Solemnidad de la solemnidad de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (29 de junio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

Estimados hermanos y hermanas: la Iglesia, desde Oriente hasta Occidente, se llena hoy de alegría en la solemnidad de los dos grandes apóstoles, San Pedro y San Pablo. Dos grandes lumbreras de la fe; dos grandes fundamentos del Pueblo cristiano. Su testimonio y su intercesión atraviesan los siglos, y de generación en generación va suscitando una vitalidad nueva en la vida de los cristianos.

Su testimonio nos hace ir a las raíces de nuestra fe. Es un testimonio que se centra en la respuesta de Pedro que acabamos de escuchar: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Ante Jesús de Nazaret, Simón Pedro afirma en nombre de todos los discípulos, que aquel hombre de origen humilde que tiene delante es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, el rey salvador, el sirviente paciente, el que ha recibido la unción santa del Espíritu, el Hijo de Dios, que viene a salvar y a dar el verdadero sentido de la existencia humana. Es una afirmación de fe; porque Pedro va mucho más allá de lo que captan sus sentidos. Por eso, Jesús le puede decir: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, eso no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo. Porque la fe en Jesús como Mesías, no es fruto sólo de un razonamiento humano ni de un mero sentimiento pasajero, sino un don de Dios, para el que hay que estar disponible con un corazón abierto y humilde.

El testimonio de fe sobre Jesús que San Pablo da en sus cartas es, como no podía ser de otro modo, el mismo que el de San Pedro, sólo que expresado en lengua griega. Pablo no se cansa de decir que Jesús es el Cristo. Y «Cristo» es, como ya sabéis, la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías», que significa «Ungido». La fe, pues, de Pedro y de Pablo es la misma. El núcleo fundamental es Jesucristo, en su filiación divina y en su condición de sirviente paciente de la humanidad, de salvador único, de ungido por el Espíritu, de revelador del amor del Padre. Y también San Pablo, deja claro, que su fe no es cosa humana, es don de Dios: el Evangelio que os anuncié -dice- no viene de los hombres […], Dios me reveló a su Hijo para que yo lo anunciara (Ga 1, 11.15).

Tanto Pedro como Pablo, pusieron toda su vida en función de este anuncio del Evangelio, de la Buena Noticia, de que Jesús es el Mesías, el Cristo, el único que libera y salva en plenitud. Y no se echaron atrás ante las dificultades y las persecuciones porque su certeza los venía de una experiencia vivida. Las dos lecturas que hemos escuchado, son una muestra de ello. En la primera, hemos encontrado a Pedro en la cárcel por causa de Jesús, el Cristo. Y en la segunda, hemos oído como San Pablo, hacia el final de su existencia, hacía mención de todo lo que había tenido que luchar en el noble combate de la fe, un combate que le había comportado persecuciones y encarcelamientos.

La fe de la Iglesia, nuestra fe, pues, se basa en el testimonio de San Pedro y San Pablo que, al unísono con los demás apóstoles nos habla de la realidad profunda de Jesucristo. Hoy tenemos que renovar esa fe en él, el Mesías, el Hijo de Dios. El Padre pone esta afirmación en nuestro corazón y en nuestros labios. Y es el Espíritu quien nos mueve a ser testigos valientes para mostrar que Jesucristo nos llena de alegría y de esperanza, incluso ante las incomprensiones o las persecuciones de cualquier tipo. Pero, para poder recibir esta revelación de Jesucristo por parte del Padre, hay que hacer silencio interior y dejar que vaya empapando toda nuestra manera de ser y de hacer. Sólo una vivencia íntima del Misterio de Jesucristo nos puede sostener en medio de nuestro mundo.

La profesión de fe del apóstol San Pedro, le supuso una misión especial en la Iglesia. Lo hemos oído en el evangelio; Jesús le dijo: tú eres Pedro. Sobre esta piedra -que este es el significado de la palabra Pedro- edificaré mi Iglesia, y las puertas del Reino de la muerte no le podrán resistir. Sobre la fe y el ministerio de Pedro, sostenido por la inspiración del Padre, se fundamenta la fe del pueblo cristiano. A pesar de la debilidad humana, a pesar de los defectos personales, San Pedro, en comunión con los demás apóstoles, hará visible la piedra angular invisible sobre la que se fundamenta radicalmente la Iglesia, aquella piedra que es Jesucristo mismo.

La fidelidad de San Pedro y San Pablo en confesar la fe en Cristo les llevó a la muerte. La Iglesia conmemora conjuntamente el martirio en este día, 29 de junio, gozosa por la victoria pascual de los dos grandes apóstoles. Por eso, la liturgia nos invita hoy a volver (cf. Himnos de laudes y de vísperas) la mirada hacia la ciudad de Roma, donde ambos derramaron la sangre. Y no sólo hacia la ciudad, sino sobre todo hacia la comunidad cristiana que vive allí; aquella comunidad (o Iglesia local) que junto con su obispo, el Papa, es llamada a presidir en la caridad todas las demás comunidades cristianas de todo el mundo. El obispo de Roma ha recibido la misión difícil de ser heredero del carisma apostólico tanto de Pedro como de Pablo. Y así como la Iglesia naciente oraba a Dios por Pedro sin parar, cuando estaba en la cárcel tal como hemos oído en la primera lectura- también nosotros tenemos que llevar en la oración a aquel que es el sucesor del servicio apostólico de los dos grandes testigos que celebramos hoy. El Papa Francisco pide a menudo que roguemos por él, pero el pasado domingo pidió que lo hiciéramos con especial hincapié en la solemnidad de hoy.

Además, hemos de intensificar nuestra comunión eclesial, vivida en la lealtad y, al mismo tiempo, en la libertad de los hijos de Dios. Tenemos que vivir en el seno de la Iglesia católica donde hay gérmenes fuertes de división. Y la tenemos que vivir abiertos, también, a todos aquellos hermanos y hermanas en la fe, que desde tradiciones eclesiales diversas y sin estar todavía en plena comunión con la sede de Pedro y Pablo, reconocen que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Es a través de la estima, de la búsqueda sincera y humilde de la verdad, y de la acogida de la diversidad que podremos llegar a superar las divisiones que hacen menos creíble el testimonio cristiano. San Pedro y San Pablo compartieron la misma fe, el mismo amor por Cristo y por la Iglesia, pero desde la diversidad de maneras de ser, desde expresiones y sensibilidades diversas y en contextos diferentes; hasta en algún momento con una cierta tensión dialéctica. Pero tuvieron en común la adhesión a Cristo, la fidelidad inquebrantable al Evangelio, el amor fraterno y el trabajo por la unidad de la Iglesia.

Dejemos que estos dos grandes Apóstoles que hoy conmemoramos nos estimulen a vivir con entusiasmo nuestra fe en Jesucristo y poner en obra el Evangelio en nuestro entorno. La eucaristía del Señor que nos han transmitido los apóstoles y que ahora celebramos, nos da la gracia y la fuerza.

 

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