Domingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (13 de septiembre de 2020)

Sirácida 27:30-28 / Romanos 14:7-9 / Mateo 18:21-35

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de oír parte del capítulo 18 del Evangelio según Mateo, un capítulo donde el evangelista nos ofrece el «Discurso de la comunidad» que es un discurso que recoge diversas dichos de Jesús sobre las relaciones fraternas entre los miembros de la Iglesia. La semana pasada vimos el tema de la corrección fraterna, hoy es el del perdón.

En este fragmento, Pedro hace a Jesús una pregunta, una pregunta que no ha perdido nada de su relevancia y que nos podemos hacer nosotros: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? Nos podemos reconocer perfectamente en esta impotencia para estimar el otro más allá de las heridas recibidas de él. Pero Jesús responde con lo imposible: «No os digo hasta siete veces, sino setenta y siete veces». Algunos textos del Antiguo Testamento pedían que se concediera el perdón al menos tres veces. Pedro ya parecía ser audaz y generoso al imaginar un perdón dado hasta siete veces. Jesús, en cambio, va más allá rompiendo todas las medidas del perdón. Deshace el terrible canto de violencia pronunciado por Lámec el Génesis cuando éste dice «Siete veces Caín será vengado, pero Lamec lo será setenta y siete» (Gn 4,24), y exige a sus discípulos perdón ilimitado, expresado a través de la cifra desorbitada de «setenta veces siete».

Si Jesús se hubiera detenido aquí, sería comprensible desanimarnos. Pero Jesús continúa con la conocida parábola del deudor perdonado. Un ministro tenía una enorme deuda con su rey, indicada en los 10.000 talentos, una cantidad exorbitante. Aquel pide perdón al rey, suplicándole que le dé tiempo. El rey, conmovido por la condición del subordinado, no sólo aplazó la deuda, sino que lo perdonó completamente. Pero en cuanto salía el ministro de la presencia del rey, se encuentra con un compañero que tiene una pequeña deuda con él y, a pesar del perdón que acaba de recibir, aplica un rigor inexorable que no conoce plazos ni tolerancias.

El significado es claro, cada uno de nosotros es inmensamente deudor de Dios: de la vida, de la salvación, de todo el mal que hemos escogido y cometido, hiriendo a los demás, a nosotros mismos, a la creación. Sin embargo, Dios siempre está dispuesto a perdonar, a rehabilitarnos, a levantarnos de la caída. Su misericordia no tiene límites, siempre se ofrece plenamente y a todo el mundo. Aquí tenemos la raíz profunda y la fuente de este perdón que Jesús pide que vivan sus discípulos. Si olvidamos la misericordia obtenida o si no sabemos verla, nos reduciremos a ser rigoristas intransigentes como el ministro de la parábola. Si no sé hasta qué punto Dios es bueno para mí, cómo su bondad supera cualquier simple justicia, cuánta paciencia me ha concedido a lo largo de mi vida, siempre arriesgaré a medir las faltas de los demás en la escala de mi rigorismo, de mi estrechez de corazón.

La misericordia por el ministro es el sentimiento y la acción de Dios por nosotros. Dios nos mira con esta misericordia. Sabe de qué estamos hechos, sabe que somos débiles. Un niño no puede crecer si cuando cae no es acogido una y mil veces, consolado, y alentado a volverlo a intentar; ni puede madurar de una manera sana si siempre se le acusa, se le critica. La vida siempre empieza de nuevo, descubriendo que se nos ha concedido una nueva posibilidad: esta es la lógica de Dios.

Quien no entre en esta lógica, quien no se adentre en esta generosidad vivirá intentando demostrar que es bueno y capaz pero no perdonado, intentando demostrar que merece vivir. Y, en consecuencia, controlando y juzgando el «rendimiento de los otros», con una mirada a menudo hipercrítica y minuciosa. Pero no se vive por el mérito, sino por la gracia. Todo es gracia. Todo es generosidad divina. ¡Cuanto más se abre el corazón a esta bondad, más bueno se vuelve! Por lo tanto, Jesús nos pide que estemos siempre dispuestos a conceder generosamente el perdón, soltando todo tipo de resentimiento, de rencor, sin recurrir a principios vanos y raquíticos como el del «perdono, pero no lo olvido».

El perdón es escandaloso porque pide la conversión, no de quienes han cometido el mal, sino los que la han sufrido. Cuando, ante una ofensa, creo que estoy satisfaciendo mi deuda con un reproche, todo lo que hago es elevar el nivel de dolor y violencia. Creo que estoy curando una herida en curar mi propia herida, como si el mal pudiera ser reparado, curado por otro mal. Pero entonces ya no será una, sino dos las heridas que sangran.

El evangelio nos recuerda que somos más grandes que la realidad que nos hirió, que podemos tener el corazón de los reyes, que podemos ser tan grandes como «el perdón que rompe los círculos viciosos, rompe la compulsión de repetir el mal sufrido en otros, rompe la cadena de culpa y venganza, rompe las simetrías del odio «, como decía una pensadora judía (Hannah Arendt).

Hermanos y hermanas, El tiempo del perdón es el coraje de la anticipación: hacerlo sin esperar a que todo pase y vuelva a su lugar sin más; es el coraje de los comienzos y de las partidas, porque el perdón no libera el pasado, sino que libera el futuro.

Que el Señor nos ayude a vivir con esta mirada misericordiosa y con este corazón libre, mirada y corazón de quien se sabe perdonado y aprende, en Cristo, a perdonar.

 

Anton GordilloDomingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)
Domingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (6 de septiembre de 2020)

Ezequiel 33:7-9 / Romanos 13:8-10 / Mateo 18:15-20

 

Queridos hermanos y hermanas,

¿Habéis pensado alguna vez en el bien inmenso que representa para nosotros el hecho de que la Iglesia esté formada también por pecadores, o mejor aún: que la formamos personas en las que el bien coexiste con el mal, el pecado con la gracia, la generosidad con el egoísmo, la limpieza con la suciedad? ¿No os daría miedo una Iglesia que en la tierra pretendiera ser no la comunidad de los creyentes sino la peña de los creídos, el rincón de los buenos, de los puros, donde no habría ni que perdonar ni recibir el perdón, donde Dios debería entrar de puntillas cuando quisiera demostrar que ama infinitamente? Pero no: Por suerte, la Iglesia no es ni el redil de los perfectos ni un coro de ángeles adormecidos. Es una familia, en la que hoy caigo yo y tú mañana, donde hoy yo te apoyo y tú pasado mañana me tendrás que dar la mano, donde gracias a Dios las caídas no son irreparables ni los hundimientos catastróficos. La grandeza de la Iglesia, el fundamento de la alegría de los que formamos parte de ella radica en la misericordia incorregible de Dios, para el que siempre hay algo que hacer -y mucho- en bien de los que ama.

No todo acaba aquí. Supongamos que la Iglesia fuera un espacio de perdón y de concordia, donde, sin embargo, para no restar ociosos, cada uno de nosotros debería observar si la bondad de Dios se derrama primero antes al vecino que a mí, o al revés; en este caso, como mucho, podríamos comunicarnos las vivencias de pecado y de perdón, pero siempre, ante la infinidad de Dios, quedaríamos en la incertidumbre de saber si ya hemos hecho toda la experiencia de la bondad de Dios o si aún tenemos que superar una etapa más. Evidentemente, en este mundo nunca podremos captar toda la riqueza del amor de Dios; pero basta haberla notado una sola vez para adivinar cuál puede ser el destino que nos tiene preparado. ¿Nos atrae este destino?

Volvamos a nuestro mundo y escuchemos otra vez las palabras de Jesús: «todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Es decir: en familia, todos los problemas los arreglamos en casa, y no debemos esperar que nos los solucione el vecino, ni tampoco debemos anhelar que nos venga de Dios lo que precisamente quiere que resolvamos entre nosotros. Tan extraño resulta ello a la miopía humana que el día que Jesús perdonó los pecados al paralítico la gente se maravillaba del poder que Dios había dado a los hombres. Pero entonces se trataba de la primera vez; la humanidad no conocía la enseñanza de Jesús sobre el perdón.

Si los cristianos no tenemos o no queremos tener entre nosotros los medios para hacer presente la bondad del Señor para con los hombres -en esto consiste la experiencia de ser perdonado por Dios-, ya no sé francamente donde debemos buscarlos. Si Cristo no ha resucitado nos recuerda san Pablo-, somos los más desgraciados de todos los hombres. Si la resurrección suya no tiene efectos visibles en nuestras relaciones de hermano a hermano, ya no es necesario que recemos el Padrenuestro. Si no hacemos de la Iglesia un lugar de reencuentro entre nosotros y todos los hombres, entre nosotros y Dios, la historia de la salvación se habría podido detenerse en la torre de Babel.

Y, desgraciadamente, a veces parece que sea así. Preferimos caminar agachados antes que con la cabeza erguida, escogemos la jaula en vez del campo abierto, y cuando resuena la palabra liberadora de Cristo, buscamos chivos expiatorios a quien cargar nuestras excusas para que se las lleve lejos y bien lejos. Si Jesús nos dice «Todo lo que atéis en la tierra…», le respondemos que estas palabras ya hay alguien que las tiene demasiado aprendidas. Si el Señor nos insinúa «Cuando tu hermano peque, ve a buscarlo…», le replicamos con lo de Caín «Es que soy el guardián de mi hermano?». Si Jesús nos sugiere al oído que hablemos a la comunidad reunida, le demostramos que de comunidades vivas no hay. Y lanzamos la criatura junto con el agua sucia, o, como decía Jesús mismo, dejamos colar el mosquito y nos tragamos el camello.

¿Nuestra insatisfacción no proviene muchas veces de no haber entrado en la pedagogía del perdón cristiano? Si tenemos de camino a correr! Necesitamos acabar con la visión que divide los

hombres en buenos y malos y olvida que en toda persona hay una parte de bien y una parte de mal. Necesitamos estimar tanto a los hermanos que seamos capaces de practicar la exigencia evangélica de la corrección fraterna. Necesitamos sentir en la propia carne nuestra miseria y la de los demás para que seamos capaces de implorar el perdón de Dios. Necesitamos experimentar este perdón para aprender, a través del único camino posible, que Dios es amor. Necesitamos saber perdonar a los que nos han ofendido para poder recibir el perdón que Dios nos ofrece. Necesitamos tener presente que cuando Dios perdona no sólo borra el pecado sino que derrama a manos llenas su bondad sin límites. Necesitamos saber recomenzar cada día nuestra vida -en esto consiste la conversión- para no caer en la desesperación ni en el sopor. Necesitamos… Necesitamos tantas cosas que sólo en la Eucaristía encontramos la fuerza para obtenerlas.

Anton GordilloDomingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)
Domingo de la XXII semana de durante el año (30 agosto 2020)

Domingo de la XXII semana de durante el año (30 agosto 2020)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (30 de agosto de 2020)

Jeremías 20:7-9 / Romanos 12:1-2 / Mateo 16:21-27

 

Estimados hermanos. En el Evangelio que acabamos de escuchar destaca la figura del Apóstol San Pedro. Pero, mientras que el domingo pasado lo admirábamos por su fe sincera en Jesús, a quien proclamó Mesías e Hijo de Dios, en el episodio de hoy muestra una fe aún inmadura y demasiado vinculada a la mentalidad de » este mundo», como decía san Pablo.

Cuando empezó Jesús a explicar a sus discípulos el plan del Padre sobre su propia vida, que tenía que padecer mucho y que debía ser ejecutado, Pedro se rebela y se pone a increpar a Jesús; se escandaliza de la forma en que Dios actúa, y se pone a decir que esto no puede pasar. Una rebeldía, o alejamiento de Dios que a veces experimentamos nosotros cuando la cruz se presenta en nuestra vida. Pero fijémonos en la respuesta de Jesús a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás». La expresión es tremendamente dura, ya que Jesús llama Pedro «Satanás». Y ¿por qué? Porque tú piensas como los hombres, no como Dios.

San Pablo, que piensa como Dios, en la segunda lectura, nos exhorta a unirnos a Dios con estas palabras: «Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios». Hace referencia a la idea de un sacrificio, es decir, separar para darle a Dios lo mejor de nosotros mismos y separarlo de este mundo. No quiere decir evadirnos del mundo en que vivimos sino, en palabras de la segunda lectura, «no os amoldéis a este mundo», de tal manera que sus máximas, sus costumbres, sus ideales, sus ídolos, sean nuestros, lo que nos llevaría a separarnos de Dios.

Nosotros queremos pensar como Dios. Muchas veces procuramos seguir a Cristo, ser mejores católicos, pero a la menor contradicción, cuando nos cuesta la virtud, o tropezamos con alguna tribulación, entonces interpelamos a Dios con un rotundo ¿Por qué a mí? O pensamos: Dios me ha abandonado, como exigiendo que -dada nuestra buena intención de serle fieles- el Señor nos ha de llevar volando sobre todas estas cruces y dificultades. Al mirar las cosas así -con ojos meramente humanos- perdemos el fruto que Dios tenía preparado a través de esta prueba, de esta lucha. Renunciar a uno mismo no es una actitud meramente negativa y pesimista. Es el fruto de una elección, brota de un querer. Y de un querer lo que es más amable de todo: Jesucristo, él que ha dicho. «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo». Justamente cuando el discípulo dice si a Cristo, está diciendo no a todo lo que le puede alejar del Cristo. Aquí late un amor de preferencia: porque quiero a Cristo puedo dejar de lado la mentalidad del mundo presente.

En la actualidad, en el que parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo no deja de proponer a todos su clara invitación: quien quiera ser mi discípulo, que renuncie a su egoísmo. Es decir, hay que evitar que por mirarte a ti mismo no sepas ver el amor de Dios. Invoquemos la ayuda de la Virgen, la primera que siguió a Jesús por el camino de la cruz, hasta el final. Que ella nos ayude a seguir con decisión al Señor, que es el verdadero alimento para la vida eterna.

Anton GordilloDomingo de la XXII semana de durante el año (30 agosto 2020)
Domingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)

Domingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (16 de agosto de 2020)

Isaías 56:,1.6-7 / Romanos 11:13-15.29-32 / Mateo 15:21-28

 

Los problemas de convivencia en las comunidades cristianas no son de hoy. Empezaron muy pronto después de la Resurrección. El problema fundamental estaba entre la fidelidad a las exigencias de la Ley de Moisés o bien la independencia de estas exigencias. El Evangelio de Mateo se hace hoy eco de ello. ¿Podía un pagano acogerse a la misericordia de Jesús? El resultado de la escena apuntaba ya a las posibles discordias que habría en la comunidad para la que escribía el Evangelio, donde los cristianos procedentes del judaísmo se creían superiores a los provenientes del paganismo. Y quizás algunos paganos también lo creían. De estos problemas están llenos los escritos inspirados. San Pablo fue uno de los más afectados. Jesús lo había elegido para ser testigo del Evangelio a las naciones. Pero tuvo que personarse «en Jerusalén para hablar con los líderes de la comunidad que le reconocieron su misión entre los incircuncisos, no judíos, y a Pedro la de los circuncisos, los judíos». Y antes Isaías lo predijo: «Todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración».

El Evangelio nos da la respuesta a la pregunta de si ‘las ovejas descarriadas’ de Israel eran las únicas en recibir la acción salvadora de Jesús. La mujer cananea que pedía la curación de su hija endemoniada es la clave de la respuesta. Pero Jesús, ya antes, había aceptado hacer el favor de salvar el criado muy enfermo de un centurión pagano, y de quien dijo que «no había encontrado tanta fe en Israel». Y ahora, también, después de haberse negado primero a escuchar la mujer y de decirle que «no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los cachorros», la mujer, arrodillada, le acepta el reto y responde: «Es verdad, Señor, pero también los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». A Jesús se le debieron conmover las entrañas, como en otras ocasiones, porque dijo: «Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas». Y, la oración sincera y confiada, hizo el milagro. Ya que también entre los paganos puede haber fe.

Esto también se repetiría en la predicación apostólica. Los Hechos de los Apóstoles 2 lo repiten varias veces. San Pedro fue testigo de cómo el Espíritu Santo bajó sobre el centurión y los de la casa, que la había hecho llamar para que bajara a su casa a pesar de ser él un pagano; pero, mientras Pedro les hablaba de Jesús, el Espíritu Santo se adelantó a manifestar su benevolencia descendiendo sobre todos los presentes. ¿Quién podía resistir a bautizarlos? Y San Pablo que, ante todo, se dirigía a las sinagogas para anunciar el Evangelio, se vio rechazado por los judíos y tuvo que dirigirse a los paganos con mucho éxito. Y el Evangelio de Mateo termina con estas palabras de Jesús resucitado: «Id a todos los pueblos y haced discípulos míos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado «.

El Espíritu de Jesús, pues, es quien guía a la Iglesia y le señala el camino que debe seguir. También hoy trabaja en la comunidad de los creyentes para abrir nuevas vías de evangelización. Los cristianos no debemos tener miedo de las novedades que nos encontraremos con la gente de tantas religiones y razas que conviven en nuestra sociedad. Es necesario que sepamos tener una fe firme, abierta y acogedora para todos aquellos que nos pidan razón de nuestra esperanza. Pero es necesario que, como una levadura, seamos testigos con nuestra vida para que se sientan atraídos. Y también podamos conducir hacia la fe en Cristo a mucha gente, como los cristianos de los primeros siglos, de los que decían: «Mirad cómo se aman».

Anton GordilloDomingo de la XX semana de durante el año (16 agosto 2020)
Solemnidad de la Asunción de la Virgen (15 agosto 2020)

Solemnidad de la Asunción de la Virgen (15 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (15 agosto 2020)

Apocalipsis 11:19;12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-26 / Lucas 1:39-5

 

La Iglesia hoy se llena de alegría porque Santa María ha entrado toda radiante en la gloria del Señor. Ha entrado, hermanos y hermanas, no en virtud de su impulso sino llevada por un don de Dios. La iconografía de esta solemnidad se puede resumir en dos grandes tradiciones. La que proviene del oriente cristiano y que representa a Jesucristo que viene a buscar a su Madre. Y la más propia de occidente, que muestra un grupo de ángeles portando a la Virgen al cielo. En ambos casos, María es llevada al cielo. Esta basílica tiene las dos representaciones. La primera, orientalizante, sobre el tímpano de una de las puertas laterales de ingreso. Y la segunda, en un cuadro del ábside de este presbiterio. Ambas significan que María ha sido asunta, asumida, en el cielo. Hay, además, una tercera manera de representar la glorificación de la Virgen que celebra la solemnidad de hoy; no tanto el hecho de la asunción al cielo, como la participación en la gloria pascual de Jesucristo. Es la coronación de Santa María. También es representada en esta basílica, en el gran rosetón de la fachada y en el mosaico del ábside del camarín. Así mismo, san Juan Pablo II, en su peregrinación a Montserrat en 1982, nos invitaba a ver la solemnidad de hoy representada en la Santa Imagen de nuestra Moreneta. El Papa hablando de que no tenemos una estancia permanente en la tierra, mortales como somos, y de cómo debemos aspirar a la estancia de la vida futura, decía: «a ello nos invita la actitud de la Señora, que es Madre y, por tanto, Maestra. Sentada en su trono de gloria y en actitud hierática, tal como corresponde a la Reina de cielos y tierra, con el Dios Niño en su regazo, la Virgen Morena descubre ante nuestros ojos la visión exacta «de la gloria de la Virgen María como Reina y Señora, madre y abogada nuestra (cf. Doc. de Esgl. 17 (1982) 1284).

Hoy alabamos a Dios porque María ha sido asunta al cielo y, al contemplar la gloria que le ha sido dada, la proclamamos bienaventurada. Pero, el evangelio que acabamos de escuchar nos presentaba a María, no en la gloria, sino bien arraigada en la tierra, visitando a su prima Isabel que, a pesar de ser ya mayor, espera un hijo, el futuro Juan Bautista. María, que lleva en su seno el Hijo de Dios hecho hombre, la va a ayudar en los últimos meses de su embarazo y en el parto. La liturgia, que hoy contempla la gloria más excelsa de Santa María, nos indica el camino que la ha llevado a esta gloria porque también nosotros lo recorremos. Tal como decía Juan Pablo II, citando a san Pablo, en la homilía aquí en Montserrat que acabo de mencionar, no tenemos en este mundo una estancia permanente, nuestro cuerpo se deshará, pero tenemos el cielo otra casa eterna que es obra de Dios (cf. 2C 5, 1-2) . Aunque la perspectiva de la muerte nos pueda entristecer, la asunción de María nos da consuelo y esperanza porque nosotros también estamos llamados a participar de la gloria pascual de Jesucristo. El evangelio de hoy, además de alabar la fe, la maternidad divina y la solicitud servicial de María, nos indica cuál es el camino para llegar a la vida para siempre, donde ella ya ha llegado.

Fundamentalmente, este camino está formado por tres elementos: la fe en Dios, la acogida del otro, el servicio generoso y abnegado.

La fe que lleva a creer en el Dios que actúa en la historia, más allá de lo que nos puede parecer razonable. Y por eso pide que nos fiemos de él, como hizo María al serle anunciada la encarnación del Hijo de Dios en su seno. La fe nos hace descubrir cómo Dios ama entrañablemente y que su amor es nuevo cada día, tal como nos ha demostrado en Jesucristo. La fe se nutre de la oración y se ilumina por la Palabra de Dios acogida al fondo del corazón. Pero, no queda reducía a la relación personal con Dios sino que nos responsabiliza y nos hace descubrir la propia misión al servicio de los demás.

El segundo elemento a vivir según el evangelio de hoy es la acogida del otro con alegría. Como María e Isabel se acogieron en la narración evangélica que hemos escuchado. Es una acogida cuyo centro es Cristo. Y por eso pide que sea una acogida empapada de amor. La persona que acogemos, sea quien sea, siempre es imagen de Cristo. Por ello, tal como nos enseña (cf. Mt 25, 40.45), todo lo que hacemos a los demás, se lo hacemos a él y todo lo que dejamos de hacer a los demás se lo dejamos de hacer en él.

Este es el tercer elemento a vivir para seguir el camino de María: traducir la acogida en servicio a los demás saliendo de nosotros mismos, como ella hizo en la Visitación. Esto nos hace evitar lo que el Francisco llama «autorreferencialidad» y que consiste en no salir del propio pequeño mundo o del círculo de amigos. El Evangelio nos pide estar abiertos a amar y ayudar todos.

Viviendo, pues, la fe nutrida por la oración y meditando y guardando en el corazón la Palabra evangélica referente a Jesús (cf. Lc 2, 19:51); estimando a los demás y poniéndonos a su servicio, particularmente de quienes más lo necesitan, que es lo que hizo Santa María, podremos seguirla a la gloria de la que ya goza y que a nosotros nos llena de alegría.

También el obispo Pedro Casaldáliga, que nos ha dejado hace pocos días, procuró seguir este camino viviendo a fondo en la oración y en el compromiso a favor de los pobres, indígenas y campesinos, gente a la que los latifundistas habían tomado las tierras. En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen, a quien él tanto estimó, y en el contexto social actual, es bueno recordar y hacer nuestros dos de las oraciones de su Visita Espiritual a la Virgen de Montserrat : «Madre afortunada que ha creído dócilmente en la Palabra […], Santuario de la Nueva Alianza […], Sinaí nuestro de Montserrat: […] salvad la unidad de Cataluña por encima de los partidismos, hermanando en una gran familia a los catalanes de raíz y a los otros catalanes, y haga de nuestro Pueblo, acostumbrado a la Mar abierta, una comunidad de diálogo y de colaboración, España adentro, Europa allá y en orden a todas las tierras hasta los Pueblos despreciados del Tercer Mundo. […] Estrella del alba de la Pascua florida, primera testigo de la Resurrección, estrella de Montserrat que alumbra nuestras noches: fortalece en nosotros aquella Esperanza que ni en las desventuras de la Patria, ni en las infidelidades del Iglesia, nunca se desanima y nunca se escandaliza; que sabe forjar la venida de los Tiempos Nuevos aquí en la tierra y rebasa, con tu Hijo resucitado, oscuras de la Muerte, hacia la vida plena”.

Amén

 

Anton GordilloSolemnidad de la Asunción de la Virgen (15 agosto 2020)
XX Aniversario de la Bendición Abacial (13 agosto 2020)

XX Aniversario de la Bendición Abacial (13 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (13 agosto 2020)

Ezequiel 12:1-12 / Mateo 18:21-19:1

 

Os propongo, queridos hermanos y hermanas, de fijar brevemente nuestra atención primero en la lectura del profeta Ezequiel que hemos escuchado y luego en el evangelio que nos ha proclamado el diácono.

La primera lectura era muy sorprendente. Hemos escuchado una acción simbólica y profética que Dios pedía que hiciera Ezequiel. A la vista de todo el pueblo y en pleno día, el profeta tenía que hacer un fardo con las pertenencias necesarias para irse de viaje y sacarlo por un agujero que tenía que hacer en el muro de su casa. Era un comportamiento extraño que por fuerza había de suscitar, por parte de los vecinos y de los viandantes, la curiosidad y la pregunta sobre porqué lo hacía. Además, después, de noche, a oscuras, tenía que irse con el fardo al hombro como si fuera un deportado, con la cara tapada debido a la tristeza. Triste por dejar la casa y la patria y por tener que ser conducido a una tierra extranjera, fuera del país que Dios había dado a su pueblo, con las penurias que ello comportaba.

Dios quería que con esta forma de hacer llamara la atención de la gente y se preguntara el motivo de todo esto. De este modo quería provocar la conversión del pueblo, que era ciego y sordo a su Palabra, que era rebelde hacia el Señor que lo quería entrañablemente. Tal como decía el salmo responsorial, no guardaban la alianza, habían dejado a Dios de lado (cf. Sal 77, 56). Pero, a pesar de todo, Dios en su amor quería que el gesto de Ezequiel hiciera reflexionar a la gente, le hiciera abrir los ojos a la realidad y los oídos a la palabra. Y de esta manera cambiar de actitud, de vida, para corresponder al camino de plenitud y de felicidad que Dios le proponía y el pueblo no quería seguir. Ciertamente, la gente preguntó al profeta Ezequiel para saber el significado de lo que hacía pero sin intención de cambiar de vida. El aviso de Dios a través del gesto del profeta, pues, no fue escuchado. Y aquella acción dramatizada se convirtió en un anuncio de la deportación a Babilonia que un tiempo después debería sufrir todo el pueblo de Israel con su rey delante. Y, también, en un anuncio de la destrucción de Jerusalén, la ciudad Santa.

Ezequiel es un signo, también, para nosotros, de cómo Dios interviene en la historia humana. De entrada, podemos sacar una primera constatación: Dios ama, quiere el bien de las personas y sale al paso una y otra vez para que dejemos el camino del mal y avancemos por el camino de la felicidad. Siempre con voluntad liberadora, salvadora.

Y podemos sacar, también, una segunda constatación: debemos estar atentos a los signos que nos ofrecen los tiempos que vivimos para ver qué palabra nos dicen de parte de Dios. Desde hace meses una pandemia hace estragos en todo el mundo. Y cabe preguntarse qué mensajes de fondo nos trae. Por un lado, nos hace ver la fragilidad de la existencia humana y nuestra condición mortal; un virus microscópico provoca enfermedades, muerte, dolor y trastoca todas las expectativas económicas y sociales. Y, por otro lado, nos hace preguntarnos sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre si los anhelos de plenitud, de felicidad, de justicia, de inmortalidad que hay en nuestro corazón son una quimera. La pandemia nos invita, también, a levantar la mirada hacia Jesucristo, muerto y resucitado, médico de nuestras heridas, sanador de nuestros miedos y de nuestras angustias. Jesucristo nos llama a confiar en su palabra portadora de esperanza y nos promete la vida para siempre una vez traspasado el umbral de la muerte. Y, por tanto, nos invita a escucharlo para aprender cómo debemos vivir para poder estar eternamente con él. La pandemia nos ha mostrado, además, otro aspecto que está muy en sintonía con las palabras de Jesús: la solidaridad de muchas personas dispuestas a sacrificarse, incluso en algunos casos poniendo en peligro su vida, para ayudar a los otros. Esto nos invita a tener una actitud generosa de amor y de servicio según nuestras posibilidades con los demás, ahora que todavía hay infectados por el virus, personas que viven el duelo y ya empiezan a sentirse efectos económicos y sociales de la crisis que la pandemia provoca. Jesús se identifica con los que pasan un tipo u otra de necesidad. Todo esto que he dicho es un inicio de reflexión que deberíamos continuar haciendo desde nuestra situación concreta si queremos estar atentos a los signos de nuestro tiempo y acoger la palabra de Dios que nos transmiten.

La referencia que haré al evangelio será breve. Hemos escuchado como Jesús llamaba apremiante al perdón. Y lo hacía de una manera muy comprensible con la parábola del siervo sin compasión a pesar de haber recibido un perdón inmensamente generoso de su señor. Con esto Jesús nos enseña que Dios nos perdona cualquiera que sea la medida de nuestra deuda, siempre que le pidamos perdón y que nosotros estemos dispuestos a perdonar a los demás sin límites, porque nunca llegaremos a la medida que Dios emplea con nosotros, que es mucho más que setenta veces siete.

Antes de la comunión, cantaremos todos juntos el Padre Nuestro; hermanados en la fe invocaremos a una sola voz a nuestro Padre del cielo, unidos a Jesucristo, el Hijo único, en el que hemos sido hechos hijos de Dios. Lo cantaremos a una sola voz, pero debe ser también con un solo corazón, unidos todos en el amor fraterno. Y conscientes de nuestra fragilidad y de nuestro pecado, pediremos, siguiendo la divina enseñanza de Jesús, que el Padre perdone «nuestras culpas como nosotros perdonamos a nuestros deudores»; es decir, se le pedirá que emplee con nosotros la medida de perdón que nosotros empleamos con los demás. Es una oración, pues, que sólo nos puede dejar tranquilos si procuramos perdonar a los demás con la medida generosa que Dios nos perdona.

La acogida del perdón de Dios y nuestra disponibilidad total al perdón nos hacen aptos para recibir la Eucaristía, que es el sacramento del amor y de la paz.

Anton GordilloXX Aniversario de la Bendición Abacial (13 agosto 2020)
Domingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Domingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (9 de agosto de 2020)

1 Reyes 19:9a,11a – Romanos 9:1-5 – Mateo 14:22-33

 

El evangelio de este domingo es continuación del pasado domingo, donde Jesús ante la multitud necesitada, siente compasión, cura los enfermos y antes de despedirlos, pide a sus discípulos que les den de comer con sólo cinco panes y dos peces.

En la escena de hoy, después de despedir a la gente, Jesús pide a sus discípulos que cojan la barca y se adelanten hacia la otra orilla mientras él se queda solo orando hasta altas horas de la madrugada; los discípulos están en la barca en medio del lago, donde deberán afrontar grandes dificultades y, además, Jesús no está con ellos. Tienen miedo. Sin embargo, no los abandona y se les aparece durante la noche pero ellos no lo reconocen. Jesús espera de sus discípulos una fe confiada, se acerca caminando sobre el agua y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Pedro confía en la palabra de Jesús, va a su encuentro y camina hacia él sobre el agua por indicación del maestro, pero empieza a hundirse en el momento en que desconfía. Entonces gritó: «Señor, sálvame». Y Jesús le dio la mano diciéndole: «¿Por qué has dudado?»

Este pasaje, si lo miramos bien, nos muestra dos maneras de afrontar nuestra relación con Jesús: ¡o confiamos o perecemos! Jesús nos pide confianza ante las situaciones de la vida y nosotros le pedimos pruebas. Como Pedro exigimos signos, milagros, y quisiéramos caminar sobre el agua para asegurarnos en quien ponemos la confianza.

Como en el caso de Elías, quisiéramos que Dios se manifestara con hechos extraordinarios, grandiosos y tan evidentes que nos ahorraran la fe, ya que como Pedro, no nos es fácil reconocer a Jesús en medio del temporal o las dificultades de la vida y nos preguntamos: ¿no será una fantasma caminando sobre el agua? ¿No será todo un espejismo, un engaño? ¿No será Jesús y su Evangelio una ilusión bella y efímera, sin consistencia real?

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, una evocación de la Iglesia. Como aquellos discípulos amedrentados, también nosotros estamos en la barca donde, en medio de las contrariedades y dudas, necesitamos purificar nuestra mirada, necesitamos reconocer a Jesús que nos viene al encuentro discretamente, sin evidencias espectaculares, y quien sabe si nuestra poca fe, la desconfianza o el desconcierto que podamos experimentar en nuestra vida de cristianos, nos hace ver su mano salvadora como una realidad que no acabamos de ver claramente, angustiados por las crisis, las dudas, los temores y la sensación de ausencia de Dios que a veces se apodera de nuestras vidas. Entonces es cuando vemos puesta a prueba nuestra fe y como Pedro nos acobardamos y empezamos a hundirnos.

Es en estos momentos cuando podemos sentir en nuestro interior la voz alentadora de Jesús, que nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Y si hacemos nuestra esta palabra, podremos revivir también la experiencia de Pedro: caminar sobre el agua, es decir, caminar hacia Jesús a pesar de la inconsistencia de nuestra fe, sabiendo que más allá de la fuerza del viento y la inestabilidad que podamos sentir, siempre podemos gritar como Pedro: «¡Señor, sálvame»! Será entonces cuando percibiremos a Jesús como quien sostiene nuestra vida y no nos deja a merced de nuestros miedos y nuestras inseguridades.

El evangelio de hoy, hermanos, nos invita a subir a la barca; a sentirnos comunidad de creyentes e ir mar adentro para lanzarnos a la aventura de la vida desde esta realidad acogedora ya la vez frágil que es la Iglesia.

Es también esta la experiencia de vida del obispo Pere Casaldáliga. Su testimonio nos es un estímulo y un ejemplo de libertad evangélica y reconocimiento de Jesús y de su Reino en la presencia y la lucha a favor de los más vulnerables y excluidos por los poderosos de este mundo.

Como dice en uno de sus poemas:

» Al acecho del Reino diferente,

voy amando las cosas y la gente,

ciudadano de todo y extranjero.

Y me llama Tu paz como un abismo

mientras cruzo las sombras, guerrillero

del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo «.

(En Exodo. Pedro Casaldáliga)

Si estamos atentos a la llamada de Jesús veremos como más allá de las inclemencias, sombras y dudas que experimentamos, se nos hace cercano el murmullo de su palabra y nos da la mano, a pesar de nuestra poca fe para acercarnos a Él que nos viene al encuentro y podamos decir como aquellos discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14,33).

Que esta Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y también podamos decir como el apóstol y tantos otros seguidores de Jesús: «sé bien en quién he creído» (2 Tm 1,12).

Anton GordilloDomingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)
Fiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Fiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 agosto 2020)

2 Pedro 1:16-19 – Mateo 17:1-9

 

Jesús deja ver a los discípulos que lo acompañarán en su anonadamiento en Getsemaní, su filiación divina en el estallido glorioso de la transfiguración. De esta manera, hermanos y hermanas, los discípulos, en la cima de aquella montaña alta, experimentan una anticipación de la bienaventuranza futura. Sienten tal plenitud que quieren alargar ese momento de felicidad: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas, dice Pedro expresando el sentimiento de los otros dos.

Y, ¡qué cristiano no querría estar con Jesús, y alargar el encuentro contemplando su rostro resplandeciente, que es transparencia de su divinidad! Pero esto no les es dado, a los discípulos que lo acompañan. Aquella experiencia duró poco: cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo, con el rostro al que estaban acostumbrados a ver, a veces sudoroso, a veces agobiado por el cansancio, y con los vestidos empolvados de cada día. Alargar aquellos momentos no se dado a los tres discípulos.

La cara brillante como el sol y los vestidos blancos como la luz manifiestan su divinidad y significan que Jesús es plenitud, transparencia y comunicación de la divinidad, amor sin límites, luz de la humanidad, bondad infinita, portador de salvación, de curación, de felicidad. Sabiendo esto, pero sin ver nada más que la realidad que los rodea y encaminándose hacia la pasión inminente, los discípulos tendrán que aprender a escuchar la voz de Jesús sin ver su gloria, pero creyendo en su condición divina y esperando con fe vacilante el poder participar. Es lo que tenemos que hacer, también, nosotros. Escuchar su palabra, tal como dice la voz del Padre, y recorrer un camino espiritual que, a pesar de las dificultades que podamos encontrar, por la fe nos una a Jesucristo, el Hijo amado del Padre y el objeto de sus complacencias. Así nuestra vida podrá ir convirtiéndose en transparencia del Evangelio. Y al término de este camino, lo podremos contemplar glorioso y podremos recibir el don de participar de su vida divina.

Los monjes y las monjas, tanto del oriente como del occidente cristiano, tenemos una veneración espiritual por esta fiesta de la Transfiguración en la que se nos propone contemplar en la fe la gloria de Jesucristo, de poder estar con él intensamente escuchando, acogiendo y haciendo vida su Palabra, y así ir dejando que la vida divina vaya penetrando nuestro interior. Por este motivo, hemos escogido esta fiesta para la primera profesión del G. Frederic. San Benito mismo presenta el itinerario de la vida monástica de una manera que nos remite al episodio de la Transfiguración y a la experiencia espiritual que conlleva para los que son discípulos del Señor.

Ya en los inicios de la Regla, San Benito pregunta «¿quién puede […] descansar en tu monte santo?» (RB Prólogo, 23) e invita a abrir «los ojos a la luz deifica» y a escuchar «atónitos […] la voz de Dios» (RB Prólogo, 9). Cuando San Benito habla de la «montaña santa» se refiere al lugar del encuentro con Dios que comienza en esta vida en la Iglesia, y para los monjes también en la comunidad monástica, pero que termina en el cielo, el lugar definitivo del reposo, de la felicidad y de la plenitud existencial; el lugar de la comunión plena con Dios y de la contemplación del rostro glorioso de Jesucristo. Para poder llegar allí, san Benito, enseña un proceso de transformación espiritual -de «transfiguración», podemos decir-, consistente en dejarse iluminar por la luz que viene de Jesucristo ya escuchar su voz para acoger su palabra en lo más íntimo de uno mismo y dejar que vaya arraigando para irla poniendo en práctica y ser testigo ante los demás, más con la vida que con la palabra.

Por eso, san Benito pone la persona de Jesucristo resucitado, glorioso, en el centro de la vida del monje y el centro de la vida de la comunidad, para que quede bien claro cuál es el objetivo de la vida monástica y más en general de la vida cristiana: ser transformado según la imagen de Jesucristo y llegar a participar de su gloria, después de haber participado, también, de sussufrimientos en la vida de cada día (cf. RB Prólogo, 50). Jesucristo es el Señor y el compañero de ruta, es el testimonio íntimo de la propia existencia y el vínculo de la comunión fraterna entre los hermanos; él es la causa de la alegría espiritual que experimenta el monje mientras se va trabajando para reproducir en él la imagen de Jesucristo; él, el Cristo, es el término hacia el cual se encamina la vida del monje cuando nos reunirá a todos en la vida eterna (cf. RB 72, 12). Abriendo, pues, los ojos de la fe a la luz que nos ofrece Jesucristo y acogiendo y poniendo en práctica su palabra podremos encontrar el reposo, la paz y la alegría y llegar al término feliz de nuestra vida participando de la gloria de Jesucristo. Este proceso no es sólo propio de los monjes, todos los bautizados están llamados a seguirlo. Este es el camino que hoy el H. Frederic Fosalba se compromete a recorrer en el seno de nuestra comunidad, compartiendo la ruta con los hermanos, dejándose iluminar por el Evangelio. Después de una buena experiencia de trabajo, de actividades solidarias para ayudar a los demás, de servicio a la parroquia, hace tres años comenzó la iniciación monástica en nuestro monasterio, en un proceso de discernimiento mediante el cual escuchar la voz del Señor, de la guía espiritual y de convivir con los hermanos. Hoy, terminada la segunda parte de la iniciación monástica y aceptado por la comunidad, toma en la Iglesia el compromiso de vivir como monje en espera del momento de hacer la profesión definitiva. Ahora le acompañamos con nuestra oración y lo ponemos bajo la protección de la Virgen para que sea siempre fiel escuchando la Palabra de Jesucristo y ponerla en práctica en bien de los hermanos de comunidad y de todos los que se acercan a Montserrat.

Anton GordilloFiesta de la Transfiguración del Señor. Profesión Temporal del G. Frederic Fosalba (6 agosto 2020)
Domingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Domingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje y Rector del Santuario de Montserrat (2 de agosto de 2020)

Isaías 55:1-3 – Romanos 8:35.37-39 – Mateo 15:1-2.10-14

 

Cuando Jesús hablaba del Reino del cielo no se refería a palacios y a castillos, a grandes paradas militares o ruas espléndidas, ni siquiera a manifestaciones multitudinarias de la fe. Hablaba de algo que pasa dentro del corazón humano cuando este hace del evangelio su tesoro más preciado y se da cuenta de que este tesoro vale más que todo.

La multitud que escuchaba Jesús, esto, se lo creyó y acogieron por unos momentos la palabra de Dios que se les dirigía como un verdadero tesoro que valía más que todo, tanto, que, escuchando al Señor, se les hizo oscuro y no habían pensado ni en la comida. Sólo los discípulos se habían provisto de algunos panes y peces. Quizás querían comer tranquilos comentando la jornada y compartiendo impresiones con Jesús, pero el caso es que se encontraron desbordados. La gente no se iba, se hacía tarde y los discípulos querían comer. ¡Jesús ya había curado suficientemente enfermos, que querían más! Pero el Señor, viendo la situación que se daba encontró la ocasión perfecta para hacer visible este Reino del cielo que Él predicaba. Así, junto con la salvación expresada en las curaciones, el compartir el pan anunciaría la redención, porque la misión de Jesús no era sólo de liberar al hombre de la esclavitud del pecado sino la de devolverlo a su semejanza original de comunión con Dios y con los hermanos, y lo anticipó con el signo de compartir la abundancia de lo poco que tenían, de compartirlo dando gracias a Dios y bendiciéndolo.

Y esto es el reino de Dios: dar gracias a Dios, bendecir su nombre y compartir el pan que recibimos de su generosidad y que es fruto de la tierra y del trabajo del hombre tal como decimos en el ofertorio. ¿Os imagináis a Jesús alzando los ojos al cielo como llevando la humanidad hacia el Padre, uniéndola toda en una oración de acción de gracias y de bendición? ¿Os imagináis la alegría que puede suponer para una familia que valora el Evangelio como el tesoro más grande, dar gracias y bendecir a Dios en torno a la mesa, compartiendo la humanidad y la vida que genera una comida de fiesta? Bendecir la mesa es más que una costumbre de los abuelos, es una forma de vivir el sacerdocio común de los fieles que ofrece a Dios una oblación espiritual y da gracias por el don de la vida y crea fraternidad. Es una manera de entender y comunicar la vida similar a la de Jesús, una manera de hacer presente el Reino de los cielos que pedimos cada día en el Padre nuestro. No se necesita gran cosa, basta una conciencia gozosa de la presencia de Dios en lo cotidiano de nuestra vida, la conciencia de saber que el pan que da vida no es el que se come sino el que se comparte.

El peligro de nuestro ritmo de vida es el de vivir una tragedia similar a la tragedia del rey Midas que, en su afán de poder llegó a convertir todo lo que tocaba en oro, incluso la comida, y naturalmente acabó muerto de hambre. Nosotros tenemos el peligro de gastar nuestra vida en lo que deslumbra nuestros ojos, pero no ilumina nuestro espíritu, perdernos por lo que satisface nuestros cinco sentidos, pero no el sentido de la vida. Aquí resuenan aquellas palabras del profeta: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?

El mundo puede que no espere grandes milagros, pero necesita signos como los de Jesús, signos desde el compromiso en el día a día, signos de empatía y de compasión que, sin palabras, hablan de ese Dios que en Jesús continúa mostrando su amor hacia los hombres y mujeres de hoy. El lenguaje de la compasión no es ideología, es evangelio compartido. Ante la injusticia, el sufrimiento y la muerte no necesitamos palabras sino compromiso, cercanía y cariño como signos que ponen en valor la dignidad responsable de la persona e iluminan el sentido trascendente de la vida.

¿Os imagináis a Jesús, en medio de la multitud, medio devota medio escéptica, no importa, pero en medio de ella, compartiendo sus sufrimientos, curando sus heridas, partiendo el pan,

dando gracias y bendiciendo a Dios, alzando los ojos al cielo como haciéndola participar de este Reino que Él trae consigo? Esto es lo que hace en cada eucaristía. Como no celebrarlo, y agradecerlo, pero, sobre todo: ¡vivirlo y compartirlo!

Anton GordilloDomingo de la XVIII semana de durante el año (2 agosto 2020)
Domingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)

Domingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (26 de julio 2020)

1 Reyes 3:5.7-12 – Romanos 8:28-30 – Mateo 13:44-52

 

Hoy, en la primera lectura, hemos visto como a Salomón, que lo tenía todo, juventud, poder, cultura y riqueza, Dios le ha pedido qué deseaba, y él respondió: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal». Si nos fijamos bien, en el evangelio, Jesús ha dicho que el reino de Dios viene a ser como un tesoro o como una perla fina, es decir, algo que es tan valioso que lo da todo a cambio. Así pues, ¿qué es el reino de los cielos? Quizás podemos decir que es la forma que tiene Dios de invitarnos a vivir a su manera, siguiendo su estilo de vida. De acuerdo con Salomón podríamos decir que el reino de los cielos es ser justos, a la manera de Dios, o bien como el salmo que hemos cantado, el Reino es vivir con el amor de Dios que conforta, y con la capacidad de discernir el bien del mal.

¿Y quién es capaz de vivir a la manera de Dios? De hecho, el evangelista nos ha informado de que Jesús, al inicio de su predicación, se compadeció de la multitud que lo seguía porque eran como ovejas sin pastor. Como muchos recordamos, comenzó a proclamar una manera nueva de ver y vivir la vida: lo primero que hizo fue anunciar que aquellos que nadie valoraba, estos son precisamente los que Dios valora: bienaventurados los pobres, los humildes, los que desean que haya justicia, los que sufren … hoy quizás diríamos los perdedores; pero para entender a fondo este anuncio, pide a los discípulos que empiecen un camino en el que será importante conocer el propio interior, y darse cuenta de que hay que hacer una transformación, en la que no es solamente importante conocerse, y aceptar las propias limitaciones, sino que hay que poner en práctica lo que se ha visto que Jesús hace, que es poner la atención en los demás. Y los otros son como tú, con sus limitaciones. Y nos invita a fijarnos bien. Ellos son imagen de Dios y tienes que saberlo ver en el pobre, en el humilde, en el que pasa hambre y sed, en el encarcelado… Todos ellos son imagen de Dios. Y en este proceso de acercamiento a los demás, tú, para ellos, eres imagen de Dios. Así nos lo ha recordado San Pablo cuando hemos oído: «los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo». Quizás no se trata tanto de vivirlo como una responsabilidad, sino como un don, un regalo, un tesoro. El mejor. Y con María también podemos decir: ¿quién soy yo? Si me miro a mí mismo constato mi debilidad. María lo entendió y se hizo discípulo de su Hijo, es decir, lo escuchó; por eso decimos que María es la primera creyente. Cabe preguntarse si vale la pena vivir así. Porque nos damos cuenta de que el camino de Jesús no es llano. Y sin embargo hoy nos ha dicho que vivir con Dios y para Dios, en su Reino, vale tanto la pena que es necesario que se convierta en lo más importante, lo prioritario. Porque el campo que compras es donde está el tesoro, este campo eres tú y yo, y nosotros, en él se sembrará, como veíamos el pasado domingo la mejor semilla de trigo, pero también aparecerá la cizaña. Cabe preguntarse, sin embargo, ¿deseo comprar este campo?

La parábola aún nos ha dicho que «contento del hallazgo, se va a vender todo lo que tiene…». Y nos podemos volver a preguntar, y ¿por qué contento? Porque el verdadera hallazgo es el amor. Este es el valor supremo, porque como nos ha dicho San Pablo: «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Efectivamente, el Reino de los cielos es el encuentro del Amor y por el Amor. Amar, y dejarse querer. El campo es la propia vida que tiene que crecer, pero antes hay que sepa acoger la buena semilla de la Palabra y del Amor. Y si tiene sentido la existencia del campo, la existencia de la vida, es porque el campo, empapado de amor, dará el fruto para que otros puedan alimentarse de esta experiencia tan extraordinaria. ¿Y la compartiremos, verdad, esta experiencia?

Dejémonos coger por Dios, y hagamos nuestra la oración de Salomón: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».

 

Anton GordilloDomingo de la XVII semana de durante el año (26 julio 2020)