Solemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2021)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo (cf. respuesta al salmo). Lo hacemos, hermanos y hermanas, porque el nacimiento de Santa María es el término de todas las expectativas del Antiguo Testamento y el anuncio de la llegada del Salvador. Ella es la aurora que, después de la oscuridad de la noche extendida durante muchos siglos sobre la humanidad, precede el sol resplandeciente. Ella es la destinada a ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).

El evangelio que nos ha proclamado el diácono era, a través de una serie de nombres de personajes bíblicos, la síntesis de la historia del pueblo de la primera alianza. Nada, pues, de una lista monótona y aburrida. Sino proclamación de la fidelidad y de la gracia de Dios que llegan a su culmen con el nacimiento de la Virgen y, aún más, con el de su hijo Jesucristo. Detrás de cada nombre hay una historia que nos hace ver cómo, tal como decía san Pablo en la segunda lectura, Dios lo dispone todo en bien de los que le aman.

Por eso hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo. El nacimiento de Jesús, tal como nos es presentado en esta lista, es un acontecimiento único, fruto de la gratuidad amorosa de Dios. Pero bien insertado en un pueblo y en una familia concreta. La lista nos atestigua que Jesús, a pesar de su origen divino, es realmente hombre, verdaderamente «nacido de mujer», como dirá San Pablo (Gal 4, 4).

Es una lista, sin embargo, que, a la luz de los libros de la Sagrada Escritura, refleja una serie de debilidades humanas y gracias de Dios. Constituye una muestra de cómo Dios va llevando a cabo con firmeza y amor su plan de salvación a través de la historia humana. En medio de los altibajos de las personas y los hechos de cada día, incluso cuando puede parecer que no hay razón para la esperanza, como en el tiempo de la deportación a Babilonia. También entonces Dios llevaba adelante su plan hasta llegar a Santa María y el nacimiento de Jesús.

La gratuidad de Dios queda remarcada aún más en la mención que hace el evangelista de cinco nombres femeninos. Puede parecer sorprendente que en una lista hecha a partir de los nombres masculinos -que eran quienes daban la descendencia legalmente- haya unos nombres de mujer. Y no son los nombres de las mujeres más ilustres del Antiguo Testamento, como podrían ser Sara, Rebeca o Raquel. Los cuatro primeros nombres femeninos citados son personajes de una vida moralmente poco clara. Son: Tamar, mujer de un comportamiento muy dudoso con su suegro Judá; Rahab, una mujer pagana, prostituta, pero que llega a creer en el Dios de Israel y ayuda al pueblo de Dios; Rut, una mujer sin lacra moral y de una fidelidad probada, pero que era, también, pagana y de un pueblo que según la Escritura no debía ser nunca admitido en la comunidad del pueblo de Dios (Dt 23, 4 -5); ella, en cambio, creyó en Dios y fue incluida en el pueblo de Israel hasta llegar a ser la bisabuela del rey David, el precursor por excelencia del Mesías. De la cuarta mujer no nos es dado el nombre, pero sí que nos es presentada como mujer de Urías, también ella extranjera, esposa del general Urías; con ella David cometió adulterio y, después de hacer morir el esposo, la tomó por mujer y de ella tuvo Solomon, el rey. El rasgo característico común a estas cuatro mujeres es la no conformidad con las normas establecidas. Pero a pesar de la sangre extranjera, pagana, y en el caso de algunas a pesar de su conducta reprobable, el plan divino de salvación se realizó a través de ellas. Ellas entraron en el linaje del Mesías, son, pues, de la familia de Jesús. Nada ha sido capaz de interrumpir el curso de la bendición de Dios: ni los errores políticos y religiosos de los reyes mencionados en la lista, ni los pecados personales o colectivos, ni la no pertenencia al pueblo de la alianza. Toda la genealogía contiene un mensaje de universalismo y de gracia, subrayado aún más por los cuatro nombres femeninos. Y deja bien claro que el plan de Dios puede topar con las obstáculos que pone la libertad humana, puede tener que hacer eses, pero la fidelidad de Dios no hace marcha atrás, siempre sale adelante su propósito movido por su amor fiel a la humanidad formada por pueblos muy diversos.

En la lista, también hay nombres masculinos alabados por la Escritura. Son los que, con esperanza, confiaron en las promesas de Dios e intentaron vivir según sus mandamientos. Pero de muchos otros la Biblia hace un juicio negativo. Y a pesar de todo, son antepasados ​​del Mesías.

Jesús, pues, sintetiza en esa lista a toda la humanidad: judíos y paganos, buenos y pecadores. Jesús es amasado de la misma masa humana que nosotros. El Dios Santo a la hora de dar cumplimiento a las promesas se pone a nuestro lado, como uno más; y se abre camino a través de la debilidad y del pecado de los seres humanos.

La lista, antes de llegar a Jesús se detiene. Y hace mención de María. Es el quinto nombre femenino pero destacado en la manera de presentarlo. Ella tiene un papel mucho más importante y decisivo en la venida del Mesías, Hijo de Dios. El evangelista remarca su maternidad virginal, fuera, pues, del ritmo que ha marcado con la mención de todos los predecesores. El evangelista San Mateo remarca significativamente la gratuidad divina de la maternidad de María. En nuestra traducción no se puede expresar demasiado bien. Pero en el original griego se ve como la Madre de Jesús es puesta al mismo nivel de los nombres masculinos. A través de San José pasaba a Jesús la descendencia legal de David y de Abraham. Pero su origen humano sólo proviene de María.

Por ello, hoy todos aclamamos al Señor llenos de gozo. Con el nacimiento de la Virgen se inicia la aurora de la salvación definitiva. Todo vuelve a tener sentido. La oscuridad y la debilidad empiezan a no ser la realidad definitiva. El pecado puede encontrar el perdón. Y a través nuestro, frágiles y pecadores, continúa abriéndose paso la obra de la salvación como lo hizo en los siglos anteriores a Jesucristo. La última palabra no es la tiniebla, el mal y la muerte. La última palabra la tiene la victoria de Jesucristo, en la que participamos en la Eucaristía. ¡Hay, pues, razón -y mucha- para la esperanza! El evangelio de hoy que es fuertemente evangelio de la gracia, nos lo hace ver.

Dios lo dispone todo en bien de los que le aman. ¡Aclamemos todos al Señor llenos de gozo!

Abadia de MontserratSolemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)