Solemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:33; 5:12.27-33; 12:1b-2    o bé 11:19-21;12:1-2.24  /  2 Corintis 4:7-15 / Mateo 20:20-28

 

La contundente afirmación de Jesús en medio de la discusión entre los apóstoles, para ver cuáles de ellos podrían ocupar los primeros lugares en el Reino de Dios, nos aclara, sin rodeos, que la ambición de poder no es el camino. Entre vosotros no debe ser así, les dice el Señor. La relación con Jesús, que funda el Reino de Dios, no se mide por los méritos y privilegios sino por la generosidad y la amistad, por el hecho de compartir una misma manera de situarse ante el mundo, tal como lo hizo Jesús que no vino a ser servido sino a servir a los demás y dar su vida en rescate por todos los hombres.
Santiago, uno de los protagonistas destacado de la discusión, como los otros discípulos, tuvo que saber deshacer el camino andadopara poder seguir las huellas de Jesús que iban justamente en dirección contraria a la que él, con su impetuosidad, presuponía. El camino de Santiago es también el nuestro, es el camino de la amistad con Jesús, un camino que el evangelio describe como una peregrinación a la ciudadsanta, una subida a Jerusalén en diferentes etapas, un camino marcado con las señales imprescindibles que aseguran el sentido correcto de este recorrido vital en el que todos nos encontramos por el hecho mismo de existir.
La primera señal que nos sitúa correctamente en actitud de salida es la bendición de Dios, la llamada personal de Jesús para cada uno de sus discípulos. Es una etapa que comienza justamente deteniéndose, deteniéndose para escuchar, para reconocer la voz que encuentra respuesta en lo de mejor de nosotros mismos que aún está por realizar; y esa voz es la de Jesús que nos llama a ir con Él.Sin saber con quién, dónde y aqué se va, se pueden dar muchas vueltas, pero no se emprende ningúncamino.Las etapas siguientes, más largas o más cortas, de camino llano o empinado, forman parte de este acompañar a Jesús, estar con Él, entender su predicación y saber leer los signos de luz y de vida que lo acompañan. Sin pararse a escuchar no se puede comprender demasiado nada, y sin entender no se puede valorar ni amaren verdad.
De los diferentes desacuerdos con Jesús que Santiago y su hermano Juan tuvieron en este camino, el descrito en el evangelio de hoy nos es una ocasión para comprender el auténtico carácter de la misión evangelizadora que los apóstoles iniciaron una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos: servir y darse, todo lo contrario de lo que ellos tenían en la cabeza en ese momento. Parecería que, dada la condición humana, sólo desde el poder se puede hacer efectiva lapropuesta del evangelio, pero Jesús nos hace ver que este no es el camino. Él no ha venido a dominar sino a servir; ha venido a hacer posible,con la donación de su vida por todos los hombres, un cambio cualitativo en la condición humana, recreándolade nuevo en Élmismopara que pueda resurgir con su verdadera fisonomía hecha a semejanza del Creador.

El camino de los discípulos es el mismo camino que el Maestro ha marcado. Los discípulos lo han de realizar,sin embargo, desde la conciencia de ser como vasijasde barro que sin embargo llevan el tesoro del ministerio que Dios les ha confiado. Con su propia vida deben anunciar la cruz y la resurrección del Señor y el don del Espíritu que Dios sigue infundiendoen el corazón de los hombres. Servir y darse, es el Camino.
El servicio se acredita por su utilidad, de lo contrario es más un estorbo que una ayuda. El servicio de los discípulos de Jesús es el de la Palabra del Evangelio, palabra útil a la inteligencia y eficaz para la buena calidad de las relaciones humanas, palabra viva que infunde esperanza ante los enigmas irresolubles del mal, del sufrimiento y de la muerte. Darse, como discípulo del Señor, es hacer presente con la manera de vivir, en medio de las contingencias humanas, la realidad liberadora del Reino de Dios. El camino de este Reino no pasa por la ambición del poder sino por su deseo deservicio; no se trata de imposición irracional sino de donación inteligible, liberada y gratuita; no es tanto elocuencia y promesas como hechos limpios y claros.
El camino que Jesús propone a todo el que quiera ser útil en el mundo, es el del servicio humilde, particular y concreto que cada uno puede hacer dentro de este gran proyecto de fraternidad y de paz que Jesús ha abierto.Es un camino no exento de contrariedades y de problemas, y sería ilusorio pensar que no conlleva renuncias y sufrimiento. No es el poder lo que sube a la cabeza sino la cabeza que baja al poder. El egoísmo humano, el afán de protagonismo y la ambición de poder son caminos de bajada con muchapendiente que, sin la ayuda de Dios, no es posible vencer la inercia negativa que arrastra y se lleva por delante lo que sea. Por otra parte, nadie ama por decreto ley. Es necesariaesta liberación interior que el amor resucitado de Cristo genera en todo el que lo acoge con sinceridad y verdad.
Acojamos, pues, con gozo la bendiciónde Dios que cada día nos renueva su amor, y vivamos con humildad y perseverancia el servicio de la Palabra y la donación en la caridad: Es este el Camino: servir y amar.
No me queda más que deciros y decirme a mí mismo, hermanos, lo tanconocido que resuena cada mañana a las puertas de los albergues del Camino de Santiago:¡Buen camino!
Abadia de MontserratSolemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Domingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Jeremías 23:1-6  /  Efesios 2:13-18 / Marcos 6:30-34

 

Estimados hermanos.

Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, que quiere guiarnos a buenos prados, donde podamos alimentarnos y descansar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es la plenitud de la vida en el seno del Padre. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización.

En el evangelio de hoy hemos visto que los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El descanso de las tareas apostólicas consiste en estar con el Señor, disfrutando de su intimidad. Sin embargo, la caridad del Buen Pastor es la norma decisiva de las acciones de Jesús; ante la presencia de una multitud que eran «como ovejas sin pastor» Jesús se compadece e interrumpe el descanso antes incluso de comenzarlo. Frente a los malos pastores que dispersan las ovejas porque buscan su propio interés, los discípulos de Jesús deben compartir la misma compasión y la misma solicitud del Maestro por la gente con necesidad de escucharlo.

Seguramente somos bastantes los que experimentamos una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de donde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, como hemos de vivir. En cuanto a todo esto hay muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir; parece que cada vez tenemos menos claro para qué hemos venido a la vida y adónde vamos.

En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor. Jesús hizo esta constatación cuando vio la multitud que le seguía en despoblado porque, entre las diversas corrientes de pensamiento de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura; en la confusión, ya no sabían qué decía Dios.

El Salmo 22 que hemos cantado, puede dar luz a nuestra vida. Expresa con una fuerza poco común la sensación de paz y gozo de quien se sabe guiado por el Señor. El salmista hace alusión a los peligros, pero no como amenazas que están al acecho, sino como quien se siente libre de peligro en la presencia protectora de Dios.

También nosotros podemos dejarnos empapar por los sentimientos que este salmo 22 manifiesta. Ante todo, la seguridad – «no tengo miedo» – al saberse guiado por el Señor incluso en los momentos y situaciones en que no se ve la salida -las «cañadas oscuras». Junto a la seguridad, la confianza de quien se sabe defendido con mano firme y con acierto, de quien se sabe cuidado con ternura en toda ocasión y circunstancia. Finalmente, la plenitud – «nada me falta» -, que se traduce en paz y gozo sosegados. Pero todo esto brota de la certeza de que el Señor está presente – «Tú vas conmigo» – y nos cuida directamente. El que pierde esa conciencia de la presencia protectora del Señor suele caer en todo tipo de temores y angustias.

El Buen Pastor es Jesucristo. Él reúne sus ovejas, las alimenta, las protege de todo mal; más aún, conoce y ama a cada una y da su vida por ellas. En el evangelio lo hemos visto sintiendo lástima por la multitud que eran como ovejas sin pastor. También a la Virgen Mría le duele que, teniendo un pastor como Jesucristo, haya tanta gente que se siente perdida y abandonada porque no lo conocen bien.

 

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Solemnidad de san Benito (11 de julio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (11 de julio de 2021)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

El Señor en el evangelio nos acaba de decir que todo el que por su nombre haya dejado todo lo que tenía, recibirá unos dones más valiosos y heredará la vida eterna. Hoy, hermanos y hermanas, vemos como esto se ha hecho realidad para san Benito, nuestro padre en la vida monástica y copatrón de Europa. Lo contemplamos participando plenamente de la victoria pascual de Jesucristo después de haberlo dejado todo y de haberse ido identificando cada día más con él. San Benito experimentó cómo en la vida de cada día, tanto en los momentos alegres como en los tristes, si se procura seguir el camino del evangelio, «ensancha el corazón y se corre por la vía de los mandamientos de Dios en la inefable dulzura del amor «(RB Pról. 49).

Sí. San Benito vivió la novedad de vida que nos viene del bautismo; vivió la libertad de los hijos de Dios. Por ello, las palabras del apóstol que hemos escuchado en la segunda lectura, la liturgia las aplica a san Benito porque es el que procuró vivir en sí mismo y enseñarlo a sus discípulos.

San Pablo nos ha hablado de tener los sentimientos que corresponden a escogidos de Dios. Y, ¿cuáles son estos sentimientos? O, aún antes otra pregunta: ¿qué significa aquí la palabra sentimientos? No se trata de un estado de ánimo, de una sensación emotiva, sino de algo más profundo. Se trata de una disposición interior que se traduce al exterior con unas actitudes concretas, con una determinada manera de ser y de actuar.

¿Cuáles son, pues, los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios? San Pablo los ha ido mencionando. Son los que derivan de saberse gratuitamente perdonado, querido, santificado, por Dios. Cuando uno toma conciencia de todo lo que Dios le ha concedido y es consciente también de su pobreza personal, brota de su interior el sentimiento de humildad, de saberse pequeño, poco, sin ningún mérito propio y, sin embargo, saberse profundamente amado por Dios. Y aquí, brota la paciencia, hacia uno mismo y hacia los demás; brota la serenidad; que permite mirar la propia historia, los acontecimientos de cada día y la relación con los demás desde la certeza del amor de Dios que se hace presente. Porque la paciencia evangélica que no es otra cosa que un don del Espíritu que concede de perseverar en el camino cristiano por amor a pesar de las contradicciones interiores o exteriores. San Benito lo vivió en un tiempo, el s. VI, que tanto a nivel social, como cultural y de valores morales estaba sacudido por una fuerte crisis. Y lo vivió, según se desprende de su Regla en una comunidad de hermanos que no tenía mucho de ideal. Y, en cambio, su escrito rezuma la certeza del amor de Dios que perdona, la humildad, la paciencia, la paz, la confianza en la capacidad de evolucionar positivamente de la persona.

Los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios, no se quedan en el ámbito cerrado de uno mismo. Se abren a los demás. Si uno es consciente de todo lo que Dios le perdona cada día, búsca perdonar a los demás,  «soportarlos» como decía San Pablo, es decir, sostenerlos en su debilidad física, moral o psíquica. La conciencia de la manera amorosa como Dios nos trata lleva, además, a buscar el perseverar en mantener el diálogo, a buscar el perdonar todo lo que pudiéramos tener contra otro.

Los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios se centran en el amor, aquel amor fraterno que es reproducción del de Jesucristo y por ello todo lo ata perfecciona. Aquel amor que da y gasta la vida por el bien de los demás; aquel amor que lleva a compartirlo todo, a instruirse mutuamente, a alentarse y mejorarse los unos a los otros, a compartir la fe y la vivencia espiritual. A acoger juntos la Palabra de Cristo, a vivir juntos la oración que el Espíritu suscita en la Iglesia y en el corazón de cada uno.

Esta fue la tónica de vida de san Benito, tanto en su experiencia interior como en su vida fraterna con los hermanos. Y esta fue la tónica que inculcó a sus discípulos. Para los que estamos un poco familiarizados con su Regla, muchas de las palabras del apóstol que hemos escuchado nos habrán llevado a la memoria varios fragmentos del texto benedictino, y de una manera muy particular su capítulo sobre «el buen celo», que se puede considerar verdaderamente como el testamento espiritual de san Benito (RB 72), como lo que él en su vejez consideraba más fundamental porque era la síntesis de toda su vivencia del Evangelio.

Evidentemente, sin embargo, las enseñanzas del apóstol san Pablo, que hemos leído, no fueron escritos pensando concretamente en los monjes. Sus destinatarios son todos los bautizados en su vida íntima y en su vida fraterna, comunitaria, eclesial, social. Todos, pues, debemos procurar traducirlos en la práctica. Nuestras vidas y el clima de nuestras comunidades o de las diversas entidades eclesiales cambiarían radicalmente y serían más testigos de la novedad de vida que Jesucristo nos lleva. Suscitarían más entusiasmo por el Evangelio.

Las enseñanzas de san Benito han dejado de ser patrimonio exclusivo de la familia benedictina; son herencia de todo el Pueblo de Dios. E incluso son guía para un estilo de vida profundamente humano, para lograr una personalidad madura y unas relaciones sociales constructivas. Si los pueblos de Europa, sobre los que se extiende el patronazgo de San Benito, vivieran más estas realidades muchos de los problemas que tiene actualmente la sociedad europea encontrarían caminos de solución. Pienso en la relación entre las diversas culturas y las diversas etnias; pienso en los emigrantes y refugiados, pienso en una economía que no está puesta al servicio de una mejor distribución de la riqueza; pienso en muchas cuestiones de ámbito político que pueden estar regidas más por afanes partidistas que por el servicio a los más necesitados; pienso, también, en la agresividad que anida en el corazón y que inspira demasiada frecuencia sentimientos de violencia; pienso, aun, en la tensión y en la crispación tan a menudo presentes en el debate político y social; pienso, finalmente, en el vacío espiritual de tanta gente. La sabiduría de san Benito, reflejo como es de las enseñanzas del Evangelio, ofrece mucha luz para nuestros pueblos europeos, y para nuestro mundo globalizado.

Una experiencia espiritual y un estilo de vida fraterno como los que hemos escuchado en la segunda lectura no dejan de entusiasmar cuando uno se encuentra con personas que los viven. Esta es una tarea que pertenece de un modo particular a los monasterios benedictinos y todos aquellos que desde fuera del monasterio quieren vivir una espiritualidad fundamentada en la Regla benedictina. Debemos empezar por evangelizar con nuestra vida personal y con la forma en que vivimos nuestras relaciones fraternas, y, aun, con la forma en que nos perdonamos unos a otros.

El Apóstol decía que lo tenemos que hacer todo en nombre de Jesús. Es decir, según su estilo y con la fuerza que nos viene de su poder salvador. Y, decía aun, que tenemos que dirigir por medio de él a Dios Padre una acción de gracias. Es lo que hacemos ahora en la Eucaristía. Y lo que tenemos que hacer todos los días en todas las cosas de nuestra vida, como escogidos, santos y amados de Dios, porque, como enseña san Benito, «en todas las cosas Dios sea glorificado» (RB 57, 9).

Abadia de MontserratSolemnidad de san Benito (11 de julio de 2021)

Domingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (4 de julio de 2021)

Ezequiel 2:2-5  /  2 Corintios 12:7-10 / Marcos 6:1-6

 

Queridos hermanos y hermanas,

Jesús se considera profeta cuando se aplica a si mismo el refrán: “Los profetas sólo son mal recibido en su pueblo, entre sus parientes, entre los suyos”. Se apropia el dicho después del fracaso en la sinagoga de Nazaret. El profetismo es una institución que ya encontrábamos en el antiguo Israel y en otras culturas de los pueblos vecinos. Una de las más nobles misiones del profeta –quizás la más característica– es ayudar a discernir la voluntad de Dios, no simplemente ni siempre prediciendo el futuro. La palabra “profeta”, sin embargo, ha ensanchado sus significados.

Cuando la liturgia dejó de celebrarse totalmente en latín, en muchas iglesias de nuestro país se adaptó un negro-espiritual que repetía tres veces: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”. A la juventud que iba a misa le gustaba este canto, que tenía su lugar en los campamentos y en las juergas de los locales parroquiales. Eran tiempos también de represión, y dicho canto se entonaba en manifestaciones callejeras alternado con cánticos a la Virgen y eslóganes reivindicativos.

¿Qué podía entender de profetismo la juventud de aquella época? Eran tiempos en que la cultura cristiana todavía tenía incidencia en la sociedad, lo que permitía ciertas extrapolaciones: claro que los cánticos reivindicativos de las primeras guitarra eléctricas no eran una aplicación demasiado correcta del legado que la Sagrada Escritura nos ha dado sobre el profetismo.

Por lo cual, hoy que contemplamos a Jesús como profeta, tenemos el deber de averiguar en qué puede consistir en nuestros días “la fe de los profetas”. ¿Coincide con la misión de la Iglesia? Debemos reconocer que la comunidad cristiana tiene muy difícil hacerse entender. En primer lugar, porque las propias debilidades son materia arrojadiza cuando los que no piensan como ella desean contraatacar. Después, porque el mismo mensaje específicamente cristiano choca con la mentalidad individualista que, a pesar de las novedades que creíamos que la pandemia nos enseñaría, en realidad no ha provocado demasiados cambios. En tercer lugar, y no menos importante, la diversidad de pareceres en materia social o política dificulta que los pastores –también me incluyo un servidor, como presbítero de la Iglesia– puedan contentar a todo el mundo. A los pastores nos duele cuando oímos a menudo, quizás con cierta razón, que “la Iglesia siempre llega con retraso”. Y es una de las cruces que el pastor debe asumir, si quiere tener la auténtica fe de los profetas. Porque los que viven alejados de la Iglesia todavía añaden al reproche: “llega tarde y mal”. Tal vez más difícil de ejercer la función profética recibida en el bautismo la tienen todavía más los laicos comprometidos, puesto que han de convivir a menudo con compañeros no cristianos: cada vez sienten mayor la tentación de no comprometerse en el deber cristiano de incidir en la vida social y política. En efecto, la democracia frágil de los últimos años pone en juego otros elementos más fundamentales para ellos como pueden ser la convivencia familiar y la educación de los hijos.

La dificultad de ejercer hoy el profetismo no nos hace automáticamente más configurados a Jesucristo, menospreciado por sus conciudadanos. El profetismo tiene muchas dimensiones, no sólo la que incide en la vida política y social. Básicamente debe estar enraizado en aquella fe con que Jesús vivía su docilidad a Dios Padre.

Nuestro Señor Jesucristo es el gran profeta que renovará Jerusalén. Él nos dará aliento para entender, asimilar y transmitir la fe en el Padre rico en misericordia. Digámosle, ¿por qué no?, como los jóvenes de hace sesenta años: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”.

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Solemnidad de la solemnidad de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (29 de junio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

Estimados hermanos y hermanas: la Iglesia, desde Oriente hasta Occidente, se llena hoy de alegría en la solemnidad de los dos grandes apóstoles, San Pedro y San Pablo. Dos grandes lumbreras de la fe; dos grandes fundamentos del Pueblo cristiano. Su testimonio y su intercesión atraviesan los siglos, y de generación en generación va suscitando una vitalidad nueva en la vida de los cristianos.

Su testimonio nos hace ir a las raíces de nuestra fe. Es un testimonio que se centra en la respuesta de Pedro que acabamos de escuchar: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Ante Jesús de Nazaret, Simón Pedro afirma en nombre de todos los discípulos, que aquel hombre de origen humilde que tiene delante es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, el rey salvador, el sirviente paciente, el que ha recibido la unción santa del Espíritu, el Hijo de Dios, que viene a salvar y a dar el verdadero sentido de la existencia humana. Es una afirmación de fe; porque Pedro va mucho más allá de lo que captan sus sentidos. Por eso, Jesús le puede decir: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, eso no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo. Porque la fe en Jesús como Mesías, no es fruto sólo de un razonamiento humano ni de un mero sentimiento pasajero, sino un don de Dios, para el que hay que estar disponible con un corazón abierto y humilde.

El testimonio de fe sobre Jesús que San Pablo da en sus cartas es, como no podía ser de otro modo, el mismo que el de San Pedro, sólo que expresado en lengua griega. Pablo no se cansa de decir que Jesús es el Cristo. Y «Cristo» es, como ya sabéis, la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías», que significa «Ungido». La fe, pues, de Pedro y de Pablo es la misma. El núcleo fundamental es Jesucristo, en su filiación divina y en su condición de sirviente paciente de la humanidad, de salvador único, de ungido por el Espíritu, de revelador del amor del Padre. Y también San Pablo, deja claro, que su fe no es cosa humana, es don de Dios: el Evangelio que os anuncié -dice- no viene de los hombres […], Dios me reveló a su Hijo para que yo lo anunciara (Ga 1, 11.15).

Tanto Pedro como Pablo, pusieron toda su vida en función de este anuncio del Evangelio, de la Buena Noticia, de que Jesús es el Mesías, el Cristo, el único que libera y salva en plenitud. Y no se echaron atrás ante las dificultades y las persecuciones porque su certeza los venía de una experiencia vivida. Las dos lecturas que hemos escuchado, son una muestra de ello. En la primera, hemos encontrado a Pedro en la cárcel por causa de Jesús, el Cristo. Y en la segunda, hemos oído como San Pablo, hacia el final de su existencia, hacía mención de todo lo que había tenido que luchar en el noble combate de la fe, un combate que le había comportado persecuciones y encarcelamientos.

La fe de la Iglesia, nuestra fe, pues, se basa en el testimonio de San Pedro y San Pablo que, al unísono con los demás apóstoles nos habla de la realidad profunda de Jesucristo. Hoy tenemos que renovar esa fe en él, el Mesías, el Hijo de Dios. El Padre pone esta afirmación en nuestro corazón y en nuestros labios. Y es el Espíritu quien nos mueve a ser testigos valientes para mostrar que Jesucristo nos llena de alegría y de esperanza, incluso ante las incomprensiones o las persecuciones de cualquier tipo. Pero, para poder recibir esta revelación de Jesucristo por parte del Padre, hay que hacer silencio interior y dejar que vaya empapando toda nuestra manera de ser y de hacer. Sólo una vivencia íntima del Misterio de Jesucristo nos puede sostener en medio de nuestro mundo.

La profesión de fe del apóstol San Pedro, le supuso una misión especial en la Iglesia. Lo hemos oído en el evangelio; Jesús le dijo: tú eres Pedro. Sobre esta piedra -que este es el significado de la palabra Pedro- edificaré mi Iglesia, y las puertas del Reino de la muerte no le podrán resistir. Sobre la fe y el ministerio de Pedro, sostenido por la inspiración del Padre, se fundamenta la fe del pueblo cristiano. A pesar de la debilidad humana, a pesar de los defectos personales, San Pedro, en comunión con los demás apóstoles, hará visible la piedra angular invisible sobre la que se fundamenta radicalmente la Iglesia, aquella piedra que es Jesucristo mismo.

La fidelidad de San Pedro y San Pablo en confesar la fe en Cristo les llevó a la muerte. La Iglesia conmemora conjuntamente el martirio en este día, 29 de junio, gozosa por la victoria pascual de los dos grandes apóstoles. Por eso, la liturgia nos invita hoy a volver (cf. Himnos de laudes y de vísperas) la mirada hacia la ciudad de Roma, donde ambos derramaron la sangre. Y no sólo hacia la ciudad, sino sobre todo hacia la comunidad cristiana que vive allí; aquella comunidad (o Iglesia local) que junto con su obispo, el Papa, es llamada a presidir en la caridad todas las demás comunidades cristianas de todo el mundo. El obispo de Roma ha recibido la misión difícil de ser heredero del carisma apostólico tanto de Pedro como de Pablo. Y así como la Iglesia naciente oraba a Dios por Pedro sin parar, cuando estaba en la cárcel tal como hemos oído en la primera lectura- también nosotros tenemos que llevar en la oración a aquel que es el sucesor del servicio apostólico de los dos grandes testigos que celebramos hoy. El Papa Francisco pide a menudo que roguemos por él, pero el pasado domingo pidió que lo hiciéramos con especial hincapié en la solemnidad de hoy.

Además, hemos de intensificar nuestra comunión eclesial, vivida en la lealtad y, al mismo tiempo, en la libertad de los hijos de Dios. Tenemos que vivir en el seno de la Iglesia católica donde hay gérmenes fuertes de división. Y la tenemos que vivir abiertos, también, a todos aquellos hermanos y hermanas en la fe, que desde tradiciones eclesiales diversas y sin estar todavía en plena comunión con la sede de Pedro y Pablo, reconocen que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Es a través de la estima, de la búsqueda sincera y humilde de la verdad, y de la acogida de la diversidad que podremos llegar a superar las divisiones que hacen menos creíble el testimonio cristiano. San Pedro y San Pablo compartieron la misma fe, el mismo amor por Cristo y por la Iglesia, pero desde la diversidad de maneras de ser, desde expresiones y sensibilidades diversas y en contextos diferentes; hasta en algún momento con una cierta tensión dialéctica. Pero tuvieron en común la adhesión a Cristo, la fidelidad inquebrantable al Evangelio, el amor fraterno y el trabajo por la unidad de la Iglesia.

Dejemos que estos dos grandes Apóstoles que hoy conmemoramos nos estimulen a vivir con entusiasmo nuestra fe en Jesucristo y poner en obra el Evangelio en nuestro entorno. La eucaristía del Señor que nos han transmitido los apóstoles y que ahora celebramos, nos da la gracia y la fuerza.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2021)

Domingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de junio de 2021)

Sabiduría 1:13-15; 2:23-24  /  2 Corintios 8:7.9.13-15 / Marcos 5,21-43

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que nos acaba de proclamar el diácono, nos presenta dos situaciones de muerte. La primera hace referencia a una mujer que tenías pérdidas de sangre. Su situación era dramática, ya que con las hemorragias no sólo se le escapaba la «vida», sino que además esta enfermedad era causa de impureza y por tanto quedaba excluida del pueblo como si estuviera muerta de verdad. La segunda situación de muerte es la de una chica joven, la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga.

Ante el misterio de la muerte, los hombres de todos los tiempos, o bien escondemos la cabeza o bien usamos expresiones y actitudes que denotan el recelo y el miedo que nos hace hablar de ello. El éxito fácil, las apariencias, el triunfo, el deseo de una eterna juventud, …, son cortinas de humo que disimulan la certeza de que hemos de morir. El relato de hoy, en cambio, nos ayuda a saber cuáles son las actitudes de Jesús ante la enfermedad y la muerte y, como contrapunto, nos ayuda a nosotros a no esconder la cabeza bajo el ala ni a caer en respuestas fáciles a un misterio que no tiene nada de fácil, ya que la mayor dificultad que tenemos para hablar de la muerte es que muy a menudo no sabemos cómo hablar de la vida.

Jesús ante la cruda realidad de la enfermedad y la muerte, no habla, en el sentido de hacer ningún discurso de tipo moral ni teológico, sino que Jesús actúa. Es decir, Él, que lo podía hacer, cura y resucita. La salud o la vida recuperadas, devuelven el hombre a la situación original querida por Dios, que es siempre el hombre vivo, tal y como nos ha recordado el Libro de la Sabiduría que hemos proclamando en la primera lectura: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte».

Nosotros no tenemos el poder de hacer milagros como Jesús, pero esto no nos exime de tratar de concretar esta lección evangélica de hoy en nuestras vidas.

Siguiendo el ejemplo de Jesús no se trata tanto de hablar como de actuar, ya que ante el sufrimiento y la muerte el exceso de palabras convierte en superficialidad y banalidad. Y actuar, ¿cómo? Haciendo el intento de comunicar vida a los que más la necesitan, es decir, haciendo gestos, creando en nuestro interior actitudes que engendren vida. Y esto se concreta en cosas tan sencillas, pero tan difíciles a veces, como hacer compañía, estar allí por si me necesitan, atendiendo con estimación, ayudando en todo lo que necesitan los que pasan por una enfermedad o viven la muerte de un ser querido, … y un largo etcétera que cada uno puede completar. Es lo que muchos han hecho en este tiempo de pandemia que aún vivimos y que muchos siguen haciendo ante el sufrimiento de otras pandemias como son el hambre, la miseria, la inmigración forzada, … Es esta manera de actuar la que nos ayuda a superar la dificultad de hablar sobre la vida y su sentido, ya que Jesús quiso tanto la vida que la dio para todos, sin excepción. Por eso, él es el Viviente.

Ciertamente lo que acabo de decir no es consecuencia del poder de obrar milagros, que no tenemos, pero sí que es consecuencia del poder de amar, ya que sin él no sirve para nada hacer milagros, como nos ha recordado también el autor del Libro de la Sabiduría cuando nos decía: «el reino de la muerte no es de la tierra, para que la bondad y la justicia son inmortales. Dios no creó al hombre sometido a la muerte, sino a imagen de su existencia eterna”.

No sé si haciéndose eco de este fragmento, el P. Miguel Estradé escribía: «toda vida es marcada por un comienzo y un final, dos días más densos que todos los demás, dos días paralelos en que el nacimiento es enmarcado por toda una vida por delante y un amor detrás, mientras que la muerte tiene toda una vida detrás y un amor infinito por delante «, el amor por lo tanto es la clave que nos permite acercarnos a la realidad definitiva del misterio de la vida y del misterio de la muerte.

Dios es fuente de amor, creador de vida y está al lado de los que sufren. Esta fe que nosotros hemos recibido de Jesucristo, es la que renovamos y celebramos ahora en la Eucaristía.

 

Abadia de MontserratDomingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Domingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (20 de junio de 2021)

Job 38:1.8-11 / 2 Corintios 5:14-17 / Marcos 4:35-41

 

El evangelio de este domingo nos enseña hoy como Jesús está cerca y nos ayuda en los momentos difíciles. Hemos oído como Jesús y los discípulos navegaban en una barca en el lago de Genesaret. Jesús se había dormido. Mientras tanto, sin embargo, se desató un temporal tan fuerte que las olas entraban en la barca y la barca se llenaba de agua. Se encontraban en medio del lago y lejos de las dos riberas. Y se iba oscureciendo.

Con este mal tiempo, los discípulos no podían orientarse. Si hubiéramos podido ver las estrellas, tal vez se habrían podido orientar. Pero la tormenta era tan violenta que las olas golpeaban la barca y la situación era grave porque la barca podía hundirse de un momento a otro. Los discípulos necesitaban ayuda. Jesús dormía y decidieron despertarle. Jesús les preguntó por qué tenían miedo, y los animaba a mantenerse serenos. Pero, al mismo tiempo, Jesús retó el viento y se creó una gran calma.

El evangelio nos muestra hoy como Jesús está cerca de quienes lo siguen y les ayuda en los momentos difíciles. Pero necesitamos tener fe y decirle cuál es nuestro problema o nuestro dolor. Jesús no se desentiende de ninguna manera. Cuando nos encontramos con dificultades, él nos anima a vivir con aguante y firmeza. Si nosotros tenemos fe en Jesús, Él está y estará siempre al lado nuestro. Si somos conscientes, podremos aguantar con más firmeza los momentos difíciles y mantenernos con más serenidad, tal como el evangelio nos propone.

Cada persona, todos nosotros, en un momento u otro, nos encontramos con periodos duros y difíciles, en momentos concretos de nuestra vida, y, por muy graves que sean los peligros, si tenemos confianza en Dios, podemos hacer frente a la realidad con fe y con coraje. En cualquier situación, de una manera o de otra, por muy graves que sean las dificultades que padecemos, nuestra fe en Jesucristo puede ayudarnos mucho. Todos los que estamos aquí y los que nos seguís desde lejos, tenemos cerca a Jesucristo que nos apoya. Muy a menudo no pensamos en Él. Por eso, en momentos difíciles, tratamos de mantener una fe valerosa, contando con Jesús y con su Madre, que nos ayudarán a continuar nuestro camino con más firmeza y serenidad.

Jesús nos ofrece a menudo renovar nuestra fe, una fe que enriquece nuestra vida. Sabemos que nuestra vida, a veces, pasa dificultades y no siempre lo conseguimos fácilmente. Recordemos entonces lo que nos dice Jesús: «¿Por qué tiene miedo? No tenéis fe». De esta manera nos abre los ojos para que sigamos la realidad que nos toca vivir confiando en Dios, con un corazón que puede ser más valiente, si tenemos en cuenta que Jesucristo está junto a nosotros y de cada persona, y nos ayuda hacer frente, con serenidad y coraje, a las dificultades más diversas. Una fe que hemos recibido, y que hemos acogido, sería muy bueno, también, que procuráramos compartirla.

Como cristianos tenemos, pues, la ayuda de nuestra fe. Y cuando nos encontramos con contratiempos, podemos hacer como lo hacían hoy los discípulos de Jesús cuando le decían: «Maestro, ¿no te importa que nos perdamos?» nuestra fe puede llegar a ser lo suficientemente fuerte como para sentirnos acompañados en cualquier momento difícil de nuestra vida. Hay un proverbio que dice: si quieres huir de tus problemas seguirás una carrera que no ganarás nunca. Nosotros podemos traducirlo diciendo: si no sigues tu fe, seguirás una carrera que te costará mucho superar.

Recordemos lo que tuvo que afrontar la Madre de Jesús: momentos muy dolorosos para una Madre. Pero nada la hizo caer. Sufrió duramente, pero se mantuvo con un aguante constante y con un corazón abierto a Dios durante toda su vida. Como ella, de una cierta manera, en situaciones de todo tipo, a pesar de los vientos contrarios, será bueno que cada persona pueda valorar y agradecer lo que ella, la Virgen, es para nosotros. En una situación difícil, necesitamos trabajar con coraje para mantenernos con paz y salir adelante en bien.

Gracias a Jesús y gracias también a su Madre, que en Montserrat veneramos de todo corazón, puede ser muy posible que, en la vida de cada una y de cada uno de nosotros, todo, con sorpresa, se vuelva tranquilo. Así lo deseamos: que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Domingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)

Homilía del G. Anton Gordillo, monje de Montserrat (13 de junio de 2021)

Ezequiel 17:22-24 / 2 Corintios 5:6-10 / Marcos 4:26-34

 

Queridos hermanos y hermanas:

Confianza y esperanza. Estas palabras son las palabras que me han suscitado las lecturas que hemos oído hoy: confianza y esperanza.

Esperanza en un mundo mejor. Un mundo semejante a un cedro magnífico que crece de un esqueje pequeño por la fuerza que le da el Señor, como nos acaba de decir el profeta Zacarías. Un mundo en el que vivimos como emigrantes lejos de los nuestros y quizás con una fe temblorosa y llena de miedos, pero destinados a intentar cambiar el mundo ya ahora, para reunir a todos los hombres y mujeres en un mundo mejor (el Reino de Dios) como hemos oído en la segunda lectura, a pesar de tener también la mirada puesta en el mundo futuro donde disfrutaremos del Amor de Dios. Esta es nuestra esperanza, poder cambiar el mundo ahora, no por nuestros méritos, no porque seamos los mejores, sino porque confiamos en Dios: en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas. No me gusta el mundo en que vivimos. No me gusta la violencia, el hambre, la pobreza, el individualismo, las adicciones, el dolor de tantos inocentes, la indiferencia de los ricos y de los poderosos (los perros mudos como los llamaba San Antonio de Padua, mi patrono). .. Me duele el mundo actual: lo quiero cambiar y quiero instaurar el Reino de Dios: ahora.

Hermanos y hermanas, ¿queréis ayudarme a cambiar el mundo? Pues podemos hacer lo que decía el Papa San Gregorio hace casi mil quinientos años: «cuando formulamos buenos deseos, plantamos la semilla en la tierra; cuando empezamos a obrar bien, somos una brizna de hierba; cuando crecemos, llegamos a ser espigas y cuando ya estamos firmes en el buen obrar con perfección, la espiga se llena de grano maduro » (San Gregorio, Homilías sobre la profecía de Ezequiel, libro 2,3,5). Y sí, a pesar de todo esto, somos conscientes de nuestra poca cosa, de nuestras fragilidades e incoherencias, de nuestros miedos…

Pero, hermanos y hermanas, somos cristianos y podemos tener confianza en Dios-Bondad que nos ama: «¿qué diremos, pues, ante esto? si tenemos a Dios con nosotros, ¿quién estará en contra? « (Romanos 8:31). El mal no tiene la última palabra, porque gracias a la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, el mal ha sido vencido. Porque creemos que la bondad y el amor de Dios nos acompañan toda la vida (cf. Salmo 22).

Pero Dios (que nos ama), Dios (que nos ha hecho hijos suyos), respeta muchísimo nuestra libertad, pero espera que nosotros colaboremos en intentar cambiar el mundo y en la instauración de su Reino. Dios no quiere imponer el bien sin contar con nosotros: contigo, contigo, contigo… y conmigo. Dios desea que participemos en la instauración de su Reino.

Por ello, no importan los achaques de la edad o de la enfermedad, no importan nuestras fragilidades o nuestros miedos. Todos, independientemente de nuestra edad (seamos viejos o jóvenes inexpertos) o de nuestra condición (con más conocimientos o menos, con más habilidades o menos), todos podemos orar. Y la oración es muy poderosa: porque todo lo que pedimos al Padre en nombre de Jesús nos lo concederá (cf. Juan 14:13). Esta puede ser nuestra principal forma de cambiar el mundo, de mover los corazones de las personas, porque «por la oración, todo bautizado trabaja para la Venida del Reino» (CEC n. 2632). Después, cada uno según sus posibilidades, intentaremos poner también nuestra cabeza y nuestras manos, nuestra inteligencia y nuestro obrar para conseguir cambiar el mundo.

Eso sí: conscientes de que sin Dios no puede nada nuestra debilidad (colecta del domingo XI B), conscientes de que, quien hace crecer la semilla es el Señor, confiados en nuestro Padre Dios. Como decía Juliana de Norwich, mística inglesa de comienzos del siglo XIV:

«Dios mira con compasión y no con reproche el dolor del alma. No hacemos más que pecar. Somos protegidos en el consuelo y el temor, porque quiere que nos volvamos hacia él y nos adhiramos prontamente a su amor, viendo que es nuestro remedio. Así hemos de amar en el deseo y en la alegría. Todo lo que es contrario a esta actitud no viene de Dios sino del enemigo» (Juliana de Norwich. Libro de las Revelaciones del Amor Divino. Introducción al capítulo 82).

Nosotros podemos anunciar el Evangelio, es decir, alegres de comunicar una buena nueva (que esto significa Evangelio). Una pequeña aportación de nuestra parte, y Dios hará salir el resto: hará crecer la planta, convertirá aquella semilla y aquel esqueje en un árbol. Esperanzados porque sabemos que podemos cambiar el mundo y porque nos espera un mundo mejor. Confiados porque somos hijos de Dios.

Hermanos y hermanas. Podemos estar seguros de que nuestra fe y de nuestra esperanza no son inútiles: roguemos por la venida del Reino y anunciémoslo a los demás hombres y mujeres para que participen también de esta buena nueva. Que colaboren con nosotros a instaurar el Reino de Dios, seguros y confiados de que Dios, Bondad infinita, está a nuestro lado porque nos ama. Intentemos amarle a Él y a los hermanos, y después de muertos y resucitados, conseguiremos disfrutar de la vida eterna en Dios.

Confianza y esperanza. Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza. Este es nuestro amor, por Dios y por los hermanos. Porque: «todo acabará bien; todas las cosas, sean cuales sean, acabarán bien» (Juliana de Norwich, Op. Cit. cap. 27).

Abadia de MontserratDomingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)

Solemnidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (6 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 de junio de 2021)

Éxodo 24:3-8 / Hebreos 9:11-15 / Marcos 14:12-16.22-26

 

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña» (cf. Ps 80, 17; Mc 16, 25). Una flor de harina convertida por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo y un fruto de la viña convertido también por el Espíritu Santo en la sangre de Cristo. Hoy, hermanos y hermanas, agradecemos este don que Jesús, el Señor, nos dejó en la última cena. El cuerpo y la sangre son la totalidad de su persona. Y, tal como nos decía el Evangelio, el Señor los hace ofrecer para la salvación de toda la humanidad. Son un don de amor inconmensurable. Un don sacramental hecho en la cena anterior a la pasión y consumado después en la cruz, cuando el Señor se ofreció él mismo a Dios, por el Espíritu Santo, como víctima sin defecto, tal como dice la carta a los hebreos que hemos leído. De esta manera nos purificó de las obras que llevan a la muerte, inauguró una nueva alianza, nos concedió poder dar culto al Dios vivo haciendo el memorial de su pasión, muerte y resurrección, y nos ofreció la herencia eterna para entrar al lugar santo del cielo donde Dios habita. En la solemnidad de hoy somos invitados a agradecer este don de vida y de salvación, a acogerlo y a adorarlo.

Somos invitados a agradecerlo, el don de la Eucaristía. Porque nos da vida cada vez que hacemos el memorial del Señor y hace que Jesucristo resucitado continúe presente entre nosotros en el sacramento eucarístico. Con una presencia no estática, sino dinámica que comunica su amor, que nos otorga dones espirituales, que nos invita a devolver amor por amor, que es prenda de la vida eterna que esperamos. Por ello la secuencia tradicional de esta solemnidad, escrita por Santo Tomás de Aquino, invita a alabar al Salvador, aquel que nos guía y nos pastorea, cantándole himnos y cánticos; haciendo que «la alabanza sea plena y sonora», que sea gozoso y brillante el fervor de nuestros corazones». Alabemos hoy, pues, con un agradecimiento sincero, a Jesucristo que se da a sí mismo en la Eucaristía.

Somos invitados, también, a acoger el don eucarístico en nuestra vida. Para que nos vaya transformando, o, como dice la liturgia de hoy, para que este sacramento venerable nos alimente espiritualmente, nos santifique (cf. prefacio II) y nos haga crecer en la filiación divina y en la identificación con Jesucristo, viviendo según su Evangelio. Además, el sacramento eucarístico crea unos vínculos entre unos y otros para que, participando del mismo pan y el mismo cáliz, el Señor nos une por su Espíritu Santo y hace de nosotros el cuerpo espiritual de Cristo. Por eso decimos que la Eucaristía es sacramento de unidad. Acoger, por tanto, el don eucarístico conlleva también y necesariamente estar abierto a los demás, gastar nuestra vida a favor de ellos tal como hizo Jesús dándose en la Eucaristía y en la cruz a favor de todos. No podemos acoger el cuerpo y la sangre eucarísticos de Cristo sin acoger el cuerpo, la persona, de los otros, particularmente de los que cerca de nosotros pasan algún tipo de necesidad material o espiritual, porque también son sacramento, presencia, de él. Celebrar el Corpus es, pues, abrirse a la solidaridad, amar y comprometerse a favor de los demás. Por eso hoy es «el día de la caridad»; os invitamos, pues, a participar en la colecta que se hará al final de esta celebración para contribuir a la obra que hace Cáritas en bien de tanta gente necesitada.

Y, aun, hoy somos invitados a adorar el Sacramento eucarístico que es el sacramento por excelencia. La adoración es quizás la característica más típica y más popular de la solemnidad de Corpus. En esta gran fiesta, contemplamos maravillados la donación total de Jesucristo y adoramos su presencia divina que es portadora de salvación y que nos une al Padre y al Espíritu Santo. Y la adoración se puede transformar en coloquio íntimo, en silencio maravillado considerando cómo el Dios trascendente, el todo-otro, deviene máximamente próximo en la humildad del pan y del vino, para ponerse a nuestro nivel, para entrar dentro nuestro, transformarnos a su imagen y hacernos participar de su vida divina. Conscientes de ello, la liturgia nos invita a hacer brotar de nuestro interior «un cántico nuevo». En la tradición de Israel, con motivo de una nueva intervención salvadora de Dios o de una nueva experiencia espiritual, se componía un cántico nuevo: a la novedad de lo que Dios había hecho había que corresponder con la novedad de la alabanza y no repitiendo unas palabras ya conocidas (cf. Sal 95, 1; 97, 1). También el cristianismo siguió esta tradición. La novedad de la obra salvadora de Jesucristo, la gran hazaña de su pasión, muerte y resurrección que nos es comunicada en el memorial eucarístico, piden un canto nuevo de los labios y del corazón. Lo encontramos en el libro del Apocalipsis con los veinticuatro ancianos prosternados ante el Cordero, es decir, ante Jesucristo muerto y resucitado, y cantando un cántico nuevo. Lo adoran porque ha comprado para Dios con su sangre, gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y les ha hecho una casa real y sacerdotes de nuestro Dios. Y dicen eternamente: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, honor, gloria y alabanza (Ap 5, 8-9.12). Y nosotros unimos nuestras voces a las de ellos proclamando la gloria del Señor tres veces santo que ha dado la vida en la cruz y nos ha dejado la Eucaristía.

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña»; agradezcámoslo, acojamos el don, adoremos la presencia.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (6 de junio de 2021)

Misa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 de mayo de 2021)

Job 19:1.23-27 / Romanos 5:5-11 / Lucas 12:35-40

 

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, cantaba el salmista. Esto, hermanos y hermanas, aplicado al quien vela con fe, como nos decía de hacer el evangelio, toma una dimensión nueva. Porque, aunque la espera sea larga y oscurezca o llegue la noche, el que espera de esta manera sabe que el Señor vendrá, que no fallará. Porque, en las palabras del evangelio que acabamos de oír, se trata de esperar el retorno del Señor. De esperarlo de una manera activa, preparando su llegada y disponiéndolo todo para su advenimiento. Disponiéndolo todo, que significa abrir el corazón, renovar la fe en él como salvador, y, al final de la vida, dejarse guiar por él por los caminos eternos e inéditos del más allá de la muerte .

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, podríamos aplicar esta expresión cañadas oscuras del salmo, a la muerte. Ni en este momento el creyente debe tener miedo de nada porque sabe que Dios está cerca de él y que le llevará hacia las verdes praderas y los arroyos de agua del nuevo paraíso donde Dios convivirá con la humanidad liberada del duelo y de la muerte (cf. Ap 21, 3-4; 22, 1.5). El creyente que como el salmista no tiene miedo de nada ni que tenga que pasar por las cañadas oscuras de la muerte, sabe por la fe -como el Job de la primera lectura- que Dios, que es su defensor vivo, que en el juicio sobre su vida, le apoyará y testificará a favor de él.

Y esto, no porque la vida humana sea irreprensible, sino porque, tal decía San Pablo, en la segunda lectura, Dios nos ha hecho justos por la sangre de Jesucristo. Él murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores y nos ha sacado de la pena, dejándonos con ello una prueba del amor que nos tiene.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Esta ha sido, también, la vivencia de nuestro P. Anselm que, desde que llegó a la fe, siempre ha creído que Dios no abandonaba nunca. Lo ha creído sobre todo los dos últimos años que por problemas respiratorios tenía que ir conectado a un aparato que le suministraba oxígeno día y noche y el hacía residir en la enfermería. Le costó aceptarlo, pero luego con serenidad, con espíritu de fe y con confianza, fue admitiendo estas limitaciones y sus consecuencias, aunque alguna vez le suponía una lucha interior y le afectaba su afabilidad natural. Trataba de vivir su enfermedad con fe y como una ocasión de unirse a los sufrimientos de Jesucristo. Estas actitudes eran fruto de todo un trabajo espiritual de años.

Había nacido en Barcelona el 28 de julio de 1942. Hizo los estudios primarios en una academia y el bachillerato en el Colegio La Inmaculada de los HH. Maristas. Después cursó el profesorado mercantil en otra academia de Barcelona mismo. Su vida profesional se desarrolló siempre en el ámbito de la contabilidad y de la supervisión administrativa.

Vivió la adolescencia y la juventud al margen de la fe cristiana, prácticamente en la increencia, hasta que a los 46 años se convirtió, al descubrir la persona de Jesucristo y el amor que Dios le tenía. Desde entonces puso toda su existencia al servicio del Señor. Y para profundizar su fe a nivel intelectual, hizo el bachillerato en teología en la Facultad de Teología de Cataluña, hoy integrada en el Ateneo Universitario San Pacià. Se vinculó, también, en la parroquia de Sant Medir de Barcelona, hasta que ingresó en nuestro monasterio en septiembre de 1995, porque en este proceso de crecimiento en la fe, fue descubriendo la vida monástica.

Cuando entró en Montserrat tenía 53 años. Profesó en 1997; y aquí amplió estudios filosóficos y teológicos. Hizo la profesión solemne en 2000 y en 2013 recibió la ordenación presbiteral. Ya prácticamente desde los inicios de su estancia en el monasterio, trabajó en tareas vinculadas a la administración. Y desde 1998 llevando la caja de la comunidad y sirviendo a los monjes facilitándoles gestiones, y procurándoles dinero para los gastos, productos de limpieza y de escritorio, etc. En esto, ha sido un siervo fiel y prudente (cf. Mt 24, 45) puesto en uno de los servicios comunitarios más delicados y que implican más relación con los monjes. Era cumplidor, fiel, metódico, servicial, un poco exigente para evitar descontroles, él se trabajaba por ser paciente y servicial.

Ha sido un monje de una vida espiritual intensa, si bien con algunos momentos de oscuridad. Él mismo reconocía que a veces se peleaba con Dios, pero luego, dejándolo ganar, encontraba la paz. Desde el día que entró, nunca ha tenido ninguna duda de su camino monástico en Montserrat, creía firmemente que era lo que Dios le pedía. Y que Santa María lo sostenía y le ayudaba. Fiel hasta que ha podido en el Oficio divino y en la lectura orante de la Palabra de Dios, devoto de la Virgen y fiel al rezo del rosario cada día; durante unos años lo dirigía en la basílica. Daba tiempo personal a la oración y, no sin lucha interior a veces, buscaba ser obediente a la voluntad de Dios sobre él, se preocupaba por las vocaciones a nivel de Iglesia y de la comunidad. Estaba muy interesado, en sus diálogos con otras personas, por mostrar que la fe cristiana es compatible con la razón y que Jesucristo es capaz de llenar de alegría, de sentido y de compromiso la existencia de quien cree en él. A pesar de haber estado acostumbrado a vivir solo durante muchos años, se integró fácilmente a la vida de comunidad, ayudado por su talante pacífico, por su capacidad de diálogo y por su capacidad de interiorización.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Hacía tiempo que el P. Anselm, debido a los achaques de salud provocadas sobre todo por los problemas respiratorios, me manifestaba las ganas que tenía de irse a la casa el Padre; no para evadirse sino para encontrarse con el Dios que amaba profundamente. No tenía miedo de los cañadas oscuras de la muerte; la veía como una puerta abierta a una realidad superior. Como si presintiera la proximidad del desenlace final, el viernes antes de Pentecostés me pidió la Unción de los enfermos porque sentía que se iba debilitando rápidamente. La recibió, rodeado de la comunidad, con devoción y con alegría. Al cabo de una semana justa, el pasado viernes, vino la crisis grave que le ha llevado al final de su carrera terrena.

Ahora, los que lo hemos querido nos disponemos a ofrecer la Eucaristía para que el Señor purifique a nuestro P. Anselm de sus faltas y le satisfaga el deseo del encuentro con Dios para siempre; él, el Dios que es un horno de amor, que le llamó hacia la vida eterna cuando ya había comenzado la solemnidad de la Santísima Trinidad. Por otra parte, enterraremos sus restos mortales en el día que la Iglesia celebra la Visitación de la Virgen. Que Santa María, que él ha querido tanto, le otorgue lo que el P. Anselm, junto con la comunidad, los escolanes y los fieles, había pedido cada día: que María, Madre de misericordia, le muestre a Jesucristo ahora que ha terminado su camino por el valle de este mundo entretejido de alegrías, de trabajos, de lágrimas y de esperanzas.

 

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (30 de mayo de 2021)

Deuteronomio 4:32-34.39-40 / Romanos 8:14-17 / Mateo 28:16-20

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Una antigua tradición nos cuenta que el gran San Agustín caminaba un día por la playa intentando comprender los misterios de la Santísima Trinidad. Allí se encontró un niño pequeño que había hecho un agujero en la arena y con una concha iba vertiendo el agua del mar. San Agustín, sorprendido, preguntó al niño que estaba haciendo. Este le respondió que quería poner toda el agua del mar dentro del agujero que había hecho. Agustín le dijo que eso era imposible. El chico le rebatió que era aún más imposible entender la Trinidad con nuestro pobre entendimiento. Y añadió que si llegamos a comprender a Dios, ya no será Dios.

Nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en su inmensa grandeza se nos ha manifestado en el misterio. No podía ser de otra manera: nuestros límites humanos son incapaces de captar la plenitud inefable de Dios. Nuestro entendimiento queda sobrepasado por tan gran misterio. Nuestra vista queda cegada por el brillo de una luz tan brillante. Nuestros oídos no son aptos para percibir una música tan excelsa. Como Moisés en el desierto sólo podemos cubrirnos el rostro con un velo para intentar percibir el rastro que la Trinidad ha dejado en el mundo.

Pero a pesar de nuestra pequeñez, tampoco somos capaces de dejar de contemplar, admirados, el misterio divino del Dios salvador. En este sentido, la oración colecta de hoy nos da tres claves para aproximarnos al misterio trinitario: primero profesar la fe verdadera, después reconocer la gloria de la Trinidad eterna y, finalmente, adorar su unidad de poder y de majestad.

Profesar la fe verdadera. Sólo la fe nos abre el acceso al gran misterio del Dios Único en Tres personas. No hay otra opción. Nuestra razón puede darnos motivos para pensar que Dios existe pero sólo la fe en la palabra de Jesucristo nos revela que nuestro Dios es trinitario. Hay que creer y confiar en Dios. Este es el único camino que nos guía hacia nuestro interior, hacia la búsqueda de la imagen y semejanza de Dios que llevamos impresa en nuestros corazones. Y sólo yendo hacia nuestro interior somos capaces de alzarnos hacia las alturas vertiginosas donde habitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Desde el bautismo todos llevamos dentro la huella de la Trinidad.

El segundo elemento de la oración colecta es reconocer la gloria de la Trinidad eterna. Esta es la auténtica protagonista de la historia de la salvación. Detrás de todos los acontecimientos salvíficos, desde la creación hasta la resurrección de Cristo, es la Trinidad quien ha hecho presente y ha mostrado su inmensa gloria. Detrás la historia de la salvación late constantemente el corazón de la Trinidad. Desde el misterio, la Trinidad nos da la vida y guía la historia hacia el encuentro definitivo con nuestro Salvador.

Y finalmente, necesitamos adorar su unidad, nos decía la oración colecta. La adoración es la respuesta del creyente que se encuentra desbordado por tan gran misterio. Adorar su unidad es adorar su esencia. Y la esencia de Dios es el amor. Sólo el amor es digno de fe, de gloria y de adoración. Nuestro Dios es amor. La comunión de las tres personas divinas es la fuente de este amor. A través de ella Dios nos une a él y nos transforma a la imagen y semejanza de Cristo glorioso.

Hermanos y hermanas, tal como rezaba San Agustín, también nosotros podemos dirigirnos a Dios y decirle: «Señor y Dios mío, creo en ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo (…). Cuando lleguemos a su presencia se terminarán todas estas cosas de las que ahora hablamos sin entenderlas, y vos lo seréis todo en todos, y entonces cantaremos un cántico eterno, alabándoos unidos a vos»(De Trinitate, XV, XXVIII, 51). Amén.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Pentecostés (23 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (23 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Gálatas 5:16-25 / Juan 15:26-27; 16:12-15

 

El Espíritu del Señor llena la tierra (Sal 1, 7), cantábamos, hermanos y hermanas, al iniciar la celebración. Y es verdad. El Espíritu la ha llenado desde el primer día de Pentecostés, cuando gente de todos los pueblos oyeron en su lengua nativa los diversos lenguajes que el Espíritu sugería a los apóstoles. El Espíritu, haciendo que las maravillas de Dios fueran proclamadas a la pluralidad de los pueblos, superaba la división y formaba la unidad de todos. Cada uno desde su lengua y su propia cultura podía comprender y hacerse suya la única Palabra que viene de Dios. Esta es la misión de la Iglesia en el mundo en cada época de la historia: presentar la Buena Nueva de Jesús a la humanidad entera. En nuestros días, en su encíclica «Fratelli tutti», el Papa Francisco, ve esta unidad en la pluralidad que crea el Espíritu en Pentecostés, e, invitando a ponernos en sintonía con la obra del Espíritu, dice que debemos proyectar y trabajar juntos «como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos «(n. 8).

El Espíritu, que fue dado a la Iglesia en el primer Pentecostés, todavía hoy, pues, sigue presente y activo. Ella, pueblo de Dios en camino hacia la plenitud eterna de la pascua, atraviesa la historia y los siglos bajo el impulso del Espíritu para testimoniar las maravillas de Dios y ser servidora de la humanidad, porque Jesucristo, el Señor, continúa su obra de curación y de salvación a través de los cristianos. A pesar de las debilidades y los pecados de los miembros de la Iglesia, el Espíritu da firmeza a la predicación del Evangelio, hace crecer el amor solidario, dispuesto en el interior de las personas a abrirse cada día a la obra de la gracia, suscita la santidad en hombres y mujeres de todas las edades, pueblos y culturas. A través de la Iglesia, además, el Espíritu lleva consuelo y esperanza a tantas situaciones de sufrimiento, de duelo o de oscuridad. Actúa en nuestro mundo contemporáneo que se ve abrumado por la pandemia, y por tantas crisis, sociales y económicas, con multitudes que buscan desesperadamente y con riesgo de la vida una salida a su situación. En medio de estas situaciones, hay hambre y sed del mensaje transformador de Pentecostés. Hambre y sed, tal vez sin saberlo, de recibir el don del Espíritu como defensor, como protector y como consolador.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Miembros de la Iglesia como somos, también nos ha sido dado a nosotros. Lo recibimos en los sacramentos de la iniciación cristiana como un don imborrable. Por eso el Espíritu sigue presente en nuestro interior y nos otorga unos dones espirituales o carismas. A cada uno de una manera particular, de acuerdo con sus capacidades o con sus funciones en la Iglesia. Esta diversidad está al servicio de los demás y conlleva una armonía y una riqueza que coopera a la misión de la Iglesia en el mundo, y que el egoísmo no debería dañar.

El Espíritu que hemos recibido nos ayuda a vivir como hijos de Dios, e ilumina nuestro interior para que tengamos fe en Jesucristo, para que podamos conocerlo más y más. El Espíritu, aún, nos ayuda a orar, nos da fuerzas para amar y servir a los demás a pesar de nuestra debilidad y nuestra inconstancia, y nos ilumina para que sepamos discernir la voluntad de Dios en nuestro obrar. Es el Espíritu, también, que nos hace descubrir la presencia de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía y en cada hermano.

Esta presencia del Espíritu en nosotros nos mueve a ser comunicadores de sus dones a los demás y, de manera particular, a ser instrumentos de su consuelo para los que lloran o están tristes, instrumentos de su defensa de los pequeños y de los marginados, instrumentos de su protección a las personas débiles o tratadas injustamente. En una sociedad en la que se dan enemistades, discordias, celos, envidias, rivalidades, divisiones, de una manera similar a la situación que describía San Pablo en la segunda lectura, tenemos que hacer presentes los frutos del Espíritu: el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la sobriedad. Para poder hacerlo, sin embargo, debemos invocar insistentemente el Espíritu Santo tal como hace la Iglesia hace hoy y ha hecho desde el día de la Ascensión. Y, además, hemos de estar abiertos y ser dóciles interiormente para que el Espíritu pueda actuar en nosotros y por nuestro medio a favor de los otros como portadores de esperanza, de solidaridad, de justicia empapada de misericordia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Llena, también, nuestra asamblea litúrgica, para que nuestra alabanza a Dios sea digna de él, para que la gracia divina penetre en nuestro corazón y haga fecunda nuestra vida, para que comprendamos la Palabra divina, así -como decía el evangelio- nos va guiando hacia el conocimiento de la verdad entera. El Espíritu Santo, todavía, por medio de la oración de la Iglesia, transformará el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y cuando los recibimos quiere transformar nuestra persona y quiere ayudarnos a unirnos unos a otros en el amor para formar el cuerpo espiritual de Cristo que es la Iglesia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Y lo llena de vida. Pero aún no está toda la tierra bajo el impulso del Espíritu. Hay zonas de nuestro interior que aún se mueven bajo los impulsos contrarios al Espíritu. Y por eso aún tenemos que orar intensamente: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles». Hay áreas geográficas con conflictos graves, como acabamos de ver estas semanas. En cambio, más allá de todas las divisiones y los enfrentamientos, el Espíritu quiere hacer de toda la humanidad una sola familia de hijos e hijas de Dios. Por ello, al final de la encíclica que he mencionado al principio, el Papa reza: «Ven Espíritu Santo, muéstranos tu belleza reflejada en todos los pueblos de la tierra, para descubrir que todos somos importantes, que todos somos necesarios, que son rostros diferentes de la misma humanidad que estimáis. Amén «(n. 287).

Abadia de MontserratPentecostés (23 de mayo de 2021)

La Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (16 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Efesis 4:3-6.1-13 / Marc 16:15-20

 

Se elevó y fue llevado al cielo, nos ha dicho el evangelio. En el Credo, la vida de Jesucristo en la tierra nos es presentada -hermanos y hermanas estimados- en términos de un gran abajamiento y de una ascensión gloriosa. «Por nuestra salvación bajó del cielo», decimos. En otras palabras, salió del Padre para venir al mundo y mostrar el amor inmenso que el Padre le tiene (cf. Jn 16, 27-28). Se abajó viviendo en el anonimato la mayor parte de su vida y dado a un trabajo humilde. Se abajó aún más con la crucifixión y con la estancia en el sepulcro. Después, subió al cielo y fue glorificado a la derecha del Padre. Hoy la Iglesia celebra con alegría y con acción de gracias esta ascensión gloriosa.

Las lecturas que hemos escuchado y también el credo utilizan un lenguaje simbólico para explicar esta realidad del regreso de Jesús a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2; 16, 28). Y por eso hablan de subir, de elevarse, de sentarse a su derecha. Con ello quieren expresar que el Hijo de Dios con su cuerpo humano glorioso, se adentra en la dimensión trascendente de Dios y participa de la gloria, la soberanía, el poder divinos, en un abrazo eterno de amor con el Padre, para derramarlo a manos llenas sobre la humanidad.

Si sólo tuviéramos que contar con nuestras posibilidades, la humanidad no podría tener nunca acceso a la casa del Padre. Sólo Jesucristo, con la ascensión, ha podido abrirnos el acceso. Nosotros, pues, que estamos unidos a él por el bautismo, confiamos poderlo seguir hasta allí. Por eso, hoy, tanto como celebramos la ascensión gloriosa de nuestro Señor, celebramos también que nosotros somos llamados a participar de esta elevación. La añoranza que sentimos de una vida sin fin, de vivir en la plenitud del amor y de la alegría, la podremos satisfacer. Nuestros sueños de un futuro mejor, sin sufrimiento, ni dolor, ni muerte, podrán ser satisfechos gracias a las puertas que nos abre la ascensión de Jesús, si seguimos los caminos del Evangelio. Esta confianza nos permite vivir una alegría y una esperanza que transfiguran la vida de cada día.

El hecho de que él haya dejado de ser visible a nuestros ojos, no significa que se haya separado de nosotros. La ascensión inicia otro modo de presencia. Y no una presencia estática, sino dinámica. Él continúa viviendo, hablando y actuando en el seno de la Iglesia, hasta el final de la historia. Sigue cooperando con sus discípulos también hoy.

Predicaban a todos la Buena Nueva del Evangelio, decía también el evangelista. Porque la misión de evangelizar que Jesús había llevado a cabo, a partir de la ascensión, la encomienda a la Iglesia en su conjunto y a cada uno de sus miembros en particular. También nosotros tenemos que ser testigos suyos. Pero, para ser testigo, es necesario haber tenido una experiencia personal de lo que testimoniamos. Por ello, primero debemos haber dejado entrar Jesucristo en nuestras vidas y profundizado nuestra fe a través de la oración, de la lectura orante de la Sagrada Escritura, de la celebración de los sacramentos, de tener conciencia de formar parte del cuerpo eclesial de Cristo. De todos modos, no hay que esperar haber llegado a los grados más altos de la vivencia cristiana para empezar a comunicar los otros el tesoro de la fe y las grandes perspectivas existenciales que abre. Basta haber empezado a tener alguna vivencia personal.

La misión evangelizadora, mientras da vida a los demás, ayuda a madurar y hace crecer en la fe a quienes evangelizan. Y evangelizar significa no sólo dar a conocer la persona de Jesús sino hacerse servidor de los demás. Además, tal como dice el Papa en su exhortación apostólica sobre «La alegría del Evangelio»: se ha de evangelizar con alegría; una alegría interior que se refleje en el rostro, «incluso que hay que sembrarla entre lágrimas», porque «el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza,» debe poder «recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes, impacientes o ansiosos, sino a través de servidores del Evangelio «que irradien la alegría de Cristo que han recibido como don (cf. Evangelii gaudium, 10).

Cada uno ha recibido una gracia según la medida de la generosidad de Cristo, decía el Apóstol. La misión de evangelizar, cada uno la llevará a cabo de acuerdo con los dones que Dios le ha concedido. Así procuró hacerlo el P. Antoni M. Marcet, hijo de Terrassa, del que hoy conmemoramos los 75 años de su muerte, acaecida el 13 de mayo. Su misión evangelizadora partió de la gracia que recibió en su vocación monástica y presbiteral en Montserrat y, más adelante, de su elección como abad de nuestro monasterio. El despliegue de esta vocación fue preparado por los años que pasó en nuestra Escolanía. Su abadiato, iniciado en 1912, ha sido uno de los más largos de la historia de nuestro monasterio. Con la cooperación de otros monjes, fue dado mucho fruto. Abrió nuevos horizontes a la comunidad y marcó unos surcos que en buena parte perduran hasta hoy. Renovó la vida monástica y la vida litúrgica, favoreció la catalanización de Montserrat, potenció su dimensión cultural, la formación intelectual de los monjes, reformó edificios y construyó otros nuevos, reimplantó la imprenta y dinamizó las publicaciones, inauguró el museo bíblico, etc. Son muchas las cosas que se podrían mencionar, pero ahora no es posible. El abad Antoni M. Marcet, dicen los que le conocieron, era un hombre recto, firme, discreto, humilde; arraigado en una fuerte vivencia espiritual, fundamentada en la liturgia y en la Sagrada Escritura, aunque durante muchas temporadas la vivió en la oscuridad de la fe y en la aridez interior. Siempre lo sostuvo, sin embargo, la confianza en Dios, como lo reflejaba su lema abacial. Sufrió mucho cuando en julio de 1936, la comunidad se tuvo que dispersar y dejar el monasterio y el santuario, y aún más debido a los 23 monjes que fueron asesinados o murieron en el frente. Este sufrimiento le afectó fuertemente la salud.

Las palabras de despedida de la comunidad que dijo en el lecho de muerte, son un auténtico testamento espiritual: «Amad Dios. Sed siempre fieles a Jesucristo según el espíritu del Evangelio. Él es el remedio y la única salvación, no sólo para los monjes sino de todo el mundo. Sed fieles a la Virgen María; ella es nuestra tierna madre que nos acompaña como cogiéndonos de la mano, estimémosla. Tengamos caridad, porque sin caridad todo es mentira. Estimemos siempre y a todo el mundo». Tuvo, también, unas últimas palabras de despedida para los escolanes: «Yo recuerdo con emoción -les dijo- el honor de haber sido recibido en esta casa, aquí hice la primera comunión, aquí nací a la vida espiritual y a la vida intelectual. Procurad ser hijos predilectos de la Virgen «(cf. El Abad Marcet. Montserrat, 1951, p. 27-28).

Hoy, en torno al altar, hacemos memoria de la persona del P. Abad Antoni M. Marcet y agradecemos la obra que el Señor hizo a través de él a favor de Montserrat y de su misión en la Iglesia. Y también pedimos que comparta la gloria de Jesucristo para que pueda ser, cerca de él, intercesor a favor nuestro.

Ahora nos adentraremos en el corazón de la celebración eucarística. En el sacramento, encontraremos la presencia de Aquel que, por su ascensión, aparentemente puede parecer ausente, Jesucristo

 

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Domingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (9 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:25-26.34-35.44-48 / 1 Juan 4:7-10 / Juan 15:9-17

 

Vamos terminando la celebración del tiempo Pascual. Hemos participado sacramentalmente de los misterios salvadores. ¿Podríamos explicar la vida de Jesús en pocas palabras? Ya que el final de la vida responde a todo lo que ha sido la experiencia anterior: “Como vives, morirás”.

Hay una frase en el interrogatorio de Pilato que creo puede resumir el porqué de la existencia de Jesús. Pilato le pregunta: «¿Tú eres rey?». Y Jesús responde: «Sí, pero mi reino no es de este mundo. Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Esta respuesta contiene la explicación de todo lo que Jesús ha hecho y cómo lo ha hecho.

Jesús nunca quiso hacer signos maravillosos para deslumbrar a los hombres. Cuando le pidieron una señal del cielo se negó. Él no venía a entusiasmar a la gente, su actuar fue siempre discreto. Hasta pedía que no se hiciera propaganda. Jesús enseñaba y actuaba según veía que hacía el Padre. Y la actuación de Dios es discreta. Apunta al corazón, no a los sentimientos. Él vino a enseñar la verdad, y la verdad absoluta, y ésta no se puede discutir. Simplemente: es. Por eso, cuando el Bautista envía a sus discípulos a preguntarle si era él al que esperaban, les dijo: «Id a decir a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y feliz el que no se escandaliza de mí». Jesús no daba otros argumentos de lo que decía y hacía. Y así afirmó ante Anás: «Id y pregunta lo que yo he dicho y hecho a los que me escuchaban». Él no necesitaba defenderse, sino que le apoyaba el Padre que lo había enviado, porque él hacía lo que le indicaba: «Yo no hago nada que no vea hacer al Padre». «Si no me creéis a mí, creed las obras». De ahí que, al final de su vida dijo: «todo ha sido cumplido. Y expiró”.

De todo ello podemos extraer el contenido de la respuesta: «He venido a dar testimonio de la verdad». Porque la VERDAD es única, la Verdad es Dios: Amor. Y Jesús muestra a Dios: «El que me ve a mí ve al Padre». Ve como Dios ama el mundo. ¿Podríamos dudar que lo resucitara?

Nos dice hoy el discípulo de Jesús: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene cuando nos envió a su Hijo único…, él ha sido el primero en amarnos, no que nosotros nos hayamos avanzado a amar a Dios». Esto es: Dios es Amor. Y el amor ¿qué respuesta pide?: Amor. “El amor saca amor”, dice Santa Teresa. Esto lo podemos comprobar cuando el amor es verdaderamente humano. No es ninguna teoría, es la realidad. Comprendemos, pues, claramente lo que se deriva. «Yo os quiero tal y como el Padre me ama. Manteneros en el amor que os tengo. Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como yo os he amado». Ahora sois mis amigos, y no hay secretos entre amigos. Por eso os he hecho saber lo que he oído a mi Padre. Yo os he elegido para ser mis testigos. Y el Padre os concederá todo lo que le pidáis en mi nombre. Esto os mando: que os améis unos a otros. Este es, pues, el testamento de Jesús.

El amor no puede ser egoísta. Jesús nos ha enseñado la verdad: ha dado la propia vida por todos nosotros. También nosotros debemos darla por los hermanos. Esto supone abnegación, renuncia, mortificación. Pero es el esfuerzo lo que da fruto y no el egoísmo. Basta mirar a nuestro alrededor y constatar lo lejos que estamos, para que se pueda decir: ‘mirad cómo se aman’. Pero sólo en eso se podrá conocer que somos discípulos de Cristo. Y el mundo lo espera. Ya que el amor que el mundo practica es sólo el carnal que, sin el espiritual, se consume. Porque sólo perdura el espiritual, que es el verdadero que nos ha dejado el Cristo resucitado con su vida.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Domingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (2 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 9:26-31 / 1 Juan 3:18-24 / Juan 15:1-8

 

Si nos preguntáramos cuál es el objetivo final de nuestra existencia, qué hacemos aquí, qué sentido tiene todo… la última frase del evangelio que nos ha sido proclamado podría ser la respuesta: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Ser discípulos de Cristo y dar fruto, es toda una misión.

Y para explicarlo, hoy el Señor ha usado una de esas imágenes que tanto le gustan, una imagen del mundo rural que todo el mundo puede entender con facilidad: la vid, la cepa y los sarmientos. Es una imagen muy utilizada a lo largo de toda la biblia, porque va muy bien para explicar nuestra relación con Dios. Ya la encontramos en el Génesis donde se explica que Noé, sólo salir del arca, «fue el primero en trabajar la tierra, y plantó una viña» (Cf. Gn 9,20), y a partir de ahí la imagen de Dios como viñador, es utilizada en diferentes ocasiones. Y en el pasaje de hoy se decía que en esta viña quiso plantar una cepa única, especial, «la vid verdadera»: Jesús. Y no sólo eso. Los sarmientos que salen de esta cepa, somos nosotros. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos», nos decía. Cepa y sarmientos son, en realidad, una misma planta. Y eso quiere decir que todos nosotros formamos parte de Cristo resucitado, nos alimentamos de la misma savia -hemos recibido la misma gracia, y es a través nuestro que la cepa da su fruto. No es cualquier cosa, es una misión y una responsabilidad muy importante: Dios nos ha hecho la gracia de ser sus hijos, con todo lo que ello implica.

Esta imagen también tiene una connotación eucarística. No es casual que Jesús nos dejara el vino como prenda y sacramento en la eucaristía. El vino es el fruto de la vid, es la sangre de Cristo, y esto convierte la eucaristía en la vida de la Iglesia. Domingo tras domingo, cuando la comunidad está reunida con Cristo resucitado en torno a su mesa, es un momento privilegiado para escucharlo, y para tomar conciencia de que nosotros y Cristo resucitado somos uno -estamos unidos en comunión, y formamos parte del mismo cuerpo: el sarmiento es una parte importantísima de la cepa, porque sin ella no daría uva. Nosotros damos fruto en el mundo a través de los dones que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. Y es aquí, a través de la oración y del diálogo con Dios que hacemos en el tiempo, cómo podemos irlos descubriendo y desarrollando, para que los podamos llegar a ofrecer como un servicio, como un regalo, como un agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

Hoy, pues, es un buen día para preguntarnos qué frutos damos y cuáles quisiéramos dar. Podemos ignorar nuestros dones, o nos los podemos quedar para nosotros… Pero si queremos ser buenos discípulos de Jesús, estamos llamados a hacerlos crecer, y sobre todo, a darlos. Y por eso siempre nos deberíamos estar preguntando qué puedo hacer yo desde allí donde estoy, o qué hubiera hecho Jesús en mi lugar, ante las situaciones que se nos planteen.

Es un buen momento para recordar la última frase del evangelio con la que empezábamos este comentario: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Dios desea que seamos sus colaboradores más estrechos, y podemos serlo siguiendo a Cristo. Y si lo hacemos de manera auténtica, llegaremos a identificarnos tanto con Él que seremos una parte de sí mismo, como los sarmientos son las ramas de la vid que le están unidas. Dicho en palabras de la segunda lectura, «Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él»: como los sarmientos en la vid. Así podremos llevar a cabo la misión que Dios ha soñado para nosotros.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

La Virgen de Montserrat (27 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (27 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-47

 

Desde la montaña de Montserrat, hermanos y hermanas, hemos escuchado como María se fue aprisa a la montaña de Judá para visitar a su prima Isabel. La Providencia divina ha relacionado espiritualmente estas dos montañas en torno a la persona de Santa María, la Madre de Jesús y por eso Madre de Dios.

El evangelio de hoy es uno de los pasajes más bellos y más llenos de alegría de toda la Sagrada Escritura. Hemos escuchado como María iba a visitar a Isabel. Lo hacía, decía el evangelista, con decisión, con convencimiento, con amor. En el momento de recibir el anuncio de que sería Madre de Jesucristo Salvador, y ante su extrañeza por un hecho tan grande y tanto insólito, sin que ella lo pidiera, le fue dicho, como una señal de que no hay nada imposible para Dios, que su prima, ya mayor, esperaba un hijo (Lc 1, 36). María no se quedó, pues, en casa meditando el don de la maternidad que había recibido, sino que se va a casa de Isabel, no para comprobar la veracidad de lo que le había sido dicho, sino para ayudar. Ella, la madre del Señor, como le dice su prima, no va a casa de ella para ser servida sino para servir. Porque María no vive para sí misma sino para los demás. Por eso se pone en camino llevando el Hijo de Dios en las entrañas, con el corazón lleno de «magníficat», bajo el impulso del amor y el deseo de servir.

En este encuentro entrañable concuerdan la fe, la humildad la voluntad de servir y la alabanza a Dios de María con la maravilla y la alegría que experimenta Isabel que alaba a María por haber creído y por su maternidad. Pero sobre todo, en el encuentro de las dos mujeres, está la presencia de Jesucristo y la acción del Espíritu Santo. Todo con la mayor simplicidad empapada del amor fiel a Dios. María, con el hijo en las entrañas, es la nueva arca de la alianza portadora de la presencia de Dios ante la que, como un nuevo David (cf. 2S 6, 2-16)), Juan Bautista salta de alegría en entrañas de su madre.

Decía al principio que la Providencia divina ha relacionado espiritualmente la montaña de Judá y nuestra montaña de Montserrat. Efectivamente, hay una continuidad espiritual entre la Visitación de la Virgen a Isabel y la realidad de lo que ocurre a los ojos de la fe en este lugar en torno a la persona de Santa María. También aquí es lugar de visitación. Dios, en su amor, ha querido que en esta montaña se hiciera presente espiritualmente la Virgen. Verdaguer lo expresa poéticamente en el Virolai con aquellas palabras: «Reina del cielo que los serafines bajaron, dadnos abrigo dentro de vuestro manto azul». Esta presencia espiritual de Santa María desde hace siglos, ha convertido este lugar en un espacio de encuentro con ella para que ella nos muestre a Jesús, tal como bellamente expresa la Imagen de nuestra Virgen Morena.

Montserrat, pues, es lugar de encuentro con María, lugar de visitación. Pero, ¿quién visita a quién? En la montaña de Judá fue María quien visitó a Isabel. En Montserrat puede parecer que somos nosotros, los peregrinos, los monjes, los escolanes, los que subimos a visitar a María, para orar y pedirle su ayuda. Pero, paradójicamente, en el fondo es ella quien nos visita y nos otorga los frutos de la visitación a su prima Isabel. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo para que lo dejemos entrar más y más en nuestras vidas hasta que nuestra persona sea plenamente evangelizada. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo nos hace experimentar el gozo del Espíritu Santo, nos invita a crecer en el amor y a ponernos, como ella, al servicio de los demás. Nos invita, y nos ayuda con su intercesión.

Hoy, con la Virgen magnificamos al Señor por las maravillas que ha hecho en ella desde la concepción inmaculada y la plenitud de la gracia hasta la asunción al cielo. Magnifiquemos el Señor, también, por las obras que ha hecho y hace a favor nuestro y de toda la humanidad. Y, al mismo tiempo, proclamemos bienaventurada a María por su fe, por las grandes obras que Dios ha hecho en ella. Y pidámosle que nos sea madre de consuelo y de esperanza, patrona solícita de nuestro Pueblo en esta hora en que estamos afligidos por la pandemia y sus consecuencias graves, pero que experimentemos también las capacidades de nuestra sociedad para hacerle frente y vigorizar el tejido social mientras se desarrolla una economía al servicio de las personas y en favor sobre todo de los más pobres e injustamente dejados de lado. Y le pedimos, asimismo, que ayude al gobierno que se pueda formar, al Parlamento y todas las instituciones públicas y privadas a trabajar para superar el momento difícil que estamos viviendo y hacer una sociedad más justa y solidaria, más atenta al crecimiento humano y espiritual de las personas, no a la ganancia por la ganancia. Y le pedimos, también, que la Iglesia que peregrina en Cataluña, pastores y fieles, esté llena de vitalidad evangélica y sea testigo gozosa de Jesucristo resucitado.

Y agradecemos, además, a Dios el don que es Montserrat para los que vivimos aquí, por la Iglesia, por nuestro pueblo, por todos los peregrinos que aquí experimentan la visitación de la Virgen y el encuentro con Jesucristo. Impresiona pensar que a lo largo de los siglos tantos santos y santas canonizados y tantas personas de buena voluntad hay experimentado la Visitación de Santa María mientras le abrían el corazón, le presentaban sus proyectos y le pedían su ayuda. Hacemos que el «Magnificat de roca», como llamó san Juan Pablo II a nuestra montaña (cf. Homilía en Montserrat, 7-11.1982), sea también un magníficat de corazones creyentes que en este santuario glorifican a Dios, cantan su amor que se extiende de generación en generación (Lc 1, 50), que celebran a Dios que nos salva y nos alimenta con la Palabra de la verdad y con el Pan de la vida.

 

Abadia de MontserratLa Virgen de Montserrat (27 de abril de 2021)

Vigilia de Santa Maria (26 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (26 de abril de 2021)

Judit 13:14.17-20 / Rut 2:1-2.8-11;4:13-17 / Isaías 11:1-5.10 / Gálatas 4:4-7 / Juan 19:25-27

 

Sr. Arzobispo, HH. Consejeras, Autoridades, hermanos y hermanas, queridos todos en Cristo resucitado:

En la alegría de la pascua y guiados por la luz de Cristo resucitado, hemos escuchado este evangelio que nos presenta a Santa María al pie de la cruz de Jesús; una cruz que más que portadora de muerte es portadora de vida. Jesús, antes de llevar a cabo todo lo que el Padre le ha encomendado, se fija en su Madre y en el discípulo que más quería, que estaba cerca de ella, y dice: Madre, ahí tienes a tu hijo. Y a continuación dice al discípulo: aquí tienes a tu madre.

Como sucede en todo el Evangelio según San Juan, también este episodio tiene varios niveles de lectura y todos portadores de buenas nuevas. Un primer nivel es el del sentido inmediato, lleno de humanidad, de ternura y de amor filial. Jesús no quiere que su madre se quede sola y encarga al discípulo que cuide. Un segundo nivel de lectura, parte de que este discípulo, el más amado de Jesús, personifica, representa, a todos sus discípulos, todos los que creen en él. A partir de este hecho, pues, María es constituida madre de todos los cristianos, madre del cuerpo eclesial de Cristo, por eso en el Concilio Vaticano II el papa san Pablo VI, proclamó a la Madre de Jesús, Madre de la Iglesia. Y también podríamos considerar otro nivel de lectura y ver a Maria como imagen, personificación, de la Iglesia. Desde esta perspectiva, se nos dice que la Iglesia también es madre de todos los creyentes en Cristo. Lo es porque los engendra a la vida de fe en el bautismo, los alimenta con la Palabra de Dios y con la Eucaristía y, con la solicitud, pastoral les ayuda a crecer en la vida cristiana.

En esta noche que velamos a Santa María, nos centramos en lo que he llamado segundo nivel de lectura. En María como madre de todos los discípulos de Jesucristo. Al pie de la cruz, Santa María recibe una nueva vocación. A la de ser madre del Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre, Jesús le añade la maternidad espiritual sobre los que creen en él. En el momento, pues, que ella estaba de pie al pie de la cruz uniéndose a la ofrenda que su hijo hacía al Padre, se abre a una nueva maternidad sobre la familia de los que quieren escuchar y poner en práctica la palabra de Dios (cf. Mt 12, 48-50). Estas palabras de Jesús en la cruz son el fundamento de la maternidad espiritual de María sobre cada uno de nosotros, sobre la Iglesia que peregrina en Cataluña y sobre el conjunto de la Iglesia universal. Y son el fundamento del patronazgo de la Virgen sobre nuestro pueblo.

Remarquemos algo. En este confiar María al discípulo y el discípulo a María, hay una prelación. Primero encarga a María que sea madre del discípulo. Esto significa que primero le hemos sido dados a ella, hasta el punto de que si llegara el caso de que el discípulo no la quisiera acoger, ella continuaría con la misión de ser madre y, por tanto, de ser solícita de cada uno de los que Jesús le ha confiado. Ella no dejará nunca de ser madre, de amar, de ayudar, de interceder. Y esto nos da una gran confianza, sobre todo cuando constatamos nuestra negligencia para con ella y aún más cuando constatamos nuestros desfallecimientos en la adhesión a Jesucristo. Nuestro camino de fe está unido a María, aquella que ha sido la primera en creer, en acoger la Palabra y hacerla vida. Esto nos es fuente de esperanza y de alegría. Y también de compromiso de no defraudar a aquel que nos ha confiado a su madre como hijos.

Por eso tenemos que hacer como el discípulo al que Jesús más quería cuando le fue confiada María como madre. La acogió en su casa, decía el texto evangélico. Pero, a partir del original griego, esto también tiene al menos un par de niveles de lectura. El primero, nos indica que la llevó a vivir con él, ofreciéndole no sólo cobijo, sino todo el cuidado y toda la estimación. Pero, el texto evangélico, apunta también a otro nivel: la acogió en lo más íntimo de sí mismo, en su interior, le dio entrada en su vida. En este sentido, tener a María por madre significa confiarle nuestro camino de fe, nuestras necesidades e inquietudes. Y tenerla por patrona significa confiarle la situación actual de nuestro País y al mismo tiempo trabajar a favor de la gente que lo constituye.

Como recordaban recientemente nuestros obispos en la carta dirigida a la Iglesia que peregrina en Cataluña con motivo de los 25 años del Concilio Provincial Tarraconense, «es hora de recuperar la dimensión espiritual mediante la amistad con Dios y la oración, al tiempo de profundizar en la dimensión social de la fe, acuñando una nueva palabra de orden: «No te quedes en casa». Ciertamente, no nos podemos quedar en casa a la hora de defender la vida de los ancianos y de su igualdad de derechos con todas las demás personas. No nos podemos quedar en casa a la hora de escuchar la voz de los pobres y de los considerados periféricos, y de darles el lugar justo en un mundo del que ellos también forman parte. No podemos quedarnos en casa a la hora de empujar proyectos de humanización de las sociedades globales y, en particular de nuestra». Y dicen aún, que hay que transformar el mundo «según los criterios del Evangelio de Jesús» […]. «Este cambio del mundo en profundidad es absolutamente prioritario en este tiempo de pandemia y de post-pandemia, en el que hay que imaginar nuevas maneras de hacer en el campo de la economía, la política, la cultura, la sanidad, la educación,… «el tiempo actual» es un tiempo oportuno, un kairós, para esparcir y comunicar, de palabra y con las obras, la buena nueva del Evangelio «con su fuerza transformadora (cf.» Espíritu hacia donde guías nuestras iglesias? «, Introducción y 2.5).

Que la Virgen, con su solicitud como madre y patrona para con nosotros y para con todo el pueblo de Cataluña, nos ayude a ser hombres y mujeres unidos a Jesucristo y a contribuir a la transformación de nuestra sociedad en este momento de nuestra historia. Pidámosle que sostenga a los enfermos y ayude al personal sanitario que los atiende. Que ayude a los responsables de la gestión pública a trabajar abnegadamente para superar las graves consecuencias negativas a nivel económico, laboral y social causadas por la pandemia. Pedimos, además, a la Virgen que, pensando en el bien de las personas, nos ayude a encontrar soluciones para la coyuntura política actual y para superar la situación de los políticos y líderes sociales que están en la cárcel o en el extranjero. Rogamos, en torno al altar del Señor, por tantas personas que en este año nos han dejado a causa del Covid o de otras enfermedades, algunas eran familiares o amigos nuestros, algunas participaban asiduamente en esta Vigilia de Santa María.

Aquí tienes a tu madre. Estas palabras de Jesús dirigidas al discípulo más querido y a todos nosotros, están escritas en un mosaico cerca de la Imagen de la Virgen en el camarín, para recordarnos esta misión que ella tiene para con nosotros. Al venerarla hoy, hagámoslo con confianza filial dejándola entrar en nuestra vida para que nos ayude a avanzar más y más hacia Jesucristo.

Abadia de MontserratVigilia de Santa Maria (26 de abril de 2021)

Domingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (25 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:8-12 / 1 Juan 3:1-2 / Juan 10:11-18

 

Hermanas y hermanos: En este IV Domingo de Pascua, cada año contemplamos al Resucitado como Buen Pastor. Es una imagen muy sugerente y querida por los primeros cristianos, elegida por el mismo Jesús, que resume la misión que él asumió mientras estaba entre nosotros y que, glorificado a la derecha del Padre, continúa ejerciendo para con la Iglesia peregrina: velar por su rebaño y conducirlo a «las praderas eternas», como dice la poscomunión de este domingo.

La imagen bíblica del «buen Pastor», propia de la cultura agraria, también la podríamos traducir hoy con otras imágenes: «el buen entrenador», «el buen animador», «el buen líder político», «la buena madre o el buen padre de familia «, «el buen educador «, «el buen maestro espiritual», «el buen obispo «, «el buen abad»… Todas estas figuras o imágenes requieren cualidades de iniciativa, discernimiento, apoyo y orientación a fin de evitar la irresponsabilidad, el abandono, el caos, el vagar por la vida sin ningún objetivo, o el «sálvese quien pueda». En cambio, cuando estas instancias de gobierno funcionan bien, las personas, comunidades y los diversos grupos sociales crecen, se desarrollan, se implican en los proyectos y gozan de estabilidad, motivación y capacidad creativa, siempre que haya una mutua colaboración.

Jesús se sintió conmovido al ver el pueblo de Israel perdido, «como ovejas sin pastor». Esta situación le daba pena y le preocupaba hasta que, fiel a la misión para la que vino al mundo, reunió un nuevo pueblo para que tuviera vida en él y tuviera como ley el mandamiento nuevo del amor.

Jesús, el buen Pastor, nos llama a su seguimiento, pero no es un seguimiento frío e impersonal ni quiere establecer una relación de asalariado que sólo mira por el propio provecho mientras que los otros le son indiferentes. La relación que quiere establecer con su discípulo es entrar en la dialéctica de conocerlo y ser conocido por él; una relación de íntima amistad que se enriquece a partir de un encuentro personal y crece cada vez más en la estimación recíproca y el mutuo conocimiento.

Es por eso que dice: «Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas y ellas me reconocen a mí» y si no son de su rebaño, las busca y hace que conozcan su voz, para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Quizás el problema que tenemos hoy en día es que no acabamos de reconocer la voz de este pastor y preferimos pastar por otros cercados. Celosos de nuestro individualismo y nuestra realización personal, no acabamos de ver claro eso de ser «oveja» ni que nos digan lo que tenemos que hacer o que nos desinstalen de nuestra zona de confort.

Jesús no ha venido a llamar discípulos duros, insensibles, sin capacidad de iniciativa ni ningún sentido crítico. Desea una comunidad madura, en la que sus miembros se sientan personas realizadas y sean reconocidos en su individualidad. No quiere una masa amorfa y servil, un rebaño de cristianos masificados que sólo cuenten para llenar la estadística de quienes pertenecen a la Iglesia, ni quiere formar una especie de «gueto» de creyentes, que viven ajenos a los problemas de la gente ni se hacen presentes en los ámbitos que reclaman solidaridad y cooperación. Es un pastor que nos quiere adultos, responsables, capaces de actuar libremente, de tomar decisiones, afrontar nuestros propios riesgos, y asumir el hecho de ser una comunidad unida por el amor y que respete la pluralidad de maneras de vivir el Evangelio.

Sin embargo, no podemos ignorar que a veces se hace difícil escuchar la voz de nuestro Pastor… Somos víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces, imágenes y ruidos, que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para discernir su voz, sus palabras de vida eterna, adictos a tantas pantallas que nos hacen vagar por prados efímeros y alimentan nuestra trivialidad.

Sin embargo, si estamos atentos, la «voz» de Jesús también resuena en los profetas de hoy, en el esfuerzo callado de tantas personas que siembran el bien a su entorno, en los que crean espacios y condiciones para hacer creíbles palabras que hemos reducido a una pobre caricatura como: justicia, libertad, verdad, amor, paz, fraternidad y que son semilla de la nueva humanidad, del Reino de Dios que Jesús predicaba.

Hoy somos invitados a recuperar de nuevo el silencio y la capacidad de escucha; a estar atentos a la voz del «buen Pastor» si no queremos ver nuestra fe ahogada por tantas voces que nos acechan; a sintonizar con lo mejor que hay en nosotros y desarrollar esa sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar sentido a nuestra vida, que nos apoya y nos guía y que como el salmista le podemos decir confiadamente: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara de pastor me sosiega y me conforta”. (Salmo 23)

Que Él, que ha dado su vida por nosotros, y ahora se nos da en la Eucaristía, nos conduzca a la Vida plena.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Domingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (18 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 3:13-15.17-19 / 1 Juan 2:1-5a / Lucas 24:35-48

 

Luc Ferry es un filósofo francés, antiguo ministro de educación, del que soy gran admirador y leo con fruición sus obras. Me gusta mucho su pensamiento, claro, profundo, crítico, bien argumentado…. pero con el que no siempre estoy de acuerdo. Y no lo puedo estar porque se declara abiertamente ateo. Sin embargo, el suyo es un ateísmo respetuoso, con lo que se puede dialogar y con el que se puede coincidir en muchas cosas. No puede ser de otro modo de un no creyente que dice que el libro que se llevaría a una isla desierta es el Evangelio de San Juan. Su apertura le lleva a reconocer, sin dejar de ser crítico, los aspectos positivos que el cristianismo ha aportado a la civilización. Por este motivo se le ha preguntado, en conferencias y diálogos que ha mantenido en varias ocasiones con gente de Iglesia, qué razones había para no ser creyente. Y la respuesta que da es, entre otras, que el mensaje que transmite el cristianismo es demasiado bonito para ser cierto. Algo parecido les debía pasar a los apóstoles cuando Jesús se apareció en medio de ellos.

En el relato del evangelista Lucas nos dice que «de tanta alegría no acababan de creer». Como si dijera, ¡demasiado bueno para ser verdad! Y quizás sea esta la razón por la que, aún hoy, a muchos cristianos nos cuesta manifestar la íntima alegría que debería invadirnos, al saber que hemos puesto nuestra vida en manos de Aquel que fue crucificado y sepultado, pero que luego resucitó, Aquel que, a quienes se confían a Él, les ofrece compartir la vida más allá de la muerte. Incluso a los que creen, les resulta difícil captar esta perspectiva como antídoto para las ansiedades y los miedos y las dificultades que tanto o tan poco aquejan la vida cotidiana de todos. Cristo ha resucitado, ¿resucitaré con él? Demasiado bueno para ser verdad, tal vez piensen muchos. Pero el sentido profundo de la fe radica precisamente aquí: creer en la experiencia de los apóstoles, que después de la cruz lo vieron, lo tocaron, lo escucharon, adquiriendo una certeza de la resurrección que fueron a difundir por todo el mundo. Y lo sostuvieron incluso a costa de perder la vida: la terrenal, con la certeza de conseguir la otra, la que no tiene fin.

El relato de Lucas es una verdadera invitación a repensar nuestra manera de buscar al Señor. No hay que buscarlo en las grandes teofanías o en realidades abstractas; hay que buscarlo en la vida cotidiana, al partir el pan, al compartir la mesa, al experimentar sus heridas que siguen sangrando en la humanidad herida por el pecado y la fragilidad. En cada persona herida por el pecado y la fragilidad revive todo el Misterio Pascual. En las heridas de la humanidad sufriente están presentes la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Con sus heridas dolorosas y gloriosas se hace reconocible y presente en medio de la comunidad de los creyentes.

Lo que Lucas nos presenta hoy no es un Cristo ascético o dogmático, sino un Jesús con un rostro profundamente humano que revela su divinidad compartiendo todo el misterio de la fragilidad humana, con la excepción de pecado, que supera y anula, ofreciendo su vida en el árbol de la Cruz. Como los discípulos, también nosotros tenemos que ser testigos del Misterio Pascual y tenemos que invitar a todos a mirar y tocar a Cristo, presente en sus vidas, en sus historias, a menudo llenas de contradicciones y de sufrimiento, recordando, sin embargo, que la última palabra sobre todo acontecimiento humano está en las manos heridas y gloriosas de Jesús, que con su Resurrección venció la muerte y nos devolvió la esperanza de una vida nueva.

Hermanos y hermanas, hoy, a imagen de los discípulos, tal y como lo explica el relato evangélico, somos invitados a ser y reaccionar de otra manera, nosotros, que tantas veces hemos tenido la oportunidad de reconocer al Señor en la Eucaristía. Que la experiencia del encuentro con el Resucitado cambie algo en nuestras vidas, como lo hizo con los discípulos de Emaús al partir el pan, como lo hizo en el resto de apóstoles y seguidores, y nos mueva a dar testimonio de nuestra fe en nuestro vivir cotidiano.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Domingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (11 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:32-35 / 1 Juan 5:1-6 / Juan 20:19-31

 

Todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Dios no niega al apóstol Tomás una segunda oportunidad para creer. Cuando ayer, ya teniendo en mente este evangelio de la duda de Santo Tomás, leí el evangelio que tocaba, un fragmento de San Marcos, me di cuenta de que el apóstol Tomás se ha cargado bastante solo la fama de no haber creído en Jesús resucitado y haber necesitado una segunda oportunidad.

En cambio, este evangelio de San Marcos, de ayer, sábado de la Octava de Pascua, que era un breve resumen de las tres grandes apariciones de Jesús Resucitado: primero a las mujeres, después a los discípulos que iban de camino y finalmente a los apóstoles, afirmaba que tras las dos primeras apariciones, los apóstoles tampoco creyeron el testimonio, e incluso el mismo Jesucristo les reprochó después que les hubiera costado tanto la fe. Podemos pues pensar que el reconocimiento del Resucitado no fue fácil para nadie y que la incredulidad de Santo Tomás no es una excepción y que los mismos apóstoles en conjunto, necesitaron una segunda oportunidad y una experiencia más personal de Jesucristo resucitado para ser capaces de creer.

Estas anotaciones sobre la debilidad de los apóstoles, de los que habían convivido con Jesús, sorprenden más si pensamos en el ambiente de euforia misionera que debería rodear el momento de la redacción de los evangelios, en el nacimiento del cristianismo y hacen por ello un testimonio importante del realismo de las primeras comunidades, que a pesar de ser descritas y deseadas como ideales de fe y de caridad, también tenían sus ambigüedades como todo lo humano.

Nos sentimos un poco aliviados cuando leemos que los apóstoles, los discípulos también necesitaban segundas oportunidades, y seguramente terceras y cuartas y muchas más. Aliviados porque esto abre un espacio a nuestras propias dudas y faltas, abre un espacio de comunión en la debilidad, abre un espacio donde Dios puede actuar en nosotros, donde puede salvar. Dios hace posibles las segundas oportunidades porque es muy paciente y muy insistente. Por eso me gusta leer el evangelio de hoy también desde el punto de vista de Dios, y no sólo desde nuestra fe.

Pensamos si nosotros, después de que alguien nos hubiera cuestionado en la forma que Santo Tomás cuestionó a Jesús resucitado, hubiéramos dado una segunda oportunidad o bien hubiéramos echado para siempre al que hubiera osado dudar tanto de nosotros. Pero Dios no. Dios no excluye. Dios sigue insistiendo, pacientemente: con Tomás, con los discípulos y con nosotros. Forma parte de su naturaleza. La paciencia y la insistencia son dos características de Dios que se potencian siempre en bien nuestro.

Admirar la vida de Jesucristo, su coherencia, su enseñanza, es difícil pero es razonablemente muy defendible, el reto de reconocerlo resucitado, esto es vencedor de la muerte, es un reto de fe, más grande, quizás el más grande. No es fácil en este mundo tan lleno de dolor y de sufrimiento, acentuados en todo este último año por la pandemia, afirmar con esperanza que la vida ha vencido a la muerte. Pero no olvidemos nunca que la resurrección no es el final de una vida ordenada, políticamente correcta, lograda por el propio esfuerzo, de manera fácil, sino que llega como don de Dios tras una muerte en cruz.

Pero a pesar de no ser fácil, afirmar todo esto es posible: la primera lectura no dudaba en afirmar: Nuestra fe es la victoria que ya ha vencido el mundo. La fe no permanece en la abstracción, ni siquiera cuando se centra en la Resurrección de Jesús. La fe que vence al mundo, esto quiere decir que vence el mal del mundo. En las tres lecturas de hoy está bien presente esta dimensión de vencer al mundo, vencerlo por la caridad: está en la descripción ideal de la comunidad de los Hechos, en la primera lectura: donde la unidad de corazón y de alma provocaba la solidaridad radical de los hermanos entre ellos, está en la segunda lectura donde tan claramente hemos leído que amar a Dios significa amar a los hijos de Dios, y también está en el Evangelio, donde la consecuencia inmediata del reconocimiento del resucitado es la misión. Yo os envío, a perdonar…

Nosotros somos hijos e hijas de aquellos primeros cristianos. Si nos consuela compartir sus dudas, que también nos provoque y nos mueva a imitar su fe y su caridad para que reconozcamos a Jesús como viviente entre nosotros y dejemos que esta fe nos haga transformadores y vencedores del mal del mundo, confiados en todas las oportunidades que Él nos da. Este es el sentido de centrar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, de recordarla en cada eucaristía, de celebrarla constantemente durante ocho días enteros en Pascua y repetir Hoy es el día en que actuó el Señor, Aleluya, aleluya.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Domingo de Pascua (4 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (4 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / 1 Corintis 5:6b-8 / Juan 20:1-9

 

El día de Pascua es un día de carreras, según dicen los evangelios. Por la mañana, corre María Magdalena, al ver que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro donde habían puesto a Jesús estaba quitada, y se fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba para decirles, aunque ella no había mirado dentro, que se habían llevado el Señor. Corren Pedro y este otro discípulo hacia el sepulcro para ver qué había pasado. Los dos corrían juntos. Pero el otro discípulo, que era más joven, se adelantó, llegó al sepulcro, miró dentro, pero no entró. Por respeto a Pedro le esperó y entraron los dos. Y podemos imaginar, hermanos y hermanas, que después también debían correr para ir a decírselo a los demás discípulos lo que habían visto y cómo habían entendido que, según las Escrituras, Jesús debía resucitar de entre los muertos. Por la noche, aunque, corren también los dos discípulos que habían ido a Emaús y por el camino se habían encontrado con Jesús resucitado que primero les había explicado cómo la Escritura anunciaba que el Mesías debía sufrir antes de entrar en su gloria y después les había partido el pan de modo parecido a como había hecho en la cena antes de la pasión (cf. Lc 24, 23-35).

Corren porque los mueve el amor a Jesús, la sorpresa de la tumba vacía con los lienzos de amortajar aplanada y el sudario dejados allí. Corren porque los mueve la alegría de saber que Jesús está vivo; que, tal como decían las Escrituras, se habían cumplido las palabras proféticas del salmo: no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción (Sal 15, 9). O aquellas otras que hemos cantado: La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. (Sal 117, 16-17).

Fijémonos, sin embargo, un poco más en lo que el evangelio nos decía de los dos discípulos que fueron al sepulcro. Pedro entra el primero porque, como he dicho, el otro discípulo lo deja pasar por respeto a su lugar entre los apóstoles. Ve, pero parece que esto no le lleva enseguida a la fe. Podía deducir, que si se hubieran llevado el cuerpo de Jesús no se habrían entretenido en sacarle los lienzos de amortajar y dejarlos bien tendidos. Fue el primero en llegar al sepulcro. Pero, con todo, por lo que dice el evangelista, no parece que de los dos discípulos, fuera el primero en llegar a la fe pascual. Entra, a continuación, el otro discípulo. Con los ojos ve lo mismo que Pedro. Pero se deja conducir por la luz de la fe en las Escrituras y por el amor que tiene a Jesús, y eso le hace descubrir la realidad de lo que ve con una dimensión profunda que va más allá de lo que captan los sentidos. Y cree que Jesús ha resucitado. Pedro llega también a continuación a la fe al comprender que las Escrituras ya decían que Jesús había de resucitar de entre los muertos. Hemos oído su testimonio en la primera lectura.

Jesús resucitado transforma a los discípulos. De tímidos y miedosos que eran antes del día de Pascua, los hace valientes y valerosos para anunciar que él vive para siempre. Ya no tienen miedo de las consecuencias en forma de crítica, de prisión, de castigos corporales, de muerte, que esto les pueda llevar. Se entregan totalmente a su misión de ser testigos de Jesucristo, el Viviente, y de su Evangelio, para liberar a las personas, para hacerles comprender el amor con que Dios las ama, para anunciar el camino del bien y de la fraternidad y la vida que supera la muerte. La alegría de los discípulos al ver los rostro deseado del Señor después de la tristeza por la muerte cruel, debe ser también la nuestra (cf. Himno «Tristes erant Apostoli»), que guiados por su testimonio descubramos la presencia del Resucitado en nuestras vidas que nos impulsa a hacer el bien a los demás con amor y a ser testigos de alegría y de esperanza.

La fe en Cristo resucitado nos transforma, a los cristianos, en criaturas nuevas. Nos enseña a ver la realidad con ojos nuevos, desde la fe y del amor, guiados por las Escrituras. Porque desde la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la dureza de la vida, los sufrimientos que conlleva, las enfermedades, la desesperanza, la muerte se pueden transformar en semillas de vida nueva. Sabemos, como venía a decir recientemente el Papa, que no se perderá ni una de las lágrimas derramadas en tantos Calvarios como hay en el mundo actual (cf. Audiencia general, 03/31/2021). Porque el Resucitado las recoge en su amor y las transformará en vida y en alegría.

Mientras celebrábamos la pasión y la sepultura del Señor, este altar estaba desnudo. Representaba Jesucristo en su despojamiento total, en el don de su vida sin reservarse nada de nada. Pero hoy, en la Pascua, el altar es revestido festivamente como símbolo de Cristo resucitado que continúa dándose en el sacramento eucarístico. Tras la invocación del Espíritu Santo y de haber pronunciado las palabras de la institución de la Eucaristía, bajo las especies de pan y del vino estará el Cristo resucitado para dársenos a nosotros.

Hoy lo recibirán por primera vez los escolanes Blai Ferré, David Villaverde, Bernat Camats, Joan Gimeno, Valentí Jorquera y Arnau Miranda. Y también Bet Florensa, hermana de un escolán, Ton. Jesús los acoge con alegría y se les da como alimento para su fe y como amigo. Todos los que formamos esta asamblea, que representamos la Iglesia, compartimos la alegría de estos que hoy por primera vez participarán de la mesa pascual del Señor. Y rogamos por ellos, para que por el don del sacramento eucarístico crezcan cada día en la fe y en el amor a Dios y a los demás.

Cristo nuestra Pascua que ha sido inmolado, como decía san Pablo en la segunda lectura, nos invita a tomar el pan nuevo de la Pascua, el pan de la eucaristía, que es el pan de la sinceridad y de la verdad. A Jesucristo, que nos lo da, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. Ap 1, 6).

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (4 de abril de 2021)

Vigilia Pascual (3 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (3 de abril de 2021)

 

Hermanos y hermanas estimados que compartís la alegría de esta noche santa:

Acabamos de escuchar en el evangelio el anuncio que ha cambiado la historia humana y ha abierto para todos un horizonte fundamental de esperanza: Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado. Es la buena nueva que llena de alegría esta noche y toda la vida de los cristianos. Incluso en este tiempo de pandemia, porque nos dice que la vida tiene sentido, que el dolor y la muerte no tienen el dominio último de la existencia humana porque Jesucristo resucitado nos abre de par en par las puertas de la vida inmortal.

Tal como hemos oído, las primeras de recibir el anuncio de la resurrección son las tres mujeres que el domingo de madrugada fueron al sepulcro llevando especies aromáticas para acabar de ungir el cuerpo de Jesús. Están preocupadas por cómo harán para hacer rodar la gran piedra redonda que cerraba el sepulcro. Pero al llegar, constatan con estupor que la piedra ha sido removida y que el cuerpo de Jesús no está en el sepulcro. Hay un joven -según el evangelista Marcos- que les dice que no tengan miedo, que Jesús de Nazaret no está allí, que ha resucitado. Además, les encarga que vayan a anunciarlo a Pedro y a los demás discípulos y les digan que vayan a Galilea y allí verán a Jesús. La reacción de las mujeres, sin embargo, no es de alegría. Sobrecogidas y llenas de miedo, huyen del sepulcro sin comunicar el mensaje ni decir nada a nadie. A nosotros nos sorprende esta reacción y nos parece que habrían tenido que salir corriendo a anunciar la Buena Nueva. En cambio, no lo hacen. Quizás las frena el estupor sagrado de estar tan cerca de un hecho que manifiesta el misterio de Dios y su intervención en la resurrección de Jesús. Pero, además, les cuesta entender y aceptar la novedad del anuncio que les han hecho. Les cuesta comprender el misterio de la vida que brota de la muerte. Tienen miedo ante lo que les es radicalmente desconocido. Y, en cambio, el mensaje que han recibido será el núcleo central de la fe cristiana.

Por suerte su fuga y su silencio fueron pasajeros y el anuncio se fue extendiendo. Y lo fue repitiendo la Iglesia antigua: Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado, subrayando siempre la identidad del que fue clavado en la cruz y del resucitado. Aún hoy el pueblo cristiano anuncia en todo el mundo que Jesús de Nazaret vive y es vencedor del mal, del pecado y de la muerte. Su resurrección nos ofrece una visión nueva del ser humano, del sufrimiento, de la muerte, de la historia, del mundo.

El evangelio de esta noche santa nos invita a no quedarnos mirando el sepulcro vacío, donde Jesús no está. Al contrario, nos invita a ir a Galilea que es donde se encuentra el Resucitado. No a la Galilea geográfica de paisajes entrañables a la que fueron convocados apóstoles, según hemos oído, sino a la Galilea espiritual. Porque la Galilea geográfica, donde Jesús anunció por primera vez el Reino de Dios, es un símbolo de la Galilea espiritual. El evangelio de esta noche nos invita a ir al lugar donde resuena constantemente el anuncio del Evangelio, donde podemos vivir la intimidad con Jesús escuchando su voz y dialogando con él en la oración. A la Galilea espiritual se nos invita a hacer obras de justicia y de misericordia, se nos invita a abnegarnos siguiendo el modelo de Jesús hasta tomar la propia cruz para seguirle construyendo cada día el Reino hasta el momento que seremos llamados a participar de su gloria pascual. Él, resucitado, el Viviente, nos precede abriéndonos el camino y nos hace participar de su misión.

La solemnidad de Pascua, pues, no nos trae sólo la alegría de la resurrección de Jesús, el Señor. Nos hace compartir, también, la vida nueva que él nos comunica desde que por el bautismo fuimos incorporados sacramentalmente a su Pascua y, como dice el Apóstol, empezamos a resucitar con Cristo (Col 3, 1). Por eso a lo largo de la vigilia hemos ido encontrando muchas referencias al agua como alegoría del bautismo. Se nos ha hablado del agua que da vida, del agua que ahoga el mal y se convierte en paso hacia una realidad nueva y salvadora, del agua que sacia la sed del corazón y que por eso debemos ansiar como el ciervo anhela el agua del torrente; se nos ha hablado, también, del agua que brota de las fuentes del Salvador con una expresión que nos remite al costado abierto de Jesús en la cruz de donde brotó sangre y agua; se nos ha hablado, además, del agua pura que Dios vierte sobre su pueblo para purificarlo de toda mácula y sacarle el corazón de piedra para darles uno de carne. Y finalmente, se nos ha hablado del agua bautismal que nos ha sumergido en la muerte de Cristo -como decía San Pablo- para que nosotros vivamos una vida nueva viviendo ya en él hasta el momento de nuestra participación eterna en la resurrección de Jesucristo. Pascua, por tanto, es también la fiesta gozosa de nuestra incorporación a la vida nueva que Cristo resucitado nos comunica. Es la fiesta del inicio del intercambio de vida entre él y cada uno de nosotros. Y por eso es la fiesta de nuestra filiación divina. En el arco que se abre ante el trono de la Virgen en el ábside de esta basílica, a mi lado derecho, hay un mosaico representando precisamente el momento de la vigilia de esta noche santa en el que – cuando hay bautismos- se introduce el cirio pascual en la fuente bautismal. Al lado hay una frase en latín, alusiva al bautismo, tomada del papa san León Magno que compara la fecundidad del agua a la fecundidad de María; dice: «dedit aquae quod dedit Matri» (Sermón, 25, 5). Es decir, «el principio de fecundidad que Dios puso en el seno de la Virgen, lo ha comunicado a la fuente bautismal». Dios ha dado al agua bautismal lo que dio a la Madre. «El poder del Altísimo, la obra del Espíritu Santo, hizo que María engendrara el Salvador», el Hijo de Dios hecho hombre, y al agua bautismal, también mediante el Espíritu Santo, le ha dado la capacidad de engendrar hijos e hijas de Dios (cf. ibid.). Por eso la Pascua de Jesucristo nos abre un acceso al Padre hecho de amor y de confianza filiales y nos da la prenda de vivir para siempre en el Reino de Cristo. Ahora, cuando bendeciremos el agua para recordar nuestro bautismo y cuando renovaremos nuestras promesas bautismales, renovamos también nuestra adhesión a Cristo para vivir en la novedad de vida pascual y nuestra voluntad de ser dóciles a la acción del Espíritu Santo. Y hacemos el propósito de ir cada día espiritualmente a Galilea es decir, a encontrarnos con Cristo resucitado, para vivir con él una vida de comunión en la filiación divina y en el servicio a los demás.

Esta misma celebración forma parte de nuestra Galilea espiritual. En la Eucaristía encontraremos a Jesucristo resucitado y nos nutrirá con el sacramento pascual de su Cuerpo y de su Sangre. Que Santa María, la Virgen gozosa de la mañana de Pascua, nos ayude, con sus oraciones, a vivir como hijos e hijas de Dios, como hombres y mujeres nuevos que, porque habiendo hecho experiencia, podamos decir a nuestros contemporáneos: No temáis; Cristo, el Viviente, camina con la humanidad. Y, aunque sea por caminos tortuosos, encamina la historia hacia su plenitud de paz, de vida y de alegría.

Abadia de MontserratVigilia Pascual (3 de abril de 2021)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de abril de 2021)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Mi misión es la de ser un testigo de la verdad, decía Jesús a Poncio Pilato. Y este le preguntaba: y la verdad ¿qué es?

Sí, hermanos y hermanas: y la verdad ¿qué es? Nos podemos preguntar como se lo pregunta tanta gente en nuestro contexto cultural tan dado al subjetivismo y tan atacado por las noticias falsas. Y la verdad ¿qué es? Jesús en el contexto del interrogatorio de Pilato no responde a la pregunta. Pero a partir del contexto de todas las palabras de Jesús, podemos responderla. Aquí la verdad no hace referencia tanto a la correspondencia objetiva de lo que se dice con la realidad de los hechos, como una palabra de la que te puedes fiar, una palabra fiel, que no falla ni decepciona. Jesús ha venido a ser un testigo de la verdad. Y podemos distinguir tres ámbitos de la verdad que testimonia. El primero es el de la verdad que es Dios, y de la verdad que es Jesús mismo desde el momento en que ha venido al mundo porque el Padre le ha enviado y que quien lo ve, él, ve al Padre (cf. Jn 12, 44-45). En un mundo lleno de incertidumbres, frágil y pasajero, tal como nos muestra cada día la pandemia de Covid, donde nada nos puede dar una seguridad plena y total, Jesús da testimonio de la verdad que es su palabra, de la verdad que es su amor que salva. Todo lo que ha predicado, todo lo que ahora está viviendo, desde su detención en el huerto de los olivos, en el juicio ante el Gran Sacerdote o ante Pilato, en la tortura y en la ejecución que vendrán, todo es para testimoniar la verdad del Padre y de su amor sin límites (cf. Jn 13, 1).

Jesús es testigo de la verdad de Dios. De un Dios lleno de ternura y por ello rico en misericordia. Pero, en un segundo ámbito, es, también, testigo de la verdad del hombre, de todo ser humano. De lo que cada hombre y cada mujer son a los ojos de Dios: creados por amor y revestidos de una dignidad inalienable. Dios no quiere la marginación de nadie, ni la explotación, ni la violencia, ni el asesinato, ni la muerte eterna. Por eso cuando Pilato presenta, a la gente que pedía la condena, a Jesús flagelado, coronado de espinas y con un ridículo manto de púrpura, les dice: he aquí al hombre. El hombre sufriente, el hombre marginado, el hombre humillado, el hombre abocado a la muerte. Jesús en su pasión y en su cruz toma sobre sí mismo todo el sufrimiento de la enfermedad, de la pobreza y de la marginación, de la violencia de tantas clases, los que tienen que emigrar o de huir, los excluidos y despreciados socialmente, de los que son víctimas de sus debilidades y de su pecado. También de cada uno de nosotros. Jesús es el hombre que toma sobre sí mismo todo el sufrimiento del mundo para vencerlo, para liberarnos. Es el hombre que enseña a amar sin condiciones, a perdonar generosamente, a dar la vida gastándose por Dios y por los demás.

En un tercer ámbito, Jesús es el testigo de la verdad de la historia. Él es el Señor, tiene la soberanía de la historia. Él es su centro, desde el momento que todo ha venido a la existencia por él y todo se encamina hacia él (Col 1, 15-16. 18). Y él, que ahora contemplamos tan débil y condenado a muerte, será el juez al final de la historia para vindicar los derechos conculcados a tantos hombres y mujeres del mundo, para pedir cuentas a los que hacen el mal, para examinar cómo habremos estimado ( Mt 25, 31-46) y para reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 3, 17-21; 12, 52). Aquellos que, por ser de la verdad, habrán escuchado su voz y habrán vivido amando y sirviendo como él.

Por eso sorprende tanto el grito de: fuera, fuera, crucifícale. No quieren escuchar el testimonio de la verdad. Les estorba, pone en cuestión sus convicciones demasiado humanas. Fuera, fuera no es sólo el grito de la gente ante Pilato cuando sospechaba que quería soltar a Jesús. También hoy, en nuestras sociedades, hay quien no quiere la presencia de Jesús. Unos lo ignoran porque no les interesa su persona y ni su palabra. Otros toman una actitud más o menos hostil porque la persona y la palabra de verdad de Jesús cuestionan su comportamiento. La vida y la enseñanza del Señor siguen siendo incómodas, provocativos, también hoy. El estilo de vida, los criterios, las urgencias, los afanes de poder y los intereses políticos o económicos de muchos en nuestra sociedad, topan con la verdad de Jesús. También los hay que se sienten incómodos con su pasión y su muerte, porque les recuerda que debe ser primero el amor plenamente gratuito y dado a los otros hasta el límite, les recuerda el valor de la humildad frente al poder, les recuerda la injusticia que es la condena de un inocente y la gravedad de matar por intereses inconfesables. La muerte de Jesús se hace incómodo, también, a algunos porque, atareados como están con sus cosas, sus negocios, sus vacaciones, sus evasiones, les recuerda que la muerte es insoslayable y todos tendremos que afrontar en un momento u otro. En cambio, los cristianos debemos continuar testimoniando que el Crucificado es el único que salva el mundo, que su muerte en la cruz ha vencido la Muerte y es fuente de vida y revelación de Dios, que en él está la respuesta a todas nuestras preguntas y a todos nuestros anhelos, que su soledad ha vencido todas las soledades. Él, elevado la cruz, transforma la muerte humillante e ignominiosa a que lo condenaron en una revelación del amor que quiere atraer a todos hacia él para llevar a todos hacia la plenitud (cf. M. Delpini, Homilía de vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 2019).

La cruz de Jesús hermana a quienes compartimos la fe cristiana. Por ello, el Papa Francisco pide, también este año, que, mientras hacemos memoria del gesto supremo de amor de Jesús en la cruz, nos acordamos de los cristianos que viven en Tierra Santa y en Oriente medio, los que han vivido, y viven, doblemente los efectos de la pandemia, porque la han sufrido ellos también y porque ha provocado la ausencia de peregrinos y, por tanto, la caída de puestos de trabajo y la falta de recursos en muchas familias, además de las situaciones precarias que algunos cristianos tienen debidas a la violencia o las sanciones económicas que afectan s algunas de aquellas tierras. Somos invitados, pues, hoy a hacer nuestra aportación a favor de estos hermanos nuestros en la fe.

En este Viernes Santo, agradecemos la coherencia y la verdad de la cruz de Jesús que lleva la salvación a quien lo acoge y que cura todas las heridas de los que se le acercan con fe. Si le abrimos el corazón y la inteligencia conoceremos la verdad y la verdad nos hará personas libres (Jn 8, 32). Conoceremos la verdad que es la realidad de Dios revelada por Jesucristo que comunica la plenitud de la vida verdadera. Y seremos libres, no tanto con una autonomía interior o con la libertad de movimientos, sino libres ante la mentira y la muerte y con capacidad para vivir, gracias a la acción del Espíritu Santo, en la comunión del Padre y del Hijo en un proceso creciente que culminará en la vida eterna que nos abre la cruz de Jesucristo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor (1 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de abril de 2021)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

Alzaré la copa de la salvación, cantaba el salmista. Levantará la copa, hermanos y hermanas, para agradecer a Dios todo lo bien que le ha hecho, para agradecer la salvación que le ha otorgado. Lo hará ante los presentes como signo público de agradecimiento, como un brindis ofrecido a Dios.

En esta noche de la última cena de Jesús, el punto de referencia, sin embargo, no es principalmente el cáliz del que habla el salmista. Nos lo daban a entender las palabras de San Pablo que la liturgia nos ponía en los labios como respuesta al salmo: el cáliz de la bendición es comunión con la Sangre de Cristo. El punto principal de referencia, pues, es el cáliz que tomó Jesús al final de la última cena con los discípulos. Y que, como él dijo, es el cáliz de la nueva alianza sellada en su Sangre. Este cáliz de Jesús encuentra su continuidad sacramental en cada celebración de la eucaristía. Hasta el punto de que la oración eucarística que centrará nuestra celebración, el Canon romano, los identifica; habla como si el cáliz que tomó a Jesús y que utilizaremos nosotros fuera el mismo. En efecto, en el momento de la consagración diremos: «del mismo modo tomó este cáliz en sus santas y venerables manos». Y es que la identificación no viene de la materialidad del cáliz, sino del hecho de contener la Sangre de Cristo. La que Jesús ofreció a los discípulos en la última cena porque bebieran como sacramento y la que al día siguiente derramó en la cruz cuando se ofreció como víctima por la salvación de todos. Por ello es -tal como cantábamos- cáliz de bendición y los cristianos lo levantamos para celebrar la salvación que Jesucristo nos ha obtenido entregándose a la muerte.

Algo parecido podríamos decir del pan que Jesús, después de dar gracias, lo partió, lo pasó a sus discípulos y les dijo: esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. También esta noche, para celebrar la salvación, después de la consagración alzaremos el pan que es comunión con el Cuerpo de Cristo. lo alzaremos para ofrecerlo al Padre como víctima de acción de gracias, tal como anunciaba proféticamente el salmista.

Se trata de un ofrecimiento doble. Por un lado, en cada celebración de la Eucaristía, nosotros ofrecemos al Padre la víctima de acción de gracias que es el sacrificio de Jesucristo. Pero, el ofrecimiento más grande es lo que nos hace el Padre bajo la acción del Espíritu Santo, al concedernos participar «del pan de la vida eterna y del cáliz de la salvación» porque quiere llenarnos de su «gracia y de todas las bendiciones del cielo» (cf. Canon romano). Hoy que conmemoramos la institución de la eucaristía en la última cena del Señor, lo agradecemos, maravillados por un don tan grande ofrecido cada día a nuestra participación. Nosotros ofrecemos al Padre lo que el Hijo nos ha dado; se lo ofrecemos como expresión de nuestro deseo de amarlo aunque sea de una manera torpe. Pero él, el Padre, nos ama en plenitud, y como le duele la muerte de sus fieles, nos ofrece por medio de Jesucristo el alimento de la inmortalidad, que, además nos fortalece en el camino de amor y de servicio de cada día.

¿Cómo podemos pagar al Señor todo el bien que nos ha hecho? nos podemos preguntar esta noche con el salmista. Y él mismo, en el salmo que hemos cantado, nos da unas pistas de cómo hacerlo. Podemos corresponder al Señor, alabándolo y dándole gracias sinceramente porque desde el día en que nacimos a la vida de fe nos ha hecho hijos en Jesucristo. Podemos corresponderle, además, invocando su nombre y cumpliendo nuestras promesas bautismales; testimoniando ante los demás su amor generoso por medio de una vida no centrada en nosotros mismos sino entregada a los otros como la de Jesús, tal como hemos visto en el evangelio. Y, además, podemos pagar al Señor todo el bien que nos ha hecho viviendo la celebración eucarística -que es nuestro alzar el cáliz para celebrar la salvación- de una manera consciente y activa y acogiendo con agradecimiento lo que el Padre nos ofrece y que Jesús, el Señor, nos dejó la noche en que fue entregado: su Cuerpo y su Sangre.

Debemos ser conscientes de que comer el pan eucarístico y beber el cáliz «es un proceso espiritual» que abarca toda nuestra realidad. Comer y beber los Santos Dones de la eucaristía significa en primer lugar adorar al Señor que está presente y, después, dejar que el Cuerpo y la Sangre de Cristo entren dentro de nosotros de manera que nuestro yo «sea transformado y se abra al gran nosotros», a toda la Iglesia y hasta toda la humanidad, por lo que todos los que participamos de la mesa eucarística llegamos a ser una sola cosa con él, Jesucristo (cf. J. Ratzinger, el espíritu de la liturgia citado en Liturgia y Espiritualidad 52 (2021) 100) Como una manera concreta de este abrirnos a los otros, podréis hacer una aportación a la colecta que haremos a favor de Cáritas, que, cada día ve cómo se multiplican las peticiones de ayuda debido a las consecuencias de la pandemia.

Adorar, comer y beber el sacramento eucarístico, dejarse transformar, servir a los demás con amor para vivir la comunión eclesial y contribuir a crear la unidad solidaria entre todos los hombres y mujeres del mundo. Este es el mensaje que se nos confía esta noche junto con la fuerza para llevarlo a cabo que nos viene de la eucaristía.

Con agradecimiento, pues, alcemos el cáliz de la salvación y para agradecer la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Abadia de MontserratJueves Santo. Misa de la Cena del Señor (1 de abril de 2021)