Domingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (2 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 9:26-31 / 1 Juan 3:18-24 / Juan 15:1-8

 

Si nos preguntáramos cuál es el objetivo final de nuestra existencia, qué hacemos aquí, qué sentido tiene todo… la última frase del evangelio que nos ha sido proclamado podría ser la respuesta: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Ser discípulos de Cristo y dar fruto, es toda una misión.

Y para explicarlo, hoy el Señor ha usado una de esas imágenes que tanto le gustan, una imagen del mundo rural que todo el mundo puede entender con facilidad: la vid, la cepa y los sarmientos. Es una imagen muy utilizada a lo largo de toda la biblia, porque va muy bien para explicar nuestra relación con Dios. Ya la encontramos en el Génesis donde se explica que Noé, sólo salir del arca, «fue el primero en trabajar la tierra, y plantó una viña» (Cf. Gn 9,20), y a partir de ahí la imagen de Dios como viñador, es utilizada en diferentes ocasiones. Y en el pasaje de hoy se decía que en esta viña quiso plantar una cepa única, especial, «la vid verdadera»: Jesús. Y no sólo eso. Los sarmientos que salen de esta cepa, somos nosotros. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos», nos decía. Cepa y sarmientos son, en realidad, una misma planta. Y eso quiere decir que todos nosotros formamos parte de Cristo resucitado, nos alimentamos de la misma savia -hemos recibido la misma gracia, y es a través nuestro que la cepa da su fruto. No es cualquier cosa, es una misión y una responsabilidad muy importante: Dios nos ha hecho la gracia de ser sus hijos, con todo lo que ello implica.

Esta imagen también tiene una connotación eucarística. No es casual que Jesús nos dejara el vino como prenda y sacramento en la eucaristía. El vino es el fruto de la vid, es la sangre de Cristo, y esto convierte la eucaristía en la vida de la Iglesia. Domingo tras domingo, cuando la comunidad está reunida con Cristo resucitado en torno a su mesa, es un momento privilegiado para escucharlo, y para tomar conciencia de que nosotros y Cristo resucitado somos uno -estamos unidos en comunión, y formamos parte del mismo cuerpo: el sarmiento es una parte importantísima de la cepa, porque sin ella no daría uva. Nosotros damos fruto en el mundo a través de los dones que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. Y es aquí, a través de la oración y del diálogo con Dios que hacemos en el tiempo, cómo podemos irlos descubriendo y desarrollando, para que los podamos llegar a ofrecer como un servicio, como un regalo, como un agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

Hoy, pues, es un buen día para preguntarnos qué frutos damos y cuáles quisiéramos dar. Podemos ignorar nuestros dones, o nos los podemos quedar para nosotros… Pero si queremos ser buenos discípulos de Jesús, estamos llamados a hacerlos crecer, y sobre todo, a darlos. Y por eso siempre nos deberíamos estar preguntando qué puedo hacer yo desde allí donde estoy, o qué hubiera hecho Jesús en mi lugar, ante las situaciones que se nos planteen.

Es un buen momento para recordar la última frase del evangelio con la que empezábamos este comentario: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Dios desea que seamos sus colaboradores más estrechos, y podemos serlo siguiendo a Cristo. Y si lo hacemos de manera auténtica, llegaremos a identificarnos tanto con Él que seremos una parte de sí mismo, como los sarmientos son las ramas de la vid que le están unidas. Dicho en palabras de la segunda lectura, «Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él»: como los sarmientos en la vid. Así podremos llevar a cabo la misión que Dios ha soñado para nosotros.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

La Virgen de Montserrat (27 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (27 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-47

 

Desde la montaña de Montserrat, hermanos y hermanas, hemos escuchado como María se fue aprisa a la montaña de Judá para visitar a su prima Isabel. La Providencia divina ha relacionado espiritualmente estas dos montañas en torno a la persona de Santa María, la Madre de Jesús y por eso Madre de Dios.

El evangelio de hoy es uno de los pasajes más bellos y más llenos de alegría de toda la Sagrada Escritura. Hemos escuchado como María iba a visitar a Isabel. Lo hacía, decía el evangelista, con decisión, con convencimiento, con amor. En el momento de recibir el anuncio de que sería Madre de Jesucristo Salvador, y ante su extrañeza por un hecho tan grande y tanto insólito, sin que ella lo pidiera, le fue dicho, como una señal de que no hay nada imposible para Dios, que su prima, ya mayor, esperaba un hijo (Lc 1, 36). María no se quedó, pues, en casa meditando el don de la maternidad que había recibido, sino que se va a casa de Isabel, no para comprobar la veracidad de lo que le había sido dicho, sino para ayudar. Ella, la madre del Señor, como le dice su prima, no va a casa de ella para ser servida sino para servir. Porque María no vive para sí misma sino para los demás. Por eso se pone en camino llevando el Hijo de Dios en las entrañas, con el corazón lleno de «magníficat», bajo el impulso del amor y el deseo de servir.

En este encuentro entrañable concuerdan la fe, la humildad la voluntad de servir y la alabanza a Dios de María con la maravilla y la alegría que experimenta Isabel que alaba a María por haber creído y por su maternidad. Pero sobre todo, en el encuentro de las dos mujeres, está la presencia de Jesucristo y la acción del Espíritu Santo. Todo con la mayor simplicidad empapada del amor fiel a Dios. María, con el hijo en las entrañas, es la nueva arca de la alianza portadora de la presencia de Dios ante la que, como un nuevo David (cf. 2S 6, 2-16)), Juan Bautista salta de alegría en entrañas de su madre.

Decía al principio que la Providencia divina ha relacionado espiritualmente la montaña de Judá y nuestra montaña de Montserrat. Efectivamente, hay una continuidad espiritual entre la Visitación de la Virgen a Isabel y la realidad de lo que ocurre a los ojos de la fe en este lugar en torno a la persona de Santa María. También aquí es lugar de visitación. Dios, en su amor, ha querido que en esta montaña se hiciera presente espiritualmente la Virgen. Verdaguer lo expresa poéticamente en el Virolai con aquellas palabras: «Reina del cielo que los serafines bajaron, dadnos abrigo dentro de vuestro manto azul». Esta presencia espiritual de Santa María desde hace siglos, ha convertido este lugar en un espacio de encuentro con ella para que ella nos muestre a Jesús, tal como bellamente expresa la Imagen de nuestra Virgen Morena.

Montserrat, pues, es lugar de encuentro con María, lugar de visitación. Pero, ¿quién visita a quién? En la montaña de Judá fue María quien visitó a Isabel. En Montserrat puede parecer que somos nosotros, los peregrinos, los monjes, los escolanes, los que subimos a visitar a María, para orar y pedirle su ayuda. Pero, paradójicamente, en el fondo es ella quien nos visita y nos otorga los frutos de la visitación a su prima Isabel. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo para que lo dejemos entrar más y más en nuestras vidas hasta que nuestra persona sea plenamente evangelizada. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo nos hace experimentar el gozo del Espíritu Santo, nos invita a crecer en el amor y a ponernos, como ella, al servicio de los demás. Nos invita, y nos ayuda con su intercesión.

Hoy, con la Virgen magnificamos al Señor por las maravillas que ha hecho en ella desde la concepción inmaculada y la plenitud de la gracia hasta la asunción al cielo. Magnifiquemos el Señor, también, por las obras que ha hecho y hace a favor nuestro y de toda la humanidad. Y, al mismo tiempo, proclamemos bienaventurada a María por su fe, por las grandes obras que Dios ha hecho en ella. Y pidámosle que nos sea madre de consuelo y de esperanza, patrona solícita de nuestro Pueblo en esta hora en que estamos afligidos por la pandemia y sus consecuencias graves, pero que experimentemos también las capacidades de nuestra sociedad para hacerle frente y vigorizar el tejido social mientras se desarrolla una economía al servicio de las personas y en favor sobre todo de los más pobres e injustamente dejados de lado. Y le pedimos, asimismo, que ayude al gobierno que se pueda formar, al Parlamento y todas las instituciones públicas y privadas a trabajar para superar el momento difícil que estamos viviendo y hacer una sociedad más justa y solidaria, más atenta al crecimiento humano y espiritual de las personas, no a la ganancia por la ganancia. Y le pedimos, también, que la Iglesia que peregrina en Cataluña, pastores y fieles, esté llena de vitalidad evangélica y sea testigo gozosa de Jesucristo resucitado.

Y agradecemos, además, a Dios el don que es Montserrat para los que vivimos aquí, por la Iglesia, por nuestro pueblo, por todos los peregrinos que aquí experimentan la visitación de la Virgen y el encuentro con Jesucristo. Impresiona pensar que a lo largo de los siglos tantos santos y santas canonizados y tantas personas de buena voluntad hay experimentado la Visitación de Santa María mientras le abrían el corazón, le presentaban sus proyectos y le pedían su ayuda. Hacemos que el «Magnificat de roca», como llamó san Juan Pablo II a nuestra montaña (cf. Homilía en Montserrat, 7-11.1982), sea también un magníficat de corazones creyentes que en este santuario glorifican a Dios, cantan su amor que se extiende de generación en generación (Lc 1, 50), que celebran a Dios que nos salva y nos alimenta con la Palabra de la verdad y con el Pan de la vida.

 

Abadia de MontserratLa Virgen de Montserrat (27 de abril de 2021)

Vigilia de Santa Maria (26 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (26 de abril de 2021)

Judit 13:14.17-20 / Rut 2:1-2.8-11;4:13-17 / Isaías 11:1-5.10 / Gálatas 4:4-7 / Juan 19:25-27

 

Sr. Arzobispo, HH. Consejeras, Autoridades, hermanos y hermanas, queridos todos en Cristo resucitado:

En la alegría de la pascua y guiados por la luz de Cristo resucitado, hemos escuchado este evangelio que nos presenta a Santa María al pie de la cruz de Jesús; una cruz que más que portadora de muerte es portadora de vida. Jesús, antes de llevar a cabo todo lo que el Padre le ha encomendado, se fija en su Madre y en el discípulo que más quería, que estaba cerca de ella, y dice: Madre, ahí tienes a tu hijo. Y a continuación dice al discípulo: aquí tienes a tu madre.

Como sucede en todo el Evangelio según San Juan, también este episodio tiene varios niveles de lectura y todos portadores de buenas nuevas. Un primer nivel es el del sentido inmediato, lleno de humanidad, de ternura y de amor filial. Jesús no quiere que su madre se quede sola y encarga al discípulo que cuide. Un segundo nivel de lectura, parte de que este discípulo, el más amado de Jesús, personifica, representa, a todos sus discípulos, todos los que creen en él. A partir de este hecho, pues, María es constituida madre de todos los cristianos, madre del cuerpo eclesial de Cristo, por eso en el Concilio Vaticano II el papa san Pablo VI, proclamó a la Madre de Jesús, Madre de la Iglesia. Y también podríamos considerar otro nivel de lectura y ver a Maria como imagen, personificación, de la Iglesia. Desde esta perspectiva, se nos dice que la Iglesia también es madre de todos los creyentes en Cristo. Lo es porque los engendra a la vida de fe en el bautismo, los alimenta con la Palabra de Dios y con la Eucaristía y, con la solicitud, pastoral les ayuda a crecer en la vida cristiana.

En esta noche que velamos a Santa María, nos centramos en lo que he llamado segundo nivel de lectura. En María como madre de todos los discípulos de Jesucristo. Al pie de la cruz, Santa María recibe una nueva vocación. A la de ser madre del Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre, Jesús le añade la maternidad espiritual sobre los que creen en él. En el momento, pues, que ella estaba de pie al pie de la cruz uniéndose a la ofrenda que su hijo hacía al Padre, se abre a una nueva maternidad sobre la familia de los que quieren escuchar y poner en práctica la palabra de Dios (cf. Mt 12, 48-50). Estas palabras de Jesús en la cruz son el fundamento de la maternidad espiritual de María sobre cada uno de nosotros, sobre la Iglesia que peregrina en Cataluña y sobre el conjunto de la Iglesia universal. Y son el fundamento del patronazgo de la Virgen sobre nuestro pueblo.

Remarquemos algo. En este confiar María al discípulo y el discípulo a María, hay una prelación. Primero encarga a María que sea madre del discípulo. Esto significa que primero le hemos sido dados a ella, hasta el punto de que si llegara el caso de que el discípulo no la quisiera acoger, ella continuaría con la misión de ser madre y, por tanto, de ser solícita de cada uno de los que Jesús le ha confiado. Ella no dejará nunca de ser madre, de amar, de ayudar, de interceder. Y esto nos da una gran confianza, sobre todo cuando constatamos nuestra negligencia para con ella y aún más cuando constatamos nuestros desfallecimientos en la adhesión a Jesucristo. Nuestro camino de fe está unido a María, aquella que ha sido la primera en creer, en acoger la Palabra y hacerla vida. Esto nos es fuente de esperanza y de alegría. Y también de compromiso de no defraudar a aquel que nos ha confiado a su madre como hijos.

Por eso tenemos que hacer como el discípulo al que Jesús más quería cuando le fue confiada María como madre. La acogió en su casa, decía el texto evangélico. Pero, a partir del original griego, esto también tiene al menos un par de niveles de lectura. El primero, nos indica que la llevó a vivir con él, ofreciéndole no sólo cobijo, sino todo el cuidado y toda la estimación. Pero, el texto evangélico, apunta también a otro nivel: la acogió en lo más íntimo de sí mismo, en su interior, le dio entrada en su vida. En este sentido, tener a María por madre significa confiarle nuestro camino de fe, nuestras necesidades e inquietudes. Y tenerla por patrona significa confiarle la situación actual de nuestro País y al mismo tiempo trabajar a favor de la gente que lo constituye.

Como recordaban recientemente nuestros obispos en la carta dirigida a la Iglesia que peregrina en Cataluña con motivo de los 25 años del Concilio Provincial Tarraconense, «es hora de recuperar la dimensión espiritual mediante la amistad con Dios y la oración, al tiempo de profundizar en la dimensión social de la fe, acuñando una nueva palabra de orden: «No te quedes en casa». Ciertamente, no nos podemos quedar en casa a la hora de defender la vida de los ancianos y de su igualdad de derechos con todas las demás personas. No nos podemos quedar en casa a la hora de escuchar la voz de los pobres y de los considerados periféricos, y de darles el lugar justo en un mundo del que ellos también forman parte. No podemos quedarnos en casa a la hora de empujar proyectos de humanización de las sociedades globales y, en particular de nuestra». Y dicen aún, que hay que transformar el mundo «según los criterios del Evangelio de Jesús» […]. «Este cambio del mundo en profundidad es absolutamente prioritario en este tiempo de pandemia y de post-pandemia, en el que hay que imaginar nuevas maneras de hacer en el campo de la economía, la política, la cultura, la sanidad, la educación,… «el tiempo actual» es un tiempo oportuno, un kairós, para esparcir y comunicar, de palabra y con las obras, la buena nueva del Evangelio «con su fuerza transformadora (cf.» Espíritu hacia donde guías nuestras iglesias? «, Introducción y 2.5).

Que la Virgen, con su solicitud como madre y patrona para con nosotros y para con todo el pueblo de Cataluña, nos ayude a ser hombres y mujeres unidos a Jesucristo y a contribuir a la transformación de nuestra sociedad en este momento de nuestra historia. Pidámosle que sostenga a los enfermos y ayude al personal sanitario que los atiende. Que ayude a los responsables de la gestión pública a trabajar abnegadamente para superar las graves consecuencias negativas a nivel económico, laboral y social causadas por la pandemia. Pedimos, además, a la Virgen que, pensando en el bien de las personas, nos ayude a encontrar soluciones para la coyuntura política actual y para superar la situación de los políticos y líderes sociales que están en la cárcel o en el extranjero. Rogamos, en torno al altar del Señor, por tantas personas que en este año nos han dejado a causa del Covid o de otras enfermedades, algunas eran familiares o amigos nuestros, algunas participaban asiduamente en esta Vigilia de Santa María.

Aquí tienes a tu madre. Estas palabras de Jesús dirigidas al discípulo más querido y a todos nosotros, están escritas en un mosaico cerca de la Imagen de la Virgen en el camarín, para recordarnos esta misión que ella tiene para con nosotros. Al venerarla hoy, hagámoslo con confianza filial dejándola entrar en nuestra vida para que nos ayude a avanzar más y más hacia Jesucristo.

Abadia de MontserratVigilia de Santa Maria (26 de abril de 2021)

Domingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (25 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:8-12 / 1 Juan 3:1-2 / Juan 10:11-18

 

Hermanas y hermanos: En este IV Domingo de Pascua, cada año contemplamos al Resucitado como Buen Pastor. Es una imagen muy sugerente y querida por los primeros cristianos, elegida por el mismo Jesús, que resume la misión que él asumió mientras estaba entre nosotros y que, glorificado a la derecha del Padre, continúa ejerciendo para con la Iglesia peregrina: velar por su rebaño y conducirlo a «las praderas eternas», como dice la poscomunión de este domingo.

La imagen bíblica del «buen Pastor», propia de la cultura agraria, también la podríamos traducir hoy con otras imágenes: «el buen entrenador», «el buen animador», «el buen líder político», «la buena madre o el buen padre de familia «, «el buen educador «, «el buen maestro espiritual», «el buen obispo «, «el buen abad»… Todas estas figuras o imágenes requieren cualidades de iniciativa, discernimiento, apoyo y orientación a fin de evitar la irresponsabilidad, el abandono, el caos, el vagar por la vida sin ningún objetivo, o el «sálvese quien pueda». En cambio, cuando estas instancias de gobierno funcionan bien, las personas, comunidades y los diversos grupos sociales crecen, se desarrollan, se implican en los proyectos y gozan de estabilidad, motivación y capacidad creativa, siempre que haya una mutua colaboración.

Jesús se sintió conmovido al ver el pueblo de Israel perdido, «como ovejas sin pastor». Esta situación le daba pena y le preocupaba hasta que, fiel a la misión para la que vino al mundo, reunió un nuevo pueblo para que tuviera vida en él y tuviera como ley el mandamiento nuevo del amor.

Jesús, el buen Pastor, nos llama a su seguimiento, pero no es un seguimiento frío e impersonal ni quiere establecer una relación de asalariado que sólo mira por el propio provecho mientras que los otros le son indiferentes. La relación que quiere establecer con su discípulo es entrar en la dialéctica de conocerlo y ser conocido por él; una relación de íntima amistad que se enriquece a partir de un encuentro personal y crece cada vez más en la estimación recíproca y el mutuo conocimiento.

Es por eso que dice: «Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas y ellas me reconocen a mí» y si no son de su rebaño, las busca y hace que conozcan su voz, para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Quizás el problema que tenemos hoy en día es que no acabamos de reconocer la voz de este pastor y preferimos pastar por otros cercados. Celosos de nuestro individualismo y nuestra realización personal, no acabamos de ver claro eso de ser «oveja» ni que nos digan lo que tenemos que hacer o que nos desinstalen de nuestra zona de confort.

Jesús no ha venido a llamar discípulos duros, insensibles, sin capacidad de iniciativa ni ningún sentido crítico. Desea una comunidad madura, en la que sus miembros se sientan personas realizadas y sean reconocidos en su individualidad. No quiere una masa amorfa y servil, un rebaño de cristianos masificados que sólo cuenten para llenar la estadística de quienes pertenecen a la Iglesia, ni quiere formar una especie de «gueto» de creyentes, que viven ajenos a los problemas de la gente ni se hacen presentes en los ámbitos que reclaman solidaridad y cooperación. Es un pastor que nos quiere adultos, responsables, capaces de actuar libremente, de tomar decisiones, afrontar nuestros propios riesgos, y asumir el hecho de ser una comunidad unida por el amor y que respete la pluralidad de maneras de vivir el Evangelio.

Sin embargo, no podemos ignorar que a veces se hace difícil escuchar la voz de nuestro Pastor… Somos víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces, imágenes y ruidos, que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para discernir su voz, sus palabras de vida eterna, adictos a tantas pantallas que nos hacen vagar por prados efímeros y alimentan nuestra trivialidad.

Sin embargo, si estamos atentos, la «voz» de Jesús también resuena en los profetas de hoy, en el esfuerzo callado de tantas personas que siembran el bien a su entorno, en los que crean espacios y condiciones para hacer creíbles palabras que hemos reducido a una pobre caricatura como: justicia, libertad, verdad, amor, paz, fraternidad y que son semilla de la nueva humanidad, del Reino de Dios que Jesús predicaba.

Hoy somos invitados a recuperar de nuevo el silencio y la capacidad de escucha; a estar atentos a la voz del «buen Pastor» si no queremos ver nuestra fe ahogada por tantas voces que nos acechan; a sintonizar con lo mejor que hay en nosotros y desarrollar esa sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar sentido a nuestra vida, que nos apoya y nos guía y que como el salmista le podemos decir confiadamente: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara de pastor me sosiega y me conforta”. (Salmo 23)

Que Él, que ha dado su vida por nosotros, y ahora se nos da en la Eucaristía, nos conduzca a la Vida plena.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Domingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (18 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 3:13-15.17-19 / 1 Juan 2:1-5a / Lucas 24:35-48

 

Luc Ferry es un filósofo francés, antiguo ministro de educación, del que soy gran admirador y leo con fruición sus obras. Me gusta mucho su pensamiento, claro, profundo, crítico, bien argumentado…. pero con el que no siempre estoy de acuerdo. Y no lo puedo estar porque se declara abiertamente ateo. Sin embargo, el suyo es un ateísmo respetuoso, con lo que se puede dialogar y con el que se puede coincidir en muchas cosas. No puede ser de otro modo de un no creyente que dice que el libro que se llevaría a una isla desierta es el Evangelio de San Juan. Su apertura le lleva a reconocer, sin dejar de ser crítico, los aspectos positivos que el cristianismo ha aportado a la civilización. Por este motivo se le ha preguntado, en conferencias y diálogos que ha mantenido en varias ocasiones con gente de Iglesia, qué razones había para no ser creyente. Y la respuesta que da es, entre otras, que el mensaje que transmite el cristianismo es demasiado bonito para ser cierto. Algo parecido les debía pasar a los apóstoles cuando Jesús se apareció en medio de ellos.

En el relato del evangelista Lucas nos dice que «de tanta alegría no acababan de creer». Como si dijera, ¡demasiado bueno para ser verdad! Y quizás sea esta la razón por la que, aún hoy, a muchos cristianos nos cuesta manifestar la íntima alegría que debería invadirnos, al saber que hemos puesto nuestra vida en manos de Aquel que fue crucificado y sepultado, pero que luego resucitó, Aquel que, a quienes se confían a Él, les ofrece compartir la vida más allá de la muerte. Incluso a los que creen, les resulta difícil captar esta perspectiva como antídoto para las ansiedades y los miedos y las dificultades que tanto o tan poco aquejan la vida cotidiana de todos. Cristo ha resucitado, ¿resucitaré con él? Demasiado bueno para ser verdad, tal vez piensen muchos. Pero el sentido profundo de la fe radica precisamente aquí: creer en la experiencia de los apóstoles, que después de la cruz lo vieron, lo tocaron, lo escucharon, adquiriendo una certeza de la resurrección que fueron a difundir por todo el mundo. Y lo sostuvieron incluso a costa de perder la vida: la terrenal, con la certeza de conseguir la otra, la que no tiene fin.

El relato de Lucas es una verdadera invitación a repensar nuestra manera de buscar al Señor. No hay que buscarlo en las grandes teofanías o en realidades abstractas; hay que buscarlo en la vida cotidiana, al partir el pan, al compartir la mesa, al experimentar sus heridas que siguen sangrando en la humanidad herida por el pecado y la fragilidad. En cada persona herida por el pecado y la fragilidad revive todo el Misterio Pascual. En las heridas de la humanidad sufriente están presentes la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Con sus heridas dolorosas y gloriosas se hace reconocible y presente en medio de la comunidad de los creyentes.

Lo que Lucas nos presenta hoy no es un Cristo ascético o dogmático, sino un Jesús con un rostro profundamente humano que revela su divinidad compartiendo todo el misterio de la fragilidad humana, con la excepción de pecado, que supera y anula, ofreciendo su vida en el árbol de la Cruz. Como los discípulos, también nosotros tenemos que ser testigos del Misterio Pascual y tenemos que invitar a todos a mirar y tocar a Cristo, presente en sus vidas, en sus historias, a menudo llenas de contradicciones y de sufrimiento, recordando, sin embargo, que la última palabra sobre todo acontecimiento humano está en las manos heridas y gloriosas de Jesús, que con su Resurrección venció la muerte y nos devolvió la esperanza de una vida nueva.

Hermanos y hermanas, hoy, a imagen de los discípulos, tal y como lo explica el relato evangélico, somos invitados a ser y reaccionar de otra manera, nosotros, que tantas veces hemos tenido la oportunidad de reconocer al Señor en la Eucaristía. Que la experiencia del encuentro con el Resucitado cambie algo en nuestras vidas, como lo hizo con los discípulos de Emaús al partir el pan, como lo hizo en el resto de apóstoles y seguidores, y nos mueva a dar testimonio de nuestra fe en nuestro vivir cotidiano.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Domingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (11 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:32-35 / 1 Juan 5:1-6 / Juan 20:19-31

 

Todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Dios no niega al apóstol Tomás una segunda oportunidad para creer. Cuando ayer, ya teniendo en mente este evangelio de la duda de Santo Tomás, leí el evangelio que tocaba, un fragmento de San Marcos, me di cuenta de que el apóstol Tomás se ha cargado bastante solo la fama de no haber creído en Jesús resucitado y haber necesitado una segunda oportunidad.

En cambio, este evangelio de San Marcos, de ayer, sábado de la Octava de Pascua, que era un breve resumen de las tres grandes apariciones de Jesús Resucitado: primero a las mujeres, después a los discípulos que iban de camino y finalmente a los apóstoles, afirmaba que tras las dos primeras apariciones, los apóstoles tampoco creyeron el testimonio, e incluso el mismo Jesucristo les reprochó después que les hubiera costado tanto la fe. Podemos pues pensar que el reconocimiento del Resucitado no fue fácil para nadie y que la incredulidad de Santo Tomás no es una excepción y que los mismos apóstoles en conjunto, necesitaron una segunda oportunidad y una experiencia más personal de Jesucristo resucitado para ser capaces de creer.

Estas anotaciones sobre la debilidad de los apóstoles, de los que habían convivido con Jesús, sorprenden más si pensamos en el ambiente de euforia misionera que debería rodear el momento de la redacción de los evangelios, en el nacimiento del cristianismo y hacen por ello un testimonio importante del realismo de las primeras comunidades, que a pesar de ser descritas y deseadas como ideales de fe y de caridad, también tenían sus ambigüedades como todo lo humano.

Nos sentimos un poco aliviados cuando leemos que los apóstoles, los discípulos también necesitaban segundas oportunidades, y seguramente terceras y cuartas y muchas más. Aliviados porque esto abre un espacio a nuestras propias dudas y faltas, abre un espacio de comunión en la debilidad, abre un espacio donde Dios puede actuar en nosotros, donde puede salvar. Dios hace posibles las segundas oportunidades porque es muy paciente y muy insistente. Por eso me gusta leer el evangelio de hoy también desde el punto de vista de Dios, y no sólo desde nuestra fe.

Pensamos si nosotros, después de que alguien nos hubiera cuestionado en la forma que Santo Tomás cuestionó a Jesús resucitado, hubiéramos dado una segunda oportunidad o bien hubiéramos echado para siempre al que hubiera osado dudar tanto de nosotros. Pero Dios no. Dios no excluye. Dios sigue insistiendo, pacientemente: con Tomás, con los discípulos y con nosotros. Forma parte de su naturaleza. La paciencia y la insistencia son dos características de Dios que se potencian siempre en bien nuestro.

Admirar la vida de Jesucristo, su coherencia, su enseñanza, es difícil pero es razonablemente muy defendible, el reto de reconocerlo resucitado, esto es vencedor de la muerte, es un reto de fe, más grande, quizás el más grande. No es fácil en este mundo tan lleno de dolor y de sufrimiento, acentuados en todo este último año por la pandemia, afirmar con esperanza que la vida ha vencido a la muerte. Pero no olvidemos nunca que la resurrección no es el final de una vida ordenada, políticamente correcta, lograda por el propio esfuerzo, de manera fácil, sino que llega como don de Dios tras una muerte en cruz.

Pero a pesar de no ser fácil, afirmar todo esto es posible: la primera lectura no dudaba en afirmar: Nuestra fe es la victoria que ya ha vencido el mundo. La fe no permanece en la abstracción, ni siquiera cuando se centra en la Resurrección de Jesús. La fe que vence al mundo, esto quiere decir que vence el mal del mundo. En las tres lecturas de hoy está bien presente esta dimensión de vencer al mundo, vencerlo por la caridad: está en la descripción ideal de la comunidad de los Hechos, en la primera lectura: donde la unidad de corazón y de alma provocaba la solidaridad radical de los hermanos entre ellos, está en la segunda lectura donde tan claramente hemos leído que amar a Dios significa amar a los hijos de Dios, y también está en el Evangelio, donde la consecuencia inmediata del reconocimiento del resucitado es la misión. Yo os envío, a perdonar…

Nosotros somos hijos e hijas de aquellos primeros cristianos. Si nos consuela compartir sus dudas, que también nos provoque y nos mueva a imitar su fe y su caridad para que reconozcamos a Jesús como viviente entre nosotros y dejemos que esta fe nos haga transformadores y vencedores del mal del mundo, confiados en todas las oportunidades que Él nos da. Este es el sentido de centrar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, de recordarla en cada eucaristía, de celebrarla constantemente durante ocho días enteros en Pascua y repetir Hoy es el día en que actuó el Señor, Aleluya, aleluya.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Domingo de Pascua (4 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (4 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / 1 Corintis 5:6b-8 / Juan 20:1-9

 

El día de Pascua es un día de carreras, según dicen los evangelios. Por la mañana, corre María Magdalena, al ver que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro donde habían puesto a Jesús estaba quitada, y se fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba para decirles, aunque ella no había mirado dentro, que se habían llevado el Señor. Corren Pedro y este otro discípulo hacia el sepulcro para ver qué había pasado. Los dos corrían juntos. Pero el otro discípulo, que era más joven, se adelantó, llegó al sepulcro, miró dentro, pero no entró. Por respeto a Pedro le esperó y entraron los dos. Y podemos imaginar, hermanos y hermanas, que después también debían correr para ir a decírselo a los demás discípulos lo que habían visto y cómo habían entendido que, según las Escrituras, Jesús debía resucitar de entre los muertos. Por la noche, aunque, corren también los dos discípulos que habían ido a Emaús y por el camino se habían encontrado con Jesús resucitado que primero les había explicado cómo la Escritura anunciaba que el Mesías debía sufrir antes de entrar en su gloria y después les había partido el pan de modo parecido a como había hecho en la cena antes de la pasión (cf. Lc 24, 23-35).

Corren porque los mueve el amor a Jesús, la sorpresa de la tumba vacía con los lienzos de amortajar aplanada y el sudario dejados allí. Corren porque los mueve la alegría de saber que Jesús está vivo; que, tal como decían las Escrituras, se habían cumplido las palabras proféticas del salmo: no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción (Sal 15, 9). O aquellas otras que hemos cantado: La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. (Sal 117, 16-17).

Fijémonos, sin embargo, un poco más en lo que el evangelio nos decía de los dos discípulos que fueron al sepulcro. Pedro entra el primero porque, como he dicho, el otro discípulo lo deja pasar por respeto a su lugar entre los apóstoles. Ve, pero parece que esto no le lleva enseguida a la fe. Podía deducir, que si se hubieran llevado el cuerpo de Jesús no se habrían entretenido en sacarle los lienzos de amortajar y dejarlos bien tendidos. Fue el primero en llegar al sepulcro. Pero, con todo, por lo que dice el evangelista, no parece que de los dos discípulos, fuera el primero en llegar a la fe pascual. Entra, a continuación, el otro discípulo. Con los ojos ve lo mismo que Pedro. Pero se deja conducir por la luz de la fe en las Escrituras y por el amor que tiene a Jesús, y eso le hace descubrir la realidad de lo que ve con una dimensión profunda que va más allá de lo que captan los sentidos. Y cree que Jesús ha resucitado. Pedro llega también a continuación a la fe al comprender que las Escrituras ya decían que Jesús había de resucitar de entre los muertos. Hemos oído su testimonio en la primera lectura.

Jesús resucitado transforma a los discípulos. De tímidos y miedosos que eran antes del día de Pascua, los hace valientes y valerosos para anunciar que él vive para siempre. Ya no tienen miedo de las consecuencias en forma de crítica, de prisión, de castigos corporales, de muerte, que esto les pueda llevar. Se entregan totalmente a su misión de ser testigos de Jesucristo, el Viviente, y de su Evangelio, para liberar a las personas, para hacerles comprender el amor con que Dios las ama, para anunciar el camino del bien y de la fraternidad y la vida que supera la muerte. La alegría de los discípulos al ver los rostro deseado del Señor después de la tristeza por la muerte cruel, debe ser también la nuestra (cf. Himno «Tristes erant Apostoli»), que guiados por su testimonio descubramos la presencia del Resucitado en nuestras vidas que nos impulsa a hacer el bien a los demás con amor y a ser testigos de alegría y de esperanza.

La fe en Cristo resucitado nos transforma, a los cristianos, en criaturas nuevas. Nos enseña a ver la realidad con ojos nuevos, desde la fe y del amor, guiados por las Escrituras. Porque desde la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la dureza de la vida, los sufrimientos que conlleva, las enfermedades, la desesperanza, la muerte se pueden transformar en semillas de vida nueva. Sabemos, como venía a decir recientemente el Papa, que no se perderá ni una de las lágrimas derramadas en tantos Calvarios como hay en el mundo actual (cf. Audiencia general, 03/31/2021). Porque el Resucitado las recoge en su amor y las transformará en vida y en alegría.

Mientras celebrábamos la pasión y la sepultura del Señor, este altar estaba desnudo. Representaba Jesucristo en su despojamiento total, en el don de su vida sin reservarse nada de nada. Pero hoy, en la Pascua, el altar es revestido festivamente como símbolo de Cristo resucitado que continúa dándose en el sacramento eucarístico. Tras la invocación del Espíritu Santo y de haber pronunciado las palabras de la institución de la Eucaristía, bajo las especies de pan y del vino estará el Cristo resucitado para dársenos a nosotros.

Hoy lo recibirán por primera vez los escolanes Blai Ferré, David Villaverde, Bernat Camats, Joan Gimeno, Valentí Jorquera y Arnau Miranda. Y también Bet Florensa, hermana de un escolán, Ton. Jesús los acoge con alegría y se les da como alimento para su fe y como amigo. Todos los que formamos esta asamblea, que representamos la Iglesia, compartimos la alegría de estos que hoy por primera vez participarán de la mesa pascual del Señor. Y rogamos por ellos, para que por el don del sacramento eucarístico crezcan cada día en la fe y en el amor a Dios y a los demás.

Cristo nuestra Pascua que ha sido inmolado, como decía san Pablo en la segunda lectura, nos invita a tomar el pan nuevo de la Pascua, el pan de la eucaristía, que es el pan de la sinceridad y de la verdad. A Jesucristo, que nos lo da, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. Ap 1, 6).

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (4 de abril de 2021)

Vigilia Pascual (3 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (3 de abril de 2021)

 

Hermanos y hermanas estimados que compartís la alegría de esta noche santa:

Acabamos de escuchar en el evangelio el anuncio que ha cambiado la historia humana y ha abierto para todos un horizonte fundamental de esperanza: Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado. Es la buena nueva que llena de alegría esta noche y toda la vida de los cristianos. Incluso en este tiempo de pandemia, porque nos dice que la vida tiene sentido, que el dolor y la muerte no tienen el dominio último de la existencia humana porque Jesucristo resucitado nos abre de par en par las puertas de la vida inmortal.

Tal como hemos oído, las primeras de recibir el anuncio de la resurrección son las tres mujeres que el domingo de madrugada fueron al sepulcro llevando especies aromáticas para acabar de ungir el cuerpo de Jesús. Están preocupadas por cómo harán para hacer rodar la gran piedra redonda que cerraba el sepulcro. Pero al llegar, constatan con estupor que la piedra ha sido removida y que el cuerpo de Jesús no está en el sepulcro. Hay un joven -según el evangelista Marcos- que les dice que no tengan miedo, que Jesús de Nazaret no está allí, que ha resucitado. Además, les encarga que vayan a anunciarlo a Pedro y a los demás discípulos y les digan que vayan a Galilea y allí verán a Jesús. La reacción de las mujeres, sin embargo, no es de alegría. Sobrecogidas y llenas de miedo, huyen del sepulcro sin comunicar el mensaje ni decir nada a nadie. A nosotros nos sorprende esta reacción y nos parece que habrían tenido que salir corriendo a anunciar la Buena Nueva. En cambio, no lo hacen. Quizás las frena el estupor sagrado de estar tan cerca de un hecho que manifiesta el misterio de Dios y su intervención en la resurrección de Jesús. Pero, además, les cuesta entender y aceptar la novedad del anuncio que les han hecho. Les cuesta comprender el misterio de la vida que brota de la muerte. Tienen miedo ante lo que les es radicalmente desconocido. Y, en cambio, el mensaje que han recibido será el núcleo central de la fe cristiana.

Por suerte su fuga y su silencio fueron pasajeros y el anuncio se fue extendiendo. Y lo fue repitiendo la Iglesia antigua: Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado, subrayando siempre la identidad del que fue clavado en la cruz y del resucitado. Aún hoy el pueblo cristiano anuncia en todo el mundo que Jesús de Nazaret vive y es vencedor del mal, del pecado y de la muerte. Su resurrección nos ofrece una visión nueva del ser humano, del sufrimiento, de la muerte, de la historia, del mundo.

El evangelio de esta noche santa nos invita a no quedarnos mirando el sepulcro vacío, donde Jesús no está. Al contrario, nos invita a ir a Galilea que es donde se encuentra el Resucitado. No a la Galilea geográfica de paisajes entrañables a la que fueron convocados apóstoles, según hemos oído, sino a la Galilea espiritual. Porque la Galilea geográfica, donde Jesús anunció por primera vez el Reino de Dios, es un símbolo de la Galilea espiritual. El evangelio de esta noche nos invita a ir al lugar donde resuena constantemente el anuncio del Evangelio, donde podemos vivir la intimidad con Jesús escuchando su voz y dialogando con él en la oración. A la Galilea espiritual se nos invita a hacer obras de justicia y de misericordia, se nos invita a abnegarnos siguiendo el modelo de Jesús hasta tomar la propia cruz para seguirle construyendo cada día el Reino hasta el momento que seremos llamados a participar de su gloria pascual. Él, resucitado, el Viviente, nos precede abriéndonos el camino y nos hace participar de su misión.

La solemnidad de Pascua, pues, no nos trae sólo la alegría de la resurrección de Jesús, el Señor. Nos hace compartir, también, la vida nueva que él nos comunica desde que por el bautismo fuimos incorporados sacramentalmente a su Pascua y, como dice el Apóstol, empezamos a resucitar con Cristo (Col 3, 1). Por eso a lo largo de la vigilia hemos ido encontrando muchas referencias al agua como alegoría del bautismo. Se nos ha hablado del agua que da vida, del agua que ahoga el mal y se convierte en paso hacia una realidad nueva y salvadora, del agua que sacia la sed del corazón y que por eso debemos ansiar como el ciervo anhela el agua del torrente; se nos ha hablado, también, del agua que brota de las fuentes del Salvador con una expresión que nos remite al costado abierto de Jesús en la cruz de donde brotó sangre y agua; se nos ha hablado, además, del agua pura que Dios vierte sobre su pueblo para purificarlo de toda mácula y sacarle el corazón de piedra para darles uno de carne. Y finalmente, se nos ha hablado del agua bautismal que nos ha sumergido en la muerte de Cristo -como decía San Pablo- para que nosotros vivamos una vida nueva viviendo ya en él hasta el momento de nuestra participación eterna en la resurrección de Jesucristo. Pascua, por tanto, es también la fiesta gozosa de nuestra incorporación a la vida nueva que Cristo resucitado nos comunica. Es la fiesta del inicio del intercambio de vida entre él y cada uno de nosotros. Y por eso es la fiesta de nuestra filiación divina. En el arco que se abre ante el trono de la Virgen en el ábside de esta basílica, a mi lado derecho, hay un mosaico representando precisamente el momento de la vigilia de esta noche santa en el que – cuando hay bautismos- se introduce el cirio pascual en la fuente bautismal. Al lado hay una frase en latín, alusiva al bautismo, tomada del papa san León Magno que compara la fecundidad del agua a la fecundidad de María; dice: «dedit aquae quod dedit Matri» (Sermón, 25, 5). Es decir, «el principio de fecundidad que Dios puso en el seno de la Virgen, lo ha comunicado a la fuente bautismal». Dios ha dado al agua bautismal lo que dio a la Madre. «El poder del Altísimo, la obra del Espíritu Santo, hizo que María engendrara el Salvador», el Hijo de Dios hecho hombre, y al agua bautismal, también mediante el Espíritu Santo, le ha dado la capacidad de engendrar hijos e hijas de Dios (cf. ibid.). Por eso la Pascua de Jesucristo nos abre un acceso al Padre hecho de amor y de confianza filiales y nos da la prenda de vivir para siempre en el Reino de Cristo. Ahora, cuando bendeciremos el agua para recordar nuestro bautismo y cuando renovaremos nuestras promesas bautismales, renovamos también nuestra adhesión a Cristo para vivir en la novedad de vida pascual y nuestra voluntad de ser dóciles a la acción del Espíritu Santo. Y hacemos el propósito de ir cada día espiritualmente a Galilea es decir, a encontrarnos con Cristo resucitado, para vivir con él una vida de comunión en la filiación divina y en el servicio a los demás.

Esta misma celebración forma parte de nuestra Galilea espiritual. En la Eucaristía encontraremos a Jesucristo resucitado y nos nutrirá con el sacramento pascual de su Cuerpo y de su Sangre. Que Santa María, la Virgen gozosa de la mañana de Pascua, nos ayude, con sus oraciones, a vivir como hijos e hijas de Dios, como hombres y mujeres nuevos que, porque habiendo hecho experiencia, podamos decir a nuestros contemporáneos: No temáis; Cristo, el Viviente, camina con la humanidad. Y, aunque sea por caminos tortuosos, encamina la historia hacia su plenitud de paz, de vida y de alegría.

Abadia de MontserratVigilia Pascual (3 de abril de 2021)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de abril de 2021)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Mi misión es la de ser un testigo de la verdad, decía Jesús a Poncio Pilato. Y este le preguntaba: y la verdad ¿qué es?

Sí, hermanos y hermanas: y la verdad ¿qué es? Nos podemos preguntar como se lo pregunta tanta gente en nuestro contexto cultural tan dado al subjetivismo y tan atacado por las noticias falsas. Y la verdad ¿qué es? Jesús en el contexto del interrogatorio de Pilato no responde a la pregunta. Pero a partir del contexto de todas las palabras de Jesús, podemos responderla. Aquí la verdad no hace referencia tanto a la correspondencia objetiva de lo que se dice con la realidad de los hechos, como una palabra de la que te puedes fiar, una palabra fiel, que no falla ni decepciona. Jesús ha venido a ser un testigo de la verdad. Y podemos distinguir tres ámbitos de la verdad que testimonia. El primero es el de la verdad que es Dios, y de la verdad que es Jesús mismo desde el momento en que ha venido al mundo porque el Padre le ha enviado y que quien lo ve, él, ve al Padre (cf. Jn 12, 44-45). En un mundo lleno de incertidumbres, frágil y pasajero, tal como nos muestra cada día la pandemia de Covid, donde nada nos puede dar una seguridad plena y total, Jesús da testimonio de la verdad que es su palabra, de la verdad que es su amor que salva. Todo lo que ha predicado, todo lo que ahora está viviendo, desde su detención en el huerto de los olivos, en el juicio ante el Gran Sacerdote o ante Pilato, en la tortura y en la ejecución que vendrán, todo es para testimoniar la verdad del Padre y de su amor sin límites (cf. Jn 13, 1).

Jesús es testigo de la verdad de Dios. De un Dios lleno de ternura y por ello rico en misericordia. Pero, en un segundo ámbito, es, también, testigo de la verdad del hombre, de todo ser humano. De lo que cada hombre y cada mujer son a los ojos de Dios: creados por amor y revestidos de una dignidad inalienable. Dios no quiere la marginación de nadie, ni la explotación, ni la violencia, ni el asesinato, ni la muerte eterna. Por eso cuando Pilato presenta, a la gente que pedía la condena, a Jesús flagelado, coronado de espinas y con un ridículo manto de púrpura, les dice: he aquí al hombre. El hombre sufriente, el hombre marginado, el hombre humillado, el hombre abocado a la muerte. Jesús en su pasión y en su cruz toma sobre sí mismo todo el sufrimiento de la enfermedad, de la pobreza y de la marginación, de la violencia de tantas clases, los que tienen que emigrar o de huir, los excluidos y despreciados socialmente, de los que son víctimas de sus debilidades y de su pecado. También de cada uno de nosotros. Jesús es el hombre que toma sobre sí mismo todo el sufrimiento del mundo para vencerlo, para liberarnos. Es el hombre que enseña a amar sin condiciones, a perdonar generosamente, a dar la vida gastándose por Dios y por los demás.

En un tercer ámbito, Jesús es el testigo de la verdad de la historia. Él es el Señor, tiene la soberanía de la historia. Él es su centro, desde el momento que todo ha venido a la existencia por él y todo se encamina hacia él (Col 1, 15-16. 18). Y él, que ahora contemplamos tan débil y condenado a muerte, será el juez al final de la historia para vindicar los derechos conculcados a tantos hombres y mujeres del mundo, para pedir cuentas a los que hacen el mal, para examinar cómo habremos estimado ( Mt 25, 31-46) y para reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 3, 17-21; 12, 52). Aquellos que, por ser de la verdad, habrán escuchado su voz y habrán vivido amando y sirviendo como él.

Por eso sorprende tanto el grito de: fuera, fuera, crucifícale. No quieren escuchar el testimonio de la verdad. Les estorba, pone en cuestión sus convicciones demasiado humanas. Fuera, fuera no es sólo el grito de la gente ante Pilato cuando sospechaba que quería soltar a Jesús. También hoy, en nuestras sociedades, hay quien no quiere la presencia de Jesús. Unos lo ignoran porque no les interesa su persona y ni su palabra. Otros toman una actitud más o menos hostil porque la persona y la palabra de verdad de Jesús cuestionan su comportamiento. La vida y la enseñanza del Señor siguen siendo incómodas, provocativos, también hoy. El estilo de vida, los criterios, las urgencias, los afanes de poder y los intereses políticos o económicos de muchos en nuestra sociedad, topan con la verdad de Jesús. También los hay que se sienten incómodos con su pasión y su muerte, porque les recuerda que debe ser primero el amor plenamente gratuito y dado a los otros hasta el límite, les recuerda el valor de la humildad frente al poder, les recuerda la injusticia que es la condena de un inocente y la gravedad de matar por intereses inconfesables. La muerte de Jesús se hace incómodo, también, a algunos porque, atareados como están con sus cosas, sus negocios, sus vacaciones, sus evasiones, les recuerda que la muerte es insoslayable y todos tendremos que afrontar en un momento u otro. En cambio, los cristianos debemos continuar testimoniando que el Crucificado es el único que salva el mundo, que su muerte en la cruz ha vencido la Muerte y es fuente de vida y revelación de Dios, que en él está la respuesta a todas nuestras preguntas y a todos nuestros anhelos, que su soledad ha vencido todas las soledades. Él, elevado la cruz, transforma la muerte humillante e ignominiosa a que lo condenaron en una revelación del amor que quiere atraer a todos hacia él para llevar a todos hacia la plenitud (cf. M. Delpini, Homilía de vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 2019).

La cruz de Jesús hermana a quienes compartimos la fe cristiana. Por ello, el Papa Francisco pide, también este año, que, mientras hacemos memoria del gesto supremo de amor de Jesús en la cruz, nos acordamos de los cristianos que viven en Tierra Santa y en Oriente medio, los que han vivido, y viven, doblemente los efectos de la pandemia, porque la han sufrido ellos también y porque ha provocado la ausencia de peregrinos y, por tanto, la caída de puestos de trabajo y la falta de recursos en muchas familias, además de las situaciones precarias que algunos cristianos tienen debidas a la violencia o las sanciones económicas que afectan s algunas de aquellas tierras. Somos invitados, pues, hoy a hacer nuestra aportación a favor de estos hermanos nuestros en la fe.

En este Viernes Santo, agradecemos la coherencia y la verdad de la cruz de Jesús que lleva la salvación a quien lo acoge y que cura todas las heridas de los que se le acercan con fe. Si le abrimos el corazón y la inteligencia conoceremos la verdad y la verdad nos hará personas libres (Jn 8, 32). Conoceremos la verdad que es la realidad de Dios revelada por Jesucristo que comunica la plenitud de la vida verdadera. Y seremos libres, no tanto con una autonomía interior o con la libertad de movimientos, sino libres ante la mentira y la muerte y con capacidad para vivir, gracias a la acción del Espíritu Santo, en la comunión del Padre y del Hijo en un proceso creciente que culminará en la vida eterna que nos abre la cruz de Jesucristo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor (1 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 de abril de 2021)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

Alzaré la copa de la salvación, cantaba el salmista. Levantará la copa, hermanos y hermanas, para agradecer a Dios todo lo bien que le ha hecho, para agradecer la salvación que le ha otorgado. Lo hará ante los presentes como signo público de agradecimiento, como un brindis ofrecido a Dios.

En esta noche de la última cena de Jesús, el punto de referencia, sin embargo, no es principalmente el cáliz del que habla el salmista. Nos lo daban a entender las palabras de San Pablo que la liturgia nos ponía en los labios como respuesta al salmo: el cáliz de la bendición es comunión con la Sangre de Cristo. El punto principal de referencia, pues, es el cáliz que tomó Jesús al final de la última cena con los discípulos. Y que, como él dijo, es el cáliz de la nueva alianza sellada en su Sangre. Este cáliz de Jesús encuentra su continuidad sacramental en cada celebración de la eucaristía. Hasta el punto de que la oración eucarística que centrará nuestra celebración, el Canon romano, los identifica; habla como si el cáliz que tomó a Jesús y que utilizaremos nosotros fuera el mismo. En efecto, en el momento de la consagración diremos: «del mismo modo tomó este cáliz en sus santas y venerables manos». Y es que la identificación no viene de la materialidad del cáliz, sino del hecho de contener la Sangre de Cristo. La que Jesús ofreció a los discípulos en la última cena porque bebieran como sacramento y la que al día siguiente derramó en la cruz cuando se ofreció como víctima por la salvación de todos. Por ello es -tal como cantábamos- cáliz de bendición y los cristianos lo levantamos para celebrar la salvación que Jesucristo nos ha obtenido entregándose a la muerte.

Algo parecido podríamos decir del pan que Jesús, después de dar gracias, lo partió, lo pasó a sus discípulos y les dijo: esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. También esta noche, para celebrar la salvación, después de la consagración alzaremos el pan que es comunión con el Cuerpo de Cristo. lo alzaremos para ofrecerlo al Padre como víctima de acción de gracias, tal como anunciaba proféticamente el salmista.

Se trata de un ofrecimiento doble. Por un lado, en cada celebración de la Eucaristía, nosotros ofrecemos al Padre la víctima de acción de gracias que es el sacrificio de Jesucristo. Pero, el ofrecimiento más grande es lo que nos hace el Padre bajo la acción del Espíritu Santo, al concedernos participar «del pan de la vida eterna y del cáliz de la salvación» porque quiere llenarnos de su «gracia y de todas las bendiciones del cielo» (cf. Canon romano). Hoy que conmemoramos la institución de la eucaristía en la última cena del Señor, lo agradecemos, maravillados por un don tan grande ofrecido cada día a nuestra participación. Nosotros ofrecemos al Padre lo que el Hijo nos ha dado; se lo ofrecemos como expresión de nuestro deseo de amarlo aunque sea de una manera torpe. Pero él, el Padre, nos ama en plenitud, y como le duele la muerte de sus fieles, nos ofrece por medio de Jesucristo el alimento de la inmortalidad, que, además nos fortalece en el camino de amor y de servicio de cada día.

¿Cómo podemos pagar al Señor todo el bien que nos ha hecho? nos podemos preguntar esta noche con el salmista. Y él mismo, en el salmo que hemos cantado, nos da unas pistas de cómo hacerlo. Podemos corresponder al Señor, alabándolo y dándole gracias sinceramente porque desde el día en que nacimos a la vida de fe nos ha hecho hijos en Jesucristo. Podemos corresponderle, además, invocando su nombre y cumpliendo nuestras promesas bautismales; testimoniando ante los demás su amor generoso por medio de una vida no centrada en nosotros mismos sino entregada a los otros como la de Jesús, tal como hemos visto en el evangelio. Y, además, podemos pagar al Señor todo el bien que nos ha hecho viviendo la celebración eucarística -que es nuestro alzar el cáliz para celebrar la salvación- de una manera consciente y activa y acogiendo con agradecimiento lo que el Padre nos ofrece y que Jesús, el Señor, nos dejó la noche en que fue entregado: su Cuerpo y su Sangre.

Debemos ser conscientes de que comer el pan eucarístico y beber el cáliz «es un proceso espiritual» que abarca toda nuestra realidad. Comer y beber los Santos Dones de la eucaristía significa en primer lugar adorar al Señor que está presente y, después, dejar que el Cuerpo y la Sangre de Cristo entren dentro de nosotros de manera que nuestro yo «sea transformado y se abra al gran nosotros», a toda la Iglesia y hasta toda la humanidad, por lo que todos los que participamos de la mesa eucarística llegamos a ser una sola cosa con él, Jesucristo (cf. J. Ratzinger, el espíritu de la liturgia citado en Liturgia y Espiritualidad 52 (2021) 100) Como una manera concreta de este abrirnos a los otros, podréis hacer una aportación a la colecta que haremos a favor de Cáritas, que, cada día ve cómo se multiplican las peticiones de ayuda debido a las consecuencias de la pandemia.

Adorar, comer y beber el sacramento eucarístico, dejarse transformar, servir a los demás con amor para vivir la comunión eclesial y contribuir a crear la unidad solidaria entre todos los hombres y mujeres del mundo. Este es el mensaje que se nos confía esta noche junto con la fuerza para llevarlo a cabo que nos viene de la eucaristía.

Con agradecimiento, pues, alcemos el cáliz de la salvación y para agradecer la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Abadia de MontserratJueves Santo. Misa de la Cena del Señor (1 de abril de 2021)

Domingo de Ramos y de Pasión (28 de marzo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (28 de marzo de 2021)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Marcos:1-15.47

 

¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? preguntan los discípulos a Jesús. Y él, hermanos y hermanas, tal como hemos oído, les da las indicaciones pertinentes. Se trataba de celebrar la Pascua que actualizaba la liberación de la esclavitud de Egipto y la alianza que, en el Sinaí, Dios había hecho con Moisés a favor de todo el pueblo. Esta cena, además, renovaba la esperanza en la venida del Mesías. Una vez en la mesa, pero, y a medida que se iba desarrollando la comida, los discípulos descubren que la intención de Jesús era dar una dimensión nueva a aquella cena, darle un carácter profético y sacramental a través de la Eucaristía que los dejaba.

Aquel, nos decía el evangelista san Marcos, era el día en que se sacrificaba el cordero pascual. Esto nos ayuda a entender esta dimensión nueva; en aquella cena, Jesús celebraba la pascua de otro modo, no sólo comiendo el cordero y el pan sin levadura. Él también era el cordero pascual. Más aún, él era el cordero perfecto y auténtico. En su persona se hacía realidad lo que anunciaba la celebración de la pascua de Israel. La cena con los discípulos era la anticipación sacramental y profética de su pascua definitiva que pocas horas después viviría de una manera cruenta en la cruz. El evangelista nos ha ido presentado los diversos momentos de la inmolación de este cordero que era Jesús: la angustia ante el sufrimiento y la muerte, la pena de ser traicionado por uno de los suyos, las acusaciones injustas ante las que él callaba, sin dar respuesta, un dolor corporal terrible, la aflicción íntima por los insultos y el trato violento, la soledad del corazón al no tener el calor amistoso de los discípulos que han huido y una oscuridad espiritual indecible debido a no sentir la presencia amorosa del Padre. Todo termina con un gran grito, hermanado con todas las angustias y con todos los clamores de la humanidad, y con la muerte. En medio de la oscura interior y de la negra nube que cubrió el Calvario, sin embargo, Dios estaba a pesar de su aparente ausencia. Y, de manera paradójica, se daba a la humanidad para liberarla, para abrirle un camino de vida plena. Comenzaba un mundo nuevo. El templo de piedra de Jerusalén dejaba su función y era relevado por un Templo no hecho por manos de hombre; es decir por Jesús mismo que ofrece un acceso libre a Dios a judíos y paganos, a la humanidad entera, a través de su persona. Vemos un ejemplo de esto en el centurión pagano que, al presenciar la forma en que Jesús expiraba, lo reconoce como hijo de Dios. Ya en la cruz, pues, se empieza a hacer realidad lo que Jesús había dicho al gran sacerdote: veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso.

¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Después de haber escuchado el relato de la pasión y de saber que Jesús la vivió por amor a la humanidad y a cada uno de sus miembros, deberíamos personalizar la pregunta de los discípulos y hacérnoslo nuestra: ¿cómo quieres que te preparemos la pascua de este año en nuestro interior? Porque la podemos vivir con una actitud hostil hacia Jesús y su Evangelio como los grandes sacerdotes, los escribas, los soldados o la gente que pasaba moviendo la cabeza con aires de mofa. La podemos vivir desde la indiferencia como Pilato y tantos otros. La podemos vivir dejándolo solo y traicionando su amistad después de haber puesto la esperanza en él y, tal vez, de haberla perdido, como Judas. La podemos vivir desde la debilidad y la negación como Pedro; sabiendo, sin embargo, que si hay compunción el perdón es posible. La podemos vivir con compasión ante aquel hombre desnudo, humillado y sufriente que es Jesús dejándonos cuestionar por su muerte, como el centurión. La podemos vivir, todavía, con piedad y dolor en el corazón, meditando todo lo que esta pasión significa, como María la madre de Jesús (cf. Lc 2, 19.33-35). Sí, preguntémonos cómo queremos vivir la semana santa y la pascua de este año.

La pasión de Jesús nos abre una puerta a la esperanza y nos libera de la levadura de la corrupción del pecado. Porque destruyendo el pecado hace posible una vida nueva de santidad según el Evangelio. La cruz de Jesús nos abre una puerta a la esperanza ante el dolor y la muerte, que con la pandemia se han vuelto más vivos y más angustiantes que nunca en estos últimos años. La muerte de Jesús, el Hijo de Dios, nos enseña que no debemos temer que todo acabe para siempre, que más allá del sufrimiento y de los límites de la miseria terrenal, la muerte ha empezado a ser definitivamente vencida gracias a Jesucristo, a su sangre derramada libremente que nos posibilita la vida para siempre. En él se ilumina el enigma del dolor y de la muerte. En él la realidad humana en su conjunto y el misterio de cada persona en particular encuentran una dimensión nueva. Cualquiera puede asociarse al misterio de Jesucristo por los caminos que el Espíritu Santo abre en el interior de cada ser humano, incluso en los que no son cristianos (cf. Gaudium et spes, 18 y 22). Porque por la sangre de su cruz Jesucristo ha puesto la paz en todo lo que hay, tanto en la tierra como en el cielo, y Dios ha reconciliado todas las cosas (Col 1, 20).

Hermanos y hermanas: Hemos escuchado con respeto y con consternación el relato de la pasión y la muerte de Jesús. Hemos acogido con fe y con agradecimiento el don que supone a favor nuestro y de toda la humanidad. Tal como decía el evangelista al inicio de la narración de la pasión, el don que libremente Jesús ha hecho de su vida en la cruz nos es comunicado por el sacramento de la eucaristía. Él lo actualiza, este don sacrificial, para perdonarnos y darnos vida, para vincular nuestros sufrimientos a su pasión y para anticiparnos a la comida eterna del Reino. La Eucaristía es prenda de la superación para siempre del dolor y de la muerte. ¡Esta es la fuente de nuestra esperanza!

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (28 de marzo de 2021)

Domingo V de Cuaresma (21 de marzo de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (21 de marzo de 2021)

Jeremías 31:31-34 / Hebreos 5:7-9 / Juan 12:20-33

 

Hermanos,

Todos tenemos algún amigo o familiar que considera a Dios como algo superfluo o extraño y, si acaso existe, muchos creen que no les va a ayudar en su día a día, que todo depende de lo que ellos hagan. Y así vemos, por ejemplo, como se esfuerzan en conocerse, en adquirir técnicas de concentración mental que les ayuden a tener éxito en las tareas que emprenden. Son personas que no manifiestan deseo de tratar con Jesucristo.

Es diferente el camino de fe y de conversión, al que el Evangelio de hoy hace referencia cuando nos habla de unos griegos anónimos, conversos al judaísmo, que, sabiendo que Jesús se encontraba en Jerusalén, se acercaron a Felipe, uno de los doce apóstoles, y le dijeron: «queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés (uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor) y ambos se lo dijeron a Jesús.

La inmediata respuesta de Jesús a aquellos que quieren verle orienta hacia el misterio de la Pascua, la manifestación gloriosa de su misión salvífica. «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado», dirá. Así pues, el atractivo de la persona de Jesús nos lleva a la hora de la glorificación del Hijo del hombre. Pero a través del paso doloroso de la pasión y de la muerte en la cruz. Sólo desde la fe sobrenatural podemos aceptar que así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos.

Dentro de tantas alertas sanitarias actuales, la palabra del Evangelio, el deseo de ver a Jesús, nos dice que no hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios. Es decir, acercarnos al Dios que habla y que nos comunica su amor para que tengamos vida abundante. Deberíamos pedir a menudo a Dios la gracia que despierte en nosotros la sed de ver y de conocer más a Cristo, que aumente en nuestra alma la divina luz de la fe que nos enseña el camino del cielo.

Nosotros, como aquellos griegos del Evangelio, también queremos ver a Jesús porque creemos que es Dios quien bajó del cielo para salvarnos de nuestros pecados, y que es Dios quien cada día nos facilita su gracia para darnos la fuerza de vivir según sus mandamientos.

Hoy podríamos detenernos y mirar atrás, hacia el fondo, para ser más conscientes de nuestro anhelo de Dios y descubrir si hemos tomado el rumbo correcto. Queremos ver a Jesús llevados de esta nostalgia que todos sentimos antes o después en el corazón, y que no es otra cosa que el anhelo de Dios. Una sed de Dios que nos hace soñar alguna vez con nuestra vida eterna, deseando la eternidad con Dios y los bienaventurados, por encima de todo bien material, incluida la salud corporal.

Dirá San Pablo que todas las cosas «se mantienen» en aquel que es «anterior a todo» (Col 1,17). Por lo tanto, quien construye la propia vida sobre el ver a Jesús en su Palabra y sus sacramentos se edifica verdaderamente de manera sólida y duradera. Como los griegos del Evangelio, hoy tenemos una gran necesidad de ser realistas. Es decir, necesitamos reconocer en Jesús el fundamento de todo.

Es un error prescindir de Jesus pensando que somos autosuficientes, que no necesitamos a Dios, que la felicidad depende de uno mismo y que consiste en una búsqueda creciente de autodeterminación, desarrollo técnico y satisfacción material. Pues el hombre no está hecho para sí mismo, ni para el mundo, está hecho para Dios, y sólo puede encontrar su felicidad en Dios.

Junto a la Virgen, dispongámonos a compartir el estado de ánimo de Jesús, preparados para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas junto con él, pensando y sintiendo como él, ya que realiza por cada uno de nosotros su misterio de cruz y de resurrección.

 

Abadia de MontserratDomingo V de Cuaresma (21 de marzo de 2021)

Solemnidad de San José (19 de marzo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (19 de marzo de 2021)

2 Samuel 7:4-5.12-14.16 / Romanos 4:13.16-18.22 / Lucas 2:41-5

 

Tu padre y yo te buscábamos angustiados, decía María. En el fragmento evangélico que hemos leído, hermanos y hermanas, nos repetía cuatro veces que María y José eran los padres de Jesús. Íntimamente unido a su esposa, san José «amó a Jesús con corazón de padre», tal como afirma el Papa Francisco en la Carta Apostólica que ha escrito sobre el Santo carpintero de Nazaret (Carta «Patris corde»). Además, el Papa ha querido dedicarle todo este año para favorecer que crezca en el pueblo cristiano el amor a este gran santo, para impulsar que se invoque su intercesión y para favorecer la imitación de sus virtudes y de su fidelidad a la Palabra de Dios. En la Carta, el Papa destaca la misión paternal de San José, porque si bien, según los evangelios, tenía sólo la condición de padre legal, «amó a Jesús con corazón de padre». Y se puede decir que fue padre por el amor tierno, por la solicitud atenta, por la vinculación intensa en todo lo que hacía referencia a Jesús. El ansia con que María y José buscaban Jesús -tal como nos decía el Evangelio- era fruto de esta solicitud y comportaba a la vez inquietud y angustia ante la ausencia de Jesús, el hijo amado entrañablemente.

En esta Carta Apostólica dedicada a San José, el Papa Francisco destaca la discreción de este gran hombre de Dios. Según los relatos evangélicos, la suya, es una presencia que se mantiene en segundo término pero siempre muy activa y eficaz. Lo vemos, también, en el fragmento evangélico que hemos proclamado; José no habla, sólo María recrimina y expresa el dolor que han pasado los dos. José también ha sufrido, y ha apoyado a María compartiendo el ansia y la búsqueda angustiosa, pero lo vive desde el silencio contemplativo. Esta discreción, hecha de una presencia atenta pero humilde, lleva el Papa a valorar todas aquellas personas que en la vida diaria, y desde una aparente segunda línea, «tienen un protagonismo incomparable en la historia de la salvación». Al leer esto, nosotros podemos pensar en tantas personas que a causa de la pandemia han ayudado y ayudan a los demás de tantas maneras desde el anonimato, y a veces poniendo en peligro su vida. O, como se ha puesto de manifiesto durante el viaje reciente del Papa a Irak, podemos pensar en tantas personas que discretamente han arriesgado su vida para salvar a otros independientemente de cuáles fueran sus creencias, la han arriesgado para hacer obra de reconciliación, para ayudar materialmente. Y así podemos pensar, también, en muchas otras situaciones en las que tantas personas, sin hacer ruido y desde la discreción -como san José- trabajan por el bien de los demás, por la reconciliación y la paz. Y eso en varios niveles, desde el familiar al internacional.

San José, por fidelidad al plan de Dios, convirtió su proyecto humano de formar una familia con María en una ofrenda de sí mismo para ponerse al servicio de Jesús y de la misión que Dios le había confiado. Sacrifica su proyecto de vida inicial para seguir la vocación que le es confiada. Su corazón de padre va aprendiendo a amar y darse con una profundidad nueva. Así crece, como dice todavía el Papa, en la obediencia de la fe. A través del ansia de haber perdido a Jesús cuando era adolescente y a través de la angustia que -según el evangelio de San Mateo (Mt 1, 16-24) – experimentó en la infancia de Jesús, pasaba el proyecto salvador de Dios. De este modo, –según la Carta Apostólica mencionada- san José «nos enseña que tener fe en Dios incluye, además, creer que él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de la nuestra debilidad. Y nos enseña, también, que en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca «, porque, aunque muchas veces quisiéramos tenerlo todo controlado, Dios tiene siempre una mirada más amplia que la nuestra y sabe qué nos conviene para nuestro bien. Por eso le hemos de tenerle confianza. Como lo hizo José, sin poner condiciones. Más, aún, no sólo tenemos que confiar en Dios sino que también tenemos que querer a los demás confiando en ellos, acogiéndolos en todas las circunstancias de la vida.

San José, que -como dice el Papa- los evangelios presentan como un hombre que no se resigna pasivamente, sino como un creyente valiente y fuerte, nos es un modelo, sin embargo, de cómo aceptar los acontecimientos de nuestra historia personal y colectiva, dejando de lado nuestros razonamientos prefabricados, para acogerlos con responsabilidad y con confianza en el plan de Dios sobre cada uno de nosotros y sobre el mundo; un plan que siempre es de amor aunque pueda conllevar sufrimientos y decepciones. Aquel José, hijo de David, no temas (Mt 1, 20), que le dirigió el enviado de Dios al anunciarle cuál era su misión, también vale para nosotros y nos da una fortaleza llena de esperanza para acoger todos los hechos de la vida con coraje y para trabajar a favor de los demás, particularmente en la situación dolorosa y preocupante que nos deja la pandemia a nivel de pérdidas de vidas, de dificultades familiares y sociales, de situaciones económicas y laborales, etc. El ansia a nivel existencial causada por la situación actual se puede transformar en una nueva oportunidad. Como la que vivieron José y María al perder a Jesús, se transformó en una especie de anticipación pascual, una vez que, al tercer día, lo vieron lleno de la vida y de la sabiduría que le venían de estar en la casa de su Padre celestial.

San José es una figura de creyente muy cercana a nuestra realidad humana. Nos enseña que creer no significa encontrar soluciones fáciles que consuelan y que la fe no es una evasión de la realidad ni una consolación fácil. La fe que Jesucristo nos llama a vivir supone -como dice todavía el Papa- «afrontar con los ojos abiertos» la realidad y asumir «la responsabilidad en primera persona», con «coraje creativo», «sacando a la luz recursos que ni siquiera pensábamos tener «y transformando, con la ayuda de la gracia, los problemas en oportunidades. Aunque parezca que nuestra vida o nuestra historia esté sujeta a fuerzas adversas, «el Evangelio nos dice que Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Y «si a veces parece que Dios no nos ayuda, no quiere decir que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar». Es la experiencia que vivió con coraje el carpintero de Nazaret, que «con corazón de Padre» estimó a Jesús y afrontó los retos que su misión le comportaba, confiando siempre en la Providencia divina.

De custodio del niño Jesús y de su Madre María, San José ha pasado a ser custodio, patrón, de la Iglesia, que es «la prolongación del Cuerpo de Cristo en la historia». Que él interceda por la Iglesia y por todos sus miembros en estos tiempos difíciles y de crisis de fe. Que nos enseñe a confiar en Dios y a trabajar en la construcción del Reino de Dios. Que nos enseñe a amar a Jesús y su Evangelio, a estimar a la Iglesia y los hermanos en humanidad, particularmente los que viven en la pobreza o son marginados de una manera u otra.

El sacramento de la eucaristía que estamos celebrando hace presente a Cristo entre nosotros y en el mundo. Acojámoslo con corazón ardiente, como José acogió a Jesús.

Abadia de MontserratSolemnidad de San José (19 de marzo de 2021)

Domingo IV de Cuaresma (14 de marzo de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (14 de marzo de 2021)

2 Crónicas 36:14-16.19-23 / Efesios 2:4-10 / Juan 3:14-21

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Tradicionalmente, el cuarto domingo de Cuaresma tiene un carácter especial. Se llama también Domingo Laetare: primera palabra del canto de entrada en latín, que en catalán hemos traducido por ¡Alegraos! Es la alegría de saber que la Pascua ya está cerca, que nuestro camino cuaresmal está llegando a su fin. Toda la liturgia está impregnada de esta alegría esperanzada: el color rosado de los ornamentos, las flores en el altar, la música. Como pedíamos a Dios en la oración colecta: «haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales».

Evidentemente, las lecturas bíblicas que hoy nos han sido proclamadas tienen también ecos pascuales. El segundo libro de las Crónicas nos traslada ante un hecho histórico que conmocionó al pueblo de Israel. El año 587 aC Jerusalén fue ocupada por los babilonios: el Templo, símbolo de la presencia de Dios, fue destruido; y las élites del pueblo fueron conducidas a la deportación a Babilonia. Estos hechos, hicieron que los israelitas se replantearan su relación con Dios. Se preguntaban: ¿No somos nosotros el pueblo elegido? ¿No nos prometió Dios en la Alianza que nunca nos abandonaría? ¿Dónde está, pues, nuestro Dios?

Pero es en esta oscuridad de la deportación donde surge la esperanza. Unos años más tarde, el imperio persa invade Babilonia y libera al pueblo judío que estaba cautivo. Al frente de los persas estaba su rey Ciro. Según nos dice el fragmento que hemos leído del segundo libro de las Crónicas, Israel vio en Ciro a un enviado de Dios, una intervención divina para devolverlos a su país. En este mismo sentido, Ciro ordena reconstruir el Templo de Jerusalén. Así, Dios vuelve a estar presente en medio de su pueblo.

No es difícil ver en Ciro, una prefiguración de Cristo: aquel era un enviado de Dios que sacó el pueblo de la deportación, este es el mismo Hijo de Dios enviado por el Padre para llevarnos la auténtica salvación. Ciro hizo reconstruir el Templo de Jerusalén, símbolo de la presencia divina; Cristo es el verdadero templo donde Dios mismo habita y se ha manifestado realmente a la humanidad. Así pues, alegrémonos, porque Dios está presente en nuestra vida. Incluso en los momentos más difíciles y oscuros, no tengamos miedo, Cristo viene a nosotros con las armas de la esperanza y el consuelo.

El fragmento del evangelio de san Juan que hoy nos ha sido proclamado, utiliza también una imagen para mostrarnos quién es realmente Cristo. Juan cita un episodio que nos cuenta el libro de los Números: después de la salida de Egipto, el pueblo de Israel se cansó de Dios y de las incomodidades del desierto. El Señor los castigó enviándoles serpientes venenosas que les picaban y los mataban. Sin embargo, el pueblo se arrepintió y, para salvarlos del veneno, Dios hizo construir a Moisés una serpiente de bronce. Ordenó que la pusiera en lo alto de un estandarte. Y todo el que la miraba, si había sido picado, salvaba la vida.

Juan compara esta serpiente de bronce con Cristo. Al igual que la serpiente fue levantada y salvó a quienes estaban muriendo, Cristo también será elevado en la cruz para llevar la vida a toda la humanidad. El cuerpo muerto de la serpiente salvó unas cuantas personas en el desierto, el cuerpo muerto de Cristo traerá la salvación a todo el mundo. Pero el simbolismo de Juan todavía va un poco más allá. La palabra que utiliza para decir «elevarr» es la misma palabra que en otros lugares del mismo evangelio se usa para hablar de la resurrección. El Cristo que nos trae la salvación, es pues, el Cristo Resucitado.

El Cristo Pascual, el Cristo Resucitado, es esta nuestra auténtica alegría. Es este el final de la Cuaresma que empezamos ya a vislumbrar. Es de este Cristo que podemos decir con la carta a los Efesios: «Dios, que es rico en el amor, nos ha amado tanto que nos ha dado la vida junto con Cristo». Puede que aún vivimos «cerca de los ríos de Babilonia, llorando de nostalgia de Sión». Pero alegrémonos porque Dios «junto con Jesucristo nos ha resucitado y nos ha entronizado en las regiones celestiales».

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Cuaresma (14 de marzo de 2021)

Domingo III de Cuaresma (7 de marzo de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (7 de marzo de 2021)

Éxodo 20:1-17 / 1 Corintios 1:22-25 / Juan 2:13-25

 

El episodio conocido como «la purificación del templo» que acabamos de escuchar, hermanos y hermanas, y su inmediato anterior, sobradamente conocido, el de «las Bodas de Caná», son los dos signos a partir de los cuales el evangelio según san Juan comienza un diálogo continuo desde el centro de la fe de Israel hasta dirigirse a todos los demás pueblos. Hacia aquí apuntan los diferentes diálogos de Jesús con los judíos, los samaritanos y los paganos que podemos leer en este evangelio.

Si las bodas de Caná simbolizan en la pedagogía del evangelista la plenitud de la Ley, figurada en el agua convertida en vino, la purificación del templo, dando cumplimiento a la profecía de Zacarías, señala que ha llegado ya el «Día del Señor «: Ese día, dice el texto profético, en el que ya no habrá mercaderes en el templo del Señor. Jesús expulsando a los vendedores de animales y los cambistas de moneda, da cumplimiento a esta profecía manifestándose como Mesías, y llamando al templo la casa de su Padre se revela como Hijo de Dios. Es por ello que las autoridades de Israel le piden una señal que acredite unas afirmaciones tan atrevidas. «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Esta respuesta de Jesús -su propia muerte y resurrección- no les fue posible de entenderla a los judíos ya que nada de esto había tenido lugar aún. Fueron los discípulos que más tarde, una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos, se acordaron de lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había dicho Jesús.

La fiesta de Pascua, alrededor de la cual sitúa el evangelista la escena de la purificación del templo, es el marco perfecto para comprender mejor el cambio que supone la presencia en el templo de Jesús como Mesías, y la irrupción con Él del «Día del Señor». La fiesta de Pascua tenía un elemento imprescindible que era los animales que había de sacrificar ritualmente en el templo para comérselos después cada familia reviviendo aquella cena pascual que los israelitas hicieron la noche antes de la salida de Egipto: el cordero o el cabrito asado acompañado con panes sin levadura y hierbas amargas. Esta cena familiar forma parte del núcleo central de la celebración de la pascua judía, una fiesta que renueva en el pueblo la conciencia de su libertad y de su pertenencia a Dios como pueblo elegido, pertenencia vivida en clave de Alianza que fue rubricada con la Ley del Sinaí, las diez palabras de vida eterna -como hemos cantado en el salmo responsorial- diez sorbos de vida que salvaguardan al hombre de su propia esclavitud y lo abren al amor de Dios. Pues bien, el evangelio nos muestra, con las palabras y las obras de Jesús, como la llegada del Mesías, el «Día del Señor», es la plenitud de ese amor fiel de Dios y de esta libertad del hombre redimido en Él, un amor y una libertad que se expresan, en plenitud, en la cruz y la resurrección de Jesús.

Ciertamente que, para cierto modo de valorar las cosas, el misterio de la cruz del Señor, como ya decía San Pablo a los corintios, puede ser calificado de absurdo y de necedad. Absurdo y necedad, pero quizás no tanto, podríamos decir, porque cuando alguien experimenta que otro, negándose a sí mismo, dando su tiempo, se hace solidario de sus sufrimientos, alivia su dolor y hace nacer en él una confianza nueva en la vida, entonces, el misterio de la Cruz, ya no es tan absurdo ni necio. De hecho, es la opción que cuando todas las demás se detienen esta va más allá.

Jesús, al igual que propuso a los dirigentes del Israel de ese momento la señal de su vida entregada por amor hasta la cruz, continúa proponiendo a los hombres y mujeres de hoy este camino que lleva a la resurrección y a la vida en plenitud. Es un camino tan largo como lo sea la misma vida en la que cada uno está llamado a poner en juego todas sus posibilidades. Para no desistir de esta peregrinación, el

Señor nos da tres consejos que reflejan su propio comportamiento: ora, mantente sobrio y sé solidario; son la oración, el ayuno y la limosna, que pedíamos al Padre del cielo por medio de Jesús, su Hijo, en la oración colecta del inicio de esta misa. Son las tres actitudes que, equilibrando los deseos y las pasiones humanas, mantienen en forma el vigor del espíritu. La oración nos abre a la dimensión más potente de nuestro interior; el ayuno, la sobriedad, mantiene nuestra mente más lúcida para las cosas que importan de verdad, y la limosna o solidaridad nos hacen más persona.

Con estas actitudes queremos caminar hacia la Pascua para renovar, en el Señor, nuestro corazón y nuestro espíritu. Y en este camino quisiéramos invitar a todos como lo está haciendo ahora el Papa Francisco con su viaje a Irak: al mundo religioso para avanzar en el diálogo por la paz, al mundo político para avanzar en el diálogo por la justicia. Pero también al mundo científico para avanzar en el diálogo por la calidad de la vida de principio a fin, al mundo artístico para avanzar en humanidad mediante la belleza y la veracidad. No quisiera dejarme a nadie: a todas las personas de buena voluntad para avanzar en el diálogo hacia la fraternidad efectiva que todos deseamos. Caminos de diálogo todos ellos necesarios, pero caminos de largo recorrido en los que cada uno, aunque sólo haga una pequeña etapa en medio de la historia universal, contribuye al bien de la generación inmediatas y ésta a las que vendrán después.

El misterio de la Cruz sigue presente en el mundo. Cristo resucitado no nos abandona. Su Espíritu sigue haciendo que el absurdo aparente del amor abnegado vivido por tantas personas, más anónimas que no mediáticas, siga iluminando el mundo en su largo camino hacia la plenitud.

¡Y nosotros estamos llamados a ser de estos!

 

Abadia de MontserratDomingo III de Cuaresma (7 de marzo de 2021)

Domingo II de Cuaresma (28 de febrero de 2021)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (28 de febrero de 2021)

Génesis 22:1-2.9a.10-13.15-18 / Romanos 8:31b-34 / Marcos 9:2-10

 

¿Qué significado tiene que hoy se nos haya proclamado el evangelio de la transfiguración cuando ya hace unos días hemos iniciado un camino que nos invita a transformar nuestra vida para ponerla en sintonía con el deseo de Dios? Y muchos de nosotros tenemos la sensación de que es una llamada a la conversión personal. Cada uno debe transformar su vida, cada uno debe convertirse. Pero el fragmento de la carta a los romanos que hemos escuchado no nos hablaba como si se tratara de un mensaje particular, individualizado, sino que nos ha hablado como si todos formáramos parte de un colectivo; no nos ha dicho, «si tienes Dios a tu favor, ¿quién tendrás en contra?», sino que hemos podido escuchar: «si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ». Pienso que es importante esto, porque la experiencia que vamos haciendo en esta cuaresma no es un asunto puramente particular, sino que contiene ese sentido profundo que como creyentes, como iglesia, como grupo, debemos avanzar juntos.

Nosotros, como Pedro, Santiago y Juan, fuimos llamados. El evangelio de San Marcos nos hace ver que la experiencia que relata, es la experiencia de quienes han ido siguiendo a Jesús. En nuestro descubrimiento de la fe nos hemos dado cuenta de las obras maravillosas que hizo Jesús, así como ellos (Pedro, Santiago y Juan) lo fueron descubriendo. El éxito de Jesús prometía un futuro maravilloso. Eso sí que parecía que era el Reino de Dios; y Pedro, llevado por el entusiasmo había proclamado: «Tú eres el Cristo», pero también hay que recordar que a Jesús no le gustaba este modo de sentir y de expresarse, más bien él pedía lo que hoy llamaríamos discreción; por eso Jesús «les mandó enérgicamente que lo dijeran a nadie.» Había que ir madurando el sentido del camino de la fe. Y Jesús empezó a instruirlos. Les anunció que aquel camino tan espléndido, lleno de aciertos, acabaría en un derrumbe, que parecía era la derrota del proyecto. Efectivamente, Jesús había anunciado su pasión y muerte en manos de quienes más se oponían a su acción. Pero también es cierto que les decía que a los tres días resucitaría. De eso hacía seis días. Y ahora toma Pedro, Santiago y Juan; y con Pedro, Santiago y Juan, también nos toma a nosotros.

Si pues, de alguna manera, nos identificamos con estos discípulos, teniendo en cuenta que también hemos sido llamados a ser discípulos, Jesús nos lleva a una montaña alta, un lugar donde por excelencia la tradición nos dice que Dios se manifiesta profundamente e intensamente. Con muy pocas palabras el evangelista nos describe una experiencia que sólo puede ver el que cree. Los vestidos de Jesús son propios del cielo, porque ningún tintorero nos dice, es capaz de dejarlos tan blancos. Y es aquí, en este contexto, que descubrimos a Elías y Moisés, aquellos de quienes la Historia Sagrada nos ha enseñado la profunda intimidad que habían tenido con Dios. Y conversan con Jesús. Impactante. Para el que cree, eso sólo revela la gloria de Dios. Y Pedro se quiere quedar en este cielo. Y nosotros también nos quedaríamos, olvidando la lucha, las contradicciones, los sufrimientos y la muerte; ¡y añadiríamos la pobreza y la pandemia! El evangelista nos abre los ojos de sentido de la fe. La nube es el signo de la presencia de Dios, lo sabían los israelitas cuando atravesaron la prueba del desierto. Sienten la voz de los que ven en la fe. Descubren dos cosas que son fundamentales: ¡Jesús es Hijo de Dios, y es amado! ¿Qué significa para mí esto? Y un mandamiento para toda la vida: Escuchadle. Seguir la voz es nuestra guía.

Pienso que vivir esta escena como protagonistas con Pedro, Santiago y Juan, con la Iglesia de los creyentes con la que hacemos camino, guardarla en el fondo del corazón, conservar esta experiencia como lo hizo María, es luz en la oscuridad.

El evangelio de hoy nos invita a pisar la realidad. La lucha por la causa que Jesús proclama no se abandona, todo lo contrario, continuará más y más sobrecogedora. Las perspectivas humanas son duras. El sufrimiento y la muerte estarán y están presentes. Ahora, después de la experiencia en la montaña, escuchar a Jesús es el alimento en esta lucha encarnizada que debemos llevar a cabo, como él la llevó a cabo. No son sólo sus palabras, sino su vida, su acción, el sentirse amado, el sentirnos queridos. Quizás tenemos la sensación de debilidad (la pandemia es uno de los puntos que nos la hace sentir… pero en muchos otros aspectos cada uno puede ir descubriendo, esta debilidad), también la pobreza, el egoísmo (¿sólo miro por mí y por los míos?) ¿Y los otros que necesitan que se les trate justamente? Que viven cerca o muy allá.

Fijémonos bien en el evangelio de hoy, la mirada y la palabra de Jesús no es una causa perdida. Él les dijo a Pedro, Santiago y Juan, nos lo ha dicho a nosotros, a la comunidad que deseamos seguirlo, que el Hijo amado resucitará. Nos puede pasar lo mismo que ocurrió a los primeros discípulos y que reflexionemos y nos preguntamos: ¿qué significa resucitar de entre los muertos? En el camino hacia la Pascua encontraremos la respuesta, ¡pero hay que caminar!

 

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (28 de febrero de 2021)

Domingo I de Cuaresma (21 de febrero de 2021)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Prior de Montserrat (21 de febrero de 2021)

Gènesi 9:8-15 / 1 Pere 3:18-22 / Marc 1:12-15

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de la misa suelen seguir una línea creciente que comienza con el Antiguo Testamento, continúa con un salmo, hace como un rellano con una lectura del Nuevo Testamento y culmina con el Evangelio. Hoy, sin embargo, la cumbre creo que se encuentra más bien en la segunda lectura, la del NT, que hoy es de la 1ª carta de San Pedro, por lo que el conjunto forma como una V invertida. Me explico.

Empezamos con un fragmento del libro del Génesis que hace referencia al diluvio y a la alianza que Dios hizo con Noé y con sus hijos. Los términos de esta alianza son claros. Dice Dios: el diluvio no volverá a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra… Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Dios confirma, con estas palabras su compromiso de salvación con la humanidad. Pero la experiencia de muchas personas alrededor del mundo, entre otras cosas por causa de la pandemia que estamos viviendo, pero no sólo por eso, ¿no parece desmentir esta alianza de Dios? Comencemos la subida; no vemos la cima y el camino más bien se hace cuesta arriba. Nos acompaña el salmista que nos anima a hablar con Dios a corazón abierto, directamente, sin falsos respetos. El fragmento del salmo 24, que hemos cantado responsorialmente, comenzaba diciendo: Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad. Nos saldría espontáneo añadir algún versículo de cosecha propia, como por ejemplo: «y es que, Señor, a veces tus caminos cuestan mucho de entender. ¿No habías dicho que la vida no sería nunca más exterminada por el agua del diluvio? ¿Y las inundaciones que hay, periódicamente, en varios lugar del planeta? ¿Y esta epidemia que nos lleva de cabeza, que nos ha hecho modificar tantas costumbres, que ha paralizado muchas actividades, que ha provocado la muerte de tanta gente y una enfermedad dolorosa en muchos otros? Las palabras del salmista nos ayudan en el camino: Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Como si dijéramos: no nos abandones, Señor, no nos dejes desamparados en este momento crítico. Y de repente aparece la cima con la segunda lectura, que está tomada de la 1ª carta de san Pedro. El autor anuncia, brevemente, que Cristo murió y resucitó (por el Espíritu, fue devuelto a la vida). Dice a continuación que los que creen en Cristo participan también de su muerte y de su resurrección. En este mundo participan por el sacramento del bautismo y cuando llegue el fin de los tiempos participarán plenamente en la vida del resucitado. También explica que el agua del diluvio prefiguraba el bautismo. Es como si Dios nos quisiera decir: mirad, yo soy fiel a mi alianza. Pero el signo del arco en las nubes, la alianza de la AT, aunque era un signo imperfecto. Viendo el sufrimiento de la humanidad, me compadecí y para consolaros y curaros definitivamente del pecado y de la muerte, envié mi Hijo Jesucristo que fue clavado en la cruz, murió y fue sepultado, resucitó al tercer día y ahora está sentado a mi derecha. Y con su resurrección voy daros, también, el Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

La liturgia de la Palabra ha acabado con la proclamación del evangelio, que hoy ha sido breve porque san Marcos escribía con un estilo más bien sobrio y conciso. Es como la bajada desde la cima, que no se hace de golpe sino planeando suavemente. Vemos a Jesús empujado al desierto por el Espíritu, tentado por Satanás y asistido por los ángeles. Después el evangelista decía que Jesús se marchó a Galilea predicando una Buena Nueva, una buena noticia: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.

Hermanos y hermanas: en el desierto donde a muchas personas les toca vivir por fuerza en este momento, Dios no nos deja solos. Jesucristo está con nosotros, lucha con nosotros y por nosotros, sufre con los que sufren, llora con los que lloran, busca con los que buscan, y los ángeles que le servían a Él también nos apoyan. Tengamos confianza en el Señor, que es bueno y es recto… que encamina a los humildes con rectitud y les enseña su camino.

Hagamos el camino de la Cuaresma y el camino de toda nuestra vida, junto con Jesús. Él nos sostiene en los momentos de prueba, Él nos alimenta con el pan de la eucaristía que es su Cuerpo, Él nos entrega su Espíritu Santo para darnos fuerza y ​​vigor. Y esperamos con una alegría llena de anhelo espiritual, la Santa Pascua (RB 49,7). ¡Amén!

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (21 de febrero de 2021)

Miércoles de ceniza (17 de febrero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (17 de febrero 2021)

Joel 2:12+18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Queridos hermanos y hermanas:

Como los sacerdotes de los que hablaba la primera lectura, también nosotros lloramos con las lágrimas del corazón. Como toda la asamblea del pueblo que los acompañaba, tenemos sentimientos de dolor en este Miércoles de Ceniza. Con la pandemia, un gran desastre aflige todavía la humanidad. Nos rasgamos el corazón por tanto sufrimiento en los que ya nos han dejado, algunas veces rodeados de una soledad total, o en los que todavía están en la lucha entre la vida y la muerte. Nos rasgamos el corazón también por el dolor de tantos que lloran a sus difuntos, por la angustia de tanto personal sanitario que, además del peligro que ha vivido de verse contagiados, siente la impotencia ante la magnitud del drama. Nos rasgamos el corazón, aunque, solidarios de los que en esta crisis han perdido lo necesario para vivir con dignidad, o se han visto expulsados hacia la pobreza. Nos rasgamos el corazón por la gran incertidumbre ante el futuro.

Lloramos con las lágrimas del corazón por el pecado colectivo, pero con responsabilidades que nos afectan, frente a tantas situaciones, de negligencia ante los migrantes en nuestro Mediterráneo y en tantas partes del mundo, entre ellos muchos niños y adolescentes; lloramos arrepentidos por las suspicacias que de entrada tenemos delante de ellos, por el tráfico de personas, por la marginación y los descartados de la sociedad. Lloramos con las lágrimas del corazón por tanta indiferencia ante la conculcación de los derechos humanos. Lloramos y nos ponemos de luto por tanto daño como hay en el mundo y del que de alguna manera somos solidarios. Lloramos y nos ponemos de duelo también por nuestro pecado personal, por nuestra incapacidad de amar como caso a los discípulos del Evangelio, por la negligencia en el seguimiento de Jesucristo, por el egoísmo, por todo lo que hay en nosotros contrario al amor de Dios.

La pandemia, además, nos ha hecho palpar con realismo que somos polvo y al polvo hemos de volver (cf. ritual de la imposición de la ceniza; cf. también Gn 3, 19). Lo hemos experimentado en personas cercanas; con las que, en muy pocos días hemos pasado de hablar con ellas a tener las cenizas en las manos. Hemos tomado aún más conciencia de que somos débiles, vulnerables, mortales.

Junto a esto, oímos la llamada que Dios, a través del apóstol Pablo, nos hace en este día al decirnos que ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Y, por tanto, la llamada a convertirnos y creer en el Evangelio (cf. ritual de la imposición de la ceniza; cf. Mc 1, 15). Y así reconciliarnos con Dios acogiendo la gracia del perdón que se nos ofrece. Porque, como decía aún la primera lectura, él es benigno y entrañable, lento a la cólera y rico en amor. Por eso brota de nuestro interior la oración: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. No me arrojes lejos de tu rostro. Renuévame por dentro con espíritu firme.

Durante la pandemia, de modo similar a cómo los pueblos paganos cuestionaban al pueblo de Israel, hemos oído la pregunta: ¿dónde está tu Dios? Y tal vez, ante la turbación, también nos lo hemos preguntado nosotros, sin preguntarnos si no éramos los seres humanos quienes tenían una parte de responsabilidad en la pandemia debido al cambio climático y la falta de responsabilidad en no tomar todas las medidas necesarias. Debemos dolernos de nuestra poca fe, de la desconfianza en la acción salvadora de Dios, cuando él está aquí en los que sufren y en quienes los cuidan; él está aquí luchando contra el mal, él está aquí acogiendo los que mueren.

Debilidad, pecado, condición mortal, fe en el perdón y en la salvación que nos promete el Evangelio y nos otorga Jesucristo. Todo esto lo queremos expresar con el gesto de acercarnos a recibir la ceniza sobre nuestra cabeza. Somos polvo como la ceniza y al polvo hemos de volver, pero creemos que nuestro destino final no es quedarnos en el polvo, sino resucitar a una vida nueva y vivir para siempre con el Señor.

Aceptamos la llamada que hoy nos hace la Palabra de Dios a volver de todo corazón al Evangelio, que es volver a Jesucristo. Que no nos puedan decir: ¿dónde está su Dios? debido a nuestra vida poco coherente con la fe. Jesús, el texto evangélico que hemos escuchado, nos indicaba tres acciones fundamentales como signo de nuestro retorno a Dios: el ayuno, la limosna y la oración, las tres vividas con sinceridad de corazón y sin ningún tipo de ostentación.

El ayuno que incluye, además de privarse de algo de comer y de beber, la sobriedad de vida, la contención ante lo que nos atrae desordenadamente, la moderación en el uso de la palabra, los medios de comunicación, de las redes sociales. El ayuno nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre (cf. Mt 4,4) y nos hace descubrir la importancia de entrar en nuestro mundo interior para hacer silencio, para poner paz, para acoger la Palabra de Dios.

La limosna que significa ayudar y servir a los demás, particularmente los que experimentan necesidades materiales, los que se encuentran en la soledad, en la marginación. La limosna a la que nos invita Jesús supone, también, colaborar con voluntariados o aportar recursos económicos o en especie a Cáritas, a los bancos de alimentos, etc. Manos unidas nos recordaba recientemente que la pobreza y el hambre son pandemias para las que no hay vacunas, sólo se pueden vencer con solidaridad y compromiso. También es limosna espiritual atender a las personas que están solas, escuchándolas, confortándolas.

El tercer signo que expresa nuestro deseo de conversión, tal como decía Jesús en el evangelio, es la oración. Dedicar tiempo a Dios, a alabarle, darle gracias, a hacer silencio para escucharlo y acoger en el corazón su Palabra; dedicarle tiempo para vivir una relación filial con el Padre, para vivir la amistad con Jesucristo, para dejarnos llevar por el Espíritu. La oración incluye también la intercesión a favor de los otros, a favor de todos los dramas del mundo. Y, además, una oración humilde que, en la compunción por nuestra falta de correspondencia al amor de Dios, pide ser curados espiritualmente y de vivir con alegría nuestra condición de hijos e hijas de Dios.

Dios es fiel. Y está dispuesto a perdonarnos y ayudarnos a creer y vivir el Evangelio. La prueba la tenemos en el don de la Eucaristía que nos ha dejado y que ahora celebramos.

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (17 de febrero de 2021)

Domingo VI del tiempo ordinario (14 de febrero de 2021)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (14 de febrero de 2021)

Levítico 13:1-2.45-46 / 1 Corintios 10:31-11:1 / Marcos 1:40-45

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy encontramos a Jesús en su tierra de Galilea, predicando en las sinagogas, curando enfermos y haciendo el bien. Estas verdes regiones del norte del país, territorios muy fértiles, eran y son la región más productiva de toda la zona. Su forma de vida, social y religiosa, era muy pacífica, tranquila y tolerante; menos rigurosa, a diferencia de sus hermanos del sur, Judea y Jerusalén. Todo ello comportaba una idiosincrasia en su forma de vida y de trabajo; incluso, con una pronunciación, un acento dialectal, diferente del resto de Israel (Mateo 26, 73).

En este ambiente, nos encontramos hoy que un leproso sin nombre, de Galilea, un ser impuro, con vestidos rasgados, despeinado y tapado hasta la boca, se acerca a Jesús. No le acompaña nadie, vive en la total soledad. Lleva en su piel la marca clara de su exclusión. Es una persona rechazada totalmente por la Ley, marginada, que se aferra a la única posibilidad que le queda. El leproso sin nombre, transgrediendo la Ley, rompiendo todas las normas, se acerca a Jesús, se siente sucio, no le habla de su enfermedad y, en un hecho inaudito, no por sumisión sino por total confianza, se arrodilla y proclama su súplica, con toda humildad: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad. Aquel hombre representa la soledad humana y la desesperación de tantos estigmatizados de hoy en día por la pandemia que vivimos y sufrimos. Jesús se compadece, no lo excluye, sino que lo integra; no lo condena, sino que se solidariza con él. La estima y el amor de Dios por todas las personas no conoce ninguna marginación. Todos somos Presencia y Santuario del Cuerpo de Cristo. Templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros, como dice el apóstol San Pablo. (1C 3,16 y 6,19). Hoy, más que nunca, hay un despertar de la conciencia de nuestra dignidad humana, desde el primer momento de vida, hasta el último suspiro.

Jesucristo es Señor de vida y ama profundamente. Él es muy sensible al sufrimiento, pero… también era provocador rompiendo las normas, con su costumbre insólita de comer y hablar con «publicanos, pecadores, prostitutas, publicanos, escribas, gente indeseable y, sobre todo, romper el reposo sagrado del sábado”.

Jesús, transgrediendo la Ley y rompiendo todas las normas, extendió su mano buscando el contacto de la piel lacerada del leproso sin nombre, lo «tocó» y le dijo: «Sí lo quiero: queda limpio». Al instante, la lepra desapareció y quedó limpio. Jesús es vida, y en Él revive el leproso. Jesús da la mano a San Pedro en la Barca, Mt.14,31. Da la mano a la hija de Jairo, Mc.5,41. Da la mano a la suegra de Pedro, Mc. 1,31. Jesús tocó al hijo único de la viuda de Naín, que estaba muerto y lo devolvió a la vida. Lc 7,14. ¡Jesús es la Resurrección! La curación de los leprosos es uno de los signos con que Jesús remite a los dos discípulos de san Juan Bautista cuando le interrogan si es Él el Mesías (Lc 7, 18-28).

Según la antigua tradición, sobre la pureza ritual, del libro del Levítico, el contacto físico, con leprosos, enfermos, muertos, convertía automáticamente el otro en una persona impura, que no podía participar del culto y que había que separar del resto del pueblo escogido. Jesús es la pureza total que de ninguna manera el mal puede vencer. Él es la nueva Ley que nos manda amarnos los unos a los otros siguiendo su ejemplo de vida. La principal preocupación no debe ser la normativa ritual, sino la limpieza interior del corazón, hacer el bien. El corazón de Jesús es el Bien Supremo y el Amor Infinito.

Pero, el joven leproso sin nombre, Galileo, marginado y transgresor, es desobediente e indolente a la prescripción del Señor de presentarse al Temple y de mantener un silencio discreto de los hechos. Él es ahora un nuevo misionero de la Buena Nueva de Jesús de Nazaret. Camina y predica por toda la Galilea. Su alegría, su purificación no puede ser guardada, no puede ser recluida en la intimidad de una sola persona, hay que divulgarla por todas partes y a todos.

Hermanos y hermanas, desde nuestro eurocentrismo, discriminamos de forma consciente o inconsciente: Siempre que excluimos de la convivencia social, negando nuestra acogida; siempre que no compartimos con los países del Tercer Mundo la vacuna, la vacuna del Covid 19, nos estamos alejando gravemente del Mensaje de Jesús de Nazaret.

Hoy, domingo, estamos todos invitados a votar a los representantes de nuestro Parlamento. Es un deber cívico, que el Concilio Vaticano II exhortó vivamente a todos los cristianos de cara a la participación activa en la sociedad. Es un día difícil, todos lo sabemos, pero con las medidas adecuadas, y con mucha paciencia, tenemos nuevamente una oportunidad para expresar nuestro voto democrático

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (14 de febrero de 2021)

Domingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (7 de febrero de 2021)

Job 7:1-4.6-7 / 1 Corintios 9:16-19.22-23 / Marcos 1:29-39

 

Queridos hermanos y hermanas,

Qué consuelo y qué ánimo tan grandes nos da el texto evangélico que acaba de ser proclamado. En forma resumida, sintética, San Marcos nos quiere ofrecer una jornada estándar de Jesús. Las partes de la narración nos ofrecen como un tríptico que resume la vida pública del Señor en sus rasgos principales.

Empecemos por el cuadro central; ya contemplaremos después los dos postigos. Jesucristo nos es presentado como sanador. Ordinariamente le damos los títulos, muy adecuados, de Salvador, Redentor, Maestro y otras de mayor profundidad doctrinal como los de Señor e Hijo de Dios. Pero los evangelios también nos presentan a Jesús a menudo curando enfermos, con episodios concretos y con nombres de pacientes determinados. Y generalmente comentando el porqué de su acción, siempre en la línea de hacer la voluntad del Padre, de promover la fe de quienes lo escuchan y aportar remedio a las personas. El texto de hoy, con un énfasis en los enfermos agobiados por el espíritu del Mal, no nos da ningún nombre concreto de pacientes ni ninguna explicación especial. Sólo constata el hecho del restablecimiento de la salud corporal y espiritual. Pero sí subraya la cantidad: «todos los enfermos», «muchos enfermos», «diversas enfermedades». Con carácter de resumen, pues, nos quiere hacer ver esta dimensión de su predicación del Evangelio. Quizás alguien pueda pensar: ¿qué valor tiene este acento en la cantidad, si Jesús no curó a todos los enfermos de su tiempo ni de su entorno. Y más aún, pensando nosotros que pronto hará un año que sufrimos la pandemia, nos sale una oración íntima: «¿Por qué, Señor, permites que nuestra generación sufra tanto durante más de un año? Aquella persona y aquella otra que conocemos que han sido hospitalizadas y quizás aún sufren los efectos de la pandemia. Aquellas desapariciones sin despedida familiar, aquellas oraciones comunitarias por los difuntos que aún no hemos podido hacer. Aquellos que sufren pérdidas económicas o laborales». Tantos interrogantes que nos quedan, y a pesar de tantas muestras de generosidad que hemos visto, no llegan a poder secar muchas lágrimas.

Continuemos orando: «Señor, no tenemos respuestas a las preguntas que nos golpean, pero ahora nos muestras en el primer postigo de este tríptico tu profundo sentimiento. Dice el Evangelio: «Él le dio la mano, y la levantó y la fiebre le desapareció». Señor, danos la mano y te serviremos con alegría. Haremos que todo el resto de la vida sea como la de Pedro. Con nuestros dudas y nuestras flaquezas, y quién sabe si con traiciones y todo. Pero ante tu presencia de Resucitado te diremos ahora y al término de nuestra vida, como el apóstol: Señor, tú sabes que te quiero.

»Para poderlo decir, necesitamos que nos comuniques, el otro postigo del evangelio de hoy: tu intimidad con el Padre, que también es nuestro Padre. Mucha gente y muchas cosas nos estarán buscando. Pero en la soledad de nuestro corazón estará viva la oración. Y en la hermandad en torno a la Palabra y a tu sacramento, tú que has hecho el pan y el vino para que fueran nuestro alimento cotidiano, nos harás un sacramento de vida eterna (cf. Oración sobre las ofrendas). Mientras da a todos la salud y la paz de espíritu para poder hacer conocer tu Evangelio y curar a todo aquel que se nos aproxima esperando que le demos la mano sanadora, tal como hiciste en otro tiempo». Amén.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)

Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (3 de febrero 2021)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-19

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la salvación ha entrado en esta casa, decía Jesús a Zaqueo en el evangelio que acabamos de escuchar. La liturgia aplica esta afirmación a nuestra basílica. Hoy celebramos los 429 años de su dedicación. Es decir, del día que por la oración de la Iglesia que acompañaba la unción con crisma del altar y de las paredes -para significar que el Espíritu Santo los santificaba- y por la celebración de la eucaristía, el Señor entró en esta casa. Entraba para hacerla suya. Para acoger la alabanza y la oración de los monjes, de los escolanes y de los peregrinos. Para otorgarles la salvación por medio de la proclamación de su palabra y de la celebración de sus sacramentos.

El Señor quiso llenar de santidad esta casa (cf. oración sobre las ofrendas) para que los que nos reunimos podamos alcanzar la plenitud de la curación y de la salvación (cf. oración colecta). Mientras peregrinamos hacia esta plenitud, el Señor se va construyendo aquí un templo espiritual que somos nosotros, individualmente y como Iglesia (cf. prefacio).

Hoy la salvación ha entrado en esta casa. Este hoy no vale sólo para aquel 2 de febrero de hace 429 años, cuando la basílica fue dedicada. Es un hoy que perdura. El evangelista san Lucas subraya a menudo a lo largo de su Evangelio la palabra hoy para indicar la actualidad perenne de la salvación que trae Jesucristo. Cada día, por parte de Dios, es un hoy de salvación. Desde el día de la dedicación, cada día el Señor busca en este lugar a quienes acudimos y trae la salvación, como hizo en casa de Zaqueo. Y las celebraciones que se hacen en esta casa de oración van transformando interiormente a los que participamos, haciéndonos posible el encuentro y el diálogo amistoso con Jesucristo que nos identifica con él y nos adentra en la filiación divina. El Señor sigue irrumpiendo en nuestra historia y actualiza la salvación otorgada en Jesucristo una vez para siempre. De este modo, nos edificante individualmente como un templo espiritual para que todos juntos, reunidos en la Iglesia, formemos un templo de piedras vivas (1C 3, 16-17; Ef 21, 22).

Todo esto es posible gracias a la acción del Espíritu Santo. Él nos recuerda y nos testimonia la obra de Jesucristo, la hace presente y la actualiza para nuestra salvación. Y con su poder transformador la hace fructificar en nuestro interior de creyentes (cf. Jn 16, 12-13). Evidentemente, sin embargo, la eficacia de estos dones de Dios otorgados mediante la gracia del Espíritu Santo, está condicionada a la apertura de corazón y la adhesión personal de cada uno. Dios no nos fuerza, respeta la libertad de las personas. Pero espera que nuestra mirada se cruce con la suya, como la de Zaqueo subido en alto de un árbol se cruzó con la de Jesús que levantó los ojos al llegar a ese lugar. Es necesario, pues, que tengamos una actitud acogedora, disponible para la conversión como la de Zaqueo, y que como él estemos agradecidos por la presencia del Señor y por los dones que nos otorga por la acción del Espíritu Santo.

En esta basílica, encontramos un elemento simbólico que nos recuerda esta acción del Espíritu Santo. Es la corona con el dosel situados sobre el altar. Son memoria de aquella sombra del poder del Altísimo por medio de la cual el Espíritu Santo bajó sobre María y la hizo fecunda para engendrar al Hijo de Dios (cf. Lc 1, 15). La corona con el dosel sobre el altar son un símbolo de la epíclesis que hace la Iglesia en sus celebraciones para que el Espíritu intervenga y haga comprensible la Palabra, intervenga y haga eficaces los sacramentos que por voluntad del Padre nos llevan a la salvación y nos configuran con Jesucristo (cf. C. Valenziano, architetto di Chiese. Bologna, 2005, p.265-266). Corona y dosel son, además, un símbolo de la acción del Espíritu que hace que la alabanza de la Liturgia de las Horas y todo el culto individual o comunitario que aquí se ofrece en esta basílica sea digno (cf. oración colecta), sea un culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23).

En la oración eucarística que iniciaremos con el prefacio, hay dos invocaciones del Espíritu Santo o epíclesis. La primera sobre las ofrendas del pan y del vino «para que se conviertan en el cuerpo y en la sangre» de Jesucristo. Y la segunda sobre nuestra asamblea «para que seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu», es decir, que todos juntos formamos el cuerpo espiritual o místico de Cristo- y para que cada uno de nosotros se convierta «una ofrenda eterna» para obtener «la herencia» de la vida para siempre (cf. plegaria eucarística III). Después, en la comunión Jesucristo resucitado entrará dentro de nosotros, de modo similar a como entró en casa de Zaqueo. Entonces nuestro cuerpo será, de una manera análoga a la corona y al dosel que cubren el altar, tálamo de la presencia divina. Y desde nuestro interior, el Señor nos dará la vida en el Espíritu y nos enviará a ser testigos de su amor sanador y santificador, testigos de su palabra a favor de toda la humanidad. Así podremos cantar alegres y con toda verdad las palabras de San Pablo que la liturgia pone como canto de comunión de este día: «sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros «(1C 3, 16-17).

Como veis, la solemnidad de la dedicación de esta basílica nos lleva a considerar también nuestra dedicación, la que en los sacramentos de la iniciación el Señor hizo de nosotros y que renueva cada día. Por ello podemos bien decir con el evangelio: hoy la salvación ha entrado en esta casa. Hoy. Ahora, en la eucaristía.

Que Santa María, a la que está dedicada esta casa de oración que es nuestra basílica, nos ayude a acoger esta salvación, a hacerla vida, a ponerla al servicio de los demás, sobre todo de los que, desde la angustia y la preocupación causada por la pandemia, levantamos los ojos hacia este santuario y nos piden una oración y una palabra de consuelo, una palabra de esperanza, una palabra de salvación.

 

Abadia de MontserratDedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2021)

Domingo IV del tiempo ordinario (31 de enero de 2021)

Homilía del P. Damià M Roure, monje de Montserrat (31 enero 2021)

Deuteronomio 18:15-20 / 1 Corintios 7:32-35 / Marcos 1:21-28

 

La primera lectura que hemos escuchado nos hablaba de la relación entre Dios y Moisés. El Señor le decía: «Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande». Y, a continuación, Moisés transmitió a mucha gente, tanto como podía, lo que él había recibido de Dios, y cómo Dios ama a todos. Nosotros, cristianos, admiramos de este patriarca su capacidad de acoger y de comprender lo que Dios quería enseñar y transmitir. Es una voluntad de Dios, que ha llegado hasta nosotros.

En las palabras de Jesús que hemos oído en el Evangelio podemos seguir claramente lo que explicó él mismo a los primeros discípulos para que ellos lo vivieran y lo transmitieran a todos. Una de las principales recomendaciones de Jesús -que ha pasado de generación en generación- es el deseo de Dios que se respete el bien de cada persona y que sea tratada humanamente con un respeto sincero.

En el evangelio que acabamos de escuchar, san Marcos nos hacía ver como Jesús actuaba con autoridad para ayudar a quienes lo necesitaban, concretamente curaba un enfermo, cosa que los discípulos de Jesús siempre han tomado como una actitud de ayuda, porque expresa el deseo de Dios que se consiga el bien de todos. Es por ello que tanto los primeros discípulos de Jesús, como los cristianos de todos los tiempos han abierto el corazón para descubrir, cada vez con más claridad, lo que nos aporta Jesús, y cómo nos hace conscientes de ayudar a los más necesitados y nos ayuda a hacernos saber qué nos ofrece Dios en el concreto de nuestra vida. De esta manera nos ayuda a superar muchas dificultades y crear una buena convivencia.

Por eso podemos decir siempre: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». Estas palabras nos ayudan a crear en nuestro entorno un ambiente de buen trato y de solidaridad, tal como lo desea Jesús, para el bien de la familia, del pueblo, de la ciudad y de todo el mundo, porque el espacio donde vivimos lo formamos entre todos.

Por nuestra parte, nosotros hemos de orientarnos bien porque Jesús, nos ofrece un camino a seguir que nos impulsa a vivir con estimación, con coraje y con esperanza. Es una manera de tratarnos que nos ayuda, tanto en la familia, como en la amistad con los amigos, como con la gente con la que trabajamos, y también en la comunidad eclesial y en la vida religiosa. Si lo miramos bien, es un gozo para todos trabajar para que la gran comunidad que es la iglesia, en medio de cada pueblo y en medio del mundo, sea una gran familia, que incluya también a la gente más necesitada.

Tal como lo deseaba Jesús, toda la actividad de la Iglesia busca el bien integral de cada persona, alentándonos a poner remedio a tantas miserias, y crear, tanto como podamos, un ambiente constructivo para el bien de todos. De esta manera con todas aquellas actitudes que Jesús supo llevar a cabo y enseñar, conviene mantenerlas hoy para mejorar la salud y el bien de cada persona y conseguir así una mejor calidad de vida.

Afortunadamente, la palabra de Jesús nos ha sido conservada en los evangelios y transmitida a lo largo de todas las generaciones que nos han precedido. Gracias a ello tenemos un medio que nos orienta para favorecer el diálogo con todo el mundo y el respeto en medio de las circunstancias que nos presenta la vida. Poco a poco tenemos, así, la posibilidad de descubrir, cada vez más, que de verdad vale la pena ser cristianos de corazón, de espíritu y de hecho.

En el evangelio de hoy, Jesús nos empuja, pues, y nos ayuda a crecer, tanto en la inteligencia como en el corazón. Él lo dice con una expresión muy simple: «el Reino de Dios está cerca». Trabajemos, pues, para crear cada uno esta unidad de fe, de sentido de justicia, de comprensión mutua y de ayuda entre todos. Esto nos dará consistencia y nos ayudará a crecer como personas en el mundo en que vivimos. Pidamos a Dios los dones necesarios para seguir adelante y démosle gracias de todo corazón, ahora que continuamos la celebración de la misa, acogiendo y agradeciendo todo lo que Jesucristo nos ha ofrecido.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (31 de enero de 2021)

Domingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (24 enero 2021)

Jonás 3:1-5.10 / 1 Corintios 7:29-31 / Marcos 1:14-20

 

Estimados hermanos y hermanas,

En el evangelio que acabamos de proclamar encontramos a Jesús en el inicio de su ministerio en Galilea una vez Juan Bautista había sido encarcelado. San Marcos, sitúa el contenido de la misión con una afirmación rotunda por parte de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio», es decir, la presencia de Jesús conlleva un tiempo nuevo en el que el Reino de Dios ya está muy cerca. Se trata del inicio de un tiempo nuevo que perdura hasta hoy y que hace posible que Dios reine sobre cada uno de nosotros. Es una llamada constante, una vocación constante, para vivir atentos a la voz de Dios dejando entrar en el propio corazón su misterio.

En el mismo texto, el evangelista nos hace ver que la manera más adecuada de concretar la conversión y el creer consiste en seguir a Jesús. Por eso ha vinculado el anuncio de la Buena Noticia con la vocación de los primeros discípulos. Pasando junto al lago de Galilea, Jesús vio a un grupo de pescadores ocupados en su trabajo cotidiano. Hablando desde la lógica no deja de sorprendernos que tanto Simón y Andrés como Santiago y Juan, dejando lo que estaban haciendo, respondan de manera tan radical a la llamada de un desconocido. Pero el evangelista no pretende narrarnos la cronología de unos hechos, ni siquiera de un diálogo sino que intenta reflejar los rasgos esenciales de lo que significa ser discípulo de Jesús, más allá de las circunstancias concretas en que éste se lleve a cabo. Los cuatro pescadores son llamados simplemente a fiarse y ponerse en marcha.

Todos nosotros, con nuestras cualidades, conocimientos, costumbres y forma de vida… somos llamados constantemente por Jesús a quien vemos o intuimos alrededor de los múltiples lagos de Galilea de nuestras vidas. Él está presente de maneras muy diversas y quiere convertir nuestra actividad cotidiana en una nueva manera de hacer: continuar pescando, pero con él. Quiere que lo sigamos y muy a menudo nos pedirá que volvamos mar adentro para calar de nuevo las redes. Esta es nuestra conversión: hacer de nuestra vida cotidiana una buena noticia.

Por lo tanto, convertirse para creer en el Evangelio y responder a la llamada que Jesús nos hace continuamente consiste en volverse hacia donde está la luz. A menudo confundimos la conversión con prácticas ascéticas o morales. Y no es eso solamente. Se trata de hacer el esfuerzo para volvernos hacia la verdadera luz. La conversión encuentra su sentido en Jesús mismo que se define como la Luz del mundo. Por admirable que sea la reacción y la respuesta de aquellos pescadores, el personaje principal de la llamada es Jesús.

En este tiempo de pandemia que estamos viviendo con las consecuencias que conlleva para tantas personas y pueblos, me doy cuenta que las palabras de Jesús: «Ha llegado la hora y el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio «y así como la llamada a seguirlo que hizo a los primeros discípulos, toman un relieve particular. Y lo toman porque la pandemia nos ha cogido desprevenidos como seguramente cogió desprevenidos a Simón, Andrés, Santiago y Juan, la llamada que Jesús les hizo a seguirlo.

También, hoy, en este presente, complejo y lleno de sufrimiento de todo tipo, la voz de Jesús resuena igual que junto al lago de Galilea: ¡seguidme! Siguiéndolo podremosconvertir nuestra manera de mirar a los demás, de mirarnos a nosotros mismos, de mirar Dios. Los primeros discípulos simplemente se levantaron y se fueron con él, sin hacerle ninguna pregunta. ¿No será que hoy también cada uno de nosotros haya de levantarse y simplemente tenerle confianza? Y sabemos por experiencia ajena o propia que cuesta mucho.

Para ilustrar lo que acabo de decir nos puede ayudar el testimonio de Etty Hillesum, la joven judía que murió a los 29 años en la cámara de gas de Auschwitz (30 de noviembre de 1943). En su diario, que había continuado escribiendo incluso en el campo de concentración, escribió: «Estoy dispuesta a todo, me iré a cualquier lugar del mundo, donde Dios me envíe, y estoy dispuesta a testificar, en cada situación hasta la muerte, que la vida es hermosa, que tiene sentido y que no es culpa de Dios, sino nuestra que todo haya llegado hasta este punto» (se refería a la barbarie nazi). Y continuaba escribiendo: «interiormente me siento en paz. Dentro de mí hay una confianza en Dios que al principio casi me daba miedo por la forma como iba creciendo, pero ahora me pertenece. Y ahora a trabajar”.

El sufrimiento y la desdicha la llevaron a orar así: «amo tanto al prójimo porque en cada persona amo un pedazo de ti, oh Dios. Te busco por todas partes en los seres humanos. Intento desenterrarte del corazón de los demás «.

¿No es esto un modelo de conversión que nos puede ayudar y estimular a vivir nuestro compromiso cristiano en este tiempo de pandemia? Que nos ayude Dios mismo.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Domingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)

Homilía del P. Antoni Pou, monje de Montserrat (17 enero 2021)

1 Samuel 3:3b-10.19 / 1 Corintios 6:13b-15a.17-20 / Juan 1:35-42

 

Si viéramos el año litúrgico como unos largos ejercicios espirituales ignacianos, nos encontraríamos este domingo en la segunda semana. Después de haber meditado la encarnación de Jesús para salvar la condición humana, su nacimiento en la humildad de un establo, y su epifanía en el Bautismo, hoy los textos bíblicos nos invitan a meditar sobre nuestra vocación.

En la primera lectura hemos escuchado la vocación de Samuel. La voz del Señor se le hace presente mientras dormía, posiblemente en un sueño. Él cree que es Elí que le llamaba… no está todavía acostumbrado a oír la voz de Dios. En la tercera vez Elí le dice: «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha». Dios llama de muchas maneras, pero una de las más comunes es desde nuestro interior. Si estamos atentos a nuestros deseos, anhelos interiores, pensamientos… y no sólo nos dejamos arrastrar por ellos de una manera inconsciente, podría ser que alguna vez nos diéramos cuenta de que algunos de estos anhelos, deseos o pensamientos nacen de lo más profundo de nosotros mismos, como si no fueran nuestros, sino del Espíritu, una realidad que nos empuja a buscar, trascendernos, y abandonarnos a Dios.

Esta época de pandemia, terrible en muchos aspectos, y que deseamos que lo antes posible se termine, ha restringido nuestras relaciones sociales, y ha hecho que tuviéramos que aprender, de una manera forzada, a cultivar nuestra interioridad. Hemos aprendido que no es fácil estar con nosotros mismos, y que si no estamos atentos, los pensamientos negativos nos comen. Pero si hemos dado un paso más nos damos cuenta de que en nuestro corazón también hay semillas de trascendencia, de compasión, de piedad para con Dios… podemos sentir la llamada Dios que nos empuja a la solidaridad, a profundizar en nuestra espiritualidad.

Este cultivo de la interioridad es propio también de la espiritualidad cristiana. Hoy que es la fiesta de San Antonio, abad, podemos recordar el carisma de los ermitaños y ermitañas, los contemplativos, que son con su experiencia maestros de interioridad, y que fecundan, a menudo de manera oculta, toda la vida de la Iglesia y de la sociedad. A Tomas Merton le gustaba decir que los contemplativos somos como los árboles que, en silencio, dan oxígeno a toda la tierra.

El Evangelio de Juan, por otra parte, nos ha presentado la llamada de los primeros discípulos de una manera diferente a como lo hacen los otros evangelios… en Mateo, Marcos y Lucas, Jesús es el maestro itinerante, que encuentra a quienes serán los sus discípulos en su vida cotidiana: repasando las redes, en la barca, recaudando impuestos. Estos evangelios mantienen fresca la tradición oral de los primeros grupos cristianos mendicantes, que recorrían, como Jesús, caminos, pueblos y villas e invitaban a quienes se animaban con su mensaje a una vida nueva, dejándolo todo, para predicar la Buena Nueva.

El Evangelio de Juan es diferente: Jesús encuentra a los primeros discípulos entre los seguidores de Juan Bautista, y ya no es aquel profeta itinerante que no tiene donde apoyar la cabeza, sino el maestro anfitrión que invita a quienes están interesados en él a su casa: «Maestro, ¿dónde vives?» – Venid y lo veréis. Es como si el Evangelista proyectara en la evangelización de Jesús lo que debía pasar en sus comunidades cristianas basadas en las familias cristianas que invitaban a los interesados en la nueva fe, a compartir lo que creían y vivían, y más tarde después de un largo proceso, al bautismo y la eucaristía.

Esto, naturalmente nos invita a reflejar de qué manera nosotros, como comunidades cristianas, somos buenos anfitriones, y tenemos las puertas abiertas para que todos puedan «venir y ver» cómo vivimos; dándoles razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Más aún, si escuchamos las directrices que nos da el Papa Francisco, no sólo tenemos que esperar que se nos pida venir, sino que nosotros mismos tenemos que salir para hacernos encontradizos, como cristianos, en nuestra sociedad. No se trata de hacer una campaña de adoctrinamiento, haciéndonos pesados y molestos, mostrándonos como superiores y guardianes de la verdad. Sino de compartir lo que somos y vivimos de manera sencilla, respetando que los demás tengan otra experiencia de la vida distinta a la nuestra. Buscando lo bueno, respetable, y verdadero que tenemos en común, trabajando por una sociedad más justa y más humana.

La confesión desacomplejada y sincera de nuestra fe, también puede hacer que algunas personas con las que tratamos se interesen por cómo vivimos nuestra espiritualidad. Hay personas que buscan trascender una vida basada sólo en la supervivencia material y están sedientas de algo más. El Evangelio da una perspectiva más profunda a la vida, sus narraciones son medicina y alimento para el alma.

¿Qué buscáis? Pregunta Jesús a Andrés y al otro discípulo. Jesús invita a su casa a quienes están en búsqueda, y ls responde «Venid y veréis». Y después de estar un día con Jesús, los discípulos salen entusiasmados a comunicarlo a Pedro. «Hemos encontrado al Mesías”… hemos encontrado lo que buscábamos, el cumplimiento de lo que nos había sido prometido, y anhelábamos.

Como también nosotros somos los que buscamos, en esta eucaristía somos de nuevo invitados por Jesús a su casa, él no sólo comparte su palabra, sino que pone la mesa y nos invita a la comida que simboliza su amor, entregado por nosotros. Que salgamos también, como Andrés y el otro discípulo, entusiasmados, con la necesidad de compartir lo que hemos visto, oído y lo que hemos vivido. Así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)