Domingo VI del tiempo ordinario (11 febrero 2024)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (11 de febrero de 2024)

Levítico 13:1-2.45-46 / 1 Corintios 10:31-11:1 / Marcos 1:40-45

 

El relato de la curación del leproso que nos acaba de ser proclamado es un buen resumen de toda la historia de la salvación: el hombre se acerca a Dios, ambos dialogan, y Dios lo salva. Y dentro de este relato Jesús es quien lleva esta historia a la plenitud: si la ley de Moisés prohibía acercarse a los leprosos y los marginaba —como hemos escuchado en la primera lectura, Jesús hace todo lo contrario: los acoge y cura. Porque Dios no puede hacer otra cosa que amar a todas y cada una de sus criaturas, y no puede dejarlo al margen por muchas connotaciones negativas que tenga el mal que sufran o que hayan hecho. El poder de Jesús sobre la enfermedad, pues, no es sino un signo de su mesianidad: Jesús es el verdadero médico de toda la humanidad, el único que es capaz de salvarla y devolverle la plenitud que había perdido. Y no sólo eso: el leproso era un excluido de la sociedad, un marginado que debía vivir fuera del poblado por una circunstancia que él no había elegido; y con su curación Jesús lo reintegra dentro de la comunidad de creyentes, mostrando así la voluntad de Dios de acoger a todos. Jesús nos dice que, a pesar de nuestros males y defectos, Dios nos ama y quiere a todos por igual. Y esto es un gran consuelo; y lo fue también para el pobre leproso; un consuelo tan grande, que le faltó tiempo para esparcir por todas partes la llamada de Jesús. Y como también hemos oído en la historia, hubo tanta gente que quería ir a verle que debía quedarse fuera de las poblaciones.

Este gentío que se movió para ir a ver y encontrar a Jesús hoy somos nosotros, quienes esta mañana nos hemos levantado y hemos salido de casa para venir a esta celebración. Este encuentro del leproso con Jesús, ese paso de Jesús por la vida de aquel enfermo, es para nosotros la celebración litúrgica, la Misa de cada domingo. Aquí es donde nosotros, cada uno con sus penas y dificultades, nos encontramos con Jesús, hablamos con él y le decimos: «Señor, si lo desea… [nos puede escuchar, nos puede curar], nos puede purificar». Porque todos tenemos necesidad de algo, todos sufrimos algún daño físico o moral, todos tenemos la necesidad de escuchar su palabra. La Misa es ese lugar donde Jesús se nos acerca y nos toca —de hecho, entra en nuestro interior, y desde dentro nos transforma, nos cura, y nos consuela. Y éste es el lugar del que deberíamos salir llenos de alegría por el hecho de haber encontrado una palabra que marca un antes y un después en nuestras vidas.

Porque, por buena voluntad que tengamos, por muy bien que queramos hacerlo todo, el mal siempre habrá hecho algo en nosotros. Por mucho que nos esforcemos siempre habrá alguna situación de la que no podemos salir solos, y necesitamos la ayuda de Dios. Y la «lepra» de la que nos hablaba el evangelio no es una enfermedad concreta, sino que es una metáfora del pecado que todos cometemos en un grado u otro, cuando nos apartamos de Dios. Porque nuestra salvación no puede depender de la enfermedad que cada uno pueda sufrir: Jesús siempre está dispuesto a decirnos una palabra que nos ayude y cure este pecado, si tenemos el corazón abierto y estamos bien dispuestos. Con la curación del leproso, además, Jesús también nos dice cómo debemos actuar nosotros, y nos da unas pistas para nuestras vidas. Como el leproso, nosotros también podemos acudir a Jesús con fe cuando tenemos alguna necesidad. Como Jesús, tampoco a nosotros debería darnos ninguna pereza acercarnos y dialogar con los más marginados o los más estigmatizados. Y tampoco nosotros deberíamos hacer ninguna diferencia con quienes más nos cuesta, o con aquellos que se sienten apartados de la sociedad; con nadie: porque todo el mundo es un hijo amado de Dios por mucho que nos cueste el trato con algunas personas.

Acercándonos a Jesús, dialogando con ellos y dejando que él nos transforme, también nosotros resumimos la historia de la salvación. Y la llevamos a plenitud si después hacemos lo mismo con los demás: dialogando, acogiendo, y dando una buena palabra sentiremos esa alegría incontenible que sintió el leproso, que no pudo dejar de proclamar por todas partes lo que había vivido. El evangelio de hoy nos ha enseñado que el Reino de Dios no es un premio para los buenos sino un lugar en el que todos estamos llamados; el Señor nos quiere a todos, aunque tengamos nuestros defectos. ¿Seremos nosotros, quienes excluimos a alguien? Que esta Eucaristía dé un nuevo impulso a nuestra vida como creyentes, y nos ayude a acercarnos a todos y comunicar con alegría la buena nueva del evangelio.

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (11 febrero 2024)

Domingo V del tiempo ordinario (4 febrero 2024)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (4 de febrero de 2024)

Job 7:1-4.6-7 / 1 Corintios 9:16-19.22-23 / Marcos 1:29-39

 

Estimados hermanos y hermanas,

El fragmento evangélico que nos ha proclamado el diácono tiene, entre otros, dos temas de fondo. Por un lado, el tema del mal y del sufrimiento que provoca la enfermedad, y por otro lado nos presenta el esquema de cómo serían las jornadas de Jesús, subrayando no tanto las actividades que llevaba a cabo, sino fijándose en el contenido y el significado de sus acciones y de su vivir.

En lo que se refiere al primer tema, nos damos cuenta de que una de las experiencias más desconcertantes de la vida humana es la del sufrimiento que a menudo se expresa a través de la enfermedad. El misterio del dolor que provoca parece que eche por tierra cualquier sentido que se le quiera dar a la existencia y más bien lo que pone de manifiesto es un vacío que rasga el alma y a veces la vida misma. Ésta es la experiencia que hizo Job y que expresaba a sus amigos diciéndoles: “Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha”. Desgraciadamente son muchos los que podrían o podríamos identificarnos con estas palabras ya que son tantos los que viven situaciones similares.

Si en el siglo XXI un dolor de muelas nos puede dejar muy tocados, es fácil imaginar las situaciones que debían vivir quienes estaban enfermos en tiempos de Jesús donde el conocimiento sobre las patologías era muy limitado al igual que los posibles remedios o medicamentos para curarlas. Sólo hace falta recordar el relato que nos reporta el mismo evangelista san Marcos (4, 25-30) de aquella mujer que tenía pérdidas de sangre desde hacía doce años y que “había sufrido mucho en manos de médicos, y se allí había gastado todo lo que tenía, pero no había obtenido mejora alguna, sino que iba de mal en peor”.

Leyendo y releyendo los textos proclamados me doy cuenta de que nos aportan una luz que nos permite situar el verdadero centro de la cuestión. Un monje de nuestra comunidad, fallecido hace ya unos años, decía que el mal y el sufrimiento no existen, sino que lo que existen son hombres y mujeres, pequeños o mayores, que sufren. Es por tanto el hombre y la mujer enfermos que son objeto de la curación por parte de Jesús que entiende su vida como una misión al servicio de la vida, de la salud, de la esperanza, del bien de toda persona.

Lo que acabo de decir lo encontramos expresado en la ida de Jesús en la casa de Simón donde se encontró con la suegra de Pedro que estaba en la cama. No sé si os habéis fijado, imagino que sí, en un detalle que podría pasarnos desapercibido: la cogió de la mano y la levantó; se le pasó la fiebre y se puso a servirles, es decir, la mano de Jesús la hizo apta de nuevo para el servicio.

Los evangelistas remarcan de manera particular los gestos que Jesús tenía hacia los enfermos y los necesitados, es decir, hacia quienes sufrían. En varias ocasiones la mano se convierte en la protagonista bien tocando, imponiendo las manos, bendiciendo.

Por eso, los cristianos podemos decir sin lugar a dudas que Jesús es la mano que Dios alarga a toda persona necesitada de fuerza, de apoyo, de compañía, de consuelo, de protección, … Nosotros, por nuestra parte, debemos preguntamos ¿qué hacemos de nuestras manos? ¿cómo las utilizamos? ¿a quién ayudamos? ¿Expresan la proximidad de Dios por quienes padecen cualquier tipo de enfermedad?

El segundo tema que nos ofrece el evangelio de este domingo nos explica lo que hoy llamaríamos la “jornada tipo” de la vida y de la actividad de Jesús. Con tres cuadros muy breves y muy rápidos llenos de dinamismo por los verbos que los construyen, san Marcos, dibuja los rasgos del rostro de Jesús, es decir, un hombre que cura, que reza y anuncia. Durante toda la jornada hasta la puesta del sol Jesús es un donador de vida convirtiéndose así en memoria de Dios para los hombres y mujeres de su tiempo y también del nuestro, evidentemente. Durante la noche y el amanecer Jesús es el hombre de la búsqueda de Dios y es la memoria de los hombres para Dios.

En el texto de hoy encontramos todavía toda una serie de verbos que confieren al relato un dinamismo: saliendo, se fue, dio, la levantó, curó… Todo ese dinamismo que marcaba su día a día donde era buscado por una multitud de gente que buscaba curación tiene su momento álgido cuando por la mañana, cuando todavía estaba oscuro, se levantó, se fue a un lugar solitario y se quedó orando. La oración es el mayor milagro del Hijo de Dios, que en la soledad de la noche o del amanecer dialoga con el Padre del cielo, se encuentra a sí mismo y encuentra la acogida en el corazón del Padre, como Hijo eterno amado desde siempre. Si Jesús actúa así significa que estos momentos de intimidad con Dios son fundamentales e irrenunciables en la vida de sus seguidores. Sólo la oración hace que haya equilibrio incluso en medio del sufrimiento, ya que la oración es el espacio donde se convierte en el milagro cotidiano de sabernos queridos por Dios, porque somos mucho más importantes que todas nuestras llagas y enfermedades.

Simón y sus compañeros viendo que no estaba en casa, salieron a buscarlo y para su sorpresa Jesús les dice: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”, es decir, de la oración ha sacado la fuerza para ir siempre más allá hacia los lugares que necesitan manos que ayuden a levantarse. Por eso Jesús hoy sigue yendo a otros lugares, también donde estamos cada uno de nosotros y si estamos atentos nos daremos cuenta de que su Palabra, como la que hoy hemos escuchado, es la mano que necesitamos para continuar el camino. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (4 febrero 2024)

Domingo IV del tiempo ordinario (28 enero 2024)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (28 de enero de 2024)

Deuteronomio 18:5-20 / 1 Corintios 7:32-35 / Marcos 1:21-28

 

Todos podemos recordar, queridos hermanos y hermanas, el día de la Epifanía cuando el diácono, después de cantar el evangelio, anunciando las fiestas del año litúrgico, nos decía: La gloria del Señor se ha manifestado en Belén y continuará manifestándose entre nosotros… Pues bien, hoy, san Marcos, en este pequeño fragmento de su evangelio nos ha mostrado lo esencial de esta manifestación: El anuncio de la Buena Nueva de Dios que en la encarnación del su Hijo se convierte en salvación, y la redención que supone la liberación del espíritu maligno y la efusión del Espíritu Santo en nuestros corazones. Todo esto concentrado en esta escena que pone de relieve la autoridad de Jesús.

El poder de Jesús para expulsar el espíritu maligno está en su palabra, pero también en la forma en que escuchamos esta palabra, no sólo como la oímos. Oírla es una acción puramente accidental, escucharla pide una conciencia y una voluntad de comprenderla de forma vinculante. Si nos fijamos bien, hace poco, en la proclamación del evangelio, cuando el diácono al terminar la lectura ha cantado: Palabra del Señor, hemos respondido Gloria a Ti, Señor Jesús, es decir: hemos asentido con gozo a su mensaje con el gozo de haber recibido una palabra de vida. Alabanza a ti. Y esta alabanza no puede ser otra que nuestro vivir y actuar en Cristo.

La gente que escuchaba a Jesús estaba admirada de su doctrina, sorprendida ante el poder de Jesús sobre el mal, de su capacidad de pacificar los corazones y de devolverlos a Dios.

Admiración y asombro, dos actos de una misma realidad interior fruto de escuchar desde el fondo del corazón. La admiración del espíritu surge de la ponderación de la obra salvadora de Dios, de la contemplación de un amor que ha llegado, por nosotros, hasta el extremo de dar su vida para que no perdamos la nuestra. La salvación estaba anunciada por los profetas, pero la realidad en la que se ha concretado ha sido del todo inesperada, ha cogido por sorpresa, hasta los más entendidos y, a nosotros, si lo pensamos bien, nos hace sentir como inmersos y abrazados por éste amor. Es desde esta actitud de sorpresa y admiración que debemos escuchar el evangelio, es desde esta experiencia de agradecimiento que hay que obedecer la palabra de Dios en lo concreto de nuestra vida con la seguridad de que nos será liberación a pesar de que nos pueda provocar en alguna ocasión violencia interior como la que sufrió ese hombre de la sinagoga de Cafar-Naüm.

La condición divina de Jesús que se vislumbra en la fuerza de los milagros, en el evangelio de san Marcos queda como escondida en el secreto Mesiánico impuesto por el mismo Jesús: calla y sal de él, le dice Jesús al espíritu maligno que atormentada aquel hombre.

El secreto del Mesías que no será manifiesto hasta su pasión, muerte y resurrección, no es sólo el secreto de su filiación divina es también el secreto de nuestra condición de bautizados, de hijos de Dios en Él. Esto es a la vez sorprendente y admirable, nos es un gozo y una idéntica misión, un proyecto estimulante de vida, que nos pide interiorizar la belleza y la fuerza del evangelio y comunicarlas desde la autoridad de una vida coherente que debe ser humilde en la verdad, cercana en las fragilidades humanas, firme ante el mal y fuerte en el amor a todo el mundo como pedíamos en la oración inicial de esta eucaristía.

Ojalá que, como cantábamos en el salmo responsorial, en este año litúrgico que va avanzando, escucháramos su voz y nos sintiéramos, como en el juego de los «barcos» de cuando éramos pequeños, «tocados y hundidos» por su amor firme e incondicional.

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (28 enero 2024)

Domingo III del tiempo ordinario (21 enero 2024)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (21 de enero de 2024)

Jonás 3:1-5.10 / 1 Corintios 7:29-31 / Marcos 1:14-20

 

Estimados hermanos y hermanas: Estamos en los domingos del tiempo ordinario, en los pocos domingos que trascurren entre Navidad y la Cuaresma, que si Dios quiere empezará el miércoles de Ceniza el 14 de febrero.

Hoy, el Evangelio que hemos escuchado según san Marcos, debemos situarlo en su lugar geográfico concreto, en la gran depresión del río Jordán, concretamente en el lago natural de Tiberíades conocido como mar de Galilea; famoso por sus repentinos giros de mala mar y mar lisa, una vez san Juan Bautista había sido encarcelado por Herodes. Ahora en la actualidad, un pequeño monasterio Griego Ortodoxo, con cúpulas rojizas, quiere recordar la playa pedregosa, de tierra negra, la llamada de los primeros discípulos de Jesús de Nazaret.

Al pasar junto al lago, el Maestro, comienza su manifestación, su misión. Jesús bordea su orilla y ve a dos hermanos, Simón-Pedro y Andrés, que estaban echando las redes, Él personalmente les llama: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Más allá vio a otros dos hermanos, Santiago y Joan, que ya tenían una barca en propiedad de su familia, reparando las grandes redes. Ambos jóvenes, dejando deprisa a su padre Zebedeo y los jornaleros de su casa, siguen rápidamente la Voz, la Vocación el (Vocare) del Maestro. Encontrarse con Cristo que se acerca: empieza a cambiar todo tu entorno. Ellos han dado este paso y han experimentado el abrazo de Amor transformador de Dios. Jesús no les prometió nada, no les aseguró una vida tranquila, una casa o dinero, ¡No! Simplemente los Llamó y Ellos, libremente respondieron: ¡Aquí estoy, Dios Mío! ¡Estoy aquí! (¡Conversión, Llamamiento y Seguimiento!).

Todos estamos llamados a seguir a Cristo en los múltiples Lagos y Lagunas de nuestra pequeña vida humana. Pero… ¿en qué laguna, o en qué humedal, de nuestra existencia estamos situados ahora? ¿Dentro del pantano de mi Yo personal, de mi egoísmo interior, que no deja oír el rumor de la brisa suave, de la voz del Señor que nos llama hoy personalmente? Ahora necesitamos dejar la barca o la (Banca o la Caixa) de nuestras comodidades, arrastrada muchas veces por nuestra fuerte marejada sistemática. Necesitamos un golpe de mar fuerte, de olas altas, para despabilarnos en el pequeño barco inestable de nuestra vida y reconocer que Jesús es el puerto, la dársena de salvación para todos nosotros. Vivimos enredados en nuestras propias redes sociales y ahora Cristo nos invita a escucharle en una frecuencia, en un Chat diferente, para sentirlo interiormente. Jesús nos invita a abrir una nueva ventana, una nueva pantalla, de nuestra red social para seguir sus huellas marcadas en la playa donde cada pequeño granito de arena, blanca o negra, es una persona humana única, específica y singular. El Pescador de Hombres nos quiere, repescar con su Anzuelo de Amor infinito, sólo falta nuestra respuesta, hace falta remar firmes, sincronizados para seguirlo; Jesús siempre nos deja una total libertad para acompañarle. Nosotros, simplemente, necesitamos escogerlo y ser buenos discípulos, Apóstoles, seguidores de la buena nueva hoy, aquí y ahora.

Se suele decir que, escoger es renunciar y con mucha frecuencia debemos elegir entre dos cosas buenas; necesitamos sopesar siempre los pros y los contras para así determinarnos y escoger una. Escuchar, escoger y discernir es un trabajo que debemos hacer constante y diariamente en nuestra vida cotidiana. Pero… ¡rectificar siempre es de sabios!

La conversión es siempre una invitación, una llamada a darnos la vuelta hacia Dios. No se trata sólo de convertirse en buenas personas de golpe, ¡no! sino, de volver a ese Yo, que es bueno, dentro de nosotros mismos. Por eso, la conversión nunca es triste, es simplemente, el redescubrimiento de la verdadera alegría interior de todo corazón humano. Convertirse es sencillamente: Dar un vaso de agua o hablar con esa persona mayor del rellano de casa. Estar disponible en todo. Para decir: ¿Buenos días, Buenas noches? Consolar y especialmente escuchar a quienes lloran o sufren. Compasivos, con quienes pasan: “Hambre, dolor o guerra”. Pacificadores, en todo momento de nuestra vida. Limpios de corazón, para decir siempre una palabra adecuada de: “Alegría, de amor y de paz”. Y sobre todo sacarnos de la cara esa visión fría, esa mirada de pocos amigos, de rostro serio y tenso, que pide siempre cierta distancia. Vivir con respeto y caridad para todos, y no sólo para tus amistades.

Jesús, quiere apóstoles, quiere testigos de su Amor. No quiere sabios, ni poderosos ni entendidos. Él quiere simplemente, una respuesta positiva y concreta para realizar una conversión total de tu vida, un revestirse de Él mismo y seguirlo.

El 14 de febrero el Miércoles de Ceniza, el celebrante impondrá la ceniza sobre nuestra cabeza diciendo las mismas palabras del Evangelio de hoy: “Convertiros y creed en la Buena Nueva del Evangelio”. Que así sea. Amén.

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (21 enero 2024)

Domingo II del tiempo ordinario (14 de enero de 2024)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (14 de enero de 2024)

1 Samuel 3:3b-10.19 / 1 Corintios 6:13b-15a.17-20 / Juan 1:35-42

 

Después del Ciclo de Navidad, retomamos hoy los domingos del tiempo ordinario, en el que iremos siguiendo los inicios del ministerio público de Jesús, hasta llegar al tiempo de Cuaresma.

Las lecturas de hoy son una llamada de Dios a cada uno de nosotros. El joven Samuel, acogió esta llamada, respondió y se convirtió en un profeta de Dios. Una llamada -nos dirá san Pablo- a una vida nueva, que nos transforma íntegramente y que es vida de intimidad con Jesús. Como Andrés y Juan, también nosotros estamos llamados a conocer y amar a Jesús, a dar cumplimiento y respuesta a esta llamada que forma parte de nuestro itinerario personal, de nuestro camino de búsqueda de Dios.

“¿Qué buscáis?” Son las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de Juan, dirigidas a los dos discípulos del Bautista. No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura como la nuestra, que parece preocuparse sólo de las necesidades más primarias y llenarlas con medios efímeros, olvidando a menudo las finalidades, sin dar una respuesta satisfactoria a las cuestiones más decisivas de la vida…

¿Qué es lo que buscamos exactamente? Para algunos, la vida es «un gran supermercado» (D. Sölle) y lo único que les interesa es adquirir objetos para “llenar” un poco su existencia. Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Otros ya no pueden más y lo que quieren es que se les deje solos; olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.

La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ir cumpliendo nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, liberación, felicidad y plenitud? En el fondo, ¿no caminamos buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación? ¿algo más de lo que podemos esperar de ningún proyecto político o social?

Se dice que el hombre contemporáneo ha olvidado a Dios. Pero lo cierto es que, cuando un ser humano se interroga con algo de honradez, no le es fácil borrar del corazón «la nostalgia de Dios». Lo honrado que podemos hacer como seres humanos es «buscar». No cerrar ninguna puerta. No rechazar ninguna llamada. Buscar a Dios, hasta el límite de nuestras fuerzas y de nuestra fe, quizás incluso desde la vivencia del absurdo, la angustia o el desánimo.

Dios no juega a “hecho y esconder” ni se esconde de quien lo busca honradamente. Dios ya está en el interior mismo de esta búsqueda y es Él el primero quien se acerca a nosotros. Hay que hacer memoria aquí de la gran intuición agustiniana: el anhelo más profundamente humano acaba encontrando a Dios, que se manifiesta como alguien más íntimo que la propia intimidad.

Encontrar a Jesús cambia la vida de la persona, cambia la vida de Andrés, el hermano de Simón Pedro, porque el deseo de Dios es mucho más preciado que ninguna otra cosa. Cambia la vida de Simón y también puede cambiar la nuestra si nos acercamos a él sinceramente y deseamos compartir su intimidad. Jesús miró a Simón y le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Quefas, que quiere decir Piedra».

Jesús nos mira hoy también, a cada uno de nosotros que le buscamos por los caminos no siempre fáciles de la fe. Lo esencial en la vida cristiana es dejarse mirar por Jesús, ir y ver dónde se aloja, estar con Él y anunciar lo que hemos visto y oído como un don de experiencia personal. Es el camino y el proceso que han seguido los discípulos y los santos y también el nuestro.

Esto, naturalmente nos invita a reflejar cómo nosotros, como discípulos de Cristo, tenemos las puertas abiertas para que todo el mundo pueda “venir y ver” cómo vivimos; dando razón de nuestra fe y de nuestra esperanza; compartiendo y dando a conocer nuestro testimonio de vida; ofreciendo con sencillez nuestra experiencia cristiana a aquellos que no conocen a Cristo o bien tienen un mismo anhelo de paz y de justicia o aquellos que buscan algo más que una vida que no va más allá de un horizonte materialista y consumista.

¿Qué queréis? ¿Qué buscáis? pregunta Jesús a Andrés y al otro discípulo. También a nosotros nos invita a su casa y nos dice “Venid y veréis”. Como los discípulos también podremos reconocer en Él el cumplimiento de nuestros anhelos y esperanzas y como en cada eucaristía somos invitados a compartir su palabra y su alimento de Vida para que la vivamos en abundancia y la demos a conocer a los demás.

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (14 de enero de 2024)

Solemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Anton Gordillo, monje de Montserrat (26 de noviembre de 2023)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 23:14-301-12

 

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Estimados hermanos y hermanas:

Hoy, justo cuando termina el año litúrgico, recapitulamos todo el año celebrando la fiesta de Cristo Rey. Hoy es un día para darnos cuenta de que Jesucristo, nuestro Señor, es el máximo gobernante de todas las cosas, de todo el mundo, de todo el universo. Dios no es el propietario de unas acciones en una empresa y que sólo espera los beneficios a finales de año. No, Dios gobierna y cuida todo lo creado. Porque, hermanos y hermanas, nos ha creado para que al final seamos felices en Dios, y no nos ha abandonado en un mundo inhóspito, aunque a veces lo parezca con tantas guerras y sufrimientos.

Tanto en la primera lectura, en el salmo responsorial y en la proclamación del Evangelio se nos muestra a Dios bajo la figura de pastor: un pastor que cuida de sus ovejas y las conoce por su nombre. Un pastor que busca la oveja que se ha perdido, la que está alejada, que cura a la que se ha hecho daño o puesto enferma. Un pastor que cuida de las fuertes y de las débiles, de toda raza y condición. Sí, hermanos y hermanas, también de las fuertes porque no son perfectas y todos tenemos nuestras debilidades. Las lecturas de hoy nos hablan de que no estamos abandonados en un mundo de caos o sin sentido, en un mundo que parece que sólo prospera el más fuerte o el más violento. No, tenemos un Dios/pastor que cuida de nosotros, que nos conoce, que está a nuestro lado, que cura nuestras heridas y nos ayuda en nuestras debilidades y carencias.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Jesucristo es Rey y Señor de todo, es el Juez supremo: en definitiva, es Dios y es digno de alabanza y de respeto. Y todo está sometido a Él, incluso la muerte. Tanto es así que la muerte no es el fin de todo, sino que Dios nos llama a una nueva vida con Él después de la muerte. Nos llama a la resurrección y a la vida eterna.

Y los textos nos hablan también de que al final hará justicia y separará a los buenos de los malos, a las ovejas de las cabras. Y el criterio que utilizará para juzgar si uno es oveja o cabra está en nuestra mirada hacia la necesidad. No bastan sólo las buenas palabras o las buenas intenciones. Hermanos y hermanas: No es indiferente que nosotros hagamos el bien o dejemos de hacerlo. Por eso, no podemos ser indiferentes a lo que ocurre a nuestro alrededor, encerrados en nosotros mismos, aislados e individualistas. Lo hemos oído proclamar en el evangelio de hoy (cf. Mateo 25:31-46): venid benditos de mi Padre, cuando yo tenía necesidad me disteis de comer, de beber, me acogisteis, vestisteis, visitaseis y vinisteis a verme en prisión. Se nos juzgará, por si nuestra mirada es capaz de consolar, de aligerar, de acoger (al igual que hace el pastor con las ovejas, si somos capaces de seguir el ejemplo de Jesucristo). Se nos juzgará por si somos capaces de amar a los demás, si somos capaces de intentar aliviar el sufrimiento de quienes nos rodean, de si somos capaces de intentar dejar el mundo un poco mejor de lo que lo hemos encontrado. Es necesario que pongamos nuestro grano de arena para cambiar el mundo en un mundo mejor. Se nos juzgará por si somos capaces de salir de nosotros mismos, si somos capaces de dejar de ser como hikikomori espirituales que rechazamos interactuar con otras personas, a quienes el miedo, la incertidumbre o la pereza que les impide salir de su parcela de confort.

Pero insisto, no estamos solos en esa empresa. Dios está a nuestro lado, es el buen pastor que cuida de nosotros, si no lo rechazamos, si no somos indiferentes a su amor. Jesucristo nos muestra el camino para ser felices, que no es otro que el de amar y servir a quienes tenemos al lado, especialmente a los más pobres y necesitados. Jesucristo intenta enseñarnos el camino del amor para que nosotros podamos amar a los demás, a los necesitados, a los pequeños de este mundo. Y así podremos vencer definitivamente a la muerte y ganar la vida en Dios. Porque hoy también celebramos que Jesucristo es nuestro Salvador: sufrió y murió por justicia, porque había que reparar de algún modo el mal que nosotros hemos hecho, hacemos y haremos; pero a la vez Jesucristo, resucitando, nos coge de la mano, nos mira a los ojos y nos dice: venid conmigo y ayudadme a cambiar el mundo, ayudando y acogiendo a los necesitados, a los pequeños y despreciados del mundo tal y como yo voy hacer.

Hermanos y hermanas: No es casualidad que sea Cristo crucificado quien preside nuestra asamblea, en esta magnífica talla colgada sobre el altar. Cristo, el mismo que está colgado en la cruz, Cristo sufrió, murió y resucitó por nosotros, por amor a nosotros, para enseñarnos el camino de salvación, de la vida eterna, que no es otro que el de amar: amar a Dios que es digno de alabanza y de agradecimiento, amar al prójimo, a todos aquellos que nos rodean como a nosotros mismos. El criterio del juez será si hemos sido capaces de amar con obras, no sólo de palabra; eso sí, cada uno según sus posibilidades y capacidades.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Cristo es el máximo gobernante. Pero lo hace de forma diferente, a través del camino del amor, a través del camino del servicio al prójimo. Y a menudo lo hace mediante el esfuerzo de tantas personas que trabajan por el bien de los demás, especialmente de aquellos más pobres, marginados y pequeños.

Ojalá que nuestra vida pueda concretarse en obras de servicio a los más necesitados. Y así, podremos cantar con el salmista: “el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar (…) Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,”. (Salmo 22:1-2a.5)

Que así sea.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Domingo XXXIII del tiempo ordinario (19 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monjo de Montserrat (19 de noviembre de 2023)

Proverbios 31:10-13.19-20.30-31 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 23:14-301-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

Nos encontramos a finales del año litúrgico y las lecturas nos invitan a hacer balance. En los evangelios de estos días encontramos las parábolas llamadas del juicio, todas ellas sacadas del capítulo 25 de Mateo: la parábola de las diez vírgenes que escuchamos la semana pasada, la parábola de los talentos que nos ha sido proclamado hoy y el gran retablo del juicio final que oiremos la próxima semana.

Estos son tres textos en los que Jesús nos quiere transmitir la seriedad de esta vida: nuestras elecciones de hoy comprometen nuestra eternidad. La parábola de las diez vírgenes nos dice que necesitamos una actitud de atención, de espera vigilante, como única manera sabia de vivir la fe. El gran retablo del juicio final nos muestra que lo que compromete a nuestra eternidad es la atención que damos a los más pequeños, a los más pobres, a los más heridos. Entre estos dos textos, está la parábola de talentos que nos sugiere qué actitudes deben guiar a nuestro corazón para tomar decisiones.

La parábola es bien conocida. Es de esas que quienes fuimos de pequeños a catequesis nunca hemos olvidado. Un amo sale de viaje y deja a sus sirvientes varios talentos para que los administren. A su regreso les pide cuentas, pero no todos han actuado con la misma diligencia. Los dos primeros los han invertido y han sacado beneficios. El tercero, miedoso, ha enterrado su talento y ahora se enfrenta a los reproches del amo.

La diferencia entre los dos tipos de administradores, no se mide tanto en si han obtenido beneficios o no, lo importante no es la cantidad de los dones o las ganancias, si no la actitud de confianza o de miedo ante la responsabilidad que les ha sido dada. El buen administrador se arriesga a realizar un mal negocio o no tener el beneficio previsto, pero trabaja con la confianza que su amo tiene en él. Quien esconde el talento retrata a la persona prisionera de una falsa imagen de Dios como juez riguroso que da miedo y no inspira confianza. Por eso se queda paralizado sin hacer nada positivo y perdiendo la oportunidad de usar en bien de los demás los talentos recibidos. Pero lo más grave, no es que no haya sabido sacar fruto del talento confiado, sino que cree que ha actuado correctamente. Este sirviente no sólo ha fracasado en su misión, sino en toda su vida.

Termina la parábola con el castigo al mal administrador. Éste es condenado sin haber hecho nada malo; simplemente por no haber hecho nada, por limitarse a conservar lo que le ha sido confiado. Jesús dedica unas palabras muy fuertes y cortantes a ese administrador que sólo sabe conservar. Son unas palabras difíciles de aceptar: “a todo aquel que tiene, le darán aún más, y tendrá a rebosar; pero al que no tiene, le tomarán hasta lo que le queda.” Parece exagerado, incluso injusto… pero atención, nos encontramos en una parábola, aquí no se trata de dinero ni de bienes materiales. Se trata de amor. ¿No es cierto que a menudo, cuando ayudamos a alguien, cuando hacemos un regalo, somos más felices, estamos más satisfechos, que cuando lo recibimos? El amor tiene esta paradoja, cuanto más damos, más tenemos. De esto trata el evangelio de hoy.

Jesús nos habla de ricos y pobres en amor y no de dinero. Nos habla de amar a Dios con obras y de verdad y no sólo de palabra. Nos habla del seguimiento de Jesús y de tomar cada día su cruz y no sólo saber teología. Es decir, de nada nos servirá conocer bien el evangelio si éste no nos transforma y lo sabemos hacer vida en nuestro quehacer cotidiano.

Hacer que nuestros talentos den fruto es afrontar el riesgo del amor, es amar a nuestros enemigos, es perdonar a aquellos que nos ofenden constantemente, es invitar a la mesa a aquellos que nunca nos lo podrán devolver.

Abrir las manos a los pobres, alargarla a los necesitados, como dice en el libro de los Proverbios, es invertir en eternidad o, como decía Santa Teresa de Lisieux, es “tocar el banco del Amor”. Porque llegará un día, y todos lo sabemos, que seremos juzgados, sí, pero seremos juzgados en el amor; de todo lo que hemos hecho, y también de lo que hemos dejado de hacer.

Hermanos y hermanas, Jesús nos invita a cambiar de mentalidad: del temor paralizante y la obediencia mezquina, a la perspectiva del amor liberador y la confianza creativa. La verdadera naturaleza de la relación entre Dios y la persona es el amor. El discípulo de Jesús, los cristianos, debemos actuar siempre en la lógica del amor y traducir el mensaje evangélico en actos concretos, generosos y atrevidos.

La parábola de hoy es una llamada de atención a no encerrarse en uno mismo, sino a ir hacia el otro; a no refugiarse en una fe estática, sino a trabajarla y hacerla crecer. Cada uno recibe los dones que recibe. Dios es libre y asombroso en sus decisiones. Pero lo que cuenta es la actitud de nuestra respuesta. El Reino de Dios es iniciativa de Dios, sí, pero es también fruto de nuestra colaboración.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIII del tiempo ordinario (19 de noviembre de 2023)

Domingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo de Tortosa (12 de noviembre de 2023)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-23

 

Querido P. Abat Manel; querida comunidad de monjes benedictinos; escolanes que embellecen el culto con sus melodías que hacen que nuestra oración brote espontánea al Señor; sacerdotes y fieles de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta de la diócesis de Tortosa que este fin de semana estamos aquí en romería; peregrinos y fieles que llenamos este templo, también quienes siguen esta celebración a través de los medios de comunicación social; hermanas y hermanos todos en el Señor:

Hoy y los próximos dos domingos, últimos del año litúrgico, proclamamos el capítulo 25 del evangelio según San Mateo, en el que Jesús, con diversas parábolas y comparaciones nos habla de su segunda venida: como un ladrón, como el dueño de la casa o un rey que se ha ido lejos y regresa… La comparación que utiliza hoy es hermosa: debemos esperarlo como el esposo que llega a la fiesta de su boda. Es, por tanto, una espera gozosa, porque anhelamos celebrar para siempre la fiesta de su amor sin límites, su amor hasta el extremo.

Hemos escuchado que diez chicas «salieron con antorchas a recibir al esposo». Nuestra vida es una llamada constante a “salir”: salir del seno materno, salir de la casa donde nacimos, salir de la infancia a la juventud y de la juventud a la edad adulta, y así hasta que saldremos definitivamente de este mundo. Lo pienso y lo medito hoy, emocionado, a los pies de la Moreneta, celebrando por primera vez como obispo de Tortosa la eucaristía en este santuario, porque también en mi caso experimento que mi misión episcopal es un llamamiento a salir de lo que ha sido hasta hace poco mi diócesis de origen hacia este nuevo servicio pastoral a la querida diócesis tortosina, saliendo de un servicio apostólico a otro, «sirviendo al Señor con alegría» (salmo 99,2), siempre en ruta, como en una romería constante, siempre peregrinos, “caminando juntos”, paso a paso, hasta lo que será el paso final, cuando vivamos el paso de este mundo hacia la casa del Padre.

El Evangelio nos recuerda que el sentido de este constante salir que es la vida es ir hacia el encuentro del esposo: “El esposo está aquí. Salid a recibirlo.” El encuentro con Jesucristo da sentido y orientación a nuestras vidas. Él es lo mejor que nos ha pasado en nuestras vidas.

Así pues, si nuestra vida consiste en ser peregrinos que caminamos juntos, viviendo la fe comunitariamente, en Iglesia “en salida”, hacia el encuentro con el esposo, entonces nuestra vida, personal y eclesial, es el tiempo que recibimos para crecer en el amor, invitados todos a atisbar cada día la presencia del Señor, su paso por nuestras vidas, el esposo que llega.

Y para crecer en ese amor al Señor que llega, para mantener viva la fe, para vivir la esperanza de entrar con el esposo en la fiesta, para que no nos encontremos con la puerta cerrada, debemos estar a punto con una buena reserva de aceite.

El aceite de una antorcha existe para su consumo. Sólo ilumina quemándose. Así deberían ser nuestras vidas: difundir esperanza y luz gastándonos en el servicio. El secreto de la vida de tantos santos y santas ha sido que han vivido para servir, como Jesús, amando hasta el extremo. Sin embargo, no es fácil servir, no es fácil desvivirnos y amar generosamente, puesto que todo servicio implica oblación de uno mismo, implica entrega, implica hacer el éxodo del propio ego autosuficiente y orgulloso, implica una conversión constante.

Por otra parte, según el evangelio proclamado hoy, las cinco chicas imprudentes «no se llevaron aceite para las antorchas». En cambio, cada una de las cinco chicas prudentes «se proveyó de una botella». Esto nos sugiere que el aceite debe prepararse con tiempo. La imprudencia de aquellas chicas que quedan fuera de las nupcias radica en la falta de previsión, en la falta de preparación. El amor es ciertamente espontáneo, pero también necesita ser alimentado. Que nunca tengamos la tentación de conformarnos con una vida sin amor, que es como una antorcha apagada. Si no invertimos en amor, la llama de la vida se apaga. Correspondamos con gozo al amor del Señor, diciéndole sí, cada día, en cada momento, cada paso, y salgamos a recibirlo encontrándolo en los hermanos y hermanas donde Él está realmente presente, especialmente en los pobres y desvalidos. Ciertamente, la parábola de hoy apunta a la venida definitiva del Señor al final de la historia o al final de nuestra historia en este mundo. Pero en muchos otros momentos de nuestras vidas podemos sentir la presencia del Esposo y también debemos estar listos para recibirlo. Que lo sepamos recibir en los reclamos de los hermanos necesitados de ayuda, de acogida, de escucha, de cariño. Como nos dirá Jesús dentro de dos domingos: “Todo lo que hacíais a estos hermanos, me lo hacíais a mí.”

Estimados hermanos y hermanas, el pasado sábado 28 de octubre, muchos de los que hoy estamos aquí estábamos ese día en Gandesa, celebrando con mucha alegría los 50 años de la romería de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta, de la diócesis de Tortosa. El querido P. Abat Manel nos honró con su presencia durante toda la jornada que duró la fiesta. Y en la oración que devotamente celebramos aquella mañana, nos dirigimos a la Virgen de Montserrat con una bonita oración. A la luz del Evangelio proclamado hoy, a los pies de nuestra amada Moreneta, volvemos a hacer nuestra la oración mencionada. A Santa María, que dijo sí al Señor, a ella, que nos enseña a vivir con amor, siempre en ruta, caminando juntos, con las antorchas encendidas, le decimos:

“¿Qué cantaremos contigo en este misterio tan grande de tu donación a Dios en Jesucristo? (…) ¡Que Dios nos espera! Ésta es nuestra alegría. Al ir al otro mundo, no vamos al vacío. Nos espera la bondad del Padre, el amor de Jesucristo, la comunión del Espíritu Santo. Nos espera también vuestra bondad de Madre, como aurora y esplendor de la Iglesia de los peregrinos que anhela un día conseguir lo que Dios ha preparado para todos los que le aman.” Amén.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)

Domingo XXXI del tiempo ordinario (5 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Valentí Tenas, monjo de Montserrat (5 de noviembre de 2023)

Malaquías 1:14-2:2.8-10 / 1 Tesalonicenses 2:7-9.13 / Mateo 23:1-12

 

Estimados hermanos y hermanas:

La oración colecta que hemos escuchado nos da una clave para comprender mejor el Evangelio de este domingo; dice: “Dios omnipotente y lleno de misericordia, que concedes a tus fieles celebrar dignamente esta liturgia de alabanza; te pedimos que nos ayudes a caminar sin tropiezos hacia los bienes prometidos.”

Servir a Dios de manera digna y meritoria, con sencillez y caridad. Las lecturas de hoy nos dan una lección de realidad y humildad. San Mateo, con su seriedad nos invita a reflexionar, con mucha responsabilidad, sobre nuestra propia vida sobre nuestro comportamiento hacia nuestros Hermanos y Hermanas de comunidad. Subrayemos que es un texto de una dureza inusual que llega a causar extrañeza al oírlo de los labios del propio Jesús de Nazaret.

La intención real del Evangelista es que estas palabras fortísimas de Jesucristo sean profundamente recordadas y sirvan de norte a la nueva comunidad cristiana naciente, que cada domingo las escucha, las lee y las comenta en la celebración de la Eucaristía. Lugar, tiempo y momento en que vivimos la alegría y la fuerza del Espíritu Santo, que está presente en nuestro corazón.

El texto que hemos escuchado; (proclamado en las vísperas de la Pasión del Señor), se divide en dos grandes secciones. La primera, la negativa, lo que hacen Ellos, los Fariseos, y la positiva, lo que tenéis que hacer Vosotros (Nosotros hoy), los discípulos seguidores de Jesús el Cristo.

La doctrina rigorista de los fariseos y maestros de la Ley pedía una obediencia y fidelidad total a la Ley escrita de Moisés, una observancia literal y material, de prácticas externas y no se fijaban, desgraciadamente, en las internas. Todo cristiano será humilde servidor de los Hermanos y fiel discípulo de la nueva Ley de amor y simplicidad de las Bienaventuranzas de Jesús de Nazaret. Él es el único Maestro. Él es único Padre y Guía, que reprende a los fariseos porque no practican lo que predican, y porque lo que hacen, lo hacen para ser bien vistos y alabados por los demás. La soberbia, el orgullo es una gran trampa que nos lleva a hacer muchas veces el ridículo. La humildad digna y meritoria es un gran don de Dios que siempre debemos darle gracias. «Todo el que se enaltece será humillado, pero todo el que se humilla será ensalzado».

Hoy se nos hace vivir, aquí y ahora, una lección de realidad palpable para todos aquellos que ejercen o ejercemos algún servicio dentro de la comunidad cristiana para que lo vivamos realmente como un ministerio solícito y no como un privilegio de honor dentro de escala social y clerical.

El Señor nos conoce a todos, y precisamente por eso, no quiere en modo alguno las apariencias exteriores de imagen, Él quiere la realidad, la simplicidad de una vida digna y meritoria, que aceptamos sinceramente su Palabra de vida que es la Buena Nueva del Evangelio en nuestro corazón Humano.

Ahora que estamos en tiempos de Sínodo, es el momento de revalorizar nuestro Sacerdocio Bautismal, que, por el agua, por la oración y por la santa unción del aceite del Crisma, todos los Bautizados somos Consagrados Sacerdotes, Profetas y Reyes para la vida eterna. Es el gran sacerdocio común de todo el Pueblo fiel en la Iglesia. Somos ministros oficiantes en nuestro ministerio particular y universal en toda la Iglesia Santa y Católica. Hoy más que nunca, debemos dar testimonio cristiano en nuestro día a día, procurando ser un buen ejemplo para todos dentro de una Sociedad desgraciadamente adversa, donde simplemente por llevar una pequeña Cruz, un Clergyman o una Sotana puedes ser denostado por la calle. O aquel futuro seminarista que la oposición más fuerte la encontró en su propia familia, y por no decir, finalmente, la agresiva y la negativa desinformación de los Mas-Media. *Hermanos y Hermanas. En estos tiempos de revisión y renovación de tantas cosas, oremos para que todos aquellos que tenemos y tienen en la Iglesia una pequeña o gran misión pastoral o un pequeño trabajo Parroquial, todos y todas, seamos con nuestra vida digna y meritoria, fieles testigos de lo que predicamos y somos… ¡Y perdona! por favor! nuestros grandes defectos y carencias, porque todos somos humanos, mortales y pecadores… Amén.

“¡Dichosos los humildes de corazón, porque ellos poseerán la tierra”!

 

Abadia de MontserratDomingo XXXI del tiempo ordinario (5 de noviembre de 2023)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2023)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

No sé si os pasa también a vosotros, pero la santidad es una realidad que personalmente imagino y pienso de manera espontánea como algo bastante lejano. Quizás porque aquellos que recordamos primero, cuando escuchamos la palabra santos, son hombres y mujeres que vivieron en épocas muy pasadas o quizás, si son más actuales o incluso si los hemos visto y “tocado” porque sabemos que fueron capaces de vivir y de actuar durante sus vidas de una forma que a nosotros nos parece inalcanzable.

La Solemnidad de hoy, al proclamar una santidad anónima, unos santos y santas que no podemos recordar ni saber qué hicieron, nos obliga a repensar qué es realmente un santo cristiano y nos da no pocas pistas en las lecturas, plegarias e himnos que vamos rezando durante el oficio y la misa. La reflexión que en el fondo hacemos hoy es que la santidad es una llamada y una propuesta de Dios para todos, y que todos aquellos que son proclamados santos por la Iglesia, más todos los que hoy también celebramos, nos señalan el fin de un itinerario, de un camino, de una peregrinación vital y no tanto un estado estático. Y porque es más un camino que una categoría, todos estamos invitados, todos estamos llamados.

La Primera Carta de San Juan nos marca este itinerario de vida cristiana empezando por colocarnos delante de Dios, de su amor, de su capacidad de reconocernos ya aquí y ahora como hijos. Sí.

El principio de la santidad cristiana es la fe, no es haber realizado obras extraordinarias, sino creer en Dios. Una fe que entra a menudo en contradicción con el mundo. Pero tampoco le damos al mundo toda la culpa. Con quien primero entra en contradicción la fe es con una cantidad increíble de tendencias interiores que nos llevan a resistir la llamada permanente, esto es muy importante, que Dios nos está haciendo continuamente. Por tanto, la misma carta de San Juan nos presenta esta fe como una realidad no completa, no perfecta, como un auténtico camino que tiene el objetivo más allá de este mundo, porque se dirige a la comunión perfecta y total con Dios, que nos hará posible ser 100% inteligentes, vernos a nosotros como nos ve Dios.

Es reconfortante que la misma lectura nos diga que vivir de esta forma, con esta esperanza nos purifica a imagen de Jesucristo. Por purificarnos no puedo entender nada diferente a ser Santo. La finalidad, la santidad no es un premio al final del camino, sino un reto por cada etapa.

Es decir, la fe, poniéndonos siempre delante de Dios y en relación con Él, nos hace andar y avanzar continuamente en una comunión que tiene efectos concretos y reales en nuestra espiritualidad y en nuestra corporalidad. Naturalmente es una actitud que necesita nuestra colaboración, que creamos que es posible. Que tengamos una actitud positiva con nuestras vidas. No creo que haya ningún santo que haya negado de entrada sus cualidades personales. La fe en un Dios creador nos obliga a reconocer en primer lugar los dones recibidos. Cuando los escolanes os preparáis para hacer un concierto, y los solistas para hacer un solo, lo primero que hace falta que pase para que vaya todo bien es que estéis seguros de que lo podréis hacer bien, esto es tener fe en vosotros mismos. Sin eso nada saldría bien. La misma actitud no la podemos aplicar todos. Dios nos pide que tengamos fe en nosotros mismos, que estemos contentos de ser quienes somos. Aparte de ser un reconocimiento de la obra de Dios en nosotros, es una actitud que nos ayuda a ponernos en marcha. Lo dice un salmo muy bonito; Israel se siente feliz del Señor que lo ha creado. Creo que en esta actitud está el inicio de la santidad. Empezando por esto tan sencillo, tal vez esta santidad no nos parezca tan lejana.

En el himno de maitines de esta mañana, rezábamos que Cristo es la vida de los santos, el camino, la esperanza y la salvación. Jesucristo es la vida de los santos. Esta fe en Dios que ahora decía que es el fundamento de la santidad, no puede ser más que la referencia a Cristo y a su evangelio. Una parte importante de la riqueza de la santidad de la Iglesia, radica en la capacidad de ver que esta identificación personal con el Señor se da de formas muy diversas: desde la santidad de una vida recluida en un monasterio como la de Santa Teresa del Niño Jesús al entusiasmo misionero de San Francisco Javier, a la de los últimos papas de la Iglesia, San Juan XXIII, San Pablo VI y San Juan Pablo II, todos fueron sencillamente, cristianos, que significa de Jesús, que es el camino, la esperanza y la salvación.

Al reconocer esta multitud de santos, la Iglesia sigue afirmando y proponiendo el evangelio como la norma de vida para todos los bautizados y para todos los que quieran sumarse. El Evangelio de las bienaventuranzas no podría ser más indicado para ello. Es un evangelio que tiene algo inclusivo, alarga y ensancha los brazos de Dios a mucha gente, porque la fe de cada uno, finalmente sólo Él, el Señor, la conoce y por eso la multitud que celebramos hoy no tiene rasgos claramente definidos, porque es una realidad de Dios, y como realidad de Dios se realiza definitivamente en el cielo, en el más allá. Por eso, Todos los Santos combina la sensibilidad tan realista, tan de aquí a la tierra de las bienaventuranzas con una mirada siempre más allá, fijada en este encuentro donde “todos los santos se alegran con Cristo”, como los escolanes y la capilla cantará en el motete.

Y así como reconocer con fe los propios dones que Dios nos ha hecho es el principio de la santidad, no hay nada que se le oponga tanto, como pensar que somos perfectos. Este camino tan positivo que os he querido describir, lo vivimos personas humanas, con muchos defectos, que debemos reconocer y asumir, como un tramo que también hay que recorrer. La purificación que puede venir del contacto con Jesucristo, nos exige una mirada a nuestra historia personal y colectiva para encontrar las posibilidades de superar todo el mal que también hemos podido sembrar en el mundo y que en tanto que es mal, no puede ser de Dios.

Sólo desde este reconocimiento de los límites, podremos reivindicar la otra parte: una parte a veces muy olvidada por los medios públicos de información y que es real, comprobable, testimoniada por siglos y siglos: esta parte es la de la santidad que la Iglesia ha sembrado durante toda la historia, comunicando la fe una generación tras otra, promoviendo la caridad para tantas y tantas personas, poniendo el fundamento para vivir en este mundo sin perder nunca la esperanza de un futuro mejor.

Que la eucaristía en esta solemnidad de Todos los Santos nos coloque en ese camino que nos han abierto una multitud innumerable de santos.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Domingo XXX del tiempo ordinario (29 de octubre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (29 de octubre de 2023)

Éxodo 22:20-28 / 1 Tesalonicenses 1:5-10 / Mateo 22:34-40

Acabamos de escuchar un evangelio relativamente corto. Siete versículos breves. De estos siete, cinco son para ubicar el tema y sólo dos contienen las afirmaciones fundamentales. Son el mandato único y central de la Nueva Alianza. Un mandamiento que pide tal nivel, que hace falta toda la vida para ponerlo en práctica. Hermanos y hermanas queridos, adentrémonos un poco en este fragmento evangélico.

En un contexto de controversia entre las dos corrientes dominantes del mundo judío contemporáneo de Jesús, un maestro de la Ley, parece que, en nombre de sus compañeros, quiere poner a prueba al Señor. Le pregunta cuál es el mayor mandamiento de la Ley. Esta demanda podía tener cierto sentido, porque los rabinos habían individuado 613 preceptos que había que cumplir para vivir según la voluntad de Dios. Evidentemente, no todos tenían el mismo nivel ni igual importancia. Según cuál hubiera sido la respuesta de Jesús, habrían tenido una excusa para acusarle formalmente y condenarle.

El Señor responde a la pregunta sobre el mayor mandamiento yendo a lo que es más central de la alianza de Dios y, por tanto, de los mandamientos. Y de lo que en la Ley judía eran dos mandamientos distintos (cf. Dt 6, 5; Lv 19, 18), hace un precepto único: Ama al Señor a tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento. Y ama a los demás como a ti mismo. Une, pues, de forma inseparable el amor a Dios al amor a los demás. Y éste será el distintivo cristiano, el precepto fundamental de la Nueva Alianza, de tal modo que el amor a los demás es inseparable del amor a Dios. No se puede amar a Dios si no se ama a los demás (cf. 1Jn 4, 20-21). Y fijémonos que dice los demás, así en plural y de una manera que abarca a todos los hombres y mujeres del mundo, no sólo a quienes nos son más cercanos. Esto significa amar a todos, incluyendo a los pobres, a los marginados, a los emigrantes, a los que no piensan como nosotros, a los que sufren las consecuencias de las guerras de Gaza-Israel, de Ucrania y de otros lugares. Todo el mundo. Todo el mundo. Este mandamiento nos interpela y debe provocar en nosotros una concreta solidaridad, según nuestras posibilidades. Y nada nos dispensa de amar a todos y, como mínimo, de orar por todos. La primera lectura nos recordaba que el amor a los demás comienza por cosas muy concretas de la vida de cada día: no maltratar ni oprimir, no aprovecharse de las necesidades de los demás, cuidar las situaciones de marginación y debilidad que allí pueda haber en nuestro entorno.

El mandamiento de amar a los demás nos hace semejantes a Jesucristo, que ama sin límites, que ha pasado por el mundo haciendo el bien a todos y que ha dado la vida por toda la humanidad. Este mandamiento es el que ha inspirado los llamamientos del Papa Francisco para que seamos una “Iglesia en salida” que va a encontrar a las personas allá donde se encuentran, en las periferias existenciales o geográficas, para que la Iglesia y cada uno de sus miembros seamos “uno hospital de campaña” que atiende y ayuda a curar las carencias y heridas que tanta gente lleva en el corazón; que la Iglesia sea “una madre de corazón abierto” que acoge a todo el mundo sea cual sea su historia y su situación. De esta forma ayudaremos a descubrir “la alegría del Evangelio” y a encontrar el sentido de la vida.

Amar a “los demás”, a todos “los demás” del mundo, sin excluir a nadie de nuestro amor, no es fácil. Es un proceso que dura toda la vida y que debe hacerse con la ayuda de la oración y con la humildad de saber pedir perdón de nuestras carencias de amor. Jesucristo nos es modelo de cómo amar, nos es ayuda porque amamos y quiere servirse de nuestras personas para hacer llegar su amor, su ayuda, a los demás.

La primera parte de este único mandamiento de Jesús, según hemos escuchado, tiene por objeto a Dios. Y también aquí se trata de un proceso que dura toda la vida, porque el listón que nos pone el Señor es muy alto: amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento. Y nuestro corazón es voluble, se siente atraído por diversos afectos buenos o malos. Y, en cambio, Jesús nos pide un amor total, íntegro, hacia Dios de modo que los demás amores humanos lícitos sean prolongación del amor a Dios; nos pide amar a Dios con toda el alma, es decir, con todo el aliento vital, con toda la fuerza de vida que hay en nosotros, con todo el celo, pero muchas veces ese celo, ese aliento vital se decanta hacia otros intereses; y en último término, Jesús nos pide, también, amar a Dios con todo nuestro pensamiento, que a menudo es tan distraído y muchas veces está centrado sólo en nuestras cosas y preocupado por los bienes materiales. Por eso decía, que es necesario un proceso constante de conversión y de crecimiento en este amor a Dios sostenidos por el Espíritu Santo, porque lo ideal que se nos propone es muy alto.

Y, ¿por qué Jesús pide un nivel tan elevado de amor a Dios? Para corresponder, aunque sea de una manera torpe, al amor con el que somos amados por Dios. Él nos ha escogido antes de crear el mundo, por amor nos ha destinado a ser hijos suyos por Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5), antes de que empezara a ser formado nuestro cuerpo, Cristo murió por nosotros (Rm 5, 8) para liberarnos de todo lo que nos oprime y otorgarnos la vida eterna; el Padre en el bautismo nos ha acogido como hijos y nos ha dado el Espíritu Santo para que nos guíe y conforte en el camino de la vida, nos ha llevado a la comunidad de la Iglesia para que nos nutra en la fe y tenga cuidado de nosotros, nos reúne en torno a la Palabra y a la mesa eucarística porque desea ardientemente compartirla con nosotros (cf. Desiderio desideravi, 2.6)). Y tantos otros dones de Dios que hemos recibido.

En último término, cuando Jesús nos dice amar a Dios con toda la intensidad de amor que nos sea posible, no nos impone un mandamiento, sino que nos abre un camino de relación personal e íntima con el Padre, un camino de realización en plenitud de nuestra persona, un camino que es confort para nuestras inquietudes, fuente de luz, de alegría, de esperanza, de crecimiento en el amor. En una palabra, quiere hacernos participar de su vida de Hijo.

La celebración de la Eucaristía es la cima en este mundo de la participación en el amor de Dios hacia nosotros, la Iglesia y el mundo. Y es el lugar donde manifestamos, también, nuestro amor humilde hacia él y donde nos llenamos de fuerza para amar a los demás.

 

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (29 de octubre de 2023)

Domingo XXIX del tiempo ordinario (22 de octubre de 2023)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (22 de octubre de 2023)

Isaías 45:1.4-6 / 1 Tesalonicenses 1:1-15 / Mateo 22:15-21

 

Justo hace 15 días, con ocasión de los 800 años de la Institución de la Cofradía de la Virgen de Montserrat, junto con los obispos de Cataluña y cerca de un millar de peregrinos, Montserrat ha peregrinado a Roma. El Papa Francisco en esta ocasión ha obsequiado con la «Rosa de Oro» a la Santa Imagen de la Virgen María, Patrona de Cataluña, por la secular devoción y amor que ha suscitado y suscita en tantas generaciones de peregrinos que la han amado y le han dado a conocer en todo el mundo. Tanto los que hemos estado en Roma estos días, como los que se han unido espiritualmente, todos, ponemos esta Rosa de Oro a los pies de la Moreneta como testimonio de amor, devoción y agradecimiento de nuestra generación.

Al contemplar el rosario de peregrinos que día tras día suben a venerar a la Virgen de Montserrat, y tantos que sabemos que se encomiendan a ella desde lejos, desde su casa o en las diferentes Delegaciones de la Cofradía en todo el mundo, no podemos dejar de dar gracias a Dios por este milagro continuo que acontece en el secreto de los corazones que se abren a su luz.

Como san Pablo mirando aquella primera comunidad de Tesalónica, los monjes no dejamos de dar gracias y de rezar para que todos los peregrinos, tal y como recoge una de las oraciones colectas de la fiesta de la Virgen María, progresen en la fe, la esperanza y la caridad.

San Pablo, escribiendo las primeras letras del Nuevo testamento, nos habla de la fe no como un mero asentimiento a una verdad revelada sino como una realidad viva que tiende a propagarse comunicando con alegría la Buena Nueva de Jesucristo. Éste es el primer impulso de un verdadero encuentro con Dios: La misión. Nuestra Señora, ejemplifica la doble vertiente que tiene toda misión: la alabanza y el servicio. Después del anuncio del ángel, María se fue decididamente a llevar la Buena Nueva de Jesús a su prima alabando a Dios con el Magnificat y sirviéndole en la caridad cuidando del embarazo tardío de Isabel. Precisamente el evangelio de la visitación es el que se proclaman en la fiesta de Nuestra Señora de Montserrat como síntesis de la realidad del patronazgo de la Virgen María y de la espiritualidad de su Santuario: alabanza y misión.

María nos enseña la caridad que no se cansa de hacer el bien, y anima a monjes, escolanes y peregrinos, a imitarla compartiendo esta alegría que es fruto de la acción del Espíritu de Dios en nuestra vida y que hace, como dice el lema del Domund de este año, que nuestros corazones sean ardientes y los pies en camino.

La caridad no se cansa de hacer el bien como la atleta tampoco de superar récords, porque la caridad, como el atleta hace más horas de gimnasio que de sofá reforzando su musculatura en el entrenamiento de la oración continua, con el diálogo con la Palabra de Dios y la guía segura de que es la vida de Jesús. Es él quien hoy, en este fragmento del evangelio de san Mateo, nos enseña a no dejarnos atrapar en las polémicas que buscan más el descrédito del otro que la verdad y hacer bien. Jesús no olvida su misión de evangelizar, por eso ante la pregunta capciosa de los fariseos y herodianos no cae en la trampa en la que querían meterle, sino que se mantiene en lo que no hay que callar porque es de justicia. Jesús reafirma la primacía de Dios, porque el César también es de Dios, como cualquier otra criatura humana. La primacía de Dios fue el punto de toque que enfrentó a Jesús con los fariseos de su tiempo, ya que, con los preceptos puramente humanos que ellos defendían en beneficio de sus intereses personales, invalidaban la Palabra de Dios.

Tampoco hoy tenemos que entrar en polémicas que no llevan a ninguna parte, debemos apostar por el amor a la verdad con el fin de construir, de hacer el bien a todos y no procurar sólo el nuestro. Si queremos dar una palabra de vida desde la política, la acción social o el diálogo espiritual debemos entrenarnos a escuchar antes que hablar, a entender antes que contra-argumentar, a actuar de los de la primacía constructiva del amor que sabe leer entre líneas y pasar página cuando es necesario.

María enseña a vivir, como Jesús, la primacía de Dios en nuestra vida. No tengamos miedo. Jesús puso siempre la voluntad de Dios por delante de la suya, porque para ir bien, Dios debe ser siempre el primero. Dios es primero pero no como el César sino como Jesús. Dios es el primero en ponerse detrás, en servir y no en ser servido, en darnos la vida, no en fiscalizarla. Dios, en Jesús, no viene a discutir sobre legalismos o licitudes, no viene a señalarnos con el dedo sino a darnos la mano. Jesús viene a fresarnos el camino de regreso a la vida verdadera, y ese camino implica morir y resucitar con él.

¡Ah! Aquí, a nosotros, puede pasarnos como a los fariseos del tiempo de Jesús, envolviendo la madeja con preguntas al aire para no tener que afrontar el reto que nos propone el mensaje de Jesucristo que nos compromete con Dios y con los hermanos, sobre todo con los más pobres. Aquí también Jesús nos avisa de la hipocresía ciega del fariseísmo de siempre que queda atrapado en su propia seguridad cuando mira sólo a sí mismo y basta. Guardando la vida como quien guarda una semilla en un bote, aunque sea un bote de cristal de roca, se acaba perdiendo lo poco que es. Sólo plantada en el suelo la semilla llega a fructificar y perpetuar su existencia. Así es la propuesta y el reto de Jesús en el evangelio que no interesó a los poderosos de su tiempo, pero que sí acogieron los humildes y de corazón sincero.

María nos es un ejemplo sencillo y cercano del seguimiento de Jesucristo. Y de ella, de su «savoir faire» de madre, debemos aprender como individuos y como comunidad, porque ella, como nos dijo el Papa Francisco en la audiencia de la Cofradía con motivo de sus 800 años, nos ayuda a deshacer los nudos que se han hecho en nosotros y entre nosotros. Es decir: María también allana el camino de la amistad entre los pueblos, invitándonos a volver la mirada hacia el origen y el hito de nuestra existencia, que es Jesucristo. María nos es compañera en esta misión uniéndonos con un corazón de hermanos, y nos anima a caminar detrás de Jesús por las rutas de la paz, de la bondad, de la escucha y el diálogo paciente, persistente y sin engaños.

Es bueno aprovechar bien el domingo para alabar a Dios en comunidad y reflexionar sobre nosotros mismos dejándonos interpelar por la Palabra de Dios que nos abre al bien; nos hace más personas. Y como decía el propio Santo Padre terminando su discurso: es bueno experimentar la alegría de anunciar a Cristo de la mano de María, Madre del Evangelio viviente, Estrella de la evangelización que, para nosotros, desde Montserrat, brilla iluminando la catalana tierra y nos guía hacia el cielo.

¡Disfrutémoslo y comuniquémoslo con la alegría del amor y del servicio!

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (22 de octubre de 2023)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (15 de octubre de 2023)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (15 de octubre de 2023)

Isaías 25:6-9 / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14

 

Es bueno, sobre todo para quien viva habitualmente solo, o abrumado por las ocupaciones de la vida diaria, el ser invitado a una boda y compartir el gozo de una familia en un día de fiesta tan especial. Seguro que no nos viene de nuevo el hecho de haber sido invitados a una boda. Jesús, sensible a esta realidad, cuenta la parábola que acabamos de escuchar, donde un rey celebra la boda de su hijo y envía a sus hombres a avisar a los invitados, pero la respuesta no es la esperada.

Pienso que a propósito de esta historia, podemos afirmar también que el Señor, con toda la ilusión y generosidad, nos invita a una gran boda, a un banquete espectacular, a la fiesta de la Alianza de Dios con nosotros y haciendo un poco de “teoficción”- me lo imagino hoy preparando la lista de invitados, repasando el álbum de fotos de nuestra vida: «éste no puede faltar; ésta me haría mucha ilusión que viniera; con estos dos hace tiempo que hemos perdido el contacto, pero me gustaría reencontrarlos; ah! y no puedo olvidar a mis vecinos, que a pesar de ser algo pesaditos estarán contentos si cuento con ellos»… y así ir haciendo, ¡hasta invitarte a ti, a mí, a todo el mundo! Todos estamos invitados en el banquete del Reino.

Sin embargo, a los pocos días empiezan a llegar mensajes: “mira Señor, no podré asistir a la boda, tengo un compromiso inaplazable para ese día”; «gracias, pero tengo una reunión de negocios muy importante y no podré venir»; “lo siento, no voy a asistir a la boda porque hay invitados que no quiero ni verlos”… y el buen Dios, a pesar de sentirse desilusionado y decepcionado, no deja que nadie le agüe la fiesta ni le roben la alegría, y piensa: “peor para ellos, ellos se lo pierden” y manda que empiecen a repartir invitaciones a quienes menos lo esperaban: a los pobres desgraciados, a los aburridos de la vida, a los marginados, a los sin trabajo, a quienes rebuscan en los containers, a los que matan las horas en el bar, a los que no tienen a nadie que les recuerde, a los que quizás nunca invitaríamos a…

Empieza la fiesta y aquello está lleno hasta los topes. Llega gente que nunca había sido invitada a una boda como aquella: algunos visten sus mejores modelos, otros han ido a buscar ropa a Cáritas, a ver si los ponían elegantes… Gente joven, gente mayor, gente con dentadura perfecta y gente sin dientes… pero todos muy emocionados y con ganas de pasárselo bien. ¡El banquete está listo! Pero cuántos invitados que en su autosuficiencia se han excluido de la fiesta, cuántos no han sabido hacer propia la alegría de Dios, cuántos se han presentado sin el vestido de fiesta para celebrar la alegría del amor de Dios por ¡toda la humanidad!

El Reino de Dios que esperamos, que ya vivimos aquí “en primicia”, y que viviremos en plenitud un día, nos es presentado como un banquete, como hemos visto, y un banquete no es una bacanal despersonalizadora, ni tampoco un “buffet libre” donde hartarse sin medida, ni tampoco un “self service” de autopista para rehacer las fuerzas de una forma rápida y práctica. Un banquete es, ante todo, la iniciativa de alguien generoso que invita a sus amigos. En este banquete, más que lo que hay sobre la mesa, lo que importa son quienes están sentados a su alrededor, lo que les une y quien los une.

Los aficionados al cine posiblemente hayan visto “El festín de Babette” y recordaréis cómo aquella espléndida cena nace, casi de la nada, de la creatividad y el afecto agradecido de la cocinera francesa. En esta cena, las exquisitas viandas que se ofrecen son como un reflejo del espíritu de Babette, la cocinera: un espíritu delicado, detallista, generoso. En todo está presente su mano atenta y es ese espíritu el que abre a los comensales a la reconciliación y la amistad. ¿No es ésta la tendencia, la dinámica profunda, realizada en mayor o menor grado, de toda celebración, de toda fiesta?

Algo así deberá ser el Reino del Cielo de que habla Jesús. Un Banquete donde en todo se hace patente la mano creadora y generosa de Dios. El sueño de una gran mesa en la que se sienta toda la humanidad, toda la Creación, convocados por Aquel que nos ha amado desde siempre y que nos quiere ver unidos y reconciliados en el Amor para siempre.

Hermanos, la Eucaristía que estamos celebrando, es signo de este banquete del Reino, donde Jesús se nos da como alimento de nuestra alma. Todos somos invitados a sentarnos en la misma mesa en torno a Jesús, modelo de una humanidad nueva que nos libera de todo lo que hay de inhumano en el mundo y nos invita a hacer realidad los valores del Reino; a construir y a vivir ya desde ahora la fraternidad de los hijos de Dios; a sentirnos hijos de un mismo Padre, y revestirnos de Cristo para entrar en la fiesta y convertirnos en amigos y hermanos de todos los que han sido invitados como nosotros y con nosotros, a pesar de las diferencias y los recelos que podamos encontrar .

Si miramos cómo está el mundo, y más estos últimos días de crueles enfrentamientos entre judíos y palestinos, quizás lo encontremos poco realista y demasiado utópico todo esto. Sin embargo, “la paz es la única batalla que vale la pena librar” (A. Camus) “Seamos realistas, ¡pedimos lo imposible!» coreaba a la gente por las calles de París en mayo del 68. Sólo la bondad del Señor puede hacer posible lo imposible; sólo él nos puede sacar de nuestra indiferencia, acoger la invitación que nos ha hecho y trabajar ya desde ahora por un mundo más justo, pacífico y habitable. Abrimos nuestro corazón a esta invitación y a tantos hombres y mujeres que quizás ni saben que Dios les invita a participar de su amor.

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (15 de octubre de 2023)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (8 de octubre de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (8 de octubre de 2023)

Isaías 5:1-7 / Filipenses 4:6-9 / Mateo 21:33-43

 

Queridos hermanos y hermanas,

Los textos que nos propone la Liturgia de la Palabra de este domingo tienen un tono dramático y nos sitúan de lleno en el misterio de Jesús y al mismo tiempo nos confrontan con la respuesta que también nosotros damos a su llamada.

El poema de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, presenta de manera poética y al mismo tiempo dolida el desengaño de Dios ante la infidelidad del pueblo de Israel, que es comparado con un viñedo. Con una mezcla de tristeza y de indignación el Señor exclama: “¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no lo hubiera hecho?».

La lamentación de Dios es un lamento que nace de un corazón que ama y que ha sido herido por el desamor. No podemos entender la llamada de Dios ni lo que Él es para nosotros si no comprendemos su relación como una relación de amor. Lo que caracteriza a lo que Dios es para nosotros es que: todo nace, todo proviene, todo radica en el amor que Dios nos tiene. Y la muestra máxima de ese amor total de Dios es su Hijo. Su Hijo no es enviado para dominar, para imponer con más dureza nuevas leyes, sino que es enviado para darse por amar hasta el extremo, para reconstruir desde la propia muerte lo perdido. De la muerte, de la donación generosa del Hijo, Dios hace surgir la vida.

El salmo responsorial que hemos cantado es la reacción del pueblo exiliado que se da cuenta de su infidelidad y quiere tocar el corazón del Dios que se había comprometido con ellos.

El evangelio mantiene el mismo tono dolorido de Dios, atónito porque su pueblo no quiera corresponderle. La parábola de los viñadores homicidas es una escenificación simbólica del conjunto de la historia de la salvación que tiene como cima a Jesucristo, cuya muerte ha sido el momento decisivo de esta historia y sobre la que Dios ha construido el edificio del nuevo pueblo.

La historia de la salvación no es nunca unilateral, sino que es la historia compartida entre Dios y el hombre y que pide una respuesta por nuestra parte. Se trata de una historia que siempre apunta al corazón. Por eso si profundizamos un poco más en las lecturas de hoy nos damos cuenta de que éstas miran hacia el corazón de Dios: Dios ama, Dios se duele, Dios se entristece, Dios quiere remontar las situaciones de ruptura y de alejamiento.

Y, sobre todo, Dios espera; nunca se cansa de esperar. Para hombres y mujeres de todos los tiempos, es muy importante saber que alguien espera en nosotros. Más aún, Dios no espera cruzado de brazos, sino que hace todo lo que puede para que su esperanza (consecuencia de su amor) dé el fruto que anhela: nuestra respuesta de amor.

La cumbre final de las lecturas de hoy está muy clara: toda la obra de Dios, toda la historia, conducen hacia Jesucristo. Convertido por la resurrección en piedra angular del nuevo pueblo de Dios, Cristo Jesús sigue invitándonos a la conversión. Su palabra, su acción, su persona, han plantado un viñedo espléndido y han puesto los cimientos del edificio que forman todos los que quieren pertenecer a este viñedo. Su muerte ha sido culminación de esta acción, y sobre ella Dios construye el Reino y nos llama a nosotros.

La eucaristía que estamos celebrando es signo de nuestro agradecimiento por haber sido llamados a hacer fructificar el Reino.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (8 de octubre de 2023)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (1 de octubre de 2023)

Homilía del P. Ignasi Fossas, monje de Montserrat (1 de octubre de 2023)

Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las oraciones propias de este domingo presentan algunas verdades fundamentales de la fe cristiana. Lo hacen con la concisión y la brevedad que es propia de estos textos de oración, tan típicos de la liturgia romana. A los autores de estas oraciones les gustaba ser sintéticos, decir las cosas con pocas palabras.

El primer punto que destaca en dos de las oraciones es la fe en la vida eterna. En la oración colecta, que hemos rezado al principio de la misa, pedíamos a Dios que nos llene con su gracia para que, aspirando a tus promesas, nos hagas participar de los bienes del cielo. El término prometido es el cielo, y los bienes celestiales son sinónimo de la vida eterna en la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, de la Virgen María, de los ángeles y de todos los santos. El texto nos recuerda que el fin que nos espera, el término prometido, no es la derrota inexorable de la muerte y del aniquilamiento, sino que es la vida sin fin, en una condición de gozo, de luz, y de plenitud del amor que no somos capaces de imaginar, pues como decía San Pablo hablando de los bienes celestiales: ningún ojo ha visto nunca, ni ninguna oreja ha oído, ni el corazón del hombre sueña lo que Dios tiene preparado para los quien lo aman (1 Co 2,9).

La oración de postcomunión, que rezaremos al final de la misa pide a Dios Padre que el sacramento que acabamos de celebrar, el sacramento del cielo dice, renueve nuestro cuerpo y espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte hemos anunciado y compartido. La gloria del Hijo es sinónimo de la vida eterna, y como explica Jesús mismo en el evangelio de san Juan (Jn 17, 2-3), la vida eterna es un don que Él concede a quien quiere: según el poder que le diste (al Hijo) sobre toda carne, para que a todos los que tú les diste les de Él la vida eterna. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Heredar la gloria del Hijo de Dios querrá decir, por tanto, entrar en plena comunión con Dios Uno y Trino, y por tanto conocerlo tal y como es, tal y como lo revelará plenamente el Espíritu Santo.

La fe en la vida eterna, hermanas y hermanos, nos lleva a situar la vida en este mundo en el lugar y en la perspectiva que le corresponde. Debemos amar nuestra vida en la Tierra, debemos aprovecharla para crecer como personas y como discípulos de Cristo, pero teniendo presente que es sólo como el pórtico, como la ante-sala de la vida verdadera, que es la vida eterna. Y procurando, también, no perder ni despreciar por nuestra libertad mal utilizada, ese regalo que Jesucristo nos ha hecho con su muerte, su resurrección y el don del Espíritu Santo. 

En la oración colecta de hoy existe otro punto a destacar. Se trata de una verdad sobre Dios que conviene tener siempre presente y que nos ayudará a no confundirnos sobre quién es y cómo es Él. La encontramos al comienzo de la oración, cuando dice: Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia. (Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas). Es un tema recurrente afirmar que Dios es todopoderoso, que es omnipotente; por eso es Dios. Éste sería un elemento común al pensamiento humano sobre Dios. Pero la fe cristiana le añade un matiz muy importante. La Iglesia afirma, siguiendo la enseñanza de Jesús, que Dios nunca manifiesta tanto su omnipotencia como cuando perdona y se compadece. Podríamos decir que la manifestación más sublime de la omnipotencia divina no se expresa con grandes acontecimientos cósmicos, ni con milagros atronadores, ni con el aniquilamiento de sus enemigos.

La omnipotencia de Dios se expresa en la cruz, cuando Cristo muere perdonando a sus verdugos y compadeciéndose de toda la humanidad. ¿No os parece que, si es así, tiene todo el sentido hablar de la omnipotencia de Dios? Y precisamente por eso, porque nos perdona y se compadece de nosotros, podemos suplicarle que nos llene con los dones de su gracia, o que nos abra las fuentes de toda bendición. Pidamos al Señor que nos dé a conocer en qué consiste su poder, y nos ayude por el don del Espíritu a compartir la pasión y la muerte de Cristo para poder participar así de la vida eterna.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (1 de octubre de 2023)

Domingo XXV del tiempo ordinario (24 de septiembre de 2023)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (24 de septiembre de 2023)

Isaías 55:6-9 / Filipenses 1:20-24.27 / Mateo 20:1-16

 

Si vamos al «ChatGPT» y le preguntamos «¿Qué es un Reino?», nos dirá que «el término «reino» hace referencia a un área geográfica o política gobernada por un monarca». Y si le pedimos «¿Qué es el Reino de Dios?», nos dirá que, a diferencia del reino, «no es un lugar físico concreto, sino más bien una realidad espiritual que influye en el mundo físico y en las vidas de las personas”, que “está regido por valores como el amor, la justicia, la paz, la comprensión y la compasión”, y que “representa el orden divino y la armonía que Dios desea establecer en el mundo y en las vidas humanas”. La definición no está mal… Pero, al fin y al cabo, la IA se basa en lo que antes han escrito las personas, y las personas nunca podremos encontrar palabras suficientemente precisas para describir lo que Jesús conocía perfectamente, pero que para contárnoslo necesitó nada menos que 37 parábolas, una de las cuales es la de los trabajadores de la viña que nos acaba de ser proclamada.

El evangelista Mateo sitúa la parábola que acabamos de escuchar como una ampliación de la respuesta que Jesús dio a un joven rico, que en cierta ocasión le pidió: «Maestro, ¿qué de bueno debo hacer para obtener la vida eterna?». Jesús le respondió que, “para entrar en la vida”, “para entrar en el Reino de los Cielos” debía vivir prescindiendo de las riquezas. Y como el joven rico lo encontró muy difícil de hacer, Jesús explicó a continuación la parábola que hoy nos ocupa. Para entrar en el Reino de Dios, simbolizado por la viña, basta con quererlo. Pero como toda decisión implica una renuncia, para entrar en el reino de Dios es necesario que no estemos preocupados por las riquezas. La economía que se mueve allí es otra: es la generosidad sin medida, es el amor llevado al máximo. Dios, representado en la parábola por el dueño de la viña, acoge a todo el mundo, emplea a todo el que esté dispuesto a trabajar —en otras palabras, da una responsabilidad a cada uno. Y no sólo eso, sino que, además, nos retribuye a todos por igual; porque el Reino de los cielos no se rige por las leyes humanas. Como decía Isaías en la primera lectura “los pensamientos de Dios no son los de los hombres, y los caminos de los hombres no son los de Dios, sino que los pensamientos del Señor están por encima de los nuestros “tanto como la distancia del cielo a la tierra». La ley que rige el Reino de Dios no está condicionada por las limitaciones humanas, y por eso, para entrar en ella, debemos renunciar a cosas que aquí nos parecen imprescindibles, pero que no lo son tanto.

Esta plaza donde nos encontramos con el dueño de la viña, es la Eucaristía que estamos celebrando. La Misa de cada domingo es para nosotros el lugar en el que nos encontramos con Dios que quiere darnos trabajo, que quiere acogernos en su viña (en su Reino) y pagarnos a todos con el mismo salario: todos los que hoy estamos aquí hemos recibido el denario de su palabra, su mismo mensaje, y ahora recibiremos los mismos dones eucarísticos, seamos quien seamos, vengamos de donde vengamos.

Y ésta es otra posible interpretación de la parábola: los distintos trabajadores que se presentan a distintas horas del día, pueden significar las distintas edades de la vida en las que se puede oír la llamada de Dios. Tanto si somos ancianos como jóvenes, tanto si hemos oído el Llamamiento de Dios desde pequeños como si la hemos oído de mayores, todos estamos llamados a entrar en el Reino de Dios y ser remunerados por igual con el amor y la misericordia infinitas que Dios quiere darnos. Cada uno de nosotros sabe qué motivos le han llevado a venir hoy aquí: puede que, habiendo oído la llamada de Dios desde siempre o teniendo un compromiso de vida, hayamos venido hoy a Misa con toda la intención de encontrarnos con Dios. Pero también puede que hayamos venido por casualidad, o por otros motivos: por una celebración familiar, para cantar (o para escuchar un buen corazón), porque es tradición venir con la romería de nuestro pueblo o, simplemente puede que nos hayamos encontrado con la Misa haciendo zapping en casa mirando la televisión… Sea como sea, estamos aquí. Y el Señor lo aprovecha para decirnos que nos quiere a todos, seamos de la hora que seamos. Y al tiempo que nos da a todos la abundancia de su amor, también nos recuerda que nosotros podemos hacer lo mismo con los demás: si Dios es providente y nos sentimos gratificados por los dones que nos ha hecho, ¿por qué no hacemos nosotros lo mismo con las personas que tenemos en nuestro entorno? Podemos ser una imagen del amor y la generosidad de Dios si hacemos lo que nos toca con amor, con generosidad, con espíritu de servicio para con los demás, si utilizamos nuestras habilidades para ayudar a los demás. Y todavía podemos intentar sacar un último ejemplo: el Señor nos pide que no tengamos envidia ni nos comparemos con los demás; da igual si somos de los últimos como de los primeros, porque una vez estamos en el ámbito del Reino de Dios, todos seremos recompensados de la misma manera. No nos dé miedo, pues, si sentimos la llamada de Dios, de escucharla y prestarle atención; lo que Dios quiere por nosotros debe ser, necesariamente, bueno.

 

Abadia de MontserratDomingo XXV del tiempo ordinario (24 de septiembre de 2023)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (17 de septiembre de 2023)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (17 de septiembre de 2023)

Sirácida 27:30-28:7 / Romanos 14:7-9 / Mateo 18:21-35

 

Hermanos.

Seguramente que algunos de ustedes tienen o han tenido alguna deuda o crédito para pagar. Vivimos en la era de las deudas económicas: las estadísticas sociológicas coinciden en que gastamos más de lo que tenemos porque acudimos mucho al crédito, un dinero “virtual” que existe en el futuro, pero el crédito nos permite disfrutar de un coche nuevo, unas vacaciones, una reforma, etc. Este tipo de deudas quedan bien registradas a través de contratos. Y si no lo pagas, ya sabéis. Pero ¿somos igualmente conscientes de nuestras deudas no monetarias, inmateriales?

El evangelio de hoy nos ha narrado una parábola que nos hace ver cómo Dios actúa, cómo nos enseña con su perdón y nos ayuda a perdonar. Es la parábola del siervo despiadado, que era un alto funcionario del rey, y le había sido perdonada la increíble deuda de diez mil talentos; pero luego él no estuvo dispuesto a perdonar la deuda, ridícula en comparación, de un poco de dinero que le debían: ese contraste significa que cualquier cosa que debamos perdonarnos mutuamente es siempre poco comparada con la bondad de Dios que perdona infinitamente.

Todos tenemos deudas espirituales, bienes espirituales que hemos recibido como un don y que superan lo que podríamos devolver: el cariño y el sacrificio de nuestros padres, la fidelidad de los amigos, la educación de nuestros maestros y catequistas… Y seguramente que, mirando hacia atrás, vemos nuestros errores y fallos, nuestra falta de correspondencia a tanto como hemos recibido. Se trata de nuestros defectos, y sobre todo de nuestros pecados, en los que el amor es traicionado.

Y así se va escribiendo la lista de nuestras deudas. Una lista que podemos llevar hasta el último escalón: el gran amor que Dios nos tiene, que se manifiesta en su misericordia: Dios desea que todos sus hijos practiquemos la misma medida que Él utiliza con nosotros. La cuenta en rojo de nuestras deudas con el Señor son nuestros pecados. Sólo la humildad frente a su mirada misericordiosa es la respuesta apropiada para saldar los números rojos. Sólo Dios salva, redime, pues sólo Él llega a lo profundo del corazón para restaurarlo.

El evangelio de hoy nos invita a no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha al otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de las disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias disculpas.

San Bernardo en el siglo XII enseñaba que para perdonar es muy conveniente pensar bien de los demás, aunque parezca difícil. Decía lo siguiente: «Aunque veáis algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadlo en vuestro interior. Excusad la intención si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, todavía podéis créelo así y decid en vuestro interior: la tentación habrá sido muy fuerte». Hasta aquí san Bernardo, que nos ha recordado el deber de amar a los enemigos, a los deudores, a los que nos molestan. Es necesario amarlos porque esperamos en su conversión y salvación.

Fácilmente encontramos deudores en nuestro día a día, quien pone el televisor demasiado alto, quien hace ruido o simplemente es un mal educado. En cualquier caso, es necesario comprenderlo, mantener la calma y sonreír. Que la Virgen María nos lleve a progresar en el verdadero amor sin retórica.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (17 de septiembre de 2023)

Ordenación presbiteral del P. Anton Gordillo (23 de junio de 2023)

Homilía del Cardenal Joan Josep Omella, Arzobispo de Barcelona (23 de junio de 2023)

Jeremías 1:4-10 / 1 Pedro 1:8-12 / Lucas 1:5-17

 

Estimado P. Abat,

Estimados monjes de este monasterio,

Estimados familiares y amigos del Hermano Anton,

Estimados hermanos y hermanas en el Señor,

Querido Hermano Antón, si miras atrás, contemplas en primer lugar, con gratitud y emoción, haber recibido el don de la vida humana. La vida es un don maravilloso, un regalo de Dios y en ese regalo están directamente implicados tus padres. Y hoy es un buen momento para agradecer a Dios y a tus padres el don de la vida y todo lo que han hecho por ti a lo largo de tu existencia.

Y en esa mirada atrás, contemplas también, con mayor emoción y gratitud, tu nacimiento a la vida divina por medio del Bautismo. A través de este magnífico sacramento, recibiste la semilla de la fe y fuiste sumergido en Cristo Muerto y Resucitado, nuestro Salvador. Por su Muerte y Resurrección estás ya salvado. Y la vida de cada bautizado se inserta para siempre en la vida de Cristo, en su forma de ser y de actuar. Luego recibiste la primera comunión, la confirmación, la entrada en la vida monástica… y la ordenación diaconal. ¡Cuántos y qué inmensos dones te ha concedido el Señor!

Recuérdelos, contémplalos hoy, lleno de emoción y agradecimiento. Hagamos nuestras las palabras de santa Clara de Asís: «¡Gracias, Señor, porque me pensaste, porque me creaste, gracias!». Nuestra alma, llena de alegría, proclama con María: «El Todopoderoso obra en mí maravillas».

Y hoy el Señor, que ya te eligió en el seno materno, te concede un nuevo y bellísimo regalo, que ninguno de nosotros merecemos. A través del sacramento del orden sacerdotal, el Señor comparte contigo su más profunda identidad, su eterno sacerdocio a favor de todos los hombres. Hoy el Señor te concede participar en lo más entrañable y radical de la misión que Él recibió del Padre. Por la imposición de mis manos y por la unción del Espíritu Santo, que se derramará sobre ti, serás verdaderamente sacerdote de Jesucristo, participarás de su único y eterno Sacerdocio.

¿Qué implica esta participación en la misión sacerdotal de Cristo, ese precioso don, carisma y ministerio?

Sacerdote.

El sacerdocio ministerial exige una relación íntima y profunda con el Señor, sacerdote, víctima y altar. Él nos dice: «Ya no os digo siervos […] A vosotros os he dicho amigos porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre». El presbítero, por el don de la lectio divina, debe llegar a vivir la alegría de Jesús con los sencillos, los pequeños, los últimos, los pecadores. Debe meditar incansablemente el camino de las Bienaventuranzas y entrar con frecuencia en la alegría del Espíritu Santo con la que nos quiere llenar Jesucristo. El sacerdote debe ser alguien que trata y conoce íntimamente el corazón de Jesucristo y, como Él, debe ser sensible a la alegría y a los sufrimientos de quienes le rodean, como nos exhorta san Pedro: «Yo, presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo».

El sacerdote vive con especial intensidad el camino que va de Getsemaní al Calvario. Es el Evangelio de su amor más allá de todo, de su Pasión «voluntariamente aceptada», de su vida entregada en la Cruz por nosotros y por todos los hombres, de su gloriosa Resurrección y Ascensión a los cielos. Estas escenas contempladas asiduamente y con amor marcan la carne y el espíritu del sacerdote con una marca indeleble. El sacerdote dice, cada día y cada noche, con el salmista:

«El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.». De ahí que el sacerdote debe ser hombre de oración, un hombre verdaderamente «religioso», en palabras del papa Benedicto XVI. Es entonces cuando podemos decir, como san Pablo: «Sé bien de quien me he fiado» (Cf. 2Tm 1,12).

Victima.

Compartir la misma misión sacerdotal que Jesucristo implica una nueva valoración de las cosas, un ir creciendo en sensibilidad ante la dimensión victimal y reparadora de nuestro ministerio. Tal y como nos enseña Cristo en el Evangelio, lo que cuenta en la vida no es la autorrealización ni el éxito; no es construirse una existencia interesante o una vida bella, ni alimentar a una comunidad de admiradores. El objetivo final de la vida de un seguidor de Cristo es obrar en obediencia al Padre y en favor de los demás, en obediencia de amor, un amor a la medida de la Cruz; en obediencia sufriente y, al mismo tiempo, decidida, rápida; en obediencia, muchas veces oscura e ignorada, siempre próxima a las víctimas de este mundo, a los maltratados, singularmente a las víctimas del pecado, la desgracia más profunda de todo ser humano.

Vamos al sacerdocio a ser víctimas con Cristo, a incorporar nuestros sufrimientos a su Pasión. Vamos al sacerdocio con la ofrenda de nuestro propio cuerpo, para ponerlo con Cristo en el altar por la salvación de la humanidad, porque nos duele el pecado del mundo, de cada hombre, de cada mujer; porque nos duele la vida sin Dios de tantos hermanos nuestros, nos duele tanto sufrimiento y tanta muerte sin Dios. Ser sacerdotes y víctimas con Jesucristo es gastarse y desvivirse por los demás, a su ejemplo; es vivir una vida de constante olvido de sí mismo para darse a Cristo y a los demás, para gloria del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. El sacerdote ofrece y entrega su vida a Dios por la salvación de la humanidad.

Podemos decir, en palabras del papa Benedicto XVI, que “si hoy los sacerdotes se sienten estresados, cansados y frustrados [y esto vale también para los monjes], se debe a una búsqueda exasperada de rendimientos. La fe se convierte en un pesado fardo que apenas se arrastra, cuando debería ser un ala por la que dejarse llevar” (La Iglesia. Una comunidad siempre en camino. Edit. San Pablo, pág.119). Dice el salmista: «¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme! 8 Emigraría lejos, habitaría en el desierto».

Ojalá sepas, querido hermano Antón, ojalá sepamos siempre, todos nosotros, volar con las alas de la fe, volar al desierto, a la soledad con Dios, solo con su amor, sin que lo impida nada ni nadie, sin que la fe se nos convierta en un fardo pesado.

Roguemos a Dios con confianza que nos conceda volar ligeros, trabajar con total generosidad, sin perder la alegría, no mirando los resultados, sino siendo fieles al amor primero, al amor divino que ha hecho con nosotros Alianza nueva y eterna, al amor que te ha llevado al desierto para hablarte en el corazón y para que le hables de los hombres y de sus soledades y necesidades. Y en el desierto, que Dios te convierta en un oasis capaz de dar los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.

Lo importante, pues, es ser amigos fuertes de Dios, transformados por el Espíritu en ofrenda que se inmola escondida en Cristo para alabanza de su gloria, ofrenda permanente de la Iglesia extendida por todas las naciones.

Altar.

Compartir la misión de Cristo implica también participar en el amor que Él tiene por toda la humanidad, y en su voluntad de salvarla y ayudarla. Por eso, serás, por Cristo, con Él y en Él, no sólo sacerdote y víctima, sino también altar. En ti, en tu corazón, tendrán un sitio las ofrendas de toda la humanidad, sus vidas y sus trabajos, sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias.

Compartir el sacerdocio de Jesucristo nos hace altar del universo, único altar donde el hombre pone la ofrenda de su pobreza y donde el fuego del Espíritu lo purifica todo, lo “cristifica” todo, para la gloria de la Santísima Trinidad, consustancial, indivisible, vivificadora.

Sólo en el altar de esta gozosa comunión con Cristo puede llegar a plenitud la alegría de toda la creación y de toda la humanidad. Por eso, no podemos guardar para nosotros la medicina de la fe que hemos descubierto, que nos ha curado a nosotros de tantos males y que nos ha proporcionado tantos bienes. El fuego misionero, la pasión por los demás, «pro eis», debe llenar de ofrendas el altar: la ofrenda de quienes no conocen todavía a Dios, de quienes viven como ovejas sin pastor, de quienes, como aquellos que le crucificaron entonces, ahora mismo, en nuestro tiempo, no saben lo que hacen.

San Gregorio Magno dice bellamente: «¿Qué otra cosa son los hombres santos sino ríos… que riegan la tierra seca? Sin embargo… se secarían si… no volvieran al lugar del que han brotado. Porque si no se recogieran en el interior del corazón y no encadenaran su anhelo de amor al Creador… su lengua se secaría.».

Le pido al Señor que te conceda vivir así: estando en cualquier sitio o en cualquier servicio al Monasterio. Sí, da igual un lugar como otro, da igual estar con muchos que con pocos hermanos. Lo importante es estar donde nos pone el Señor. Y allí ser altar, ser río que brota cada día del altar, del lado derecho, río que brota de la brecha de su lado, río que riega la tierra seca, aunque nunca veas los frutos.

Como dice san Benito practica el buen celo, como lo hacen los buenos monjes: honra a los demás, soporta con paciencia sus debilidades, no busques el provecho propio, sino el bien común, practica desinteresadamente la caridad fraterna, ama a tu abad con un cariño sincero y humilde, no antepongas nada a Cristo, cuida de los enfermos, preocúpate con toda solicitud de los niños, de los huéspedes, de los peregrinos y de los pobres. Reconforta a los desvalidos (Regla de Sant Benet).

Que Santa María, Virgen de Montserrat, la Moreneta, presente en cuerpo y alma en el cielo, desde la Asunción, madre de todos los sacerdotes, dulzura de vida, te ayude a permanecer en la alegría espiritual. Nunca lo dudes: Ella, madre y maestra, te ayudará cada día en tu vocación, para que seas fiel al ministerio recibido. Ella, la Virgen María, te consolará en todos tus dolores y obtendrá del Padre la fuerza y los dones del Espíritu, para que seas sacerdote, víctima y altar con Jesucristo. Amén.

 

Abadia de MontserratOrdenación presbiteral del P. Anton Gordillo (23 de junio de 2023)

La Santísima Trinidad (4 de junio de 2023)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (4 de junio de 2023)

Éxodo 34:4b-6.8-9 / 2 Corintios 13:11-13 / Juan 3:16-18

 

Una tradición medieval explica la siguiente anécdota: Un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, profundizando muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, levanta la vista y ve a un niño, que está jugando en la arena, a orillas del mar. Lo observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un agujero.

Así el niño lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad se acerca y le pregunta: «Oye, niño, ¿qué haces?» Y éste le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la pondré en ese agujero”. Y San Agustín dice: «Pero esto es imposible». Y el niño responde: «Si esto es imposible, más imposible todavía es que tú entiendas el misterio de Dios…»

En la misma línea, como bien saben los estudiantes de teología, el propio san Agustín dice en uno de sus comentarios: «Si lo entiendes, no es Dios». Ante estos precedentes, hacer una homilía el día que celebremos la Santísima Trinidad es todo un reto. La Trinidad es un gran misterio y cada palabra no hace más que cerrar lo abierto, poner un límite, aunque sea involuntario y sólo lingüístico, a lo que es en sí mismo el infinito por excelencia.

Por eso, la mejor manera de considerar este gran misterio es el silencio. Pero esto no es posible en una homilía, aunque ya sabemos que es mejor hablar con Dios, que hablar de Dios. Por tanto, os propongo celebrar la Trinidad tomándonos tiempo para contemplar su presencia entre nosotros, sus maravillas, su obra. ¿Y cómo podemos contemplar las obras que Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- realiza? Empecemos por las lecturas que acabamos de escuchar.

En la primera, en el libro del Éxodo, el Señor se presenta a Moisés, y lo hace llamándose por su nombre: «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Éste es su nombre. En la segunda lectura, San Pablo, escribiendo a los Corintios, no tiene dudas y habla de un Dios de amor y de paz, de un Dios que, en la gracia ofrecida por el Hijo, en el amor compartido del Padre y en la comunión otorgada por el Espíritu se convierte en bendición. Finalmente, el Evangelio pone un punto definitivo, por si quedaba alguna duda: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”.

Dios envió a su Hijo para que la humanidad dejara de creer en un Dios inalcanzable y terrible y empezara a creer en ese Dios que, desde el primer momento, cuando nada era, nada existía, quiso que la vida fuera y estuviera en eterno acontecer, nunca igual, nunca repetitiva, nunca estancada. Dios envió a su Hijo para que recordáramos que su nombre y su rostro son misericordia, amor, ternura, fidelidad.

Porque el Dios de la Biblia es un Dios cercano, no sólo filosófico y “todo Otro”. Es un Dios que es Padre, que ha querido acercarse a nosotros y ha entrado en nuestra historia, que nos conoce y que nos ama. Un Dios que es Hijo, que se ha hecho nuestro hermano, ha querido recorrer nuestro camino y se ha entregado por nuestra salvación. Un Dios que es Espíritu y quiere llenarnos en todo momento de su fuerza y su vida.

A la luz de la Palabra que la liturgia nos ha ofrecido hoy, ¿cómo contemplar, pues, su presencia entre nosotros, sus maravillas, su obra? Dios tiene que ver con el amor, con la belleza, con la fidelidad, con la vida en todas sus transformaciones, con lo inacabado, lo indeterminado, lo dinámico.

Así que hoy tomémonos un tiempo para contemplar lo que tiene que ver en nuestras vidas con todo esto. Porque donde hay amor, belleza, vida, fidelidad, autenticidad, ahí está Dios. Y no un Dios monolítico, sino un Dios plural; no un Dios lejano, sino un Dios cercano; no un Dios inamovible, sino un Dios en movimiento eterno, porque esto es el amor.

Hermanos y hermanas, hoy no es un día para intentar explicar el misterio de la Trinidad, sino de recordar cómo Dios ha actuado y sigue actuando en nuestro bien, y cómo toda nuestra vida está marcada y orientada por su amor. Hemos sido bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y así tenemos la posibilidad concreta de realizar entre nosotros la santa y bella comunión que hace de nuestra vida una fiesta.

San Pablo nos exhorta a vivir y manifestar esta alegría: “Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros”. Éste debe ser nuestro testimonio del Dios Trinidad, que nos ama y nos llena de su propio amor, para que lo vivamos en este mundo tan necesitado de Dios.

Abadia de MontserratLa Santísima Trinidad (4 de junio de 2023)

Domingo VII del tiempo ordinario (19 de febrero de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (19 de febrero de 2023)

Levítico 19:1-2.17-18 / 1 Corintios 3:16-23 / Mateo 5:38-48

 

Estimados hermanos y hermanas,

Permítanme que inicie esta homilía, recordándome a mí mismo y compartiéndolo con vosotros dos breves afirmaciones. La primera, que a pesar de ser obvia la olvidamos a menudo, y es que la Palabra de Dios no podemos leerla ni meditarla nunca en tercera persona del singular, dicho de otro modo, olvidando que siempre se me dirige de manera personal. La segunda es que cada domingo el anuncio de la tercera lectura se hace por parte del diácono como lectura del Evangelio, que es lo mismo que decir, lectura de la Buena noticia ya que éste es el significado del concepto griego εὐαγγέλιον. Por tanto, hoy, en esta celebración, Dios nos habla personalmente a cada uno de nosotros y también comunitariamente para hacernos llegar una Buena Noticia.

Dicho esto, el fragmento evangélico que acabamos de proclamar cierra el capítulo 5 del evangelio según san Mateo que empezamos a leer el domingo día 29 de enero, con el texto de las Bienaventuranzas. Tanto en este texto como en todo el capítulo el evangelista utiliza un lenguaje fuerte, paradójico y escandaloso tanto para su tiempo como para el nuestro.

El texto de hoy no es una excepción y su estructura es la del cumplimiento de la Ley antigua, según el esquema “ya sabéis que, a los antiguos, les dijeron… pero yo os digo”. La enseñanza de Jesús dirigida a sus contemporáneos y por tanto también a nosotros, lejos de dar simples reglas de comportamiento, tiene como objetivo las relaciones interpersonales y especialmente las que son hostiles o violentas

La llamada de la Torá (Ex 21,26, Lv 24,20), en referencia a la llamada ley de la represalia o ley del Talión, es para Jesús el punto de partida para proponer otra vía, la suya, la de Jesús, y que es respuesta a la violencia sea en forma de bofetada, de robo o de opresión. La vía que propone Jesús va más allá del sentido común del derecho, encaminado a contener la invasión de la violencia y los mecanismos de la venganza.

¿En qué consiste la vía de Jesús? Jesús nos muestra una actitud de donación sin reservas y que la vivirá hasta la Cruz. No se trata de sufrir pasivamente, sino que revela algo más profundo. Son gestos aparentemente incomprensibles y llenos de libertad, contrarios al mecanismo de acción-reacción. Representan un camino que confunde al malvado y puede desarmarlo. Nos pasa igual a nosotros cuando hacemos una acción incorrecta y que duele y nos desama ver cómo el que hemos herido nos ofrece la mano. Este «plus» del amor no es algo de lo que seamos capaces espontáneamente, ni puede resultar del esfuerzo personal, sino que reclama por parte de cada uno, un camino, un itinerario para vivir y madurar según los sentimientos de Jesús, que no son otros que los que están en el corazón de Dios. Por eso no seamos fáciles en juzgar las reacciones de los demás.

En esta lógica no es extraño que Jesús exprese de forma contundente la revolucionaria proclama que es el centro del relato que hemos proclamado: “Ya sabéis que dijeron: “ama a los demás”, pero no a los enemigos. Pues yo os digo: Amad a los enemigos, rogad por aquellos que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre celestial: él hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos”.

La paradoja de este Evangelio sólo es posible si ha habido un encuentro con Jesús y una renovada idea de Dios como Padre. El encuentro con Jesús nos pide un amor desproporcionado; el amor es siempre desproporcionado y choca con la forma de hacer y de ser del corazón humano, que puede llegar a confundir el amor a uno mismo con el vivir centrado y encerrado en el propio corazón, ya que el amor siempre es apertura al otro, posibilidad de ser para uno mismo y para los demás.

Retomando las dos afirmaciones con las que he empezado esta reflexión me doy cuenta de que hoy las palabras de Jesús nos tocan directamente a cada uno de nosotros, pero no como una acusación sino como posibilidad para reconocer que a veces no estamos muy lejos de las situaciones que nos descrito el evangelista. Pero también, hoy hemos recibido una buena noticia y es que, aunque no nos sea fácil vivir y ser como Jesús, sólo con que lo intentemos seremos prefectos como lo es el Padre celestial.

No quisiera terminar esta reflexión sin un recuerdo con gran respeto y una oración por todos los que son víctimas de tantas formas de violencia. Y todavía una oración para pedir a Jesús que nos ayude a mirar con su mirada a quienes obran el mal y el mal que nosotros obramos.

La Eucaristía que estamos celebrando es fuerza y viático en nuestro itinerario para poder ser perfectos como lo es el Padre celestial. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo VII del tiempo ordinario (19 de febrero de 2023)

Domingo VI del tiempo ordinario (12 de febrero de 2023)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (12 de febrero de 2023)

Sirácida 15:15-20 / 1 Corintios 2:6-10 / Mateo 5:17-37

 

Ley y libertad: dos palabras no siempre bien avenidas, no siempre entendidas por igual y que a lo largo del tiempo no han dejado de coexistir sin duras controversias. Jesús mismo se enfrentó varias veces con los escribas y fariseos sobre la forma de interpretar la ley. Con una autoridad sorprendente a los ojos de sus detractores afirma: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5, 17). Jesús, por tanto, no quiere suprimir los mandamientos que Dios dio a su pueblo por medio de Moisés, sino que quiere darles plenitud. No se contenta con repetir la tradición ni en consolidar un legalismo minucioso y sin alma, sino que intenta liberar el corazón del hombre del peso fastidioso de la Ley para mostrar que esta «plenitud» que le da, requiere una mayor justicia, una observancia más auténtica. Dice, en efecto, a sus discípulos: «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5, 20); un Reino que ya se hace presente en medio del mundo por el espíritu de las Bienaventuranzas, por la novedad radical de una Ley que tiene su cumplimiento en la justicia y en un amor sin límites, sin exclusiones de ningún tipo.

La primera lectura que hemos escuchado nos muestra una reflexión hecha por la persona que, a partir de la experiencia de los años, ya sabe lo que es la vida y las contradicciones de la misma e intenta inculcar una orientación importante para vivir. El consejo vendría a ser éste: “Sé libre, elige con libertad, no te sientas obligado, no dejes que otros decidan por ti, pero, aún así, elige lo mejor”.

La pregunta que nos viene y que va a seguir viniendo a la mente de todos es: ¿Y qué es lo mejor? ¿Dónde encontrarlo?… esta pregunta no deja de inquietarnos también hoy frente a la diversidad de respuestas y posibilidades que nos ofrece el mundo.

Los sabios de aquella época, se remitían a lo que ellos llamaban los mandatos: Un conjunto de reglas sobre cómo comportarse para tener éxito en la vida. Lo que nosotros llamamos mandamientos son fruto de un proceso muy largo de reflexión en el que se reflejan las situaciones humanas con sus problemas, sus contradicciones, inquietudes, dudas o necesidades y que se concluye expresando lo más conveniente para que la vida se ordene de cara a hacer el bien y ser mejores. El hombre que a través de los años ha adquirido sabiduría y experiencia de vida, da sus consejos: “cuidado con lo que haces, no te dejes engañar, vigila con quien vas, no te pierdas” … Este conjunto de normas y de enseñanzas prácticas ha tenido etapas más o menos exitosas a lo largo de la historia, tanto si lo valoramos desde tiempos pasados, donde se exageró su rigidez, o era incuestionable la autoridad de los padres y maestros respecto a los hijos o alumnos, como si lo valoramos ahora en que a menudo vemos cómo el menosprecio de las normas puede ser el cultivo más idóneo para cultivar el desbarajuste, la desorientación, o la falta de valores o puntos de referencia que nos ayuden a encontrar el sentido de lo que somos y que hacemos, y vemos cómo lo que tiene éxito en nombre de la libertad es decir: “haz lo que quieras, que nada ponga freno a lo que deseas y disfruta de la vida que son cuatro días,” ¡siempre que el bolsillo y el salud lo permitan, por supuesto!

A lo largo del tiempo ha habido personas y teorías que defienden que la creencia y la vivencia religiosa son incompatibles con la libertad individual. Parece como si la voluntad de Dios fuera sinónimo de pérdida de libertad, de dejar de ser nosotros mismos. Esto se debe, por un lado, a una falsa imagen de Dios como alguien tirano y egoísta, abrumador, y por otro, pensar que la voluntad de Dios nos parece totalmente arbitraria. Si observamos la forma de actuar de Jesús nos daremos cuenta de que la libertad no es un fin en sí mismo sino un medio para algo mayor que para él es hacer la voluntad de Dios; la que nos hace verdaderamente libres. Nuestro Dios no es un Dios caprichoso ni egoísta, ni celoso de nuestra libertad, sino que, como buen padre, quiere lo mejor para nosotros. Lo que ocurre es que quizá no nos acabamos de fiar.

En tiempos de Jesús los escribas y fariseos exageraban tanto la importancia de la Ley que cualquier mínima crítica o resbalón era interpretado como un ataque frontal a su totalidad. Por eso se enfrentan y atacan a Jesús directamente y sin reparos porque, más que un estricto cumplimiento de la letra, nos pide una exigencia y una adhesión libre que no siempre es fácil de asumir. Jesús dice que no ha venido a abolir la Ley sino a darle plenitud, es decir, ha venido a decirnos, por ejemplo, que lo importante no es que yo dé una limosna, que en un momento concreto puede tener su importancia, sino que lo que importa es que yo esté pendiente de atender a quien tiene necesidad; que si trato de no ser un criminal, un crápula o un estafador, que ya es mucho, lo importante es liberarme de la codicia, la avidez, o del deseo de venganza y violencia que a menudo está en nuestro corazón.

Jesús nos pide que cumplimos sus mandamientos no como una obligación pesada, sino como un deseo profundo y personal por descubrirlos como algo fundamental para mí; como una ayuda y una guía para hacer nuestros sentimientos y finalmente lograr la libertad de los hijos de Dios que no es más que vivir en aquel amor que nos acerca más a Dios y a los demás.

¿Que Jesús nos pide demasiado? Puede ser, pero nunca nos deja de su mano y nos dice: “Venid a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo os haré reposar porque mi yugo es suave, y mi carga, ligera.” (Mt 11, 28.30). Pidamos al Señor que nos haga descubrir qué es lo mejor para nosotros, a pesar de que nos cueste llevarlo a cabo, y abrámonos a su novedad y a su perdón. No tengamos miedo al Evangelio.

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (12 de febrero de 2023)

Domingo V del tiempo ordinario (5 de febrero de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (5 de febrero de 2023)

Isaías 58:7-10 / 1 Corintios 2:1-5 / Mateo 5:13-16

 

El pasado domingo oímos proclamar cómo Jesús viendo a las multitudes, observando la sociedad, subió a la montaña, y empezó a instruir a sus discípulos: el mensaje, bien mirado era sorprendente, y todavía lo puede ser para nosotros si reconocemos que Jesús es nuestra referencia y, por tanto, todo lo que dijo a sus discípulos, nos lo dice, hoy, a nosotros. Nos hace descubrir que Dios valora a las personas de una manera muy diferente a cómo son valoradas en nuestro entorno social. En nuestra sociedad se valora el éxito, los ganadores. También en tiempos de Jesús se creía que quienes eran ricos, por ejemplo, es que Dios les había bendecido. Pero la instrucción de Jesús es muy distinta; nos dice que Dios valora a aquellos que, precisamente, no son socialmente admirados, como los pobres en el espíritu, los que están de luto, los humildes, los que tienen hambre y sed de ser justos, etc. Y a estos Dios les da la posibilidad de ser felices, bienaventurados, santos, porque ellos poseerán el Reino, serán consolados, poseerán la tierra, serán saciados.

Hoy ha continuado su instrucción pidiendo que los discípulos hagamos lo mismo: proclamar por todas partes cómo Dios valora la vida, especialmente a aquellos que parece que la vida se les ha dado la espalda. Pero no se trata de dar una buena dosis de optimismo a perdedores, sino dar sentido a su itinerario personal. Para realizar bien esta proclamación nos ha propuesto dos actitudes. Ser sal. Ser luz.

¿Cuál es el sentido que tiene en ese contexto la sal? Por un lado, la sal es la que da sabor a los alimentos. Debemos entender que la misión de los discípulos, la de la Iglesia, la de cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ser discípulos, es que debemos introducirnos en la entraña de la sociedad para descubrir el sentido de la vida en un mundo en el que se banaliza cada vez más. También la sal, en tiempos de Jesús, tenía la función de conservar e impedir que los alimentos se estropearan y se corrompieran. Por tanto, se trata de luchar para que la práctica de la justicia proteja la dignidad de todos aquellos a quienes Jesús ha anunciado las bienaventuranzas, como los humildes, los compasivos, los limpios de corazón, los que ponen paz, los perseguidos por el hecho de ser justos…y aquí podemos recordar todas las demás bienaventuranzas. Para ser coherentes en este sentido, es necesario coraje personal, de lo contrario seremos como la sal que no sirve para nada, y podemos caer en la indiferencia de todos y que en la calle seamos pisados.

Cuando afirma: «Vosotros sois luz del mundo». No nos está diciendo que debemos serlo, sino que lo somos. Tomar conciencia, pues, de nuestra misión y responsabilidad. La Iglesia, nosotros, debemos ser referentes para quienes están en busca del vacío interior. No se trata de afán de protagonismo. San Pablo, en la segunda lectura, explicaba a la comunidad de Corinto su actitud personal cuando les escribía: «mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu» Este ser luz puede tener muchas expresiones, pero es indudable que debe iluminar, y difícilmente se ilumina si nuestro interior no vive liberado porque se sabe acogido por el amor de Dios. Podemos constatar que quien hace la experiencia de sentirse amado tiene la fuerza del amor en su mismo rostro. A veces tenemos poco presente que, cuando queremos dar testimonio de la propia experiencia, lo decimos como un reproche. Cuanto más nos dejemos atrapar por las bienaventuranzas más sencilla y a la vez más profunda será nuestra vida.

Irradiamos lo que vivimos, lo que somos, lo que hacemos. Es lo que nos ha dicho el salmo cuando nos recordaba: «El hombre justo, compasivo y benigno, es luz que apunta en la oscuridad…Tiene el corazón inconmovible, nada teme, reparte lo que tiene, lo da a los pobres, su bondad consta para siempre» Es lo mismo que Isaías nos ha recordado en la primera lectura cuando ponía en boca de Dios: «Comparte tu pan… si alguien no tiene ropa, vístelo; no les rehúyas que son hermanos tuyos. Entonces estallará en tu vida una luz como la de la mañana, y se cerrarán al instante tus heridas». Esto es lo maravilloso: cuanto más nos comprometemos para iluminar, tanto más la claridad de Dios iluminará y curará nuestra propia vida.

 

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (5 de febrero de 2023)

Domingo IV del tiempo ordinario (29 de enero de 2023)

Homilía del P. Bonifaci, monje de Montserrat (29 de enero de 2023)

Sofonías 2:3; 3:12-13 / 1 Corintios 1:16-31 / Mateo 5:1-12

 

Hoy, en nuestra celebración dominical, todavía resuena aquella manifestación de pobreza y humildad del misterio de Navidad. Porque Navidad no podía ser sino la puerta de entrada de Cristo que venía a instalar el Reino de Dios, Reino de pobreza y de humildad, porque es esto lo que nos revela cómo es Dios. Dios es amor, y el amor es humilde y no busca su provecho, sino el de aquél que ama. Y el Hijo de Dios se rebajó, se hizo hombre y murió pobre, de la manera más ignominiosa, en manos de los poderosos, por nuestro amor. Pero el Padre confirmó su mensaje y su vida sentándolo a su derecha.

No es, pues, nada extraño que el fundamento del mensaje del Reino sean las Bienaventuranzas, que resumen la forma de vida que Dios quiere que vivamos los hombres. Una forma de vida totalmente contraria al ideal de vida que los hombres siempre han querido construir y proponer.

Hoy tenemos un texto profético que nos predice: Buscad al Señor los humildes.  Y San Pablo dice a los cristianos de Corinto: Dios ha escogido lo que no cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en la presencia del Señor. El que se gloríe, que se gloríe en el Señor. 

Las bienaventuranzas nos hablan de pobreza, de humildad, de bondad, de pasar hambre, de estar tristes, de ser compasivos, de tener el corazón limpio, de poner paz y de ser perseguidos por el nombre de Cristo. Valores que el mundo desestima.

¿Por qué esa insistencia de la Palabra de Dios? Sencillamente, porque es lo que nos ha venido a revelar a Cristo que nos trae la voluntad de Dios. Él no hacía sino revelar al Padre. Quien me ve a mí, ve al Padre. Yo no hago sino lo que me dice el Padre. Y, de hecho, la trayectoria de la vida de Cristo está marcada por el camino de la pobreza y de la humildad: empieza a predicar, no en grandes ciudades, sino en las aldeas de Galilea, elige a colaboradores de entre la gente sencilla, ignorante, pobre. Él mismo fue un trabajador hasta que inició el ministerio de la predicación del Reino. Nunca quiso hacerse de ningún movimiento social o político, ni ser proclamado profeta, o rey. Venía sólo a dar testimonio de la verdad, de la voluntad del Padre de salvar a los hombres. Su poder era hacer el bien a los desamparados, perdonar pecados, liberar de demonios, conducir al Padre. Fue la imagen del Padre, reveló el Reino del Padre.

El Dios que nos hemos formado los hombres, en cambio, es un Dios sublime, separado, que impone temor, juez supremo, Ser perfecto, pero que nos hace ver a nosotros imperfectos. Pero el Dios que nos revela Jesús no tiene esta imagen. Es todo lo contrario: es en Jesús que Dios se manifiesta y se revela. Quien ve a Jesús ve cómo es el Padre. Y Jesús nos invita: ‘Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro reposo’. ‘Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva’. ‘He venido a salvar, no a condenar’. ‘No tengáis miedo, el Padre quiere daros el Reino’. “Cree en mí y cree también en el Padre, y donde yo estoy estaréis vosotros”. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo’.

Si queremos ser discípulos de Cristo, sigamos, pues, sus huellas: Porque el que ama la vida, la perderá, y el que la pierde por mí, la recobrará. ¿Qué ganaríamos de tener todos los bienes del mundo si perdiéramos la vida? Sigamos, pues, la pobreza, la humildad, la bondad, el amor desinteresado, busquemos servir a los demás. Y, quien quiera ser mayor, que se haga servidor de todos. No existe un camino más seguro. Dios nos lo recompensará. Nos dirá: ”Venid, bendecidos de mi Padre, entrad en el Reino que os estaba preparado desde la creación del mundo”.

 

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (29 de enero de 2023)

Domingo III del tiempo ordinario (22 de enero de 2023)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (22 de enero de 2023)

Isaías 8:23b-9:3 / 1 Corintios 1:10-13 / Mateo 4: 12-23

 

Estimados hermanos y hermanas,

En las primeras palabras del Evangelio de hoy nos encontramos con dos grandes personajes del Nuevo y del Antiguo Testamento. El primero es San Juan Bautista, el nuevo profeta Elías, y con su misión concreta y específica: “De preparar el camino de quien iba a venir”. El Bautista era el precursor, el manifestador para reconocer al Elegido, al Mesías, Jesús, Luz del mundo, al Cordero de Dios y bautizarlo. El rey Herodes Antipas encarceló y decapitó a Juan, en la fortaleza de Maqueronte, por instigación de su ilegítima mujer Herodías, madre de Salomé. Jesús, al saberlo, no volvió a Nazaret, sino que se exilió a la ciudad de Cafarnaún, lugar de confluencia de caminos del mar y la montaña, cerca del gran lago de Tiberíades, región conocida popularmente como “País de Zabulón y de Neftalí, Galilea de los Gentiles o de los Paganos”.

El segundo personaje que hemos oído en la primera lectura es el Profeta Isaías (podemos ver su imagen en el centro de la nave de la Basílica, a vuestra derecha). Él profetizó 800 años A.C. todos los oráculos del Siervo de Yahvé y la venida del Mesías el Salvador. Hoy nos dice: “El pueblo que avanzaba a oscuras ha visto una gran luz, una luz resplandece para quienes vivían en el país tenebroso”. Jesús es la Luz del mundo para quienes lo buscan y lo buscan de todo corazón. Todo cristiano normal es llama, espejo de luz, de alegría, persona de gozo y libertad. Dice el cardenal de Barcelona, Joan Josep Omella, que “toda pequeña comunidad o parroquia, tanto de la ciudad como de los pueblos, son sencillas llamas de Luz, son presencia Cristiana viva, concreta, simple y vacilante, ¡pero llama! que brilla y da Luz en nuestra difícil sociedad actual”. No podemos decir, en modo alguno, y tranquilamente: “durante muchos años me he reservado mi fe para mi intimidad privada”.

Jesús nos dice: “Convertíos, que el Reino del Cielo está cerca”. Es una invitación, una llamada a darnos la vuelta hacia Dios. No se trata sólo de convertirse en buenas personas de golpe, sino de volver a aquel Yo que es bueno dentro de nosotros mismos. Por eso, la conversión no es triste, es el descubrimiento de la verdadera alegría que gotea dentro de la profundidad de nuestro pequeñísimo corazón humano. Convertirse es simplemente dar un vaso de agua, hablar con esa persona mayor desconocida en el rellano o en el ascensor de tu casa; decir buenos días, buenas noches, adiós, ¿cómo estáis…? consolar a quienes lloran. Compasivos con quienes pasan hambre, dolor o guerra. Pacificadores en todo evento y en todo lugar; limpios de corazón, para decir siempre una palabra de vida, una palabra adecuada, de Buena Nueva, de gozo, de amor, de paz. Y, sobre todo, firmes ante el mal, que en todo momento está siempre presente y actuando, desgraciadamente.

En el río Jordán Jesús revela su filiación Divina. Hoy, en el lago de Galilea, comienza su manifestación, su Misión. Él, bordeándolo, ve a dos hermanos, Simón-Pedro y Andrés, que estaban tirando las redes. Les llama y les dice: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Un poco más adelante hace lo mismo con otros dos hermanos, Jaume y Joan, que estaban en la barca, reparando las redes. Todos, rápidamente, dejando familia y trabajo siguen la voz del Maestro. Jesús no les prometió nada, no les aseguró la vida, una casa o dinero. No, simplemente les llamó y ellos respondieron: “¡Aquí me tenéis! ¡Estoy aquí!”. Mensaje, llamada, respuesta y seguimiento. San Benito nos dice: “Escucha, hijo, los preceptos de un maestro e inclina el oído de tu corazón y acoge con gusto la exhortación de un padre bondadoso y ponla en práctica”.

El Evangelio de este domingo finaliza con Jesús en misión. Él predica en las sinagogas, enseña la Palabra, la Buena Nueva y cura a la gente de toda enfermedad. Todo esto, mientras viajaba por la Galilea, País de Zabulón, de Neftalí, tierra de paganos, que ahora ven personalmente una gran Luz, que es Jesús de Nazaret, el Señor. Triple Misión de Cristo, y Triple misión de la Iglesia: «Enseñar, anunciar y curar». Ser pescadores de hombres.

Hermanos y hermanas: en este Domingo de la Palabra es Jesús mismo quien nos habla y nos invita a construir nuestra vida sobre sus Palabras de Vida. San Jerónimo nos dice: «Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo». Oremos, hoy, especialmente, por aquellos países donde, por tener simplemente un pequeño Nuevo Testamento puede significar muchos meses de cárcel; o distribuir Biblias, o ser cristiano públicamente puede acarrear penas de muerte, con el silencio de todo el continente europeo.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (22 de enero de 2023)

Domingo II del tiempo ordinario (15 de enero de 2023)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (15 de enero de 2023)

Isaías 49:3.5-6 / 1 Corintis 1:1-3 / Joan 1:29-34

 

Poco antes de la pandemia, con la Escolanía fuimos a cantar a Moscú. Fue justamente esta semana, después de que se nos proclamara ese mismo evangelio. Y una de las visitas culturales que hicimos fue en la galería Tretyakov, el museo de pintura más importante de la ciudad. El museo lleva el nombre de Pavel Tretyakov, un comerciante que después de hacerse millonario gastó su fortuna comprando arte, pero no para él: quiso que su colección fuera pública, y que quedara instalada en un museo de acceso gratuito para los moscovitas, para que todo el mundo pudiera estar en contacto con el arte. Y visitando el museo, entramos en una gran sala en la que había un cuadro de 7 metros por 5 que ocupaba toda la pared. La guía se entretuvo bastante porque era interesante; y para nuestra sorpresa, la temática del cuadro era —justamente, la del evangelio del domingo (es decir, el de hoy).

El cuadro en cuestión era de Alexander Ivanov, pintor naturalista ruso del S.XIX, que se esforzó por plasmar la trascendencia del momento: el encuentro con Jesús, que puede transformar la vida de las personas porque nos perdona el pecado. En el cuadro se veía a Jesús a lo lejos, acercándose. Era la figura más pequeña pero la que más se veía. Y en primer plano había unas 25 o 30 personas, con Juan Bautista en el centro señalando a Jesús en el momento de decir «Mirad el Cordero de Dios». El artista había sabido captar uno de los mensajes profundos de esta escena, y por eso había pintado a personas muy diferentes. Estaban los discípulos de Jesús con sus virtudes y defectos: Pedro, que recibiría el encargo de liderar el grupo; Tomás que dudaría… Había gente rica y pobre, gente joven y vieja, gente letrada e inculto, hombres y mujeres, niños y niñas… La guía nos fue explicando que algunas de las caras eran conocidas de quienes vieron el cuadro por primera vez: había algún escritor reconocido del momento, e incluso uno de los personajes era un autorretrato del artista. Y lo que tenían en común todos ellos era que se encontrarían con Jesús, lo que supondría un antes y un después en sus vidas. Porque Jesús había venido para hacer presente a Dios en medio de nosotros y para salvarnos, a todos: independientemente de nuestra posición social, de nuestro oficio, de nuestra riqueza, de nuestra edad, e incluso de nuestra fe, Dios nos perdona y nos salva. Y mientras nos íbamos adentrando en el misterio y nos íbamos sorprendiendo de todo lo que se podía decir sin palabras, aún hubo otro detalle destacado: nos hizo notar que en un extremo había un espacio en el que todavía habría cabido una figura más, un personaje que no estaba. ¿Por qué había dejado un espacio desperdiciado, donde se veía la vegetación al fondo? Uno de los escolanes acertó la respuesta, pero la dejamos para el final.

«Mirad al Cordero de Dios, mirad al que quita el pecado del mundo» es una frase que ha pasado a la liturgia. La oiremos del celebrante justo antes de hacer la comunión. Este Jesús que bautizó en el río Jordán y que vino para salvarnos a todos, ahora se nos hará presente a través de los dones eucarísticos, y recibiéndolos nos uniremos a él. Ya estábamos unidos: por el sacramento del Bautismo todos nosotros nacimos como hijos de Dios. Y por el sacramento de la Confirmación recibimos el Espíritu Santo y lo llevamos con nosotros. Pero cada vez que nos sentamos en la mesa del Señor renovamos esta presencia de Dios en nuestro interior; por eso el celebrante añade “dichosos los invitados a su mesa”, y por eso este evangelio trae el eco de las fiestas de Navidad: porque Jesús no sólo vino al mundo una vez, sino que sigue vivo y presente a través nuestro: cada vez que escuchamos su palabra con voluntad de hacerla nuestra y cumplirla, cada vez que como hoy haremos la comunión, tenemos y hacemos presente a Dios en el mundo. Y esto es todo un privilegio, que debe tener continuidad en nuestras vidas.

Todos nosotros, cuando salgamos de esta celebración habremos renovado la presencia de Dios en nuestro interior. Todos iremos con la misión de hacer presente a Cristo en el mundo. Lejos de venir a Misa como una obligación o una rutina, sintiendo la palabra de Dios y recibiendo el cuerpo de Cristo, llevaremos a Dios en nuestro interior y con nuestras palabras y obras lo haremos presente allá donde vayamos. Y por eso podemos proponernos un doble ejercicio. En primer lugar, a imitación del Bautista que mirando a Jesús dijo «Mirad al Cordero de Dios», nosotros también deberíamos esforzarnos en ver la presencia de Dios en todas y cada una de las personas que tratamos, y perdonarlas. Seguramente es más fácil de hacer con quienes amamos o con quienes nos caen mejor, pero se trata de hacerlo con todo el mundo, incluso con los que más nos cuesta. Porque todo el mundo puede llevar la presencia de Dios, y si nos esforzamos por verla los amaremos más fácilmente. Y en segundo lugar, deberíamos vivir conscientes de que cada uno de nosotros también puede hacer presente a Dios a los demás. Y aquí ya podemos responder a la pregunta que había quedado abierta sobre el espacio que quedaba libre en el cuadro: el pintor dejó un espacio vacío para que cada uno se imaginara a sí mismo en aquella escena. Dios también ha venido para cada uno de nosotros. Y Dios también se hace presente en cada uno de nosotros. Aparte de tratar de reconocer la presencia de Dios en los demás, debemos ser conscientes de que también somos presencia de Dios. Y esto nos condiciona positivamente, porque nos invita a hacer el bien y aportar cosas buenas a la sociedad. Como Tretyakov, que pudo vivir tranquilo con su fortuna pero que prefirió gastarla para dar una oportunidad a los más humildes que no habían tenido su suerte. O como tantas y tantas acciones anónimas que encontraríamos a nuestro alrededor si nos fijáramos bien en todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Contribuir con lo que podamos a la edificación del Reino de Dios, siendo conscientes de que llevamos a Dios con nosotros y tratando de verlo también en los demás, es un buen fruto de la celebración de la Navidad que hemos pasado, y un buen propósito para al año que comienza.

 

 

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (15 de enero de 2023)