Domingo I de Cuaresma (21 de febrero de 2021)

Domingo I de Cuaresma (21 de febrero de 2021)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Prior de Montserrat (21 de febrero de 2021)

Gènesi 9:8-15 / 1 Pere 3:18-22 / Marc 1:12-15

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de la misa suelen seguir una línea creciente que comienza con el Antiguo Testamento, continúa con un salmo, hace como un rellano con una lectura del Nuevo Testamento y culmina con el Evangelio. Hoy, sin embargo, la cumbre creo que se encuentra más bien en la segunda lectura, la del NT, que hoy es de la 1ª carta de San Pedro, por lo que el conjunto forma como una V invertida. Me explico.

Empezamos con un fragmento del libro del Génesis que hace referencia al diluvio y a la alianza que Dios hizo con Noé y con sus hijos. Los términos de esta alianza son claros. Dice Dios: el diluvio no volverá a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra… Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Dios confirma, con estas palabras su compromiso de salvación con la humanidad. Pero la experiencia de muchas personas alrededor del mundo, entre otras cosas por causa de la pandemia que estamos viviendo, pero no sólo por eso, ¿no parece desmentir esta alianza de Dios? Comencemos la subida; no vemos la cima y el camino más bien se hace cuesta arriba. Nos acompaña el salmista que nos anima a hablar con Dios a corazón abierto, directamente, sin falsos respetos. El fragmento del salmo 24, que hemos cantado responsorialmente, comenzaba diciendo: Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad. Nos saldría espontáneo añadir algún versículo de cosecha propia, como por ejemplo: «y es que, Señor, a veces tus caminos cuestan mucho de entender. ¿No habías dicho que la vida no sería nunca más exterminada por el agua del diluvio? ¿Y las inundaciones que hay, periódicamente, en varios lugar del planeta? ¿Y esta epidemia que nos lleva de cabeza, que nos ha hecho modificar tantas costumbres, que ha paralizado muchas actividades, que ha provocado la muerte de tanta gente y una enfermedad dolorosa en muchos otros? Las palabras del salmista nos ayudan en el camino: Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Como si dijéramos: no nos abandones, Señor, no nos dejes desamparados en este momento crítico. Y de repente aparece la cima con la segunda lectura, que está tomada de la 1ª carta de san Pedro. El autor anuncia, brevemente, que Cristo murió y resucitó (por el Espíritu, fue devuelto a la vida). Dice a continuación que los que creen en Cristo participan también de su muerte y de su resurrección. En este mundo participan por el sacramento del bautismo y cuando llegue el fin de los tiempos participarán plenamente en la vida del resucitado. También explica que el agua del diluvio prefiguraba el bautismo. Es como si Dios nos quisiera decir: mirad, yo soy fiel a mi alianza. Pero el signo del arco en las nubes, la alianza de la AT, aunque era un signo imperfecto. Viendo el sufrimiento de la humanidad, me compadecí y para consolaros y curaros definitivamente del pecado y de la muerte, envié mi Hijo Jesucristo que fue clavado en la cruz, murió y fue sepultado, resucitó al tercer día y ahora está sentado a mi derecha. Y con su resurrección voy daros, también, el Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

La liturgia de la Palabra ha acabado con la proclamación del evangelio, que hoy ha sido breve porque san Marcos escribía con un estilo más bien sobrio y conciso. Es como la bajada desde la cima, que no se hace de golpe sino planeando suavemente. Vemos a Jesús empujado al desierto por el Espíritu, tentado por Satanás y asistido por los ángeles. Después el evangelista decía que Jesús se marchó a Galilea predicando una Buena Nueva, una buena noticia: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.

Hermanos y hermanas: en el desierto donde a muchas personas les toca vivir por fuerza en este momento, Dios no nos deja solos. Jesucristo está con nosotros, lucha con nosotros y por nosotros, sufre con los que sufren, llora con los que lloran, busca con los que buscan, y los ángeles que le servían a Él también nos apoyan. Tengamos confianza en el Señor, que es bueno y es recto… que encamina a los humildes con rectitud y les enseña su camino.

Hagamos el camino de la Cuaresma y el camino de toda nuestra vida, junto con Jesús. Él nos sostiene en los momentos de prueba, Él nos alimenta con el pan de la eucaristía que es su Cuerpo, Él nos entrega su Espíritu Santo para darnos fuerza y ​​vigor. Y esperamos con una alegría llena de anhelo espiritual, la Santa Pascua (RB 49,7). ¡Amén!

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (21 de febrero de 2021)
Miércoles de ceniza (17 de febrero de 2021)

Miércoles de ceniza (17 de febrero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (17 de febrero 2021)

Joel 2:12+18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Queridos hermanos y hermanas:

Como los sacerdotes de los que hablaba la primera lectura, también nosotros lloramos con las lágrimas del corazón. Como toda la asamblea del pueblo que los acompañaba, tenemos sentimientos de dolor en este Miércoles de Ceniza. Con la pandemia, un gran desastre aflige todavía la humanidad. Nos rasgamos el corazón por tanto sufrimiento en los que ya nos han dejado, algunas veces rodeados de una soledad total, o en los que todavía están en la lucha entre la vida y la muerte. Nos rasgamos el corazón también por el dolor de tantos que lloran a sus difuntos, por la angustia de tanto personal sanitario que, además del peligro que ha vivido de verse contagiados, siente la impotencia ante la magnitud del drama. Nos rasgamos el corazón, aunque, solidarios de los que en esta crisis han perdido lo necesario para vivir con dignidad, o se han visto expulsados hacia la pobreza. Nos rasgamos el corazón por la gran incertidumbre ante el futuro.

Lloramos con las lágrimas del corazón por el pecado colectivo, pero con responsabilidades que nos afectan, frente a tantas situaciones, de negligencia ante los migrantes en nuestro Mediterráneo y en tantas partes del mundo, entre ellos muchos niños y adolescentes; lloramos arrepentidos por las suspicacias que de entrada tenemos delante de ellos, por el tráfico de personas, por la marginación y los descartados de la sociedad. Lloramos con las lágrimas del corazón por tanta indiferencia ante la conculcación de los derechos humanos. Lloramos y nos ponemos de luto por tanto daño como hay en el mundo y del que de alguna manera somos solidarios. Lloramos y nos ponemos de duelo también por nuestro pecado personal, por nuestra incapacidad de amar como caso a los discípulos del Evangelio, por la negligencia en el seguimiento de Jesucristo, por el egoísmo, por todo lo que hay en nosotros contrario al amor de Dios.

La pandemia, además, nos ha hecho palpar con realismo que somos polvo y al polvo hemos de volver (cf. ritual de la imposición de la ceniza; cf. también Gn 3, 19). Lo hemos experimentado en personas cercanas; con las que, en muy pocos días hemos pasado de hablar con ellas a tener las cenizas en las manos. Hemos tomado aún más conciencia de que somos débiles, vulnerables, mortales.

Junto a esto, oímos la llamada que Dios, a través del apóstol Pablo, nos hace en este día al decirnos que ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Y, por tanto, la llamada a convertirnos y creer en el Evangelio (cf. ritual de la imposición de la ceniza; cf. Mc 1, 15). Y así reconciliarnos con Dios acogiendo la gracia del perdón que se nos ofrece. Porque, como decía aún la primera lectura, él es benigno y entrañable, lento a la cólera y rico en amor. Por eso brota de nuestro interior la oración: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. No me arrojes lejos de tu rostro. Renuévame por dentro con espíritu firme.

Durante la pandemia, de modo similar a cómo los pueblos paganos cuestionaban al pueblo de Israel, hemos oído la pregunta: ¿dónde está tu Dios? Y tal vez, ante la turbación, también nos lo hemos preguntado nosotros, sin preguntarnos si no éramos los seres humanos quienes tenían una parte de responsabilidad en la pandemia debido al cambio climático y la falta de responsabilidad en no tomar todas las medidas necesarias. Debemos dolernos de nuestra poca fe, de la desconfianza en la acción salvadora de Dios, cuando él está aquí en los que sufren y en quienes los cuidan; él está aquí luchando contra el mal, él está aquí acogiendo los que mueren.

Debilidad, pecado, condición mortal, fe en el perdón y en la salvación que nos promete el Evangelio y nos otorga Jesucristo. Todo esto lo queremos expresar con el gesto de acercarnos a recibir la ceniza sobre nuestra cabeza. Somos polvo como la ceniza y al polvo hemos de volver, pero creemos que nuestro destino final no es quedarnos en el polvo, sino resucitar a una vida nueva y vivir para siempre con el Señor.

Aceptamos la llamada que hoy nos hace la Palabra de Dios a volver de todo corazón al Evangelio, que es volver a Jesucristo. Que no nos puedan decir: ¿dónde está su Dios? debido a nuestra vida poco coherente con la fe. Jesús, el texto evangélico que hemos escuchado, nos indicaba tres acciones fundamentales como signo de nuestro retorno a Dios: el ayuno, la limosna y la oración, las tres vividas con sinceridad de corazón y sin ningún tipo de ostentación.

El ayuno que incluye, además de privarse de algo de comer y de beber, la sobriedad de vida, la contención ante lo que nos atrae desordenadamente, la moderación en el uso de la palabra, los medios de comunicación, de las redes sociales. El ayuno nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre (cf. Mt 4,4) y nos hace descubrir la importancia de entrar en nuestro mundo interior para hacer silencio, para poner paz, para acoger la Palabra de Dios.

La limosna que significa ayudar y servir a los demás, particularmente los que experimentan necesidades materiales, los que se encuentran en la soledad, en la marginación. La limosna a la que nos invita Jesús supone, también, colaborar con voluntariados o aportar recursos económicos o en especie a Cáritas, a los bancos de alimentos, etc. Manos unidas nos recordaba recientemente que la pobreza y el hambre son pandemias para las que no hay vacunas, sólo se pueden vencer con solidaridad y compromiso. También es limosna espiritual atender a las personas que están solas, escuchándolas, confortándolas.

El tercer signo que expresa nuestro deseo de conversión, tal como decía Jesús en el evangelio, es la oración. Dedicar tiempo a Dios, a alabarle, darle gracias, a hacer silencio para escucharlo y acoger en el corazón su Palabra; dedicarle tiempo para vivir una relación filial con el Padre, para vivir la amistad con Jesucristo, para dejarnos llevar por el Espíritu. La oración incluye también la intercesión a favor de los otros, a favor de todos los dramas del mundo. Y, además, una oración humilde que, en la compunción por nuestra falta de correspondencia al amor de Dios, pide ser curados espiritualmente y de vivir con alegría nuestra condición de hijos e hijas de Dios.

Dios es fiel. Y está dispuesto a perdonarnos y ayudarnos a creer y vivir el Evangelio. La prueba la tenemos en el don de la Eucaristía que nos ha dejado y que ahora celebramos.

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (17 de febrero de 2021)
Domingo VI del tiempo ordinario (14 de febrero de 2021)

Domingo VI del tiempo ordinario (14 de febrero de 2021)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (14 de febrero de 2021)

Levítico 13:1-2.45-46 / 1 Corintios 10:31-11:1 / Marcos 1:40-45

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy encontramos a Jesús en su tierra de Galilea, predicando en las sinagogas, curando enfermos y haciendo el bien. Estas verdes regiones del norte del país, territorios muy fértiles, eran y son la región más productiva de toda la zona. Su forma de vida, social y religiosa, era muy pacífica, tranquila y tolerante; menos rigurosa, a diferencia de sus hermanos del sur, Judea y Jerusalén. Todo ello comportaba una idiosincrasia en su forma de vida y de trabajo; incluso, con una pronunciación, un acento dialectal, diferente del resto de Israel (Mateo 26, 73).

En este ambiente, nos encontramos hoy que un leproso sin nombre, de Galilea, un ser impuro, con vestidos rasgados, despeinado y tapado hasta la boca, se acerca a Jesús. No le acompaña nadie, vive en la total soledad. Lleva en su piel la marca clara de su exclusión. Es una persona rechazada totalmente por la Ley, marginada, que se aferra a la única posibilidad que le queda. El leproso sin nombre, transgrediendo la Ley, rompiendo todas las normas, se acerca a Jesús, se siente sucio, no le habla de su enfermedad y, en un hecho inaudito, no por sumisión sino por total confianza, se arrodilla y proclama su súplica, con toda humildad: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad. Aquel hombre representa la soledad humana y la desesperación de tantos estigmatizados de hoy en día por la pandemia que vivimos y sufrimos. Jesús se compadece, no lo excluye, sino que lo integra; no lo condena, sino que se solidariza con él. La estima y el amor de Dios por todas las personas no conoce ninguna marginación. Todos somos Presencia y Santuario del Cuerpo de Cristo. Templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros, como dice el apóstol San Pablo. (1C 3,16 y 6,19). Hoy, más que nunca, hay un despertar de la conciencia de nuestra dignidad humana, desde el primer momento de vida, hasta el último suspiro.

Jesucristo es Señor de vida y ama profundamente. Él es muy sensible al sufrimiento, pero… también era provocador rompiendo las normas, con su costumbre insólita de comer y hablar con «publicanos, pecadores, prostitutas, publicanos, escribas, gente indeseable y, sobre todo, romper el reposo sagrado del sábado”.

Jesús, transgrediendo la Ley y rompiendo todas las normas, extendió su mano buscando el contacto de la piel lacerada del leproso sin nombre, lo «tocó» y le dijo: «Sí lo quiero: queda limpio». Al instante, la lepra desapareció y quedó limpio. Jesús es vida, y en Él revive el leproso. Jesús da la mano a San Pedro en la Barca, Mt.14,31. Da la mano a la hija de Jairo, Mc.5,41. Da la mano a la suegra de Pedro, Mc. 1,31. Jesús tocó al hijo único de la viuda de Naín, que estaba muerto y lo devolvió a la vida. Lc 7,14. ¡Jesús es la Resurrección! La curación de los leprosos es uno de los signos con que Jesús remite a los dos discípulos de san Juan Bautista cuando le interrogan si es Él el Mesías (Lc 7, 18-28).

Según la antigua tradición, sobre la pureza ritual, del libro del Levítico, el contacto físico, con leprosos, enfermos, muertos, convertía automáticamente el otro en una persona impura, que no podía participar del culto y que había que separar del resto del pueblo escogido. Jesús es la pureza total que de ninguna manera el mal puede vencer. Él es la nueva Ley que nos manda amarnos los unos a los otros siguiendo su ejemplo de vida. La principal preocupación no debe ser la normativa ritual, sino la limpieza interior del corazón, hacer el bien. El corazón de Jesús es el Bien Supremo y el Amor Infinito.

Pero, el joven leproso sin nombre, Galileo, marginado y transgresor, es desobediente e indolente a la prescripción del Señor de presentarse al Temple y de mantener un silencio discreto de los hechos. Él es ahora un nuevo misionero de la Buena Nueva de Jesús de Nazaret. Camina y predica por toda la Galilea. Su alegría, su purificación no puede ser guardada, no puede ser recluida en la intimidad de una sola persona, hay que divulgarla por todas partes y a todos.

Hermanos y hermanas, desde nuestro eurocentrismo, discriminamos de forma consciente o inconsciente: Siempre que excluimos de la convivencia social, negando nuestra acogida; siempre que no compartimos con los países del Tercer Mundo la vacuna, la vacuna del Covid 19, nos estamos alejando gravemente del Mensaje de Jesús de Nazaret.

Hoy, domingo, estamos todos invitados a votar a los representantes de nuestro Parlamento. Es un deber cívico, que el Concilio Vaticano II exhortó vivamente a todos los cristianos de cara a la participación activa en la sociedad. Es un día difícil, todos lo sabemos, pero con las medidas adecuadas, y con mucha paciencia, tenemos nuevamente una oportunidad para expresar nuestro voto democrático

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (14 de febrero de 2021)
Domingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)

Domingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (7 de febrero de 2021)

Job 7:1-4.6-7 / 1 Corintios 9:16-19.22-23 / Marcos 1:29-39

 

Queridos hermanos y hermanas,

Qué consuelo y qué ánimo tan grandes nos da el texto evangélico que acaba de ser proclamado. En forma resumida, sintética, San Marcos nos quiere ofrecer una jornada estándar de Jesús. Las partes de la narración nos ofrecen como un tríptico que resume la vida pública del Señor en sus rasgos principales.

Empecemos por el cuadro central; ya contemplaremos después los dos postigos. Jesucristo nos es presentado como sanador. Ordinariamente le damos los títulos, muy adecuados, de Salvador, Redentor, Maestro y otras de mayor profundidad doctrinal como los de Señor e Hijo de Dios. Pero los evangelios también nos presentan a Jesús a menudo curando enfermos, con episodios concretos y con nombres de pacientes determinados. Y generalmente comentando el porqué de su acción, siempre en la línea de hacer la voluntad del Padre, de promover la fe de quienes lo escuchan y aportar remedio a las personas. El texto de hoy, con un énfasis en los enfermos agobiados por el espíritu del Mal, no nos da ningún nombre concreto de pacientes ni ninguna explicación especial. Sólo constata el hecho del restablecimiento de la salud corporal y espiritual. Pero sí subraya la cantidad: «todos los enfermos», «muchos enfermos», «diversas enfermedades». Con carácter de resumen, pues, nos quiere hacer ver esta dimensión de su predicación del Evangelio. Quizás alguien pueda pensar: ¿qué valor tiene este acento en la cantidad, si Jesús no curó a todos los enfermos de su tiempo ni de su entorno. Y más aún, pensando nosotros que pronto hará un año que sufrimos la pandemia, nos sale una oración íntima: «¿Por qué, Señor, permites que nuestra generación sufra tanto durante más de un año? Aquella persona y aquella otra que conocemos que han sido hospitalizadas y quizás aún sufren los efectos de la pandemia. Aquellas desapariciones sin despedida familiar, aquellas oraciones comunitarias por los difuntos que aún no hemos podido hacer. Aquellos que sufren pérdidas económicas o laborales». Tantos interrogantes que nos quedan, y a pesar de tantas muestras de generosidad que hemos visto, no llegan a poder secar muchas lágrimas.

Continuemos orando: «Señor, no tenemos respuestas a las preguntas que nos golpean, pero ahora nos muestras en el primer postigo de este tríptico tu profundo sentimiento. Dice el Evangelio: «Él le dio la mano, y la levantó y la fiebre le desapareció». Señor, danos la mano y te serviremos con alegría. Haremos que todo el resto de la vida sea como la de Pedro. Con nuestros dudas y nuestras flaquezas, y quién sabe si con traiciones y todo. Pero ante tu presencia de Resucitado te diremos ahora y al término de nuestra vida, como el apóstol: Señor, tú sabes que te quiero.

»Para poderlo decir, necesitamos que nos comuniques, el otro postigo del evangelio de hoy: tu intimidad con el Padre, que también es nuestro Padre. Mucha gente y muchas cosas nos estarán buscando. Pero en la soledad de nuestro corazón estará viva la oración. Y en la hermandad en torno a la Palabra y a tu sacramento, tú que has hecho el pan y el vino para que fueran nuestro alimento cotidiano, nos harás un sacramento de vida eterna (cf. Oración sobre las ofrendas). Mientras da a todos la salud y la paz de espíritu para poder hacer conocer tu Evangelio y curar a todo aquel que se nos aproxima esperando que le demos la mano sanadora, tal como hiciste en otro tiempo». Amén.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)
Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)

Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (3 de febrero 2021)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-19

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la salvación ha entrado en esta casa, decía Jesús a Zaqueo en el evangelio que acabamos de escuchar. La liturgia aplica esta afirmación a nuestra basílica. Hoy celebramos los 429 años de su dedicación. Es decir, del día que por la oración de la Iglesia que acompañaba la unción con crisma del altar y de las paredes -para significar que el Espíritu Santo los santificaba- y por la celebración de la eucaristía, el Señor entró en esta casa. Entraba para hacerla suya. Para acoger la alabanza y la oración de los monjes, de los escolanes y de los peregrinos. Para otorgarles la salvación por medio de la proclamación de su palabra y de la celebración de sus sacramentos.

El Señor quiso llenar de santidad esta casa (cf. oración sobre las ofrendas) para que los que nos reunimos podamos alcanzar la plenitud de la curación y de la salvación (cf. oración colecta). Mientras peregrinamos hacia esta plenitud, el Señor se va construyendo aquí un templo espiritual que somos nosotros, individualmente y como Iglesia (cf. prefacio).

Hoy la salvación ha entrado en esta casa. Este hoy no vale sólo para aquel 2 de febrero de hace 429 años, cuando la basílica fue dedicada. Es un hoy que perdura. El evangelista san Lucas subraya a menudo a lo largo de su Evangelio la palabra hoy para indicar la actualidad perenne de la salvación que trae Jesucristo. Cada día, por parte de Dios, es un hoy de salvación. Desde el día de la dedicación, cada día el Señor busca en este lugar a quienes acudimos y trae la salvación, como hizo en casa de Zaqueo. Y las celebraciones que se hacen en esta casa de oración van transformando interiormente a los que participamos, haciéndonos posible el encuentro y el diálogo amistoso con Jesucristo que nos identifica con él y nos adentra en la filiación divina. El Señor sigue irrumpiendo en nuestra historia y actualiza la salvación otorgada en Jesucristo una vez para siempre. De este modo, nos edificante individualmente como un templo espiritual para que todos juntos, reunidos en la Iglesia, formemos un templo de piedras vivas (1C 3, 16-17; Ef 21, 22).

Todo esto es posible gracias a la acción del Espíritu Santo. Él nos recuerda y nos testimonia la obra de Jesucristo, la hace presente y la actualiza para nuestra salvación. Y con su poder transformador la hace fructificar en nuestro interior de creyentes (cf. Jn 16, 12-13). Evidentemente, sin embargo, la eficacia de estos dones de Dios otorgados mediante la gracia del Espíritu Santo, está condicionada a la apertura de corazón y la adhesión personal de cada uno. Dios no nos fuerza, respeta la libertad de las personas. Pero espera que nuestra mirada se cruce con la suya, como la de Zaqueo subido en alto de un árbol se cruzó con la de Jesús que levantó los ojos al llegar a ese lugar. Es necesario, pues, que tengamos una actitud acogedora, disponible para la conversión como la de Zaqueo, y que como él estemos agradecidos por la presencia del Señor y por los dones que nos otorga por la acción del Espíritu Santo.

En esta basílica, encontramos un elemento simbólico que nos recuerda esta acción del Espíritu Santo. Es la corona con el dosel situados sobre el altar. Son memoria de aquella sombra del poder del Altísimo por medio de la cual el Espíritu Santo bajó sobre María y la hizo fecunda para engendrar al Hijo de Dios (cf. Lc 1, 15). La corona con el dosel sobre el altar son un símbolo de la epíclesis que hace la Iglesia en sus celebraciones para que el Espíritu intervenga y haga comprensible la Palabra, intervenga y haga eficaces los sacramentos que por voluntad del Padre nos llevan a la salvación y nos configuran con Jesucristo (cf. C. Valenziano, architetto di Chiese. Bologna, 2005, p.265-266). Corona y dosel son, además, un símbolo de la acción del Espíritu que hace que la alabanza de la Liturgia de las Horas y todo el culto individual o comunitario que aquí se ofrece en esta basílica sea digno (cf. oración colecta), sea un culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23).

En la oración eucarística que iniciaremos con el prefacio, hay dos invocaciones del Espíritu Santo o epíclesis. La primera sobre las ofrendas del pan y del vino «para que se conviertan en el cuerpo y en la sangre» de Jesucristo. Y la segunda sobre nuestra asamblea «para que seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu», es decir, que todos juntos formamos el cuerpo espiritual o místico de Cristo- y para que cada uno de nosotros se convierta «una ofrenda eterna» para obtener «la herencia» de la vida para siempre (cf. plegaria eucarística III). Después, en la comunión Jesucristo resucitado entrará dentro de nosotros, de modo similar a como entró en casa de Zaqueo. Entonces nuestro cuerpo será, de una manera análoga a la corona y al dosel que cubren el altar, tálamo de la presencia divina. Y desde nuestro interior, el Señor nos dará la vida en el Espíritu y nos enviará a ser testigos de su amor sanador y santificador, testigos de su palabra a favor de toda la humanidad. Así podremos cantar alegres y con toda verdad las palabras de San Pablo que la liturgia pone como canto de comunión de este día: «sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros «(1C 3, 16-17).

Como veis, la solemnidad de la dedicación de esta basílica nos lleva a considerar también nuestra dedicación, la que en los sacramentos de la iniciación el Señor hizo de nosotros y que renueva cada día. Por ello podemos bien decir con el evangelio: hoy la salvación ha entrado en esta casa. Hoy. Ahora, en la eucaristía.

Que Santa María, a la que está dedicada esta casa de oración que es nuestra basílica, nos ayude a acoger esta salvación, a hacerla vida, a ponerla al servicio de los demás, sobre todo de los que, desde la angustia y la preocupación causada por la pandemia, levantamos los ojos hacia este santuario y nos piden una oración y una palabra de consuelo, una palabra de esperanza, una palabra de salvación.

 

Abadia de MontserratDedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)
Domingo IV del tiempo ordinario (31 de enero de 2021)

Domingo IV del tiempo ordinario (31 de enero de 2021)

Homilía del P. Damià M Roure, monje de Montserrat (31 enero 2021)

Deuteronomio 18:15-20 / 1 Corintios 7:32-35 / Marcos 1:21-28

 

La primera lectura que hemos escuchado nos hablaba de la relación entre Dios y Moisés. El Señor le decía: «Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande». Y, a continuación, Moisés transmitió a mucha gente, tanto como podía, lo que él había recibido de Dios, y cómo Dios ama a todos. Nosotros, cristianos, admiramos de este patriarca su capacidad de acoger y de comprender lo que Dios quería enseñar y transmitir. Es una voluntad de Dios, que ha llegado hasta nosotros.

En las palabras de Jesús que hemos oído en el Evangelio podemos seguir claramente lo que explicó él mismo a los primeros discípulos para que ellos lo vivieran y lo transmitieran a todos. Una de las principales recomendaciones de Jesús -que ha pasado de generación en generación- es el deseo de Dios que se respete el bien de cada persona y que sea tratada humanamente con un respeto sincero.

En el evangelio que acabamos de escuchar, san Marcos nos hacía ver como Jesús actuaba con autoridad para ayudar a quienes lo necesitaban, concretamente curaba un enfermo, cosa que los discípulos de Jesús siempre han tomado como una actitud de ayuda, porque expresa el deseo de Dios que se consiga el bien de todos. Es por ello que tanto los primeros discípulos de Jesús, como los cristianos de todos los tiempos han abierto el corazón para descubrir, cada vez con más claridad, lo que nos aporta Jesús, y cómo nos hace conscientes de ayudar a los más necesitados y nos ayuda a hacernos saber qué nos ofrece Dios en el concreto de nuestra vida. De esta manera nos ayuda a superar muchas dificultades y crear una buena convivencia.

Por eso podemos decir siempre: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». Estas palabras nos ayudan a crear en nuestro entorno un ambiente de buen trato y de solidaridad, tal como lo desea Jesús, para el bien de la familia, del pueblo, de la ciudad y de todo el mundo, porque el espacio donde vivimos lo formamos entre todos.

Por nuestra parte, nosotros hemos de orientarnos bien porque Jesús, nos ofrece un camino a seguir que nos impulsa a vivir con estimación, con coraje y con esperanza. Es una manera de tratarnos que nos ayuda, tanto en la familia, como en la amistad con los amigos, como con la gente con la que trabajamos, y también en la comunidad eclesial y en la vida religiosa. Si lo miramos bien, es un gozo para todos trabajar para que la gran comunidad que es la iglesia, en medio de cada pueblo y en medio del mundo, sea una gran familia, que incluya también a la gente más necesitada.

Tal como lo deseaba Jesús, toda la actividad de la Iglesia busca el bien integral de cada persona, alentándonos a poner remedio a tantas miserias, y crear, tanto como podamos, un ambiente constructivo para el bien de todos. De esta manera con todas aquellas actitudes que Jesús supo llevar a cabo y enseñar, conviene mantenerlas hoy para mejorar la salud y el bien de cada persona y conseguir así una mejor calidad de vida.

Afortunadamente, la palabra de Jesús nos ha sido conservada en los evangelios y transmitida a lo largo de todas las generaciones que nos han precedido. Gracias a ello tenemos un medio que nos orienta para favorecer el diálogo con todo el mundo y el respeto en medio de las circunstancias que nos presenta la vida. Poco a poco tenemos, así, la posibilidad de descubrir, cada vez más, que de verdad vale la pena ser cristianos de corazón, de espíritu y de hecho.

En el evangelio de hoy, Jesús nos empuja, pues, y nos ayuda a crecer, tanto en la inteligencia como en el corazón. Él lo dice con una expresión muy simple: «el Reino de Dios está cerca». Trabajemos, pues, para crear cada uno esta unidad de fe, de sentido de justicia, de comprensión mutua y de ayuda entre todos. Esto nos dará consistencia y nos ayudará a crecer como personas en el mundo en que vivimos. Pidamos a Dios los dones necesarios para seguir adelante y démosle gracias de todo corazón, ahora que continuamos la celebración de la misa, acogiendo y agradeciendo todo lo que Jesucristo nos ha ofrecido.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (31 de enero de 2021)
Domingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Domingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (24 enero 2021)

Jonás 3:1-5.10 / 1 Corintios 7:29-31 / Marcos 1:14-20

 

Estimados hermanos y hermanas,

En el evangelio que acabamos de proclamar encontramos a Jesús en el inicio de su ministerio en Galilea una vez Juan Bautista había sido encarcelado. San Marcos, sitúa el contenido de la misión con una afirmación rotunda por parte de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio», es decir, la presencia de Jesús conlleva un tiempo nuevo en el que el Reino de Dios ya está muy cerca. Se trata del inicio de un tiempo nuevo que perdura hasta hoy y que hace posible que Dios reine sobre cada uno de nosotros. Es una llamada constante, una vocación constante, para vivir atentos a la voz de Dios dejando entrar en el propio corazón su misterio.

En el mismo texto, el evangelista nos hace ver que la manera más adecuada de concretar la conversión y el creer consiste en seguir a Jesús. Por eso ha vinculado el anuncio de la Buena Noticia con la vocación de los primeros discípulos. Pasando junto al lago de Galilea, Jesús vio a un grupo de pescadores ocupados en su trabajo cotidiano. Hablando desde la lógica no deja de sorprendernos que tanto Simón y Andrés como Santiago y Juan, dejando lo que estaban haciendo, respondan de manera tan radical a la llamada de un desconocido. Pero el evangelista no pretende narrarnos la cronología de unos hechos, ni siquiera de un diálogo sino que intenta reflejar los rasgos esenciales de lo que significa ser discípulo de Jesús, más allá de las circunstancias concretas en que éste se lleve a cabo. Los cuatro pescadores son llamados simplemente a fiarse y ponerse en marcha.

Todos nosotros, con nuestras cualidades, conocimientos, costumbres y forma de vida… somos llamados constantemente por Jesús a quien vemos o intuimos alrededor de los múltiples lagos de Galilea de nuestras vidas. Él está presente de maneras muy diversas y quiere convertir nuestra actividad cotidiana en una nueva manera de hacer: continuar pescando, pero con él. Quiere que lo sigamos y muy a menudo nos pedirá que volvamos mar adentro para calar de nuevo las redes. Esta es nuestra conversión: hacer de nuestra vida cotidiana una buena noticia.

Por lo tanto, convertirse para creer en el Evangelio y responder a la llamada que Jesús nos hace continuamente consiste en volverse hacia donde está la luz. A menudo confundimos la conversión con prácticas ascéticas o morales. Y no es eso solamente. Se trata de hacer el esfuerzo para volvernos hacia la verdadera luz. La conversión encuentra su sentido en Jesús mismo que se define como la Luz del mundo. Por admirable que sea la reacción y la respuesta de aquellos pescadores, el personaje principal de la llamada es Jesús.

En este tiempo de pandemia que estamos viviendo con las consecuencias que conlleva para tantas personas y pueblos, me doy cuenta que las palabras de Jesús: «Ha llegado la hora y el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio «y así como la llamada a seguirlo que hizo a los primeros discípulos, toman un relieve particular. Y lo toman porque la pandemia nos ha cogido desprevenidos como seguramente cogió desprevenidos a Simón, Andrés, Santiago y Juan, la llamada que Jesús les hizo a seguirlo.

También, hoy, en este presente, complejo y lleno de sufrimiento de todo tipo, la voz de Jesús resuena igual que junto al lago de Galilea: ¡seguidme! Siguiéndolo podremosconvertir nuestra manera de mirar a los demás, de mirarnos a nosotros mismos, de mirar Dios. Los primeros discípulos simplemente se levantaron y se fueron con él, sin hacerle ninguna pregunta. ¿No será que hoy también cada uno de nosotros haya de levantarse y simplemente tenerle confianza? Y sabemos por experiencia ajena o propia que cuesta mucho.

Para ilustrar lo que acabo de decir nos puede ayudar el testimonio de Etty Hillesum, la joven judía que murió a los 29 años en la cámara de gas de Auschwitz (30 de noviembre de 1943). En su diario, que había continuado escribiendo incluso en el campo de concentración, escribió: «Estoy dispuesta a todo, me iré a cualquier lugar del mundo, donde Dios me envíe, y estoy dispuesta a testificar, en cada situación hasta la muerte, que la vida es hermosa, que tiene sentido y que no es culpa de Dios, sino nuestra que todo haya llegado hasta este punto» (se refería a la barbarie nazi). Y continuaba escribiendo: «interiormente me siento en paz. Dentro de mí hay una confianza en Dios que al principio casi me daba miedo por la forma como iba creciendo, pero ahora me pertenece. Y ahora a trabajar”.

El sufrimiento y la desdicha la llevaron a orar así: «amo tanto al prójimo porque en cada persona amo un pedazo de ti, oh Dios. Te busco por todas partes en los seres humanos. Intento desenterrarte del corazón de los demás «.

¿No es esto un modelo de conversión que nos puede ayudar y estimular a vivir nuestro compromiso cristiano en este tiempo de pandemia? Que nos ayude Dios mismo.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)
Domingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)

Domingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)

Homilía del P. Antoni Pou, monje de Montserrat (17 enero 2021)

1 Samuel 3:3b-10.19 / 1 Corintios 6:13b-15a.17-20 / Juan 1:35-42

 

Si viéramos el año litúrgico como unos largos ejercicios espirituales ignacianos, nos encontraríamos este domingo en la segunda semana. Después de haber meditado la encarnación de Jesús para salvar la condición humana, su nacimiento en la humildad de un establo, y su epifanía en el Bautismo, hoy los textos bíblicos nos invitan a meditar sobre nuestra vocación.

En la primera lectura hemos escuchado la vocación de Samuel. La voz del Señor se le hace presente mientras dormía, posiblemente en un sueño. Él cree que es Elí que le llamaba… no está todavía acostumbrado a oír la voz de Dios. En la tercera vez Elí le dice: «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha». Dios llama de muchas maneras, pero una de las más comunes es desde nuestro interior. Si estamos atentos a nuestros deseos, anhelos interiores, pensamientos… y no sólo nos dejamos arrastrar por ellos de una manera inconsciente, podría ser que alguna vez nos diéramos cuenta de que algunos de estos anhelos, deseos o pensamientos nacen de lo más profundo de nosotros mismos, como si no fueran nuestros, sino del Espíritu, una realidad que nos empuja a buscar, trascendernos, y abandonarnos a Dios.

Esta época de pandemia, terrible en muchos aspectos, y que deseamos que lo antes posible se termine, ha restringido nuestras relaciones sociales, y ha hecho que tuviéramos que aprender, de una manera forzada, a cultivar nuestra interioridad. Hemos aprendido que no es fácil estar con nosotros mismos, y que si no estamos atentos, los pensamientos negativos nos comen. Pero si hemos dado un paso más nos damos cuenta de que en nuestro corazón también hay semillas de trascendencia, de compasión, de piedad para con Dios… podemos sentir la llamada Dios que nos empuja a la solidaridad, a profundizar en nuestra espiritualidad.

Este cultivo de la interioridad es propio también de la espiritualidad cristiana. Hoy que es la fiesta de San Antonio, abad, podemos recordar el carisma de los ermitaños y ermitañas, los contemplativos, que son con su experiencia maestros de interioridad, y que fecundan, a menudo de manera oculta, toda la vida de la Iglesia y de la sociedad. A Tomas Merton le gustaba decir que los contemplativos somos como los árboles que, en silencio, dan oxígeno a toda la tierra.

El Evangelio de Juan, por otra parte, nos ha presentado la llamada de los primeros discípulos de una manera diferente a como lo hacen los otros evangelios… en Mateo, Marcos y Lucas, Jesús es el maestro itinerante, que encuentra a quienes serán los sus discípulos en su vida cotidiana: repasando las redes, en la barca, recaudando impuestos. Estos evangelios mantienen fresca la tradición oral de los primeros grupos cristianos mendicantes, que recorrían, como Jesús, caminos, pueblos y villas e invitaban a quienes se animaban con su mensaje a una vida nueva, dejándolo todo, para predicar la Buena Nueva.

El Evangelio de Juan es diferente: Jesús encuentra a los primeros discípulos entre los seguidores de Juan Bautista, y ya no es aquel profeta itinerante que no tiene donde apoyar la cabeza, sino el maestro anfitrión que invita a quienes están interesados en él a su casa: «Maestro, ¿dónde vives?» – Venid y lo veréis. Es como si el Evangelista proyectara en la evangelización de Jesús lo que debía pasar en sus comunidades cristianas basadas en las familias cristianas que invitaban a los interesados en la nueva fe, a compartir lo que creían y vivían, y más tarde después de un largo proceso, al bautismo y la eucaristía.

Esto, naturalmente nos invita a reflejar de qué manera nosotros, como comunidades cristianas, somos buenos anfitriones, y tenemos las puertas abiertas para que todos puedan «venir y ver» cómo vivimos; dándoles razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Más aún, si escuchamos las directrices que nos da el Papa Francisco, no sólo tenemos que esperar que se nos pida venir, sino que nosotros mismos tenemos que salir para hacernos encontradizos, como cristianos, en nuestra sociedad. No se trata de hacer una campaña de adoctrinamiento, haciéndonos pesados y molestos, mostrándonos como superiores y guardianes de la verdad. Sino de compartir lo que somos y vivimos de manera sencilla, respetando que los demás tengan otra experiencia de la vida distinta a la nuestra. Buscando lo bueno, respetable, y verdadero que tenemos en común, trabajando por una sociedad más justa y más humana.

La confesión desacomplejada y sincera de nuestra fe, también puede hacer que algunas personas con las que tratamos se interesen por cómo vivimos nuestra espiritualidad. Hay personas que buscan trascender una vida basada sólo en la supervivencia material y están sedientas de algo más. El Evangelio da una perspectiva más profunda a la vida, sus narraciones son medicina y alimento para el alma.

¿Qué buscáis? Pregunta Jesús a Andrés y al otro discípulo. Jesús invita a su casa a quienes están en búsqueda, y ls responde «Venid y veréis». Y después de estar un día con Jesús, los discípulos salen entusiasmados a comunicarlo a Pedro. «Hemos encontrado al Mesías”… hemos encontrado lo que buscábamos, el cumplimiento de lo que nos había sido prometido, y anhelábamos.

Como también nosotros somos los que buscamos, en esta eucaristía somos de nuevo invitados por Jesús a su casa, él no sólo comparte su palabra, sino que pone la mesa y nos invita a la comida que simboliza su amor, entregado por nosotros. Que salgamos también, como Andrés y el otro discípulo, entusiasmados, con la necesidad de compartir lo que hemos visto, oído y lo que hemos vivido. Así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)
Fiesta del Bautismo del Señor (10 de enero de 2021)

Fiesta del Bautismo del Señor (10 de enero de 2021)

Homilía del P. Joan M Recasens, monje de Montserrat (10 enero 2021)

Isaïes 55:1-11 / 1 Joan 5:1-9 / Marc 1:7-11

 

Con esta fiesta del Bautismo del Señor se cierran las celebraciones litúrgicas navideñas y se inicia el periodo llamado la vida pública de Jesús.

En la primera lectura que se nos ha proclamado, Isaías ponía en boca de Dios todo lo que el pueblo de Israel recibiría con la venida de su Mesías. Les decía que sería un tiempo de prosperidad y de bienestar para todos aquellos que buscasen al Señor. Él se dejaría encontrar y lo sentirían muy cercano. Les predecía que al igual que la lluvia y la nieve que caen del cielo fecundan la tierra y la hacen germinar, la palabra salida de los labios del Señor haría que se cumpliera en ellos todo lo que les había predicho.

El pueblo esperaba con ansia la venida de este Mesías de Dios, ya que los acontecimientos políticos que los rodeaban les hacían cada vez más imposible la vida, especialmente en la gente sencilla y pobre del pueblo de Israel. De esta espera y de este malestar surgieron varios movimientos mesiánicos que se presentaban como precursores de la definitiva venida del Mesías prometido por Dios y que los tenía que liberar de la opresión insoportable de los poderosos.

Juan Bautista se presenta como uno de estos precursores de la venida del Mesías y predica un movimiento de conversión de costumbres con un bautismo de purificación con el fin de allanar los caminos para la venida definitiva del Mesías Salvador anunciado por todos los profetas.

La fama de Juan y de su predicación atraía mucha gente del pueblo para hacerse bautizar con su bautismo de purificación en las aguas del río Jordán. Con todo, Juan dirá a la gente que él no es el Mesías esperado ya que detrás de él viene otro más poderoso, del que no es digno ni de agacharse para desatarle la correa de su calzado. Les dirá también que él los bautiza con agua, pero que el que viene detrás, sí los bautizará con Espíritu Santo.

Jesús, después de vivir unos años una vida normal como la de cualquier hijo de su pueblo, atraído por la fama del Bautista, lo dejará todo, familia, pueblo y trabajo para ir junto al río Jordán a hacerse bautizar por Juan. Y al salir del agua, tal como nos ha dicho san Marcos en el fragmento evangélico que se nos ha proclamado, Jesús vio rasgarse el cielo y al Espíritu en forma de paloma, se ponía encima de él y que una voz del cielo le decía: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

El encuentro con Juan Bautista será para Jesús una experiencia existencial que le hará dar un giro completo a su vida. Después del bautismo, Jesús ya no vuelve a su ciudad de Nazaret ni se adhiere al movimiento del Bautista, se retira un tiempo en el desierto para prepararse para iniciar la misión que cree que le ha sido encomendada y que siente como único objetivo de su vida futura, la de anunciar a todos con voz insistente la Buena Nueva de Salvación de un Dios que es Amor y Padre y que quiere que todo el mundo se convierta y se salve.

Esta experiencia de Jesús puede tener también para todos nosotros un significado existencial de purificación y de cambio de vida. La fe es un itinerario personal que cada uno debe recorrer si quiere alcanzar esa gran misión que todos hemos recibido en el momento de nuestro bautismo: la de ser imitadores de Jesucristo y testigos del amor de Dios en medio del mundo en el que vivimos.

Hoy, en este nuestro mundo tan desastrado y con el azote de una pandemia, hay demasiada gente que sufre por falta de posibilidades económicas y por la explotación de aquellos que creen ser los dueños de la humanidad y los poseedores de la verdad. Es urgente que nosotros que queremos ser seguidores de Jesucristo procuramos llevar una brizna de esperanza que les ayude a cambiar la manera de hacer y de actuar ante las necesidades de nuestro hermano. Quizás necesitamos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los gestos pequeños. Ciertamente no nos sentimos llamados a ser ni héroes ni mártires, pero sí estamos invitados a vivir poniendo nuestra vida al servicio de los demás con pequeños gestos que les puedan dar un poco de esperanza. Aprender a estar atentos a aquel que necesita de una palabra de confort, de una mano extendida que lo haga salir del pozo donde se siente sumergido, de una sonrisa acogedora al que está solo y desamparado. En definitiva, tratar de imitar a Jesucristo llevando amor y esperanza a todos aquellos que nos rodean y tienen necesidad de sentirse queridos y valorados por lo que realmente son, hijos de un mismo Padre que nos ama de tal manera que nos ha enviado a su propio Hijo para demostrarnos que lo que quiere es nuestro bienestar y que tengamos paz y alegría interior porque nos sabemos amados con un amor infinito.

Deseo que la fiesta de hoy nos haga tomar más conciencia de lo que somos y de lo que deberíamos ser.

 

Abadia de MontserratFiesta del Bautismo del Señor (10 de enero de 2021)
Epifanía del Señor (6 de enero de 2021)

Epifanía del Señor (6 de enero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 de enero 2021)

Isaïes 60:1-6 / Efesis 2:2-3a.5-6 / Mateu 2:1-12

 

El evangelio que nos ha proclamado el diácono, hermanas y hermanos, parece que nos quiera instruir más bien expresando sentimientos y actitudes que no con diálogos. Porque la parte más importante de la narración, que es el encuentro de los magos con Jesús, no contiene ninguna reproducción de palabras dichas por los personajes que intervienen. Me explico.

Primero, el evangelista nos ha dicho que los magos habían visto en el firmamento, cuando aún estaban en su tierra, en Oriente, una estrella que brillaba de una forma nueva. Y dedujeron que era la estrella que indicaba el nacimiento del nuevo rey de los judíos. Esta estrella los puso en camino y los condujo a Jerusalén, la Ciudad Santa de Israel. En este punto de la narración, sí hemos encontrado un diálogo entre los magos que preguntaban por el lugar donde podían encontrar el recién nacido rey de los judíos porque le quieren presentar su homenaje, y el rey Herodes de quien esperaban una respuesta. Herodes, a pesar del temor por el peligro de que este niño podía representar por su trono (cf. Mt 2, 13:15), se la da tras consultar a los principales sacerdotes y a los letrados conocedores de las Sagradas Escrituras. Les dice que el rey de los judíos ha de nacer en Belén de Judea.

Una vez recibida la respuesta, los magos se pusieron en camino hacia esta pequeña población de la tierra de Judá. A partir de aquí, el evangelista San Mateo ya no nos relata otro diálogo. Sólo vivencias interiores de los magos y gestos que las expresan. Estas vivencias y estos gestos, sin embargo, nos permiten entrar en el núcleo de la celebración de hoy.

La primera vivencia es la humildad expresada por todo su itinerario de investigación pero sobre todo en la postración en el suelo ante el niño; ellos, altos personajes en sus tierras, se sienten pequeños ante Jesús. La segunda vivencia de los magos es la alegría inmensa al volver a ver la estrella que habían descubierto y les había hecho ponerse en camino y que ahora, llegados a Belén les indicaba la casa donde estaba el niño que buscaban para presentarle su homenaje. Entran y lo encuentran con su madre, María. La tercera vivencia es el reconocimiento de Jesús expresado con unas acciones concretas. Se postran en el suelo, le presentan su homenaje, abren las arquetas y le ofrecen los presentes de oro, incienso y mirra. Con la postración en el suelo, reconocen en el niño Jesús su condición de rey de los judíos, de Mesías y Pastor de Israel y adoran la presencia soberana de Dios en él. Con sus presentes, además, hacen realidad lo que afirmaba la esperanza mesiánica de Israel, tal como hemos escuchado en la primera lectura y el salmo responsorial: que los reyes de oriente ofrecerían presentes al Mesías y le llevarían oro e incienso, y que le harían homenaje todos los pueblos.

Así es narrada la epifanía los magos. Es decir, la manifestación del niño Jesús a los primeros no judíos, como signo de que él ha venido a «iluminar a todos los pueblos» de la tierra (cf. prefacio), no sólo al pueblo de la Primera Alianza. Esta realidad universal, la tradición cristiana la ha expresado representándola con estos magos como pertenecientes a pueblos y razas diferentes. Porque, como escuchábamos en la segunda lectura: en Jesucristo, todos los pueblos tienen parte en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y partícipes de la promesa.

La narración no hablaba casi de miradas. Sólo mencionaba una cuando decía que los magos vieron al niño con María, su madre. Ven a Jesús con los ojos corporales llenos de alegría por haber encontrado el recién nacido objeto de su ardua investigación y, también, lo ven con la mirada de la fe que les hace descubrir la identidad de aquel niño ante el que se postran para adorarlo. Pero podemos deducir otras miradas. Ellos, unos personajes tan singulares y venidos de lejanas tierras, también fueron mirados por María y por Jesús. Quizá por José, que en el evangelio de Mateo tiene un papel muy importante en toda la infancia de Jesús, pero que en la escena de los magos no se nos dice que estuviera presente. Fueron mirados por María que, gozosa porque con su maternidad ha puesto al mundo al Salvador, les muestra a su Hijo (cf. Mt 1, 21). Y fueron mirados sobre todo por Jesús que, a través de los ojos corporales, los mira con el corazón. Porque su mirada es la de Dios, y tal como dice el Francisco, «Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón» porque mira desde el amor que lo lleva a querer a cada persona concreta sea quien sea y sea como sea (cf. Fratelli tutti, n. 281).

La epifanía, la manifestación de Jesús, continúa también en nuestros días. Jesús se deja encontrar en brazos de aquella que María representa y personifica: la Iglesia. La Iglesia continúa a lo largo de la historia la acción de poner a Jesucristo en el mundo para que pueda estar al alcance de cada persona. Nosotros, provenientes de pueblos no judíos, también hemos descubierto a Jesucristo como Salvador, como aquel que nos mira con el corazón porque nos ama tal como somos, y nos hace entrar en su herencia junto con una multitud de hermanos.

Este año la solemnidad de la epifanía está marcada, también, por la pandemia que siega vidas, perjudica la salud, crea preocupación, y aumenta las situaciones de precariedad, de pobreza, de marginación. Pero, también en esta coyuntura, Jesucristo es Salvador. Y, como los magos al descubrir en la naturaleza la señal de la estrella, también nosotros tenemos que saber leer a la luz de la Sagrada Escritura la señal de la naturaleza que es la pandemia y encontrar una invitación a ponernos en camino hacia el encuentro con el Señor. Él nos ayudará a vivir esta situación como momento de salvación y de amor fraterno; y nos consolará en el sufrimiento, nos abrirá nuevas perspectivas de esperanza, nos hará encontrar la herencia que es la vida más allá de la muerte, nos enseñará a construir un dinamismo social nuevo, más solidario entre las personas, más empapado de paz, más respetuoso del medio ambiente.

En la Eucaristía que estamos celebrando como miembros de la Iglesia, el Señor Jesús se hará presente en los Santos Dones del pan y del vino. Acerquémonos a él con las actitudes profundas que nos enseñan los magos: con humildad, con fe, con espíritu de adoración para hacerle homenaje con el don de nuestra vida y con la entrega a los demás, con voluntad de poner en práctica su Palabra divina para llegar a la plenitud de nuestra existencia en el cumplimiento de su promesa. Y experimentaremos la alegría de encontrarnos en la presencia del Señor unidos a muchos hermanos. Y de sabernos mirados amorosamente por él no tanto con los ojos del cuerpo como con los del corazón. Porque la mirada de Jesús, el Hijo de María, es la mirada entrañable de Dios.

 

Abadia de MontserratEpifanía del Señor (6 de enero de 2021)
Domingo II de Navidad (3 de enero de 2021)

Domingo II de Navidad (3 de enero de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monjo de Montserrat (3 enero 2021)

Siràcida 24:1-4.12-16 / Efesis 1:3-6 / Joan 1:1-18

 

Estimados hermanos y hermanas,

Celebramos el segundo domingo de Navidad y se nos ofrece, en las lecturas de hoy, una página del Evangelio que ya hemos escuchado en días precedentes. Concretamente en la misa del día de Navidad y el pasado jueves, 31 de diciembre. Así pues, si la Iglesia nos presenta el mismo pasaje tres veces en un corto espacio de tiempo, quiere decir que esto es realmente importante.

Y en verdad lo es. Este inicio conforma el prólogo del Evangelio de San Juan, del que quiere ser una especie de introducción y resumen. En estos 18 versículos, el evangelista es capaz de introducir todos los conceptos que luego desarrollará en el curso de su narración: Palabra, Vida, Luz, Gracia, Filiación… Es fundamentalmente un himno, denso en teología, que canta la gloria de la creación y redención.

Un pasaje largo y también un poco complejo. Mucho se ha escrito sobre este prólogo y mucho se podría decir. Yo sólo comentaré un par de frases. La primera, en mi opinión, es realmente hermosa y esperanzadora, especialmente en los tiempos que estamos viviendo: «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió».

Esta es verdaderamente una Buena Noticia. La oscuridad, toda la oscuridad, no supera la Luz de Dios. Lo que Juan quiere decirnos es que la Luz que Dios envía es una luz segura, una luz en la que podemos confiar, porque es más fuerte que las tinieblas, capaz de brillar incluso en la oscuridad, y superarla. Esta Luz, como bien sabemos, es Jesús. En este mismo Evangelio dirá: «Yo soy la luz del mundo, el que me siga tendrá la luz de la vida».

¿Qué significa tener la luz de la vida? Quiere decir que nuestra vida brilla. Pero no porque nosotros producimos esta luz, por méritos propios, sino que la reflejamos como la luna refleja la luz del sol por la noche o los vitrales tiñen de colores el ambiente dejando pasar los rayos de luz. Esta es la verdad, si estamos unidos a Dios, a su hijo Jesús, si escuchamos su palabra y la ponemos en práctica, seremos resplandecientes, porque estaremos continuamente iluminados por una luz que nadie nos podrá quitar, ninguna maldad ni arrogancia. Si entendemos que esto es importante debemos permanecer anclados en la luz, porque sólo así podremos brillar.

Y escuchamos también otra expresión importante de este pasaje: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Así es, unos reciben a esta persona que es la palabra de Dios, y otros, no. Pero todos necesitamos la luz de esta palabra. Todos necesitamos, para descubrir el sentido de nuestra vida, esta sabiduría que nos ayuda a ver las cosas desde los ojos de Dios, que es la «Luz de quienes en él creen» (Colecta). Si no recibimos a este Cristo como la Palabra definitiva de Dios no nos extrañemos del desconcierto y la confusión que reina en este mundo.

Los cristianos no creemos en un Dios aislado e inaccesible, encerrado en su Misterio impenetrable. Nos podemos encontrar con él en un ser humano como nosotros. Para relacionarnos con él, no tenemos que salir de nuestro mundo. No debemos buscarlo fuera de nuestra vida. Lo encontramos hecho carne en Jesús. Esto nos hace vivir la relación con él con una profundidad única e inconfundible. Jesús es para nosotros el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.

Todo esto lo hemos de entender de manera viva y concreta. La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y como nos quiere ver actuar con los que sufren. La acogida amistosa de Jesús a pecadores y marginados nos manifiesta como nos comprende y perdona, y como nos quiere ver perdonar a los que nos ofenden.

Por eso dice Juan que Jesús está «lleno de gracia y de verdad». En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quien confiar, no hay nada más importante que poner en el centro de nuestra vida a Jesús como rostro humano de Dios.

Hermanos y hermanas, esta es la grandeza de la Navidad: Dios se hace hombre, se hace pequeño para hacernos como Él, para hacernos partícipes de Él, uno con Él. No hay necesidad de añadir nada más. Esta es la grandeza a la que estamos llamados y de la que somos partícipes. De nosotros depende.

 

Abadia de MontserratDomingo II de Navidad (3 de enero de 2021)
Fiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Fiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (27 de diciembre de 2020)

1 Samuel 1:20-22.24-28 / 1 Juan 3:1-2.21-24 / Lucas 2:41-52

 

Queridos hermanos y hermanas:

En medio de las grandes solemnidades de Navidad, fin de año y Reyes encontramos, dentro de la octava, la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que este año cae en domingo, memoria de San Juan Evangelista.

San José Manyanet, peregrino y devoto de Montserrat, decía: «Hacer del mundo una familia, y cada Familia un Nazaret». La fiesta de hoy nos invita a todos nosotros a contemplar la vida interior, doméstica y casera, de la pequeña y gran Familia de Jesús, que vivía en Nazaret, en una sencilla aldea, un lugar pequeñísimo, de la región de Galilea, totalmente desconocido en el Antiguo Testamento, ignorado en el Talmud Judío, y que el historiador romano Flavio Josefo desconocía totalmente. Una localidad remota que el mismo Apóstol Natanael (conocido como Bartolomé) dijo: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). O como decían los fariseos: «De Galilea no sale ninguno de los Profetas!» (Jn 7,52). Es en este pequeño pueblo donde Jesús vivía, con sus padres, una vida retirada, normal, de trabajo, estudio, alegría y fiesta, de contemplación y silencio. Nos dice el evangelista san Lucas que hemos oído hoy: «Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría». «Les era obediente, progresaba en sabiduría y aumentaba en gracia tanto ante Dios como ante los hombres». (Lc 2, 39-52). Jesús era reconocido como Nazareno por su origen familiar, para que así se cumpliera el oráculo de los profetas: «llamado nazareno» (Mt 2,23). Es sobre estas venerables ruinas, bien fundamentadas, de esta pequeña casa-cueva, que los primeros cristianos construyeron rápidamente una primitiva Iglesia, que destruida, derribada, reedificada y restaurada más de seis veces es hoy en día la gran Basílica de la Anunciación de Nazaret.

El Papa San Pablo VI en su determinante viaje a Tierra Santa de 1964, una visita histórica que todavía hoy permanece viva y actual, decía: «Nazaret es la escuela donde se empieza a entender la vida de Jesús, es la (casa) donde se inicia el conocimiento del Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde, y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí en Nazaret se aprende, incluso, tal vez de una manera casi insensible, a imitar su vida Familiar”.

Estamos viviendo un tiempo marcado por la dolorosa pandemia, que desgraciadamente se resiste a marchar de nuestro pequeño planeta y, por desgracia, hemos tenido que aprender a convivir con ella desde el comienzo de la Cuaresma pasada. Mascarillas que no nos dejan ver la expresividad del rostro, obligados a mantener las distancias sociales, los líquidos desinfectantes, aislamiento total, burbuja familiar, aforo, nuevos gestos para saludarnos, teletrabajo, y la llamada nueva normalidad … Sufrimos unas restricciones laborales muy fuertes motivadas sobre todo por Coronavirus, falta de movimientos, de trabajo, de relaciones interpersonales y sociales, así como la pérdida de familiares queridos sin poder acompañarlos y hacer un duelo cristiano; pensamos ahora, sobre todo, en las residencias y hospitales. Todo esto nos era totalmente impensable… ¡y no hace, ni siquiera, un año!

El confinamiento general o parcial, motivado por Covidien-19, ha supuesto un ritmo de vida familiar mucho más interior, más doméstico. Una forma diferente de vivir: las horas, los días y las semanas reducidos dentro un pequeño hogar o residencia. Para muchas casas ha sido un tiempo de fortalecimiento de los vínculos matrimoniales y familiares, de vivir un período de comunión, de obligación familiar y de libertad. Una Escuela de perdón que no es fácil, donde cada miembro de la familia tiene su responsabilidad. Una presencia de amor cristiano generoso, gratuito y vivo. Una pequeña Iglesia doméstica con las virtudes de la casa de Nazaret.

Desgraciadamente, para muchos otros hogares ha sido un tiempo de ruptura definitiva y como siempre los más perjudicados son los hijos pequeños que con su silencio manifiestan, calladamente, su triste dolor. Todo matrimonio es dar, pero también es recibir y compartir, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad todos los días de la vida.

Hay, sin embargo, otro grupo, muy grande, de familias que viven uno: «Statu quo» de facto; un aislamiento personal, con unas fronteras invisibles, pero palpables. Un poderoso individualismo de mi «yo personal». Un silencio significativo, fomentado sobre todo con las nuevas tecnologías. Un soportemos y te soportaré. Todos recordamos perfectamente los días negros, de niebla, de mal, pero ¿nos cuesta mucho revivir, repensar los días de alegría y de alegría? La fiesta de hoy es una pequeña invitación a romper el hielo, a hablar y fomentar lo que nos une y no lo que nos divide, a vivir con dignidad según el modelo de la familia de Nazaret. Como nos dice San Benito: «Hacer las paces antes de la puesta del sol con quien se haya reñido» y «lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie» (capítulos IV y LXX).

Como decía el Papa en la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona: «Todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana» (7 -11-2010). «Hacer del mundo una familia, y cada familia un Nazaret» (San José Manyanet). Permitidme, para terminar, esta pequeña oración de Navidad:

Señor Jesús, ¡qué grandes son todas tus obras! Danos un espíritu silencioso como San José, y un corazón abierto, contemplativo, acogedor como Santa María, para que nos saciemos siempre mirando su presencia dentro del pequeño pesebre de nuestro corazón. Amén. ¡Felices Fiestas!

 

Abadia de MontserratFiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)
Misa del día de Nadal (25 de diciembre de 2020)

Misa del día de Nadal (25 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (25 de diciembre 2020)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan 1:1-18

 

Y la Palabra se hizo hombre. Este es, hermanos y hermanas, el anuncio que nos hace el Evangelio de esta mañana radiante, ayudándonos a penetrar más y más el sentido del nacimiento del hijo de María que hemos contemplado esta noche.

Y la Palabra se hizo hombre. Plantó entre nosotros su tienda, para ser uno de nosotros. Por eso es en la Navidad que toman toda su fuerza las palabras de Isaías que escuchábamos en la primera lectura: qué hermosos son […] los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae el Evangelio.

Es el anuncio definitivo; es la Palabra por excelencia que Dios nos comunica. En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, decía la segunda lectura.

La Palabra todopoderosa y eterna, creadora, que estaba junto al Padre y por la que todo ha venido a la existencia, ahora nos ha sido enviada, hecha hombre para comunicarnos la Vida que hay en ella. Sí: ¡Qué hermoso es sentir la presencia de aquel que es la Palabra y trae la buena nueva, el Evangelio!

El mensajero anunciado por el profeta, el hijo de María, nos es presentado hoy en el evangelio como aquel que es la Palabra eterna. Fijémonos qué implica esta afirmación del evangelio: Palabra significa comunicación personal, revelación de la intimidad, hacer transparente el pensamiento y el corazón, invitación al diálogo. El Dios inalcanzable debido a su grandeza, por tanto, en Jesucristo nos revela su intimidad, nos hace transparente su pensamiento y su corazón, desde el momento que Jesús es la expresión más auténtica de la gloria de Dios y la impronta de su ser, según nos decía, también, la segunda lectura. Todo porque Dios quiere darse a conocer como horno de luz y de amor para establecer un diálogo con la humanidad, con cada persona concreta. Si Dios, en Jesucristo, se da del todo en el diálogo personal, nosotros no podemos rechazar escucharlo, hablarle de corazón a corazón, darle una respuesta generosa viendo su generosidad. El que tiene la gloria de Hijo único del Padre se ha hecho compañero nuestro de ruta; ha asumido nuestra pobreza radical para llevarnos a la comunión con Dios, para que podamos establecer con él un diálogo cordial, de amigo a amigo.

El niño del pesebre habla de una manera elocuente, pues, también con su silencio, al igual que lo hará en la cruz. En el silencio es también la Palabra la que nos habla de humildad, de compartir nuestra experiencia humana, con la debilidad y el llanto que le es inherente. Por eso es muy instructivo leer el prólogo del evangelio de san Juan, que nos acaba de ser proclamado, pensando en la escena tan humana y tan pobre del nacimiento de Belén tal como nos era narrada por san Lucas en el evangelio de la noche.

Y ya antes de hacerse hombre, el Verbo y la Luz del mundo había establecido una relación profunda con la humanidad. El evangelista nos ha dicho que por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él, pues, hemos sido creados; él es el secreto de nuestra vida y de nuestro destino, él nos mantiene en la existencia, él nos proyecta hacia nuestro futuro. En él nos encontramos a nosotros mismos en plenitud, él es la raíz y la explicación última de quien somos. No sólo de nosotros, los cristianos. Sino de toda persona creada. Esta realidad está en sintonía con el hecho de que él es la luz verdadera, la que […] ilumina a todos los hombres. Lo cual nos abre unas perspectivas nuevas en nuestro diálogo con las religiones y con los que no creen, pero se quieren fieles a su conciencia. También ellos participan, de alguna manera, de la Luz que desde los orígenes del mundo ha iluminado e ilumina el corazón humano. «Antes de encarnarse en Jesús, el que es la Palabra se ofrecía ya a la humanidad como luz, como sentido de la vida; se le ofrecía indicando cómo cada persona es llamada a amar, a darse, a superarse a sí misma, a despegar hacia el misterio de Dios «(cf. Carlo M. Martini, Il caso serio della fede, pp. 42.44).

Esto explica, por otra parte, porqué el cristiano no puede permanecer indiferente ante ningún ser humano ni ante ninguna situación de injusticia o de sufrimiento. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance a favor de nuestros hermanos de humanidad. Se ha visto en la forma en que la Iglesia, en sus miembros, se ha hecho presente para ayudar, para consolar y curar en la pandemia que nos afecta; en la forma en que la Iglesia, en sus miembros, contribuye a paliar las nuevas situaciones de pobreza que se han creado y que cada día van creciendo. Cada uno debe ver cómo puede ayudar a los demás de cerca o de lejos.

¡Qué alegría tener entre nosotros al que es la Palabra! ¡Qué alegría conocerlo por la fe tal como él se nos manifiesta «hoy» que ha plantado entre nosotros su tienda! La liturgia, en sus textos, subraya fuertemente esta expresión: «hoy». Porque la celebración de la Navidad, como la de Pascua, no es un simple recuerdo, sino una irrupción de Dios en nuestra historia, en nuestro «hoy». Hoy se nos renueva la comunicación del don concedido a la humanidad en el nacimiento de Jesús. Hoy es, pues, día de memorial; día de recuerdo y de don de la gracia. Una gracia que se concreta en nuestra adopción como hijos de Dios y en la llamada a toda la humanidad para que participe. Cuando el tiempo llegó a su plenitud, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, […] para que recibiéramos la condición de hijos (cf. Ga 4, 4-5; Jn 1, 12), enseña San Pablo en unísono con el evangelio de san Juan.

La Navidad nos sumerge más y más en nuestra filiación divina, en nuestra incorporación a Jesucristo. Y, por tanto, nos adentra en la comunión con el Padre por obra del Espíritu. La intimidad con el que es la Palabra nos hace crecer, nos va transformando íntimamente. Acojamos, hoy, este Don, entremos en diálogo de fe, de revelación y de amor con el que es la Palabra hecha hombre. Y estallemos en cantos y en gritos de alegría, en adoración y en acción de gracias ahora que él se hará presente en los Santos Dones eucarísticos.

 

Abadia de MontserratMisa del día de Nadal (25 de diciembre de 2020)
Misa de la Vigilia de Navidad (24 de diciembre de 2020)

Misa de la Vigilia de Navidad (24 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (25 de diciembre 2020)

Isaïes 9:1-6 / Titus 2:11-14 / Lluc 2:1-14

 

La luz que viene de Belén ilumina la noche del mundo. Ilumina la tiniebla de la humanidad en esta etapa de la historia marcada por la pandemia que siega tantas vidas, causa tanto dolor, provoca en muchos un miedo paralizante, afecta gravemente a la economía y deja a tanta gente sin trabajo. La luz de Belén ilumina la tiniebla humana porque todo toma una dimensión nueva desde el niño que María ha puesto en el mundo. También el momento que estamos viviendo.

En esta noche, hermanos y hermanas, que es noche de ternura pero sobre todo de contemplación, quisiera fijarme en tres frases del evangelio que nos ha proclamado el diácono.

La primera es: nació su hijo. Es el hecho central de la Navidad. Es la razón de nuestra fiesta. El recién nacido no es un niño más. María ha puesto al mundo aquel que le había sido anunciado como Hijo de Dios, como rey para siempre, un rey pacífico y salvador (cf. Lc 1, 31-33.35). El reino de este niño no es como los de este mundo (cf. Jn 18, 36), no es brillante ni dominador. Es humilde como una pequeña semilla depositada por Dios en el corazón de los creyentes que, como María y José, acogen a Jesús con fe y con esperanza. Es como una pequeña semilla, pero que tiene una fuerza maravillosa para reunir a toda la humanidad (cf. Mt 13, 31). El Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de la Virgen María. Ella acaricia y nutre a su Hijo con amor maternal. Pero Jesús ha nacido para todos nosotros, para cada hombre y cada mujer del mundo. Lo tiene María porque Dios lo da a todo el mundo. Por eso en la liturgia cantamos estos días «nos ha nacido Cristo». No ha nacido sólo para ella sino por «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», como diremos en unos momentos en el credo. Jesús es un don, un regalo, de Dios para cada uno de nosotros. Hoy lo celebramos, lo agradecemos, y nos sentimos comprometidos a corresponder con generosidad a este regalo que Dios nos hace en su amor gratuito.

La segunda frase del evangelio que quisiera destacar es: os ha nacido un Salvador. La dice el ángel a los pastores. Pero, no es sólo un anuncio para ellos. Es un anuncio para todos. Es un anuncio universal, que lleva una gran alegría. Acogiendo este anuncio, repetíamos en la respuesta al salmo responsorial: nos ha nacido un Salvador. Al hacer el anuncio, el ángel da tres títulos a Jesús para explicar su identidad y que son la causa de esta alegría: Salvador, Mesías, Señor. Es como un crescendo. Primero dice que es salvador. Jesús es el único que nos puede salvar de una manera plena y radical. Y aquí puede surgir una pregunta: ¿de qué debemos ser salvados? Antes de la pandemia nos sentíamos fuertes. Habíamos desarrollado una serie de seguridades que parecía que nos protegían, que lo teníamos todo controlado, incluso había quien con un orgullo indecible pensaba que un día no muy lejano la ciencia nos permitiría superar la muerte. Ahora nos sentimos desconcertados, débiles y vulnerables porque un microbio microscópico acosa a la humanidad entera y siega la vida de muchas personas. No sabemos dónde lo podemos encontrar, ni cuando nos podemos infectar. Y, además, el microbio crea una crisis económica que genera graves problemas sociales. Por otro lado, por si fuera poco, estamos rodeados de otras crisis políticas, sociales, de valores. En el mundo, hay amenazas, crueldades, venganzas, mentiras, orgullos que pisan a los pequeños y a los marginados, injusticias hechas en nombre de la justicia. Y eso suscita mucha preocupación y hasta miedo en mucha gente. De todo esto y más debemos ser salvados. Y también de nuestras faltas y pecados. Y no vamos a salir si lo queremos hacer con nuestras solas fuerzas humanas. En este contexto, en esta noche resuena nuevamente aquel grito que

atraviesa todo el Evangelio: ¡no temáis! Jesús nos cura las heridas y nos enseña a curar las de los demás. Jesús nos libera del mal y nos enseña a liberar a los otros. Jesús comparte el dolor y la muerte para desactivarlos desde dentro y abrirnos las puertas de una vida feliz para siempre. De ahí el título de Mesías; el liberador definitivo objeto de las esperanzas seculares del Pueblo de Israel. Jesús es enviado a la humanidad entera para liberar y salvar, para curar los corazones y para curar las relaciones humanas; para ayudarnos a superar lo que es imposible para nuestras solas fuerzas.

Y llegamos a la cumbre de los tres títulos que el ángel revela a los pastores. Jesús es el Señor. Este título en la Sagrada Escritura es propio de Dios. Proclamar que Jesús es el Señor, según la fe de la Iglesia, es afirmar su divinidad. Pero, la imagen de Dios que nos da el hijo de María, envuelto en pañales, que ríe y llora, y que necesita de los cuidados de los demás, rompe todos los esquemas que la inteligencia humana se puede hacer de la divinidad. No es un Dios que con su autoridad quiere dominar al ser humano y privarle de su libertad. Es un Dios cercano que sabe comprender qué hay en el corazón humano, que quiere servir a cada persona para ayudarla a crecer y desarrollarse según lo mejor que hay en ella; un Dios que enseña a poner la propia vida al servicio de los demás para hacer de la humanidad una comunidad de hermanos. El Hijo de Dios se hace hombre para curar las heridas de cada ser humano, para perdonar sus faltas, para darle la vida después de la muerte. Se hace hombre para iluminar la historia humana y guiarla con sabiduría y con amor hacia su final de plenitud. Todo esto lo reconocíamos agradecidos cuando cantábamos: «hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (cf. respuesta al salmo responsorial).

Está, además, la tercera frase del evangelio que quisiera destacar, aunque sea muy brevemente: gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Es lo que brota en el corazón al contemplar el don que nos es hecho esta noche: glorificar y agradecer a Dios su amor inmenso a favor de la humanidad, y desear que la paz, de la que el nacimiento de Jesús es portador, penetre en el corazón de cada hombre y de cada mujer del mundo y lo abra al amor hacia Dios.

Vayamos espiritualmente a Belén como peregrinos admirados y agradecidos. Vayamos a Belén que es el altar de nuestra celebración. Encontraremos a Jesús, el Salvador, el Señor en el Pan y el Vino de la eucaristía. Vayamos con todo el bagaje que llevamos en el corazón; con lo que hay de bueno y con lo que nos agobia, con las alegrías y con las penas, solidarios del dolor de tanta gente. Adoremos humildemente a Cristo Señor que se manifiesta, también, bajo los signos humildes del pan y del vino, sacramento de su cuerpo nacido de Santa María. Él nos enseñará a pacificar nuestro corazón y ser artesanos de paz, a extinguir el odio y el mal que pueden anidar en nuestro interior, a abrir caminos de fraternidad y de amor. Nos hará sentir, a cada uno según sus circunstancias, perdonados y enviados a ser testigos de su amor. Nos toca trabajar -como dice el Papa Francisco en la encíclica «Fratelli tutti», porque «la música del Evangelio» no deje «de sonar en nuestra casa, en nuestras plazas, en los lugares de trabajo, en la política y en la economía «, porque es la manera de» luchar por la dignidad de todo hombre y toda mujer» (n. 277).

Abadia de MontserratMisa de la Vigilia de Navidad (24 de diciembre de 2020)
Domingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Domingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (20 de diciembre de 2020)

2 Samuel 7:1-5.8b-11.16 / Romans 16:25-27 / Lluc 1:26-38

 

Seguro que habréis tenido esta experiencia: mirando fotografías de la infancia y de la juventud de personajes importantes, os admiráis de que aquellos niños o jóvenes llegasen allí donde llegaron. Por ejemplo, el Papa Juan XXIII, que siendo un humilde hijo de agricultores vemos en las fotografías de joven aquel anciano que causó un tsunami eclesial anunciando el Concilio Vaticano II. Pues bien, eso es lo que pretende la página que Lucas nos presenta: nos proyecta, en el momento del anuncio a María, lo que sería Jesús; es decir, sobrepone una fotografía del Jesús grande sobre la del niño Jesús. Y nos dice que sobre aquel niño reposaba ya la mano de Dios que le conduciría hasta dar la vida por todos los hombres. Esto no se podía haber supuesto a lo largo del recorrido de su vida hasta que no hubiera llegado el momento final. Pero ya estaba definido por Dios.

Pero esto es lo que nos cuenta el ángel Gabriel, embajador de Dios, enviado por Dios como uno de los seres que conocen los planes de Dios: María, aquella joven desconocida, de un pueblecito desconocido de entre los 200 pueblos de Galilea, Nazaret, -un nombre nunca mencionado en la Biblia- será madre por intervención del poder de Dios sobre ella, madre de un niño que no será fruto de unión matrimonial, sino engendrado por obra del Espíritu Santo, exclusivamente. Y cumplirá la profecía hecha a David: será el Mesías anhelado por todos los siglos y anunciado antes por los oráculos divinos. La realización del plan de Dios, sin embargo, no se impuso de golpe: se fue preparando lentamente a lo largo de los siglos y por fin ¡hace nacer a su Hijo, virginalmente, pero como un hombre cualquiera! No nace en ningún palacio real, ni en ninguna casa sacerdotal o rica, sino en el lugar más pobre y desconocido. María, jovencita, toda pura y humilde, no lo comprende paso -ya que esto no se comprende racionalmente-, pero lo acepta con fe obediente: «que se haga en mí según tu palabra». Y aquí comienza la redención. El cielo se une con la tierra. La voluntad divina se une a la voluntad humana. Y en la noche de ese día del nacimiento el cielo se llenó de luz y los ángeles anunciaron la venida del Redentor del mundo. Dios se abajó para hacerse hermano nuestro y elevarnos a hijos de Dios. ¿Lo comprendemos esto? No. Pero lo creemos por todo lo que Jesús dijo e hizo en su vida. Nos dijo que «el Padre y él son uno», que «el que cree en mí, aunque muera, vivirá», porque él ha venido a dar la vida abundantemente. Que resucitó y fue a prepararnos un lugar en el cielo.

Ante este derroche de amor, no sólo sobre María, sino sobre toda la humanidad, ¿cómo no podía ella entonar aquel himno de alabanza al Padre que tiene unos planes tan inexplicables, -como nos decía san Pablo-, y que nos ama sin límite: Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador? Ha mirado mi pequeñez y la de toda la humanidad. Porque su nombre es santo, y todo lo que se propone queda santificado. Desde aquel momento todo el mundo quedó iluminado por el don de Dios. Los ángeles lo anuncian y glorifican a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que Dios ama».

Esto lo revivimos cada vez que celebramos los santos misterios. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía se hacen presentes todos los actos salvadores de la vida de Cristo. Nosotros no podemos celebrar más que un misterio cada vez, pero la presencia siempre es total. No venimos, pues, a «oír misa», como quien escucha un concierto, sino a participar y compartir el don inmenso que Dios ha hecho a los hombres: el don de su Hijo, que se ha hecho hermano y Salvador nuestro; y unidos a él nos ha hecho hijos de Dios de verdad. Demos gloria a Dios, con María.

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)
Domingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Domingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (13 de diciembre de 2020)

Isaías 61:1-2a.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Nos podríamos preguntar queridos hermanos y hermanas qué sentido tiene que la Iglesia proponga tiempo intensos para preparar y vivir las grandes fiestas del año. Nosotros hacemos a menudo lo mismo en nuestra vida cotidiana: ¿o tal vez no hemos escuchado nunca esa pregunta retórica: tú qué harías si sólo te quedaran unos cuantos meses de vida? ¿O qué tres cosas te llevarías a una isla desierta? Con esta pregunta, en un contexto normalmente muy diferente del religioso, lo que pretendemos es concentrar el tiempo o el espacio, tener una percepción diferente, no tan extensa o infinita como la que tenemos habitualmente, y de esta manera, darle mucha más importancia a las cosas que pasan en este tiempo o en este espacio, porque lo creemos limitado.

Los tiempos litúrgicos fuertes que nos propone la Iglesia también pretenden intensificar el tiempo y eso pasa de una manera muy especial en el Adviento, con su importante contenido de reflexión histórica. El Adviento quiere que nos concentremos en el nacimiento de Jesús y en su regreso al final del tiempo. Un evento en la historia pasada y otro en la historia que está por venir y que tendríamos la tentación de pensar que nunca sucederá.

Y si el mundo nos pregunta a veces cuáles son las tres cosas importantes que haríamos si tuviéramos poco tiempo, yo me he atrevido preguntarme y preguntar a las lecturas de hoy qué tres palabras nos dicen que son importantes. Y me han salido tres, que empiezan todas por la letra jota.

La primera jota es la de Jesucristo. No hay más centro, no hay más fundamento, no hay más piedra angular que Él. Las lecturas de hoy nos dan tres perspectivas de Cristo: Ya sea recuperando la esperanza histórica de Israel en el nacimiento de su Mesías, como encontramos en el profeta Isaías; ya sea compartiendo la espera inminente de los dos grandes personajes del Adviento, Santa María y San Juan Bautista, cuya vida no tiene más sentido que la de reflejar la importancia del Mesías-Hijo de Dios que viene, o ya sea también a partir de la primera reflexión que San Juan y San Pablo nos transmitieron después de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret, una vida y una muerte y una resurrección que son luz que ha venido al mundo y mensaje para impactar la vida de cada uno de nosotros, desde la primera generación cristiana hasta hoy. ¡Qué tipo de misterio, que palabras que tienen 2000 años! – Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo, quedaos con lo bueno. Guardaos de toda forma de mal. ¡Qué misterio, digo, que estas palabras sean tan actuales, tan aplicables a nuestra vida hoy mismo! Ni el contexto, ni el cambio de mentalidad, ni el estilo, que hacen que todo caduque a velocidades vertiginosas han podido descalificar ninguna de esas palabras que hemos escuchado en la 2ª lectura.

La segunda jota que acompaña siempre a la de Jesucristo es la de Justicia. La justicia bíblica que no es un equilibrio de valores, o una ecuación legal que se resuelve en una sentencia, sino que es la restauración en la tierra del orden querido por Dios. Las lecturas de hoy nos hablan de ella; la curación de los enfermos, la liberación de los cautivos, el cambio radical de pobres por ricos, y de poderosos por humildes del Magnificat, que hemos cantado como salmo responsorial. Los profetas acompañan siempre la venida del Mesías con la justicia del Reino. Y hoy el mensaje sigue tan o más válido que siempre, en un mundo y en una sociedad tan lejos aún del proyecto de Dios. Hay que destacar un matiz: cuantas veces los hombres y las

mujeres nos hemos puesto en el centro en la búsqueda de una justicia de este mundo, una búsqueda desarraigada de Dios, desarraigada de un fundamento, una búsqueda que poniendo sólo las ideas en el centro, ha acabado olvidando y despreciando a las personas concretas. Todos estos intentos han fracasado. La verdadera búsqueda cristiana de la justicia perdura después de 2000 años, capaz de luchar con la voluntad de no sacrificar a nadie en el camino.

La tercera jota que nos acompaña este domingo es la jota de alegría. La alegría del profeta Isaías cuando canta: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios, la alegría de Santa María cuando canta: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Alegría a pesar de todo. A pesar de la Covid19 que nos pone socialmente ante la Navidad más extraña que hayamos vivido la inmensa mayoría de nosotros, alegría a pesar de los muertos cercanos en tantas familias, alegría quizás imposible en algunas familias porque la situación no lo permitirá, pero vivida aunque sólo sea como un deseo para el futuro. Porque sí: la alegría de este domingo Gaudete, domingo de la alegría, es tan absolutamente actual este año porque no es alegría por algo que haya pasado sino por lo que esperamos que pase. Quizás nunca nos habían colocado colectivamente en una situación de esperanza tan grande en el futuro. Los monjes rogamos con todo el mundo a menudo para que pase la pandemia, se lo pedimos a Dios: compartimos desde nuestra fe el deseo gozoso y alegre de otro escenario y en esta espera nos encontramos con la celebración del nacimiento de Jesús, del Navidad, un año más, un año diferente. Y tenemos la ocasión perfecta de asociar todo el sufrimiento que hemos testimoniado y que vivimos, a la esperanza cumplida de Israel por el nacimiento del Mesías, y recordar con consuelo el testimonio del pueblo cristiano que ha sufrido y pasado tantas cosas en su larga historia confiando en el Señor y que siempre ha reencontrado la paz y la alegría.

Si pensáramos, en la mitad de este de Adviento, en aquella pregunta que os recordaba al principio: ¿qué haríamos si tuviéramos poco tiempo? Responder que vivir en la alegría, en la justicia y en la fe en Jesucristo, sería una respuesta muy alternativa y muy poco esperada, pero que nos daría más felicidad que todas las enajenaciones que en el fondo nos alejan de Dios y de las alegrías y esperanzas del mundo. Pidamos a Dios que nos ayude mientras celebramos el memorial que el mismo Jesucristo nos dejó.

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de diciembre 2020)

Génesis 3:9-15.20 / Romanos 15:4-9 / Lucas 1:26-38

 

La liturgia del tiempo de adviento, queridos hermanos y hermanas, nos presenta tres personajes principales. El profeta Isaías; en el libro bíblico que lleva su nombre se recogen los clamores de la humanidad antigua y se anuncia la futura venida salvadora del Mesías, el Emmanuel. El segundo personaje es Juan Bautista, el último de los profetas, que muestra cómo hay que preparar el camino al Señor que viene, anuncia la inminencia del Reino de Dios, y muestra a Jesús como Mesías prometido y deseado. El tercer personaje es Santa María, la Madre de Jesucristo, y por eso Virgen.

La solemnidad de hoy se centra plenamente en ella. El pueblo cristiano, al celebrar la concepción de María, agradece a Dios el don de esta mujer singular, agradece la plenitud de gracia de la que el Señor la adornó desde el principio. Y, también, la elogia por su fidelidad plena a Dios vivida ya desde pequeña, la proclama bienaventurada por la vocación que recibió de ser la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, tal como hemos oído en el evangelio, y agradece, además, la misión de Santa María cerca de su Hijo y su función en la Iglesia.

En María y, a través de ella, en la Iglesia y en el mundo, el Señor ha hecho maravillas. Y por eso hoy cantamos a Dios un cántico nuevo (cf. Salmo responsorial: 97, 1). Y proclamamos María bienaventurada (Lc 1, 48). En Santa María todo es don de Dios, y todo don encuentra una correspondencia perfecta en ella. Siempre atenta al plan divino, y por eso siempre bien dispuesta a escuchar y acoger. Acoge primero la Palabra eterna de Dios en su corazón. Y luego, fiel a su vocación, acoge esta Palabra eterna en su seno.

Por ello, en la solemnidad de hoy damos gracias por las maravillas que Dios ha hecho en Santa María y por la generosidad de ella en servir a Dios y a los demás. Lo encontramos de una manera bien patente en la acción de gracias que la liturgia de hoy hace en el prefacio.

Comienza agradeciendo que Dios preservara a la Virgen María de toda mancha de pecado original desde su concepción y que la enriqueciera con la plenitud de la gracia. En palabras de la carta de San Pablo a los Efesios, que hemos escuchado en la segunda lectura, Dios la eligió y la bendijo con toda clase de dones espirituales de un modo eminente, para hacerla toda santa. Esta elección era a causa de Jesucristo. De este modo María cambiaba la situación de enemistad radical con Dios creada por la desobediencia de Adán y Eva que era portadora de muerte, tal como hemos escuchado en la primera lectura. En María se hace realidad la buena nueva que anunciaba esta lectura: vendrá un día -decía- en el que el descendiente de una mujer vencerá radicalmente el poder del mal. En medio del desastre y de la desolación más grande, Dios no abandona la humanidad. Al contrario, le promete la victoria salvadora de Jesucristo, el Hijo de María. Cantemos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas en María y en la Iglesia, en cada bautizado y en el conjunto del pueblo cristiano. Siempre en bien de toda la humanidad.

Con la plenitud de gracia que le fue otorgada, Dios fue preparando a María para hacerla digna madre de Hijo divino. Digna humanamente para que contribuyera a forjar con toda su madurez la personalidad humana de este Hijo. Y digna espiritualmente, porque su corazón y su seno se convirtieran una nueva arca de la alianza, un templo santo para acoger la santidad divina del Hijo. Por ello, creciendo cada día más en la fe y en el amor, el corazón de María se convertía en un foco de adoración y de contemplación, lleno de agradecimiento por los prodigios que Dios obraba.

El prefacio, sin embargo, no se fija sólo en la persona individual de Santa María y en su vinculación con Jesucristo. Da gracias, también, por la relación íntima entre María y la Iglesia. De ello destaca sobre todo dos cosas. Por un lado, María prefigura la Iglesia. Es decir, la representa anticipadamente. Lo hace llevando Cristo al mundo, anunciándolo y sirviéndole amorosamente. Lo hace, también, en su santidad inmaculada y en su amor esponsal a Dios. Porque, tal como enseña, también, el apóstol, Jesucristo quiere purificar y santificar la Iglesia, que es su esposa, para que sea santa e inmaculada y por llevarla a su presencia sin manchas ni arrugas (Ef 5 , 25-28). Y, al hablar de la Iglesia, el apóstol se refiere al conjunto del pueblo cristiano. Y, por tanto, a la vocación de cada bautizado.

El prefacio, además, destaca que María es abogada de la gracia y ejemplo de santidad para el pueblo cristiano. Abogada de la gracia, en el sentido de que, asunta al cielo, intercede para que Dios otorgue sus dones a los discípulos de Jesucristo. Y ejemplo de santidad; es decir, de vida de fe y de amor entregada a Dios y a los hermanos. Por eso es el modelo de la Iglesia y es modelo de vida de todo cristiano.

Esta es la razón por la que la solemnidad de hoy no se puede quedar sólo en la admiración por los dones hechos a María Inmaculada. Nos debe implicar profundamente, porque también a nosotros Dios nos ha elegido en Cristo, como decía la segunda lectura. El gran proyecto del Padre del cielo sobre la humanidad en torno a Jesucristo, se inicia en María. Pero nos implica también a nosotros. Nosotros, a diferencia de ella, sí tenemos manchas y arrugas por el pecado. Y tenemos que trabajar para lavarlas y plancharlas, para sacarlas de nuestra vida con la ayuda de la gracia divina. Y si la tarea de vencer el mal que pueda haber en nuestro interior nos puede parecer difícil no nos desalentemos, porque también vale para nosotros aquello de para Dios nada hay imposible que escuchábamos en el evangelio. María, con su oración intercesora, nos ayuda a acoger la gracia que el Señor nos otorga. Y en el dolor, la incertidumbre y la precariedad de la pandemia que aqueja al mundo, ella nos es Madre de consuelo y de esperanza.

Ahora, en la eucaristía, recibiremos los favores del Señor, hechos de misericordia y de fuerza espiritual, para que nuestro interior se vaya transformando según el ejemplo de santidad que encontramos en Santa María, la Madre Dios. Cantemos, pues, al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho y hace maravillas

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)
Domingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Domingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (6 de diciembre de 2020)

Isaías 40:11-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Seis siglos antes de la venida del Señor, el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó la población. Fue uno de los peores momentos de la historia de Israel, y los judíos exiliados a Babilonia lo vivieron como una situación trágica: los sacrificios del templo habían cesado, Jerusalén había sido destruida y ellos se sentían completamente abandonados por Dios. Estaban en un país lejano y habían perdido la esperanza ante un futuro incierto. Pero cuando parecía que habían caído en el pozo más profundo, el profeta Isaías les hizo el anuncio gozoso que escuchábamos en la primera lectura: el Señor no les había abandonado sino que perdonaba sus pecados, y cambiaría la historia. Al igual que el antiguo pueblo de Israel había vivido un éxodo y había sido liberado de Egipto, ellos también vivirían un evento de igual trascendencia que les permitiría el retorno a la tierra prometida. « que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, […], la cordillera se volverá una llanura, el terreno escabroso será un valle» era una forma de decir que, fueran cuales fueran las dificultades, el Señor se abriría paso para llevarles la salvación. Y así lo hizo. En otra época no carente de dificultades para el pueblo hebreo que vivía bajo la ocupación del Imperio Romano, el mismo Dios se hizo presente en la figura de Jesús. Del mismo modo que Dios había guiado al antiguo pueblo por el desierto, ahora, encarnándose se pondría al frente de la humanidad para guiarla en su peregrinación desde este mundo hacia la Jerusalén celestial.

Desde aquellos tiempos lejanos en que el antiguo pueblo de Israel recibió las promesas hasta ahora, no ha habido ninguna época que no se haya carecido de dificultades. Y en medio de estas dificultades, el Adviento reaparece cíclicamente cada año para volver a llenarnos de esperanza. Cuanto más evidente se hace a nuestros ojos la imposibilidad de salir de la situación con nuestros propios recursos, más intenso se hace el deseo de la salvación de Dios. Y por eso el mensaje del Adviento siempre nos es motivo de alegría, porque recordamos de nuevo que Dios nos ha prometido que el destino final de nuestro camino es «un cielo y una tierra nueva, en el que habite la justicia», según las palabras de la segunda lectura. Es el destino donde confluyen todos nuestros caminos personales, y hacia el cual ya estamos caminando. Y es el destino que se nos anticipa cada vez que celebramos la Eucaristía, el memorial del Señor, que es prenda de aquel convite eterno al que todos estamos invitados. Allí veremos a Dios cara a cara, mientras que ahora sólo lo podemos hacer a través del velo de la fe.

Pero si todo lo que vemos «se desintegrará», si pase lo que pase Dios nos tiene preparado un destino inmejorable, si el Adviento nos recuerda que el Señor vendrá a nuestras vidas un día u otro y este mismo Señor «no quiere que nadie se pierda »… ¿Cómo hemos de vivir? ¿Es necesario que nos sigamos esforzando? La respuesta es afirmativa: Sí. El profeta nos pedía que abriéramos en el desierto el camino del Señor, y Juan Bautista lo cumplió. Pero a diferencia de ellos, todos los cristianos que hemos venido detrás ya hemos sido bautizados con el Espíritu Santo, y todos hemos recibido la misma misión: debemos abrir caminos al Señor, debemos contribuir a hacer llegar a todos la buena nueva del evangelio. El Señor vino en la carne, volverá al final de los tiempos, y se hace presente en nuestras vidas cada vez que recibimos su palabra o que lo recibimos sacramentalmente como haremos. Pero también cada vez que, haciendo un pequeño gesto, cumpliendo nuestras responsabilidades lo mejor que sepamos, lo hacemos presente en la vida de los demás. Y hacer presente al Señor a través de nuestras obras… ¿no os parece una manera apasionante de hacer el camino de la vida?

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)
Domingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Domingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Prior de Montserrat (29 de noviembre de 2020)

Isaías 63:16b-17.19b; 64:2b-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Las lecturas de este primer domingo de Adviento del ciclo B nos sitúan muy bien en la triple perspectiva de la vida cristiana. Hay como tres realidades capitales en la historia de la salvación, que se repiten también en la vida de cada uno de los creyentes y que desearíamos ver reproducidas en la existencia de muchos de nuestros contemporáneos que se sienten, más o menos conscientemente, lejos de Jesucristo .

He hablado de una triple perspectiva para referirme a tres realidades que señalan el camino de la Iglesia y, como decía, de cada uno de los discípulos de Cristo. La primera se puede resumir en la pregunta del profeta Isaías: ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? No nos de miedo, hermanas y hermanos, reconocer nuestra dificultad para creer y aceptar que, incluso eso que nos puede parecer tan extraño, también forma parte del plan de Dios para salvarnos. Y es que creer lo que profesaremos a continuación, después de esta homilía, es decir que existe un Dios personal que lo ha creado todo, que quiere el bien de sus criaturas, que ama la vida, que es el Amor con mayúscula, que nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo hecho hombre para salvarnos del pecado y de la muerte, que nos ha dado su Espíritu para que seamos un solo cuerpo y una sola alma y que renueva en nosotros su Espíritu Santo, siempre que se lo pedimos, creer todo esto no es fácil, ni es espontáneo, ni es cómodo. Incluso, más de una vez parece que los acontecimientos cotidianos quieran desmentir tercamente nuestra pobre fe. El misterio del mal y de la muerte, que es tan habitual por desgracia en buena parte de la humanidad y que nos ha aparecido como una novedad inesperada en nuestras sociedades occidentales con la Covidien-19, este misterio de tantas y tantas personas inocentes que sufren y que mueren, así como también el misterio de nuestra propia muerte ineludible, todo ello no nos resulta fácil de afrontarlo desde la fe. Si añadimos un entorno social y comunicativo contrario o que, sencillamente, ignora esta dimensión del ser humano, tendremos un cuadro bastante completo de la situación. Y para acabarlo de complicar, el profeta atribuye a Dios por lo menos una parte de nuestra falta de fe: Señor, ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Es que Dios, hermanas y hermanos, no nos quiere hacer creer en Él por fuerza, sino que espera que nuestra fe sea el resultado de un acto libre, movido por el amor a Jesucristo Salvador nuestro.

La segunda perspectiva ya la anunciaba, también, el profeta Isaías y la encontramos explicitada en el fragmento de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Decía el profeta: tu nombre de siempre es «nuestro Liberador […] Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano. Dios no rechaza su obra, porque la ama y porque nos ha creado a imagen y semejanza de su Hijo. En Jesucristo encontramos la razón, el fundamento y la fuerza de nuestra fe en Dios. Él es nuestra esperanza. Por eso san Pablo comienza la primera carta a los Corintios bendiciendo Dios pensando en la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús. Y eso que Pablo decía a los cristianos de Corinto también nos lo dice a nosotros: bendito sea Dios porque nos ha enriquecido en Cristo en toda palabra y en toda ciencia. Pablo saluda a sus destinatarios deseándoles la gracia y la paz de Dios. Estos dos términos sintetizan lo mejor de la cultura griega y de la sabiduría judía, que han dado forma a nuestra fe y han modelado en buena parte, aunque no exclusivamente, nuestra cultura. La gracia, la Xaris griega, es el favor de Dios, su benevolencia, el don de sí mismo que Dios ha depositado en nosotros, es también la fuerza de su Espíritu. La paz, shalom judío, ya se adivina que no es sólo la ausencia de guerras o de conflictos, que ya sería mucho, claro, sino que expresa aquella manera de vivir en la que se lleva a cabo nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. La paz es también el fruto de la sabiduría que viene de Dios y que nos permite ver y comprender la realidad tal como es a los ojos de su Creador, que es al mismo tiempo el Salvador. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor..

La tercera perspectiva también la anunciaban el profeta Isaías y San Pablo y es más explícita en el Evangelio. Isaías gritaba: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. Y San Pablo recordaba con toda la fuerza a los Corintios que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Pero en el evangelio es Jesús mismo quien nos desvela con su palabra: Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento […] no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa […] no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.. Es decir, la salvación que Jesucristo vino a traer y a anunciar con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ya empieza a estar presente y efectiva mientras vivimos en este mundo, pero nos damos cuenta que no es perfecta, que no está completa del todo. El Reino de Dios que Jesús anunciaba como un Reino cercano, aún no ha llegado a su plenitud. Cuando llegue todo será nuevo, todo será claro y diáfano, entonces triunfarán definitivamente el amor y la vida sobre el pecado, el mal y la muerte.

Jesús exhortaba a sus contemporáneos a velar para que el fin del mundo no los encontrara dormidos, pero también para que fueran capaces de captar y de vivir aquellos momentos en los que el Reino ya se hace presente en la vida de las personas y de las comunidades. Y eso que les decía a ellos, lo dice a todo el mundo, nos lo dice también a nosotros. Se trata de velar, hermanas y hermanos, para darnos cuenta de que la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte ya se empieza a manifestar ahora, en nuestra historia que es un tejido de pecado y de gracia, de luz y de tinieblas. Jesucristo resucitado, nuestra gran esperanza, sigue presente entre nosotros y nos empuja a desear con todo nuestro ser su manifestación definitiva. Por eso le podemos dirigir con gozo la aclamación del salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Amén.

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)
Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Joan M. Mayol, Rector del Santuario de Montserrat (22 de noviembre de 2020)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Corintios 15:20-26.28 / Mateo 25:31-46

 

Las lecturas de la eucaristía de esta solemnidad de Cristo Rey, nos hablan de Jesús, como Pastor solícito, Rey misericordioso y Juez justo. Jesús es el Gran Pastor del Pueblo de Dios porque ha dado la vida por sus ovejas, es verdaderamente Rey universal porque ha sido el único hombre que ha realizado incomparablemente mejor el oficio de ser persona. Dios ya había hecho al hombre “rey de lo que había creado» pero la historia nos dice que este ha hecho de sí mismo un tirano y se ha comportado con la naturaleza de idéntica manera.

La imagen que hoy sobresale más en esta escena del juicio final, sin embargo, es la de Jesús como Juez justo. El Padre ha dado a él el juicio porque él, abrazando la condición humana, ha vivido todos sus límites, ha sufrido sus tentaciones, pero no ha caído en ningún momento en la maldad del pecado porque ha confiado siempre en Dios y se ha mantenido humilde y respetuoso ante él. Jesucristo ha demostrado al género humano que ser persona, de acuerdo con el plan amoroso de Dios, es posible, no es fácil pero tampoco difícil, todo es ponerse; y en su providencia, conociendo nuestra debilidad, nos ha dejado como remedio a este mal radical del egoísmo que nos domina, el don de la misericordia. ¿Por qué la misericordia y no otro don? Porque la misericordia nos hace humildes, más personas. Ejerciendo la misericordia tenemos una oportunidad muy personal de experimentar, de alguna manera, el amor viviente que es Dios mismo. Y este amor es lo que puede ir transformando nuestro ego pagado de sí mismo en un yo liberado y liberador, en un yo en comunión fraterna con todos los demás.

La misericordia nos lleva a compartir más que a acumular, a cuidar más que a devorar, con lo cual la naturaleza sale beneficiada y por ende nosotros mismos. La misericordia nos empuja más a ser creativos que ser violentos.

Hablar de misericordia no es hablar de conmiseración paternalista, sino de empatía y de autenticidad humana, de gozo por el valor útil y eficaz de la propia existencia. La capacidad de ser misericordiosos es el gran don que la Providencia ha puesto en nuestras entrañas. Ser misericordiosos, empático, comprometido con el bien, es lo que nos hace benditos de Dios, la falta de todo esto o su contrario es lo que arruina la propia vida y la convivencia que se deriva. Misericordia no es ir con lirio en la mano, es más bien tener el coraje de renunciar a toda violencia para estrechar con fuerza las manos solidariamente tanto con los de cerca como con los de lejos, y ponerse juntos a abrir camino.

Las palabras de Jesús nos invitan a estar atentos a nuestras decisiones para no acabar condenando nuestra vida y nuestra historia, ya ahora, a un suplicio eterno debido al egoísmo o al amor inactivo. Los condenados que están a la izquierda y los salvados que están a la derecha del Señor, no están ahí por haber ignorado o conocido Jesús y su Evangelio, no se cuestiona aquí su religiosidad, la cuestión esencial que se debate es el ejercicio o no ejercicio de la misericordia con los que les son iguales en humanidad.

La argumentación de Jesús sopla sobre el incienso de piedad que podría ocultar los problemas que nos afectan a todos y que está en nuestras manos resolverlos: el hambre, la falta de agua, la miseria, la inmigración, problemas todos ellos que mal resueltos o resueltos sólo para unos pocos acaban generando para todos violencia, lágrimas y resentimientos.

Jesús no nos pide un imposible, él mismo no hizo más que lo que estaba a su alcance natural; pero no quiere que, por desidia o por miedo, acabemos mirando a otro lado cuando el Cristo necesitado lo tenemos en frente; su evangelio nos hace mirar con la empatía de Dios la realidad humana que tenemos a nuestro alcance para así, contribuir, entre todos, eficazmente, en el todo inalcanzable del mundo. Joan Maragall, poeta de alma rebelde y de espíritu inquieto, en su «Elogio del vivir», expresa esta responsabilidad evangélica que todos y todas tenemos, con una belleza sobria y así de acertadamente.

Ama tu oficio,

tu vocación,

tu estrella,

aquello para lo que sirves,

aquello en que realmente,

eres uno entre los hombres,

esfuérzate en tu quehacer

como si de cada detalle que piensas,

de cada palabra que dices,

de cada pieza que colocas,

de cada martillazo que das,

dependiese la salvación de la humanidad.

Porque depende, créeme.

Si olvidándote de ti mismo

haces todo lo que puedes en tu trabajo,

haces más que el emperador

que rige automáticamente sus estados;

haces más que el que inventa teorías universales

sólo para satisfacer su vanidad,

haces más que el político,

que el agitador, que el que gobierna.

Puedes desdeñar todo esto

y el arreglo del mundo.

El mundo se arreglaría bien el solo,

sólo con que cada uno

cumpliera su deber con amor, en su casa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)
Domingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (15 de noviembre de 2020)

Proverbios 31:10-13.19-20.30-31 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 25:14-30

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Estamos llegando al final del año litúrgico y las lecturas de estos días nos ponen en la tesitura de una tensión escatológica que nos reenvía ya hacia el Adviento que se está acercando. En este sentido, podemos citar lo que nos decía la primera carta a los tesalonicenses: «Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar».

Pero esta tensión escatológica también tiene su eco en la historia. También nosotros, hace unos meses, pensábamos que todo estaba en paz y bien asegurado, mientras que de repente y sin que se escape nadie nos está azotando una pandemia que ha paralizado el mundo. Como uno de los administradores de que nos habla el Evangelio, también nosotros tenemos miedo.

Tenemos miedo de enfermar gravemente, de morir dejando a medias nuestros proyectos. Además, la crisis sanitaria ha venido también acompañada de una grave crisis económica: empresas y tiendas cerradas que luchan para sobrevivir hasta que lleguen tiempos mejores. Trabajadores sin trabajo. Millones de personas confinadas, algunas de las cuales sufriendo en silencio dentro de los hogares la violencia de género y los abusos. El número de los suicidios ha aumentado.

La crisis nos ha cogido bien preparados a nivel técnico y científico: el desarrollo de la vacuna que en circunstancias normales se hubiera hecho en años, lo podremos hacer en unos meses. Pero, sin embargo, no estábamos demasiado bien equipados moralmente para afrontar unos hechos tan graves como los que nos ha tocado vivir. Ya las últimas crisis económicas y sociales que habíamos vivido nos habían avisado de este hecho.

Como cristianos no podemos interpretar todos estos eventos desde puntos de vista demasiado simples o parciales. Es lógico que nos preguntemos también: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué ha permitido todo esto? ¿Es que ha sido un castigo divino? Tenemos todo el derecho de hacernos estas preguntas. Pero también debemos saber que Dios no es como aquel dueño del evangelio que se marchó del país y dejó solos a sus trabajadores. Dios está siempre presente entre nosotros y nunca nos abandona.

Es más, si volvemos a las lecturas de hoy y a las de estas últimas semanas del tiempo litúrgico, vemos que Dios nos propone vivir según aquellas virtudes que nos permiten superar los obstáculos de la vida con los ojos siempre puestos en el Señor. Podríamos destacar tres, de estas virtudes: la esperanza, la perseverancia y la solidaridad.

La esperanza es la virtud esencial del cristiano. Confiamos en Dios y en su amor hacia nosotros. Sabemos que nuestra peregrinación, por más dura que sea, tiene un término feliz. La última palabra no la tienen nunca el mal o la muerte, sino la felicidad y la vida. Dios siempre nos da una segunda oportunidad. La esperanza nos dice que el momento más oscuro de la noche es justo antes del amanecer.

La perseverancia nos lleva a no desfallecer, a resistir. No se trata de un mero estoicismo sino que la perseverancia es fruto de nuestra esperanza. En un mundo donde la inmediatez es tan importante nos olvidamos a veces que hay que perseverar

pacientemente para salir vencedores. No es tampoco una perseverancia pasiva, de esperar simplemente que vengan tiempos mejores. Es necesario que vaya acompañada también de la acción prudente pero decidida.

La solidaridad nos la pone de manifiesto el evangelio que hemos leído hoy: todos nosotros tenemos que administrar los dones y los bienes que hemos recibido y ponerlos al servicio de los demás. Nadie se salva solo: nos necesitamos unos a otros. Lo hemos visto especialmente estos días con tantos trabajadores y voluntarios: médicos, sanitarios, policías, Cáritas, Cruz Roja y un largo etcétera.

Precisamente hoy, conmemoramos la jornada mundial de los pobres, instituida por Francisco. Sólo a través de la solidaridad conseguiremos hacer un mundo más feliz y más justo. Los pobres ya no sólo son «los otros» también nosotros lo somos. Nuestras debilidades y nuestras necesidades se han puesto de manifiesto ahora más que nunca.

Hermanos y hermanas, sepamos administrar bien en este mundo los dones que Dios nos ha dado para que podamos llegar un día a su presencia y oír su voz que nos dice: «¡Bien, siervo bueno y fiel! Entra en el gozo de tu Señor».

 

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXXIII semana de durante el año (15 de noviembre de 2020)
Domingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (8 de noviembre de 2020)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-13

 

Queridos hermanos y hermanas aquí presentes y los que no seguís de lejos,

Acabamos de oír la conocida parábola de las diez vírgenes o muchachas invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino del cielo, de la vida eterna. Una parábola de las que invitan a la vigilancia, a estar siempre preparados. Una recomendación insistente en estos últimos domingos del año litúrgico y que también caracterizará el inicio del tiempo de Adviento. “Estad preparados, porque no sabéis ni el día ni la hora”. Debemos, pues, estar atentos, porque la situación presente de epidemia a escala mundial nos suscita muchas preguntas. Y también conviene que, cuando reflexionamos a la luz de nuestra fe, la imagen que tenemos de Dios debe estar en acuerdo con el designio con el cual ha creado el mundo y ha puesto en el centro al ser humano.

También el evangelio de hoy, como todas las parábolas de Jesús, nos da a conocer el designio de Dios pero al mismo tiempo nos lo oculta, a fin de que sepamos captar el toque de atención que Jesús nos hace. Los detalles suplementarios de lógica humana en este caso no tienen importancia. Por ejemplo, que las cinco chicas prudentes no sean solidarias hacia las demás, o bien cuál establecimiento está abierto a medianoche para comprar aceite, este producto mediterráneo tan antioxidante para la salud y tan abrasador para atizar antorchas.

“¿Qué representa este «aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don,

se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de la muerte, eso ya no será posible” (Benedicto XVI, 6.11.11).

Por eso la lectura primera invitaba a levantarse pronto para salir a buscar tal sabiduría. De hecho, el evangelio de la próxima fiesta de Cristo Rey, describiendo el Juicio final, será algo más que una simple invitación a estar atentos. Será una interpelación sobre si hemos sido prudentes, llenos de la sabiduría que la catequesis cristiana ha sistematizado en las llamadas obras de misericordia: “Estuve hambriento y no me disteis de comer, sediento y no me disteis de beber, era forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y encarcelado y no me visitasteis”.

¡Aceite de calidad para las lámparas! Amor, pues, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. “Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara para atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida” (Benedicto XVI, ib.).

Que podamos acoger siempre tal don, con el realismo que la hora presente nos ofrece, pero también sabiendo sostener alta la lámpara de la fe.

Abadia de MontserratDomingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)
Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de noviembre 2020)

Isaías 25:6-9 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Marcos 15:33-39; 16:1-6

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este versículo del salmo 21 que Jesús gritó con toda la fuerza en la cruz expresa de una manera profunda el desgarro radical del ser humano ante la muerte. Sintetiza, hermanos y hermanas, la experiencia humana de Jesús en el momento de la máxima derrota. Vive su adhesión al Padre, porque el grito es una invocación, pero no siente la proximidad -él, el mayor de los místicos- ni ve la salvación. La oscuridad que, según el evangelista, envolvía la tierra a pesar de ser a primera hora de la tarde, era aún más oscura en la intimidad de Jesús. La muerte le llega inexorablemente. Y la naturaleza humana se horroriza. Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Después, viene el descendimiento de la cruz, la mortaja, y la gran piedra que cierra la entrada del sepulcro. Para siempre, según los ojos de la mayoría de quienes lo contemplaron.

El porqué de Jesús en la cruz sintetiza todos los porqués humanos ante la muerte. Ante la propia muerte. Ante la muerte de los seres queridos. Ante las víctimas mortales de la enfermedad, del hambre, de los accidentes, de la violencia y de la guerra. Ante el hecho mismo de la muerte insoslayable. El porqué de Jesús en la cruz sintetiza tantos porqués que se han pronunciado -y se pronuncian todavía- en las UCI, en las residencias de ancianos, en las familias,… ante la muerte de personas, estimadas o desconocidas, a lo largo de la pandemia que nos acosa. Puede que alguien estoicamente puede decir que ve la muerte como un proceso biológico natural, que hay que ser realistas y aceptarla elegantemente; que es, como dice el poeta, un «aspiración gradual del humano desencanto» (J. Carner, Nabi, 8). Pero el deseo infinito de plenitud, de vida y de felicidad que hay en el corazón humano topa con la finitud de la muerte, y en la razón del que piensa surge una y otra vez la pregunta: ¿por qué?

La liturgia de hoy, con su tono contenido, grave, quiere ayudarnos vivir todo el drama humano que supone la muerte. Y a vivirlo con esperanza. Con su muerte, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se hace solidario de la muerte de todos. Pero ésta no es la única palabra que, en la liturgia de hoy, el Dios de la vida nos ofrece sobre la muerte.

Aquel día, el Señor del universo preparará para todos los pueblos un convite. El profeta Isaías nos hablaba, en la primera lectura, de los últimos tiempos. Utilizaba la imagen de un convite para referirse al bienestar, a la felicidad, a la alegría, a la plenitud, a la comunión con Dios y los unos con los otros. Esto será -dice- en el monte del Señor. Es decir, en la vida futura, en la vida eterna, de la que la muerte es la puerta. Entonces, decía el profeta, las lágrimas de todos los hombres se secaran, desaparecerá el velo de luto que cubre todos los pueblos, el paño que tapa las naciones y la Muerte será tragada para siempre.

La Muerte será tragada para siempre. Viendo la muerte que cada día hace estragos, cabe preguntarse si no es una visión ilusoria, sin ningún contacto con la realidad, la del profeta.¿ Es un consuelo fácil para adormecernos intelectualmente y no experimentar el drama de la muerte? Lo podría ser si aquella gran piedra hubiera dejado cerrada la puerta del sepulcro de Jesús. Pero, tal como hemos oído en la segunda lectura, Jesús murió y resucitó. Con él se empezó a hacer realidad la palabra del profeta: la Muerte ha sido vencida y, por tanto, es sólo un paso -aunque sea doloroso- y no una realidad definitiva.

Por eso, en este día en que pensamos en nuestros difuntos, acojamos el mensaje de esperanza y de consuelo que nos viene de la Palabra de Dios. Los que nos han dejado confiando en Cristo o, quizás sin haberlo conocido tal como es, pero que buscaron hacer el bien según su conciencia, viven con él. Por eso, la liturgia de hoy, a pesar de su tono grave, tiene también un tono de esperanza; domina la Pascua del Señor. Hagamos nuestras, pues, las palabras del Apóstol, que hemos escuchado: no quisiéramos que os entristezcáis, como lo hacen los que no tienen esperanza: Dios se ha llevado con Jesús los que han muerto en él. Y en cuanto a nosotros, si hemos procurado vivir según la Palabra de Jesús, en el momento de nuestra muerte, también nos será dado encontrarnos con el Señor y vivir cerca de él en la plenitud de la felicidad, en el convite del Reino. Consolémonos, pues, unos a otros con esta realidad admirable, mientras hacemos memoria de nuestros padres, madres, hermanos, familiares y amigos difuntos; mientras nuestra comunidad recuerda de una manera particular los PP. Just M. Llorenç e Hilari Raguer fallecidos durante este año.

En esta vida, se entrelazan el porqué que nos cuestiona y la fe en el convite inaugurado por la resurrección de Jesucristo. Para ayudarnos a vivir con esperanza en la vida futura y para nutrirnos espiritualmente, el Señor, como cantábamos en el salmo, ahora pone la mesa ante nosotros y nos guía por el sendero justo por el amor de su nombre. Así su bondad y su amor nos acompañan toda la vida hasta el momento de ser llamados a vivir por siempre en la casa del Señor, en la vida sin fin.

 

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2020)
Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de noviembre 2020)

Apocalipsi 7:2-4.9-14 / 1 Joan 3:1-3 / Mateu 5:1-12a

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con alegría la solemnidad de todos los santos. Los alabamos, los invocamos, los contemplamos con la esperanza de poder ser un día como ellos. Pero sobre todo celebramos, alabamos y contemplamos la obra que Jesucristo ha hecho en cada uno de ellos, hombres y mujeres de todo el mundo de todas las edades y condiciones que vivieron con sinceridad de corazón y a los que el Espíritu Santo transformó para insertarlos plenamente el misterio pascual de Jesucristo. Son hermanos y hermanas nuestros en los que la gracia de Dios ha hecho maravillas. Por eso hoy veneramos con alegría su memoria gloriosa y alabamos, unidos a ellos, la Trinidad Santa que ha llevado a cabo plenamente en ellos su obra y los ha llevado a participar de la gloria pascual del Señor.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Juan, se nos hablaba precisamente de esta obra de Dios en los creyentes. El Padre nos ama y nos reconoce como hijos, decía. Y por eso, por medio del Espíritu Santo, nos quiere ir transformando en la imagen de su Hijo Jesucristo. La lectura marcaba dos etapas en este camino. La etapa inicial de la filiación divina que se inaugura en el bautismo y se vive por la fe y por el amor y que dura mientras estamos en este mundo; es, por tanto, la etapa que nosotros tenemos que vivir ahora. La otra etapa de la que hablaba la lectura es de plenitud, de realización plena de la filiación divina que se da en la vida futura, una vez traspasado el umbral de la muerte. Ahora ya somos hijos de Dios, afirmaba el texto; esto quiere decir que somos profundamente amados por él, el Padre que tiene entrañas de misericordia, que nos conoce y nos reconoce individualmente, con todo el bagaje de nuestra historia. Y para vivir esta filiación tenemos como hoja de ruta las bienaventuranzas: la humildad, la compasión, la sencillez, el amor generoso como núcleo de nuestra existencia, el anhelo de tener un corazón limpio y de la justicia, la paciencia ante las incomprensiones y la persecución. Ahora ya somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. […] seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.. Verle y parecerse a Dios. Esta es la segunda y definitiva etapa, de la que ya disfrutan la gran multitud de los santos que hoy celebramos. Esta segunda etapa se caracteriza por la identificación con Jesucristo que hace participar eternamente de su pascua, por la contemplación de la gloria de Dios y por una hermandad gozosa y sin merma toda empapada del Espíritu Santo.

Contemplando hoy «el encuentro festivo de los santos, hermanos nuestros» (cf. Prefacio) que ya viven en la plenitud, nos sentimos llamados a vivir intensamente la primera etapa del camino de la filiación divina. Ahora ya somos hijos de Dios, decía la segunda lectura. Esto significa que Dios Padre nos ama, nos conoce y nos da la vida a través de la Palabra divina y de los sacramentos. Pero también que nosotros tenemos que acoger con agradecimiento esta filiación y vivirla de una manera coherente. Por eso debemos estar ante Dios con la confianza de hijos y a la vez con la conciencia de nuestra pobreza personal, maravillados por tanta condescendencia para con nosotros que somos tan pequeños y tan pobres. Vivir la filiación divina significa procurar seguir el ejemplo de Jesucristo reflejado en las bienaventuranzas y hecho de un corazón sencillo y de un amor incondicional a todos. La vivencia actual de la filiación nos debe llevar, como enseña la primera carta de san Juan, a purificar cada día nuestro corazón y nuestro comportamiento para hacerlos semejantes a Jesucristo, caminando a la luz de su palabra y practicando su mandamiento del amor (cf. 1Jn 1, 5-2, 11). En las dificultades que podamos encontrar, nos ayuda pensar en la segunda etapa de la que ya disfrutan los santos sabiéndose como decía Juan- que participaremos de esa etapa si no nos desviamos del camino del Evangelio. El apóstol, con sus palabras quiere que tengamos la certeza de que los creyentes en Cristo ya poseemos la vida eterna, de una manera inicial ahora y de una manera plena más adelante.

Este año celebramos la solemnidad de Todos los Santos con la preocupación por la pandemia que sigue activa con los contagios, las limitaciones de movimientos y las repercusiones económicas que afectan a tanta gente, también familiares y conocidos nuestros incluso a nosotros mismos, la crisis social que comienza a manifestarse. Pensar que somos hijos de Dios nos conforta y nos hace confiar en el amor del Padre, manifestado máxime en la cruz de su Hijo Jesucristo. Sabemos que nos pase lo que nos pase, todo entra en el plan de salvación que Dios tiene para cada uno de nosotros. La lógica humana tiene dificultades para entenderlo. Pero a la luz de la cruz y de la pascua de Jesucristo encontramos unas perspectivas nuevas. Dios nos llama a confiar en él, en su amor por cada persona. Nos sigue repitiendo la palabra de Jesús: no tengáis miedo, la mar encrespada y la oscuridad en el horizonte pasarán (cf. Jn 6, 18-20). Por otro lado, constatar la fragilidad que supone la realidad humana y la condición mortal que es inherente nos estimula a poner nuestra confianza en la etapa definitiva de plenitud de la que ya disfrutan los santos, porque todavía no se ha manifestado como seremos. […] Seremos semejantes a él porque lo veremos tal como es. La esperanza cristiana en la vida futura no es una evasión de la realidad presente, sino un estímulo para continuar trabajando a favor de los demás, según nuestras posibilidades.

La celebración de la eucaristía nos hace profundizar nuestra condición de hijos de Dios unidos a Jesucristo por el Espíritu Santo. Nos la hace profundizar y nos la hace agradecer, conscientes de que somos hijos junto con una multitud incontable de otros hijos, hermanos y hermanas nuestros que peregrinan en este mundo y al que debemos amar. Y al mismo tiempo la celebración de la eucaristía nos anticipa la comunión con la Iglesia de los santos que viven para siempre en Dios. Nos hermana la misma filiación divina, la participación en la gracia de Dios, y que, en el don eucarístico, recibamos la prenda de la gloria futura.

Los santos y las santas que hoy celebramos nos esperan y nos ayudan con su oración. Santa María, la Virgen, es la primera de todos ellos; también nos espera porque después de esta vida mortal quiere mostrarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre (cf. Salve Regina), para que podamos disfrutar de verlo tal como es y participar para siempre de la alegría y la comunión fraterna de su Reino.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2020)
Domingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)

Domingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (25 d’octubre de 2020)

Éxodo 22:20-26 / 1 Tesalonicenses 1:5c-10 / Mateo 22:34-40

 

Cualquiera de nosotros habría podido hacerse la pregunta que hemos oído en el Evangelio: «¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Quizás nosotros la habríamos formulado de otra manera, y habríamos preguntado, por ejemplo, de qué manera podemos llegar a vivir con plenitud como personas, en relación con Dios y con todos.

En su respuesta, Jesús mismo no da ningún precepto, sino que va directo a la raíz de la cuestión, y lo resume así: lo más importante de todo es amar: amar a Dios con todo el corazón y amar a los demás como nosotros mismos. Nos dice, pues, que la plenitud la conseguimos por una única corriente de relación y de amor. Así pues, nuestra vida de cristianos consiste en mantener bien unidos estos dos ejes: el amor a Dios, agradeciéndole el hecho de que podamos relacionarnos con Él, descubriendo cómo nos ama. Y en segundo lugar, la capacidad de compartir este buen trato con los demás y con todo el mundo. Debido a que nos ama, Jesús nos urge a actuar de una manera lo más humana y generosa posible.

Por experiencia sabemos que la mayoría de la gente busca la paz interior y la armonía con ellos mismos, con los demás y con el universo. Por eso tratamos de encontrar aquella sabiduría que nos ayuda a vivir felizmente. El hecho de ser cristianos nos ayuda mucho en esta investigación. Nos ayuda a tratar de ver y vivir el mundo en positivo a lo largo de la vida. Es cierto que, a veces, debemos asumir responsabilidades difíciles, pero si amamos de corazón y no cerramos la puerta a las personas con las que compartimos la vida, nos abrimos el camino hacia una paz interior, y una alegría más honda.

Si somos cristianos, es importante y necesario que descubramos cómo Jesús nos ofrece cada día, tal como lo encontramos en los evangelios, muchos elementos que, si los leemos o los escuchamos, nos ayudan a ponerlo en práctica para nuestro bien. Vemos cómo Jesús integra plenamente -y junta de verdad- el amor a Dios y el amor a los demás y a todos, incluso en cuestiones muy concretas y cotidianas. Si lo seguimos podremos vivir con una libertad mayor.

Precisamente las otras lecturas de la misa de hoy nos dan pistas sobre ello. Por ejemplo el libro del Éxodo nos decía: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, No explotarás a viudas ni a huérfanos». Abriendo los ojos, vemos que hay grupos de personas que son mucho más vulnerables y discriminadas. Por ello es alentador oír como continuaba este pasaje del libro del Éxodo: «A estas personas yo las escucharé», «yo las escucharé nos dice el Señor- porque soy misericordioso». Jesús sabía hacerlo bien esto de escuchar con misericordia, y nos abre así un camino que, si lo seguimos, nos puede ayudar a crear un ambiente de vida más positivo y más abierto, para el bien de todos.

San Pablo, en la segunda lectura, nos explica cómo el Evangelio se iba extendiendo por las tierras de Grecia: «Vosotros -decía a los de Tesalónica- seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo.». Y remarcaba que la palabra del Señor nos habla, nos ilumina y nos apoya en cualquier circunstancia, sea cual sea nuestra situación. Si lo vivimos a fondo, quizá tendremos -de una manera o de otra- un sentimiento dentro de nosotros que nos hará capaces de acoger lo que Jesús decía a sus amigos, y podremos compartirlo mejor entre nosotros y con todos.

Así pues, hoy es un día para agradecer a los que nos han transmitido nuestra fe y nos han enseñado a transmitirla, de camino juntos hacia un mundo sin discriminaciones ni fronteras. Si lo hacemos tanto como podamos, podremos constatar que nuestra fe se fortalece cuando la compartimos y la transmitimos. Es el «milagro» del Evangelio para los cristianos, que nos empuja y nos ayuda a compartir las actitudes que nos propone Jesús. Él nos enseña a respetar culturas muy diversas, y nos empuja a trabajar por un mundo que sea siempre digno de la humanidad. Busquemos, pues, crear y mantener una esperanza firme, que, en medio de las dificultades y necesidades, nos ayude a vivir con solidaridad y con alegría.

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXX semana de durante el año (25 de octubre de 2020)