Domingo II de Cuaresma (13 de marzo de 2022)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (13 de marzo de 2022)

Génesis 15:5-12.17-18 / Filipenses 3:17-4:1 / Lucas 9:28b-36

 

Estimados hermanos y hermanas:

Este segundo domingo de Cuaresma nos es un llamamiento a la conversión y a un seguimiento más intenso y más firme de seguir a Jesucristo, nuestro Salvador. Jesús, que tenía una gran predilección por las montañas, por contemplar el Sol que viene del cielo. Aquí, en Montserrat, cada día, las grandes salidas de Sol son siempre diversas y espléndidas, y las más discretas puestas de Sol entre las montañas siempre son de postal. Maravillas, que, día tras día, son irrepetibles, únicas y distintas. Como decía el Padre Basili Girbau, último monje ermitaño de Montserrat: «De película y gratis».

Entre las diversas montañas del Nuevo Testamento encontramos la de las Bienaventuranzas, la montaña de las Tentaciones o de la Cuarentena del pasado domingo en Jericó. La montaña de los Olivos, el gran macizo del Hermon en Cesarea de Filipo, la cordillera de Jerusalén y la montaña de hoy, el Tabor, que domina toda la llanura Jezrael. En su cima (590 metros) se encuentra la gran Basílica de la Transfiguración y los restos de un Monasterio Benedictino antiquísimo (s. VII).

En el Evangelio que hoy hemos escuchado al Señor que invita a subir y a rezar en la montaña a tres de sus discípulos de mayor confianza: San Pedro y los Hijos de Zebedeo, Santiago el Mayor y su hermano Juan, el discípulo amado. San Pablo los reconoce como columnas de la Iglesia (Gal 2:9) y son los mismos que velarán en el huerto de Getsemaní en la noche de su Pasión (Mt.26: 36ss.).

Jesús subió a la montaña para rezar y fue en oración que se volvió su vestido blanco como la nieve, y su rostro resplandeciente y luminoso como “Aquel Sol que viene del Cielo”. La Transfiguración nos invita a contemplar, en adelante, la Gloria y la Majestad de Jesús Resucitado Viviente y Glorioso para siempre. Él es nuestro Redentor y nuestra Salvación. Como nos dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy: «Jesucristo, el Señor, transformará nuestro pobre cuerpo para configurarlo en su cuerpo glorioso» (Fl.3.17ss).

Nuestra vida terrenal es como una montaña muy alta, que hay que coronarla… Que no significa allanarla, que no quiere decir destruirla, porque nuestra vida humana tiene siempre mucho VALOR, desde el primer momento hasta el final. A medida que vivimos, en el día a día, nos transformamos físicamente con el paso de los años. Un paso del tiempo a lo largo del cual no hay que desfallecer en el camino de subida, de la vida creciente. Debemos tener los ojos renovados para contemplar como un niño, un niño, la salida del Sol que siempre es gratis, diferente y esplendorosa. Necesitamos ahora, más que nunca, en este tiempo de guerra y de pandemia, subir de nuevo a la montaña de la vida con más Amor y salir de la Ciudad, de la Tierra Baja, de nuestro personalismo, de nuestro Yo y del nuestro Tener… Preguntarnos ahora, sinceramente: en nuestro corazón, ¿hay lugar para hacer una pequeña Transfiguración, -Configuración con Jesús, ahora y aquí? Pero, con sinceridad, vivimos demasiado acelerados. Demasiado estresados. Las redes sociales piden movimiento, rapidez, fotos, tuits y mensajes. Si interactúas existes; sino, no eres nada. ¿Somos realmente felices con tanta tecnología? La conversión, seguir a Jesús, es como escalar una montaña alta, que supone mucho esfuerzo subirla, pero, sí, ahora más que nunca, vale la pena construir una casa en la cima, para estar cerca de Dios y rezar con Él, Moisés y Elías, que son testimonios vivos que conversan y hablan con Jesús, representan la Ley y los Profetas, son la Palabra de Dios hecha letra y norma de Vida.

La Teofanía, la Voz del Padre, de la nube, es como en el bautismo de Jesús en el río Jordán (Lc.3:21ss) o en la montaña Santa del Sinaí, es una Manifestación que ratifica la Palabra Dios: “Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadlo”. San Benito dice a los monjes: “Escucha, hijo, las prescripciones del Maestro, inclina el oído de tu Corazón” (Prólogo a la suya de Regla).

Cada uno de nosotros debe valorar, dentro de su Corazón, si permanece demasiado en el valle, sin nunca subir a la montaña, y no ver nunca la salida del Sol que viene del Cielo, o bien, si permanece siempre arriba, en la cima, como quería San Pedro. Nosotros hoy nos encontramos en lo alto de la Montaña de Montserrat, celebrando la Eucaristía. Sobre la cima del Altar, Cristo estará presente en su Cuerpo y su Sangre, Transfigurado para todos nosotros cristianos. Digamos como San Pedro: “Maestro, que bien estamos aquí arriba”, bajo los pies de Santa María.

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (13 de marzo de 2022)

Domingo I de Cuaresma (6 de marzo de 2022)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (6 de marzo de 2022)

Deuteronomio 26:4-10 / Romanos 10:8-13 / Lucas 4:1-13

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

La semana pasada, con la celebración del Miércoles de Ceniza, iniciamos una nueva Cuaresma. Un período de cuarenta días en que Dios nos llama a la conversión y con el que nos preparamos para la celebración de la Pascua de la Resurrección de Cristo. La Cuaresma es imagen tanto de los cuarenta años de travesía del desierto por parte del pueblo judío, como de los cuarenta días en los que Jesús estuvo en el desierto y fue tentado por el diablo.

La primera lectura, correspondiente al libro del Deuteronomio, nos evoca la fuga de Egipto por parte de los israelitas. El pueblo de Israel vivía oprimido y esclavizado hasta que un hombre, Moisés, fue capaz de liberarlo, de cruzar el Mar Rojo y de conducirlo durante cuarenta años por el desierto camino de la Tierra prometida que mana leche y miel. Allí en el desierto, el pueblo tuvo que sufrir pruebas y tribulaciones, pero la ayuda de Dios nunca les faltó.

La lectura del evangelio según san Lucas que nos ha sido proclamada, nos evoca la segunda prefiguración de la Cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto después de su bautismo. Allí, en el desierto, Jesús fue tentado por el diablo durante cuarenta días. Sin embargo, Jesús resultó triunfante de las maquinaciones del enemigo y, tras superar las dificultades, fue servido por los ángeles.

De acuerdo con lo dicho hasta ahora, podemos decir que la Cuaresma queda configurada por cuatro elementos: el desierto, la prueba, la conversión y el triunfo.

El desierto. Tanto los israelitas al salir de Egipto, como Jesús después del bautismo del Jordán, se van al desierto. El desierto puede evocarnos una cierta desesperación, pero la verdad es que se convierte en el lugar propicio para la reflexión. En el desierto no podemos llevarnos cosas superfluas, sólo lo estrictamente necesario. Si no lo hacemos así, el peso de la mochila nos va a impedir avanzar. Es por eso que la Cuaresma debe servirnos para revisar los fundamentos de nuestra vida, aquello sin lo cual nuestra existencia no tiene sentido.

La prueba. En el desierto se encuentran las pruebas. Los israelitas tuvieron que poner a prueba, una y otra vez, su confianza en el Señor. ¿Por qué –se preguntaban– el Señor les había conducido a los sufrimientos del desierto? ¿Era ésta la libertad prometida? Igualmente, Jesús, el Hijo de Dios, se vio tentado por el diablo. Nuestra vida, y nuestra vida como cristianos, no siempre es fácil. Las dificultades de todo tipo están a la orden del día. Desde hace dos semanas estamos presenciando en Ucrania una guerra fratricida y totalmente injusta, que también puede hacernos preguntar: ¿por qué Dios permite todo esto? En medio del desierto no oímos la voz Dios.

La conversión. Pero a pesar de todo, Dios está; Dios nunca nos abandona. Pero debemos convertirnos y perseverar. Quien persevere hasta el fin se salvará, nos dice el Señor. Aquí está uno de los puntos centrales de la Cuaresma: la conversión. Nunca oiremos la voz de Dios si no somos capaces de mirar hacia donde está él. Dios pasa por nuestras vidas, no podemos tener ninguna duda. El problema no es que ocurra o no pase, sino que el problema es si somos capaces de reconocerlo cuando ocurre. Debemos convertirnos para saber mirar al mundo no sólo con la mirada natural sino con los ojos de la fe.

El triunfo. La experiencia del desierto del pueblo judío termina con la llegada a la Tierra prometida, esa tierra que Dios había prometido a Abraham y que sería donde el pueblo se haría más numeroso que los granos de arena del mar o que las estrellas del cielo. Por otra parte, las tentaciones de Jesús en el desierto también terminan con el triunfo del Señor. Después de que Jesús no cayó en ninguna de las trampas, el diablo agotó las diversas tentaciones y se alejó del Señor.

El camino que Jesús nos propone es un camino que nos lleva hacia la cruz, sí, pero no se detiene aquí, sino que llega hasta la victoria final de la resurrección. El desierto, las pruebas y la conversión no son instrumentos espirituales que nos conducen a la cruz, sino que la traspasan. Nuestro camino como cristianos no nos lleva a la oscuridad sino a la luz. La última palabra nunca la tienen la oscuridad, la muerte o la cruz, sino que siempre la tienen y la tendrán la luz, la vida y la resurrección.

Hermanos y hermanas, el libro del Deuteronomio nos hablaba de una cesta con las primicias de los frutos de la tierra. La Eucaristía que estamos celebrando es esta cesta de los frutos de vida eterna que estamos buscando. Que el pan y el vino nos sean alimento en este camino cuaresmal.

 

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (6 de marzo de 2022)

Miércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de marzo de 2022)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Convertíos. Ésta es la palabra que escuchamos por encima de todas las demás en la liturgia de hoy. Convertíos con todo tu corazón, convertíos al Señor, convertíos y creed en el Evangelio, por citar sólo aquellas que literalmente contienen el verbo convertir porque la idea todavía aparece más veces.

Convertir en su significado más normal significa transformar una cosa en otra, darle la vuelta. Su significado más antiguo y básico sería cambiar. Este es el grito del miércoles de Ceniza, éste es el grito de toda la Cuaresma: ¡cambiad! Transformaos, giraos. Para que todos estos verbos tengan sentido necesitamos evidentemente saber de qué a qué debemos cambiar. Éste es en el fondo, el camino que debemos recorrer durante todas estas semanas, quizás durante toda nuestra vida de creyentes: tomar conciencia de dónde estamos y adónde vamos. No avanzaremos sólo en este itinerario. Sabemos que caminamos siempre bajo la mirada de Dios. En el evangelio, hemos escuchado cuatro veces el verbo ver, mirar, dos referidas a Dios y dos referidas a la gente. Permítanme que utilice la imagen de esta mirada para explicarme.

Para averiguar de dónde somos y adónde vamos necesitamos primero una mirada sobre nosotros mismos. La liturgia de hoy no es muy optimista. Pone de relieve más bien toda la oscuridad, todo el pecado, todo lo que no hacemos bien y nos invita a ser conscientes de ello, ya que éste es el primer paso para transformarlo. Esto lo digo pensando sobre todo en los escolanes: hace años, antes de que nacierais vosotros, un predicador hizo una homilía un miércoles de Ceniza y habló mucho de ordenadores, de sistemas operativos y de informática. Durante algunos años, a este predicador que no es ningún monje de nuestra comunidad pero que viene de vez en cuando, los escolanes le decían el antivirus, porque de su homilía del miércoles de Ceniza, que queda claro que escuchasteis muy atentamente, recordasteis esta idea. No escuché la homilía porque ese año yo estaba en Roma, y ​​no sé si repetiré lo que él dijo, pero en todo caso me ha parecido que podéis entender bien qué es la cuaresma con este ejemplo. Cuando nos miramos a nosotros mismos -es como si miráramos nuestro ordenador, nuestro ipad, el móvil y viéramos que no funciona perfectamente. ¿Quizás un virus, quizás alguna aplicación no actualizada? Primero debemos pasar uno de esos programas que te dicen que lo limpian y luego seguramente deberemos instalar un antivirus o descargarnos algunas actualizaciones. Esto es lo que quiere Dios. Que miremos qué no funciona, es decir dónde estamos, y a base de algunas prácticas, la oración, la ayuda a los demás y renunciar a algunas cosas que nos gustan, que tendrán que hacer de antivirus, intentamos ser mejores, intentamos ir hacia donde Dios quiere que vayamos. Es decir que nuestro ordenador funcione perfectamente, que nosotros como personas, también amemos y trabajemos por los demás al cien por cien. Ya os aviso que todo esto a veces es más lento que simplemente instalarse un programa o descargarse una aplicación. ¡Quienes no sois escolanes, estoy seguro de que también lo habéis entendido perfectamente!

La ceniza en la cabeza era un signo de estar de luto. De estar tristes. Nos la ponemos hoy en este sentido de mirarnos a nosotros mismos y reconocer que no podemos estar del todo satisfechos con nosotros mismos y que necesitamos transformarnos en el camino del Evangelio, que es el camino señalado por Jesús y por todas sus enseñanzas.

Esta mirada individual es la que domina más hoy, ya que cada uno es responsable de su vida y de sus acciones y la llamada que oímos hoy va muy dirigida a cada uno en concreto, de una manera muy personal. Pero también existe una mirada colectiva. Todos somos solidarios. La Guerra de Ucrania, por su proximidad, nos hace realmente reflexionar sobre la humanidad, sobre cómo es posible todo esto que hemos visto y escuchado estos días. Si miramos, ya no a nosotros mismos, sino con una mirada colectiva a Europa y al mundo, no nos gusta dónde estamos, no nos gusta nada. Naturalmente no nos gusta la invasión, y tampoco vemos tan clara tan limpia y tan libre de intereses las respuestas. ¿Nos queda claro que las personas y las vidas son lo más importante? Aquí es donde deberíamos ir y no es ciertamente dónde estamos. El Papa Francisco ha llamado a solidarizarnos todos por la paz, con las prácticas cuaresmales de siempre: la oración, el ayuno y la ayuda. Los sacerdotes de la primera lectura lloraban entre el vestíbulo y el altar, como cantaremos ahora en el motete del ofertorio: Inter vestibulum et altare plorabunt sacerdotes…, ¿por qué lloraban? Por el pueblo, por el mundo. Qué buen ejemplo para nosotros. La situación de Ucrania puede ser un toque de atención a tantas otras situaciones mundiales donde las personas no están en el centro. Llorar es el fruto de ver dónde estamos con preocupación, pero de ahí debe venir la fuerza de conformarnos, no el mundo tal y como está, sino querer cambiarlo, darle la vuelta incluso. Nuestra transformación colectiva debería ir en esa dirección, poner a los seres humanos y la preservación de la tierra en el centro.

¿Cómo debe ser esa mirada individual y colectiva? Deberíamos mirar cómo mira Dios. Dios no mira ni se queda dónde estamos, Dios mira adónde vamos. Mejor aún: Dios ve allá donde podemos llegar. Dios es benigno y entrañable, lento para el castigo, rico en el amor. Dios abre siempre la perspectiva de un futuro mejor. Y además esa mirada de Dios es auténtica como nos dice el Evangelio. Ve la realidad de nuestros corazones. No mira cómo mira la gente. Dios nos dice muy claramente que esta transformación a la que nos invita cada Cuaresma no es para exhibirla, es para que sea real, en el corazón y en la vida de cada uno y de todos. Pongámonos a ello con toda la sinceridad.

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

Domingo VIII del tiempo ordinario (27 de febrero de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de febrero de 2022)

Sirácida 27:4-7 / 1 Corintios 15:54-58 / Lucas 6:39-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

El texto del evangelio que nos acaba de proclamar el diácono es la continuación del fragmento que leímos el pasado domingo. Si lo recordáis, Jesús explicitaba que el alcance del amor llega hasta amar a los enemigos, al tiempo que espoleaba a sus discípulos a ser compasivos como lo es el Padre del cielo, ya que el juicio de Dios será en función de la medida que cada uno haya hecho a sus hermanos.

El texto de hoy, en cambio, no contiene, como en otras ocasiones, ninguna alusión ni a la fidelidad espiritual ni a la recompensa o el juicio en el mundo futuro. Se trata de un texto empapado de sensibilidad humana, de experiencia vivida, de valoración «desde el corazón». Un texto que nos hace dar cuenta de que, en nuestra historia, tanto la personal, como la colectiva, el corazón, y el amor que se deriva, es el único espacio, el único lugar desde el que podemos hacer la experiencia de nuestra filiación divina y nuestra experiencia de fraternidad.

Siguiendo los tres apartados del texto: el ciego que es guiado por otro ciego, la astilla y la viga y el árbol que da buenos o malos frutos, hay tres palabras que nos pueden guiar en nuestra reflexión: discípulo-maestro, como una unidad; hermano y bondad.

¿Quién es un discípulo? El discípulo es aquel hombre y aquella mujer, que, habiendo oído la llamada de Jesús, se adhieren, desde el corazón, a su persona ya su mensaje. El discípulo es aquél que quiere hacer el camino de Jesús, para identificarse con él y darse a los demás hasta donde sea necesario. La imagen gráfica de un ciego guiando a otro ciego, nos da la clave para entenderlo. Las instrucciones de Jesús, las instrucciones del maestro, van dirigidas al corazón y no a la cabeza. Por eso es necesario que el discípulo se conozca antes a sí mismo, ya que la tendencia natural del hombre es dejarse llevar para juzgar a los demás, es decir, ver la paja que está en el ojo del hermano y no ser consciente de la viga que empaña nuestra mirada y nuestro obrar. El propio conocimiento, el aprendizaje del seguimiento de Jesús, nunca da lugar a autoritarismo alguno. El seguimiento de Jesús, el aprendizaje de las bienaventuranzas, dan siempre paso a la misericordia ya la bondad.

El criterio para discernir el propio corazón, primero, y el de los demás, después, son los frutos que produce nuestra conducta. La calidad del fruto nos hace saber el valor del árbol, el tipo de fruto, su procedencia. La calidad y el tipo de nuestra conducta nos hará saber el valor y la auténtica raíz de nuestra vida cristiana. Toda persona tiene impresa en su corazón la posibilidad de hacer de su vida un proyecto fundamentado en el amor. La fuerza del Evangelio es la que dinamiza el proyecto y le lleva a su plenitud. Cuando se ama desde el tesoro que llevamos dentro de nosotros y sobre lo que el Evangelio empuja, las palabras resultan sanadoras y fraternas. Así, el corazón y la boca se unifican dando lugar al fruto maduro de la persona que sabe amar.

En la oración colecta de este domingo hemos pedido a Dios que guíe el curso del mundo por los caminos de la paz según sus designios. Estas palabras resuenan hoy con mucha fuerza ante la barbarie bélica entre Rusia y Ucrania, que como toda guerra no tiene ningún sentido. La paz es un don que Dios nos concede. A nosotros, a todos, nos corresponde acogerlo para que sea realidad, en todos los niveles y situaciones, a través de gestos, palabras, acciones que alejen las actitudes violentas que son siempre una forma bélica.

Con el obispo poeta roguemos: Señora de Montserrat, que tienes su santa montaña rodeada de olivos, signo de paz, conseguid para todos los pueblos una paz cristiana y perpetua.

Finalmente, el próximo miércoles iniciaremos la Cuaresma. Será un tiempo favorable para iniciar de nuevo el proceso de nuestra conversión, injertándonos de la Cepa que es Jesucristo. Unidos con Él, nos reconoceremos hermanos unos de otros, hijos de un mismo Padre. Y esto es lo que ahora celebramos en la Eucaristía.

 

 

Abadia de MontserratDomingo VIII del tiempo ordinario (27 de febrero de 2022)

Domingo VI del tiempo ordinario (13 de febrero de 2022)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (13 de febrero de 2022)

Jeremías 17:5-8 / 1 Corintios 15:12.16-20 / Lucas 6:17.20-26

 

En el evangelio de las Bienaventuranzas según san Lucas, Jesús proclama felices a los pobres, a los que ahora pasan hambre, ya los que lloran. En el evangelio según san Mateo, Jesús proclama felices a los pobres en el espíritu, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los compasivos, a los limpios de corazón, a los que ponen paz. Ambas versiones nos dan una visión muy amplia de la predicación de Jesús.

En el origen de la predicación del Evangelio, Jesús solía hacer unas breves y concisas afirmaciones, fáciles de memorizar. A menudo, varias personas acostumbraban a hacerle preguntas y Jesús mismo, o sus primeros discípulos, podían explicar y complementar estas Bienaventuranzas.

Hoy, sin embargo, lo importante es tratar de entender hacia dónde apuntan las Bienaventuranzas. Desde el principio, nos sugieren una manera de hacer camino siguiendo la propuesta de Jesús, que comporta, ante todo, fiarse totalmente del amor incondicional del Padre celestial. Jesús mismo lo vivió a fondo, dándose del todo en el anuncio del Reino de Dios. En el día a día, compartía su visión de la vida con los discípulos y otras personas, pero a menudo se dirigía a toda la gente que le seguía para escucharle. De hecho, Jesús les orientaba sobre cómo Dios, el Padre del Cielo, ama a cada persona, y cómo el Espíritu Santo nos da la fuerza para tratar bien a todos y crear un mundo auténticamente humano y respetuoso.

Pero si nos encontramos reunidos aquí es para proclamar la esperanza que Jesús nos ofrece, para que las lágrimas se conviertan en risas, que el hambre sea saciada, que puedan ser ayudados quienes se encuentran con necesidades y que consigan, en medio de la vida, una esperanza dentro del corazón que nos ofrece el reino de Dios.

Nos lo decía la segunda lectura que hemos escuchado: «Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto». Al respecto, San Pablo nos dice que si Cristo no hubiese resucitado nuestra fe no tendría sentido y nosotros seguiríamos sumergidos en una muerte sin salida.

Nos encontramos hoy, pues, con el deseo de acoger y compartir la buena nueva que Jesús dirige: que su vida, muerte y resurrección nos abre las puertas para vivir con la mayor esperanza que podíamos soñar. No sólo para vencer a la muerte que debemos sufrir y no tiene remedio, sino porque podemos esperar la resurrección en el cielo, una realidad que Dios ofrece a cada persona. Gracias a las buenas obras podemos admirar más la muerte de Jesucristo con la esperanza de participar en la resurrección que Él nos ha abierto.

Si recordamos la última cena de Jesús, podemos constatar que Jesús lavó los pies a sus discípulos para dejar bien claro hasta qué punto los amaba y nos ama hoy a nosotros. Fue cuando Jesús, con humildad, hizo este gesto para dar a entender cómo serán acogidos y ayudados todos los que creen en Él, tal y como nos lo dice: «Os he dado un ejemplo porque, tal y como os lo he hecho yo, lo hagáis también vosotros. Ahora que habéis entendido esto, felices vosotros si lo ponéis en práctica».

Con las palabras de Jesús podemos constatar cuánta gente hay en el mundo que obra el bien y que merece ser amado por el bien que hacen. Así podemos comprender cómo Dios ampara a todas las personas que obran el bien, tal y como nos ha enseñado Jesús. Como cristianos, nosotros tenemos la suerte de acoger con agradecimiento las palabras de Jesús. Ojalá las entendamos bien y las pongamos en práctica con sinceridad. Qué el evangelio de hoy sea, pues, para cada persona un ánimo para vivir el día a día con solidaridad y respeto, al tiempo que vamos creciendo en la fe, en la esperanza y en la caridad. ¡Qué así sea!

 

 

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (13 de febrero de 2022)

Domingo V del tiempo ordinario (6 de febrero de 2022)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje y Rector del Santuario de Montserrat (6 de febrero de 2022)

Isaías 6:1-2a. 3-8 / 1 Corintios 15:1-11 / Lucas 5:1-11

 

La celebración comunitaria de la fe siempre nos trae la alegría del evangelio. San Pablo nos recordaba, en la segunda lectura, lo esencial de este evangelio que acogimos al recibir el bautismo y que es la encarnación, la muerte y la resurrección del Señor por nosotros y por nuestra salvación.

Jesús, obediente al designio de salvación del Padre, con su doctrina nos eleva el espíritu con palabras sencillas, fáciles de comprender, que llegan al corazón de las cuestiones más esenciales.

Jesús, por amor nuestro, ha compartido nuestra condición mortal, nuestras ilusiones, amores y aflicciones, para poder hacerse en verdad uno con nosotros, compañero de este camino de regreso a la casa del Padre que todos emprendemos desde nuestro nacimiento.

El Señor con su amor fiel, en medio del sufrimiento y de la muerte, y muerte de cruz, ha hecho morir en Él el pecado de todos porque, siendo tentado igual que nosotros, no ha caído en el pecado sinó que nos ha liberado a todos de su trampa mortal. Jesús resucitado, dándonos su Espíritu, nos brinda la posibilidad real de un nuevo comienzo.

Ésta es la vida que nos trae el evangelio. El evangelio es comparable a una red de pescar, pero con una finalidad diferente a la que tienen las redes de los hombres y las mujeres de mar, ya que no se trata de pescar peces sino personas como hemos oído hoy en el evangelio. La comparación, como todas las de Jesús, es sencilla y comprensible para quien quiera entenderla: los peces una vez sacados del agua mueren, en cambio, los hombres sacados del agua, son salvados de la muerte.

Desde el punto de vista de la fe todos somos pescados y pescadores de alguna forma. Pescados por el atractivo y la veracidad de la Palabra de Dios que nos da vida y esperanza, pescadores en tanto que la misma Palabra, transformando nuestra manera de vivir y de convivir, nos hace comunicadores de esta «vida con mayúsculas».

La fe se comunica de corazón a corazón, en familia, en las penas y alegrías de cada día, en el luto y en la esperanza, en la asamblea de los creyentes, en el silencio de la amistad y del buen compañerismo. Hoy todas estas realidades también se difunden a través de las redes sociales. Si tomamos la red como una metáfora, vemos que no todas las redes pescan para la vida, las hay que simplemente atrapan y no te dejan salir a flote. Extender la red del evangelio en el ámbito de la tecnología de la comunicación no es sólo poner contenidos religiosos, sino dar un testimonio coherente en el mismo perfil digital y en la forma de dar referencias, opiniones o emitir juicios, que han de concordar inequívocamente con los valores del evangelio, incluso cuando no se habla explícitamente de él.

La red de Jesús es totalmente diferente a las demás. Está tejida de palabras limpias y de compromiso coherente, es una red ancha, abierta a la luz y al gozo de la vida que viene de Dios.

También el sistema de pescar de Jesús es diferente. La hora de pescar no es la hora acostumbrada en la pesca marina, que habitualmente se hace por la noche, sino, como hemos visto en el evangelio, la pesca de Jesús se hace a la luz del día, después de escuchar la Palabra de Dios, después de ponerse en su presencia como cuando queremos sentir a primera hora de la mañana ese calor del sol en la cara que nos da energía positiva y buen humor.

El espectáculo de la salida del sol iluminando el cielo y la tierra siempre nos maravilla y al mismo tiempo nos hace caer en la cuenta de nuestra pequeñez. Algo parecido y mejor ocurre cuando nos ponemos conscientemente en la presencia de Dios sintiéndonos felizmente pequeños, pero inmensamente queridos, sintiendo el impulso de vivirlo todo con agradecimiento y generosidad, compartiendo el don de la fe en familia o en comunidad como lo estamos haciendo ahora mismo en la celebración de esta eucaristía, con el deseo de dejar en las redes un plus de consuelo, de gozo, de esperanza y de Espíritu.

 

 

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (6 de febrero de 2022)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

Para comprender mejor lo que querría comunicaros con estas palabras, os propongo que empecemos haciendo cada uno un ejercicio de memoria personal y recordemos aquellos momentos de nuestra vida en los que nos hemos encontrado con una ermita en medio del campo, o una capilla en lo alto de una colina, o una iglesia en la ciudad o hemos entrado en cualquier lugar de oración. Seguramente era un edificio antiguo como la mayoría de lugares de culto de nuestro país, probablemente artístico, más o menos bonito; quizás significaba personalmente algo para nosotros porque era conocido: esto significa que nos traía recuerdos, o quizás era totalmente nuevo. Sea como fuere, la primera sensación, viendo todavía el edificio por fuera es que estábamos ante un testimonio de la presencia de la fe en aquel lugar, de quienes lo hicieron, de todos los que lo han visto antes nuestro y cómo nos sentimos unidos en esa fe, ver iglesias nos hace sentir un poco como en casa. Esta sensación se hace seguramente más intensa al entrar. Entrar en un templo es muy diferente a entrar en un Museo. Puede estar también lleno de obras de arte, como ocurre en una exposición, pero hay algo más, hay una vida espiritual que a menudo se respira. Una parte de esta experiencia es compartida incluso por personas sensibles espiritualmente, sean de la confesión o de la religión que sean. Quizá sea un poco de deformación profesional, pero nunca dejo de mirar si la puerta de una iglesia está abierta y de entrar, habiendo repetido esta experiencia sin cansarme.

La solemnidad de hoy da un valor especial a este aspecto tan material, tan físico del espacio en el que nos encontramos. Dedicar una iglesia es orar a Dios para que entre estas paredes cada uno pueda repetir este encuentro con el Señor, que intentaba recordar hace un momento, esto se hace por la celebración de los sacramentos y de la oración personal y colectiva. Y esta dedicación es tan importante que celebramos cada año su aniversario. La fiesta de hoy no se queda en la alabanza de las piedras que forman las paredes. Constantemente, no sólo en la misa sino también en los maravillosos himnos que cantamos en Vísperas y Laudas, de los mejores de todo el repertorio gregoriano, se nos recuerda que el edificio de una Iglesia es símbolo de una realidad diferente, significa en primer lugar la posibilidad para cada uno de encontrarse con Dios y así lo hemos cantado con en el salmo responsorial: éste es el tabernáculo donde Dios se encontrará con los hombres.

Jerusalén es la ciudad donde los judíos iban a encontrarse con Dios y allí, en su templo, estaban seguros de que Dios les escuchaba. Ésta es la tradición que de la Jerusalén de la geografía y la historia ha pasado en una dimensión espiritual a la Iglesia toda entera y en todos los edificios que la hacen concreta y real, como lugares de encuentro de cada una de las comunidades con Jesucristo. Por eso, sí, esta Iglesia nuestra de Montserrat puede ser llamada, Ciudad Santa de Jerusalén, llamada visión de paz, Urbes Ierusalén Beata, dicta pacis visio, como todos vosotros habéis leído en la fachada del monasterio y cómo cantaremos en el himno de vísperas. Una Iglesia que pasa así de ser de piedras a ser de personas, de piedras vivías.

Esta piedra será testigo. Esta piedra puede ser exactamente este altar, centro de esta iglesia. Y esta piedra es testigo del encuentro con Dios: Para nosotros esto no es nada abstracto: para los monjes nuestra basílica de Montserrat es naturalmente muy querida. Es aquí que ocurre lo principal de nuestra vida, la oración comunitaria que compartimos con tantos peregrinos presentes y ausentes, el día a día pero también algunos de los momentos fuertes, nuestras profesiones, las ordenaciones, la despedida última de nuestros hermanos difuntos. Esta piedra nos es testigo de que en cada una de estas ocasiones Dios nos ofrece su comunión, la posibilidad de encontrarnos con Él. También me gustaría que vosotros escolanes pensarais en todas las cosas de las que os es testigo esta piedra: de cada Salve, de cada Virolai, de vuestra vestición, de vuestra despedida de la Escolanía, para algunos del bautizo, de la confirmación, de la primera comunión y que pensarais que Jesús os invita a tenerlo siempre presente en vuestras vidas: a hacer el bien y a amar. Lo mismo podríamos decir de los oblatos y de los cofrades que estáis aquí. También esta basílica de Montserrat, construida en el siglo decimosexto y desde el primer momento destinada más allá de ser Iglesia monástica, a poder acoger a los peregrinos que no cabían en la antigua iglesia románica de Montserrat, es un lugar de encuentro con Dios para tantas personas que vienen. Un sitio de memorias y recuerdos arraigados del propio camino de cada uno con el Señor. Que Dios haga que siga siendo esto y que colaboremos en hacer más intensa la vida espiritual de todos los que la visitan.

El evangelio de hoy es un buen ejemplo del fundamento de ese encuentro. Sólo la fe, sólo el deseo de Dios nos permite vivir el encuentro con Jesucristo a quien queremos permanentemente en nuestras vidas. ¿Quién es Zaqueo? Zaqueo era un hombre que a pesar de sus límites quería ver a Jesús. Que había entendido, o sentido, o intuido, quizás sin poder poner estas palabras, que en Jesús había una santidad que curaba. ¡Qué alegría cuando le invita a su casa y cuántas consecuencias para su vida poder acoger a Jesús en casa! Ayer también nosotros celebrábamos que Jesús como luz entraba en esta Iglesia y sencillamente recordábamos lo que todos sabemos: que Él se hace presente aquí todos los días y de tantas maneras. Qué esto también tenga consecuencias para nosotros, los hombres y las mujeres que Dios llama a rezar aquí o reza desde lejos con nosotros.

Seamos agradecidos por el don que Dios nos hace en sus iglesias, por su poder de hacer santas todas las cosas, incluso los edificios. Porque una cosa santa, una persona santa, es aquella que nos hace a Dios cercano. Por eso Jesús es el más santo de todos, porque nadie nos ha hecho a Dios tan cercano como Él y nada nos hace tan cercano a Jesucristo como participar de su cuerpo y de su sangre, que nos dejó como memoria suya. Este Jesucristo que como rezaremos en el prefacio, simboliza admirablemente nuestra comunión con Dios y la realiza en esta casa visible que nos ha permitido levantar.

Acto seguido, querido hermano Jordi, con una breve oración recibirás la bendición que te instituye como ministro de la palabra y del altar. Son dos servicios litúrgicos que hace años que cumples en nuestra comunidad, pero no lo des todo por hecho y por aprendido. Recibe la bendición de Dios como una nueva oportunidad para hacerte consciente de que, con la lectura de la Palabra, acercas a tanta gente que te escucha a Dios, pones voz a la Revelación, al testimonio milenario de la comunidad cristiana. Nunca te cierres a la acción de esta palabra que además como monje estás llamado a meditar y a rezar para que te conforme a Jesucristo, Dios hecho hombre, la Palabra, la fuente de toda la Revelación.

Recibe también la bendición del servicio de acólito, con conciencia de que la proximidad del altar debería llevarnos siempre a la humildad. Humildad por nuestra pequeñez, indignidad, distancia en la santidad, entre lo que aportamos nosotros y lo que nos da Dios, pero también oportunidad de comunión profunda y de servicio a la Eucaristía, que es servicio en el encuentro más fuerte que Jesús ofrece a su pueblo y que nosotros acogemos y recibimos en esta casa de Nuestra Señora, fieles a nuestra misión secular.

Que en estos servicios tengas siempre presente que Él, Cristo, es el protagonista y que todo lo hacemos para que en todo sea glorificado, servido y amado.

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Domingo IV del tiempo ordinario (30 de enero de 2022)

Homilía del P. Ignasi M. Fossas, monje de Montserrat (30 de enero de 2022)

Jeremías 1:4-5.17-19 / 1 Corintios 12:31-13:13 / Lucas 4:21-30

 

Queridos hermanos y hermanas:

La moderna teoría de la comunicación identifica tres componentes en cualquier acto comunicativo. Todos lo hemos oído alguna vez. Se trata del emisor o mensajero, del mensaje propiamente dicho y del receptor. A partir de esta estructura básica, el análisis se puede ir profundizando y complicando, a base de estudiar las características y posibles variantes de cada uno de estos tres elementos.

Os propongo leer las lecturas de este domingo a partir de este esquema.

La primera lectura habla claramente del emisor o del mensajero. El profeta Jeremías explica el comienzo de su vocación. El Señor Dios le hizo oír su palabra para decirle, precisamente, que ya lo había escogido desde antes de nacer. Su papel de mensajero, de transmisor de un mensaje que no era suyo, sino que venía de Dios, estaba ya establecido en el designio de Dios mismo. Aquí encontramos una característica de la comunicación que estamos considerando: el emisor es llamado por Dios a hacer este trabajo, su libertad no consiste tanto en escoger lo que quiere hacer como en aceptar de corazón el designio de Dios sobre él. La palabra que escuchó el profeta le anunciaba, aún, otra característica: el suyo sería un trabajo controvertido, difícil y a menudo mal recibido. La razón es fácil de adivinar: el mensaje que debería transmitir no sería halagador ni sencillo; más bien sería un lenguaje duro, de denuncia y acusación a diferentes instancias del pueblo de Israel. Por otros fragmentos del libro del profeta Jeremías sabemos que se jugó la vida en esta tarea. Pero el Señor no le abandonó nunca: Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte – oráculo del Señor. El salmo responsorial es como un comentario poético sobre la actitud de confianza del profeta en la protección por parte de Dios: A ti, Señor, me acojo… tú, Dios mío, fuiste mi esperanza… En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

En la segunda lectura hemos oído el himno extraordinario de san Pablo al amor, que con la fe y la esperanza forman las tres virtudes teologales. Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles…si tuviera el don de profecía… Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados…pero no amase no me serviría de nada. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, … no se irrita; no lleva cuentas del mal… Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Nos podríamos quedar con la afirmación central del texto, que es el núcleo del mensaje cristiano: el amor no pasa nunca, porque llegará un momento en el que la fe y la esperanza ya no harán falta porque veremos a Dios cara a cara. La más grande es el amor porque es el que nos hace entrar más a fondo en la comunión con Jesucristo.

Si recordamos los tres elementos del principio: emisor, mensaje y receptor, nos queda por considerar el tercero. El evangelio de hoy nos sitúa en la sinagoga de Nazaret, en un sábado, cuando Jesús había terminado de proclamar un fragmento del libro del profeta Isaías, se había sentado y se disponía a hacer su explicación. En ese caso, los receptores eran los judíos que le escuchaban. Hoy, aquí, los receptores somos todos y cada uno de nosotros, que es a quien se dirige el mensaje de salvación. El evangelio nos explica que la reacción de los judíos de Nazaret no fue favorable a Jesús. Es evidente el paralelismo con el profeta Jeremías. A Jesús le pasará lo mismo, y aún peor porque él acabará dando la vida por lo que predicaba. ¿Y nosotros? ¿Cómo recibimos a los mensajeros del evangelio?

¿Cuál es nuestra reacción cuando oímos anunciar que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, que ha venido para salvarnos? Y también podríamos preguntarnos cómo nos comportamos cuando nos toca hacer de mensajeros o de emisores: ¿tenemos claro cuál es el mensaje? ¿Nos da miedo anunciarlo? ¿Lo hacemos con la confianza de que el Señor Dios está a nuestro lado?

Quisiera hacer todavía una última consideración. En el caso de Jesús, el mensajero y el mensaje se identifican. Esto no ocurre en el caso del profeta Jeremías, y en el de todos los demás enviados para anunciar el plan de salvación de Dios. En ellos siempre se distingue claramente entre el emisor o el mensajero y el mensaje. Y conviene que así sea para que quede bien claro que la salvación anunciada viene de Dios, no se obra humana. En cambio, en Jesús, como él es Dios mismo que se ha hecho Hombre como nosotros, el mensajero y el mensaje coinciden. Hemos visto que el núcleo del mensaje es el amor teologal. En Jesús de Nazaret, el Mesías, es el mismo amor, que es Dios, quien viene a encontrarnos. Sólo él puede concederse esta coincidencia.

Gracias a ello, la comunicación que Dios establece con su pueblo, con toda la humanidad y con cada uno de nosotros, llega a su punto más elevado, consistente en la transformación del receptor. Ahora ya no se trata sólo de hacer llegar una determinada información a los destinatarios, ni de provocar en ellos emociones o comportamientos regidos desde fuera, sino de cambiar el corazón del receptor para que lata en sintonía con Dios mismo, para que el designio de Dios se convierta en el proyecto de vida de quien recibe el mensaje.

Dejémonos involucrar del todo, por obra del Espíritu Santo, en el acto de comunicación de Dios, siendo mensajeros y receptores agradecidos, gozosos, libres y plenamente disponibles.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (30 de enero de 2022)

Domingo III del tiempo ordinario (23 de enero de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (23 de enero de 2022)

Nehemías 8:1-4a.5-6.8-10 / 1 Corintios 12:12-30 / Lucas 1:1-4; 4:14-21

 

El Pueblo de Israel siempre ha vivido de la palabra de Dios trasmitida por los patriarcas, legisladores, sabios y profetas. En las sinagogas se siguen leyendo todavía hoy estos textos, con la esperanza constante de que un día se cumplirá lo que Dios tiene prometido en su pueblo: un Mesías liberador.

A nosotros, cristianos, ya se nos ha dicho, como nos lo afirmaba San Lucas en su prólogo al Evangelio, que esta esperanza ya ha estado cumplida en Jesucristo, la Palabra definitiva de Dios. Y nos lo ha transmitido recogiendo los testimonios de quienes lo vieron y transmitieron de palabra: los Apóstoles. Lucas, por su parte, lo “escribe detalladamente en una narración seguida para que el destinatario, Teófilo, conozca la solidez de la enseñanza recibida”. Tenemos, pues, unas bases seguras de testigos que han visto y oído lo que Jesús, la Palabra de Dios, dijo e hizo en el período corto de su acción predicadora. Son palabras de la tradición oral 40 años después de los hechos.

Nosotros también, que hemos recibido el bautismo y hemos sido incorporados a Cristo formando un solo cuerpo, hemos recibido estas enseñanzas en la catequesis, en la familia, en la escucha de la predicación en la Iglesia, y ojalá también, en la lectura frecuente del Nuevo Testamento, sobre todo.

El texto del Evangelio leído hoy, nos lleva a la sinagoga de Nazaret, el pueblo en el que Jesús había crecido. Antes, San Lucas ya nos ha presentado a Jesús en el Bautismo donde recibió el Espíritu Santo y el testimonio del Padre: “Este es mi Hijo”. A continuación pasó por las tentaciones de Satanás, superadas, y un exitoso recorrido por los pueblecitos de Galilea predicando en las sinagogas. Los conciudadanos, pues, conocen bien la fama que le rodeaba.

Jesús recibe, pues, el volumen de Isaías, y lee el fragmento: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor». (es decir, el año del perdón de las deudas). Jesús dice a continuación: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y provocó admiración y extrañeza. Porque, ¿Qué garantía da Jesús de lo que afirma? Ya que lo dice de sí mismo. ¿Qué credibilidad tiene? Todos los que le escuchaban le conocen de siempre, porque había crecido entre ellos. Pero lo conocían sólo exteriormente, y no podían conocer su verdadera personalidad. Jesús apoya lo que afirman los profetas, certifica que sigue las predicciones de Isaías, y, además, lo confirma todo con lo que él ha hecho y predicado, que responde a lo que dice Isaías. Jesús nunca afirmó nada de sí mismo que no lo confirmara con los hechos. Cierto, que era hijo de María y José, pero también Hijo de Dios en el que se cumplía la Escritura. De ahí la importancia que dan los Evangelios al desempeño de las Escrituras en los hechos y enseñanzas de Jesús. En el comportamiento de Jesús nunca hay discrepancias entre lo que dice y lo que confirman sus actos. Jesús no necesitaba llevar un letrero que dijera ‘soy el Mesías’. «Si no me cree a mí, cree las obras que yo hago» afirma. Y ante Pilato dice: “no me preguntes a mí, pregunta a quienes me han oído y han visto lo que yo he hecho”. Él no necesitaba dar explicaciones. Lo remachaba con palabras de la Escritura. ¡Era coherente!

Ojalá nosotros pudiéramos confirmar siempre nuestro nombre cristiano con nuestros hechos creíbles. Que nuestro sí, sea siempre sí, para gloria de Dios Padre.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (23 de enero de 2022)

Fiesta del Bautismo del Señor (9 de enero de 2022)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (9 de enero de 2022)

Isaías 40:1-5.9-11 / Tito 2:11-14;3:4-7 / Lucas 3:15-16.21-22

 

Hoy domingo celebramos la fiesta del bautismo de Jesús, con la que finaliza el tiempo litúrgico de Navidad y comienza el tiempo litúrgico ordinario. Hoy es un buen día para recordar y meditar sobre nuestro propio bautismo.

La liturgia nos propone el relato del bautismo de Jesús en el Jordán según la redacción de san Lucas. El evangelista narra que, mientras Jesús estaba en oración, después de recibir el bautismo entre las numerosas personas atraídas por la predicación de Juan, el Precursor, entonces se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él (Jesús) con apariencia corporal semejante a una paloma. En ese momento dijo una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

El Hijo, para llevar a cabo su misión, se coloca en la fila para ser bautizado por Juan. Jesús –lo sabemos bien–, no necesitaba el bautismo de conversión que Juan practicaba. Pero con ese gesto reconoce que necesita la acción del Espíritu en su humanidad. Éste debe ser el resumen de la vida de cada bautizado, ya que toda nuestra vida se desarrolla bajo el influjo del Espíritu Santo: cuando trabajamos, en el descanso, al sonreír o cuando prestamos uno de los innumerables servicios que comporta la vida familiar o profesional.

Esta fiesta de hoy nos enseña la necesidad que tenemos todos del Espíritu Santo. Si el Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad, fue ungido por el Espíritu a su humanidad, cuanto más nosotros, criaturas, necesitamos ser ungidos por el Espíritu. Sin la acción del Espíritu, no podemos generar comunión, no podemos crear unidad. Ni siquiera podremos glorificar a Dios. Por eso debemos pedir la asistencia del Espíritu.

Hoy, nuestro propio bautismo nos hace ser conscientes de que somos los hijos queridos en quienes Dios se complace. Somos amados y predilectos de Dios. No podemos pretender que Dios se desentienda de nosotros, ni nosotros alejarnos de Él. Así es Dios con nosotros.

Pero a veces tratamos a Dios como si fuera un buen vecino. Lo visitamos un rato, quizá merendamos en su casa y después marchamos a nuestra casa, cerrando bien la puerta al llegar. Así, tristemente, vivimos a veces nuestro bautismo. Como hijos emancipados, es más, como completos desconocedores de Dios. Al visitamos un rato al día, a veces semanalmente ya veces ni eso, y nos olvidemos de Él. Queremos que Dios se quede en su casa y nosotros en la nuestra.

Hay una íntima correlación entre el bautismo de Cristo y nuestro bautismo, que no debemos ver como si hubiera sido algo que ocurrió hace más o menos tiempo pero que hoy nos implica poco. La fiesta de hoy se nos invita a tomar conciencia renovada de los compromisos adquiridos por nuestros padres o padrinos, en nuestro nombre, el día de nuestro Bautismo; deberíamos reafirmar nuestra ferviente adhesión a Cristo y la voluntad de luchar por estar cada día más cerca de Él, separándonos de todo pecado, incluso venial, puesto que al recibir este sacramento fuimos llamados a la santidad, a participar de la misma vida divina.

San Lucas nos ha dejado escrito en su Evangelio que Jesús, después de haber sido bautizado, estaba en oración. Nosotros seremos fieles en la medida en que nuestra vida esté edificada sobre el fundamento firme y seguro de la oración.

Que María, la Madre del Hijo predilecto de Dios, nos ayude a ser siempre fieles a nuestro bautismo.

Abadia de MontserratFiesta del Bautismo del Señor (9 de enero de 2022)

Domingo II después de Navidad (2 de enero de 2022)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (2 de enero de 2022)

Sirácida 24:1-2.8-12 / Efesios 1:3-6.15-18 / Juan 1:29-34.

 

Estimados Hermanos y Hermanas:

En este domingo segundo del tiempo de Navidad y primero de este año 2022, la Iglesia nos invita a escuchar al gran himno del Verbo encarnado, que abre con toda solemnidad, las páginas del prólogo del cuarto Evangelio. San Juan nos ofrece una profunda reflexión sobre la gran Humanidad del Belén con tres palabras claves: Cristo, Luz y Palabra.

El Cristo. Todos nosotros podemos contemplar a Dios en el rostro del niño Jesús en Belén. Él es la Palabra manifestada del Padre. Por Él creó todas las cosas. Él dio a todo el mundo su vida. Él, Cristo, es la Luz que resplandece en la oscuridad. Él es desde siempre y para siempre. Él es lo mismo que Juan Bautista, el nuevo Elías; “¡La voz que gritó en el desierto!” y que nos dio su testimonio real: “Mirad al Cordero de Dios. Yo no soy digno de desatarle las Sandalias”. (Juan 1: 19-34)

La Luz. A pesar de nuestra pequeñez, una nueva Luz estalla en la oscuridad y nos abre los ojos, es la Luz de Cristo que ilumina nuestra Sociedad: «del Dinero, del Tener, del Físico, de la Pandemia desgraciadamente»… Esta Luz surge dentro de lo más profundo de nuestro pequeño corazón Humano. Jesús es la Luz Verdadera que nace nuevamente en Navidad y para todos nosotros. Él está presente y activo en toda nuestra vida Cristiana Sacramental. En nuestro Bautismo recibimos la Luz de Cristo en el cirio de los Padrinos. En la alegría de la vigilia Pascual, tomamos la nueva Luz de la llama de la gran acha bendecida con el fuego nuevo. En la fiesta de la Presentación del Señor, (el dos de febrero, la Candelaria), acompañamos con nuestras luminarias a Cristo en su entrada triunfante y solemne en el Templo del Presbiterio para celebrar el Memorial del Señor. Todos los días y todos los domingos del año, los cirios encendidos sobre el Altar, nos recuerdan nuestra Luz, nuestra fe presente y actuando en la Eucaristía celebrada a diario y mundialmente… Y el día de nuestro funeral, seremos iluminados, (rompiendo la oscuridad y el duelo), con la claridad de la columna de cera Pascual, señal de Resurrección y de Vida Eterna, colocada a nuestros pies frente al altar mayor. Todos nosotros debemos encender nuestro cirio de la fe en Jesús, que es la Luz verdadera, y es necesario unir nuestra Luz a tantas otras llamas Cristianas para así irradiar esperanza y alegría en un mundo Pandémico. Hay personas que llevan su llama como: “Debilitada por el desánimo, la angustia del trabajo, el virus del Covid 19 o de indiferencia general”. En la parte de la oscuridad que pueda haber en nosotros, dejemos que brille de nuevo la Luz de la esperanza de quien es la Palabra Eterna y acojámosla dentro de nuestro pequeño corazón Humano. La Nueva Luz es el nacimiento de Jesús; Él es la Estrella de Belén que brilla para todos; buenos y malos con un diálogo constante de cariño, de Amor y Paz. 

La Palabra… Como dice el Apóstol San Pablo: “La Palabra, fuente de consuelo, paciencia y esperanza”. (Carta los Romanos, 15, 1- 4). Ella es siempre comunión y comunicación, silencio y contemplación. La Palabra divina nos muestra el camino de la Vida y del Amor. En el Hablar; que es el Don precioso con que nos Comunicamos y Cantamos unos a otros, es también un diálogo tranquilo, o conversación que muchas veces debe hacerse rápidamente porque sencillamente no hay tiempo de escuchar al otro, y decimos: “ ¡No tengo tiempo, dime!” Hoy en día, prestar atención y escuchar es muy caro. Con la Palabra manifestamos nuestra alegría, nuestra admiración, nuestro amor, nuestra alegría. Pero, también, desgraciadamente, nuestro mayor desprecio y odio. Con una simple palabra podemos mandar: Construir, destruir o interrumpir una buena conversación con la palabra todavía en la boca para contestar al teléfono móvil; ¡que acerca a los lejanos y aparta a los próximos! El Insulto, el desprecio gratuito y repetitivo, tiene un precio muy alto, es una descalificación chapucera de la dignidad de toda persona humana. Hoy en día, ¿sabemos encontrar las palabras adecuadas, apropiadas y respetuosas para hacer revivir la fuerza viva de la Palabra que es Amor? En el mundo de la Política ¡seguro que NO! ¡Desgraciadamente!

Hermanos y Hermanas. En el tranquilo silencio de Navidad, es ya un Nuevo Año. Cristo está con nosotros, ¡está dentro de nuestro pequeño corazón Humano! Él es la Luz y la Palabra viva del Amor total. Ahora, Aquí y Siempre.

 Amén.

Abadia de MontserratDomingo II después de Navidad (2 de enero de 2022)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2022)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

En las eucaristías solemnes de estos días, la historia del nacimiento de Jesús nos va pasando por delante como las escenas de un Belén: En la Nochebuena contemplábamos la Anunciación a los pastores, el mensaje de los ángeles y el establo con el nacimiento del niño. El próximo jueves, fiesta de la Epifanía, leeremos el evangelio de la peregrinación y de la adoración de los Reyes. Uno se da cuenta de la pedagogía catequética que tienen precisamente los pesebres, que se convierten en expresiones materiales de los evangelios, escenificaciones del relato literario del nacimiento de Jesús.

El Evangelio de hoy nos llevaría a otra escena típica de los belenes: los pastores adorando al niño, los pastores yendo y viniendo de la cueva. Unos pastores que vienen de una experiencia fuerte como ha sido la de haber escuchado la proclamación de la Gloria de Dios en el cielo y la Paz en la tierra. Los pastores escucharon esto en medio de su hábitat corriente, es decir un campo al raso, en una noche de invierno, mientras hacían su trabajo, que ya se entiende por estas condiciones, que era un trabajo humilde, un momento y una ocupación poco inclinada a emociones fuertes o a eventos extravagantes. Después de esto y de decirse ellos mismos: Vamos a ver lo que ha pasado, los pastores llegan al pesebre, ven, se cuentan, escuchan y se vuelven alabando a Dios, después de comprobar que todo en conjunto no ha sido una alucinación. Si sólo tomáramos este evangelio, nos quedaríamos bastante vacíos: ¿qué cuentan los pastores y a quién, quiénes son estos otros, este todo el mundo, que tanto se maravilla de eso que les cuentan? Hay algo de misterio en todas estas alusiones, como si de algún modo nos invitaran a preguntar, a buscar qué es todo esto tan importante que está en el ambiente, on the air. Una lectura continuada del evangelio y de todas las escenas del pesebre nos ayuda a comprender, ya que nos lleva a tener muy presente que el mensaje a los pastores, y que leímos en Nochebuena decía:

 “No temáis, os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo: 11 Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. 12 Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. 13 Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, alabando a Dios, diciendo: 14 “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.(Lc 2,10-12)»

La brevedad no resta importancia al contenido: Este niño es el Mesías, el Señor, y esto provoca euforia, hasta en unos pastores medio dormidos. A partir de esta proclamación, la teología no ha hecho mucho más que intentar comprender qué quería decir que Jesús de Nazaret fuera el Mesías. Sólo el don de la fe nos hace capaces de ver a Dios presente en un hombre. La historia, las cosas que van pasando podrían tener interpretaciones mucho más realistas o pragmáticas, pero la fe nos permite decir que este niño en pañales es realmente el ser nuevo, el punto radical de conversión y cambio en la historia de la humanidad, aquél al que estos días cantamos como príncipe, como primero, desde Oriente, el lugar donde sale el sol, hasta poniente, en el límite de la tierra. Por el reconocimiento de su divinidad, contenida en su mesianidad y tan maravillosamente cantada al principio del evangelio según San Juan que leíamos el día de Navidad y repetíamos ayer, podremos reconocer a Dios presente en tantas y tantas personas. La fe nos ayudará a captar el amor entre los hombres y las mujeres como algo que viene de Dios, a comprender los progresos humanos como inspirados por Dios, a volvernos hacia él en los momentos difíciles para encontrar esa fuerza especial que viene de su Espíritu Santo y que tanto necesitamos.

Los momentos que marcan fuertemente el devenir del tiempo, como hoy, primer día del año nuevo civil, me parecen momentos indicados casi por naturaleza para recordarnos aquellas cosas que no pasan, aquellas que han marcado la historia y que permanecen: entre todas la Encarnación del Señor. También es un momento para reconocer la acción de Dios en el mundo, estos días tan inclinados a hacer resúmenes y estadísticas de tantos tipos.

Me gustó que un programa de la BBC del día de Navidad se titulara las noticias felices del 2021. Y se subtitulase, las historias más edificantes y estimulantes del año: Y hablara como primera noticia feliz de la vacuna, pero no la del Covid…, sino la de la malaria. Me gustó porque de alguna manera no ponía el centro en nosotros, los “occidentales” y nuestro gran problema, sino en un problema que afecta a muchos países pobres, especialmente en África. Un año nuevo civil es un momento en el que tenemos la sensación de que el libro está en blanco y querríamos poner muchas noticias de éstas y muy pocas de las demás. Me parece que no debemos perder la esperanza y que es muy sana la ilusión del progreso personal y comunitario que nos proponemos todos al empezar un año. Pero hay que pedírselo a Dios.

El breve mensaje transmitido a los pastores, tenía un solo deseo para la tierra: Paz. 

En este año que empezamos hoy, queridos hermanos y hermanas, celebrando la solemnidad de Santa María Madre de Dios, celebramos también la Jornada Mundial de la Paz, instituida por San Pablo VI en 1968, con el deseo de que fuera una conmemoración continuada, como así ha sido, y que fuese más allá del ámbito eclesial. Es todo un símbolo, un compromiso dedicar el primer día del año a la paz y hacerlo en medio de estas fiestas de Navidad, de la noche y del día, en que escuchamos que el nacimiento de Jesús era proclamado como ¡la gloria de Dios en el cielo y la paz en la tierra para los hombres y mujeres de buena voluntad!

En la tradición bíblica, la paz tiene la hondura de la palabra Shalom, de algo que no es quietismo, ni siquiera ausencia de conflictos, sino plenitud de Dios. Como algo que tiene que ser construido en profundidad, no sorprende que ya San Pablo VI hablara de la Paz como del desarrollo integral y que en el mensaje del Papa Francisco por el día de hoy nos proponga el diálogo entre generaciones, la educación y el trabajo como los instrumentos necesarios para construir una sociedad pacífica, que se apoye en la justicia, la única garantía de una paz verdadera. Los objetivos son ambiciosos, pero nos colocan en la línea de nuestra mayor ambición, la única válida: promover ahora y aquí la construcción del Reino de Dios, del Reino de Cristo, del Reino del Evangelio con todas nuestras fuerzas. Nuestra oración hoy es pedir fuerza para renovar nuestro compromiso personal y comunitario con el Reino de Dios para este año 2022 que empezamos y confiar en los “tempi” de su realización definitiva al único que tiene el poder de hacerlo: al Señor que nos espera al final de la historia.

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Misa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2021)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Lo acabamos de escuchar. Era la última frase de este fragmento inicial del evangelio de San Juan. Permitidme un apunte referente a la traducción. El verbo final utilizado en catalán, revelar traduce un verbo original griego exegésato que en la versión latina tradujeron por enarravit. Los dos verbos significan explicar detalladamente, narrar…, esta traducción, algo distinta a la litúrgica, nos permitiría decir que la última frase que he citado nos proclama sencillamente que Jesucristo nos ha explicado con detalle quién es Dios: ipse enarravit.

Lo primero que nos explica Jesucristo de Dios es su voluntad de servirse de la humanidad. Demasiado resplandeciente para ser visto, Dios quiso hacerse hombre en Jesucristo para que no tuviéramos más confusiones, ni errores sobre quién era él: un Dios capaz de amar más allá de las categorías humanas, más allá de la reciprocidad, más allá de todo. En toda la tradición del Antiguo Testamento, Dios apuntaba ya a la humanidad como un instrumento de su salvación, pero finalmente como nos decía la lectura de la Carta a los Hebreos, después de haber hablado de muchas maneras, ha hablado definitivamente en Jesucristo. Admira, hace pensar que la humildad de lo que contemplamos en cada pesebre, un paisaje, unas personas, un niño recién nacido, es exactamente lo que San Juan nos explica en el inicio de su Evangelio, El que es la Palabra se ha hecho hombre y ha habitado entre nosotros. Hombre en el sentido de humano, sin distinción alguna de género. Humano y suficiente. Sin adjetivos. No humano europeo, o humano rico o pobre, ni siquiera humano cristiano, sino humano. ¡Qué exigencia de fraternidad universal no debería provocarnos un Dios hecho hombre de este modo radicalmente transversal!

Jesucristo nos explicará a Dios a partir de aquí por su vida humana. No celebramos el nacimiento de las personas ni sus cumpleaños por su nacimiento sino por todas sus vidas. También Jesús, más allá del significado inevitable de la Encarnación, contenido desde el primer momento de su concepción, en su nacimiento proyecta de algún modo todo lo que vendrá después. Porque a pesar de cumplir la promesa mesiánica del Antiguo Testamento y proclamarlo Rey, Príncipe de la paz, mensajero del designio de Dios y tantas otras categorías con las que la liturgia de Navidad nos invita a alabarle, es el hijo de María y José, será conocido como Jesús de Nazaret y nos dejará por encima de todo un evangelio, fuente para conocerlo y ley para seguirle como cristianos. En este evangelio, leeremos que su mesianismo es amar. Estimar especialmente lo que más necesita ser amado: los pobres, los enfermos, las viudas, los leprosos. Nos explicará a un Dios que ha querido salir al mundo a buscar estas situaciones, que nos manda que no nos desentendamos de las situaciones de pobreza.

Siempre me ha sorprendido la validez del lenguaje del Evangelio, después de casi dos mil años de su redacción. Cuántos pobres, cuántos enfermos, cuántas personas solas a imagen de las viudas del Antiguo Testamento, no tenemos hoy en nuestras sociedades. ¿Cuántos desequilibrios territoriales en el mundo. Jesucristo ha venido a explicarnos que Dios quiere otra cosa. Quiere su Reino: si no lo tuviéramos claro en todo el Antiguo Testamento, que también lo decía, ahora no podemos dudar de ello. Su nacimiento casi como un sin techo nos exige ser solidarios con estas realidades que ha querido habitar. Nos estremece escuchar y leer algunos casos de familias sin techo, a quienes vemos caer a veces en manos de mafias que negocian incluso con habitáculos infrahumanos, aprovechándose de la miseria y de la desesperación. Con el propósito de colaborar y tener presente el drama de tantas personas sin techo, os proponemos colaborar con Caritas, que nos advierte de las graves consecuencias sociales de la Covid y que presta especial atención a los problemas de vivienda.

Pero a pesar de su enseñanza, a pesar de su intervención directa en el mundo con hechos y palabras, Jesucristo también nos ha explicado que ni siquiera Él, mientras estuvo en la tierra, consiguió la conversión de la humanidad a los ideales de Dios y del Reino. Es más: acabó víctima de la misma dolencia humana, y sólo en el ámbito pascual de su resurrección, su mensaje empezó a impregnar el mundo y lo sigue haciendo hasta la fecha. La Navidad que hoy celebramos también avanza la Pascua: la divinidad entra en la humanidad, para que un día la humanidad pueda entrar en la divinidad, como su destino y su desempeño final. No nos desesperemos pues, si nos cuesta ver avanzar a este Reino. Lo único que podemos hacer es seguir luchando por hacerlo real.

Jesucristo nos explica de Dios su generosidad y gratuidad como también dice el evangelio de hoy: y a nosotros nos ha hecho el don de poder acogerla. Pero fijaos: poder acogerla. Ninguna obligación, ninguna exigencia. Dios admite de nuevo los límites humanos y nos deja la libertad de seguirle. ¿Podría ser de otro modo si hablamos de un Dios manifestado en un niño, en humildad y debilidad? Gracia y libertad son también los dones de Navidad. Gracia porque todo es gratis: Porque sí: porque podemos decirnos cómo decía San Agustín hablando de la Encarnación, en el final de uno de sus sermones de Navidad: Pregunta qué mérito, pregunta qué causa, pregunta qué justicia, y verás que sólo encuentras gracia: gratuito. Quaere meritum, quaere causam, quaere iustitiam; et vide utrum invenias nisi gratiam.

Y por si aún no lo hubiéramos entendido del todo, finalmente Jesucristo nos ha explicado un Dios que ha ido hasta el extremo del amor, que no sólo ha querido hacerse hombre sino que ha querido todavía abajarse más, hasta la misma materia de cada día y quedarse con nosotros en el pan y el vino de la eucaristía, en su cuerpo y su sangre: gratuitos, ofrecidos a todos, signo de un Reino que empezó ciertamente en un Pesebre de Belén, en la primera Navidad, y que continuaremos celebrando hasta su regreso glorioso.

Es él quien nos lo explicó. Ipse enarravit. Creo que Dios en Jesucristo y su Evangelio nos lo ha dejado bastante claro.

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Domingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de diciembre de 2021)

Sofonías 3:14-18a / Filipenses 4:4-7 / Lucas 3:10-18

 

Queridos hermanos y hermanas,

El domingo III de Adviento recibe el nombre de “Gaudete” por las palabras que hemos cantado al comienzo de la celebración: “Alegraos”. Forman parte del capítulo de advertencias de la carta de san Pablo a los Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura.

Este colofón del escrito del Apóstol contiene, en su brevedad, unas recomendaciones de permanente actualidad. Si hacemos una disección para entender mejor su alcance, nos encontramos en cinco afirmaciones que podríamos imaginar colocadas en un podio con dos escalones a cada lado.

El lugar central, el del campeón, lo ocuparía una afirmación de fe: «El Señor está cerca».

Para subir encontraríamos al principio la conocida afirmación que da nombre a este domingo: “Alegraos siempre en el Señor”. Y san Pablo insiste: “Lo repito: alegraos”.

A continuación, un escalón más arriba, una invitación a la coherencia cristiana: “Que todo el mundo os conozca como gente de buen trato”.

Y la afirmación central de la proximidad del Señor es la consecuencia: «El Señor está cerca».

Se derivan dos consecuencias, los dos escalones de bajada: Primero, “No os inquietéis por nada”. Y segundo: “Acudid a la oración y a la súplica con acción de gracias”.

Así tenemos, en pocos versículos, cinco advertencias que podemos resumir con estas cinco expresiones: Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Son intercambiables. Si queréis empezar por la última –la oración con acción de gracias–, iremos a parar a la alegría.

Pero me gustaría insistir en la que pasa más desapercibida, la serenidad: “No os inquietéis por nada”. Da pie a ello la profecía de Sofonías, con su constante invitación a la alegría. Este mensaje destinado a Israel –originariamente llamado aquí hija de Sión– nos hace pensar en nosotros, en nuestra Iglesia. Estamos inquietos, y por muchas razones. No quisiera pasar por alto que actualmente goza de poca credibilidad en la sociedad en general. No es el momento de describir sus causas, ni hacer constataciones estadísticas, ni, menos aún, bajar a noticias contemporáneas. Ocurre con la Iglesia como con las vidrieras de una catedral (piense en las de la Sagrada Familia, de Barcelona, ​​o en el rosetón mismo de nuestra basílica). “Si uno mira las ventanas desde el exterior, sólo ve trozos de cristal oscuro unidos por tiras de plomo igualmente oscuras. Pero si se entra dentro y se miran esas mismas vidrieras a contraluz, ¡qué esplendor de colores, de historias y de significados ante nuestros ojos! Se trata, pues, de mirar a la Iglesia desde dentro, en el sentido más fuerte de la palabra, a la luz del misterio del que es portadora” (Card. R. Cantalesa, I Predicación de Adviento, 3.12.21).

Quedémonos en el hecho de que a esta “hija de Sión” el profeta le recuerda dos veces que “tienes dentro de ti al Señor” y que él, Dios, “por ti se ha transportado de alegría, te renueva su amor ”. En una palabra: le anima a gritar de gozo. La expresión “hija de Sión” ha emparentado la Iglesia con María, y la doctrina de nuestros días es que la Virgen María “sobresale entre los pequeños y los pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben la salvación” (Conc. Vat. II, LG 55). Esta afirmación contundente da sentido a la forma en que debemos contemplar a María en este Adviento. Da sentido, además, a la forma en que debemos asumir, desde el interior de la comunidad cristiana, la pobreza de desnudarnos de hipocresías y trabajar para ser cada vez más coherentes.

Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Por tanto, vamos hoy a comulgar con el mensaje profético que la Iglesia nos canta: “Decid a los corazones inquietos: ¡animaos no temáis!”. Si superamos la inquietud que nos atrapa, recuperaremos, en caso de que las hayamos perdido, no sólo la serenidad, sino también la coherencia y la alegría, porque sabemos que el Señor está cerca.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (8 de diciembre de 2021)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

Cuando algo más joven que ahora estudié la asignatura que en teología habla de la Virgen María, la mariología, el profesor asoció esta solemnidad de la Inmaculada Concepción a la vocación de Santa María. Inmaculada Concepción significa, queridas hermanas y hermanos, completamente limpia desde el principio de la vida, sin haber cometido ninguna falta ni tener la posibilidad de cometerla y eso es una circunstancia que sólo la Virgen comparte, ella y ningún otro ser humano, con Jesucristo. Por esa cualidad tan especial, Dios la preparó para su vocación, para la llamada que le haría y que hemos leído en el Evangelio a ser la Madre de Jesucristo. Al poner juntas la solemnidad de hoy y la vocación podemos también hacer una lectura existencial de lo que le ocurrió y que nos afecte a todos. Porque a pesar de las diferencias entre nosotros y ella, todos tenemos o tendremos una vocación, una llamada de Dios a hacer algo en la vida. Y sobre este punto quisiera compartir algunas ideas. 

La primera nos dice que, a pesar de la dificultad recurrente de nuestra fe en creerlo, Dios es capaz de comunicarse con nosotros. Esta idea tan simple es la base de la primera lectura y del evangelio que hemos leído. Dios quería decir algo a Eva y quería decir algo a María. Una de las formas que las tradiciones judías y cristianas tienen de representar este mensaje de Dios a los hombres y mujeres son los ángeles, como hemos leído en el Evangelio. También encontramos otras formas de cómo Dios se comunica: por ejemplo en la primera lectura sale a hablar y a preguntar directamente a Adán y a Eva, les pregunta: ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? En otros pasajes Dios habla utilizando experiencias interiores, el silencio, la luz… La situación más normal en nuestra vida no es que se nos aparezcan ángeles con un mensaje muy claro o que oigamos a Dios hablarnos y haciéndonos preguntas, sino que normalmente debemos buscar la voluntad de Dios en nuestra realidad de cada día, en lo que nos dicen los padres o los maestros, los amigos, los hermanos de comunidad, algún maestro o director espiritual, también en las cosas que pasan a nuestro alrededor, en las necesidades que vemos que existen. Sea como fuere, lo que quiero decir es que podemos comprender de muchas formas diferentes qué quiere Dios de nosotros. Esta voluntad de Dios será distinta también en las etapas de la vida. ¡Qué diferente para María la voluntad de Dios en el momento de la anunciación o al pie de la Cruz! Pero siempre fue fidelidad a Jesucristo. También una misma llamada puede tomar en nuestras vidas momentos muy distintos. Lo puedo decir por experiencia. El Evangelio de hoy nos habla, en primer lugar, sobre todo de la posibilidad real de una vocación.

La segunda idea de hoy es la de la preparación para hacer lo que nos piden. Las vocaciones nunca pueden venir si no existen las posibilidades de desarrollarlas. Dios no juega con nosotros. Dios no pide lo imposible. En el caso de la Virgen María, esta preparación fue toda una disposición personal dada gratuitamente para poder recibir el misterio de la encarnación de Jesucristo. Y para ella fue inesperada, incierta, con horizontes insospechados en el momento de producirse. Pero ciertamente estaba preparada, Pre Parata, es decir dispuesta por adelantado para cumplir su llamada. ¿Y nosotros? Nosotros deberíamos tener también la confianza en que Dios nos dará los medios para cumplir las vocaciones que vamos a recibir. En la mayoría de los casos nuestras capacidades ya serán un punto de partida: todo lo que somos es don de Dios y por tanto todo lo que nos proponemos en la vida lo hacemos a partir de lo que somos, y reconocerlo debería ser el primer paso para averiguar qué quiere Dios de nosotros. Creo que ésta fue la actitud de la Virgen, a pesar del miedo, la duda, la sensación, también a menudo tan nuestra, de no ser capaces de hacer lo que nos piden. Pero es todo lo contrario. Si es de Dios podremos hacerlo. ¿Fácil? No. Como no lo fue para Santa María, ni lo fue especialmente para Jesús, pero su fidelidad demostró que Dios nunca se equivocaba.

Todavía existe una tercera idea en este evangelio. A María no le preguntaron explícitamente si aceptaba o no esa situación de ser Madre de Dios. Pero, en cambio, el relato nos reporta su actitud de aceptarlo. Las más que célebres frases: Soy la sierva del Señor, que se haga en mí según tu Palabra, nos ayudan a entender que nosotros y nuestra actitud ante lo que nos pide Dios serán muy importantes. La respuesta de María, paradigma de toda la disponibilidad cristiana en ponerse en el camino del evangelio y de la obediencia interior a Dios, será siempre el ejemplo de la respuesta auténtica, aunque a veces no seamos plenamente conscientes de hasta dónde nos puede llevar. Y después de esto el ángel se retiró, como confirmando que ya no era necesario, que el mensaje se había entendido.

En el fondo, la solemnidad de hoy, nos recuerda que Dios pide nuestra colaboración en su proyecto para la humanidad que es el de que todo el mundo viva y se salve.

Desde tantos lugares y desde tantas capacidades personales, podemos y debemos trabajar para conseguir que todo el mundo viva y se salve. Pensemos si no, en la amenaza a la vida, a la integridad, a la salud de tantas personas. Pensamos en un mundo que se ha cerrado sobre un cierto egoísmo a causa del Covid, pensamos en tantos países que se llaman de tradición cristiana y parecen tan indiferentes a la situación de la vacunación de los más pobres, tal y como insistentemente denuncia el Papa Francisco… Menos mal que Dios es perseverante, insistente en sus llamamientos y firme en su plan salvador que continúa hasta cuando miramos hacia otro lado.

Que nos sirva esta celebración para disponernos a cumplir siempre con la voluntad de Dios.

 

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Domingo II de Adviento (5 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat y Rector del Santuario (5 de diciembre de 2021)

Baruc 5:1-9 / Filipenses 1:4-6.8-11 / Lucas 3:1-6

 

Esta mañana, en la oración de Laudes, San Pablo nos recordaba que hoy tenemos la salvación está ahora más cerca que cuando abrazamos la fe. Y esta proximidad siempre es motivo de alegría, porque tal y como en la primera venida nos trajo la paz del cielo que los ángeles cantaron en Nochebuena, cuando venga a buscarnos a finales de nuestros días, la alcanzaremos plenamente, cuando Cristo resucitado nos llevará allí donde Él está con el Padre y el Espíritu Santo desde siempre. En cada eucaristía expresamos este deseo tan grande cuando proclamamos con fe lo de: ¡Ven, Señor Jesús!

El Adviento litúrgico nos recuerda, preparando la Navidad, esta realidad de todo el año. Y para todo el año el evangelio nos recuerda la actitud dinámica de la conversión que nos mantiene activos en esta tensión entre el presente y la eternidad.

Hay dos imágenes del evangelio de hoy que nos ayudan a entender la dinámica de la conversión: El desierto y el Jordán. El desierto, lugar donde se escucha la palabra de Dios que habita en el silencio del corazón, y el Jordán, umbral que fue de la entrada a la tierra prometida, ahora símbolo del lugar donde se comparte el mensaje que hace posible la entrada al Reino de Dios prometido para todos.

La ruta que Juan Bautista abre en el desierto lleva al Jordán, al agua de la Tierra Prometida. El Precursor del Señor nos hace ver que hay que entrar en el desierto e ir al Jordán, que hay que buscar la soledad, no tener miedo al silencio que hace posible escuchar los latidos del espíritu, para poder discernir entre tantas voces la voz que es capaz de renovarnos de verdad. Una palabra no un eslogan, quizás más un interrogante que cuatro frases de auto ayuda, mejor aún una palabra de contradicción capaz de convertir la inercia de los comportamientos políticamente correctos en nuevas motivaciones humanamente mejores. La palabra que viene del desierto es una «palabra semilla» capaz de hacer germinar algo bueno, de reciclar tantos intentos fallidos de vida para recrear una posibilidad real de futuro.

El desierto nos lleva a encontrarnos con lo esencial. Casi siempre lo esencial consiste en pocas cosas, sólo las imprescindibles: afrontar la fragilidad y la grandeza de la misma vida humana con sinceridad y verdad. Éste es en definitiva el mensaje del hijo de Zacarías: Conviértete. Pon ante Dios tu miseria, quédate delante de Él esperando el don del fuego de su Espíritu, fuego que purifica del pecado, fuego que es estallido de vida nueva.

La conversión, tal y como nos recuerda el Catecismo, «es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio sí los pecadores y, siendo santa a la vez que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Su fuerza radica en el deseo de la pureza de corazón que, atraído y movido por la gracia, corresponde al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

El amor que nos tenemos unos a otros, en tanto que viene de Dios, es la semilla que, persistiendo en medio de las dificultades, debe cultivarse para que vaya enriqueciéndose y creciendo más y más, la semilla que lleva la penetración y la sensibilidad de espíritu que nos lleva a respetar, valorar y amar a todas las personas. La convivencia vivida como don de la gracia y trabajo de conversión, nos ayuda pedagógicamente a saber apreciar y movernos en los valores auténticos para poder llegar limpios e irreprochables sin obstáculos al día de Cristo, cargados de aquellos frutos de justicia que se dan por Jesucristo, a gloria y alabanza de Dios, como nos decía el apóstol.

La palabra recibida en el desierto es para comunicarla en el Jordán, a esa orilla de la tierra prometida que todos deseamos, este Cielo nuevo y esta Tierra nueva a la que todos nos dirigimos. En este camino, debemos saber compartir con todos, el mensaje positivo que encierra todo el evangelio de Jesús, porque la salvación que lleva incoada en él es para todos y está destinada a penetrar con fuerza humanizadora los problemas, las crisis, los miedos y las esperanzas que son de todos.

El evangelio de Jesús no es fantasía de un mundo imposible, tampoco es resignación que sublime el luto y la aflicción, sino realidad con esperanza. Con la ayuda del Señor, debemos persistir en la siembra de la Palabra de Dios, a pesar de que tengamos lágrimas en los ojos, para que pueda haber una siega que convierta el luto y la aflicción en cantos de alegría, unos cantos, los de Navidad, que ya son parte de esa cosecha.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (5 de diciembre de 2021)

Domingo XXXII del tiempo ordinario (7 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (7 de noviembre de 2021)

1 Reyes 17:10-16 / Hebreos 9:24-28 / Marcos 12:38-44

Hoy nos han sido proclamados dos relatos relacionados con dos viudas: la de Sarepta de Sidón -que vivió siglos antes de Jesús, y la del evangelio -que era contemporánea de Jesús. Ambas eran personas que habían sido perjudicadas por la vida sin tener culpa. Eran personas desfavorecidas a pesar de no haber hecho nada malo, porque según la mentalidad de ese tiempo las viudas y los huérfanos debían vivir sólo de la caridad de los demás. Pero, a pesar de ser personas que no contaban, como Dios ama a todo el mundo, nos las pone precisamente a ellas como ejemplo de lo que puede llegar a hacer la fe y la confianza plena en Dios. La primera, pese a estar a punto de morir de hambre, no le negó al profeta el único panecillo que tenía. Confió plenamente en Dios, y esa confianza la hizo protagonista de un milagro. La segunda, parecido, fue puesta por Jesús como ejemplo de generosidad y fe ante sus discípulos: aunque quizá necesitara aquellas dos monedas que tenía las dio al tesoro, porque según le habían dicho era lo que Dios pedía. No lo pensó. Era un ejemplo que contrastaba con el de los maestros de la Ley, que decían una cosa pero hacían otra: la pobre viuda era una persona auténtica, igual por dentro que por fuera. Y esto es lo que el Señor valora. Porque el evangelio es para vivirlo con plenitud y autenticidad, no para aparentar.

Estos dos relatos y todos los demás que contienen las escrituras y que a nosotros nos son proclamados en el seno de la celebración litúrgica no son tan sólo el recuerdo de unos hechos pasados, sino que van mucho más allá: son relatos que si los interiorizamos y los hacemos nuestros, pueden transformar nuestras vidas. Todos ellos tienen un sentido más profundo y nosotros estamos llamados a averiguarlo, porque puede ser diferente para cada uno y para cada momento de la vida. Y en referencia al relato de la viuda pobre, vale la pena también notar que el evangelista no lo sitúa en un lugar cualquiera del evangelio sino en los últimos días antes de la pasión y muerte de Nuestro Señor, en la última subida de Jesús en Jerusalén. Es un momento en el que los textos resumen todo lo que Jesús había ido enseñando largamente a los discípulos, es un lugar del evangelio en el que se explican de forma sintética los ejes principales de la enseñanza de Jesús. Y por ser un relato importante, nos es una invitación a llevar su enseñanza a la práctica.

Aquellas pobres viudas, dando un pedacito de pan y echando al tesoro del templo dos monedas de las más pequeñas, no dieron sólo lo que tenían: su gesto nos dio también todo un ejemplo de vida que todavía nos es válido. Fue un gesto que nos dice cómo quiere Dios que vivamos: con fe y generosidad. Y no sólo nosotros: aquella pobre viuda que se quedaba sin nada y se confiaba plenamente de Dios, le estaba dando también un ejemplo al mismo Jesús, que lo seguiría unos días más tarde cuando se dio a sí mismo por nosotros, sin reservarse nada para él. Lo hizo generosa y gratuitamente, para que pudiéramos tener unos bienes infinitamente mayores. Aquel gesto de las viudas, además, nos enseña que aunque la vida nos haya tratado mal sin culpa, siempre podemos dar: podemos dar nuestro tiempo, nuestra confianza, nuestra escucha, nuestra sonrisa; podemos darnos a los demás de muchas formas, seamos quienes seamos, y estemos en la etapa de la vida que estemos. Un niño que juegue a “lego”, puede dar a otro esa ficha que sabe que le hace falta, aunque él la quiera. Un padre o una madre, aunque estén cansados, se levantarán a la hora de que sea de la noche para ayudar a su hijo que no puede dormir. Una familia que tenga que cuidar a un anciano se privará de hacer según qué en atención a aquellos que antes le dieron su tiempo y su amor. Un anciano, con una sola frase dicha en el momento oportuno dará toda una lección de vida. Un enfermo, puede también animar a quienes lo van a ver. Y así podríamos ir poniendo infinitos ejemplos… Porque una de las grandes enseñanzas del evangelio de hoy es que aquellos pequeños gestos que se hacen por amor, por insignificantes que sean, pueden dejar una huella imborrable en los demás. Como aquellas dos monedas de la viuda que, a pesar de tener por aquel entonces un valor ínfimo, hoy tienen para nosotros un valor incalculable porque dos mil años después todavía nos enseñan qué es lo que Dios espera de nosotros: espera que demos, con generosidad, de lo que tenemos y necesitamos, no de lo que nos sobra. Si queremos, cada día del mundo tenemos la oportunidad de hacer esta experiencia y ponerlo en práctica.

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (7 de noviembre de 2021)

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de noviembre de 2021)

Sabiduría 3:1-9 / 2 Timoteo 2:8-13 / Lucas 24:13-35

 

En la solemnidad de ayer hablábamos estimados hermanos y hermanas de un horizonte de plenitud, porque nuestra mirada se dirigía a todos aquellos que por su santidad, anónima o no, gozaban de la plenitud de Dios. Hoy en cambio recordamos a los fieles difuntos y nuestra celebración quizás se queda un paso atrás. De los fieles difuntos no afirmamos rotundamente su comunión con Dios como podemos hacer con los santos, sino que, más conscientes de sus vidas, de su debilidad, oramos por ellos… porque sí, para que lleguen a unirse a todos los santos del cielo. Evidentemente que las dos celebraciones están muy ligadas, pero la liturgia de hoy, recordando a los difuntos, nos llama preferentemente a una actitud de oración, de esperanza, de confianza.

Todos hemos pasado por la experiencia de la muerte de una persona querida. También vosotros escolanes, si bien esto de los funerales va aumentando con la edad. Estos momentos de despedida, ¿no son siempre un momento para hacer balance? ¿Para pensar en la vida? ¿Para pensar cómo amamos? Y algunos, ya mayores, quizás pensamos en nuestra vida porque toda muerte nos hace pensar que sólo tenemos una vida.

El salmo responsorial nos ayuda a entrar en esta tranquila reflexión que la liturgia de hoy nos propone. El salmo nos habla de la presencia de Dios en nuestra vida: Un Dios que ilumina, que salva, que es un muro que protege. Un Dios que sabe que no hemos llegado, que estamos en camino, pero que avanzamos, que nos dice: Tu rostro buscaré. 

Un Dios al que nosotros decimos que queremos estar en su casa. Estos días cuando debo recibir romerías les digo que Dios nos ha hecho el don de este lugar, porque lo custodiamos y nos permite ser testigos de la alegría de quienes vienen a Montserrat. Sentíos también parte de esta alegría, escolanes, vosotros que también vivís en la casa de Dios y de Santa María y que sois una parte importante de la alegría de los peregrinos, ¡que hacéis feliz a tanta gente!

Y ese salmo que dice todas estas cosas que parecen más relacionadas con la vida que con la muerte acaba diciendo: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida

En catalán rezamos dos versiones de este versículo: Una dice “disfrutaré en la vida eterna” y la otra “disfrutaré en esta vida” de la bondad que me tiene el Señor. Pregunté una vez a un salmista entendido del monasterio qué versión era la buena y me respondió: las dos, porque de vida sólo hay una: la que vivimos aquí y la del más allá son la misma. Y por eso el mensaje de este salmo podría ser que todo lo que vivimos y que podemos controlar hoy afectará a la vida eterna, que es una verdad fundamental, esencial e irrenunciable de nuestra fe. Y por eso oramos por los difuntos, porque sabemos que no fueron perfectos aquí, cuando estaban con nosotros y todo lo que imaginamos del más allá, lo imaginamos en la esperanza y en la fe.

Como cristianos, tanto nuestra vida hoy como nuestra esperanza de resucitar, debe estar centrada en Jesucristo. Cuando Jesucristo vivía entre la gente, antes de su muerte nos dijo muchas cosas útiles para vivir plenamente, las podríamos resumir diciendo que dijo que quisiéramos a Dios y nos amáramos unos a otros. ¡No dijo esto y se fue! Lo más interesante, lo que más nos ayuda a seguir sus palabras no es que sean muy inteligentes, muy profundas o siempre acertadas en cada una de las situaciones que se encontró; todo esto es verdad, pero lo más importante es que, después de morir, resucitó. Esto significa que se hizo presente y sigue presente entre nosotros y llama a todos a vivir como él vivió, para después poder seguir viviendo con él en la vida que nunca se acaba.

Este estar presente de Jesús resucitado después de su muerte, le explica muy bien el evangelio de los discípulos de Emaús. Estos discípulos están frustrados. Todo lo que Jesús había enseñado parece que ya no tiene sentido, teniendo en cuenta su muerte en cruz y su desgracia pública. Es curioso: sus palabras son las mismas que entusiasmaban a la multitud, se recuerdan sus actos y sus curaciones, pero ahora no provocan entusiasmo, más bien provocan que estos dos discípulos se marchen hacia otro lado, en dirección contraria. Se van incluso habiendo escuchado ya un primer mensaje de la resurrección, pero sin haberlo creído… “algunas mujeres han dicho…”; pero total, ¿quién puede hacer caso de algunas mujeres en algo tan serio…? Con todo, Jesús se hace presente, sin reconocerlo, camina con ellos en su misma dirección, a pesar de ser contraria a la del lugar de su Resurrección y de su mínima e incipiente comunidad de creyentes. Y caminando con ellos, no fuerza nada, va hablando, va contando hasta que en el momento de compartir el pan, lo reconocen. Entonces todo tiene sentido: sus vidas, las palabras de Jesús, ¡incluso lo que habían dicho las mujeres! A partir de ahí la vida de estos discípulos como la de todos los demás que hemos venido detrás, estará acompañada de la presencia de Jesús resucitado y de la esperanza de reunirnos con él en nuestra resurrección.

La diferencia que aporta la vida cristiana a una filosofía de vida es esa intimidad que Cristo resucitado nos hace posible con Él, por su Espíritu Santo enviado y en la comunión de Dios Padre, por todos los días de la vida única. Ésta y la futura.

Por eso hoy oramos por los difuntos, para que se cumpla su bautismo, para que su vida en Jesucristo aquí, tenga la continuidad y la plenitud de la comunión con Dios en la eternidad. Este último año nuestra comunidad ha rogado que esta realidad de vida plena fuera verdad para nuestro hermano el Padre Anselm Parés que murió el pasado 29 de mayo, después de veinticinco años aproximadamente de ser monje. A la esperanza de que Dios, por su misericordia, le haya perdonado y acogido, añadimos la acción de gracias por sus muchos ejemplos de piedad, paciencia, discreción y fe. Sí. Nuestros hermanos difuntos también pueden sernos, por su ejemplo, una exigencia para nosotros hoy, porque encarnan maneras de amar a Dios y al prójimo. Dejémonos inspirar por ellos.

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús resucitado al partir el pan. En cada eucaristía el Señor nos da esa posibilidad porque se hace presente. Pongamos toda nuestra atención para reconocerlo vivo entre nosotros con todas sus consecuencias.

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2021)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2021)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

La solemnidad de Todos los Santos que estamos celebrando nos coloca, queridos hermanos y hermanas, en lo que podríamos llamar una perspectiva final. Utilizando la imagen contemporánea del “pasar pantalla”, sería como si se nos permitiera ir a la última pantalla y ver lo que hay. No es extraño que sea el último libro de la Biblia, el Apocalipsis el que mejor describe esta pantalla final y todo lo que pasará, por eso también se le ha llamado libro de la Revelación. En varios pasajes del Apocalipsis se habla de los santos, de una multitud de personas que alaban a Dios. ¿Quiénes son? Son muchos hombres y mujeres que han vivido antes que nosotros y que han llegado ya a la pantalla final, la que aparece no en esta vida sino cuando precisamente esta vida se termina. De muchos de ellos, de todos los santos, de todos los que hoy conmemoramos, sabemos que en esta pantalla han encontrado a Dios, han encontrado la plenitud del amor de Dios. Esa plenitud es lo que habían intentado vivir mientras vivían en la tierra, con las debilidades y defectos que ellos mismos tenían y que ahora han cesado, porque allí donde está la plena comunión con Dios, cesan las carencias de este mundo.

Estas expresiones como plenitud del amor o de la comunión con Dios, son formas de explicar la realización de la vida, muy especialmente de la vida cristiana. En la liturgia de la Palabra de hoy, todavía hemos leído otra expresión similar: Ver a Dios. La primera carta de San Juan nos lo decía: Cuando Dios se manifestará: esto es en la última pantalla, veremos a Dios tal y como es. También una de las bienaventuranzas que hemos leído en el Evangelio habla especialmente de esto: Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Aunque lo de ver a Dios pueda parecer algo muy abstracto, muy teórico, ver a Dios debería ser una aspiración de cada día para todos. La solemnidad de hoy recuerda vidas concretas de hermanos y hermanas nuestras que han vivido queriendo ver a Dios. Aquellos que llamamos santos, son esos hermanos y hermanas nuestras que han caminado por la vida siguiendo a Jesucristo y su Evangelio. La Iglesia, consciente de que sólo puede reconocer de forma oficial y pública la santidad a algunos de los que han hecho este camino, incluye en la solemnidad de hoy a los santos anónimos, aquellos que Dios reconoce y que quizás nunca serán conocidos. Siempre me ha impresionado que estos santos anónimos se incluyan en una celebración más solemne que la de algunas figuras eminentes y destacadas de la historia eclesial. Tan importante es para Dios esa vida escondida, esa santidad que Él sí conoce.

¿Pero qué nos dice a nosotros hoy esta realidad tan grande de personas que han vivido haciendo el bien? Nos enseñan que es posible vivir como cristianos y realizarse plenamente. Muy a menudo he intentado explicar la vida cristiana como un camino:

En este camino, Dios nos pone un objetivo difícil, casi imposible: la santidad: La oración de después de la comunión de hoy nos dice que la santidad es la plenitud del amor de Dios, por tanto que la santidad es lo que estas expresiones: plenitud, comunión y visión de Dios, significan.

En este camino, Dios, a veces hace que nos demos cuenta de dónde estamos nosotros y dónde está el objetivo. Y si bien podríamos caer en un cierto desánimo por la distancia entre una cosa y otra, lo importante es hacernos en este preciso momento conscientes de la misericordia de Dios, porque buena parte del camino hacia la plenitud empieza en el realismo de lo que somos. Cuando nos ponemos con esta sinceridad ante Dios, Él mismo nos da la fuerza para continuar y seguramente nos hace más claro y más presente el objetivo hacia el que avanzamos. Los hombres y mujeres santos lo son porque han hecho este camino, en el fondo tan humano, que es el camino del crecimiento y de la maduración cristiana.

La solemnidad de hoy debería ser compromiso en ese camino personal. ¿Qué puede ser hoy ese camino que nos propone Dios? El camino de Jesucristo en las bienaventuranzas, que dijo que seríamos felices hasta en condiciones extrañas y adversas: en el llanto, en la pobreza, en la persecución… Pero todas estas situaciones no tienen la última palabra, no son lo que sale en la última pantalla, al igual que nuestras debilidades, nuestros errores, todo lo que llamamos pecado tampoco tiene la última palabra en nuestra vida. Los santos no son quienes no tienen pecados sino quienes han sabido reconocerlos y por eso nos son un ejemplo cercano.

El horizonte que nos abre la solemnidad de hoy es un horizonte con Dios, pero como decía, antes de la pantalla final, deben pasarse unas cuantas. Es necesario pasar las pantallas de la vida. Las bienaventuranzas también nos invitan a ser muy sensibles con las realidades que describen. Nos invitan a ser parte de la “solución” o de la resolución que en cada una de las bienaventuranzas aparece como un segundo término, especialmente en aquellas bienaventuranzas que describen situaciones de los demás, situaciones sociales. No podemos recitar las bienaventuranzas y decirnos: ¡si los pobres son felices no hace falta hacer nada! Allí donde Dios nos quiere es en la resolución: esto es, a hacer algo por los pobres, a ser consuelo para quienes lloran, a colaborar en saciar el hambre y sed de justicia, en ser constructores de paz. Y atrevámonos a extender alguna bienaventuranza, pensemos que justicia y paz también es cuidar la tierra, nuestro planeta, estos días que todo el mundo está pendiente de los pasos que hay que dar para proteger la Creación. Si seguir las bienaventuranzas nos trajera algún problema, que nos consuele saber que sólo estamos siguiendo el camino del Evangelio y que el horizonte que nos espera es el de ver a Dios. Y no somos los primeros, ni seremos los últimos. Siendo los cristianos de hoy, nos toca ser el eslabón en la cadena de santidad de la Iglesia. ¡Qué reto! Siempre nos ayudará la comunión que formamos cuando recordamos a Jesús en la eucaristía, como estamos haciendo.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)

Domingo XXX del tiempo ordinario (24 de octubre de 2021)

Homilía del P. LLuís Planas, monje de Montserrat (24 de octubre de 2021)

Jeremías 31:7-9 / Hebreos 5:1-6 / Marcos 10:46-52

 

La iglesia nos invita cada domingo a escuchar el evangelio; este año, sobre todo, durante este curso litúrgico que conocemos por ciclo B especialmente hemos escuchado al evangelista Marcos. De hecho, si lo hemos ido siguiendo atentamente, nos ha propuesto realizar un itinerario para ir profundizando nuestra realidad espiritual. La escucha del evangelio nos ha llevado a hacernos interrogantes, a intentar dar unas respuestas, a aprender a configurarnos con Jesús. Un trabajo, que seguro debemos seguir haciendo. Ahora ya estamos muy cerca del fin de toda esta enseñanza. Y yo mismo he de preguntarme qué he hecho de mi vida.

El evangelio de hoy, aparentemente no tiene mucho que subrayar: un ciego ha recobrado la vista. Pero si empezamos a fijarnos en un grupo de detalles nos damos cuenta de que esto ocurre a la salida de Jericó y en dirección a Jerusalén. Cabe decir que entre Jericó y Jerusalén hay un desnivel de 1200 metros y unos 30 Km de distancia. La costumbre era que si se iba a Jerusalén para vivir unos momentos especialmente importantes desde la perspectiva espiritual, se descansaba en Jericó (el día de descanso para los judíos era en sábado), y al día siguiente se retomaba el trayecto hasta Jerusalén. Sabemos que ésta era la decisión de Jesús: subir a Jerusalén, ésta sería la última y definitiva vez.

Hace un momento decía que el itinerario que hemos ido escuchando a lo largo de este ciclo litúrgico es para ir profundizando, siguiendo el mensaje de Jesús. ¿Qué he hecho de mi vida y qué sentido tiene? Y aquí el ciego Bartimeo hace que resuenen en mí mismo algunas cosas. Por mi parte no puedo decir que soy ciego, pero quizás en algunos aspectos de mi vida no acabo de ver en profundidad la realidad de quién soy. No soy un ciego desde el punto de vista físico, pero he sido llamado por el evangelio a abrir los ojos de la fe para ver qué me pide Jesús. Creo que no soy ciego, pero como Bartimeo estoy en la salida de Jericó para emprender el camino hacia Jerusalén, pero estoy al borde del camino, parado. De alguna manera me identifico con Bartimeo. Jesús emprende el camino a Jerusalén, el ciego Bartimeo se da cuenta, y de su alma sólo le sale un grito: «Hijo de David, Jesús, compadécete de mí» Y me pregunto a mí mismo, yo que estoy parado, ¿soy capaz de gritar lo mismo que el ciego? Porque llamándole reconozco que al ser Hijo de David, le reconozco como Mesías, lo reconozco como aquel que da sentido a mi vida, lo que me hace ver por qué estoy aquí. Quizás lo que sería más prudente sería callar y no hacer un revuelo que puede molestar. Los que acompañaban a Jesús querían que se callara. No sabemos quiénes son éstos, pero quizá estaban aquellos que escucharon el pasado domingo, que quien quiere ir con Jesús debe aprender a servir y no a mandar. A pesar de todo, ahora todavía le mandan que se calle. Y no digo que quienes ahora me acompañáis me pidáis que no haga alboroto, ¡pero es tan sencillo seguir tal y como estamos!

Con Bartimeo es Jesús quien me llama; yo sólo pido compasión, limosna para ir tirando; en cambio Él me llama para ser discípulo, para desinstalarme espiritualmente, por eso debo dejar aquellas cosas que parecían protegerme: el manto y el bastón. Para un ciego es como ir desnudo, para mí es desprenderme de mis comodidades. Y entonces, ante él, Jesús me hace la pregunta decisiva para mí: ¿qué quiero de Él?, y con Bartimeo ya no pido la compasión por ir tirando, ¡sino que vea! ¿Pero qué significa ver? La respuesta que le ha dado Jesús a Bartimeo es doble. Es necesario que la fe sea clave en mi comportamiento, porque creer es fiarme radicalmente de Él, y por tanto ser capaz de lanzar lejos de mí las seguridades que sólo me agobian y me condicionan (el manto y el bastón) para tomar las decisiones que orienten mi vida hacia una nueva manera de vivir y sentir y que llamaremos el Reino de Dios; y porque es esto, la fe, es lo que salva: «¡tu fe te ha salvado!» ¡Ahora mi vida puede tener sentido!

Pero el evangelio de hoy no ha terminado aquí. Nos ha dicho: «Al instante vio, y le seguía por el camino» Efectivamente hablamos de lucidez, por eso podemos hablar de ver pero con una connotación que explica la interioridad del hombre en una comprensión nueva, quizá desquiciada, renovada. Ahora bien, recordemos que era la última etapa para subir a Jerusalén, seguir camino adelante significa que con Bartimeo yo también soy invitado a andar y participar intensamente de lo que significa Jerusalén: la pasión, la muerte y la resurrección. ¡La Pascua! La lucidez de ver es penetrar en el misterio de Jesús y seguirle hasta el fin. A veces me pregunto si Bartimeo y yo tendremos el coraje de seguir a Jesús hasta la cruz. Yo pienso, lo confieso, que será la fortaleza de uno y otro, de la comunidad de discípulos, la que nos hará fieles, y así la experiencia de la resurrección se convierta en la fuerza que nos dé a todos la energía y el coraje de decir: Dios nos ama tanto que nos ha dado la vida para siempre a todo el mundo.

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (24 de octubre de 2021)

Bendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Palabras del P. Manel Gasch i Hurios al final de la Eucaristía de su bendición abacial (13 de octubre de 2021)

 

Doy gracias a Dios por todo lo que hemos vivido hoy en esta celebración. Porque nos hemos sentido una comunidad que oraba e invocaba los dones del Espíritu Santo para fortalecer mi fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio en el servicio que mis hermanos me han encomendado como abad.

Una comunidad de oración abierta a todos los que estáis aquí, conscientes de que, si tal vez a todos no nos une la fe, sí compartimos la amistad, el respeto y la estimación por Montserrat. Una apertura que la tecnología ha extendido, como hace cada día, a través de los medios de comunicación a muchos hogares de fieles a los que quiero tener presentes en estas palabras, para hacerles sentir parte de nuestra asamblea, especialmente los enfermos y los ancianos .

«Acoged a todos» fueron las palabras que el Papa San Pablo VI dirigió al Abad Cassià M. Just y que han marcado la vida de nuestra comunidad. No podía ser de otro modo. Son palabras que también encontraríamos en el corazón de la espiritualidad de la Regla de San Benito y que estoy seguro que continuarán inspirándonos. El monasterio es siempre la casa de Dios y por lo tanto la casa de todos; para unos, los monjes, de manera estable y por los otros, los huéspedes, de manera pasajera, como Jesucristo que pasa; Montserrat es además la casa de la Virgen, de la Moreneta, de la Patrona de Cataluña, venerada por fieles y peregrinos de todas partes, la casa donde quisiéramos que todo el mundo se encontrara bien. Este santuario es el don que Dios ha hecho a nuestra comunidad y nos sentimos a la vez responsables y agradecidos.

Gracias en primer lugar al P. Manuel Nin y Güell, obispo titular de Cárcabo y exarca apostólico para los católicos de tradición bizantina de Grecia, que aceptó presidir esta bendición, con quien nos unen lazos de fraternidad y que, aportando un poco de la tradición de Oriente Cristiano ha hecho más católica, más universal, esta asamblea.

La comunión que personalmente me ha expresado, el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, mi ciudad de nacimiento, que hoy no puede estar con nosotros, y la presencia del Cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo emérito de Barcelona, y de nuestro obispo de Sant Feliu de Llobregat, Mons. Agustí Cortés, junto con la de los arzobispos de Tarragona y de Urgell, a este último le debo la ordenación presbiteral, más la presencia de obispos de todas las diócesis con sede en Cataluña y aún la del obispo de Mallorca, y la de todos los sacerdotes y diáconos que está aquí, nos dan cuenta de la profunda eclesialidad a la que estamos llamados los monjes de Montserrat: al servicio de las parroquias, de los sacerdotes y de los fieles. Un servicio que compartimos con tantos religiosos y religiosas, que nos complementamos en la diversidad de carismas y que avanzamos juntos en el discernimiento de la voluntad de Dios.

The monastic family couldn’t be higher represented in this celebration and I am most grateful to the most Reverend father Gregory, abbot Primate to have been able to attend it and to bring with him the communion and the prayer of the whole benedictine Confederation. Being just as we are a single monastery, your presence remind us that we are really part of something bigger than just us. Je remercie le Père Abbé Jacques Damestoy qui nous partage son amitié et celle de monastères français. También agradezco al Abad Guillermo, Presidente de nuestra congregación sublacense-casinense, a nuestros hermanos abades y monjes de los monasterios hermanos de El Paular, Silos, Leyre y Santa Brígida, que hoy nos acompañéis, así como la fraternidad de los abades y abadesas, monjes y monjas de los monasterios catalanes presentes aquí con quien compartimos la misión de hacer presente y viva la vocación monástica en nuestra tierra catalana.

La extensa representación del mundo civil, encabezada por el presidente de la Generalitat, Muy Honorable Sr. Pere Aragonés, la consejera de Justicia, honorable Sra. Lourdes Ciuró, la Delegada del Gobierno en Cataluña, Excma. Sra. Teresa Cunillera, la presidenta de la Diputación de Barcelona, Excma. Sra. Núria Marín, y todas las demás autoridades y representantes de entidades y medios de comunicación, nos recuerdan nuestra tradición de servicio especial a la sociedad y al pueblo de Cataluña, que se hace presente en toda su riqueza y variedad en Montserrat.

Nuestra comunidad de monjes no sólo estamos en Montserrat. Somos también monjes que nos dedicamos a nuestra diócesis de Sant Feliu de Llobregat o que vivimos en las casas del Miracle, en el Solsonès, y de Cuixà, el Conflent, que animamos la vida cristiana y espiritual de sus territorios; monjes que vivimos en Roma, colaborando con el ateneo universitario de San Anselmo; un monje que está en África, en Uganda, intentando mejorar la vida de los más pobres. Todos empezamos estas semanas una etapa nueva. No cambiaremos todos de lugar ni de trabajo pero sí que he pedido que nos pongamos juntos a escuchar.

En la proximidad del milenario del monasterio, en 2025, tenemos que ponernos a escuchar la voz de Dios, a escucharnos unos a otros, a escucharos a vosotros, convencidos de que si escuchamos, oiremos alguna cosa. Con la celebración del Milenario de Montserrat, el próximo 2025, queremos precisamente eso, acercar Montserrat a la sociedad. Nos gustaría que todo el mundo se sintiera suya esta celebración. Somos muy conscientes de que los mil años de Montserrat son también mil años de una sociedad con la cual han avanzado conjuntamente a lo largo de la historia. El Milenario es, a la vez, la oportunidad de proyectar Montserrat hacia el futuro. No empezamos esta etapa desde cero. Aquí cerca reposan los abades que restauraron el monasterio durante el siglo XIX e hicieron el Montserrat moderno. Mis antecesores que están aquí, los PP. Abades Sebastià M. Bardolet y Josep M. Soler son la memoria viva de la guía de la comunidad en los últimos más de treinta años. Ya lo he hecho públicamente, pero no puedo dejar hoy especialmente de agradecer a Dios y a él, los veintiún años de abadiato del P. Abad Josep M. Tenerlo entre nosotros, me da una gran seguridad y un gran confort.

Todos ellos, encabezados por los mártires que hoy conmemoramos, con todos los monjes que nos han precedido desde el cielo o desde la tierra, velan por nosotros e interceden ante el Señor, para que nos haga hombres de oración, de acogida y testimonios de bondad y de paz. Una comunidad que en estos momentos difíciles, después de la pandemia, sea capaz de dar esperanza verdadera a todos y solidarizarse con los que más sufrirán los efectos.

Finalmente quisiera dedicar unos agradecimientos más personales a los que también están aquí. A mi madre que tengo el placer que me acompañe hoy, y a mi padre, que nos dejó hace justo un año, a causa del Covid, a quienes debo la vida, la fe y el primer amor en Montserrat y que es bien presente. A mis hermanos, cuñadas, tíos y todo el resto de la familia por todo el camino que hemos hecho juntos y el que aún haremos. A los amigos, fieles durante tantos años y de los que espero que continuaremos siendo sencillamente amigos. Al Hermano Pedro de la comunidad de Taizé, lugar esencial de mi vida. To father Jonathan and to father Paul from the Church of England for so many years of friendship, and for taking the trouble to come from England to a such long celebration being unable to understand a word of it. También agradezco que estéis aquí tantos colaboradores y trabajadores de Montserrat tan cercanos en los últimos diez años de mi vida, en mi tarea de administrador-mayordomo y todos los que formáis la amplia familia montserratina: los oblatos, los cofrades, los Antiguos Escolanes.

Gracias especialmente a vosotros escolanes porque nos habéis ayudado a orar con la música y porque nos hacéis pasar tantas horas hermosas con vuestro canto y nos demostráis vuestra capacidad de sacar adelante tantos proyectos extraordinarios aun siendo tan jóvenes. Me acuerdo de vuestras familias y de la Capella, con algunos de los cuales compartíamos hace «sólo» quince años, educación, conciertos y viajes…

Y a todos los que sé que habéis trabajado mucho para garantizar la organización y la seguridad de este acto. A todos gracias de corazón.

Y quiero terminar recordando dos personas importantes en mi vida y que hoy no están aquí debido a la salud: monseñor Antoni Vadell, buen amigo de hace 25 años y el P. Ramon Ribera Mariné, formador mío en el noviciado y el juniorado. Que puedan recuperarse pronto.

Y si me he dejado alguien, quiera perdonarme. No ha sido con mala intención.

Pongámonos, pues, en camino bajo la mirada de la Virgen, la Rosa de Abril que desde Montserrat ilumina la catalana tierra, el mundo entero y nos guía hacia el cielo.

Abadia de MontserratBendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Bendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca Apostólico para los católicos de tradición bizantina a Grècia con motivo de la bendición abacial del P. Abat Manel Gasch i Hurios (13 d’octubre de 2021)

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24  / Juan 15:18-21

 

Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Estimado P. Abad Manel, queridos hermanos. La celebración litúrgica de hoy, como veis quienes estáis presentes personalmente u os unís a través de los diversos medios de comunicación, tiene un algo que la hace siquiera un poco especial. Hay, veis, muchos obispos, abades y sacerdotes concelebrantes, y muchos monjes. También es especial la presidencia de la celebración por parte de un obispo católico de rito bizantino que quizás para muchos es desconocido. Pero para otros seguramente no lo es tanto. Agradezco al p. Abad Manel la invitación paterna y fraterna a presidir esta celebración litúrgica en Montserrat. Celebrar en Montserrat es, para vosotros monjes y para mí que he formado parte de esta comunidad durante muchos años, y me siento todavía parte de ella, es celebrar «en casa».

Hay dos aspectos que son fundamentales en nuestra celebración y que quisiera subrayar. El primer aspecto: la memoria de los beatos monjes mártires, de los que celebramos hoy la fiesta, y a la liturgia de los cuales pertenecen las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado. El segundo aspecto: la presencia del p. Abad Manel Gasch, sentado aquí en el centro de nuestra celebración, para recibir la bendición como abad, como padre y pastor de este monasterio de Santa María de Montserrat.

El profeta Isaías nos ha presentado, sirviéndose de un lenguaje muy vivo y muy bello, la imagen del banquete preparado para todos los pueblos. A menudo los profetas, con imágenes festivas, casi de vida familiar, nos presentan la relación de Dios con los hombres, con su pueblo. Y con estas imágenes de vida familiar el profeta afirma: «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Todo el AT prepara el encuentro definitivo, en Jesucristo, de Dios con el hombre; lo hace, podríamos decir, con imágenes que llevan de una manera o de otra al Emmanuel, el Dios con nosotros. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Un Dios con nosotros, un Dios en medio de nosotros, que no nos ahorra el encuentro con la contradicción, con el sufrimiento, con la muerte. Este encuentro con el sufrimiento, con la cruz lo vivimos siempre pero seguros de que «… En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Esta podría ser la frase que encierra la vida y la muerte de tantos y tantos hermanos nuestros cristianos que han dado y dan la vida por Cristo, como lo hicieron nuestros hermanos monjes mártires, las reliquias de algunos de ellos que veneramos en la cripta de esta basílica.

En el evangelio de San Juan, en el fragmento que hemos escuchado tomado de su largo discurso de despedida, el Señor nos ha dejado su Palabra siempre viva, siempre presente en nuestro camino cristiano: «Yo os elegí del mundo .. . Todo esto os lo harán a causa de mi nombre … «. Os encontraréis con contradicciones, con persecuciones, con sufrimientos. Siempre «… a causa de mi nombre…», bien seguros, sin embargo, que «En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Vivir el Evangelio, ayer, hoy y siempre, no es nunca un camino llano, al contrario es un camino donde la cruz, la del Cristo y la nuestra, se hace presente. Es un camino donde un mundo, a veces hostil y a veces indiferente, nos pedirá razón de nuestra fe. La palabra del Señor: «Yo os elegí del mundo …», nos infunde la fuerza y el coraje para anunciar y vivir siempre el Evangelio, que es nuestra respuesta, nuestro testimonio en medio de los hombres.

Las lecturas de la liturgia de hoy tienen una fuerza especial precisamente porque son proclamadas en la fiesta de nuestros monjes mártires, de aquellos hermanos nuestros que, fieles a Jesucristo y a la profesión monástica que un día hicieron como monjes en este monasterio, derramaron su sangre como mártires, como testigos de aquel amor al único Señor de sus y de nuestras vidas aún hoy, Jesucristo el Señor, el único Salvador, el único Redentor. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. En la larga historia de nuestro monasterio-santuario, siempre a los pies de la Virgen, una historia milenaria, encontramos un gran número de santos monjes, anónimos ciertamente pero que han sido y siguen siendo piedras vivas en este edificio viviente que es Montserrat, cuyo símbolo es esta basílica que nos acoge. Y como corona de este primer milenio de nuestra historia, el Señor nos ha hecho el don de añadir, a la larga hilera de monjes santos y pecadores, fieles y débiles, jóvenes y viejos …, el Señor ha añadido la corona, la piedra preciosa de los mártires, de estos hermanos nuestros generosos y fieles, débiles y pecadores también seguramente, pero firmes en el amor de Cristo, que han hecho suya, como hacemos ahora nuestra, aquella estrofa que cantaremos dentro de unos días el primero de noviembre: «Chori … monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite» / «los corazones … de todos los monjes, junto con todos los santos, háganoslo familiares del Cristo «. Ellos, los mártires, por su testimonio y su martirio, junto con tantos y tantos que nos han precedido, interceden para que, también nosotros, seamos «familiares… de Cristo».

En este «corazón de todos los monjes, familiares del Cristo» te añades tú hoy, querido p. Abad Manel, con un nuevo ministerio como abad, como padre de este monasterio. Los griegos diríamos: «con esta nueva diaconía, este nuevo servicio». ¿Qué significa para ti, para los monjes, para los escolanes y para los peregrinos que hoy estamos en Montserrat, ser bendecido abad de este monasterio? Os propongo que sea ahora la misma celebración litúrgica la que nos guíe pedagógicamente en lo que significa para ti, para tu comunidad y para nosotros esta celebración.

Siguiendo el ritual, y ahora cuando termine esta mi homilía, te haré una serie de preguntas, a las que, con tu respuesta, manifestarás delante de Dios y de los hermanos, delante de la Iglesia, tu voluntad de llevar a cabo esta diaconía de que hablábamos.

Se te preguntará si quieres: «instruir a tus hermanos, guiarlos y enseñarles… llevarlos hacia Dios». A partir del día que la comunidad te eligió, no eres un administrador -o si quieres no eres «sólo» un administrador-, sino que eres alguien, que con la grandeza y la fragilidad de cada ser humano, desde tu condición humana -¡que Cristo ha asumido en su encarnación! -, «… has sido elegido para regir las almas haciendo las veces de Cristo». Instruir, guiar, enseñar, llevar hacia Dios. Una enseñanza, una guía, un acompañamiento, siempre «haciendo las veces de Cristo». A través de ti Cristo continuará enseñando, guiando, llevando hacia Dios. «Haciendo las veces de Cristo».

No temas cuantas veces leyendo la Regla de San Benito, o en tantos otros textos de los Padres de la Iglesia, se habla del abad o del obispo como «el que hace las veces de Cristo», como «vicario del Cristo”. ¡No renuncies, no renunciemos nunca a este título! Digo título pero quizás debería decir ¡sacramento! Creo que es el título / ministerio más precioso y más «de peso» que los obispos y los abades tenemos y que debemos custodiar. Es un «título / ministerio» que «pesa», te lo puedo asegurar, pero también es un título, una diaconía, que tantas y tantas veces te dará fuerza y consuelo.

Siguiendo el ritual de la bendición, invocaremos a la Virgen y a todos los santos. Las letanías manifestarán nuestra confianza como Iglesia en la intercesión y la comunión de todos aquellos hombres y mujeres que se han configurado a Cristo: María, los apóstoles… hasta nuestros hermanos monjes mártires que hoy celebramos.

Después vendrá la oración de bendición como abad: una epíclesis, una invocación del Espíritu Santo sobre ti y también de alguna manera sobre la comunidad que te ha sido encomendada. Lo que se pide para ti, también directamente toca la comunidad de los monjes. El texto nos resume algunos aspectos fundamentales de esta tu nueva diaconía:

Que con su enseñanza penetre el corazón de sus discípulos. Enseñar, por tu parte, acoger tu enseñanza por parte de los hermanos.

Que sepa la cosa difícil y ardua que ha aceptado: gobernar almas y acomodarse a muchas formas de ser … En cada monje encontrarás el alma dócil y el alma a veces terca … El corazón generoso y el corazón endurecido … ¡No desesperes nunca de la misericordia de Dios!

Más servir que mandar… Un servicio, una palabra, una enseñanza que a veces penetrará el corazón de los discípulos como una lluvia suave, y a veces tendrás la impresión de que pasa como un torrente que te parecerá que no deja huella. No te desanimes y ten paciencia.

No perder ninguna de las ovejas que tiene encomendadas: Ninguna oveja es despreciable, ninguna. Somos, siempre, ovejas que a veces cojean y a veces caminan con firmeza … Ninguna es despreciable, ni la oveja perdida, que tendrás que cargar una y otra vez sobre tus hombros, ni la oveja fuerte quien, te lo aseguro, le hará bien una buena palabra amistosa y animadora de vez en cuando.

Llenarlo de los dones del Espíritu Santo… Todo lo que harás, lo que enseñarás, será para ti y para los hermanos, un don del Espíritu Santo.

Que no anteponga nada que Cristo y que enseñe que nada le debe serle antepuesto. El Cristo, único mediador de quien nos hablaba la carta a los Hebreos, es Aquel que deberás anunciar siempre a tus hermanos monjes, a los escolanes, a los trabajadores de Montserrat, a los miles y miles de peregrinos que, pasada esta borrasca de la pandemia, el Señor continuará llamando a la santa montaña de Montserrat. Hombres y mujeres que subirán a Montserrat a buscar una palabra amiga, una palabra de consuelo, el sacramento del perdón, un lugar de silencio.

Acabaremos la bendición con la entrega de las insignias, de estos símbolos que harán presente, de manera comunitaria y litúrgica lo que eres y que tienes que ser para tus hermanos: se te dará la Santa Regla, el anillo, la mitra y el báculo, que manifestarán simbólicamente tu enseñanza, tu amor esponsal por la comunidad, tu magisterio y tu pastoreo, es decir tu plena configuración con Cristo. Símbolos que harán evidente, para ti mismo en primer lugar, y para los hermanos, esta nueva diaconía a la que el Señor te ha llamado.

Estimado P. Abad Manel: los Padres de la Iglesia han dado al obispo y al abad una serie de títulos a través de los que han querido indicar aquel que en cada Iglesia, y en cada monasterio, hace las veces de Cristo: padre, pastor, maestro, guía, timonel, médico -médico de las almas ciertamente, pero también médico de los cuerpos: ama, cuida, visita a los enfermos.

A estos títulos me permito añadir otro, no te asustes: ¡el abad es también «mártir»!. En el sentido más fuerte del término: mártir / testigo de Cristo en la comunidad, en la Iglesia, en el mundo que nos toca vivir.

Estimados hermanos, después de la bendición, celebraremos los Santos Misterios. Invocaremos al Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que haga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que nos haga también, a ti padre abad Manel y a todos nosotros, mártires de su Evangelio, testigos de su palabra de vida que acogemos cada día como monjes, como peregrinos en un mundo a veces sordo pero siempre sediento de una palabra viva, de consuelo, de misericordia, de esperanza.

En la Divina Liturgia bizantina, después de la narración de la institución de la eucaristía y de la epíclesis sobre el pan y el vino, después de que el Espíritu Santo ha hecho el Cuerpo y la Sangre de Cristo, invocamos a la Madre de Dios, aquella en el seno de la cual la Palabra se hizo hombre, se encarnó. También en esta celebración invocamos para ti y para Montserrat la intercesión de Santa María, la Virgen, para que sea ella siempre para ti y para la comunidad aquella guía que te muestre y te lleve al Cristo, el único mediador, Señor y pastor de nuestras vidas.

Retomo, con un añadido, la estrofa del himno de Todos los Santos de la que hablaba al principio: «Chori … abbatum monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite». Que los santos abades y monjes de la historia de este monasterio te y nos hagan «consortes Christi familiares del Cristo».

«Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Que nos fortalezca siempre esta esperanza el Cristo Señor, que reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos.

Amén.

 

 

Abadia de MontserratBendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (10 d’octubre de 2021)

Sabiduría 7:7-11 / Hebreos 4:12-13  / Marcos 10:17-30

 

No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que hoy hay en el mundo una gran pluralidad de pensamiento, de religiones, de sistemas políticos, económicos, filosóficos, científicos… Sobre todo, una confusión de ideas, pensamientos y actividades en las redes como nunca habíamos conocido. ¿Quién puede poner orden a todo esta confusión que hace que todo el mundo se pregunte, dónde está la verdad? Porque hay mucha gente que hoy se siente insegura, sin ningún punto de referencia, sin orientación firme.

La primera lectura nos da la respuesta: Encontrar la sabiduría. Es fácil decirlo. El sabio la buscó y al fin la encontró y no la cambiará por ninguna cosa valiosa de este mundo: ni oro, ni plata, ni ninguna sabiduría humana. Porque esta verdad sólo se encuentra en Dios. Esta sabiduría es la que han buscado los hombres desde el comienzo de tener uso de razón, y se ha ido plasmando en las diferentes religiones. Porque el hombre es un misterio entre la nada y el infinito. Cierto, el hombre es carne, pero tiene una aspiración infinita. Es mucho más que los irracionales. Buscar siempre superar sus conocimientos.

Una manifestación de la sabiduría nos la muestra la carta a los Hebreos: La Palabra de Dios, Jesús, es más cortante que una espada de doble filo, capaz de penetrar los pensamientos y las intenciones del corazón, porque es divina.

Esta sabiduría es desconcertante, como nos dice hoy el Evangelio. Nosotros, seres terrenales, pensamos como el joven rico. Nos basta cumplir la Ley de Dios, que es algo básico, pero que nos parece que no es suficiente, como lo indica la pregunta que el joven hace a Jesús: «Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la perfección? Jesús le dijo: Observa los mandamientos. Y él responde: Ya lo he hecho desde pequeño. ¡Admirable! Jesús se le miraría con afecto. Pero aún te falta una cosa: Si quieres ser perfecto, deja todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven conmigo a anunciar el Reino de Dios. Es decir, hazte mi discípulo. Pasa de la perfección humana a la divina. Esta exigencia era demasiado para él, sobre todo porque tenía muchas riquezas. Y Jesús le exigía confiar sólo en él. Y él tenía la seguridad en los bienes temporales. No se podía desprender de ellos. Hay que añadir, sin embargo, que no sólo las riquezas son bienes temporales, hay muchas otras riquezas: inteligencia, capacidades manuales o artísticas, matrimonio, posibilidad de hacer una gran carrera, de viajar, de divertirse, etc. y percibimos que cuesta de prescindir de esto, porque nos estimula.

Pedro, en nombre de los discípulos pregunta: » Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Podríamos añadir: ‘Esto es obra del Padre que os lo ha revelado, ya que nadie viene a mí, si el Padre no lo atrae’. Jesús había afirmado que «entrar en el reino de los cielos no es posible a los hombres, sino a Dios, que todo lo puede». Con todo, dice, esta sabiduría ya trabaja incluso en la tierra con el 100 x 1 de lo que se ha abandonado, pero, también, sufriendo adversidades, como Jesús mismo. Como él fue perseguido, también vosotros. Y Jesús acabó crucificado. Pero para resucitar, ser glorificado, y nos abrió el camino del cielo. 

La sabiduría de Dios, pues, exige relativizar las cosas de la tierra. Servirnos de ellas, pero sin perder nunca el destino final del hombre: el Reino que Dios nos tiene preparado desde la creación del mundo. Sólo teniendo como valor supremo lo que es eterno, podremos relativizar lo temporal; sólo amando lo que es infinito, podremos valorar lo que es finito; sólo teniendo a Dios en nuestro corazón, podremos menospreciar lo mundano. ¡Que Dios nos dé esta sabiduría!

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (3 d’octubre de 2021)

Génesis 2:18-24 / Hebreos 2:9-11  / Marcos 10:2-16

 

Creer en Dios es importante pero lo decisivo es que Él cree en cada uno de nosotros. Por eso no deja de dirigirnos su palabra recordándonos lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor fiel.

Los fariseos, para probar a Jesús, le proponen valorar la cuestión del divorcio. Jesús, para liberar la Ley de las acomodaciones interesadas, les habla del valor del amor original que es la fuente de la fecundidad de las relaciones humanas.

La respuesta que Jesús da a los fariseos, antes que nada, libera la mujer de la sumisión injusta al marido recordando su igualdad e idéntica dignidad según el relato del Génesis bien entendido, al que el Señor se refiere y hoy hemos escuchado en la primera lectura. La mujer no está atada al hombre como una pertenencia más de su hacienda para que éste pueda sacarla de su casa según le parezca amparándose en una legalidad de bajo perfil. El esposo está unido a la esposa y la esposa al esposo formando un todo humano y espiritual compartido.

En la segunda parte del fragmento evangélico de hoy, cuando los discípulos preguntan otra vez al respecto, Jesús, dirigiéndose a ellos, les responde limpio i claro: desligarse de la promesa de fidelidad al amor libremente hecha ante Dios, es adulterar la calidad de este amor que Dios ha bendecido y santificado convirtiéndolo en embajador de su Buena Nueva. Porque ¿qué es un matrimonio cristiano sino dos apóstoles que caminan unidos anunciando, con su vida conyugal y familiar, la realidad viva del Reino de Dios? Las actitudes que deterioran este amor no dejan de debilitar el testimonio de la autenticidad de su vida y de su fe.

A juzgar por las estadísticas podría parecer que no es posible vivir la fidelidad del amor conyugal. La catequesis mediática del «nada es limpio, todo vale y todo el mundo lo hace» en que nos encontramos rodeados, a pesar de parecer «muy liberadora», en realidad nos lleva más tristeza y dolor que placeres y alegrías. Pero las estadísticas no pueden desmentir la fidelidad que perdura en tantos matrimonios que continúan hoy manifestando la realidad del Reino Dios por medio de su amor fiel, que es reflejo del amor fiel de Dios por todos los hombres.

¿Se puede llegar a 50 o 60 años amándose en fidelidad y no morir en el intento? Lo he preguntado a muchos matrimonios y más o menos, con mirada de niños grandes, con una cierta socarronería y un punto de buen humor, me han respondido prácticamente igual: «Padre: ceder, ahora uno ahora el otro, para ganar los dos, aquí está el secreto «. La sabiduría de la experiencia no se debe menospreciar; ceder en lo secundario en beneficio de lo esencial, ceder, ahora uno, ahora el otro, para ganar los dos. Ceder, sin claudicar, estirar sin llegar a rasgar, es la manera de persistir en lo esencial, es una forma sana de aprender a negociar, a pactar, a respetar que, al fin y al cabo, esto es, en la convivencia humana, amar.

El evangelio termina con el relato de los niños acercándose a Jesús. El Reino de Dios, nos decía el Señor, es para quienes se hacen como los niños. Cierto: el Reino de Dios es para los que se hacen como los niños, pero no es un juego de chiquillos. El camino del amor fiel es toda su hoja de ruta. Porque el camino de la fidelidad mutua es un camino de conversión, de ceder sin claudicar, de estirar sin rasgar, un aprendizaje que nos hace pasar de ser una carga que se arrastra a ser un don que ayuda a ir adelante. Si nos acercamos a Jesús, no con prejuicios sino con confianza, como un niño busca el abrazo del padre y de la madre, su palabra de vida traerá paz a nuestro corazón, nos acompañará siempre y su presencia amorosa no nos dejará de recordar lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor y la fidelidad. El amor sin fidelidad es egoísmo, la fidelidad sin el amor sería esclavitud. Sólo el amor fiel nos puede hacer capaces de desatarnos de la esclavitud del egoísmo y abrirnos a la libertad fecunda del amor de Dios. De hecho, es lo que cantaba en nuestra Escolanía en el versículo del aleluya que acompañaba la procesión del evangelio: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». No faltará nada si cabe todo el mundo.

¡Vean ustedes si puede ser de efectivo creer en Dios! Pero lo decisivo sigue siendo que Él cree en cada uno y cada una de nosotros.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (26 de septiembre de 2021)

Números 11:25-29 / Santiago 5:1-6 / Marcos 9:38-43.45.47-48

 

Estimados hermanos y hermanas,

P. Damià RoureEn el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús nos hace sentir su fidelidad que no sólo tiene en cuenta A los que le siguen de cerca sino que manifiesta un gran respeto para cada persona. De una manera especial, aprecia a quienes ayudan a los demás, aunque sea con un trozo de pan o con un vaso de agua a quien lo necesita.

Por eso Jesús desea que tanto los apóstoles, como cualquier persona, y nosotros también, actuemos por el bien de todos. Así Dios ama al que da algo a quien lo necesita, ya sea una persona conocida como si no lo es.

Nos propone, pues, tener un espíritu sin fronteras y sin barreras, que nos lleva a descubrir, tal vez poco a poco, lo que hay de bueno en cada persona. Todo el mundo desea ser reconocido y tratado de manera normal, sin actitudes rígidas ni parciales. Preguntémonos sinceramente si, según nuestras posibilidades, podemos ayudar a los que lo necesitan. De esta manera compartimos con Jesús su manera de actuar para el bien de cada persona.       

Incluso en las cosas más pequeñas, Jesús nos anima a tratar bien a todos. Es bueno dar un vaso de agua a quien lo necesita, ya sea cristiano como si es una persona bien alejada de nuestra fe. Es la forma en que actuaba Jesús y que, gracias a los evangelios nos podemos hacer cargo, si lo leemos o escuchamos. Por eso nos hace tanto bien de conocer como Jesús hablaba y actuaba, y como lo hacía con naturalidad y sinceridad. Incluso, si tenemos puntos de vista diferentes de lo que tienen otras personas, en el Reino de Dios no hay enemigos, y lo mejor que podemos hacer es respetar a todo el mundo. 

Podemos apreciar también las actitudes positivas de muchas personas que no siguen nuestra fe cristiana, pero que mantienen en su corazón, y en su manera de vivir, un respeto para todos.            

En todo caso, debemos evitar cualquier malevolencia. Si lo pensamos bien, lo que queremos conseguir es vivir con una actitud positiva para el bien de todos: una manera de hacer que sea capaz de ayudarnos no sólo entre nosotros, sino también con todo el mundo. Y es cierto que muchas personas, en un momento dado, descubren en las palabras y las actitudes de Jesús una ayuda que les orienta y fortalece.               

Santiago en la segunda lectura: nos decía que no nos podemos fiar de nuestras riquezas, porque pueden oxidarse. Lo cierto es que Jesús ha querido liberarnos de muchas pequeñeces, actuando siempre a favor de todos, con un espíritu universal. Que sepamos seguir nuestro camino, a la manera de Jesús, con un espíritu amplio y abierto, mejorando siempre, si es necesario, nuestra manera de ser y de actuar, con un espíritu siempre ancho y abierto. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)