Solemnidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (6 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 de junio de 2021)

Éxodo 24:3-8 / Hebreos 9:11-15 / Marcos 14:12-16.22-26

 

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña» (cf. Ps 80, 17; Mc 16, 25). Una flor de harina convertida por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo y un fruto de la viña convertido también por el Espíritu Santo en la sangre de Cristo. Hoy, hermanos y hermanas, agradecemos este don que Jesús, el Señor, nos dejó en la última cena. El cuerpo y la sangre son la totalidad de su persona. Y, tal como nos decía el Evangelio, el Señor los hace ofrecer para la salvación de toda la humanidad. Son un don de amor inconmensurable. Un don sacramental hecho en la cena anterior a la pasión y consumado después en la cruz, cuando el Señor se ofreció él mismo a Dios, por el Espíritu Santo, como víctima sin defecto, tal como dice la carta a los hebreos que hemos leído. De esta manera nos purificó de las obras que llevan a la muerte, inauguró una nueva alianza, nos concedió poder dar culto al Dios vivo haciendo el memorial de su pasión, muerte y resurrección, y nos ofreció la herencia eterna para entrar al lugar santo del cielo donde Dios habita. En la solemnidad de hoy somos invitados a agradecer este don de vida y de salvación, a acogerlo y a adorarlo.

Somos invitados a agradecerlo, el don de la Eucaristía. Porque nos da vida cada vez que hacemos el memorial del Señor y hace que Jesucristo resucitado continúe presente entre nosotros en el sacramento eucarístico. Con una presencia no estática, sino dinámica que comunica su amor, que nos otorga dones espirituales, que nos invita a devolver amor por amor, que es prenda de la vida eterna que esperamos. Por ello la secuencia tradicional de esta solemnidad, escrita por Santo Tomás de Aquino, invita a alabar al Salvador, aquel que nos guía y nos pastorea, cantándole himnos y cánticos; haciendo que «la alabanza sea plena y sonora», que sea gozoso y brillante el fervor de nuestros corazones». Alabemos hoy, pues, con un agradecimiento sincero, a Jesucristo que se da a sí mismo en la Eucaristía.

Somos invitados, también, a acoger el don eucarístico en nuestra vida. Para que nos vaya transformando, o, como dice la liturgia de hoy, para que este sacramento venerable nos alimente espiritualmente, nos santifique (cf. prefacio II) y nos haga crecer en la filiación divina y en la identificación con Jesucristo, viviendo según su Evangelio. Además, el sacramento eucarístico crea unos vínculos entre unos y otros para que, participando del mismo pan y el mismo cáliz, el Señor nos une por su Espíritu Santo y hace de nosotros el cuerpo espiritual de Cristo. Por eso decimos que la Eucaristía es sacramento de unidad. Acoger, por tanto, el don eucarístico conlleva también y necesariamente estar abierto a los demás, gastar nuestra vida a favor de ellos tal como hizo Jesús dándose en la Eucaristía y en la cruz a favor de todos. No podemos acoger el cuerpo y la sangre eucarísticos de Cristo sin acoger el cuerpo, la persona, de los otros, particularmente de los que cerca de nosotros pasan algún tipo de necesidad material o espiritual, porque también son sacramento, presencia, de él. Celebrar el Corpus es, pues, abrirse a la solidaridad, amar y comprometerse a favor de los demás. Por eso hoy es «el día de la caridad»; os invitamos, pues, a participar en la colecta que se hará al final de esta celebración para contribuir a la obra que hace Cáritas en bien de tanta gente necesitada.

Y, aun, hoy somos invitados a adorar el Sacramento eucarístico que es el sacramento por excelencia. La adoración es quizás la característica más típica y más popular de la solemnidad de Corpus. En esta gran fiesta, contemplamos maravillados la donación total de Jesucristo y adoramos su presencia divina que es portadora de salvación y que nos une al Padre y al Espíritu Santo. Y la adoración se puede transformar en coloquio íntimo, en silencio maravillado considerando cómo el Dios trascendente, el todo-otro, deviene máximamente próximo en la humildad del pan y del vino, para ponerse a nuestro nivel, para entrar dentro nuestro, transformarnos a su imagen y hacernos participar de su vida divina. Conscientes de ello, la liturgia nos invita a hacer brotar de nuestro interior «un cántico nuevo». En la tradición de Israel, con motivo de una nueva intervención salvadora de Dios o de una nueva experiencia espiritual, se componía un cántico nuevo: a la novedad de lo que Dios había hecho había que corresponder con la novedad de la alabanza y no repitiendo unas palabras ya conocidas (cf. Sal 95, 1; 97, 1). También el cristianismo siguió esta tradición. La novedad de la obra salvadora de Jesucristo, la gran hazaña de su pasión, muerte y resurrección que nos es comunicada en el memorial eucarístico, piden un canto nuevo de los labios y del corazón. Lo encontramos en el libro del Apocalipsis con los veinticuatro ancianos prosternados ante el Cordero, es decir, ante Jesucristo muerto y resucitado, y cantando un cántico nuevo. Lo adoran porque ha comprado para Dios con su sangre, gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y les ha hecho una casa real y sacerdotes de nuestro Dios. Y dicen eternamente: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, honor, gloria y alabanza (Ap 5, 8-9.12). Y nosotros unimos nuestras voces a las de ellos proclamando la gloria del Señor tres veces santo que ha dado la vida en la cruz y nos ha dejado la Eucaristía.

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña»; agradezcámoslo, acojamos el don, adoremos la presencia.

 

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