Domingo XXVIII del tiempo ordinario (15 de octubre de 2023)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (15 de octubre de 2023)

Isaías 25:6-9 / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14

 

Es bueno, sobre todo para quien viva habitualmente solo, o abrumado por las ocupaciones de la vida diaria, el ser invitado a una boda y compartir el gozo de una familia en un día de fiesta tan especial. Seguro que no nos viene de nuevo el hecho de haber sido invitados a una boda. Jesús, sensible a esta realidad, cuenta la parábola que acabamos de escuchar, donde un rey celebra la boda de su hijo y envía a sus hombres a avisar a los invitados, pero la respuesta no es la esperada.

Pienso que a propósito de esta historia, podemos afirmar también que el Señor, con toda la ilusión y generosidad, nos invita a una gran boda, a un banquete espectacular, a la fiesta de la Alianza de Dios con nosotros y haciendo un poco de “teoficción”- me lo imagino hoy preparando la lista de invitados, repasando el álbum de fotos de nuestra vida: «éste no puede faltar; ésta me haría mucha ilusión que viniera; con estos dos hace tiempo que hemos perdido el contacto, pero me gustaría reencontrarlos; ah! y no puedo olvidar a mis vecinos, que a pesar de ser algo pesaditos estarán contentos si cuento con ellos»… y así ir haciendo, ¡hasta invitarte a ti, a mí, a todo el mundo! Todos estamos invitados en el banquete del Reino.

Sin embargo, a los pocos días empiezan a llegar mensajes: “mira Señor, no podré asistir a la boda, tengo un compromiso inaplazable para ese día”; «gracias, pero tengo una reunión de negocios muy importante y no podré venir»; “lo siento, no voy a asistir a la boda porque hay invitados que no quiero ni verlos”… y el buen Dios, a pesar de sentirse desilusionado y decepcionado, no deja que nadie le agüe la fiesta ni le roben la alegría, y piensa: “peor para ellos, ellos se lo pierden” y manda que empiecen a repartir invitaciones a quienes menos lo esperaban: a los pobres desgraciados, a los aburridos de la vida, a los marginados, a los sin trabajo, a quienes rebuscan en los containers, a los que matan las horas en el bar, a los que no tienen a nadie que les recuerde, a los que quizás nunca invitaríamos a…

Empieza la fiesta y aquello está lleno hasta los topes. Llega gente que nunca había sido invitada a una boda como aquella: algunos visten sus mejores modelos, otros han ido a buscar ropa a Cáritas, a ver si los ponían elegantes… Gente joven, gente mayor, gente con dentadura perfecta y gente sin dientes… pero todos muy emocionados y con ganas de pasárselo bien. ¡El banquete está listo! Pero cuántos invitados que en su autosuficiencia se han excluido de la fiesta, cuántos no han sabido hacer propia la alegría de Dios, cuántos se han presentado sin el vestido de fiesta para celebrar la alegría del amor de Dios por ¡toda la humanidad!

El Reino de Dios que esperamos, que ya vivimos aquí “en primicia”, y que viviremos en plenitud un día, nos es presentado como un banquete, como hemos visto, y un banquete no es una bacanal despersonalizadora, ni tampoco un “buffet libre” donde hartarse sin medida, ni tampoco un “self service” de autopista para rehacer las fuerzas de una forma rápida y práctica. Un banquete es, ante todo, la iniciativa de alguien generoso que invita a sus amigos. En este banquete, más que lo que hay sobre la mesa, lo que importa son quienes están sentados a su alrededor, lo que les une y quien los une.

Los aficionados al cine posiblemente hayan visto “El festín de Babette” y recordaréis cómo aquella espléndida cena nace, casi de la nada, de la creatividad y el afecto agradecido de la cocinera francesa. En esta cena, las exquisitas viandas que se ofrecen son como un reflejo del espíritu de Babette, la cocinera: un espíritu delicado, detallista, generoso. En todo está presente su mano atenta y es ese espíritu el que abre a los comensales a la reconciliación y la amistad. ¿No es ésta la tendencia, la dinámica profunda, realizada en mayor o menor grado, de toda celebración, de toda fiesta?

Algo así deberá ser el Reino del Cielo de que habla Jesús. Un Banquete donde en todo se hace patente la mano creadora y generosa de Dios. El sueño de una gran mesa en la que se sienta toda la humanidad, toda la Creación, convocados por Aquel que nos ha amado desde siempre y que nos quiere ver unidos y reconciliados en el Amor para siempre.

Hermanos, la Eucaristía que estamos celebrando, es signo de este banquete del Reino, donde Jesús se nos da como alimento de nuestra alma. Todos somos invitados a sentarnos en la misma mesa en torno a Jesús, modelo de una humanidad nueva que nos libera de todo lo que hay de inhumano en el mundo y nos invita a hacer realidad los valores del Reino; a construir y a vivir ya desde ahora la fraternidad de los hijos de Dios; a sentirnos hijos de un mismo Padre, y revestirnos de Cristo para entrar en la fiesta y convertirnos en amigos y hermanos de todos los que han sido invitados como nosotros y con nosotros, a pesar de las diferencias y los recelos que podamos encontrar .

Si miramos cómo está el mundo, y más estos últimos días de crueles enfrentamientos entre judíos y palestinos, quizás lo encontremos poco realista y demasiado utópico todo esto. Sin embargo, “la paz es la única batalla que vale la pena librar” (A. Camus) “Seamos realistas, ¡pedimos lo imposible!» coreaba a la gente por las calles de París en mayo del 68. Sólo la bondad del Señor puede hacer posible lo imposible; sólo él nos puede sacar de nuestra indiferencia, acoger la invitación que nos ha hecho y trabajar ya desde ahora por un mundo más justo, pacífico y habitable. Abrimos nuestro corazón a esta invitación y a tantos hombres y mujeres que quizás ni saben que Dios les invita a participar de su amor.

Última actualització: 16 octubre 2023

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