Bendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Palabras del P. Manel Gasch i Hurios al final de la Eucaristía de su bendición abacial (13 de octubre de 2021)

 

Doy gracias a Dios por todo lo que hemos vivido hoy en esta celebración. Porque nos hemos sentido una comunidad que oraba e invocaba los dones del Espíritu Santo para fortalecer mi fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio en el servicio que mis hermanos me han encomendado como abad.

Una comunidad de oración abierta a todos los que estáis aquí, conscientes de que, si tal vez a todos no nos une la fe, sí compartimos la amistad, el respeto y la estimación por Montserrat. Una apertura que la tecnología ha extendido, como hace cada día, a través de los medios de comunicación a muchos hogares de fieles a los que quiero tener presentes en estas palabras, para hacerles sentir parte de nuestra asamblea, especialmente los enfermos y los ancianos .

«Acoged a todos» fueron las palabras que el Papa San Pablo VI dirigió al Abad Cassià M. Just y que han marcado la vida de nuestra comunidad. No podía ser de otro modo. Son palabras que también encontraríamos en el corazón de la espiritualidad de la Regla de San Benito y que estoy seguro que continuarán inspirándonos. El monasterio es siempre la casa de Dios y por lo tanto la casa de todos; para unos, los monjes, de manera estable y por los otros, los huéspedes, de manera pasajera, como Jesucristo que pasa; Montserrat es además la casa de la Virgen, de la Moreneta, de la Patrona de Cataluña, venerada por fieles y peregrinos de todas partes, la casa donde quisiéramos que todo el mundo se encontrara bien. Este santuario es el don que Dios ha hecho a nuestra comunidad y nos sentimos a la vez responsables y agradecidos.

Gracias en primer lugar al P. Manuel Nin y Güell, obispo titular de Cárcabo y exarca apostólico para los católicos de tradición bizantina de Grecia, que aceptó presidir esta bendición, con quien nos unen lazos de fraternidad y que, aportando un poco de la tradición de Oriente Cristiano ha hecho más católica, más universal, esta asamblea.

La comunión que personalmente me ha expresado, el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, mi ciudad de nacimiento, que hoy no puede estar con nosotros, y la presencia del Cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo emérito de Barcelona, y de nuestro obispo de Sant Feliu de Llobregat, Mons. Agustí Cortés, junto con la de los arzobispos de Tarragona y de Urgell, a este último le debo la ordenación presbiteral, más la presencia de obispos de todas las diócesis con sede en Cataluña y aún la del obispo de Mallorca, y la de todos los sacerdotes y diáconos que está aquí, nos dan cuenta de la profunda eclesialidad a la que estamos llamados los monjes de Montserrat: al servicio de las parroquias, de los sacerdotes y de los fieles. Un servicio que compartimos con tantos religiosos y religiosas, que nos complementamos en la diversidad de carismas y que avanzamos juntos en el discernimiento de la voluntad de Dios.

The monastic family couldn’t be higher represented in this celebration and I am most grateful to the most Reverend father Gregory, abbot Primate to have been able to attend it and to bring with him the communion and the prayer of the whole benedictine Confederation. Being just as we are a single monastery, your presence remind us that we are really part of something bigger than just us. Je remercie le Père Abbé Jacques Damestoy qui nous partage son amitié et celle de monastères français. También agradezco al Abad Guillermo, Presidente de nuestra congregación sublacense-casinense, a nuestros hermanos abades y monjes de los monasterios hermanos de El Paular, Silos, Leyre y Santa Brígida, que hoy nos acompañéis, así como la fraternidad de los abades y abadesas, monjes y monjas de los monasterios catalanes presentes aquí con quien compartimos la misión de hacer presente y viva la vocación monástica en nuestra tierra catalana.

La extensa representación del mundo civil, encabezada por el presidente de la Generalitat, Muy Honorable Sr. Pere Aragonés, la consejera de Justicia, honorable Sra. Lourdes Ciuró, la Delegada del Gobierno en Cataluña, Excma. Sra. Teresa Cunillera, la presidenta de la Diputación de Barcelona, Excma. Sra. Núria Marín, y todas las demás autoridades y representantes de entidades y medios de comunicación, nos recuerdan nuestra tradición de servicio especial a la sociedad y al pueblo de Cataluña, que se hace presente en toda su riqueza y variedad en Montserrat.

Nuestra comunidad de monjes no sólo estamos en Montserrat. Somos también monjes que nos dedicamos a nuestra diócesis de Sant Feliu de Llobregat o que vivimos en las casas del Miracle, en el Solsonès, y de Cuixà, el Conflent, que animamos la vida cristiana y espiritual de sus territorios; monjes que vivimos en Roma, colaborando con el ateneo universitario de San Anselmo; un monje que está en África, en Uganda, intentando mejorar la vida de los más pobres. Todos empezamos estas semanas una etapa nueva. No cambiaremos todos de lugar ni de trabajo pero sí que he pedido que nos pongamos juntos a escuchar.

En la proximidad del milenario del monasterio, en 2025, tenemos que ponernos a escuchar la voz de Dios, a escucharnos unos a otros, a escucharos a vosotros, convencidos de que si escuchamos, oiremos alguna cosa. Con la celebración del Milenario de Montserrat, el próximo 2025, queremos precisamente eso, acercar Montserrat a la sociedad. Nos gustaría que todo el mundo se sintiera suya esta celebración. Somos muy conscientes de que los mil años de Montserrat son también mil años de una sociedad con la cual han avanzado conjuntamente a lo largo de la historia. El Milenario es, a la vez, la oportunidad de proyectar Montserrat hacia el futuro. No empezamos esta etapa desde cero. Aquí cerca reposan los abades que restauraron el monasterio durante el siglo XIX e hicieron el Montserrat moderno. Mis antecesores que están aquí, los PP. Abades Sebastià M. Bardolet y Josep M. Soler son la memoria viva de la guía de la comunidad en los últimos más de treinta años. Ya lo he hecho públicamente, pero no puedo dejar hoy especialmente de agradecer a Dios y a él, los veintiún años de abadiato del P. Abad Josep M. Tenerlo entre nosotros, me da una gran seguridad y un gran confort.

Todos ellos, encabezados por los mártires que hoy conmemoramos, con todos los monjes que nos han precedido desde el cielo o desde la tierra, velan por nosotros e interceden ante el Señor, para que nos haga hombres de oración, de acogida y testimonios de bondad y de paz. Una comunidad que en estos momentos difíciles, después de la pandemia, sea capaz de dar esperanza verdadera a todos y solidarizarse con los que más sufrirán los efectos.

Finalmente quisiera dedicar unos agradecimientos más personales a los que también están aquí. A mi madre que tengo el placer que me acompañe hoy, y a mi padre, que nos dejó hace justo un año, a causa del Covid, a quienes debo la vida, la fe y el primer amor en Montserrat y que es bien presente. A mis hermanos, cuñadas, tíos y todo el resto de la familia por todo el camino que hemos hecho juntos y el que aún haremos. A los amigos, fieles durante tantos años y de los que espero que continuaremos siendo sencillamente amigos. Al Hermano Pedro de la comunidad de Taizé, lugar esencial de mi vida. To father Jonathan and to father Paul from the Church of England for so many years of friendship, and for taking the trouble to come from England to a such long celebration being unable to understand a word of it. También agradezco que estéis aquí tantos colaboradores y trabajadores de Montserrat tan cercanos en los últimos diez años de mi vida, en mi tarea de administrador-mayordomo y todos los que formáis la amplia familia montserratina: los oblatos, los cofrades, los Antiguos Escolanes.

Gracias especialmente a vosotros escolanes porque nos habéis ayudado a orar con la música y porque nos hacéis pasar tantas horas hermosas con vuestro canto y nos demostráis vuestra capacidad de sacar adelante tantos proyectos extraordinarios aun siendo tan jóvenes. Me acuerdo de vuestras familias y de la Capella, con algunos de los cuales compartíamos hace «sólo» quince años, educación, conciertos y viajes…

Y a todos los que sé que habéis trabajado mucho para garantizar la organización y la seguridad de este acto. A todos gracias de corazón.

Y quiero terminar recordando dos personas importantes en mi vida y que hoy no están aquí debido a la salud: monseñor Antoni Vadell, buen amigo de hace 25 años y el P. Ramon Ribera Mariné, formador mío en el noviciado y el juniorado. Que puedan recuperarse pronto.

Y si me he dejado alguien, quiera perdonarme. No ha sido con mala intención.

Pongámonos, pues, en camino bajo la mirada de la Virgen, la Rosa de Abril que desde Montserrat ilumina la catalana tierra, el mundo entero y nos guía hacia el cielo.

Abadia de MontserratBendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Bendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca Apostólico para los católicos de tradición bizantina a Grècia con motivo de la bendición abacial del P. Abat Manel Gasch i Hurios (13 d’octubre de 2021)

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24  / Juan 15:18-21

 

Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Estimado P. Abad Manel, queridos hermanos. La celebración litúrgica de hoy, como veis quienes estáis presentes personalmente u os unís a través de los diversos medios de comunicación, tiene un algo que la hace siquiera un poco especial. Hay, veis, muchos obispos, abades y sacerdotes concelebrantes, y muchos monjes. También es especial la presidencia de la celebración por parte de un obispo católico de rito bizantino que quizás para muchos es desconocido. Pero para otros seguramente no lo es tanto. Agradezco al p. Abad Manel la invitación paterna y fraterna a presidir esta celebración litúrgica en Montserrat. Celebrar en Montserrat es, para vosotros monjes y para mí que he formado parte de esta comunidad durante muchos años, y me siento todavía parte de ella, es celebrar «en casa».

Hay dos aspectos que son fundamentales en nuestra celebración y que quisiera subrayar. El primer aspecto: la memoria de los beatos monjes mártires, de los que celebramos hoy la fiesta, y a la liturgia de los cuales pertenecen las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado. El segundo aspecto: la presencia del p. Abad Manel Gasch, sentado aquí en el centro de nuestra celebración, para recibir la bendición como abad, como padre y pastor de este monasterio de Santa María de Montserrat.

El profeta Isaías nos ha presentado, sirviéndose de un lenguaje muy vivo y muy bello, la imagen del banquete preparado para todos los pueblos. A menudo los profetas, con imágenes festivas, casi de vida familiar, nos presentan la relación de Dios con los hombres, con su pueblo. Y con estas imágenes de vida familiar el profeta afirma: «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Todo el AT prepara el encuentro definitivo, en Jesucristo, de Dios con el hombre; lo hace, podríamos decir, con imágenes que llevan de una manera o de otra al Emmanuel, el Dios con nosotros. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Un Dios con nosotros, un Dios en medio de nosotros, que no nos ahorra el encuentro con la contradicción, con el sufrimiento, con la muerte. Este encuentro con el sufrimiento, con la cruz lo vivimos siempre pero seguros de que «… En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Esta podría ser la frase que encierra la vida y la muerte de tantos y tantos hermanos nuestros cristianos que han dado y dan la vida por Cristo, como lo hicieron nuestros hermanos monjes mártires, las reliquias de algunos de ellos que veneramos en la cripta de esta basílica.

En el evangelio de San Juan, en el fragmento que hemos escuchado tomado de su largo discurso de despedida, el Señor nos ha dejado su Palabra siempre viva, siempre presente en nuestro camino cristiano: «Yo os elegí del mundo .. . Todo esto os lo harán a causa de mi nombre … «. Os encontraréis con contradicciones, con persecuciones, con sufrimientos. Siempre «… a causa de mi nombre…», bien seguros, sin embargo, que «En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Vivir el Evangelio, ayer, hoy y siempre, no es nunca un camino llano, al contrario es un camino donde la cruz, la del Cristo y la nuestra, se hace presente. Es un camino donde un mundo, a veces hostil y a veces indiferente, nos pedirá razón de nuestra fe. La palabra del Señor: «Yo os elegí del mundo …», nos infunde la fuerza y el coraje para anunciar y vivir siempre el Evangelio, que es nuestra respuesta, nuestro testimonio en medio de los hombres.

Las lecturas de la liturgia de hoy tienen una fuerza especial precisamente porque son proclamadas en la fiesta de nuestros monjes mártires, de aquellos hermanos nuestros que, fieles a Jesucristo y a la profesión monástica que un día hicieron como monjes en este monasterio, derramaron su sangre como mártires, como testigos de aquel amor al único Señor de sus y de nuestras vidas aún hoy, Jesucristo el Señor, el único Salvador, el único Redentor. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. En la larga historia de nuestro monasterio-santuario, siempre a los pies de la Virgen, una historia milenaria, encontramos un gran número de santos monjes, anónimos ciertamente pero que han sido y siguen siendo piedras vivas en este edificio viviente que es Montserrat, cuyo símbolo es esta basílica que nos acoge. Y como corona de este primer milenio de nuestra historia, el Señor nos ha hecho el don de añadir, a la larga hilera de monjes santos y pecadores, fieles y débiles, jóvenes y viejos …, el Señor ha añadido la corona, la piedra preciosa de los mártires, de estos hermanos nuestros generosos y fieles, débiles y pecadores también seguramente, pero firmes en el amor de Cristo, que han hecho suya, como hacemos ahora nuestra, aquella estrofa que cantaremos dentro de unos días el primero de noviembre: «Chori … monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite» / «los corazones … de todos los monjes, junto con todos los santos, háganoslo familiares del Cristo «. Ellos, los mártires, por su testimonio y su martirio, junto con tantos y tantos que nos han precedido, interceden para que, también nosotros, seamos «familiares… de Cristo».

En este «corazón de todos los monjes, familiares del Cristo» te añades tú hoy, querido p. Abad Manel, con un nuevo ministerio como abad, como padre de este monasterio. Los griegos diríamos: «con esta nueva diaconía, este nuevo servicio». ¿Qué significa para ti, para los monjes, para los escolanes y para los peregrinos que hoy estamos en Montserrat, ser bendecido abad de este monasterio? Os propongo que sea ahora la misma celebración litúrgica la que nos guíe pedagógicamente en lo que significa para ti, para tu comunidad y para nosotros esta celebración.

Siguiendo el ritual, y ahora cuando termine esta mi homilía, te haré una serie de preguntas, a las que, con tu respuesta, manifestarás delante de Dios y de los hermanos, delante de la Iglesia, tu voluntad de llevar a cabo esta diaconía de que hablábamos.

Se te preguntará si quieres: «instruir a tus hermanos, guiarlos y enseñarles… llevarlos hacia Dios». A partir del día que la comunidad te eligió, no eres un administrador -o si quieres no eres «sólo» un administrador-, sino que eres alguien, que con la grandeza y la fragilidad de cada ser humano, desde tu condición humana -¡que Cristo ha asumido en su encarnación! -, «… has sido elegido para regir las almas haciendo las veces de Cristo». Instruir, guiar, enseñar, llevar hacia Dios. Una enseñanza, una guía, un acompañamiento, siempre «haciendo las veces de Cristo». A través de ti Cristo continuará enseñando, guiando, llevando hacia Dios. «Haciendo las veces de Cristo».

No temas cuantas veces leyendo la Regla de San Benito, o en tantos otros textos de los Padres de la Iglesia, se habla del abad o del obispo como «el que hace las veces de Cristo», como «vicario del Cristo”. ¡No renuncies, no renunciemos nunca a este título! Digo título pero quizás debería decir ¡sacramento! Creo que es el título / ministerio más precioso y más «de peso» que los obispos y los abades tenemos y que debemos custodiar. Es un «título / ministerio» que «pesa», te lo puedo asegurar, pero también es un título, una diaconía, que tantas y tantas veces te dará fuerza y consuelo.

Siguiendo el ritual de la bendición, invocaremos a la Virgen y a todos los santos. Las letanías manifestarán nuestra confianza como Iglesia en la intercesión y la comunión de todos aquellos hombres y mujeres que se han configurado a Cristo: María, los apóstoles… hasta nuestros hermanos monjes mártires que hoy celebramos.

Después vendrá la oración de bendición como abad: una epíclesis, una invocación del Espíritu Santo sobre ti y también de alguna manera sobre la comunidad que te ha sido encomendada. Lo que se pide para ti, también directamente toca la comunidad de los monjes. El texto nos resume algunos aspectos fundamentales de esta tu nueva diaconía:

Que con su enseñanza penetre el corazón de sus discípulos. Enseñar, por tu parte, acoger tu enseñanza por parte de los hermanos.

Que sepa la cosa difícil y ardua que ha aceptado: gobernar almas y acomodarse a muchas formas de ser … En cada monje encontrarás el alma dócil y el alma a veces terca … El corazón generoso y el corazón endurecido … ¡No desesperes nunca de la misericordia de Dios!

Más servir que mandar… Un servicio, una palabra, una enseñanza que a veces penetrará el corazón de los discípulos como una lluvia suave, y a veces tendrás la impresión de que pasa como un torrente que te parecerá que no deja huella. No te desanimes y ten paciencia.

No perder ninguna de las ovejas que tiene encomendadas: Ninguna oveja es despreciable, ninguna. Somos, siempre, ovejas que a veces cojean y a veces caminan con firmeza … Ninguna es despreciable, ni la oveja perdida, que tendrás que cargar una y otra vez sobre tus hombros, ni la oveja fuerte quien, te lo aseguro, le hará bien una buena palabra amistosa y animadora de vez en cuando.

Llenarlo de los dones del Espíritu Santo… Todo lo que harás, lo que enseñarás, será para ti y para los hermanos, un don del Espíritu Santo.

Que no anteponga nada que Cristo y que enseñe que nada le debe serle antepuesto. El Cristo, único mediador de quien nos hablaba la carta a los Hebreos, es Aquel que deberás anunciar siempre a tus hermanos monjes, a los escolanes, a los trabajadores de Montserrat, a los miles y miles de peregrinos que, pasada esta borrasca de la pandemia, el Señor continuará llamando a la santa montaña de Montserrat. Hombres y mujeres que subirán a Montserrat a buscar una palabra amiga, una palabra de consuelo, el sacramento del perdón, un lugar de silencio.

Acabaremos la bendición con la entrega de las insignias, de estos símbolos que harán presente, de manera comunitaria y litúrgica lo que eres y que tienes que ser para tus hermanos: se te dará la Santa Regla, el anillo, la mitra y el báculo, que manifestarán simbólicamente tu enseñanza, tu amor esponsal por la comunidad, tu magisterio y tu pastoreo, es decir tu plena configuración con Cristo. Símbolos que harán evidente, para ti mismo en primer lugar, y para los hermanos, esta nueva diaconía a la que el Señor te ha llamado.

Estimado P. Abad Manel: los Padres de la Iglesia han dado al obispo y al abad una serie de títulos a través de los que han querido indicar aquel que en cada Iglesia, y en cada monasterio, hace las veces de Cristo: padre, pastor, maestro, guía, timonel, médico -médico de las almas ciertamente, pero también médico de los cuerpos: ama, cuida, visita a los enfermos.

A estos títulos me permito añadir otro, no te asustes: ¡el abad es también «mártir»!. En el sentido más fuerte del término: mártir / testigo de Cristo en la comunidad, en la Iglesia, en el mundo que nos toca vivir.

Estimados hermanos, después de la bendición, celebraremos los Santos Misterios. Invocaremos al Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que haga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que nos haga también, a ti padre abad Manel y a todos nosotros, mártires de su Evangelio, testigos de su palabra de vida que acogemos cada día como monjes, como peregrinos en un mundo a veces sordo pero siempre sediento de una palabra viva, de consuelo, de misericordia, de esperanza.

En la Divina Liturgia bizantina, después de la narración de la institución de la eucaristía y de la epíclesis sobre el pan y el vino, después de que el Espíritu Santo ha hecho el Cuerpo y la Sangre de Cristo, invocamos a la Madre de Dios, aquella en el seno de la cual la Palabra se hizo hombre, se encarnó. También en esta celebración invocamos para ti y para Montserrat la intercesión de Santa María, la Virgen, para que sea ella siempre para ti y para la comunidad aquella guía que te muestre y te lleve al Cristo, el único mediador, Señor y pastor de nuestras vidas.

Retomo, con un añadido, la estrofa del himno de Todos los Santos de la que hablaba al principio: «Chori … abbatum monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite». Que los santos abades y monjes de la historia de este monasterio te y nos hagan «consortes Christi familiares del Cristo».

«Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Que nos fortalezca siempre esta esperanza el Cristo Señor, que reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos.

Amén.

 

 

Abadia de MontserratBendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (10 d’octubre de 2021)

Sabiduría 7:7-11 / Hebreos 4:12-13  / Marcos 10:17-30

 

No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que hoy hay en el mundo una gran pluralidad de pensamiento, de religiones, de sistemas políticos, económicos, filosóficos, científicos… Sobre todo, una confusión de ideas, pensamientos y actividades en las redes como nunca habíamos conocido. ¿Quién puede poner orden a todo esta confusión que hace que todo el mundo se pregunte, dónde está la verdad? Porque hay mucha gente que hoy se siente insegura, sin ningún punto de referencia, sin orientación firme.

La primera lectura nos da la respuesta: Encontrar la sabiduría. Es fácil decirlo. El sabio la buscó y al fin la encontró y no la cambiará por ninguna cosa valiosa de este mundo: ni oro, ni plata, ni ninguna sabiduría humana. Porque esta verdad sólo se encuentra en Dios. Esta sabiduría es la que han buscado los hombres desde el comienzo de tener uso de razón, y se ha ido plasmando en las diferentes religiones. Porque el hombre es un misterio entre la nada y el infinito. Cierto, el hombre es carne, pero tiene una aspiración infinita. Es mucho más que los irracionales. Buscar siempre superar sus conocimientos.

Una manifestación de la sabiduría nos la muestra la carta a los Hebreos: La Palabra de Dios, Jesús, es más cortante que una espada de doble filo, capaz de penetrar los pensamientos y las intenciones del corazón, porque es divina.

Esta sabiduría es desconcertante, como nos dice hoy el Evangelio. Nosotros, seres terrenales, pensamos como el joven rico. Nos basta cumplir la Ley de Dios, que es algo básico, pero que nos parece que no es suficiente, como lo indica la pregunta que el joven hace a Jesús: «Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la perfección? Jesús le dijo: Observa los mandamientos. Y él responde: Ya lo he hecho desde pequeño. ¡Admirable! Jesús se le miraría con afecto. Pero aún te falta una cosa: Si quieres ser perfecto, deja todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven conmigo a anunciar el Reino de Dios. Es decir, hazte mi discípulo. Pasa de la perfección humana a la divina. Esta exigencia era demasiado para él, sobre todo porque tenía muchas riquezas. Y Jesús le exigía confiar sólo en él. Y él tenía la seguridad en los bienes temporales. No se podía desprender de ellos. Hay que añadir, sin embargo, que no sólo las riquezas son bienes temporales, hay muchas otras riquezas: inteligencia, capacidades manuales o artísticas, matrimonio, posibilidad de hacer una gran carrera, de viajar, de divertirse, etc. y percibimos que cuesta de prescindir de esto, porque nos estimula.

Pedro, en nombre de los discípulos pregunta: » Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Podríamos añadir: ‘Esto es obra del Padre que os lo ha revelado, ya que nadie viene a mí, si el Padre no lo atrae’. Jesús había afirmado que «entrar en el reino de los cielos no es posible a los hombres, sino a Dios, que todo lo puede». Con todo, dice, esta sabiduría ya trabaja incluso en la tierra con el 100 x 1 de lo que se ha abandonado, pero, también, sufriendo adversidades, como Jesús mismo. Como él fue perseguido, también vosotros. Y Jesús acabó crucificado. Pero para resucitar, ser glorificado, y nos abrió el camino del cielo. 

La sabiduría de Dios, pues, exige relativizar las cosas de la tierra. Servirnos de ellas, pero sin perder nunca el destino final del hombre: el Reino que Dios nos tiene preparado desde la creación del mundo. Sólo teniendo como valor supremo lo que es eterno, podremos relativizar lo temporal; sólo amando lo que es infinito, podremos valorar lo que es finito; sólo teniendo a Dios en nuestro corazón, podremos menospreciar lo mundano. ¡Que Dios nos dé esta sabiduría!

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (3 d’octubre de 2021)

Génesis 2:18-24 / Hebreos 2:9-11  / Marcos 10:2-16

 

Creer en Dios es importante pero lo decisivo es que Él cree en cada uno de nosotros. Por eso no deja de dirigirnos su palabra recordándonos lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor fiel.

Los fariseos, para probar a Jesús, le proponen valorar la cuestión del divorcio. Jesús, para liberar la Ley de las acomodaciones interesadas, les habla del valor del amor original que es la fuente de la fecundidad de las relaciones humanas.

La respuesta que Jesús da a los fariseos, antes que nada, libera la mujer de la sumisión injusta al marido recordando su igualdad e idéntica dignidad según el relato del Génesis bien entendido, al que el Señor se refiere y hoy hemos escuchado en la primera lectura. La mujer no está atada al hombre como una pertenencia más de su hacienda para que éste pueda sacarla de su casa según le parezca amparándose en una legalidad de bajo perfil. El esposo está unido a la esposa y la esposa al esposo formando un todo humano y espiritual compartido.

En la segunda parte del fragmento evangélico de hoy, cuando los discípulos preguntan otra vez al respecto, Jesús, dirigiéndose a ellos, les responde limpio i claro: desligarse de la promesa de fidelidad al amor libremente hecha ante Dios, es adulterar la calidad de este amor que Dios ha bendecido y santificado convirtiéndolo en embajador de su Buena Nueva. Porque ¿qué es un matrimonio cristiano sino dos apóstoles que caminan unidos anunciando, con su vida conyugal y familiar, la realidad viva del Reino de Dios? Las actitudes que deterioran este amor no dejan de debilitar el testimonio de la autenticidad de su vida y de su fe.

A juzgar por las estadísticas podría parecer que no es posible vivir la fidelidad del amor conyugal. La catequesis mediática del «nada es limpio, todo vale y todo el mundo lo hace» en que nos encontramos rodeados, a pesar de parecer «muy liberadora», en realidad nos lleva más tristeza y dolor que placeres y alegrías. Pero las estadísticas no pueden desmentir la fidelidad que perdura en tantos matrimonios que continúan hoy manifestando la realidad del Reino Dios por medio de su amor fiel, que es reflejo del amor fiel de Dios por todos los hombres.

¿Se puede llegar a 50 o 60 años amándose en fidelidad y no morir en el intento? Lo he preguntado a muchos matrimonios y más o menos, con mirada de niños grandes, con una cierta socarronería y un punto de buen humor, me han respondido prácticamente igual: «Padre: ceder, ahora uno ahora el otro, para ganar los dos, aquí está el secreto «. La sabiduría de la experiencia no se debe menospreciar; ceder en lo secundario en beneficio de lo esencial, ceder, ahora uno, ahora el otro, para ganar los dos. Ceder, sin claudicar, estirar sin llegar a rasgar, es la manera de persistir en lo esencial, es una forma sana de aprender a negociar, a pactar, a respetar que, al fin y al cabo, esto es, en la convivencia humana, amar.

El evangelio termina con el relato de los niños acercándose a Jesús. El Reino de Dios, nos decía el Señor, es para quienes se hacen como los niños. Cierto: el Reino de Dios es para los que se hacen como los niños, pero no es un juego de chiquillos. El camino del amor fiel es toda su hoja de ruta. Porque el camino de la fidelidad mutua es un camino de conversión, de ceder sin claudicar, de estirar sin rasgar, un aprendizaje que nos hace pasar de ser una carga que se arrastra a ser un don que ayuda a ir adelante. Si nos acercamos a Jesús, no con prejuicios sino con confianza, como un niño busca el abrazo del padre y de la madre, su palabra de vida traerá paz a nuestro corazón, nos acompañará siempre y su presencia amorosa no nos dejará de recordar lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor y la fidelidad. El amor sin fidelidad es egoísmo, la fidelidad sin el amor sería esclavitud. Sólo el amor fiel nos puede hacer capaces de desatarnos de la esclavitud del egoísmo y abrirnos a la libertad fecunda del amor de Dios. De hecho, es lo que cantaba en nuestra Escolanía en el versículo del aleluya que acompañaba la procesión del evangelio: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». No faltará nada si cabe todo el mundo.

¡Vean ustedes si puede ser de efectivo creer en Dios! Pero lo decisivo sigue siendo que Él cree en cada uno y cada una de nosotros.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (26 de septiembre de 2021)

Números 11:25-29 / Santiago 5:1-6 / Marcos 9:38-43.45.47-48

 

Estimados hermanos y hermanas,

P. Damià RoureEn el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús nos hace sentir su fidelidad que no sólo tiene en cuenta A los que le siguen de cerca sino que manifiesta un gran respeto para cada persona. De una manera especial, aprecia a quienes ayudan a los demás, aunque sea con un trozo de pan o con un vaso de agua a quien lo necesita.

Por eso Jesús desea que tanto los apóstoles, como cualquier persona, y nosotros también, actuemos por el bien de todos. Así Dios ama al que da algo a quien lo necesita, ya sea una persona conocida como si no lo es.

Nos propone, pues, tener un espíritu sin fronteras y sin barreras, que nos lleva a descubrir, tal vez poco a poco, lo que hay de bueno en cada persona. Todo el mundo desea ser reconocido y tratado de manera normal, sin actitudes rígidas ni parciales. Preguntémonos sinceramente si, según nuestras posibilidades, podemos ayudar a los que lo necesitan. De esta manera compartimos con Jesús su manera de actuar para el bien de cada persona.       

Incluso en las cosas más pequeñas, Jesús nos anima a tratar bien a todos. Es bueno dar un vaso de agua a quien lo necesita, ya sea cristiano como si es una persona bien alejada de nuestra fe. Es la forma en que actuaba Jesús y que, gracias a los evangelios nos podemos hacer cargo, si lo leemos o escuchamos. Por eso nos hace tanto bien de conocer como Jesús hablaba y actuaba, y como lo hacía con naturalidad y sinceridad. Incluso, si tenemos puntos de vista diferentes de lo que tienen otras personas, en el Reino de Dios no hay enemigos, y lo mejor que podemos hacer es respetar a todo el mundo. 

Podemos apreciar también las actitudes positivas de muchas personas que no siguen nuestra fe cristiana, pero que mantienen en su corazón, y en su manera de vivir, un respeto para todos.            

En todo caso, debemos evitar cualquier malevolencia. Si lo pensamos bien, lo que queremos conseguir es vivir con una actitud positiva para el bien de todos: una manera de hacer que sea capaz de ayudarnos no sólo entre nosotros, sino también con todo el mundo. Y es cierto que muchas personas, en un momento dado, descubren en las palabras y las actitudes de Jesús una ayuda que les orienta y fortalece.               

Santiago en la segunda lectura: nos decía que no nos podemos fiar de nuestras riquezas, porque pueden oxidarse. Lo cierto es que Jesús ha querido liberarnos de muchas pequeñeces, actuando siempre a favor de todos, con un espíritu universal. Que sepamos seguir nuestro camino, a la manera de Jesús, con un espíritu amplio y abierto, mejorando siempre, si es necesario, nuestra manera de ser y de actuar, con un espíritu siempre ancho y abierto. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de septiembre de 2021)

Isaías 20:5-9a / Santiago 2:14-18 / Marcos 8:27-35

 

Queridos hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar, en la versión de San Marcos, cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías. Nos es más conocida la versión de San Mateo, más desplegada y coronada con el anuncio que hace el Señor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero el texto de hoy no incluye ninguna promesa sino, al contrario, una prohibición de hablar.

Esta versión de hoy, más antigua, contiene, sin embargo, igualmente la reprensión que Jesús hace a Pedro. El apóstol, con la candidez de quien quiere dar lecciones, se resiste a admitir que el mesianismo de Jesús no pasa por un triunfo humano, sino por el sufrimiento de la cruz y la gloria de la resurrección. Jesús es contundente: lo trata de Satanás, es decir, de adversario, de quien pone obstáculos al plan de Dios. Al apóstol no le quedó más remedio que callar y escuchar lo que Jesús dirige a todos: «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Tomar la propia cruz. Nos es pesado, hacerlo. Cuentan que uno de los llamados Padres del Desierto se quejaba de la peso de su cruz. Un ángel le condujo a una estancia donde había cruces de todas las dimensiones y pesos. El asceta las fue probando una por una diciéndose interiormente: «Esta, no… Esta, tampoco… Esta!». Finalmente había encontrado una que le gustó y se la quedó. El ángel le dijo: «Era la tuya …».

Como vemos, acompañar a Jesús en el camino de la cruz es condición esencial para ser discípulo suyo. No quiere decir que sólo los discípulos de Jesús tenemos cruces, porque sufrimiento, poco o mucho, todo el mundo tiene. Los seguidores de Jesús nos distinguimos porque somos llamados a tomar la cruz y creemos que Dios nos ayuda a cargarla. San Lucas añade el matiz «tomarla cada día», porque de una manera u otra siempre tenemos que seguir tras Jesús.

Nos podríamos preguntar si este seguimiento excluye todo tipo de felicidad en este mundo. No, si Jesús asumió la cruz es porque la confianza absoluta que tenía en la bondad del Padre le hacía tomar con él los sufrimientos humanos. Había, en el término de todo, la resurrección. Quizás sea más fácil decir esto, en cambio, es más difícil hacerlo nuestro. Pero si nos reunimos para escuchar y asimilar la Palabra de Dios, y especialmente el Evangelio, es porque sabemos que aquí encontramos el fundamento de nuestra esperanza.

En esta situación también vale el matiz de San Lucas «cada día», porque forma parte de la identidad cristiana saber que cada día es una nueva oportunidad para aumentar nuestra esperanza. Y junto con ella, la fe y la caridad que le son inseparables.

La pandemia nos ha enseñado muchas cosas. Y nos ha mostrado que la capacidad humana de hacer el bien no tiene límites. Yo te invitaría, por ejemplo, hoy que esta basílica vuelve a tener su aforo normal, hoy que comienza una etapa en la Escolanía con el ingreso de ocho niños cantores, os invitaría a saber valorar todas las novedades que cada día el Señor nos ofrece: en la propia vida, en la propia familia, en la propia comunidad. Es lo que nos decía hace una veintena de años un abad extranjero: saber volver la gracia de los comienzos, y algunos monjes nos acordamos.

Tengamos, pues, esta capacidad cristiana de asumir cada día la cruz y a la vez de enriquecernos con la esperanza de empezar cada día con la confianza de que Dios guía nuestro presente y nuestro futuro. Es realmente una gracia.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Solemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2021)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo (cf. respuesta al salmo). Lo hacemos, hermanos y hermanas, porque el nacimiento de Santa María es el término de todas las expectativas del Antiguo Testamento y el anuncio de la llegada del Salvador. Ella es la aurora que, después de la oscuridad de la noche extendida durante muchos siglos sobre la humanidad, precede el sol resplandeciente. Ella es la destinada a ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).

El evangelio que nos ha proclamado el diácono era, a través de una serie de nombres de personajes bíblicos, la síntesis de la historia del pueblo de la primera alianza. Nada, pues, de una lista monótona y aburrida. Sino proclamación de la fidelidad y de la gracia de Dios que llegan a su culmen con el nacimiento de la Virgen y, aún más, con el de su hijo Jesucristo. Detrás de cada nombre hay una historia que nos hace ver cómo, tal como decía san Pablo en la segunda lectura, Dios lo dispone todo en bien de los que le aman.

Por eso hoy, todos aclamamos al Señor llenos de gozo. El nacimiento de Jesús, tal como nos es presentado en esta lista, es un acontecimiento único, fruto de la gratuidad amorosa de Dios. Pero bien insertado en un pueblo y en una familia concreta. La lista nos atestigua que Jesús, a pesar de su origen divino, es realmente hombre, verdaderamente «nacido de mujer», como dirá San Pablo (Gal 4, 4).

Es una lista, sin embargo, que, a la luz de los libros de la Sagrada Escritura, refleja una serie de debilidades humanas y gracias de Dios. Constituye una muestra de cómo Dios va llevando a cabo con firmeza y amor su plan de salvación a través de la historia humana. En medio de los altibajos de las personas y los hechos de cada día, incluso cuando puede parecer que no hay razón para la esperanza, como en el tiempo de la deportación a Babilonia. También entonces Dios llevaba adelante su plan hasta llegar a Santa María y el nacimiento de Jesús.

La gratuidad de Dios queda remarcada aún más en la mención que hace el evangelista de cinco nombres femeninos. Puede parecer sorprendente que en una lista hecha a partir de los nombres masculinos -que eran quienes daban la descendencia legalmente- haya unos nombres de mujer. Y no son los nombres de las mujeres más ilustres del Antiguo Testamento, como podrían ser Sara, Rebeca o Raquel. Los cuatro primeros nombres femeninos citados son personajes de una vida moralmente poco clara. Son: Tamar, mujer de un comportamiento muy dudoso con su suegro Judá; Rahab, una mujer pagana, prostituta, pero que llega a creer en el Dios de Israel y ayuda al pueblo de Dios; Rut, una mujer sin lacra moral y de una fidelidad probada, pero que era, también, pagana y de un pueblo que según la Escritura no debía ser nunca admitido en la comunidad del pueblo de Dios (Dt 23, 4 -5); ella, en cambio, creyó en Dios y fue incluida en el pueblo de Israel hasta llegar a ser la bisabuela del rey David, el precursor por excelencia del Mesías. De la cuarta mujer no nos es dado el nombre, pero sí que nos es presentada como mujer de Urías, también ella extranjera, esposa del general Urías; con ella David cometió adulterio y, después de hacer morir el esposo, la tomó por mujer y de ella tuvo Solomon, el rey. El rasgo característico común a estas cuatro mujeres es la no conformidad con las normas establecidas. Pero a pesar de la sangre extranjera, pagana, y en el caso de algunas a pesar de su conducta reprobable, el plan divino de salvación se realizó a través de ellas. Ellas entraron en el linaje del Mesías, son, pues, de la familia de Jesús. Nada ha sido capaz de interrumpir el curso de la bendición de Dios: ni los errores políticos y religiosos de los reyes mencionados en la lista, ni los pecados personales o colectivos, ni la no pertenencia al pueblo de la alianza. Toda la genealogía contiene un mensaje de universalismo y de gracia, subrayado aún más por los cuatro nombres femeninos. Y deja bien claro que el plan de Dios puede topar con las obstáculos que pone la libertad humana, puede tener que hacer eses, pero la fidelidad de Dios no hace marcha atrás, siempre sale adelante su propósito movido por su amor fiel a la humanidad formada por pueblos muy diversos.

En la lista, también hay nombres masculinos alabados por la Escritura. Son los que, con esperanza, confiaron en las promesas de Dios e intentaron vivir según sus mandamientos. Pero de muchos otros la Biblia hace un juicio negativo. Y a pesar de todo, son antepasados ​​del Mesías.

Jesús, pues, sintetiza en esa lista a toda la humanidad: judíos y paganos, buenos y pecadores. Jesús es amasado de la misma masa humana que nosotros. El Dios Santo a la hora de dar cumplimiento a las promesas se pone a nuestro lado, como uno más; y se abre camino a través de la debilidad y del pecado de los seres humanos.

La lista, antes de llegar a Jesús se detiene. Y hace mención de María. Es el quinto nombre femenino pero destacado en la manera de presentarlo. Ella tiene un papel mucho más importante y decisivo en la venida del Mesías, Hijo de Dios. El evangelista remarca su maternidad virginal, fuera, pues, del ritmo que ha marcado con la mención de todos los predecesores. El evangelista San Mateo remarca significativamente la gratuidad divina de la maternidad de María. En nuestra traducción no se puede expresar demasiado bien. Pero en el original griego se ve como la Madre de Jesús es puesta al mismo nivel de los nombres masculinos. A través de San José pasaba a Jesús la descendencia legal de David y de Abraham. Pero su origen humano sólo proviene de María.

Por ello, hoy todos aclamamos al Señor llenos de gozo. Con el nacimiento de la Virgen se inicia la aurora de la salvación definitiva. Todo vuelve a tener sentido. La oscuridad y la debilidad empiezan a no ser la realidad definitiva. El pecado puede encontrar el perdón. Y a través nuestro, frágiles y pecadores, continúa abriéndose paso la obra de la salvación como lo hizo en los siglos anteriores a Jesucristo. La última palabra no es la tiniebla, el mal y la muerte. La última palabra la tiene la victoria de Jesucristo, en la que participamos en la Eucaristía. ¡Hay, pues, razón -y mucha- para la esperanza! El evangelio de hoy que es fuertemente evangelio de la gracia, nos lo hace ver.

Dios lo dispone todo en bien de los que le aman. ¡Aclamemos todos al Señor llenos de gozo!

Abadia de MontserratSolemnidad de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre de 2021)

Domingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Isaías 35:4-7 / Santiago 2:1-5 / Marcos 7:31-37

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Según los relatos bíblicos, al inicio de los tiempos, cuando Dios creó el cielo y la tierra, un buen día, el Señor se agachó, cogió polvo y formó al hombre y la mujer. Así fue dando forma a su creación más preciada. Con sus manos divinas hizo las orejas y les dio el sentido del oído, hizo la lengua y le dio la capacidad de hablar. Finalmente, hizo descender sobre ellos el aliento de vida y les mandó que fueran fecundos y se multiplicaran, que llenaran la tierra y la dominaran.

Así «Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, creó al hombre y la mujer» (Gn 1, 28). También en nosotros, como descendientes y herederos de Adán y Eva, hay inscrita en nuestro corazón la imagen y semejanza de Dios. Nuestra existencia no es fruto de la casualidad o del azar. Nuestra existencia es fruto del amor y de la voluntad de Dios. Y todos llevamos dentro esa chispa de la divinidad que nos hace hijos de Dios y nos llama a compartir en plenitud la vida divina.

Esta imagen divina que llevamos en nuestro corazón se convierte en aquel icono que hace presente a Dios en medio del mundo. Es aquel icono que nos abre a la trascendencia y nos dice que la humanidad siempre necesita y necesitará de Dios. Y precisamente por este motivo, el icono de Dios a menudo es rechazado. La humanidad está obcecada en construir un mundo sin Dios. Pasa entonces, lo mismo que pasó en el Gólgota: cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó. Ahora también: cuando eliminamos a Cristo de nuestra vida, su imagen queda rasgada.

Vivimos en una sociedad que podríamos llamar neoiconoclasta. Nos da miedo abrirnos a la trascendencia y nos da miedo abrirnos a Dios. Por eso, la mejor manera de rechazarlo es eliminar los iconos que lo hacen presente en medio del mundo. Y el gran icono de Cristo que es su Iglesia, a menudo rechazada, debe gritar desde su corazón: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? ¡Respóndeme! ».

Sustituimos el icono por el ídolo. Si el icono es la imagen que nos lleva hacia la trascendencia y hacia Dios, el ídolo es aquella imagen falsa que nos refleja a nosotros mismos y nuestro pecado. En vez de mirar hacia Dios, miramos hacia nosotros. Y es entonces cuando la vida deja de tener sentido y perdemos el fundamento de nuestra existencia. Nos construimos nuestros propios dioses, hechos a nuestra propia imagen y semejanza. Unos manantiales que tienen boca pero no hablan, oídos que no oyen. Y nosotros, lejos de Dios, corremos el riesgo de convertirse en sordos y mudos ante la fe.

Pero como decía el profeta Isaías en la primera lectura: «Decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis». Es Dios mismo que nos viene a salvar. Cristo viene a devolvernos la imagen y semejanza que había quedado oscurecida. Al igual que al inicio de los tiempos, Dios se inclinó y creó al hombre y la mujer, ahora, como hemos visto en el Evangelio, Cristo se agacha de nuevo y con el mismo polvo de los inicios restaura la imagen divina que se había rasgado.

Todos nosotros somos aquel sordo que casi no sabía hablar y que Cristo se encontró por el camino. Todos nosotros necesitamos que Cristo nos toque de nuevo y nos devuelva el oído y el habla para oír y proclamar la Palabra de Dios. Sólo Cristo puede hacerlo, él que es la verdadera imagen del Padre y ya estaba presente cuando Dios creó el mundo. Sólo Cristo puede salvarnos.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Domingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Deuteronomio 4:1-2.6-8 / Santiago 1:17-18.21b-22.27 / Marcos 7:1-8a.14-15.21-23

 

Habitualmente, en el Evangelio, los fariseos y los maestros de la ley, quienes se consideran representantes y guardianes de la verdadera fe, aparecen para controlar las palabras y las acciones del Maestro de Galilea. En esta ocasión, los fariseos critican a Jesús y a sus discípulos por no lavarse las manos antes de comer, transgrediendo una tradición, y haciéndose impuros a sus ojos. La respuesta de Jesús es atronadora: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

En el mundo griego, el hipócrita es el actor, el que hace un papel, el que lleva una máscara. ¿Y por qué algunos fariseos y maestros son acusados ​​de actores por Jesús? Porque con sus labios dicen una cosa, pero en sus corazones viven otra; se aferran a una pequeña regla por fuera, pero no hay amor en sus corazones. Parecen piadosos y devotos, pero por dentro son malvados, sin misericordia.

Las palabras más duras de Jesús en el Evangelio son precisamente contra los que se muestran como creyentes pero luego en realidad no lo son; quienes utilizan la religión y el nombre de Dios para el propio beneficio, para atraer apoyos sociales, para mostrarse como creyentes y dignos de confianza, pero que con sus opciones de vida son escándalo para los que sinceramente quieren seguir a Dios.

¿De qué sirve observar todas las tradiciones y normas, incluso las más pequeñas e insignificantes, si esto sólo sirve para mostrar a otros un sentido de superioridad religiosa y quizás convertirlo en motivo de orgullo, juicio, condena, sin, por otra parte, estimar profundamente lo que se profesa con los labios?

¿De qué sirve decirse cristiano porque se va a misa todos los domingos, se sigue el Catecismo al pie de la letra, se observan todas las disposiciones litúrgicas, se conocen todos los rituales sacramentales a la perfección, si esto sólo sirve para juzgar, para criticar, para sentirse mejor que los demás?

Esta es precisamente la hipocresía de la fe, cuando la vida religiosa se reduce al cumplimiento de unas reglas que no tocan el corazón ni la vida real, y la vida religiosa se convierte en una serie limitada en el tiempo de unos pocos gestos religiosos, pero no se convierte en una sentida opción de vida.

Pero también está el lado contrario, los que reducen la fe a dos o tres preceptos para tranquilizar la conciencia y sentir que ya han cumplido: ir a misa una vez al año, una limosna ocasional, una señal de la cruz a toda prisa, encender una vela de vez en cuando… y listo. Son aquellos que dicen: yo y Dios ya nos entendemos, no necesito que nadie me diga qué tengo que hacer; todo esto son cosas de mayores, ahora no tengo tiempo; quizás más adelante… En el fondo, no hay una inquietud religiosa. Para estos, Dios no interesa.

Ambas posiciones son el resultado de la indiferencia. Los primeros se han acostumbrado a vivir la religión como una práctica externa o una tradición rutinaria, que no toca el corazón. Los segundos no es que hayan tomado la decisión de apartarse de Dios, pero de hecho su vida se ha ido alejando.

Es evidente que estas actitudes se deben a la falta de cuidado de la vida interior: sólo si empiezo a bajar día a día a mi corazón podré reconocer mis tendencias oscuras, los sentimientos y pensamientos negativos a los que doy cabida o que me condicionan en las mis acciones, descubriendo que tengo necesidad de Dios y de su perdón.

Porque, ¿qué es lo que realmente hace a la persona impura, es decir, no disponible para Dios? Las cosas que salen de su corazón. Por eso, Jesús no se opone a la Ley, sino que la profundiza, va a la raíz del mal: el corazón. Jesús vino a cambiar nuestros corazones por medio del don del Espíritu Santo en nosotros, que nos transforma, nos cambia, en la medida que roguemos y luchemos contra las inclinaciones erróneas. Nuestra vida no cambia poniendo normas, renovando la casa, cambiando de look… sólo cambia si cambia nuestro corazón, y ¡sólo Dios puede cambiar nuestro corazón! Y entonces seremos libres para amar y para afrontar cualquier situación, incluso la más dolorosa.

Jesús realmente vino a la tierra como un hombre, y no representó un papel. Nuestra fe nos enseña que Él, como verdadero hombre y verdadero Dios, quiso enseñar a la humanidad que Dios no es una serie de acciones exteriores momentáneas, sino una elección profunda que cambia la vida real de uno y el mundo real.

Hermanos y hermanas,

Jesús quiere realmente que seamos libres, plenamente responsables ante Dios y ante nuestros hermanos, con plena conciencia de nuestras acciones y opciones. Jesús vino a darnos el Espíritu Santo, para superar nuestra incapacidad de amar, para superar estas contradicciones que tenemos en el corazón.

Todos necesitamos dejarnos curar, transformar por Dios, para estar verdaderamente disponibles para Él. A esto quiere llevarnos Jesús. Esto es lo que vino a hacer, como nos prometió: Os daré un corazón nuevo, pondré un Espíritu nuevo dentro de vosotros.

 

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Domingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Homilía del P. Valentí, monje de Montserrat (22 de agosto de 2021)

Josué 24:1-2.15-18 / Efesios 5:21-32 / Juan 6:60-69

 

Estimados hermanos y hermanas:

Todas las lecturas de este domingo nos hablan de Eucaristía, de libertad, de fidelidad, de confesión de fe y de alianza matrimonial.

La primera lectura que hoy nos ha sido proclamada es la Alianza de Siquén, bajo la montaña del Garizin, hoy el pueblo de Nablus. Josué, el ayudante y sucesor de Moisés, mantiene un diálogo con todas las tribus de Israel, con sus dirigentes, jueces, ancianos y magistrados. Él con su autoridad los exhorta a creer sólo en Dios y les pide que dejen los otros dioses que sus padres habían adorado cuando estaban en la región occidental del Éufrates y en Egipto. Josué sabe que desde el paso del Mar Rojo, el Pueblo de Israel es libre, por lo que los hace escoger; ¡No hay de ninguna manera un término medio!: «Él y su Familia han decidido adorar al Señor!». La libertad, en primer lugar, los obliga a tener que escoger, a tener que elegir donde ponen su esperanza. Y el pueblo de Israel elige el Señor: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses!». Hoy día queremos ser libres del todo, pero nos cuesta elegir, nos cuesta tomar decisiones firmes, contundentes, radicales y para siempre. Se nos hace muy difícil de entender que el camino de la vida y el camino Cristiano, implican una firmeza, un decidirse constantemente. Nos da miedo elegir una opción que significa eliminar otras, pero la vida es así y esto es avanzar. Desgraciadamente, la opción contraria, es quedarse en un estado de adolescencia permanente. O aquella persona nerviosa que busca en todo y para todo una fecha de caducidad, un código de barras de finitud.

En la segunda lectura, de la carta a los Cristianos de Éfeso, se nos habla del matrimonio, que es una opción libre, un compromiso, una alianza de Amor recíproca, y también, de sumisión mutua, de estimación y amor total de los dos esposos. Es siempre una libertad total, y no es auténtica libertad total si no va acompañada de la fidelidad y de la responsabilidad mutua. Si hay verdadero Amor, no hay ni primero ni segundo, hay solamente un Matrimonio, una Familia Cristiana, una escuela de Amor, una escuela de servicio. El apóstol San Pablo, llega a comparar a un «gran misterio» esta estimación total. «Cristo es la Cabeza y Salvador de la Iglesia, que es como su cuerpo». Como una sola familia, y un solo Amor recíproco, del Cristo y su Iglesia.

El Evangelio que el Diácono nos ha proclamado, es el epílogo final del capítulo sexto de Juan, el Pan de Vida. Encontramos a Jesús en la ciudad de Cafarnaúm a la orilla del lago de Tiberíades en la región de Galilea. Jesús en medio de la multitud pide a todos sus seguidores, (Apóstoles, Hombres y Mujeres, Maestros de la Ley y Curiosos), su fidelidad total a Él. Pero sus Palabras, que son espíritu y son Pan de Vida, y que es Don del Padre el reconocer a Jesús como Señor, abocan a muchos discípulos a una situación de crisis, de abandono. Encuentran incomprensible su lenguaje de exigencia personal. Seguían al Maestro exteriormente, pero no habían llegado a admitirlo interiormente. Jesús muy consciente de la grave situación interroga a los mismos Apóstoles con una pregunta decisiva, trascendental y crucial: «¿También vosotros queréis marcharos?» Ahora toca a todos decidirnos, elegir,  elegir con libertad, ¡se trata del todo o nada! Simón Pedro toma la Palabra en nombre de toda la Iglesia de ayer, hoy y siempre, y hace su sincera, humilde y confiada profesión de FE con Palabras del Pescador: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Palabras simples que manifiestan una gran confesión de Fe. Ser seguidor de Jesús hoy, supone mantener firmemente los propios criterios ante la general incomprensión e incluso ante el desprecio activo social.

Hermanos y Hermanas. Las lecturas de hoy nos llevan y nos han preparado el camino hacia la Eucaristía, la gran acción de gracias que estamos celebrando. Participemos pues activamente de la Mesa del Pan de Vida que es comer su Cuerpo y beber su Sangre, prenda y esperanza, de vida eterna hacia la que todos tendemos. Que Jesús- Sacramentado sea nuestra fuerza, nuestra generosidad y nuestro Amor Liberador. Amén.

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2021)

Apocalipsis 11:19; 12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Tal como acabamos de escuchar, es, hermanos y hermanas, el cántico de María en la Visitación. Al meditar en su corazón el Misterio de la Encarnación del cual ella es depositaria, estalla en un canto de alegría y de agradecimiento: Dios ha mirado la humillación de su esclava y ha obrado maravillas en ella: la ha hecho madre del Cristo. La maravilla de la Encarnación del Hijo eterno del Padre nos hace ver la magnitud sorprendente de la ternura de Dios por la humanidad y cómo su amor se extiende de generación en generación.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de María, la Virgen, en su Asunción. La más humilde entre las sirvientas del Señor «entra radiante» en la gloria celestial (cf. canto de entrada). Y su espíritu se alegra en Dios, la hace participar plenamente de la Pascua de Jesucristo. Una nueva maravilla que el Todopoderoso ha hecho en la humildad de su esclava. Hoy contemplamos gozosos cómo la resurrección de Cristo es realmente el inicio de la glorificación y de la entrada definitiva en el Reino de todos aquellos que por la fe y las buenas obras siguen el Evangelio. María, que ha ido por delante de todos en el seguimiento de su hijo, nos precede también en el camino hacia la vida eterna. San Pablo nos decía, en la segunda lectura, que cada uno resucitará al momento que le corresponde: Cristo como primicia,… luego todos los que son de Cristo. La primera de los cuales es, según la fe de la Iglesia, Santa María. Esta realidad hoy particularmente nos llena de alegría. Y nos estimula en nuestro camino de cristianos, porque nos muestra cuál es la meta, cuál es el término hacia dónde nos encaminamos: participar de la plenitud pascual de Jesucristo y, por tanto, encontrar nuestra plenitud personal, en la felicidad eterna, sin dolores ni llantos.

María es Asunta no tanto por haber sido la Madre del Señor como por su santidad extraordinaria de vida. Nos lo enseñan todos los relatos evangélicos que hablan de ella. Pero ahora, como síntesis de todos, quisiera recordar uno, el que ha sido proclamado en la vigilia de esta noche. Cuando una mujer, queriendo honrar a Jesús, grita entre la gente: Feliz la que te llevó y los pechos que te criaron, Jesús enseña que María no es afortunada por ser biológicamente su madre, sino por haber escuchado la Palabra de Dios y haberla guardado; es decir, por haberla meditado en el corazón y puesto en práctica durante toda la vida. Ha sido su obediencia en la fe lo que la ha predispuesto a recibir la Encarnación del Hijo de Dios. Y ha sido, aún, la obediencia de la fe hasta la cruz y hasta Pentecostés, lo que la ha llevado a la gloriosa Asunción. Porque ha vivido la humildad entra en la exaltación celestial.

La humildad es inseparable de la obediencia de la fe. María sintetiza en su persona la actitud espiritual de los pequeños y sencillos alabados por la Escritura. Y es que la acogida de la Palabra y la obediencia que conlleva sólo son posibles desde la humildad. Por eso, el Señor enaltece a los humildes, mira la pequeñez de sus sirvientes, colma de bienes a los pobres y los hace experimentar su amor entrañable.

Es sobre todo la fidelidad humilde de María, pues, lo que la hace feliz, lo que la hace bienaventurada; lo que la hizo feliz en su vida terrena y que la hace feliz por toda la eternidad en la gloria del Reino. Por eso la Iglesia, de generación en generación, la proclama bienaventurada. Y ella, en la presencia de la Santa Trinidad, continúa eternamente su canto de alabanza y de acción de gracias: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Este es el canto, también, de la Iglesia, que se siente pequeña ante la inmensidad y la santidad de Dios, que se siente débil ante el mal del mundo, que se siente pobre por los pecados y las limitaciones de todos sus miembros, pero que se sabe habitada por la fuerza del Espíritu, que se sabe Esposa amada de Jesucristo, lavada, purificada y santificada por su sangre. La «Virgen y Madre de Dios, asunta al cielo, es imagen y primicia de la Iglesia gloriosa, modelo de esperanza cierta y consuelo del pueblo que camina», tal como lo proclama la liturgia de hoy (cf. Prefacio). Cantemos cada día el Magníficat, con su fuerza consoladora y su fuerza profética, juntando nuestra voz a la de toda la Iglesia, movidos por la esperanza – «cierta», como dice la liturgia- de llegar, cuando termine nuestra carrera en la tierra, allí donde ella ya ha llegado.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de nuestra comunidad monástica y de los peregrinos reunidos en esta casa de la Virgen. Desde su Asunción, María está espiritualmente presente en todo. «Su santidad ennoblece todas las Iglesias», canta la liturgia del 8 de septiembre en la fiesta de su natividad. Y, ciertamente, desde hace siglos este santuario es ennoblecido por la santidad de la Virgen; aquí se ha querido hacer presente en espíritu y obra maravillas, ni que a menudo sólo sean conocidas en la intimidad de los corazones. Venerar a la Virgen, como hacemos en este lugar, pide reproducir más en nosotros el modelo que encontramos en ella en la acogida de la Palabra del Señor con un corazón humilde y disponible y ponernos a disposición de los demás para ayudarles, para servirlos.

Con esta actitud debemos acoger a Jesucristo ahora en la Eucaristía. Y expresarle nuestra alegría y nuestro agradecimiento unidos a Santa María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque a pesar de haber mirado nuestra pequeñez, obra maravillas en nosotros.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2021)

Domingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (8 de agosto de 2021)

I Reyes 19:4-8 / Efesios 4:30-5:24 / Juan 6:41-51

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar un fragmento del capítulo sexto del Evangelio de San Juan, al que los entendidos llaman el discurso del pan de vida. Este discurso comienza con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, dando de comer a una multitud, al igual que Dios hizo en el desierto con su pueblo, y después de cruzar el mar. En él se nos presenta a Jesús como el verdadero pan del cielo, un término que el Antiguo Testamento utiliza para el maná, y del que la humanidad, no sólo el pueblo de Israel, debe alimentarse por la fe. Él es el medio por el que llega la vida de Dios al mundo. En el fragmento que hemos oído hoy el Señor revela el sentido de la vida cristiana y cómo este es el fruto, no tanto del esfuerzo de cada uno de nosotros, como de dejarse atraer por Él.

Los judíos habían puesto en duda el papel de Jesús como enviado de Dios, señalando su humanidad: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». ¿Quién les podría reprochar su incredulidad? Pero Jesús les responde a partir de las Escrituras e indicando la necesidad de la intervención del Padre en el origen de la fe. Reconocer a Jesús es entrar en el misterio divino, lo que no puede realizarse sin la iniciativa de Dios.

Dice el Evangelio: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.» Ir a Jesús es lo mismo que creer en Jesús. Con estos términos se describe la fe como una relación, como acercarse a una persona. A Jesús lo encontramos en la lectura del Evangelio, en la Eucaristía, en los hermanos, pero el creer es más que verlo: hay que acercarse a Él, hay que dar el paso de la fe, hacerse amigo, porque «ir a él» es aceptar la invitación de Dios.

Puede parecer más natural o más fácil buscar en otro lugar el sentido de nuestra vida, en certezas aparentemente más sólidas, más inmediatas o que creemos que dependen únicamente de nosotros mismos. Pero, en realidad es una ilusión, todos conocemos las limitaciones y la fragilidad de las cosas humanas. Es mucho mejor confiar en Dios, que ha escogido la finitud para manifestar el infinito, que ha escogido las palabras de un hombre para manifestar su Palabra.

No hay necesidad de esfuerzos sobre humanos para comprender las cosas del cielo. Quien desee conocer a Dios debe conocer a su Hijo. Quien quiera comprender el misterio de Dios, basta que lea el Evangelio. Quien se deja atraer por el Evangelio se deja atraer por Dios y recibe un alimento que no muere; un amor que no traiciona, sino que dura eternamente y es capaz de transmitirnos la vida que dura para siempre.

Alimentarse de Cristo significa saber acogerlo en la propia vida y dejar que su Palabra se convierta en la energía que alimenta nuestras acciones, los pensamientos y las palabras y dirige toda la voluntad hacia la voluntad de Aquel que quiere que seamos como Él en todas las cosas, que seamos verdaderamente santos.

En Jesús la vida encuentra la satisfacción de sus necesidades, porque Él es la respuesta a lo que se encuentra en el fondo de toda búsqueda. Jesús es el verdadero pan de vida, y no el maná del desierto. La diferencia entre ambos se encuentra en sus consecuencias, la muerte o la vida.

Hermanos y hermanas, el pan ofrecido en el desierto a Elías, agotado por la fatiga y deprimido por el deseo de muerte, se convierte para nosotros en un símbolo del «pan de vida» que es Jesús. El agua ofrecida junto con el pan se convierte para nosotros en un símbolo del don de la vida eterna, del don del Espíritu Santo. Como Elías, caminemos hacia la montaña de Dios, el Horeb de la presencia del Padre que nos espera a todos para la comunión eterna con Él.

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Domingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de agosto de 2021)

Éxodo 16:2-4.12-15 / Efesios 4:17.20-24 / Juan 6:24-3

 

Hoy, la Liturgia nos trae un tema único: la separación del Reino de Dios del reino del mundo. No opuestos, sino independientes. «No se puede servir a Dios y al dinero» y «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

Hoy, la cultura del bienestar, de las instalaciones y de la comunicación nos empuja en la dirección fácil, pero de esclavitud: hacia abajo, y nos hace olvidar la dirección hacia arriba, de libertad, hacia Dios. Y no se trata de negar la bondad de los medios modernos que favorecen la independencia de la vida, sino de no quedar absorbidos, subyugados. Jesús no se negó a participar en actos humanos, pero su misión fue la de enseñarnos a buscar a Dios, sobre todo. Y esto lo ha olvidado la cultura actual. Es más, se opone. Y con ello deforma la imagen del hombre, que es cuerpo y espíritu. Es terrenal y destinado al cielo. De lo contrario, ¿qué sentido tiene la existencia? ¿Ser como los animales? ¡Creo que somos algo más!

El texto del Éxodo presenta al pueblo pidiendo comida en el desierto, y Dios les concede un pan y una comida inesperados, pero los pone a prueba exigiéndoles recoger sólo para cada día. Quiere que reconozcan su dependencia, que él tiene providencia de su pueblo. Es decir, quiere que crean en él.

San Pablo nos dice que los creyentes no podemos vivir como los paganos que no conocen a Dios, que viven volcados a las cosas corruptibles; que «Cristo os ha enseñado… a renovaros en la mente y en el espíritu. Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas». Es necesario, pues, que tengan conciencia de que son hijos de Dios y que lo demuestren con su vida, que sean hijos de la luz y no de las tinieblas, a fin de que quienes los vean glorifiquen al Padre del cielo. Están en el mundo, pero no viven como el mundo. Que somos caminantes hacia el cielo.

En el Evangelio vemos que la gente busca a Jesús entusiasmada, porque les ha dado pan multiplicado milagrosamente. Pero Jesús les pide que busquen el pan que no se estropea y da vida eterna. ¿Qué pan? Es necesario que crean en aquel que Dios ha enviado, que es el que realmente ha bajado del cielo; no como el pan que dio Moisés en el desierto. Y este pan es él mismo. Él es el pan que da la vida verdadera y satisface plenamente el hambre; y él, quien también apaga la sed con el vino de su sangre. Es decir, Jesús apunta a la dimensión del hombre destinado a la vida eterna, pero hay que tener fe en él. Y eso, evidentemente, conlleva renuncias, no en la dimensión material, sino a la esclavitud de estas cosas. Hay que usar de ellas, pero usarlas bien, nunca abusando. Hay que ser señores y no sirvientes de ellas. Hay que ser libres y no sus esclavos. Es seguir el camino estrecho que lleva a la vida eterna.

Si tuviéramos presentes los miles de toneladas de comida que anualmente se tiran en los países ricos, por su mal uso, quizás los pobres no pasarían tanta hambre. Si fuéramos cuidadosos con los residuos que polucionan tierras, ríos y mares; si no malgastásemos carburantes fósiles, podríamos tener un clima más favorable y se evitarían lluvias devastadoras. Es cuestión de conciencia responsable. De seriedad cristiana. Esta conducta se traduce en esta frase de Jesús: «Haz a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti». Esto es hacer la voluntad de Dios: no buscar mi bien o mi comodidad, sino evitar hacer daño a los demás con mi mala conducta. Y es que podemos matar sin disparar un arma, de lejos, desperdiciando. Que Dios nos abra los ojos en este camino del amor que lleva hacia el cielo.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Domingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Jeremías 23:1-6  /  Efesios 2:13-18 / Marcos 6:30-34

 

Estimados hermanos.

Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, que quiere guiarnos a buenos prados, donde podamos alimentarnos y descansar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es la plenitud de la vida en el seno del Padre. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización.

En el evangelio de hoy hemos visto que los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El descanso de las tareas apostólicas consiste en estar con el Señor, disfrutando de su intimidad. Sin embargo, la caridad del Buen Pastor es la norma decisiva de las acciones de Jesús; ante la presencia de una multitud que eran «como ovejas sin pastor» Jesús se compadece e interrumpe el descanso antes incluso de comenzarlo. Frente a los malos pastores que dispersan las ovejas porque buscan su propio interés, los discípulos de Jesús deben compartir la misma compasión y la misma solicitud del Maestro por la gente con necesidad de escucharlo.

Seguramente somos bastantes los que experimentamos una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de donde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, como hemos de vivir. En cuanto a todo esto hay muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir; parece que cada vez tenemos menos claro para qué hemos venido a la vida y adónde vamos.

En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor. Jesús hizo esta constatación cuando vio la multitud que le seguía en despoblado porque, entre las diversas corrientes de pensamiento de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura; en la confusión, ya no sabían qué decía Dios.

El Salmo 22 que hemos cantado, puede dar luz a nuestra vida. Expresa con una fuerza poco común la sensación de paz y gozo de quien se sabe guiado por el Señor. El salmista hace alusión a los peligros, pero no como amenazas que están al acecho, sino como quien se siente libre de peligro en la presencia protectora de Dios.

También nosotros podemos dejarnos empapar por los sentimientos que este salmo 22 manifiesta. Ante todo, la seguridad – «no tengo miedo» – al saberse guiado por el Señor incluso en los momentos y situaciones en que no se ve la salida -las «cañadas oscuras». Junto a la seguridad, la confianza de quien se sabe defendido con mano firme y con acierto, de quien se sabe cuidado con ternura en toda ocasión y circunstancia. Finalmente, la plenitud – «nada me falta» -, que se traduce en paz y gozo sosegados. Pero todo esto brota de la certeza de que el Señor está presente – «Tú vas conmigo» – y nos cuida directamente. El que pierde esa conciencia de la presencia protectora del Señor suele caer en todo tipo de temores y angustias.

El Buen Pastor es Jesucristo. Él reúne sus ovejas, las alimenta, las protege de todo mal; más aún, conoce y ama a cada una y da su vida por ellas. En el evangelio lo hemos visto sintiendo lástima por la multitud que eran como ovejas sin pastor. También a la Virgen Mría le duele que, teniendo un pastor como Jesucristo, haya tanta gente que se siente perdida y abandonada porque no lo conocen bien.

 

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Domingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (4 de julio de 2021)

Ezequiel 2:2-5  /  2 Corintios 12:7-10 / Marcos 6:1-6

 

Queridos hermanos y hermanas,

Jesús se considera profeta cuando se aplica a si mismo el refrán: “Los profetas sólo son mal recibido en su pueblo, entre sus parientes, entre los suyos”. Se apropia el dicho después del fracaso en la sinagoga de Nazaret. El profetismo es una institución que ya encontrábamos en el antiguo Israel y en otras culturas de los pueblos vecinos. Una de las más nobles misiones del profeta –quizás la más característica– es ayudar a discernir la voluntad de Dios, no simplemente ni siempre prediciendo el futuro. La palabra “profeta”, sin embargo, ha ensanchado sus significados.

Cuando la liturgia dejó de celebrarse totalmente en latín, en muchas iglesias de nuestro país se adaptó un negro-espiritual que repetía tres veces: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”. A la juventud que iba a misa le gustaba este canto, que tenía su lugar en los campamentos y en las juergas de los locales parroquiales. Eran tiempos también de represión, y dicho canto se entonaba en manifestaciones callejeras alternado con cánticos a la Virgen y eslóganes reivindicativos.

¿Qué podía entender de profetismo la juventud de aquella época? Eran tiempos en que la cultura cristiana todavía tenía incidencia en la sociedad, lo que permitía ciertas extrapolaciones: claro que los cánticos reivindicativos de las primeras guitarra eléctricas no eran una aplicación demasiado correcta del legado que la Sagrada Escritura nos ha dado sobre el profetismo.

Por lo cual, hoy que contemplamos a Jesús como profeta, tenemos el deber de averiguar en qué puede consistir en nuestros días “la fe de los profetas”. ¿Coincide con la misión de la Iglesia? Debemos reconocer que la comunidad cristiana tiene muy difícil hacerse entender. En primer lugar, porque las propias debilidades son materia arrojadiza cuando los que no piensan como ella desean contraatacar. Después, porque el mismo mensaje específicamente cristiano choca con la mentalidad individualista que, a pesar de las novedades que creíamos que la pandemia nos enseñaría, en realidad no ha provocado demasiados cambios. En tercer lugar, y no menos importante, la diversidad de pareceres en materia social o política dificulta que los pastores –también me incluyo un servidor, como presbítero de la Iglesia– puedan contentar a todo el mundo. A los pastores nos duele cuando oímos a menudo, quizás con cierta razón, que “la Iglesia siempre llega con retraso”. Y es una de las cruces que el pastor debe asumir, si quiere tener la auténtica fe de los profetas. Porque los que viven alejados de la Iglesia todavía añaden al reproche: “llega tarde y mal”. Tal vez más difícil de ejercer la función profética recibida en el bautismo la tienen todavía más los laicos comprometidos, puesto que han de convivir a menudo con compañeros no cristianos: cada vez sienten mayor la tentación de no comprometerse en el deber cristiano de incidir en la vida social y política. En efecto, la democracia frágil de los últimos años pone en juego otros elementos más fundamentales para ellos como pueden ser la convivencia familiar y la educación de los hijos.

La dificultad de ejercer hoy el profetismo no nos hace automáticamente más configurados a Jesucristo, menospreciado por sus conciudadanos. El profetismo tiene muchas dimensiones, no sólo la que incide en la vida política y social. Básicamente debe estar enraizado en aquella fe con que Jesús vivía su docilidad a Dios Padre.

Nuestro Señor Jesucristo es el gran profeta que renovará Jerusalén. Él nos dará aliento para entender, asimilar y transmitir la fe en el Padre rico en misericordia. Digámosle, ¿por qué no?, como los jóvenes de hace sesenta años: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”.

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Domingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de junio de 2021)

Sabiduría 1:13-15; 2:23-24  /  2 Corintios 8:7.9.13-15 / Marcos 5,21-43

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que nos acaba de proclamar el diácono, nos presenta dos situaciones de muerte. La primera hace referencia a una mujer que tenías pérdidas de sangre. Su situación era dramática, ya que con las hemorragias no sólo se le escapaba la «vida», sino que además esta enfermedad era causa de impureza y por tanto quedaba excluida del pueblo como si estuviera muerta de verdad. La segunda situación de muerte es la de una chica joven, la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga.

Ante el misterio de la muerte, los hombres de todos los tiempos, o bien escondemos la cabeza o bien usamos expresiones y actitudes que denotan el recelo y el miedo que nos hace hablar de ello. El éxito fácil, las apariencias, el triunfo, el deseo de una eterna juventud, …, son cortinas de humo que disimulan la certeza de que hemos de morir. El relato de hoy, en cambio, nos ayuda a saber cuáles son las actitudes de Jesús ante la enfermedad y la muerte y, como contrapunto, nos ayuda a nosotros a no esconder la cabeza bajo el ala ni a caer en respuestas fáciles a un misterio que no tiene nada de fácil, ya que la mayor dificultad que tenemos para hablar de la muerte es que muy a menudo no sabemos cómo hablar de la vida.

Jesús ante la cruda realidad de la enfermedad y la muerte, no habla, en el sentido de hacer ningún discurso de tipo moral ni teológico, sino que Jesús actúa. Es decir, Él, que lo podía hacer, cura y resucita. La salud o la vida recuperadas, devuelven el hombre a la situación original querida por Dios, que es siempre el hombre vivo, tal y como nos ha recordado el Libro de la Sabiduría que hemos proclamando en la primera lectura: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte».

Nosotros no tenemos el poder de hacer milagros como Jesús, pero esto no nos exime de tratar de concretar esta lección evangélica de hoy en nuestras vidas.

Siguiendo el ejemplo de Jesús no se trata tanto de hablar como de actuar, ya que ante el sufrimiento y la muerte el exceso de palabras convierte en superficialidad y banalidad. Y actuar, ¿cómo? Haciendo el intento de comunicar vida a los que más la necesitan, es decir, haciendo gestos, creando en nuestro interior actitudes que engendren vida. Y esto se concreta en cosas tan sencillas, pero tan difíciles a veces, como hacer compañía, estar allí por si me necesitan, atendiendo con estimación, ayudando en todo lo que necesitan los que pasan por una enfermedad o viven la muerte de un ser querido, … y un largo etcétera que cada uno puede completar. Es lo que muchos han hecho en este tiempo de pandemia que aún vivimos y que muchos siguen haciendo ante el sufrimiento de otras pandemias como son el hambre, la miseria, la inmigración forzada, … Es esta manera de actuar la que nos ayuda a superar la dificultad de hablar sobre la vida y su sentido, ya que Jesús quiso tanto la vida que la dio para todos, sin excepción. Por eso, él es el Viviente.

Ciertamente lo que acabo de decir no es consecuencia del poder de obrar milagros, que no tenemos, pero sí que es consecuencia del poder de amar, ya que sin él no sirve para nada hacer milagros, como nos ha recordado también el autor del Libro de la Sabiduría cuando nos decía: «el reino de la muerte no es de la tierra, para que la bondad y la justicia son inmortales. Dios no creó al hombre sometido a la muerte, sino a imagen de su existencia eterna”.

No sé si haciéndose eco de este fragmento, el P. Miguel Estradé escribía: «toda vida es marcada por un comienzo y un final, dos días más densos que todos los demás, dos días paralelos en que el nacimiento es enmarcado por toda una vida por delante y un amor detrás, mientras que la muerte tiene toda una vida detrás y un amor infinito por delante «, el amor por lo tanto es la clave que nos permite acercarnos a la realidad definitiva del misterio de la vida y del misterio de la muerte.

Dios es fuente de amor, creador de vida y está al lado de los que sufren. Esta fe que nosotros hemos recibido de Jesucristo, es la que renovamos y celebramos ahora en la Eucaristía.

 

Abadia de MontserratDomingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Domingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (20 de junio de 2021)

Job 38:1.8-11 / 2 Corintios 5:14-17 / Marcos 4:35-41

 

El evangelio de este domingo nos enseña hoy como Jesús está cerca y nos ayuda en los momentos difíciles. Hemos oído como Jesús y los discípulos navegaban en una barca en el lago de Genesaret. Jesús se había dormido. Mientras tanto, sin embargo, se desató un temporal tan fuerte que las olas entraban en la barca y la barca se llenaba de agua. Se encontraban en medio del lago y lejos de las dos riberas. Y se iba oscureciendo.

Con este mal tiempo, los discípulos no podían orientarse. Si hubiéramos podido ver las estrellas, tal vez se habrían podido orientar. Pero la tormenta era tan violenta que las olas golpeaban la barca y la situación era grave porque la barca podía hundirse de un momento a otro. Los discípulos necesitaban ayuda. Jesús dormía y decidieron despertarle. Jesús les preguntó por qué tenían miedo, y los animaba a mantenerse serenos. Pero, al mismo tiempo, Jesús retó el viento y se creó una gran calma.

El evangelio nos muestra hoy como Jesús está cerca de quienes lo siguen y les ayuda en los momentos difíciles. Pero necesitamos tener fe y decirle cuál es nuestro problema o nuestro dolor. Jesús no se desentiende de ninguna manera. Cuando nos encontramos con dificultades, él nos anima a vivir con aguante y firmeza. Si nosotros tenemos fe en Jesús, Él está y estará siempre al lado nuestro. Si somos conscientes, podremos aguantar con más firmeza los momentos difíciles y mantenernos con más serenidad, tal como el evangelio nos propone.

Cada persona, todos nosotros, en un momento u otro, nos encontramos con periodos duros y difíciles, en momentos concretos de nuestra vida, y, por muy graves que sean los peligros, si tenemos confianza en Dios, podemos hacer frente a la realidad con fe y con coraje. En cualquier situación, de una manera o de otra, por muy graves que sean las dificultades que padecemos, nuestra fe en Jesucristo puede ayudarnos mucho. Todos los que estamos aquí y los que nos seguís desde lejos, tenemos cerca a Jesucristo que nos apoya. Muy a menudo no pensamos en Él. Por eso, en momentos difíciles, tratamos de mantener una fe valerosa, contando con Jesús y con su Madre, que nos ayudarán a continuar nuestro camino con más firmeza y serenidad.

Jesús nos ofrece a menudo renovar nuestra fe, una fe que enriquece nuestra vida. Sabemos que nuestra vida, a veces, pasa dificultades y no siempre lo conseguimos fácilmente. Recordemos entonces lo que nos dice Jesús: «¿Por qué tiene miedo? No tenéis fe». De esta manera nos abre los ojos para que sigamos la realidad que nos toca vivir confiando en Dios, con un corazón que puede ser más valiente, si tenemos en cuenta que Jesucristo está junto a nosotros y de cada persona, y nos ayuda hacer frente, con serenidad y coraje, a las dificultades más diversas. Una fe que hemos recibido, y que hemos acogido, sería muy bueno, también, que procuráramos compartirla.

Como cristianos tenemos, pues, la ayuda de nuestra fe. Y cuando nos encontramos con contratiempos, podemos hacer como lo hacían hoy los discípulos de Jesús cuando le decían: «Maestro, ¿no te importa que nos perdamos?» nuestra fe puede llegar a ser lo suficientemente fuerte como para sentirnos acompañados en cualquier momento difícil de nuestra vida. Hay un proverbio que dice: si quieres huir de tus problemas seguirás una carrera que no ganarás nunca. Nosotros podemos traducirlo diciendo: si no sigues tu fe, seguirás una carrera que te costará mucho superar.

Recordemos lo que tuvo que afrontar la Madre de Jesús: momentos muy dolorosos para una Madre. Pero nada la hizo caer. Sufrió duramente, pero se mantuvo con un aguante constante y con un corazón abierto a Dios durante toda su vida. Como ella, de una cierta manera, en situaciones de todo tipo, a pesar de los vientos contrarios, será bueno que cada persona pueda valorar y agradecer lo que ella, la Virgen, es para nosotros. En una situación difícil, necesitamos trabajar con coraje para mantenernos con paz y salir adelante en bien.

Gracias a Jesús y gracias también a su Madre, que en Montserrat veneramos de todo corazón, puede ser muy posible que, en la vida de cada una y de cada uno de nosotros, todo, con sorpresa, se vuelva tranquilo. Así lo deseamos: que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Misa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 de mayo de 2021)

Job 19:1.23-27 / Romanos 5:5-11 / Lucas 12:35-40

 

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, cantaba el salmista. Esto, hermanos y hermanas, aplicado al quien vela con fe, como nos decía de hacer el evangelio, toma una dimensión nueva. Porque, aunque la espera sea larga y oscurezca o llegue la noche, el que espera de esta manera sabe que el Señor vendrá, que no fallará. Porque, en las palabras del evangelio que acabamos de oír, se trata de esperar el retorno del Señor. De esperarlo de una manera activa, preparando su llegada y disponiéndolo todo para su advenimiento. Disponiéndolo todo, que significa abrir el corazón, renovar la fe en él como salvador, y, al final de la vida, dejarse guiar por él por los caminos eternos e inéditos del más allá de la muerte .

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, podríamos aplicar esta expresión cañadas oscuras del salmo, a la muerte. Ni en este momento el creyente debe tener miedo de nada porque sabe que Dios está cerca de él y que le llevará hacia las verdes praderas y los arroyos de agua del nuevo paraíso donde Dios convivirá con la humanidad liberada del duelo y de la muerte (cf. Ap 21, 3-4; 22, 1.5). El creyente que como el salmista no tiene miedo de nada ni que tenga que pasar por las cañadas oscuras de la muerte, sabe por la fe -como el Job de la primera lectura- que Dios, que es su defensor vivo, que en el juicio sobre su vida, le apoyará y testificará a favor de él.

Y esto, no porque la vida humana sea irreprensible, sino porque, tal decía San Pablo, en la segunda lectura, Dios nos ha hecho justos por la sangre de Jesucristo. Él murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores y nos ha sacado de la pena, dejándonos con ello una prueba del amor que nos tiene.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Esta ha sido, también, la vivencia de nuestro P. Anselm que, desde que llegó a la fe, siempre ha creído que Dios no abandonaba nunca. Lo ha creído sobre todo los dos últimos años que por problemas respiratorios tenía que ir conectado a un aparato que le suministraba oxígeno día y noche y el hacía residir en la enfermería. Le costó aceptarlo, pero luego con serenidad, con espíritu de fe y con confianza, fue admitiendo estas limitaciones y sus consecuencias, aunque alguna vez le suponía una lucha interior y le afectaba su afabilidad natural. Trataba de vivir su enfermedad con fe y como una ocasión de unirse a los sufrimientos de Jesucristo. Estas actitudes eran fruto de todo un trabajo espiritual de años.

Había nacido en Barcelona el 28 de julio de 1942. Hizo los estudios primarios en una academia y el bachillerato en el Colegio La Inmaculada de los HH. Maristas. Después cursó el profesorado mercantil en otra academia de Barcelona mismo. Su vida profesional se desarrolló siempre en el ámbito de la contabilidad y de la supervisión administrativa.

Vivió la adolescencia y la juventud al margen de la fe cristiana, prácticamente en la increencia, hasta que a los 46 años se convirtió, al descubrir la persona de Jesucristo y el amor que Dios le tenía. Desde entonces puso toda su existencia al servicio del Señor. Y para profundizar su fe a nivel intelectual, hizo el bachillerato en teología en la Facultad de Teología de Cataluña, hoy integrada en el Ateneo Universitario San Pacià. Se vinculó, también, en la parroquia de Sant Medir de Barcelona, hasta que ingresó en nuestro monasterio en septiembre de 1995, porque en este proceso de crecimiento en la fe, fue descubriendo la vida monástica.

Cuando entró en Montserrat tenía 53 años. Profesó en 1997; y aquí amplió estudios filosóficos y teológicos. Hizo la profesión solemne en 2000 y en 2013 recibió la ordenación presbiteral. Ya prácticamente desde los inicios de su estancia en el monasterio, trabajó en tareas vinculadas a la administración. Y desde 1998 llevando la caja de la comunidad y sirviendo a los monjes facilitándoles gestiones, y procurándoles dinero para los gastos, productos de limpieza y de escritorio, etc. En esto, ha sido un siervo fiel y prudente (cf. Mt 24, 45) puesto en uno de los servicios comunitarios más delicados y que implican más relación con los monjes. Era cumplidor, fiel, metódico, servicial, un poco exigente para evitar descontroles, él se trabajaba por ser paciente y servicial.

Ha sido un monje de una vida espiritual intensa, si bien con algunos momentos de oscuridad. Él mismo reconocía que a veces se peleaba con Dios, pero luego, dejándolo ganar, encontraba la paz. Desde el día que entró, nunca ha tenido ninguna duda de su camino monástico en Montserrat, creía firmemente que era lo que Dios le pedía. Y que Santa María lo sostenía y le ayudaba. Fiel hasta que ha podido en el Oficio divino y en la lectura orante de la Palabra de Dios, devoto de la Virgen y fiel al rezo del rosario cada día; durante unos años lo dirigía en la basílica. Daba tiempo personal a la oración y, no sin lucha interior a veces, buscaba ser obediente a la voluntad de Dios sobre él, se preocupaba por las vocaciones a nivel de Iglesia y de la comunidad. Estaba muy interesado, en sus diálogos con otras personas, por mostrar que la fe cristiana es compatible con la razón y que Jesucristo es capaz de llenar de alegría, de sentido y de compromiso la existencia de quien cree en él. A pesar de haber estado acostumbrado a vivir solo durante muchos años, se integró fácilmente a la vida de comunidad, ayudado por su talante pacífico, por su capacidad de diálogo y por su capacidad de interiorización.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Hacía tiempo que el P. Anselm, debido a los achaques de salud provocadas sobre todo por los problemas respiratorios, me manifestaba las ganas que tenía de irse a la casa el Padre; no para evadirse sino para encontrarse con el Dios que amaba profundamente. No tenía miedo de los cañadas oscuras de la muerte; la veía como una puerta abierta a una realidad superior. Como si presintiera la proximidad del desenlace final, el viernes antes de Pentecostés me pidió la Unción de los enfermos porque sentía que se iba debilitando rápidamente. La recibió, rodeado de la comunidad, con devoción y con alegría. Al cabo de una semana justa, el pasado viernes, vino la crisis grave que le ha llevado al final de su carrera terrena.

Ahora, los que lo hemos querido nos disponemos a ofrecer la Eucaristía para que el Señor purifique a nuestro P. Anselm de sus faltas y le satisfaga el deseo del encuentro con Dios para siempre; él, el Dios que es un horno de amor, que le llamó hacia la vida eterna cuando ya había comenzado la solemnidad de la Santísima Trinidad. Por otra parte, enterraremos sus restos mortales en el día que la Iglesia celebra la Visitación de la Virgen. Que Santa María, que él ha querido tanto, le otorgue lo que el P. Anselm, junto con la comunidad, los escolanes y los fieles, había pedido cada día: que María, Madre de misericordia, le muestre a Jesucristo ahora que ha terminado su camino por el valle de este mundo entretejido de alegrías, de trabajos, de lágrimas y de esperanzas.

 

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (30 de mayo de 2021)

Deuteronomio 4:32-34.39-40 / Romanos 8:14-17 / Mateo 28:16-20

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Una antigua tradición nos cuenta que el gran San Agustín caminaba un día por la playa intentando comprender los misterios de la Santísima Trinidad. Allí se encontró un niño pequeño que había hecho un agujero en la arena y con una concha iba vertiendo el agua del mar. San Agustín, sorprendido, preguntó al niño que estaba haciendo. Este le respondió que quería poner toda el agua del mar dentro del agujero que había hecho. Agustín le dijo que eso era imposible. El chico le rebatió que era aún más imposible entender la Trinidad con nuestro pobre entendimiento. Y añadió que si llegamos a comprender a Dios, ya no será Dios.

Nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en su inmensa grandeza se nos ha manifestado en el misterio. No podía ser de otra manera: nuestros límites humanos son incapaces de captar la plenitud inefable de Dios. Nuestro entendimiento queda sobrepasado por tan gran misterio. Nuestra vista queda cegada por el brillo de una luz tan brillante. Nuestros oídos no son aptos para percibir una música tan excelsa. Como Moisés en el desierto sólo podemos cubrirnos el rostro con un velo para intentar percibir el rastro que la Trinidad ha dejado en el mundo.

Pero a pesar de nuestra pequeñez, tampoco somos capaces de dejar de contemplar, admirados, el misterio divino del Dios salvador. En este sentido, la oración colecta de hoy nos da tres claves para aproximarnos al misterio trinitario: primero profesar la fe verdadera, después reconocer la gloria de la Trinidad eterna y, finalmente, adorar su unidad de poder y de majestad.

Profesar la fe verdadera. Sólo la fe nos abre el acceso al gran misterio del Dios Único en Tres personas. No hay otra opción. Nuestra razón puede darnos motivos para pensar que Dios existe pero sólo la fe en la palabra de Jesucristo nos revela que nuestro Dios es trinitario. Hay que creer y confiar en Dios. Este es el único camino que nos guía hacia nuestro interior, hacia la búsqueda de la imagen y semejanza de Dios que llevamos impresa en nuestros corazones. Y sólo yendo hacia nuestro interior somos capaces de alzarnos hacia las alturas vertiginosas donde habitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Desde el bautismo todos llevamos dentro la huella de la Trinidad.

El segundo elemento de la oración colecta es reconocer la gloria de la Trinidad eterna. Esta es la auténtica protagonista de la historia de la salvación. Detrás de todos los acontecimientos salvíficos, desde la creación hasta la resurrección de Cristo, es la Trinidad quien ha hecho presente y ha mostrado su inmensa gloria. Detrás la historia de la salvación late constantemente el corazón de la Trinidad. Desde el misterio, la Trinidad nos da la vida y guía la historia hacia el encuentro definitivo con nuestro Salvador.

Y finalmente, necesitamos adorar su unidad, nos decía la oración colecta. La adoración es la respuesta del creyente que se encuentra desbordado por tan gran misterio. Adorar su unidad es adorar su esencia. Y la esencia de Dios es el amor. Sólo el amor es digno de fe, de gloria y de adoración. Nuestro Dios es amor. La comunión de las tres personas divinas es la fuente de este amor. A través de ella Dios nos une a él y nos transforma a la imagen y semejanza de Cristo glorioso.

Hermanos y hermanas, tal como rezaba San Agustín, también nosotros podemos dirigirnos a Dios y decirle: «Señor y Dios mío, creo en ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo (…). Cuando lleguemos a su presencia se terminarán todas estas cosas de las que ahora hablamos sin entenderlas, y vos lo seréis todo en todos, y entonces cantaremos un cántico eterno, alabándoos unidos a vos»(De Trinitate, XV, XXVIII, 51). Amén.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Pentecostés (23 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (23 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Gálatas 5:16-25 / Juan 15:26-27; 16:12-15

 

El Espíritu del Señor llena la tierra (Sal 1, 7), cantábamos, hermanos y hermanas, al iniciar la celebración. Y es verdad. El Espíritu la ha llenado desde el primer día de Pentecostés, cuando gente de todos los pueblos oyeron en su lengua nativa los diversos lenguajes que el Espíritu sugería a los apóstoles. El Espíritu, haciendo que las maravillas de Dios fueran proclamadas a la pluralidad de los pueblos, superaba la división y formaba la unidad de todos. Cada uno desde su lengua y su propia cultura podía comprender y hacerse suya la única Palabra que viene de Dios. Esta es la misión de la Iglesia en el mundo en cada época de la historia: presentar la Buena Nueva de Jesús a la humanidad entera. En nuestros días, en su encíclica «Fratelli tutti», el Papa Francisco, ve esta unidad en la pluralidad que crea el Espíritu en Pentecostés, e, invitando a ponernos en sintonía con la obra del Espíritu, dice que debemos proyectar y trabajar juntos «como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos «(n. 8).

El Espíritu, que fue dado a la Iglesia en el primer Pentecostés, todavía hoy, pues, sigue presente y activo. Ella, pueblo de Dios en camino hacia la plenitud eterna de la pascua, atraviesa la historia y los siglos bajo el impulso del Espíritu para testimoniar las maravillas de Dios y ser servidora de la humanidad, porque Jesucristo, el Señor, continúa su obra de curación y de salvación a través de los cristianos. A pesar de las debilidades y los pecados de los miembros de la Iglesia, el Espíritu da firmeza a la predicación del Evangelio, hace crecer el amor solidario, dispuesto en el interior de las personas a abrirse cada día a la obra de la gracia, suscita la santidad en hombres y mujeres de todas las edades, pueblos y culturas. A través de la Iglesia, además, el Espíritu lleva consuelo y esperanza a tantas situaciones de sufrimiento, de duelo o de oscuridad. Actúa en nuestro mundo contemporáneo que se ve abrumado por la pandemia, y por tantas crisis, sociales y económicas, con multitudes que buscan desesperadamente y con riesgo de la vida una salida a su situación. En medio de estas situaciones, hay hambre y sed del mensaje transformador de Pentecostés. Hambre y sed, tal vez sin saberlo, de recibir el don del Espíritu como defensor, como protector y como consolador.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Miembros de la Iglesia como somos, también nos ha sido dado a nosotros. Lo recibimos en los sacramentos de la iniciación cristiana como un don imborrable. Por eso el Espíritu sigue presente en nuestro interior y nos otorga unos dones espirituales o carismas. A cada uno de una manera particular, de acuerdo con sus capacidades o con sus funciones en la Iglesia. Esta diversidad está al servicio de los demás y conlleva una armonía y una riqueza que coopera a la misión de la Iglesia en el mundo, y que el egoísmo no debería dañar.

El Espíritu que hemos recibido nos ayuda a vivir como hijos de Dios, e ilumina nuestro interior para que tengamos fe en Jesucristo, para que podamos conocerlo más y más. El Espíritu, aún, nos ayuda a orar, nos da fuerzas para amar y servir a los demás a pesar de nuestra debilidad y nuestra inconstancia, y nos ilumina para que sepamos discernir la voluntad de Dios en nuestro obrar. Es el Espíritu, también, que nos hace descubrir la presencia de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía y en cada hermano.

Esta presencia del Espíritu en nosotros nos mueve a ser comunicadores de sus dones a los demás y, de manera particular, a ser instrumentos de su consuelo para los que lloran o están tristes, instrumentos de su defensa de los pequeños y de los marginados, instrumentos de su protección a las personas débiles o tratadas injustamente. En una sociedad en la que se dan enemistades, discordias, celos, envidias, rivalidades, divisiones, de una manera similar a la situación que describía San Pablo en la segunda lectura, tenemos que hacer presentes los frutos del Espíritu: el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la sobriedad. Para poder hacerlo, sin embargo, debemos invocar insistentemente el Espíritu Santo tal como hace la Iglesia hace hoy y ha hecho desde el día de la Ascensión. Y, además, hemos de estar abiertos y ser dóciles interiormente para que el Espíritu pueda actuar en nosotros y por nuestro medio a favor de los otros como portadores de esperanza, de solidaridad, de justicia empapada de misericordia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Llena, también, nuestra asamblea litúrgica, para que nuestra alabanza a Dios sea digna de él, para que la gracia divina penetre en nuestro corazón y haga fecunda nuestra vida, para que comprendamos la Palabra divina, así -como decía el evangelio- nos va guiando hacia el conocimiento de la verdad entera. El Espíritu Santo, todavía, por medio de la oración de la Iglesia, transformará el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y cuando los recibimos quiere transformar nuestra persona y quiere ayudarnos a unirnos unos a otros en el amor para formar el cuerpo espiritual de Cristo que es la Iglesia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Y lo llena de vida. Pero aún no está toda la tierra bajo el impulso del Espíritu. Hay zonas de nuestro interior que aún se mueven bajo los impulsos contrarios al Espíritu. Y por eso aún tenemos que orar intensamente: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles». Hay áreas geográficas con conflictos graves, como acabamos de ver estas semanas. En cambio, más allá de todas las divisiones y los enfrentamientos, el Espíritu quiere hacer de toda la humanidad una sola familia de hijos e hijas de Dios. Por ello, al final de la encíclica que he mencionado al principio, el Papa reza: «Ven Espíritu Santo, muéstranos tu belleza reflejada en todos los pueblos de la tierra, para descubrir que todos somos importantes, que todos somos necesarios, que son rostros diferentes de la misma humanidad que estimáis. Amén «(n. 287).

Abadia de MontserratPentecostés (23 de mayo de 2021)

La Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (16 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Efesis 4:3-6.1-13 / Marc 16:15-20

 

Se elevó y fue llevado al cielo, nos ha dicho el evangelio. En el Credo, la vida de Jesucristo en la tierra nos es presentada -hermanos y hermanas estimados- en términos de un gran abajamiento y de una ascensión gloriosa. «Por nuestra salvación bajó del cielo», decimos. En otras palabras, salió del Padre para venir al mundo y mostrar el amor inmenso que el Padre le tiene (cf. Jn 16, 27-28). Se abajó viviendo en el anonimato la mayor parte de su vida y dado a un trabajo humilde. Se abajó aún más con la crucifixión y con la estancia en el sepulcro. Después, subió al cielo y fue glorificado a la derecha del Padre. Hoy la Iglesia celebra con alegría y con acción de gracias esta ascensión gloriosa.

Las lecturas que hemos escuchado y también el credo utilizan un lenguaje simbólico para explicar esta realidad del regreso de Jesús a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2; 16, 28). Y por eso hablan de subir, de elevarse, de sentarse a su derecha. Con ello quieren expresar que el Hijo de Dios con su cuerpo humano glorioso, se adentra en la dimensión trascendente de Dios y participa de la gloria, la soberanía, el poder divinos, en un abrazo eterno de amor con el Padre, para derramarlo a manos llenas sobre la humanidad.

Si sólo tuviéramos que contar con nuestras posibilidades, la humanidad no podría tener nunca acceso a la casa del Padre. Sólo Jesucristo, con la ascensión, ha podido abrirnos el acceso. Nosotros, pues, que estamos unidos a él por el bautismo, confiamos poderlo seguir hasta allí. Por eso, hoy, tanto como celebramos la ascensión gloriosa de nuestro Señor, celebramos también que nosotros somos llamados a participar de esta elevación. La añoranza que sentimos de una vida sin fin, de vivir en la plenitud del amor y de la alegría, la podremos satisfacer. Nuestros sueños de un futuro mejor, sin sufrimiento, ni dolor, ni muerte, podrán ser satisfechos gracias a las puertas que nos abre la ascensión de Jesús, si seguimos los caminos del Evangelio. Esta confianza nos permite vivir una alegría y una esperanza que transfiguran la vida de cada día.

El hecho de que él haya dejado de ser visible a nuestros ojos, no significa que se haya separado de nosotros. La ascensión inicia otro modo de presencia. Y no una presencia estática, sino dinámica. Él continúa viviendo, hablando y actuando en el seno de la Iglesia, hasta el final de la historia. Sigue cooperando con sus discípulos también hoy.

Predicaban a todos la Buena Nueva del Evangelio, decía también el evangelista. Porque la misión de evangelizar que Jesús había llevado a cabo, a partir de la ascensión, la encomienda a la Iglesia en su conjunto y a cada uno de sus miembros en particular. También nosotros tenemos que ser testigos suyos. Pero, para ser testigo, es necesario haber tenido una experiencia personal de lo que testimoniamos. Por ello, primero debemos haber dejado entrar Jesucristo en nuestras vidas y profundizado nuestra fe a través de la oración, de la lectura orante de la Sagrada Escritura, de la celebración de los sacramentos, de tener conciencia de formar parte del cuerpo eclesial de Cristo. De todos modos, no hay que esperar haber llegado a los grados más altos de la vivencia cristiana para empezar a comunicar los otros el tesoro de la fe y las grandes perspectivas existenciales que abre. Basta haber empezado a tener alguna vivencia personal.

La misión evangelizadora, mientras da vida a los demás, ayuda a madurar y hace crecer en la fe a quienes evangelizan. Y evangelizar significa no sólo dar a conocer la persona de Jesús sino hacerse servidor de los demás. Además, tal como dice el Papa en su exhortación apostólica sobre «La alegría del Evangelio»: se ha de evangelizar con alegría; una alegría interior que se refleje en el rostro, «incluso que hay que sembrarla entre lágrimas», porque «el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza,» debe poder «recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes, impacientes o ansiosos, sino a través de servidores del Evangelio «que irradien la alegría de Cristo que han recibido como don (cf. Evangelii gaudium, 10).

Cada uno ha recibido una gracia según la medida de la generosidad de Cristo, decía el Apóstol. La misión de evangelizar, cada uno la llevará a cabo de acuerdo con los dones que Dios le ha concedido. Así procuró hacerlo el P. Antoni M. Marcet, hijo de Terrassa, del que hoy conmemoramos los 75 años de su muerte, acaecida el 13 de mayo. Su misión evangelizadora partió de la gracia que recibió en su vocación monástica y presbiteral en Montserrat y, más adelante, de su elección como abad de nuestro monasterio. El despliegue de esta vocación fue preparado por los años que pasó en nuestra Escolanía. Su abadiato, iniciado en 1912, ha sido uno de los más largos de la historia de nuestro monasterio. Con la cooperación de otros monjes, fue dado mucho fruto. Abrió nuevos horizontes a la comunidad y marcó unos surcos que en buena parte perduran hasta hoy. Renovó la vida monástica y la vida litúrgica, favoreció la catalanización de Montserrat, potenció su dimensión cultural, la formación intelectual de los monjes, reformó edificios y construyó otros nuevos, reimplantó la imprenta y dinamizó las publicaciones, inauguró el museo bíblico, etc. Son muchas las cosas que se podrían mencionar, pero ahora no es posible. El abad Antoni M. Marcet, dicen los que le conocieron, era un hombre recto, firme, discreto, humilde; arraigado en una fuerte vivencia espiritual, fundamentada en la liturgia y en la Sagrada Escritura, aunque durante muchas temporadas la vivió en la oscuridad de la fe y en la aridez interior. Siempre lo sostuvo, sin embargo, la confianza en Dios, como lo reflejaba su lema abacial. Sufrió mucho cuando en julio de 1936, la comunidad se tuvo que dispersar y dejar el monasterio y el santuario, y aún más debido a los 23 monjes que fueron asesinados o murieron en el frente. Este sufrimiento le afectó fuertemente la salud.

Las palabras de despedida de la comunidad que dijo en el lecho de muerte, son un auténtico testamento espiritual: «Amad Dios. Sed siempre fieles a Jesucristo según el espíritu del Evangelio. Él es el remedio y la única salvación, no sólo para los monjes sino de todo el mundo. Sed fieles a la Virgen María; ella es nuestra tierna madre que nos acompaña como cogiéndonos de la mano, estimémosla. Tengamos caridad, porque sin caridad todo es mentira. Estimemos siempre y a todo el mundo». Tuvo, también, unas últimas palabras de despedida para los escolanes: «Yo recuerdo con emoción -les dijo- el honor de haber sido recibido en esta casa, aquí hice la primera comunión, aquí nací a la vida espiritual y a la vida intelectual. Procurad ser hijos predilectos de la Virgen «(cf. El Abad Marcet. Montserrat, 1951, p. 27-28).

Hoy, en torno al altar, hacemos memoria de la persona del P. Abad Antoni M. Marcet y agradecemos la obra que el Señor hizo a través de él a favor de Montserrat y de su misión en la Iglesia. Y también pedimos que comparta la gloria de Jesucristo para que pueda ser, cerca de él, intercesor a favor nuestro.

Ahora nos adentraremos en el corazón de la celebración eucarística. En el sacramento, encontraremos la presencia de Aquel que, por su ascensión, aparentemente puede parecer ausente, Jesucristo

 

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Domingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (9 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:25-26.34-35.44-48 / 1 Juan 4:7-10 / Juan 15:9-17

 

Vamos terminando la celebración del tiempo Pascual. Hemos participado sacramentalmente de los misterios salvadores. ¿Podríamos explicar la vida de Jesús en pocas palabras? Ya que el final de la vida responde a todo lo que ha sido la experiencia anterior: “Como vives, morirás”.

Hay una frase en el interrogatorio de Pilato que creo puede resumir el porqué de la existencia de Jesús. Pilato le pregunta: «¿Tú eres rey?». Y Jesús responde: «Sí, pero mi reino no es de este mundo. Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Esta respuesta contiene la explicación de todo lo que Jesús ha hecho y cómo lo ha hecho.

Jesús nunca quiso hacer signos maravillosos para deslumbrar a los hombres. Cuando le pidieron una señal del cielo se negó. Él no venía a entusiasmar a la gente, su actuar fue siempre discreto. Hasta pedía que no se hiciera propaganda. Jesús enseñaba y actuaba según veía que hacía el Padre. Y la actuación de Dios es discreta. Apunta al corazón, no a los sentimientos. Él vino a enseñar la verdad, y la verdad absoluta, y ésta no se puede discutir. Simplemente: es. Por eso, cuando el Bautista envía a sus discípulos a preguntarle si era él al que esperaban, les dijo: «Id a decir a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y feliz el que no se escandaliza de mí». Jesús no daba otros argumentos de lo que decía y hacía. Y así afirmó ante Anás: «Id y pregunta lo que yo he dicho y hecho a los que me escuchaban». Él no necesitaba defenderse, sino que le apoyaba el Padre que lo había enviado, porque él hacía lo que le indicaba: «Yo no hago nada que no vea hacer al Padre». «Si no me creéis a mí, creed las obras». De ahí que, al final de su vida dijo: «todo ha sido cumplido. Y expiró”.

De todo ello podemos extraer el contenido de la respuesta: «He venido a dar testimonio de la verdad». Porque la VERDAD es única, la Verdad es Dios: Amor. Y Jesús muestra a Dios: «El que me ve a mí ve al Padre». Ve como Dios ama el mundo. ¿Podríamos dudar que lo resucitara?

Nos dice hoy el discípulo de Jesús: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene cuando nos envió a su Hijo único…, él ha sido el primero en amarnos, no que nosotros nos hayamos avanzado a amar a Dios». Esto es: Dios es Amor. Y el amor ¿qué respuesta pide?: Amor. “El amor saca amor”, dice Santa Teresa. Esto lo podemos comprobar cuando el amor es verdaderamente humano. No es ninguna teoría, es la realidad. Comprendemos, pues, claramente lo que se deriva. «Yo os quiero tal y como el Padre me ama. Manteneros en el amor que os tengo. Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como yo os he amado». Ahora sois mis amigos, y no hay secretos entre amigos. Por eso os he hecho saber lo que he oído a mi Padre. Yo os he elegido para ser mis testigos. Y el Padre os concederá todo lo que le pidáis en mi nombre. Esto os mando: que os améis unos a otros. Este es, pues, el testamento de Jesús.

El amor no puede ser egoísta. Jesús nos ha enseñado la verdad: ha dado la propia vida por todos nosotros. También nosotros debemos darla por los hermanos. Esto supone abnegación, renuncia, mortificación. Pero es el esfuerzo lo que da fruto y no el egoísmo. Basta mirar a nuestro alrededor y constatar lo lejos que estamos, para que se pueda decir: ‘mirad cómo se aman’. Pero sólo en eso se podrá conocer que somos discípulos de Cristo. Y el mundo lo espera. Ya que el amor que el mundo practica es sólo el carnal que, sin el espiritual, se consume. Porque sólo perdura el espiritual, que es el verdadero que nos ha dejado el Cristo resucitado con su vida.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Domingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (2 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 9:26-31 / 1 Juan 3:18-24 / Juan 15:1-8

 

Si nos preguntáramos cuál es el objetivo final de nuestra existencia, qué hacemos aquí, qué sentido tiene todo… la última frase del evangelio que nos ha sido proclamado podría ser la respuesta: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Ser discípulos de Cristo y dar fruto, es toda una misión.

Y para explicarlo, hoy el Señor ha usado una de esas imágenes que tanto le gustan, una imagen del mundo rural que todo el mundo puede entender con facilidad: la vid, la cepa y los sarmientos. Es una imagen muy utilizada a lo largo de toda la biblia, porque va muy bien para explicar nuestra relación con Dios. Ya la encontramos en el Génesis donde se explica que Noé, sólo salir del arca, «fue el primero en trabajar la tierra, y plantó una viña» (Cf. Gn 9,20), y a partir de ahí la imagen de Dios como viñador, es utilizada en diferentes ocasiones. Y en el pasaje de hoy se decía que en esta viña quiso plantar una cepa única, especial, «la vid verdadera»: Jesús. Y no sólo eso. Los sarmientos que salen de esta cepa, somos nosotros. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos», nos decía. Cepa y sarmientos son, en realidad, una misma planta. Y eso quiere decir que todos nosotros formamos parte de Cristo resucitado, nos alimentamos de la misma savia -hemos recibido la misma gracia, y es a través nuestro que la cepa da su fruto. No es cualquier cosa, es una misión y una responsabilidad muy importante: Dios nos ha hecho la gracia de ser sus hijos, con todo lo que ello implica.

Esta imagen también tiene una connotación eucarística. No es casual que Jesús nos dejara el vino como prenda y sacramento en la eucaristía. El vino es el fruto de la vid, es la sangre de Cristo, y esto convierte la eucaristía en la vida de la Iglesia. Domingo tras domingo, cuando la comunidad está reunida con Cristo resucitado en torno a su mesa, es un momento privilegiado para escucharlo, y para tomar conciencia de que nosotros y Cristo resucitado somos uno -estamos unidos en comunión, y formamos parte del mismo cuerpo: el sarmiento es una parte importantísima de la cepa, porque sin ella no daría uva. Nosotros damos fruto en el mundo a través de los dones que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. Y es aquí, a través de la oración y del diálogo con Dios que hacemos en el tiempo, cómo podemos irlos descubriendo y desarrollando, para que los podamos llegar a ofrecer como un servicio, como un regalo, como un agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

Hoy, pues, es un buen día para preguntarnos qué frutos damos y cuáles quisiéramos dar. Podemos ignorar nuestros dones, o nos los podemos quedar para nosotros… Pero si queremos ser buenos discípulos de Jesús, estamos llamados a hacerlos crecer, y sobre todo, a darlos. Y por eso siempre nos deberíamos estar preguntando qué puedo hacer yo desde allí donde estoy, o qué hubiera hecho Jesús en mi lugar, ante las situaciones que se nos planteen.

Es un buen momento para recordar la última frase del evangelio con la que empezábamos este comentario: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Dios desea que seamos sus colaboradores más estrechos, y podemos serlo siguiendo a Cristo. Y si lo hacemos de manera auténtica, llegaremos a identificarnos tanto con Él que seremos una parte de sí mismo, como los sarmientos son las ramas de la vid que le están unidas. Dicho en palabras de la segunda lectura, «Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él»: como los sarmientos en la vid. Así podremos llevar a cabo la misión que Dios ha soñado para nosotros.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)