Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2021)

Apocalipsis 11:19; 12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Tal como acabamos de escuchar, es, hermanos y hermanas, el cántico de María en la Visitación. Al meditar en su corazón el Misterio de la Encarnación del cual ella es depositaria, estalla en un canto de alegría y de agradecimiento: Dios ha mirado la humillación de su esclava y ha obrado maravillas en ella: la ha hecho madre del Cristo. La maravilla de la Encarnación del Hijo eterno del Padre nos hace ver la magnitud sorprendente de la ternura de Dios por la humanidad y cómo su amor se extiende de generación en generación.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de María, la Virgen, en su Asunción. La más humilde entre las sirvientas del Señor «entra radiante» en la gloria celestial (cf. canto de entrada). Y su espíritu se alegra en Dios, la hace participar plenamente de la Pascua de Jesucristo. Una nueva maravilla que el Todopoderoso ha hecho en la humildad de su esclava. Hoy contemplamos gozosos cómo la resurrección de Cristo es realmente el inicio de la glorificación y de la entrada definitiva en el Reino de todos aquellos que por la fe y las buenas obras siguen el Evangelio. María, que ha ido por delante de todos en el seguimiento de su hijo, nos precede también en el camino hacia la vida eterna. San Pablo nos decía, en la segunda lectura, que cada uno resucitará al momento que le corresponde: Cristo como primicia,… luego todos los que son de Cristo. La primera de los cuales es, según la fe de la Iglesia, Santa María. Esta realidad hoy particularmente nos llena de alegría. Y nos estimula en nuestro camino de cristianos, porque nos muestra cuál es la meta, cuál es el término hacia dónde nos encaminamos: participar de la plenitud pascual de Jesucristo y, por tanto, encontrar nuestra plenitud personal, en la felicidad eterna, sin dolores ni llantos.

María es Asunta no tanto por haber sido la Madre del Señor como por su santidad extraordinaria de vida. Nos lo enseñan todos los relatos evangélicos que hablan de ella. Pero ahora, como síntesis de todos, quisiera recordar uno, el que ha sido proclamado en la vigilia de esta noche. Cuando una mujer, queriendo honrar a Jesús, grita entre la gente: Feliz la que te llevó y los pechos que te criaron, Jesús enseña que María no es afortunada por ser biológicamente su madre, sino por haber escuchado la Palabra de Dios y haberla guardado; es decir, por haberla meditado en el corazón y puesto en práctica durante toda la vida. Ha sido su obediencia en la fe lo que la ha predispuesto a recibir la Encarnación del Hijo de Dios. Y ha sido, aún, la obediencia de la fe hasta la cruz y hasta Pentecostés, lo que la ha llevado a la gloriosa Asunción. Porque ha vivido la humildad entra en la exaltación celestial.

La humildad es inseparable de la obediencia de la fe. María sintetiza en su persona la actitud espiritual de los pequeños y sencillos alabados por la Escritura. Y es que la acogida de la Palabra y la obediencia que conlleva sólo son posibles desde la humildad. Por eso, el Señor enaltece a los humildes, mira la pequeñez de sus sirvientes, colma de bienes a los pobres y los hace experimentar su amor entrañable.

Es sobre todo la fidelidad humilde de María, pues, lo que la hace feliz, lo que la hace bienaventurada; lo que la hizo feliz en su vida terrena y que la hace feliz por toda la eternidad en la gloria del Reino. Por eso la Iglesia, de generación en generación, la proclama bienaventurada. Y ella, en la presencia de la Santa Trinidad, continúa eternamente su canto de alabanza y de acción de gracias: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Este es el canto, también, de la Iglesia, que se siente pequeña ante la inmensidad y la santidad de Dios, que se siente débil ante el mal del mundo, que se siente pobre por los pecados y las limitaciones de todos sus miembros, pero que se sabe habitada por la fuerza del Espíritu, que se sabe Esposa amada de Jesucristo, lavada, purificada y santificada por su sangre. La «Virgen y Madre de Dios, asunta al cielo, es imagen y primicia de la Iglesia gloriosa, modelo de esperanza cierta y consuelo del pueblo que camina», tal como lo proclama la liturgia de hoy (cf. Prefacio). Cantemos cada día el Magníficat, con su fuerza consoladora y su fuerza profética, juntando nuestra voz a la de toda la Iglesia, movidos por la esperanza – «cierta», como dice la liturgia- de llegar, cuando termine nuestra carrera en la tierra, allí donde ella ya ha llegado.

Proclama mi alma la grandeza del Señor. Es el canto de nuestra comunidad monástica y de los peregrinos reunidos en esta casa de la Virgen. Desde su Asunción, María está espiritualmente presente en todo. «Su santidad ennoblece todas las Iglesias», canta la liturgia del 8 de septiembre en la fiesta de su natividad. Y, ciertamente, desde hace siglos este santuario es ennoblecido por la santidad de la Virgen; aquí se ha querido hacer presente en espíritu y obra maravillas, ni que a menudo sólo sean conocidas en la intimidad de los corazones. Venerar a la Virgen, como hacemos en este lugar, pide reproducir más en nosotros el modelo que encontramos en ella en la acogida de la Palabra del Señor con un corazón humilde y disponible y ponernos a disposición de los demás para ayudarles, para servirlos.

Con esta actitud debemos acoger a Jesucristo ahora en la Eucaristía. Y expresarle nuestra alegría y nuestro agradecimiento unidos a Santa María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque a pesar de haber mirado nuestra pequeñez, obra maravillas en nosotros.

 

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