Domingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (28 de noviembre de 2021)

Jeremías 33:14-16 / 1 Tesalonicenses 3:12-4:2 / Lucas 21:25-28.34-36

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Para mucha gente, uno de los recuerdos más entrañables de nuestra infancia es cuando la noche de Reyes íbamos a esperar la cabalgata con la solemne llegada de Sus Majestades: Melchor, Gaspar y Baltasar. Año tras año, los niños y niñas, llenos de sorpresa, de ilusión y de gozo cantan la canción de bienvenida y levantan bien alto los farolillos para que Sus Majestades no pasen de largo sin verlos y darles algún caramelo.

La Iglesia nos propone que con esos mismos sentimientos con los que vamos a «esperar a los Reyes que vienen» también salgamos a «esperar al Señor que viene». Éste es el mensaje del Adviento que hoy empezamos: debemos prepararnos para recibir al Señor, Cristo que sale a nuestro encuentro. Aquel que hemos proclamado Rey, aquel que es descendiente de David, está a punto de entrar en el mundo al igual que un día entró en Jerusalén aclamado por la gente con palmas.

El Adviento nos pone delante el misterio de las dos venidas de Cristo: la primera en su nacimiento como hombre en el portal de Belén; la segunda en su venida al final de los tiempos, cuando va a hacer todas las cosas nuevas y entonces lo seremos todo en todos. A la primera venida hacía referencia el libro de Jeremías cuando decía: «suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra». Y de la segunda venida nos hablaba el evangelio de Lucas: «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria».

En Belén, contemplaremos la gloria del Dios hecho hombre, el gran misterio de la encarnación divina. Quien es la Sabiduría divina, quien ya estaba presente en la creación del mundo, ahora se ha hecho un niño, ha querido compartir nuestra naturaleza humana. El que era Dios invisible ahora se ha hecho visible en una persona concreta. El profundo abismo que existía entre la divinidad y la humanidad ha quedado superado. La gloria eterna se muestra de forma sublime en un débil niño.

La encarnación de Dios nos enseña el camino de la salvación, nos muestra que Dios ha venido a compartir nuestra vida humana para que nosotros podamos compartir su vida divina. Así, Cristo se convierte en el nuevo Adán, el nuevo origen de la humanidad, el modelo perfecto de Hijo de Dios. Con la encarnación Dios nos dice que el mundo no salva pero sin el mundo no hay salvación. Esto debe hacernos responsables de nuestra vida, de nuestras decisiones: debemos vivir según la dignidad que hemos recibido como hijos de Dios.

Por otra parte, la segunda venida de Cristo, la que le hará volver al final de los tiempos, es la que nos debe mantener en vela: «porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». Será aquí donde se pondrá de manifiesto cómo hemos vivido en el mundo, cuál ha sido nuestra responsabilidad hacia Dios y hacia los demás. No sabemos exactamente cómo será esta venida final, pero no debemos vivir con miedo o atemorizados. La espera de esta segunda venida debe ser también gozosa, como los niños esperan a los Reyes. Cristo vendrá a salvarnos.

Los primeros cristianos, esperaban la última venida de Cristo de forma inminente. Con el tiempo, aprendieron que la esencia del cristiano era vivir con esperanza. Como peregrinos en un mundo que pasa, la esperanza nos enseña a caminar hacia delante, a buscar siempre el encuentro con Cristo. Con la esperanza superamos los obstáculos que siempre nos encontraremos por el camino. Esta virtud nos dice que el pecado, el sufrimiento y la muerte no son nunca el final, sino que en Cristo Resucitado la última palabra siempre la tienen la misericordia, el gozo y la vida.

Las dos venidas del mismo Cristo nos invitan a vivir en nuestro mundo con esperanza. A la hora de iniciar el último viaje, como buenos peregrinos que somos, sabemos que no podremos llevarnos absolutamente nada. Sólo quedará en nosotros el amor con el que hemos amado y nos hemos dejado amar. He aquí la fuente de nuestra esperanza, porque nuestro Dios es amor. Y «cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (28 de noviembre de 2021)

Domingo XXXIII del tiempo ordinario (14 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (14 de noviembre de 2021)

Daniel 12:1-3 / Hebreos 10:11-14.18 / Marcos 13:24-32

 

Estamos terminando el año litúrgico. El próximo domingo es Cristo Rey y el siguiente domingo empezaremos el tiempo de Adviento, que nos ayudará a preparar la Navidad.

Las lecturas de la misa de hoy nos hacen tomar conciencia de la tensión que vivimos entre lo que nosotros, por nuestra parte, podemos conseguir con nuestra buena voluntad y, por otra parte, lo que Dios nos ofrece generosamente en Jesucristo, que ilumina nuestra inteligencia y nuestro corazón y nos abre siempre un camino a seguir. A lo largo de nuestra vida, el ejemplo de Jesús y sus palabras nos ayudan a seguir adelante para conseguir lo mejor, que es lo que Dios espera de nosotros.

El profeta Daniel nos decía en la primera lectura que, a pesar de todas las pruebas de la vida, los justos resplandecerán como el sol y «los que enseñaron a muchos la justicia, brillarán como las estrellas por toda la eternidad». Con estas palabras, Daniel, nos anima a vivir con coraje, de forma solidaria, y a trabajar para crear un mundo pacífico y una buena convivencia. Sabemos que el proyecto de Dios es un proyecto de salvación, y que tanto los cristianos como toda la gente de buena voluntad trabajamos para crear un espacio amplio de respeto, de cariño y de justicia.

El Salmo que hemos cantado nos dice: «Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré… no dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida». Con la ayuda de Dios vamos siguiendo este camino que se apoya en el fondo de bondad que existe en lo más íntimo de cada persona, en el interior de todos nosotros. De este tesoro de bondad debe salir una buena y noble relación con todos, en un ambiente de buena convivencia, que nos ayude a poner en práctica los dones que Dios ha dado a cada uno. Un camino que debe llevarnos a una vida recta y justa, gracias a los dones de Dios y a nuestra responsabilidad personal.

Que el camino no siempre es fácil nos lo dice la 2ª lectura de la Carta a los Hebreos, cuando nos presenta a Jesucristo que nos habla no sólo de palabra, sino también, con su ejemplo, manteniéndose firme hasta dar su vida para restablecer la plena humanización de la persona. Tal y como lo dice la carta a los Hebreos, «Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados». En medio de las dificultades que podemos sufrir, Jesucristo nos abre un camino, nos infunde coraje y fortaleza a cada uno de nosotros. Así podremos avanzar siempre de nuevo y podremos valorar y apreciar lo importante que es tratar bien a todo el mundo y compartir un auténtico espíritu de reconciliación y de solidaridad, abriendo siempre espacios de diálogo, tan necesarios hoy en día, para vivir dignamente y en paz. 

El evangelio nos habla de la reunión de todos los elegidos, de toda la gente de buena voluntad que vendrá de todos los cuatro vientos de la tierra. Será un gran banquete de fiesta. Y para participar plenamente, nos llena de esperanza la obra que Cristo cumple en cada persona a través de su Espíritu de amor. De esta forma nos propone vivir con sinceridad, con humildad y con una disposición realista para mejorar lo que sea necesario e ir siempre adelante. En esta línea, tenemos la suerte de poder acoger la bondad de Dios que nos infunde confianza y nos empuja a trabajar responsablemente de forma constructiva. 

Las lecturas de la misa de hoy nos ofrecen, pues, un mensaje de esperanza para el hoy de nuestra iglesia y de nuestra sociedad, en constante diálogo con aquellos valores éticos que fundamentalmente compartimos y que creemos más necesarios. Para seguir adelante, confiamos en que no nos falte nunca la ayuda del Señor, ni la intercesión de la Virgen de Montserrat a la que veneramos de todo corazón y que nos acoge amorosamente en este santuario.

Abadia de MontserratDomingo XXXIII del tiempo ordinario (14 de noviembre de 2021)

Domingo XXXII del tiempo ordinario (7 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (7 de noviembre de 2021)

1 Reyes 17:10-16 / Hebreos 9:24-28 / Marcos 12:38-44

Hoy nos han sido proclamados dos relatos relacionados con dos viudas: la de Sarepta de Sidón -que vivió siglos antes de Jesús, y la del evangelio -que era contemporánea de Jesús. Ambas eran personas que habían sido perjudicadas por la vida sin tener culpa. Eran personas desfavorecidas a pesar de no haber hecho nada malo, porque según la mentalidad de ese tiempo las viudas y los huérfanos debían vivir sólo de la caridad de los demás. Pero, a pesar de ser personas que no contaban, como Dios ama a todo el mundo, nos las pone precisamente a ellas como ejemplo de lo que puede llegar a hacer la fe y la confianza plena en Dios. La primera, pese a estar a punto de morir de hambre, no le negó al profeta el único panecillo que tenía. Confió plenamente en Dios, y esa confianza la hizo protagonista de un milagro. La segunda, parecido, fue puesta por Jesús como ejemplo de generosidad y fe ante sus discípulos: aunque quizá necesitara aquellas dos monedas que tenía las dio al tesoro, porque según le habían dicho era lo que Dios pedía. No lo pensó. Era un ejemplo que contrastaba con el de los maestros de la Ley, que decían una cosa pero hacían otra: la pobre viuda era una persona auténtica, igual por dentro que por fuera. Y esto es lo que el Señor valora. Porque el evangelio es para vivirlo con plenitud y autenticidad, no para aparentar.

Estos dos relatos y todos los demás que contienen las escrituras y que a nosotros nos son proclamados en el seno de la celebración litúrgica no son tan sólo el recuerdo de unos hechos pasados, sino que van mucho más allá: son relatos que si los interiorizamos y los hacemos nuestros, pueden transformar nuestras vidas. Todos ellos tienen un sentido más profundo y nosotros estamos llamados a averiguarlo, porque puede ser diferente para cada uno y para cada momento de la vida. Y en referencia al relato de la viuda pobre, vale la pena también notar que el evangelista no lo sitúa en un lugar cualquiera del evangelio sino en los últimos días antes de la pasión y muerte de Nuestro Señor, en la última subida de Jesús en Jerusalén. Es un momento en el que los textos resumen todo lo que Jesús había ido enseñando largamente a los discípulos, es un lugar del evangelio en el que se explican de forma sintética los ejes principales de la enseñanza de Jesús. Y por ser un relato importante, nos es una invitación a llevar su enseñanza a la práctica.

Aquellas pobres viudas, dando un pedacito de pan y echando al tesoro del templo dos monedas de las más pequeñas, no dieron sólo lo que tenían: su gesto nos dio también todo un ejemplo de vida que todavía nos es válido. Fue un gesto que nos dice cómo quiere Dios que vivamos: con fe y generosidad. Y no sólo nosotros: aquella pobre viuda que se quedaba sin nada y se confiaba plenamente de Dios, le estaba dando también un ejemplo al mismo Jesús, que lo seguiría unos días más tarde cuando se dio a sí mismo por nosotros, sin reservarse nada para él. Lo hizo generosa y gratuitamente, para que pudiéramos tener unos bienes infinitamente mayores. Aquel gesto de las viudas, además, nos enseña que aunque la vida nos haya tratado mal sin culpa, siempre podemos dar: podemos dar nuestro tiempo, nuestra confianza, nuestra escucha, nuestra sonrisa; podemos darnos a los demás de muchas formas, seamos quienes seamos, y estemos en la etapa de la vida que estemos. Un niño que juegue a “lego”, puede dar a otro esa ficha que sabe que le hace falta, aunque él la quiera. Un padre o una madre, aunque estén cansados, se levantarán a la hora de que sea de la noche para ayudar a su hijo que no puede dormir. Una familia que tenga que cuidar a un anciano se privará de hacer según qué en atención a aquellos que antes le dieron su tiempo y su amor. Un anciano, con una sola frase dicha en el momento oportuno dará toda una lección de vida. Un enfermo, puede también animar a quienes lo van a ver. Y así podríamos ir poniendo infinitos ejemplos… Porque una de las grandes enseñanzas del evangelio de hoy es que aquellos pequeños gestos que se hacen por amor, por insignificantes que sean, pueden dejar una huella imborrable en los demás. Como aquellas dos monedas de la viuda que, a pesar de tener por aquel entonces un valor ínfimo, hoy tienen para nosotros un valor incalculable porque dos mil años después todavía nos enseñan qué es lo que Dios espera de nosotros: espera que demos, con generosidad, de lo que tenemos y necesitamos, no de lo que nos sobra. Si queremos, cada día del mundo tenemos la oportunidad de hacer esta experiencia y ponerlo en práctica.

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (7 de noviembre de 2021)

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de noviembre de 2021)

Sabiduría 3:1-9 / 2 Timoteo 2:8-13 / Lucas 24:13-35

 

En la solemnidad de ayer hablábamos estimados hermanos y hermanas de un horizonte de plenitud, porque nuestra mirada se dirigía a todos aquellos que por su santidad, anónima o no, gozaban de la plenitud de Dios. Hoy en cambio recordamos a los fieles difuntos y nuestra celebración quizás se queda un paso atrás. De los fieles difuntos no afirmamos rotundamente su comunión con Dios como podemos hacer con los santos, sino que, más conscientes de sus vidas, de su debilidad, oramos por ellos… porque sí, para que lleguen a unirse a todos los santos del cielo. Evidentemente que las dos celebraciones están muy ligadas, pero la liturgia de hoy, recordando a los difuntos, nos llama preferentemente a una actitud de oración, de esperanza, de confianza.

Todos hemos pasado por la experiencia de la muerte de una persona querida. También vosotros escolanes, si bien esto de los funerales va aumentando con la edad. Estos momentos de despedida, ¿no son siempre un momento para hacer balance? ¿Para pensar en la vida? ¿Para pensar cómo amamos? Y algunos, ya mayores, quizás pensamos en nuestra vida porque toda muerte nos hace pensar que sólo tenemos una vida.

El salmo responsorial nos ayuda a entrar en esta tranquila reflexión que la liturgia de hoy nos propone. El salmo nos habla de la presencia de Dios en nuestra vida: Un Dios que ilumina, que salva, que es un muro que protege. Un Dios que sabe que no hemos llegado, que estamos en camino, pero que avanzamos, que nos dice: Tu rostro buscaré. 

Un Dios al que nosotros decimos que queremos estar en su casa. Estos días cuando debo recibir romerías les digo que Dios nos ha hecho el don de este lugar, porque lo custodiamos y nos permite ser testigos de la alegría de quienes vienen a Montserrat. Sentíos también parte de esta alegría, escolanes, vosotros que también vivís en la casa de Dios y de Santa María y que sois una parte importante de la alegría de los peregrinos, ¡que hacéis feliz a tanta gente!

Y ese salmo que dice todas estas cosas que parecen más relacionadas con la vida que con la muerte acaba diciendo: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida

En catalán rezamos dos versiones de este versículo: Una dice “disfrutaré en la vida eterna” y la otra “disfrutaré en esta vida” de la bondad que me tiene el Señor. Pregunté una vez a un salmista entendido del monasterio qué versión era la buena y me respondió: las dos, porque de vida sólo hay una: la que vivimos aquí y la del más allá son la misma. Y por eso el mensaje de este salmo podría ser que todo lo que vivimos y que podemos controlar hoy afectará a la vida eterna, que es una verdad fundamental, esencial e irrenunciable de nuestra fe. Y por eso oramos por los difuntos, porque sabemos que no fueron perfectos aquí, cuando estaban con nosotros y todo lo que imaginamos del más allá, lo imaginamos en la esperanza y en la fe.

Como cristianos, tanto nuestra vida hoy como nuestra esperanza de resucitar, debe estar centrada en Jesucristo. Cuando Jesucristo vivía entre la gente, antes de su muerte nos dijo muchas cosas útiles para vivir plenamente, las podríamos resumir diciendo que dijo que quisiéramos a Dios y nos amáramos unos a otros. ¡No dijo esto y se fue! Lo más interesante, lo que más nos ayuda a seguir sus palabras no es que sean muy inteligentes, muy profundas o siempre acertadas en cada una de las situaciones que se encontró; todo esto es verdad, pero lo más importante es que, después de morir, resucitó. Esto significa que se hizo presente y sigue presente entre nosotros y llama a todos a vivir como él vivió, para después poder seguir viviendo con él en la vida que nunca se acaba.

Este estar presente de Jesús resucitado después de su muerte, le explica muy bien el evangelio de los discípulos de Emaús. Estos discípulos están frustrados. Todo lo que Jesús había enseñado parece que ya no tiene sentido, teniendo en cuenta su muerte en cruz y su desgracia pública. Es curioso: sus palabras son las mismas que entusiasmaban a la multitud, se recuerdan sus actos y sus curaciones, pero ahora no provocan entusiasmo, más bien provocan que estos dos discípulos se marchen hacia otro lado, en dirección contraria. Se van incluso habiendo escuchado ya un primer mensaje de la resurrección, pero sin haberlo creído… “algunas mujeres han dicho…”; pero total, ¿quién puede hacer caso de algunas mujeres en algo tan serio…? Con todo, Jesús se hace presente, sin reconocerlo, camina con ellos en su misma dirección, a pesar de ser contraria a la del lugar de su Resurrección y de su mínima e incipiente comunidad de creyentes. Y caminando con ellos, no fuerza nada, va hablando, va contando hasta que en el momento de compartir el pan, lo reconocen. Entonces todo tiene sentido: sus vidas, las palabras de Jesús, ¡incluso lo que habían dicho las mujeres! A partir de ahí la vida de estos discípulos como la de todos los demás que hemos venido detrás, estará acompañada de la presencia de Jesús resucitado y de la esperanza de reunirnos con él en nuestra resurrección.

La diferencia que aporta la vida cristiana a una filosofía de vida es esa intimidad que Cristo resucitado nos hace posible con Él, por su Espíritu Santo enviado y en la comunión de Dios Padre, por todos los días de la vida única. Ésta y la futura.

Por eso hoy oramos por los difuntos, para que se cumpla su bautismo, para que su vida en Jesucristo aquí, tenga la continuidad y la plenitud de la comunión con Dios en la eternidad. Este último año nuestra comunidad ha rogado que esta realidad de vida plena fuera verdad para nuestro hermano el Padre Anselm Parés que murió el pasado 29 de mayo, después de veinticinco años aproximadamente de ser monje. A la esperanza de que Dios, por su misericordia, le haya perdonado y acogido, añadimos la acción de gracias por sus muchos ejemplos de piedad, paciencia, discreción y fe. Sí. Nuestros hermanos difuntos también pueden sernos, por su ejemplo, una exigencia para nosotros hoy, porque encarnan maneras de amar a Dios y al prójimo. Dejémonos inspirar por ellos.

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús resucitado al partir el pan. En cada eucaristía el Señor nos da esa posibilidad porque se hace presente. Pongamos toda nuestra atención para reconocerlo vivo entre nosotros con todas sus consecuencias.

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2021)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2021)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

La solemnidad de Todos los Santos que estamos celebrando nos coloca, queridos hermanos y hermanas, en lo que podríamos llamar una perspectiva final. Utilizando la imagen contemporánea del “pasar pantalla”, sería como si se nos permitiera ir a la última pantalla y ver lo que hay. No es extraño que sea el último libro de la Biblia, el Apocalipsis el que mejor describe esta pantalla final y todo lo que pasará, por eso también se le ha llamado libro de la Revelación. En varios pasajes del Apocalipsis se habla de los santos, de una multitud de personas que alaban a Dios. ¿Quiénes son? Son muchos hombres y mujeres que han vivido antes que nosotros y que han llegado ya a la pantalla final, la que aparece no en esta vida sino cuando precisamente esta vida se termina. De muchos de ellos, de todos los santos, de todos los que hoy conmemoramos, sabemos que en esta pantalla han encontrado a Dios, han encontrado la plenitud del amor de Dios. Esa plenitud es lo que habían intentado vivir mientras vivían en la tierra, con las debilidades y defectos que ellos mismos tenían y que ahora han cesado, porque allí donde está la plena comunión con Dios, cesan las carencias de este mundo.

Estas expresiones como plenitud del amor o de la comunión con Dios, son formas de explicar la realización de la vida, muy especialmente de la vida cristiana. En la liturgia de la Palabra de hoy, todavía hemos leído otra expresión similar: Ver a Dios. La primera carta de San Juan nos lo decía: Cuando Dios se manifestará: esto es en la última pantalla, veremos a Dios tal y como es. También una de las bienaventuranzas que hemos leído en el Evangelio habla especialmente de esto: Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Aunque lo de ver a Dios pueda parecer algo muy abstracto, muy teórico, ver a Dios debería ser una aspiración de cada día para todos. La solemnidad de hoy recuerda vidas concretas de hermanos y hermanas nuestras que han vivido queriendo ver a Dios. Aquellos que llamamos santos, son esos hermanos y hermanas nuestras que han caminado por la vida siguiendo a Jesucristo y su Evangelio. La Iglesia, consciente de que sólo puede reconocer de forma oficial y pública la santidad a algunos de los que han hecho este camino, incluye en la solemnidad de hoy a los santos anónimos, aquellos que Dios reconoce y que quizás nunca serán conocidos. Siempre me ha impresionado que estos santos anónimos se incluyan en una celebración más solemne que la de algunas figuras eminentes y destacadas de la historia eclesial. Tan importante es para Dios esa vida escondida, esa santidad que Él sí conoce.

¿Pero qué nos dice a nosotros hoy esta realidad tan grande de personas que han vivido haciendo el bien? Nos enseñan que es posible vivir como cristianos y realizarse plenamente. Muy a menudo he intentado explicar la vida cristiana como un camino:

En este camino, Dios nos pone un objetivo difícil, casi imposible: la santidad: La oración de después de la comunión de hoy nos dice que la santidad es la plenitud del amor de Dios, por tanto que la santidad es lo que estas expresiones: plenitud, comunión y visión de Dios, significan.

En este camino, Dios, a veces hace que nos demos cuenta de dónde estamos nosotros y dónde está el objetivo. Y si bien podríamos caer en un cierto desánimo por la distancia entre una cosa y otra, lo importante es hacernos en este preciso momento conscientes de la misericordia de Dios, porque buena parte del camino hacia la plenitud empieza en el realismo de lo que somos. Cuando nos ponemos con esta sinceridad ante Dios, Él mismo nos da la fuerza para continuar y seguramente nos hace más claro y más presente el objetivo hacia el que avanzamos. Los hombres y mujeres santos lo son porque han hecho este camino, en el fondo tan humano, que es el camino del crecimiento y de la maduración cristiana.

La solemnidad de hoy debería ser compromiso en ese camino personal. ¿Qué puede ser hoy ese camino que nos propone Dios? El camino de Jesucristo en las bienaventuranzas, que dijo que seríamos felices hasta en condiciones extrañas y adversas: en el llanto, en la pobreza, en la persecución… Pero todas estas situaciones no tienen la última palabra, no son lo que sale en la última pantalla, al igual que nuestras debilidades, nuestros errores, todo lo que llamamos pecado tampoco tiene la última palabra en nuestra vida. Los santos no son quienes no tienen pecados sino quienes han sabido reconocerlos y por eso nos son un ejemplo cercano.

El horizonte que nos abre la solemnidad de hoy es un horizonte con Dios, pero como decía, antes de la pantalla final, deben pasarse unas cuantas. Es necesario pasar las pantallas de la vida. Las bienaventuranzas también nos invitan a ser muy sensibles con las realidades que describen. Nos invitan a ser parte de la “solución” o de la resolución que en cada una de las bienaventuranzas aparece como un segundo término, especialmente en aquellas bienaventuranzas que describen situaciones de los demás, situaciones sociales. No podemos recitar las bienaventuranzas y decirnos: ¡si los pobres son felices no hace falta hacer nada! Allí donde Dios nos quiere es en la resolución: esto es, a hacer algo por los pobres, a ser consuelo para quienes lloran, a colaborar en saciar el hambre y sed de justicia, en ser constructores de paz. Y atrevámonos a extender alguna bienaventuranza, pensemos que justicia y paz también es cuidar la tierra, nuestro planeta, estos días que todo el mundo está pendiente de los pasos que hay que dar para proteger la Creación. Si seguir las bienaventuranzas nos trajera algún problema, que nos consuele saber que sólo estamos siguiendo el camino del Evangelio y que el horizonte que nos espera es el de ver a Dios. Y no somos los primeros, ni seremos los últimos. Siendo los cristianos de hoy, nos toca ser el eslabón en la cadena de santidad de la Iglesia. ¡Qué reto! Siempre nos ayudará la comunión que formamos cuando recordamos a Jesús en la eucaristía, como estamos haciendo.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)

Domingo XXXI del tiempo ordinario (31 de octubre de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (31 de octubre de 2021)

Deuteronomio 6:2-6 / Hebreos 7:23-28 / Marcos 12:28b-34

 

Hermanas y hermanos: Que «Dios es amor» y que «Nuestro Señor es bueno y nos ama» lo hemos oído y repetido tantas veces que han pasado de ser los compendios más breves y más sublimes de la fe cristiana, a convertirse a menudo en los eslóganes más recurrentes de nuestros discursos más improvisados ​​cuando debemos hablar de Dios. Sin embargo, estamos tocando el núcleo de la predicación de Jesús y un día, un escriba, experto en las Sagradas Escrituras, le quiere hacer una pregunta, pero ésta no es una pregunta cualquiera y quién sabe si abrumado por la cantidad de leyes, preceptos y obligaciones que imponía la ley judía, buscaba una aclaración o una precisión para conocer de primera mano, qué es lo que este Jesús, de quien había oído hablar, consideraba lo más importante para ser un buen judío: cuál es el “mandamiento mayor”, ese mandamiento que incluiría todo el resto de preceptos que un buen israelita debía cumplir.

Jesús le contesta de una manera breve y concisa: Amar a Dios y amar al prójimo. Una respuesta que no se limita al desempeño externo de unas costumbres o de unos preceptos sino más bien es como una síntesis de vida, como si dijera que de estos dos mandamientos depende todo: la acción social, la religión, la moral, el sentido de la existencia.

Al escriba le debió sorprender la respuesta, y no por la novedad del mensaje, ya que estos dos preceptos aparecían en los escritos antiguos, sino porque Jesús une indisolublemente los dos mandamientos sin que se pueda practicar uno y olvidarse del otro. La unión entre los dos mandamientos, amar a Dios y amar a los demás, nos recuerda lo de la primera carta de S. Juan: «Si alguien afirmaba: ‘Yo amo a Dios’, pero no ama a su hermano, sería un mentiroso, porque quien no ama a su hermano, que ve, no puede amar a Dios, que no ve» (1Jn 4, 20). Se puede vaciar de Dios la política y decir que sólo hay que pensar en el prójimo. Se puede vaciar del «prójimo» la religión y decir que sólo hay que servir a «Dios», pero «Dios» y «prójimo», para Jesús, son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Puede ser el amor objeto de un mandamiento? ¿Puedo obligar o mandar a alguien que me quiera? Ante todo, hay que decir que el amor que Jesús nos propone no está en el mismo plano que los demás mandamientos. Es mucho más que una norma u obligación externa que alguien nos impone. Así pues, «amar» pasa a ser más que un mandamiento, convirtiéndose en una exigencia interna y una forma de hacer que debemos integrar en nosotros: lo que configura nuestros actos y nuestra vida.

Si Jesús convierte el amor en objeto de un mandamiento, es para que lo asumamos libremente y lo tengamos como la referencia que nos identifica con él pero sabemos que amar cómo Jesús nos pide es exigente, porque nos empuja a hacer del amor una realidad concreta y nos recuerda que amar al estilo de Jesús supone una conversión constante, sabiendo que el amor se verifica «más en las obras que en las palabras» y esto no es fácil, puesto que pide mucha determinación. La misma que Dios tuvo cuando decidió amarnos y que nos urge hacer presente este amor a nuestros hermanos.

Bien sabemos que el amor, en nuestro contexto social y en los medios de comunicación, es una palabra que no escapa a la ambigüedad de significados. Normalmente no tenemos problema en aceptar una concepción “light” del amor: un amor de telenovela, que no nos comprometa a mucho, ocasional, de temporada, con fecha de caducidad, o reducido a menudo a un sentimiento que expresamos con los emoticonos del “WhatsApp”, sí… pero no siempre estamos dispuestos a aceptarlo cuando nos saca de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo, o de nuestros intereses y proyectos.

La “desvinculación moral”, es decir, justificar o dar una explicación convincente sobre las razones por las que traicionamos valores en los que decimos creer es una amenaza siempre presente en nuestra vida. El verdadero amor, aquel que nos exige un compromiso, una implicación voluntaria y que se convierte en oblación por los demás al estilo de Jesús, va más allá de la obligación y pide a menudo un espíritu libre y generoso para asumirlo. Gracias a Dios también tenemos testimonios de esta manera de amar, muy a menudo muy cerca de nosotros, y pese a vivirlo en medio del dolor o el anonimato, es vivido con gozo y llena la vida de sentido.

Nosotros, como aquel maestro de la Ley que fue a encontrar a Jesús, también estamos llamados a amar. El tiempo, los compromisos, las luchas, las caídas, nos irán abonando la fe hasta que alcancemos la madurez espiritual. Madurez espiritual que nos exige ir limando nuestros defectos, identificándonos cada día un poco más con Jesús.

El evangelio nos pone como siempre el listón muy alto, y Jesús nos recuerda el mandamiento del amor porque sabe que nosotros intentaremos rebajarlo, pero también nos señala con mucha claridad cuál es el camino y la dirección adecuada y nos da la fuerza y ​​los medios para lograrlo.

Que el amor que hemos aprendido de Él, y que ahora se hará sacramento sobre el altar, inspire nuestros actos y nuestra vida.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXI del tiempo ordinario (31 de octubre de 2021)

Domingo XXX del tiempo ordinario (24 de octubre de 2021)

Homilía del P. LLuís Planas, monje de Montserrat (24 de octubre de 2021)

Jeremías 31:7-9 / Hebreos 5:1-6 / Marcos 10:46-52

 

La iglesia nos invita cada domingo a escuchar el evangelio; este año, sobre todo, durante este curso litúrgico que conocemos por ciclo B especialmente hemos escuchado al evangelista Marcos. De hecho, si lo hemos ido siguiendo atentamente, nos ha propuesto realizar un itinerario para ir profundizando nuestra realidad espiritual. La escucha del evangelio nos ha llevado a hacernos interrogantes, a intentar dar unas respuestas, a aprender a configurarnos con Jesús. Un trabajo, que seguro debemos seguir haciendo. Ahora ya estamos muy cerca del fin de toda esta enseñanza. Y yo mismo he de preguntarme qué he hecho de mi vida.

El evangelio de hoy, aparentemente no tiene mucho que subrayar: un ciego ha recobrado la vista. Pero si empezamos a fijarnos en un grupo de detalles nos damos cuenta de que esto ocurre a la salida de Jericó y en dirección a Jerusalén. Cabe decir que entre Jericó y Jerusalén hay un desnivel de 1200 metros y unos 30 Km de distancia. La costumbre era que si se iba a Jerusalén para vivir unos momentos especialmente importantes desde la perspectiva espiritual, se descansaba en Jericó (el día de descanso para los judíos era en sábado), y al día siguiente se retomaba el trayecto hasta Jerusalén. Sabemos que ésta era la decisión de Jesús: subir a Jerusalén, ésta sería la última y definitiva vez.

Hace un momento decía que el itinerario que hemos ido escuchando a lo largo de este ciclo litúrgico es para ir profundizando, siguiendo el mensaje de Jesús. ¿Qué he hecho de mi vida y qué sentido tiene? Y aquí el ciego Bartimeo hace que resuenen en mí mismo algunas cosas. Por mi parte no puedo decir que soy ciego, pero quizás en algunos aspectos de mi vida no acabo de ver en profundidad la realidad de quién soy. No soy un ciego desde el punto de vista físico, pero he sido llamado por el evangelio a abrir los ojos de la fe para ver qué me pide Jesús. Creo que no soy ciego, pero como Bartimeo estoy en la salida de Jericó para emprender el camino hacia Jerusalén, pero estoy al borde del camino, parado. De alguna manera me identifico con Bartimeo. Jesús emprende el camino a Jerusalén, el ciego Bartimeo se da cuenta, y de su alma sólo le sale un grito: «Hijo de David, Jesús, compadécete de mí» Y me pregunto a mí mismo, yo que estoy parado, ¿soy capaz de gritar lo mismo que el ciego? Porque llamándole reconozco que al ser Hijo de David, le reconozco como Mesías, lo reconozco como aquel que da sentido a mi vida, lo que me hace ver por qué estoy aquí. Quizás lo que sería más prudente sería callar y no hacer un revuelo que puede molestar. Los que acompañaban a Jesús querían que se callara. No sabemos quiénes son éstos, pero quizá estaban aquellos que escucharon el pasado domingo, que quien quiere ir con Jesús debe aprender a servir y no a mandar. A pesar de todo, ahora todavía le mandan que se calle. Y no digo que quienes ahora me acompañáis me pidáis que no haga alboroto, ¡pero es tan sencillo seguir tal y como estamos!

Con Bartimeo es Jesús quien me llama; yo sólo pido compasión, limosna para ir tirando; en cambio Él me llama para ser discípulo, para desinstalarme espiritualmente, por eso debo dejar aquellas cosas que parecían protegerme: el manto y el bastón. Para un ciego es como ir desnudo, para mí es desprenderme de mis comodidades. Y entonces, ante él, Jesús me hace la pregunta decisiva para mí: ¿qué quiero de Él?, y con Bartimeo ya no pido la compasión por ir tirando, ¡sino que vea! ¿Pero qué significa ver? La respuesta que le ha dado Jesús a Bartimeo es doble. Es necesario que la fe sea clave en mi comportamiento, porque creer es fiarme radicalmente de Él, y por tanto ser capaz de lanzar lejos de mí las seguridades que sólo me agobian y me condicionan (el manto y el bastón) para tomar las decisiones que orienten mi vida hacia una nueva manera de vivir y sentir y que llamaremos el Reino de Dios; y porque es esto, la fe, es lo que salva: «¡tu fe te ha salvado!» ¡Ahora mi vida puede tener sentido!

Pero el evangelio de hoy no ha terminado aquí. Nos ha dicho: «Al instante vio, y le seguía por el camino» Efectivamente hablamos de lucidez, por eso podemos hablar de ver pero con una connotación que explica la interioridad del hombre en una comprensión nueva, quizá desquiciada, renovada. Ahora bien, recordemos que era la última etapa para subir a Jerusalén, seguir camino adelante significa que con Bartimeo yo también soy invitado a andar y participar intensamente de lo que significa Jerusalén: la pasión, la muerte y la resurrección. ¡La Pascua! La lucidez de ver es penetrar en el misterio de Jesús y seguirle hasta el fin. A veces me pregunto si Bartimeo y yo tendremos el coraje de seguir a Jesús hasta la cruz. Yo pienso, lo confieso, que será la fortaleza de uno y otro, de la comunidad de discípulos, la que nos hará fieles, y así la experiencia de la resurrección se convierta en la fuerza que nos dé a todos la energía y el coraje de decir: Dios nos ama tanto que nos ha dado la vida para siempre a todo el mundo.

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (24 de octubre de 2021)

Domingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (17 de octubre de 2021)

Isías 53:10-11 / Hebreos 4:14-16 / Marcos 10:35-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

El texto que nos acaba de proclamar el diácono nos presenta dos situaciones contrapuestas. La primera situación es doble: por un lado la petición que Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, hacen a Jesús para estar a su derecha y a su izquierda cuando sea glorificado; y por otro lado, la indignación que suscita en los demás discípulos la petición de los dos hermanos.

La segunda situación, es la respuesta de Jesús a la petición que le han hecho, una respuesta paradójica, ya que no sólo asegura a los hermanos que beberán el cáliz que él ha de beber, sino que manifiesta explícitamente cuál es el sentido último de su vida: «el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás, y a dar su vida como rescate por todos los hombres».

Habitualmente, al escuchar estas palabras de Jesús, pensamos fácilmente en su donación en la cruz y olvidamos que toda su vida fue entrega y servicio. En realidad, la muerte de Jesús, no fue sino la culminación de su «desvivirse» constante. Día tras día, dio todo lo que tenía: sus fuerzas, la sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor.

Por eso podemos decir, sin lugar a dudas que el centro de la Palabra de Dios de este domingo es un término arriesgado y que tiene poca prensa hoy y siempre. El concepto es: servir, ser servidor. Verbo y sustantivo que chocan con el deseo de sobresalir y de dominar, propios de la fragilidad del corazón humano.

La primera lectura, del profeta Isaías, comenzaba así: «El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento». Jesús mismo en el evangelio explicita el sentido de su misión. Recordemos de nuevo: «el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás y dar su vida como rescate por todos los hombres». Con estas palabras, nos ha dado la definición más bella que se pueda dar de Dios y de él, de Dios, sólo sabemos lo que hemos visto y oído de parte de Jesús. Dios es aquel que continuamente viene al encuentro del hombre, y viene como nuestro servidor, como aquel que da la vida. En palabras de un teólogo italiano, el P. Ermes Ronchi, «Dios es el que viene, el que ama y el que sirve al hombre».

Jesús afronta directamente el contenido de la petición y también de la reacción del resto de discípulos, ya que unos y otros, todos, por supuesto, querían ser los primeros aunque quienes lo manifestaran fueran los dos hermanos. Y les dice: «quien quiera ser grande, debe ser su servidor, y el que quiera ser el primero, debe ser esclavo de todos».

Esta explicación de Jesús sobre lo que significa ser los primeros encontrará su concreción en el lavatorio de los pies, antes de la cena pascual. Dios no lanza truenos, sino que se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada uno de nosotros, como lo hizo con los discípulos, para lavarnos los pies. Es desde esta posición, desde abajo, que Jesús lava y venda las heridas que el hombre de todos los tiempos tiene / tenemos en los pies que tan a menudo están cansados y llenos de llagas debido a las dificultades para trillar los múltiples y a veces difíciles caminos de la vida. Estar por encima aleja y distancia, en cambio Dios ocupa la máxima proximidad, ponerse a los pies de los que ama entrañablemente, es decir, de todos sin excepción.

Aunque, según la lógica del Evangelio, sentarse a la derecha o a la izquierda de Jesús significa ocupar también dos lugares en el Gólgota, en el Calvario, es decir seguir a Jesús en todos y cada uno de los momentos de su vida, tanto en aquellos momentos en que se manifiesta como la voz de Dios obrando prodigios y milagros, como cuando se encuentra absolutamente desarmado en la cruz. Estar a su derecha o a su izquierda querrá decir también beber el cáliz del que ama primero, del que ama sin condiciones ni cálculos. En la cruz encontramos la explicitación del amor hecho servicio hasta el final. Por eso, Dios lo resucitó como confiamos nos resucitará también a nosotros.

Hermanos y hermanas, Dios es el sembrador incansable de nuestras vidas, las enriquece con fuerza, paciencia, coraje, libertad, para que también nosotros, como él, seamos servidores de la vida. Empezando por los que tenemos más cerca. Y ese es el gran título de honor que tendrán los discípulos: «¡ven siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te daré mucho más. Entra en el gozo de tu señor » (Mt 25, 23).

 

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Bendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Palabras del P. Manel Gasch i Hurios al final de la Eucaristía de su bendición abacial (13 de octubre de 2021)

 

Doy gracias a Dios por todo lo que hemos vivido hoy en esta celebración. Porque nos hemos sentido una comunidad que oraba e invocaba los dones del Espíritu Santo para fortalecer mi fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio en el servicio que mis hermanos me han encomendado como abad.

Una comunidad de oración abierta a todos los que estáis aquí, conscientes de que, si tal vez a todos no nos une la fe, sí compartimos la amistad, el respeto y la estimación por Montserrat. Una apertura que la tecnología ha extendido, como hace cada día, a través de los medios de comunicación a muchos hogares de fieles a los que quiero tener presentes en estas palabras, para hacerles sentir parte de nuestra asamblea, especialmente los enfermos y los ancianos .

«Acoged a todos» fueron las palabras que el Papa San Pablo VI dirigió al Abad Cassià M. Just y que han marcado la vida de nuestra comunidad. No podía ser de otro modo. Son palabras que también encontraríamos en el corazón de la espiritualidad de la Regla de San Benito y que estoy seguro que continuarán inspirándonos. El monasterio es siempre la casa de Dios y por lo tanto la casa de todos; para unos, los monjes, de manera estable y por los otros, los huéspedes, de manera pasajera, como Jesucristo que pasa; Montserrat es además la casa de la Virgen, de la Moreneta, de la Patrona de Cataluña, venerada por fieles y peregrinos de todas partes, la casa donde quisiéramos que todo el mundo se encontrara bien. Este santuario es el don que Dios ha hecho a nuestra comunidad y nos sentimos a la vez responsables y agradecidos.

Gracias en primer lugar al P. Manuel Nin y Güell, obispo titular de Cárcabo y exarca apostólico para los católicos de tradición bizantina de Grecia, que aceptó presidir esta bendición, con quien nos unen lazos de fraternidad y que, aportando un poco de la tradición de Oriente Cristiano ha hecho más católica, más universal, esta asamblea.

La comunión que personalmente me ha expresado, el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, mi ciudad de nacimiento, que hoy no puede estar con nosotros, y la presencia del Cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo emérito de Barcelona, y de nuestro obispo de Sant Feliu de Llobregat, Mons. Agustí Cortés, junto con la de los arzobispos de Tarragona y de Urgell, a este último le debo la ordenación presbiteral, más la presencia de obispos de todas las diócesis con sede en Cataluña y aún la del obispo de Mallorca, y la de todos los sacerdotes y diáconos que está aquí, nos dan cuenta de la profunda eclesialidad a la que estamos llamados los monjes de Montserrat: al servicio de las parroquias, de los sacerdotes y de los fieles. Un servicio que compartimos con tantos religiosos y religiosas, que nos complementamos en la diversidad de carismas y que avanzamos juntos en el discernimiento de la voluntad de Dios.

The monastic family couldn’t be higher represented in this celebration and I am most grateful to the most Reverend father Gregory, abbot Primate to have been able to attend it and to bring with him the communion and the prayer of the whole benedictine Confederation. Being just as we are a single monastery, your presence remind us that we are really part of something bigger than just us. Je remercie le Père Abbé Jacques Damestoy qui nous partage son amitié et celle de monastères français. También agradezco al Abad Guillermo, Presidente de nuestra congregación sublacense-casinense, a nuestros hermanos abades y monjes de los monasterios hermanos de El Paular, Silos, Leyre y Santa Brígida, que hoy nos acompañéis, así como la fraternidad de los abades y abadesas, monjes y monjas de los monasterios catalanes presentes aquí con quien compartimos la misión de hacer presente y viva la vocación monástica en nuestra tierra catalana.

La extensa representación del mundo civil, encabezada por el presidente de la Generalitat, Muy Honorable Sr. Pere Aragonés, la consejera de Justicia, honorable Sra. Lourdes Ciuró, la Delegada del Gobierno en Cataluña, Excma. Sra. Teresa Cunillera, la presidenta de la Diputación de Barcelona, Excma. Sra. Núria Marín, y todas las demás autoridades y representantes de entidades y medios de comunicación, nos recuerdan nuestra tradición de servicio especial a la sociedad y al pueblo de Cataluña, que se hace presente en toda su riqueza y variedad en Montserrat.

Nuestra comunidad de monjes no sólo estamos en Montserrat. Somos también monjes que nos dedicamos a nuestra diócesis de Sant Feliu de Llobregat o que vivimos en las casas del Miracle, en el Solsonès, y de Cuixà, el Conflent, que animamos la vida cristiana y espiritual de sus territorios; monjes que vivimos en Roma, colaborando con el ateneo universitario de San Anselmo; un monje que está en África, en Uganda, intentando mejorar la vida de los más pobres. Todos empezamos estas semanas una etapa nueva. No cambiaremos todos de lugar ni de trabajo pero sí que he pedido que nos pongamos juntos a escuchar.

En la proximidad del milenario del monasterio, en 2025, tenemos que ponernos a escuchar la voz de Dios, a escucharnos unos a otros, a escucharos a vosotros, convencidos de que si escuchamos, oiremos alguna cosa. Con la celebración del Milenario de Montserrat, el próximo 2025, queremos precisamente eso, acercar Montserrat a la sociedad. Nos gustaría que todo el mundo se sintiera suya esta celebración. Somos muy conscientes de que los mil años de Montserrat son también mil años de una sociedad con la cual han avanzado conjuntamente a lo largo de la historia. El Milenario es, a la vez, la oportunidad de proyectar Montserrat hacia el futuro. No empezamos esta etapa desde cero. Aquí cerca reposan los abades que restauraron el monasterio durante el siglo XIX e hicieron el Montserrat moderno. Mis antecesores que están aquí, los PP. Abades Sebastià M. Bardolet y Josep M. Soler son la memoria viva de la guía de la comunidad en los últimos más de treinta años. Ya lo he hecho públicamente, pero no puedo dejar hoy especialmente de agradecer a Dios y a él, los veintiún años de abadiato del P. Abad Josep M. Tenerlo entre nosotros, me da una gran seguridad y un gran confort.

Todos ellos, encabezados por los mártires que hoy conmemoramos, con todos los monjes que nos han precedido desde el cielo o desde la tierra, velan por nosotros e interceden ante el Señor, para que nos haga hombres de oración, de acogida y testimonios de bondad y de paz. Una comunidad que en estos momentos difíciles, después de la pandemia, sea capaz de dar esperanza verdadera a todos y solidarizarse con los que más sufrirán los efectos.

Finalmente quisiera dedicar unos agradecimientos más personales a los que también están aquí. A mi madre que tengo el placer que me acompañe hoy, y a mi padre, que nos dejó hace justo un año, a causa del Covid, a quienes debo la vida, la fe y el primer amor en Montserrat y que es bien presente. A mis hermanos, cuñadas, tíos y todo el resto de la familia por todo el camino que hemos hecho juntos y el que aún haremos. A los amigos, fieles durante tantos años y de los que espero que continuaremos siendo sencillamente amigos. Al Hermano Pedro de la comunidad de Taizé, lugar esencial de mi vida. To father Jonathan and to father Paul from the Church of England for so many years of friendship, and for taking the trouble to come from England to a such long celebration being unable to understand a word of it. También agradezco que estéis aquí tantos colaboradores y trabajadores de Montserrat tan cercanos en los últimos diez años de mi vida, en mi tarea de administrador-mayordomo y todos los que formáis la amplia familia montserratina: los oblatos, los cofrades, los Antiguos Escolanes.

Gracias especialmente a vosotros escolanes porque nos habéis ayudado a orar con la música y porque nos hacéis pasar tantas horas hermosas con vuestro canto y nos demostráis vuestra capacidad de sacar adelante tantos proyectos extraordinarios aun siendo tan jóvenes. Me acuerdo de vuestras familias y de la Capella, con algunos de los cuales compartíamos hace «sólo» quince años, educación, conciertos y viajes…

Y a todos los que sé que habéis trabajado mucho para garantizar la organización y la seguridad de este acto. A todos gracias de corazón.

Y quiero terminar recordando dos personas importantes en mi vida y que hoy no están aquí debido a la salud: monseñor Antoni Vadell, buen amigo de hace 25 años y el P. Ramon Ribera Mariné, formador mío en el noviciado y el juniorado. Que puedan recuperarse pronto.

Y si me he dejado alguien, quiera perdonarme. No ha sido con mala intención.

Pongámonos, pues, en camino bajo la mirada de la Virgen, la Rosa de Abril que desde Montserrat ilumina la catalana tierra, el mundo entero y nos guía hacia el cielo.

Abadia de MontserratBendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Bendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca Apostólico para los católicos de tradición bizantina a Grècia con motivo de la bendición abacial del P. Abat Manel Gasch i Hurios (13 d’octubre de 2021)

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24  / Juan 15:18-21

 

Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Estimado P. Abad Manel, queridos hermanos. La celebración litúrgica de hoy, como veis quienes estáis presentes personalmente u os unís a través de los diversos medios de comunicación, tiene un algo que la hace siquiera un poco especial. Hay, veis, muchos obispos, abades y sacerdotes concelebrantes, y muchos monjes. También es especial la presidencia de la celebración por parte de un obispo católico de rito bizantino que quizás para muchos es desconocido. Pero para otros seguramente no lo es tanto. Agradezco al p. Abad Manel la invitación paterna y fraterna a presidir esta celebración litúrgica en Montserrat. Celebrar en Montserrat es, para vosotros monjes y para mí que he formado parte de esta comunidad durante muchos años, y me siento todavía parte de ella, es celebrar «en casa».

Hay dos aspectos que son fundamentales en nuestra celebración y que quisiera subrayar. El primer aspecto: la memoria de los beatos monjes mártires, de los que celebramos hoy la fiesta, y a la liturgia de los cuales pertenecen las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado. El segundo aspecto: la presencia del p. Abad Manel Gasch, sentado aquí en el centro de nuestra celebración, para recibir la bendición como abad, como padre y pastor de este monasterio de Santa María de Montserrat.

El profeta Isaías nos ha presentado, sirviéndose de un lenguaje muy vivo y muy bello, la imagen del banquete preparado para todos los pueblos. A menudo los profetas, con imágenes festivas, casi de vida familiar, nos presentan la relación de Dios con los hombres, con su pueblo. Y con estas imágenes de vida familiar el profeta afirma: «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Todo el AT prepara el encuentro definitivo, en Jesucristo, de Dios con el hombre; lo hace, podríamos decir, con imágenes que llevan de una manera o de otra al Emmanuel, el Dios con nosotros. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Un Dios con nosotros, un Dios en medio de nosotros, que no nos ahorra el encuentro con la contradicción, con el sufrimiento, con la muerte. Este encuentro con el sufrimiento, con la cruz lo vivimos siempre pero seguros de que «… En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Esta podría ser la frase que encierra la vida y la muerte de tantos y tantos hermanos nuestros cristianos que han dado y dan la vida por Cristo, como lo hicieron nuestros hermanos monjes mártires, las reliquias de algunos de ellos que veneramos en la cripta de esta basílica.

En el evangelio de San Juan, en el fragmento que hemos escuchado tomado de su largo discurso de despedida, el Señor nos ha dejado su Palabra siempre viva, siempre presente en nuestro camino cristiano: «Yo os elegí del mundo .. . Todo esto os lo harán a causa de mi nombre … «. Os encontraréis con contradicciones, con persecuciones, con sufrimientos. Siempre «… a causa de mi nombre…», bien seguros, sin embargo, que «En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Vivir el Evangelio, ayer, hoy y siempre, no es nunca un camino llano, al contrario es un camino donde la cruz, la del Cristo y la nuestra, se hace presente. Es un camino donde un mundo, a veces hostil y a veces indiferente, nos pedirá razón de nuestra fe. La palabra del Señor: «Yo os elegí del mundo …», nos infunde la fuerza y el coraje para anunciar y vivir siempre el Evangelio, que es nuestra respuesta, nuestro testimonio en medio de los hombres.

Las lecturas de la liturgia de hoy tienen una fuerza especial precisamente porque son proclamadas en la fiesta de nuestros monjes mártires, de aquellos hermanos nuestros que, fieles a Jesucristo y a la profesión monástica que un día hicieron como monjes en este monasterio, derramaron su sangre como mártires, como testigos de aquel amor al único Señor de sus y de nuestras vidas aún hoy, Jesucristo el Señor, el único Salvador, el único Redentor. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. En la larga historia de nuestro monasterio-santuario, siempre a los pies de la Virgen, una historia milenaria, encontramos un gran número de santos monjes, anónimos ciertamente pero que han sido y siguen siendo piedras vivas en este edificio viviente que es Montserrat, cuyo símbolo es esta basílica que nos acoge. Y como corona de este primer milenio de nuestra historia, el Señor nos ha hecho el don de añadir, a la larga hilera de monjes santos y pecadores, fieles y débiles, jóvenes y viejos …, el Señor ha añadido la corona, la piedra preciosa de los mártires, de estos hermanos nuestros generosos y fieles, débiles y pecadores también seguramente, pero firmes en el amor de Cristo, que han hecho suya, como hacemos ahora nuestra, aquella estrofa que cantaremos dentro de unos días el primero de noviembre: «Chori … monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite» / «los corazones … de todos los monjes, junto con todos los santos, háganoslo familiares del Cristo «. Ellos, los mártires, por su testimonio y su martirio, junto con tantos y tantos que nos han precedido, interceden para que, también nosotros, seamos «familiares… de Cristo».

En este «corazón de todos los monjes, familiares del Cristo» te añades tú hoy, querido p. Abad Manel, con un nuevo ministerio como abad, como padre de este monasterio. Los griegos diríamos: «con esta nueva diaconía, este nuevo servicio». ¿Qué significa para ti, para los monjes, para los escolanes y para los peregrinos que hoy estamos en Montserrat, ser bendecido abad de este monasterio? Os propongo que sea ahora la misma celebración litúrgica la que nos guíe pedagógicamente en lo que significa para ti, para tu comunidad y para nosotros esta celebración.

Siguiendo el ritual, y ahora cuando termine esta mi homilía, te haré una serie de preguntas, a las que, con tu respuesta, manifestarás delante de Dios y de los hermanos, delante de la Iglesia, tu voluntad de llevar a cabo esta diaconía de que hablábamos.

Se te preguntará si quieres: «instruir a tus hermanos, guiarlos y enseñarles… llevarlos hacia Dios». A partir del día que la comunidad te eligió, no eres un administrador -o si quieres no eres «sólo» un administrador-, sino que eres alguien, que con la grandeza y la fragilidad de cada ser humano, desde tu condición humana -¡que Cristo ha asumido en su encarnación! -, «… has sido elegido para regir las almas haciendo las veces de Cristo». Instruir, guiar, enseñar, llevar hacia Dios. Una enseñanza, una guía, un acompañamiento, siempre «haciendo las veces de Cristo». A través de ti Cristo continuará enseñando, guiando, llevando hacia Dios. «Haciendo las veces de Cristo».

No temas cuantas veces leyendo la Regla de San Benito, o en tantos otros textos de los Padres de la Iglesia, se habla del abad o del obispo como «el que hace las veces de Cristo», como «vicario del Cristo”. ¡No renuncies, no renunciemos nunca a este título! Digo título pero quizás debería decir ¡sacramento! Creo que es el título / ministerio más precioso y más «de peso» que los obispos y los abades tenemos y que debemos custodiar. Es un «título / ministerio» que «pesa», te lo puedo asegurar, pero también es un título, una diaconía, que tantas y tantas veces te dará fuerza y consuelo.

Siguiendo el ritual de la bendición, invocaremos a la Virgen y a todos los santos. Las letanías manifestarán nuestra confianza como Iglesia en la intercesión y la comunión de todos aquellos hombres y mujeres que se han configurado a Cristo: María, los apóstoles… hasta nuestros hermanos monjes mártires que hoy celebramos.

Después vendrá la oración de bendición como abad: una epíclesis, una invocación del Espíritu Santo sobre ti y también de alguna manera sobre la comunidad que te ha sido encomendada. Lo que se pide para ti, también directamente toca la comunidad de los monjes. El texto nos resume algunos aspectos fundamentales de esta tu nueva diaconía:

Que con su enseñanza penetre el corazón de sus discípulos. Enseñar, por tu parte, acoger tu enseñanza por parte de los hermanos.

Que sepa la cosa difícil y ardua que ha aceptado: gobernar almas y acomodarse a muchas formas de ser … En cada monje encontrarás el alma dócil y el alma a veces terca … El corazón generoso y el corazón endurecido … ¡No desesperes nunca de la misericordia de Dios!

Más servir que mandar… Un servicio, una palabra, una enseñanza que a veces penetrará el corazón de los discípulos como una lluvia suave, y a veces tendrás la impresión de que pasa como un torrente que te parecerá que no deja huella. No te desanimes y ten paciencia.

No perder ninguna de las ovejas que tiene encomendadas: Ninguna oveja es despreciable, ninguna. Somos, siempre, ovejas que a veces cojean y a veces caminan con firmeza … Ninguna es despreciable, ni la oveja perdida, que tendrás que cargar una y otra vez sobre tus hombros, ni la oveja fuerte quien, te lo aseguro, le hará bien una buena palabra amistosa y animadora de vez en cuando.

Llenarlo de los dones del Espíritu Santo… Todo lo que harás, lo que enseñarás, será para ti y para los hermanos, un don del Espíritu Santo.

Que no anteponga nada que Cristo y que enseñe que nada le debe serle antepuesto. El Cristo, único mediador de quien nos hablaba la carta a los Hebreos, es Aquel que deberás anunciar siempre a tus hermanos monjes, a los escolanes, a los trabajadores de Montserrat, a los miles y miles de peregrinos que, pasada esta borrasca de la pandemia, el Señor continuará llamando a la santa montaña de Montserrat. Hombres y mujeres que subirán a Montserrat a buscar una palabra amiga, una palabra de consuelo, el sacramento del perdón, un lugar de silencio.

Acabaremos la bendición con la entrega de las insignias, de estos símbolos que harán presente, de manera comunitaria y litúrgica lo que eres y que tienes que ser para tus hermanos: se te dará la Santa Regla, el anillo, la mitra y el báculo, que manifestarán simbólicamente tu enseñanza, tu amor esponsal por la comunidad, tu magisterio y tu pastoreo, es decir tu plena configuración con Cristo. Símbolos que harán evidente, para ti mismo en primer lugar, y para los hermanos, esta nueva diaconía a la que el Señor te ha llamado.

Estimado P. Abad Manel: los Padres de la Iglesia han dado al obispo y al abad una serie de títulos a través de los que han querido indicar aquel que en cada Iglesia, y en cada monasterio, hace las veces de Cristo: padre, pastor, maestro, guía, timonel, médico -médico de las almas ciertamente, pero también médico de los cuerpos: ama, cuida, visita a los enfermos.

A estos títulos me permito añadir otro, no te asustes: ¡el abad es también «mártir»!. En el sentido más fuerte del término: mártir / testigo de Cristo en la comunidad, en la Iglesia, en el mundo que nos toca vivir.

Estimados hermanos, después de la bendición, celebraremos los Santos Misterios. Invocaremos al Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que haga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que nos haga también, a ti padre abad Manel y a todos nosotros, mártires de su Evangelio, testigos de su palabra de vida que acogemos cada día como monjes, como peregrinos en un mundo a veces sordo pero siempre sediento de una palabra viva, de consuelo, de misericordia, de esperanza.

En la Divina Liturgia bizantina, después de la narración de la institución de la eucaristía y de la epíclesis sobre el pan y el vino, después de que el Espíritu Santo ha hecho el Cuerpo y la Sangre de Cristo, invocamos a la Madre de Dios, aquella en el seno de la cual la Palabra se hizo hombre, se encarnó. También en esta celebración invocamos para ti y para Montserrat la intercesión de Santa María, la Virgen, para que sea ella siempre para ti y para la comunidad aquella guía que te muestre y te lleve al Cristo, el único mediador, Señor y pastor de nuestras vidas.

Retomo, con un añadido, la estrofa del himno de Todos los Santos de la que hablaba al principio: «Chori … abbatum monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite». Que los santos abades y monjes de la historia de este monasterio te y nos hagan «consortes Christi familiares del Cristo».

«Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Que nos fortalezca siempre esta esperanza el Cristo Señor, que reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos.

Amén.

 

 

Abadia de MontserratBendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (10 d’octubre de 2021)

Sabiduría 7:7-11 / Hebreos 4:12-13  / Marcos 10:17-30

 

No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que hoy hay en el mundo una gran pluralidad de pensamiento, de religiones, de sistemas políticos, económicos, filosóficos, científicos… Sobre todo, una confusión de ideas, pensamientos y actividades en las redes como nunca habíamos conocido. ¿Quién puede poner orden a todo esta confusión que hace que todo el mundo se pregunte, dónde está la verdad? Porque hay mucha gente que hoy se siente insegura, sin ningún punto de referencia, sin orientación firme.

La primera lectura nos da la respuesta: Encontrar la sabiduría. Es fácil decirlo. El sabio la buscó y al fin la encontró y no la cambiará por ninguna cosa valiosa de este mundo: ni oro, ni plata, ni ninguna sabiduría humana. Porque esta verdad sólo se encuentra en Dios. Esta sabiduría es la que han buscado los hombres desde el comienzo de tener uso de razón, y se ha ido plasmando en las diferentes religiones. Porque el hombre es un misterio entre la nada y el infinito. Cierto, el hombre es carne, pero tiene una aspiración infinita. Es mucho más que los irracionales. Buscar siempre superar sus conocimientos.

Una manifestación de la sabiduría nos la muestra la carta a los Hebreos: La Palabra de Dios, Jesús, es más cortante que una espada de doble filo, capaz de penetrar los pensamientos y las intenciones del corazón, porque es divina.

Esta sabiduría es desconcertante, como nos dice hoy el Evangelio. Nosotros, seres terrenales, pensamos como el joven rico. Nos basta cumplir la Ley de Dios, que es algo básico, pero que nos parece que no es suficiente, como lo indica la pregunta que el joven hace a Jesús: «Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la perfección? Jesús le dijo: Observa los mandamientos. Y él responde: Ya lo he hecho desde pequeño. ¡Admirable! Jesús se le miraría con afecto. Pero aún te falta una cosa: Si quieres ser perfecto, deja todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven conmigo a anunciar el Reino de Dios. Es decir, hazte mi discípulo. Pasa de la perfección humana a la divina. Esta exigencia era demasiado para él, sobre todo porque tenía muchas riquezas. Y Jesús le exigía confiar sólo en él. Y él tenía la seguridad en los bienes temporales. No se podía desprender de ellos. Hay que añadir, sin embargo, que no sólo las riquezas son bienes temporales, hay muchas otras riquezas: inteligencia, capacidades manuales o artísticas, matrimonio, posibilidad de hacer una gran carrera, de viajar, de divertirse, etc. y percibimos que cuesta de prescindir de esto, porque nos estimula.

Pedro, en nombre de los discípulos pregunta: » Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Podríamos añadir: ‘Esto es obra del Padre que os lo ha revelado, ya que nadie viene a mí, si el Padre no lo atrae’. Jesús había afirmado que «entrar en el reino de los cielos no es posible a los hombres, sino a Dios, que todo lo puede». Con todo, dice, esta sabiduría ya trabaja incluso en la tierra con el 100 x 1 de lo que se ha abandonado, pero, también, sufriendo adversidades, como Jesús mismo. Como él fue perseguido, también vosotros. Y Jesús acabó crucificado. Pero para resucitar, ser glorificado, y nos abrió el camino del cielo. 

La sabiduría de Dios, pues, exige relativizar las cosas de la tierra. Servirnos de ellas, pero sin perder nunca el destino final del hombre: el Reino que Dios nos tiene preparado desde la creación del mundo. Sólo teniendo como valor supremo lo que es eterno, podremos relativizar lo temporal; sólo amando lo que es infinito, podremos valorar lo que es finito; sólo teniendo a Dios en nuestro corazón, podremos menospreciar lo mundano. ¡Que Dios nos dé esta sabiduría!

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (3 d’octubre de 2021)

Génesis 2:18-24 / Hebreos 2:9-11  / Marcos 10:2-16

 

Creer en Dios es importante pero lo decisivo es que Él cree en cada uno de nosotros. Por eso no deja de dirigirnos su palabra recordándonos lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor fiel.

Los fariseos, para probar a Jesús, le proponen valorar la cuestión del divorcio. Jesús, para liberar la Ley de las acomodaciones interesadas, les habla del valor del amor original que es la fuente de la fecundidad de las relaciones humanas.

La respuesta que Jesús da a los fariseos, antes que nada, libera la mujer de la sumisión injusta al marido recordando su igualdad e idéntica dignidad según el relato del Génesis bien entendido, al que el Señor se refiere y hoy hemos escuchado en la primera lectura. La mujer no está atada al hombre como una pertenencia más de su hacienda para que éste pueda sacarla de su casa según le parezca amparándose en una legalidad de bajo perfil. El esposo está unido a la esposa y la esposa al esposo formando un todo humano y espiritual compartido.

En la segunda parte del fragmento evangélico de hoy, cuando los discípulos preguntan otra vez al respecto, Jesús, dirigiéndose a ellos, les responde limpio i claro: desligarse de la promesa de fidelidad al amor libremente hecha ante Dios, es adulterar la calidad de este amor que Dios ha bendecido y santificado convirtiéndolo en embajador de su Buena Nueva. Porque ¿qué es un matrimonio cristiano sino dos apóstoles que caminan unidos anunciando, con su vida conyugal y familiar, la realidad viva del Reino de Dios? Las actitudes que deterioran este amor no dejan de debilitar el testimonio de la autenticidad de su vida y de su fe.

A juzgar por las estadísticas podría parecer que no es posible vivir la fidelidad del amor conyugal. La catequesis mediática del «nada es limpio, todo vale y todo el mundo lo hace» en que nos encontramos rodeados, a pesar de parecer «muy liberadora», en realidad nos lleva más tristeza y dolor que placeres y alegrías. Pero las estadísticas no pueden desmentir la fidelidad que perdura en tantos matrimonios que continúan hoy manifestando la realidad del Reino Dios por medio de su amor fiel, que es reflejo del amor fiel de Dios por todos los hombres.

¿Se puede llegar a 50 o 60 años amándose en fidelidad y no morir en el intento? Lo he preguntado a muchos matrimonios y más o menos, con mirada de niños grandes, con una cierta socarronería y un punto de buen humor, me han respondido prácticamente igual: «Padre: ceder, ahora uno ahora el otro, para ganar los dos, aquí está el secreto «. La sabiduría de la experiencia no se debe menospreciar; ceder en lo secundario en beneficio de lo esencial, ceder, ahora uno, ahora el otro, para ganar los dos. Ceder, sin claudicar, estirar sin llegar a rasgar, es la manera de persistir en lo esencial, es una forma sana de aprender a negociar, a pactar, a respetar que, al fin y al cabo, esto es, en la convivencia humana, amar.

El evangelio termina con el relato de los niños acercándose a Jesús. El Reino de Dios, nos decía el Señor, es para quienes se hacen como los niños. Cierto: el Reino de Dios es para los que se hacen como los niños, pero no es un juego de chiquillos. El camino del amor fiel es toda su hoja de ruta. Porque el camino de la fidelidad mutua es un camino de conversión, de ceder sin claudicar, de estirar sin rasgar, un aprendizaje que nos hace pasar de ser una carga que se arrastra a ser un don que ayuda a ir adelante. Si nos acercamos a Jesús, no con prejuicios sino con confianza, como un niño busca el abrazo del padre y de la madre, su palabra de vida traerá paz a nuestro corazón, nos acompañará siempre y su presencia amorosa no nos dejará de recordar lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor y la fidelidad. El amor sin fidelidad es egoísmo, la fidelidad sin el amor sería esclavitud. Sólo el amor fiel nos puede hacer capaces de desatarnos de la esclavitud del egoísmo y abrirnos a la libertad fecunda del amor de Dios. De hecho, es lo que cantaba en nuestra Escolanía en el versículo del aleluya que acompañaba la procesión del evangelio: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». No faltará nada si cabe todo el mundo.

¡Vean ustedes si puede ser de efectivo creer en Dios! Pero lo decisivo sigue siendo que Él cree en cada uno y cada una de nosotros.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (26 de septiembre de 2021)

Números 11:25-29 / Santiago 5:1-6 / Marcos 9:38-43.45.47-48

 

Estimados hermanos y hermanas,

P. Damià RoureEn el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús nos hace sentir su fidelidad que no sólo tiene en cuenta A los que le siguen de cerca sino que manifiesta un gran respeto para cada persona. De una manera especial, aprecia a quienes ayudan a los demás, aunque sea con un trozo de pan o con un vaso de agua a quien lo necesita.

Por eso Jesús desea que tanto los apóstoles, como cualquier persona, y nosotros también, actuemos por el bien de todos. Así Dios ama al que da algo a quien lo necesita, ya sea una persona conocida como si no lo es.

Nos propone, pues, tener un espíritu sin fronteras y sin barreras, que nos lleva a descubrir, tal vez poco a poco, lo que hay de bueno en cada persona. Todo el mundo desea ser reconocido y tratado de manera normal, sin actitudes rígidas ni parciales. Preguntémonos sinceramente si, según nuestras posibilidades, podemos ayudar a los que lo necesitan. De esta manera compartimos con Jesús su manera de actuar para el bien de cada persona.       

Incluso en las cosas más pequeñas, Jesús nos anima a tratar bien a todos. Es bueno dar un vaso de agua a quien lo necesita, ya sea cristiano como si es una persona bien alejada de nuestra fe. Es la forma en que actuaba Jesús y que, gracias a los evangelios nos podemos hacer cargo, si lo leemos o escuchamos. Por eso nos hace tanto bien de conocer como Jesús hablaba y actuaba, y como lo hacía con naturalidad y sinceridad. Incluso, si tenemos puntos de vista diferentes de lo que tienen otras personas, en el Reino de Dios no hay enemigos, y lo mejor que podemos hacer es respetar a todo el mundo. 

Podemos apreciar también las actitudes positivas de muchas personas que no siguen nuestra fe cristiana, pero que mantienen en su corazón, y en su manera de vivir, un respeto para todos.            

En todo caso, debemos evitar cualquier malevolencia. Si lo pensamos bien, lo que queremos conseguir es vivir con una actitud positiva para el bien de todos: una manera de hacer que sea capaz de ayudarnos no sólo entre nosotros, sino también con todo el mundo. Y es cierto que muchas personas, en un momento dado, descubren en las palabras y las actitudes de Jesús una ayuda que les orienta y fortalece.               

Santiago en la segunda lectura: nos decía que no nos podemos fiar de nuestras riquezas, porque pueden oxidarse. Lo cierto es que Jesús ha querido liberarnos de muchas pequeñeces, actuando siempre a favor de todos, con un espíritu universal. Que sepamos seguir nuestro camino, a la manera de Jesús, con un espíritu amplio y abierto, mejorando siempre, si es necesario, nuestra manera de ser y de actuar, con un espíritu siempre ancho y abierto. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Domingo XXV del tiempo ordinario (19 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (19 de septiembre de 2021)

Saviesa 2:12.17-20 / Jaume 3:16-4:3 / Marc 9:30-37

 

Entre nosotros está muy arraigada la costumbre de emplear la palabra «servidor» como una fórmula de cortesía para designarse a sí mismo: lo podemos oír en las tiendas cuando piden tanda o preguntan a quién toca, lo sustituimos por nuestro nombre si alguna vez debemos leer en público, y consideramos que es más educado decir «servidor» que un simple «yo» cuando nos llaman por el nombre. Y además, es una costumbre que tiene una raíz muy cristiana: si soy cristiano, soy servidor. Vamos a verlo.

Estos domingos estamos recorriendo la narración de San Marcos correspondiente a la última subida de Jesús a Jerusalén, antes de su pasión y muerte. Según el texto, durante este trayecto Jesús anunció tres veces como sería su fin, y hoy nos ha sido proclamada la segunda: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará», decía el texto. Jesús no murió de mayor, en una cama y rodeado de los suyos. Jesús tuvo una muerte martirial, como Juan Bautista, porque no fue comprendido ni bien acogido. De hecho, ni sus mismos discípulos no acababan de comprender, porque pensaban que instituiría un reino como los de la tierra. Y por eso discutían sobre quién sería el más importante. Pero Jesús, haciendo uso de la paciencia y amor que predicaba, cuando llegaron a casa se sentó con ellos y se lo volvió a explicar: no se trataba ni de cargos, ni de poderes, ni de autoridades. Se trataba de servicio. Jesús vivió la vida como un servicio a los demás, y ellos tenían que hacer lo mismo y reconocerlo a él en los más débiles y humildes, y no en los fuertes y prestigiosos. Jesús todavía tenía que lavar los pies a los discípulos, y ellos todavía tenían que entender mejor.

La eucaristía que estamos celebrando es la prolongación de esta casa en la que Jesús se sentó con los doce para instruirlos. Es la continuación de aquel día que Jesús lavó los pies, como si fuera un sirviente, a sus discípulos. Porque hoy, aquí y ahora, es el mismo Señor resucitado quien nos instruye con las mismas palabras que instruyó a los que no lo habían entendido. Y la lección de vida cristiana que nos da es muy clara: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Ser cristiano no consiste sólo en la repetición de unos rituales o de unas costumbres, o en venir a Misa cada domingo. Ser cristiano es una manera de hacer el camino de la vida, una manera de ser hombre y mujer: consiste en vivir la vida sirviendo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Ser cristiano es encontrar en el servicio a los demás el sentido de la propia existencia, dándose y dándolo todo por amor. Y por eso les puso el ejemplo de un niño: parece ser que en el arameo que hablaban Jesús y los discípulos podía haber un juego de palabras, ya que la misma palabra o una muy parecida servía para llamar un «niño «y un» sirviente «o criado (como en catalán podría pasar con la palabra» muchacho «o» criada «). Y en ese tiempo, el sirviente era el encargado de acoger al que llegaba: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado». Al final, se trata de acoger a Dios a través de su palabra que ponemos en práctica. Por ello cabe preguntarse hoy si entendemos la vida como un servicio, o como una escalada que nos debe hacer llegar a alguna parte, o ser «alguien”… ¿Trabajo para ganar dinero, o para servir mejor a los demás? De la respuesta que demos dependerán muchas cosas, pero al final lo que cuenta es que sepamos convertir todo lo que hacemos en la mejor manera de servir a los demás. Ojalá que, si un día nos preguntan quién es el que al menos lo ha intentado, podamos responder diciendo: «Servidor».

 

Abadia de MontserratDomingo XXV del tiempo ordinario (19 de septiembre de 2021)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de septiembre de 2021)

Isaías 20:5-9a / Santiago 2:14-18 / Marcos 8:27-35

 

Queridos hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar, en la versión de San Marcos, cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías. Nos es más conocida la versión de San Mateo, más desplegada y coronada con el anuncio que hace el Señor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero el texto de hoy no incluye ninguna promesa sino, al contrario, una prohibición de hablar.

Esta versión de hoy, más antigua, contiene, sin embargo, igualmente la reprensión que Jesús hace a Pedro. El apóstol, con la candidez de quien quiere dar lecciones, se resiste a admitir que el mesianismo de Jesús no pasa por un triunfo humano, sino por el sufrimiento de la cruz y la gloria de la resurrección. Jesús es contundente: lo trata de Satanás, es decir, de adversario, de quien pone obstáculos al plan de Dios. Al apóstol no le quedó más remedio que callar y escuchar lo que Jesús dirige a todos: «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Tomar la propia cruz. Nos es pesado, hacerlo. Cuentan que uno de los llamados Padres del Desierto se quejaba de la peso de su cruz. Un ángel le condujo a una estancia donde había cruces de todas las dimensiones y pesos. El asceta las fue probando una por una diciéndose interiormente: «Esta, no… Esta, tampoco… Esta!». Finalmente había encontrado una que le gustó y se la quedó. El ángel le dijo: «Era la tuya …».

Como vemos, acompañar a Jesús en el camino de la cruz es condición esencial para ser discípulo suyo. No quiere decir que sólo los discípulos de Jesús tenemos cruces, porque sufrimiento, poco o mucho, todo el mundo tiene. Los seguidores de Jesús nos distinguimos porque somos llamados a tomar la cruz y creemos que Dios nos ayuda a cargarla. San Lucas añade el matiz «tomarla cada día», porque de una manera u otra siempre tenemos que seguir tras Jesús.

Nos podríamos preguntar si este seguimiento excluye todo tipo de felicidad en este mundo. No, si Jesús asumió la cruz es porque la confianza absoluta que tenía en la bondad del Padre le hacía tomar con él los sufrimientos humanos. Había, en el término de todo, la resurrección. Quizás sea más fácil decir esto, en cambio, es más difícil hacerlo nuestro. Pero si nos reunimos para escuchar y asimilar la Palabra de Dios, y especialmente el Evangelio, es porque sabemos que aquí encontramos el fundamento de nuestra esperanza.

En esta situación también vale el matiz de San Lucas «cada día», porque forma parte de la identidad cristiana saber que cada día es una nueva oportunidad para aumentar nuestra esperanza. Y junto con ella, la fe y la caridad que le son inseparables.

La pandemia nos ha enseñado muchas cosas. Y nos ha mostrado que la capacidad humana de hacer el bien no tiene límites. Yo te invitaría, por ejemplo, hoy que esta basílica vuelve a tener su aforo normal, hoy que comienza una etapa en la Escolanía con el ingreso de ocho niños cantores, os invitaría a saber valorar todas las novedades que cada día el Señor nos ofrece: en la propia vida, en la propia familia, en la propia comunidad. Es lo que nos decía hace una veintena de años un abad extranjero: saber volver la gracia de los comienzos, y algunos monjes nos acordamos.

Tengamos, pues, esta capacidad cristiana de asumir cada día la cruz y a la vez de enriquecernos con la esperanza de empezar cada día con la confianza de que Dios guía nuestro presente y nuestro futuro. Es realmente una gracia.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Solemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2021)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo (cf. respuesta al salmo). Lo hacemos, hermanos y hermanas, porque el nacimiento de Santa María es el término de todas las expectativas del Antiguo Testamento y el anuncio de la llegada del Salvador. Ella es la aurora que, después de la oscuridad de la noche extendida durante muchos siglos sobre la humanidad, precede el sol resplandeciente. Ella es la destinada a ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).

El evangelio que nos ha proclamado el diácono era, a través de una serie de nombres de personajes bíblicos, la síntesis de la historia del pueblo de la primera alianza. Nada, pues, de una lista monótona y aburrida. Sino proclamación de la fidelidad y de la gracia de Dios que llegan a su culmen con el nacimiento de la Virgen y, aún más, con el de su hijo Jesucristo. Detrás de cada nombre hay una historia que nos hace ver cómo, tal como decía san Pablo en la segunda lectura, Dios lo dispone todo en bien de los que le aman.

Por eso hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo. El nacimiento de Jesús, tal como nos es presentado en esta lista, es un acontecimiento único, fruto de la gratuidad amorosa de Dios. Pero bien insertado en un pueblo y en una familia concreta. La lista nos atestigua que Jesús, a pesar de su origen divino, es realmente hombre, verdaderamente «nacido de mujer», como dirá San Pablo (Gal 4, 4).

Es una lista, sin embargo, que, a la luz de los libros de la Sagrada Escritura, refleja una serie de debilidades humanas y gracias de Dios. Constituye una muestra de cómo Dios va llevando a cabo con firmeza y amor su plan de salvación a través de la historia humana. En medio de los altibajos de las personas y los hechos de cada día, incluso cuando puede parecer que no hay razón para la esperanza, como en el tiempo de la deportación a Babilonia. También entonces Dios llevaba adelante su plan hasta llegar a Santa María y el nacimiento de Jesús.

La gratuidad de Dios queda remarcada aún más en la mención que hace el evangelista de cinco nombres femeninos. Puede parecer sorprendente que en una lista hecha a partir de los nombres masculinos -que eran quienes daban la descendencia legalmente- haya unos nombres de mujer. Y no son los nombres de las mujeres más ilustres del Antiguo Testamento, como podrían ser Sara, Rebeca o Raquel. Los cuatro primeros nombres femeninos citados son personajes de una vida moralmente poco clara. Son: Tamar, mujer de un comportamiento muy dudoso con su suegro Judá; Rahab, una mujer pagana, prostituta, pero que llega a creer en el Dios de Israel y ayuda al pueblo de Dios; Rut, una mujer sin lacra moral y de una fidelidad probada, pero que era, también, pagana y de un pueblo que según la Escritura no debía ser nunca admitido en la comunidad del pueblo de Dios (Dt 23, 4 -5); ella, en cambio, creyó en Dios y fue incluida en el pueblo de Israel hasta llegar a ser la bisabuela del rey David, el precursor por excelencia del Mesías. De la cuarta mujer no nos es dado el nombre, pero sí que nos es presentada como mujer de Urías, también ella extranjera, esposa del general Urías; con ella David cometió adulterio y, después de hacer morir el esposo, la tomó por mujer y de ella tuvo Solomon, el rey. El rasgo característico común a estas cuatro mujeres es la no conformidad con las normas establecidas. Pero a pesar de la sangre extranjera, pagana, y en el caso de algunas a pesar de su conducta reprobable, el plan divino de salvación se realizó a través de ellas. Ellas entraron en el linaje del Mesías, son, pues, de la familia de Jesús. Nada ha sido capaz de interrumpir el curso de la bendición de Dios: ni los errores políticos y religiosos de los reyes mencionados en la lista, ni los pecados personales o colectivos, ni la no pertenencia al pueblo de la alianza. Toda la genealogía contiene un mensaje de universalismo y de gracia, subrayado aún más por los cuatro nombres femeninos. Y deja bien claro que el plan de Dios puede topar con las obstáculos que pone la libertad humana, puede tener que hacer eses, pero la fidelidad de Dios no hace marcha atrás, siempre sale adelante su propósito movido por su amor fiel a la humanidad formada por pueblos muy diversos.

En la lista, también hay nombres masculinos alabados por la Escritura. Son los que, con esperanza, confiaron en las promesas de Dios e intentaron vivir según sus mandamientos. Pero de muchos otros la Biblia hace un juicio negativo. Y a pesar de todo, son antepasados ​​del Mesías.

Jesús, pues, sintetiza en esa lista a toda la humanidad: judíos y paganos, buenos y pecadores. Jesús es amasado de la misma masa humana que nosotros. El Dios Santo a la hora de dar cumplimiento a las promesas se pone a nuestro lado, como uno más; y se abre camino a través de la debilidad y del pecado de los seres humanos.

La lista, antes de llegar a Jesús se detiene. Y hace mención de María. Es el quinto nombre femenino pero destacado en la manera de presentarlo. Ella tiene un papel mucho más importante y decisivo en la venida del Mesías, Hijo de Dios. El evangelista remarca su maternidad virginal, fuera, pues, del ritmo que ha marcado con la mención de todos los predecesores. El evangelista San Mateo remarca significativamente la gratuidad divina de la maternidad de María. En nuestra traducción no se puede expresar demasiado bien. Pero en el original griego se ve como la Madre de Jesús es puesta al mismo nivel de los nombres masculinos. A través de San José pasaba a Jesús la descendencia legal de David y de Abraham. Pero su origen humano sólo proviene de María.

Por ello, hoy todos aclamamos al Señor llenos de gozo. Con el nacimiento de la Virgen se inicia la aurora de la salvación definitiva. Todo vuelve a tener sentido. La oscuridad y la debilidad empiezan a no ser la realidad definitiva. El pecado puede encontrar el perdón. Y a través nuestro, frágiles y pecadores, continúa abriéndose paso la obra de la salvación como lo hizo en los siglos anteriores a Jesucristo. La última palabra no es la tiniebla, el mal y la muerte. La última palabra la tiene la victoria de Jesucristo, en la que participamos en la Eucaristía. ¡Hay, pues, razón -y mucha- para la esperanza! El evangelio de hoy que es fuertemente evangelio de la gracia, nos lo hace ver.

Dios lo dispone todo en bien de los que le aman. ¡Aclamemos todos al Señor llenos de gozo!

Abadia de MontserratSolemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)

Domingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Isaías 35:4-7 / Santiago 2:1-5 / Marcos 7:31-37

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Según los relatos bíblicos, al inicio de los tiempos, cuando Dios creó el cielo y la tierra, un buen día, el Señor se agachó, cogió polvo y formó al hombre y la mujer. Así fue dando forma a su creación más preciada. Con sus manos divinas hizo las orejas y les dio el sentido del oído, hizo la lengua y le dio la capacidad de hablar. Finalmente, hizo descender sobre ellos el aliento de vida y les mandó que fueran fecundos y se multiplicaran, que llenaran la tierra y la dominaran.

Así «Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, creó al hombre y la mujer» (Gn 1, 28). También en nosotros, como descendientes y herederos de Adán y Eva, hay inscrita en nuestro corazón la imagen y semejanza de Dios. Nuestra existencia no es fruto de la casualidad o del azar. Nuestra existencia es fruto del amor y de la voluntad de Dios. Y todos llevamos dentro esa chispa de la divinidad que nos hace hijos de Dios y nos llama a compartir en plenitud la vida divina.

Esta imagen divina que llevamos en nuestro corazón se convierte en aquel icono que hace presente a Dios en medio del mundo. Es aquel icono que nos abre a la trascendencia y nos dice que la humanidad siempre necesita y necesitará de Dios. Y precisamente por este motivo, el icono de Dios a menudo es rechazado. La humanidad está obcecada en construir un mundo sin Dios. Pasa entonces, lo mismo que pasó en el Gólgota: cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó. Ahora también: cuando eliminamos a Cristo de nuestra vida, su imagen queda rasgada.

Vivimos en una sociedad que podríamos llamar neoiconoclasta. Nos da miedo abrirnos a la trascendencia y nos da miedo abrirnos a Dios. Por eso, la mejor manera de rechazarlo es eliminar los iconos que lo hacen presente en medio del mundo. Y el gran icono de Cristo que es su Iglesia, a menudo rechazada, debe gritar desde su corazón: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? ¡Respóndeme! ».

Sustituimos el icono por el ídolo. Si el icono es la imagen que nos lleva hacia la trascendencia y hacia Dios, el ídolo es aquella imagen falsa que nos refleja a nosotros mismos y nuestro pecado. En vez de mirar hacia Dios, miramos hacia nosotros. Y es entonces cuando la vida deja de tener sentido y perdemos el fundamento de nuestra existencia. Nos construimos nuestros propios dioses, hechos a nuestra propia imagen y semejanza. Unos manantiales que tienen boca pero no hablan, oídos que no oyen. Y nosotros, lejos de Dios, corremos el riesgo de convertirse en sordos y mudos ante la fe.

Pero como decía el profeta Isaías en la primera lectura: «Decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis». Es Dios mismo que nos viene a salvar. Cristo viene a devolvernos la imagen y semejanza que había quedado oscurecida. Al igual que al inicio de los tiempos, Dios se inclinó y creó al hombre y la mujer, ahora, como hemos visto en el Evangelio, Cristo se agacha de nuevo y con el mismo polvo de los inicios restaura la imagen divina que se había rasgado.

Todos nosotros somos aquel sordo que casi no sabía hablar y que Cristo se encontró por el camino. Todos nosotros necesitamos que Cristo nos toque de nuevo y nos devuelva el oído y el habla para oír y proclamar la Palabra de Dios. Sólo Cristo puede hacerlo, él que es la verdadera imagen del Padre y ya estaba presente cuando Dios creó el mundo. Sólo Cristo puede salvarnos.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Domingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Deuteronomio 4:1-2.6-8 / Santiago 1:17-18.21b-22.27 / Marcos 7:1-8a.14-15.21-23

 

Habitualmente, en el Evangelio, los fariseos y los maestros de la ley, quienes se consideran representantes y guardianes de la verdadera fe, aparecen para controlar las palabras y las acciones del Maestro de Galilea. En esta ocasión, los fariseos critican a Jesús y a sus discípulos por no lavarse las manos antes de comer, transgrediendo una tradición, y haciéndose impuros a sus ojos. La respuesta de Jesús es atronadora: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

En el mundo griego, el hipócrita es el actor, el que hace un papel, el que lleva una máscara. ¿Y por qué algunos fariseos y maestros son acusados ​​de actores por Jesús? Porque con sus labios dicen una cosa, pero en sus corazones viven otra; se aferran a una pequeña regla por fuera, pero no hay amor en sus corazones. Parecen piadosos y devotos, pero por dentro son malvados, sin misericordia.

Las palabras más duras de Jesús en el Evangelio son precisamente contra los que se muestran como creyentes pero luego en realidad no lo son; quienes utilizan la religión y el nombre de Dios para el propio beneficio, para atraer apoyos sociales, para mostrarse como creyentes y dignos de confianza, pero que con sus opciones de vida son escándalo para los que sinceramente quieren seguir a Dios.

¿De qué sirve observar todas las tradiciones y normas, incluso las más pequeñas e insignificantes, si esto sólo sirve para mostrar a otros un sentido de superioridad religiosa y quizás convertirlo en motivo de orgullo, juicio, condena, sin, por otra parte, estimar profundamente lo que se profesa con los labios?

¿De qué sirve decirse cristiano porque se va a misa todos los domingos, se sigue el Catecismo al pie de la letra, se observan todas las disposiciones litúrgicas, se conocen todos los rituales sacramentales a la perfección, si esto sólo sirve para juzgar, para criticar, para sentirse mejor que los demás?

Esta es precisamente la hipocresía de la fe, cuando la vida religiosa se reduce al cumplimiento de unas reglas que no tocan el corazón ni la vida real, y la vida religiosa se convierte en una serie limitada en el tiempo de unos pocos gestos religiosos, pero no se convierte en una sentida opción de vida.

Pero también está el lado contrario, los que reducen la fe a dos o tres preceptos para tranquilizar la conciencia y sentir que ya han cumplido: ir a misa una vez al año, una limosna ocasional, una señal de la cruz a toda prisa, encender una vela de vez en cuando… y listo. Son aquellos que dicen: yo y Dios ya nos entendemos, no necesito que nadie me diga qué tengo que hacer; todo esto son cosas de mayores, ahora no tengo tiempo; quizás más adelante… En el fondo, no hay una inquietud religiosa. Para estos, Dios no interesa.

Ambas posiciones son el resultado de la indiferencia. Los primeros se han acostumbrado a vivir la religión como una práctica externa o una tradición rutinaria, que no toca el corazón. Los segundos no es que hayan tomado la decisión de apartarse de Dios, pero de hecho su vida se ha ido alejando.

Es evidente que estas actitudes se deben a la falta de cuidado de la vida interior: sólo si empiezo a bajar día a día a mi corazón podré reconocer mis tendencias oscuras, los sentimientos y pensamientos negativos a los que doy cabida o que me condicionan en las mis acciones, descubriendo que tengo necesidad de Dios y de su perdón.

Porque, ¿qué es lo que realmente hace a la persona impura, es decir, no disponible para Dios? Las cosas que salen de su corazón. Por eso, Jesús no se opone a la Ley, sino que la profundiza, va a la raíz del mal: el corazón. Jesús vino a cambiar nuestros corazones por medio del don del Espíritu Santo en nosotros, que nos transforma, nos cambia, en la medida que roguemos y luchemos contra las inclinaciones erróneas. Nuestra vida no cambia poniendo normas, renovando la casa, cambiando de look… sólo cambia si cambia nuestro corazón, y ¡sólo Dios puede cambiar nuestro corazón! Y entonces seremos libres para amar y para afrontar cualquier situación, incluso la más dolorosa.

Jesús realmente vino a la tierra como un hombre, y no representó un papel. Nuestra fe nos enseña que Él, como verdadero hombre y verdadero Dios, quiso enseñar a la humanidad que Dios no es una serie de acciones exteriores momentáneas, sino una elección profunda que cambia la vida real de uno y el mundo real.

Hermanos y hermanas,

Jesús quiere realmente que seamos libres, plenamente responsables ante Dios y ante nuestros hermanos, con plena conciencia de nuestras acciones y opciones. Jesús vino a darnos el Espíritu Santo, para superar nuestra incapacidad de amar, para superar estas contradicciones que tenemos en el corazón.

Todos necesitamos dejarnos curar, transformar por Dios, para estar verdaderamente disponibles para Él. A esto quiere llevarnos Jesús. Esto es lo que vino a hacer, como nos prometió: Os daré un corazón nuevo, pondré un Espíritu nuevo dentro de vosotros.

 

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Domingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Homilía del P. Valentí, monje de Montserrat (22 de agosto de 2021)

Josué 24:1-2.15-18 / Efesios 5:21-32 / Juan 6:60-69

 

Estimados hermanos y hermanas:

Todas las lecturas de este domingo nos hablan de Eucaristía, de libertad, de fidelidad, de confesión de fe y de alianza matrimonial.

La primera lectura que hoy nos ha sido proclamada es la Alianza de Siquén, bajo la montaña del Garizin, hoy el pueblo de Nablus. Josué, el ayudante y sucesor de Moisés, mantiene un diálogo con todas las tribus de Israel, con sus dirigentes, jueces, ancianos y magistrados. Él con su autoridad los exhorta a creer sólo en Dios y les pide que dejen los otros dioses que sus padres habían adorado cuando estaban en la región occidental del Éufrates y en Egipto. Josué sabe que desde el paso del Mar Rojo, el Pueblo de Israel es libre, por lo que los hace escoger; ¡No hay de ninguna manera un término medio!: «Él y su Familia han decidido adorar al Señor!». La libertad, en primer lugar, los obliga a tener que escoger, a tener que elegir donde ponen su esperanza. Y el pueblo de Israel elige el Señor: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses!». Hoy día queremos ser libres del todo, pero nos cuesta elegir, nos cuesta tomar decisiones firmes, contundentes, radicales y para siempre. Se nos hace muy difícil de entender que el camino de la vida y el camino Cristiano, implican una firmeza, un decidirse constantemente. Nos da miedo elegir una opción que significa eliminar otras, pero la vida es así y esto es avanzar. Desgraciadamente, la opción contraria, es quedarse en un estado de adolescencia permanente. O aquella persona nerviosa que busca en todo y para todo una fecha de caducidad, un código de barras de finitud.

En la segunda lectura, de la carta a los Cristianos de Éfeso, se nos habla del matrimonio, que es una opción libre, un compromiso, una alianza de Amor recíproca, y también, de sumisión mutua, de estimación y amor total de los dos esposos. Es siempre una libertad total, y no es auténtica libertad total si no va acompañada de la fidelidad y de la responsabilidad mutua. Si hay verdadero Amor, no hay ni primero ni segundo, hay solamente un Matrimonio, una Familia Cristiana, una escuela de Amor, una escuela de servicio. El apóstol San Pablo, llega a comparar a un «gran misterio» esta estimación total. «Cristo es la Cabeza y Salvador de la Iglesia, que es como su cuerpo». Como una sola familia, y un solo Amor recíproco, del Cristo y su Iglesia.

El Evangelio que el Diácono nos ha proclamado, es el epílogo final del capítulo sexto de Juan, el Pan de Vida. Encontramos a Jesús en la ciudad de Cafarnaúm a la orilla del lago de Tiberíades en la región de Galilea. Jesús en medio de la multitud pide a todos sus seguidores, (Apóstoles, Hombres y Mujeres, Maestros de la Ley y Curiosos), su fidelidad total a Él. Pero sus Palabras, que son espíritu y son Pan de Vida, y que es Don del Padre el reconocer a Jesús como Señor, abocan a muchos discípulos a una situación de crisis, de abandono. Encuentran incomprensible su lenguaje de exigencia personal. Seguían al Maestro exteriormente, pero no habían llegado a admitirlo interiormente. Jesús muy consciente de la grave situación interroga a los mismos Apóstoles con una pregunta decisiva, trascendental y crucial: «¿También vosotros queréis marcharos?» Ahora toca a todos decidirnos, elegir,  elegir con libertad, ¡se trata del todo o nada! Simón Pedro toma la Palabra en nombre de toda la Iglesia de ayer, hoy y siempre, y hace su sincera, humilde y confiada profesión de FE con Palabras del Pescador: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Palabras simples que manifiestan una gran confesión de Fe. Ser seguidor de Jesús hoy, supone mantener firmemente los propios criterios ante la general incomprensión e incluso ante el desprecio activo social.

Hermanos y Hermanas. Las lecturas de hoy nos llevan y nos han preparado el camino hacia la Eucaristía, la gran acción de gracias que estamos celebrando. Participemos pues activamente de la Mesa del Pan de Vida que es comer su Cuerpo y beber su Sangre, prenda y esperanza, de vida eterna hacia la que todos tendemos. Que Jesús- Sacramentado sea nuestra fuerza, nuestra generosidad y nuestro Amor Liberador. Amén.

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2021)

Apocalipsis 11:19; 12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Tal como acabamos de escuchar, es, hermanos y hermanas, el cántico de María en la Visitación. Al meditar en su corazón el Misterio de la Encarnación del cual ella es depositaria, estalla en un canto de alegría y de agradecimiento: Dios ha mirado la humillación de su esclava y ha obrado maravillas en ella: la ha hecho madre del Cristo. La maravilla de la Encarnación del Hijo eterno del Padre nos hace ver la magnitud sorprendente de la ternura de Dios por la humanidad y cómo su amor se extiende de generación en generación.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de María, la Virgen, en su Asunción. La más humilde entre las sirvientas del Señor «entra radiante» en la gloria celestial (cf. canto de entrada). Y su espíritu se alegra en Dios, la hace participar plenamente de la Pascua de Jesucristo. Una nueva maravilla que el Todopoderoso ha hecho en la humildad de su esclava. Hoy contemplamos gozosos cómo la resurrección de Cristo es realmente el inicio de la glorificación y de la entrada definitiva en el Reino de todos aquellos que por la fe y las buenas obras siguen el Evangelio. María, que ha ido por delante de todos en el seguimiento de su hijo, nos precede también en el camino hacia la vida eterna. San Pablo nos decía, en la segunda lectura, que cada uno resucitará al momento que le corresponde: Cristo como primicia,… luego todos los que son de Cristo. La primera de los cuales es, según la fe de la Iglesia, Santa María. Esta realidad hoy particularmente nos llena de alegría. Y nos estimula en nuestro camino de cristianos, porque nos muestra cuál es la meta, cuál es el término hacia dónde nos encaminamos: participar de la plenitud pascual de Jesucristo y, por tanto, encontrar nuestra plenitud personal, en la felicidad eterna, sin dolores ni llantos.

María es Asunta no tanto por haber sido la Madre del Señor como por su santidad extraordinaria de vida. Nos lo enseñan todos los relatos evangélicos que hablan de ella. Pero ahora, como síntesis de todos, quisiera recordar uno, el que ha sido proclamado en la vigilia de esta noche. Cuando una mujer, queriendo honrar a Jesús, grita entre la gente: Feliz la que te llevó y los pechos que te criaron, Jesús enseña que María no es afortunada por ser biológicamente su madre, sino por haber escuchado la Palabra de Dios y haberla guardado; es decir, por haberla meditado en el corazón y puesto en práctica durante toda la vida. Ha sido su obediencia en la fe lo que la ha predispuesto a recibir la Encarnación del Hijo de Dios. Y ha sido, aún, la obediencia de la fe hasta la cruz y hasta Pentecostés, lo que la ha llevado a la gloriosa Asunción. Porque ha vivido la humildad entra en la exaltación celestial.

La humildad es inseparable de la obediencia de la fe. María sintetiza en su persona la actitud espiritual de los pequeños y sencillos alabados por la Escritura. Y es que la acogida de la Palabra y la obediencia que conlleva sólo son posibles desde la humildad. Por eso, el Señor enaltece a los humildes, mira la pequeñez de sus sirvientes, colma de bienes a los pobres y los hace experimentar su amor entrañable.

Es sobre todo la fidelidad humilde de María, pues, lo que la hace feliz, lo que la hace bienaventurada; lo que la hizo feliz en su vida terrena y que la hace feliz por toda la eternidad en la gloria del Reino. Por eso la Iglesia, de generación en generación, la proclama bienaventurada. Y ella, en la presencia de la Santa Trinidad, continúa eternamente su canto de alabanza y de acción de gracias: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Este es el canto, también, de la Iglesia, que se siente pequeña ante la inmensidad y la santidad de Dios, que se siente débil ante el mal del mundo, que se siente pobre por los pecados y las limitaciones de todos sus miembros, pero que se sabe habitada por la fuerza del Espíritu, que se sabe Esposa amada de Jesucristo, lavada, purificada y santificada por su sangre. La «Virgen y Madre de Dios, asunta al cielo, es imagen y primicia de la Iglesia gloriosa, modelo de esperanza cierta y consuelo del pueblo que camina», tal como lo proclama la liturgia de hoy (cf. Prefacio). Cantemos cada día el Magníficat, con su fuerza consoladora y su fuerza profética, juntando nuestra voz a la de toda la Iglesia, movidos por la esperanza – «cierta», como dice la liturgia- de llegar, cuando termine nuestra carrera en la tierra, allí donde ella ya ha llegado.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de nuestra comunidad monástica y de los peregrinos reunidos en esta casa de la Virgen. Desde su Asunción, María está espiritualmente presente en todo. «Su santidad ennoblece todas las Iglesias», canta la liturgia del 8 de septiembre en la fiesta de su natividad. Y, ciertamente, desde hace siglos este santuario es ennoblecido por la santidad de la Virgen; aquí se ha querido hacer presente en espíritu y obra maravillas, ni que a menudo sólo sean conocidas en la intimidad de los corazones. Venerar a la Virgen, como hacemos en este lugar, pide reproducir más en nosotros el modelo que encontramos en ella en la acogida de la Palabra del Señor con un corazón humilde y disponible y ponernos a disposición de los demás para ayudarles, para servirlos.

Con esta actitud debemos acoger a Jesucristo ahora en la Eucaristía. Y expresarle nuestra alegría y nuestro agradecimiento unidos a Santa María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque a pesar de haber mirado nuestra pequeñez, obra maravillas en nosotros.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2021)

Domingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (8 de agosto de 2021)

I Reyes 19:4-8 / Efesios 4:30-5:24 / Juan 6:41-51

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar un fragmento del capítulo sexto del Evangelio de San Juan, al que los entendidos llaman el discurso del pan de vida. Este discurso comienza con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, dando de comer a una multitud, al igual que Dios hizo en el desierto con su pueblo, y después de cruzar el mar. En él se nos presenta a Jesús como el verdadero pan del cielo, un término que el Antiguo Testamento utiliza para el maná, y del que la humanidad, no sólo el pueblo de Israel, debe alimentarse por la fe. Él es el medio por el que llega la vida de Dios al mundo. En el fragmento que hemos oído hoy el Señor revela el sentido de la vida cristiana y cómo este es el fruto, no tanto del esfuerzo de cada uno de nosotros, como de dejarse atraer por Él.

Los judíos habían puesto en duda el papel de Jesús como enviado de Dios, señalando su humanidad: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». ¿Quién les podría reprochar su incredulidad? Pero Jesús les responde a partir de las Escrituras e indicando la necesidad de la intervención del Padre en el origen de la fe. Reconocer a Jesús es entrar en el misterio divino, lo que no puede realizarse sin la iniciativa de Dios.

Dice el Evangelio: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.» Ir a Jesús es lo mismo que creer en Jesús. Con estos términos se describe la fe como una relación, como acercarse a una persona. A Jesús lo encontramos en la lectura del Evangelio, en la Eucaristía, en los hermanos, pero el creer es más que verlo: hay que acercarse a Él, hay que dar el paso de la fe, hacerse amigo, porque «ir a él» es aceptar la invitación de Dios.

Puede parecer más natural o más fácil buscar en otro lugar el sentido de nuestra vida, en certezas aparentemente más sólidas, más inmediatas o que creemos que dependen únicamente de nosotros mismos. Pero, en realidad es una ilusión, todos conocemos las limitaciones y la fragilidad de las cosas humanas. Es mucho mejor confiar en Dios, que ha escogido la finitud para manifestar el infinito, que ha escogido las palabras de un hombre para manifestar su Palabra.

No hay necesidad de esfuerzos sobre humanos para comprender las cosas del cielo. Quien desee conocer a Dios debe conocer a su Hijo. Quien quiera comprender el misterio de Dios, basta que lea el Evangelio. Quien se deja atraer por el Evangelio se deja atraer por Dios y recibe un alimento que no muere; un amor que no traiciona, sino que dura eternamente y es capaz de transmitirnos la vida que dura para siempre.

Alimentarse de Cristo significa saber acogerlo en la propia vida y dejar que su Palabra se convierta en la energía que alimenta nuestras acciones, los pensamientos y las palabras y dirige toda la voluntad hacia la voluntad de Aquel que quiere que seamos como Él en todas las cosas, que seamos verdaderamente santos.

En Jesús la vida encuentra la satisfacción de sus necesidades, porque Él es la respuesta a lo que se encuentra en el fondo de toda búsqueda. Jesús es el verdadero pan de vida, y no el maná del desierto. La diferencia entre ambos se encuentra en sus consecuencias, la muerte o la vida.

Hermanos y hermanas, el pan ofrecido en el desierto a Elías, agotado por la fatiga y deprimido por el deseo de muerte, se convierte para nosotros en un símbolo del «pan de vida» que es Jesús. El agua ofrecida junto con el pan se convierte para nosotros en un símbolo del don de la vida eterna, del don del Espíritu Santo. Como Elías, caminemos hacia la montaña de Dios, el Horeb de la presencia del Padre que nos espera a todos para la comunión eterna con Él.

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Domingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de agosto de 2021)

Éxodo 16:2-4.12-15 / Efesios 4:17.20-24 / Juan 6:24-3

 

Hoy, la Liturgia nos trae un tema único: la separación del Reino de Dios del reino del mundo. No opuestos, sino independientes. «No se puede servir a Dios y al dinero» y «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

Hoy, la cultura del bienestar, de las instalaciones y de la comunicación nos empuja en la dirección fácil, pero de esclavitud: hacia abajo, y nos hace olvidar la dirección hacia arriba, de libertad, hacia Dios. Y no se trata de negar la bondad de los medios modernos que favorecen la independencia de la vida, sino de no quedar absorbidos, subyugados. Jesús no se negó a participar en actos humanos, pero su misión fue la de enseñarnos a buscar a Dios, sobre todo. Y esto lo ha olvidado la cultura actual. Es más, se opone. Y con ello deforma la imagen del hombre, que es cuerpo y espíritu. Es terrenal y destinado al cielo. De lo contrario, ¿qué sentido tiene la existencia? ¿Ser como los animales? ¡Creo que somos algo más!

El texto del Éxodo presenta al pueblo pidiendo comida en el desierto, y Dios les concede un pan y una comida inesperados, pero los pone a prueba exigiéndoles recoger sólo para cada día. Quiere que reconozcan su dependencia, que él tiene providencia de su pueblo. Es decir, quiere que crean en él.

San Pablo nos dice que los creyentes no podemos vivir como los paganos que no conocen a Dios, que viven volcados a las cosas corruptibles; que «Cristo os ha enseñado… a renovaros en la mente y en el espíritu. Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas». Es necesario, pues, que tengan conciencia de que son hijos de Dios y que lo demuestren con su vida, que sean hijos de la luz y no de las tinieblas, a fin de que quienes los vean glorifiquen al Padre del cielo. Están en el mundo, pero no viven como el mundo. Que somos caminantes hacia el cielo.

En el Evangelio vemos que la gente busca a Jesús entusiasmada, porque les ha dado pan multiplicado milagrosamente. Pero Jesús les pide que busquen el pan que no se estropea y da vida eterna. ¿Qué pan? Es necesario que crean en aquel que Dios ha enviado, que es el que realmente ha bajado del cielo; no como el pan que dio Moisés en el desierto. Y este pan es él mismo. Él es el pan que da la vida verdadera y satisface plenamente el hambre; y él, quien también apaga la sed con el vino de su sangre. Es decir, Jesús apunta a la dimensión del hombre destinado a la vida eterna, pero hay que tener fe en él. Y eso, evidentemente, conlleva renuncias, no en la dimensión material, sino a la esclavitud de estas cosas. Hay que usar de ellas, pero usarlas bien, nunca abusando. Hay que ser señores y no sirvientes de ellas. Hay que ser libres y no sus esclavos. Es seguir el camino estrecho que lleva a la vida eterna.

Si tuviéramos presentes los miles de toneladas de comida que anualmente se tiran en los países ricos, por su mal uso, quizás los pobres no pasarían tanta hambre. Si fuéramos cuidadosos con los residuos que polucionan tierras, ríos y mares; si no malgastásemos carburantes fósiles, podríamos tener un clima más favorable y se evitarían lluvias devastadoras. Es cuestión de conciencia responsable. De seriedad cristiana. Esta conducta se traduce en esta frase de Jesús: «Haz a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti». Esto es hacer la voluntad de Dios: no buscar mi bien o mi comodidad, sino evitar hacer daño a los demás con mi mala conducta. Y es que podemos matar sin disparar un arma, de lejos, desperdiciando. Que Dios nos abra los ojos en este camino del amor que lleva hacia el cielo.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Solemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:33; 5:12.27-33; 12:1b-2    o bé 11:19-21;12:1-2.24  /  2 Corintis 4:7-15 / Mateo 20:20-28

 

La contundente afirmación de Jesús en medio de la discusión entre los apóstoles, para ver cuáles de ellos podrían ocupar los primeros lugares en el Reino de Dios, nos aclara, sin rodeos, que la ambición de poder no es el camino. Entre vosotros no debe ser así, les dice el Señor. La relación con Jesús, que funda el Reino de Dios, no se mide por los méritos y privilegios sino por la generosidad y la amistad, por el hecho de compartir una misma manera de situarse ante el mundo, tal como lo hizo Jesús que no vino a ser servido sino a servir a los demás y dar su vida en rescate por todos los hombres.
Santiago, uno de los protagonistas destacado de la discusión, como los otros discípulos, tuvo que saber deshacer el camino andadopara poder seguir las huellas de Jesús que iban justamente en dirección contraria a la que él, con su impetuosidad, presuponía. El camino de Santiago es también el nuestro, es el camino de la amistad con Jesús, un camino que el evangelio describe como una peregrinación a la ciudadsanta, una subida a Jerusalén en diferentes etapas, un camino marcado con las señales imprescindibles que aseguran el sentido correcto de este recorrido vital en el que todos nos encontramos por el hecho mismo de existir.
La primera señal que nos sitúa correctamente en actitud de salida es la bendición de Dios, la llamada personal de Jesús para cada uno de sus discípulos. Es una etapa que comienza justamente deteniéndose, deteniéndose para escuchar, para reconocer la voz que encuentra respuesta en lo de mejor de nosotros mismos que aún está por realizar; y esa voz es la de Jesús que nos llama a ir con Él.Sin saber con quién, dónde y aqué se va, se pueden dar muchas vueltas, pero no se emprende ningúncamino.Las etapas siguientes, más largas o más cortas, de camino llano o empinado, forman parte de este acompañar a Jesús, estar con Él, entender su predicación y saber leer los signos de luz y de vida que lo acompañan. Sin pararse a escuchar no se puede comprender demasiado nada, y sin entender no se puede valorar ni amaren verdad.
De los diferentes desacuerdos con Jesús que Santiago y su hermano Juan tuvieron en este camino, el descrito en el evangelio de hoy nos es una ocasión para comprender el auténtico carácter de la misión evangelizadora que los apóstoles iniciaron una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos: servir y darse, todo lo contrario de lo que ellos tenían en la cabeza en ese momento. Parecería que, dada la condición humana, sólo desde el poder se puede hacer efectiva lapropuesta del evangelio, pero Jesús nos hace ver que este no es el camino. Él no ha venido a dominar sino a servir; ha venido a hacer posible,con la donación de su vida por todos los hombres, un cambio cualitativo en la condición humana, recreándolade nuevo en Élmismopara que pueda resurgir con su verdadera fisonomía hecha a semejanza del Creador.

El camino de los discípulos es el mismo camino que el Maestro ha marcado. Los discípulos lo han de realizar,sin embargo, desde la conciencia de ser como vasijasde barro que sin embargo llevan el tesoro del ministerio que Dios les ha confiado. Con su propia vida deben anunciar la cruz y la resurrección del Señor y el don del Espíritu que Dios sigue infundiendoen el corazón de los hombres. Servir y darse, es el Camino.
El servicio se acredita por su utilidad, de lo contrario es más un estorbo que una ayuda. El servicio de los discípulos de Jesús es el de la Palabra del Evangelio, palabra útil a la inteligencia y eficaz para la buena calidad de las relaciones humanas, palabra viva que infunde esperanza ante los enigmas irresolubles del mal, del sufrimiento y de la muerte. Darse, como discípulo del Señor, es hacer presente con la manera de vivir, en medio de las contingencias humanas, la realidad liberadora del Reino de Dios. El camino de este Reino no pasa por la ambición del poder sino por su deseo deservicio; no se trata de imposición irracional sino de donación inteligible, liberada y gratuita; no es tanto elocuencia y promesas como hechos limpios y claros.
El camino que Jesús propone a todo el que quiera ser útil en el mundo, es el del servicio humilde, particular y concreto que cada uno puede hacer dentro de este gran proyecto de fraternidad y de paz que Jesús ha abierto.Es un camino no exento de contrariedades y de problemas, y sería ilusorio pensar que no conlleva renuncias y sufrimiento. No es el poder lo que sube a la cabeza sino la cabeza que baja al poder. El egoísmo humano, el afán de protagonismo y la ambición de poder son caminos de bajada con muchapendiente que, sin la ayuda de Dios, no es posible vencer la inercia negativa que arrastra y se lleva por delante lo que sea. Por otra parte, nadie ama por decreto ley. Es necesariaesta liberación interior que el amor resucitado de Cristo genera en todo el que lo acoge con sinceridad y verdad.
Acojamos, pues, con gozo la bendiciónde Dios que cada día nos renueva su amor, y vivamos con humildad y perseverancia el servicio de la Palabra y la donación en la caridad: Es este el Camino: servir y amar.
No me queda más que deciros y decirme a mí mismo, hermanos, lo tanconocido que resuena cada mañana a las puertas de los albergues del Camino de Santiago:¡Buen camino!
Abadia de MontserratSolemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Domingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Jeremías 23:1-6  /  Efesios 2:13-18 / Marcos 6:30-34

 

Estimados hermanos.

Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, que quiere guiarnos a buenos prados, donde podamos alimentarnos y descansar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es la plenitud de la vida en el seno del Padre. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización.

En el evangelio de hoy hemos visto que los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El descanso de las tareas apostólicas consiste en estar con el Señor, disfrutando de su intimidad. Sin embargo, la caridad del Buen Pastor es la norma decisiva de las acciones de Jesús; ante la presencia de una multitud que eran «como ovejas sin pastor» Jesús se compadece e interrumpe el descanso antes incluso de comenzarlo. Frente a los malos pastores que dispersan las ovejas porque buscan su propio interés, los discípulos de Jesús deben compartir la misma compasión y la misma solicitud del Maestro por la gente con necesidad de escucharlo.

Seguramente somos bastantes los que experimentamos una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de donde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, como hemos de vivir. En cuanto a todo esto hay muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir; parece que cada vez tenemos menos claro para qué hemos venido a la vida y adónde vamos.

En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor. Jesús hizo esta constatación cuando vio la multitud que le seguía en despoblado porque, entre las diversas corrientes de pensamiento de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura; en la confusión, ya no sabían qué decía Dios.

El Salmo 22 que hemos cantado, puede dar luz a nuestra vida. Expresa con una fuerza poco común la sensación de paz y gozo de quien se sabe guiado por el Señor. El salmista hace alusión a los peligros, pero no como amenazas que están al acecho, sino como quien se siente libre de peligro en la presencia protectora de Dios.

También nosotros podemos dejarnos empapar por los sentimientos que este salmo 22 manifiesta. Ante todo, la seguridad – «no tengo miedo» – al saberse guiado por el Señor incluso en los momentos y situaciones en que no se ve la salida -las «cañadas oscuras». Junto a la seguridad, la confianza de quien se sabe defendido con mano firme y con acierto, de quien se sabe cuidado con ternura en toda ocasión y circunstancia. Finalmente, la plenitud – «nada me falta» -, que se traduce en paz y gozo sosegados. Pero todo esto brota de la certeza de que el Señor está presente – «Tú vas conmigo» – y nos cuida directamente. El que pierde esa conciencia de la presencia protectora del Señor suele caer en todo tipo de temores y angustias.

El Buen Pastor es Jesucristo. Él reúne sus ovejas, las alimenta, las protege de todo mal; más aún, conoce y ama a cada una y da su vida por ellas. En el evangelio lo hemos visto sintiendo lástima por la multitud que eran como ovejas sin pastor. También a la Virgen Mría le duele que, teniendo un pastor como Jesucristo, haya tanta gente que se siente perdida y abandonada porque no lo conocen bien.

 

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)