Misa Exequial del G. Pere Damià Coral (26 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (26 de desembre de 2023)

Hechos de los Apóstoles 6:8-10; 7:54-59 / Mateo 10:17-22

 

Continuamos, queridos hermanos y hermanas, celebrando, hoy, día de San Esteban, la Navidad, aunque nuestra comunidad, sus familiares y amigos ruegan en esta eucaristía por el reposo de nuestro hermano Pere Damià Coral Sendrós, monje, que murió en el corazón de la noche de ayer, mientras nosotros estábamos en la misa del Gallo. Quisiéramos acompañarle y dirigirnos al Señor con las palabras del salmo responsorial: Confío mi aliento en vuestras manos.

Jesús de Nazaret vivió en el mundo entre Navidad y Pascua. Su vida en la tierra nos ha dejado el testimonio de quién era, de qué decía, de lo que nos pedía. Ese tiempo, esta existencia no empezó como la de cualquier ser humano en el momento de su nacimiento. El sentido profundo de la Navidad es que esta vida de Jesús, es la de Cristo, la del Ungido, la del Mesías, la de la Palabra de Dios hecha carne y esto marca profundamente a su persona, su humanidad que está siempre unida a la divinidad que le corresponde como verbo de Dios hecho hombre.

Su muerte tampoco fue un final. Por su resurrección y ascensión al cielo recuperó el lugar junto al Padre, pero llevó allí a esta humanidad con la que había paseado, hablado, llorado y amado.

Sólo desde esa posición el Señor nos pide la donación radical. Toda vida cristiana está llamada a reproducir e imitar a Jesús de Nazaret en la dinámica que se mueve entre la Navidad y la Pascua, pero también aspira a seguirle más allá de la muerte, en la resurrección. Nuestro nacimiento, tanto el natural como el espiritual en la fe, es nuestra inserción en la comunión con Dios, en la Iglesia. Por el bautismo nos incorporamos a Él, y ya en la liturgia del bautismo está presente el anhelo y el deseo definitivo, aquél que espera todo cristiano, que es compartir finalmente la gloria de Cristo, junto a Dios, con María, asunta también al Cielo.

Todo esto nos trae, para decirlo con palabras sencillas, el que Dios entrara en nuestra casa en Navidad, para hacernos entrar en Su casa en Pascua. El hermano Pere Damià fue experimentando esta vida de fe, ya antes de entrar en el monasterio, en su relación con los oblatos del monasterio.

La fe puede vivirse en muy variadas opciones. Cualquier vida puede concretar esa dinámica. Uno de los primeros ejemplos es el santo que el calendario nos propone para hoy, precisamente al día siguiente de la solemnidad de la Navidad: San Esteban, el llamado protomártir de nuestra fe. La conciencia temprana de seguir los pasos de Cristo le dieron la fuerza de la confesión y de la fidelidad. Él nos ayuda a identificar el núcleo de lo que creemos: apertura al Espíritu Santo, comunión con Jesús por encima de cualquier concepto establecido, confianza final en su fuerza frente a todas las dificultades. La radicalidad de las circunstancias que los primeros cristianos se encontraron han hecho que les veneremos como testigos de esta fe que cree que la Palabra de Dios encarnada da sentido a toda la vida, a la misma muerte y que su resurrección fundamenta nuestra esperanza en la resurrección.

Desde el ejemplo de los mártires, como os decía, cualquier vida puede ser vivida como seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta, la vida monástica ha sido considerada martirial, porque da testimonio de la fe, sencillamente intentando vivir con conciencia la dinámica de encarnación y resurrección que empezó Jesucristo. Lo hace sin sangre, día a día, con las armas de la obediencia, la conversión y la paciencia.

Nuestro hermano Pere Damià, recibió el nombre de Pere en su bautismo, había nacido en la Geltrú como a él le gustaba matizar, no en Vilanova y la Geltrú, y vivió unos primeros años plenamente identificado con la vida de su pueblo, su familia, el trabajo en la fábrica Pirelli, incluso en la política, muestra su preocupación por el país y por su gente. A una edad madura, a los 46 años, sintió la llamada de Jesucristo de vivir la fe y el amor a Jesucristo en nuestra comunidad de Montserrat, a la que entró en septiembre de 1987 recibiendo el nombre de Pere Damià. No se resistió, al Espíritu Santo como los hechos de los Apóstoles nos dicen de San Esteban. Acostumbrado al trabajo, enseguida empezó a colaborar en diversas secciones del monasterio, la enfermería y las colecciones en las que combinaba algunas aficiones personales. Su labor, por ejemplo, en la colección de gozos del monasterio le ha llevado a catalogar miles y miles de ejemplares. A menudo detrás de cada uno de ellos, encontraba un santo, una ermita, una persona que le había hecho llegar, un testimonio de cariño hacia Montserrat y el recuerdo de una devoción o de un lugar de Cataluña.

El hermano Pere Damià pertenecía a la generación que valoraba conservar y coleccionar. Hasta su muerte fue el responsable de las colecciones de sellos, monedas y postales e hizo un trabajo paciente, sencillo y humilde clasificando y, dando, por tanto, valor, a todas las monedas extranjeras que los peregrinos dejaban en Montserrat. Durante unos años vivió en el Miracle, en una vida cerca del campo y de la gente de los alrededores, de la que siempre guardó un buen recuerdo. ¡También se ocupó de la cocina y del refectorio del monasterio, uno de los servicios importantes para que haya paz en una comunidad!

La vida monástica y nuestra Regla de San Benito define espiritualmente algunos oficios. Los monjes leemos ordenadamente toda la Regla y cada día del año nos corresponde un fragmento. El día 24 de diciembre, se nos propone leer el capítulo dedicado a los porteros del monasterio que san Benito define pidiendo que sean unos hombres llenos de sensatez y que estén siempre listos para que quienes lleguen encuentren a alguien que les responda. El hermano Pere Damià había estado muchas horas en la portería del monasterio acogiendo y respondiendo a quienes llegaban. Lo hacía con amabilidad y era recordado por eso. San Benito nos enseña que en los huéspedes acogemos al propio Jesucristo y que debemos tratarlos con humanidad.

Pero un día quien llamará definitivamente a la puerta será Cristo mismo y habrá que estar entrenarnos para responderle. Esta noche de Navidad, Jesús llamó a la puerta del G. Pere Damià, algo inesperadamente. Es nuestra confianza en que una vida larga, vivida con fe y humilde en tantos servicios le haya preparado para estar a punto y que le haya respondido enseguida y con la gran confianza de la que nos habla el salmo responsorial de hoy.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia. 

Como vemos en las lecturas de hoy, las dificultades forman parte del camino y tampoco le fueron ahorradas durante estos últimos años a nuestro hermano en forma de diversas enfermedades y problemas de salud que fue soportando sin que le afectaran el sentido del humor, el amor a la comunidad, sintiéndose hermano y en algunos momentos graves encomendándose a su venerado beato Pere Tarrés y a los beatos mártires de Montserrat.

Como en San Esteban, la fe, la llamada y la convicción monástica marcaron una vida que quiso imitar la de Jesucristo siguiendo su evangelio desde su bautismo. Hoy al despedirlo y al enterrarlo, esperamos que también habrá entrado a participar en aquella vida del cielo que el Señor inauguró con su Pascua, porque toda su humanidad, redimida conjuntamente con la de todos por la Encarnación de Jesucristo continúe espiritualmente en la alegría de la inmortalidad, por la misericordia de Dios capaz de salvar y perdonar a todos los que en Él confían y llegar en el día final de la resurrección de los muertos en la plena comunión con todos los santos y redimidos de Dios.

 

 

Abadia de MontserratMisa Exequial del G. Pere Damià Coral (26 de desembre de 2023)

Misa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2023)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“Dios antiguamente había hablado a los padres por boca de los profetas; pero ahora, en estos días que son los últimos, nos ha hablado a nosotros en la persona del Hijo, que él ha constituido heredero de todo, por medio del cual ya había creado el mundo. Él, que es resplandor de la gloria de Dios e impronta de su mismo ser. (Hb 1, 1-6)”

Me he permitido repetir las primeras palabras de la segunda lectura, porque son un resumen perfecto de lo que estamos celebrando. Como hemos escuchado en el Evangelio, estamos celebrando que Dios ha hablado. Que existía una Palabra desde el principio y que esa palabra es la huella del mismo ser de Dios. Ahora hemos podido escuchar finalmente esta Palabra. Todo esto que os digo, responde muy bien a una conversación que teníamos con algunos escolanes de segundo, el día de San Nicolás, después de comer. Me preguntabais cuál era mi imagen de Dios. Y yo os dije que la única imagen correcta de Dios es Jesucristo. Os pregunté cuál era vuestra imagen de Dios, y alguien me dijo que un viejo con barba blanca y os respondí lo mismo, que la única imagen de Dios era Jesucristo. Me preguntasteis si Dios podía ser mujer y os dije que, aunque decimos Dios padre, esto es simbólico, porque Dios está más allá de ser hombre o mujer y que la única imagen de Dios es Jesucristo.

Algún arte europeo occidental de los últimos siglos nos ha representado a este Dios Padre, la primera persona de la Trinidad, efectivamente como un anciano con una barba blanca, con forma humana, como está en esta misma iglesia, en el rosetón del coro de arriba, pero esto no acaba de ser tan correcto como representar únicamente a Jesucristo como hombre. Sería mejor si nos quedáramos como en el arte románico, como en los iconos, como en el fragmento de la carta a los hebreos, como en el Evangelio según san Juan, con la idea de que a Dios nadie le ha visto nunca y que es el Hijo, Jesucristo quien lo ha revelado y representáramos esto.

Esta historia humana de Dios que comienza en la Navidad, nos invita a poner belenes en casa, en las iglesias, en algunas instituciones, para recordar y ver el nacimiento de Jesucristo, para entrar un poco más con la mirada, con las manos, en lo que ocurrió hace unos 2023 años. Ésta es una idea muy pedagógica que imaginó y realizó por primera vez san Francisco de Asís hace ochocientos años, cuando hizo el primer pesebre, que fue un pesebre viviente en el pueblo de Greccio: “para poder ver con los ojos” decía el santo. Lo hacía movido por el amor a Jesús y a los hombres y mujeres, por el deseo de hacer participar más y mejor a todo el mundo en la renovación cristiana que esta Palabra de Dios le inspiró como tan pocos otros santos en la historia. El Belén nos acerca el misterio del nacimiento de Jesús. El de este año os da un mensaje a todos los escolanes que representa cantando, mirando al director, cómo debe ser, pero más allá, mirando a Jesús que nace. Quedaos con la importancia de mirar siempre al final, a la persona de Cristo. Podéis hacerlo incluso mientras cantáis, o jugáis. Es importante mirar a Jesús. ¡Más importante que mirar el móvil!

Navidad a través de la persona de Jesucristo nos explica quién es Dios, pero también nos dice que ese Dios ha venido a impregnarnos. A partir de Jesucristo, nuestra humanidad también ha cambiado, quedando en una situación mucho más favorable a hacer el bien, limpia, bien dispuesta. En su vida que, simbólicamente comienza esta noche, Jesús de Nazaret, Cristo, nos demostró hasta qué punto podía ser maravillosa la condición humana, hasta qué punto él podía enseñarnos a qué metas de generosidad, de servicio y de amor podíamos llegar los hombres y mujeres si nos lo proponemos. Dios, que desde siempre nos había llamado a la bondad a través de los profetas y de todos los testimonios que encontramos en el Antiguo Testamento, vino a transformar definitivamente la condición humana cuando en la historia quiso quedar “en humilde pequeñez recluido” como le cantamos en el Santa Nit.

Pero no siempre respondemos al reto de amor que esta presencia de Jesús nos exige, para la que nos capacita e incluso para la que nos deja un libro de instrucciones que es el Evangelio.

Quisiera que se fijarais que, en este pesebre de la basílica, hay una luz, un farolillo. Cada año un grupo de scouts austríacos iban a Belén a encender una luz y le llamaban la luz de la paz. Luego la repartían a los scouts de toda Europa. El pasado domingo, no ayer, aquí en Montserrat, los escoltas catalanes a través del Agrupament de Monistrol quisieron repartir esa luz de la paz de Belén y también se quedó aquí para recordarnos al pie del pesebre que este año, sin embargo, no se ha podido encender en Belén a causa de la guerra. Esto nos hace pensar en todas las víctimas inocentes de Tierra Santa, el lugar en el que nació Jesús, muy especialmente de las de Gaza, con tantos niños muertos y heridos y con una situación humanitaria insostenible.

Y nos hace pensar también en todas las víctimas de las guerras, de las persecuciones y de todos los que se marchan de casa, tantas veces engañados. Por eso hoy, como hemos hecho esta noche, os proponemos participar en la colecta que haremos a favor de la ayuda sanitaria a los migrantes africanos que llegan a Marruecos y que son atendidos por el arzobispado de Rabat. Una diócesis que tiene unos lazos fuertes con Montserrat.

Las situaciones difíciles del mundo nos hacen confiar en esta Palabra que no sólo nos dice y nos habla de quien es Dios, sino con cuyo poder Él mismo sostiene el universo. Esta afirmación debería llevarnos a comprometernos. No podemos pensar que Dios sostiene él solo el universo con el poder de su Palabra. El mensaje de Navidad es que precisamente él cuenta con cada uno de nosotros para que la historia continúe un camino adecuado hacia el bien.

El poder de la Palabra de Dios nos ayuda sobre todo a nosotros y a nuestro compromiso. Cuántas veces nos hemos sentido apoyados por el ejemplo, por la comunión que captamos en Jesucristo en oración, por la presencia insustituible de los sacramentos, especialmente en la eucaristía.

La Navidad es certificar que Dios nos ha hablado definitivamente en Cristo. Con una Palabra que viene a explicarnos quien es Dios y a pedir nuestro compromiso con el mundo, para continuar su labor de sostener, de ayudar a que brille luz en las tinieblas que no le han podido acoger. Él es una palabra que habla más allá de toda lengua, habla al corazón de quien se confía en él.

Christmas is the security that God has spoken to us definitively in Christ. With a Word that comes to explain to us who God is and to ask for our commitment to the world, to continue his work of sustaining, of helping His light shine in the darkness that has not been able to welcomeHim. He is The word that speaks beyond all language, he speaks to the heart of those who trust in him.

En estas Navidades, solidarias con el mundo, confesando ese Dios que conocemos por la Palabra y con quien confiamos por el poder de esta misma palabra, seamos sobre todo agradecidos por todo lo que tenemos y por la situación de Paz que disfrutamos en nuestra casa y que nos permite celebrar estas fiestas en la alegría y la fraternidad de la familia, de los amigos, de nuestra comunidad. Saludo a los enfermos.

 

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2023)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

En esta Nochebuena, muchos hombres y mujeres, jóvenes y niños nos reunimos para estar juntos, para orar, para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, en Belén de Judea.

Da que pensar el que recordemos cada año una historia tan conocida. Seguro que es importante para nosotros. Estos momentos que se repiten cada año nos ayudan a entender que nosotros somos pequeños, somos poca cosa, sólo somos algunas generaciones que van pasando y que celebran lo mismo que nuestras abuelas, que nuestros bisabuelos y lo que esperamos que celebren quienes vendrán después de nosotros. Lo importante es lo que resta: la Navidad, que quiere decir: “Dios está con nosotros” como cantábamos en el tercer nocturno de maitines.

En el mundo en el que estamos, cuesta decir «Dios está con nosotros». ¿Por qué? Porque no puede ser que Dios esté sólo con nosotros aquí en la Escolanía, en la Basílica, en quienes estáis en casa. Esta frase debe valer por todos. ¿Cómo estarán diciendo “Dios está con nosotros” los cristianos de Tierra Santa, especialmente los de la franja de Gaza, en medio de las guerras? ¿Cómo lo deben decir en Ucrania? ¿En Sudán? ¿Cómo decir esto en un mundo tan lleno de sufrimiento? Sería bonito que nos lo contaran ellos mismos, porque todos sabemos que incluso en estas situaciones, muchos de los que sufren dicen que Dios está con ellos. Nosotros estamos seguros de que, sobre todo en las situaciones más tristes, Él está ahí.

Nos ayuda a pensar así el que tampoco fuera fácil la primera Navidad. Nada tuvo que ver con ir de compras, iluminar las calles, preparar comida. Todo fue mucho más pobre, mucho más sencillo. Porque en el nacimiento de Jesús de Nazaret ya se insinuaba que allí empezaba una vida que, a pesar de ser la del Hijo de Dios hecho hombre, no escaparía de ninguna de las dificultades del mundo, es más, las iría a buscar con espíritu de cambiarlas, de redimirlas, de salvarlas.

Los artistas lo han entendido bien cuando por ejemplo han pintado al niño Jesús en los iconos amortajado, como a punto de enterrarlo, para expresar claramente su humanidad que algún día debería morir.

También lo entendió el compositor de la letra del oratori del Pessebre, Joan Alavedra, que después musicalizó Pau Casals, de quien este año hemos celebrado el quincuagésimo aniversario de su muerte. En un momento del principio y hablando de las figuras del Belén, antes de explicar la alegría del nacimiento hay un aria de contralto, que bajo el nombre muy inocente de la vieja que fila, ya habla de la pasión, porque aquello que hila la vieja es el trapo con el que el Señor se enjugará la sangre camino del calvario y el mismo sudario donde lo envolverán después de morir. Las reflexiones teológicas y artísticas sobre la Navidad tienen en cuenta ciertamente el sufrimiento tan humano de Jesús. Y esto tiene dos consecuencias.

A los escolanes deben gustarles las historias de héroes o de superhéroes. Las que nosotros leíamos en revistas y que ahora seguramente están en los videojuegos y en todo eso, que algunas generaciones ya no conocemos. Jesucristo, a pesar de ser Mesías, no es un superhéroe, no se nos presenta como un superhombre, es Dios hecho hombre, no Dios hecho superhombre o Superman, o Batman o alguno de esos héroes que admiréis. Quizás en gran parte de su manera de hacer es incluso mucho menos espectacular que todos estos superhéroes: no vuela, no se disfraza, no tiene una doble identidad, ni una fuerza física inhumana. Es mucho más sencillo. Es un hombre que ama. Que ama mucho: solidario de todo el mal y de todo el pecado del mundo. Difícil de imaginar a alguien capaz de arreglar todo lo que está mal, de comprender y perdonar los defectos de todas las personas. Pues él puede solucionarlo y de todo se puede compadecer.

La segunda idea que nos transmite esta humanidad que debe morir, ya representada en el momento de su nacimiento, es la capacidad de acoger por solidaridad todas las situaciones difíciles, todo el dolor del mundo, no para justificarlo, sino para combatirlo. Y especialmente todo aquel dolor que sería fácilmente evitable. En todas estas situaciones la muerte está muy presente. La Navidad y la memoria de Jesucristo debería recordarnos permanentemente que Él fue anunciado por los profetas como el príncipe de la paz y el clamor que acompañó a su nacimiento fue un deseo de paz a los hombres y mujeres de buena voluntad, como hemos leído en la primera lectura y en el Evangelio.

¡Qué mundo el nuestro! Cuántas situaciones como os decía que no tienen paz y en las que resuena esta noche la palabra “paz” como un deseo real. Pienso en los países y los conflictos que os he dicho y pienso sobre todo en lo que nosotros no conocemos porque no sale ni en las noticias, ni en los periódicos ni en las redes. El cardenal-arzobispo de Rabat, un buen amigo nuestro, que estuvo aquí durante la cuaresma del 2022, nos ha pedido que nos acordemos de los inmigrantes que llegan a Marruecos desde el África subsahariana y a los que ellos, que son una iglesia pequeñísima intentan atender. Nos queremos solidarizar con ellos con la colecta que cada año hacemos en Navidad. Os lo proponemos como un signo de comunión con tantas realidades que olvidamos, que no conocemos, que son noticia un día para quedar apartadas por la siguiente, y os invitamos a participar.

Sentimos en esta Navidad la necesidad de tener presente este grito de paz surgido de las guerras del mundo. Debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros, es necesario que no dejemos de escandalizarnos ante cualquier conflicto y no conformarnos con la incapacidad humana de arreglarlos de otra manera que no sea con las armas. La humanidad dedica una inmensa cantidad de medios económicos y políticos que parecen en muchos lugares y casos ineficientes y me hacen pensar si deberemos al final de dar la razón a un conocido hombre del mundo del deporte que al inicio de una de las recientes guerras notaba el fracaso de los medios y de las instituciones políticas. Hasta ahora, tiene bastante razón.

Nuestra gran fuerza, nuestra solución siempre será la que Dios ha puesto en medio de la humanidad en la persona y el Evangelio de su Hijo Jesucristo, cuyo efecto es en primer lugar nuestra conversión personal de nuestro egoísmo al amor. Aquí está el principio de la paz.

El mismo oratorio del Pesebre que he citado antes termina con unos versículos que dicen:

“Gloria a Dios y a toda criatura,
Paz en la tierra
Nunca más ningún pecado,
nunca más ninguna guerra,
Paz a los hombres de buena voluntad
Paz”

El poeta que escribió esto ya veía que, en el camino hacia la paz, el pecado de los hombres, el mal que hacemos cada uno es también importante. Jesucristo es el Cordero que quita el pecado del mundo, porque viene a salvar toda la naturaleza humana. Si en Navidad celebramos el principio de esta salvación, ojalá su efecto sea también el de avanzar decididamente en el camino de la paz, no una paz cualquiera, sino una paz que no tenga fin fundamentada como decía el Profeta Isaías en «el derecho y la justicia», en libertad y con total respeto a los derechos humanos, podemos añadir nosotros.

Que Dios que ha amado al mundo hasta darle a su Hijo único, nos lo conceda.

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Domingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas, monjo de Montserrat (22 de diciembre de 2023)

2 Samuel 7:1-5.8-11.16 / Romanos 16:25-27 / Lucas 1:26-38

 

Las lecturas que hemos escuchado en la eucaristía, durante todo este tiempo de adviento, nos han ido sazonando para que esta noche estuviéramos preparados para admirar la fuerza de Dios en medio de los hombres. Hemos ido escuchando cómo el profeta Isaías nos exhortaba a abrirnos a la esperanza a pesar de que los hechos que vivimos actualmente son especialmente estremecedores, llenos de violencia; o cómo Juan Bautista nos invitaba a una vida más coherente y comprometida. Esta noche nuestra mirada estará centrada en Jesús, sin el poder de la razón de la fuerza, a ojos estrictamente humanos, muy débil, porque la fuerza de su razón es el amor. Pero esto será esta noche, ahora, en esta eucaristía, somos invitados a contemplar a María.

La narración de la anunciación nos la sabemos de memoria. Quizás ahora no se trata de repetirla para que quede bien fijado en nosotros el acontecimiento que experimentó María, sino de vivir el relato porque somos sus testimonios privilegiados. No se trata de memorizar, sino de acompañar a María, de vivirlo con María.

Cada palabra del evangelio de hoy es importante, pero ahora se nos haría muy largo ir repasándolas una por una, frase a frase. Sólo subrayaré algunas que nos ayuden a contemplar el misterio de Dios en María. El evangelista nos ha hecho saber que el propio saludo de Gabriel hace que ella se turbe porque hay una toma de conciencia potente cuando le dice que Dios está con ella. No es un saludo de lo que podríamos llamar “buena educación” sino que penetra en su interior de manera sobrecogedora, pues Gabriel le dijo a continuación: «No tengas miedo, María». Dios ha tomado la iniciativa y le dice cuál es el proyecto de Dios en ella. La hará madre y le pide que le ponga el nombre de Jesús que significa «él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) como nos hace saber el evangelista Mateo. Todos nosotros sabemos lo que significa. El compromiso es extraordinariamente importante.

Le comunica el itinerario. Todos nosotros lo recordamos: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios». El fruto de su vientre es Santo, es el Hijo de Dios. La tradición bíblica nos recuerda constantemente que es en el Templo donde el que es Santo se hace presente de forma manifiesta. Por ejemplo, es en el templo, que Dios anuncia a Zacarías que tendrá un hijo que debe llamarse Juan. Dios se hace presente en el seno de María y es así que María se convierte en templo de Dios. Esta noche, abiertas las puertas del templo, la luz del Hijo de Dios iluminará a todos los pueblos.

Nosotros que ahora acompañamos a María oímos su respuesta: «Soy la esclava del Señor». La comprensión del significado de esta afirmación pienso que es doble. Por una parte, es la conciencia del propio ser: soy. Es asumir la propia realidad, siempre, toda su vida; no puedo delegarla a nadie. Y, por otra parte, la palabra «esclavo – servidor» es la misión que se me ha encomendado. Para ella será siempre la capacidad de escucha. Por eso podemos decir que María es la primera creyente, porque escucha a Dios, dice sí y hace suya la Palabra. Lo ha dicho así: «que se cumplan en mí tus palabras».

Cada uno de nosotros tenemos la oportunidad única de acompañar a María. Es necesario que nos planteemos si esta oportunidad también nos compromete; porque no se trata de mirárnoslo desde la distancia, como decía al principio, sino desde la proximidad, desde la comunión, de vivir con María su misma experiencia. Porque desde el bautismo nosotros hemos sido llamados, “saludados” como hizo Gabriel a María, y como María también hemos tenido la oportunidad de oír “Dios está contigo”, Dios quiere estar en tu corazón, o como predicaba San Agustín: Dios es más íntimo que tú mismo. Y se hace íntimo por amor. Estos días cuántas veces oiremos: Emmanuel, Dios está con nosotros. Y sólo hace falta que digamos que Jesús, aquel que a los ojos humanos es débil, quiere curarnos y salvar a la humanidad del dominio del poder. Somos cristianos, llevamos el signo de Jesús, implantado en nuestra vida.

Y ¿lo hacemos compartiendo aquí, en ese templo donde Dios se hace presente? Recordemos “donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy” Y desde este templo somos nosotros quienes debemos llevar la luz a nuestro entorno. María es la primera creyente, y con María cada uno de nosotros escuchamos la Palabra para convertirnos en servidores. Quizás debemos atrevernos a decir, que se hagan en mí tus palabras, transfórmame cómo lo hiciste con María.

Y, agradecidos, cantamos con el salmista: Cantaré eternamente las misericordias del Señor

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Domingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abat emèrit de Montserrat (17 de diciembre de 2023)

Isaías 461:1-2.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Juan Bautista es cortante en sus respuestas: No. Yo no soy el Mesías ni ningún otro profeta. Era popular, le habría sido fácil destacar la importancia de su misión y reivindicarse como profeta. Pero no lo hace. Su misión no es la de anunciarse a sí mismo. Es la de ser portador de un mensaje divino y es ese mensaje el que debe anunciar. Así, hermanos y hermanas, lo hizo toda su vida. Fue un testigo fiel hasta el final; y cuando ya sus labios no pudieron hablar, siguió dando testimonio desde la cárcel con su vida insobornable y con su sangre martirial. Juan Bautista es un modelo para todos los que debemos ser testigos de Jesucristo, el Señor. No se trata de hacerse a sí mismo el centro. Sino de dar a conocer el anuncio que viene de Dios.

Ante la triple negación de Juan –no soy el Mesías, no soy Elías, no soy el Profeta esperado–, los enviados por las autoridades de Jerusalén le preguntan: Pues, ¿quién eres? Soy una voz, responde. La voz que grita en el desierto: “allanad el camino del Señor”. Y el evangelista comenta: era un testigo, vino a dar testimonio de la Luz. La luz es la que nos permite ver con los ojos. Y, simbólicamente, experimentar con la inteligencia y con el corazón. En el cuarto evangelio, además, la Luz (con mayúscula) es sinónimo de la Verdad (también con mayúscula) (cf. 1, 9.14). Esta Luz y esta Verdad, es Jesucristo, él ha venido al mundo para iluminar a toda la humanidad (cf. Jn 1, 5). Esta Luz y esta Verdad de las que Juan Bautista da testimonio con la palabra y con la vida, algunos las rechazan y permanecen en las tinieblas, y otros las reciben con fe y les permite ser hijos de Dios y tener una mirada lúcida y esperanzada sobre el mundo.

El anuncio de Juan no era sólo para sus contemporáneos. Es para nosotros que, en el adviento, estamos llamados a preparar el camino del Señor que está cerca. Y debemos hacerlo profundizando nuestra fe, teniendo la humildad en el fondo del corazón, practicando las buenas obras y sacando de nosotros todos los obstáculos que dificultan la acción de Jesucristo. Así podremos acogerlo en la celebración de la Navidad y recibir con agradecimiento el don de participar “de la divinidad de aquél que se ha dignado compartir nuestra condición humana” (oración colecta de la misa del día de Navidad). Si le acogemos con corazón abierto, su Luz brillará en nosotros y penetrará nuestro pensamiento, nuestra afectividad, toda nuestra existencia. Esto nos permitirá una experiencia personal viva y profunda de unión con el Señor que viene.

La proximidad de la Navidad con toda la riqueza de gracia que nos trae, el saber que el Señor está cerca, nos llena de alegría. Por eso, en este tercer domingo de adviento, la liturgia nos repite: “gaudete, alegraos, vivíd siempre contentos en el Señor” (cf. canto de entrada y segunda lectura). Esta invitación a la alegría no es inconsciencia sobre lo que ocurre en el mundo. Tenemos bien presente el conflicto gravemente violento en Israel y en Gaza, la guerra en Ucrania, la crítica situación en Haití, la escalada armamentista en varios lugares del planeta, la falta de agua, el hambre, los terremotos, la explotación de los pobres, la violencia doméstica, el crecimiento de la pobreza, el suicidio de los jóvenes y un largo etc. Cerca de Jesucristo, el cristiano no se inquieta, tiene la certeza de que la esperanza que viene de la Palabra de Dios será satisfecha; cree en aquello de: sostener los brazos que desfallecen, animaos; nuestro Dios vendrá a salvarnos, no dudéis; esperad, si se retrasa, porque vendrá (cf. varias antífonas de adviento). Y hará justicia, liberará de toda opresión, secará las lágrimas de todos los ojos. Ya no habrá ni dolor ni muerte (cf. Ap 21, 4). Éste es el fruto de la Navidad y de la Pascua de Jesucristo. Confiando en ello, el cristiano sabe traducir en oración todas las inquietudes y sufrimientos de la humanidad.

La alegría que estamos invitados a vivir no es la que puede producir un bienestar material, ni un bienestar psicológico, ni siquiera una armonía interior. La alegría a la que nos invita hoy la liturgia es la alegría que viene de Dios y de acoger a Jesucristo y la obra que él hace en nosotros y en la historia de la humanidad. Es la alegría que el Espíritu suscita en el corazón de los creyentes. Es la alegría de ser hijos e hijas de Dios unidos a Jesucristo con la paz que esto conlleva.

En el contexto eclesial y social de nuestros días, debemos ser testigos convencidos, como Juan Bautista, de Jesucristo y de la alegría del Evangelio. No fundamentados en las obras humanas sino en la fuerza de la Palabra de Dios y en la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Tal y como decía Juan, aquel que es la Luz y la Verdad ya está entre nosotros desde las primeras Navidades de la historia.

En nuestra sociedad, los cristianos deberíamos ser como la levadura en la masa para dinamizarla y hacer crecer las semillas del Reino de Dios que hay en su interior (cf. Mt 13, 33). O bien, dicho con otras palabras, tomadas de san Pablo VI y de san Juan Pablo II (cfr., por ejemplo, de este último: Audiencia General, 9 febrero 1994), “los cristianos debemos ser como el alma del mundo”. Esta frase -ser el alma del mundo- proviene de una obra de principios del s. III, llamada Epístola en Diogneto (cf. 6, 1), que habla de la vida de los cristianos en la sociedad pagana de aquel tiempo. En una sociedad carente de esperanza como la nuestra, con tantos miedos y tantos interrogantes de cara al futuro, los cristianos debemos aportar una visión serena y esperanzada de la realidad tal y como nos la presenta el Evangelio de Jesucristo, debemos ofrecer una respuesta a la gente que busca y tiene sed de sentido, debemos cuestionar la indiferencia de una sociedad que muy a menudo alivia el vacío que experimenta con el consumismo.

La eucaristía que ahora celebramos nos da luz y fuerza para ser levadura en la sociedad, para ser su alma, para testimoniar a Jesucristo que es, que era y que viene.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Domingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 de diciembre de 2023)

Isaías 40:1-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Estimados hermanos y hermanas,

Cada año, la palabra y el testimonio del profeta de Isaías y de Juan Bautista nos acompañan en nuestro camino del Adviento. Más allá de la distancia que los separa en el tiempo y más allá también de su estilo y de su manera de vivir, el mensaje de ambos es el anuncio de un nuevo tiempo según el corazón de Dios.

En esta homilía centraré mi reflexión en el canto de consuelo del profeta Isaías. Sin embargo, Juan Bautista queda siempre para nosotros como un testimonio apasionado del Reino de Dios, que en el desierto era una voz que clamaba: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”, y lo hacía siempre en tiempo presente, por tanto, ahora también su voz nos invita a abrir y allanar caminos en nuestro corazón y en nuestro tiempo.

Cuando para muchos de nuestros contemporáneos la vida se ha convertido en un peso insoportable y un permanente desierto y exilio, la palabra de Isaías, toma un relieve particular ya que su canto de consuelo es fruto de la experiencia y de las dificultades que el pueblo de Israel vivió después del regreso del exilio de Babilonia. Las cosas no habían ido como imaginaban antes de regresar, ya que una vez en casa se encontraron encarados, no sólo a reconstruir las ciudades y el propio Templo, sino que se vieron obligados, como un pequeño resto, a convivir con otros pueblos que habían asentado en lo que era su patria, su tierra.

Ayer, como hoy, pronto el desaliento y la desilusión se hicieron presentes en medio del pueblo debido a las dificultades y problemas cada vez más crecientes. Isaías ante esta situación, observa, reflexiona, escucha, ruega y se pregunta: ¿cuál es mi misión en ese momento? Él había acompañado y sostenido la fe del pueblo durante el exilio y ahora que estaban de nuevo en casa, el exilio y el desierto interiores eran mucho más pesados que cuando vivían lejos de su casa. El sueño de reencontrar y vivir en paz en su tierra se había derrumbado y hecho añicos, de tal modo que parecía que ya no había ninguna salida ni solución.

Partiendo de la realidad que tiene delante, su pregunta no busca soluciones fáciles y momentáneas, sino que va más allá: el profeta quiere saber, quiere entender, ¿qué significa confiar en Dios en aquellos momentos? ¿Qué supone poner la confianza en Yahvé, el Dios de los padres? “La respuesta”, si se me permite, a su pregunta es doble: la fe y la confianza siguen resonando en el corazón de los hombres, por destrozados que estén. Y todavía, la fe es auténtica fuente de confianza, de esperanza, y de estímulo para la acción.

Sabemos a ciencia cierta que Isaías no era un hombre alocado, que se dejaba llevar por falsos optimismos, ni tampoco un hombre que vivía de espaldas al sufrimiento y a las vicisitudes de sus contemporáneos. ¿De dónde le vienen, pues, esa fe y esa confianza que en lugar de alejarle de la realidad que le toca vivir le compromete cada vez más con los débiles y los pequeños?

Su optimismo, su fe, su compromiso, su propia vida se fundamentan en la fidelidad de Dios, que es siempre deseo y amor en acción a favor de la humanidad. Y esto, hermanos y hermanas fue muy importante para nuestro profeta y lo es también hoy, para nosotros. Nuestro tiempo es grávido de la presencia del Espíritu del Señor que todo lo renueva. Nuestros corazones son grávidos, en este Adviento y siempre, esperando, anhelando el día de la manifestación de Dios.

Por eso, el profeta, lejos de cruzarse de brazos, de lamentarse sin fin o fijarse únicamente en la mala suerte que él mismo le ha tocado vivir, se pone en acción. Mientras la situación invitaba a no hacer nada, a sobrevivir al precio que fuera, él mira a su pueblo, la ama, por eso habla amorosamente en Jerusalén, y se ocupa y se preocupa apasionadamente por su gente y por las circunstancias adversas que les toca vivir.

La confianza en Dios, que ha dado respuesta a las preguntas más profundas de su corazón, ahora le mueven a vivir en el presente el sueño que Dios tiene para la humanidad desde toda la eternidad. Él se pone en acción para que los pobres y débiles de su pueblo no se vean definitivamente encerrados en un destino de miseria, para que quienes tienen el corazón roto por la desilusión y el sufrimiento recobren la confianza. Él busca abrir surcos donde la tierra parece estar definitivamente condenada a ser un desierto.

Como decíamos al inicio de esta reflexión, para muchos de nuestros contemporáneos, y quizás también para nosotros mismos, la vida se ha convertido en un peso insoportable y los tiempos mejores se han convertido en una espera eterna que nunca llegará. “Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”. La voz de Dios, en las palabras del profeta, se convierte en un encargo, lleno de responsabilidad de presente y de futuro para los cristianos y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sea cual sea la edad o situación. También para vosotros escolanos y escolanas de la Schola Cantorum de la Escolanía.

Son muchos, aunque no se noten, quienes, como Isaías, se esfuerzan por consolar, por pedir consuelo para quienes aman o para ellos mismos. “Para consolar necesitamos aprender a callar, a guardar silencio, pero a la vez a aprender a articular gestos de proximidad. El silencio no es indiferencia, es una forma de ser y de estar en el mundo. Consolar es, ante todo, escuchar, ofrecerse al otro para que sepa que estamos allí” (1). Es así como Dios consuela a su pueblo, consuela en este tiempo, nos consuela a cada uno de nosotros para que nosotros consolemos, no en el futuro sino ahora, en este presente sintiendo y haciéndonos cercanos como Dios, es así como celebraremos la Navidad que se acerca y que el Adviento nos ayuda a preparar.

Permítanme que acabe esta reflexión con una oración, escrita por una madre de familia suiza, pastora calvinista (2).

Señor,
tengo una sed tan desesperada
de consuelo!

No hay nadie
que me coja la mano,
no tengo ningún pecho
donde apoyar la cabeza,
ni dos brazos
donde poder apoyarme,
nadie con quien llorar,
nadie que me consuele.

Señor, he aprendido
que nuestro refugio eres tú,
pero sólo lo sabe mi razón.

No me basta para serenar el corazón.

Te lo pido:
hazme sentir que me eres cercano,
como puede serlo una persona amada.

Acógeme, Dios en tu corazón.

(1) Traducción al catalán de un fragmento del artículo de Francesc Torralba, El arte de consolar, publicado en la web del Gobierno de Canarias https://www3.gobiernodecanarias.org/medusa/ecoblog/jregamu/?p=753

 (2)  Sabine Naegli, madre de familia y pastora calvinista en Suiza.

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Misa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de desembre de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

La muerte es, queridos hermanos y hermanas, la última pregunta, sobre la que hemos escrito y reflexionado mucho pero que nunca hemos llegado a explicar. La muerte, que vivimos como el término biológico de nuestra vida, pero que alarga su sombra sobre otras situaciones personales, que experimentamos de forma triste, amenazadora. Es muy normal que el contraste entre una vida que sentimos real y la seguridad de que esto acabará con la muerte algún día, sea el humus, donde nazca la esperanza de la inmortalidad, creando una tensión inmensamente creativa y fecunda.

La primera lectura del libro de las Lamentaciones nos planteaba la alternativa entre dos posibilidades esenciales: nos amargamos y envenenamos con nuestras reflexiones, alimentando todo tipo de tristezas o «hacemos revivir otros sentimientos que nos mantienen la esperanza». Una actitud es la de repliegue sobre uno mismo, la otra es de apertura, no a la euforia, sino a la confianza tranquila en Dios, a «esperar silenciosamente la salvación del Señor». La persona es la misma, la respuesta es totalmente distinta.

Es en ese momento donde la idea central del cristianismo, la posibilidad de la resurrección de entre los muertos a imagen de Jesucristo se convierte en confesión de la propia existencia de Dios. Se convierte en confesión de fe. La esperanza cristiana que pone nuestro futuro absoluto bajo la misericordia de Dios es en sí misma confesante, reconoce su presencia desde la Creación al cumplimiento final, en una línea sostenida por Dios mismo y en la que nuestras vidas concretas, queridas, irrepetibles y únicas son un punto de esta línea, llamadas a unirse a ella cuando después de morir Dios nos hace dignos, hecho en lo que confiamos por su gran misericordia.

Es por esta fe que nos viene de la noche pascual, recordada aquí con el cirio que encendimos y que proclamaba la resurrección de Jesucristo, que nos hemos reunido hoy para orar por su reposo y dar gracias por la vida de nuestro hermano el P. Pius Tragan difunto.

Es por esta fe que podemos cantar: «Que Cristo te acoja en la gloria» o «Que la luz perpetua lo ilumine», como hemos hecho acompañando el cuerpo de nuestro hermano, al entrarlo en esta Basílica de Montserrat por última vez.

Es por esta fe que a todas las preguntas que nos hace la carta a los cristianos de Roma, que hemos leído como segunda lectura: ¿Quién nos acusará? ¿Quién nos condenará? ¿Quién nos alejará? y al miedo profundo de toda una serie de situaciones vitales que nos plantea, salimos apostando por la vida y confesando que tenemos a Dios a nuestro favor y que nada, ni la muerte, es capaz de alejarnos de ese Dios, que Cristo ha demostrado cómo nos ama.

La condición única e irrepetible de cada hijo e hija de Dios hace que el momento de la muerte sea adecuado para contemplar la riqueza de los dones que recibimos del Señor. La fe existe en cada persona creyente concreta y ocupa todo su ser, ninguna dimensión humana ha quedado fuera de la Encarnación del Verbo, de esta “Palabra que se hizo carne para iluminar a todos los que vivían en las tinieblas (Jn 1, )”. Es con toda la persona que vivimos nuestra fe, sobre todo con la inteligencia que somos capaces de elaborarla.

Al despedir al P. Pius no podemos dejar de contemplar cómo la fe también se apodera de la inteligencia y la obliga, la cuestiona, es más, es una dimensión irrenunciable. San Anselmo, el mayor de los teólogos benedictinos, ya lo tenía claro en el siglo undécimo, cuando escribió: “Así como el recto orden exige que creamos con fe profunda antes de pretender cuestionarla, me parecería una negligencia si después de haber sido confirmados en la fe, no tuviera todo el celo para entender lo que creo” (1). ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere. Quizá sea el mayor estímulo intelectual que puede recibir alguien: ese estímulo que le enfrenta al misterio inefable de las grandes cuestiones vitales, que las respuestas cristianas dadas por la Iglesia no se pueden dar nunca por cerradas, sino que son fuente de creatividad, de espíritu, de riqueza interior. Creo que se puede decir justamente que la vida del Padre Pius-Ramon Tragan estuvo marcada por no permitirse “anselmianamente” la negligencia de no entender lo que creyó.

La muerte puso fin a la vida del Padre Pius M. Tragan el jueves por la noche, en la enfermería del monasterio. Acababa así su larga peregrinación en este mundo. Una vida que empezó en Esparreguera en 1928, hace más de 95 años, donde recibió el nombre de bautismo de Ramón que utilizaría muchos años después junto con el nombre monástico de Pius María. La intensidad con la que vivió el P. Pius se explica sobre todo por su amor a la vida, porque era una perfecta encarnación del intelectual comprometido en la búsqueda de la verdad, para él sobre todo búsqueda de la verdad de la fe, de Dios, de la Biblia, de la persona de Jesucristo. En su extenso currículum, visto todo en conjunto, con todas las etapas una tras otra, queda claro que se arriesgó siempre para poder continuar la investigación, el pensamiento y la reflexión, superando bastantes crisis graves de salud, que nunca le habrían hecho pensar que llegaría a la edad que tenía cuando murió y a vivir casi 75 años de profesión monástica.

Montserrat fue su primera escuela, y después, siguiendo primero al P. Abad Aureli M. Escarré, de quien fue secretario en el momento del exilio de Montserrat y al que acompañó a Viboldone, junto a Milán, Múnich, Jerusalén y Estrasburgo fueron las sedes donde contactó con el pensamiento teológico avanzado y la investigación bíblica moderna, especialmente dedicada al Nuevo Testamento, de la que haría su gran pasión. Montserrat, Estrasburgo y Roma, su querida Roma, fueron las cátedras donde compartió generosamente el resultado de toda su actividad intelectual, de forma cordial, que causaba impacto por su sabiduría, por la claridad con la que explicaba y por la profundidad del intelectual que siempre busca el porqué más profundo de aquello que sabe y que aprende.

Era la fe recibida de joven, enriquecida con tantas y tantas lecturas y clases, uno de los potentes estímulos de su inteligencia y de su curiosidad natural. Encarnaba realmente al sabio benedictino que se ha tomado como deber y como tarea la búsqueda de la verdad.

Incluso, podía llegar al sentido del humor, como una vez cuando me dijo: “¡Vi lo que pasó antes, he visto qué está pasando ahora, y ahora lo siento porque no veré cómo se acabará!” Últimamente incluso me manifestaba una curiosidad frente a la muerte. ¿Cómo será? ¿Sabemos algo? -Una pregunta que me parece totalmente honesta, ya que la buena teología nunca pierde la conciencia de la inefabilidad radical de todo lo que explica, – pero yo le decía protestando y en broma: “Soy el profesor de escatología y me paso muchas horas explicando todo lo que ocurre después! No me lo deshaga todo”. Lúcido hasta el mismo día de su muerte, todavía al mediodía, me reconoció como Padre Abad y quiso que le diéramos en comunidad el sacramento de la unción de los enfermos.

La civilización cristiana ha aportado al mundo y a la cultura tantas figuras en las que reconocemos las capacidades intelectuales un camino de virtud, cultivado con disciplina. Si Dios ha querido encarnarse en un ser inteligente como Jesús de Nazaret es porque también la inteligencia puede ser un vehículo del amor. Es más, me atrevería a decir que el estudio puede refinar a la persona haciéndola más capaz de amar, más capaz de compartir. Esto, que no ocurre en todos los intelectuales, podemos decir que se produjo en la vida del P. Pius y por eso estos días hemos recibido infinitas muestras, no sólo de reconocimiento intelectual sino de agradecimiento por el cariño y la amistad con la que trató a tantos familiares, amigos, colegas y discípulos, como Jesucristo, el Buen Pastor, a quien él dedicó la tesis doctoral, hacía con sus amigos. De todo damos gracias a Dios.

Si ninguna vida está exenta de ambigüedades, tampoco puede estarlo una vida tan larga e intensa como la de Pius. Por eso estamos también aquí, para orar por él, para ayudarle en este paso definitivo de este mundo a la casa de Dios, porque en ese momento final cuando Jesucristo le habrá dicho:

Yo soy la resurrección y la vida. Quienes creen en mí, aunque mueran vivirán. Y todos los que viven y creen en mí, jamás morirán. ¿Lo crees esto?

Podamos nosotros acompañarle con nuestra oración a responder con Marta:

Sí. Señor. Yo creo que os sois el Mesías. El Hijo de Dios que había de venir al mundo.

El final de la historia personal permanece siempre en manos de Jesucristo, pero resucitó a Lázaro y resucitó él mismo de entre las muertes, como conmemoramos en cada eucaristía.

(1) Sicut rectus ordo exigit ut profunda fidei prius credamus priusquam ea praesumamus ratione discutere, ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere (Cur Deus Homo II)

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de diciembre de 2023)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

 

Y María respondió.

El final del prefacio de hoy, que rezaremos al iniciar la oración eucarística, nos dice que María es para nosotros ejemplo de santidad. La santidad es la comunión posible y eficaz que cada uno de nosotros puede tener con Dios, con el Padre, con Jesucristo, siempre por la fuerza del Espíritu Santo y todas sus consecuencias.

Sí. María respondió. Sería una de las primeras actitudes de su santidad. Respondió porque estaba atenta, porque había escuchado lo que Dios le había dicho. Quizás no lo había entendido porque era bastante complicado y seguro que no había captado todas las implicaciones que ese anuncio tan extraordinario tendría en su vida, ya no digamos en la de toda la historia de la humanidad. Pero, sin embargo, respondió. Nada que ver con aquellos alumnos que en la Escuela cuando les hacen una pregunta y llaman a su nombre, bajan de la luna a la tierra y se dan cuenta de que no han oído ni la pregunta. San María, en la escena tan entrañable de la Anunciación nos da una primera lección: debemos estar atentos. Qué necesaria es la atención en nuestro mundo tan lleno de información, tan lleno de mensajes, donde en cada momento podemos estar conectados y no precisamente con nuestro interior ni con Dios.

Porque, en cambio, Dios habla más en el silencio, o por boca de una sola persona, o en un momento tranquilo. No creo que un grupo de whatsupp sea allí donde mejor le escucharemos. Debemos estar atentos porque si no, podemos no escuchar qué nos dice, ni siquiera oírlo. La Virgen María, a pesar de no tener móvil, fue totalmente capaz de escuchar una llamada y una voz, escucharla y cumplirla.

Como ella, podemos ejercitar nuestra capacidad de atención si hacemos un esfuerzo por escuchar y por responder a aquellas personas que nos preguntan, que nos dicen algo, que quieren hacerse cercanas. No hay mayor desprecio que hacer ver que el otro no existe. A todos nos gusta que nos respondan, pero aprendamos también a ser comedidos. No hace falta responderlo todo siempre ni de inmediato, ni especialmente exigir que los demás lo hagan. Cuántos de nosotros no hemos visto a personas ponerse muy nerviosas porque al cabo de pocos minutos o incluso segundos, alguien no ha respondido un mensaje. También debemos aprender a esperar.

Con la respuesta, Santa María nos da otra lección: la de la responsabilidad. Es responsable porque es capaz de responder, no sólo a una pregunta, sino haciéndose cargo de una situación. En catalán lo decimos: yo respondo de esa persona. La Virgen María aceptó la situación, feliz, por un lado, tan enigmático y sorprendente por otro, de ser madre de Jesús, Cristo, el Mesías el esperado de Israel. Su responsabilidad se concreta en la capacidad de mantenerse fiel en la respuesta dada: «aquí estoy, que se haga en mí según tu palabra» y de hacerlo durante toda la vida, cuando la misma responsabilidad de mantenerse fiel a la respuesta la llevó a nuevos horizontes, inimaginables al principio. Aquí está la verdadera fidelidad, la que no tiene calculadas desde el inicio todas sus consecuencias, sino que queda abierta.

Respuesta y responsabilidad forman parte de la santidad y no son nada que nos quede tan lejos. Con estos rasgos tan humanos, Santa María nos enseña la forma de ser discípulos, se pone al frente de esta humanidad, y muy especialmente de nosotros que queremos testimoniar en el mundo que Dios existe, como creador de toda vida y nos llama a la felicidad superando todos los males de la historia, que vienen de esa ambigüedad antigua, de ese pecado al que los hombres y las mujeres también estamos sometidos desde el mismo principio de nuestro tiempo.

En la segunda lectura, un himno cristiano muy antiguo que forma parte de la Carta a los Efesios, que nuestra liturgia ha incorporado cada semana en la hora de Vísperas del lunes, encontramos una especie de yo colectivo, una primera persona del plural que se dirige a Dios para darle gracias de la elección que ha hecho de la humanidad para llevarla por amor a la santidad, a cumplir la voluntad de Dios, a la irreprensibilidad, a la esperanza con Cristo.

El himno nos habla de un gran proyecto de Dios. Si la primera lectura nos había dejado quizás un mal sabor, porque se ponía en marcha la historia humana en sus aspectos inevitables de ambigüedad, sometida a la presencia de ciertas formas de mal, que siempre están activas; San Pablo, muchos siglos después y cuando la Iglesia naciente ya experimentaba plenamente la resurrección de Jesucristo, vuelve a colocar la historia en manos de Dios y no destaca tanto su ambigüedad humana como la línea recta de la voluntad de Dios sobre todos nosotros.

Parece que está haciendo el retrato perfecto de la llamada a ser cristianos, y por tanto, aunque no la cite, encabezando este «nosotros» encontramos Santa María, que no sólo hace suyo este canto, sino que es la única que puede decir que lo cumple de verdad, la única escogida sin lugar a dudas, la única irreprensible, la única toda santa por su a comunión con Dios Padre, con el Hijo que de ella se encarnó y con el Espíritu Santo que la habitó. Esto es lo que celebramos hoy, la santidad absoluta de María desde el momento de su Concepción.

Ella es la irreprensible, no por carácter, sino por naturaleza. La solemnidad de hoy, al proclamar su Inmaculada Concepción, recuerda que Cristo la separa de la ambigüedad que se produce en todos los demás seres humanos. La iguala así a Él mismo. Esto es lo que celebramos: su irreprensibilidad ante todo mal y todo pecado.

Pensad los escolanes qué significa ser irreprensible por naturaleza. Significa ser incapaces de hacer nada mal hecho, que nunca te puedan regañar, ni castigar, y no porque no te pillen sino porque no haces nada mal. Esto es casi imposible pero la responsabilidad personal en las cosas de cada día, en aquellas respuestas que debéis dar, os ayudarán a acercaros a esta irreprensibilidad. Vosotros que tenéis tan presente a Santa María en vuestro canto, en cada Salve, en el Virolai, pensad que ella es ejemplo de responsabilidad, de hacer lo que toca, de no decir ahora sí y ahora no, sino de mantenerse siempre fiel a una palabra dada. Esto puede ser muy importante en vuestras vidas y en las de todos nosotros.

¿Dónde estamos amados hermanos y hermanas ante este plan ideal de Dios? ¿Hemos respondido a la voluntad de Dios de bendecirnos? ¿Y cómo hemos respondido? ¿Cómo hemos podido, pero no hemos evitado hasta hoy las guerras, el hambre, la miseria, la injusticia? Tantas y tantas situaciones que nos duelen y que nos sorprenden especialmente porque parecen congeladas, resistentes a dejar entrar una brizna de sentido común, de razonabilidad, de responsabilidad.

El mundo no es santo ni irreprensible, como mucho está en camino y en esto debemos ser responsables: al mantenernos en el camino de la voluntad de Dios, ésta que el himno dice que es su designio sobre todos nosotros, ésta que María aceptó diciendo: “Que se cumpla en mí según vuestras palabras”; esa voluntad que cada día pedimos que “se haga” cuando rezamos el Padrenuestro.

Seamos responsables como María, con la voluntad de Dios.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Domingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (3 de diciembre de 2023)

Isaías 63:16-19; 64:2-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Estimados escolanes:

Algunos de vosotros, este curso, habéis tenido la mala suerte de tener que soportarme como profesor de religión. Digo esto porque seguramente habéis reconocido que las lecturas de la misa de hoy son las que hemos estado trabajando en clase durante la última semana. Vuestras dudas, preguntas y comentarios me han servido para poder hacer la homilía de este domingo. Pero como no os había dicho nada de mis intenciones, supongo que mañana recibiré duro.

Daos cuenta, sin embargo, de la importancia de la asignatura de religión: lo que hablamos en clase ahora lo podrán escuchar los cientos de personas que están hoy aquí y los miles que nos siguen por la radio y la televisión. La clase de religión es importante porque nos enseña que para ser felices y encontrar sentido en la vida debemos mirar hacia Dios. Y a la vez, también nos enseña a comprender tantas cosas de nuestro mundo occidental: a reconocer los estilos de las iglesias, a ir a un museo y entender tantos cuadros que contienen escenas bíblicas, o mirar, por ejemplo, la bandera de la Unión Europea y ver la corona de doce estrellas de la Virgen de la que se nos habla en el libro del Apocalipsis.

Y a todos vosotros, hermanos y hermanas, os invito a empezar este nuevo Adviento con una nueva mirada, la mirada de los preferidos del evangelio. Como dice san Mateo: «En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos será el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 3). O como dice la Regla de San Benito: «Y que en ninguna parte la edad no cree distinciones ni preferencias en el orden, porque Samuel y Daniel, aun siendo jóvenes, juzgaran a los ancianos» (RB LXIII, 5-6). Que el don profético de los jóvenes nos enseñe a salir de nuestra zona de confort y aprender a contemplar a Dios y al mundo con una mirada renovada.

Aunque no dije a los escolanes que estos textos correspondían al Adviento, los dos conceptos fundamentales que surgieron se corresponden perfectamente con lo que nos pide este tiempo litúrgico: aprender a escuchar la Palabra de Dios y aprender a velar la venida de Cristo.

En primer lugar, aprender a escuchar. El ejemplo que utilizamos son las lecturas durante la misa: ¿las escuchamos verdaderamente? Muy inteligentemente, los escolanes distinguieron entre «oír» y «escuchar». Oír se refiere a cuando mostramos una apariencia externa de que nos interesa lo que dicen o leen, pero, en cambio, nuestra cabeza está en un lugar muy lejano. Escuchar, en cambio, se refiere a cuando verdaderamente pongo interés en lo que oigo y hago mías las palabras que me dicen. ¿Cuántas veces en misa nos encontramos con que hemos oído las lecturas, pero no las hemos escuchado? Pero nos ocurre a todos lo mismo en nuestra vida ordinaria: ¿Cuántas veces oímos, pero no escuchamos? Y también nos ocurre con Dios: ¿Cuántas veces querríamos saber qué nos está diciendo, pero en realidad no lo estamos escuchando?

Otro ejemplo de aprender a escuchar son las homilías. Aquí, según los escolanes, la cosa ya se complica más. Si no están bien hechas corremos el peligro de activar lo que ellos llaman el “modo off”, es decir, la desconexión total. Para los escolanes, las homilías deberían ser siempre y necesariamente: ¡cortas! Un antiguo escolán que acabó hace un par de años un día me dijo: «No sé por qué los curas habláis tanto en las homilías, sólo habría que decir una cosa: Jesús es el hijo de Dios y nos ama». Después de tantos años de estudiar teología, me dejó bien desarmado. Parafraseando un poema de John Keats podríamos decir: «Jesús es el hijo de Dios y nos ama, esto es lo único que podemos saber de Dios, esto es lo único que necesitamos saber». No sé si las homilías son largas o cortas, pero cuando hablan de Jesús, que es el hijo de Dios y nos ama, se hacen escuchar.

Que el Adviento nos ayude a aprender a escuchar: tan sencillo, tan difícil. El segundo punto en torno al que hoy podemos hablar es aprender a velar a la espera de la venida de Cristo. El evangelio según san Mateo que nos ha sido proclamado hoy nos repite esta idea hasta cuatro veces: «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!». Aquí me sorprendió la respuesta de los escolanes: dijeron que velar era estar atentos, sí, pero que también servía para disfrutar de la vida. Para ellos, velar, implica mirar hacia el futuro y no desperdiciar ninguna de las oportunidades que nos da la vida.

Se me ocurrió algo que me dijeron hace unos años, cuando vino aquí a Montserrat un coro francés e hizo un intercambio con la Escolanía. Recuerdo que el director de este corazón me comentó: «el canto de la Escolanía tiene siempre un punto de nostalgia». Este comentario me ha hecho pensar muchas veces. Seguramente se trata de algo que la Escolanía tiene como corazón de un monasterio benedictino. Los monjes, y todos los cristianos, deberíamos vivir con un punto de nostalgia. No es una nostalgia del pasado (la de «cualquier tiempo pasado fue mejor»), sino, curiosamente, una nostalgia del futuro. Tampoco es una nostalgia triste. Es la nostalgia que viene de la esperanza, de quien sabe que lo mejor de la vida está aún por venir. Es la nostalgia de los jóvenes, de aquellos que tienen toda su vida por delante. Es la nostalgia que nos hace cantar: Veni Domine, Venid Señor, como oiremos en el canto del ofertorio. Ésta debería ser una característica del cristiano: la nostalgia del futuro: del que sabe que lo mejor está aún por venir: del que sabe que vamos al encuentro de Dios.

Bien, voy terminando, porque si no mis alumnos me criticarán y, esta vez, con razón. Otra cosa que intento enseñarles es que la Iglesia es sabia. Por ejemplo, los domingos, en el orden de la misa, coloca al Credo después de la homilía. Esto no es gratuito. Lo hace para que nadie pierda la fe a causa de las palabras del cura. Espero que no sea el caso de hoy, sino que el inicio del Adviento nos ayude a escuchar y velar a este Jesús que es el hijo de Dios y nos ama.

Disculpad las excesivas pinceladas de humor monástico que ha habido en esta homilía. Pero el Adviento nos dice que el Señor viene a nuestro encuentro. Y nosotros sabemos quién es ese Dios: es el niño pequeño, fajado y puesto en un pesebre. Y en su rostro, estemos seguros, tiene dibujada una sonrisa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)

Solemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Anton Gordillo, monje de Montserrat (26 de noviembre de 2023)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 23:14-301-12

 

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Estimados hermanos y hermanas:

Hoy, justo cuando termina el año litúrgico, recapitulamos todo el año celebrando la fiesta de Cristo Rey. Hoy es un día para darnos cuenta de que Jesucristo, nuestro Señor, es el máximo gobernante de todas las cosas, de todo el mundo, de todo el universo. Dios no es el propietario de unas acciones en una empresa y que sólo espera los beneficios a finales de año. No, Dios gobierna y cuida todo lo creado. Porque, hermanos y hermanas, nos ha creado para que al final seamos felices en Dios, y no nos ha abandonado en un mundo inhóspito, aunque a veces lo parezca con tantas guerras y sufrimientos.

Tanto en la primera lectura, en el salmo responsorial y en la proclamación del Evangelio se nos muestra a Dios bajo la figura de pastor: un pastor que cuida de sus ovejas y las conoce por su nombre. Un pastor que busca la oveja que se ha perdido, la que está alejada, que cura a la que se ha hecho daño o puesto enferma. Un pastor que cuida de las fuertes y de las débiles, de toda raza y condición. Sí, hermanos y hermanas, también de las fuertes porque no son perfectas y todos tenemos nuestras debilidades. Las lecturas de hoy nos hablan de que no estamos abandonados en un mundo de caos o sin sentido, en un mundo que parece que sólo prospera el más fuerte o el más violento. No, tenemos un Dios/pastor que cuida de nosotros, que nos conoce, que está a nuestro lado, que cura nuestras heridas y nos ayuda en nuestras debilidades y carencias.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Jesucristo es Rey y Señor de todo, es el Juez supremo: en definitiva, es Dios y es digno de alabanza y de respeto. Y todo está sometido a Él, incluso la muerte. Tanto es así que la muerte no es el fin de todo, sino que Dios nos llama a una nueva vida con Él después de la muerte. Nos llama a la resurrección y a la vida eterna.

Y los textos nos hablan también de que al final hará justicia y separará a los buenos de los malos, a las ovejas de las cabras. Y el criterio que utilizará para juzgar si uno es oveja o cabra está en nuestra mirada hacia la necesidad. No bastan sólo las buenas palabras o las buenas intenciones. Hermanos y hermanas: No es indiferente que nosotros hagamos el bien o dejemos de hacerlo. Por eso, no podemos ser indiferentes a lo que ocurre a nuestro alrededor, encerrados en nosotros mismos, aislados e individualistas. Lo hemos oído proclamar en el evangelio de hoy (cf. Mateo 25:31-46): venid benditos de mi Padre, cuando yo tenía necesidad me disteis de comer, de beber, me acogisteis, vestisteis, visitaseis y vinisteis a verme en prisión. Se nos juzgará, por si nuestra mirada es capaz de consolar, de aligerar, de acoger (al igual que hace el pastor con las ovejas, si somos capaces de seguir el ejemplo de Jesucristo). Se nos juzgará por si somos capaces de amar a los demás, si somos capaces de intentar aliviar el sufrimiento de quienes nos rodean, de si somos capaces de intentar dejar el mundo un poco mejor de lo que lo hemos encontrado. Es necesario que pongamos nuestro grano de arena para cambiar el mundo en un mundo mejor. Se nos juzgará por si somos capaces de salir de nosotros mismos, si somos capaces de dejar de ser como hikikomori espirituales que rechazamos interactuar con otras personas, a quienes el miedo, la incertidumbre o la pereza que les impide salir de su parcela de confort.

Pero insisto, no estamos solos en esa empresa. Dios está a nuestro lado, es el buen pastor que cuida de nosotros, si no lo rechazamos, si no somos indiferentes a su amor. Jesucristo nos muestra el camino para ser felices, que no es otro que el de amar y servir a quienes tenemos al lado, especialmente a los más pobres y necesitados. Jesucristo intenta enseñarnos el camino del amor para que nosotros podamos amar a los demás, a los necesitados, a los pequeños de este mundo. Y así podremos vencer definitivamente a la muerte y ganar la vida en Dios. Porque hoy también celebramos que Jesucristo es nuestro Salvador: sufrió y murió por justicia, porque había que reparar de algún modo el mal que nosotros hemos hecho, hacemos y haremos; pero a la vez Jesucristo, resucitando, nos coge de la mano, nos mira a los ojos y nos dice: venid conmigo y ayudadme a cambiar el mundo, ayudando y acogiendo a los necesitados, a los pequeños y despreciados del mundo tal y como yo voy hacer.

Hermanos y hermanas: No es casualidad que sea Cristo crucificado quien preside nuestra asamblea, en esta magnífica talla colgada sobre el altar. Cristo, el mismo que está colgado en la cruz, Cristo sufrió, murió y resucitó por nosotros, por amor a nosotros, para enseñarnos el camino de salvación, de la vida eterna, que no es otro que el de amar: amar a Dios que es digno de alabanza y de agradecimiento, amar al prójimo, a todos aquellos que nos rodean como a nosotros mismos. El criterio del juez será si hemos sido capaces de amar con obras, no sólo de palabra; eso sí, cada uno según sus posibilidades y capacidades.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Cristo es el máximo gobernante. Pero lo hace de forma diferente, a través del camino del amor, a través del camino del servicio al prójimo. Y a menudo lo hace mediante el esfuerzo de tantas personas que trabajan por el bien de los demás, especialmente de aquellos más pobres, marginados y pequeños.

Ojalá que nuestra vida pueda concretarse en obras de servicio a los más necesitados. Y así, podremos cantar con el salmista: “el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar (…) Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,”. (Salmo 22:1-2a.5)

Que así sea.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Domingo XXXIII del tiempo ordinario (19 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monjo de Montserrat (19 de noviembre de 2023)

Proverbios 31:10-13.19-20.30-31 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 23:14-301-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

Nos encontramos a finales del año litúrgico y las lecturas nos invitan a hacer balance. En los evangelios de estos días encontramos las parábolas llamadas del juicio, todas ellas sacadas del capítulo 25 de Mateo: la parábola de las diez vírgenes que escuchamos la semana pasada, la parábola de los talentos que nos ha sido proclamado hoy y el gran retablo del juicio final que oiremos la próxima semana.

Estos son tres textos en los que Jesús nos quiere transmitir la seriedad de esta vida: nuestras elecciones de hoy comprometen nuestra eternidad. La parábola de las diez vírgenes nos dice que necesitamos una actitud de atención, de espera vigilante, como única manera sabia de vivir la fe. El gran retablo del juicio final nos muestra que lo que compromete a nuestra eternidad es la atención que damos a los más pequeños, a los más pobres, a los más heridos. Entre estos dos textos, está la parábola de talentos que nos sugiere qué actitudes deben guiar a nuestro corazón para tomar decisiones.

La parábola es bien conocida. Es de esas que quienes fuimos de pequeños a catequesis nunca hemos olvidado. Un amo sale de viaje y deja a sus sirvientes varios talentos para que los administren. A su regreso les pide cuentas, pero no todos han actuado con la misma diligencia. Los dos primeros los han invertido y han sacado beneficios. El tercero, miedoso, ha enterrado su talento y ahora se enfrenta a los reproches del amo.

La diferencia entre los dos tipos de administradores, no se mide tanto en si han obtenido beneficios o no, lo importante no es la cantidad de los dones o las ganancias, si no la actitud de confianza o de miedo ante la responsabilidad que les ha sido dada. El buen administrador se arriesga a realizar un mal negocio o no tener el beneficio previsto, pero trabaja con la confianza que su amo tiene en él. Quien esconde el talento retrata a la persona prisionera de una falsa imagen de Dios como juez riguroso que da miedo y no inspira confianza. Por eso se queda paralizado sin hacer nada positivo y perdiendo la oportunidad de usar en bien de los demás los talentos recibidos. Pero lo más grave, no es que no haya sabido sacar fruto del talento confiado, sino que cree que ha actuado correctamente. Este sirviente no sólo ha fracasado en su misión, sino en toda su vida.

Termina la parábola con el castigo al mal administrador. Éste es condenado sin haber hecho nada malo; simplemente por no haber hecho nada, por limitarse a conservar lo que le ha sido confiado. Jesús dedica unas palabras muy fuertes y cortantes a ese administrador que sólo sabe conservar. Son unas palabras difíciles de aceptar: “a todo aquel que tiene, le darán aún más, y tendrá a rebosar; pero al que no tiene, le tomarán hasta lo que le queda.” Parece exagerado, incluso injusto… pero atención, nos encontramos en una parábola, aquí no se trata de dinero ni de bienes materiales. Se trata de amor. ¿No es cierto que a menudo, cuando ayudamos a alguien, cuando hacemos un regalo, somos más felices, estamos más satisfechos, que cuando lo recibimos? El amor tiene esta paradoja, cuanto más damos, más tenemos. De esto trata el evangelio de hoy.

Jesús nos habla de ricos y pobres en amor y no de dinero. Nos habla de amar a Dios con obras y de verdad y no sólo de palabra. Nos habla del seguimiento de Jesús y de tomar cada día su cruz y no sólo saber teología. Es decir, de nada nos servirá conocer bien el evangelio si éste no nos transforma y lo sabemos hacer vida en nuestro quehacer cotidiano.

Hacer que nuestros talentos den fruto es afrontar el riesgo del amor, es amar a nuestros enemigos, es perdonar a aquellos que nos ofenden constantemente, es invitar a la mesa a aquellos que nunca nos lo podrán devolver.

Abrir las manos a los pobres, alargarla a los necesitados, como dice en el libro de los Proverbios, es invertir en eternidad o, como decía Santa Teresa de Lisieux, es “tocar el banco del Amor”. Porque llegará un día, y todos lo sabemos, que seremos juzgados, sí, pero seremos juzgados en el amor; de todo lo que hemos hecho, y también de lo que hemos dejado de hacer.

Hermanos y hermanas, Jesús nos invita a cambiar de mentalidad: del temor paralizante y la obediencia mezquina, a la perspectiva del amor liberador y la confianza creativa. La verdadera naturaleza de la relación entre Dios y la persona es el amor. El discípulo de Jesús, los cristianos, debemos actuar siempre en la lógica del amor y traducir el mensaje evangélico en actos concretos, generosos y atrevidos.

La parábola de hoy es una llamada de atención a no encerrarse en uno mismo, sino a ir hacia el otro; a no refugiarse en una fe estática, sino a trabajarla y hacerla crecer. Cada uno recibe los dones que recibe. Dios es libre y asombroso en sus decisiones. Pero lo que cuenta es la actitud de nuestra respuesta. El Reino de Dios es iniciativa de Dios, sí, pero es también fruto de nuestra colaboración.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIII del tiempo ordinario (19 de noviembre de 2023)

Domingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo de Tortosa (12 de noviembre de 2023)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-23

 

Querido P. Abat Manel; querida comunidad de monjes benedictinos; escolanes que embellecen el culto con sus melodías que hacen que nuestra oración brote espontánea al Señor; sacerdotes y fieles de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta de la diócesis de Tortosa que este fin de semana estamos aquí en romería; peregrinos y fieles que llenamos este templo, también quienes siguen esta celebración a través de los medios de comunicación social; hermanas y hermanos todos en el Señor:

Hoy y los próximos dos domingos, últimos del año litúrgico, proclamamos el capítulo 25 del evangelio según San Mateo, en el que Jesús, con diversas parábolas y comparaciones nos habla de su segunda venida: como un ladrón, como el dueño de la casa o un rey que se ha ido lejos y regresa… La comparación que utiliza hoy es hermosa: debemos esperarlo como el esposo que llega a la fiesta de su boda. Es, por tanto, una espera gozosa, porque anhelamos celebrar para siempre la fiesta de su amor sin límites, su amor hasta el extremo.

Hemos escuchado que diez chicas «salieron con antorchas a recibir al esposo». Nuestra vida es una llamada constante a “salir”: salir del seno materno, salir de la casa donde nacimos, salir de la infancia a la juventud y de la juventud a la edad adulta, y así hasta que saldremos definitivamente de este mundo. Lo pienso y lo medito hoy, emocionado, a los pies de la Moreneta, celebrando por primera vez como obispo de Tortosa la eucaristía en este santuario, porque también en mi caso experimento que mi misión episcopal es un llamamiento a salir de lo que ha sido hasta hace poco mi diócesis de origen hacia este nuevo servicio pastoral a la querida diócesis tortosina, saliendo de un servicio apostólico a otro, «sirviendo al Señor con alegría» (salmo 99,2), siempre en ruta, como en una romería constante, siempre peregrinos, “caminando juntos”, paso a paso, hasta lo que será el paso final, cuando vivamos el paso de este mundo hacia la casa del Padre.

El Evangelio nos recuerda que el sentido de este constante salir que es la vida es ir hacia el encuentro del esposo: “El esposo está aquí. Salid a recibirlo.” El encuentro con Jesucristo da sentido y orientación a nuestras vidas. Él es lo mejor que nos ha pasado en nuestras vidas.

Así pues, si nuestra vida consiste en ser peregrinos que caminamos juntos, viviendo la fe comunitariamente, en Iglesia “en salida”, hacia el encuentro con el esposo, entonces nuestra vida, personal y eclesial, es el tiempo que recibimos para crecer en el amor, invitados todos a atisbar cada día la presencia del Señor, su paso por nuestras vidas, el esposo que llega.

Y para crecer en ese amor al Señor que llega, para mantener viva la fe, para vivir la esperanza de entrar con el esposo en la fiesta, para que no nos encontremos con la puerta cerrada, debemos estar a punto con una buena reserva de aceite.

El aceite de una antorcha existe para su consumo. Sólo ilumina quemándose. Así deberían ser nuestras vidas: difundir esperanza y luz gastándonos en el servicio. El secreto de la vida de tantos santos y santas ha sido que han vivido para servir, como Jesús, amando hasta el extremo. Sin embargo, no es fácil servir, no es fácil desvivirnos y amar generosamente, puesto que todo servicio implica oblación de uno mismo, implica entrega, implica hacer el éxodo del propio ego autosuficiente y orgulloso, implica una conversión constante.

Por otra parte, según el evangelio proclamado hoy, las cinco chicas imprudentes «no se llevaron aceite para las antorchas». En cambio, cada una de las cinco chicas prudentes «se proveyó de una botella». Esto nos sugiere que el aceite debe prepararse con tiempo. La imprudencia de aquellas chicas que quedan fuera de las nupcias radica en la falta de previsión, en la falta de preparación. El amor es ciertamente espontáneo, pero también necesita ser alimentado. Que nunca tengamos la tentación de conformarnos con una vida sin amor, que es como una antorcha apagada. Si no invertimos en amor, la llama de la vida se apaga. Correspondamos con gozo al amor del Señor, diciéndole sí, cada día, en cada momento, cada paso, y salgamos a recibirlo encontrándolo en los hermanos y hermanas donde Él está realmente presente, especialmente en los pobres y desvalidos. Ciertamente, la parábola de hoy apunta a la venida definitiva del Señor al final de la historia o al final de nuestra historia en este mundo. Pero en muchos otros momentos de nuestras vidas podemos sentir la presencia del Esposo y también debemos estar listos para recibirlo. Que lo sepamos recibir en los reclamos de los hermanos necesitados de ayuda, de acogida, de escucha, de cariño. Como nos dirá Jesús dentro de dos domingos: “Todo lo que hacíais a estos hermanos, me lo hacíais a mí.”

Estimados hermanos y hermanas, el pasado sábado 28 de octubre, muchos de los que hoy estamos aquí estábamos ese día en Gandesa, celebrando con mucha alegría los 50 años de la romería de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta, de la diócesis de Tortosa. El querido P. Abat Manel nos honró con su presencia durante toda la jornada que duró la fiesta. Y en la oración que devotamente celebramos aquella mañana, nos dirigimos a la Virgen de Montserrat con una bonita oración. A la luz del Evangelio proclamado hoy, a los pies de nuestra amada Moreneta, volvemos a hacer nuestra la oración mencionada. A Santa María, que dijo sí al Señor, a ella, que nos enseña a vivir con amor, siempre en ruta, caminando juntos, con las antorchas encendidas, le decimos:

“¿Qué cantaremos contigo en este misterio tan grande de tu donación a Dios en Jesucristo? (…) ¡Que Dios nos espera! Ésta es nuestra alegría. Al ir al otro mundo, no vamos al vacío. Nos espera la bondad del Padre, el amor de Jesucristo, la comunión del Espíritu Santo. Nos espera también vuestra bondad de Madre, como aurora y esplendor de la Iglesia de los peregrinos que anhela un día conseguir lo que Dios ha preparado para todos los que le aman.” Amén.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)

Domingo XXXI del tiempo ordinario (5 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Valentí Tenas, monjo de Montserrat (5 de noviembre de 2023)

Malaquías 1:14-2:2.8-10 / 1 Tesalonicenses 2:7-9.13 / Mateo 23:1-12

 

Estimados hermanos y hermanas:

La oración colecta que hemos escuchado nos da una clave para comprender mejor el Evangelio de este domingo; dice: “Dios omnipotente y lleno de misericordia, que concedes a tus fieles celebrar dignamente esta liturgia de alabanza; te pedimos que nos ayudes a caminar sin tropiezos hacia los bienes prometidos.”

Servir a Dios de manera digna y meritoria, con sencillez y caridad. Las lecturas de hoy nos dan una lección de realidad y humildad. San Mateo, con su seriedad nos invita a reflexionar, con mucha responsabilidad, sobre nuestra propia vida sobre nuestro comportamiento hacia nuestros Hermanos y Hermanas de comunidad. Subrayemos que es un texto de una dureza inusual que llega a causar extrañeza al oírlo de los labios del propio Jesús de Nazaret.

La intención real del Evangelista es que estas palabras fortísimas de Jesucristo sean profundamente recordadas y sirvan de norte a la nueva comunidad cristiana naciente, que cada domingo las escucha, las lee y las comenta en la celebración de la Eucaristía. Lugar, tiempo y momento en que vivimos la alegría y la fuerza del Espíritu Santo, que está presente en nuestro corazón.

El texto que hemos escuchado; (proclamado en las vísperas de la Pasión del Señor), se divide en dos grandes secciones. La primera, la negativa, lo que hacen Ellos, los Fariseos, y la positiva, lo que tenéis que hacer Vosotros (Nosotros hoy), los discípulos seguidores de Jesús el Cristo.

La doctrina rigorista de los fariseos y maestros de la Ley pedía una obediencia y fidelidad total a la Ley escrita de Moisés, una observancia literal y material, de prácticas externas y no se fijaban, desgraciadamente, en las internas. Todo cristiano será humilde servidor de los Hermanos y fiel discípulo de la nueva Ley de amor y simplicidad de las Bienaventuranzas de Jesús de Nazaret. Él es el único Maestro. Él es único Padre y Guía, que reprende a los fariseos porque no practican lo que predican, y porque lo que hacen, lo hacen para ser bien vistos y alabados por los demás. La soberbia, el orgullo es una gran trampa que nos lleva a hacer muchas veces el ridículo. La humildad digna y meritoria es un gran don de Dios que siempre debemos darle gracias. «Todo el que se enaltece será humillado, pero todo el que se humilla será ensalzado».

Hoy se nos hace vivir, aquí y ahora, una lección de realidad palpable para todos aquellos que ejercen o ejercemos algún servicio dentro de la comunidad cristiana para que lo vivamos realmente como un ministerio solícito y no como un privilegio de honor dentro de escala social y clerical.

El Señor nos conoce a todos, y precisamente por eso, no quiere en modo alguno las apariencias exteriores de imagen, Él quiere la realidad, la simplicidad de una vida digna y meritoria, que aceptamos sinceramente su Palabra de vida que es la Buena Nueva del Evangelio en nuestro corazón Humano.

Ahora que estamos en tiempos de Sínodo, es el momento de revalorizar nuestro Sacerdocio Bautismal, que, por el agua, por la oración y por la santa unción del aceite del Crisma, todos los Bautizados somos Consagrados Sacerdotes, Profetas y Reyes para la vida eterna. Es el gran sacerdocio común de todo el Pueblo fiel en la Iglesia. Somos ministros oficiantes en nuestro ministerio particular y universal en toda la Iglesia Santa y Católica. Hoy más que nunca, debemos dar testimonio cristiano en nuestro día a día, procurando ser un buen ejemplo para todos dentro de una Sociedad desgraciadamente adversa, donde simplemente por llevar una pequeña Cruz, un Clergyman o una Sotana puedes ser denostado por la calle. O aquel futuro seminarista que la oposición más fuerte la encontró en su propia familia, y por no decir, finalmente, la agresiva y la negativa desinformación de los Mas-Media. *Hermanos y Hermanas. En estos tiempos de revisión y renovación de tantas cosas, oremos para que todos aquellos que tenemos y tienen en la Iglesia una pequeña o gran misión pastoral o un pequeño trabajo Parroquial, todos y todas, seamos con nuestra vida digna y meritoria, fieles testigos de lo que predicamos y somos… ¡Y perdona! por favor! nuestros grandes defectos y carencias, porque todos somos humanos, mortales y pecadores… Amén.

“¡Dichosos los humildes de corazón, porque ellos poseerán la tierra”!

 

Abadia de MontserratDomingo XXXI del tiempo ordinario (5 de noviembre de 2023)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2023)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

No sé si os pasa también a vosotros, pero la santidad es una realidad que personalmente imagino y pienso de manera espontánea como algo bastante lejano. Quizás porque aquellos que recordamos primero, cuando escuchamos la palabra santos, son hombres y mujeres que vivieron en épocas muy pasadas o quizás, si son más actuales o incluso si los hemos visto y “tocado” porque sabemos que fueron capaces de vivir y de actuar durante sus vidas de una forma que a nosotros nos parece inalcanzable.

La Solemnidad de hoy, al proclamar una santidad anónima, unos santos y santas que no podemos recordar ni saber qué hicieron, nos obliga a repensar qué es realmente un santo cristiano y nos da no pocas pistas en las lecturas, plegarias e himnos que vamos rezando durante el oficio y la misa. La reflexión que en el fondo hacemos hoy es que la santidad es una llamada y una propuesta de Dios para todos, y que todos aquellos que son proclamados santos por la Iglesia, más todos los que hoy también celebramos, nos señalan el fin de un itinerario, de un camino, de una peregrinación vital y no tanto un estado estático. Y porque es más un camino que una categoría, todos estamos invitados, todos estamos llamados.

La Primera Carta de San Juan nos marca este itinerario de vida cristiana empezando por colocarnos delante de Dios, de su amor, de su capacidad de reconocernos ya aquí y ahora como hijos. Sí.

El principio de la santidad cristiana es la fe, no es haber realizado obras extraordinarias, sino creer en Dios. Una fe que entra a menudo en contradicción con el mundo. Pero tampoco le damos al mundo toda la culpa. Con quien primero entra en contradicción la fe es con una cantidad increíble de tendencias interiores que nos llevan a resistir la llamada permanente, esto es muy importante, que Dios nos está haciendo continuamente. Por tanto, la misma carta de San Juan nos presenta esta fe como una realidad no completa, no perfecta, como un auténtico camino que tiene el objetivo más allá de este mundo, porque se dirige a la comunión perfecta y total con Dios, que nos hará posible ser 100% inteligentes, vernos a nosotros como nos ve Dios.

Es reconfortante que la misma lectura nos diga que vivir de esta forma, con esta esperanza nos purifica a imagen de Jesucristo. Por purificarnos no puedo entender nada diferente a ser Santo. La finalidad, la santidad no es un premio al final del camino, sino un reto por cada etapa.

Es decir, la fe, poniéndonos siempre delante de Dios y en relación con Él, nos hace andar y avanzar continuamente en una comunión que tiene efectos concretos y reales en nuestra espiritualidad y en nuestra corporalidad. Naturalmente es una actitud que necesita nuestra colaboración, que creamos que es posible. Que tengamos una actitud positiva con nuestras vidas. No creo que haya ningún santo que haya negado de entrada sus cualidades personales. La fe en un Dios creador nos obliga a reconocer en primer lugar los dones recibidos. Cuando los escolanes os preparáis para hacer un concierto, y los solistas para hacer un solo, lo primero que hace falta que pase para que vaya todo bien es que estéis seguros de que lo podréis hacer bien, esto es tener fe en vosotros mismos. Sin eso nada saldría bien. La misma actitud no la podemos aplicar todos. Dios nos pide que tengamos fe en nosotros mismos, que estemos contentos de ser quienes somos. Aparte de ser un reconocimiento de la obra de Dios en nosotros, es una actitud que nos ayuda a ponernos en marcha. Lo dice un salmo muy bonito; Israel se siente feliz del Señor que lo ha creado. Creo que en esta actitud está el inicio de la santidad. Empezando por esto tan sencillo, tal vez esta santidad no nos parezca tan lejana.

En el himno de maitines de esta mañana, rezábamos que Cristo es la vida de los santos, el camino, la esperanza y la salvación. Jesucristo es la vida de los santos. Esta fe en Dios que ahora decía que es el fundamento de la santidad, no puede ser más que la referencia a Cristo y a su evangelio. Una parte importante de la riqueza de la santidad de la Iglesia, radica en la capacidad de ver que esta identificación personal con el Señor se da de formas muy diversas: desde la santidad de una vida recluida en un monasterio como la de Santa Teresa del Niño Jesús al entusiasmo misionero de San Francisco Javier, a la de los últimos papas de la Iglesia, San Juan XXIII, San Pablo VI y San Juan Pablo II, todos fueron sencillamente, cristianos, que significa de Jesús, que es el camino, la esperanza y la salvación.

Al reconocer esta multitud de santos, la Iglesia sigue afirmando y proponiendo el evangelio como la norma de vida para todos los bautizados y para todos los que quieran sumarse. El Evangelio de las bienaventuranzas no podría ser más indicado para ello. Es un evangelio que tiene algo inclusivo, alarga y ensancha los brazos de Dios a mucha gente, porque la fe de cada uno, finalmente sólo Él, el Señor, la conoce y por eso la multitud que celebramos hoy no tiene rasgos claramente definidos, porque es una realidad de Dios, y como realidad de Dios se realiza definitivamente en el cielo, en el más allá. Por eso, Todos los Santos combina la sensibilidad tan realista, tan de aquí a la tierra de las bienaventuranzas con una mirada siempre más allá, fijada en este encuentro donde “todos los santos se alegran con Cristo”, como los escolanes y la capilla cantará en el motete.

Y así como reconocer con fe los propios dones que Dios nos ha hecho es el principio de la santidad, no hay nada que se le oponga tanto, como pensar que somos perfectos. Este camino tan positivo que os he querido describir, lo vivimos personas humanas, con muchos defectos, que debemos reconocer y asumir, como un tramo que también hay que recorrer. La purificación que puede venir del contacto con Jesucristo, nos exige una mirada a nuestra historia personal y colectiva para encontrar las posibilidades de superar todo el mal que también hemos podido sembrar en el mundo y que en tanto que es mal, no puede ser de Dios.

Sólo desde este reconocimiento de los límites, podremos reivindicar la otra parte: una parte a veces muy olvidada por los medios públicos de información y que es real, comprobable, testimoniada por siglos y siglos: esta parte es la de la santidad que la Iglesia ha sembrado durante toda la historia, comunicando la fe una generación tras otra, promoviendo la caridad para tantas y tantas personas, poniendo el fundamento para vivir en este mundo sin perder nunca la esperanza de un futuro mejor.

Que la eucaristía en esta solemnidad de Todos los Santos nos coloque en ese camino que nos han abierto una multitud innumerable de santos.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Domingo XXX del tiempo ordinario (29 de octubre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (29 de octubre de 2023)

Éxodo 22:20-28 / 1 Tesalonicenses 1:5-10 / Mateo 22:34-40

Acabamos de escuchar un evangelio relativamente corto. Siete versículos breves. De estos siete, cinco son para ubicar el tema y sólo dos contienen las afirmaciones fundamentales. Son el mandato único y central de la Nueva Alianza. Un mandamiento que pide tal nivel, que hace falta toda la vida para ponerlo en práctica. Hermanos y hermanas queridos, adentrémonos un poco en este fragmento evangélico.

En un contexto de controversia entre las dos corrientes dominantes del mundo judío contemporáneo de Jesús, un maestro de la Ley, parece que, en nombre de sus compañeros, quiere poner a prueba al Señor. Le pregunta cuál es el mayor mandamiento de la Ley. Esta demanda podía tener cierto sentido, porque los rabinos habían individuado 613 preceptos que había que cumplir para vivir según la voluntad de Dios. Evidentemente, no todos tenían el mismo nivel ni igual importancia. Según cuál hubiera sido la respuesta de Jesús, habrían tenido una excusa para acusarle formalmente y condenarle.

El Señor responde a la pregunta sobre el mayor mandamiento yendo a lo que es más central de la alianza de Dios y, por tanto, de los mandamientos. Y de lo que en la Ley judía eran dos mandamientos distintos (cf. Dt 6, 5; Lv 19, 18), hace un precepto único: Ama al Señor a tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento. Y ama a los demás como a ti mismo. Une, pues, de forma inseparable el amor a Dios al amor a los demás. Y éste será el distintivo cristiano, el precepto fundamental de la Nueva Alianza, de tal modo que el amor a los demás es inseparable del amor a Dios. No se puede amar a Dios si no se ama a los demás (cf. 1Jn 4, 20-21). Y fijémonos que dice los demás, así en plural y de una manera que abarca a todos los hombres y mujeres del mundo, no sólo a quienes nos son más cercanos. Esto significa amar a todos, incluyendo a los pobres, a los marginados, a los emigrantes, a los que no piensan como nosotros, a los que sufren las consecuencias de las guerras de Gaza-Israel, de Ucrania y de otros lugares. Todo el mundo. Todo el mundo. Este mandamiento nos interpela y debe provocar en nosotros una concreta solidaridad, según nuestras posibilidades. Y nada nos dispensa de amar a todos y, como mínimo, de orar por todos. La primera lectura nos recordaba que el amor a los demás comienza por cosas muy concretas de la vida de cada día: no maltratar ni oprimir, no aprovecharse de las necesidades de los demás, cuidar las situaciones de marginación y debilidad que allí pueda haber en nuestro entorno.

El mandamiento de amar a los demás nos hace semejantes a Jesucristo, que ama sin límites, que ha pasado por el mundo haciendo el bien a todos y que ha dado la vida por toda la humanidad. Este mandamiento es el que ha inspirado los llamamientos del Papa Francisco para que seamos una “Iglesia en salida” que va a encontrar a las personas allá donde se encuentran, en las periferias existenciales o geográficas, para que la Iglesia y cada uno de sus miembros seamos “uno hospital de campaña” que atiende y ayuda a curar las carencias y heridas que tanta gente lleva en el corazón; que la Iglesia sea “una madre de corazón abierto” que acoge a todo el mundo sea cual sea su historia y su situación. De esta forma ayudaremos a descubrir “la alegría del Evangelio” y a encontrar el sentido de la vida.

Amar a “los demás”, a todos “los demás” del mundo, sin excluir a nadie de nuestro amor, no es fácil. Es un proceso que dura toda la vida y que debe hacerse con la ayuda de la oración y con la humildad de saber pedir perdón de nuestras carencias de amor. Jesucristo nos es modelo de cómo amar, nos es ayuda porque amamos y quiere servirse de nuestras personas para hacer llegar su amor, su ayuda, a los demás.

La primera parte de este único mandamiento de Jesús, según hemos escuchado, tiene por objeto a Dios. Y también aquí se trata de un proceso que dura toda la vida, porque el listón que nos pone el Señor es muy alto: amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento. Y nuestro corazón es voluble, se siente atraído por diversos afectos buenos o malos. Y, en cambio, Jesús nos pide un amor total, íntegro, hacia Dios de modo que los demás amores humanos lícitos sean prolongación del amor a Dios; nos pide amar a Dios con toda el alma, es decir, con todo el aliento vital, con toda la fuerza de vida que hay en nosotros, con todo el celo, pero muchas veces ese celo, ese aliento vital se decanta hacia otros intereses; y en último término, Jesús nos pide, también, amar a Dios con todo nuestro pensamiento, que a menudo es tan distraído y muchas veces está centrado sólo en nuestras cosas y preocupado por los bienes materiales. Por eso decía, que es necesario un proceso constante de conversión y de crecimiento en este amor a Dios sostenidos por el Espíritu Santo, porque lo ideal que se nos propone es muy alto.

Y, ¿por qué Jesús pide un nivel tan elevado de amor a Dios? Para corresponder, aunque sea de una manera torpe, al amor con el que somos amados por Dios. Él nos ha escogido antes de crear el mundo, por amor nos ha destinado a ser hijos suyos por Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5), antes de que empezara a ser formado nuestro cuerpo, Cristo murió por nosotros (Rm 5, 8) para liberarnos de todo lo que nos oprime y otorgarnos la vida eterna; el Padre en el bautismo nos ha acogido como hijos y nos ha dado el Espíritu Santo para que nos guíe y conforte en el camino de la vida, nos ha llevado a la comunidad de la Iglesia para que nos nutra en la fe y tenga cuidado de nosotros, nos reúne en torno a la Palabra y a la mesa eucarística porque desea ardientemente compartirla con nosotros (cf. Desiderio desideravi, 2.6)). Y tantos otros dones de Dios que hemos recibido.

En último término, cuando Jesús nos dice amar a Dios con toda la intensidad de amor que nos sea posible, no nos impone un mandamiento, sino que nos abre un camino de relación personal e íntima con el Padre, un camino de realización en plenitud de nuestra persona, un camino que es confort para nuestras inquietudes, fuente de luz, de alegría, de esperanza, de crecimiento en el amor. En una palabra, quiere hacernos participar de su vida de Hijo.

La celebración de la Eucaristía es la cima en este mundo de la participación en el amor de Dios hacia nosotros, la Iglesia y el mundo. Y es el lugar donde manifestamos, también, nuestro amor humilde hacia él y donde nos llenamos de fuerza para amar a los demás.

 

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (29 de octubre de 2023)

Domingo XXIX del tiempo ordinario (22 de octubre de 2023)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (22 de octubre de 2023)

Isaías 45:1.4-6 / 1 Tesalonicenses 1:1-15 / Mateo 22:15-21

 

Justo hace 15 días, con ocasión de los 800 años de la Institución de la Cofradía de la Virgen de Montserrat, junto con los obispos de Cataluña y cerca de un millar de peregrinos, Montserrat ha peregrinado a Roma. El Papa Francisco en esta ocasión ha obsequiado con la «Rosa de Oro» a la Santa Imagen de la Virgen María, Patrona de Cataluña, por la secular devoción y amor que ha suscitado y suscita en tantas generaciones de peregrinos que la han amado y le han dado a conocer en todo el mundo. Tanto los que hemos estado en Roma estos días, como los que se han unido espiritualmente, todos, ponemos esta Rosa de Oro a los pies de la Moreneta como testimonio de amor, devoción y agradecimiento de nuestra generación.

Al contemplar el rosario de peregrinos que día tras día suben a venerar a la Virgen de Montserrat, y tantos que sabemos que se encomiendan a ella desde lejos, desde su casa o en las diferentes Delegaciones de la Cofradía en todo el mundo, no podemos dejar de dar gracias a Dios por este milagro continuo que acontece en el secreto de los corazones que se abren a su luz.

Como san Pablo mirando aquella primera comunidad de Tesalónica, los monjes no dejamos de dar gracias y de rezar para que todos los peregrinos, tal y como recoge una de las oraciones colectas de la fiesta de la Virgen María, progresen en la fe, la esperanza y la caridad.

San Pablo, escribiendo las primeras letras del Nuevo testamento, nos habla de la fe no como un mero asentimiento a una verdad revelada sino como una realidad viva que tiende a propagarse comunicando con alegría la Buena Nueva de Jesucristo. Éste es el primer impulso de un verdadero encuentro con Dios: La misión. Nuestra Señora, ejemplifica la doble vertiente que tiene toda misión: la alabanza y el servicio. Después del anuncio del ángel, María se fue decididamente a llevar la Buena Nueva de Jesús a su prima alabando a Dios con el Magnificat y sirviéndole en la caridad cuidando del embarazo tardío de Isabel. Precisamente el evangelio de la visitación es el que se proclaman en la fiesta de Nuestra Señora de Montserrat como síntesis de la realidad del patronazgo de la Virgen María y de la espiritualidad de su Santuario: alabanza y misión.

María nos enseña la caridad que no se cansa de hacer el bien, y anima a monjes, escolanes y peregrinos, a imitarla compartiendo esta alegría que es fruto de la acción del Espíritu de Dios en nuestra vida y que hace, como dice el lema del Domund de este año, que nuestros corazones sean ardientes y los pies en camino.

La caridad no se cansa de hacer el bien como la atleta tampoco de superar récords, porque la caridad, como el atleta hace más horas de gimnasio que de sofá reforzando su musculatura en el entrenamiento de la oración continua, con el diálogo con la Palabra de Dios y la guía segura de que es la vida de Jesús. Es él quien hoy, en este fragmento del evangelio de san Mateo, nos enseña a no dejarnos atrapar en las polémicas que buscan más el descrédito del otro que la verdad y hacer bien. Jesús no olvida su misión de evangelizar, por eso ante la pregunta capciosa de los fariseos y herodianos no cae en la trampa en la que querían meterle, sino que se mantiene en lo que no hay que callar porque es de justicia. Jesús reafirma la primacía de Dios, porque el César también es de Dios, como cualquier otra criatura humana. La primacía de Dios fue el punto de toque que enfrentó a Jesús con los fariseos de su tiempo, ya que, con los preceptos puramente humanos que ellos defendían en beneficio de sus intereses personales, invalidaban la Palabra de Dios.

Tampoco hoy tenemos que entrar en polémicas que no llevan a ninguna parte, debemos apostar por el amor a la verdad con el fin de construir, de hacer el bien a todos y no procurar sólo el nuestro. Si queremos dar una palabra de vida desde la política, la acción social o el diálogo espiritual debemos entrenarnos a escuchar antes que hablar, a entender antes que contra-argumentar, a actuar de los de la primacía constructiva del amor que sabe leer entre líneas y pasar página cuando es necesario.

María enseña a vivir, como Jesús, la primacía de Dios en nuestra vida. No tengamos miedo. Jesús puso siempre la voluntad de Dios por delante de la suya, porque para ir bien, Dios debe ser siempre el primero. Dios es primero pero no como el César sino como Jesús. Dios es el primero en ponerse detrás, en servir y no en ser servido, en darnos la vida, no en fiscalizarla. Dios, en Jesús, no viene a discutir sobre legalismos o licitudes, no viene a señalarnos con el dedo sino a darnos la mano. Jesús viene a fresarnos el camino de regreso a la vida verdadera, y ese camino implica morir y resucitar con él.

¡Ah! Aquí, a nosotros, puede pasarnos como a los fariseos del tiempo de Jesús, envolviendo la madeja con preguntas al aire para no tener que afrontar el reto que nos propone el mensaje de Jesucristo que nos compromete con Dios y con los hermanos, sobre todo con los más pobres. Aquí también Jesús nos avisa de la hipocresía ciega del fariseísmo de siempre que queda atrapado en su propia seguridad cuando mira sólo a sí mismo y basta. Guardando la vida como quien guarda una semilla en un bote, aunque sea un bote de cristal de roca, se acaba perdiendo lo poco que es. Sólo plantada en el suelo la semilla llega a fructificar y perpetuar su existencia. Así es la propuesta y el reto de Jesús en el evangelio que no interesó a los poderosos de su tiempo, pero que sí acogieron los humildes y de corazón sincero.

María nos es un ejemplo sencillo y cercano del seguimiento de Jesucristo. Y de ella, de su «savoir faire» de madre, debemos aprender como individuos y como comunidad, porque ella, como nos dijo el Papa Francisco en la audiencia de la Cofradía con motivo de sus 800 años, nos ayuda a deshacer los nudos que se han hecho en nosotros y entre nosotros. Es decir: María también allana el camino de la amistad entre los pueblos, invitándonos a volver la mirada hacia el origen y el hito de nuestra existencia, que es Jesucristo. María nos es compañera en esta misión uniéndonos con un corazón de hermanos, y nos anima a caminar detrás de Jesús por las rutas de la paz, de la bondad, de la escucha y el diálogo paciente, persistente y sin engaños.

Es bueno aprovechar bien el domingo para alabar a Dios en comunidad y reflexionar sobre nosotros mismos dejándonos interpelar por la Palabra de Dios que nos abre al bien; nos hace más personas. Y como decía el propio Santo Padre terminando su discurso: es bueno experimentar la alegría de anunciar a Cristo de la mano de María, Madre del Evangelio viviente, Estrella de la evangelización que, para nosotros, desde Montserrat, brilla iluminando la catalana tierra y nos guía hacia el cielo.

¡Disfrutémoslo y comuniquémoslo con la alegría del amor y del servicio!

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (22 de octubre de 2023)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (15 de octubre de 2023)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (15 de octubre de 2023)

Isaías 25:6-9 / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14

 

Es bueno, sobre todo para quien viva habitualmente solo, o abrumado por las ocupaciones de la vida diaria, el ser invitado a una boda y compartir el gozo de una familia en un día de fiesta tan especial. Seguro que no nos viene de nuevo el hecho de haber sido invitados a una boda. Jesús, sensible a esta realidad, cuenta la parábola que acabamos de escuchar, donde un rey celebra la boda de su hijo y envía a sus hombres a avisar a los invitados, pero la respuesta no es la esperada.

Pienso que a propósito de esta historia, podemos afirmar también que el Señor, con toda la ilusión y generosidad, nos invita a una gran boda, a un banquete espectacular, a la fiesta de la Alianza de Dios con nosotros y haciendo un poco de “teoficción”- me lo imagino hoy preparando la lista de invitados, repasando el álbum de fotos de nuestra vida: «éste no puede faltar; ésta me haría mucha ilusión que viniera; con estos dos hace tiempo que hemos perdido el contacto, pero me gustaría reencontrarlos; ah! y no puedo olvidar a mis vecinos, que a pesar de ser algo pesaditos estarán contentos si cuento con ellos»… y así ir haciendo, ¡hasta invitarte a ti, a mí, a todo el mundo! Todos estamos invitados en el banquete del Reino.

Sin embargo, a los pocos días empiezan a llegar mensajes: “mira Señor, no podré asistir a la boda, tengo un compromiso inaplazable para ese día”; «gracias, pero tengo una reunión de negocios muy importante y no podré venir»; “lo siento, no voy a asistir a la boda porque hay invitados que no quiero ni verlos”… y el buen Dios, a pesar de sentirse desilusionado y decepcionado, no deja que nadie le agüe la fiesta ni le roben la alegría, y piensa: “peor para ellos, ellos se lo pierden” y manda que empiecen a repartir invitaciones a quienes menos lo esperaban: a los pobres desgraciados, a los aburridos de la vida, a los marginados, a los sin trabajo, a quienes rebuscan en los containers, a los que matan las horas en el bar, a los que no tienen a nadie que les recuerde, a los que quizás nunca invitaríamos a…

Empieza la fiesta y aquello está lleno hasta los topes. Llega gente que nunca había sido invitada a una boda como aquella: algunos visten sus mejores modelos, otros han ido a buscar ropa a Cáritas, a ver si los ponían elegantes… Gente joven, gente mayor, gente con dentadura perfecta y gente sin dientes… pero todos muy emocionados y con ganas de pasárselo bien. ¡El banquete está listo! Pero cuántos invitados que en su autosuficiencia se han excluido de la fiesta, cuántos no han sabido hacer propia la alegría de Dios, cuántos se han presentado sin el vestido de fiesta para celebrar la alegría del amor de Dios por ¡toda la humanidad!

El Reino de Dios que esperamos, que ya vivimos aquí “en primicia”, y que viviremos en plenitud un día, nos es presentado como un banquete, como hemos visto, y un banquete no es una bacanal despersonalizadora, ni tampoco un “buffet libre” donde hartarse sin medida, ni tampoco un “self service” de autopista para rehacer las fuerzas de una forma rápida y práctica. Un banquete es, ante todo, la iniciativa de alguien generoso que invita a sus amigos. En este banquete, más que lo que hay sobre la mesa, lo que importa son quienes están sentados a su alrededor, lo que les une y quien los une.

Los aficionados al cine posiblemente hayan visto “El festín de Babette” y recordaréis cómo aquella espléndida cena nace, casi de la nada, de la creatividad y el afecto agradecido de la cocinera francesa. En esta cena, las exquisitas viandas que se ofrecen son como un reflejo del espíritu de Babette, la cocinera: un espíritu delicado, detallista, generoso. En todo está presente su mano atenta y es ese espíritu el que abre a los comensales a la reconciliación y la amistad. ¿No es ésta la tendencia, la dinámica profunda, realizada en mayor o menor grado, de toda celebración, de toda fiesta?

Algo así deberá ser el Reino del Cielo de que habla Jesús. Un Banquete donde en todo se hace patente la mano creadora y generosa de Dios. El sueño de una gran mesa en la que se sienta toda la humanidad, toda la Creación, convocados por Aquel que nos ha amado desde siempre y que nos quiere ver unidos y reconciliados en el Amor para siempre.

Hermanos, la Eucaristía que estamos celebrando, es signo de este banquete del Reino, donde Jesús se nos da como alimento de nuestra alma. Todos somos invitados a sentarnos en la misma mesa en torno a Jesús, modelo de una humanidad nueva que nos libera de todo lo que hay de inhumano en el mundo y nos invita a hacer realidad los valores del Reino; a construir y a vivir ya desde ahora la fraternidad de los hijos de Dios; a sentirnos hijos de un mismo Padre, y revestirnos de Cristo para entrar en la fiesta y convertirnos en amigos y hermanos de todos los que han sido invitados como nosotros y con nosotros, a pesar de las diferencias y los recelos que podamos encontrar .

Si miramos cómo está el mundo, y más estos últimos días de crueles enfrentamientos entre judíos y palestinos, quizás lo encontremos poco realista y demasiado utópico todo esto. Sin embargo, “la paz es la única batalla que vale la pena librar” (A. Camus) “Seamos realistas, ¡pedimos lo imposible!» coreaba a la gente por las calles de París en mayo del 68. Sólo la bondad del Señor puede hacer posible lo imposible; sólo él nos puede sacar de nuestra indiferencia, acoger la invitación que nos ha hecho y trabajar ya desde ahora por un mundo más justo, pacífico y habitable. Abrimos nuestro corazón a esta invitación y a tantos hombres y mujeres que quizás ni saben que Dios les invita a participar de su amor.

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (15 de octubre de 2023)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (8 de octubre de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (8 de octubre de 2023)

Isaías 5:1-7 / Filipenses 4:6-9 / Mateo 21:33-43

 

Queridos hermanos y hermanas,

Los textos que nos propone la Liturgia de la Palabra de este domingo tienen un tono dramático y nos sitúan de lleno en el misterio de Jesús y al mismo tiempo nos confrontan con la respuesta que también nosotros damos a su llamada.

El poema de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, presenta de manera poética y al mismo tiempo dolida el desengaño de Dios ante la infidelidad del pueblo de Israel, que es comparado con un viñedo. Con una mezcla de tristeza y de indignación el Señor exclama: “¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no lo hubiera hecho?».

La lamentación de Dios es un lamento que nace de un corazón que ama y que ha sido herido por el desamor. No podemos entender la llamada de Dios ni lo que Él es para nosotros si no comprendemos su relación como una relación de amor. Lo que caracteriza a lo que Dios es para nosotros es que: todo nace, todo proviene, todo radica en el amor que Dios nos tiene. Y la muestra máxima de ese amor total de Dios es su Hijo. Su Hijo no es enviado para dominar, para imponer con más dureza nuevas leyes, sino que es enviado para darse por amar hasta el extremo, para reconstruir desde la propia muerte lo perdido. De la muerte, de la donación generosa del Hijo, Dios hace surgir la vida.

El salmo responsorial que hemos cantado es la reacción del pueblo exiliado que se da cuenta de su infidelidad y quiere tocar el corazón del Dios que se había comprometido con ellos.

El evangelio mantiene el mismo tono dolorido de Dios, atónito porque su pueblo no quiera corresponderle. La parábola de los viñadores homicidas es una escenificación simbólica del conjunto de la historia de la salvación que tiene como cima a Jesucristo, cuya muerte ha sido el momento decisivo de esta historia y sobre la que Dios ha construido el edificio del nuevo pueblo.

La historia de la salvación no es nunca unilateral, sino que es la historia compartida entre Dios y el hombre y que pide una respuesta por nuestra parte. Se trata de una historia que siempre apunta al corazón. Por eso si profundizamos un poco más en las lecturas de hoy nos damos cuenta de que éstas miran hacia el corazón de Dios: Dios ama, Dios se duele, Dios se entristece, Dios quiere remontar las situaciones de ruptura y de alejamiento.

Y, sobre todo, Dios espera; nunca se cansa de esperar. Para hombres y mujeres de todos los tiempos, es muy importante saber que alguien espera en nosotros. Más aún, Dios no espera cruzado de brazos, sino que hace todo lo que puede para que su esperanza (consecuencia de su amor) dé el fruto que anhela: nuestra respuesta de amor.

La cumbre final de las lecturas de hoy está muy clara: toda la obra de Dios, toda la historia, conducen hacia Jesucristo. Convertido por la resurrección en piedra angular del nuevo pueblo de Dios, Cristo Jesús sigue invitándonos a la conversión. Su palabra, su acción, su persona, han plantado un viñedo espléndido y han puesto los cimientos del edificio que forman todos los que quieren pertenecer a este viñedo. Su muerte ha sido culminación de esta acción, y sobre ella Dios construye el Reino y nos llama a nosotros.

La eucaristía que estamos celebrando es signo de nuestro agradecimiento por haber sido llamados a hacer fructificar el Reino.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (8 de octubre de 2023)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (1 de octubre de 2023)

Homilía del P. Ignasi Fossas, monje de Montserrat (1 de octubre de 2023)

Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las oraciones propias de este domingo presentan algunas verdades fundamentales de la fe cristiana. Lo hacen con la concisión y la brevedad que es propia de estos textos de oración, tan típicos de la liturgia romana. A los autores de estas oraciones les gustaba ser sintéticos, decir las cosas con pocas palabras.

El primer punto que destaca en dos de las oraciones es la fe en la vida eterna. En la oración colecta, que hemos rezado al principio de la misa, pedíamos a Dios que nos llene con su gracia para que, aspirando a tus promesas, nos hagas participar de los bienes del cielo. El término prometido es el cielo, y los bienes celestiales son sinónimo de la vida eterna en la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, de la Virgen María, de los ángeles y de todos los santos. El texto nos recuerda que el fin que nos espera, el término prometido, no es la derrota inexorable de la muerte y del aniquilamiento, sino que es la vida sin fin, en una condición de gozo, de luz, y de plenitud del amor que no somos capaces de imaginar, pues como decía San Pablo hablando de los bienes celestiales: ningún ojo ha visto nunca, ni ninguna oreja ha oído, ni el corazón del hombre sueña lo que Dios tiene preparado para los quien lo aman (1 Co 2,9).

La oración de postcomunión, que rezaremos al final de la misa pide a Dios Padre que el sacramento que acabamos de celebrar, el sacramento del cielo dice, renueve nuestro cuerpo y espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte hemos anunciado y compartido. La gloria del Hijo es sinónimo de la vida eterna, y como explica Jesús mismo en el evangelio de san Juan (Jn 17, 2-3), la vida eterna es un don que Él concede a quien quiere: según el poder que le diste (al Hijo) sobre toda carne, para que a todos los que tú les diste les de Él la vida eterna. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Heredar la gloria del Hijo de Dios querrá decir, por tanto, entrar en plena comunión con Dios Uno y Trino, y por tanto conocerlo tal y como es, tal y como lo revelará plenamente el Espíritu Santo.

La fe en la vida eterna, hermanas y hermanos, nos lleva a situar la vida en este mundo en el lugar y en la perspectiva que le corresponde. Debemos amar nuestra vida en la Tierra, debemos aprovecharla para crecer como personas y como discípulos de Cristo, pero teniendo presente que es sólo como el pórtico, como la ante-sala de la vida verdadera, que es la vida eterna. Y procurando, también, no perder ni despreciar por nuestra libertad mal utilizada, ese regalo que Jesucristo nos ha hecho con su muerte, su resurrección y el don del Espíritu Santo. 

En la oración colecta de hoy existe otro punto a destacar. Se trata de una verdad sobre Dios que conviene tener siempre presente y que nos ayudará a no confundirnos sobre quién es y cómo es Él. La encontramos al comienzo de la oración, cuando dice: Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia. (Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas). Es un tema recurrente afirmar que Dios es todopoderoso, que es omnipotente; por eso es Dios. Éste sería un elemento común al pensamiento humano sobre Dios. Pero la fe cristiana le añade un matiz muy importante. La Iglesia afirma, siguiendo la enseñanza de Jesús, que Dios nunca manifiesta tanto su omnipotencia como cuando perdona y se compadece. Podríamos decir que la manifestación más sublime de la omnipotencia divina no se expresa con grandes acontecimientos cósmicos, ni con milagros atronadores, ni con el aniquilamiento de sus enemigos.

La omnipotencia de Dios se expresa en la cruz, cuando Cristo muere perdonando a sus verdugos y compadeciéndose de toda la humanidad. ¿No os parece que, si es así, tiene todo el sentido hablar de la omnipotencia de Dios? Y precisamente por eso, porque nos perdona y se compadece de nosotros, podemos suplicarle que nos llene con los dones de su gracia, o que nos abra las fuentes de toda bendición. Pidamos al Señor que nos dé a conocer en qué consiste su poder, y nos ayude por el don del Espíritu a compartir la pasión y la muerte de Cristo para poder participar así de la vida eterna.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (1 de octubre de 2023)

Domingo XXV del tiempo ordinario (24 de septiembre de 2023)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (24 de septiembre de 2023)

Isaías 55:6-9 / Filipenses 1:20-24.27 / Mateo 20:1-16

 

Si vamos al «ChatGPT» y le preguntamos «¿Qué es un Reino?», nos dirá que «el término «reino» hace referencia a un área geográfica o política gobernada por un monarca». Y si le pedimos «¿Qué es el Reino de Dios?», nos dirá que, a diferencia del reino, «no es un lugar físico concreto, sino más bien una realidad espiritual que influye en el mundo físico y en las vidas de las personas”, que “está regido por valores como el amor, la justicia, la paz, la comprensión y la compasión”, y que “representa el orden divino y la armonía que Dios desea establecer en el mundo y en las vidas humanas”. La definición no está mal… Pero, al fin y al cabo, la IA se basa en lo que antes han escrito las personas, y las personas nunca podremos encontrar palabras suficientemente precisas para describir lo que Jesús conocía perfectamente, pero que para contárnoslo necesitó nada menos que 37 parábolas, una de las cuales es la de los trabajadores de la viña que nos acaba de ser proclamada.

El evangelista Mateo sitúa la parábola que acabamos de escuchar como una ampliación de la respuesta que Jesús dio a un joven rico, que en cierta ocasión le pidió: «Maestro, ¿qué de bueno debo hacer para obtener la vida eterna?». Jesús le respondió que, “para entrar en la vida”, “para entrar en el Reino de los Cielos” debía vivir prescindiendo de las riquezas. Y como el joven rico lo encontró muy difícil de hacer, Jesús explicó a continuación la parábola que hoy nos ocupa. Para entrar en el Reino de Dios, simbolizado por la viña, basta con quererlo. Pero como toda decisión implica una renuncia, para entrar en el reino de Dios es necesario que no estemos preocupados por las riquezas. La economía que se mueve allí es otra: es la generosidad sin medida, es el amor llevado al máximo. Dios, representado en la parábola por el dueño de la viña, acoge a todo el mundo, emplea a todo el que esté dispuesto a trabajar —en otras palabras, da una responsabilidad a cada uno. Y no sólo eso, sino que, además, nos retribuye a todos por igual; porque el Reino de los cielos no se rige por las leyes humanas. Como decía Isaías en la primera lectura “los pensamientos de Dios no son los de los hombres, y los caminos de los hombres no son los de Dios, sino que los pensamientos del Señor están por encima de los nuestros “tanto como la distancia del cielo a la tierra». La ley que rige el Reino de Dios no está condicionada por las limitaciones humanas, y por eso, para entrar en ella, debemos renunciar a cosas que aquí nos parecen imprescindibles, pero que no lo son tanto.

Esta plaza donde nos encontramos con el dueño de la viña, es la Eucaristía que estamos celebrando. La Misa de cada domingo es para nosotros el lugar en el que nos encontramos con Dios que quiere darnos trabajo, que quiere acogernos en su viña (en su Reino) y pagarnos a todos con el mismo salario: todos los que hoy estamos aquí hemos recibido el denario de su palabra, su mismo mensaje, y ahora recibiremos los mismos dones eucarísticos, seamos quien seamos, vengamos de donde vengamos.

Y ésta es otra posible interpretación de la parábola: los distintos trabajadores que se presentan a distintas horas del día, pueden significar las distintas edades de la vida en las que se puede oír la llamada de Dios. Tanto si somos ancianos como jóvenes, tanto si hemos oído el Llamamiento de Dios desde pequeños como si la hemos oído de mayores, todos estamos llamados a entrar en el Reino de Dios y ser remunerados por igual con el amor y la misericordia infinitas que Dios quiere darnos. Cada uno de nosotros sabe qué motivos le han llevado a venir hoy aquí: puede que, habiendo oído la llamada de Dios desde siempre o teniendo un compromiso de vida, hayamos venido hoy a Misa con toda la intención de encontrarnos con Dios. Pero también puede que hayamos venido por casualidad, o por otros motivos: por una celebración familiar, para cantar (o para escuchar un buen corazón), porque es tradición venir con la romería de nuestro pueblo o, simplemente puede que nos hayamos encontrado con la Misa haciendo zapping en casa mirando la televisión… Sea como sea, estamos aquí. Y el Señor lo aprovecha para decirnos que nos quiere a todos, seamos de la hora que seamos. Y al tiempo que nos da a todos la abundancia de su amor, también nos recuerda que nosotros podemos hacer lo mismo con los demás: si Dios es providente y nos sentimos gratificados por los dones que nos ha hecho, ¿por qué no hacemos nosotros lo mismo con las personas que tenemos en nuestro entorno? Podemos ser una imagen del amor y la generosidad de Dios si hacemos lo que nos toca con amor, con generosidad, con espíritu de servicio para con los demás, si utilizamos nuestras habilidades para ayudar a los demás. Y todavía podemos intentar sacar un último ejemplo: el Señor nos pide que no tengamos envidia ni nos comparemos con los demás; da igual si somos de los últimos como de los primeros, porque una vez estamos en el ámbito del Reino de Dios, todos seremos recompensados de la misma manera. No nos dé miedo, pues, si sentimos la llamada de Dios, de escucharla y prestarle atención; lo que Dios quiere por nosotros debe ser, necesariamente, bueno.

 

Abadia de MontserratDomingo XXV del tiempo ordinario (24 de septiembre de 2023)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (17 de septiembre de 2023)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (17 de septiembre de 2023)

Sirácida 27:30-28:7 / Romanos 14:7-9 / Mateo 18:21-35

 

Hermanos.

Seguramente que algunos de ustedes tienen o han tenido alguna deuda o crédito para pagar. Vivimos en la era de las deudas económicas: las estadísticas sociológicas coinciden en que gastamos más de lo que tenemos porque acudimos mucho al crédito, un dinero “virtual” que existe en el futuro, pero el crédito nos permite disfrutar de un coche nuevo, unas vacaciones, una reforma, etc. Este tipo de deudas quedan bien registradas a través de contratos. Y si no lo pagas, ya sabéis. Pero ¿somos igualmente conscientes de nuestras deudas no monetarias, inmateriales?

El evangelio de hoy nos ha narrado una parábola que nos hace ver cómo Dios actúa, cómo nos enseña con su perdón y nos ayuda a perdonar. Es la parábola del siervo despiadado, que era un alto funcionario del rey, y le había sido perdonada la increíble deuda de diez mil talentos; pero luego él no estuvo dispuesto a perdonar la deuda, ridícula en comparación, de un poco de dinero que le debían: ese contraste significa que cualquier cosa que debamos perdonarnos mutuamente es siempre poco comparada con la bondad de Dios que perdona infinitamente.

Todos tenemos deudas espirituales, bienes espirituales que hemos recibido como un don y que superan lo que podríamos devolver: el cariño y el sacrificio de nuestros padres, la fidelidad de los amigos, la educación de nuestros maestros y catequistas… Y seguramente que, mirando hacia atrás, vemos nuestros errores y fallos, nuestra falta de correspondencia a tanto como hemos recibido. Se trata de nuestros defectos, y sobre todo de nuestros pecados, en los que el amor es traicionado.

Y así se va escribiendo la lista de nuestras deudas. Una lista que podemos llevar hasta el último escalón: el gran amor que Dios nos tiene, que se manifiesta en su misericordia: Dios desea que todos sus hijos practiquemos la misma medida que Él utiliza con nosotros. La cuenta en rojo de nuestras deudas con el Señor son nuestros pecados. Sólo la humildad frente a su mirada misericordiosa es la respuesta apropiada para saldar los números rojos. Sólo Dios salva, redime, pues sólo Él llega a lo profundo del corazón para restaurarlo.

El evangelio de hoy nos invita a no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha al otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de las disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias disculpas.

San Bernardo en el siglo XII enseñaba que para perdonar es muy conveniente pensar bien de los demás, aunque parezca difícil. Decía lo siguiente: «Aunque veáis algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadlo en vuestro interior. Excusad la intención si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, todavía podéis créelo así y decid en vuestro interior: la tentación habrá sido muy fuerte». Hasta aquí san Bernardo, que nos ha recordado el deber de amar a los enemigos, a los deudores, a los que nos molestan. Es necesario amarlos porque esperamos en su conversión y salvación.

Fácilmente encontramos deudores en nuestro día a día, quien pone el televisor demasiado alto, quien hace ruido o simplemente es un mal educado. En cualquier caso, es necesario comprenderlo, mantener la calma y sonreír. Que la Virgen María nos lleve a progresar en el verdadero amor sin retórica.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (17 de septiembre de 2023)

Domingo XXIII del tiempo ordinario (10 de septiembre de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (10 de septiembre de 2023)

Ezequiel 33:7-9 / Romanos 13:8-10 / Mateo 18:15-20

 

P. Lluís PlanasHoy podríamos poner un gran rótulo que nos recordara, a todos los que formamos parte de la comunidad que quiere seguir a Jesús, la importancia de la corrección fraterna. Pero creo que, si nos quedamos aquí, nos quedaríamos cortos, si entendemos que se trata de corregir una falta moral, o una debilidad o fragilidad humana únicamente. Porque tanto en la lectura del profeta Ezequiel, como en el mismo evangelio, el acento a la corrección está puesta en el pecado. Así en la primera lectura ponía en la boca de Dios: «Si yo amenazo al pecador con la muerte…y no le adviertes que se aparte del camino del mal». En el evangelio nos lo decía de otro modo, pero muy parecido, ponía esta expresión en la boca de Jesús: «Si tu hermano peca, ve a encontrarlo…» Es necesario pues darse cuenta de qué debemos entender por pecado… En la tradición bíblica pecar es apartarse de Dios. Toda comunidad que se confiesa cristiana, su objetivo es mirar en dirección hacia Dios. Desviarse de este horizonte es entrar en el camino donde no está Dios, es decir, como el propio evangelio nos recordaba, propio de paganos, hoy quizás podemos decir aquellos que buscan espiritualidades alternativas a lo que nosotros llamamos Dios y sobre todo Jesucristo; o de publicanos, aquellos que más bien están obsesionados por dinero por encima de todo.

Jesús ha recordado, «Si tu hermano peca, ve a encontrarlo». El hermano que peca, es hermano de todos los que formamos la comunidad. Por tanto, es la responsabilidad es de todos. Probablemente podemos tener la tendencia de pensar que esto es la responsabilidad de unos pocos. Pero Jesús ha ido implicando progresivamente, si no existe una respuesta adecuada, primero uno o dos más, después toda la comunidad reunida. Quisiera subrayar esto: la comunidad debe reunirse junta. Al fin y al cabo, la responsabilidad de la posible existencia del pecado en el seno de la comunidad, en el seno de la Iglesia, es de todos.

El fragmento de la carta a los romanos nos ha explicado cómo debe ser el encuentro con el pecador. «La única deuda vuestra debe ser la de amarle». Ha puesto un ejemplo de lo que implica amar. Fijémonos con los ejemplos que ha puesto: «no cometer adulterio, no matar, no robar, no desear lo otro» en el fondo es el respeto profundo a la integridad del otro. No le quites lo suyo, lo que tiene. Puede ocurrir, y ocurre demasiado a menudo, que, en la iglesia, está el dedo que señala severamente, el pecador, humillándolo. Yo creo que cuando se hace así no hay amor, respeto. Si se lleva al corazón, se vive intensamente el principio: «ama a los demás como a ti mismo» como nos ha recordado la epístola, probablemente, nos fijaríamos mejor cuáles son los sentimientos que tienes cuando te acercas al que te ha hecho daño. Si nos dejamos dominar por los sentimientos como la ira, el desprecio, la descalificación totalizante, en la mirada al pecador no estará la profundidad de la mirada de Jesús. A ninguno de nosotros nos gusta tener la sensación de que te miran con estos sentimientos negativos. Y nos sentimos aliviados con la mirada de Jesús.

La mirada hacia Dios que debe tener toda comunidad, y como la que ahora estamos reunidos celebrando el don del amor de Dios, tiene una fuerza tan grande, que podemos sentir en nuestro interior cómo se hace verdad las últimas palabras del evangelio de hoy: «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos» Sí, todos y cada uno de nosotros que estamos ahora aquí, y también quienes también nos siguen por televisión y por la radio. Todos, todos, dejémonos coger por estas palabras de Jesús: yo estoy aquí en medio. 

Abadia de MontserratDomingo XXIII del tiempo ordinario (10 de septiembre de 2023)

La Natividad de la Virgen y profesión del G. Frederic Fosalba (8 septiembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2023)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Con la gente famosa o conocida, por las razones que sea, desde los santos hasta los deportistas, o también con la gente que amamos especialmente, tenemos una tendencia natural a conocerlos más y mejor, y por tanto a saber dónde han nacido, quiénes son sus padres, dónde han estudiado, con quienes viven y tantas otras cosas personales. Esto lo hacemos para tener perspectiva, que es una palabra que significa “mirar a través de”, o también “mirar más profundamente”.

Estimando cómo amamos a Jesucristo no es extraño que desde el principio todo lo que le rodeó en el tiempo de su vida en la tierra, haya sido un tema de interés profundo, un intento de tener una perspectiva mejor para comprender quién es Él, qué quiso decir su vida, qué ocurrió después de su muerte. Él es el foco al que se dirigen todas las miradas, él es también la luz que ilumina estas perspectivas que lo contemplan. De todas las personas de su entorno, el lugar privilegiado de su madre, Santa María forma parte de nuestra fe y de la revelación cristiana. Por eso en algunas fiestas marianas celebramos los momentos de la vida de la Virgen María como pre-historia de Jesucristo, ya sea en su Inmaculada Concepción, en su Natividad, hoy, o en el momento de la Anunciación y en otras fiestas, como la Asunción de Santa María al cielo, en que celebramos, podríamos decir, la post-historia de Jesucristo, todo lo que continuó después, con su resurrección, que es ya historia de la comunidad cristiana.

Nos admira pues esta presencia de María, antes, durante y después de Jesucristo, como envolviendo la vida de su Hijo, siendo realmente Arca de la Nueva alianza.

De este modo, al igual que algunos objetos nos ayudan a comprender sus matrices, Santa María es por tanto una perspectiva, la mejor perspectiva de Jesucristo, nos ayuda a mirarle y mirarle con más profundidad. La Virgen nos ayuda a entender a Jesucristo, aunque Él como el modelo de toda la humanidad, es también el origen de su propia madre de quien decimos poéticamente en una antífona: “Eres madre del que te ha creado”.

Perspectiva también es una palabra que se puede entender como un sinónimo en el sentido de ser un buen punto de vista. Todo lo que hace la Biblia es darnos mejores perspectivas para conocer a Dios y para comprender a Jesucristo.

Un ejemplo para que los escolanes lo entendáis es que tenemos muchas personas en la historia que son como microscopios o telescopios, es decir, instrumentos que nos ayudan a ver con mucho más detalle una realidad o a ver lo que por estar tan lejos no veríamos o nos costaría ver. Estos instrumentos nos dan perspectivas. A Dios nadie le ha visto nunca, pero por Jesucristo, ante todo, y por Él, con la Virgen María y con todos los santos y profetas, tenemos estos instrumentos que sí nos permiten ver, conocer y amar a Dios.

Centrándonos sólo en la primera lectura de la misa de hoy, encontramos la óptica del profeta Miqueas, una visión previa al Mesías, que reconocemos en Jesús de Nazaret, en la que nos dice que ese que está por venir será el que traerá la unidad y la paz. La unidad porque nos decía el profeta que este Mesías hará volver a todos a casa.

Como cristianos quisiéramos ser testigos de unidad y de paz. Son dos insignias mesiánicas, aplicadas a Cristo, que amamos especialmente los monjes benedictinos.

La unidad, por la que nuestras comunidades querrían ser signos de una iglesia que acoge a los hijos y las hijas de Dios como una sola familia. Aquí en Montserrat la presencia de la Virgen María, nos da una referencia más fuerte a estos vínculos fraternales y familiares que quisiéramos tener entre nosotros y con todos. Una unidad que queremos vivir en comunidad, una familia que hoy se hace algo mayor con la profesión solemne, esto es el compromiso definitivo a vivir como monje en este monasterio de Montserrat, de nuestro hermano Federico. Dios bendice ese buen deseo de unidad que acompañamos cantando el salmo, “qué bueno y agradable vivir todos juntos los hermanos”.

Dios hace de nuestra comunidad un signo de una mayor unidad, la de la Iglesia, que a su tiempo quiere simbolizar la de toda la humanidad. En un mundo tan dividido, con tantas guerras, violencias, explotaciones, tanto daño que me atrevo a decir que tiene su origen en una mirada individualista, protectora siempre de lo mío, debemos recordar que todos los seres humanos estamos llamados a ser uno en Jesucristo. El signo generoso y sencillo de esta mañana, de optar por una vida en común según la llamada de Jesucristo, es una esperanza para todos los que creemos en Dios y en las posibilidades de las personas humanas.

También la paz es amada en los monasterios. San Benito en su Regla la pone como uno de los bienes que el monje debe buscar y conseguir. La paz que deseamos a todos los que entran en nuestro santuario, en el monumento llamado precisamente Pax Vobis, en la carretera antes de la curva de los Apóstoles. Una paz que debe empezar en una reconciliación dentro de nosotros, escuchando qué nos pide la voz de Dios y procurando ser dóciles.

Unidad y paz son formas de vivir Jesucristo. Lo son para los cristianos y lo son por los monjes. Siguiendo el ejemplo de Santa María, viviendo así, reflejamos la luz de Cristo y nos volvemos también nosotros perspectivas de Cristo. Y lo más increíble es que cada uno es una perspectiva necesaria, única e insustituible en la familia cristiana.

Tu donación a Dios hoy, Federico, te lleva a ser servidor como María. Ella, siendo quien era, no dudó en reconocerse pequeña ante la grandeza de Dios. Imitemos esta humildad que es la mejor virtud, imprescindible para ser discípulos en esta escuela que es el monasterio y bajo la instrucción de la Regla de Sant Benito. Ninguna palabra mía podría igualar las que rezaremos en la oración de consagración. Escúchalas bien. Está todo.

Los escolanes saben bien que desde hace un año el hermano Frederic es el subprefecto de la Escolanía. Por tanto, el sitio principal, no el único, donde en nombre de la comunidad le he pedido que se haga servidor de Jesucristo. Me gusta deciros esto y que lo entendáis. La vocación de Federico, como la de todos nosotros no es ser maestro o educador, es ser monjes. Todo lo que hacemos por vosotros, muy especialmente los monjes que están en la Escolanía, lo hacemos por amor a Jesucristo, a Montserrat y también a la Escolanía que es una parte de Montserrat.

¡El monasterio pide a estos hermanos que busquen esta paz y esta unidad entre vosotros! Es un reto importante, ¿no? ¡Ponédselo un poco fácil! Dios también quiere de vosotros que viváis unidos y en paz, y cantar juntos todos los días a la Virgen, la Reina de la paz, es una muy buena escuela. Cuando cantáis siempre estáis unidos y en paz. ¡Aplicadlo a la vida!

En la unidad, en la paz, en el servicio, Jesucristo te llama a comprometerte. A consagrarte, que es retirarte para descubrir quién eres y poder ofrecerlo a los demás. La consagración al amor, a la vida y a la verdad son una forma de vincularse más profundamente a la humanidad. En un proceso que no acaba hoy, sino que es como un círculo que empezó cuando decidiste emprender ese camino y que se irá repitiendo hasta el final.

Sólo Él, Jesucristo, es capaz de pedir esto y de llevarlo a plenitud, Él da la luz y la gracia para que con todo lo que eres y tienes, seas siempre una perspectiva, un punto de vista desde donde se le vea a Él.

Y nosotros no podemos hacer otra cosa que darle gracias por todo esto.

Abadia de MontserratLa Natividad de la Virgen y profesión del G. Frederic Fosalba (8 septiembre 2023)

Domingo XXII del tiempo ordinario (3 de septiembre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (3 de septiembre de 2023)

Jeremías 20:7-9 / Romanos 12:1-2 / Mateo 16:21-27

 

He escogido tres frases, una de cada lectura, para centrar nuestra atención en este momento de la eucaristía dominical en la que el P. Abad Manel celebra las bodas de plata de profesión y renueva su compromiso monástico. Se trata, queridos hermanos y hermanas, de tres frases que mutuamente se potencian a nivel espiritual y que son básicas en nuestra vivencia cristiana y monástica.

La primera frase es del evangelio. Después de anunciar que debe sufrir pasión, debe ser muerto y que resucitará, Jesús dice: Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo que tome su cruz y me acompañe. Son palabras exigentes, que nos cuesta admitir, tal como a Pedro le costó admitir que la misión de Jesús pasara por el sufrimiento. El apóstol acababa de reconocerlo como Mesías, pero tenía un concepto demasiado humano de la misión mesiánica. Y por eso se escandaliza de las palabras de Jesús que hablaban de sufrimiento y de muerte y se puso a regañarle. El Señor, sin embargo, le acalló inmediatamente porque Pedro no pensaba según el plan establecido por Dios, sino de una manera demasiado humana.

Jesús nos enseña que sus discípulos debemos hacer un camino parecido al de él: seguirlo con la propia cruz, cada uno con la que le acarree la vida. Dicho de otra forma. El discípulo de Jesús debe morir a las ambiciones y en los egoísmos que se le presentan, y que son propios de una mentalidad no evangélica. Y debe gastar la vida en favor de los demás. Jesús nos propone, pues, una nueva forma de existencia: una vida dada a Dios y a los demás, según el nuevo orden de valores del Evangelio. Quien lo vive amando encuentra que el amor engendra vida, que el sufrimiento se vuelve fecundo, que la obediencia a la palabra de Jesús libera, que gastar y perder la vida a favor de los demás se convierte en una ganancia, porque la muerte no es la última palabra. La muerte desemboca en la resurrección. Quien pierda la vida de este modo por amor a Jesucristo, encontrará la felicidad verdadera y cuando el Señor vuelva glorioso recibirá la recompensa de vivir para siempre con él.

La segunda frase que he escogido es de la segunda lectura, de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma. Les dice: os pido, por el amor entrañable que Dios nos tiene, que le ofrezcáis todo lo que sois como una víctima viva, santa y agradable. Dar la vida a Dios y a los demás tal y como nos pide Jesús en el evangelio de hoy, es un culto agradable a Dios. Le ofrecemos para corresponder, desde nuestra insignificancia, al entrañable amor que él nos tiene. Porque tomar nuestra cruz y hacernos seguidores, discípulos, de Jesucristo es para corresponder al amor con el que somos queridos. Para corresponder no debemos amoldarnos al mundo presente, dice san Pablo. Nuestros criterios, nuestra forma de hacer y de vivir no deben ser según las pautas egoístas que suelen imperar en la sociedad, sino que debemos discernir cuál es la voluntad de Dios en lo concreto de nuestra vida para amar más, servir más, darnos más. Así la vida cristiana se convierte en un culto existencial ofrecido a Dios, en una liturgia viva, según el modelo que encontramos en Jesucristo ofreciendo toda su vida al Padre.

Y la tercera frase escogida proviene de la primera lectura, del profeta Jeremías: Me habéis seducido, Señor, y me he dejado seducir, decía. El profeta se lamentaba amargamente porque la gente se reía de él y le escarnecía cuando anunciaba la palabra de Dios y llamaba a la conversión ante las infidelidades del pueblo. Estaba desolado y experimentaba que no podía continuar la misión que Dios le ha confiado. Estoy rendido de tanto aguantar, ya no puedo más, decía al final de la lectura. Pero, sin embargo, sentía en su corazón un fuego que ardía, que no le permitía dejar su misión. Experimentaba que el Dios que le había seducido y por el que libremente se había dejado seducir, era más fuerte; no podía rehuirlo, debía dejar que Dios tuviera la última palabra, que es siempre una palabra de compasión y de salvación.

Me ha seducido, Señor, y me he dejado seducir Ésta es la razón fundamental que tenemos los cristianos, y los monjes, para darnos a Dios y a su Hijo Jesucristo. La única razón para procurar vivir siguiendo a Cristo con nuestra cruz, a veces con fatiga o encontrando la incomprensión de la gente. La única razón para dar la propia vida es que Dios por Jesucristo nos ha seducido. Es decir, nos ha atraído, nos ha cautivado y ganado nuestra confianza. Y, por eso, con toda libertad nos hemos entregado a él porque sólo él tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Dejemos, pues, que el amor del Señor nos atraiga más para acoger generosamente nuestra cruz, para vivir con abnegación la ofrenda espiritual de nuestra vida en servicio de los demás.

Hoy, como he dicho al principio, damos gracias por los dones que Dios ha hecho a lo largo de los veinticinco años de vida monástica de nuestro P. Abad Manel, en el momento en el que se dispone a renovar los compromisos de su profesión. Entonces, en 1998, fueron tres novicios que profesaron: el P. Abad Manel, el P. Juan Carlos Elvira (que el Señor llamó hacia él prematuramente hace seis años) y el P. José Antonio Martínez (actualmente monje del monasterio hermano de Santo Domingo de Silos y que hoy se encuentra entre nosotros). Ser monje comporta tomar cada día con abnegación la propia cruz y seguir a Jesucristo en el servicio de los hermanos. San Benito lo dice con otras palabras. Habla de participar “de los sufrimientos de Cristo con la paciencia” a fin de merecer “de compartir también su Reino” (cf. RB Prólogo, 50) y esto porque el monje debe procurar no anteponer nada absolutamente a Cristo (cf. RB 5, 72, 11), por el que se siente seducido.

Querido P. Abad Manel: la fidelidad a tu compromiso monástico de hace veinticinco años, te ha llevado, por designio de Dios y la elección de la comunidad, a asumir el servicio abacial en nuestro monasterio. Y, por tanto, a vivir un plus de abnegación y un plus de unión con Cristo. Porque el servicio abacial, que san Benito describe como imitación del Buen Pastor (cf. RB 2, 8; 27, 8), es “officium amoris”, por decirlo con palabras san Agustín (cf. In Io. Ev .Trat., 123, 5). Es una tarea de amor que implica dinamismo y exigencia personal, solicitud y misericordia hacia los hermanos. Y, por eso, pide una mayor intimidad con Jesucristo, aquél que te sedujo desde tu juventud y por quien te dejaste seducir. Y del que quieres escuchar cada día su voz, tal y como dice tu lema abacial (cf. Ps 94, 7).

Hoy, pues, damos gracias contigo por tu vocación monástica, por tu fidelidad. Y aún damos gracias por la fidelidad que Dios te ha tenido en estos veinticinco años de vida monástica y ya antes desde el bautismo. Damos gracias también por tu servicio abacial iniciado hace un par de años. Y sobre todo hoy, de manera particular, oramos por ti.

Que el Señor con la fuerza del Espíritu Santo, y por las oraciones de Santa María, Madre de monjes y Señora de Montserrat, siga llevando a buen término la obra que empezó en ti con la profesión, que te siga sosteniendo en tu camino monástico y en tu ministerio abacial, con la responsabilidad comunitaria, eclesial y social que conlleva en Montserrat. Que te haga el don de experimentar cada día más “la inefable dulzura del amor” (RB Prólogo, 49) en el gozoso seguimiento de Cristo.

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (3 de septiembre de 2023)

Domingo XXI del tiempo ordinario (27 de agosto de 2023)

Homilía del P. Anton Gordillo, monje de Montserrat (27 de agosto de 2023)

Isaías 22:19-23 / Romanos 11:3-36 / Mateo 16:13-20

 

Estimados hermanos y hermanas:

La primera lectura de Isaías y el evangelio de hoy nos hablan de llaves, símbolo de poder: a Eljaquim le eran dadas las llaves del palacio de David, y a Simón Pedro las llaves del Reino de los Cielos. Pensamos que esto estuvo escrito en una época que no era fácil de hacer copias de las llaves, no había ni passwords ni llaves biométricas. Así, el poseedor de la llave podía dejar las puertas bien cerradas o estar seguro de quedaran abiertas, sin miedo a ningún hacker. Este hecho de dar las llaves, de dar a una persona ese símbolo de poder, nos está hablando de la confianza que muestra quien da esa llave. Nos habla de la confianza que Jesús tiene en Simón Pedro, en sus capacidades porque es capaz de ver que Jesús «es el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16:16).

Confianza. Confianza de Dios que, si bien la da de forma eminente a Simón Pedro, de alguna manera, también se extiende al resto de los cristianos y cristianas porque por el bautismo, todos y todas hemos sido consagrados y hemos sido llamados a ser sacerdotes, reyes y profetas. Es decir, que todos los laicos y laicas participan del sacerdocio de Cristo, en su misión profética y real (1); son un “linaje escogido, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de Aquel que le ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). “Los bautizados, en efecto, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, están consagrados a ser una habitación espiritual y un sacerdocio santo” (2).

Hace unas semanas, el Cardenal Cristóbal López, Arzobispo de Rabat, me envió una homilía suya de ordenación de cinco presbíteros y diáconos, y en ella decía: “No faltan sacerdotes; lo que falta es que todo cristiano sepa y tome conciencia de que él es sacerdote (también las mujeres). (…) Faltan sacerdotes que despierten el sacerdocio de los demás y les animen y enseñen a vivirlo y ejercerlo. El sacerdocio ministerial debe estar al servicio del sacerdocio común de los fieles. La ordenación de cinco (presbíteros y diáconos) debe servir para despertar el sacerdocio de 500, de 5.000 o de 50.000” (3).

Hermanos y hermanas, para el cristiano y para la cristiana, el vivir el sacerdocio común debe ser ofrecernos nosotros mismos como ofrenda a Dios, como dice san Pablo en la Carta a los Romanos: “Ofreceros vosotros mismos como víctima viva, santa y agradable a Dios, éste debe ser su verdadero culto. No os amoldéis al mundo presente; dejaos transformar y renovar vuestro interior, para que podáis reconocer cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable a él y perfecto” (Romanos 12:1-2).

En este sentido, el otro día preguntaba a una chica qué me dijera que es esto de vivir el sacerdocio común, y ésta fue su respuesta: el sacerdocio común es “Ser buena persona. Gustar a Dios intentando ser amables con todo el mundo. Que nuestra forma de ser y actuar muestre de forma transparente el Amor de Dios. Que después de hacer un favor a alguien no se queden con nuestra persona sino pensando: ¡qué bueno es Dios! Perdonando y siendo misericordiosos. Dejándonos acompañar porque somos frágiles como todo el mundo…”.

No olvidéis, hermanos y hermanas, que nosotros cristianos, contamos también con la confianza de Dios; y que confía en nosotros porque nos ama. Y nosotros debemos estar abiertos a Dios para que pueda hacernos conscientes, como un nuevo Simón-Pedro, de que Jesús «es el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mateo 16:16). Dios confía en nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI: confía, nos ama, tanto que nos ha hecho hijos e hijas suyos y ha dado la vida de su Hijo primogénito por nosotros. Y esta confianza pide una respuesta de nosotros: pide que nosotros también confiemos en Dios, que nosotros seamos conscientes de nuestra responsabilidad para vivir el sacerdocio común, para poder corresponder a su Amor con nuestro amor: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (Cf. Mateo 22:36-40). Dios quiere ser correspondido en su cariño hacia la humanidad, y esto pide que este amor se exprese en hechos y no sólo en palabras bonitas: hechos de amor hacia Dios y hacia el prójimo. A esto hemos sido llamados por el bautismo: como hijos de Dios que somos, tenemos el deber de ser testigos ante los hombres y mujeres de nuestro tiempo de la fe que hemos recibido de Dios por medio de la Iglesia (4). Confianza y responsabilidad.

Hermanos y hermanas, a pesar de nuestra pequeñez, a pesar de nuestras debilidades, a pesar de nuestras incoherencias, podemos hacer nuestra la oración colecta con que orábamos justo antes de las lecturas de hoy: para que Dios nos conceda, a nosotros cristianos y cristianas, que amamos lo que Dios nos manda y deseamos lo que nos promete, para que en medio de las cosas inestables y las incertidumbres del mundo presente, nuestros corazones se mantengan firmes allí donde se encuentra la alegría verdadera (5), es decir: que confiemos y amemos a Jesucristo, y que esta estimación rezume responsablemente en obras de amor hacia toda la humanidad.

Referencias
(1) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1268
(2) Concilio Vaticano II. Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 10. Roma, 21 de noviembre de 1964.
(3) Card. Cristóbal López, Arzobispo de Rabat. Homilía del 10 de junio de 2023 con motivo de la ordenación de 5 sacerdotes y diáconos salesianos en Atocha, Madrid.
(4) Concilio Vaticano II. Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 11. Roma, 21 de noviembre de 1964
(5) Cf. Oración colecta del Domingo XXI del tiempo ordinario, Ciclo A.

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (27 de agosto de 2023)