Solemnidad de san Benito (11 de julio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (11 de julio de 2021)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

El Señor en el evangelio nos acaba de decir que todo el que por su nombre haya dejado todo lo que tenía, recibirá unos dones más valiosos y heredará la vida eterna. Hoy, hermanos y hermanas, vemos como esto se ha hecho realidad para san Benito, nuestro padre en la vida monástica y copatrón de Europa. Lo contemplamos participando plenamente de la victoria pascual de Jesucristo después de haberlo dejado todo y de haberse ido identificando cada día más con él. San Benito experimentó cómo en la vida de cada día, tanto en los momentos alegres como en los tristes, si se procura seguir el camino del evangelio, «ensancha el corazón y se corre por la vía de los mandamientos de Dios en la inefable dulzura del amor «(RB Pról. 49).

Sí. San Benito vivió la novedad de vida que nos viene del bautismo; vivió la libertad de los hijos de Dios. Por ello, las palabras del apóstol que hemos escuchado en la segunda lectura, la liturgia las aplica a san Benito porque es el que procuró vivir en sí mismo y enseñarlo a sus discípulos.

San Pablo nos ha hablado de tener los sentimientos que corresponden a escogidos de Dios. Y, ¿cuáles son estos sentimientos? O, aún antes otra pregunta: ¿qué significa aquí la palabra sentimientos? No se trata de un estado de ánimo, de una sensación emotiva, sino de algo más profundo. Se trata de una disposición interior que se traduce al exterior con unas actitudes concretas, con una determinada manera de ser y de actuar.

¿Cuáles son, pues, los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios? San Pablo los ha ido mencionando. Son los que derivan de saberse gratuitamente perdonado, querido, santificado, por Dios. Cuando uno toma conciencia de todo lo que Dios le ha concedido y es consciente también de su pobreza personal, brota de su interior el sentimiento de humildad, de saberse pequeño, poco, sin ningún mérito propio y, sin embargo, saberse profundamente amado por Dios. Y aquí, brota la paciencia, hacia uno mismo y hacia los demás; brota la serenidad; que permite mirar la propia historia, los acontecimientos de cada día y la relación con los demás desde la certeza del amor de Dios que se hace presente. Porque la paciencia evangélica que no es otra cosa que un don del Espíritu que concede de perseverar en el camino cristiano por amor a pesar de las contradicciones interiores o exteriores. San Benito lo vivió en un tiempo, el s. VI, que tanto a nivel social, como cultural y de valores morales estaba sacudido por una fuerte crisis. Y lo vivió, según se desprende de su Regla en una comunidad de hermanos que no tenía mucho de ideal. Y, en cambio, su escrito rezuma la certeza del amor de Dios que perdona, la humildad, la paciencia, la paz, la confianza en la capacidad de evolucionar positivamente de la persona.

Los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios, no se quedan en el ámbito cerrado de uno mismo. Se abren a los demás. Si uno es consciente de todo lo que Dios le perdona cada día, búsca perdonar a los demás,  «soportarlos» como decía San Pablo, es decir, sostenerlos en su debilidad física, moral o psíquica. La conciencia de la manera amorosa como Dios nos trata lleva, además, a buscar el perseverar en mantener el diálogo, a buscar el perdonar todo lo que pudiéramos tener contra otro.

Los sentimientos que corresponden a los escogidos de Dios se centran en el amor, aquel amor fraterno que es reproducción del de Jesucristo y por ello todo lo ata perfecciona. Aquel amor que da y gasta la vida por el bien de los demás; aquel amor que lleva a compartirlo todo, a instruirse mutuamente, a alentarse y mejorarse los unos a los otros, a compartir la fe y la vivencia espiritual. A acoger juntos la Palabra de Cristo, a vivir juntos la oración que el Espíritu suscita en la Iglesia y en el corazón de cada uno.

Esta fue la tónica de vida de san Benito, tanto en su experiencia interior como en su vida fraterna con los hermanos. Y esta fue la tónica que inculcó a sus discípulos. Para los que estamos un poco familiarizados con su Regla, muchas de las palabras del apóstol que hemos escuchado nos habrán llevado a la memoria varios fragmentos del texto benedictino, y de una manera muy particular su capítulo sobre «el buen celo», que se puede considerar verdaderamente como el testamento espiritual de san Benito (RB 72), como lo que él en su vejez consideraba más fundamental porque era la síntesis de toda su vivencia del Evangelio.

Evidentemente, sin embargo, las enseñanzas del apóstol san Pablo, que hemos leído, no fueron escritos pensando concretamente en los monjes. Sus destinatarios son todos los bautizados en su vida íntima y en su vida fraterna, comunitaria, eclesial, social. Todos, pues, debemos procurar traducirlos en la práctica. Nuestras vidas y el clima de nuestras comunidades o de las diversas entidades eclesiales cambiarían radicalmente y serían más testigos de la novedad de vida que Jesucristo nos lleva. Suscitarían más entusiasmo por el Evangelio.

Las enseñanzas de san Benito han dejado de ser patrimonio exclusivo de la familia benedictina; son herencia de todo el Pueblo de Dios. E incluso son guía para un estilo de vida profundamente humano, para lograr una personalidad madura y unas relaciones sociales constructivas. Si los pueblos de Europa, sobre los que se extiende el patronazgo de San Benito, vivieran más estas realidades muchos de los problemas que tiene actualmente la sociedad europea encontrarían caminos de solución. Pienso en la relación entre las diversas culturas y las diversas etnias; pienso en los emigrantes y refugiados, pienso en una economía que no está puesta al servicio de una mejor distribución de la riqueza; pienso en muchas cuestiones de ámbito político que pueden estar regidas más por afanes partidistas que por el servicio a los más necesitados; pienso, también, en la agresividad que anida en el corazón y que inspira demasiada frecuencia sentimientos de violencia; pienso, aun, en la tensión y en la crispación tan a menudo presentes en el debate político y social; pienso, finalmente, en el vacío espiritual de tanta gente. La sabiduría de san Benito, reflejo como es de las enseñanzas del Evangelio, ofrece mucha luz para nuestros pueblos europeos, y para nuestro mundo globalizado.

Una experiencia espiritual y un estilo de vida fraterno como los que hemos escuchado en la segunda lectura no dejan de entusiasmar cuando uno se encuentra con personas que los viven. Esta es una tarea que pertenece de un modo particular a los monasterios benedictinos y todos aquellos que desde fuera del monasterio quieren vivir una espiritualidad fundamentada en la Regla benedictina. Debemos empezar por evangelizar con nuestra vida personal y con la forma en que vivimos nuestras relaciones fraternas, y, aun, con la forma en que nos perdonamos unos a otros.

El Apóstol decía que lo tenemos que hacer todo en nombre de Jesús. Es decir, según su estilo y con la fuerza que nos viene de su poder salvador. Y, decía aun, que tenemos que dirigir por medio de él a Dios Padre una acción de gracias. Es lo que hacemos ahora en la Eucaristía. Y lo que tenemos que hacer todos los días en todas las cosas de nuestra vida, como escogidos, santos y amados de Dios, porque, como enseña san Benito, «en todas las cosas Dios sea glorificado» (RB 57, 9).

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