Domingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (17 de octubre de 2021)

Isías 53:10-11 / Hebreos 4:14-16 / Marcos 10:35-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

El texto que nos acaba de proclamar el diácono nos presenta dos situaciones contrapuestas. La primera situación es doble: por un lado la petición que Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, hacen a Jesús para estar a su derecha y a su izquierda cuando sea glorificado; y por otro lado, la indignación que suscita en los demás discípulos la petición de los dos hermanos.

La segunda situación, es la respuesta de Jesús a la petición que le han hecho, una respuesta paradójica, ya que no sólo asegura a los hermanos que beberán el cáliz que él ha de beber, sino que manifiesta explícitamente cuál es el sentido último de su vida: «el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás, y a dar su vida como rescate por todos los hombres».

Habitualmente, al escuchar estas palabras de Jesús, pensamos fácilmente en su donación en la cruz y olvidamos que toda su vida fue entrega y servicio. En realidad, la muerte de Jesús, no fue sino la culminación de su «desvivirse» constante. Día tras día, dio todo lo que tenía: sus fuerzas, la sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor.

Por eso podemos decir, sin lugar a dudas que el centro de la Palabra de Dios de este domingo es un término arriesgado y que tiene poca prensa hoy y siempre. El concepto es: servir, ser servidor. Verbo y sustantivo que chocan con el deseo de sobresalir y de dominar, propios de la fragilidad del corazón humano.

La primera lectura, del profeta Isaías, comenzaba así: «El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento». Jesús mismo en el evangelio explicita el sentido de su misión. Recordemos de nuevo: «el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás y dar su vida como rescate por todos los hombres». Con estas palabras, nos ha dado la definición más bella que se pueda dar de Dios y de él, de Dios, sólo sabemos lo que hemos visto y oído de parte de Jesús. Dios es aquel que continuamente viene al encuentro del hombre, y viene como nuestro servidor, como aquel que da la vida. En palabras de un teólogo italiano, el P. Ermes Ronchi, «Dios es el que viene, el que ama y el que sirve al hombre».

Jesús afronta directamente el contenido de la petición y también de la reacción del resto de discípulos, ya que unos y otros, todos, por supuesto, querían ser los primeros aunque quienes lo manifestaran fueran los dos hermanos. Y les dice: «quien quiera ser grande, debe ser su servidor, y el que quiera ser el primero, debe ser esclavo de todos».

Esta explicación de Jesús sobre lo que significa ser los primeros encontrará su concreción en el lavatorio de los pies, antes de la cena pascual. Dios no lanza truenos, sino que se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada uno de nosotros, como lo hizo con los discípulos, para lavarnos los pies. Es desde esta posición, desde abajo, que Jesús lava y venda las heridas que el hombre de todos los tiempos tiene / tenemos en los pies que tan a menudo están cansados y llenos de llagas debido a las dificultades para trillar los múltiples y a veces difíciles caminos de la vida. Estar por encima aleja y distancia, en cambio Dios ocupa la máxima proximidad, ponerse a los pies de los que ama entrañablemente, es decir, de todos sin excepción.

Aunque, según la lógica del Evangelio, sentarse a la derecha o a la izquierda de Jesús significa ocupar también dos lugares en el Gólgota, en el Calvario, es decir seguir a Jesús en todos y cada uno de los momentos de su vida, tanto en aquellos momentos en que se manifiesta como la voz de Dios obrando prodigios y milagros, como cuando se encuentra absolutamente desarmado en la cruz. Estar a su derecha o a su izquierda querrá decir también beber el cáliz del que ama primero, del que ama sin condiciones ni cálculos. En la cruz encontramos la explicitación del amor hecho servicio hasta el final. Por eso, Dios lo resucitó como confiamos nos resucitará también a nosotros.

Hermanos y hermanas, Dios es el sembrador incansable de nuestras vidas, las enriquece con fuerza, paciencia, coraje, libertad, para que también nosotros, como él, seamos servidores de la vida. Empezando por los que tenemos más cerca. Y ese es el gran título de honor que tendrán los discípulos: «¡ven siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te daré mucho más. Entra en el gozo de tu señor » (Mt 25, 23).

 

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Bendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Palabras del P. Manel Gasch i Hurios al final de la Eucaristía de su bendición abacial (13 de octubre de 2021)

 

Doy gracias a Dios por todo lo que hemos vivido hoy en esta celebración. Porque nos hemos sentido una comunidad que oraba e invocaba los dones del Espíritu Santo para fortalecer mi fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio en el servicio que mis hermanos me han encomendado como abad.

Una comunidad de oración abierta a todos los que estáis aquí, conscientes de que, si tal vez a todos no nos une la fe, sí compartimos la amistad, el respeto y la estimación por Montserrat. Una apertura que la tecnología ha extendido, como hace cada día, a través de los medios de comunicación a muchos hogares de fieles a los que quiero tener presentes en estas palabras, para hacerles sentir parte de nuestra asamblea, especialmente los enfermos y los ancianos .

«Acoged a todos» fueron las palabras que el Papa San Pablo VI dirigió al Abad Cassià M. Just y que han marcado la vida de nuestra comunidad. No podía ser de otro modo. Son palabras que también encontraríamos en el corazón de la espiritualidad de la Regla de San Benito y que estoy seguro que continuarán inspirándonos. El monasterio es siempre la casa de Dios y por lo tanto la casa de todos; para unos, los monjes, de manera estable y por los otros, los huéspedes, de manera pasajera, como Jesucristo que pasa; Montserrat es además la casa de la Virgen, de la Moreneta, de la Patrona de Cataluña, venerada por fieles y peregrinos de todas partes, la casa donde quisiéramos que todo el mundo se encontrara bien. Este santuario es el don que Dios ha hecho a nuestra comunidad y nos sentimos a la vez responsables y agradecidos.

Gracias en primer lugar al P. Manuel Nin y Güell, obispo titular de Cárcabo y exarca apostólico para los católicos de tradición bizantina de Grecia, que aceptó presidir esta bendición, con quien nos unen lazos de fraternidad y que, aportando un poco de la tradición de Oriente Cristiano ha hecho más católica, más universal, esta asamblea.

La comunión que personalmente me ha expresado, el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, mi ciudad de nacimiento, que hoy no puede estar con nosotros, y la presencia del Cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo emérito de Barcelona, y de nuestro obispo de Sant Feliu de Llobregat, Mons. Agustí Cortés, junto con la de los arzobispos de Tarragona y de Urgell, a este último le debo la ordenación presbiteral, más la presencia de obispos de todas las diócesis con sede en Cataluña y aún la del obispo de Mallorca, y la de todos los sacerdotes y diáconos que está aquí, nos dan cuenta de la profunda eclesialidad a la que estamos llamados los monjes de Montserrat: al servicio de las parroquias, de los sacerdotes y de los fieles. Un servicio que compartimos con tantos religiosos y religiosas, que nos complementamos en la diversidad de carismas y que avanzamos juntos en el discernimiento de la voluntad de Dios.

The monastic family couldn’t be higher represented in this celebration and I am most grateful to the most Reverend father Gregory, abbot Primate to have been able to attend it and to bring with him the communion and the prayer of the whole benedictine Confederation. Being just as we are a single monastery, your presence remind us that we are really part of something bigger than just us. Je remercie le Père Abbé Jacques Damestoy qui nous partage son amitié et celle de monastères français. También agradezco al Abad Guillermo, Presidente de nuestra congregación sublacense-casinense, a nuestros hermanos abades y monjes de los monasterios hermanos de El Paular, Silos, Leyre y Santa Brígida, que hoy nos acompañéis, así como la fraternidad de los abades y abadesas, monjes y monjas de los monasterios catalanes presentes aquí con quien compartimos la misión de hacer presente y viva la vocación monástica en nuestra tierra catalana.

La extensa representación del mundo civil, encabezada por el presidente de la Generalitat, Muy Honorable Sr. Pere Aragonés, la consejera de Justicia, honorable Sra. Lourdes Ciuró, la Delegada del Gobierno en Cataluña, Excma. Sra. Teresa Cunillera, la presidenta de la Diputación de Barcelona, Excma. Sra. Núria Marín, y todas las demás autoridades y representantes de entidades y medios de comunicación, nos recuerdan nuestra tradición de servicio especial a la sociedad y al pueblo de Cataluña, que se hace presente en toda su riqueza y variedad en Montserrat.

Nuestra comunidad de monjes no sólo estamos en Montserrat. Somos también monjes que nos dedicamos a nuestra diócesis de Sant Feliu de Llobregat o que vivimos en las casas del Miracle, en el Solsonès, y de Cuixà, el Conflent, que animamos la vida cristiana y espiritual de sus territorios; monjes que vivimos en Roma, colaborando con el ateneo universitario de San Anselmo; un monje que está en África, en Uganda, intentando mejorar la vida de los más pobres. Todos empezamos estas semanas una etapa nueva. No cambiaremos todos de lugar ni de trabajo pero sí que he pedido que nos pongamos juntos a escuchar.

En la proximidad del milenario del monasterio, en 2025, tenemos que ponernos a escuchar la voz de Dios, a escucharnos unos a otros, a escucharos a vosotros, convencidos de que si escuchamos, oiremos alguna cosa. Con la celebración del Milenario de Montserrat, el próximo 2025, queremos precisamente eso, acercar Montserrat a la sociedad. Nos gustaría que todo el mundo se sintiera suya esta celebración. Somos muy conscientes de que los mil años de Montserrat son también mil años de una sociedad con la cual han avanzado conjuntamente a lo largo de la historia. El Milenario es, a la vez, la oportunidad de proyectar Montserrat hacia el futuro. No empezamos esta etapa desde cero. Aquí cerca reposan los abades que restauraron el monasterio durante el siglo XIX e hicieron el Montserrat moderno. Mis antecesores que están aquí, los PP. Abades Sebastià M. Bardolet y Josep M. Soler son la memoria viva de la guía de la comunidad en los últimos más de treinta años. Ya lo he hecho públicamente, pero no puedo dejar hoy especialmente de agradecer a Dios y a él, los veintiún años de abadiato del P. Abad Josep M. Tenerlo entre nosotros, me da una gran seguridad y un gran confort.

Todos ellos, encabezados por los mártires que hoy conmemoramos, con todos los monjes que nos han precedido desde el cielo o desde la tierra, velan por nosotros e interceden ante el Señor, para que nos haga hombres de oración, de acogida y testimonios de bondad y de paz. Una comunidad que en estos momentos difíciles, después de la pandemia, sea capaz de dar esperanza verdadera a todos y solidarizarse con los que más sufrirán los efectos.

Finalmente quisiera dedicar unos agradecimientos más personales a los que también están aquí. A mi madre que tengo el placer que me acompañe hoy, y a mi padre, que nos dejó hace justo un año, a causa del Covid, a quienes debo la vida, la fe y el primer amor en Montserrat y que es bien presente. A mis hermanos, cuñadas, tíos y todo el resto de la familia por todo el camino que hemos hecho juntos y el que aún haremos. A los amigos, fieles durante tantos años y de los que espero que continuaremos siendo sencillamente amigos. Al Hermano Pedro de la comunidad de Taizé, lugar esencial de mi vida. To father Jonathan and to father Paul from the Church of England for so many years of friendship, and for taking the trouble to come from England to a such long celebration being unable to understand a word of it. También agradezco que estéis aquí tantos colaboradores y trabajadores de Montserrat tan cercanos en los últimos diez años de mi vida, en mi tarea de administrador-mayordomo y todos los que formáis la amplia familia montserratina: los oblatos, los cofrades, los Antiguos Escolanes.

Gracias especialmente a vosotros escolanes porque nos habéis ayudado a orar con la música y porque nos hacéis pasar tantas horas hermosas con vuestro canto y nos demostráis vuestra capacidad de sacar adelante tantos proyectos extraordinarios aun siendo tan jóvenes. Me acuerdo de vuestras familias y de la Capella, con algunos de los cuales compartíamos hace «sólo» quince años, educación, conciertos y viajes…

Y a todos los que sé que habéis trabajado mucho para garantizar la organización y la seguridad de este acto. A todos gracias de corazón.

Y quiero terminar recordando dos personas importantes en mi vida y que hoy no están aquí debido a la salud: monseñor Antoni Vadell, buen amigo de hace 25 años y el P. Ramon Ribera Mariné, formador mío en el noviciado y el juniorado. Que puedan recuperarse pronto.

Y si me he dejado alguien, quiera perdonarme. No ha sido con mala intención.

Pongámonos, pues, en camino bajo la mirada de la Virgen, la Rosa de Abril que desde Montserrat ilumina la catalana tierra, el mundo entero y nos guía hacia el cielo.

Abadia de MontserratBendición del Abad Manel Gasch i Hurios – Palabras del P. Abad (13 de octubre de 2021)

Bendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Homilía del P. Manel Nin, Exarca Apostólico para los católicos de tradición bizantina a Grècia con motivo de la bendición abacial del P. Abat Manel Gasch i Hurios (13 d’octubre de 2021)

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24  / Juan 15:18-21

 

Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Estimado P. Abad Manel, queridos hermanos. La celebración litúrgica de hoy, como veis quienes estáis presentes personalmente u os unís a través de los diversos medios de comunicación, tiene un algo que la hace siquiera un poco especial. Hay, veis, muchos obispos, abades y sacerdotes concelebrantes, y muchos monjes. También es especial la presidencia de la celebración por parte de un obispo católico de rito bizantino que quizás para muchos es desconocido. Pero para otros seguramente no lo es tanto. Agradezco al p. Abad Manel la invitación paterna y fraterna a presidir esta celebración litúrgica en Montserrat. Celebrar en Montserrat es, para vosotros monjes y para mí que he formado parte de esta comunidad durante muchos años, y me siento todavía parte de ella, es celebrar «en casa».

Hay dos aspectos que son fundamentales en nuestra celebración y que quisiera subrayar. El primer aspecto: la memoria de los beatos monjes mártires, de los que celebramos hoy la fiesta, y a la liturgia de los cuales pertenecen las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado. El segundo aspecto: la presencia del p. Abad Manel Gasch, sentado aquí en el centro de nuestra celebración, para recibir la bendición como abad, como padre y pastor de este monasterio de Santa María de Montserrat.

El profeta Isaías nos ha presentado, sirviéndose de un lenguaje muy vivo y muy bello, la imagen del banquete preparado para todos los pueblos. A menudo los profetas, con imágenes festivas, casi de vida familiar, nos presentan la relación de Dios con los hombres, con su pueblo. Y con estas imágenes de vida familiar el profeta afirma: «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Todo el AT prepara el encuentro definitivo, en Jesucristo, de Dios con el hombre; lo hace, podríamos decir, con imágenes que llevan de una manera o de otra al Emmanuel, el Dios con nosotros. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Un Dios con nosotros, un Dios en medio de nosotros, que no nos ahorra el encuentro con la contradicción, con el sufrimiento, con la muerte. Este encuentro con el sufrimiento, con la cruz lo vivimos siempre pero seguros de que «… En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Esta podría ser la frase que encierra la vida y la muerte de tantos y tantos hermanos nuestros cristianos que han dado y dan la vida por Cristo, como lo hicieron nuestros hermanos monjes mártires, las reliquias de algunos de ellos que veneramos en la cripta de esta basílica.

En el evangelio de San Juan, en el fragmento que hemos escuchado tomado de su largo discurso de despedida, el Señor nos ha dejado su Palabra siempre viva, siempre presente en nuestro camino cristiano: «Yo os elegí del mundo .. . Todo esto os lo harán a causa de mi nombre … «. Os encontraréis con contradicciones, con persecuciones, con sufrimientos. Siempre «… a causa de mi nombre…», bien seguros, sin embargo, que «En Él hemos puesto nuestra esperanza …». Vivir el Evangelio, ayer, hoy y siempre, no es nunca un camino llano, al contrario es un camino donde la cruz, la del Cristo y la nuestra, se hace presente. Es un camino donde un mundo, a veces hostil y a veces indiferente, nos pedirá razón de nuestra fe. La palabra del Señor: «Yo os elegí del mundo …», nos infunde la fuerza y el coraje para anunciar y vivir siempre el Evangelio, que es nuestra respuesta, nuestro testimonio en medio de los hombres.

Las lecturas de la liturgia de hoy tienen una fuerza especial precisamente porque son proclamadas en la fiesta de nuestros monjes mártires, de aquellos hermanos nuestros que, fieles a Jesucristo y a la profesión monástica que un día hicieron como monjes en este monasterio, derramaron su sangre como mártires, como testigos de aquel amor al único Señor de sus y de nuestras vidas aún hoy, Jesucristo el Señor, el único Salvador, el único Redentor. «Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. En la larga historia de nuestro monasterio-santuario, siempre a los pies de la Virgen, una historia milenaria, encontramos un gran número de santos monjes, anónimos ciertamente pero que han sido y siguen siendo piedras vivas en este edificio viviente que es Montserrat, cuyo símbolo es esta basílica que nos acoge. Y como corona de este primer milenio de nuestra historia, el Señor nos ha hecho el don de añadir, a la larga hilera de monjes santos y pecadores, fieles y débiles, jóvenes y viejos …, el Señor ha añadido la corona, la piedra preciosa de los mártires, de estos hermanos nuestros generosos y fieles, débiles y pecadores también seguramente, pero firmes en el amor de Cristo, que han hecho suya, como hacemos ahora nuestra, aquella estrofa que cantaremos dentro de unos días el primero de noviembre: «Chori … monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite» / «los corazones … de todos los monjes, junto con todos los santos, háganoslo familiares del Cristo «. Ellos, los mártires, por su testimonio y su martirio, junto con tantos y tantos que nos han precedido, interceden para que, también nosotros, seamos «familiares… de Cristo».

En este «corazón de todos los monjes, familiares del Cristo» te añades tú hoy, querido p. Abad Manel, con un nuevo ministerio como abad, como padre de este monasterio. Los griegos diríamos: «con esta nueva diaconía, este nuevo servicio». ¿Qué significa para ti, para los monjes, para los escolanes y para los peregrinos que hoy estamos en Montserrat, ser bendecido abad de este monasterio? Os propongo que sea ahora la misma celebración litúrgica la que nos guíe pedagógicamente en lo que significa para ti, para tu comunidad y para nosotros esta celebración.

Siguiendo el ritual, y ahora cuando termine esta mi homilía, te haré una serie de preguntas, a las que, con tu respuesta, manifestarás delante de Dios y de los hermanos, delante de la Iglesia, tu voluntad de llevar a cabo esta diaconía de que hablábamos.

Se te preguntará si quieres: «instruir a tus hermanos, guiarlos y enseñarles… llevarlos hacia Dios». A partir del día que la comunidad te eligió, no eres un administrador -o si quieres no eres «sólo» un administrador-, sino que eres alguien, que con la grandeza y la fragilidad de cada ser humano, desde tu condición humana -¡que Cristo ha asumido en su encarnación! -, «… has sido elegido para regir las almas haciendo las veces de Cristo». Instruir, guiar, enseñar, llevar hacia Dios. Una enseñanza, una guía, un acompañamiento, siempre «haciendo las veces de Cristo». A través de ti Cristo continuará enseñando, guiando, llevando hacia Dios. «Haciendo las veces de Cristo».

No temas cuantas veces leyendo la Regla de San Benito, o en tantos otros textos de los Padres de la Iglesia, se habla del abad o del obispo como «el que hace las veces de Cristo», como «vicario del Cristo”. ¡No renuncies, no renunciemos nunca a este título! Digo título pero quizás debería decir ¡sacramento! Creo que es el título / ministerio más precioso y más «de peso» que los obispos y los abades tenemos y que debemos custodiar. Es un «título / ministerio» que «pesa», te lo puedo asegurar, pero también es un título, una diaconía, que tantas y tantas veces te dará fuerza y consuelo.

Siguiendo el ritual de la bendición, invocaremos a la Virgen y a todos los santos. Las letanías manifestarán nuestra confianza como Iglesia en la intercesión y la comunión de todos aquellos hombres y mujeres que se han configurado a Cristo: María, los apóstoles… hasta nuestros hermanos monjes mártires que hoy celebramos.

Después vendrá la oración de bendición como abad: una epíclesis, una invocación del Espíritu Santo sobre ti y también de alguna manera sobre la comunidad que te ha sido encomendada. Lo que se pide para ti, también directamente toca la comunidad de los monjes. El texto nos resume algunos aspectos fundamentales de esta tu nueva diaconía:

Que con su enseñanza penetre el corazón de sus discípulos. Enseñar, por tu parte, acoger tu enseñanza por parte de los hermanos.

Que sepa la cosa difícil y ardua que ha aceptado: gobernar almas y acomodarse a muchas formas de ser … En cada monje encontrarás el alma dócil y el alma a veces terca … El corazón generoso y el corazón endurecido … ¡No desesperes nunca de la misericordia de Dios!

Más servir que mandar… Un servicio, una palabra, una enseñanza que a veces penetrará el corazón de los discípulos como una lluvia suave, y a veces tendrás la impresión de que pasa como un torrente que te parecerá que no deja huella. No te desanimes y ten paciencia.

No perder ninguna de las ovejas que tiene encomendadas: Ninguna oveja es despreciable, ninguna. Somos, siempre, ovejas que a veces cojean y a veces caminan con firmeza … Ninguna es despreciable, ni la oveja perdida, que tendrás que cargar una y otra vez sobre tus hombros, ni la oveja fuerte quien, te lo aseguro, le hará bien una buena palabra amistosa y animadora de vez en cuando.

Llenarlo de los dones del Espíritu Santo… Todo lo que harás, lo que enseñarás, será para ti y para los hermanos, un don del Espíritu Santo.

Que no anteponga nada que Cristo y que enseñe que nada le debe serle antepuesto. El Cristo, único mediador de quien nos hablaba la carta a los Hebreos, es Aquel que deberás anunciar siempre a tus hermanos monjes, a los escolanes, a los trabajadores de Montserrat, a los miles y miles de peregrinos que, pasada esta borrasca de la pandemia, el Señor continuará llamando a la santa montaña de Montserrat. Hombres y mujeres que subirán a Montserrat a buscar una palabra amiga, una palabra de consuelo, el sacramento del perdón, un lugar de silencio.

Acabaremos la bendición con la entrega de las insignias, de estos símbolos que harán presente, de manera comunitaria y litúrgica lo que eres y que tienes que ser para tus hermanos: se te dará la Santa Regla, el anillo, la mitra y el báculo, que manifestarán simbólicamente tu enseñanza, tu amor esponsal por la comunidad, tu magisterio y tu pastoreo, es decir tu plena configuración con Cristo. Símbolos que harán evidente, para ti mismo en primer lugar, y para los hermanos, esta nueva diaconía a la que el Señor te ha llamado.

Estimado P. Abad Manel: los Padres de la Iglesia han dado al obispo y al abad una serie de títulos a través de los que han querido indicar aquel que en cada Iglesia, y en cada monasterio, hace las veces de Cristo: padre, pastor, maestro, guía, timonel, médico -médico de las almas ciertamente, pero también médico de los cuerpos: ama, cuida, visita a los enfermos.

A estos títulos me permito añadir otro, no te asustes: ¡el abad es también «mártir»!. En el sentido más fuerte del término: mártir / testigo de Cristo en la comunidad, en la Iglesia, en el mundo que nos toca vivir.

Estimados hermanos, después de la bendición, celebraremos los Santos Misterios. Invocaremos al Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que haga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que nos haga también, a ti padre abad Manel y a todos nosotros, mártires de su Evangelio, testigos de su palabra de vida que acogemos cada día como monjes, como peregrinos en un mundo a veces sordo pero siempre sediento de una palabra viva, de consuelo, de misericordia, de esperanza.

En la Divina Liturgia bizantina, después de la narración de la institución de la eucaristía y de la epíclesis sobre el pan y el vino, después de que el Espíritu Santo ha hecho el Cuerpo y la Sangre de Cristo, invocamos a la Madre de Dios, aquella en el seno de la cual la Palabra se hizo hombre, se encarnó. También en esta celebración invocamos para ti y para Montserrat la intercesión de Santa María, la Virgen, para que sea ella siempre para ti y para la comunidad aquella guía que te muestre y te lleve al Cristo, el único mediador, Señor y pastor de nuestras vidas.

Retomo, con un añadido, la estrofa del himno de Todos los Santos de la que hablaba al principio: «Chori … abbatum monachorumque omnium, simul cum sanctis omnibus, consortes Christi facite». Que los santos abades y monjes de la historia de este monasterio te y nos hagan «consortes Christi familiares del Cristo».

«Aquí está vuestro Dios! En Él hemos puesto nuestra esperanza… «. Que nos fortalezca siempre esta esperanza el Cristo Señor, que reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos.

Amén.

 

 

Abadia de MontserratBendición de l’Abat Manel Gasch i Hurios – Homilía (13 de octubre de 2021)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (10 d’octubre de 2021)

Sabiduría 7:7-11 / Hebreos 4:12-13  / Marcos 10:17-30

 

No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que hoy hay en el mundo una gran pluralidad de pensamiento, de religiones, de sistemas políticos, económicos, filosóficos, científicos… Sobre todo, una confusión de ideas, pensamientos y actividades en las redes como nunca habíamos conocido. ¿Quién puede poner orden a todo esta confusión que hace que todo el mundo se pregunte, dónde está la verdad? Porque hay mucha gente que hoy se siente insegura, sin ningún punto de referencia, sin orientación firme.

La primera lectura nos da la respuesta: Encontrar la sabiduría. Es fácil decirlo. El sabio la buscó y al fin la encontró y no la cambiará por ninguna cosa valiosa de este mundo: ni oro, ni plata, ni ninguna sabiduría humana. Porque esta verdad sólo se encuentra en Dios. Esta sabiduría es la que han buscado los hombres desde el comienzo de tener uso de razón, y se ha ido plasmando en las diferentes religiones. Porque el hombre es un misterio entre la nada y el infinito. Cierto, el hombre es carne, pero tiene una aspiración infinita. Es mucho más que los irracionales. Buscar siempre superar sus conocimientos.

Una manifestación de la sabiduría nos la muestra la carta a los Hebreos: La Palabra de Dios, Jesús, es más cortante que una espada de doble filo, capaz de penetrar los pensamientos y las intenciones del corazón, porque es divina.

Esta sabiduría es desconcertante, como nos dice hoy el Evangelio. Nosotros, seres terrenales, pensamos como el joven rico. Nos basta cumplir la Ley de Dios, que es algo básico, pero que nos parece que no es suficiente, como lo indica la pregunta que el joven hace a Jesús: «Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la perfección? Jesús le dijo: Observa los mandamientos. Y él responde: Ya lo he hecho desde pequeño. ¡Admirable! Jesús se le miraría con afecto. Pero aún te falta una cosa: Si quieres ser perfecto, deja todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven conmigo a anunciar el Reino de Dios. Es decir, hazte mi discípulo. Pasa de la perfección humana a la divina. Esta exigencia era demasiado para él, sobre todo porque tenía muchas riquezas. Y Jesús le exigía confiar sólo en él. Y él tenía la seguridad en los bienes temporales. No se podía desprender de ellos. Hay que añadir, sin embargo, que no sólo las riquezas son bienes temporales, hay muchas otras riquezas: inteligencia, capacidades manuales o artísticas, matrimonio, posibilidad de hacer una gran carrera, de viajar, de divertirse, etc. y percibimos que cuesta de prescindir de esto, porque nos estimula.

Pedro, en nombre de los discípulos pregunta: » Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Podríamos añadir: ‘Esto es obra del Padre que os lo ha revelado, ya que nadie viene a mí, si el Padre no lo atrae’. Jesús había afirmado que «entrar en el reino de los cielos no es posible a los hombres, sino a Dios, que todo lo puede». Con todo, dice, esta sabiduría ya trabaja incluso en la tierra con el 100 x 1 de lo que se ha abandonado, pero, también, sufriendo adversidades, como Jesús mismo. Como él fue perseguido, también vosotros. Y Jesús acabó crucificado. Pero para resucitar, ser glorificado, y nos abrió el camino del cielo. 

La sabiduría de Dios, pues, exige relativizar las cosas de la tierra. Servirnos de ellas, pero sin perder nunca el destino final del hombre: el Reino que Dios nos tiene preparado desde la creación del mundo. Sólo teniendo como valor supremo lo que es eterno, podremos relativizar lo temporal; sólo amando lo que es infinito, podremos valorar lo que es finito; sólo teniendo a Dios en nuestro corazón, podremos menospreciar lo mundano. ¡Que Dios nos dé esta sabiduría!

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (3 d’octubre de 2021)

Génesis 2:18-24 / Hebreos 2:9-11  / Marcos 10:2-16

 

Creer en Dios es importante pero lo decisivo es que Él cree en cada uno de nosotros. Por eso no deja de dirigirnos su palabra recordándonos lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor fiel.

Los fariseos, para probar a Jesús, le proponen valorar la cuestión del divorcio. Jesús, para liberar la Ley de las acomodaciones interesadas, les habla del valor del amor original que es la fuente de la fecundidad de las relaciones humanas.

La respuesta que Jesús da a los fariseos, antes que nada, libera la mujer de la sumisión injusta al marido recordando su igualdad e idéntica dignidad según el relato del Génesis bien entendido, al que el Señor se refiere y hoy hemos escuchado en la primera lectura. La mujer no está atada al hombre como una pertenencia más de su hacienda para que éste pueda sacarla de su casa según le parezca amparándose en una legalidad de bajo perfil. El esposo está unido a la esposa y la esposa al esposo formando un todo humano y espiritual compartido.

En la segunda parte del fragmento evangélico de hoy, cuando los discípulos preguntan otra vez al respecto, Jesús, dirigiéndose a ellos, les responde limpio i claro: desligarse de la promesa de fidelidad al amor libremente hecha ante Dios, es adulterar la calidad de este amor que Dios ha bendecido y santificado convirtiéndolo en embajador de su Buena Nueva. Porque ¿qué es un matrimonio cristiano sino dos apóstoles que caminan unidos anunciando, con su vida conyugal y familiar, la realidad viva del Reino de Dios? Las actitudes que deterioran este amor no dejan de debilitar el testimonio de la autenticidad de su vida y de su fe.

A juzgar por las estadísticas podría parecer que no es posible vivir la fidelidad del amor conyugal. La catequesis mediática del «nada es limpio, todo vale y todo el mundo lo hace» en que nos encontramos rodeados, a pesar de parecer «muy liberadora», en realidad nos lleva más tristeza y dolor que placeres y alegrías. Pero las estadísticas no pueden desmentir la fidelidad que perdura en tantos matrimonios que continúan hoy manifestando la realidad del Reino Dios por medio de su amor fiel, que es reflejo del amor fiel de Dios por todos los hombres.

¿Se puede llegar a 50 o 60 años amándose en fidelidad y no morir en el intento? Lo he preguntado a muchos matrimonios y más o menos, con mirada de niños grandes, con una cierta socarronería y un punto de buen humor, me han respondido prácticamente igual: «Padre: ceder, ahora uno ahora el otro, para ganar los dos, aquí está el secreto «. La sabiduría de la experiencia no se debe menospreciar; ceder en lo secundario en beneficio de lo esencial, ceder, ahora uno, ahora el otro, para ganar los dos. Ceder, sin claudicar, estirar sin llegar a rasgar, es la manera de persistir en lo esencial, es una forma sana de aprender a negociar, a pactar, a respetar que, al fin y al cabo, esto es, en la convivencia humana, amar.

El evangelio termina con el relato de los niños acercándose a Jesús. El Reino de Dios, nos decía el Señor, es para quienes se hacen como los niños. Cierto: el Reino de Dios es para los que se hacen como los niños, pero no es un juego de chiquillos. El camino del amor fiel es toda su hoja de ruta. Porque el camino de la fidelidad mutua es un camino de conversión, de ceder sin claudicar, de estirar sin rasgar, un aprendizaje que nos hace pasar de ser una carga que se arrastra a ser un don que ayuda a ir adelante. Si nos acercamos a Jesús, no con prejuicios sino con confianza, como un niño busca el abrazo del padre y de la madre, su palabra de vida traerá paz a nuestro corazón, nos acompañará siempre y su presencia amorosa no nos dejará de recordar lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor y la fidelidad. El amor sin fidelidad es egoísmo, la fidelidad sin el amor sería esclavitud. Sólo el amor fiel nos puede hacer capaces de desatarnos de la esclavitud del egoísmo y abrirnos a la libertad fecunda del amor de Dios. De hecho, es lo que cantaba en nuestra Escolanía en el versículo del aleluya que acompañaba la procesión del evangelio: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». No faltará nada si cabe todo el mundo.

¡Vean ustedes si puede ser de efectivo creer en Dios! Pero lo decisivo sigue siendo que Él cree en cada uno y cada una de nosotros.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (26 de septiembre de 2021)

Números 11:25-29 / Santiago 5:1-6 / Marcos 9:38-43.45.47-48

 

Estimados hermanos y hermanas,

P. Damià RoureEn el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús nos hace sentir su fidelidad que no sólo tiene en cuenta A los que le siguen de cerca sino que manifiesta un gran respeto para cada persona. De una manera especial, aprecia a quienes ayudan a los demás, aunque sea con un trozo de pan o con un vaso de agua a quien lo necesita.

Por eso Jesús desea que tanto los apóstoles, como cualquier persona, y nosotros también, actuemos por el bien de todos. Así Dios ama al que da algo a quien lo necesita, ya sea una persona conocida como si no lo es.

Nos propone, pues, tener un espíritu sin fronteras y sin barreras, que nos lleva a descubrir, tal vez poco a poco, lo que hay de bueno en cada persona. Todo el mundo desea ser reconocido y tratado de manera normal, sin actitudes rígidas ni parciales. Preguntémonos sinceramente si, según nuestras posibilidades, podemos ayudar a los que lo necesitan. De esta manera compartimos con Jesús su manera de actuar para el bien de cada persona.       

Incluso en las cosas más pequeñas, Jesús nos anima a tratar bien a todos. Es bueno dar un vaso de agua a quien lo necesita, ya sea cristiano como si es una persona bien alejada de nuestra fe. Es la forma en que actuaba Jesús y que, gracias a los evangelios nos podemos hacer cargo, si lo leemos o escuchamos. Por eso nos hace tanto bien de conocer como Jesús hablaba y actuaba, y como lo hacía con naturalidad y sinceridad. Incluso, si tenemos puntos de vista diferentes de lo que tienen otras personas, en el Reino de Dios no hay enemigos, y lo mejor que podemos hacer es respetar a todo el mundo. 

Podemos apreciar también las actitudes positivas de muchas personas que no siguen nuestra fe cristiana, pero que mantienen en su corazón, y en su manera de vivir, un respeto para todos.            

En todo caso, debemos evitar cualquier malevolencia. Si lo pensamos bien, lo que queremos conseguir es vivir con una actitud positiva para el bien de todos: una manera de hacer que sea capaz de ayudarnos no sólo entre nosotros, sino también con todo el mundo. Y es cierto que muchas personas, en un momento dado, descubren en las palabras y las actitudes de Jesús una ayuda que les orienta y fortalece.               

Santiago en la segunda lectura: nos decía que no nos podemos fiar de nuestras riquezas, porque pueden oxidarse. Lo cierto es que Jesús ha querido liberarnos de muchas pequeñeces, actuando siempre a favor de todos, con un espíritu universal. Que sepamos seguir nuestro camino, a la manera de Jesús, con un espíritu amplio y abierto, mejorando siempre, si es necesario, nuestra manera de ser y de actuar, con un espíritu siempre ancho y abierto. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Domingo XXV del tiempo ordinario (19 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (19 de septiembre de 2021)

Saviesa 2:12.17-20 / Jaume 3:16-4:3 / Marc 9:30-37

 

Entre nosotros está muy arraigada la costumbre de emplear la palabra «servidor» como una fórmula de cortesía para designarse a sí mismo: lo podemos oír en las tiendas cuando piden tanda o preguntan a quién toca, lo sustituimos por nuestro nombre si alguna vez debemos leer en público, y consideramos que es más educado decir «servidor» que un simple «yo» cuando nos llaman por el nombre. Y además, es una costumbre que tiene una raíz muy cristiana: si soy cristiano, soy servidor. Vamos a verlo.

Estos domingos estamos recorriendo la narración de San Marcos correspondiente a la última subida de Jesús a Jerusalén, antes de su pasión y muerte. Según el texto, durante este trayecto Jesús anunció tres veces como sería su fin, y hoy nos ha sido proclamada la segunda: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará», decía el texto. Jesús no murió de mayor, en una cama y rodeado de los suyos. Jesús tuvo una muerte martirial, como Juan Bautista, porque no fue comprendido ni bien acogido. De hecho, ni sus mismos discípulos no acababan de comprender, porque pensaban que instituiría un reino como los de la tierra. Y por eso discutían sobre quién sería el más importante. Pero Jesús, haciendo uso de la paciencia y amor que predicaba, cuando llegaron a casa se sentó con ellos y se lo volvió a explicar: no se trataba ni de cargos, ni de poderes, ni de autoridades. Se trataba de servicio. Jesús vivió la vida como un servicio a los demás, y ellos tenían que hacer lo mismo y reconocerlo a él en los más débiles y humildes, y no en los fuertes y prestigiosos. Jesús todavía tenía que lavar los pies a los discípulos, y ellos todavía tenían que entender mejor.

La eucaristía que estamos celebrando es la prolongación de esta casa en la que Jesús se sentó con los doce para instruirlos. Es la continuación de aquel día que Jesús lavó los pies, como si fuera un sirviente, a sus discípulos. Porque hoy, aquí y ahora, es el mismo Señor resucitado quien nos instruye con las mismas palabras que instruyó a los que no lo habían entendido. Y la lección de vida cristiana que nos da es muy clara: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Ser cristiano no consiste sólo en la repetición de unos rituales o de unas costumbres, o en venir a Misa cada domingo. Ser cristiano es una manera de hacer el camino de la vida, una manera de ser hombre y mujer: consiste en vivir la vida sirviendo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Ser cristiano es encontrar en el servicio a los demás el sentido de la propia existencia, dándose y dándolo todo por amor. Y por eso les puso el ejemplo de un niño: parece ser que en el arameo que hablaban Jesús y los discípulos podía haber un juego de palabras, ya que la misma palabra o una muy parecida servía para llamar un «niño «y un» sirviente «o criado (como en catalán podría pasar con la palabra» muchacho «o» criada «). Y en ese tiempo, el sirviente era el encargado de acoger al que llegaba: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado». Al final, se trata de acoger a Dios a través de su palabra que ponemos en práctica. Por ello cabe preguntarse hoy si entendemos la vida como un servicio, o como una escalada que nos debe hacer llegar a alguna parte, o ser «alguien”… ¿Trabajo para ganar dinero, o para servir mejor a los demás? De la respuesta que demos dependerán muchas cosas, pero al final lo que cuenta es que sepamos convertir todo lo que hacemos en la mejor manera de servir a los demás. Ojalá que, si un día nos preguntan quién es el que al menos lo ha intentado, podamos responder diciendo: «Servidor».

 

Abadia de MontserratDomingo XXV del tiempo ordinario (19 de septiembre de 2021)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de septiembre de 2021)

Isaías 20:5-9a / Santiago 2:14-18 / Marcos 8:27-35

 

Queridos hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar, en la versión de San Marcos, cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías. Nos es más conocida la versión de San Mateo, más desplegada y coronada con el anuncio que hace el Señor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero el texto de hoy no incluye ninguna promesa sino, al contrario, una prohibición de hablar.

Esta versión de hoy, más antigua, contiene, sin embargo, igualmente la reprensión que Jesús hace a Pedro. El apóstol, con la candidez de quien quiere dar lecciones, se resiste a admitir que el mesianismo de Jesús no pasa por un triunfo humano, sino por el sufrimiento de la cruz y la gloria de la resurrección. Jesús es contundente: lo trata de Satanás, es decir, de adversario, de quien pone obstáculos al plan de Dios. Al apóstol no le quedó más remedio que callar y escuchar lo que Jesús dirige a todos: «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Tomar la propia cruz. Nos es pesado, hacerlo. Cuentan que uno de los llamados Padres del Desierto se quejaba de la peso de su cruz. Un ángel le condujo a una estancia donde había cruces de todas las dimensiones y pesos. El asceta las fue probando una por una diciéndose interiormente: «Esta, no… Esta, tampoco… Esta!». Finalmente había encontrado una que le gustó y se la quedó. El ángel le dijo: «Era la tuya …».

Como vemos, acompañar a Jesús en el camino de la cruz es condición esencial para ser discípulo suyo. No quiere decir que sólo los discípulos de Jesús tenemos cruces, porque sufrimiento, poco o mucho, todo el mundo tiene. Los seguidores de Jesús nos distinguimos porque somos llamados a tomar la cruz y creemos que Dios nos ayuda a cargarla. San Lucas añade el matiz «tomarla cada día», porque de una manera u otra siempre tenemos que seguir tras Jesús.

Nos podríamos preguntar si este seguimiento excluye todo tipo de felicidad en este mundo. No, si Jesús asumió la cruz es porque la confianza absoluta que tenía en la bondad del Padre le hacía tomar con él los sufrimientos humanos. Había, en el término de todo, la resurrección. Quizás sea más fácil decir esto, en cambio, es más difícil hacerlo nuestro. Pero si nos reunimos para escuchar y asimilar la Palabra de Dios, y especialmente el Evangelio, es porque sabemos que aquí encontramos el fundamento de nuestra esperanza.

En esta situación también vale el matiz de San Lucas «cada día», porque forma parte de la identidad cristiana saber que cada día es una nueva oportunidad para aumentar nuestra esperanza. Y junto con ella, la fe y la caridad que le son inseparables.

La pandemia nos ha enseñado muchas cosas. Y nos ha mostrado que la capacidad humana de hacer el bien no tiene límites. Yo te invitaría, por ejemplo, hoy que esta basílica vuelve a tener su aforo normal, hoy que comienza una etapa en la Escolanía con el ingreso de ocho niños cantores, os invitaría a saber valorar todas las novedades que cada día el Señor nos ofrece: en la propia vida, en la propia familia, en la propia comunidad. Es lo que nos decía hace una veintena de años un abad extranjero: saber volver la gracia de los comienzos, y algunos monjes nos acordamos.

Tengamos, pues, esta capacidad cristiana de asumir cada día la cruz y a la vez de enriquecernos con la esperanza de empezar cada día con la confianza de que Dios guía nuestro presente y nuestro futuro. Es realmente una gracia.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Domingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Isaías 35:4-7 / Santiago 2:1-5 / Marcos 7:31-37

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Según los relatos bíblicos, al inicio de los tiempos, cuando Dios creó el cielo y la tierra, un buen día, el Señor se agachó, cogió polvo y formó al hombre y la mujer. Así fue dando forma a su creación más preciada. Con sus manos divinas hizo las orejas y les dio el sentido del oído, hizo la lengua y le dio la capacidad de hablar. Finalmente, hizo descender sobre ellos el aliento de vida y les mandó que fueran fecundos y se multiplicaran, que llenaran la tierra y la dominaran.

Así «Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, creó al hombre y la mujer» (Gn 1, 28). También en nosotros, como descendientes y herederos de Adán y Eva, hay inscrita en nuestro corazón la imagen y semejanza de Dios. Nuestra existencia no es fruto de la casualidad o del azar. Nuestra existencia es fruto del amor y de la voluntad de Dios. Y todos llevamos dentro esa chispa de la divinidad que nos hace hijos de Dios y nos llama a compartir en plenitud la vida divina.

Esta imagen divina que llevamos en nuestro corazón se convierte en aquel icono que hace presente a Dios en medio del mundo. Es aquel icono que nos abre a la trascendencia y nos dice que la humanidad siempre necesita y necesitará de Dios. Y precisamente por este motivo, el icono de Dios a menudo es rechazado. La humanidad está obcecada en construir un mundo sin Dios. Pasa entonces, lo mismo que pasó en el Gólgota: cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó. Ahora también: cuando eliminamos a Cristo de nuestra vida, su imagen queda rasgada.

Vivimos en una sociedad que podríamos llamar neoiconoclasta. Nos da miedo abrirnos a la trascendencia y nos da miedo abrirnos a Dios. Por eso, la mejor manera de rechazarlo es eliminar los iconos que lo hacen presente en medio del mundo. Y el gran icono de Cristo que es su Iglesia, a menudo rechazada, debe gritar desde su corazón: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? ¡Respóndeme! ».

Sustituimos el icono por el ídolo. Si el icono es la imagen que nos lleva hacia la trascendencia y hacia Dios, el ídolo es aquella imagen falsa que nos refleja a nosotros mismos y nuestro pecado. En vez de mirar hacia Dios, miramos hacia nosotros. Y es entonces cuando la vida deja de tener sentido y perdemos el fundamento de nuestra existencia. Nos construimos nuestros propios dioses, hechos a nuestra propia imagen y semejanza. Unos manantiales que tienen boca pero no hablan, oídos que no oyen. Y nosotros, lejos de Dios, corremos el riesgo de convertirse en sordos y mudos ante la fe.

Pero como decía el profeta Isaías en la primera lectura: «Decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis». Es Dios mismo que nos viene a salvar. Cristo viene a devolvernos la imagen y semejanza que había quedado oscurecida. Al igual que al inicio de los tiempos, Dios se inclinó y creó al hombre y la mujer, ahora, como hemos visto en el Evangelio, Cristo se agacha de nuevo y con el mismo polvo de los inicios restaura la imagen divina que se había rasgado.

Todos nosotros somos aquel sordo que casi no sabía hablar y que Cristo se encontró por el camino. Todos nosotros necesitamos que Cristo nos toque de nuevo y nos devuelva el oído y el habla para oír y proclamar la Palabra de Dios. Sólo Cristo puede hacerlo, él que es la verdadera imagen del Padre y ya estaba presente cuando Dios creó el mundo. Sólo Cristo puede salvarnos.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Domingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Deuteronomio 4:1-2.6-8 / Santiago 1:17-18.21b-22.27 / Marcos 7:1-8a.14-15.21-23

 

Habitualmente, en el Evangelio, los fariseos y los maestros de la ley, quienes se consideran representantes y guardianes de la verdadera fe, aparecen para controlar las palabras y las acciones del Maestro de Galilea. En esta ocasión, los fariseos critican a Jesús y a sus discípulos por no lavarse las manos antes de comer, transgrediendo una tradición, y haciéndose impuros a sus ojos. La respuesta de Jesús es atronadora: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

En el mundo griego, el hipócrita es el actor, el que hace un papel, el que lleva una máscara. ¿Y por qué algunos fariseos y maestros son acusados ​​de actores por Jesús? Porque con sus labios dicen una cosa, pero en sus corazones viven otra; se aferran a una pequeña regla por fuera, pero no hay amor en sus corazones. Parecen piadosos y devotos, pero por dentro son malvados, sin misericordia.

Las palabras más duras de Jesús en el Evangelio son precisamente contra los que se muestran como creyentes pero luego en realidad no lo son; quienes utilizan la religión y el nombre de Dios para el propio beneficio, para atraer apoyos sociales, para mostrarse como creyentes y dignos de confianza, pero que con sus opciones de vida son escándalo para los que sinceramente quieren seguir a Dios.

¿De qué sirve observar todas las tradiciones y normas, incluso las más pequeñas e insignificantes, si esto sólo sirve para mostrar a otros un sentido de superioridad religiosa y quizás convertirlo en motivo de orgullo, juicio, condena, sin, por otra parte, estimar profundamente lo que se profesa con los labios?

¿De qué sirve decirse cristiano porque se va a misa todos los domingos, se sigue el Catecismo al pie de la letra, se observan todas las disposiciones litúrgicas, se conocen todos los rituales sacramentales a la perfección, si esto sólo sirve para juzgar, para criticar, para sentirse mejor que los demás?

Esta es precisamente la hipocresía de la fe, cuando la vida religiosa se reduce al cumplimiento de unas reglas que no tocan el corazón ni la vida real, y la vida religiosa se convierte en una serie limitada en el tiempo de unos pocos gestos religiosos, pero no se convierte en una sentida opción de vida.

Pero también está el lado contrario, los que reducen la fe a dos o tres preceptos para tranquilizar la conciencia y sentir que ya han cumplido: ir a misa una vez al año, una limosna ocasional, una señal de la cruz a toda prisa, encender una vela de vez en cuando… y listo. Son aquellos que dicen: yo y Dios ya nos entendemos, no necesito que nadie me diga qué tengo que hacer; todo esto son cosas de mayores, ahora no tengo tiempo; quizás más adelante… En el fondo, no hay una inquietud religiosa. Para estos, Dios no interesa.

Ambas posiciones son el resultado de la indiferencia. Los primeros se han acostumbrado a vivir la religión como una práctica externa o una tradición rutinaria, que no toca el corazón. Los segundos no es que hayan tomado la decisión de apartarse de Dios, pero de hecho su vida se ha ido alejando.

Es evidente que estas actitudes se deben a la falta de cuidado de la vida interior: sólo si empiezo a bajar día a día a mi corazón podré reconocer mis tendencias oscuras, los sentimientos y pensamientos negativos a los que doy cabida o que me condicionan en las mis acciones, descubriendo que tengo necesidad de Dios y de su perdón.

Porque, ¿qué es lo que realmente hace a la persona impura, es decir, no disponible para Dios? Las cosas que salen de su corazón. Por eso, Jesús no se opone a la Ley, sino que la profundiza, va a la raíz del mal: el corazón. Jesús vino a cambiar nuestros corazones por medio del don del Espíritu Santo en nosotros, que nos transforma, nos cambia, en la medida que roguemos y luchemos contra las inclinaciones erróneas. Nuestra vida no cambia poniendo normas, renovando la casa, cambiando de look… sólo cambia si cambia nuestro corazón, y ¡sólo Dios puede cambiar nuestro corazón! Y entonces seremos libres para amar y para afrontar cualquier situación, incluso la más dolorosa.

Jesús realmente vino a la tierra como un hombre, y no representó un papel. Nuestra fe nos enseña que Él, como verdadero hombre y verdadero Dios, quiso enseñar a la humanidad que Dios no es una serie de acciones exteriores momentáneas, sino una elección profunda que cambia la vida real de uno y el mundo real.

Hermanos y hermanas,

Jesús quiere realmente que seamos libres, plenamente responsables ante Dios y ante nuestros hermanos, con plena conciencia de nuestras acciones y opciones. Jesús vino a darnos el Espíritu Santo, para superar nuestra incapacidad de amar, para superar estas contradicciones que tenemos en el corazón.

Todos necesitamos dejarnos curar, transformar por Dios, para estar verdaderamente disponibles para Él. A esto quiere llevarnos Jesús. Esto es lo que vino a hacer, como nos prometió: Os daré un corazón nuevo, pondré un Espíritu nuevo dentro de vosotros.

 

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Domingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Homilía del P. Valentí, monje de Montserrat (22 de agosto de 2021)

Josué 24:1-2.15-18 / Efesios 5:21-32 / Juan 6:60-69

 

Estimados hermanos y hermanas:

Todas las lecturas de este domingo nos hablan de Eucaristía, de libertad, de fidelidad, de confesión de fe y de alianza matrimonial.

La primera lectura que hoy nos ha sido proclamada es la Alianza de Siquén, bajo la montaña del Garizin, hoy el pueblo de Nablus. Josué, el ayudante y sucesor de Moisés, mantiene un diálogo con todas las tribus de Israel, con sus dirigentes, jueces, ancianos y magistrados. Él con su autoridad los exhorta a creer sólo en Dios y les pide que dejen los otros dioses que sus padres habían adorado cuando estaban en la región occidental del Éufrates y en Egipto. Josué sabe que desde el paso del Mar Rojo, el Pueblo de Israel es libre, por lo que los hace escoger; ¡No hay de ninguna manera un término medio!: «Él y su Familia han decidido adorar al Señor!». La libertad, en primer lugar, los obliga a tener que escoger, a tener que elegir donde ponen su esperanza. Y el pueblo de Israel elige el Señor: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses!». Hoy día queremos ser libres del todo, pero nos cuesta elegir, nos cuesta tomar decisiones firmes, contundentes, radicales y para siempre. Se nos hace muy difícil de entender que el camino de la vida y el camino Cristiano, implican una firmeza, un decidirse constantemente. Nos da miedo elegir una opción que significa eliminar otras, pero la vida es así y esto es avanzar. Desgraciadamente, la opción contraria, es quedarse en un estado de adolescencia permanente. O aquella persona nerviosa que busca en todo y para todo una fecha de caducidad, un código de barras de finitud.

En la segunda lectura, de la carta a los Cristianos de Éfeso, se nos habla del matrimonio, que es una opción libre, un compromiso, una alianza de Amor recíproca, y también, de sumisión mutua, de estimación y amor total de los dos esposos. Es siempre una libertad total, y no es auténtica libertad total si no va acompañada de la fidelidad y de la responsabilidad mutua. Si hay verdadero Amor, no hay ni primero ni segundo, hay solamente un Matrimonio, una Familia Cristiana, una escuela de Amor, una escuela de servicio. El apóstol San Pablo, llega a comparar a un «gran misterio» esta estimación total. «Cristo es la Cabeza y Salvador de la Iglesia, que es como su cuerpo». Como una sola familia, y un solo Amor recíproco, del Cristo y su Iglesia.

El Evangelio que el Diácono nos ha proclamado, es el epílogo final del capítulo sexto de Juan, el Pan de Vida. Encontramos a Jesús en la ciudad de Cafarnaúm a la orilla del lago de Tiberíades en la región de Galilea. Jesús en medio de la multitud pide a todos sus seguidores, (Apóstoles, Hombres y Mujeres, Maestros de la Ley y Curiosos), su fidelidad total a Él. Pero sus Palabras, que son espíritu y son Pan de Vida, y que es Don del Padre el reconocer a Jesús como Señor, abocan a muchos discípulos a una situación de crisis, de abandono. Encuentran incomprensible su lenguaje de exigencia personal. Seguían al Maestro exteriormente, pero no habían llegado a admitirlo interiormente. Jesús muy consciente de la grave situación interroga a los mismos Apóstoles con una pregunta decisiva, trascendental y crucial: «¿También vosotros queréis marcharos?» Ahora toca a todos decidirnos, elegir,  elegir con libertad, ¡se trata del todo o nada! Simón Pedro toma la Palabra en nombre de toda la Iglesia de ayer, hoy y siempre, y hace su sincera, humilde y confiada profesión de FE con Palabras del Pescador: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Palabras simples que manifiestan una gran confesión de Fe. Ser seguidor de Jesús hoy, supone mantener firmemente los propios criterios ante la general incomprensión e incluso ante el desprecio activo social.

Hermanos y Hermanas. Las lecturas de hoy nos llevan y nos han preparado el camino hacia la Eucaristía, la gran acción de gracias que estamos celebrando. Participemos pues activamente de la Mesa del Pan de Vida que es comer su Cuerpo y beber su Sangre, prenda y esperanza, de vida eterna hacia la que todos tendemos. Que Jesús- Sacramentado sea nuestra fuerza, nuestra generosidad y nuestro Amor Liberador. Amén.

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Domingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (8 de agosto de 2021)

I Reyes 19:4-8 / Efesios 4:30-5:24 / Juan 6:41-51

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar un fragmento del capítulo sexto del Evangelio de San Juan, al que los entendidos llaman el discurso del pan de vida. Este discurso comienza con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, dando de comer a una multitud, al igual que Dios hizo en el desierto con su pueblo, y después de cruzar el mar. En él se nos presenta a Jesús como el verdadero pan del cielo, un término que el Antiguo Testamento utiliza para el maná, y del que la humanidad, no sólo el pueblo de Israel, debe alimentarse por la fe. Él es el medio por el que llega la vida de Dios al mundo. En el fragmento que hemos oído hoy el Señor revela el sentido de la vida cristiana y cómo este es el fruto, no tanto del esfuerzo de cada uno de nosotros, como de dejarse atraer por Él.

Los judíos habían puesto en duda el papel de Jesús como enviado de Dios, señalando su humanidad: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». ¿Quién les podría reprochar su incredulidad? Pero Jesús les responde a partir de las Escrituras e indicando la necesidad de la intervención del Padre en el origen de la fe. Reconocer a Jesús es entrar en el misterio divino, lo que no puede realizarse sin la iniciativa de Dios.

Dice el Evangelio: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.» Ir a Jesús es lo mismo que creer en Jesús. Con estos términos se describe la fe como una relación, como acercarse a una persona. A Jesús lo encontramos en la lectura del Evangelio, en la Eucaristía, en los hermanos, pero el creer es más que verlo: hay que acercarse a Él, hay que dar el paso de la fe, hacerse amigo, porque «ir a él» es aceptar la invitación de Dios.

Puede parecer más natural o más fácil buscar en otro lugar el sentido de nuestra vida, en certezas aparentemente más sólidas, más inmediatas o que creemos que dependen únicamente de nosotros mismos. Pero, en realidad es una ilusión, todos conocemos las limitaciones y la fragilidad de las cosas humanas. Es mucho mejor confiar en Dios, que ha escogido la finitud para manifestar el infinito, que ha escogido las palabras de un hombre para manifestar su Palabra.

No hay necesidad de esfuerzos sobre humanos para comprender las cosas del cielo. Quien desee conocer a Dios debe conocer a su Hijo. Quien quiera comprender el misterio de Dios, basta que lea el Evangelio. Quien se deja atraer por el Evangelio se deja atraer por Dios y recibe un alimento que no muere; un amor que no traiciona, sino que dura eternamente y es capaz de transmitirnos la vida que dura para siempre.

Alimentarse de Cristo significa saber acogerlo en la propia vida y dejar que su Palabra se convierta en la energía que alimenta nuestras acciones, los pensamientos y las palabras y dirige toda la voluntad hacia la voluntad de Aquel que quiere que seamos como Él en todas las cosas, que seamos verdaderamente santos.

En Jesús la vida encuentra la satisfacción de sus necesidades, porque Él es la respuesta a lo que se encuentra en el fondo de toda búsqueda. Jesús es el verdadero pan de vida, y no el maná del desierto. La diferencia entre ambos se encuentra en sus consecuencias, la muerte o la vida.

Hermanos y hermanas, el pan ofrecido en el desierto a Elías, agotado por la fatiga y deprimido por el deseo de muerte, se convierte para nosotros en un símbolo del «pan de vida» que es Jesús. El agua ofrecida junto con el pan se convierte para nosotros en un símbolo del don de la vida eterna, del don del Espíritu Santo. Como Elías, caminemos hacia la montaña de Dios, el Horeb de la presencia del Padre que nos espera a todos para la comunión eterna con Él.

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Domingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de agosto de 2021)

Éxodo 16:2-4.12-15 / Efesios 4:17.20-24 / Juan 6:24-3

 

Hoy, la Liturgia nos trae un tema único: la separación del Reino de Dios del reino del mundo. No opuestos, sino independientes. «No se puede servir a Dios y al dinero» y «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

Hoy, la cultura del bienestar, de las instalaciones y de la comunicación nos empuja en la dirección fácil, pero de esclavitud: hacia abajo, y nos hace olvidar la dirección hacia arriba, de libertad, hacia Dios. Y no se trata de negar la bondad de los medios modernos que favorecen la independencia de la vida, sino de no quedar absorbidos, subyugados. Jesús no se negó a participar en actos humanos, pero su misión fue la de enseñarnos a buscar a Dios, sobre todo. Y esto lo ha olvidado la cultura actual. Es más, se opone. Y con ello deforma la imagen del hombre, que es cuerpo y espíritu. Es terrenal y destinado al cielo. De lo contrario, ¿qué sentido tiene la existencia? ¿Ser como los animales? ¡Creo que somos algo más!

El texto del Éxodo presenta al pueblo pidiendo comida en el desierto, y Dios les concede un pan y una comida inesperados, pero los pone a prueba exigiéndoles recoger sólo para cada día. Quiere que reconozcan su dependencia, que él tiene providencia de su pueblo. Es decir, quiere que crean en él.

San Pablo nos dice que los creyentes no podemos vivir como los paganos que no conocen a Dios, que viven volcados a las cosas corruptibles; que «Cristo os ha enseñado… a renovaros en la mente y en el espíritu. Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas». Es necesario, pues, que tengan conciencia de que son hijos de Dios y que lo demuestren con su vida, que sean hijos de la luz y no de las tinieblas, a fin de que quienes los vean glorifiquen al Padre del cielo. Están en el mundo, pero no viven como el mundo. Que somos caminantes hacia el cielo.

En el Evangelio vemos que la gente busca a Jesús entusiasmada, porque les ha dado pan multiplicado milagrosamente. Pero Jesús les pide que busquen el pan que no se estropea y da vida eterna. ¿Qué pan? Es necesario que crean en aquel que Dios ha enviado, que es el que realmente ha bajado del cielo; no como el pan que dio Moisés en el desierto. Y este pan es él mismo. Él es el pan que da la vida verdadera y satisface plenamente el hambre; y él, quien también apaga la sed con el vino de su sangre. Es decir, Jesús apunta a la dimensión del hombre destinado a la vida eterna, pero hay que tener fe en él. Y eso, evidentemente, conlleva renuncias, no en la dimensión material, sino a la esclavitud de estas cosas. Hay que usar de ellas, pero usarlas bien, nunca abusando. Hay que ser señores y no sirvientes de ellas. Hay que ser libres y no sus esclavos. Es seguir el camino estrecho que lleva a la vida eterna.

Si tuviéramos presentes los miles de toneladas de comida que anualmente se tiran en los países ricos, por su mal uso, quizás los pobres no pasarían tanta hambre. Si fuéramos cuidadosos con los residuos que polucionan tierras, ríos y mares; si no malgastásemos carburantes fósiles, podríamos tener un clima más favorable y se evitarían lluvias devastadoras. Es cuestión de conciencia responsable. De seriedad cristiana. Esta conducta se traduce en esta frase de Jesús: «Haz a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti». Esto es hacer la voluntad de Dios: no buscar mi bien o mi comodidad, sino evitar hacer daño a los demás con mi mala conducta. Y es que podemos matar sin disparar un arma, de lejos, desperdiciando. Que Dios nos abra los ojos en este camino del amor que lleva hacia el cielo.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Solemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:33; 5:12.27-33; 12:1b-2    o bé 11:19-21;12:1-2.24  /  2 Corintis 4:7-15 / Mateo 20:20-28

 

La contundente afirmación de Jesús en medio de la discusión entre los apóstoles, para ver cuáles de ellos podrían ocupar los primeros lugares en el Reino de Dios, nos aclara, sin rodeos, que la ambición de poder no es el camino. Entre vosotros no debe ser así, les dice el Señor. La relación con Jesús, que funda el Reino de Dios, no se mide por los méritos y privilegios sino por la generosidad y la amistad, por el hecho de compartir una misma manera de situarse ante el mundo, tal como lo hizo Jesús que no vino a ser servido sino a servir a los demás y dar su vida en rescate por todos los hombres.
Santiago, uno de los protagonistas destacado de la discusión, como los otros discípulos, tuvo que saber deshacer el camino andadopara poder seguir las huellas de Jesús que iban justamente en dirección contraria a la que él, con su impetuosidad, presuponía. El camino de Santiago es también el nuestro, es el camino de la amistad con Jesús, un camino que el evangelio describe como una peregrinación a la ciudadsanta, una subida a Jerusalén en diferentes etapas, un camino marcado con las señales imprescindibles que aseguran el sentido correcto de este recorrido vital en el que todos nos encontramos por el hecho mismo de existir.
La primera señal que nos sitúa correctamente en actitud de salida es la bendición de Dios, la llamada personal de Jesús para cada uno de sus discípulos. Es una etapa que comienza justamente deteniéndose, deteniéndose para escuchar, para reconocer la voz que encuentra respuesta en lo de mejor de nosotros mismos que aún está por realizar; y esa voz es la de Jesús que nos llama a ir con Él.Sin saber con quién, dónde y aqué se va, se pueden dar muchas vueltas, pero no se emprende ningúncamino.Las etapas siguientes, más largas o más cortas, de camino llano o empinado, forman parte de este acompañar a Jesús, estar con Él, entender su predicación y saber leer los signos de luz y de vida que lo acompañan. Sin pararse a escuchar no se puede comprender demasiado nada, y sin entender no se puede valorar ni amaren verdad.
De los diferentes desacuerdos con Jesús que Santiago y su hermano Juan tuvieron en este camino, el descrito en el evangelio de hoy nos es una ocasión para comprender el auténtico carácter de la misión evangelizadora que los apóstoles iniciaron una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos: servir y darse, todo lo contrario de lo que ellos tenían en la cabeza en ese momento. Parecería que, dada la condición humana, sólo desde el poder se puede hacer efectiva lapropuesta del evangelio, pero Jesús nos hace ver que este no es el camino. Él no ha venido a dominar sino a servir; ha venido a hacer posible,con la donación de su vida por todos los hombres, un cambio cualitativo en la condición humana, recreándolade nuevo en Élmismopara que pueda resurgir con su verdadera fisonomía hecha a semejanza del Creador.

El camino de los discípulos es el mismo camino que el Maestro ha marcado. Los discípulos lo han de realizar,sin embargo, desde la conciencia de ser como vasijasde barro que sin embargo llevan el tesoro del ministerio que Dios les ha confiado. Con su propia vida deben anunciar la cruz y la resurrección del Señor y el don del Espíritu que Dios sigue infundiendoen el corazón de los hombres. Servir y darse, es el Camino.
El servicio se acredita por su utilidad, de lo contrario es más un estorbo que una ayuda. El servicio de los discípulos de Jesús es el de la Palabra del Evangelio, palabra útil a la inteligencia y eficaz para la buena calidad de las relaciones humanas, palabra viva que infunde esperanza ante los enigmas irresolubles del mal, del sufrimiento y de la muerte. Darse, como discípulo del Señor, es hacer presente con la manera de vivir, en medio de las contingencias humanas, la realidad liberadora del Reino de Dios. El camino de este Reino no pasa por la ambición del poder sino por su deseo deservicio; no se trata de imposición irracional sino de donación inteligible, liberada y gratuita; no es tanto elocuencia y promesas como hechos limpios y claros.
El camino que Jesús propone a todo el que quiera ser útil en el mundo, es el del servicio humilde, particular y concreto que cada uno puede hacer dentro de este gran proyecto de fraternidad y de paz que Jesús ha abierto.Es un camino no exento de contrariedades y de problemas, y sería ilusorio pensar que no conlleva renuncias y sufrimiento. No es el poder lo que sube a la cabeza sino la cabeza que baja al poder. El egoísmo humano, el afán de protagonismo y la ambición de poder son caminos de bajada con muchapendiente que, sin la ayuda de Dios, no es posible vencer la inercia negativa que arrastra y se lleva por delante lo que sea. Por otra parte, nadie ama por decreto ley. Es necesariaesta liberación interior que el amor resucitado de Cristo genera en todo el que lo acoge con sinceridad y verdad.
Acojamos, pues, con gozo la bendiciónde Dios que cada día nos renueva su amor, y vivamos con humildad y perseverancia el servicio de la Palabra y la donación en la caridad: Es este el Camino: servir y amar.
No me queda más que deciros y decirme a mí mismo, hermanos, lo tanconocido que resuena cada mañana a las puertas de los albergues del Camino de Santiago:¡Buen camino!
Abadia de MontserratSolemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Domingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Jeremías 23:1-6  /  Efesios 2:13-18 / Marcos 6:30-34

 

Estimados hermanos.

Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, que quiere guiarnos a buenos prados, donde podamos alimentarnos y descansar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es la plenitud de la vida en el seno del Padre. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización.

En el evangelio de hoy hemos visto que los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El descanso de las tareas apostólicas consiste en estar con el Señor, disfrutando de su intimidad. Sin embargo, la caridad del Buen Pastor es la norma decisiva de las acciones de Jesús; ante la presencia de una multitud que eran «como ovejas sin pastor» Jesús se compadece e interrumpe el descanso antes incluso de comenzarlo. Frente a los malos pastores que dispersan las ovejas porque buscan su propio interés, los discípulos de Jesús deben compartir la misma compasión y la misma solicitud del Maestro por la gente con necesidad de escucharlo.

Seguramente somos bastantes los que experimentamos una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de donde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, como hemos de vivir. En cuanto a todo esto hay muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir; parece que cada vez tenemos menos claro para qué hemos venido a la vida y adónde vamos.

En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor. Jesús hizo esta constatación cuando vio la multitud que le seguía en despoblado porque, entre las diversas corrientes de pensamiento de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura; en la confusión, ya no sabían qué decía Dios.

El Salmo 22 que hemos cantado, puede dar luz a nuestra vida. Expresa con una fuerza poco común la sensación de paz y gozo de quien se sabe guiado por el Señor. El salmista hace alusión a los peligros, pero no como amenazas que están al acecho, sino como quien se siente libre de peligro en la presencia protectora de Dios.

También nosotros podemos dejarnos empapar por los sentimientos que este salmo 22 manifiesta. Ante todo, la seguridad – «no tengo miedo» – al saberse guiado por el Señor incluso en los momentos y situaciones en que no se ve la salida -las «cañadas oscuras». Junto a la seguridad, la confianza de quien se sabe defendido con mano firme y con acierto, de quien se sabe cuidado con ternura en toda ocasión y circunstancia. Finalmente, la plenitud – «nada me falta» -, que se traduce en paz y gozo sosegados. Pero todo esto brota de la certeza de que el Señor está presente – «Tú vas conmigo» – y nos cuida directamente. El que pierde esa conciencia de la presencia protectora del Señor suele caer en todo tipo de temores y angustias.

El Buen Pastor es Jesucristo. Él reúne sus ovejas, las alimenta, las protege de todo mal; más aún, conoce y ama a cada una y da su vida por ellas. En el evangelio lo hemos visto sintiendo lástima por la multitud que eran como ovejas sin pastor. También a la Virgen Mría le duele que, teniendo un pastor como Jesucristo, haya tanta gente que se siente perdida y abandonada porque no lo conocen bien.

 

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Domingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (4 de julio de 2021)

Ezequiel 2:2-5  /  2 Corintios 12:7-10 / Marcos 6:1-6

 

Queridos hermanos y hermanas,

Jesús se considera profeta cuando se aplica a si mismo el refrán: “Los profetas sólo son mal recibido en su pueblo, entre sus parientes, entre los suyos”. Se apropia el dicho después del fracaso en la sinagoga de Nazaret. El profetismo es una institución que ya encontrábamos en el antiguo Israel y en otras culturas de los pueblos vecinos. Una de las más nobles misiones del profeta –quizás la más característica– es ayudar a discernir la voluntad de Dios, no simplemente ni siempre prediciendo el futuro. La palabra “profeta”, sin embargo, ha ensanchado sus significados.

Cuando la liturgia dejó de celebrarse totalmente en latín, en muchas iglesias de nuestro país se adaptó un negro-espiritual que repetía tres veces: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”. A la juventud que iba a misa le gustaba este canto, que tenía su lugar en los campamentos y en las juergas de los locales parroquiales. Eran tiempos también de represión, y dicho canto se entonaba en manifestaciones callejeras alternado con cánticos a la Virgen y eslóganes reivindicativos.

¿Qué podía entender de profetismo la juventud de aquella época? Eran tiempos en que la cultura cristiana todavía tenía incidencia en la sociedad, lo que permitía ciertas extrapolaciones: claro que los cánticos reivindicativos de las primeras guitarra eléctricas no eran una aplicación demasiado correcta del legado que la Sagrada Escritura nos ha dado sobre el profetismo.

Por lo cual, hoy que contemplamos a Jesús como profeta, tenemos el deber de averiguar en qué puede consistir en nuestros días “la fe de los profetas”. ¿Coincide con la misión de la Iglesia? Debemos reconocer que la comunidad cristiana tiene muy difícil hacerse entender. En primer lugar, porque las propias debilidades son materia arrojadiza cuando los que no piensan como ella desean contraatacar. Después, porque el mismo mensaje específicamente cristiano choca con la mentalidad individualista que, a pesar de las novedades que creíamos que la pandemia nos enseñaría, en realidad no ha provocado demasiados cambios. En tercer lugar, y no menos importante, la diversidad de pareceres en materia social o política dificulta que los pastores –también me incluyo un servidor, como presbítero de la Iglesia– puedan contentar a todo el mundo. A los pastores nos duele cuando oímos a menudo, quizás con cierta razón, que “la Iglesia siempre llega con retraso”. Y es una de las cruces que el pastor debe asumir, si quiere tener la auténtica fe de los profetas. Porque los que viven alejados de la Iglesia todavía añaden al reproche: “llega tarde y mal”. Tal vez más difícil de ejercer la función profética recibida en el bautismo la tienen todavía más los laicos comprometidos, puesto que han de convivir a menudo con compañeros no cristianos: cada vez sienten mayor la tentación de no comprometerse en el deber cristiano de incidir en la vida social y política. En efecto, la democracia frágil de los últimos años pone en juego otros elementos más fundamentales para ellos como pueden ser la convivencia familiar y la educación de los hijos.

La dificultad de ejercer hoy el profetismo no nos hace automáticamente más configurados a Jesucristo, menospreciado por sus conciudadanos. El profetismo tiene muchas dimensiones, no sólo la que incide en la vida política y social. Básicamente debe estar enraizado en aquella fe con que Jesús vivía su docilidad a Dios Padre.

Nuestro Señor Jesucristo es el gran profeta que renovará Jerusalén. Él nos dará aliento para entender, asimilar y transmitir la fe en el Padre rico en misericordia. Digámosle, ¿por qué no?, como los jóvenes de hace sesenta años: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”.

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Solemnidad de la solemnidad de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (29 de junio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

Estimados hermanos y hermanas: la Iglesia, desde Oriente hasta Occidente, se llena hoy de alegría en la solemnidad de los dos grandes apóstoles, San Pedro y San Pablo. Dos grandes lumbreras de la fe; dos grandes fundamentos del Pueblo cristiano. Su testimonio y su intercesión atraviesan los siglos, y de generación en generación va suscitando una vitalidad nueva en la vida de los cristianos.

Su testimonio nos hace ir a las raíces de nuestra fe. Es un testimonio que se centra en la respuesta de Pedro que acabamos de escuchar: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Ante Jesús de Nazaret, Simón Pedro afirma en nombre de todos los discípulos, que aquel hombre de origen humilde que tiene delante es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, el rey salvador, el sirviente paciente, el que ha recibido la unción santa del Espíritu, el Hijo de Dios, que viene a salvar y a dar el verdadero sentido de la existencia humana. Es una afirmación de fe; porque Pedro va mucho más allá de lo que captan sus sentidos. Por eso, Jesús le puede decir: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, eso no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo. Porque la fe en Jesús como Mesías, no es fruto sólo de un razonamiento humano ni de un mero sentimiento pasajero, sino un don de Dios, para el que hay que estar disponible con un corazón abierto y humilde.

El testimonio de fe sobre Jesús que San Pablo da en sus cartas es, como no podía ser de otro modo, el mismo que el de San Pedro, sólo que expresado en lengua griega. Pablo no se cansa de decir que Jesús es el Cristo. Y «Cristo» es, como ya sabéis, la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías», que significa «Ungido». La fe, pues, de Pedro y de Pablo es la misma. El núcleo fundamental es Jesucristo, en su filiación divina y en su condición de sirviente paciente de la humanidad, de salvador único, de ungido por el Espíritu, de revelador del amor del Padre. Y también San Pablo, deja claro, que su fe no es cosa humana, es don de Dios: el Evangelio que os anuncié -dice- no viene de los hombres […], Dios me reveló a su Hijo para que yo lo anunciara (Ga 1, 11.15).

Tanto Pedro como Pablo, pusieron toda su vida en función de este anuncio del Evangelio, de la Buena Noticia, de que Jesús es el Mesías, el Cristo, el único que libera y salva en plenitud. Y no se echaron atrás ante las dificultades y las persecuciones porque su certeza los venía de una experiencia vivida. Las dos lecturas que hemos escuchado, son una muestra de ello. En la primera, hemos encontrado a Pedro en la cárcel por causa de Jesús, el Cristo. Y en la segunda, hemos oído como San Pablo, hacia el final de su existencia, hacía mención de todo lo que había tenido que luchar en el noble combate de la fe, un combate que le había comportado persecuciones y encarcelamientos.

La fe de la Iglesia, nuestra fe, pues, se basa en el testimonio de San Pedro y San Pablo que, al unísono con los demás apóstoles nos habla de la realidad profunda de Jesucristo. Hoy tenemos que renovar esa fe en él, el Mesías, el Hijo de Dios. El Padre pone esta afirmación en nuestro corazón y en nuestros labios. Y es el Espíritu quien nos mueve a ser testigos valientes para mostrar que Jesucristo nos llena de alegría y de esperanza, incluso ante las incomprensiones o las persecuciones de cualquier tipo. Pero, para poder recibir esta revelación de Jesucristo por parte del Padre, hay que hacer silencio interior y dejar que vaya empapando toda nuestra manera de ser y de hacer. Sólo una vivencia íntima del Misterio de Jesucristo nos puede sostener en medio de nuestro mundo.

La profesión de fe del apóstol San Pedro, le supuso una misión especial en la Iglesia. Lo hemos oído en el evangelio; Jesús le dijo: tú eres Pedro. Sobre esta piedra -que este es el significado de la palabra Pedro- edificaré mi Iglesia, y las puertas del Reino de la muerte no le podrán resistir. Sobre la fe y el ministerio de Pedro, sostenido por la inspiración del Padre, se fundamenta la fe del pueblo cristiano. A pesar de la debilidad humana, a pesar de los defectos personales, San Pedro, en comunión con los demás apóstoles, hará visible la piedra angular invisible sobre la que se fundamenta radicalmente la Iglesia, aquella piedra que es Jesucristo mismo.

La fidelidad de San Pedro y San Pablo en confesar la fe en Cristo les llevó a la muerte. La Iglesia conmemora conjuntamente el martirio en este día, 29 de junio, gozosa por la victoria pascual de los dos grandes apóstoles. Por eso, la liturgia nos invita hoy a volver (cf. Himnos de laudes y de vísperas) la mirada hacia la ciudad de Roma, donde ambos derramaron la sangre. Y no sólo hacia la ciudad, sino sobre todo hacia la comunidad cristiana que vive allí; aquella comunidad (o Iglesia local) que junto con su obispo, el Papa, es llamada a presidir en la caridad todas las demás comunidades cristianas de todo el mundo. El obispo de Roma ha recibido la misión difícil de ser heredero del carisma apostólico tanto de Pedro como de Pablo. Y así como la Iglesia naciente oraba a Dios por Pedro sin parar, cuando estaba en la cárcel tal como hemos oído en la primera lectura- también nosotros tenemos que llevar en la oración a aquel que es el sucesor del servicio apostólico de los dos grandes testigos que celebramos hoy. El Papa Francisco pide a menudo que roguemos por él, pero el pasado domingo pidió que lo hiciéramos con especial hincapié en la solemnidad de hoy.

Además, hemos de intensificar nuestra comunión eclesial, vivida en la lealtad y, al mismo tiempo, en la libertad de los hijos de Dios. Tenemos que vivir en el seno de la Iglesia católica donde hay gérmenes fuertes de división. Y la tenemos que vivir abiertos, también, a todos aquellos hermanos y hermanas en la fe, que desde tradiciones eclesiales diversas y sin estar todavía en plena comunión con la sede de Pedro y Pablo, reconocen que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Es a través de la estima, de la búsqueda sincera y humilde de la verdad, y de la acogida de la diversidad que podremos llegar a superar las divisiones que hacen menos creíble el testimonio cristiano. San Pedro y San Pablo compartieron la misma fe, el mismo amor por Cristo y por la Iglesia, pero desde la diversidad de maneras de ser, desde expresiones y sensibilidades diversas y en contextos diferentes; hasta en algún momento con una cierta tensión dialéctica. Pero tuvieron en común la adhesión a Cristo, la fidelidad inquebrantable al Evangelio, el amor fraterno y el trabajo por la unidad de la Iglesia.

Dejemos que estos dos grandes Apóstoles que hoy conmemoramos nos estimulen a vivir con entusiasmo nuestra fe en Jesucristo y poner en obra el Evangelio en nuestro entorno. La eucaristía del Señor que nos han transmitido los apóstoles y que ahora celebramos, nos da la gracia y la fuerza.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2021)

Domingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de junio de 2021)

Sabiduría 1:13-15; 2:23-24  /  2 Corintios 8:7.9.13-15 / Marcos 5,21-43

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que nos acaba de proclamar el diácono, nos presenta dos situaciones de muerte. La primera hace referencia a una mujer que tenías pérdidas de sangre. Su situación era dramática, ya que con las hemorragias no sólo se le escapaba la «vida», sino que además esta enfermedad era causa de impureza y por tanto quedaba excluida del pueblo como si estuviera muerta de verdad. La segunda situación de muerte es la de una chica joven, la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga.

Ante el misterio de la muerte, los hombres de todos los tiempos, o bien escondemos la cabeza o bien usamos expresiones y actitudes que denotan el recelo y el miedo que nos hace hablar de ello. El éxito fácil, las apariencias, el triunfo, el deseo de una eterna juventud, …, son cortinas de humo que disimulan la certeza de que hemos de morir. El relato de hoy, en cambio, nos ayuda a saber cuáles son las actitudes de Jesús ante la enfermedad y la muerte y, como contrapunto, nos ayuda a nosotros a no esconder la cabeza bajo el ala ni a caer en respuestas fáciles a un misterio que no tiene nada de fácil, ya que la mayor dificultad que tenemos para hablar de la muerte es que muy a menudo no sabemos cómo hablar de la vida.

Jesús ante la cruda realidad de la enfermedad y la muerte, no habla, en el sentido de hacer ningún discurso de tipo moral ni teológico, sino que Jesús actúa. Es decir, Él, que lo podía hacer, cura y resucita. La salud o la vida recuperadas, devuelven el hombre a la situación original querida por Dios, que es siempre el hombre vivo, tal y como nos ha recordado el Libro de la Sabiduría que hemos proclamando en la primera lectura: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte».

Nosotros no tenemos el poder de hacer milagros como Jesús, pero esto no nos exime de tratar de concretar esta lección evangélica de hoy en nuestras vidas.

Siguiendo el ejemplo de Jesús no se trata tanto de hablar como de actuar, ya que ante el sufrimiento y la muerte el exceso de palabras convierte en superficialidad y banalidad. Y actuar, ¿cómo? Haciendo el intento de comunicar vida a los que más la necesitan, es decir, haciendo gestos, creando en nuestro interior actitudes que engendren vida. Y esto se concreta en cosas tan sencillas, pero tan difíciles a veces, como hacer compañía, estar allí por si me necesitan, atendiendo con estimación, ayudando en todo lo que necesitan los que pasan por una enfermedad o viven la muerte de un ser querido, … y un largo etcétera que cada uno puede completar. Es lo que muchos han hecho en este tiempo de pandemia que aún vivimos y que muchos siguen haciendo ante el sufrimiento de otras pandemias como son el hambre, la miseria, la inmigración forzada, … Es esta manera de actuar la que nos ayuda a superar la dificultad de hablar sobre la vida y su sentido, ya que Jesús quiso tanto la vida que la dio para todos, sin excepción. Por eso, él es el Viviente.

Ciertamente lo que acabo de decir no es consecuencia del poder de obrar milagros, que no tenemos, pero sí que es consecuencia del poder de amar, ya que sin él no sirve para nada hacer milagros, como nos ha recordado también el autor del Libro de la Sabiduría cuando nos decía: «el reino de la muerte no es de la tierra, para que la bondad y la justicia son inmortales. Dios no creó al hombre sometido a la muerte, sino a imagen de su existencia eterna”.

No sé si haciéndose eco de este fragmento, el P. Miguel Estradé escribía: «toda vida es marcada por un comienzo y un final, dos días más densos que todos los demás, dos días paralelos en que el nacimiento es enmarcado por toda una vida por delante y un amor detrás, mientras que la muerte tiene toda una vida detrás y un amor infinito por delante «, el amor por lo tanto es la clave que nos permite acercarnos a la realidad definitiva del misterio de la vida y del misterio de la muerte.

Dios es fuente de amor, creador de vida y está al lado de los que sufren. Esta fe que nosotros hemos recibido de Jesucristo, es la que renovamos y celebramos ahora en la Eucaristía.

 

Abadia de MontserratDomingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Domingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (20 de junio de 2021)

Job 38:1.8-11 / 2 Corintios 5:14-17 / Marcos 4:35-41

 

El evangelio de este domingo nos enseña hoy como Jesús está cerca y nos ayuda en los momentos difíciles. Hemos oído como Jesús y los discípulos navegaban en una barca en el lago de Genesaret. Jesús se había dormido. Mientras tanto, sin embargo, se desató un temporal tan fuerte que las olas entraban en la barca y la barca se llenaba de agua. Se encontraban en medio del lago y lejos de las dos riberas. Y se iba oscureciendo.

Con este mal tiempo, los discípulos no podían orientarse. Si hubiéramos podido ver las estrellas, tal vez se habrían podido orientar. Pero la tormenta era tan violenta que las olas golpeaban la barca y la situación era grave porque la barca podía hundirse de un momento a otro. Los discípulos necesitaban ayuda. Jesús dormía y decidieron despertarle. Jesús les preguntó por qué tenían miedo, y los animaba a mantenerse serenos. Pero, al mismo tiempo, Jesús retó el viento y se creó una gran calma.

El evangelio nos muestra hoy como Jesús está cerca de quienes lo siguen y les ayuda en los momentos difíciles. Pero necesitamos tener fe y decirle cuál es nuestro problema o nuestro dolor. Jesús no se desentiende de ninguna manera. Cuando nos encontramos con dificultades, él nos anima a vivir con aguante y firmeza. Si nosotros tenemos fe en Jesús, Él está y estará siempre al lado nuestro. Si somos conscientes, podremos aguantar con más firmeza los momentos difíciles y mantenernos con más serenidad, tal como el evangelio nos propone.

Cada persona, todos nosotros, en un momento u otro, nos encontramos con periodos duros y difíciles, en momentos concretos de nuestra vida, y, por muy graves que sean los peligros, si tenemos confianza en Dios, podemos hacer frente a la realidad con fe y con coraje. En cualquier situación, de una manera o de otra, por muy graves que sean las dificultades que padecemos, nuestra fe en Jesucristo puede ayudarnos mucho. Todos los que estamos aquí y los que nos seguís desde lejos, tenemos cerca a Jesucristo que nos apoya. Muy a menudo no pensamos en Él. Por eso, en momentos difíciles, tratamos de mantener una fe valerosa, contando con Jesús y con su Madre, que nos ayudarán a continuar nuestro camino con más firmeza y serenidad.

Jesús nos ofrece a menudo renovar nuestra fe, una fe que enriquece nuestra vida. Sabemos que nuestra vida, a veces, pasa dificultades y no siempre lo conseguimos fácilmente. Recordemos entonces lo que nos dice Jesús: «¿Por qué tiene miedo? No tenéis fe». De esta manera nos abre los ojos para que sigamos la realidad que nos toca vivir confiando en Dios, con un corazón que puede ser más valiente, si tenemos en cuenta que Jesucristo está junto a nosotros y de cada persona, y nos ayuda hacer frente, con serenidad y coraje, a las dificultades más diversas. Una fe que hemos recibido, y que hemos acogido, sería muy bueno, también, que procuráramos compartirla.

Como cristianos tenemos, pues, la ayuda de nuestra fe. Y cuando nos encontramos con contratiempos, podemos hacer como lo hacían hoy los discípulos de Jesús cuando le decían: «Maestro, ¿no te importa que nos perdamos?» nuestra fe puede llegar a ser lo suficientemente fuerte como para sentirnos acompañados en cualquier momento difícil de nuestra vida. Hay un proverbio que dice: si quieres huir de tus problemas seguirás una carrera que no ganarás nunca. Nosotros podemos traducirlo diciendo: si no sigues tu fe, seguirás una carrera que te costará mucho superar.

Recordemos lo que tuvo que afrontar la Madre de Jesús: momentos muy dolorosos para una Madre. Pero nada la hizo caer. Sufrió duramente, pero se mantuvo con un aguante constante y con un corazón abierto a Dios durante toda su vida. Como ella, de una cierta manera, en situaciones de todo tipo, a pesar de los vientos contrarios, será bueno que cada persona pueda valorar y agradecer lo que ella, la Virgen, es para nosotros. En una situación difícil, necesitamos trabajar con coraje para mantenernos con paz y salir adelante en bien.

Gracias a Jesús y gracias también a su Madre, que en Montserrat veneramos de todo corazón, puede ser muy posible que, en la vida de cada una y de cada uno de nosotros, todo, con sorpresa, se vuelva tranquilo. Así lo deseamos: que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Domingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)

Homilía del G. Anton Gordillo, monje de Montserrat (13 de junio de 2021)

Ezequiel 17:22-24 / 2 Corintios 5:6-10 / Marcos 4:26-34

 

Queridos hermanos y hermanas:

Confianza y esperanza. Estas palabras son las palabras que me han suscitado las lecturas que hemos oído hoy: confianza y esperanza.

Esperanza en un mundo mejor. Un mundo semejante a un cedro magnífico que crece de un esqueje pequeño por la fuerza que le da el Señor, como nos acaba de decir el profeta Zacarías. Un mundo en el que vivimos como emigrantes lejos de los nuestros y quizás con una fe temblorosa y llena de miedos, pero destinados a intentar cambiar el mundo ya ahora, para reunir a todos los hombres y mujeres en un mundo mejor (el Reino de Dios) como hemos oído en la segunda lectura, a pesar de tener también la mirada puesta en el mundo futuro donde disfrutaremos del Amor de Dios. Esta es nuestra esperanza, poder cambiar el mundo ahora, no por nuestros méritos, no porque seamos los mejores, sino porque confiamos en Dios: en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas. No me gusta el mundo en que vivimos. No me gusta la violencia, el hambre, la pobreza, el individualismo, las adicciones, el dolor de tantos inocentes, la indiferencia de los ricos y de los poderosos (los perros mudos como los llamaba San Antonio de Padua, mi patrono). .. Me duele el mundo actual: lo quiero cambiar y quiero instaurar el Reino de Dios: ahora.

Hermanos y hermanas, ¿queréis ayudarme a cambiar el mundo? Pues podemos hacer lo que decía el Papa San Gregorio hace casi mil quinientos años: «cuando formulamos buenos deseos, plantamos la semilla en la tierra; cuando empezamos a obrar bien, somos una brizna de hierba; cuando crecemos, llegamos a ser espigas y cuando ya estamos firmes en el buen obrar con perfección, la espiga se llena de grano maduro » (San Gregorio, Homilías sobre la profecía de Ezequiel, libro 2,3,5). Y sí, a pesar de todo esto, somos conscientes de nuestra poca cosa, de nuestras fragilidades e incoherencias, de nuestros miedos…

Pero, hermanos y hermanas, somos cristianos y podemos tener confianza en Dios-Bondad que nos ama: «¿qué diremos, pues, ante esto? si tenemos a Dios con nosotros, ¿quién estará en contra? « (Romanos 8:31). El mal no tiene la última palabra, porque gracias a la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, el mal ha sido vencido. Porque creemos que la bondad y el amor de Dios nos acompañan toda la vida (cf. Salmo 22).

Pero Dios (que nos ama), Dios (que nos ha hecho hijos suyos), respeta muchísimo nuestra libertad, pero espera que nosotros colaboremos en intentar cambiar el mundo y en la instauración de su Reino. Dios no quiere imponer el bien sin contar con nosotros: contigo, contigo, contigo… y conmigo. Dios desea que participemos en la instauración de su Reino.

Por ello, no importan los achaques de la edad o de la enfermedad, no importan nuestras fragilidades o nuestros miedos. Todos, independientemente de nuestra edad (seamos viejos o jóvenes inexpertos) o de nuestra condición (con más conocimientos o menos, con más habilidades o menos), todos podemos orar. Y la oración es muy poderosa: porque todo lo que pedimos al Padre en nombre de Jesús nos lo concederá (cf. Juan 14:13). Esta puede ser nuestra principal forma de cambiar el mundo, de mover los corazones de las personas, porque «por la oración, todo bautizado trabaja para la Venida del Reino» (CEC n. 2632). Después, cada uno según sus posibilidades, intentaremos poner también nuestra cabeza y nuestras manos, nuestra inteligencia y nuestro obrar para conseguir cambiar el mundo.

Eso sí: conscientes de que sin Dios no puede nada nuestra debilidad (colecta del domingo XI B), conscientes de que, quien hace crecer la semilla es el Señor, confiados en nuestro Padre Dios. Como decía Juliana de Norwich, mística inglesa de comienzos del siglo XIV:

«Dios mira con compasión y no con reproche el dolor del alma. No hacemos más que pecar. Somos protegidos en el consuelo y el temor, porque quiere que nos volvamos hacia él y nos adhiramos prontamente a su amor, viendo que es nuestro remedio. Así hemos de amar en el deseo y en la alegría. Todo lo que es contrario a esta actitud no viene de Dios sino del enemigo» (Juliana de Norwich. Libro de las Revelaciones del Amor Divino. Introducción al capítulo 82).

Nosotros podemos anunciar el Evangelio, es decir, alegres de comunicar una buena nueva (que esto significa Evangelio). Una pequeña aportación de nuestra parte, y Dios hará salir el resto: hará crecer la planta, convertirá aquella semilla y aquel esqueje en un árbol. Esperanzados porque sabemos que podemos cambiar el mundo y porque nos espera un mundo mejor. Confiados porque somos hijos de Dios.

Hermanos y hermanas. Podemos estar seguros de que nuestra fe y de nuestra esperanza no son inútiles: roguemos por la venida del Reino y anunciémoslo a los demás hombres y mujeres para que participen también de esta buena nueva. Que colaboren con nosotros a instaurar el Reino de Dios, seguros y confiados de que Dios, Bondad infinita, está a nuestro lado porque nos ama. Intentemos amarle a Él y a los hermanos, y después de muertos y resucitados, conseguiremos disfrutar de la vida eterna en Dios.

Confianza y esperanza. Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza. Este es nuestro amor, por Dios y por los hermanos. Porque: «todo acabará bien; todas las cosas, sean cuales sean, acabarán bien» (Juliana de Norwich, Op. Cit. cap. 27).

Abadia de MontserratDomingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)

Solemnidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (6 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 de junio de 2021)

Éxodo 24:3-8 / Hebreos 9:11-15 / Marcos 14:12-16.22-26

 

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña» (cf. Ps 80, 17; Mc 16, 25). Una flor de harina convertida por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo y un fruto de la viña convertido también por el Espíritu Santo en la sangre de Cristo. Hoy, hermanos y hermanas, agradecemos este don que Jesús, el Señor, nos dejó en la última cena. El cuerpo y la sangre son la totalidad de su persona. Y, tal como nos decía el Evangelio, el Señor los hace ofrecer para la salvación de toda la humanidad. Son un don de amor inconmensurable. Un don sacramental hecho en la cena anterior a la pasión y consumado después en la cruz, cuando el Señor se ofreció él mismo a Dios, por el Espíritu Santo, como víctima sin defecto, tal como dice la carta a los hebreos que hemos leído. De esta manera nos purificó de las obras que llevan a la muerte, inauguró una nueva alianza, nos concedió poder dar culto al Dios vivo haciendo el memorial de su pasión, muerte y resurrección, y nos ofreció la herencia eterna para entrar al lugar santo del cielo donde Dios habita. En la solemnidad de hoy somos invitados a agradecer este don de vida y de salvación, a acogerlo y a adorarlo.

Somos invitados a agradecerlo, el don de la Eucaristía. Porque nos da vida cada vez que hacemos el memorial del Señor y hace que Jesucristo resucitado continúe presente entre nosotros en el sacramento eucarístico. Con una presencia no estática, sino dinámica que comunica su amor, que nos otorga dones espirituales, que nos invita a devolver amor por amor, que es prenda de la vida eterna que esperamos. Por ello la secuencia tradicional de esta solemnidad, escrita por Santo Tomás de Aquino, invita a alabar al Salvador, aquel que nos guía y nos pastorea, cantándole himnos y cánticos; haciendo que «la alabanza sea plena y sonora», que sea gozoso y brillante el fervor de nuestros corazones». Alabemos hoy, pues, con un agradecimiento sincero, a Jesucristo que se da a sí mismo en la Eucaristía.

Somos invitados, también, a acoger el don eucarístico en nuestra vida. Para que nos vaya transformando, o, como dice la liturgia de hoy, para que este sacramento venerable nos alimente espiritualmente, nos santifique (cf. prefacio II) y nos haga crecer en la filiación divina y en la identificación con Jesucristo, viviendo según su Evangelio. Además, el sacramento eucarístico crea unos vínculos entre unos y otros para que, participando del mismo pan y el mismo cáliz, el Señor nos une por su Espíritu Santo y hace de nosotros el cuerpo espiritual de Cristo. Por eso decimos que la Eucaristía es sacramento de unidad. Acoger, por tanto, el don eucarístico conlleva también y necesariamente estar abierto a los demás, gastar nuestra vida a favor de ellos tal como hizo Jesús dándose en la Eucaristía y en la cruz a favor de todos. No podemos acoger el cuerpo y la sangre eucarísticos de Cristo sin acoger el cuerpo, la persona, de los otros, particularmente de los que cerca de nosotros pasan algún tipo de necesidad material o espiritual, porque también son sacramento, presencia, de él. Celebrar el Corpus es, pues, abrirse a la solidaridad, amar y comprometerse a favor de los demás. Por eso hoy es «el día de la caridad»; os invitamos, pues, a participar en la colecta que se hará al final de esta celebración para contribuir a la obra que hace Cáritas en bien de tanta gente necesitada.

Y, aun, hoy somos invitados a adorar el Sacramento eucarístico que es el sacramento por excelencia. La adoración es quizás la característica más típica y más popular de la solemnidad de Corpus. En esta gran fiesta, contemplamos maravillados la donación total de Jesucristo y adoramos su presencia divina que es portadora de salvación y que nos une al Padre y al Espíritu Santo. Y la adoración se puede transformar en coloquio íntimo, en silencio maravillado considerando cómo el Dios trascendente, el todo-otro, deviene máximamente próximo en la humildad del pan y del vino, para ponerse a nuestro nivel, para entrar dentro nuestro, transformarnos a su imagen y hacernos participar de su vida divina. Conscientes de ello, la liturgia nos invita a hacer brotar de nuestro interior «un cántico nuevo». En la tradición de Israel, con motivo de una nueva intervención salvadora de Dios o de una nueva experiencia espiritual, se componía un cántico nuevo: a la novedad de lo que Dios había hecho había que corresponder con la novedad de la alabanza y no repitiendo unas palabras ya conocidas (cf. Sal 95, 1; 97, 1). También el cristianismo siguió esta tradición. La novedad de la obra salvadora de Jesucristo, la gran hazaña de su pasión, muerte y resurrección que nos es comunicada en el memorial eucarístico, piden un canto nuevo de los labios y del corazón. Lo encontramos en el libro del Apocalipsis con los veinticuatro ancianos prosternados ante el Cordero, es decir, ante Jesucristo muerto y resucitado, y cantando un cántico nuevo. Lo adoran porque ha comprado para Dios con su sangre, gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y les ha hecho una casa real y sacerdotes de nuestro Dios. Y dicen eternamente: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, honor, gloria y alabanza (Ap 5, 8-9.12). Y nosotros unimos nuestras voces a las de ellos proclamando la gloria del Señor tres veces santo que ha dado la vida en la cruz y nos ha dejado la Eucaristía.

«El Señor nos alimenta con flor de harina y con el fruto abundante de la viña»; agradezcámoslo, acojamos el don, adoremos la presencia.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (6 de junio de 2021)

Misa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 de mayo de 2021)

Job 19:1.23-27 / Romanos 5:5-11 / Lucas 12:35-40

 

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, cantaba el salmista. Esto, hermanos y hermanas, aplicado al quien vela con fe, como nos decía de hacer el evangelio, toma una dimensión nueva. Porque, aunque la espera sea larga y oscurezca o llegue la noche, el que espera de esta manera sabe que el Señor vendrá, que no fallará. Porque, en las palabras del evangelio que acabamos de oír, se trata de esperar el retorno del Señor. De esperarlo de una manera activa, preparando su llegada y disponiéndolo todo para su advenimiento. Disponiéndolo todo, que significa abrir el corazón, renovar la fe en él como salvador, y, al final de la vida, dejarse guiar por él por los caminos eternos e inéditos del más allá de la muerte .

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, podríamos aplicar esta expresión cañadas oscuras del salmo, a la muerte. Ni en este momento el creyente debe tener miedo de nada porque sabe que Dios está cerca de él y que le llevará hacia las verdes praderas y los arroyos de agua del nuevo paraíso donde Dios convivirá con la humanidad liberada del duelo y de la muerte (cf. Ap 21, 3-4; 22, 1.5). El creyente que como el salmista no tiene miedo de nada ni que tenga que pasar por las cañadas oscuras de la muerte, sabe por la fe -como el Job de la primera lectura- que Dios, que es su defensor vivo, que en el juicio sobre su vida, le apoyará y testificará a favor de él.

Y esto, no porque la vida humana sea irreprensible, sino porque, tal decía San Pablo, en la segunda lectura, Dios nos ha hecho justos por la sangre de Jesucristo. Él murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores y nos ha sacado de la pena, dejándonos con ello una prueba del amor que nos tiene.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Esta ha sido, también, la vivencia de nuestro P. Anselm que, desde que llegó a la fe, siempre ha creído que Dios no abandonaba nunca. Lo ha creído sobre todo los dos últimos años que por problemas respiratorios tenía que ir conectado a un aparato que le suministraba oxígeno día y noche y el hacía residir en la enfermería. Le costó aceptarlo, pero luego con serenidad, con espíritu de fe y con confianza, fue admitiendo estas limitaciones y sus consecuencias, aunque alguna vez le suponía una lucha interior y le afectaba su afabilidad natural. Trataba de vivir su enfermedad con fe y como una ocasión de unirse a los sufrimientos de Jesucristo. Estas actitudes eran fruto de todo un trabajo espiritual de años.

Había nacido en Barcelona el 28 de julio de 1942. Hizo los estudios primarios en una academia y el bachillerato en el Colegio La Inmaculada de los HH. Maristas. Después cursó el profesorado mercantil en otra academia de Barcelona mismo. Su vida profesional se desarrolló siempre en el ámbito de la contabilidad y de la supervisión administrativa.

Vivió la adolescencia y la juventud al margen de la fe cristiana, prácticamente en la increencia, hasta que a los 46 años se convirtió, al descubrir la persona de Jesucristo y el amor que Dios le tenía. Desde entonces puso toda su existencia al servicio del Señor. Y para profundizar su fe a nivel intelectual, hizo el bachillerato en teología en la Facultad de Teología de Cataluña, hoy integrada en el Ateneo Universitario San Pacià. Se vinculó, también, en la parroquia de Sant Medir de Barcelona, hasta que ingresó en nuestro monasterio en septiembre de 1995, porque en este proceso de crecimiento en la fe, fue descubriendo la vida monástica.

Cuando entró en Montserrat tenía 53 años. Profesó en 1997; y aquí amplió estudios filosóficos y teológicos. Hizo la profesión solemne en 2000 y en 2013 recibió la ordenación presbiteral. Ya prácticamente desde los inicios de su estancia en el monasterio, trabajó en tareas vinculadas a la administración. Y desde 1998 llevando la caja de la comunidad y sirviendo a los monjes facilitándoles gestiones, y procurándoles dinero para los gastos, productos de limpieza y de escritorio, etc. En esto, ha sido un siervo fiel y prudente (cf. Mt 24, 45) puesto en uno de los servicios comunitarios más delicados y que implican más relación con los monjes. Era cumplidor, fiel, metódico, servicial, un poco exigente para evitar descontroles, él se trabajaba por ser paciente y servicial.

Ha sido un monje de una vida espiritual intensa, si bien con algunos momentos de oscuridad. Él mismo reconocía que a veces se peleaba con Dios, pero luego, dejándolo ganar, encontraba la paz. Desde el día que entró, nunca ha tenido ninguna duda de su camino monástico en Montserrat, creía firmemente que era lo que Dios le pedía. Y que Santa María lo sostenía y le ayudaba. Fiel hasta que ha podido en el Oficio divino y en la lectura orante de la Palabra de Dios, devoto de la Virgen y fiel al rezo del rosario cada día; durante unos años lo dirigía en la basílica. Daba tiempo personal a la oración y, no sin lucha interior a veces, buscaba ser obediente a la voluntad de Dios sobre él, se preocupaba por las vocaciones a nivel de Iglesia y de la comunidad. Estaba muy interesado, en sus diálogos con otras personas, por mostrar que la fe cristiana es compatible con la razón y que Jesucristo es capaz de llenar de alegría, de sentido y de compromiso la existencia de quien cree en él. A pesar de haber estado acostumbrado a vivir solo durante muchos años, se integró fácilmente a la vida de comunidad, ayudado por su talante pacífico, por su capacidad de diálogo y por su capacidad de interiorización.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Hacía tiempo que el P. Anselm, debido a los achaques de salud provocadas sobre todo por los problemas respiratorios, me manifestaba las ganas que tenía de irse a la casa el Padre; no para evadirse sino para encontrarse con el Dios que amaba profundamente. No tenía miedo de los cañadas oscuras de la muerte; la veía como una puerta abierta a una realidad superior. Como si presintiera la proximidad del desenlace final, el viernes antes de Pentecostés me pidió la Unción de los enfermos porque sentía que se iba debilitando rápidamente. La recibió, rodeado de la comunidad, con devoción y con alegría. Al cabo de una semana justa, el pasado viernes, vino la crisis grave que le ha llevado al final de su carrera terrena.

Ahora, los que lo hemos querido nos disponemos a ofrecer la Eucaristía para que el Señor purifique a nuestro P. Anselm de sus faltas y le satisfaga el deseo del encuentro con Dios para siempre; él, el Dios que es un horno de amor, que le llamó hacia la vida eterna cuando ya había comenzado la solemnidad de la Santísima Trinidad. Por otra parte, enterraremos sus restos mortales en el día que la Iglesia celebra la Visitación de la Virgen. Que Santa María, que él ha querido tanto, le otorgue lo que el P. Anselm, junto con la comunidad, los escolanes y los fieles, había pedido cada día: que María, Madre de misericordia, le muestre a Jesucristo ahora que ha terminado su camino por el valle de este mundo entretejido de alegrías, de trabajos, de lágrimas y de esperanzas.

 

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Anselm Parés (31 de mayo de 2021)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (30 de mayo de 2021)

Deuteronomio 4:32-34.39-40 / Romanos 8:14-17 / Mateo 28:16-20

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Una antigua tradición nos cuenta que el gran San Agustín caminaba un día por la playa intentando comprender los misterios de la Santísima Trinidad. Allí se encontró un niño pequeño que había hecho un agujero en la arena y con una concha iba vertiendo el agua del mar. San Agustín, sorprendido, preguntó al niño que estaba haciendo. Este le respondió que quería poner toda el agua del mar dentro del agujero que había hecho. Agustín le dijo que eso era imposible. El chico le rebatió que era aún más imposible entender la Trinidad con nuestro pobre entendimiento. Y añadió que si llegamos a comprender a Dios, ya no será Dios.

Nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en su inmensa grandeza se nos ha manifestado en el misterio. No podía ser de otra manera: nuestros límites humanos son incapaces de captar la plenitud inefable de Dios. Nuestro entendimiento queda sobrepasado por tan gran misterio. Nuestra vista queda cegada por el brillo de una luz tan brillante. Nuestros oídos no son aptos para percibir una música tan excelsa. Como Moisés en el desierto sólo podemos cubrirnos el rostro con un velo para intentar percibir el rastro que la Trinidad ha dejado en el mundo.

Pero a pesar de nuestra pequeñez, tampoco somos capaces de dejar de contemplar, admirados, el misterio divino del Dios salvador. En este sentido, la oración colecta de hoy nos da tres claves para aproximarnos al misterio trinitario: primero profesar la fe verdadera, después reconocer la gloria de la Trinidad eterna y, finalmente, adorar su unidad de poder y de majestad.

Profesar la fe verdadera. Sólo la fe nos abre el acceso al gran misterio del Dios Único en Tres personas. No hay otra opción. Nuestra razón puede darnos motivos para pensar que Dios existe pero sólo la fe en la palabra de Jesucristo nos revela que nuestro Dios es trinitario. Hay que creer y confiar en Dios. Este es el único camino que nos guía hacia nuestro interior, hacia la búsqueda de la imagen y semejanza de Dios que llevamos impresa en nuestros corazones. Y sólo yendo hacia nuestro interior somos capaces de alzarnos hacia las alturas vertiginosas donde habitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Desde el bautismo todos llevamos dentro la huella de la Trinidad.

El segundo elemento de la oración colecta es reconocer la gloria de la Trinidad eterna. Esta es la auténtica protagonista de la historia de la salvación. Detrás de todos los acontecimientos salvíficos, desde la creación hasta la resurrección de Cristo, es la Trinidad quien ha hecho presente y ha mostrado su inmensa gloria. Detrás la historia de la salvación late constantemente el corazón de la Trinidad. Desde el misterio, la Trinidad nos da la vida y guía la historia hacia el encuentro definitivo con nuestro Salvador.

Y finalmente, necesitamos adorar su unidad, nos decía la oración colecta. La adoración es la respuesta del creyente que se encuentra desbordado por tan gran misterio. Adorar su unidad es adorar su esencia. Y la esencia de Dios es el amor. Sólo el amor es digno de fe, de gloria y de adoración. Nuestro Dios es amor. La comunión de las tres personas divinas es la fuente de este amor. A través de ella Dios nos une a él y nos transforma a la imagen y semejanza de Cristo glorioso.

Hermanos y hermanas, tal como rezaba San Agustín, también nosotros podemos dirigirnos a Dios y decirle: «Señor y Dios mío, creo en ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo (…). Cuando lleguemos a su presencia se terminarán todas estas cosas de las que ahora hablamos sin entenderlas, y vos lo seréis todo en todos, y entonces cantaremos un cántico eterno, alabándoos unidos a vos»(De Trinitate, XV, XXVIII, 51). Amén.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Pentecostés (23 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (23 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Gálatas 5:16-25 / Juan 15:26-27; 16:12-15

 

El Espíritu del Señor llena la tierra (Sal 1, 7), cantábamos, hermanos y hermanas, al iniciar la celebración. Y es verdad. El Espíritu la ha llenado desde el primer día de Pentecostés, cuando gente de todos los pueblos oyeron en su lengua nativa los diversos lenguajes que el Espíritu sugería a los apóstoles. El Espíritu, haciendo que las maravillas de Dios fueran proclamadas a la pluralidad de los pueblos, superaba la división y formaba la unidad de todos. Cada uno desde su lengua y su propia cultura podía comprender y hacerse suya la única Palabra que viene de Dios. Esta es la misión de la Iglesia en el mundo en cada época de la historia: presentar la Buena Nueva de Jesús a la humanidad entera. En nuestros días, en su encíclica «Fratelli tutti», el Papa Francisco, ve esta unidad en la pluralidad que crea el Espíritu en Pentecostés, e, invitando a ponernos en sintonía con la obra del Espíritu, dice que debemos proyectar y trabajar juntos «como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos «(n. 8).

El Espíritu, que fue dado a la Iglesia en el primer Pentecostés, todavía hoy, pues, sigue presente y activo. Ella, pueblo de Dios en camino hacia la plenitud eterna de la pascua, atraviesa la historia y los siglos bajo el impulso del Espíritu para testimoniar las maravillas de Dios y ser servidora de la humanidad, porque Jesucristo, el Señor, continúa su obra de curación y de salvación a través de los cristianos. A pesar de las debilidades y los pecados de los miembros de la Iglesia, el Espíritu da firmeza a la predicación del Evangelio, hace crecer el amor solidario, dispuesto en el interior de las personas a abrirse cada día a la obra de la gracia, suscita la santidad en hombres y mujeres de todas las edades, pueblos y culturas. A través de la Iglesia, además, el Espíritu lleva consuelo y esperanza a tantas situaciones de sufrimiento, de duelo o de oscuridad. Actúa en nuestro mundo contemporáneo que se ve abrumado por la pandemia, y por tantas crisis, sociales y económicas, con multitudes que buscan desesperadamente y con riesgo de la vida una salida a su situación. En medio de estas situaciones, hay hambre y sed del mensaje transformador de Pentecostés. Hambre y sed, tal vez sin saberlo, de recibir el don del Espíritu como defensor, como protector y como consolador.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Miembros de la Iglesia como somos, también nos ha sido dado a nosotros. Lo recibimos en los sacramentos de la iniciación cristiana como un don imborrable. Por eso el Espíritu sigue presente en nuestro interior y nos otorga unos dones espirituales o carismas. A cada uno de una manera particular, de acuerdo con sus capacidades o con sus funciones en la Iglesia. Esta diversidad está al servicio de los demás y conlleva una armonía y una riqueza que coopera a la misión de la Iglesia en el mundo, y que el egoísmo no debería dañar.

El Espíritu que hemos recibido nos ayuda a vivir como hijos de Dios, e ilumina nuestro interior para que tengamos fe en Jesucristo, para que podamos conocerlo más y más. El Espíritu, aún, nos ayuda a orar, nos da fuerzas para amar y servir a los demás a pesar de nuestra debilidad y nuestra inconstancia, y nos ilumina para que sepamos discernir la voluntad de Dios en nuestro obrar. Es el Espíritu, también, que nos hace descubrir la presencia de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía y en cada hermano.

Esta presencia del Espíritu en nosotros nos mueve a ser comunicadores de sus dones a los demás y, de manera particular, a ser instrumentos de su consuelo para los que lloran o están tristes, instrumentos de su defensa de los pequeños y de los marginados, instrumentos de su protección a las personas débiles o tratadas injustamente. En una sociedad en la que se dan enemistades, discordias, celos, envidias, rivalidades, divisiones, de una manera similar a la situación que describía San Pablo en la segunda lectura, tenemos que hacer presentes los frutos del Espíritu: el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la sobriedad. Para poder hacerlo, sin embargo, debemos invocar insistentemente el Espíritu Santo tal como hace la Iglesia hace hoy y ha hecho desde el día de la Ascensión. Y, además, hemos de estar abiertos y ser dóciles interiormente para que el Espíritu pueda actuar en nosotros y por nuestro medio a favor de los otros como portadores de esperanza, de solidaridad, de justicia empapada de misericordia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Llena, también, nuestra asamblea litúrgica, para que nuestra alabanza a Dios sea digna de él, para que la gracia divina penetre en nuestro corazón y haga fecunda nuestra vida, para que comprendamos la Palabra divina, así -como decía el evangelio- nos va guiando hacia el conocimiento de la verdad entera. El Espíritu Santo, todavía, por medio de la oración de la Iglesia, transformará el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y cuando los recibimos quiere transformar nuestra persona y quiere ayudarnos a unirnos unos a otros en el amor para formar el cuerpo espiritual de Cristo que es la Iglesia.

El Espíritu del Señor llena la tierra. Y lo llena de vida. Pero aún no está toda la tierra bajo el impulso del Espíritu. Hay zonas de nuestro interior que aún se mueven bajo los impulsos contrarios al Espíritu. Y por eso aún tenemos que orar intensamente: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles». Hay áreas geográficas con conflictos graves, como acabamos de ver estas semanas. En cambio, más allá de todas las divisiones y los enfrentamientos, el Espíritu quiere hacer de toda la humanidad una sola familia de hijos e hijas de Dios. Por ello, al final de la encíclica que he mencionado al principio, el Papa reza: «Ven Espíritu Santo, muéstranos tu belleza reflejada en todos los pueblos de la tierra, para descubrir que todos somos importantes, que todos somos necesarios, que son rostros diferentes de la misma humanidad que estimáis. Amén «(n. 287).

Abadia de MontserratPentecostés (23 de mayo de 2021)

La Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (16 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Efesis 4:3-6.1-13 / Marc 16:15-20

 

Se elevó y fue llevado al cielo, nos ha dicho el evangelio. En el Credo, la vida de Jesucristo en la tierra nos es presentada -hermanos y hermanas estimados- en términos de un gran abajamiento y de una ascensión gloriosa. «Por nuestra salvación bajó del cielo», decimos. En otras palabras, salió del Padre para venir al mundo y mostrar el amor inmenso que el Padre le tiene (cf. Jn 16, 27-28). Se abajó viviendo en el anonimato la mayor parte de su vida y dado a un trabajo humilde. Se abajó aún más con la crucifixión y con la estancia en el sepulcro. Después, subió al cielo y fue glorificado a la derecha del Padre. Hoy la Iglesia celebra con alegría y con acción de gracias esta ascensión gloriosa.

Las lecturas que hemos escuchado y también el credo utilizan un lenguaje simbólico para explicar esta realidad del regreso de Jesús a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2; 16, 28). Y por eso hablan de subir, de elevarse, de sentarse a su derecha. Con ello quieren expresar que el Hijo de Dios con su cuerpo humano glorioso, se adentra en la dimensión trascendente de Dios y participa de la gloria, la soberanía, el poder divinos, en un abrazo eterno de amor con el Padre, para derramarlo a manos llenas sobre la humanidad.

Si sólo tuviéramos que contar con nuestras posibilidades, la humanidad no podría tener nunca acceso a la casa del Padre. Sólo Jesucristo, con la ascensión, ha podido abrirnos el acceso. Nosotros, pues, que estamos unidos a él por el bautismo, confiamos poderlo seguir hasta allí. Por eso, hoy, tanto como celebramos la ascensión gloriosa de nuestro Señor, celebramos también que nosotros somos llamados a participar de esta elevación. La añoranza que sentimos de una vida sin fin, de vivir en la plenitud del amor y de la alegría, la podremos satisfacer. Nuestros sueños de un futuro mejor, sin sufrimiento, ni dolor, ni muerte, podrán ser satisfechos gracias a las puertas que nos abre la ascensión de Jesús, si seguimos los caminos del Evangelio. Esta confianza nos permite vivir una alegría y una esperanza que transfiguran la vida de cada día.

El hecho de que él haya dejado de ser visible a nuestros ojos, no significa que se haya separado de nosotros. La ascensión inicia otro modo de presencia. Y no una presencia estática, sino dinámica. Él continúa viviendo, hablando y actuando en el seno de la Iglesia, hasta el final de la historia. Sigue cooperando con sus discípulos también hoy.

Predicaban a todos la Buena Nueva del Evangelio, decía también el evangelista. Porque la misión de evangelizar que Jesús había llevado a cabo, a partir de la ascensión, la encomienda a la Iglesia en su conjunto y a cada uno de sus miembros en particular. También nosotros tenemos que ser testigos suyos. Pero, para ser testigo, es necesario haber tenido una experiencia personal de lo que testimoniamos. Por ello, primero debemos haber dejado entrar Jesucristo en nuestras vidas y profundizado nuestra fe a través de la oración, de la lectura orante de la Sagrada Escritura, de la celebración de los sacramentos, de tener conciencia de formar parte del cuerpo eclesial de Cristo. De todos modos, no hay que esperar haber llegado a los grados más altos de la vivencia cristiana para empezar a comunicar los otros el tesoro de la fe y las grandes perspectivas existenciales que abre. Basta haber empezado a tener alguna vivencia personal.

La misión evangelizadora, mientras da vida a los demás, ayuda a madurar y hace crecer en la fe a quienes evangelizan. Y evangelizar significa no sólo dar a conocer la persona de Jesús sino hacerse servidor de los demás. Además, tal como dice el Papa en su exhortación apostólica sobre «La alegría del Evangelio»: se ha de evangelizar con alegría; una alegría interior que se refleje en el rostro, «incluso que hay que sembrarla entre lágrimas», porque «el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza,» debe poder «recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes, impacientes o ansiosos, sino a través de servidores del Evangelio «que irradien la alegría de Cristo que han recibido como don (cf. Evangelii gaudium, 10).

Cada uno ha recibido una gracia según la medida de la generosidad de Cristo, decía el Apóstol. La misión de evangelizar, cada uno la llevará a cabo de acuerdo con los dones que Dios le ha concedido. Así procuró hacerlo el P. Antoni M. Marcet, hijo de Terrassa, del que hoy conmemoramos los 75 años de su muerte, acaecida el 13 de mayo. Su misión evangelizadora partió de la gracia que recibió en su vocación monástica y presbiteral en Montserrat y, más adelante, de su elección como abad de nuestro monasterio. El despliegue de esta vocación fue preparado por los años que pasó en nuestra Escolanía. Su abadiato, iniciado en 1912, ha sido uno de los más largos de la historia de nuestro monasterio. Con la cooperación de otros monjes, fue dado mucho fruto. Abrió nuevos horizontes a la comunidad y marcó unos surcos que en buena parte perduran hasta hoy. Renovó la vida monástica y la vida litúrgica, favoreció la catalanización de Montserrat, potenció su dimensión cultural, la formación intelectual de los monjes, reformó edificios y construyó otros nuevos, reimplantó la imprenta y dinamizó las publicaciones, inauguró el museo bíblico, etc. Son muchas las cosas que se podrían mencionar, pero ahora no es posible. El abad Antoni M. Marcet, dicen los que le conocieron, era un hombre recto, firme, discreto, humilde; arraigado en una fuerte vivencia espiritual, fundamentada en la liturgia y en la Sagrada Escritura, aunque durante muchas temporadas la vivió en la oscuridad de la fe y en la aridez interior. Siempre lo sostuvo, sin embargo, la confianza en Dios, como lo reflejaba su lema abacial. Sufrió mucho cuando en julio de 1936, la comunidad se tuvo que dispersar y dejar el monasterio y el santuario, y aún más debido a los 23 monjes que fueron asesinados o murieron en el frente. Este sufrimiento le afectó fuertemente la salud.

Las palabras de despedida de la comunidad que dijo en el lecho de muerte, son un auténtico testamento espiritual: «Amad Dios. Sed siempre fieles a Jesucristo según el espíritu del Evangelio. Él es el remedio y la única salvación, no sólo para los monjes sino de todo el mundo. Sed fieles a la Virgen María; ella es nuestra tierna madre que nos acompaña como cogiéndonos de la mano, estimémosla. Tengamos caridad, porque sin caridad todo es mentira. Estimemos siempre y a todo el mundo». Tuvo, también, unas últimas palabras de despedida para los escolanes: «Yo recuerdo con emoción -les dijo- el honor de haber sido recibido en esta casa, aquí hice la primera comunión, aquí nací a la vida espiritual y a la vida intelectual. Procurad ser hijos predilectos de la Virgen «(cf. El Abad Marcet. Montserrat, 1951, p. 27-28).

Hoy, en torno al altar, hacemos memoria de la persona del P. Abad Antoni M. Marcet y agradecemos la obra que el Señor hizo a través de él a favor de Montserrat y de su misión en la Iglesia. Y también pedimos que comparta la gloria de Jesucristo para que pueda ser, cerca de él, intercesor a favor nuestro.

Ahora nos adentraremos en el corazón de la celebración eucarística. En el sacramento, encontraremos la presencia de Aquel que, por su ascensión, aparentemente puede parecer ausente, Jesucristo

 

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (16 de mayo de 2021)