Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Joan M. Mayol, Rector del Santuario de Montserrat (22 de noviembre de 2020)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Corintios 15:20-26.28 / Mateo 25:31-46

 

Las lecturas de la eucaristía de esta solemnidad de Cristo Rey, nos hablan de Jesús, como Pastor solícito, Rey misericordioso y Juez justo. Jesús es el Gran Pastor del Pueblo de Dios porque ha dado la vida por sus ovejas, es verdaderamente Rey universal porque ha sido el único hombre que ha realizado incomparablemente mejor el oficio de ser persona. Dios ya había hecho al hombre “rey de lo que había creado» pero la historia nos dice que este ha hecho de sí mismo un tirano y se ha comportado con la naturaleza de idéntica manera.

La imagen que hoy sobresale más en esta escena del juicio final, sin embargo, es la de Jesús como Juez justo. El Padre ha dado a él el juicio porque él, abrazando la condición humana, ha vivido todos sus límites, ha sufrido sus tentaciones, pero no ha caído en ningún momento en la maldad del pecado porque ha confiado siempre en Dios y se ha mantenido humilde y respetuoso ante él. Jesucristo ha demostrado al género humano que ser persona, de acuerdo con el plan amoroso de Dios, es posible, no es fácil pero tampoco difícil, todo es ponerse; y en su providencia, conociendo nuestra debilidad, nos ha dejado como remedio a este mal radical del egoísmo que nos domina, el don de la misericordia. ¿Por qué la misericordia y no otro don? Porque la misericordia nos hace humildes, más personas. Ejerciendo la misericordia tenemos una oportunidad muy personal de experimentar, de alguna manera, el amor viviente que es Dios mismo. Y este amor es lo que puede ir transformando nuestro ego pagado de sí mismo en un yo liberado y liberador, en un yo en comunión fraterna con todos los demás.

La misericordia nos lleva a compartir más que a acumular, a cuidar más que a devorar, con lo cual la naturaleza sale beneficiada y por ende nosotros mismos. La misericordia nos empuja más a ser creativos que ser violentos.

Hablar de misericordia no es hablar de conmiseración paternalista, sino de empatía y de autenticidad humana, de gozo por el valor útil y eficaz de la propia existencia. La capacidad de ser misericordiosos es el gran don que la Providencia ha puesto en nuestras entrañas. Ser misericordiosos, empático, comprometido con el bien, es lo que nos hace benditos de Dios, la falta de todo esto o su contrario es lo que arruina la propia vida y la convivencia que se deriva. Misericordia no es ir con lirio en la mano, es más bien tener el coraje de renunciar a toda violencia para estrechar con fuerza las manos solidariamente tanto con los de cerca como con los de lejos, y ponerse juntos a abrir camino.

Las palabras de Jesús nos invitan a estar atentos a nuestras decisiones para no acabar condenando nuestra vida y nuestra historia, ya ahora, a un suplicio eterno debido al egoísmo o al amor inactivo. Los condenados que están a la izquierda y los salvados que están a la derecha del Señor, no están ahí por haber ignorado o conocido Jesús y su Evangelio, no se cuestiona aquí su religiosidad, la cuestión esencial que se debate es el ejercicio o no ejercicio de la misericordia con los que les son iguales en humanidad.

La argumentación de Jesús sopla sobre el incienso de piedad que podría ocultar los problemas que nos afectan a todos y que está en nuestras manos resolverlos: el hambre, la falta de agua, la miseria, la inmigración, problemas todos ellos que mal resueltos o resueltos sólo para unos pocos acaban generando para todos violencia, lágrimas y resentimientos.

Jesús no nos pide un imposible, él mismo no hizo más que lo que estaba a su alcance natural; pero no quiere que, por desidia o por miedo, acabemos mirando a otro lado cuando el Cristo necesitado lo tenemos en frente; su evangelio nos hace mirar con la empatía de Dios la realidad humana que tenemos a nuestro alcance para así, contribuir, entre todos, eficazmente, en el todo inalcanzable del mundo. Joan Maragall, poeta de alma rebelde y de espíritu inquieto, en su «Elogio del vivir», expresa esta responsabilidad evangélica que todos y todas tenemos, con una belleza sobria y así de acertadamente.

Ama tu oficio,

tu vocación,

tu estrella,

aquello para lo que sirves,

aquello en que realmente,

eres uno entre los hombres,

esfuérzate en tu quehacer

como si de cada detalle que piensas,

de cada palabra que dices,

de cada pieza que colocas,

de cada martillazo que das,

dependiese la salvación de la humanidad.

Porque depende, créeme.

Si olvidándote de ti mismo

haces todo lo que puedes en tu trabajo,

haces más que el emperador

que rige automáticamente sus estados;

haces más que el que inventa teorías universales

sólo para satisfacer su vanidad,

haces más que el político,

que el agitador, que el que gobierna.

Puedes desdeñar todo esto

y el arreglo del mundo.

El mundo se arreglaría bien el solo,

sólo con que cada uno

cumpliera su deber con amor, en su casa.

 

 

Anton GordilloDomingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)
Domingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (15 de noviembre de 2020)

Proverbios 31:10-13.19-20.30-31 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 25:14-30

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Estamos llegando al final del año litúrgico y las lecturas de estos días nos ponen en la tesitura de una tensión escatológica que nos reenvía ya hacia el Adviento que se está acercando. En este sentido, podemos citar lo que nos decía la primera carta a los tesalonicenses: «Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar».

Pero esta tensión escatológica también tiene su eco en la historia. También nosotros, hace unos meses, pensábamos que todo estaba en paz y bien asegurado, mientras que de repente y sin que se escape nadie nos está azotando una pandemia que ha paralizado el mundo. Como uno de los administradores de que nos habla el Evangelio, también nosotros tenemos miedo.

Tenemos miedo de enfermar gravemente, de morir dejando a medias nuestros proyectos. Además, la crisis sanitaria ha venido también acompañada de una grave crisis económica: empresas y tiendas cerradas que luchan para sobrevivir hasta que lleguen tiempos mejores. Trabajadores sin trabajo. Millones de personas confinadas, algunas de las cuales sufriendo en silencio dentro de los hogares la violencia de género y los abusos. El número de los suicidios ha aumentado.

La crisis nos ha cogido bien preparados a nivel técnico y científico: el desarrollo de la vacuna que en circunstancias normales se hubiera hecho en años, lo podremos hacer en unos meses. Pero, sin embargo, no estábamos demasiado bien equipados moralmente para afrontar unos hechos tan graves como los que nos ha tocado vivir. Ya las últimas crisis económicas y sociales que habíamos vivido nos habían avisado de este hecho.

Como cristianos no podemos interpretar todos estos eventos desde puntos de vista demasiado simples o parciales. Es lógico que nos preguntemos también: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué ha permitido todo esto? ¿Es que ha sido un castigo divino? Tenemos todo el derecho de hacernos estas preguntas. Pero también debemos saber que Dios no es como aquel dueño del evangelio que se marchó del país y dejó solos a sus trabajadores. Dios está siempre presente entre nosotros y nunca nos abandona.

Es más, si volvemos a las lecturas de hoy y a las de estas últimas semanas del tiempo litúrgico, vemos que Dios nos propone vivir según aquellas virtudes que nos permiten superar los obstáculos de la vida con los ojos siempre puestos en el Señor. Podríamos destacar tres, de estas virtudes: la esperanza, la perseverancia y la solidaridad.

La esperanza es la virtud esencial del cristiano. Confiamos en Dios y en su amor hacia nosotros. Sabemos que nuestra peregrinación, por más dura que sea, tiene un término feliz. La última palabra no la tienen nunca el mal o la muerte, sino la felicidad y la vida. Dios siempre nos da una segunda oportunidad. La esperanza nos dice que el momento más oscuro de la noche es justo antes del amanecer.

La perseverancia nos lleva a no desfallecer, a resistir. No se trata de un mero estoicismo sino que la perseverancia es fruto de nuestra esperanza. En un mundo donde la inmediatez es tan importante nos olvidamos a veces que hay que perseverar

pacientemente para salir vencedores. No es tampoco una perseverancia pasiva, de esperar simplemente que vengan tiempos mejores. Es necesario que vaya acompañada también de la acción prudente pero decidida.

La solidaridad nos la pone de manifiesto el evangelio que hemos leído hoy: todos nosotros tenemos que administrar los dones y los bienes que hemos recibido y ponerlos al servicio de los demás. Nadie se salva solo: nos necesitamos unos a otros. Lo hemos visto especialmente estos días con tantos trabajadores y voluntarios: médicos, sanitarios, policías, Cáritas, Cruz Roja y un largo etcétera.

Precisamente hoy, conmemoramos la jornada mundial de los pobres, instituida por Francisco. Sólo a través de la solidaridad conseguiremos hacer un mundo más feliz y más justo. Los pobres ya no sólo son «los otros» también nosotros lo somos. Nuestras debilidades y nuestras necesidades se han puesto de manifiesto ahora más que nunca.

Hermanos y hermanas, sepamos administrar bien en este mundo los dones que Dios nos ha dado para que podamos llegar un día a su presencia y oír su voz que nos dice: «¡Bien, siervo bueno y fiel! Entra en el gozo de tu Señor».

 

 

Anton GordilloDomingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)
Domingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (8 de noviembre de 2020)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-13

 

Queridos hermanos y hermanas aquí presentes y los que no seguís de lejos,

Acabamos de oír la conocida parábola de las diez vírgenes o muchachas invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino del cielo, de la vida eterna. Una parábola de las que invitan a la vigilancia, a estar siempre preparados. Una recomendación insistente en estos últimos domingos del año litúrgico y que también caracterizará el inicio del tiempo de Adviento. “Estad preparados, porque no sabéis ni el día ni la hora”. Debemos, pues, estar atentos, porque la situación presente de epidemia a escala mundial nos suscita muchas preguntas. Y también conviene que, cuando reflexionamos a la luz de nuestra fe, la imagen que tenemos de Dios debe estar en acuerdo con el designio con el cual ha creado el mundo y ha puesto en el centro al ser humano.

También el evangelio de hoy, como todas las parábolas de Jesús, nos da a conocer el designio de Dios pero al mismo tiempo nos lo oculta, a fin de que sepamos captar el toque de atención que Jesús nos hace. Los detalles suplementarios de lógica humana en este caso no tienen importancia. Por ejemplo, que las cinco chicas prudentes no sean solidarias hacia las demás, o bien cuál establecimiento está abierto a medianoche para comprar aceite, este producto mediterráneo tan antioxidante para la salud y tan abrasador para atizar antorchas.

“¿Qué representa este «aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don,

se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de la muerte, eso ya no será posible” (Benedicto XVI, 6.11.11).

Por eso la lectura primera invitaba a levantarse pronto para salir a buscar tal sabiduría. De hecho, el evangelio de la próxima fiesta de Cristo Rey, describiendo el Juicio final, será algo más que una simple invitación a estar atentos. Será una interpelación sobre si hemos sido prudentes, llenos de la sabiduría que la catequesis cristiana ha sistematizado en las llamadas obras de misericordia: “Estuve hambriento y no me disteis de comer, sediento y no me disteis de beber, era forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y encarcelado y no me visitasteis”.

¡Aceite de calidad para las lámparas! Amor, pues, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. “Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara para atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida” (Benedicto XVI, ib.).

Que podamos acoger siempre tal don, con el realismo que la hora presente nos ofrece, pero también sabiendo sostener alta la lámpara de la fe.

Anton GordilloDomingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)
Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de noviembre 2020)

Isaías 25:6-9 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Marcos 15:33-39; 16:1-6

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este versículo del salmo 21 que Jesús gritó con toda la fuerza en la cruz expresa de una manera profunda el desgarro radical del ser humano ante la muerte. Sintetiza, hermanos y hermanas, la experiencia humana de Jesús en el momento de la máxima derrota. Vive su adhesión al Padre, porque el grito es una invocación, pero no siente la proximidad -él, el mayor de los místicos- ni ve la salvación. La oscuridad que, según el evangelista, envolvía la tierra a pesar de ser a primera hora de la tarde, era aún más oscura en la intimidad de Jesús. La muerte le llega inexorablemente. Y la naturaleza humana se horroriza. Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Después, viene el descendimiento de la cruz, la mortaja, y la gran piedra que cierra la entrada del sepulcro. Para siempre, según los ojos de la mayoría de quienes lo contemplaron.

El porqué de Jesús en la cruz sintetiza todos los porqués humanos ante la muerte. Ante la propia muerte. Ante la muerte de los seres queridos. Ante las víctimas mortales de la enfermedad, del hambre, de los accidentes, de la violencia y de la guerra. Ante el hecho mismo de la muerte insoslayable. El porqué de Jesús en la cruz sintetiza tantos porqués que se han pronunciado -y se pronuncian todavía- en las UCI, en las residencias de ancianos, en las familias,… ante la muerte de personas, estimadas o desconocidas, a lo largo de la pandemia que nos acosa. Puede que alguien estoicamente puede decir que ve la muerte como un proceso biológico natural, que hay que ser realistas y aceptarla elegantemente; que es, como dice el poeta, un «aspiración gradual del humano desencanto» (J. Carner, Nabi, 8). Pero el deseo infinito de plenitud, de vida y de felicidad que hay en el corazón humano topa con la finitud de la muerte, y en la razón del que piensa surge una y otra vez la pregunta: ¿por qué?

La liturgia de hoy, con su tono contenido, grave, quiere ayudarnos vivir todo el drama humano que supone la muerte. Y a vivirlo con esperanza. Con su muerte, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se hace solidario de la muerte de todos. Pero ésta no es la única palabra que, en la liturgia de hoy, el Dios de la vida nos ofrece sobre la muerte.

Aquel día, el Señor del universo preparará para todos los pueblos un convite. El profeta Isaías nos hablaba, en la primera lectura, de los últimos tiempos. Utilizaba la imagen de un convite para referirse al bienestar, a la felicidad, a la alegría, a la plenitud, a la comunión con Dios y los unos con los otros. Esto será -dice- en el monte del Señor. Es decir, en la vida futura, en la vida eterna, de la que la muerte es la puerta. Entonces, decía el profeta, las lágrimas de todos los hombres se secaran, desaparecerá el velo de luto que cubre todos los pueblos, el paño que tapa las naciones y la Muerte será tragada para siempre.

La Muerte será tragada para siempre. Viendo la muerte que cada día hace estragos, cabe preguntarse si no es una visión ilusoria, sin ningún contacto con la realidad, la del profeta.¿ Es un consuelo fácil para adormecernos intelectualmente y no experimentar el drama de la muerte? Lo podría ser si aquella gran piedra hubiera dejado cerrada la puerta del sepulcro de Jesús. Pero, tal como hemos oído en la segunda lectura, Jesús murió y resucitó. Con él se empezó a hacer realidad la palabra del profeta: la Muerte ha sido vencida y, por tanto, es sólo un paso -aunque sea doloroso- y no una realidad definitiva.

Por eso, en este día en que pensamos en nuestros difuntos, acojamos el mensaje de esperanza y de consuelo que nos viene de la Palabra de Dios. Los que nos han dejado confiando en Cristo o, quizás sin haberlo conocido tal como es, pero que buscaron hacer el bien según su conciencia, viven con él. Por eso, la liturgia de hoy, a pesar de su tono grave, tiene también un tono de esperanza; domina la Pascua del Señor. Hagamos nuestras, pues, las palabras del Apóstol, que hemos escuchado: no quisiéramos que os entristezcáis, como lo hacen los que no tienen esperanza: Dios se ha llevado con Jesús los que han muerto en él. Y en cuanto a nosotros, si hemos procurado vivir según la Palabra de Jesús, en el momento de nuestra muerte, también nos será dado encontrarnos con el Señor y vivir cerca de él en la plenitud de la felicidad, en el convite del Reino. Consolémonos, pues, unos a otros con esta realidad admirable, mientras hacemos memoria de nuestros padres, madres, hermanos, familiares y amigos difuntos; mientras nuestra comunidad recuerda de una manera particular los PP. Just M. Llorenç e Hilari Raguer fallecidos durante este año.

En esta vida, se entrelazan el porqué que nos cuestiona y la fe en el convite inaugurado por la resurrección de Jesucristo. Para ayudarnos a vivir con esperanza en la vida futura y para nutrirnos espiritualmente, el Señor, como cantábamos en el salmo, ahora pone la mesa ante nosotros y nos guía por el sendero justo por el amor de su nombre. Así su bondad y su amor nos acompañan toda la vida hasta el momento de ser llamados a vivir por siempre en la casa del Señor, en la vida sin fin.

 

Anton GordilloConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)
Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de noviembre 2020)

Apocalipsi 7:2-4.9-14 / 1 Joan 3:1-3 / Mateu 5:1-12a

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con alegría la solemnidad de todos los santos. Los alabamos, los invocamos, los contemplamos con la esperanza de poder ser un día como ellos. Pero sobre todo celebramos, alabamos y contemplamos la obra que Jesucristo ha hecho en cada uno de ellos, hombres y mujeres de todo el mundo de todas las edades y condiciones que vivieron con sinceridad de corazón y a los que el Espíritu Santo transformó para insertarlos plenamente el misterio pascual de Jesucristo. Son hermanos y hermanas nuestros en los que la gracia de Dios ha hecho maravillas. Por eso hoy veneramos con alegría su memoria gloriosa y alabamos, unidos a ellos, la Trinidad Santa que ha llevado a cabo plenamente en ellos su obra y los ha llevado a participar de la gloria pascual del Señor.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Juan, se nos hablaba precisamente de esta obra de Dios en los creyentes. El Padre nos ama y nos reconoce como hijos, decía. Y por eso, por medio del Espíritu Santo, nos quiere ir transformando en la imagen de su Hijo Jesucristo. La lectura marcaba dos etapas en este camino. La etapa inicial de la filiación divina que se inaugura en el bautismo y se vive por la fe y por el amor y que dura mientras estamos en este mundo; es, por tanto, la etapa que nosotros tenemos que vivir ahora. La otra etapa de la que hablaba la lectura es de plenitud, de realización plena de la filiación divina que se da en la vida futura, una vez traspasado el umbral de la muerte. Ahora ya somos hijos de Dios, afirmaba el texto; esto quiere decir que somos profundamente amados por él, el Padre que tiene entrañas de misericordia, que nos conoce y nos reconoce individualmente, con todo el bagaje de nuestra historia. Y para vivir esta filiación tenemos como hoja de ruta las bienaventuranzas: la humildad, la compasión, la sencillez, el amor generoso como núcleo de nuestra existencia, el anhelo de tener un corazón limpio y de la justicia, la paciencia ante las incomprensiones y la persecución. Ahora ya somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. […] seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.. Verle y parecerse a Dios. Esta es la segunda y definitiva etapa, de la que ya disfrutan la gran multitud de los santos que hoy celebramos. Esta segunda etapa se caracteriza por la identificación con Jesucristo que hace participar eternamente de su pascua, por la contemplación de la gloria de Dios y por una hermandad gozosa y sin merma toda empapada del Espíritu Santo.

Contemplando hoy «el encuentro festivo de los santos, hermanos nuestros» (cf. Prefacio) que ya viven en la plenitud, nos sentimos llamados a vivir intensamente la primera etapa del camino de la filiación divina. Ahora ya somos hijos de Dios, decía la segunda lectura. Esto significa que Dios Padre nos ama, nos conoce y nos da la vida a través de la Palabra divina y de los sacramentos. Pero también que nosotros tenemos que acoger con agradecimiento esta filiación y vivirla de una manera coherente. Por eso debemos estar ante Dios con la confianza de hijos y a la vez con la conciencia de nuestra pobreza personal, maravillados por tanta condescendencia para con nosotros que somos tan pequeños y tan pobres. Vivir la filiación divina significa procurar seguir el ejemplo de Jesucristo reflejado en las bienaventuranzas y hecho de un corazón sencillo y de un amor incondicional a todos. La vivencia actual de la filiación nos debe llevar, como enseña la primera carta de san Juan, a purificar cada día nuestro corazón y nuestro comportamiento para hacerlos semejantes a Jesucristo, caminando a la luz de su palabra y practicando su mandamiento del amor (cf. 1Jn 1, 5-2, 11). En las dificultades que podamos encontrar, nos ayuda pensar en la segunda etapa de la que ya disfrutan los santos sabiéndose como decía Juan- que participaremos de esa etapa si no nos desviamos del camino del Evangelio. El apóstol, con sus palabras quiere que tengamos la certeza de que los creyentes en Cristo ya poseemos la vida eterna, de una manera inicial ahora y de una manera plena más adelante.

Este año celebramos la solemnidad de Todos los Santos con la preocupación por la pandemia que sigue activa con los contagios, las limitaciones de movimientos y las repercusiones económicas que afectan a tanta gente, también familiares y conocidos nuestros incluso a nosotros mismos, la crisis social que comienza a manifestarse. Pensar que somos hijos de Dios nos conforta y nos hace confiar en el amor del Padre, manifestado máxime en la cruz de su Hijo Jesucristo. Sabemos que nos pase lo que nos pase, todo entra en el plan de salvación que Dios tiene para cada uno de nosotros. La lógica humana tiene dificultades para entenderlo. Pero a la luz de la cruz y de la pascua de Jesucristo encontramos unas perspectivas nuevas. Dios nos llama a confiar en él, en su amor por cada persona. Nos sigue repitiendo la palabra de Jesús: no tengáis miedo, la mar encrespada y la oscuridad en el horizonte pasarán (cf. Jn 6, 18-20). Por otro lado, constatar la fragilidad que supone la realidad humana y la condición mortal que es inherente nos estimula a poner nuestra confianza en la etapa definitiva de plenitud de la que ya disfrutan los santos, porque todavía no se ha manifestado como seremos. […] Seremos semejantes a él porque lo veremos tal como es. La esperanza cristiana en la vida futura no es una evasión de la realidad presente, sino un estímulo para continuar trabajando a favor de los demás, según nuestras posibilidades.

La celebración de la eucaristía nos hace profundizar nuestra condición de hijos de Dios unidos a Jesucristo por el Espíritu Santo. Nos la hace profundizar y nos la hace agradecer, conscientes de que somos hijos junto con una multitud incontable de otros hijos, hermanos y hermanas nuestros que peregrinan en este mundo y al que debemos amar. Y al mismo tiempo la celebración de la eucaristía nos anticipa la comunión con la Iglesia de los santos que viven para siempre en Dios. Nos hermana la misma filiación divina, la participación en la gracia de Dios, y que, en el don eucarístico, recibamos la prenda de la gloria futura.

Los santos y las santas que hoy celebramos nos esperan y nos ayudan con su oración. Santa María, la Virgen, es la primera de todos ellos; también nos espera porque después de esta vida mortal quiere mostrarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre (cf. Salve Regina), para que podamos disfrutar de verlo tal como es y participar para siempre de la alegría y la comunión fraterna de su Reino.

Anton GordilloSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)
Domingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)

Domingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (25 d’octubre de 2020)

Éxodo 22:20-26 / 1 Tesalonicenses 1:5c-10 / Mateo 22:34-40

 

Cualquiera de nosotros habría podido hacerse la pregunta que hemos oído en el Evangelio: «¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Quizás nosotros la habríamos formulado de otra manera, y habríamos preguntado, por ejemplo, de qué manera podemos llegar a vivir con plenitud como personas, en relación con Dios y con todos.

En su respuesta, Jesús mismo no da ningún precepto, sino que va directo a la raíz de la cuestión, y lo resume así: lo más importante de todo es amar: amar a Dios con todo el corazón y amar a los demás como nosotros mismos. Nos dice, pues, que la plenitud la conseguimos por una única corriente de relación y de amor. Así pues, nuestra vida de cristianos consiste en mantener bien unidos estos dos ejes: el amor a Dios, agradeciéndole el hecho de que podamos relacionarnos con Él, descubriendo cómo nos ama. Y en segundo lugar, la capacidad de compartir este buen trato con los demás y con todo el mundo. Debido a que nos ama, Jesús nos urge a actuar de una manera lo más humana y generosa posible.

Por experiencia sabemos que la mayoría de la gente busca la paz interior y la armonía con ellos mismos, con los demás y con el universo. Por eso tratamos de encontrar aquella sabiduría que nos ayuda a vivir felizmente. El hecho de ser cristianos nos ayuda mucho en esta investigación. Nos ayuda a tratar de ver y vivir el mundo en positivo a lo largo de la vida. Es cierto que, a veces, debemos asumir responsabilidades difíciles, pero si amamos de corazón y no cerramos la puerta a las personas con las que compartimos la vida, nos abrimos el camino hacia una paz interior, y una alegría más honda.

Si somos cristianos, es importante y necesario que descubramos cómo Jesús nos ofrece cada día, tal como lo encontramos en los evangelios, muchos elementos que, si los leemos o los escuchamos, nos ayudan a ponerlo en práctica para nuestro bien. Vemos cómo Jesús integra plenamente -y junta de verdad- el amor a Dios y el amor a los demás y a todos, incluso en cuestiones muy concretas y cotidianas. Si lo seguimos podremos vivir con una libertad mayor.

Precisamente las otras lecturas de la misa de hoy nos dan pistas sobre ello. Por ejemplo el libro del Éxodo nos decía: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, No explotarás a viudas ni a huérfanos». Abriendo los ojos, vemos que hay grupos de personas que son mucho más vulnerables y discriminadas. Por ello es alentador oír como continuaba este pasaje del libro del Éxodo: «A estas personas yo las escucharé», «yo las escucharé nos dice el Señor- porque soy misericordioso». Jesús sabía hacerlo bien esto de escuchar con misericordia, y nos abre así un camino que, si lo seguimos, nos puede ayudar a crear un ambiente de vida más positivo y más abierto, para el bien de todos.

San Pablo, en la segunda lectura, nos explica cómo el Evangelio se iba extendiendo por las tierras de Grecia: «Vosotros -decía a los de Tesalónica- seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo.». Y remarcaba que la palabra del Señor nos habla, nos ilumina y nos apoya en cualquier circunstancia, sea cual sea nuestra situación. Si lo vivimos a fondo, quizá tendremos -de una manera o de otra- un sentimiento dentro de nosotros que nos hará capaces de acoger lo que Jesús decía a sus amigos, y podremos compartirlo mejor entre nosotros y con todos.

Así pues, hoy es un día para agradecer a los que nos han transmitido nuestra fe y nos han enseñado a transmitirla, de camino juntos hacia un mundo sin discriminaciones ni fronteras. Si lo hacemos tanto como podamos, podremos constatar que nuestra fe se fortalece cuando la compartimos y la transmitimos. Es el «milagro» del Evangelio para los cristianos, que nos empuja y nos ayuda a compartir las actitudes que nos propone Jesús. Él nos enseña a respetar culturas muy diversas, y nos empuja a trabajar por un mundo que sea siempre digno de la humanidad. Busquemos, pues, crear y mantener una esperanza firme, que, en medio de las dificultades y necesidades, nos ayude a vivir con solidaridad y con alegría.

 

Anton GordilloDomingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)
Domingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Domingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 d’octubre de 2020)

Isaías 45:1.4-6 / 1 Tesalonicenses 1:1-5b / Mateo 22:15-21

 

Estimados hermanos.

El Evangelio de hoy nos ha dicho que los fariseos y herodianos quisieron sorprenderle con una trampa comprometedora. Le preguntaron si era lícito pagar impuesto al César, es decir, al emperador romano. Si contestaba que no era lícito el tributo, mostraría rebeldía frente al emperador, que podía ser denunciada y castigada por los magistrados romanos. Si, en cambio, respondía que había que pagar este impuesto, estaba reconociendo la potestad del César. En este caso, serían los judíos los que reaccionarían, movidos por motivos muy poderosos. Hay que tener en cuenta que el tributo es señal de sumisión a la autoridad que gobierna; el pueblo de Israel tenía un origen divino, por la promesa hecha a Abraham. Por lo tanto, confesaba que no tenía otro señor más que Dios, lo que impedía que aceptara ningún tipo de esclavitud. Pues bien, la sabiduría de Jesucristo neutralizó fácilmente la malicia de los adversarios. Pide que le enseñen una moneda del impuesto que llevaba grabada la imagen y la inscripción del César y responde con esta frase que todos conocemos: «Dad al César lo que es del César, ya Dios lo que es de Dios».

Dejando de lado las dos alternativas, Jesús se puso en un plano superior, y respondió distinguiendo el orden natural representado por César y el orden sobrenatural que corresponde a Dios. No sólo se escapa de la trampa, sino que además los hace ver a sus interlocutores su superficialidad. La riqueza hay que darla al emperador en su justa medida, pero el hombre es imagen de Dios y por eso le pertenece a Dios, que es su Creador, su Amo y Señor. Es como decir: vosotros pertenecéis a Dios; debéis obedecerle, siguiendo su voluntad.

La formación católica nos ha enseñado a reconocer que el hombre fue creado para este fin: glorificar al Señor, honrarle y servirle según la voluntad divina, y salvar así su alma, porque todo en este mundo no tiene otra razón de ser que ayudar al hombre a alcanzar este fin sobrenatural, la verdadera felicidad. Es necesario que la vida presente sea una preparación para la vida futura. Hay que subordinar los bienes temporales a los eternos. Por ello, hoy quizás nos puede dar más luz la segunda parte de la frase de Jesus que nos invita a tener la mirada puesta en Dios para vivir en su presencia, que es algo esencial en la vida de toda persona para vencer cualquier miedo.

Pero Dios es generoso con nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, aunque a menudo nosotros no escuchemos sus palabras, mostremos más interés por otras cosas, poniendo en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. Todos y cada uno de nosotros, hemos sido llamados a la vida nueva en Cristo, que se desarrolla en el seno de la Iglesia. Es formando parte de ella, de una manera activa, consciente y fructuosa, como el hombre puede experimentar la renovación integral de su ser, que nos ha regalado Dios en el misterio de la Encarnación redentora.

Nuestra Madre la Virgen supo dar a Dios lo que es de Dios, consagrándole su vida. Que ella nos ayude a vivir cada día con Él, por Él y en Él. Así también nosotros sabremos dar a Dios lo que es de Dios.

Anton GordilloDomingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)
Fiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Fiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat (13 de octubre 2020)

Isaías 25:6.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Juan 15:18-21

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, celebramos con alegría la fiesta de nuestros mártires, los monjes más ilustres de nuestra comunidad en toda su historia casi milenaria. Son los que dieron la vida por Cristo entre el verano de 1936 y el invierno de 1937.

La liturgia de este día rezuma una alegría serena, porque estos hermanos nuestros, por el bautismo y por la profesión monástica, se fueron identificando con Jesucristo, el Señor, de quien eran siervos, para decirlo con palabras del evangelio que acabamos de escuchar. Y como, tal como hemos oído, el siervo no es más que el dueño, ellos también la imitaron con el don cruento de la vida y ahora participan de su gloria. La suya, como toda sangre martirial, da fecundidad a la madre Iglesia, la hace resplandecer con una luz más pura y la llena de alegría al ver la donación radical a Jesucristo de estos hijos. Porque morir por Cristo -como enseña Tertuliano- no significa limitarse a la aceptación del dolor con la constancia de los estoicos, sino que es el testimonio más auténtico de la fe, del coraje, del amor por Cristo (cf. Ad Martyras, cap.1).

Por ello, ya en la oración que iniciaba esta nuestra celebración eucarística, pedíamos que «los mártires de Montserrat» nos fueran motivo de alegría. Y no sólo porque vivieron hasta el fondo su vida de bautizados y de monjes, sino también por «la corona fraterna» que forman. Aunque no fueron todos sacrificados conjuntamente, los lazos fraternos que los unían eran muy profundos. Habían formado una «corona fraterna» en el monasterio, unidos, tal como pide San Benito, en el combate cristiano y monástico (cf. RB 1, 5) para progresar en las virtudes y en la hermandad. Y, en el momento, supremo -cuando no antepusieron ni la propia vida al amor de Cristo (cf. RB 4, 21) – supieron seguir manteniendo esta fraternidad. El martirio selló su hermandad. Ahora juntos forman una corona victoriosa. Una corona ofrecida a Jesucristo, el Rey de los mártires que, a su tiempo los corona a ellos con la aureola del martirio y de la gloria. Son una corona, también, para la Iglesia que se alegra -tal como he dicho- de su fidelidad a Cristo y los muestra como verdaderos discípulos del Evangelio. Son todavía una corona para nuestra comunidad. Honran a Montserrat con su victoria martirial, ellos que llevaron hasta las últimas consecuencias la enseñanza de san Benito cuando habla de participar «de los sufrimientos de Cristo, con la paciencia», «hasta la muerte» en «la dulzura del amor «(cf. RB Prólogo, 49-50).

La liturgia de hoy, sin embargo, no sólo nos lleva a pedir que nuestros mártires nos sean motivo de alegría. También pedimos «que aumente el vigor de nuestra fe». Nuestra fe debe ser fuerte para poder perseverar en la adhesión a Jesucristo en el contexto social actual. Y quizás no siempre lo es, porque forma parte del itinerario cristiano y de nuestro proceso de creyentes, puede que a veces se debilite nuestra creencia, que nos encontremos en medio de la niebla o de la oscuridad. Por eso recurrimos a la oración y pedimos que el Señor nos dé más fe (cf. Lc 15, 5), que nos la vigorice. El ejemplo y la intercesión de los mártires nos ayudan a creer más profundamente -que significa fiarnos más totalmente de Dios- y a profundizar los contenidos de la fe y de la esperanza cristiana para saber dar razón de ella a nosotros mismos y a todo el que nos la pida (cf. 1 P, 3, 15). Es más, en la oración sobre las ofrendas, pediremos que el sacramento eucarístico que celebramos nos inflame el corazón en el amor a Dios. Porque la solidez de la fe va estrechamente unida a la firmeza del amor. De este modo, como dice todavía la oración sobre las ofrendas, podremos perseverar cada día en la vida de seguimiento de Cristo y llegar a disfrutar, con los mártires y los santos, del premio dado a los que se han mantenido fieles hasta el final.

Esta perseverancia, la liturgia de hoy la pide en la oración después de la comunión. Pide que perseveremos unidos a Dios por el amor abnegado, de tal forma que cada día vivamos de él y nos dedicamos por completo, sin dejar fuera ningún componente de la vida, al servicio de Dios, que es siempre inseparablemente al servicio a los demás.

Hay, todavía, finalmente, otra petición en la oración colecta que he comentado. Pide que el Señor nos «dé consuelo» por la intercesión de los mártires de Montserrat. Siempre lo necesitamos este consuelo, este bálsamo en las penas, en los dolores, en las oscuridades, mientras caminamos hacia el término avanzando en medio de alegrías y de dificultades. En los interrogantes ante la fe, en la falta de horizonte, en la enfermedad, en los contratiempos que puede presentar la convivencia, etc., necesitamos el bálsamo que suaviza las heridas del corazón. Pero, hoy, pedimos particularmente por intercesión de los mártires de Montserrat obtener consuelo en el contexto de la epidemia que padecemos y que continúa creando situaciones difíciles a varios niveles. No un consuelo esterilizante. Sino el consuelo, el confort, que permite superar el miedo, que permite continuar trabajando a favor de los demás, de ser solidarios no sólo tomando las medidas para evitar la difusión del virus, sino también para atender según nuestras posibilidades a tantas personas necesitadas debido a la crisis económica creciente que provoca. Y pedimos, también, el consuelo que viene de la resurrección de Jesucristo y que nos asegura que la muerte, por cruda que sea, es siempre el umbral de una vida nueva.

Que esta fiesta nos sea, pues, una invitación a vivir más intensamente la comunión fraterna en las comunidades cristianas, en toda la Iglesia. Que nos sea una invitación a progresar en la profundización de la fe y del amor a Dios y a los demás. Que por la gracia de la Eucaristía crezca en nosotros la esperanza de la victoria final iniciada en la Pascua de Jesucristo.

Anton GordilloFiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)
Domingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Domingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (11 d’octubre de 2020)

Isaías 25:6-10a / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14

 

Queridos hermanos y hermanas,

El texto evangélico que nos acaba de proclamar el diácono es la conocida parábola de los invitados a la boda del hijo de un rey y que tiene el mismo tema de fondo que la parábola de los viñadores homicidas que leímos el pasado domingo, es decir, el rechazo a la invitación que Dios hace para acoger la salvación que Él ofrece y que en el caso de hoy es representada con la imagen de un banquete de bodas.

El evangelista San Mateo, en el texto que acabamos de escuchar, ha unido dos parábolas: la de los invitados al banquete (Mt 22, 1-10) y la del comensal que no llevaba el traje adecuado (Mt 22, 11-14).

Adentrándonos en la reflexión de este texto evangélico nos damos cuenta de que la realidad que expresan las parábolas de este domingo es también nuestra.

¡Todo está a punto!, hemos escuchado para indicar que el banquete estaba preparado y que sólo hacía falta que la sala se llenara con los invitados. Participar en la fiesta de bodas es una invitación, no una obligación, por lo tanto se trata de una oportunidad, que al mismo tiempo reclama un gesto de libertad. En la parábola, Jesús nos presenta un Dios comprometido en preparar una fiesta en la que tiene cabida todo el mundo.

En esta parábola nos aparecen tres imágenes. La primera, la sala de la fiesta. Dios ofrece una fiesta y aunque a las invitaciones hechas no acude nadie. Ha invitado a muchos pero la sala quedó vacía y triste. El rey ha fracasado en su intento de organizar un banquete en ocasión de la boda de su hijo. Es una imagen dura que muchas personas han vivido a veces y que han visto que por razones diversas un convite o un encuentro que habían preparado con ilusión ha quedado en nada. Es una experiencia que duele.

En nuestro caso, en nuestra vida de fe, se trata de un Dios que no es escuchado ni tenido en cuenta, ya que pasan por delante muchas otras preocupaciones en lugar de lo que es esencial. Muy a menudo a pesar de afirmar nuestra creencia en él, Dios se convierte en irrelevante en nuestras vidas. La invitación del rey al banquete de la boda de su hijo, la llamada que Dios nos hace a cada uno de nosotros consiste en saber dar la importancia que le corresponde a las cosas de Dios. No cuidarlas puede convertirse en un drama para los hombres y mujeres de todos los tiempos, ya que está en juego la propia felicidad; aquella felicidad que sabe captar la alegría que hay detrás de la invitación de Dios y de las invitaciones que recibimos, bajo múltiples formas, por parte de los demás.

Otra imagen que nos propone el relato de hoy es la de los caminos. “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda». Podría parecer que se trata de una invitación hecha in extremis para llenar la sala y para que la comida preparada no se pierda. Pero no es eso. Se trata, en nuestras vidas, que a pesar del rechazo que Dios recibe a menudo de parte nuestra, él continúa llamándonos e invitándonos a su fiesta. Y si no hemos sabido responder a la primera invitación, su voz, a través de los que nos envía, nos llega a lo largo de los múltiples caminos que trillamos a lo largo de la vida. Dios siempre va más allá y no da nunca nada ni a nadie por perdido. Prueba de ello es que los criados invitaron a todos, tanto si eran buenos como si no lo eran. Y la sala se llenó.

Otra imagen que nos ofrece el evangelio de hoy y que es en sí misma una segunda parábola, es la del invitado que no lleva el traje adecuado para asistir a la fiesta y que es sacado de la sala. La lógica humana nos hace decir, si iba por los caminos, ¿cómo podía llevar un vestido de fiesta? ¿será que los otros invitados iban ya bien vestidos por si alguien los invitaba? Por eso cabe

preguntarse: ¿Qué significado tiene llevar o no llevar el vestido adecuado a una boda? Más aún cuando hoy, en muchas celebraciones se va con la ropa habitual.

En primer lugar hay que decir que no se trata de un traje externo, sino de un vestido que hace referencia a lo que se nos dijo el día de nuestro bautismo al sernos entregado el vestido blanco: «has sido revestido de Cristo”, más aún, se nos dijo «conserva este vestido hasta el día de la venida del Señor». Por tanto no se trata de un vestido material sino que se trata de un revestirse, poco a poco, a lo largo de toda la vida y a veces con mucho esfuerzo y paciencia, para revestirnos de Cristo, es decir, hacer nuestros sus gestos, sus palabras, su mirada, sus manos y los sentimientos de su corazón. Se trata de hacer llegar la luz del Evangelio a todos los rincones de nuestra vida, para que en Cristo la vida misma, en su cotidianidad se convierta en una fiesta. Y no hay que desalentarse, ya que el revestirse con el traje apropiado es para nosotros el propio proyecto de vida, nuestro camino. Y es una tarea importante en este tiempo que pandemia que vivimos. Son tantos y tantos los que han hecho el esfuerzo de revestirse con el traje de la solidaridad, de la compañía, de la ayuda material,… creando a su alrededor el banquete de la amistad, el banquete de la confianza, el banquete del consuelo.

Hermanos y hermanas, las parábolas que hemos proclamado en este domingo nos ayudan a saber quién es Dios. Demasiado a menudo lo pensamos o lo vivimos como alguien lejano, separado de nuestras obligaciones. Pero no es así. Dios se encuentra en la sala de la vida, en esta sala del mundo, como una promesa de felicidad y no como una amenaza de castigo; Dios trabaja para que la sala esté llena. Pero cuidado, por nuestra parte no seamos fáciles en juzgar el vestido de los demás sino dejémonos revestir por la mirada, por la mirada de Dios que todo lo transforma y todo lo hace nuevo.

 

Anton GordilloDomingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)
Domingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Domingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Homilía del P. Sergi d’Assís Gelpí, monje de Montserrat (4 d’octubre de 2020)

Isaías 5:1-7 / Filipenses 4:6-9 / Mateo 21:33-43

 

Queridos hermanos y hermanas,

En la antigua Roma, cuando un general desfilaba triunfalmente por las calles de Roma tras una victoria, tenía tras de sí un esclavo que le iba diciendo: «Memento mori» ( «recuerda que tienes que morir»). Tertuliano nos dice que le decían: «¡Recuerda que eres un hombre!».

Estos días me ha venido a la memoria esta tradición antigua viendo la pandemia. ¿No podríamos decir que todo esto que estamos viviendo a nivel mundial es como aquella vocecita que nos dice: recuerda tu limitación, la contingencia más cruda, que no todo lo puedes controlar ni prever? La pandemia nos ha cogido a todos desarmados.

Ahora mismo, además de todos los que os encontráis en la basílica de Montserrat, hay miles de personas que nos seguís a través de los medios de comunicación. Y seguro que, entre todos vosotros, también habrá que no se sienta creyentes, pero que está siguiendo esta celebración haciendo compañía a alguien de casa, o bien sencillamente porque haciendo zapping se han quedado mirando la Misa sin saber demasiado por qué. Me gustaría que estas palabras que voy a decir sean también significativas para vosotros.

El Evangelio de hoy es duro, Jesús provoca a quienes le escuchan. Y lo hace con un cuento lleno de mensaje. Habla de unos hombres a los que se les ha confiado una viña para que la hagan fructificar. Al cabo de un tiempo, cuando ya la habrían podido hacer rendir, van recibiendo visitas de unos enviados que les preguntan como han aprovechado este regalo. Y en lugar de interpretarlo como llamadas a la responsabilidad, a ser conscientes del don que han recibido, no lo saben encajar y rechazan absolutamente todas estas visitas. Eran llamadas que les podían hacer valorar más lo que se les había confiado, aquel tesoro que era la viña. Pero no lo hacen, al contrario.

Este Evangelio me ha hecho pensar en una historia que me ha acompañado desde hace años. Todos leemos el Evangelio y la vida misma a partir de nuestra biografía, de lo que hemos vivido y que hemos recibido. En mi casa, desde pequeño he oído hablar de Joan Alsina, un cura que mis padres conocieron cuando eran jóvenes y que todavía mucha gente lo recuerda en mi pueblo Malgrat, donde dejó una buena huella los pocos años que estuvo como vicario.

El caso es que Joan fue a misiones, concretamente en Chile. Allí, estuvo muy comprometido con la gente más sencilla. Cuando hubo el golpe de estado del año 73, él era el jefe de personal de un hospital de la capital. Se vivieron días de mucha confusión, violencia e injusticia. Le llegó a través de amigos que, por su implicación social, corría peligro si volvía al hospital. Él dijo que no tenía nada que ocultar, y que no dejaría de servir a quienes lo necesitaban, y más aquellos días tan complicados. El caso es que fue al hospital y ya no volvió.

Días después, encontraron en su mesilla de noche un escrito impresionante donde, entre sus palabras y palabras bíblicas, expresa su dolor, un sufrimiento muy grande la noche antes de volver al hospital. Pero acaba este escrito con confianza, con letras más grandes escribe: «Adiós. Él nos acompaña siempre, dondequiera que estemos”.

Tiene miedo, pero es mayor su confianza en que el Amor es más fuerte. Y que por eso vale la pena seguir adelante.

Se hizo correr la versión que Juan había muerto en un tiroteo. «Fake news», que diríamos ahora. Pero todos los que lo conocían sabían que él no habría cogido un arma. Entonces un cura catalán decidió buscar a su asesino, y aclarar los hechos. Su búsqueda duró años. ¡Y al cabo de 17 años, lo encontró!

El chico que lo había asesinado, entonces ya mayor, se puso a llorar. Aquellos días del golpe de estado habían matado a muchos, pero recordaba perfectamente a Joan y como había ido todo. Y es que en el momento de irlo a fusilar, se le acercó para ponerle una venda en los ojos como hacían habitualmente, y Joan le dijo: «Por favor, no me pongas la venta, mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón». Aquel hombre, pasados tantos años, aún conservaba una esquela de Joan que miraba de vez en cuando. Y guardaba como un recuerdo imborrable de que aquel hombre lo había perdonado de todo corazón.

Nosotros, evidentemente, estamos viviendo momentos muy diferentes de lo que él vivió. Entonces, ¿por qué he contado esta historia hoy? Y ¿qué relación tiene con el Evangelio que hemos escuchado y con lo que vivimos? Pues porque Joan habría podido esconderse, habría podido pensar que todo lo que sucedía no iba con él, habría podido vivir todos aquellos acontecimientos como obstáculos en su camino de entrega a los demás. Y en cambio, leyó los hechos de aquellos días como oportunidades para darse más, para estar más comprometido, para ser más coherente con sus principios de hacer un mundo mejor.

En el Evangelio, aquellos hombres que han recibido la viña no interpretan bien las visitas que les preguntan cómo han hecho fructificar la viña. Nosotros también recibimos visitas de este estilo en nuestra vida, situaciones que nos pueden hacer pensar en cómo estamos cuidando todo lo que nos ha sido confiado y de nuestra propia vida.

Para cada uno, estas situaciones (que pueden ser desagradables y generarnos rechazo) serán diferentes. Pero es verdad que también hay hechos que nos afectan colectivamente: la pandemia con todas sus consecuencias, la situación política, y con una mirada más larga, este mundo tan mal repartido que provoca que mucha gente de los países del Sur se vaya de su país para buscar una vida mejor en el Norte.

¿De qué manera podríamos dejarnos interpelar por estas situaciones, y responder según nuestros valores y principios? ¿De qué manera podríamos vivirlas como llamadas a ser más auténticos?

No hay una sola manera, cada uno debe encontrar la suya sinceramente. Pero Jesús nos llama a estar atentos: hemos recibido una viña, y debemos cuidarla.

Que Él nos ayude a acertar los caminos para responder a sus llamadas constantes.

 

Anton GordilloDomingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)