Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (7 de abril de 2023)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Silencio.

Desde el final de la celebración de ayer, el jueves Santo y el inicio de la adoración al santísimo, nos ha acompañado el silencio. Decíamos ayer que quedaban veinticuatro horas. Ahora no. Ahora ha terminado. Ésta es una de las impresiones emocionales fuertes del viernes Santo.

Hemos comenzado esta conmemoración en silencio.

Hemos acompañado la muerte de Jesucristo en la Cruz callando y arrodillándonos, los que habéis podido, o con otro signo corporal que quería hacer más fuerte y significativo este momento.

Ha dejado de tocar el órgano. Y aunque seguimos cantando porque la música no puede faltar nunca, queremos que el silencio acompañe también nuestra oración quizás más que en ninguna otra celebración del año.

Pienso que en días como hoy, cuando habla la Palabra, quizá deberíamos callar.

La humildad nos hace conscientes de que ninguna palabra puede igualar a las de Jesús en el relato de la Pasión, cuando habla casi sin decir nada, con palabras medidas. Qué silencios más llenos. ¿Cuántos ecos no tienen?

Más que hablar, trato de hacer como la pared de los ecos de nuestra montaña, que devuelve algunos de los sonidos que le llegan, un sonido que para nosotros son las lecturas y la liturgia de hoy. En el centro del silencio del viernes santo está la cruz de Jesucristo. Y si recuperamos la pregunta que os propuse y que nos ha acompañado desde el domingo de Ramos: ¿Quién es éste? Nada nos lo revelará tanto como la cruz, donde fue crucificado y ejecutado Jesús de Nazaret. Sin embargo, hasta en la cruz y en la muerte, la Pasión según San Juan, nos transmite la serenidad, el control que un rey o, mejor, alguien como Dios tiene sobre la realidad y la historia. Por eso, sin embargo, y porque somos hijos de la resurrección incluso el viernes santo, hoy, no callamos, y celebramos y adoramos una cruz que confesamos como portadora de vida.

Seguramente los más jóvenes y pequeños habéis hecho alguna vez una cruz. Es sencillo. Basta con atar dos travesaños, dos ramas, lo que se tenga, y cruzarlas, en ángulos más o menos rectos. El travesaño vertical está destinado a hundirse en el suelo y levantarse hacia arriba, hacia el cielo, hacia donde siempre, infantilmente hemos colocado a Dios, al menos en nuestra lengua, en la que utilizamos la misma palabra para el cielo físico y para el cielo teológico. El otro travesaño es el horizontal, el que se extiende hacia los demás, el que abarca la realidad.

En medio de los dos travesaños de la cruz, en el centro, está siempre Jesucristo crucificado. En su muerte en cruz, podemos ver la verticalidad de su cuerpo que prolonga el travesaño clavado en la tierra, en la tierra de su vida, de los caminos de Galilea, en esta vida que pasó queriendo explicar quién era realmente el Dios de Israel, hacia quien apunta ese mismo travesaño vertical y quien era él mismo, Jesús de Nazaret, su Hijo amado.

Y eso sólo lo explica el otro travesaño de la cruz, el horizontal. Lo que abraza al mundo, el de los encuentros con todos los marginados de la sociedad, desde los leprosos y las prostitutas, con los enfermos, con los excluidos por motivos religiosos, con las viudas pobres e incluso con los ricos como Leví que estaban al margen por ser estafadores y explotadores.

La cruz nos explica de verdad la realidad. Si ayer decíamos que la eucaristía era más que un recuerdo, porque Dios estaba realmente presente, hoy lo volvemos a decir.

La cruz también pone en tensión a Dios y al mundo, en esta relación de amor por parte del Padre y de odio inexplicable por nuestra parte, la humanidad, una tensión que la Cruz misma manifiesta mejor que ningún otro signo.

Odio de una parte del mundo, de una parte, de nosotros mismos, de cada uno de nosotros, que rechaza a Dios y al evangelio, que se mantiene cerrado. El odio que prefiere indultar a un culpable que perdonar a un inocente, odio que nos hace a veces tan manipulables como los que gritaban: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. El odio que no aceptó la bondad y la palabra de Jesús y pensó que haciéndole desaparecer le liquidaba para siempre. Pero la cruz también nos manifiesta amor, amor sobre todo de Jesucristo. Porque no huyó ni se desdijo de sus palabras, porque se mantuvo fiel. Porque no negoció con lo que no era negociable.

Los improperios que cantaremos adorando la Cruz son reflejo de esta bondad de Dios y de esta respuesta inexplicable. En cada estrofa existe esta dinámica: ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? Yo te amé y tú me has crucificado.

Naturalmente que esta tensión produce sufrimiento, un sufrimiento que puede llegar a triturar a quienes se ponen en medio, como leíamos en la primera lectura. La fidelidad tiene muchas veces esa dureza. Pero un sufrimiento que nos hace fuertes y nos hace mayores. Nos hace como personas y sufrimos porque amamos y de nuestro amor siempre hay alguien que se beneficia directa o indirectamente.

Entendiéndola de este modo, podemos acercarnos a la naturaleza salvadora de la Cruz y del sufrimiento de Jesucristo, que son en el fondo un misterio, por el que necesitamos tanta fe como la que reclamábamos ayer para la eucaristía.

¡Y hoy, si volvemos a pensar en los improperios, nos acercamos incluso al sufrimiento de Dios por nosotros, que parece que no entienda porqué hemos preparado una cruz a nuestro salvador!

El viernes santo es un día de recuerdo, de catolicidad, esto es de universalidad. Un día en el que los brazos de la cruz se extienden a todos y lo recordamos en la oración de los fieles, llamada precisamente universal. Lo que rememoramos nos hace tener presente Tierra Santa, las dificultades de los cristianos que viven en ella y que cada vez se reducen más. Por eso, la Iglesia nos llama hoy a acordarnos de aquellas tierras en una colecta, como ya hizo San Pablo, en los inicios de la evangelización.

Pensemos también en nosotros, en cómo la idea de los dos travesaños de la cruz nos coloca como Jesús delante de Dios y delante del mundo. Nos coloca en la tensión del servicio a los demás y de la fe, con sus dificultades y sufrimientos. Podría ser una buena idea cuando vayamos a adorar la Cruz. Pensar en un Dios que se ha hecho hombre y se ha hundido en la tierra como el travesaño vertical para abrazar a toda la humanidad, con el travesaño horizontal, y llevarla hacia el cielo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (15 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de abril de 2022)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Espero y deseo estimados hermanos y hermanas que todos encontremos en nuestra agenda y en nuestro corazón, un poco del silencio necesario para dejar que todas estas palabras que hemos escuchado resuenen, arraiguen y den fruto en nuestros corazones. Son palabras que nos reclaman ese espacio interior, tanta es su profundidad y su fuerza.

Las lecturas que hemos leído confirman una idea que he querido hacer presente en estos días: la de la verdadera identidad de Jesús. Nada, ni siquiera la muerte en cruz, reservada a los delincuentes, esconde quién es él. De modo especial, en la lectura de la Pasión según San Juan que leemos el Viernes Santo, se nos muestra más claramente que Jesús de Nazaret clavado en la cruz es más que un hombre crucificado, aunque nunca deja de ser también un hombre crucificado.

Por un lado, ningún sufrimiento, ningún insulto, nada le es ahorrado y muere. Pero, por otra parte, Jesucristo domina la situación: fijaos, sino, en la fuerza que, en el momento que le detienen, tienen sus palabras: yo soy, que hacen que todo el mundo caiga al suelo; incluso domina la situación desde la Cruz: con la capacidad de confiar, mutuamente cuando ya ha sido crucificado, a su madre y a san Juan; y finalmente la serenidad de su muerte, sin gritos, sin quejas, sólo con un “todo se ha cumplido”, que nos adelanta que no estamos delante del final.

Habían crucificado a Jesús de Nazaret, el Rey de los Judíos, que se había presentado como un rey y mesías diferente. Quizás por eso, si ayer os hablaba de un amor que nos une en el recuerdo, la vida y la esperanza; hoy contemplamos un amor que resiste, que lo resiste todo. El amor de Dios se hace resistencia en Jesús crucificado, demostrándonos la capacidad de ir hasta el final, hasta el sacrificio de la propia vida en la coherencia de una misión que en Él une el ejemplo como persona y su mensaje como Evangelio.

Por eso resiste el Evangelio durante los siglos porque viene de quien ha aguantado en el amor los escarnios, los ultrajes y todo el mal que le ha venido encima, cuando él sólo pretendía darnos los instrumentos, las ideas y las claves para poder vencer personalmente y todos juntos ese mal, tan palpable en nuestro mundo, que, debemos reconocerlo, a veces se nos presenta tan o más resistente que el amor de Dios. Y si es verdad que el mal a veces se nos presenta más resistente que el amor de Dios, no lo es.

Y la prueba más clara de esto es la capacidad de los discípulos de Jesús para llegar todavía hoy a hacer el camino de la cruz, demostrando que Él nos hace participar de su resistencia al mal cuando nosotros también fundamentamos nuestra vida en su evangelio.

Tuve ocasión de participar la semana pasada en una oración que recordaba a los mártires de nuestro tiempo: eran hombres y mujeres concretos, jóvenes, mayores, con nombre y apellidos, de todo el mundo, que habían muerto en situaciones diversas, muchos de ellos murieron en el año 2021 y hasta este mismo 2022. Algunos habían sencillamente seguido su vocación hasta el final, atendiendo a enfermos de Covid e infectándose, otros habían sufrido directamente el odio religioso hasta la muerte contra los cristianos por parte de algunos fanáticos que nunca pueden ser representativos de ninguna religión o idea. Compartían todos el hecho de ser cristianos. Puedo aseguraros que la reflexión que me hice fue la de la actualidad de la cruz de Jesús en el mundo y de la validez de su mensaje que todavía hoy merece tener tantos testigos, que genera una fuerza tan grande de adhesión al amor, tan grande, que lo hace precisamente resistente. Y me hizo pensar si todas las modas que el mundo nos presenta y propone tienen algún crucificado que las valide, tal como nosotros tenemos a Jesús de Nazaret.

Quizás esta reflexión llevará a alguien de vosotros a pensar que eso que nos explica el P. Abad es sólo para los héroes, por las situaciones extremas y que ya veremos qué hacemos si nos llegan. Pero no. Una mujer conocida y cercana me comentó hace años que no entendía la cruz de Jesús. Se trataba de alguien profundamente cristiano, que había vivido ayudando siempre, coherentemente con su fe, yendo bastante más allá de lo justito para quedar bien. Sufriendo a veces para vivir de ese modo. Y pensé: ¿tú no entiendes la cruz si la vives todos los días?

Busquemos vivir el Evangelio y la cruz ya la encontraremos. Y cuando la encontremos, que nos guíe el amor resistente de Jesucristo y su ejemplo, ya que así y no de otro modo más espectacular, más directa o más rápida quiso salvar Dios al mundo, sirviéndose de su humanidad encarnada y aceptando todos sus límites.

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (15 de abril de 2022)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (2 de abril de 2021)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Mi misión es la de ser un testigo de la verdad, decía Jesús a Poncio Pilato. Y este le preguntaba: y la verdad ¿qué es?

Sí, hermanos y hermanas: y la verdad ¿qué es? Nos podemos preguntar como se lo pregunta tanta gente en nuestro contexto cultural tan dado al subjetivismo y tan atacado por las noticias falsas. Y la verdad ¿qué es? Jesús en el contexto del interrogatorio de Pilato no responde a la pregunta. Pero a partir del contexto de todas las palabras de Jesús, podemos responderla. Aquí la verdad no hace referencia tanto a la correspondencia objetiva de lo que se dice con la realidad de los hechos, como una palabra de la que te puedes fiar, una palabra fiel, que no falla ni decepciona. Jesús ha venido a ser un testigo de la verdad. Y podemos distinguir tres ámbitos de la verdad que testimonia. El primero es el de la verdad que es Dios, y de la verdad que es Jesús mismo desde el momento en que ha venido al mundo porque el Padre le ha enviado y que quien lo ve, él, ve al Padre (cf. Jn 12, 44-45). En un mundo lleno de incertidumbres, frágil y pasajero, tal como nos muestra cada día la pandemia de Covid, donde nada nos puede dar una seguridad plena y total, Jesús da testimonio de la verdad que es su palabra, de la verdad que es su amor que salva. Todo lo que ha predicado, todo lo que ahora está viviendo, desde su detención en el huerto de los olivos, en el juicio ante el Gran Sacerdote o ante Pilato, en la tortura y en la ejecución que vendrán, todo es para testimoniar la verdad del Padre y de su amor sin límites (cf. Jn 13, 1).

Jesús es testigo de la verdad de Dios. De un Dios lleno de ternura y por ello rico en misericordia. Pero, en un segundo ámbito, es, también, testigo de la verdad del hombre, de todo ser humano. De lo que cada hombre y cada mujer son a los ojos de Dios: creados por amor y revestidos de una dignidad inalienable. Dios no quiere la marginación de nadie, ni la explotación, ni la violencia, ni el asesinato, ni la muerte eterna. Por eso cuando Pilato presenta, a la gente que pedía la condena, a Jesús flagelado, coronado de espinas y con un ridículo manto de púrpura, les dice: he aquí al hombre. El hombre sufriente, el hombre marginado, el hombre humillado, el hombre abocado a la muerte. Jesús en su pasión y en su cruz toma sobre sí mismo todo el sufrimiento de la enfermedad, de la pobreza y de la marginación, de la violencia de tantas clases, los que tienen que emigrar o de huir, los excluidos y despreciados socialmente, de los que son víctimas de sus debilidades y de su pecado. También de cada uno de nosotros. Jesús es el hombre que toma sobre sí mismo todo el sufrimiento del mundo para vencerlo, para liberarnos. Es el hombre que enseña a amar sin condiciones, a perdonar generosamente, a dar la vida gastándose por Dios y por los demás.

En un tercer ámbito, Jesús es el testigo de la verdad de la historia. Él es el Señor, tiene la soberanía de la historia. Él es su centro, desde el momento que todo ha venido a la existencia por él y todo se encamina hacia él (Col 1, 15-16. 18). Y él, que ahora contemplamos tan débil y condenado a muerte, será el juez al final de la historia para vindicar los derechos conculcados a tantos hombres y mujeres del mundo, para pedir cuentas a los que hacen el mal, para examinar cómo habremos estimado ( Mt 25, 31-46) y para reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 3, 17-21; 12, 52). Aquellos que, por ser de la verdad, habrán escuchado su voz y habrán vivido amando y sirviendo como él.

Por eso sorprende tanto el grito de: fuera, fuera, crucifícale. No quieren escuchar el testimonio de la verdad. Les estorba, pone en cuestión sus convicciones demasiado humanas. Fuera, fuera no es sólo el grito de la gente ante Pilato cuando sospechaba que quería soltar a Jesús. También hoy, en nuestras sociedades, hay quien no quiere la presencia de Jesús. Unos lo ignoran porque no les interesa su persona y ni su palabra. Otros toman una actitud más o menos hostil porque la persona y la palabra de verdad de Jesús cuestionan su comportamiento. La vida y la enseñanza del Señor siguen siendo incómodas, provocativos, también hoy. El estilo de vida, los criterios, las urgencias, los afanes de poder y los intereses políticos o económicos de muchos en nuestra sociedad, topan con la verdad de Jesús. También los hay que se sienten incómodos con su pasión y su muerte, porque les recuerda que debe ser primero el amor plenamente gratuito y dado a los otros hasta el límite, les recuerda el valor de la humildad frente al poder, les recuerda la injusticia que es la condena de un inocente y la gravedad de matar por intereses inconfesables. La muerte de Jesús se hace incómodo, también, a algunos porque, atareados como están con sus cosas, sus negocios, sus vacaciones, sus evasiones, les recuerda que la muerte es insoslayable y todos tendremos que afrontar en un momento u otro. En cambio, los cristianos debemos continuar testimoniando que el Crucificado es el único que salva el mundo, que su muerte en la cruz ha vencido la Muerte y es fuente de vida y revelación de Dios, que en él está la respuesta a todas nuestras preguntas y a todos nuestros anhelos, que su soledad ha vencido todas las soledades. Él, elevado la cruz, transforma la muerte humillante e ignominiosa a que lo condenaron en una revelación del amor que quiere atraer a todos hacia él para llevar a todos hacia la plenitud (cf. M. Delpini, Homilía de vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 2019).

La cruz de Jesús hermana a quienes compartimos la fe cristiana. Por ello, el Papa Francisco pide, también este año, que, mientras hacemos memoria del gesto supremo de amor de Jesús en la cruz, nos acordamos de los cristianos que viven en Tierra Santa y en Oriente medio, los que han vivido, y viven, doblemente los efectos de la pandemia, porque la han sufrido ellos también y porque ha provocado la ausencia de peregrinos y, por tanto, la caída de puestos de trabajo y la falta de recursos en muchas familias, además de las situaciones precarias que algunos cristianos tienen debidas a la violencia o las sanciones económicas que afectan s algunas de aquellas tierras. Somos invitados, pues, hoy a hacer nuestra aportación a favor de estos hermanos nuestros en la fe.

En este Viernes Santo, agradecemos la coherencia y la verdad de la cruz de Jesús que lleva la salvación a quien lo acoge y que cura todas las heridas de los que se le acercan con fe. Si le abrimos el corazón y la inteligencia conoceremos la verdad y la verdad nos hará personas libres (Jn 8, 32). Conoceremos la verdad que es la realidad de Dios revelada por Jesucristo que comunica la plenitud de la vida verdadera. Y seremos libres, no tanto con una autonomía interior o con la libertad de movimientos, sino libres ante la mentira y la muerte y con capacidad para vivir, gracias a la acción del Espíritu Santo, en la comunión del Padre y del Hijo en un proceso creciente que culminará en la vida eterna que nos abre la cruz de Jesucristo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (2 de abril de 2021)