Domingo III de Pascua (14 abril 2024)

Homilía del P. Emili Solano (14 de abril de 2024)

Hechos dels Apòstols 3:13-15.17-19 / 1 Juan 2:1-5a / Lucas 24:13-35

 

Hermanos, estamos en el tiempo pascual, y la liturgia nos ofrece algunos estímulos para fortalecer nuestra fe en Cristo resucitado. En este tercer domingo de Pascua, por ejemplo, san Lucas narra cómo los dos discípulos de Emaús, después de haber «reconocido a Jesús cuando partía el pan», fueron llenos de alegría a Jerusalén para informar a los demás discípulos de lo que les había pasado. Y precisamente mientras estaban hablando, el propio Señor se apareció mostrando las manos y los pies con los signos de la pasión. Después, ante la sorpresa y la incredulidad de los Apóstoles, Jesús les pidió algo de comer y ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

A diferencia de la cuaresma en la que organizamos cosas como Vía Crucis, ayunos y abstinencias, celebraciones penitenciales o charlas cuaresmales, cuando llega la Pascua, como los discípulos, podemos quedarnos sobrecogidos, alarmados y con dudas en nuestro interior. No sabemos qué hacer en Pascua. Estamos más acostumbrados a «hacer cosas» por Dios que a dejar que Dios las haga en nosotros.

Y éste es el sentido de la Pascua. Reconocer lo que Dios ha hecho, reconocer que ha cumplido todas sus promesas y toda nuestra vida ha sido rehecha, hecha de nuevo. El hombre viejo tenderá a levantarse, pero podemos decirle a la cara: «eres viejo» y rechazarlo. Suele ser más fácil cuidar a alguien que dejarse cuidar cuando estamos impedidos. De modo parecido, nos es más fácil ofrecer a Dios cosas que agradecerle lo que nos ha dado, sobre todo cuando debemos reconocer que nos lo ha dado todo. Para ello es la Pascua, el paso que da Dios en Jesucristo para que pasemos de la muerte a la vida, del pecado a la gracia. En lugar de intentar llegar difícilmente a Dios, en la Pascua Dios se acerca hasta nosotros en Jesucristo, y darnos el don del Espíritu Santo. La Pascua es agradecer, es alegrarse, gozar y descansar en Dios. En un mundo en el que sólo se venden los periódicos que dan malas noticias nosotros tenemos la única noticia de que vale la pena que perdure toda la eternidad a los titulares: Que el amor de Dios ha llegado en nosotros a su plenitud; y todavía hay tantos que no se han enterado.

En el relato del evangelio de hoy, y otros, se puede captar una invitación repetida a vencer la incredulidad ya creer en la resurrección de Cristo, pues los discípulos están llamados a ser testigos precisamente de ese acontecimiento extraordinario. La resurrección de Cristo es el dato central del cristianismo, verdad fundamental que es necesario reafirmar con vigor en todos los tiempos, ya que negarlo, como de diversas maneras se ha intentado hacer y se sigue haciendo, o transformarlo en un acontecimiento puramente espiritual, significa desvirtuar nuestra misma fe. «Si no resucitó Cristo —afirma san Pablo—, es en vano nuestra predicación, es en vano también vuestra fe».

En los días que siguieron a la resurrección del Señor, los Apóstoles permanecieron reunidos, confortados por la presencia de María, y después de la Ascensión perseveraron, junto con Ella, a la oración a la espera de Pentecostés. La Virgen fue para ellos madre y maestra, papel que sigue desempeñando en cuanto a los cristianos de todos los tiempos. Pidámosle que nos ayude a ser siempre discípulos dóciles y testigos valientes del Señor resucitado.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (14 abril 2024)

Domingo II de Pascua (7 abril 2024)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Monje de Montserrat (7 de abril de 2024)

Hechos de los Apóstoles 4:32-35 / 1 Juan 5:1-6 / Juan 20:19-31

 

La celebración de este domingo de la octava de Pascua está marcada, hermanas y
hermanos, por la figura del apóstol Tomás. Por su incredulidad respecto al anuncio de
los demás apóstoles y por su confesión de fe ante Cristo resucitado: Señor mío y Dios
mío.

Este episodio sigue repitiéndose hoy como en todos los tiempos. La Iglesia sigue
proclamando lo que los apóstoles habían visto y oído, y muchos vuelven a decir (o
volvemos a decir, ¿por qué no confesarlo?): Si no le veo en las manos la marca de los
clavos, si no le meto el dedo en la herida de los clavos, y la mano en el costado, no me
lo creeré. Quisiéramos una experiencia directa, inmediata, sin velos ni intermediarios,
de Cristo resucitado. Por mucho que otros nos puedan decir, movidos por el Espíritu
Santo, que le han visto y que le han oído, que Él es el enviado del Padre, que ha
venido a perdonarnos los pecados y que igual que Él ha resucitado, resucitaremos
también nosotros, no nos parece suficiente. Quisiéramos tocarlo, quisiéramos verlo y
experimentarlo a nuestro lado, de modo que los sentidos suplieran los defectos de la
fe y no al revés como ocurre habitualmente.

Nos lo dice el salmista: La derecha del Señor hace proezas, la derecha del Señor me
glorifica. No moriré, viviré todavía, para contar las proezas del Señor… Hoy es el día
en que ha obrado el Señor, alegrémonos y celebrémoslo. Sí, pero, ¿el Señor dónde
está? ¿Por qué no aparece también a nosotros? Por qué no nos muestra sus manos y
su lado para que podamos repetir con Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! El deseo es tan
intenso que nos devuelve a los labios el grito de los primeros cristianos: Maranathà,
¡venid Señor Jesús!

Pero nuestro Dios, que es Dios invisible y al mismo tiempo se ha hecho hombre en
Jesús de Nazaret, no cede a las presiones humanas. Dios no nos trata como criaturas
que hay que complacer para que dejen de molestar con sus pretensiones. Dios nos
trata como hijos en el Hijo. Él sigue siendo invisible hasta el día de su última
manifestación. Mientras tanto, en Cristo sigue presente en medio del mundo a través
de los sacramentos, de la Palabra de la Escritura, de la predicación y la enseñanza de
los apóstoles, de la Iglesia, de la comunidad de los discípulos que se aman, que oran,
que celebran la eucaristía, que viven en la alegría del Espíritu.

Hay tres frases del evangelio de hoy que nos iluminan en nuestra peregrinación de la
fe. La primera es cuando Cristo resucitado, después de saludar a los discípulos, sopló
sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. Sólo por el don del Espíritu de Cristo
podemos creer en él y vivir como hijos de la Resurrección. La otra es la
bienaventuranza provocada por Tomás: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos
quienes creerán sin haber visto”. Y nosotros decimos: es el Señor quien lo ha hecho, y
nuestros ojos se maravillan. La tercera es la del final: todo esto (se refiere al
evangelio) ha sido escrito para que crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y,
habiendo creído, tenga vida en su nombre.

La relación entre la fe y los sentidos no es, hermanas y hermanos, una exagerada
pretensión para los cristianos. Más bien una realidad que combina perfectamente con
nuestra antropología. Si sustituís la palabra fe por las palabras amor y conocimiento
entenderéis que nos ocurre muy a menudo que gracias al amor y al conocimiento
podemos suplir los defectos de los sentidos. Todos hemos realizado la experiencia
alguna vez que los sentidos nos engañan, que tenemos percepciones que a la larga
resultan equivocadas. En cambio, sabemos todos perfectamente que cuando amamos
a alguien, y a partir de ese amor conocemos a alguien, podemos percibir lo más
genuino de su interior, lo que es más propio de su ser. Esto mismo nos pasa, por el
don del Espíritu, con Jesucristo resucitado. Por el don de la fe, es decir por el don del
amor y del conocimiento, podemos percibirlo resucitado en medio nuestro.
Damos gracias a Dios, que sigue haciendo cosas grandes en Jesucristo, por el
Espíritu. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (7 abril 2024)

Domingo de Pascua (31 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (31 de marzo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

“Hoy es el día en que ha obrado el Señor, ¡alegrémonos y celebrémoslo!” Son unas palabras que repetiremos mucho esta semana. En la misa de esta mañana de Pascua, las cantarán los escolanes y la capella durante el motete del ofertorio, en la versión de Giovanni Pierluigi da Palestrina y en latín: “Haec dies quam fecit Dominus, exultemur et laetemur in ea”. ¡Seguro que la recordaréis bien porque estaréis tres minutos repitiendo esta breve frase!

“Este día de hoy” ha empezado esta noche, ¡tan corta! Parece una contradicción: ¿no es la noche lo contrario del día? ¡En cambio cantábamos al iniciar la Vigilia Pascual que la noche era tan clara como el día y que, por Dios, la luz y la oscuridad eran igual! Ésta es la fuerza de la Pascua, ésta es la fuerza de ese día en que ha obrado el Señor, un día que llega a iluminar la noche.

Y si bien es verdad que lo primero que hizo Dios fue dar a la luz el nombre de día y a la oscuridad el de noche, como dice la Biblia casi al principio, también es verdad que Él mismo iluminó la oscuridad del pueblo que huía de Egipto, y quiso que todo Israel esperara siempre el día del Señor, el día en que todas las promesas esperadas se cumplirían, día que comienza en otra noche, la de Navidad también iluminada por Dios desde la oscuridad y termina hoy.

¿Cuál es el secreto de María Magdalena yendo por la mañana, cuando todavía estaba de noche en el sepulcro de Jesucristo? Es el deseo del amor que no se resigna al fracaso y puede más que las pruebas evidentes de la muerte. Como nos gustaría que Ella, apóstol de los apóstoles, nos transmitiera ese deseo de buscar a Cristo incluso en las horas más oscuras de la vida. Por eso le hemos preguntado, cantando en la secuencia, ese fragmento de la misa de Pascua, de hoy, antes del Aleluya. “Dinos María, ¿a quién has visto en el camino?”

María Magdalena ha sido testigo de que realmente ¡Aquel fue el día en que obró el Señor!

Oraba San Anselmo a Dios, recordando la resurrección del Señor, “ojalá hubiera estado yo allá con las santas mujeres para escuchar el anuncio de la resurrección del Señor, anuncio que me consuela, anuncio tan esperado, anuncio tan deseado.

¡Hoy es el día en que ha obrado el Señor! Esta frase que estoy comentando está sacada del salmo 118, muchos siglos antes de la resurrección de Jesucristo. Quien la escribió no contaba una historia, sino que hablaba de una esperanza, deseaba ver el día en que realmente Dios actuaría. En la fiesta de Pascua, resucitando a Jesucristo de entre los muertos, el salmo 118 se ha cumplido del todo: a partir de ahora, todo lo bueno que puede pasar no será sino una reproducción y una actualización del mensaje profundo del día de hoy, tal y como nos vuelve a decir la secuencia:

«la vida y la muerte tenían una guerra y el rey de la vida, a pesar de haber muerto, reina vivo».

La lucha entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, es algo que vemos constantemente en nuestro entorno. Lo vemos en las noticias, en las películas, en las series, supongo que en los vídeojuegos. Ambas dimensiones están presentes en el mundo. También las tenemos muy en cuenta en nuestra oración. Y si estos últimos días, os hacía notar que incluso en los momentos más digamos dramáticos de nuestra oración, el viernes santo por ejemplo, durante la pasión y en la oración de la mañana, en medio de cantos que preguntaban a Dios el porqué de tanto mal, había siempre una esperanza, ¡el mensaje de Pascua no podría olvidar que su luz, su vida, su bien se proyectan sobre un mundo y sobre una realidad que la necesitan porque están llenas de todo lo contrario!

En todas estas historias de ficción, el autor decide si quiere que se acaben bien o mal. Lo que no es real es dominable, la gran verdad de Pascua es que, con ella, Dios ha dado a la historia y a la realidad un final que siempre acaba bien. La resurrección de Jesucristo ha cambiado la idea de la humanidad, el destino de todo, y lo ha hecho abriendo esta vida a la inmensa dimensión de Dios, que abarca todo el pasado y todo el futuro. Y donde Dios domina, sólo puede reinar, el bien, la luz y la bondad.

Los iconos de la resurrección lo expresan con una imagen muy bonita, en la que Jesús no resucita solo, sino que baja y atraviesa unas puertas, las puertas de la muerte y va a buscar a todos los que han muerto antes que él, simbolizados en Adán. Es una forma de decir que con esta resurrección conquista y lleva la vida a todo lo que había pasado antes. Y naturalmente su resurrección nos dice también una palabra sobre el futuro que nosotros podemos esperar, que es el de la vida después de la muerte, para cada uno de nosotros cuando será el momento, para todo el universo, el día de la Pascua de la Creación.

Con este marco que nos abre la gran solemnidad pascual, casi necesitamos hermanos y hermanas, ser optimistas y administrar la vida sabiendo, y hace falta fe, que la decisión final de Dios sobre el mundo está tomada, pero que depende de nosotros de parte de quien queremos estar, si de la luz o de la oscuridad. Recordemos siempre esto lo que hemos celebrado esta semana Santa, recordamos la respuesta solidaria que Dios nos ha dado ante nuestra hipocresía, nuestra debilidad, incluso ante la violencia que somos capaces de ejercer como humanidad contra los inocentes. Acordémonos de Jesucristo y no nos será difícil decidir en qué lado de la historia queremos estar.

En cualquier lucha que el mundo libra contra el mal, la resurrección de Jesucristo es la fuerza del bien, de la luz, de la paz, es la que nos urge a ponernos del lado del amor. Os invito queridos hermanos y hermanas a dejar que el Señor vencedor de la muerte entre en vuestros corazones.

We are here this morning celebrating the feast of feasts, Easter, the Resurrection of our Lord Jesus Christ. May him grant us his light, his goodness, his Peace, to make us able to fight the wrong, the war, the darkness of this world. Truly aware that He has overcome, win the battle of the world and the history.

¡Hoy es el día en que ha obrado el Señor! Alegrémonos y celebrémoslo.

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (31 marzo 2024)

Vigilia Pascual (30 març 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (30 de març de 2024)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Marcos 16:1-7

 

Pascua

En esa noche tan llena, tan intensa, proclamamos que la solidaridad de Dios no es un recuerdo histórico ni una esperanza, es una realidad. Esta Vigilia Pascual recupera todos los elementos de nuestra fe. La memoria de las hazañas de Dios a favor de la humanidad ha ocupado un trecho de nuestra vigilia. Hemos repasado cómo el amor se hace historia a favor de los hombres y mujeres, como las promesas del Señor siempre se realizan en el tiempo y nos mueven a la esperanza de que se cumple y se supera. La creación, la Alianza, la liberación de Egipto, el retorno del Exilio, son las diversas etapas de un itinerario que desemboca en esta noche, glosada literariamente de forma sublime en el Pregón Pascual, una noche en la que ya no esperamos porque todo se ha realizado y cumplido. Por eso en el corazón de esta vigilia proclamamos: “Aleluya, realmente Cristo ha resucitado de entre los muertos, Aleluya” y lo repetiremos sin cesar toda una semana, como si fuera, por un lado, demasiado grande, demasiado difícil de digerir y de comprenderlo de una sola vez, y por otra, como movidos por una necesidad de compartirlo, de recordarnos a nosotros mismos la alegría interna de este mensaje pascual.

Dios comparte la vida de la humanidad en Jesús de Nazaret, comparte su muerte, pero la supera con la resurrección, porque Él es un dios de vivos y no un dios de muertos. Había que actuar desde dentro, desde el corazón de la humanidad para que todo fuera salvado por la resurrección. Para que la vida se impusiera sin reserva alguna. Nada podría expresar mejor esta vida, que la luz y el agua que llenan esta celebración desde el inicio.

Pascua en el mundo: Galilea

Con toda sinceridad podríamos afirmar: Si todo esto pudiera ser en el mundo tal y como lo celebramos esta noche, ¡con qué gozo no viviría la humanidad! Pero esta conciencia de un mundo que vive lejos de la realidad pascual, nunca quitará valor a nuestra vigilia. Si nuestra liturgia es capaz de hacernos sentir en esta noche la vida de Cristo Resucitado que perdura y se transmite, que nosotros veremos en los sacramentos que nos harán evidente que nuestro pueblo crece enriquecido por la iniciación cristiana del Benat, Eloi e Isidro; si en esta noche podemos vivir la convicción de que el mensaje del Evangelio, que recibió su legitimación definitiva en la noche de Pascua, está tan vigente como el primer día; si esta noche nos hace sentirnos cercanos a Dios, y conscientes de que, por su resurrección, Jesucristo no es sólo una memoria sino una presencia viva y cercana en lo más íntimo de nosotros mismos, en una palabra finalmente, si esta noche es una noche de fe, será una noche llamada a iluminar también toda la realidad que tenemos alrededor, por muy lejos que nuestro mundo presente tantas situaciones muy alejadas de la Pascua de Jesucristo.

El mismo evangelio de hoy no se ha quedado en el sepulcro vacío, no se ha quedado contemplando a este ángel resplandeciente, ni tampoco nos hemos quedado pensando quién había movido la piedra, esa piedra realmente muy grande, no. El evangelio de san Marcos que hemos leído, ha terminado enviando a los discípulos a Galilea a encontrarse con un hombre vivo, con un resucitado, no a venerar los restos o a investigar las evidencias de un hecho extraordinario, sino a seguir a Jesucristo en la realidad. Porque Galilea tiene en los evangelios un regusto de realidad. Parece enigmático que, en el corazón de la Pascua, desde Jerusalén, cuando Jesús de Nazaret ha resucitado y desafiado a la naturaleza mortal de la vida, cuando ha cumplido y superado todo lo imaginable en el mundo físico y metafísico para cualquier inteligencia, Dios nos reenvíe sencillamente al inicio, al lugar de la vida escondida de Nazaret, de la predicación, de las curaciones, también de las primeras incomprensiones. La Pascua no se desentiende del mundo. Lo hemos cantado en el Pregón Pascual: «Oh noche bienaventurada que une el cielo y la tierra».

A nosotros nos tocará amados hermanos y hermanas, preguntarnos cuál es esa Galilea a la que nos envía el Señor resucitado.

Actitudes para vivir a ser cristianos en Galilea

Espero que para vosotros escolanes, muy especialmente para Bernat, Eloi e Isidre, que hoy se incorporan al pueblo de los bautizados, al pueblo de Cristo, la Escolanía y Montserrat haya sido un poco vuestra Galilea, el lugar donde los discípulos conocieron a Jesús, le escucharon y aprendieron a vivir como cristianos. Éste es el reto con el que, por el bautismo, la confirmación y la primera comunión os comprometéis hoy: ser cristianos. Y nosotros os acompañamos renovando también nuestra voluntad de serlo.

Para ser cristiano, y hablo también para todos los demás escolanes, para los niños y niñas y para los jóvenes que habéis pasado juntos esta Semana Santa en Montserrat, es necesario conocer, utilizar la inteligencia para comprender a Dios y para comprender el mundo. Con vuestros animadores, habéis pensado sobre Jesús que se nos daba como pan en la eucaristía, un pan hecho con trigo, que viene de una semilla, que vosotros como la tierra buena debéis acoger. Toda la asamblea acogerá en el momento del ofertorio este deseo de ser tierra buena, muy concreto, que presentaréis como un deseo. En la sociedad en la que vivimos, cualquier ocasión es insustituible para avanzar en el camino de la fe. Todo lo que aprendáis sobre Dios, sobre Jesucristo y su Evangelio ahora que sois muy jóvenes, lo tendréis para siempre y os ayudará siempre, os hará tener una capacidad diferente de ver las cosas. A los monjes nos gusta esta dimensión intelectual de nuestra fe y procuramos transmitirla sobre todo a los escolanes, en las clases de religión, en la preparación de las celebraciones. Somos hijos de ese gran monje y obispo, San Anselmo, que decía que la fe ponía preguntas y que eso también era buscar a Dios.

Para ser cristiano, también es necesario rezar. Desde Montserrat, nosotros invitamos a muchas personas a orar y vosotros los escolanes, los cantores, todos los que participáis en la liturgia y en la música, lo hacéis de una manera especial. La resurrección de Jesucristo nos asegura que Él está vivo y presente y que podemos buscarlo en nuestra oración. Los más jóvenes han querido adentrarse en el silencio de la naturaleza. Desde el libro de la sabiduría, los creyentes hemos visto en la creación pistas de la existencia y de la presencia de Dios. En un mundo tan lleno de palabras, el silencio es el primer paso para escuchar y para poder dice una palabra. Ojalá todos practicáramos aquella frase de un conocido jesuita del siglo pasado: ¡No estropeemos el tiempo, con palabras que no hayan nacido del silencio! Pero también se han fijado en otras cosas que he subrayado hoy: la palabra, la cotidianidad como lugares y momentos en los que podemos encontrar a Cristo.

Pero sobre todo debéis amar. Ser cristiano es sobre todo amar. Porque Dios es amor y Jesucristo nos ha amado y sólo nos pide esto. Es muy fácil de entender y más difícil de realizar. Pensar y preguntarnos cosas, hacer silencio y orar, deberían llevaros siempre a amar.

Y permítidme unas breves palabras en inglés, en atención a un grupo de jóvenes de una universidad de Ohio, que han pasado el Tríduum con nosotros.

This Easter night, invites us to take part in the life of the risen Christ. Light and water lead us into the mystery of the resurrection. Easter, as the centre of our life of faith is intended to help and enlighten a world often strange to the Gospel. However, the Risen Christ show us in his words, the way to Galilee, the way to the reality, to the beginnings, where we are called to be disciples, to be Christians, through reflection and though, through silence and prayer, and above all through love. Let us live all that in the joy of this Easter!

Y con la alegría de Pascua seguimos celebrando todavía todo lo que nos falta en “Esta noche que devuelve la alegría a los entristecidos, que exulta de alegría, en y que nos muestra la predilección con que Dios nos ha amado.”

 

 

Abadia de MontserratVigilia Pascual (30 març 2024)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (29 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 marzo de 2024)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

De pasión a pasión como le decía el domingo. Acabamos de escuchar queridos hermanos y hermanas por segunda vez, en la versión de San Juan, la pasión de Jesucristo: el relato de sus últimas horas y de su muerte.

No podemos acostumbrarnos a escuchar el relato del abandono, de las torturas y de la muerte del Señor y quedarnos igual. Si el domingo de Ramos hablaba de solidaridad constatada en la historia y ayer, jueves, de solidaridad activa en la memoria actualizada en cada eucaristía, hoy quisiera proyectar esta solidaridad al futuro, porque hoy, después de esta celebración entraremos en el silencio, mañana sábado santo, no hablaremos, no voy a hablar ni yo, que tengo la impresión de que, con las cinco homilías que predico esta semana, no paro nunca de hablar. El fin del oficio de hoy, con la retirada incluso de la reserva eucarística de la Iglesia nos introduce en un ambiente en el que toda nueva acción de Dios sólo puede ser esperada.

Jesucristo ha muerto en la cruz, y aunque la presencia de la cruz sobre nuestro altar nos lo recordará todo el día de mañana, en el Evangelio, le hemos dejado enterrado, sepultado, ausente incluso en la realidad del su cuerpo muerto.

Me he dado cuenta de que se predica muy poco sobre el sábado Santo. Hoy parece que debemos quedarnos con todo lo que Jesucristo sufrió y en la noche de Pascua, ya hemos pasado página. Un biblista contemporáneo ha calificado el sábado Santo de tierra de paso, tierra de tráfico, momento privilegiado para esperar, cuando la esperanza sólo podía fundamentarse en alguna palabra o indicio de Jesús, que ciertamente sus discípulos principales sólo creyeron a medias.

Os invito a pensar sobre la intensidad del silencio que envuelve ese día de mañana. Un silencio muy lleno, rebosante de todo lo que hemos oído. La lectura en los Hebreos retomaba muchos temas que habíamos encontrado en la carta a los Filipenses que leímos el domingo de Ramos: la solidaridad de Jesús, su capacidad de acogida y compadecerse, sus sentimientos humanos que le llevaban a suplicar a Dios. Es hermoso que el modelo de Jesús como sacerdote que nos presenta sea éste: compadecerse, acoger, orar.

Jesucristo hace esto sobre todo por quienes más lo necesitan, por quienes más sufren. Hay una palabra de la Pasión de este año que más profundamente me ha resonado:

¿Por qué me pegas? Seguro que todos, también los escolanes, alguna vez habéis pensado y oído que alguien os hacía algo que no merecíais. Pensemos en alguien como Jesús, capaz de todo, que también sufre que alguien le pegue, que alguien le insulte y no se vuelve a él, sino que responde de la manera más humana posible: pide el porqué, pide una razón posible a la violencia. Y no encuentra ninguna. Tenemos un Dios que es capaz de compadecerse, decía la Carta a los Hebreos, tenemos un Dios que es capaz de decir por qué me pegas después de recibir una bofetada.

¿Por qué me pegas? Porque me tiras una bomba o porque me matas, podrían decir los niños de Gaza o de Ucrania, de Sudán, del Congo, de tantos lugares, de tantos suburbios del mundo. ¿Por qué me haces cualquier tipo de violencia podrían decir tantas víctimas? Lo dirían si pudieran hablar después de haber sufrido, cosa que no ocurre normalmente, ya que no suele haber palabra después de la muerte y de la destrucción. Quizá por eso quienes tenemos todavía la capacidad de hablar podemos levantar la voz y preguntar: ¿Por qué se pega a todos aquellos preferidos de Cristo que comparten su pasión? Y todavía podemos escandalizarnos que los seres humanos no hayamos conseguido, imitando a Jesucristo, de llevar la resolución de los conflictos de la violencia a la palabra. Tampoco lo logró Él, pero con su pregunta nos ha dejado al menos la denuncia contra toda violencia ejercida contra un inocente. Su pregunta: “Por qué” se convierte hoy en una inusual actualidad.

El silencio de tantas víctimas después de la muerte, es como el silencio del sepulcro de Cristo. Espera esta solidaridad definitiva que Él mereció para sí mismo y mereció para nosotros. La mereció porque también como hombre obedeció libremente, oró y Dios lo escuchó. La consiguió para nosotros porque su obediencia era totalmente gratuidad que nos salva, porque ofreció su vida y su muerte a pesar de su inocencia, en coherencia y por eso lo tenemos por víctima inocente capaz de ponerse en el sitio de cada una de las víctimas y como sacerdote que intercede por toda injusticia que se comete en el nuevo Israel de Dios.

La Carta a los Hebreos nos dice que nos acerquemos a Dios para pedirle ayuda, que él nos la concederá en un buen momento, en el momento adecuado, cuando sea la hora, en el “eukairon”. Forma parte del misterio del mal en el mundo que este Sábado Santo sea tan largo en algunas situaciones y que no entendamos qué espera Dios para pensar que es el buen momento.

El mundo reproduce toda la pasión de Jesucristo que yo os he propuesto sintetizar en este “por qué me pegas”.

Necesitamos mantener la esperanza. El Sábado Santo termina en la noche de Pascua cuando entramos en otra dimensión. En nuestras vidas, esta tierra de tránsito, también acabará con una muerte que desde este lado nos parecerá que no cumple nada, por eso nuestra fe se lo juega todo en confiar en que este silencio es preparación para un día totalmente diferente, la noche y el día de Pascua, en la que la solidaridad histórica, la actualizada y la esperada serán una sola cosa en el cumplimiento definitivo de nuestra esperanza, por eso, a pesar de este silencio, hoy todavía nos reunimos en nombre de Cristo resucitado y al mismo tiempo que lo veneramos en la cruz, participamos de su cuerpo y su sangre que son el sacramento de su resurrección.

Pero no avancemos eventos. Respetamos el tempo y lo que especialmente la Iglesia nos propone celebrar: el silencio profundo del gran sábado.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (29 marzo 2024)

Missa de la Cena del Señor (28 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (28 de marzo de 2024)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

El amor de Jesucristo que el domingo de Ramos os proponía contemplar bajo el nombre de solidaridad, se hace hoy presente y activo. De hecho, en este Jueves Santo conmemoramos y recordamos que el Señor nos ha dejado el signo más fuerte de su solidaridad, la presencia continuada entre nosotros, por el sacramento de la eucaristía.

Debemos agradecer esta memoria activa en el interior de la historia. Nuestra debilidad era demasiado débil para fiarnos de que podíamos guardar el Evangelio solos, sin la fortaleza de esta realidad eucarística que nos recuerda la persona, la vida, la pasión y la resurrección de Cristo y que nos deja siempre mirando al futuro, esperando su retorno definitivo. Esta solidaridad es la mayor que puede haber: no es sólo un signo, no es sólo una palabra, no es sólo un rito, Jesús de Nazaret se dio a sí mismo.

Hace unas semanas escuché de un obispo francés la frase: Hay que actuar desde el interior. Il faut agir de l’intérieur, que él atribuía a una conversación privada con el hermano Roger de Taizé, hace unos cuarenta años. El Jueves Santo es un día que nos revela la validez de esta afirmación.

Actuar desde dentro significa en primer lugar saberse dentro de una forma de hacer, de una tradición. Es casi la primera palabra y la primera idea que escuchábamos en la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto: «Hermanos, esta tradición que yo he recibido y que os he transmitido a vosotros, viene del Señor.» Los escolanes entenderán bien de qué habla San Pablo porque también hacen muchas cosas “desde dentro” y les gusta mucho reivindicar las tradiciones, sobre todo las que les van bien. Cuántas veces los prefectos, educadores y profesores no hemos escuchado la frase: «eso siempre se ha hecho así». Pero no hablamos de tradiciones de la Escolanía sino de toda la Iglesia, de la tradición del mismo Jesús.

Hoy es un día en el que nos sentimos mucho dentro de esta tradición de Jesús, una palabra que significa entrega, trasmitir.

Él actuó desde dentro y se entregó por nosotros desde el interior, de la costumbre de su familia, de su religión. La cena pascual era una de las conmemoraciones más importantes del pueblo judío. Jesús no inventó un signo extraordinario, sino que se mantuvo dentro de la tradición de Israel.

Hay otro sentido de este actuar desde el interior que viene marcado por lo cotidiano. Jesús lava los pies como era costumbre entre los judíos, bendice pan y vino, en una cena. Nada fue extraordinario. Todo eran elementos y actos que ocurrían habitualmente. Pero actuar desde el interior, dentro de una tradición, no significa inmovilismo, no quiere decir que nada se mueva. El sentido que Jesucristo dio a la cena pascual de Israel fue totalmente nuevo, quizás porque actuó desde el interior no sólo de una tradición y de una cotidianidad sino que lo hizo desde el interior de su ser, por eso su gesto tiene todavía mucho más valor.

¿Qué había dentro de Jesucristo? Naturalmente sólo podemos acercarnos desde el misterio, pero sabemos que Él, que al final quiso entregarse como pan y vino, era al principio la Palabra de Dios hecha hombre. La voluntad de donación, la voluntad de que su amor alimentara a todos los que creerían en Él era intrínseca, fluía. Entre estos dos momentos de encarnación y pasión, existe una vida marcada por la sabiduría, por la comprensión del ser humano en sus dimensiones más profundas, por el carisma de ayudar. Ayudar a las personas que buscan un sentido a la vida proponiéndoles el amor, ayudar a los hombres y mujeres enfermos a recuperar la salud, proponer un nuevo horizonte social, que él llamó Reino de Dios y que quedó ligado indisolublemente a su persona y a su presencia. Hermanos y hermanas, la eucaristía en tanto que sacramento pascual y memoria de Jesucristo no está desconectada de su vida, de su Evangelio.

En las palabras “haced esto en recuerdo mío” quizás no sólo quiere decir que reproduzcamos la cena pascual y celebremos la eucaristía; también puede querer decir que imitemos lo que le inspiró, la donación radical y la vida que esta santa cena sellaba.

¿Cómo podríamos vivir nosotros desde el interior, fieles a lo mejor de nuestra tradición?

Tenemos un reto colectivo como cristianos en descubrir y vivir más profundamente la espiritualidad de nuestra fe y sobre todo en comunicarla. El diario decía ayer que un 20% de los catalanes no saben que es la Navidad. ¡Mejor no preguntar por la Pascua! Debemos convencernos del privilegio que tenemos de poder dar a nuestra vida la dimensión de ser una existencia que se vive en comunión con Cristo, con fe.

Hay momentos, ojalá esta Semana Santa fuera uno, o lugares, y también ojalá Montserrat lo fuera para muchos, en los que parece que tocamos más de cerca esta realidad de Dios. Es necesario siempre hacer memoria de los momentos intensos de oración, de comprensión de nuestra fe.

Dios nos llama hoy a ser los testigos de esa solidaridad activa y presente que surge de la celebración de este Jueves Santo y de los signos que lo acompañan. Jesucristo sigue siendo siempre solidario con nosotros y esto hace que a menudo lo sintamos cercano, presente, inspirador. Pero existe una solidaridad activa que viene del Evangelio que necesita nuestras manos y nuestros gestos. Pueden ser gestos distintos, desde la oración al servicio activo, pero todos tienen su origen en la caridad de Cristo llamada a extenderse a través de nosotros.

La ayuda a situaciones difíciles también se incluye en los gestos de solidaridad que nos pide el Evangelio. La realidad social de nuestro país es en muchos aspectos precaria y el origen de muchas de sus fragilidades radica en la falta de un trabajo digno. La Fundación Acción Solidaria contra el Paro lleva muchos años dignificando, con la ayuda a proyectos de empleo, la situación laboral de los más necesitados. Como hemos hecho otras veces, os pedimos que colaboráis en la colecta que haremos a favor de ellos, como una muestra de la caridad de Cristo que hoy celebramos.

Hoy Jesús nos invita a entregarnos. Pensadlo los más jóvenes, los escolanes. Toda esa solidaridad y entrega de la que estoy hablando significa ser capaces de servir, de amar. El lavado de pies era algo que hacían los servidores, los de más abajo de la escala social, quizá chicos y chicas como vosotros, la mayoría de los cuales por aquel entonces no tenían una vida nada fácil. Jesús se puso en su sitio, para demostrar que quería amar y servir. Esto es lo que nos pide que hagamos, siempre y en cualquier situación. Algunos están muy acostumbrados a celebrar la eucaristía y sabéis que en el momento de la consagración decimos “Entregado por vosotros”. En el «vosotros» de Jesús también estamos todos. Él no puso excepciones. Y cada eucaristía es una imitación a ser como Él.

Actuar desde el interior significa también estar atentos a las intuiciones más profundas, aquellas que hacen el bien, que dejan buen sabor de boca, que nos dan paz con sólo pensarlas e imaginarlas. Estas intuiciones deben comunicarse con la vida. La imitación del ejemplo de Jesús es la guía. Amar y servir en todo, sabiendo que no todo el mundo tiene la misma medida y la misma capacidad, pero conscientes también de que las medidas de cada uno sólo le corresponde juzgarlas a Dios. A nosotros nos toca poner en marcha la actitud de arrodillarnos y lavar los pies, y debemos hacerlo todos, pero muy especialmente los presbíteros y diáconos, que hoy conmemoramos el don con el que el Señor nos unió para siempre a su “tradición”, a su entrega.

Comprometámonos, mientras lo reproducimos y cantamos que “donde hay verdadero amor, allí está Dios”

 

 

 

Abadia de MontserratMissa de la Cena del Señor (28 marzo 2024)

Domingo de Ramos y de Pasión (24 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de marzo de 2024)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Marcos 14:1-15.47

 

Como un hombre cualquiera…

Impacta, queridos hermanos y hermanas, encontrar, en medio del himno de la carta de San Pablo a Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura, esta semblanza de Jesucristo: “como un hombre cualquiera”.

De Dios a esclavo, de Dios a ser un hombre cualquiera, expresión que, al menos en catalán, tiene un deje despectivo. Podemos leer este texto desde su vertiente más teológica, es decir, la de un Dios que desciende y se hace hombre, y que pasando por una vida complicada es finalmente glorificado. Hoy, sin embargo, este domingo de Ramos, quisiera dejarnos inspirar por la dimensión especialmente humana de esta vida, la de Jesús de Nazaret, la de un hombre cualquiera, el cual, movido por lo que era en esencia, Hijo de Dios, vivió hasta el final de la manera más solidaria y compasiva que podamos imaginar.

Nos admiran pues la solidaridad y la compasión de Jesucristo. Esta semana podremos contemplar estas virtudes del Señor y las veremos entre Pasión y Pasión. Entre el domingo de Ramos, y el viernes Santo, la semana Santa avanza con la lectura de la pasión según San Marcos, hoy, y la de San Juan, como cada año, el viernes. El resto de la semana seguimos meditando y orando las últimas horas de la vida de Jesús.

La Pasión de Cristo es la prueba de que esta solidaridad se ha hecho historia concreta. El «se despojó de sí mismo» del himno a los Filipenses», el «tomando condición de siervo», el «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios», el » haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre” son teología, palabra sobre Dios, hecha concreta en la vida de Jesucristo.

Podemos entender esta vida de Jesús como solidaridad y profunda compasión. La Pasión es un ejemplo de radicalidad humana. Jesucristo es el «resistente». Nos muestra hasta dónde puede ir la entrega a Dios de un hombre convencido. Es un ejemplo de libertad ganada por la fidelidad, coherencia y honestidad, resistentes contra todo.

Todo esto hace de Jesús de Nazaret a alguien humanamente solidario. Por mucho Dios que fuera, el himno a los Filipenses nos dice que nada le fue ahorrado como hombre y que todo lo aceptó hasta el final, hasta aquellos castigos y desprecios que nos dirían de alguien que realmente era un hombre cualquiera en el más despectivo de los sentidos.

Más allá de la solidaridad salvadora que Cristo nos ha llevado con todo el ciclo de su vida, de la Encarnación a la Resurrección, existe una compasión profunda en cómo la Pasión nos revela cómo somos las personas humanas. Sí. La liturgia de hoy con el rápido contraste entre las dos actitudes del pueblo, la que aclama y la que crucifica nos dice cómo somos, cómo podemos llegar a ser las personas humanas.

Una forma de amor es no escondernos y decirnos quiénes y cómo somos. Podemos hacer rey hoy a una persona e incluso a una cosa y mañana matarla. Qué actual es esta movilidad de ánimo, ese tipo de hipocresía personal que nos hace inconstantes en nuestros afectos, y cómo nos ayuda a que Cristo nos lo advierta y nos muestre en su propia persona que éste no es el camino.

¿Existe tal vez en esta revelación de nuestra naturaleza algo de sufrimiento personal? Y es que en la palabra compasión, ¿no está incluida la palabra pasión? Cristo se compadece de nosotros porque ha sufrido primero con nosotros.

Pero él nos muestra el camino durante cualquier pasión personal: se mantiene fiel atravesándolo todo: la traición de un discípulo cercano que le entrega, el abandono de los íntimos en la hora más oscura de su oración en Getsemaní, los malos tratos físicos y psíquicos, la negación de quien él había hecho ya la piedra de sus apóstoles… Ciertamente que eso de hacerse obediente hasta la muerte dio para mucho si lo miramos con la lupa de quien contempla el detalle de la vida de Jesús… Había que decir lo suficiente. Y, sin embargo, Jesucristo nunca dijo lo suficiente. De hecho, sólo reproduce en su pasión la misma solidaridad y compasión que Dios había demostrado a su pueblo en la historia, cuando respondía con fidelidad y dando nuevas oportunidades a cada una de las rebeliones de Israel.

La lección que podríamos sacar, por ejemplo, para vosotros escolanes, es que cuando alguien os corrija, pensad que normalmente os quiere. Que puede estar haciendo lo mismo que Dios hace constantemente con nosotros: decirnos que somos mucho mejores que aquello que hemos hecho mal y animarnos a mejorar siempre.

¿Cómo nos sentimos nosotros, hermanos y hermanas frente a la generosidad de Jesucristo? Tan propensos como somos a decirnos generosos y buenos cristianos, y tan fáciles a juzgar, tan difíciles a perdonar y dar todas las oportunidades que hagan falta a nuestros hermanos y hermanas. Pero hasta estas actitudes se hace solidario el Señor y nos las perdona cómo perdonó a Pedro, cómo perdonó incluso a quienes lo crucificaban.

Cuando lo miramos así, es necesario reconocer que somos inmensamente pequeños y con un campo infinito por recorrer en esta vida que querría ser imitación de la de Cristo.

Intentamos aplicarnos el himno a Filipenses a nosotros mismos. Podríamos guardar nuestra igualdad con Dios. Ya sabemos que no somos Dios, pero podríamos encerrarnos en lo que nos eleva, en el orgullo, que a veces tiene su fundamento en características buenas, incluso en dones que Dios nos puede haber hecho. ¡Imaginad, vosotros escolanes, un solista que pensara que lo único importante de su vida fuera su magnífica voz y que eso le hacía superior a los demás! Jesús en este himno nos enseña exactamente a hacer lo contrario, a no quedarnos en superioridad alguna sino a ponernos al nivel de todos. ¡Lo hizo Él, Jesucristo, repito, pasando de Dios a esclavo! Quizás nosotros que sólo tenemos que pasar de hombre a hombre, de mujer a mujer, y ponernos en el mismo sitio que los demás, no lo tenemos tan difícil.

Espero que siendo para todos la palabra solidaridad, reflejo de una actitud habitual en vuestra vida, sepamos en primer lugar hacerla muy concreta. El mundo está lleno de necesidades, el mundo necesita personas que se pongan al nivel del sufrimiento, empáticas. No quiero volver a hacer la lista de los dramas nacionales e internacionales. Ved a vuestro alrededor. coged un diario. Escuchad. Vivamos entonces esta solidaridad como una forma de ser cristianos, de ser imitadores de Cristo. Démosle a esta compasión, que es un nombre del amor, la profundidad de la fe para que la practiquemos en nombre de Cristo y el futuro de la esperanza, porque él mismo nos dice: todo esto que hacíais a un hermano mío, por pequeño que fuera, le será tenido en cuenta en el Reino de los Cielos.

El himno en Filipenses es hoy totalmente válido porque atestigua la profundidad de la vida de Jesús. Este himno, ese “no guardarse su igualdad con Dios, sino haberse hecho nada, hasta tomar la condición de esclavo, hacerse igual a los hombres y empezó a considerarse como un hombre cualquiera” lo practicó Jesús siempre y a nosotros nos han quedado ejemplos en todos los evangelios. Por eso podemos acercarnos a Él.

Sólo llegaremos a ser como Él al final de todo de la vida, y lo seremos finalmente por su solidaridad y compasión incondicionales. La eucaristía, celebrada en la liturgia de hoy, que ha comenzado con la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y ha continuado con el relato trágico de su Pasión, nos dice que la muerte no tiene la palabra final y que Él, en su solidaridad extrema ha querido estar con el pan y el vino, transformados en su cuerpo y su sangre, recuerdo de su resurrección, presencia perpetua entre nosotros, garantía de su regreso para alimentar aquí y ahora la nuestra fe, nuestra caridad y nuestra esperanza.

 

 

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (24 marzo 2024)

Fiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 20243)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (21 de marzo de 2024)

Génesis 12:1-4 / Filipenses 4:4-9 / Juan 17:20-26

 

Podéis imaginar, queridos hermanos y hermanas, que hoy es un día muy importante para nosotros, los monjes, tan importante que los escolanes nos acompañan en esta celebración, entre otras cosas porque en julio estáis de vacaciones, pero para eso todavía falta bastante. Celebramos el santo que nos da el nombre de benedictinos, que todavía hoy nos dice tantas y tantas cosas a través de la Regla, ese santo que habéis visto pintado y esculpido en tantos lugares del monasterio, normalmente siempre con un libro en la mano, que es precisamente la Regla que escribió.

En torno a todo esto quisiera hablar de tres puntos.

Nosotros hemos conocido a San Benito de una forma viva. No hemos descubierto un libro antiguo y escondido y lo hemos empezado a investigar y poner en práctica, sino que, sin interrupción, desde él a nosotros ha habido siempre hombres y mujeres que han querido vivir como él. Nos han transmitido la vida monástica, nos la han entregado. Esta trasmisión es lo que llamamos tradición.

Algo interesante de San Benito es que él nunca pensó en expandirse. Se preocupó del día a día de sus comunidades en el centro de Italia, y quiso escribir para ellas, lejos de imaginar que quince siglos después la Regla serviría para monasterios que están en Australia, en Chile, en Canadá, en Sudáfrica y en cualquier lugar del mundo. ¡Era imposible que se lo imaginara porque ninguna de estas tierras que he dicho se conocían en el siglo sexto! Pero escribió un texto tan notable, que otras muchas comunidades quisieron adoptarlo y cuando se descubrió lo que llamamos el Nuevo Mundo, junto con el Evangelio, también llegó, un poco después, la regla de San Benito. Es un ejemplo de que algunas veces el trabajo concreto y bien hecho es el que tiene futuro, a pesar de no proponérselo. Todo esto forma la tradición benedictina y su expansión.

Es muy importante que sea así por una razón sencilla: la tradición nos enseña normalmente si alguna idea ha funcionado. Nosotros decimos sabiendo que no es mérito nuestro sino don de Dios, que la vida benedictina funciona. ¿Y qué es lo que funciona?

El centro de la espiritualidad de San Benito, en segundo lugar, la forma que nos propone a los monjes de ser cristianos, se resume en una expresión muy simple: buscar a Dios. Es un propósito que compartimos con muchas personas, con los oblatos benedictinos, personas que quieren vivir algunas intuiciones de la Regla en una vida familiar, laboral como la de todos, pero también con todos los bautizados, pues buscar a Dios es algo natural cuando crees, cuando te interesas, cuando quieres amarlo.

Buscar a Dios querría decir tenerlo presente e intentar ver cómo Él está en todas las personas y circunstancias que nos vamos encontrando cada día.

Los monjes querríamos hacerlo con intensidad, en la oración, en la lectura, en una vida donde todos tenemos el mismo objetivo y así nos ayudamos unos a otros.

Los escolanes también lo podéis hacer con vuestras familias, con vuestros compañeros, y con la música que cantáis, por ejemplo, que ha estado muy a menudo compuesta por personas que hacían un ejercicio real de buscar a Dios cuando la escribían, algunos de ellos monjes de Montserrat como sabéis bien. Cantándola participáis de la búsqueda de ellos, la hacéis viva hoy, después de tantos y tantos años en la mayoría de las piezas que cantáis.

Todos podemos buscar a Dios. Hacerlo. Nos dará un aliento distinto a nuestra vida cristiana. El Evangelio de hoy nos prometía que Jesucristo estaría con nosotros de la misma forma que Él y el Padre son una sola cosa. ¿Qué otra garantía necesitaríamos?

San Benito en tercer lugar, no habla de buscar a Dios como una investigación sólo intelectual, metafísica. Su búsqueda se produce allá mismo donde él hizo la experiencia de ser monje, de ser abad. En el día a día y con efectos muy directos en nuestro comportamiento, incluso en nuestra felicidad. Queridos hermanos y hermanas, quien escogió el fragmento de la segunda lectura que hemos leído acertó. Una lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Filipos que nos ha hablado de estos efectos del día a día y de muchos temas que también encontramos en la Regla de San Benito. Estos versículos revelan la proximidad de Dios, lo dicen literalmente: Dios está cerca.

Como he dicho, San Pablo no nos ha pedido cosas extraordinarias. Para la vida de cada día nos dice que vivamos siempre contentos; que seamos amables, de buen trato; que no nos inquietemos y que nos interesemos por lo bueno, lo auténtico, no los fakes que están de moda y que son una manera de engañar a todo el mundo. Como nos relacionamos tanto por medio de la tecnología, ¡podemos engañar a todos sobre quiénes somos! ¡La carta a los Filipenses nos pide lo contrario y también lo hace la Regla de Sant Benet! ¡Tenemos que ser lo que somos! Debéis intentarlo vosotros escolanes, que os encontraréis pronto con un mundo, lleno de publicidad y de modas, que os propondrá ser lo que él quiere que seáis, no lo que cada uno es. Yo espero que mientras estéis en Montserrat, aprendáis también, cómo intentamos hacer los monjes, a escuchar esta voz interior que en nos habla y nos va enseñando el camino de la vida. Es la voz de Dios, y seguirla es siempre una garantía.

En nuestra relación con Dios, nos pide que le recemos y le demos gracias. Y finalmente, nos asegura que si lo hacemos así ocurrirá algo: el Dios de la Paz y la paz de Dios estarán siempre con nosotros. Lo dice literalmente así en griego: el Dios de la paz y la paz de Dios. Este Dios que buscamos porque muchas personas antes que nosotros lo han hecho, que nos dice que amemos la vida, es finalmente el Dios de la paz.

La vida monástica está en el mundo para decirnos que buscar a Dios es recordarle en la vida de oración y también en el buen trato con personas humanas y que encontrar la paz es una prueba de que lo estamos haciendo bien: que estamos buscando a otras personas y no a nosotros mismos.

Éste querríamos que fuera el camino benedictino. Para los que están aquí, para los que nos siguen por los medios de comunicación. A todos los que amáis a Montserrat, no podemos hacer otra cosa que invitaros a experimentar con nosotros esta experiencia de salvación cristiana y benedictina que está en el corazón de nuestra espiritualidad y que lleva mil años en el inagotable camino de avanzar hacia a Dios, siguiendo los pasos de todos los que nos han precedido. Yo os invitaría también a buscar su tradición, a buscar su cotidianidad, en una palabra, a buscar a Dios de verdad.

 

 

Abadia de MontserratFiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 20243)

Domingo V de Cuaresma (17 marzo 2024)

Homilía del P. Lluís Juanós y predicada por el P. Josep-Enric Parellada, monjes de Montserrat (17 de marzo de 2024)

Jeremías 31:31-34 / Hebreos 5:7-9 / Juan 12:20-33

 

La fidelidad y la constancia del pueblo escogido en sus compromisos con Dios resultan, la mayoría de las veces, bastante irregulares, como hemos podido escuchar en la primera lectura, y también podemos decir lo mismo de nosotros cuando reconocemos todas nuestras infidelidades, y todas las faltas a los compromisos asumidos como creyentes.

El libro del profeta Jeremías nos presenta el profundo deseo que Dios tiene de establecer una nueva Alianza. No es Dios quien ha invalidado a la antigua, porque él es siempre fiel. Hemos sido nosotros los que le hemos dado la espalda una y otra vez. Así que, dado que esta alianza antigua ha sido permanentemente invalidada por la infidelidad humana, Dios establecerá otra alianza distinta a la primera. Pero, por eso, Dios tendrá que elaborar una nueva estrategia; y esta estrategia pasa por el perdón, pasa por el olvido de las culpas pasadas, de los pecados históricos, de la infidelidad y la idolatría cometida a lo largo del tiempo. Sólo desde ese perdón será posible un pacto nuevo.

Es cierto que los términos de la alianza siguen siendo los mismos: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.» Pero es tal la confianza de Dios en los hombres, que espera que reaccionen positivamente a su bondad y misericordia. No será una ley escrita en piedra, sino escrita en los corazones. El primer paso de esta nueva alianza lo hace Dios, el segundo lo debe dar el hombre, debemos darlo nosotros. Esta nueva alianza es la que ha llevado a cabo Jesús. En él, en su muerte, en su cruz y resurrección, Dios nos ha perdonado y redimido. La profecía de Jeremías se cumple y alcanza su plenitud en Jesús.

Del evangelio de hoy, lo que es relevante, es que Jesús anuncia con solemnidad que ha llegado su hora. Jesús irá a la cruz y lo hará llevando al límite su amor y su fidelidad al Padre. Para explicar la fuerza que existe en su muerte en cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se cierra en su pequeño envoltorio y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta hermosa imagen que podemos contemplar en el verdor de los sembrados que germinan al apuntar la primavera, nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente toda la vida. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien vive y sufre movido por amor. Es una idea repetida por Jesús en varias ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la estropea; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Y Jesús nos quiere poner en alerta para que no seamos como el grano de trigo que se pudre en un cajón por miedo a perderse; contra la ilusión de la vida guardada, miedosa, autorreferida, que no cree en la fuerza transformadora del amor. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, acaba viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. En cambio, quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una forma más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera.

La cruz es el gran misterio y la gran aportación de la experiencia cristiana a la realidad humana, a esa realidad ante la que nos encontramos desorientados. Cuando no encontramos respuestas a los «porqués» más inquietantes y angustiosos que nos rodean -la enfermedad, el fracaso, el mal, la muerte- nuestra referencia es Cristo crucificado, solidario hasta el final con la condición humana y sus necesidades. Esta cruz, que es testigo de vida, es la que atrae las miradas, la que provoca interrogantes, la que puede volver a suscitar curiosidad por conocer a Jesús y la que, en definitiva, abre caminos a la esperanza y nos dirige hacia la resurrección, hacia la Pascua.

¿Cómo seguir Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida, si no nos creemos ser un grano de trigo que, a pesar de ser enterrado por tantas contradicciones, por tantas preguntas y situaciones que nos parecen abocadas al fracaso o la muerte, hay una brecha de luz que nos hace vislumbrar la grandeza de lo que estamos llamados a ser? Pablo nos recuerda muy oportunamente que «si morimos con Cristo, también viviremos con él» (Rm 6,8). Éstas son las paradojas del amor con que Cristo nos ha amado.

La vida entera es un largo camino de purificación de la fe y de la confianza; de ir aprendiendo que gracias a la fe podemos ir más allá de las evidencias que nos impulsan a no creer; que gracias a ella podemos saber que la cruz manifiesta la fecundidad del grano que muere; que lo que es imposible a los ojos humanos, Dios puede hacerlo; que nuestra fe, a pesar de ser probada como el oro en el crisol no es un sacrificio inútil, sino una fiesta. Como la vida que renace tercamente. Como la Pascua.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo V de Cuaresma (17 marzo 2024)

Domingo IV de Cuaresma (10 marzo 2024)

Homilía del P. Jordi Castanyer, monje de Montserrat (10 de marzo de 2024)

2 Crónicas 36:14-16.19-23 / Efesios 2:4-10 / Juan 3:14-21

 

Queridos hermanos:

No, que os diga queridos y que os trate de hermanos no es simplemente una manera como otra de empezar una homilía. Son palabras tan expresivas, tan llenas de sentido, que sería casi una profanación, una burla, si las empleara superficialmente, pasando por alto la enorme carga que contienen. Y os lo digo porque, al menos esta vez, al escribir este tipo de saludo inicial, esta manera de dirigirme a vosotros –hermanos monjes, escolanes y familiares vuestros, todos los que llenáis esta basílica y tantos otros que se sienten bien unidos desde donde quiera que estéis–, me he detenido, antes de escribir la siguiente línea, y he pensado que lo de deciros hermanos queridos no es, no debería ser nunca, un mero sentimiento momentáneo sino la expresión sincera de una verdad: somos, debemos ser, todos, hermanos queridos. La digo, pues, esta verdad, porque la vivo y la digo porque me ayuda a vivirla. Y lo deseo también para vosotros. Conviene que, al menos de vez en cuando, nos detengamos a pensar y profundizar expresiones que solemos decir rutinariamente pero que en sí mismas tienen un gran contenido. Solemos decirnos, por ejemplo, como un deseo, buenos días, pero quizás no nos demos cuenta de que decírnoslo, deseárnoslo, nos compromete a hacer todo lo que podamos para que este deseo sea una realidad, a hacer que aquél a quien lo decimos tenga realmente un buen día.

Y bien, después de esta digresión, me fijo especialmente en lo que nos ha dicho san Pablo en la 1ª lectura que hemos escuchado y en el diálogo que Jesús tiene con Nicodemo. Nicodemo es un personaje importante, diría que entrañable y todo. Juan no sólo nos dice quién era –un fariseo y dirigente de los judíos– y nos dice su nombre, sino que a lo largo de su relato evangélico nos lo presenta tres veces, por lo que vemos en él a un hombre que pasa de una incipiente curiosidad por conocer a Jesús –Juan nos dice que fue a encontrarse con él de noche, quizá por cierto miedo– a un segundo momento en el que se la juega públicamente en medio de los sumos sacerdotes defendiendo a Jesús de una condena precipitada e injusta, hasta llegar a encontrarlo cerca de la cruz de Jesús y ayudando a José de Arimatea a bajarlo de la cruz, amortajarlo y enterrarlo. Pasar de la ignorancia al testimonio, de la curiosidad a la firme adhesión. He aquí un proceso que vemos también en otros largos relatos del evangelista Juan; pienso en tres largos diálogos que son muy propios de este tiempo de Cuaresma: Jesús con la samaritana, Jesús con el ciego de nacimiento y Jesús, con ocasión de la muerte de Lázaro, con las hermanas Marta y María. Os invito a leerlos y a identificaros con cada personaje; necesitamos dialogar con Jesús, necesitamos que él nos vaya llevando más allá de nuestras pequeñas verdades para llegar a la verdad completa.

Y cuál es la verdad que, en el relato de hoy, en el diálogo con Nicodemo, nos dice Jesús, a él y a nosotros: que Dios ama al mundo, tanto, que nos ha dado su Hijo único para que nadie se pierda; que Jesús, el ungido, ha venido al mundo no para condenarlo sino para salvarle. Deberíamos temblar, hermanos, al decir estas palabras; deberíamos descalzarnos, porque pisamos tierra sagrada. Y más cuando contemplamos la manera en que Jesús nos salva: muriendo en la cruz, dando la vida para que nosotros vivamos de verdad, eternamente. ¡Qué extraños somos los cristianos!: ¡nos preside un crucificado! ¿Habéis visto alguna vez alguna sala de plenos de alguna institución, de algún club, en la que el cuadro o la foto quizás del fundador o de algún referente no vaya con los mejores vestidos y ponga muy buena cara? Pues en nuestros locales que son las iglesias nos preside Jesús en la cruz, herido y humillado, máxima expresión del amor de Dios. San Pablo nos lo remarcaba

también en el fragmento que hemos leído de una de sus cartas: Dios, que es rico en el amor, nos ha amado tanto que nos ha dado la vida junto a Cristo. Porque la Cruz, signo de la donación total, del amor más absoluto, no es una derrota sino, y sobre todo para el evangelista Juan, una victoria. Victoria, tú reinarás; oh cruz, tú nos salvarás. Si los cristianos, los discípulos de Jesús, no somos testigos claros de esto, es decir, de la entrega absoluta a favor de los más desvalidos, de quienes más sufren, sean del bando que sean, si despegados en nuestras poltronas –que no tienen nada precisamente de cruces– tenemos palabras de condena o de desprecio y no de comprensión, de perdón, de cariño por encima de todo, entonces, seamos claros, no hemos entendido nada del evangelio, no hemos dejado que Jesús, el rostro de Dios salvador y lleno de misericordia, nos sacuda interiormente para que podamos decirnos con razón, pero muy humildemente, cristianos y podamos permitir que nos tengan por tales.

Miremos hacia la Pascua, hermanos queridos; estamos haciendo camino. Como nos dice la liturgia, ahora es un tiempo favorable, un tiempo de salvación. No lo dejemos pasar sin que nos toque de alguna forma. Vamos preparándonos, sí, para que el Viernes santo podamos mirar, aunque sea un poco avergonzados, el árbol de la cruz, donde murió el Salvador del mundo y por el que ha venido el gozo a todo el mundo. Y preparándonos para que por Pascua podamos enaltecer al Señor cantando y proclamando, con la voz y sobre todo con la vida, que su amor perdura eternamente. Es ese misterio de muerte y de resurrección pascuales que ahora celebramos en la Eucaristía.

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Cuaresma (10 marzo 2024)

Domingo III de Cuaresma (3 marzo 2024)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (4 de marzo de 2024)

Éxodo 20:1-17 / 1 Corintios 1:22-25 / Juan 2:13-25

Estamos haciendo camino hacia la Pascua, que debe ser para todos el descubrimiento de la verdadera liberación. Cada domingo de cuaresma nos prepara para vivir el evento de la Pascua como el mayor don que Dios nos hace, pero para hacer este camino necesitamos purificar nuestra mirada, nuestro corazón. Y esto es lo que estamos invitados a hacer durante este tiempo único de la cuaresma.

La celebración de la pascua judía recuerda el camino de liberación que significó pasar de vivir en una situación de esclavitud bajo el dominio del poder humano, como era el Faraón, a descubrir, pasando por la prueba de desierto, la tierra prometida donde los israelitas levantaron el templo, lugar donde todos y cada uno podía ponerse ante Dios y purificar su mirada, su corazón. En la primera lectura, hemos oído cómo recordaba y subrayaba lo que debía ser prioritario en ellos. Así hemos oído: «Yo soy el Señor tu Dios, que te he sacado de la tierra de Egipto, de un lugar de esclavitud. No tengas otros dioses fuera de mí». Dicho de otro modo: no pierdas tus orígenes, de dónde vienes y adónde vas. Podríamos ir repasando todo lo que hemos escuchado y nos daríamos cuenta de que no sólo subraya que Él es único, exclusivo, sino que también indica el profundo respeto por el otro en las relaciones interpersonales, por eso, entre otras cosas señalaba: «no mates, no robes… no desees la casa de otro…» El templo se convirtió en el lugar privilegiado para reconocer a Dios, el lugar donde por medio de ofrendas agradecían el don de Dios y al mismo tiempo purificaban aquellas actitudes que los alejaban de Dios. Las ofrendas que, en su origen eran un medio, perdieron el sentido y las ofrendas se convirtieron en un fin. Ya no era el corazón, sino un pago que debía hacerse para estar en paz con Dios. El puesto del mercado frente al templo ofrecía las diferentes posibilidades de ofrendas: debía de ser práctico. Pero, al fin y al cabo, un juego de intereses.

La actitud de Jesús que nos describe el evangelio puede sorprender, si leemos el evangelio como aquél que mira un espectáculo, como violenta. Si observamos bien, los que son expulsados son los medios, es decir los carneros, los terneros, las monedas son tiradas en el suelo y ha añadido «y dijo a los vendedores de palomas: No convierta en mercado la casa de mi Padre». Este gesto de Jesús es un gesto profético que indicaba la aversión a hacer de la relación con Dios Padre un mercado. Los judíos que no comprendieron el gesto de Jesús, le preguntan de dónde le viene su autoridad. Un signo demostraría su autoridad; y el signo es la propia vida de Jesús: muerte en la cruz y resucitado el tercer día.

Pues bien, este signo es el que ha estado vigente desde que Jesús se manifestó a toda la humanidad y esto es lo que predicaba Pablo como hemos visto en la segunda lectura. Para los judíos es un escándalo, y para muchos hombres y mujeres, un absurdo. La cruz inquieta porque para muchos es un signo, todavía hoy, de debilidad y fracaso.

Hoy debemos preguntarnos cómo nos dirigimos a Jesús, si Él es ese templo al que nosotros debemos acercarnos. Quizás vivimos demasiado condicionados al albedrío de un bienestar material que nunca llega a ser suficientemente satisfactorio. Y eso que nosotros vivimos en un primer mundo con mucha riqueza material, a diferencia de otros que no llegan más allá de la supervivencia, y buscamos satisfacciones que no llegan a llenar el propio corazón. Cuántas veces nos quejamos, como los israelitas lo hacían en el desierto. Los israelitas buscaban la tierra prometida, buscaban su

liberación, y nosotros ¿dónde buscamos la libertad, la liberación de nuestros condicionantes? En el mercado del templo de Jerusalén parecía que existía la posibilidad de comprar medios para sentirse liberado, pero Jesús nos ha dicho que aquellos medios robaban una verdadera relación con quien da la verdadera libertad. En el templo que es Jesús, si vamos en este camino de la cuaresma, lo encontraremos con los brazos abiertos para acogernos, y alimentarnos en nuestro vacío. Por eso hemos ido repitiendo y cantando: Señor, Tú tienes palabras de vida eterna. No debemos comprar nada, pero debemos contemplar. En el templo de Jerusalén era admirado por su riqueza, por todo el oro que lucía; en el templo de Jesús que es la cruz encontraremos el amor. Dios ama tanto al mundo que ha dado a su Hijo único. Y ese Jesús en la cruz es lo que nos dará la vida en la Pascua.

Abadia de MontserratDomingo III de Cuaresma (3 marzo 2024)

Domingo II de Cuaresma (25 febrero 2024)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (25 de febrero de 2024)

Génesis 2:1-2.9a.10-13.15.18 / Romanos 8:31b-34 / Marcos 9:2-10

 

Del desierto a la montaña. La Cuaresma nos lleva en el espacio de una semana a dos sitios completamente diferentes, casi opuestos, y con tiempo igualmente opuestos. El pasado domingo, el Evangelio nos hablaba de la estancia de Jesús en el desierto durante 40 días, humanamente solo, aparte del tentador por un lado y los ángeles por el otro. Hoy, el evangelista Marcos nos lleva a lo alto de una montaña donde está Jesús, con tres de sus discípulos, y con Moisés y Elías. Por la forma en que se narra el episodio, podríamos incluso aventurar que habrá durado, no 40 días, sino quizás menos de 40 segundos…. De hecho, el lenguaje utilizado por el evangelista más que describir la escena exteriormente, desde el punto de vista de los ojos y oídos de los apóstoles, elige el punto de vista del corazón y de la fe.

Jesús ya había predicado el Evangelio por toda Palestina, y ya había elegido, entre los muchos que le seguían, doce más cercanos a los que llamó apóstoles, pero la Buena Nueva sólo había sido comprendida en una pequeña parte: sus discípulos seguían siendo dubitativos y tibios, y sobre todo tenían una idea distinta de la mesianidad de Jesús. Para confirmar en la fe al menos a los más cercanos, después de haberlos instruido a todos sobre su futura pasión y su negación del mundo, «Jesús tomó con él Pedro, Santiago y Juan, se los llevó aparte todos sólo en lo alto de una montaña alta y se transfiguró delante de ellos».

Tanto Marcos, como Mateo y Lucas, sitúan el evento los días inmediatamente posteriores a la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Es un momento decisivo en la vida de Jesús. Un momento marcado también por el progresivo alejamiento de las multitudes de Galilea. El relato de la transfiguración se inserta, pues, en un movimiento de pensamiento en cuyo centro se encuentran los temas entrelazados de la identidad mesiánica y divina de Jesús y la necesidad de que el discípulo sufra para seguirle.

Marcos le sitúa en el centro de su relato evangélico, como para subrayar su centralidad tanto en la vida de Jesús como en la de la comunidad cristiana que representan a los tres discípulos. Han pasado seis días y, en el séptimo día, los tres discípulos, junto con Jesús, suben a la montaña donde tiene lugar la transfiguración. Es una escena extraordinaria que muestra claramente quién es Jesús: el Mesías que las Escrituras habían predicho. Es la segunda vez, después del bautismo, que el evangelista hace oír la voz del cielo en la tierra. Pero como tantas veces en el Evangelio de Marcos, Jesús prohíbe dar a conocer lo que había pasado: “les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos”.

Se trata de levantar un poco el velo para descubrir lo que se esconde debajo, pero esto sólo ocurrirá completamente hacia el final de los días de Jesús, a la luz de su Misterio Pascual. La transfiguración es un momento, un destello de gloria para revelar a los discípulos el significado de ese momento de intimidad. Esta transfiguración temporal debe sostener la fe de los discípulos y convencerles de que pueden confiar completamente en sus manos, puesto que en este hombre de apariencia ordinaria habita la plenitud de la divinidad.

Pero es el miedo lo que hace hablar a Pedro. Y, en ocasiones, es el miedo lo que nos hace buscar seguridad incluso en la fe. «Tres chozas», para tener bajo control lo que no se puede tener bajo control, es decir, el Misterio. Pero tener fe no significa montar una tienda como certeza que tranquiliza. Significa, en cambio, «escuchar» al Hijo Querido.

Y el mensaje de este Hijo es de una sencillez desarmante: ¡bajad de esta montaña! No nos gusta bajar. No nos gusta la «cruda realidad» de nuestras vidas. Siempre queremos efectos especiales. Pero nadie puede llegar a comprender la Pascua a menos que «baje». La teología llama a este proceso kénosis, y es el camino trazado por Jesús.

El sentido de la vida no se encuentra en la fuga de la realidad, sino en el fondo de la realidad. Hay que beber hasta el fondo todo el cáliz amargo de lo que somos, de lo que vivimos, de lo que nos pasa para seguir de verdad al Hijo de Dios. No existe alternativa. Nadie puede decir que escucha al Hijo si no se toma en serio lo que está viviendo en este momento, su realidad desnuda y cruda. Pero no una escucha cualquiera, sino una escucha amorosa.

Hermanos y hermanas, siempre es difícil bajar del Tabor, porque siempre es difícil amar lo que está ahí y no lo que nos gustaría que estuviera allí. Pero el discipulado es precisamente seguirle con confianza en ese esfuerzo. El cristianismo es vivir a Su manera, no a nuestro modo. Sólo así se consigue escalar otra montaña, el Calvario. Solo siguiéndolo con esa confianza se llega más allá de lo que parece ser el final. Sólo así se pasa de las tinieblas a la luz de la Pascua.

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (25 febrero 2024)

Sábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de febrero de 2024)

Deuteronomio 16:16-19 / Mateo 5:43-48

 

Las lecturas de hoy, queridos hermanos y hermanas, que son las que corresponden a este primer sábado de la semana de Cuaresma, nos invitan a la radicalidad. La lectura del libro del Deuteronomio retoma el tema de la confesión de fe de Israel, es necesario amar a Dios “con todo el corazón y con toda el alma” y lo aplica a la obediencia y a la práctica de lo que Dios quiere. Obediencia y práctica porque nuestra fe está hecha de convicciones y obras. Unas sin otras no se sostienen. 

Confesar la Trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y confesar la Encarnación de este Hijo en la persona de Jesucristo será siempre el centro ineludible, el fundamento, lo que los antiguos llamaban el punctum stantum et cadentem, el punto donde todo se sostiene o todo cae del cristianismo. 

En nuestra sociedad se intenta a veces prescindir de este núcleo y presentar la fe cristiana como una especie de voluntariado realizado sólo de valores humanistas, de compasión, de una antropología que parece omitir la dimensión genuinamente creyente. El voluntariado está muy bien, pero nosotros queremos algo más, nosotros empezamos en otro sitio, nosotros tenemos nuestro origen y nuestro destino en la persona de Jesucristo, aunque sea difícil y que alguna gente no nos comprenda. 

Pero de la confesión el Señor nos pide que pasemos a la acción y no a una acción cualquiera, sino a la que llega al amor más fuerte, al amor más contradictorio, al amor a los enemigos. 

Esto es lo que nos decía el Evangelio, amar así es lo que nos acerca al Dios grande y fuerte, al Dios misericordioso, que como rezamos en esta cuaresma se deja vencer por nuestra humildad y nuestra penitencia. 

Mantenerse firmes en la exigencia evangélica nunca ha sido fácil. Es en el fondo un don de Dios y por eso en este camino de radicalidad nos ayudan los testimonios privilegiados que nosotros veneremos y que la Iglesia proclama a santos. Entre ellos, san Josemaría Escrivá de Balaguer, que con sus obras apostólicas marcó la vida de tanta gente y enriquece la comunión de los santos y el beato Álvaro que le siguió en su misión. 

La mayoría de vosotros, conoce mucho mejor que yo el carisma de san Josemaría y no he pretendido ser yo que os dijera a vosotros una palabra sobre su enseñanza, pero en las lecturas de hoy, tanto el autor del Deuteronomio como Jesucristo en el Evangelio, invitan a todos a la santidad, a la radicalidad del evangelio y san Josemaría tomó esta idea y le dedicó la vida: invitar a cristianos a seguir a Jesucristo y su Evangelio. La asamblea de hoy, esta celebración es una muestra de que la huella que él dejó en esta idea de ser discípulo arraigó profundamente en nuestra tierra catalana como lo hizo en todo el mundo. 

Jesucristo ha venido a nosotros para contarnos humanamente quién ese Dios bondadoso, ese Dios que perdona, ese Dios humilde que no se impone, que deja a cada uno de nosotros la decisión final, por eso nuestra libertad es tan importante. 

Dios quiere hacerse especialmente presente en algunas personas y también en algunos lugares. Pertenece a su libertad hacerlo así. 

Los monjes de Montserrat, al menos es mi percepción, somos testigos de cómo Dios habita este santuario de Nuestra Señora y estamos a su servicio, acogiendo, orando y conscientes de que Él hace mucho más que nosotros y querríamos dar un testimonio con la nuestra vida de oración. En esta dinámica de acogida y testimonio, debemos situar la amistad de San Josemaría con la comunidad de Montserrat, que se inició en los años de la Guerra Civil, con la comunidad de monjes exiliada en Navarra, y que personalizaron nuestros hermanos el P. Abad Gusi, y muy especialmente el P. Abat Aureli M. Escarré, con quien San Josemaría se relacionó fraternal y amigablemente durante toda su vida. Tenemos la suerte de tener al alcance de todos la correspondencia entre ambos y una narración muy cuidada de esta relación. 

En Montserrat San Josemaría pudo vivir la devoción a la Virgen que ya había marcado su vida, desde el ofrecimiento de niño en Torreciudad hasta su muerte y que él quiso dejar en la Obra. «A Jesús se va y se vuelve por María». La Virgen María es el fuego que sin consumir calienta como decimos en la visita espiritual, por tanto, la que sabe amar siempre a esa distancia adecuada para darnos la vida del Espíritu sin ahogarnos. Y como lo hace ella nos ayuda a hacerlo así, señalando el sol de justicia, Cristo, aquél que realmente ama incondicionalmente. 

El Beato Álvaro pasó en Montserrat algunas semanas santas, viviendo además de la devoción mariana, nuestra tradición litúrgica. 

Tanto de uno como de otro, damos gracias a Dios y nos hacemos conscientes de que, sin saberlo, procurando mantenernos fieles a este carisma de acogida benedictina y, sobre todo por la gracia de Dios que a través de Santa María atrae a sus devotos como peregrinos en esta casa, tenemos el privilegio de ser espectadores de primera fila de las obras que Dios va haciendo en sus sirvientes. Y por eso hemos visto pasar a muchos hombres y mujeres que después hemos venerado como santos cuando la Iglesia así los ha proclamado. Por eso con unas frases hermosas, en el himno que nuestro gran poeta Mn. Jacint Verdaguer escribió en 1880, cuando este Santuario de Montserrat quiso celebrar el milenario del encuentro de la imagen de la Virgen María y por tanto el inicio de la devoción montserratina, decía: 

“Los santos de nuestra tierra, 
Pasan por su sierra 
Cuando suben hacia el cielo” 

Muchos santos han pasado por Montserrat, desde San Ignacio a San Juan Pablo II. Y así como tantos de estos hijos e hijas de Dios hay una memoria en el camino de San Miquel, era importante poder acoger un relieve para testimoniar el paso de San Josemaría y del Beato Álvaro, como peregrinos de la Moreneta y dar un ejemplo de tantos seguidores suyos que a partir de hoy le verán y le visitarán, y aún, de otro modo, presentarlos como discípulos de Jesucristo que crearon un carisma válido para el crecimiento espiritual del Pueblo de Dios. 

Dios quiera continuar sirviéndose de este lugar para que el seguimiento radical de Jesucristo y del evangelio continúe en el mundo y espero que hoy demos todavía otro paso en la amistad de nuestras instituciones, especialmente con esta parte de la Obra que peregrina en Cataluña, llamados todos a testimoniar la fe en Dios, el evangelio de Jesucristo y el amor a la Virgen María. 

 

 

Abadia de MontserratSábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Domingo I de Cuaresma (18 febrero 2024)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (18 de febrero de 2024)

Génesis 9:8-15 / 1 Pedro 3:18.22 / Marcos 1:12-15

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El pasado miércoles, con la imposición de las cenizas, empezábamos el itinerario cuaresmal de la milicia cristiana. Un período de cuarenta días de conversión y de acercamiento a Dios a semejanza de los cuarenta años que el pueblo de Israel tardó en atravesar el desierto y de los cuarenta días que Jesús pasó allí. En el inicio, pues, de esta nueva Cuaresma, puede ser bueno que nos hagamos algunas preguntas que nos ayuden a profundizar en su vivencia: ¿Qué es la Cuaresma? ¿Cómo vivir la Cuaresma? ¿Por qué la Cuaresma? Propongo intentar responder a estas preguntas con la guía de un personaje que nos puede ayudar a tener una mirada nueva pero profunda del sentido del que estamos hablando. Me estoy refiriendo, nada menos, que a Harry Potter.

No es una frivolidad. La literatura, si es buena literatura, sabe leer el corazón de los seres humanos. Sabe ver cuáles son nuestros anhelos más profundos, nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras esperanzas, los motivos de nuestra alegría. Los libros y películas de Harry Potter no son sólo un entretenimiento para los jóvenes, sino que son literatura a la altura de las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis o bien del Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien.

Pero, a modo de introducción, y para los menos introducidos en el tema, ¿quién es Harry Potter? Es un personaje literario que dio origen a una saga de siete novelas escritas por la escritora británica J.K. Rowling. Posteriormente se hicieron ocho películas. El éxito de los libros y películas ha sido espectacular por todo el mundo. Harry Potter es un chico joven que un buen día descubre que sabe hacer magia y es llevado a una escuela para magos llamada Hogwarts, donde se encuentra con un grupo de amigos que serán el fundamento de toda su vida.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con nuestra Cuaresma? Intentamos responder a la primera pregunta: ¿qué es la Cuaresma? En el tercer libro, llamado El Preso de Azkaban, encontramos a Harry Potter en la escuela de Hogwarts, en una clase con el profesor Lupin. Éste enseña a sus alumnos los peligros de los boggarts, que son unas criaturas que no tienen forma, sino que se convierten en lo que a cada uno le da más miedo. A un estudiante se le convierte en araña, a otro en serpiente y a otro en el profesor más temido de la escuela, Severus Snape. Pero a Harry Potter, el boggart se le transforma en otra criatura, un dementor, que representa la parte más oscura de sí mismo. Lo que le da más miedo es, precisamente, él mismo.

En el evangelio según Marcos que hemos leído hoy, se nos dice que el Espíritu empujó a Jesús al desierto, donde pasó cuarenta días tentado por Satanás. Con este texto, la liturgia nos invita a ir también nosotros al desierto y a enfrentarnos con lo que nos da más miedo: es decir, con nosotros. Es una invitación a conocernos a nosotros mismos, a saber, estar solos con nosotros mismos. A buscar en la interioridad el camino que nos conduce a Dios. Como decía el filósofo francés Blaise Pascal del siglo XVII: «La infelicidad del hombre se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación».

Y en el desierto también nosotros somos tentados por el diablo. Al igual que nos enseña Harry Potter, tampoco el diablo tiene forma, adopta la forma de lo que nos da más miedo. El sociólogo contemporáneo Zygmunt Bauman, recientemente desaparecido, nos habla del «mal líquido». Ya no somos conscientes de tener que luchar con un mal absoluto, sino que éste se ha vuelto líquido y ha penetrado por las pequeñas rendijas de nuestra vida. El mal está ahí, pero muchas veces ya no lo sabemos reconocer. La Cuaresma debería enseñarnos a buscar esta parte más oscura de nuestro yo, y a evangelizarla.

Una vez hemos intentado responder a qué es la Cuaresma, preguntémonos ahora cómo debemos vivirla. Aquí nuestro amigo Harry puede volver a sernos de ayuda. En la vida de Harry Potter, lo más importante no son los trucos de magia que sabe hacer sino la fuerza de la amistad que le liga con sus amigos, especialmente con Hermione y Ron. Harry no puede hacer nada sin ellos, se ayudan mutuamente. Si nos fijamos, todo lo que consigue Harry no lo hace por la magia sino gracias a sus amigos. Harry Potter empieza a ser quien es cuando se encuentra con sus amigos. Unos amigos que están en una escuela bucólica, en un bonito castillo, junto a un gran lago. Y para llegar hay que tomar un tren en la estación de King’s Cross de Londres, en el andén 9 y ¾, al que se entra por una pared donde si no crees que hay una puerta, no puedes pasar.

Nos enseña esto que durante la Cuaresma debemos aprender a vivir para los demás. El camino del desierto, del aprender a conocernos a nosotros mismos, nos conduce hacia los demás. La fe cristiana no la vivimos solos, sino que la vivimos en comunidad. Las personas y los cristianos no somos islas que vivimos separadas unos de otros, sino que formamos una comunidad. Caminamos juntos hacia el Señor. Debemos aprender que nuestra fuerza está en nuestra comunidad, que debemos cuidarnos unos a otros. Que la vida sólo tiene sentido si la ponemos al servicio de quienes nos necesitan. También nosotros empezamos a ser quienes somos gracias a los demás. Y esta comunidad no es sino la Iglesia, una escuela donde cada día aprendemos a amarnos más unos a otros tal y como Cristo nos enseñó. Una escuela, por cierto, a la que accedemos a través del andén del bautismo, una puerta que sólo se abre si tenemos fe.

Y llegamos ahora a la última de las tres preguntas que nos habíamos formulado al inicio: ¿Por qué la Cuaresma? Vamos aquí a la parte más dramática de nuestro personaje amigo. Cuando Harry nació, lord Voldemort, el malo de la película, intentó matarle. No lo logró, pero una parte de él quedó dentro de Harry y fruto de esto a nuestro protagonista le quedó una cicatriz dolorosa en la frente. Por este motivo, para eliminar totalmente el mal del mundo, Harry tuvo que sacrificarse para los demás. Un sacrificio que no le condujo a la muerte sino a la vida. Y a partir de ese momento, la cicatriz nunca le hizo más daño.

¿Por qué, entonces, la Cuaresma? Todos nosotros, por el hecho de ser libres, hemos sido tocados por el pecado. Todos llevamos una cicatriz que proviene del pecado original. En todos nosotros se nos ha desdibujado esa hermosa imagen y semejanza que Dios nos dio en el momento de nuestra creación. Pero Cristo nos ha abierto de nuevo las puertas del Paraíso soportando sobre sí el pecado del mundo y dándonos esa vida que no tiene fin. El camino de la Cuaresma tiene un porqué: para que podamos llegar a la tierra prometida que mana leche y miel.

Estimados hermanos y hermanas, con todo lo dicho, no hemos hecho sino comentar las lecturas de hoy. El evangelio nos hablaba de ir al desierto, de enfrentarnos al mal que hay en nosotros mismos. La lectura del libro del Génesis nos hablaba de la Alianza en el desierto, cuando Dios constituyó Israel como pueblo, imagen del Pentecostés cristiano, cuando el Espíritu Santo nos une como Iglesia de los seguidores de Cristo. Y la lectura de la primera carta de San Pedro nos dejaba claro cuál es el sentido de la Cuaresma, cuál es el sentido de nuestra vida. Dice así: «Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu.».

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (18 febrero 2024)

Miércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (14 de febrero de 2024)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

“Os lo pedimos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”

Con estas palabras, queridos hermanos y hermanas, queridos escolanes, dirigidas a los cristianos de Corinto, el apóstol San Pablo nos daba un principio de vida, una actitud que vale siempre.

Quizás si San Pablo viniera un día a la Escolanía y al final le hicierais aquella pregunta que hacéis a todo el mundo: “danos un consejo para la vida”, quizá os diría esto: “reconciliaos con Dios”. O quizá os diría otra cosa porque el apóstol Pablo dice una frase interesante y memorable en casi cada una de las páginas que escribe.

Reconciliarse significa aceptarse a uno mismo tal y como es, reconciliarse es aceptar a los demás tal y como son, reconciliarse significa hacer las paces. Reconciliarse con Dios significa poner nuestra voluntad, nuestra vida, nuestro corazón, nuestra inteligencia de acuerdo con lo que Dios quiere. Dios quiere que seamos felices amándonos. Y sí, el apóstol lo decía a los de Corinto hace casi dos mil años, y todavía nos lo tiene que decir también a nosotros hoy, es porque debemos reconocer que no siempre vivimos según esa hermosa voluntad de Dios.

Si esto vale de por vida, ¿porque lo leemos especialmente hoy miércoles de ceniza? Lo hacemos porque nos ayuda, nos estimula a reservar un tiempo a corregirnos y este tiempo ha estado siempre en la Iglesia, el tiempo de Cuaresma. La oración colecta de hoy decía que empezábamos un tiempo de ejercicio. Todos sabemos que durante el día va muy bien realizar un tiempo de ejercicio, de deporte, pero que no podemos estar todo el día haciéndolo. Con la cuaresma ocurre algo parecido: Dios nos propone hacer ejercicio para darnos cuenta de lo que no hacemos bien y corregirlo, y también nos advierte que no nos despistemos porque el tiempo que tenemos hoy ya no lo volveremos a tener mañana. Quizás tendremos más pero no será el mismo. Por eso nos dice: “Enmendémonos del daño que hemos hecho sin darnos cuenta, no fuera que nos encontráramos que no tenemos tiempo para arrepentirnos”.

San Benito también lo entendió muy bien cuando escribió en la Regla que los monjes siempre deberíamos vivir como en cuaresma, siempre haciendo ejercicio, pero como esto no puede hacerlo casi nadie, al menos intentémoslo por cuaresma.

Naturalmente, el ejercicio cuaresmal no es sólo ir al gimnasio o hacer deporte, cosas que pueden ser muy saludables, sino cuidar la salud del espíritu. Y la tradición de la Iglesia lo ha hecho también con la atención a nuestro cuerpo físico, por eso pide que ayunemos; preocupándose del cuerpo sociológico, por eso pide que nos acordemos de los más necesitados y hagamos limosna y ocupándonos del cuerpo espiritual, y por eso pide que oremos un poco más durante la Cuaresma. Todas estas prácticas sólo quieren que nos reconciliemos con Dios como decía al principio. Por tanto, que personalmente nos pongamos en

disposición de amar más ya que ésta, y no ninguna otra, es la voluntad de Dios: que amamos. Y Dios sabe que haciendo esto seremos felices.

Cuando las personas comienzan a hacer ejercicio físico, tienen normalmente un propósito: adelgazar, mejorar la resistencia física, poder competir…, hay muchos propósitos. Quizás cuando empezamos la cuaresma podría ayudarnos proponernos algo. Así mantendremos más fácilmente ese tipo de tensión que necesitamos para que todo este tiempo responda a lo que hoy nos disponemos a empezar.

San Pablo nos pedía que nos reconciliáramos en nombre de Cristo. Él es el modelo porque vivió siempre reconciliado con Dios y aceptó todo lo que Dios Padre le puso por delante, incluso una muerte injusta y dolorosa. Lo hizo para poder quedar como acusador legítimo ante todas las muertes injustas y dolorosas del mundo y para que nuestros pecados fueran perdonados por su generosidad al morir sin merecerlo. Para dar a la humanidad la posibilidad de que no hubiera más muertes injustas. Y nosotros todavía después de dos mil años, parece que no lo hemos entendido.

Pronto se cumplirán dos años de la guerra de Ucrania, con todos sus muertos, los exiliados, los desastres, el gasto militar tan absurdo porque las posiciones están prácticamente en el mismo sitio.

Hace ya cuatro meses de la guerra en Gaza, donde los clamores por el respeto de la vida de los civiles, de los niños, de los enfermos, son ignorados un día y otro, provocando una muerte y un sufrimiento muy desigual entre un bando y otro. Nos sentimos pequeños y sorprendidos al ver que ni las voces de Naciones Unidas, ni del Papa Francisco, ni siquiera recientemente la del presidente de Estados Unidos parecen suficientemente fuertes para poner una paz y seguridad en la región, para evitar la inaceptable muerte de civiles. Ante la vida no vale lo de los efectos colaterales o del mal menor. Ni tampoco se escucha la voz de todos aquellos que, de tantas formas humildes, en manifestaciones, huelgas de hambre, haciendo su oficio de informar piden el fin de ésta y de toda otra guerra.

Me viene a la cabeza que todos los cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad podríamos hacer nuestras las palabras de la segunda carta a los cristianos de Corinto y decir:

“Hermanos, nosotros hacemos de embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara a través nuestro. Os lo pedimos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios.”

Hacer las paces es siempre una exigencia en el corazón del Evangelio.

Recordemos a quienes sufren en cualquier guerra. Todos aquellos que no pueden hacer ningún ayuno, ni limosna porque no tienen nada y que seguramente sí nos darían una lección si compartieran con nosotros su oración confiada. En la Guerra de Gaza todos tenemos al mismo Dios de Abraham. No es ni siquiera con un Dios diferente que es necesario reconciliarse.

De ese Dios decimos algo tan profundo como que “se deja vencer por la humildad y la penitencia”. El todopoderoso, el Creador, el Señor de la historia

tiene una rendija de bondad por la que todos podemos entrar en su comunión. Al decirnos que nos reconciliamos con él, no sólo está hablando de guerras, sino de nosotros, de cada uno, porque nos está esperando. San Pablo también nos decía “Recordad que Dios ha dicho: «Te he escuchado a la hora favorable, te he ayudado el día de la salvación»

Por eso nos ofrece un tiempo de corrección que es un tiempo de cambio, de renovación. Acabaremos cantando muchos himnos de la liturgia de las horas de cuaresma con las palabras

“nos novi per veniam,
novum canamus canticum”

Que quiere decir que «renovados por el perdón, cantamos un cántico nuevo».

Preparémonos a recibir las cenizas como signo de que queremos entrar en ese camino que limpia nuestro corazón y nuestra voluntad para hacerla más cristiana, más apta para amar a Dios y a los demás. La ceniza era una signo de luto, de tristeza por lo que nos gustaría ser y todavía no somos, pero en nuestra fe cristiana, nos ponemos la ceniza y no dejamos de celebrar la eucaristía todos los días, porque con la tristeza y el luto está siempre la alegría de la Pascua, esperada al fin de este tiempo, pero vivida en todo aquello que nos habla de posibilidad de renovación, de regreso a la mejor versión de nosotros mismos, de la resurrección de Jesucristo y de la nuestra .

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

Domingo VI del tiempo ordinario (11 febrero 2024)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (11 de febrero de 2024)

Levítico 13:1-2.45-46 / 1 Corintios 10:31-11:1 / Marcos 1:40-45

 

El relato de la curación del leproso que nos acaba de ser proclamado es un buen resumen de toda la historia de la salvación: el hombre se acerca a Dios, ambos dialogan, y Dios lo salva. Y dentro de este relato Jesús es quien lleva esta historia a la plenitud: si la ley de Moisés prohibía acercarse a los leprosos y los marginaba —como hemos escuchado en la primera lectura, Jesús hace todo lo contrario: los acoge y cura. Porque Dios no puede hacer otra cosa que amar a todas y cada una de sus criaturas, y no puede dejarlo al margen por muchas connotaciones negativas que tenga el mal que sufran o que hayan hecho. El poder de Jesús sobre la enfermedad, pues, no es sino un signo de su mesianidad: Jesús es el verdadero médico de toda la humanidad, el único que es capaz de salvarla y devolverle la plenitud que había perdido. Y no sólo eso: el leproso era un excluido de la sociedad, un marginado que debía vivir fuera del poblado por una circunstancia que él no había elegido; y con su curación Jesús lo reintegra dentro de la comunidad de creyentes, mostrando así la voluntad de Dios de acoger a todos. Jesús nos dice que, a pesar de nuestros males y defectos, Dios nos ama y quiere a todos por igual. Y esto es un gran consuelo; y lo fue también para el pobre leproso; un consuelo tan grande, que le faltó tiempo para esparcir por todas partes la llamada de Jesús. Y como también hemos oído en la historia, hubo tanta gente que quería ir a verle que debía quedarse fuera de las poblaciones.

Este gentío que se movió para ir a ver y encontrar a Jesús hoy somos nosotros, quienes esta mañana nos hemos levantado y hemos salido de casa para venir a esta celebración. Este encuentro del leproso con Jesús, ese paso de Jesús por la vida de aquel enfermo, es para nosotros la celebración litúrgica, la Misa de cada domingo. Aquí es donde nosotros, cada uno con sus penas y dificultades, nos encontramos con Jesús, hablamos con él y le decimos: «Señor, si lo desea… [nos puede escuchar, nos puede curar], nos puede purificar». Porque todos tenemos necesidad de algo, todos sufrimos algún daño físico o moral, todos tenemos la necesidad de escuchar su palabra. La Misa es ese lugar donde Jesús se nos acerca y nos toca —de hecho, entra en nuestro interior, y desde dentro nos transforma, nos cura, y nos consuela. Y éste es el lugar del que deberíamos salir llenos de alegría por el hecho de haber encontrado una palabra que marca un antes y un después en nuestras vidas.

Porque, por buena voluntad que tengamos, por muy bien que queramos hacerlo todo, el mal siempre habrá hecho algo en nosotros. Por mucho que nos esforcemos siempre habrá alguna situación de la que no podemos salir solos, y necesitamos la ayuda de Dios. Y la «lepra» de la que nos hablaba el evangelio no es una enfermedad concreta, sino que es una metáfora del pecado que todos cometemos en un grado u otro, cuando nos apartamos de Dios. Porque nuestra salvación no puede depender de la enfermedad que cada uno pueda sufrir: Jesús siempre está dispuesto a decirnos una palabra que nos ayude y cure este pecado, si tenemos el corazón abierto y estamos bien dispuestos. Con la curación del leproso, además, Jesús también nos dice cómo debemos actuar nosotros, y nos da unas pistas para nuestras vidas. Como el leproso, nosotros también podemos acudir a Jesús con fe cuando tenemos alguna necesidad. Como Jesús, tampoco a nosotros debería darnos ninguna pereza acercarnos y dialogar con los más marginados o los más estigmatizados. Y tampoco nosotros deberíamos hacer ninguna diferencia con quienes más nos cuesta, o con aquellos que se sienten apartados de la sociedad; con nadie: porque todo el mundo es un hijo amado de Dios por mucho que nos cueste el trato con algunas personas.

Acercándonos a Jesús, dialogando con ellos y dejando que él nos transforme, también nosotros resumimos la historia de la salvación. Y la llevamos a plenitud si después hacemos lo mismo con los demás: dialogando, acogiendo, y dando una buena palabra sentiremos esa alegría incontenible que sintió el leproso, que no pudo dejar de proclamar por todas partes lo que había vivido. El evangelio de hoy nos ha enseñado que el Reino de Dios no es un premio para los buenos sino un lugar en el que todos estamos llamados; el Señor nos quiere a todos, aunque tengamos nuestros defectos. ¿Seremos nosotros, quienes excluimos a alguien? Que esta Eucaristía dé un nuevo impulso a nuestra vida como creyentes, y nos ayude a acercarnos a todos y comunicar con alegría la buena nueva del evangelio.

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (11 febrero 2024)

Domingo V del tiempo ordinario (4 febrero 2024)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (4 de febrero de 2024)

Job 7:1-4.6-7 / 1 Corintios 9:16-19.22-23 / Marcos 1:29-39

 

Estimados hermanos y hermanas,

El fragmento evangélico que nos ha proclamado el diácono tiene, entre otros, dos temas de fondo. Por un lado, el tema del mal y del sufrimiento que provoca la enfermedad, y por otro lado nos presenta el esquema de cómo serían las jornadas de Jesús, subrayando no tanto las actividades que llevaba a cabo, sino fijándose en el contenido y el significado de sus acciones y de su vivir.

En lo que se refiere al primer tema, nos damos cuenta de que una de las experiencias más desconcertantes de la vida humana es la del sufrimiento que a menudo se expresa a través de la enfermedad. El misterio del dolor que provoca parece que eche por tierra cualquier sentido que se le quiera dar a la existencia y más bien lo que pone de manifiesto es un vacío que rasga el alma y a veces la vida misma. Ésta es la experiencia que hizo Job y que expresaba a sus amigos diciéndoles: “Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha”. Desgraciadamente son muchos los que podrían o podríamos identificarnos con estas palabras ya que son tantos los que viven situaciones similares.

Si en el siglo XXI un dolor de muelas nos puede dejar muy tocados, es fácil imaginar las situaciones que debían vivir quienes estaban enfermos en tiempos de Jesús donde el conocimiento sobre las patologías era muy limitado al igual que los posibles remedios o medicamentos para curarlas. Sólo hace falta recordar el relato que nos reporta el mismo evangelista san Marcos (4, 25-30) de aquella mujer que tenía pérdidas de sangre desde hacía doce años y que “había sufrido mucho en manos de médicos, y se allí había gastado todo lo que tenía, pero no había obtenido mejora alguna, sino que iba de mal en peor”.

Leyendo y releyendo los textos proclamados me doy cuenta de que nos aportan una luz que nos permite situar el verdadero centro de la cuestión. Un monje de nuestra comunidad, fallecido hace ya unos años, decía que el mal y el sufrimiento no existen, sino que lo que existen son hombres y mujeres, pequeños o mayores, que sufren. Es por tanto el hombre y la mujer enfermos que son objeto de la curación por parte de Jesús que entiende su vida como una misión al servicio de la vida, de la salud, de la esperanza, del bien de toda persona.

Lo que acabo de decir lo encontramos expresado en la ida de Jesús en la casa de Simón donde se encontró con la suegra de Pedro que estaba en la cama. No sé si os habéis fijado, imagino que sí, en un detalle que podría pasarnos desapercibido: la cogió de la mano y la levantó; se le pasó la fiebre y se puso a servirles, es decir, la mano de Jesús la hizo apta de nuevo para el servicio.

Los evangelistas remarcan de manera particular los gestos que Jesús tenía hacia los enfermos y los necesitados, es decir, hacia quienes sufrían. En varias ocasiones la mano se convierte en la protagonista bien tocando, imponiendo las manos, bendiciendo.

Por eso, los cristianos podemos decir sin lugar a dudas que Jesús es la mano que Dios alarga a toda persona necesitada de fuerza, de apoyo, de compañía, de consuelo, de protección, … Nosotros, por nuestra parte, debemos preguntamos ¿qué hacemos de nuestras manos? ¿cómo las utilizamos? ¿a quién ayudamos? ¿Expresan la proximidad de Dios por quienes padecen cualquier tipo de enfermedad?

El segundo tema que nos ofrece el evangelio de este domingo nos explica lo que hoy llamaríamos la “jornada tipo” de la vida y de la actividad de Jesús. Con tres cuadros muy breves y muy rápidos llenos de dinamismo por los verbos que los construyen, san Marcos, dibuja los rasgos del rostro de Jesús, es decir, un hombre que cura, que reza y anuncia. Durante toda la jornada hasta la puesta del sol Jesús es un donador de vida convirtiéndose así en memoria de Dios para los hombres y mujeres de su tiempo y también del nuestro, evidentemente. Durante la noche y el amanecer Jesús es el hombre de la búsqueda de Dios y es la memoria de los hombres para Dios.

En el texto de hoy encontramos todavía toda una serie de verbos que confieren al relato un dinamismo: saliendo, se fue, dio, la levantó, curó… Todo ese dinamismo que marcaba su día a día donde era buscado por una multitud de gente que buscaba curación tiene su momento álgido cuando por la mañana, cuando todavía estaba oscuro, se levantó, se fue a un lugar solitario y se quedó orando. La oración es el mayor milagro del Hijo de Dios, que en la soledad de la noche o del amanecer dialoga con el Padre del cielo, se encuentra a sí mismo y encuentra la acogida en el corazón del Padre, como Hijo eterno amado desde siempre. Si Jesús actúa así significa que estos momentos de intimidad con Dios son fundamentales e irrenunciables en la vida de sus seguidores. Sólo la oración hace que haya equilibrio incluso en medio del sufrimiento, ya que la oración es el espacio donde se convierte en el milagro cotidiano de sabernos queridos por Dios, porque somos mucho más importantes que todas nuestras llagas y enfermedades.

Simón y sus compañeros viendo que no estaba en casa, salieron a buscarlo y para su sorpresa Jesús les dice: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”, es decir, de la oración ha sacado la fuerza para ir siempre más allá hacia los lugares que necesitan manos que ayuden a levantarse. Por eso Jesús hoy sigue yendo a otros lugares, también donde estamos cada uno de nosotros y si estamos atentos nos daremos cuenta de que su Palabra, como la que hoy hemos escuchado, es la mano que necesitamos para continuar el camino. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (4 febrero 2024)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2024)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

La liturgia nos ofrece a menudo, queridos hermanos y hermanas, la mejor y más acertada explicación del sentido de la solemnidad o fiesta que celebramos. Lo hace de tal modo que no es extraño preguntarse si harían falta comentarios añadidos o si, en cambio, una buena utilidad de la homilía no fuera señalar y detenerse en alguno de estos elementos que, mezclados con tantos otros, no hayamos podido captar durante la eucaristía.

En la solemnidad de la dedicación de una Iglesia, el Prefacio, la primera parte de la Oración eucarística que se reza antes del himno “¡Santo, santo, santo!”, cumple perfectamente esa misión.

El prefacio de hoy nos da tres ideas sobre el significado profundo de un templo cristiano, de una Iglesia.

La primera es la que aquí se realiza y se cumple el misterio de comunión entre Dios y nosotros. En esta nave, como en todas las demás del mundo cristiano rezamos, personal y colectivamente.

Aquí también escuchamos la Palabra de Dios y lo hacemos de una manera especialmente intensa porque es en esta Iglesia donde el coro de los monjes, con los fieles y algunas veces la Escolanía, recita el oficio divino, donde la Palabra de Dios tiene el puesto preeminente. Y finalmente celebramos la eucaristía y otros sacramentos, cumplimiento de la comunión de cada uno de nosotros y de todos con Dios. En la extensa y detallada acta de los días de la consagración de esta basílica que el notario de Esparreguera Joan Castell escribió, el deseo final que se expresa es que Dios dé muchos años de vida al P. Abad, en aquél momento el Abad Plácido Salinas, para que pueda celebrar dignamente el santísimo sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo. Lo más importante que se puede hacer.

Todo esto lo decimos en el prefacio con las palabras “Vos simbolizáis admirablemente el misterio de su comunión con nosotros y lo realizáis en esta casa visible.” Y lo hemos escuchado también en la lectura a los cristianos hebreos: “Vosotros os habéis acercado a Dios, a Jesús, el mediador de la nueva alianza”. Nos hemos acercado aquí, en este templo que quiere ser para nosotros, lo que Jerusalén era para los israelitas, lugar de presencia y comunicación segura con Dios”.

En esa alabanza, la música siempre ha sido muy importante. La música nos trae hasta hoy el talento y la devoción de los compositores que expresaron su fe inspirados por Dios. A mí, personalmente me da respeto pensar, y lo podéis tener en cuenta los escolanos y escolanas de la Schola Cantorum, que la música de los maestros de la Escuela de Montserrat y de todas partes, que se compuso pensando concretamente en este espacio y la hemos cantado ininterrumpidamente aquí dentro de una tradición que vosotros continuáis. Sin ir más lejos, en la misma acta notarial que os he citado, se dice que durante la primera misa que se celebró en esta basílica por el obispo de Girona, Jaume

Cassador, “el órgano y muchas y dulcísimas voces de cantores resonaban en todo el templo”. De esto hace, precisamente hoy, cuatrocientos treinta y dos años.

La segunda idea del prefacio nos habla de la dimensión de la comunidad. El nombre «Iglesia» que relacionamos con el edificio, quería decir en primer lugar la asamblea que se reunía y que en el inicio del cristianismo lo hacía en las casas particulares o a escondidas por miedo a las persecuciones. Todavía hoy se utiliza en este sentido como todo el mundo sabe. El prefacio de hoy nos dirá: “Aquí continuamente escucháis y protegéis a esta comunidad de fieles que peregrina hacia Vos. Aquí os construís ese templo que somos nosotros y aquí crece esta realidad como cuerpo de Cristo”. Esto no es un local social o un club. Aquí Dios construye su pueblo. Si esta realidad es siempre válida en cualquier templo cristiano, cómo no lo será en Montserrat donde por la presencia de la Moreneta, y en comunión con todas las iglesias diocesanas, Dios también ha construido su pueblo cristiano que peregrina en Cataluña y desde Montserrat sigue animando la fe de tantas personas y creando una comunidad de fe y de amor. La profunda identificación con esta tierra no impide acoger a una multitud de peregrinos de todo el mundo. Tenemos el privilegio de ser testigos de esta otra característica de la Iglesia, como es la de estar «extendida en todo el mundo». Como decía la lectura del profeta Isaías: «todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración». Por todo ello, se cumple aquí también el misterio de la Iglesia universal, que fija su mirada en Jesucristo resucitado de quien recibe la fuerza.

Y la tercera idea del prefacio se centra en el respeto a las paredes, a las imágenes, a todo ese mismo edificio que es esta casa visible, porque es Dios mismo quien nos ha permitido construirla. Sí, el Dios de Jesucristo no se queda fuera de la vida, en las nubes. Es un Dios que permite la vida de sus discípulos y por tanto todo lo necesario para esta vida y tener un techo da, qué duda cabe, una estabilidad en cualquier proyecto. Buena ocasión hoy para recordar todas las comunidades que no tienen templo, que están en medio de la violencia. Recordemos que este templo nos permite la comunión con Dios y que el cuerpo de Cristo que formamos todos se reúna, como acabo de decir. Y a pesar de cantar que el templo de Dios somos nosotros, también rezamos que es «Dios quien nos ha permitido construir esta casa». Por eso un día, el 2 de febrero de 1592 fue consagrada y se rezó para que Dios estuviera aquí. En la oración de vísperas incensaremos todas las cruces que repartidas por toda la nave recuerdan este momento.

Dios está en el centro de todas estas dimensiones de la Iglesia que recordamos en el aniversario de la consagración. De la Iglesia templo y de la iglesia cuerpo de Cristo. Jesucristo quiso permanecer en la casa de Zaqueo. Como celebrábamos ayer, fiesta de la Presentación, la luz, es decir, Cristo, entró simbólicamente aquí en el templo, para permanecer aquí. La luz vuelve a entrar simbólicamente cada noche de Pascua, recordándonos que la piedra principal sólo es Él, Jesucristo.

Ojalá esta basílica fuera para todos nosotros como aquel árbol del evangelio que hemos leído que permitió en primer lugar que Zaqueo viera a Jesucristo, porque ésta debe ser la única y principal vocación de la Iglesia: mostrar a Jesucristo a

todo el mundo. Y ver a Cristo puede desencadenar una historia de salvación como lo hizo Zaqueo, una historia que pasa por dejar entrar a Jesús en nuestras vidas con todas sus consecuencias. Para el jefe de cobradores de impuestos y pecador Zaqueo no fueron consecuencias leves, ni en lo material a lo que tan ligado estaba, ni en lo espiritual que al menos le había llevado a la curiosidad de ver quién era aquel predicador de éxito. Dios tiene bastante con poco, con un poco de interés, con un poco de curiosidad, con un poco de voluntad y atención, para cambiar una vida. Imaginaos, sin embargo, los resultados: ¡la conversión espiritual, el alivio de alguien corrupto cuando es capaz de liberarse! E imaginad también el bien inmediato que causó restableciendo la justicia a todos los que había defraudado.

Damos gracias a Dios por el bien que ha hecho y hace en este sitio, pidámosle que nos haga dignos administradores y que nuestra oración, compartida por tantos aquí y en todas partes gracias a los medios de comunicación sea siempre para crecimiento de la comunión con Él y de la fraternidad entre nosotros.

 

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Domingo IV del tiempo ordinario (28 enero 2024)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (28 de enero de 2024)

Deuteronomio 18:5-20 / 1 Corintios 7:32-35 / Marcos 1:21-28

 

Todos podemos recordar, queridos hermanos y hermanas, el día de la Epifanía cuando el diácono, después de cantar el evangelio, anunciando las fiestas del año litúrgico, nos decía: La gloria del Señor se ha manifestado en Belén y continuará manifestándose entre nosotros… Pues bien, hoy, san Marcos, en este pequeño fragmento de su evangelio nos ha mostrado lo esencial de esta manifestación: El anuncio de la Buena Nueva de Dios que en la encarnación del su Hijo se convierte en salvación, y la redención que supone la liberación del espíritu maligno y la efusión del Espíritu Santo en nuestros corazones. Todo esto concentrado en esta escena que pone de relieve la autoridad de Jesús.

El poder de Jesús para expulsar el espíritu maligno está en su palabra, pero también en la forma en que escuchamos esta palabra, no sólo como la oímos. Oírla es una acción puramente accidental, escucharla pide una conciencia y una voluntad de comprenderla de forma vinculante. Si nos fijamos bien, hace poco, en la proclamación del evangelio, cuando el diácono al terminar la lectura ha cantado: Palabra del Señor, hemos respondido Gloria a Ti, Señor Jesús, es decir: hemos asentido con gozo a su mensaje con el gozo de haber recibido una palabra de vida. Alabanza a ti. Y esta alabanza no puede ser otra que nuestro vivir y actuar en Cristo.

La gente que escuchaba a Jesús estaba admirada de su doctrina, sorprendida ante el poder de Jesús sobre el mal, de su capacidad de pacificar los corazones y de devolverlos a Dios.

Admiración y asombro, dos actos de una misma realidad interior fruto de escuchar desde el fondo del corazón. La admiración del espíritu surge de la ponderación de la obra salvadora de Dios, de la contemplación de un amor que ha llegado, por nosotros, hasta el extremo de dar su vida para que no perdamos la nuestra. La salvación estaba anunciada por los profetas, pero la realidad en la que se ha concretado ha sido del todo inesperada, ha cogido por sorpresa, hasta los más entendidos y, a nosotros, si lo pensamos bien, nos hace sentir como inmersos y abrazados por éste amor. Es desde esta actitud de sorpresa y admiración que debemos escuchar el evangelio, es desde esta experiencia de agradecimiento que hay que obedecer la palabra de Dios en lo concreto de nuestra vida con la seguridad de que nos será liberación a pesar de que nos pueda provocar en alguna ocasión violencia interior como la que sufrió ese hombre de la sinagoga de Cafar-Naüm.

La condición divina de Jesús que se vislumbra en la fuerza de los milagros, en el evangelio de san Marcos queda como escondida en el secreto Mesiánico impuesto por el mismo Jesús: calla y sal de él, le dice Jesús al espíritu maligno que atormentada aquel hombre.

El secreto del Mesías que no será manifiesto hasta su pasión, muerte y resurrección, no es sólo el secreto de su filiación divina es también el secreto de nuestra condición de bautizados, de hijos de Dios en Él. Esto es a la vez sorprendente y admirable, nos es un gozo y una idéntica misión, un proyecto estimulante de vida, que nos pide interiorizar la belleza y la fuerza del evangelio y comunicarlas desde la autoridad de una vida coherente que debe ser humilde en la verdad, cercana en las fragilidades humanas, firme ante el mal y fuerte en el amor a todo el mundo como pedíamos en la oración inicial de esta eucaristía.

Ojalá que, como cantábamos en el salmo responsorial, en este año litúrgico que va avanzando, escucháramos su voz y nos sintiéramos, como en el juego de los «barcos» de cuando éramos pequeños, «tocados y hundidos» por su amor firme e incondicional.

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (28 enero 2024)

Domingo III del tiempo ordinario (21 enero 2024)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (21 de enero de 2024)

Jonás 3:1-5.10 / 1 Corintios 7:29-31 / Marcos 1:14-20

 

Estimados hermanos y hermanas: Estamos en los domingos del tiempo ordinario, en los pocos domingos que trascurren entre Navidad y la Cuaresma, que si Dios quiere empezará el miércoles de Ceniza el 14 de febrero.

Hoy, el Evangelio que hemos escuchado según san Marcos, debemos situarlo en su lugar geográfico concreto, en la gran depresión del río Jordán, concretamente en el lago natural de Tiberíades conocido como mar de Galilea; famoso por sus repentinos giros de mala mar y mar lisa, una vez san Juan Bautista había sido encarcelado por Herodes. Ahora en la actualidad, un pequeño monasterio Griego Ortodoxo, con cúpulas rojizas, quiere recordar la playa pedregosa, de tierra negra, la llamada de los primeros discípulos de Jesús de Nazaret.

Al pasar junto al lago, el Maestro, comienza su manifestación, su misión. Jesús bordea su orilla y ve a dos hermanos, Simón-Pedro y Andrés, que estaban echando las redes, Él personalmente les llama: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Más allá vio a otros dos hermanos, Santiago y Joan, que ya tenían una barca en propiedad de su familia, reparando las grandes redes. Ambos jóvenes, dejando deprisa a su padre Zebedeo y los jornaleros de su casa, siguen rápidamente la Voz, la Vocación el (Vocare) del Maestro. Encontrarse con Cristo que se acerca: empieza a cambiar todo tu entorno. Ellos han dado este paso y han experimentado el abrazo de Amor transformador de Dios. Jesús no les prometió nada, no les aseguró una vida tranquila, una casa o dinero, ¡No! Simplemente los Llamó y Ellos, libremente respondieron: ¡Aquí estoy, Dios Mío! ¡Estoy aquí! (¡Conversión, Llamamiento y Seguimiento!).

Todos estamos llamados a seguir a Cristo en los múltiples Lagos y Lagunas de nuestra pequeña vida humana. Pero… ¿en qué laguna, o en qué humedal, de nuestra existencia estamos situados ahora? ¿Dentro del pantano de mi Yo personal, de mi egoísmo interior, que no deja oír el rumor de la brisa suave, de la voz del Señor que nos llama hoy personalmente? Ahora necesitamos dejar la barca o la (Banca o la Caixa) de nuestras comodidades, arrastrada muchas veces por nuestra fuerte marejada sistemática. Necesitamos un golpe de mar fuerte, de olas altas, para despabilarnos en el pequeño barco inestable de nuestra vida y reconocer que Jesús es el puerto, la dársena de salvación para todos nosotros. Vivimos enredados en nuestras propias redes sociales y ahora Cristo nos invita a escucharle en una frecuencia, en un Chat diferente, para sentirlo interiormente. Jesús nos invita a abrir una nueva ventana, una nueva pantalla, de nuestra red social para seguir sus huellas marcadas en la playa donde cada pequeño granito de arena, blanca o negra, es una persona humana única, específica y singular. El Pescador de Hombres nos quiere, repescar con su Anzuelo de Amor infinito, sólo falta nuestra respuesta, hace falta remar firmes, sincronizados para seguirlo; Jesús siempre nos deja una total libertad para acompañarle. Nosotros, simplemente, necesitamos escogerlo y ser buenos discípulos, Apóstoles, seguidores de la buena nueva hoy, aquí y ahora.

Se suele decir que, escoger es renunciar y con mucha frecuencia debemos elegir entre dos cosas buenas; necesitamos sopesar siempre los pros y los contras para así determinarnos y escoger una. Escuchar, escoger y discernir es un trabajo que debemos hacer constante y diariamente en nuestra vida cotidiana. Pero… ¡rectificar siempre es de sabios!

La conversión es siempre una invitación, una llamada a darnos la vuelta hacia Dios. No se trata sólo de convertirse en buenas personas de golpe, ¡no! sino, de volver a ese Yo, que es bueno, dentro de nosotros mismos. Por eso, la conversión nunca es triste, es simplemente, el redescubrimiento de la verdadera alegría interior de todo corazón humano. Convertirse es sencillamente: Dar un vaso de agua o hablar con esa persona mayor del rellano de casa. Estar disponible en todo. Para decir: ¿Buenos días, Buenas noches? Consolar y especialmente escuchar a quienes lloran o sufren. Compasivos, con quienes pasan: “Hambre, dolor o guerra”. Pacificadores, en todo momento de nuestra vida. Limpios de corazón, para decir siempre una palabra adecuada de: “Alegría, de amor y de paz”. Y sobre todo sacarnos de la cara esa visión fría, esa mirada de pocos amigos, de rostro serio y tenso, que pide siempre cierta distancia. Vivir con respeto y caridad para todos, y no sólo para tus amistades.

Jesús, quiere apóstoles, quiere testigos de su Amor. No quiere sabios, ni poderosos ni entendidos. Él quiere simplemente, una respuesta positiva y concreta para realizar una conversión total de tu vida, un revestirse de Él mismo y seguirlo.

El 14 de febrero el Miércoles de Ceniza, el celebrante impondrá la ceniza sobre nuestra cabeza diciendo las mismas palabras del Evangelio de hoy: “Convertiros y creed en la Buena Nueva del Evangelio”. Que así sea. Amén.

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (21 enero 2024)

Domingo II del tiempo ordinario (14 de enero de 2024)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (14 de enero de 2024)

1 Samuel 3:3b-10.19 / 1 Corintios 6:13b-15a.17-20 / Juan 1:35-42

 

Después del Ciclo de Navidad, retomamos hoy los domingos del tiempo ordinario, en el que iremos siguiendo los inicios del ministerio público de Jesús, hasta llegar al tiempo de Cuaresma.

Las lecturas de hoy son una llamada de Dios a cada uno de nosotros. El joven Samuel, acogió esta llamada, respondió y se convirtió en un profeta de Dios. Una llamada -nos dirá san Pablo- a una vida nueva, que nos transforma íntegramente y que es vida de intimidad con Jesús. Como Andrés y Juan, también nosotros estamos llamados a conocer y amar a Jesús, a dar cumplimiento y respuesta a esta llamada que forma parte de nuestro itinerario personal, de nuestro camino de búsqueda de Dios.

“¿Qué buscáis?” Son las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de Juan, dirigidas a los dos discípulos del Bautista. No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura como la nuestra, que parece preocuparse sólo de las necesidades más primarias y llenarlas con medios efímeros, olvidando a menudo las finalidades, sin dar una respuesta satisfactoria a las cuestiones más decisivas de la vida…

¿Qué es lo que buscamos exactamente? Para algunos, la vida es «un gran supermercado» (D. Sölle) y lo único que les interesa es adquirir objetos para “llenar” un poco su existencia. Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Otros ya no pueden más y lo que quieren es que se les deje solos; olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.

La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ir cumpliendo nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, liberación, felicidad y plenitud? En el fondo, ¿no caminamos buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación? ¿algo más de lo que podemos esperar de ningún proyecto político o social?

Se dice que el hombre contemporáneo ha olvidado a Dios. Pero lo cierto es que, cuando un ser humano se interroga con algo de honradez, no le es fácil borrar del corazón «la nostalgia de Dios». Lo honrado que podemos hacer como seres humanos es «buscar». No cerrar ninguna puerta. No rechazar ninguna llamada. Buscar a Dios, hasta el límite de nuestras fuerzas y de nuestra fe, quizás incluso desde la vivencia del absurdo, la angustia o el desánimo.

Dios no juega a “hecho y esconder” ni se esconde de quien lo busca honradamente. Dios ya está en el interior mismo de esta búsqueda y es Él el primero quien se acerca a nosotros. Hay que hacer memoria aquí de la gran intuición agustiniana: el anhelo más profundamente humano acaba encontrando a Dios, que se manifiesta como alguien más íntimo que la propia intimidad.

Encontrar a Jesús cambia la vida de la persona, cambia la vida de Andrés, el hermano de Simón Pedro, porque el deseo de Dios es mucho más preciado que ninguna otra cosa. Cambia la vida de Simón y también puede cambiar la nuestra si nos acercamos a él sinceramente y deseamos compartir su intimidad. Jesús miró a Simón y le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Quefas, que quiere decir Piedra».

Jesús nos mira hoy también, a cada uno de nosotros que le buscamos por los caminos no siempre fáciles de la fe. Lo esencial en la vida cristiana es dejarse mirar por Jesús, ir y ver dónde se aloja, estar con Él y anunciar lo que hemos visto y oído como un don de experiencia personal. Es el camino y el proceso que han seguido los discípulos y los santos y también el nuestro.

Esto, naturalmente nos invita a reflejar cómo nosotros, como discípulos de Cristo, tenemos las puertas abiertas para que todo el mundo pueda “venir y ver” cómo vivimos; dando razón de nuestra fe y de nuestra esperanza; compartiendo y dando a conocer nuestro testimonio de vida; ofreciendo con sencillez nuestra experiencia cristiana a aquellos que no conocen a Cristo o bien tienen un mismo anhelo de paz y de justicia o aquellos que buscan algo más que una vida que no va más allá de un horizonte materialista y consumista.

¿Qué queréis? ¿Qué buscáis? pregunta Jesús a Andrés y al otro discípulo. También a nosotros nos invita a su casa y nos dice “Venid y veréis”. Como los discípulos también podremos reconocer en Él el cumplimiento de nuestros anhelos y esperanzas y como en cada eucaristía somos invitados a compartir su palabra y su alimento de Vida para que la vivamos en abundancia y la demos a conocer a los demás.

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (14 de enero de 2024)

Fiesta del Bautismo del Señor (7 enero 2024)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, monje de Montserrat (7 de enero de 2024)

Isaías 55:1-11 / 1 Juan 5:1-9 / Marcos 1:7-11

Oíd, sedientos todos, acudid por agua. Las lecturas de la fiesta del Bautismo del Señor, con la cual termina el tiempo de Navidad nos presentan –hermanas y hermanos– la buena noticia de la salvación que nos viene de Jesucristo, el Hijo amado, y lo hacen mediante imágenes muy elocuentes y cercanas. A veces ocurre que la Sagrada Escritura usa un lenguaje propio de culturas muy alejadas de la nuestra, y los conceptos que utiliza o las comparaciones que presenta no nos resultan en absoluto familiares. Hoy, sin embargo, la Escritura nos habla con la imagen del agua, tan familiar y tan presente en nuestra vida. Y tan actual en nuestros días por su escasez. Oíd, sedientos todos, acudid por agua.

El agua aparece en primer lugar en la Biblia, en la narración de la creación: Al principio creó Dios el cielo y la tierra…sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas (Gn 1, 1-2). El aliento de Dios, que es signo del Espíritu Santo, se cernía sobre las aguas primordiales, las incubaba como una gallina incuba los huevos y a partir de aquí Dios fue creando todas las cosas con su Palabra, una palabra viva y eficaz. El agua y el Espíritu se encuentran en el origen de la creación y los volvemos a hallar en el origen de nuestra vida cristiana en el bautismo.

Encontramos de nuevo el agua en la narración épica del paso del Mar Rojo por parte de los israelitas. En la pascua del pueblo de Israel Dios dice a Moisés: Di a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto (Ex 14, 15-16). Nos hallamos ante el gran signo de salvación de predilección, de alianza entre Dios y su pueblo. Del mismo modo que Moisés fue salvado de las aguas, también el pueblo de Dios es liberado de la esclavitud de Egipto a través del paso por las aguas abiertas a ambos lados. Cuarenta años después el pueblo de la alianza volverá a pasar en medio de las aguas, pero esta vez serán las del río Jordán y pasará para entrar, victorioso, en la tierra prometida. Cuando los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza…se mojaron los pies en el agua…el agua que venía de arriba se detuvo…y el agua que bajaba al mar del desierto…se cortó del todo. La gente pasó frente a Jericó (Js 3, 14-16). Estos acontecimientos salvíficos quedaron profundamente gravados en la memoria de Israel, de manera que los encontramos reflejados en el canto de los salmos: ¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? (Ps 113, 3.5).

El agua, fuente de vida y de salvación, le sirve al profeta Isaías, como acabamos de oír, para explicar al pueblo dónde de encuentra la verdadera vida: Oíd, sedientos todos, acudid por agua…Escuchadme atentos…venid a mí: escuchadme y viviréis. Es la misma agua que brota del lado derecho del Santuario, del templo de Jerusalén, y purifica, renueva y llena de vida todo el valle del Arabá que hasta entonces era yermo (Ez 47, 1s). El agua que baja del cielo y no vuelve allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, es signo elocuente de la Palabra de Dios que no vuelve infecunda, sin haber cumplido la voluntad de quien la ha enviado.

En Jesucristo se cumplen todas estas profecías que tienen el agua como protagonista. Un padre de la Iglesia de los primeros siglos escribía: “Nunca aparece Cristo sin el agua – Numquam sine aqua Christus” (Tertuliano, de baptismo, IX.4) Él mismo ya se hallaba presenta en la creación porque El es la Palabra del Padre; con su paso de la muerte a la vida lleva a cabo la pascua definitiva, el auténtico paso por el Mar Rojo. Mediante nuestro bautismo, por El y en El, hemos entrado en la tierra prometida, hemos cruzado el río Jordán, signo de nuestros pecados y de la maldad del mundo. De sus costado abierto brotan en la cruz sangre y agua, signos del bautismo y de la eucaristía mediante los cuales somos constituidos hijos en el Hijo, a través de los cuales recibimos el Espíritu Santo y crecemos en nuestra vida cristiana.

Con su bautismo en el río Jordán, Jesús inaugura su manifestación al pueblo de Israel, y a través del mismo a toda la humanidad. Sumergiéndose en el agua de un bautismo de conversión, que El no necesitaba, muestra su solidaridad con todos los que se arrepienten de sus pecados e inaugura el bautismo con el Espíritu Santo y con fuego. Y Dios sella con su palabra y con el signo del Espíritu, la manifestación del Hijo  predilecto: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca nos decía el profeta Isaías. No dejemos que se apague en nuestro corazón el deseo de encontrar al Mesías, a nuestro Salvador, el amigo de los hombres. No dejemos ahogar en nosotros la sed de eternidad y de plenitud, que tan sólo puede ser aliviada y saciarse con el agua de la vida. Dispongámonos a cambiar de vida, a convertirnos a Cristo que ha sido el primero en amarnos, para sí poder renovar en nosotros el bautismo del Espíritu que un día recibimos. De este modo podremos unirnos al gozo de la Iglesia, que se apropia el himno de los redimidos de Israel: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación. Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas. Amén.

Abadia de MontserratFiesta del Bautismo del Señor (7 enero 2024)

Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2024)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Un principio contemporáneo bastante aceptado y que en nuestros días vemos casi llevado a extremos exagerados y, me atrevería a decir, perversos, es que cualquier cosa debe comunicarse, publicarse, hacerse saber. Si no es así, casi se le considerará inexistente. Este principio ha invadido vidas privadas, se ha convertido en un negocio para los llamados youtubers e influencers y ha tenido y tiene muchísimos otros efectos. La publicidad está tan sobredimensionada que muchas veces se convierte en autorreferencial y no nos queda claro cuál es el mensaje o qué se quiere realmente comunicar.

La fiesta de la Epifanía, nombre que significa revelación, por tanto, hacer público, me ha hecho pensar en este contexto social. Después de dos semanas celebrando la Navidad, otras tres preparándola, la solemnidad de hoy añade a todo este tiempo la dimensión de la “publicidad”. La intimidad del nacimiento de Jesucristo en Belén fue anunciada a los pastores y por tanto ya desde el primer momento, no permaneció privadísima, sino que finalmente, es la revelación de hoy que la hace universal. Navidad se convierte de alguna manera en un hecho cosmológico: lo anuncia una estrella y un hecho transversal: atrae a los sabios o magos de Oriente, es decir, a la diversidad mundial.

Puesto en el contexto contemporáneo, no podemos dejar de decir que dar a conocer los acontecimientos relacionados con el nacimiento de Cristo era ya una preocupación desde el principio del cristianismo, algo que entraba en el plan de Dios. Nada malo por tanto, en hacer publicidad de algo bueno. Lo que nos separa de algunos anuncios actuales es la importancia y la claridad del contenido que se proclama y el método con el que se hace.

Nos hemos pasado días y días, explicando el significado de la Navidad como Encarnación de la Palabra de Dios en la persona de Jesús de Nazaret para nuestra salvación. Parece como si la liturgia hubiera madurado ese fundamento de la fe y hoy, ya dándolo por sabido, se centrara en su extensión, en su validez absoluta. Esta idea es importante y recoge un universalismo presente en toda la tradición judía pero lo suficientemente original e innovador para ser presentado en el inicio del cristianismo como un secreto que el apóstol Pablo conoce por la gracia y que nos lo transmite a la carta a los Efesios que hemos leído como segunda lectura: “El secreto es éste: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. ( Ef 3,5-6).”

Tenemos un secreto que ya no lo es. Que se ha hecho público. La palabra griega que utiliza el texto para decir secreto es misterion, más que un secreto, es algo que no comprendíamos y que ahora hemos entendido. Aún nos ayuda un poco a su comprensión que el texto latino diga que estamos ante un sacramentum, ante un signo que nos habla, que en el fondo nos revela algo, que es una Epifanía. La verdadera revelación es afirmar que el mensaje del Evangelio es para todos, que tiene un alcance universal.

No estamos delante de la comunicación de algo sin contenido. Hagamos publicidad del Evangelio y de la persona de Jesucristo, como nos decía la carta a los Efesios. Encontraríamos pocos libros y pocas personas en la historia de la humanidad, con una densidad como la del Evangelio y la de Jesucristo. A pesar del reto que tiene la Iglesia de seguir hablando de manera comprensible de la fe, nunca podremos decir que carezca de contenido, o que ningún método nuestro de “publicidad”, iguale la revelación que por sí misma ha hecho Dios de su Hijo. Si tenemos un desafío en dar a conocer a Jesucristo y al Evangelio, tenemos aún más una obligación de comprenderlo personalmente, de ir a su Palabra y a su vida. Nunca nos quedaremos sin mensaje. Estamos en una fuente inagotable, en un misterio que constantemente nos transmite nuevas intuiciones.

Tampoco estamos, como tanta de la publicidad actual, frente a unos métodos que nos manipulan, que intentan influir en nuestra sensibilidad, hacernos poco racionales. Jesucristo se encarna en un bebé y siendo bebé convoca también a los sabios del mundo, sin ningún engaño, sin palabras. Todas las demás palabras que dirá después, en el Evangelio, nunca serán engañosas, promoverán la autonomía de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad y de todas nuestras capacidades humanas que, por su Encarnación, Jesucristo ha elevado a otro nivel.

Jesucristo convoca la sabiduría del mundo en el momento mismo de su nacimiento. El mensaje que recibimos de esta especie de segunda escena del Belén es que en Él tenemos a alguien mayor que nadie. Un niño que todavía no habla es adorado con los presentes que significan su condición única: mirra por el hombre, oro por el rey, incienso por el Dios. En las personas de los sabios o reyes, o reyes magos, se ha querido representar siempre la diversidad. El desarrollo popular del relato del Evangelio de hoy ha acentuado aún más la diversidad de los magos. Sólo se nos decía que venían de Oriente y en cambio siempre representamos uno negro, que no es precisamente la raza de Oriente.

La imaginación, por tanto, no sólo los ha hecho sabios y generosos, sino que también los ha hecho distintos. ¿Qué les une? La llamada de Jesucristo que les espera. ¿No tenemos aquí un mensaje bonito para el mundo de hoy, un mensaje muy propio de la fiesta de la Epifanía? ¿Si el cristianismo pudiera seguir haciendo como Jesús en el Belén, desde una apariencia humilde, convocar la sabiduría diversa del mundo para procurar la mejora de las relaciones humanas? Qué continuidad más maravillosa a la adoración de los Reyes si todo el mundo le ofreciera lo que tiene para el bien de la humanidad. La llamada de la Epifanía a ofrecer los dones al salvador es tan universal que la imagino incluso incluyendo a los no cristianos pero que pueden reconocer en este bebé adorado, alguien que genera una dinámica positiva de apoderamiento de las personas en la riqueza de su diversidad y por el bien de la humanidad.

En la felicitación de Navidad de nuestra comunidad, hemos representado este año a la Epifanía. Jesús niño, sentado en el regazo de María que le pone una mano maternalmente sobre el hombro, bendice los dones que le presentan los reyes.

El efecto de nuestra donación sincera a Cristo es la bendición que recibiremos de Dios. “Hoy ya no os ofrecemos oro, incienso o mirra”, dirá la oración sobre las ofrendas, sino que ofrecemos el pan y el vino, para ser convertidos en el cuerpo y la sangre de Cristo, proclamando así nuestra fe en la ‘Encarnación y la Resurrección de Jesucristo. Por ellas, repetimos como en cada eucaristía, que Dios ha querido salvar a todos los hombres y todas las mujeres del mundo, y por eso, quiere seguir siendo proclamado y adorado por todos los pueblos de la tierra.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2024)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

«Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley».

Esta plenitud del tiempo y el envío de Cristo a la tierra fue el resultado de lo esperado y preparado en la tradición de Israel. Fue la culminación y la confirmación de que el Reino de Dios era posible.

La carta a los Gálatas también dice que por el nacimiento de Jesucristo nosotros obtenemos la condición de hijos. En las lecturas y oraciones de este tiempo, encontramos sin cesar la idea de que Navidad tiene un efecto claro para nosotros. Somos hijos y herederos de Dios y lo somos a imagen de Jesucristo. Esto significa que nuestra vida como la de él tendrá un sentido pleno cuando nos comprometamos con Dios en la construcción de su Reino.

Quisiera fijarme hoy en el salmo sesenta y seis que hemos cantado entre la primera y la segunda lectura. Es un salmo que habla de la presencia del Reino de Dios en la tierra. Muchos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, el pueblo esperaba e imaginaba. Esta tradición nos es necesaria para comprender plenamente la Navidad del Señor. Qué nos dice el salmo de hoy sobre esta nueva dimensión donde Dios será finalmente Dios.

Sus versículos van desarrollando distintos aspectos:

“Que Dios tenga piedad y nos bendiga”:

Un reino es una nueva situación. La misericordia de Dios marca el inicio de este Reino. Si no empezamos por reconocer que somos limitados y que necesitamos el perdón de Dios, no daremos ni el primer paso.

El Reino de Dios es un tiempo y un estado de bendición, hoy quizá lo llamaríamos de progreso ampliamente entendido. Aparte de perdonarnos, también necesitamos que Dios nos ayude, y lo haga para todos. El Reino debe ser armónico. Bendecir significa “hacer grande”. Pedimos a Dios que haga grande armónicamente su Reino.

El salmo también tiene la frase repetida a menudo en el AT:

«Ilumine su rostro sobre nosotros»

La liturgia de estos días nos ha hablado a menudo de la luz. En el Credo decimos que Jesucristo es luz resplandor de la luz. La expresión «Ilumine su rostro sobre nosotros» nos habla de nuestra relación personal con Dios.

Es en el fondo una frase navideña. En la versión original hebrea la frase dice que «Dios ilumine su rostro sobre nosotros», O que Dios nos muestre su cara, o incluso que Dios revele su cara, en la versión griega utiliza el verbo «epifanía”, lo mismo que dará nombre a la próxima fiesta de la Epifanía o de Reyes.

¿Qué es Navidad, sino que Dios se ha dado a conocer? Me parece bonito que la liturgia de la Palabra extienda esta manifestación de Dios a los sentidos: Dios ha hablado, Dios ha mostrado o nos hace ver la claridad de su mirada. La oreja y la vista participan de la buena nueva, la inteligencia también.

Este versículo nos abre a la idea de que el Reino de Dios es un reino interior. Todas sus dimensiones como todos los aspectos humanos quedan fortalecidos por la fe.

El Reino tiene una parte íntima, espiritual, mística me atrevería a decir, y espero que nadie se asuste, ya que místico sólo significa la posibilidad de comunicarnos con Dios y esto es un don del Espíritu Santo para todos los bautizados. Dios ilumina su rostro sobre nosotros para que seamos capaces de ver la claridad de su mirada. Es decir, entrar en una profunda, fructífera y salvadora relación personal con Él. Es necesaria una respuesta de nuestra parte a tanta gracia, a poder seguir los caminos de comunión que nos ha vuelto a abrir Jesucristo. Al final uno de los sentidos de nuestra vida, no sólo la de los monjes, es alabar a Dios y poder repetir con el salmo.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Lo han entendido todos los santos, que nunca han olvidado, a pesar de su fecundidad apostólica, que era necesaria la oración y la relación personal y espiritual con Dios.

El salmo todavía dice:

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

La bendición de Dios debe ser armónica porque nuestro Dios es social. Siempre incorpora a los demás a su proyecto. Por eso decimos que el Reino de Dios está con «nosotros». La lectura en los Gálatas habla con la segunda persona del plural. La armonización de los bienes y derechos de la tierra, de la que os hablaba, es el estado que se construye sobre la justicia, la rectitud, el dejarse guiar por Dios: la Paz que Dios desea desde siempre sobre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Estos días de fin de año, son muy indicados para encomendar a Dios tantas y tantas cosas que nos funcionan, para hacernos conscientes. Para pensar en qué podemos hacer para mejorarlas, para no empeorarlas. Para quejarnos si es necesario.

Y Dios no incorpora sólo «a los demás», sino que incorpora «a todos los demás». Un monje de nuestra comunidad ya difunto que puso un título a cada salmo que resumía su contenido, llamó a este salmo sesenta y seis: “catolicismo”, porque contempla que Dios es para todos.

Conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Dios envió a su Hijo a la tierra para que nosotros obtuviéramos la condición de hijos. Lo envió bajo la Ley, en continuidad con la tradición de su pueblo, en la esperanza de que se cumpliera todo lo que dice este salmo.

Al hacernos hijos, nos introdujo en la esperanza radical que desea el Reino de Dios y no nos ha colocado de forma pasiva, sino como colaboradores activos.

El día de hoy, día de Año Nuevo, es un día de deseos. Me cuesta imaginar un mejor deseo que recuperar la esperanza del Reino de Dios, tal y como nos la desea el salmo sesenta seis. Jesucristo en el mundo haciéndonos hijos de Dios a su imagen debería ser el motor de nuestra conversión definitiva y nuestra energía para construir el Reino.

El coral final de la parte del oratorio de Navidad que Johann Sebastian Bach dedicó al día de Año Nuevo dice,

Jesu richte mein Beginnen,
Jesu bleibte stets bei mir,
Jesu zäumte mir die Sinnen,
Jesu sei nur mein Begier,
Jesu sei mir in Gedanken,
Jesu, lasse mich nicht wanken!

Jesús, guía mi empresa,
Jesús, ¡quédate siempre conmigo!
(Jesús, frenad mis sentidos,)
Jesús, sed mi único deseo,
Jesús, sed en mi pensamiento
Jesús, no me dejes flaquear.

Que, con estos deseos, podamos adentrarnos en este año 2024, pidiendo por intercesión de Santa María, la Paz y el Bienestar, la bendición y la misericordia, con una esperanza que no desfallece porque está fundamentada en la fe y recibe la recompensa de ver los frutos de la caridad que ejercemos para con nuestros hermanos y hermanas, especialmente los más necesitados.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Fiesta de la Sagrada Familia (31 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Emili Solano, monjo de Montserrat (31 de diciembre de 2023)

Génesis 15:1-6; 21:1-3 / Hebreos 11:8.11-12.17-19 / Lucas 2:22-40

 

Hermanos. Este domingo, que sigue al día de Navidad, celebramos con alegría la Sagrada Familia de Nazaret. Hace algo más de un siglo que el Papa León XIII instituyó la fiesta de la Sagrada Familia, con el fin de que los creyentes pudiéramos contemplar un modelo evangélico de vida, al tiempo que encomendarnos a su protección.

La Navidad es no es sólo la Fiesta de Dios que se hace hombre. Es también la fiesta de la familia. Porque es en el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Nos lo decía el evangelio de hoy: El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

El Mesías quiso empezar su labor redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Por tanto, a nosotros nos ayudará a santificarnos la vida familiar. Nada pasa de extraordinario en los años de Nazaret, donde Jesús pasó la mayor parte de su vida. Tuvo a la Virgen María como madre. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Y san José le hizo de padre. Un padre carpintero, que inició al hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Un hijo que crecía en amor y sabiduría ante los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a los padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

La familia de Nazaret es feliz porque ha puesto a Dios en el centro. Como dice el salmista: “¡Feliz tú, fiel del Señor, que vives siguiendo sus caminos!”. Poner a Dios en el centro de la familia, nunca va en detrimento de sí misma ni de sus componentes. Cuanto más abramos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor podemos amar a nuestros seres cercanos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice a la familia y nosotros podemos adentrarnos en su amor a través de nuestras familias.

San Pablo nos ayuda a reconocer el amor que debe darse en la familia: es un amor recíproco, entregado, respetuoso, e incluye necesariamente el perdón. Este amor es el enlace que mantiene unido a los esposos y a la familia, más allá de todas las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y las penas; ese amor busca siempre el bien del otro; ese amor es el antídoto de todo amor falso, de los egoísmos, del aislamiento, de la soledad; este amor preserva a la familia de la desintegración.

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, para la vertebración de la sociedad y para el futuro de la humanidad. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la propia sociedad la que enferma.

Si la veneración a los santos, centrada durante los primeros siglos en los mártires, ha servido siempre para ser conscientes de que es posible vivir de cara a Dios, la meditación en torno a la familia de Nazaret sitúa al entorno familiar como el modelo de la santidad vivida con la ayuda de los demás.

¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en nuestra oración de hoy, mientras contemplamos a Jesús, María y José en la fiesta que les dedica la Iglesia.

 

Abadia de MontserratFiesta de la Sagrada Familia (31 de diciembre de 2023)