sale adelante su propósito movido por su amor fiel a la humanidad formada por pueblos muy diversos.

En la lista, también hay nombres masculinos alabados por la Escritura. Son los que, con esperanza, confiaron en las promesas de Dios e intentaron vivir según sus mandamientos. Pero de muchos otros la Biblia hace un juicio negativo. Y a pesar de todo, son antepasados ​​del Mesías.

Jesús, pues, sintetiza en esa lista a toda la humanidad: judíos y paganos, buenos y pecadores. Jesús es amasado de la misma masa humana que nosotros. El Dios Santo a la hora de dar cumplimiento a las promesas se pone a nuestro lado, como uno más; y se abre camino a través de la debilidad y del pecado de los seres humanos.

La lista, antes de llegar a Jesús se detiene. Y hace mención de María. Es el quinto nombre femenino pero destacado en la manera de presentarlo. Ella tiene un papel mucho más importante y decisivo en la venida del Mesías, Hijo de Dios. El evangelista remarca su maternidad virginal, fuera, pues, del ritmo que ha marcado con la mención de todos los predecesores. El evangelista San Mateo remarca significativamente la gratuidad divina de la maternidad de María. En nuestra traducción no se puede expresar demasiado bien. Pero en el original griego se ve como la Madre de Jesús es puesta al mismo nivel de los nombres masculinos. A través de San José pasaba a Jesús la descendencia legal de David y de Abraham. Pero su origen humano sólo proviene de María.

Por ello, hoy todos aclamamos al Señor llenos de gozo. Con el nacimiento de la Virgen se inicia la aurora de la salvación definitiva. Todo vuelve a tener sentido. La oscuridad y la debilidad empiezan a no ser la realidad definitiva. El pecado puede encontrar el perdón. Y a través nuestro, frágiles y pecadores, continúa abriéndose paso la obra de la salvación como lo hizo en los siglos anteriores a Jesucristo. La última palabra no es la tiniebla, el mal y la muerte. La última palabra la tiene la victoria de Jesucristo, en la que participamos en la Eucaristía. ¡Hay, pues, razón -y mucha- para la esperanza! El evangelio de hoy que es fuertemente evangelio de la gracia, nos lo hace ver.

Dios lo dispone todo en bien de los que le aman. ¡Aclamemos todos al Señor llenos de gozo!

Abadia de MontserratSolemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2021)

Apocalipsis 11:19; 12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Tal como acabamos de escuchar, es, hermanos y hermanas, el cántico de María en la Visitación. Al meditar en su corazón el Misterio de la Encarnación del cual ella es depositaria, estalla en un canto de alegría y de agradecimiento: Dios ha mirado la humillación de su esclava y ha obrado maravillas en ella: la ha hecho madre del Cristo. La maravilla de la Encarnación del Hijo eterno del Padre nos hace ver la magnitud sorprendente de la ternura de Dios por la humanidad y cómo su amor se extiende de generación en generación.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de María, la Virgen, en su Asunción. La más humilde entre las sirvientas del Señor «entra radiante» en la gloria celestial (cf. canto de entrada). Y su espíritu se alegra en Dios, la hace participar plenamente de la Pascua de Jesucristo. Una nueva maravilla que el Todopoderoso ha hecho en la humildad de su esclava. Hoy contemplamos gozosos cómo la resurrección de Cristo es realmente el inicio de la glorificación y de la entrada definitiva en el Reino de todos aquellos que por la fe y las buenas obras siguen el Evangelio. María, que ha ido por delante de todos en el seguimiento de su hijo, nos precede también en el camino hacia la vida eterna. San Pablo nos decía, en la segunda lectura, que cada uno resucitará al momento que le corresponde: Cristo como primicia,… luego todos los que son de Cristo. La primera de los cuales es, según la fe de la Iglesia, Santa María. Esta realidad hoy particularmente nos llena de alegría. Y nos estimula en nuestro camino de cristianos, porque nos muestra cuál es la meta, cuál es el término hacia dónde nos encaminamos: participar de la plenitud pascual de Jesucristo y, por tanto, encontrar nuestra plenitud personal, en la felicidad eterna, sin dolores ni llantos.

María es Asunta no tanto por haber sido la Madre del Señor como por su santidad extraordinaria de vida. Nos lo enseñan todos los relatos evangélicos que hablan de ella. Pero ahora, como síntesis de todos, quisiera recordar uno, el que ha sido proclamado en la vigilia de esta noche. Cuando una mujer, queriendo honrar a Jesús, grita entre la gente: Feliz la que te llevó y los pechos que te criaron, Jesús enseña que María no es afortunada por ser biológicamente su madre, sino por haber escuchado la Palabra de Dios y haberla guardado; es decir, por haberla meditado en el corazón y puesto en práctica durante toda la vida. Ha sido su obediencia en la fe lo que la ha predispuesto a recibir la Encarnación del Hijo de Dios. Y ha sido, aún, la obediencia de la fe hasta la cruz y hasta Pentecostés, lo que la ha llevado a la gloriosa Asunción. Porque ha vivido la humildad entra en la exaltación celestial.

La humildad es inseparable de la obediencia de la fe. María sintetiza en su persona la actitud espiritual de los pequeños y sencillos alabados por la Escritura. Y es que la acogida de la Palabra y la obediencia que conlleva sólo son posibles desde la humildad. Por eso, el Señor enaltece a los humildes, mira la pequeñez de sus sirvientes, colma de bienes a los pobres y los hace experimentar su amor entrañable.

Es sobre todo la fidelidad humilde de María, pues, lo que la hace feliz, lo que la hace bienaventurada; lo que la hizo feliz en su vida terrena y que la hace feliz por toda la eternidad en la gloria del Reino. Por eso la Iglesia, de generación en generación, la proclama bienaventurada. Y ella, en la presencia de la Santa Trinidad, continúa eternamente su canto de alabanza y de acción de gracias: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Este es el canto, también, de la Iglesia, que se siente pequeña ante la inmensidad y la santidad de Dios, que se siente débil ante el mal del mundo, que se siente pobre por los pecados y las limitaciones de todos sus miembros, pero que se sabe habitada por la fuerza del Espíritu, que se sabe Esposa amada de Jesucristo, lavada, purificada y santificada por su sangre. La «Virgen y Madre de Dios, asunta al cielo, es imagen y primicia de la Iglesia gloriosa, modelo de esperanza cierta y consuelo del pueblo que camina», tal como lo proclama la liturgia de hoy (cf. Prefacio). Cantemos cada día el Magníficat, con su fuerza consoladora y su fuerza profética, juntando nuestra voz a la de toda la Iglesia, movidos por la esperanza – «cierta», como dice la liturgia- de llegar, cuando termine nuestra carrera en la tierra, allí donde ella ya ha llegado.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de nuestra comunidad monástica y de los peregrinos reunidos en esta casa de la Virgen. Desde su Asunción, María está espiritualmente presente en todo. «Su santidad ennoblece todas las Iglesias», canta la liturgia del 8 de septiembre en la fiesta de su natividad. Y, ciertamente, desde hace siglos este santuario es ennoblecido por la santidad de la Virgen; aquí se ha querido hacer presente en espíritu y obra maravillas, ni que a menudo sólo sean conocidas en la intimidad de los corazones. Venerar a la Virgen, como hacemos en este lugar, pide reproducir más en nosotros el modelo que encontramos en ella en la acogida de la Palabra del Señor con un corazón humilde y disponible y ponernos a disposición de los demás para ayudarles, para servirlos.

Con esta actitud debemos acoger a Jesucristo ahora en la Eucaristía. Y expresarle nuestra alegría y nuestro agradecimiento unidos a Santa María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque a pesar de haber mirado nuestra pequeñez, obra maravillas en nosotros.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2021)

Solemnidad de san Benito (11 de julio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (11 de julio de 2021)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

El Señor en el evangelio nos acaba de decir que todo el que por su nombre haya dejado todo lo que tenía, recibirá unos dones más valiosos y heredará la vida eterna. Hoy, hermanos y hermanas, vemos como esto se ha hecho realidad para san Benito, nuestro padre en la vida monástica y copatrón de Europa. Lo contemplamos participando plenamente de la victoria pascual de Jesucristo después de haberlo dejado todo y de haberse ido identificando cada día más con él. San Benito experimentó cómo en la vida de cada día, tanto en los momentos alegres como en los tristes, si se procura seguir el camino del evangelio, «ensancha el corazón y se corre por la vía de los mandamientos de Dios en la inefable dulzura del amor «(RB Pról. 49).

Sí. San Benito vivió la novedad de vida que nos viene del bautismo; vivió la libertad de los hijos de Dios. Por ello, las palabras del apóstol que hemos escuchado en la segunda lectura, la liturgia las aplica a san Benito porque es el que procuró vivir en sí mismo y enseñarlo a sus discípulos.

San Pablo nos ha hablado de tener los sentimientos que corresponden a escogidos de Dios. Y, ¿cuáles son estos sentimientos? O, aún antes otra pregunta: ¿qué significa aquí la palabra sentimientos? No se trata de un estado de ánimo, de una sensación emotiva, sino de algo más profundo. Se trata de una disposición interior que se traduce al exterior con unas actitudes concretas, con una determinada manera de ser y de actuar.

¿Cuáles son, pues, los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios? San Pablo los ha ido mencionando. Son los que derivan de saberse gratuitamente perdonado, querido, santificado, por Dios. Cuando uno toma conciencia de todo lo que Dios le ha concedido y es consciente también de su pobreza personal, brota de su interior el sentimiento de humildad, de saberse pequeño, poco, sin ningún mérito propio y, sin embargo, saberse profundamente amado por Dios. Y aquí, brota la paciencia, hacia uno mismo y hacia los demás; brota la serenidad; que permite mirar la propia historia, los acontecimientos de cada día y la relación con los demás desde la certeza del amor de Dios que se hace presente. Porque la paciencia evangélica que no es otra cosa que un don del Espíritu que concede de perseverar en el camino cristiano por amor a pesar de las contradicciones interiores o exteriores. San Benito lo vivió en un tiempo, el s. VI, que tanto a nivel social, como cultural y de valores morales estaba sacudido por una fuerte crisis. Y lo vivió, según se desprende de su Regla en una comunidad de hermanos que no tenía mucho de ideal. Y, en cambio, su escrito rezuma la certeza del amor de Dios que perdona, la humildad, la paciencia, la paz, la confianza en la capacidad de evolucionar positivamente de la persona.

Los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios, no se quedan en el ámbito cerrado de uno mismo. Se abren a los demás. Si uno es consciente de todo lo que Dios le perdona cada día, búsca perdonar a los demás,  «soportarlos» como decía San Pablo, es decir, sostenerlos en su debilidad física, moral o psíquica. La conciencia de la manera amorosa como Dios nos trata lleva, además, a buscar el perseverar en mantener el diálogo, a buscar el perdonar todo lo que pudiéramos tener contra otro.

Los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios se centran en el amor, aquel amor fraterno que es reproducción del de Jesucristo y por ello todo lo ata perfecciona. Aquel amor que da y gasta la vida por el bien de los demás; aquel amor que lleva a compartirlo todo, a instruirse mutuamente, a alentarse y mejorarse los unos a los otros, a compartir la fe y la vivencia espiritual. A acoger juntos la Palabra de Cristo, a vivir juntos la oración que el Espíritu suscita en la Iglesia y en el corazón de cada uno.

Esta fue la tónica de vida de san Benito, tanto en su experiencia interior como en su vida fraterna con los hermanos. Y esta fue la tónica que inculcó a sus discípulos. Para los que estamos un poco familiarizados con su Regla, muchas de las palabras del apóstol que hemos escuchado nos habrán llevado a la memoria varios fragmentos del texto benedictino, y de una manera muy particular su capítulo sobre «el buen celo», que se puede considerar verdaderamente como el testamento espiritual de san Benito (RB 72), como lo que él en su vejez consideraba más fundamental porque era la síntesis de toda su vivencia del Evangelio.

Evidentemente, sin embargo, las enseñanzas del apóstol san Pablo, que hemos leído, no fueron escritos pensando concretamente en los monjes. Sus destinatarios son todos los bautizados en su vida íntima y en su vida fraterna, comunitaria, eclesial, social. Todos, pues, debemos procurar traducirlos en la práctica. Nuestras vidas y el clima de nuestras comunidades o de las diversas entidades eclesiales cambiarían radicalmente y serían más testigos de la novedad de vida que Jesucristo nos lleva. Suscitarían más entusiasmo por el Evangelio.

Las enseñanzas de san Benito han dejado de ser patrimonio exclusivo de la familia benedictina; son herencia de todo el Pueblo de Dios. E incluso son guía para un estilo de vida profundamente humano, para lograr una personalidad madura y unas relaciones sociales constructivas. Si los pueblos de Europa, sobre los que se extiende el patronazgo de San Benito, vivieran más estas realidades muchos de los problemas que tiene actualmente la sociedad europea encontrarían caminos de solución. Pienso en la relación entre las diversas culturas y las diversas etnias; pienso en los emigrantes y refugiados, pienso en una economía que no está puesta al servicio de una mejor distribución de la riqueza; pienso en muchas cuestiones de ámbito político que pueden estar regidas más por afanes partidistas que por el servicio a los más necesitados; pienso, también, en la agresividad que anida en el corazón y que inspira demasiada frecuencia sentimientos de violencia; pienso, aun, en la tensión y en la crispación tan a menudo presentes en el debate político y social; pienso, finalmente, en el vacío espiritual de tanta gente. La sabiduría de san Benito, reflejo como es de las enseñanzas del Evangelio, ofrece mucha luz para nuestros pueblos europeos, y para nuestro mundo globalizado.

Una experiencia espiritual y un estilo de vida fraterno como los que hemos escuchado en la segunda lectura no dejan de entusiasmar cuando uno se encuentra con personas que los viven. Esta es una tarea que pertenece de un modo particular a los monasterios benedictinos y todos aquellos que desde fuera del monasterio quieren vivir una espiritualidad fundamentada en la Regla benedictina. Debemos empezar por evangelizar con nuestra vida personal y con la forma en que vivimos nuestras relaciones fraternas, y, aun, con la forma en que nos perdonamos unos a otros.

El Apóstol decía que lo tenemos que hacer todo en nombre de Jesús. Es decir, según su estilo y con la fuerza que nos viene de su poder salvador. Y, decía aun, que tenemos que dirigir por medio de él a Dios Padre una acción de gracias. Es lo que hacemos ahora en la Eucaristía. Y lo que tenemos que hacer todos los días en todas las cosas de nuestra vida, como escogidos, santos y amados de Dios, porque, como enseña san Benito, «en todas las cosas Dios sea glorificado» (RB 57, 9).

Abadia de MontserratSolemnidad de san Benito (11 de julio de 2021)

Solemnidad de la solemnidad de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (29 de junio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

Estimados hermanos y hermanas: la Iglesia, desde Oriente hasta Occidente, se llena hoy de alegría en la solemnidad de los dos grandes apóstoles, San Pedro y San Pablo. Dos grandes lumbreras de la fe; dos grandes fundamentos del Pueblo cristiano. Su testimonio y su intercesión atraviesan los siglos, y de generación en generación va suscitando una vitalidad nueva en la vida de los cristianos.

Su testimonio nos hace ir a las raíces de nuestra fe. Es un testimonio que se centra en la respuesta de Pedro que acabamos de escuchar: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Ante Jesús de Nazaret, Simón Pedro afirma en nombre de todos los discípulos, que aquel hombre de origen humilde que tiene delante es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, el rey salvador, el sirviente paciente, el que ha recibido la unción santa del Espíritu, el Hijo de Dios, que viene a salvar y a dar el verdadero sentido de la existencia humana. Es una afirmación de fe; porque Pedro va mucho más allá de lo que captan sus sentidos. Por eso, Jesús le puede decir: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, eso no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo. Porque la fe en Jesús como Mesías, no es fruto sólo de un razonamiento humano ni de un mero sentimiento pasajero, sino un don de Dios, para el que hay que estar disponible con un corazón abierto y humilde.

El testimonio de fe sobre Jesús que San Pablo da en sus cartas es, como no podía ser de otro modo, el mismo que el de San Pedro, sólo que expresado en lengua griega. Pablo no se cansa de decir que Jesús es el Cristo. Y «Cristo» es, como ya sabéis, la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías», que significa «Ungido». La fe, pues, de Pedro y de Pablo es la misma. El núcleo fundamental es Jesucristo, en su filiación divina y en su condición de sirviente paciente de la humanidad, de salvador único, de ungido por el Espíritu, de revelador del amor del Padre. Y también San Pablo, deja claro, que su fe no es cosa humana, es don de Dios: el Evangelio que os anuncié -dice- no viene de los hombres […], Dios me reveló a su Hijo para que yo lo anunciara (Ga 1, 11.15).

Tanto Pedro como Pablo, pusieron toda su vida en función de este anuncio del Evangelio, de la Buena Noticia, de que Jesús es el Mesías, el Cristo, el único que libera y salva en plenitud. Y no se echaron atrás ante las dificultades y las persecuciones porque su certeza los venía de una experiencia vivida. Las dos lecturas que hemos escuchado, son una muestra de ello. En la primera, hemos encontrado a Pedro en la cárcel por causa de Jesús, el Cristo. Y en la segunda, hemos oído como San Pablo, hacia el final de su existencia, hacía mención de todo lo que había tenido que luchar en el noble combate de la fe, un combate que le había comportado persecuciones y encarcelamientos.

La fe de la Iglesia, nuestra fe, pues, se basa en el testimonio de San Pedro y San Pablo que, al unísono con los demás apóstoles nos habla de la realidad profunda de Jesucristo. Hoy tenemos que renovar esa fe en él, el Mesías, el Hijo de Dios. El Padre pone esta afirmación en nuestro corazón y en nuestros labios. Y es el Espíritu quien nos mueve a ser testigos valientes para mostrar que Jesucristo nos llena de alegría y de esperanza, incluso ante las incomprensiones o las persecuciones de cualquier tipo. Pero, para poder recibir esta revelación de Jesucristo por parte del Padre, hay que hacer silencio interior y dejar que vaya empapando toda nuestra manera de ser y de hacer. Sólo una vivencia íntima del Misterio de Jesucristo nos puede sostener en medio de nuestro mundo.

La profesión de fe del apóstol San Pedro, le supuso una misión especial en la Iglesia. Lo hemos oído en el evangelio; Jesús le dijo: tú eres Pedro. Sobre esta piedra -que este es el significado de la palabra Pedro- edificaré mi Iglesia, y las puertas del Reino de la muerte no le podrán resistir. Sobre la fe y el ministerio de Pedro, sostenido por la inspiración del Padre, se fundamenta la fe del pueblo cristiano. A pesar de la debilidad humana, a pesar de los defectos personales, San Pedro, en comunión con los demás apóstoles, hará visible la piedra angular invisible sobre la que se fundamenta radicalmente la Iglesia, aquella piedra que es Jesucristo mismo.

La fidelidad de San Pedro y San Pablo en confesar la fe en Cristo les llevó a la muerte. La Iglesia conmemora conjuntamente el martirio en este día, 29 de junio, gozosa por la victoria pascual de los dos grandes apóstoles. Por eso, la liturgia nos invita hoy a volver (cf. Himnos de laudes y de vísperas) la mirada hacia la ciudad de Roma, donde ambos derramaron la sangre. Y no sólo hacia la ciudad, sino sobre todo hacia la comunidad cristiana que vive allí; aquella comunidad (o Iglesia local) que junto con su obispo, el Papa, es llamada a presidir en la caridad todas las demás comunidades cristianas de todo el mundo. El obispo de Roma ha recibido la misión difícil de ser heredero del carisma apostólico tanto de Pedro como de Pablo. Y así como la Iglesia naciente oraba a Dios por Pedro sin parar, cuando estaba en la cárcel tal como hemos oído en la primera lectura- también nosotros tenemos que llevar en la oración a aquel que es el sucesor del servicio apostólico de los dos grandes testigos que celebramos hoy. El Papa Francisco pide a menudo que roguemos por él, pero el pasado domingo pidió que lo hiciéramos con especial hincapié en la solemnidad de hoy.

Además, hemos de intensificar nuestra comunión eclesial, vivida en la lealtad y, al mismo tiempo, en la libertad de los hijos de Dios. Tenemos que vivir en el seno de la Iglesia católica donde hay gérmenes fuertes de división. Y la tenemos que vivir abiertos, también, a todos aquellos hermanos y hermanas en la fe, que desde tradiciones eclesiales diversas y sin estar todavía en plena comunión con la sede de Pedro y Pablo, reconocen que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Es a través de la estima, de la búsqueda sincera y humilde de la verdad, y de la acogida de la diversidad que podremos llegar a superar las divisiones que hacen menos creíble el testimonio cristiano. San Pedro y San Pablo compartieron la misma fe, el mismo amor por Cristo y por la Iglesia, pero desde la diversidad de maneras de ser, desde expresiones y sensibilidades diversas y en contextos diferentes; hasta en algún momento con una cierta tensión dialéctica. Pero tuvieron en común la adhesión a Cristo, la fidelidad inquebrantable al Evangelio, el amor fraterno y el trabajo por la unidad de la Iglesia.

Dejemos que estos dos grandes Apóstoles que hoy conmemoramos nos estimulen a vivir con entusiasmo nuestra fe en Jesucristo y poner en obra el Evangelio en nuestro entorno. La eucaristía del Señor que nos han transmitido los apóstoles y que ahora celebramos, nos da la gracia y la fuerza.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2021)

Solemnidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (6 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 de junio de 2021)

Éxodo 24:3-8 / Hebreos 9:11-15 / Marcos 14:12-16.22-26

 

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña» (cf. Ps 80, 17; Mc 16, 25). Una flor de harina convertida por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo y un fruto de la viña convertido también por el Espíritu Santo en la sangre de Cristo. Hoy, hermanos y hermanas, agradecemos este don que Jesús, el Señor, nos dejó en la última cena. El cuerpo y la sangre son la totalidad de su persona. Y, tal como nos decía el Evangelio, el Señor los hace ofrecer para la salvación de toda la humanidad. Son un don de amor inconmensurable. Un don sacramental hecho en la cena anterior a la pasión y consumado después en la cruz, cuando el Señor se ofreció él mismo a Dios, por el Espíritu Santo, como víctima sin defecto, tal como dice la carta a los hebreos que hemos leído. De esta manera nos purificó de las obras que llevan a la muerte, inauguró una nueva alianza, nos concedió poder dar culto al Dios vivo haciendo el memorial de su pasión, muerte y resurrección, y nos ofreció la herencia eterna para entrar al lugar santo del cielo donde Dios habita. En la solemnidad de hoy somos invitados a agradecer este don de vida y de salvación, a acogerlo y a adorarlo.

Somos invitados a agradecerlo, el don de la Eucaristía. Porque nos da vida cada vez que hacemos el memorial del Señor y hace que Jesucristo resucitado continúe presente entre nosotros en el sacramento eucarístico. Con una presencia no estática, sino dinámica que comunica su amor, que nos otorga dones espirituales, que nos invita a devolver amor por amor, que es prenda de la vida eterna que esperamos. Por ello la secuencia tradicional de esta solemnidad, escrita por Santo Tomás de Aquino, invita a alabar al Salvador, aquel que nos guía y nos pastorea, cantándole himnos y cánticos; haciendo que «la alabanza sea plena y sonora», que sea gozoso y brillante el fervor de nuestros corazones». Alabemos hoy, pues, con un agradecimiento sincero, a Jesucristo que se da a sí mismo en la Eucaristía.

Somos invitados, también, a acoger el don eucarístico en nuestra vida. Para que nos vaya transformando, o, como dice la liturgia de hoy, para que este sacramento venerable nos alimente espiritualmente, nos santifique (cf. prefacio II) y nos haga crecer en la filiación divina y en la identificación con Jesucristo, viviendo según su Evangelio. Además, el sacramento eucarístico crea unos vínculos entre unos y otros para que, participando del mismo pan y el mismo cáliz, el Señor nos une por su Espíritu Santo y hace de nosotros el cuerpo espiritual de Cristo. Por eso decimos que la Eucaristía es sacramento de unidad. Acoger, por tanto, el don eucarístico conlleva también y necesariamente estar abierto a los demás, gastar nuestra vida a favor de ellos tal como hizo Jesús dándose en la Eucaristía y en la cruz a favor de todos. No podemos acoger el cuerpo y la sangre eucarísticos de Cristo sin acoger el cuerpo, la persona, de los otros, particularmente de los que cerca de nosotros pasan algún tipo de necesidad material o espiritual, porque también son sacramento, presencia, de él. Celebrar el Corpus es, pues, abrirse a la solidaridad, amar y comprometerse a favor de los demás. Por eso hoy es «el día de la caridad»; os invitamos, pues, a participar en la colecta que se hará al final de esta celebración para contribuir a la obra que hace Cáritas en bien de tanta gente necesitada.

Y, aun, hoy somos invitados a adorar el Sacramento eucarístico que es el sacramento por excelencia. La adoración es quizás la característica más típica y más popular de la solemnidad de Corpus. En esta gran fiesta, contemplamos maravillados la donación total de Jesucristo y adoramos su presencia divina que es portadora de salvación y que nos une al Padre y al Espíritu Santo. Y la adoración se puede transformar en coloquio íntimo, en silencio maravillado considerando cómo el Dios trascendente, el todo-otro, deviene máximamente próximo en la humildad del pan y del vino, para ponerse a nuestro nivel, para entrar dentro nuestro, transformarnos a su imagen y hacernos participar de su vida divina. Conscientes de ello, la liturgia nos invita a hacer brotar de nuestro interior «un cántico nuevo». En la tradición de Israel, con motivo de una nueva intervención salvadora de Dios o de una nueva experiencia espiritual, se componía un cántico nuevo: a la novedad de lo que Dios había hecho había que corresponder con la novedad de la alabanza y no repitiendo unas palabras ya conocidas (cf. Sal 95, 1; 97, 1). También el cristianismo siguió esta tradición. La novedad de la obra salvadora de Jesucristo, la gran hazaña de su pasión, muerte y resurrección que nos es comunicada en el memorial eucarístico, piden un canto nuevo de los labios y del corazón. Lo encontramos en el libro del Apocalipsis con los veinticuatro ancianos prosternados ante el Cordero, es decir, ante Jesucristo muerto y resucitado, y cantando un cántico nuevo. Lo adoran porque ha comprado para Dios con su sangre, gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y les ha hecho una casa real y sacerdotes de nuestro Dios. Y dicen eternamente: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, honor, gloria y alabanza (Ap 5, 8-9.12). Y nosotros unimos nuestras voces a las de ellos proclamando la gloria del Señor tres veces santo que ha dado la vida en la cruz y nos ha dejado la Eucaristía.

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña»; agradezcámoslo, acojamos el don, adoremos la presencia.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (6 de junio de 2021)

Misa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 de mayo de 2021)

Job 19:1.23-27 / Romanos 5:5-11 / Lucas 12:35-40

 

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, cantaba el salmista. Esto, hermanos y hermanas, aplicado al quien vela con fe, como nos decía de hacer el evangelio, toma una dimensión nueva. Porque, aunque la espera sea larga y oscurezca o llegue la noche, el que espera de esta manera sabe que el Señor vendrá, que no fallará. Porque, en las palabras del evangelio que acabamos de oír, se trata de esperar el retorno del Señor. De esperarlo de una manera activa, preparando su llegada y disponiéndolo todo para su advenimiento. Disponiéndolo todo, que significa abrir el corazón, renovar la fe en él como salvador, y, al final de la vida, dejarse guiar por él por los caminos eternos e inéditos del más allá de la muerte .

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, podríamos aplicar esta expresión cañadas oscuras del salmo, a la muerte. Ni en este momento el creyente debe tener miedo de nada porque sabe que Dios está cerca de él y que le llevará hacia las verdes praderas y los arroyos de agua del nuevo paraíso donde Dios convivirá con la humanidad liberada del duelo y de la muerte (cf. Ap 21, 3-4; 22, 1.5). El creyente que como el salmista no tiene miedo de nada ni que tenga que pasar por las cañadas oscuras de la muerte, sabe por la fe -como el Job de la primera lectura- que Dios, que es su defensor vivo, que en el juicio sobre su vida, le apoyará y testificará a favor de él.

Y esto, no porque la vida humana sea irreprensible, sino porque, tal decía San Pablo, en la segunda lectura, Dios nos ha hecho justos por la sangre de Jesucristo. Él murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores y nos ha sacado de la pena, dejándonos con ello una prueba del amor que nos tiene.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Esta ha sido, también, la vivencia de nuestro P. Anselm que, desde que llegó a la fe, siempre ha creído que Dios no abandonaba nunca. Lo ha creído sobre todo los dos últimos años que por problemas respiratorios tenía que ir conectado a un aparato que le suministraba oxígeno día y noche y el hacía residir en la enfermería. Le costó aceptarlo, pero luego con serenidad, con espíritu de fe y con confianza, fue admitiendo estas limitaciones y sus consecuencias, aunque alguna vez le suponía una lucha interior y le afectaba su afabilidad natural. Trataba de vivir su enfermedad con fe y como una ocasión de unirse a los sufrimientos de Jesucristo. Estas actitudes eran fruto de todo un trabajo espiritual de años.

Había nacido en Barcelona el 28 de julio de 1942. Hizo los estudios primarios en una academia y el bachillerato en el Colegio La Inmaculada de los HH. Maristas. Después cursó el profesorado mercantil en otra academia de Barcelona mismo. Su vida profesional se desarrolló siempre en el ámbito de la contabilidad y de la supervisión administrativa.

Vivió la adolescencia y la juventud al margen de la fe cristiana, prácticamente en la increencia, hasta que a los 46 años se convirtió, al descubrir la persona de Jesucristo y el amor que Dios le tenía. Desde entonces puso toda su existencia al servicio del Señor. Y para profundizar su fe a nivel intelectual, hizo el bachillerato en teología en la Facultad de Teología de Cataluña, hoy integrada en el Ateneo Universitario San Pacià. Se vinculó, también, en la parroquia de Sant Medir de Barcelona, hasta que ingresó en nuestro monasterio en septiembre de 1995, porque en este proceso de crecimiento en la fe, fue descubriendo la vida monástica.

Cuando entró en Montserrat tenía 53 años. Profesó en 1997; y aquí amplió estudios filosóficos y teológicos. Hizo la profesión solemne en 2000 y en 2013 recibió la ordenación presbiteral. Ya prácticamente desde los inicios de su estancia en el monasterio, trabajó en tareas vinculadas a la administración. Y desde 1998 llevando la caja de la comunidad y sirviendo a los monjes facilitándoles gestiones, y procurándoles dinero para los gastos, productos de limpieza y de escritorio, etc. En esto, ha sido un siervo fiel y prudente (cf. Mt 24, 45) puesto en uno de los servicios comunitarios más delicados y que implican más relación con los monjes. Era cumplidor, fiel, metódico, servicial, un poco exigente para evitar descontroles, él se trabajaba por ser paciente y servicial.

Ha sido un monje de una vida espiritual intensa, si bien con algunos momentos de oscuridad. Él mismo reconocía que a veces se peleaba con Dios, pero luego, dejándolo ganar, encontraba la paz. Desde el día que entró, nunca ha tenido ninguna duda de su camino monástico en Montserrat, creía firmemente que era lo que Dios le pedía. Y que Santa María lo sostenía y le ayudaba. Fiel hasta que ha podido en el Oficio divino y en la lectura orante de la Palabra de Dios, devoto de la Virgen y fiel al rezo del rosario cada día; durante unos años lo dirigía en la basílica. Daba tiempo personal a la oración y, no sin lucha interior a veces, buscaba ser obediente a la voluntad de Dios sobre él, se preocupaba por las vocaciones a nivel de Iglesia y de la comunidad. Estaba muy interesado, en sus diálogos con otras personas, por mostrar que la fe cristiana es compatible con la razón y que Jesucristo es capaz de llenar de alegría, de sentido y de compromiso la existencia de quien cree en él. A pesar de haber estado acostumbrado a vivir solo durante muchos años, se integró fácilmente a la vida de comunidad, ayudado por su talante pacífico, por su capacidad de diálogo y por su capacidad de interiorización.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Hacía tiempo que el P. Anselm, debido a los achaques de salud provocadas sobre todo por los problemas respiratorios, me manifestaba las ganas que tenía de irse a la casa el Padre; no para evadirse sino para encontrarse con el Dios que amaba profundamente. No tenía miedo de los cañadas oscuras de la muerte; la veía como una puerta abierta a una realidad superior. Como si presintiera la proximidad del desenlace final, el viernes antes de Pentecostés me pidió la Unción de los enfermos porque sentía que se iba debilitando rápidamente. La recibió, rodeado de la comunidad, con devoción y con alegría. Al cabo de una semana justa, el pasado viernes, vino la crisis grave que le ha llevado al final de su carrera terrena.

Ahora, los que lo hemos querido nos disponemos a ofrecer la Eucaristía para que el Señor purifique a nuestro P. Anselm de sus faltas y le satisfaga el deseo del encuentro con Dios para siempre; él, el Dios que es un horno de amor, que le llamó hacia la vida eterna cuando ya había comenzado la solemnidad de la Santísima Trinidad. Por otra parte, enterraremos sus restos mortales en el día que la Iglesia celebra la Visitación de la Virgen. Que Santa María, que él ha querido tanto, le otorgue lo que el P. Anselm, junto con la comunidad, los escolanes y los fieles, había pedido cada día: que María, Madre de misericordia, le muestre a Jesucristo ahora que ha terminado su camino por el valle de este mundo entretejido de alegrías, de trabajos, de lágrimas y de esperanzas.

 

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Pentecostés (23 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (23 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Gálatas 5:16-25 / Juan 15:26-27; 16:12-15

 

El Espíritu del Señor llena la tierra (Sal 1, 7), cantábamos, hermanos y hermanas, al iniciar la celebración. Y es verdad. El Espíritu la ha llenado desde el primer día de Pentecostés, cuando gente de todos los pueblos oyeron en su lengua nativa los diversos lenguajes que el Espíritu sugería a los apóstoles. El Espíritu, haciendo que las maravillas de Dios fueran proclamadas a la pluralidad de los pueblos, superaba la división y formaba la unidad de todos. Cada uno desde su lengua y su propia cultura podía comprender y hacerse suya la única Palabra que viene de Dios. Esta es la misión de la Iglesia en el mundo en cada época de la historia: presentar la Buena Nueva de Jesús a la humanidad entera. En nuestros días, en su encíclica «Fratelli tutti», el Papa Francisco, ve esta unidad en la pluralidad que crea el Espíritu en Pentecostés, e, invitando a ponernos en sintonía con la obra del Espíritu, dice que debemos proyectar y trabajar juntos «como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos «(n. 8).

El Espíritu, que fue dado a la Iglesia en el primer Pentecostés, todavía hoy, pues, sigue presente y activo. Ella, pueblo de Dios en camino hacia la plenitud eterna de la pascua, atraviesa la historia y los siglos bajo el impulso del Espíritu para testimoniar las maravillas de Dios y ser servidora de la humanidad, porque Jesucristo, el Señor, continúa su obra de curación y de salvación a través de los cristianos. A pesar de las debilidades y los pecados de los miembros de la Iglesia, el Espíritu da firmeza a la predicación del Evangelio, hace crecer el amor solidario, dispuesto en el interior de las personas a abrirse cada día a la obra de la gracia, suscita la santidad en hombres y mujeres de todas las edades, pueblos y culturas. A través de la Iglesia, además, el Espíritu lleva consuelo y esperanza a tantas situaciones de sufrimiento, de duelo o de oscuridad. Actúa en nuestro mundo contemporáneo que se ve abrumado por la pandemia, y por tantas crisis, sociales y económicas, con multitudes que buscan desesperadamente y con riesgo de la vida una salida a su situación. En medio de estas situaciones, hay hambre y sed del mensaje transformador de Pentecostés. Hambre y sed, tal vez sin saberlo, de recibir el don del Espíritu como defensor, como protector y como consolador.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Miembros de la Iglesia como somos, también nos ha sido dado a nosotros. Lo recibimos en los sacramentos de la iniciación cristiana como un don imborrable. Por eso el Espíritu sigue presente en nuestro interior y nos otorga unos dones espirituales o carismas. A cada uno de una manera particular, de acuerdo con sus capacidades o con sus funciones en la Iglesia. Esta diversidad está al servicio de los demás y conlleva una armonía y una riqueza que coopera a la misión de la Iglesia en el mundo, y que el egoísmo no debería dañar.

El Espíritu que hemos recibido nos ayuda a vivir como hijos de Dios, e ilumina nuestro interior para que tengamos fe en Jesucristo, para que podamos conocerlo más y más. El Espíritu, aún, nos ayuda a orar, nos da fuerzas para amar y servir a los demás a pesar de nuestra debilidad y nuestra inconstancia, y nos ilumina para que sepamos discernir la voluntad de Dios en nuestro obrar. Es el Espíritu, también, que nos hace descubrir la presencia de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía y en cada hermano.

Esta presencia del Espíritu en nosotros nos mueve a ser comunicadores de sus dones a los demás y, de manera particular, a ser instrumentos de su consuelo para los que lloran o están tristes, instrumentos de su defensa de los pequeños y de los marginados, instrumentos de su protección a las personas débiles o tratadas injustamente. En una sociedad en la que se dan enemistades, discordias, celos, envidias, rivalidades, divisiones, de una manera similar a la situación que describía San Pablo en la segunda lectura, tenemos que hacer presentes los frutos del Espíritu: el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la sobriedad. Para poder hacerlo, sin embargo, debemos invocar insistentemente el Espíritu Santo tal como hace la Iglesia hace hoy y ha hecho desde el día de la Ascensión. Y, además, hemos de estar abiertos y ser dóciles interiormente para que el Espíritu pueda actuar en nosotros y por nuestro medio a favor de los otros como portadores de esperanza, de solidaridad, de justicia empapada de misericordia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Llena, también, nuestra asamblea litúrgica, para que nuestra alabanza a Dios sea digna de él, para que la gracia divina penetre en nuestro corazón y haga fecunda nuestra vida, para que comprendamos la Palabra divina, así -como decía el evangelio- nos va guiando hacia el conocimiento de la verdad entera. El Espíritu Santo, todavía, por medio de la oración de la Iglesia, transformará el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y cuando los recibimos quiere transformar nuestra persona y quiere ayudarnos a unirnos unos a otros en el amor para formar el cuerpo espiritual de Cristo que es la Iglesia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Y lo llena de vida. Pero aún no está toda la tierra bajo el impulso del Espíritu. Hay zonas de nuestro interior que aún se mueven bajo los impulsos contrarios al Espíritu. Y por eso aún tenemos que orar intensamente: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles». Hay áreas geográficas con conflictos graves, como acabamos de ver estas semanas. En cambio, más allá de todas las divisiones y los enfrentamientos, el Espíritu quiere hacer de toda la humanidad una sola familia de hijos e hijas de Dios. Por ello, al final de la encíclica que he mencionado al principio, el Papa reza: «Ven Espíritu Santo, muéstranos tu belleza reflejada en todos los pueblos de la tierra, para descubrir que todos somos importantes, que todos somos necesarios, que son rostros diferentes de la misma humanidad que estimáis. Amén «(n. 287).

Abadia de MontserratPentecostés (23 de mayo de 2021)

La Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (16 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Efesis 4:3-6.1-13 / Marc 16:15-20

 

Se elevó y fue llevado al cielo, nos ha dicho el evangelio. En el Credo, la vida de Jesucristo en la tierra nos es presentada -hermanos y hermanas estimados- en términos de un gran abajamiento y de una ascensión gloriosa. «Por nuestra salvación bajó del cielo», decimos. En otras palabras, salió del Padre para venir al mundo y mostrar el amor inmenso que el Padre le tiene (cf. Jn 16, 27-28). Se abajó viviendo en el anonimato la mayor parte de su vida y dado a un trabajo humilde. Se abajó aún más con la crucifixión y con la estancia en el sepulcro. Después, subió al cielo y fue glorificado a la derecha del Padre. Hoy la Iglesia celebra con alegría y con acción de gracias esta ascensión gloriosa.

Las lecturas que hemos escuchado y también el credo utilizan un lenguaje simbólico para explicar esta realidad del regreso de Jesús a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2; 16, 28). Y por eso hablan de subir, de elevarse, de sentarse a su derecha. Con ello quieren expresar que el Hijo de Dios con su cuerpo humano glorioso, se adentra en la dimensión trascendente de Dios y participa de la gloria, la soberanía, el poder divinos, en un abrazo eterno de amor con el Padre, para derramarlo a manos llenas sobre la humanidad.

Si sólo tuviéramos que contar con nuestras posibilidades, la humanidad no podría tener nunca acceso a la casa del Padre. Sólo Jesucristo, con la ascensión, ha podido abrirnos el acceso. Nosotros, pues, que estamos unidos a él por el bautismo, confiamos poderlo seguir hasta allí. Por eso, hoy, tanto como celebramos la ascensión gloriosa de nuestro Señor, celebramos también que nosotros somos llamados a participar de esta elevación. La añoranza que sentimos de una vida sin fin, de vivir en la plenitud del amor y de la alegría, la podremos satisfacer. Nuestros sueños de un futuro mejor, sin sufrimiento, ni dolor, ni muerte, podrán ser satisfechos gracias a las puertas que nos abre la ascensión de Jesús, si seguimos los caminos del Evangelio. Esta confianza nos permite vivir una alegría y una esperanza que transfiguran la vida de cada día.

El hecho de que él haya dejado de ser visible a nuestros ojos, no significa que se haya separado de nosotros. La ascensión inicia otro modo de presencia. Y no una presencia estática, sino dinámica. Él continúa viviendo, hablando y actuando en el seno de la Iglesia, hasta el final de la historia. Sigue cooperando con sus discípulos también hoy.

Predicaban a todos la Buena Nueva del Evangelio, decía también el evangelista. Porque la misión de evangelizar que Jesús había llevado a cabo, a partir de la ascensión, la encomienda a la Iglesia en su conjunto y a cada uno de sus miembros en particular. También nosotros tenemos que ser testigos suyos. Pero, para ser testigo, es necesario haber tenido una experiencia personal de lo que testimoniamos. Por ello, primero debemos haber dejado entrar Jesucristo en nuestras vidas y profundizado nuestra fe a través de la oración, de la lectura orante de la Sagrada Escritura, de la celebración de los sacramentos, de tener conciencia de formar parte del cuerpo eclesial de Cristo. De todos modos, no hay que esperar haber llegado a los grados más altos de la vivencia cristiana para empezar a comunicar los otros el tesoro de la fe y las grandes perspectivas existenciales que abre. Basta haber empezado a tener alguna vivencia personal.

La misión evangelizadora, mientras da vida a los demás, ayuda a madurar y hace crecer en la fe a quienes evangelizan. Y evangelizar significa no sólo dar a conocer la persona de Jesús sino hacerse servidor de los demás. Además, tal como dice el Papa en su exhortación apostólica sobre «La alegría del Evangelio»: se ha de evangelizar con alegría; una alegría interior que se refleje en el rostro, «incluso que hay que sembrarla entre lágrimas», porque «el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza,» debe poder «recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes, impacientes o ansiosos, sino a través de servidores del Evangelio «que irradien la alegría de Cristo que han recibido como don (cf. Evangelii gaudium, 10).

Cada uno ha recibido una gracia según la medida de la generosidad de Cristo, decía el Apóstol. La misión de evangelizar, cada uno la llevará a cabo de acuerdo con los dones que Dios le ha concedido. Así procuró hacerlo el P. Antoni M. Marcet, hijo de Terrassa, del que hoy conmemoramos los 75 años de su muerte, acaecida el 13 de mayo. Su misión evangelizadora partió de la gracia que recibió en su vocación monástica y presbiteral en Montserrat y, más adelante, de su elección como abad de nuestro monasterio. El despliegue de esta vocación fue preparado por los años que pasó en nuestra Escolanía. Su abadiato, iniciado en 1912, ha sido uno de los más largos de la historia de nuestro monasterio. Con la cooperación de otros monjes, fue dado mucho fruto. Abrió nuevos horizontes a la comunidad y marcó unos surcos que en buena parte perduran hasta hoy. Renovó la vida monástica y la vida litúrgica, favoreció la catalanización de Montserrat, potenció su dimensión cultural, la formación intelectual de los monjes, reformó edificios y construyó otros nuevos, reimplantó la imprenta y dinamizó las publicaciones, inauguró el museo bíblico, etc. Son muchas las cosas que se podrían mencionar, pero ahora no es posible. El abad Antoni M. Marcet, dicen los que le conocieron, era un hombre recto, firme, discreto, humilde; arraigado en una fuerte vivencia espiritual, fundamentada en la liturgia y en la Sagrada Escritura, aunque durante muchas temporadas la vivió en la oscuridad de la fe y en la aridez interior. Siempre lo sostuvo, sin embargo, la confianza en Dios, como lo reflejaba su lema abacial. Sufrió mucho cuando en julio de 1936, la comunidad se tuvo que dispersar y dejar el monasterio y el santuario, y aún más debido a los 23 monjes que fueron asesinados o murieron en el frente. Este sufrimiento le afectó fuertemente la salud.

Las palabras de despedida de la comunidad que dijo en el lecho de muerte, son un auténtico testamento espiritual: «Amad Dios. Sed siempre fieles a Jesucristo según el espíritu del Evangelio. Él es el remedio y la única salvación, no sólo para los monjes sino de todo el mundo. Sed fieles a la Virgen María; ella es nuestra tierna madre que nos acompaña como cogiéndonos de la mano, estimémosla. Tengamos caridad, porque sin caridad todo es mentira. Estimemos siempre y a todo el mundo». Tuvo, también, unas últimas palabras de despedida para los escolanes: «Yo recuerdo con emoción -les dijo- el honor de haber sido recibido en esta casa, aquí hice la primera comunión, aquí nací a la vida espiritual y a la vida intelectual. Procurad ser hijos predilectos de la Virgen «(cf. El Abad Marcet. Montserrat, 1951, p. 27-28).

Hoy, en torno al altar, hacemos memoria de la persona del P. Abad Antoni M. Marcet y agradecemos la obra que el Señor hizo a través de él a favor de Montserrat y de su misión en la Iglesia. Y también pedimos que comparta la gloria de Jesucristo para que pueda ser, cerca de él, intercesor a favor nuestro.

Ahora nos adentraremos en el corazón de la celebración eucarística. En el sacramento, encontraremos la presencia de Aquel que, por su ascensión, aparentemente puede parecer ausente, Jesucristo

 

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

La Virgen de Montserrat (27 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (27 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-47

 

Desde la montaña de Montserrat, hermanos y hermanas, hemos escuchado como María se fue aprisa a la montaña de Judá para visitar a su prima Isabel. La Providencia divina ha relacionado espiritualmente estas dos montañas en torno a la persona de Santa María, la Madre de Jesús y por eso Madre de Dios.

El evangelio de hoy es uno de los pasajes más bellos y más llenos de alegría de toda la Sagrada Escritura. Hemos escuchado como María iba a visitar a Isabel. Lo hacía, decía el evangelista, con decisión, con convencimiento, con amor. En el momento de recibir el anuncio de que sería Madre de Jesucristo Salvador, y ante su extrañeza por un hecho tan grande y tanto insólito, sin que ella lo pidiera, le fue dicho, como una señal de que no hay nada imposible para Dios, que su prima, ya mayor, esperaba un hijo (Lc 1, 36). María no se quedó, pues, en casa meditando el don de la maternidad que había recibido, sino que se va a casa de Isabel, no para comprobar la veracidad de lo que le había sido dicho, sino para ayudar. Ella, la madre del Señor, como le dice su prima, no va a casa de ella para ser servida sino para servir. Porque María no vive para sí misma sino para los demás. Por eso se pone en camino llevando el Hijo de Dios en las entrañas, con el corazón lleno de «magníficat», bajo el impulso del amor y el deseo de servir.

En este encuentro entrañable concuerdan la fe, la humildad la voluntad de servir y la alabanza a Dios de María con la maravilla y la alegría que experimenta Isabel que alaba a María por haber creído y por su maternidad. Pero sobre todo, en el encuentro de las dos mujeres, está la presencia de Jesucristo y la acción del Espíritu Santo. Todo con la mayor simplicidad empapada del amor fiel a Dios. María, con el hijo en las entrañas, es la nueva arca de la alianza portadora de la presencia de Dios ante la que, como un nuevo David (cf. 2S 6, 2-16)), Juan Bautista salta de alegría en entrañas de su madre.

Decía al principio que la Providencia divina ha relacionado espiritualmente la montaña de Judá y nuestra montaña de Montserrat. Efectivamente, hay una continuidad espiritual entre la Visitación de la Virgen a Isabel y la realidad de lo que ocurre a los ojos de la fe en este lugar en torno a la persona de Santa María. También aquí es lugar de visitación. Dios, en su amor, ha querido que en esta montaña se hiciera presente espiritualmente la Virgen. Verdaguer lo expresa poéticamente en el Virolai con aquellas palabras: «Reina del cielo que los serafines bajaron, dadnos abrigo dentro de vuestro manto azul». Esta presencia espiritual de Santa María desde hace siglos, ha convertido este lugar en un espacio de encuentro con ella para que ella nos muestre a Jesús, tal como bellamente expresa la Imagen de nuestra Virgen Morena.

Montserrat, pues, es lugar de encuentro con María, lugar de visitación. Pero, ¿quién visita a quién? En la montaña de Judá fue María quien visitó a Isabel. En Montserrat puede parecer que somos nosotros, los peregrinos, los monjes, los escolanes, los que subimos a visitar a María, para orar y pedirle su ayuda. Pero, paradójicamente, en el fondo es ella quien nos visita y nos otorga los frutos de la visitación a su prima Isabel. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo para que lo dejemos entrar más y más en nuestras vidas hasta que nuestra persona sea plenamente evangelizada. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo nos hace experimentar el gozo del Espíritu Santo, nos invita a crecer en el amor y a ponernos, como ella, al servicio de los demás. Nos invita, y nos ayuda con su intercesión.

Hoy, con la Virgen magnificamos al Señor por las maravillas que ha hecho en ella desde la concepción inmaculada y la plenitud de la gracia hasta la asunción al cielo. Magnifiquemos el Señor, también, por las obras que ha hecho y hace a favor nuestro y de toda la humanidad. Y, al mismo tiempo, proclamemos bienaventurada a María por su fe, por las grandes obras que Dios ha hecho en ella. Y pidámosle que nos sea madre de consuelo y de esperanza, patrona solícita de nuestro Pueblo en esta hora en que estamos afligidos por la pandemia y sus consecuencias graves, pero que experimentemos también las capacidades de nuestra sociedad para hacerle frente y vigorizar el tejido social mientras se desarrolla una economía al servicio de las personas y en favor sobre todo de los más pobres e injustamente dejados de lado. Y le pedimos, asimismo, que ayude al gobierno que se pueda formar, al Parlamento y todas las instituciones públicas y privadas a trabajar para superar el momento difícil que estamos viviendo y hacer una sociedad más justa y solidaria, más atenta al crecimiento humano y espiritual de las personas, no a la ganancia por la ganancia. Y le pedimos, también, que la Iglesia que peregrina en Cataluña, pastores y fieles, esté llena de vitalidad evangélica y sea testigo gozosa de Jesucristo resucitado.

Y agradecemos, además, a Dios el don que es Montserrat para los que vivimos aquí, por la Iglesia, por nuestro pueblo, por todos los peregrinos que aquí experimentan la visitación de la Virgen y el encuentro con Jesucristo. Impresiona pensar que a lo largo de los siglos tantos santos y santas canonizados y tantas personas de buena voluntad hay experimentado la Visitación de Santa María mientras le abrían el corazón, le presentaban sus proyectos y le pedían su ayuda. Hacemos que el «Magnificat de roca», como llamó san Juan Pablo II a nuestra montaña (cf. Homilía en Montserrat, 7-11.1982), sea también un magníficat de corazones creyentes que en este santuario glorifican a Dios, cantan su amor que se extiende de generación en generación (Lc 1, 50), que celebran a Dios que nos salva y nos alimenta con la Palabra de la verdad y con el Pan de la vida.

 

Abadia de MontserratLa Virgen de Montserrat (27 de abril de 2021)

Vigilia de Santa Maria (26 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (26 de abril de 2021)

Judit 13:14.17-20 / Rut 2:1-2.8-11;4:13-17 / Isaías 11:1-5.10 / Gálatas 4:4-7 / Juan 19:25-27

 

Sr. Arzobispo, HH. Consejeras, Autoridades, hermanos y hermanas, queridos todos en Cristo resucitado:

En la alegría de la pascua y guiados por la luz de Cristo resucitado, hemos escuchado este evangelio que nos presenta a Santa María al pie de la cruz de Jesús; una cruz que más que portadora de muerte es portadora de vida. Jesús, antes de llevar a cabo todo lo que el Padre le ha encomendado, se fija en su Madre y en el discípulo que más quería, que estaba cerca de ella, y dice: Madre, ahí tienes a tu hijo. Y a continuación dice al discípulo: aquí tienes a tu madre.

Como sucede en todo el Evangelio según San Juan, también este episodio tiene varios niveles de lectura y todos portadores de buenas nuevas. Un primer nivel es el del sentido inmediato, lleno de humanidad, de ternura y de amor filial. Jesús no quiere que su madre se quede sola y encarga al discípulo que cuide. Un segundo nivel de lectura, parte de que este discípulo, el más amado de Jesús, personifica, representa, a todos sus discípulos, todos los que creen en él. A partir de este hecho, pues, María es constituida madre de todos los cristianos, madre del cuerpo eclesial de Cristo, por eso en el Concilio Vaticano II el papa san Pablo VI, proclamó a la Madre de Jesús, Madre de la Iglesia. Y también podríamos considerar otro nivel de lectura y ver a Maria como imagen, personificación, de la Iglesia. Desde esta perspectiva, se nos dice que la Iglesia también es madre de todos los creyentes en Cristo. Lo es porque los engendra a la vida de fe en el bautismo, los alimenta con la Palabra de Dios y con la Eucaristía y, con la solicitud, pastoral les ayuda a crecer en la vida cristiana.

En esta noche que velamos a Santa María, nos centramos en lo que he llamado segundo nivel de lectura. En María como madre de todos los discípulos de Jesucristo. Al pie de la cruz, Santa María recibe una nueva vocación. A la de ser madre del Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre, Jesús le añade la maternidad espiritual sobre los que creen en él. En el momento, pues, que ella estaba de pie al pie de la cruz uniéndose a la ofrenda que su hijo hacía al Padre, se abre a una nueva maternidad sobre la familia de los que quieren escuchar y poner en práctica la palabra de Dios (cf. Mt 12, 48-50). Estas palabras de Jesús en la cruz son el fundamento de la maternidad espiritual de María sobre cada uno de nosotros, sobre la Iglesia que peregrina en Cataluña y sobre el conjunto de la Iglesia universal. Y son el fundamento del patronazgo de la Virgen sobre nuestro pueblo.

Remarquemos algo. En este confiar María al discípulo y el discípulo a María, hay una prelación. Primero encarga a María que sea madre del discípulo. Esto significa que primero le hemos sido dados a ella, hasta el punto de que si llegara el caso de que el discípulo no la quisiera acoger, ella continuaría con la misión de ser madre y, por tanto, de ser solícita de cada uno de los que Jesús le ha confiado. Ella no dejará nunca de ser madre, de amar, de ayudar, de interceder. Y esto nos da una gran confianza, sobre todo cuando constatamos nuestra negligencia para con ella y aún más cuando constatamos nuestros desfallecimientos en la adhesión a Jesucristo. Nuestro camino de fe está unido a María, aquella que ha sido la primera en creer, en acoger la Palabra y hacerla vida. Esto nos es fuente de esperanza y de alegría. Y también de compromiso de no defraudar a aquel que nos ha confiado a su madre como hijos.

Por eso tenemos que hacer como el discípulo al que Jesús más quería cuando le fue confiada María como madre. La acogió en su casa, decía el texto evangélico. Pero, a partir del original griego, esto también tiene al menos un par de niveles de lectura. El primero, nos indica que la llevó a vivir con él, ofreciéndole no sólo cobijo, sino todo el cuidado y toda la estimación. Pero, el texto evangélico, apunta también a otro nivel: la acogió en lo más íntimo de sí mismo, en su interior, le dio entrada en su vida. En este sentido, tener a María por madre significa confiarle nuestro camino de fe, nuestras necesidades e inquietudes. Y tenerla por patrona significa confiarle la situación actual de nuestro País y al mismo tiempo trabajar a favor de la gente que lo constituye.

Como recordaban recientemente nuestros obispos en la carta dirigida a la Iglesia que peregrina en Cataluña con motivo de los 25 años del Concilio Provincial Tarraconense, «es hora de recuperar la dimensión espiritual mediante la amistad con Dios y la oración, al tiempo de profundizar en la dimensión social de la fe, acuñando una nueva palabra de orden: «No te quedes en casa». Ciertamente, no nos podemos quedar en casa a la hora de defender la vida de los ancianos y de su igualdad de derechos con todas las demás personas. No nos podemos quedar en casa a la hora de escuchar la voz de los pobres y de los considerados periféricos, y de darles el lugar justo en un mundo del que ellos también forman parte. No podemos quedarnos en casa a la hora de empujar proyectos de humanización de las sociedades globales y, en particular de nuestra». Y dicen aún, que hay que transformar el mundo «según los criterios del Evangelio de Jesús» […]. «Este cambio del mundo en profundidad es absolutamente prioritario en este tiempo de pandemia y de post-pandemia, en el que hay que imaginar nuevas maneras de hacer en el campo de la economía, la política, la cultura, la sanidad, la educación,… «el tiempo actual» es un tiempo oportuno, un kairós, para esparcir y comunicar, de palabra y con las obras, la buena nueva del Evangelio «con su fuerza transformadora (cf.» Espíritu hacia donde guías nuestras iglesias? «, Introducción y 2.5).

Que la Virgen, con su solicitud como madre y patrona para con nosotros y para con todo el pueblo de Cataluña, nos ayude a ser hombres y mujeres unidos a Jesucristo y a contribuir a la transformación de nuestra sociedad en este momento de nuestra historia. Pidámosle que sostenga a los enfermos y ayude al personal sanitario que los atiende. Que ayude a los responsables de la gestión pública a trabajar abnegadamente para superar las graves consecuencias negativas a nivel económico, laboral y social causadas por la pandemia. Pedimos, además, a la Virgen que, pensando en el bien de las personas, nos ayude a encontrar soluciones para la coyuntura política actual y para superar la situación de los políticos y líderes sociales que están en la cárcel o en el extranjero. Rogamos, en torno al altar del Señor, por tantas personas que en este año nos han dejado a causa del Covid o de otras enfermedades, algunas eran familiares o amigos nuestros, algunas participaban asiduamente en esta Vigilia de Santa María.

Aquí tienes a tu madre. Estas palabras de Jesús dirigidas al discípulo más querido y a todos nosotros, están escritas en un mosaico cerca de la Imagen de la Virgen en el camarín, para recordarnos esta misión que ella tiene para con nosotros. Al venerarla hoy, hagámoslo con confianza filial dejándola entrar en nuestra vida para que nos ayude a avanzar más y más hacia Jesucristo.

Abadia de MontserratVigilia de Santa Maria (26 de abril de 2021)

Domingo de Pascua (4 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (4 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / 1 Corintis 5:6b-8 / Juan 20:1-9

 

El día de Pascua es un día de carreras, según dicen los evangelios. Por la mañana, corre María Magdalena, al ver que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro donde habían puesto a Jesús estaba quitada, y se fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba para decirles, aunque ella no había mirado dentro, que se habían llevado el Señor. Corren Pedro y este otro discípulo hacia el sepulcro para ver qué había pasado. Los dos corrían juntos. Pero el otro discípulo, que era más joven, se adelantó, llegó al sepulcro, miró dentro, pero no entró. Por respeto a Pedro le esperó y entraron los dos. Y podemos imaginar, hermanos y hermanas, que después también debían correr para ir a decírselo a los demás discípulos lo que habían visto y cómo habían entendido que, según las Escrituras, Jesús debía resucitar de entre los muertos. Por la noche, aunque, corren también los dos discípulos que habían ido a Emaús y por el camino se habían encontrado con Jesús resucitado que primero les había explicado cómo la Escritura anunciaba que el Mesías debía sufrir antes de entrar en su gloria y después les había partido el pan de modo parecido a como había hecho en la cena antes de la pasión (cf. Lc 24, 23-35).

Corren porque los mueve el amor a Jesús, la sorpresa de la tumba vacía con los lienzos de amortajar aplanada y el sudario dejados allí. Corren porque los mueve la alegría de saber que Jesús está vivo; que, tal como decían las Escrituras, se habían cumplido las palabras proféticas del salmo: no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción (Sal 15, 9). O aquellas otras que hemos cantado: La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. (Sal 117, 16-17).

Fijémonos, sin embargo, un poco más en lo que el evangelio nos decía de los dos discípulos que fueron al sepulcro. Pedro entra el primero porque, como he dicho, el otro discípulo lo deja pasar por respeto a su lugar entre los apóstoles. Ve, pero parece que esto no le lleva enseguida a la fe. Podía deducir, que si se hubieran llevado el cuerpo de Jesús no se habrían entretenido en sacarle los lienzos de amortajar y dejarlos bien tendidos. Fue el primero en llegar al sepulcro. Pero, con todo, por lo que dice el evangelista, no parece que de los dos discípulos, fuera el primero en llegar a la fe pascual. Entra, a continuación, el otro discípulo. Con los ojos ve lo mismo que Pedro. Pero se deja conducir por la luz de la fe en las Escrituras y por el amor que tiene a Jesús, y eso le hace descubrir la realidad de lo que ve con una dimensión profunda que va más allá de lo que captan los sentidos. Y cree que Jesús ha resucitado. Pedro llega también a continuación a la fe al comprender que las Escrituras ya decían que Jesús había de resucitar de entre los muertos. Hemos oído su testimonio en la primera lectura.

Jesús resucitado transforma a los discípulos. De tímidos y miedosos que eran antes del día de Pascua, los hace valientes y valerosos para anunciar que él vive para siempre. Ya no tienen miedo de las consecuencias en forma de crítica, de prisión, de castigos corporales, de muerte, que esto les pueda llevar. Se entregan totalmente a su misión de ser testigos de Jesucristo, el Viviente, y de su Evangelio, para liberar a las personas, para hacerles comprender el amor con que Dios las ama, para anunciar el camino del bien y de la fraternidad y la vida que supera la muerte. La alegría de los discípulos al ver los rostro deseado del Señor después de la tristeza por la muerte cruel, debe ser también la nuestra (cf. Himno «Tristes erant Apostoli»), que guiados por su testimonio descubramos la presencia del Resucitado en nuestras vidas que nos impulsa a hacer el bien a los demás con amor y a ser testigos de alegría y de esperanza.

La fe en Cristo resucitado nos transforma, a los cristianos, en criaturas nuevas. Nos enseña a ver la realidad con ojos nuevos, desde la fe y del amor, guiados por las Escrituras. Porque desde la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la dureza de la vida, los sufrimientos que conlleva, las enfermedades, la desesperanza, la muerte se pueden transformar en semillas de vida nueva. Sabemos, como venía a decir recientemente el Papa, que no se perderá ni una de las lágrimas derramadas en tantos Calvarios como hay en el mundo actual (cf. Audiencia general, 03/31/2021). Porque el Resucitado las recoge en su amor y las transformará en vida y en alegría.

Mientras celebrábamos la pasión y la sepultura del Señor, este altar estaba desnudo. Representaba Jesucristo en su despojamiento total, en el don de su vida sin reservarse nada de nada. Pero hoy, en la Pascua, el altar es revestido festivamente como símbolo de Cristo resucitado que continúa dándose en el sacramento eucarístico. Tras la invocación del Espíritu Santo y de haber pronunciado las palabras de la institución de la Eucaristía, bajo las especies de pan y del vino estará el Cristo resucitado para dársenos a nosotros.

Hoy lo recibirán por primera vez los escolanes Blai Ferré, David Villaverde, Bernat Camats, Joan Gimeno, Valentí Jorquera y Arnau Miranda. Y también Bet Florensa, hermana de un escolán, Ton. Jesús los acoge con alegría y se les da como alimento para su fe y como amigo. Todos los que formamos esta asamblea, que representamos la Iglesia, compartimos la alegría de estos que hoy por primera vez participarán de la mesa pascual del Señor. Y rogamos por ellos, para que por el don del sacramento eucarístico crezcan cada día en la fe y en el amor a Dios y a los demás.

Cristo nuestra Pascua que ha sido inmolado, como decía san Pablo en la segunda lectura, nos invita a tomar el pan nuevo de la Pascua, el pan de la eucaristía, que es el pan de la sinceridad y de la verdad. A Jesucristo, que nos lo da, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. Ap 1, 6).

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (4 de abril de 2021)

Vigilia Pascual (3 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (3 de abril de 2021)

 

Hermanos y hermanas estimados que compartís la alegría de esta noche santa:

Acabamos de escuchar en el evangelio el anuncio que ha cambiado la historia humana y ha abierto para todos un horizonte fundamental de esperanza: Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado. Es la buena nueva que llena de alegría esta noche y toda la vida de los cristianos. Incluso en este tiempo de pandemia, porque nos dice que la vida tiene sentido, que el dolor y la muerte no tienen el dominio último de la existencia humana porque Jesucristo resucitado nos abre de par en par las puertas de la vida inmortal.

Tal como hemos oído, las primeras de recibir el anuncio de la resurrección son las tres mujeres que el domingo de madrugada fueron al sepulcro llevando especies aromáticas para acabar de ungir el cuerpo de Jesús. Están preocupadas por cómo harán para hacer rodar la gran piedra redonda que cerraba el sepulcro. Pero al llegar, constatan con estupor que la piedra ha sido removida y que el cuerpo de Jesús no está en el sepulcro. Hay un joven -según el evangelista Marcos- que les dice que no tengan miedo, que Jesús de Nazaret no está allí, que ha resucitado. Además, les encarga que vayan a anunciarlo a Pedro y a los demás discípulos y les digan que vayan a Galilea y allí verán a Jesús. La reacción de las mujeres, sin embargo, no es de alegría. Sobrecogidas y llenas de miedo, huyen del sepulcro sin comunicar el mensaje ni decir nada a nadie. A nosotros nos sorprende esta reacción y nos parece que habrían tenido que salir corriendo a anunciar la Buena Nueva. En cambio, no lo hacen. Quizás las frena el estupor sagrado de estar tan cerca de un hecho que manifiesta el misterio de Dios y su intervención en la resurrección de Jesús. Pero, además, les cuesta entender y aceptar la novedad del anuncio que les han hecho. Les cuesta comprender el misterio de la vida que brota de la muerte. Tienen miedo ante lo que les es radicalmente desconocido. Y, en cambio, el mensaje que han recibido será el núcleo central de la fe cristiana.

Por suerte su fuga y su silencio fueron pasajeros y el anuncio se fue extendiendo. Y lo fue repitiendo la Iglesia antigua: Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado, subrayando siempre la identidad del que fue clavado en la cruz y del resucitado. Aún hoy el pueblo cristiano anuncia en todo el mundo que Jesús de Nazaret vive y es vencedor del mal, del pecado y de la muerte. Su resurrección nos ofrece una visión nueva del ser humano, del sufrimiento, de la muerte, de la historia, del mundo.

El evangelio de esta noche santa nos invita a no quedarnos mirando el sepulcro vacío, donde Jesús no está. Al contrario, nos invita a ir a Galilea que es donde se encuentra el Resucitado. No a la Galilea geográfica de paisajes entrañables a la que fueron convocados apóstoles, según hemos oído, sino a la Galilea espiritual. Porque la Galilea geográfica, donde Jesús anunció por primera vez el Reino de Dios, es un símbolo de la Galilea espiritual. El evangelio de esta noche nos invita a ir al lugar donde resuena constantemente el anuncio del Evangelio, donde podemos vivir la intimidad con Jesús escuchando su voz y dialogando con él en la oración. A la Galilea espiritual se nos invita a hacer obras de justicia y de misericordia, se nos invita a abnegarnos siguiendo el modelo de Jesús hasta tomar la propia cruz para seguirle construyendo cada día el Reino hasta el momento que seremos llamados a participar de su gloria pascual. Él, resucitado, el Viviente, nos precede abriéndonos el camino y nos hace participar de su misión.

La solemnidad de Pascua, pues, no nos trae sólo la alegría de la resurrección de Jesús, el Señor. Nos hace compartir, también, la vida nueva que él nos comunica desde que por el bautismo fuimos incorporados sacramentalmente a su Pascua y, como dice el Apóstol, empezamos a resucitar con Cristo (Col 3, 1). Por eso a lo largo de la vigilia hemos ido encontrando muchas referencias al agua como alegoría del bautismo. Se nos ha hablado del agua que da vida, del agua que ahoga el mal y se convierte en paso hacia una realidad nueva y salvadora, del agua que sacia la sed del corazón y que por eso debemos ansiar como el ciervo anhela el agua del torrente; se nos ha hablado, también, del agua que brota de las fuentes del Salvador con una expresión que nos remite al costado abierto de Jesús en la cruz de donde brotó sangre y agua; se nos ha hablado, además, del agua pura que Dios vierte sobre su pueblo para purificarlo de toda mácula y sacarle el corazón de piedra para darles uno de carne. Y finalmente, se nos ha hablado del agua bautismal que nos ha sumergido en la muerte de Cristo -como decía San Pablo- para que nosotros vivamos una vida nueva viviendo ya en él hasta el momento de nuestra participación eterna en la resurrección de Jesucristo. Pascua, por tanto, es también la fiesta gozosa de nuestra incorporación a la vida nueva que Cristo resucitado nos comunica. Es la fiesta del inicio del intercambio de vida entre él y cada uno de nosotros. Y por eso es la fiesta de nuestra filiación divina. En el arco que se abre ante el trono de la Virgen en el ábside de esta basílica, a mi lado derecho, hay un mosaico representando precisamente el momento de la vigilia de esta noche santa en el que – cuando hay bautismos- se introduce el cirio pascual en la fuente bautismal. Al lado hay una frase en latín, alusiva al bautismo, tomada del papa san León Magno que compara la fecundidad del agua a la fecundidad de María; dice: «dedit aquae quod dedit Matri» (Sermón, 25, 5). Es decir, «el principio de fecundidad que Dios puso en el seno de la Virgen, lo ha comunicado a la fuente bautismal». Dios ha dado al agua bautismal lo que dio a la Madre. «El poder del Altísimo, la obra del Espíritu Santo, hizo que María engendrara el Salvador», el Hijo de Dios hecho hombre, y al agua bautismal, también mediante el Espíritu Santo, le ha dado la capacidad de engendrar hijos e hijas de Dios (cf. ibid.). Por eso la Pascua de Jesucristo nos abre un acceso al Padre hecho de amor y de confianza filiales y nos da la prenda de vivir para siempre en el Reino de Cristo. Ahora, cuando bendeciremos el agua para recordar nuestro bautismo y cuando renovaremos nuestras promesas bautismales, renovamos también nuestra adhesión a Cristo para vivir en la novedad de vida pascual y nuestra voluntad de ser dóciles a la acción del Espíritu Santo. Y hacemos el propósito de ir cada día espiritualmente a Galilea es decir, a encontrarnos con Cristo resucitado, para vivir con él una vida de comunión en la filiación divina y en el servicio a los demás.

Esta misma celebración forma parte de nuestra Galilea espiritual. En la Eucaristía encontraremos a Jesucristo resucitado y nos nutrirá con el sacramento pascual de su Cuerpo y de su Sangre. Que Santa María, la Virgen gozosa de la mañana de Pascua, nos ayude, con sus oraciones, a vivir como hijos e hijas de Dios, como hombres y mujeres nuevos que, porque habiendo hecho experiencia, podamos decir a nuestros contemporáneos: No temáis; Cristo, el Viviente, camina con la humanidad. Y, aunque sea por caminos tortuosos, encamina la historia hacia su plenitud de paz, de vida y de alegría.

Abadia de MontserratVigilia Pascual (3 de abril de 2021)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de abril de 2021)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Mi misión es la de ser un testigo de la verdad, decía Jesús a Poncio Pilato. Y este le preguntaba: y la verdad ¿qué es?

Sí, hermanos y hermanas: y la verdad ¿qué es? Nos podemos preguntar como se lo pregunta tanta gente en nuestro contexto cultural tan dado al subjetivismo y tan atacado por las noticias falsas. Y la verdad ¿qué es? Jesús en el contexto del interrogatorio de Pilato no responde a la pregunta. Pero a partir del contexto de todas las palabras de Jesús, podemos responderla. Aquí la verdad no hace referencia tanto a la correspondencia objetiva de lo que se dice con la realidad de los hechos, como una palabra de la que te puedes fiar, una palabra fiel, que no falla ni decepciona. Jesús ha venido a ser un testigo de la verdad. Y podemos distinguir tres ámbitos de la verdad que testimonia. El primero es el de la verdad que es Dios, y de la verdad que es Jesús mismo desde el momento en que ha venido al mundo porque el Padre le ha enviado y que quien lo ve, él, ve al Padre (cf. Jn 12, 44-45). En un mundo lleno de incertidumbres, frágil y pasajero, tal como nos muestra cada día la pandemia de Covid, donde nada nos puede dar una seguridad plena y total, Jesús da testimonio de la verdad que es su palabra, de la verdad que es su amor que salva. Todo lo que ha predicado, todo lo que ahora está viviendo, desde su detención en el huerto de los olivos, en el juicio ante el Gran Sacerdote o ante Pilato, en la tortura y en la ejecución que vendrán, todo es para testimoniar la verdad del Padre y de su amor sin límites (cf. Jn 13, 1).

Jesús es testigo de la verdad de Dios. De un Dios lleno de ternura y por ello rico en misericordia. Pero, en un segundo ámbito, es, también, testigo de la verdad del hombre, de todo ser humano. De lo que cada hombre y cada mujer son a los ojos de Dios: creados por amor y revestidos de una dignidad inalienable. Dios no quiere la marginación de nadie, ni la explotación, ni la violencia, ni el asesinato, ni la muerte eterna. Por eso cuando Pilato presenta, a la gente que pedía la condena, a Jesús flagelado, coronado de espinas y con un ridículo manto de púrpura, les dice: he aquí al hombre. El hombre sufriente, el hombre marginado, el hombre humillado, el hombre abocado a la muerte. Jesús en su pasión y en su cruz toma sobre sí mismo todo el sufrimiento de la enfermedad, de la pobreza y de la marginación, de la violencia de tantas clases, los que tienen que emigrar o de huir, los excluidos y despreciados socialmente, de los que son víctimas de sus debilidades y de su pecado. También de cada uno de nosotros. Jesús es el hombre que toma sobre sí mismo todo el sufrimiento del mundo para vencerlo, para liberarnos. Es el hombre que enseña a amar sin condiciones, a perdonar generosamente, a dar la vida gastándose por Dios y por los demás.

En un tercer ámbito, Jesús es el testigo de la verdad de la historia. Él es el Señor, tiene la soberanía de la historia. Él es su centro, desde el momento que todo ha venido a la existencia por él y todo se encamina hacia él (Col 1, 15-16. 18). Y él, que ahora contemplamos tan débil y condenado a muerte, será el juez al final de la historia para vindicar los derechos conculcados a tantos hombres y mujeres del mundo, para pedir cuentas a los que hacen el mal, para examinar cómo habremos estimado ( Mt 25, 31-46) y para reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 3, 17-21; 12, 52). Aquellos que, por ser de la verdad, habrán escuchado su voz y habrán vivido amando y sirviendo como él.

Por eso sorprende tanto el grito de: fuera, fuera, crucifícale. No quieren escuchar el testimonio de la verdad. Les estorba, pone en cuestión sus convicciones demasiado humanas. Fuera, fuera no es sólo el grito de la gente ante Pilato cuando sospechaba que quería soltar a Jesús. También hoy, en nuestras sociedades, hay quien no quiere la presencia de Jesús. Unos lo ignoran porque no les interesa su persona y ni su palabra. Otros toman una actitud más o menos hostil porque la persona y la palabra de verdad de Jesús cuestionan su comportamiento. La vida y la enseñanza del Señor siguen siendo incómodas, provocativos, también hoy. El estilo de vida, los criterios, las urgencias, los afanes de poder y los intereses políticos o económicos de muchos en nuestra sociedad, topan con la verdad de Jesús. También los hay que se sienten incómodos con su pasión y su muerte, porque les recuerda que debe ser primero el amor plenamente gratuito y dado a los otros hasta el límite, les recuerda el valor de la humildad frente al poder, les recuerda la injusticia que es la condena de un inocente y la gravedad de matar por intereses inconfesables. La muerte de Jesús se hace incómodo, también, a algunos porque, atareados como están con sus cosas, sus negocios, sus vacaciones, sus evasiones, les recuerda que la muerte es insoslayable y todos tendremos que afrontar en un momento u otro. En cambio, los cristianos debemos continuar testimoniando que el Crucificado es el único que salva el mundo, que su muerte en la cruz ha vencido la Muerte y es fuente de vida y revelación de Dios, que en él está la respuesta a todas nuestras preguntas y a todos nuestros anhelos, que su soledad ha vencido todas las soledades. Él, elevado la cruz, transforma la muerte humillante e ignominiosa a que lo condenaron en una revelación del amor que quiere atraer a todos hacia él para llevar a todos hacia la plenitud (cf. M. Delpini, Homilía de vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 2019).

La cruz de Jesús hermana a quienes compartimos la fe cristiana. Por ello, el Papa Francisco pide, también este año, que, mientras hacemos memoria del gesto supremo de amor de Jesús en la cruz, nos acordamos de los cristianos que viven en Tierra Santa y en Oriente medio, los que han vivido, y viven, doblemente los efectos de la pandemia, porque la han sufrido ellos también y porque ha provocado la ausencia de peregrinos y, por tanto, la caída de puestos de trabajo y la falta de recursos en muchas familias, además de las situaciones precarias que algunos cristianos tienen debidas a la violencia o las sanciones económicas que afectan s algunas de aquellas tierras. Somos invitados, pues, hoy a hacer nuestra aportación a favor de estos hermanos nuestros en la fe.

En este Viernes Santo, agradecemos la coherencia y la verdad de la cruz de Jesús que lleva la salvación a quien lo acoge y que cura todas las heridas de los que se le acercan con fe. Si le abrimos el corazón y la inteligencia conoceremos la verdad y la verdad nos hará personas libres (Jn 8, 32). Conoceremos la verdad que es la realidad de Dios revelada por Jesucristo que comunica la plenitud de la vida verdadera. Y seremos libres, no tanto con una autonomía interior o con la libertad de movimientos, sino libres ante la mentira y la muerte y con capacidad para vivir, gracias a la acción del Espíritu Santo, en la comunión del Padre y del Hijo en un proceso creciente que culminará en la vida eterna que nos abre la cruz de Jesucristo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor (1 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de abril de 2021)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

Alzaré la copa de la salvación, cantaba el salmista. Levantará la copa, hermanos y hermanas, para agradecer a Dios todo lo bien que le ha hecho, para agradecer la salvación que le ha otorgado. Lo hará ante los presentes como signo público de agradecimiento, como un brindis ofrecido a Dios.

En esta noche de la última cena de Jesús, el punto de referencia, sin embargo, no es principalmente el cáliz del que habla el salmista. Nos lo daban a entender las palabras de San Pablo que la liturgia nos ponía en los labios como respuesta al salmo: el cáliz de la bendición es comunión con la Sangre de Cristo. El punto principal de referencia, pues, es el cáliz que tomó Jesús al final de la última cena con los discípulos. Y que, como él dijo, es el cáliz de la nueva alianza sellada en su Sangre. Este cáliz de Jesús encuentra su continuidad sacramental en cada celebración de la eucaristía. Hasta el punto de que la oración eucarística que centrará nuestra celebración, el Canon romano, los identifica; habla como si el cáliz que tomó a Jesús y que utilizaremos nosotros fuera el mismo. En efecto, en el momento de la consagración diremos: «del mismo modo tomó este cáliz en sus santas y venerables manos». Y es que la identificación no viene de la materialidad del cáliz, sino del hecho de contener la Sangre de Cristo. La que Jesús ofreció a los discípulos en la última cena porque bebieran como sacramento y la que al día siguiente derramó en la cruz cuando se ofreció como víctima por la salvación de todos. Por ello es -tal como cantábamos- cáliz de bendición y los cristianos lo levantamos para celebrar la salvación que Jesucristo nos ha obtenido entregándose a la muerte.

Algo parecido podríamos decir del pan que Jesús, después de dar gracias, lo partió, lo pasó a sus discípulos y les dijo: esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. También esta noche, para celebrar la salvación, después de la consagración alzaremos el pan que es comunión con el Cuerpo de Cristo. lo alzaremos para ofrecerlo al Padre como víctima de acción de gracias, tal como anunciaba proféticamente el salmista.

Se trata de un ofrecimiento doble. Por un lado, en cada celebración de la Eucaristía, nosotros ofrecemos al Padre la víctima de acción de gracias que es el sacrificio de Jesucristo. Pero, el ofrecimiento más grande es lo que nos hace el Padre bajo la acción del Espíritu Santo, al concedernos participar «del pan de la vida eterna y del cáliz de la salvación» porque quiere llenarnos de su «gracia y de todas las bendiciones del cielo» (cf. Canon romano). Hoy que conmemoramos la institución de la eucaristía en la última cena del Señor, lo agradecemos, maravillados por un don tan grande ofrecido cada día a nuestra participación. Nosotros ofrecemos al Padre lo que el Hijo nos ha dado; se lo ofrecemos como expresión de nuestro deseo de amarlo aunque sea de una manera torpe. Pero él, el Padre, nos ama en plenitud, y como le duele la muerte de sus fieles, nos ofrece por medio de Jesucristo el alimento de la inmortalidad, que, además nos fortalece en el camino de amor y de servicio de cada día.

¿Cómo podemos pagar al Señor todo el bien que nos ha hecho? nos podemos preguntar esta noche con el salmista. Y él mismo, en el salmo que hemos cantado, nos da unas pistas de cómo hacerlo. Podemos corresponder al Señor, alabándolo y dándole gracias sinceramente porque desde el día en que nacimos a la vida de fe nos ha hecho hijos en Jesucristo. Podemos corresponderle, además, invocando su nombre y cumpliendo nuestras promesas bautismales; testimoniando ante los demás su amor generoso por medio de una vida no centrada en nosotros mismos sino entregada a los otros como la de Jesús, tal como hemos visto en el evangelio. Y, además, podemos pagar al Señor todo el bien que nos ha hecho viviendo la celebración eucarística -que es nuestro alzar el cáliz para celebrar la salvación- de una manera consciente y activa y acogiendo con agradecimiento lo que el Padre nos ofrece y que Jesús, el Señor, nos dejó la noche en que fue entregado: su Cuerpo y su Sangre.

Debemos ser conscientes de que comer el pan eucarístico y beber el cáliz «es un proceso espiritual» que abarca toda nuestra realidad. Comer y beber los Santos Dones de la eucaristía significa en primer lugar adorar al Señor que está presente y, después, dejar que el Cuerpo y la Sangre de Cristo entren dentro de nosotros de manera que nuestro yo «sea transformado y se abra al gran nosotros», a toda la Iglesia y hasta toda la humanidad, por lo que todos los que participamos de la mesa eucarística llegamos a ser una sola cosa con él, Jesucristo (cf. J. Ratzinger, el espíritu de la liturgia citado en Liturgia y Espiritualidad 52 (2021) 100) Como una manera concreta de este abrirnos a los otros, podréis hacer una aportación a la colecta que haremos a favor de Cáritas, que, cada día ve cómo se multiplican las peticiones de ayuda debido a las consecuencias de la pandemia.

Adorar, comer y beber el sacramento eucarístico, dejarse transformar, servir a los demás con amor para vivir la comunión eclesial y contribuir a crear la unidad solidaria entre todos los hombres y mujeres del mundo. Este es el mensaje que se nos confía esta noche junto con la fuerza para llevarlo a cabo que nos viene de la eucaristía.

Con agradecimiento, pues, alcemos el cáliz de la salvación y para agradecer la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Abadia de MontserratJueves Santo. Misa de la Cena del Señor (1 de abril de 2021)

Domingo de Ramos y de Pasión (28 de marzo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (28 de marzo de 2021)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Marcos:1-15.47

 

¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? preguntan los discípulos a Jesús. Y él, hermanos y hermanas, tal como hemos oído, les da las indicaciones pertinentes. Se trataba de celebrar la Pascua que actualizaba la liberación de la esclavitud de Egipto y la alianza que, en el Sinaí, Dios había hecho con Moisés a favor de todo el pueblo. Esta cena, además, renovaba la esperanza en la venida del Mesías. Una vez en la mesa, pero, y a medida que se iba desarrollando la comida, los discípulos descubren que la intención de Jesús era dar una dimensión nueva a aquella cena, darle un carácter profético y sacramental a través de la Eucaristía que los dejaba.

Aquel, nos decía el evangelista san Marcos, era el día en que se sacrificaba el cordero pascual. Esto nos ayuda a entender esta dimensión nueva; en aquella cena, Jesús celebraba la pascua de otro modo, no sólo comiendo el cordero y el pan sin levadura. Él también era el cordero pascual. Más aún, él era el cordero perfecto y auténtico. En su persona se hacía realidad lo que anunciaba la celebración de la pascua de Israel. La cena con los discípulos era la anticipación sacramental y profética de su pascua definitiva que pocas horas después viviría de una manera cruenta en la cruz. El evangelista nos ha ido presentado los diversos momentos de la inmolación de este cordero que era Jesús: la angustia ante el sufrimiento y la muerte, la pena de ser traicionado por uno de los suyos, las acusaciones injustas ante las que él callaba, sin dar respuesta, un dolor corporal terrible, la aflicción íntima por los insultos y el trato violento, la soledad del corazón al no tener el calor amistoso de los discípulos que han huido y una oscuridad espiritual indecible debido a no sentir la presencia amorosa del Padre. Todo termina con un gran grito, hermanado con todas las angustias y con todos los clamores de la humanidad, y con la muerte. En medio de la oscura interior y de la negra nube que cubrió el Calvario, sin embargo, Dios estaba a pesar de su aparente ausencia. Y, de manera paradójica, se daba a la humanidad para liberarla, para abrirle un camino de vida plena. Comenzaba un mundo nuevo. El templo de piedra de Jerusalén dejaba su función y era relevado por un Templo no hecho por manos de hombre; es decir por Jesús mismo que ofrece un acceso libre a Dios a judíos y paganos, a la humanidad entera, a través de su persona. Vemos un ejemplo de esto en el centurión pagano que, al presenciar la forma en que Jesús expiraba, lo reconoce como hijo de Dios. Ya en la cruz, pues, se empieza a hacer realidad lo que Jesús había dicho al gran sacerdote: veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso.

¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Después de haber escuchado el relato de la pasión y de saber que Jesús la vivió por amor a la humanidad y a cada uno de sus miembros, deberíamos personalizar la pregunta de los discípulos y hacérnoslo nuestra: ¿cómo quieres que te preparemos la pascua de este año en nuestro interior? Porque la podemos vivir con una actitud hostil hacia Jesús y su Evangelio como los grandes sacerdotes, los escribas, los soldados o la gente que pasaba moviendo la cabeza con aires de mofa. La podemos vivir desde la indiferencia como Pilato y tantos otros. La podemos vivir dejándolo solo y traicionando su amistad después de haber puesto la esperanza en él y, tal vez, de haberla perdido, como Judas. La podemos vivir desde la debilidad y la negación como Pedro; sabiendo, sin embargo, que si hay compunción el perdón es posible. La podemos vivir con compasión ante aquel hombre desnudo, humillado y sufriente que es Jesús dejándonos cuestionar por su muerte, como el centurión. La podemos vivir, todavía, con piedad y dolor en el corazón, meditando todo lo que esta pasión significa, como María la madre de Jesús (cf. Lc 2, 19.33-35). Sí, preguntémonos cómo queremos vivir la semana santa y la pascua de este año.

La pasión de Jesús nos abre una puerta a la esperanza y nos libera de la levadura de la corrupción del pecado. Porque destruyendo el pecado hace posible una vida nueva de santidad según el Evangelio. La cruz de Jesús nos abre una puerta a la esperanza ante el dolor y la muerte, que con la pandemia se han vuelto más vivos y más angustiantes que nunca en estos últimos años. La muerte de Jesús, el Hijo de Dios, nos enseña que no debemos temer que todo acabe para siempre, que más allá del sufrimiento y de los límites de la miseria terrenal, la muerte ha empezado a ser definitivamente vencida gracias a Jesucristo, a su sangre derramada libremente que nos posibilita la vida para siempre. En él se ilumina el enigma del dolor y de la muerte. En él la realidad humana en su conjunto y el misterio de cada persona en particular encuentran una dimensión nueva. Cualquiera puede asociarse al misterio de Jesucristo por los caminos que el Espíritu Santo abre en el interior de cada ser humano, incluso en los que no son cristianos (cf. Gaudium et spes, 18 y 22). Porque por la sangre de su cruz Jesucristo ha puesto la paz en todo lo que hay, tanto en la tierra como en el cielo, y Dios ha reconciliado todas las cosas (Col 1, 20).

Hermanos y hermanas: Hemos escuchado con respeto y con consternación el relato de la pasión y la muerte de Jesús. Hemos acogido con fe y con agradecimiento el don que supone a favor nuestro y de toda la humanidad. Tal como decía el evangelista al inicio de la narración de la pasión, el don que libremente Jesús ha hecho de su vida en la cruz nos es comunicado por el sacramento de la eucaristía. Él lo actualiza, este don sacrificial, para perdonarnos y darnos vida, para vincular nuestros sufrimientos a su pasión y para anticiparnos a la comida eterna del Reino. La Eucaristía es prenda de la superación para siempre del dolor y de la muerte. ¡Esta es la fuente de nuestra esperanza!

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (28 de marzo de 2021)

Solemnidad de San José (19 de marzo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (19 de marzo de 2021)

2 Samuel 7:4-5.12-14.16 / Romanos 4:13.16-18.22 / Lucas 2:41-5

 

Tu padre y yo te buscábamos angustiados, decía María. En el fragmento evangélico que hemos leído, hermanos y hermanas, nos repetía cuatro veces que María y José eran los padres de Jesús. Íntimamente unido a su esposa, san José «amó a Jesús con corazón de padre», tal como afirma el Papa Francisco en la Carta Apostólica que ha escrito sobre el Santo carpintero de Nazaret (Carta «Patris corde»). Además, el Papa ha querido dedicarle todo este año para favorecer que crezca en el pueblo cristiano el amor a este gran santo, para impulsar que se invoque su intercesión y para favorecer la imitación de sus virtudes y de su fidelidad a la Palabra de Dios. En la Carta, el Papa destaca la misión paternal de San José, porque si bien, según los evangelios, tenía sólo la condición de padre legal, «amó a Jesús con corazón de padre». Y se puede decir que fue padre por el amor tierno, por la solicitud atenta, por la vinculación intensa en todo lo que hacía referencia a Jesús. El ansia con que María y José buscaban Jesús -tal como nos decía el Evangelio- era fruto de esta solicitud y comportaba a la vez inquietud y angustia ante la ausencia de Jesús, el hijo amado entrañablemente.

En esta Carta Apostólica dedicada a San José, el Papa Francisco destaca la discreción de este gran hombre de Dios. Según los relatos evangélicos, la suya, es una presencia que se mantiene en segundo término pero siempre muy activa y eficaz. Lo vemos, también, en el fragmento evangélico que hemos proclamado; José no habla, sólo María recrimina y expresa el dolor que han pasado los dos. José también ha sufrido, y ha apoyado a María compartiendo el ansia y la búsqueda angustiosa, pero lo vive desde el silencio contemplativo. Esta discreción, hecha de una presencia atenta pero humilde, lleva el Papa a valorar todas aquellas personas que en la vida diaria, y desde una aparente segunda línea, «tienen un protagonismo incomparable en la historia de la salvación». Al leer esto, nosotros podemos pensar en tantas personas que a causa de la pandemia han ayudado y ayudan a los demás de tantas maneras desde el anonimato, y a veces poniendo en peligro su vida. O, como se ha puesto de manifiesto durante el viaje reciente del Papa a Irak, podemos pensar en tantas personas que discretamente han arriesgado su vida para salvar a otros independientemente de cuáles fueran sus creencias, la han arriesgado para hacer obra de reconciliación, para ayudar materialmente. Y así podemos pensar, también, en muchas otras situaciones en las que tantas personas, sin hacer ruido y desde la discreción -como san José- trabajan por el bien de los demás, por la reconciliación y la paz. Y eso en varios niveles, desde el familiar al internacional.

San José, por fidelidad al plan de Dios, convirtió su proyecto humano de formar una familia con María en una ofrenda de sí mismo para ponerse al servicio de Jesús y de la misión que Dios le había confiado. Sacrifica su proyecto de vida inicial para seguir la vocación que le es confiada. Su corazón de padre va aprendiendo a amar y darse con una profundidad nueva. Así crece, como dice todavía el Papa, en la obediencia de la fe. A través del ansia de haber perdido a Jesús cuando era adolescente y a través de la angustia que -según el evangelio de San Mateo (Mt 1, 16-24) – experimentó en la infancia de Jesús, pasaba el proyecto salvador de Dios. De este modo, –según la Carta Apostólica mencionada- san José «nos enseña que tener fe en Dios incluye, además, creer que él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de la nuestra debilidad. Y nos enseña, también, que en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca «, porque, aunque muchas veces quisiéramos tenerlo todo controlado, Dios tiene siempre una mirada más amplia que la nuestra y sabe qué nos conviene para nuestro bien. Por eso le hemos de tenerle confianza. Como lo hizo José, sin poner condiciones. Más, aún, no sólo tenemos que confiar en Dios sino que también tenemos que querer a los demás confiando en ellos, acogiéndolos en todas las circunstancias de la vida.

San José, que -como dice el Papa- los evangelios presentan como un hombre que no se resigna pasivamente, sino como un creyente valiente y fuerte, nos es un modelo, sin embargo, de cómo aceptar los acontecimientos de nuestra historia personal y colectiva, dejando de lado nuestros razonamientos prefabricados, para acogerlos con responsabilidad y con confianza en el plan de Dios sobre cada uno de nosotros y sobre el mundo; un plan que siempre es de amor aunque pueda conllevar sufrimientos y decepciones. Aquel José, hijo de David, no temas (Mt 1, 20), que le dirigió el enviado de Dios al anunciarle cuál era su misión, también vale para nosotros y nos da una fortaleza llena de esperanza para acoger todos los hechos de la vida con coraje y para trabajar a favor de los demás, particularmente en la situación dolorosa y preocupante que nos deja la pandemia a nivel de pérdidas de vidas, de dificultades familiares y sociales, de situaciones económicas y laborales, etc. El ansia a nivel existencial causada por la situación actual se puede transformar en una nueva oportunidad. Como la que vivieron José y María al perder a Jesús, se transformó en una especie de anticipación pascual, una vez que, al tercer día, lo vieron lleno de la vida y de la sabiduría que le venían de estar en la casa de su Padre celestial.

San José es una figura de creyente muy cercana a nuestra realidad humana. Nos enseña que creer no significa encontrar soluciones fáciles que consuelan y que la fe no es una evasión de la realidad ni una consolación fácil. La fe que Jesucristo nos llama a vivir supone -como dice todavía el Papa- «afrontar con los ojos abiertos» la realidad y asumir «la responsabilidad en primera persona», con «coraje creativo», «sacando a la luz recursos que ni siquiera pensábamos tener «y transformando, con la ayuda de la gracia, los problemas en oportunidades. Aunque parezca que nuestra vida o nuestra historia esté sujeta a fuerzas adversas, «el Evangelio nos dice que Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Y «si a veces parece que Dios no nos ayuda, no quiere decir que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar». Es la experiencia que vivió con coraje el carpintero de Nazaret, que «con corazón de Padre» estimó a Jesús y afrontó los retos que su misión le comportaba, confiando siempre en la Providencia divina.

De custodio del niño Jesús y de su Madre María, San José ha pasado a ser custodio, patrón, de la Iglesia, que es «la prolongación del Cuerpo de Cristo en la historia». Que él interceda por la Iglesia y por todos sus miembros en estos tiempos difíciles y de crisis de fe. Que nos enseñe a confiar en Dios y a trabajar en la construcción del Reino de Dios. Que nos enseñe a amar a Jesús y su Evangelio, a estimar a la Iglesia y los hermanos en humanidad, particularmente los que viven en la pobreza o son marginados de una manera u otra.

El sacramento de la eucaristía que estamos celebrando hace presente a Cristo entre nosotros y en el mundo. Acojámoslo con corazón ardiente, como José acogió a Jesús.

Abadia de MontserratSolemnidad de San José (19 de marzo de 2021)

Miércoles de ceniza (17 de febrero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (17 de febrero 2021)

Joel 2:12+18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Queridos hermanos y hermanas:

Como los sacerdotes de los que hablaba la primera lectura, también nosotros lloramos con las lágrimas del corazón. Como toda la asamblea del pueblo que los acompañaba, tenemos sentimientos de dolor en este Miércoles de Ceniza. Con la pandemia, un gran desastre aflige todavía la humanidad. Nos rasgamos el corazón por tanto sufrimiento en los que ya nos han dejado, algunas veces rodeados de una soledad total, o en los que todavía están en la lucha entre la vida y la muerte. Nos rasgamos el corazón también por el dolor de tantos que lloran a sus difuntos, por la angustia de tanto personal sanitario que, además del peligro que ha vivido de verse contagiados, siente la impotencia ante la magnitud del drama. Nos rasgamos el corazón, aunque, solidarios de los que en esta crisis han perdido lo necesario para vivir con dignidad, o se han visto expulsados hacia la pobreza. Nos rasgamos el corazón por la gran incertidumbre ante el futuro.

Lloramos con las lágrimas del corazón por el pecado colectivo, pero con responsabilidades que nos afectan, frente a tantas situaciones, de negligencia ante los migrantes en nuestro Mediterráneo y en tantas partes del mundo, entre ellos muchos niños y adolescentes; lloramos arrepentidos por las suspicacias que de entrada tenemos delante de ellos, por el tráfico de personas, por la marginación y los descartados de la sociedad. Lloramos con las lágrimas del corazón por tanta indiferencia ante la conculcación de los derechos humanos. Lloramos y nos ponemos de luto por tanto daño como hay en el mundo y del que de alguna manera somos solidarios. Lloramos y nos ponemos de duelo también por nuestro pecado personal, por nuestra incapacidad de amar como caso a los discípulos del Evangelio, por la negligencia en el seguimiento de Jesucristo, por el egoísmo, por todo lo que hay en nosotros contrario al amor de Dios.

La pandemia, además, nos ha hecho palpar con realismo que somos polvo y al polvo hemos de volver (cf. ritual de la imposición de la ceniza; cf. también Gn 3, 19). Lo hemos experimentado en personas cercanas; con las que, en muy pocos días hemos pasado de hablar con ellas a tener las cenizas en las manos. Hemos tomado aún más conciencia de que somos débiles, vulnerables, mortales.

Junto a esto, oímos la llamada que Dios, a través del apóstol Pablo, nos hace en este día al decirnos que ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Y, por tanto, la llamada a convertirnos y creer en el Evangelio (cf. ritual de la imposición de la ceniza; cf. Mc 1, 15). Y así reconciliarnos con Dios acogiendo la gracia del perdón que se nos ofrece. Porque, como decía aún la primera lectura, él es benigno y entrañable, lento a la cólera y rico en amor. Por eso brota de nuestro interior la oración: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. No me arrojes lejos de tu rostro. Renuévame por dentro con espíritu firme.

Durante la pandemia, de modo similar a cómo los pueblos paganos cuestionaban al pueblo de Israel, hemos oído la pregunta: ¿dónde está tu Dios? Y tal vez, ante la turbación, también nos lo hemos preguntado nosotros, sin preguntarnos si no éramos los seres humanos quienes tenían una parte de responsabilidad en la pandemia debido al cambio climático y la falta de responsabilidad en no tomar todas las medidas necesarias. Debemos dolernos de nuestra poca fe, de la desconfianza en la acción salvadora de Dios, cuando él está aquí en los que sufren y en quienes los cuidan; él está aquí luchando contra el mal, él está aquí acogiendo los que mueren.

Debilidad, pecado, condición mortal, fe en el perdón y en la salvación que nos promete el Evangelio y nos otorga Jesucristo. Todo esto lo queremos expresar con el gesto de acercarnos a recibir la ceniza sobre nuestra cabeza. Somos polvo como la ceniza y al polvo hemos de volver, pero creemos que nuestro destino final no es quedarnos en el polvo, sino resucitar a una vida nueva y vivir para siempre con el Señor.

Aceptamos la llamada que hoy nos hace la Palabra de Dios a volver de todo corazón al Evangelio, que es volver a Jesucristo. Que no nos puedan decir: ¿dónde está su Dios? debido a nuestra vida poco coherente con la fe. Jesús, el texto evangélico que hemos escuchado, nos indicaba tres acciones fundamentales como signo de nuestro retorno a Dios: el ayuno, la limosna y la oración, las tres vividas con sinceridad de corazón y sin ningún tipo de ostentación.

El ayuno que incluye, además de privarse de algo de comer y de beber, la sobriedad de vida, la contención ante lo que nos atrae desordenadamente, la moderación en el uso de la palabra, los medios de comunicación, de las redes sociales. El ayuno nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre (cf. Mt 4,4) y nos hace descubrir la importancia de entrar en nuestro mundo interior para hacer silencio, para poner paz, para acoger la Palabra de Dios.

La limosna que significa ayudar y servir a los demás, particularmente los que experimentan necesidades materiales, los que se encuentran en la soledad, en la marginación. La limosna a la que nos invita Jesús supone, también, colaborar con voluntariados o aportar recursos económicos o en especie a Cáritas, a los bancos de alimentos, etc. Manos unidas nos recordaba recientemente que la pobreza y el hambre son pandemias para las que no hay vacunas, sólo se pueden vencer con solidaridad y compromiso. También es limosna espiritual atender a las personas que están solas, escuchándolas, confortándolas.

El tercer signo que expresa nuestro deseo de conversión, tal como decía Jesús en el evangelio, es la oración. Dedicar tiempo a Dios, a alabarle, darle gracias, a hacer silencio para escucharlo y acoger en el corazón su Palabra; dedicarle tiempo para vivir una relación filial con el Padre, para vivir la amistad con Jesucristo, para dejarnos llevar por el Espíritu. La oración incluye también la intercesión a favor de los otros, a favor de todos los dramas del mundo. Y, además, una oración humilde que, en la compunción por nuestra falta de correspondencia al amor de Dios, pide ser curados espiritualmente y de vivir con alegría nuestra condición de hijos e hijas de Dios.

Dios es fiel. Y está dispuesto a perdonarnos y ayudarnos a creer y vivir el Evangelio. La prueba la tenemos en el don de la Eucaristía que nos ha dejado y que ahora celebramos.

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (17 de febrero de 2021)

Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (3 de febrero 2021)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-19

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la salvación ha entrado en esta casa, decía Jesús a Zaqueo en el evangelio que acabamos de escuchar. La liturgia aplica esta afirmación a nuestra basílica. Hoy celebramos los 429 años de su dedicación. Es decir, del día que por la oración de la Iglesia que acompañaba la unción con crisma del altar y de las paredes -para significar que el Espíritu Santo los santificaba- y por la celebración de la eucaristía, el Señor entró en esta casa. Entraba para hacerla suya. Para acoger la alabanza y la oración de los monjes, de los escolanes y de los peregrinos. Para otorgarles la salvación por medio de la proclamación de su palabra y de la celebración de sus sacramentos.

El Señor quiso llenar de santidad esta casa (cf. oración sobre las ofrendas) para que los que nos reunimos podamos alcanzar la plenitud de la curación y de la salvación (cf. oración colecta). Mientras peregrinamos hacia esta plenitud, el Señor se va construyendo aquí un templo espiritual que somos nosotros, individualmente y como Iglesia (cf. prefacio).

Hoy la salvación ha entrado en esta casa. Este hoy no vale sólo para aquel 2 de febrero de hace 429 años, cuando la basílica fue dedicada. Es un hoy que perdura. El evangelista san Lucas subraya a menudo a lo largo de su Evangelio la palabra hoy para indicar la actualidad perenne de la salvación que trae Jesucristo. Cada día, por parte de Dios, es un hoy de salvación. Desde el día de la dedicación, cada día el Señor busca en este lugar a quienes acudimos y trae la salvación, como hizo en casa de Zaqueo. Y las celebraciones que se hacen en esta casa de oración van transformando interiormente a los que participamos, haciéndonos posible el encuentro y el diálogo amistoso con Jesucristo que nos identifica con él y nos adentra en la filiación divina. El Señor sigue irrumpiendo en nuestra historia y actualiza la salvación otorgada en Jesucristo una vez para siempre. De este modo, nos edificante individualmente como un templo espiritual para que todos juntos, reunidos en la Iglesia, formemos un templo de piedras vivas (1C 3, 16-17; Ef 21, 22).

Todo esto es posible gracias a la acción del Espíritu Santo. Él nos recuerda y nos testimonia la obra de Jesucristo, la hace presente y la actualiza para nuestra salvación. Y con su poder transformador la hace fructificar en nuestro interior de creyentes (cf. Jn 16, 12-13). Evidentemente, sin embargo, la eficacia de estos dones de Dios otorgados mediante la gracia del Espíritu Santo, está condicionada a la apertura de corazón y la adhesión personal de cada uno. Dios no nos fuerza, respeta la libertad de las personas. Pero espera que nuestra mirada se cruce con la suya, como la de Zaqueo subido en alto de un árbol se cruzó con la de Jesús que levantó los ojos al llegar a ese lugar. Es necesario, pues, que tengamos una actitud acogedora, disponible para la conversión como la de Zaqueo, y que como él estemos agradecidos por la presencia del Señor y por los dones que nos otorga por la acción del Espíritu Santo.

En esta basílica, encontramos un elemento simbólico que nos recuerda esta acción del Espíritu Santo. Es la corona con el dosel situados sobre el altar. Son memoria de aquella sombra del poder del Altísimo por medio de la cual el Espíritu Santo bajó sobre María y la hizo fecunda para engendrar al Hijo de Dios (cf. Lc 1, 15). La corona con el dosel sobre el altar son un símbolo de la epíclesis que hace la Iglesia en sus celebraciones para que el Espíritu intervenga y haga comprensible la Palabra, intervenga y haga eficaces los sacramentos que por voluntad del Padre nos llevan a la salvación y nos configuran con Jesucristo (cf. C. Valenziano, architetto di Chiese. Bologna, 2005, p.265-266). Corona y dosel son, además, un símbolo de la acción del Espíritu que hace que la alabanza de la Liturgia de las Horas y todo el culto individual o comunitario que aquí se ofrece en esta basílica sea digno (cf. oración colecta), sea un culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23).

En la oración eucarística que iniciaremos con el prefacio, hay dos invocaciones del Espíritu Santo o epíclesis. La primera sobre las ofrendas del pan y del vino «para que se conviertan en el cuerpo y en la sangre» de Jesucristo. Y la segunda sobre nuestra asamblea «para que seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu», es decir, que todos juntos formamos el cuerpo espiritual o místico de Cristo- y para que cada uno de nosotros se convierta «una ofrenda eterna» para obtener «la herencia» de la vida para siempre (cf. plegaria eucarística III). Después, en la comunión Jesucristo resucitado entrará dentro de nosotros, de modo similar a como entró en casa de Zaqueo. Entonces nuestro cuerpo será, de una manera análoga a la corona y al dosel que cubren el altar, tálamo de la presencia divina. Y desde nuestro interior, el Señor nos dará la vida en el Espíritu y nos enviará a ser testigos de su amor sanador y santificador, testigos de su palabra a favor de toda la humanidad. Así podremos cantar alegres y con toda verdad las palabras de San Pablo que la liturgia pone como canto de comunión de este día: «sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros «(1C 3, 16-17).

Como veis, la solemnidad de la dedicación de esta basílica nos lleva a considerar también nuestra dedicación, la que en los sacramentos de la iniciación el Señor hizo de nosotros y que renueva cada día. Por ello podemos bien decir con el evangelio: hoy la salvación ha entrado en esta casa. Hoy. Ahora, en la eucaristía.

Que Santa María, a la que está dedicada esta casa de oración que es nuestra basílica, nos ayude a acoger esta salvación, a hacerla vida, a ponerla al servicio de los demás, sobre todo de los que, desde la angustia y la preocupación causada por la pandemia, levantamos los ojos hacia este santuario y nos piden una oración y una palabra de consuelo, una palabra de esperanza, una palabra de salvación.

 

Abadia de MontserratDedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)

Epifanía del Señor (6 de enero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 de enero 2021)

Isaïes 60:1-6 / Efesis 2:2-3a.5-6 / Mateu 2:1-12

 

El evangelio que nos ha proclamado el diácono, hermanas y hermanos, parece que nos quiera instruir más bien expresando sentimientos y actitudes que no con diálogos. Porque la parte más importante de la narración, que es el encuentro de los magos con Jesús, no contiene ninguna reproducción de palabras dichas por los personajes que intervienen. Me explico.

Primero, el evangelista nos ha dicho que los magos habían visto en el firmamento, cuando aún estaban en su tierra, en Oriente, una estrella que brillaba de una forma nueva. Y dedujeron que era la estrella que indicaba el nacimiento del nuevo rey de los judíos. Esta estrella los puso en camino y los condujo a Jerusalén, la Ciudad Santa de Israel. En este punto de la narración, sí hemos encontrado un diálogo entre los magos que preguntaban por el lugar donde podían encontrar el recién nacido rey de los judíos porque le quieren presentar su homenaje, y el rey Herodes de quien esperaban una respuesta. Herodes, a pesar del temor por el peligro de que este niño podía representar por su trono (cf. Mt 2, 13:15), se la da tras consultar a los principales sacerdotes y a los letrados conocedores de las Sagradas Escrituras. Les dice que el rey de los judíos ha de nacer en Belén de Judea.

Una vez recibida la respuesta, los magos se pusieron en camino hacia esta pequeña población de la tierra de Judá. A partir de aquí, el evangelista San Mateo ya no nos relata otro diálogo. Sólo vivencias interiores de los magos y gestos que las expresan. Estas vivencias y estos gestos, sin embargo, nos permiten entrar en el núcleo de la celebración de hoy.

La primera vivencia es la humildad expresada por todo su itinerario de investigación pero sobre todo en la postración en el suelo ante el niño; ellos, altos personajes en sus tierras, se sienten pequeños ante Jesús. La segunda vivencia de los magos es la alegría inmensa al volver a ver la estrella que habían descubierto y les había hecho ponerse en camino y que ahora, llegados a Belén les indicaba la casa donde estaba el niño que buscaban para presentarle su homenaje. Entran y lo encuentran con su madre, María. La tercera vivencia es el reconocimiento de Jesús expresado con unas acciones concretas. Se postran en el suelo, le presentan su homenaje, abren las arquetas y le ofrecen los presentes de oro, incienso y mirra. Con la postración en el suelo, reconocen en el niño Jesús su condición de rey de los judíos, de Mesías y Pastor de Israel y adoran la presencia soberana de Dios en él. Con sus presentes, además, hacen realidad lo que afirmaba la esperanza mesiánica de Israel, tal como hemos escuchado en la primera lectura y el salmo responsorial: que los reyes de oriente ofrecerían presentes al Mesías y le llevarían oro e incienso, y que le harían homenaje todos los pueblos.

Así es narrada la epifanía los magos. Es decir, la manifestación del niño Jesús a los primeros no judíos, como signo de que él ha venido a «iluminar a todos los pueblos» de la tierra (cf. prefacio), no sólo al pueblo de la Primera Alianza. Esta realidad universal, la tradición cristiana la ha expresado representándola con estos magos como pertenecientes a pueblos y razas diferentes. Porque, como escuchábamos en la segunda lectura: en Jesucristo, todos los pueblos tienen parte en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y partícipes de la promesa.

La narración no hablaba casi de miradas. Sólo mencionaba una cuando decía que los magos vieron al niño con María, su madre. Ven a Jesús con los ojos corporales llenos de alegría por haber encontrado el recién nacido objeto de su ardua investigación y, también, lo ven con la mirada de la fe que les hace descubrir la identidad de aquel niño ante el que se postran para adorarlo. Pero podemos deducir otras miradas. Ellos, unos personajes tan singulares y venidos de lejanas tierras, también fueron mirados por María y por Jesús. Quizá por José, que en el evangelio de Mateo tiene un papel muy importante en toda la infancia de Jesús, pero que en la escena de los magos no se nos dice que estuviera presente. Fueron mirados por María que, gozosa porque con su maternidad ha puesto al mundo al Salvador, les muestra a su Hijo (cf. Mt 1, 21). Y fueron mirados sobre todo por Jesús que, a través de los ojos corporales, los mira con el corazón. Porque su mirada es la de Dios, y tal como dice el Francisco, «Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón» porque mira desde el amor que lo lleva a querer a cada persona concreta sea quien sea y sea como sea (cf. Fratelli tutti, n. 281).

La epifanía, la manifestación de Jesús, continúa también en nuestros días. Jesús se deja encontrar en brazos de aquella que María representa y personifica: la Iglesia. La Iglesia continúa a lo largo de la historia la acción de poner a Jesucristo en el mundo para que pueda estar al alcance de cada persona. Nosotros, provenientes de pueblos no judíos, también hemos descubierto a Jesucristo como Salvador, como aquel que nos mira con el corazón porque nos ama tal como somos, y nos hace entrar en su herencia junto con una multitud de hermanos.

Este año la solemnidad de la epifanía está marcada, también, por la pandemia que siega vidas, perjudica la salud, crea preocupación, y aumenta las situaciones de precariedad, de pobreza, de marginación. Pero, también en esta coyuntura, Jesucristo es Salvador. Y, como los magos al descubrir en la naturaleza la señal de la estrella, también nosotros tenemos que saber leer a la luz de la Sagrada Escritura la señal de la naturaleza que es la pandemia y encontrar una invitación a ponernos en camino hacia el encuentro con el Señor. Él nos ayudará a vivir esta situación como momento de salvación y de amor fraterno; y nos consolará en el sufrimiento, nos abrirá nuevas perspectivas de esperanza, nos hará encontrar la herencia que es la vida más allá de la muerte, nos enseñará a construir un dinamismo social nuevo, más solidario entre las personas, más empapado de paz, más respetuoso del medio ambiente.

En la Eucaristía que estamos celebrando como miembros de la Iglesia, el Señor Jesús se hará presente en los Santos Dones del pan y del vino. Acerquémonos a él con las actitudes profundas que nos enseñan los magos: con humildad, con fe, con espíritu de adoración para hacerle homenaje con el don de nuestra vida y con la entrega a los demás, con voluntad de poner en práctica su Palabra divina para llegar a la plenitud de nuestra existencia en el cumplimiento de su promesa. Y experimentaremos la alegría de encontrarnos en la presencia del Señor unidos a muchos hermanos. Y de sabernos mirados amorosamente por él no tanto con los ojos del cuerpo como con los del corazón. Porque la mirada de Jesús, el Hijo de María, es la mirada entrañable de Dios.

 

Abadia de MontserratEpifanía del Señor (6 de enero de 2021)

Misa del día de Nadal (25 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (25 de diciembre 2020)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan 1:1-18

 

Y la Palabra se hizo hombre. Este es, hermanos y hermanas, el anuncio que nos hace el Evangelio de esta mañana radiante, ayudándonos a penetrar más y más el sentido del nacimiento del hijo de María que hemos contemplado esta noche.

Y la Palabra se hizo hombre. Plantó entre nosotros su tienda, para ser uno de nosotros. Por eso es en la Navidad que toman toda su fuerza las palabras de Isaías que escuchábamos en la primera lectura: qué hermosos son […] los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae el Evangelio.

Es el anuncio definitivo; es la Palabra por excelencia que Dios nos comunica. En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, decía la segunda lectura.

La Palabra todopoderosa y eterna, creadora, que estaba junto al Padre y por la que todo ha venido a la existencia, ahora nos ha sido enviada, hecha hombre para comunicarnos la Vida que hay en ella. Sí: ¡Qué hermoso es sentir la presencia de aquel que es la Palabra y trae la buena nueva, el Evangelio!

El mensajero anunciado por el profeta, el hijo de María, nos es presentado hoy en el evangelio como aquel que es la Palabra eterna. Fijémonos qué implica esta afirmación del evangelio: Palabra significa comunicación personal, revelación de la intimidad, hacer transparente el pensamiento y el corazón, invitación al diálogo. El Dios inalcanzable debido a su grandeza, por tanto, en Jesucristo nos revela su intimidad, nos hace transparente su pensamiento y su corazón, desde el momento que Jesús es la expresión más auténtica de la gloria de Dios y la impronta de su ser, según nos decía, también, la segunda lectura. Todo porque Dios quiere darse a conocer como horno de luz y de amor para establecer un diálogo con la humanidad, con cada persona concreta. Si Dios, en Jesucristo, se da del todo en el diálogo personal, nosotros no podemos rechazar escucharlo, hablarle de corazón a corazón, darle una respuesta generosa viendo su generosidad. El que tiene la gloria de Hijo único del Padre se ha hecho compañero nuestro de ruta; ha asumido nuestra pobreza radical para llevarnos a la comunión con Dios, para que podamos establecer con él un diálogo cordial, de amigo a amigo.

El niño del pesebre habla de una manera elocuente, pues, también con su silencio, al igual que lo hará en la cruz. En el silencio es también la Palabra la que nos habla de humildad, de compartir nuestra experiencia humana, con la debilidad y el llanto que le es inherente. Por eso es muy instructivo leer el prólogo del evangelio de san Juan, que nos acaba de ser proclamado, pensando en la escena tan humana y tan pobre del nacimiento de Belén tal como nos era narrada por san Lucas en el evangelio de la noche.

Y ya antes de hacerse hombre, el Verbo y la Luz del mundo había establecido una relación profunda con la humanidad. El evangelista nos ha dicho que por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él, pues, hemos sido creados; él es el secreto de nuestra vida y de nuestro destino, él nos mantiene en la existencia, él nos proyecta hacia nuestro futuro. En él nos encontramos a nosotros mismos en plenitud, él es la raíz y la explicación última de quien somos. No sólo de nosotros, los cristianos. Sino de toda persona creada. Esta realidad está en sintonía con el hecho de que él es la luz verdadera, la que […] ilumina a todos los hombres. Lo cual nos abre unas perspectivas nuevas en nuestro diálogo con las religiones y con los que no creen, pero se quieren fieles a su conciencia. También ellos participan, de alguna manera, de la Luz que desde los orígenes del mundo ha iluminado e ilumina el corazón humano. «Antes de encarnarse en Jesús, el que es la Palabra se ofrecía ya a la humanidad como luz, como sentido de la vida; se le ofrecía indicando cómo cada persona es llamada a amar, a darse, a superarse a sí misma, a despegar hacia el misterio de Dios «(cf. Carlo M. Martini, Il caso serio della fede, pp. 42.44).

Esto explica, por otra parte, porqué el cristiano no puede permanecer indiferente ante ningún ser humano ni ante ninguna situación de injusticia o de sufrimiento. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance a favor de nuestros hermanos de humanidad. Se ha visto en la forma en que la Iglesia, en sus miembros, se ha hecho presente para ayudar, para consolar y curar en la pandemia que nos afecta; en la forma en que la Iglesia, en sus miembros, contribuye a paliar las nuevas situaciones de pobreza que se han creado y que cada día van creciendo. Cada uno debe ver cómo puede ayudar a los demás de cerca o de lejos.

¡Qué alegría tener entre nosotros al que es la Palabra! ¡Qué alegría conocerlo por la fe tal como él se nos manifiesta «hoy» que ha plantado entre nosotros su tienda! La liturgia, en sus textos, subraya fuertemente esta expresión: «hoy». Porque la celebración de la Navidad, como la de Pascua, no es un simple recuerdo, sino una irrupción de Dios en nuestra historia, en nuestro «hoy». Hoy se nos renueva la comunicación del don concedido a la humanidad en el nacimiento de Jesús. Hoy es, pues, día de memorial; día de recuerdo y de don de la gracia. Una gracia que se concreta en nuestra adopción como hijos de Dios y en la llamada a toda la humanidad para que participe. Cuando el tiempo llegó a su plenitud, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, […] para que recibiéramos la condición de hijos (cf. Ga 4, 4-5; Jn 1, 12), enseña San Pablo en unísono con el evangelio de san Juan.

La Navidad nos sumerge más y más en nuestra filiación divina, en nuestra incorporación a Jesucristo. Y, por tanto, nos adentra en la comunión con el Padre por obra del Espíritu. La intimidad con el que es la Palabra nos hace crecer, nos va transformando íntimamente. Acojamos, hoy, este Don, entremos en diálogo de fe, de revelación y de amor con el que es la Palabra hecha hombre. Y estallemos en cantos y en gritos de alegría, en adoración y en acción de gracias ahora que él se hará presente en los Santos Dones eucarísticos.

 

Abadia de MontserratMisa del día de Nadal (25 de diciembre de 2020)

Misa de la Vigilia de Navidad (24 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (25 de diciembre 2020)

Isaïes 9:1-6 / Titus 2:11-14 / Lluc 2:1-14

 

La luz que viene de Belén ilumina la noche del mundo. Ilumina la tiniebla de la humanidad en esta etapa de la historia marcada por la pandemia que siega tantas vidas, causa tanto dolor, provoca en muchos un miedo paralizante, afecta gravemente a la economía y deja a tanta gente sin trabajo. La luz de Belén ilumina la tiniebla humana porque todo toma una dimensión nueva desde el niño que María ha puesto en el mundo. También el momento que estamos viviendo.

En esta noche, hermanos y hermanas, que es noche de ternura pero sobre todo de contemplación, quisiera fijarme en tres frases del evangelio que nos ha proclamado el diácono.

La primera es: nació su hijo. Es el hecho central de la Navidad. Es la razón de nuestra fiesta. El recién nacido no es un niño más. María ha puesto al mundo aquel que le había sido anunciado como Hijo de Dios, como rey para siempre, un rey pacífico y salvador (cf. Lc 1, 31-33.35). El reino de este niño no es como los de este mundo (cf. Jn 18, 36), no es brillante ni dominador. Es humilde como una pequeña semilla depositada por Dios en el corazón de los creyentes que, como María y José, acogen a Jesús con fe y con esperanza. Es como una pequeña semilla, pero que tiene una fuerza maravillosa para reunir a toda la humanidad (cf. Mt 13, 31). El Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de la Virgen María. Ella acaricia y nutre a su Hijo con amor maternal. Pero Jesús ha nacido para todos nosotros, para cada hombre y cada mujer del mundo. Lo tiene María porque Dios lo da a todo el mundo. Por eso en la liturgia cantamos estos días «nos ha nacido Cristo». No ha nacido sólo para ella sino por «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», como diremos en unos momentos en el credo. Jesús es un don, un regalo, de Dios para cada uno de nosotros. Hoy lo celebramos, lo agradecemos, y nos sentimos comprometidos a corresponder con generosidad a este regalo que Dios nos hace en su amor gratuito.

La segunda frase del evangelio que quisiera destacar es: os ha nacido un Salvador. La dice el ángel a los pastores. Pero, no es sólo un anuncio para ellos. Es un anuncio para todos. Es un anuncio universal, que lleva una gran alegría. Acogiendo este anuncio, repetíamos en la respuesta al salmo responsorial: nos ha nacido un Salvador. Al hacer el anuncio, el ángel da tres títulos a Jesús para explicar su identidad y que son la causa de esta alegría: Salvador, Mesías, Señor. Es como un crescendo. Primero dice que es salvador. Jesús es el único que nos puede salvar de una manera plena y radical. Y aquí puede surgir una pregunta: ¿de qué debemos ser salvados? Antes de la pandemia nos sentíamos fuertes. Habíamos desarrollado una serie de seguridades que parecía que nos protegían, que lo teníamos todo controlado, incluso había quien con un orgullo indecible pensaba que un día no muy lejano la ciencia nos permitiría superar la muerte. Ahora nos sentimos desconcertados, débiles y vulnerables porque un microbio microscópico acosa a la humanidad entera y siega la vida de muchas personas. No sabemos dónde lo podemos encontrar, ni cuando nos podemos infectar. Y, además, el microbio crea una crisis económica que genera graves problemas sociales. Por otro lado, por si fuera poco, estamos rodeados de otras crisis políticas, sociales, de valores. En el mundo, hay amenazas, crueldades, venganzas, mentiras, orgullos que pisan a los pequeños y a los marginados, injusticias hechas en nombre de la justicia. Y eso suscita mucha preocupación y hasta miedo en mucha gente. De todo esto y más debemos ser salvados. Y también de nuestras faltas y pecados. Y no vamos a salir si lo queremos hacer con nuestras solas fuerzas humanas. En este contexto, en esta noche resuena nuevamente aquel grito que

atraviesa todo el Evangelio: ¡no temáis! Jesús nos cura las heridas y nos enseña a curar las de los demás. Jesús nos libera del mal y nos enseña a liberar a los otros. Jesús comparte el dolor y la muerte para desactivarlos desde dentro y abrirnos las puertas de una vida feliz para siempre. De ahí el título de Mesías; el liberador definitivo objeto de las esperanzas seculares del Pueblo de Israel. Jesús es enviado a la humanidad entera para liberar y salvar, para curar los corazones y para curar las relaciones humanas; para ayudarnos a superar lo que es imposible para nuestras solas fuerzas.

Y llegamos a la cumbre de los tres títulos que el ángel revela a los pastores. Jesús es el Señor. Este título en la Sagrada Escritura es propio de Dios. Proclamar que Jesús es el Señor, según la fe de la Iglesia, es afirmar su divinidad. Pero, la imagen de Dios que nos da el hijo de María, envuelto en pañales, que ríe y llora, y que necesita de los cuidados de los demás, rompe todos los esquemas que la inteligencia humana se puede hacer de la divinidad. No es un Dios que con su autoridad quiere dominar al ser humano y privarle de su libertad. Es un Dios cercano que sabe comprender qué hay en el corazón humano, que quiere servir a cada persona para ayudarla a crecer y desarrollarse según lo mejor que hay en ella; un Dios que enseña a poner la propia vida al servicio de los demás para hacer de la humanidad una comunidad de hermanos. El Hijo de Dios se hace hombre para curar las heridas de cada ser humano, para perdonar sus faltas, para darle la vida después de la muerte. Se hace hombre para iluminar la historia humana y guiarla con sabiduría y con amor hacia su final de plenitud. Todo esto lo reconocíamos agradecidos cuando cantábamos: «hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (cf. respuesta al salmo responsorial).

Está, además, la tercera frase del evangelio que quisiera destacar, aunque sea muy brevemente: gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Es lo que brota en el corazón al contemplar el don que nos es hecho esta noche: glorificar y agradecer a Dios su amor inmenso a favor de la humanidad, y desear que la paz, de la que el nacimiento de Jesús es portador, penetre en el corazón de cada hombre y de cada mujer del mundo y lo abra al amor hacia Dios.

Vayamos espiritualmente a Belén como peregrinos admirados y agradecidos. Vayamos a Belén que es el altar de nuestra celebración. Encontraremos a Jesús, el Salvador, el Señor en el Pan y el Vino de la eucaristía. Vayamos con todo el bagaje que llevamos en el corazón; con lo que hay de bueno y con lo que nos agobia, con las alegrías y con las penas, solidarios del dolor de tanta gente. Adoremos humildemente a Cristo Señor que se manifiesta, también, bajo los signos humildes del pan y del vino, sacramento de su cuerpo nacido de Santa María. Él nos enseñará a pacificar nuestro corazón y ser artesanos de paz, a extinguir el odio y el mal que pueden anidar en nuestro interior, a abrir caminos de fraternidad y de amor. Nos hará sentir, a cada uno según sus circunstancias, perdonados y enviados a ser testigos de su amor. Nos toca trabajar -como dice el Papa Francisco en la encíclica «Fratelli tutti», porque «la música del Evangelio» no deje «de sonar en nuestra casa, en nuestras plazas, en los lugares de trabajo, en la política y en la economía «, porque es la manera de» luchar por la dignidad de todo hombre y toda mujer» (n. 277).

Abadia de MontserratMisa de la Vigilia de Navidad (24 de diciembre de 2020)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de diciembre 2020)

Génesis 3:9-15.20 / Romanos 15:4-9 / Lucas 1:26-38

 

La liturgia del tiempo de adviento, queridos hermanos y hermanas, nos presenta tres personajes principales. El profeta Isaías; en el libro bíblico que lleva su nombre se recogen los clamores de la humanidad antigua y se anuncia la futura venida salvadora del Mesías, el Emmanuel. El segundo personaje es Juan Bautista, el último de los profetas, que muestra cómo hay que preparar el camino al Señor que viene, anuncia la inminencia del Reino de Dios, y muestra a Jesús como Mesías prometido y deseado. El tercer personaje es Santa María, la Madre de Jesucristo, y por eso Virgen.

La solemnidad de hoy se centra plenamente en ella. El pueblo cristiano, al celebrar la concepción de María, agradece a Dios el don de esta mujer singular, agradece la plenitud de gracia de la que el Señor la adornó desde el principio. Y, también, la elogia por su fidelidad plena a Dios vivida ya desde pequeña, la proclama bienaventurada por la vocación que recibió de ser la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, tal como hemos oído en el evangelio, y agradece, además, la misión de Santa María cerca de su Hijo y su función en la Iglesia.

En María y, a través de ella, en la Iglesia y en el mundo, el Señor ha hecho maravillas. Y por eso hoy cantamos a Dios un cántico nuevo (cf. Salmo responsorial: 97, 1). Y proclamamos María bienaventurada (Lc 1, 48). En Santa María todo es don de Dios, y todo don encuentra una correspondencia perfecta en ella. Siempre atenta al plan divino, y por eso siempre bien dispuesta a escuchar y acoger. Acoge primero la Palabra eterna de Dios en su corazón. Y luego, fiel a su vocación, acoge esta Palabra eterna en su seno.

Por ello, en la solemnidad de hoy damos gracias por las maravillas que Dios ha hecho en Santa María y por la generosidad de ella en servir a Dios y a los demás. Lo encontramos de una manera bien patente en la acción de gracias que la liturgia de hoy hace en el prefacio.

Comienza agradeciendo que Dios preservara a la Virgen María de toda mancha de pecado original desde su concepción y que la enriqueciera con la plenitud de la gracia. En palabras de la carta de San Pablo a los Efesios, que hemos escuchado en la segunda lectura, Dios la eligió y la bendijo con toda clase de dones espirituales de un modo eminente, para hacerla toda santa. Esta elección era a causa de Jesucristo. De este modo María cambiaba la situación de enemistad radical con Dios creada por la desobediencia de Adán y Eva que era portadora de muerte, tal como hemos escuchado en la primera lectura. En María se hace realidad la buena nueva que anunciaba esta lectura: vendrá un día -decía- en el que el descendiente de una mujer vencerá radicalmente el poder del mal. En medio del desastre y de la desolación más grande, Dios no abandona la humanidad. Al contrario, le promete la victoria salvadora de Jesucristo, el Hijo de María. Cantemos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas en María y en la Iglesia, en cada bautizado y en el conjunto del pueblo cristiano. Siempre en bien de toda la humanidad.

Con la plenitud de gracia que le fue otorgada, Dios fue preparando a María para hacerla digna madre de Hijo divino. Digna humanamente para que contribuyera a forjar con toda su madurez la personalidad humana de este Hijo. Y digna espiritualmente, porque su corazón y su seno se convirtieran una nueva arca de la alianza, un templo santo para acoger la santidad divina del Hijo. Por ello, creciendo cada día más en la fe y en el amor, el corazón de María se convertía en un foco de adoración y de contemplación, lleno de agradecimiento por los prodigios que Dios obraba.

El prefacio, sin embargo, no se fija sólo en la persona individual de Santa María y en su vinculación con Jesucristo. Da gracias, también, por la relación íntima entre María y la Iglesia. De ello destaca sobre todo dos cosas. Por un lado, María prefigura la Iglesia. Es decir, la representa anticipadamente. Lo hace llevando Cristo al mundo, anunciándolo y sirviéndole amorosamente. Lo hace, también, en su santidad inmaculada y en su amor esponsal a Dios. Porque, tal como enseña, también, el apóstol, Jesucristo quiere purificar y santificar la Iglesia, que es su esposa, para que sea santa e inmaculada y por llevarla a su presencia sin manchas ni arrugas (Ef 5 , 25-28). Y, al hablar de la Iglesia, el apóstol se refiere al conjunto del pueblo cristiano. Y, por tanto, a la vocación de cada bautizado.

El prefacio, además, destaca que María es abogada de la gracia y ejemplo de santidad para el pueblo cristiano. Abogada de la gracia, en el sentido de que, asunta al cielo, intercede para que Dios otorgue sus dones a los discípulos de Jesucristo. Y ejemplo de santidad; es decir, de vida de fe y de amor entregada a Dios y a los hermanos. Por eso es el modelo de la Iglesia y es modelo de vida de todo cristiano.

Esta es la razón por la que la solemnidad de hoy no se puede quedar sólo en la admiración por los dones hechos a María Inmaculada. Nos debe implicar profundamente, porque también a nosotros Dios nos ha elegido en Cristo, como decía la segunda lectura. El gran proyecto del Padre del cielo sobre la humanidad en torno a Jesucristo, se inicia en María. Pero nos implica también a nosotros. Nosotros, a diferencia de ella, sí tenemos manchas y arrugas por el pecado. Y tenemos que trabajar para lavarlas y plancharlas, para sacarlas de nuestra vida con la ayuda de la gracia divina. Y si la tarea de vencer el mal que pueda haber en nuestro interior nos puede parecer difícil no nos desalentemos, porque también vale para nosotros aquello de para Dios nada hay imposible que escuchábamos en el evangelio. María, con su oración intercesora, nos ayuda a acoger la gracia que el Señor nos otorga. Y en el dolor, la incertidumbre y la precariedad de la pandemia que aqueja al mundo, ella nos es Madre de consuelo y de esperanza.

Ahora, en la eucaristía, recibiremos los favores del Señor, hechos de misericordia y de fuerza espiritual, para que nuestro interior se vaya transformando según el ejemplo de santidad que encontramos en Santa María, la Madre Dios. Cantemos, pues, al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho y hace maravillas

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de noviembre 2020)

Isaías 25:6-9 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Marcos 15:33-39; 16:1-6

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este versículo del salmo 21 que Jesús gritó con toda la fuerza en la cruz expresa de una manera profunda el desgarro radical del ser humano ante la muerte. Sintetiza, hermanos y hermanas, la experiencia humana de Jesús en el momento de la máxima derrota. Vive su adhesión al Padre, porque el grito es una invocación, pero no siente la proximidad -él, el mayor de los místicos- ni ve la salvación. La oscuridad que, según el evangelista, envolvía la tierra a pesar de ser a primera hora de la tarde, era aún más oscura en la intimidad de Jesús. La muerte le llega inexorablemente. Y la naturaleza humana se horroriza. Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Después, viene el descendimiento de la cruz, la mortaja, y la gran piedra que cierra la entrada del sepulcro. Para siempre, según los ojos de la mayoría de quienes lo contemplaron.

El porqué de Jesús en la cruz sintetiza todos los porqués humanos ante la muerte. Ante la propia muerte. Ante la muerte de los seres queridos. Ante las víctimas mortales de la enfermedad, del hambre, de los accidentes, de la violencia y de la guerra. Ante el hecho mismo de la muerte insoslayable. El porqué de Jesús en la cruz sintetiza tantos porqués que se han pronunciado -y se pronuncian todavía- en las UCI, en las residencias de ancianos, en las familias,… ante la muerte de personas, estimadas o desconocidas, a lo largo de la pandemia que nos acosa. Puede que alguien estoicamente puede decir que ve la muerte como un proceso biológico natural, que hay que ser realistas y aceptarla elegantemente; que es, como dice el poeta, un «aspiración gradual del humano desencanto» (J. Carner, Nabi, 8). Pero el deseo infinito de plenitud, de vida y de felicidad que hay en el corazón humano topa con la finitud de la muerte, y en la razón del que piensa surge una y otra vez la pregunta: ¿por qué?

La liturgia de hoy, con su tono contenido, grave, quiere ayudarnos vivir todo el drama humano que supone la muerte. Y a vivirlo con esperanza. Con su muerte, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se hace solidario de la muerte de todos. Pero ésta no es la única palabra que, en la liturgia de hoy, el Dios de la vida nos ofrece sobre la muerte.

Aquel día, el Señor del universo preparará para todos los pueblos un convite. El profeta Isaías nos hablaba, en la primera lectura, de los últimos tiempos. Utilizaba la imagen de un convite para referirse al bienestar, a la felicidad, a la alegría, a la plenitud, a la comunión con Dios y los unos con los otros. Esto será -dice- en el monte del Señor. Es decir, en la vida futura, en la vida eterna, de la que la muerte es la puerta. Entonces, decía el profeta, las lágrimas de todos los hombres se secaran, desaparecerá el velo de luto que cubre todos los pueblos, el paño que tapa las naciones y la Muerte será tragada para siempre.

La Muerte será tragada para siempre. Viendo la muerte que cada día hace estragos, cabe preguntarse si no es una visión ilusoria, sin ningún contacto con la realidad, la del profeta.¿ Es un consuelo fácil para adormecernos intelectualmente y no experimentar el drama de la muerte? Lo podría ser si aquella gran piedra hubiera dejado cerrada la puerta del sepulcro de Jesús. Pero, tal como hemos oído en la segunda lectura, Jesús murió y resucitó. Con él se empezó a hacer realidad la palabra del profeta: la Muerte ha sido vencida y, por tanto, es sólo un paso -aunque sea doloroso- y no una realidad definitiva.

Por eso, en este día en que pensamos en nuestros difuntos, acojamos el mensaje de esperanza y de consuelo que nos viene de la Palabra de Dios. Los que nos han dejado confiando en Cristo o, quizás sin haberlo conocido tal como es, pero que buscaron hacer el bien según su conciencia, viven con él. Por eso, la liturgia de hoy, a pesar de su tono grave, tiene también un tono de esperanza; domina la Pascua del Señor. Hagamos nuestras, pues, las palabras del Apóstol, que hemos escuchado: no quisiéramos que os entristezcáis, como lo hacen los que no tienen esperanza: Dios se ha llevado con Jesús los que han muerto en él. Y en cuanto a nosotros, si hemos procurado vivir según la Palabra de Jesús, en el momento de nuestra muerte, también nos será dado encontrarnos con el Señor y vivir cerca de él en la plenitud de la felicidad, en el convite del Reino. Consolémonos, pues, unos a otros con esta realidad admirable, mientras hacemos memoria de nuestros padres, madres, hermanos, familiares y amigos difuntos; mientras nuestra comunidad recuerda de una manera particular los PP. Just M. Llorenç e Hilari Raguer fallecidos durante este año.

En esta vida, se entrelazan el porqué que nos cuestiona y la fe en el convite inaugurado por la resurrección de Jesucristo. Para ayudarnos a vivir con esperanza en la vida futura y para nutrirnos espiritualmente, el Señor, como cantábamos en el salmo, ahora pone la mesa ante nosotros y nos guía por el sendero justo por el amor de su nombre. Así su bondad y su amor nos acompañan toda la vida hasta el momento de ser llamados a vivir por siempre en la casa del Señor, en la vida sin fin.

 

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)