Domingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (17 de octubre de 2021)

Isías 53:10-11 / Hebreos 4:14-16 / Marcos 10:35-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

El texto que nos acaba de proclamar el diácono nos presenta dos situaciones contrapuestas. La primera situación es doble: por un lado la petición que Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, hacen a Jesús para estar a su derecha y a su izquierda cuando sea glorificado; y por otro lado, la indignación que suscita en los demás discípulos la petición de los dos hermanos.

La segunda situación, es la respuesta de Jesús a la petición que le han hecho, una respuesta paradójica, ya que no sólo asegura a los hermanos que beberán el cáliz que él ha de beber, sino que manifiesta explícitamente cuál es el sentido último de su vida: «el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás, y a dar su vida como rescate por todos los hombres».

Habitualmente, al escuchar estas palabras de Jesús, pensamos fácilmente en su donación en la cruz y olvidamos que toda su vida fue entrega y servicio. En realidad, la muerte de Jesús, no fue sino la culminación de su «desvivirse» constante. Día tras día, dio todo lo que tenía: sus fuerzas, la sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor.

Por eso podemos decir, sin lugar a dudas que el centro de la Palabra de Dios de este domingo es un término arriesgado y que tiene poca prensa hoy y siempre. El concepto es: servir, ser servidor. Verbo y sustantivo que chocan con el deseo de sobresalir y de dominar, propios de la fragilidad del corazón humano.

La primera lectura, del profeta Isaías, comenzaba así: «El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento». Jesús mismo en el evangelio explicita el sentido de su misión. Recordemos de nuevo: «el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás y dar su vida como rescate por todos los hombres». Con estas palabras, nos ha dado la definición más bella que se pueda dar de Dios y de él, de Dios, sólo sabemos lo que hemos visto y oído de parte de Jesús. Dios es aquel que continuamente viene al encuentro del hombre, y viene como nuestro servidor, como aquel que da la vida. En palabras de un teólogo italiano, el P. Ermes Ronchi, «Dios es el que viene, el que ama y el que sirve al hombre».

Jesús afronta directamente el contenido de la petición y también de la reacción del resto de discípulos, ya que unos y otros, todos, por supuesto, querían ser los primeros aunque quienes lo manifestaran fueran los dos hermanos. Y les dice: «quien quiera ser grande, debe ser su servidor, y el que quiera ser el primero, debe ser esclavo de todos».

Esta explicación de Jesús sobre lo que significa ser los primeros encontrará su concreción en el lavatorio de los pies, antes de la cena pascual. Dios no lanza truenos, sino que se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada uno de nosotros, como lo hizo con los discípulos, para lavarnos los pies. Es desde esta posición, desde abajo, que Jesús lava y venda las heridas que el hombre de todos los tiempos tiene / tenemos en los pies que tan a menudo están cansados y llenos de llagas debido a las dificultades para trillar los múltiples y a veces difíciles caminos de la vida. Estar por encima aleja y distancia, en cambio Dios ocupa la máxima proximidad, ponerse a los pies de los que ama entrañablemente, es decir, de todos sin excepción.

Aunque, según la lógica del Evangelio, sentarse a la derecha o a la izquierda de Jesús significa ocupar también dos lugares en el Gólgota, en el Calvario, es decir seguir a Jesús en todos y cada uno de los momentos de su vida, tanto en aquellos momentos en que se manifiesta como la voz de Dios obrando prodigios y milagros, como cuando se encuentra absolutamente desarmado en la cruz. Estar a su derecha o a su izquierda querrá decir también beber el cáliz del que ama primero, del que ama sin condiciones ni cálculos. En la cruz encontramos la explicitación del amor hecho servicio hasta el final. Por eso, Dios lo resucitó como confiamos nos resucitará también a nosotros.

Hermanos y hermanas, Dios es el sembrador incansable de nuestras vidas, las enriquece con fuerza, paciencia, coraje, libertad, para que también nosotros, como él, seamos servidores de la vida. Empezando por los que tenemos más cerca. Y ese es el gran título de honor que tendrán los discípulos: «¡ven siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te daré mucho más. Entra en el gozo de tu señor » (Mt 25, 23).

 

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (17 de octubre de 2021)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (10 d’octubre de 2021)

Sabiduría 7:7-11 / Hebreos 4:12-13  / Marcos 10:17-30

 

No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que hoy hay en el mundo una gran pluralidad de pensamiento, de religiones, de sistemas políticos, económicos, filosóficos, científicos… Sobre todo, una confusión de ideas, pensamientos y actividades en las redes como nunca habíamos conocido. ¿Quién puede poner orden a todo esta confusión que hace que todo el mundo se pregunte, dónde está la verdad? Porque hay mucha gente que hoy se siente insegura, sin ningún punto de referencia, sin orientación firme.

La primera lectura nos da la respuesta: Encontrar la sabiduría. Es fácil decirlo. El sabio la buscó y al fin la encontró y no la cambiará por ninguna cosa valiosa de este mundo: ni oro, ni plata, ni ninguna sabiduría humana. Porque esta verdad sólo se encuentra en Dios. Esta sabiduría es la que han buscado los hombres desde el comienzo de tener uso de razón, y se ha ido plasmando en las diferentes religiones. Porque el hombre es un misterio entre la nada y el infinito. Cierto, el hombre es carne, pero tiene una aspiración infinita. Es mucho más que los irracionales. Buscar siempre superar sus conocimientos.

Una manifestación de la sabiduría nos la muestra la carta a los Hebreos: La Palabra de Dios, Jesús, es más cortante que una espada de doble filo, capaz de penetrar los pensamientos y las intenciones del corazón, porque es divina.

Esta sabiduría es desconcertante, como nos dice hoy el Evangelio. Nosotros, seres terrenales, pensamos como el joven rico. Nos basta cumplir la Ley de Dios, que es algo básico, pero que nos parece que no es suficiente, como lo indica la pregunta que el joven hace a Jesús: «Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la perfección? Jesús le dijo: Observa los mandamientos. Y él responde: Ya lo he hecho desde pequeño. ¡Admirable! Jesús se le miraría con afecto. Pero aún te falta una cosa: Si quieres ser perfecto, deja todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven conmigo a anunciar el Reino de Dios. Es decir, hazte mi discípulo. Pasa de la perfección humana a la divina. Esta exigencia era demasiado para él, sobre todo porque tenía muchas riquezas. Y Jesús le exigía confiar sólo en él. Y él tenía la seguridad en los bienes temporales. No se podía desprender de ellos. Hay que añadir, sin embargo, que no sólo las riquezas son bienes temporales, hay muchas otras riquezas: inteligencia, capacidades manuales o artísticas, matrimonio, posibilidad de hacer una gran carrera, de viajar, de divertirse, etc. y percibimos que cuesta de prescindir de esto, porque nos estimula.

Pedro, en nombre de los discípulos pregunta: » Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Podríamos añadir: ‘Esto es obra del Padre que os lo ha revelado, ya que nadie viene a mí, si el Padre no lo atrae’. Jesús había afirmado que «entrar en el reino de los cielos no es posible a los hombres, sino a Dios, que todo lo puede». Con todo, dice, esta sabiduría ya trabaja incluso en la tierra con el 100 x 1 de lo que se ha abandonado, pero, también, sufriendo adversidades, como Jesús mismo. Como él fue perseguido, también vosotros. Y Jesús acabó crucificado. Pero para resucitar, ser glorificado, y nos abrió el camino del cielo. 

La sabiduría de Dios, pues, exige relativizar las cosas de la tierra. Servirnos de ellas, pero sin perder nunca el destino final del hombre: el Reino que Dios nos tiene preparado desde la creación del mundo. Sólo teniendo como valor supremo lo que es eterno, podremos relativizar lo temporal; sólo amando lo que es infinito, podremos valorar lo que es finito; sólo teniendo a Dios en nuestro corazón, podremos menospreciar lo mundano. ¡Que Dios nos dé esta sabiduría!

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (10 de octubre de 2021)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (3 d’octubre de 2021)

Génesis 2:18-24 / Hebreos 2:9-11  / Marcos 10:2-16

 

Creer en Dios es importante pero lo decisivo es que Él cree en cada uno de nosotros. Por eso no deja de dirigirnos su palabra recordándonos lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor fiel.

Los fariseos, para probar a Jesús, le proponen valorar la cuestión del divorcio. Jesús, para liberar la Ley de las acomodaciones interesadas, les habla del valor del amor original que es la fuente de la fecundidad de las relaciones humanas.

La respuesta que Jesús da a los fariseos, antes que nada, libera la mujer de la sumisión injusta al marido recordando su igualdad e idéntica dignidad según el relato del Génesis bien entendido, al que el Señor se refiere y hoy hemos escuchado en la primera lectura. La mujer no está atada al hombre como una pertenencia más de su hacienda para que éste pueda sacarla de su casa según le parezca amparándose en una legalidad de bajo perfil. El esposo está unido a la esposa y la esposa al esposo formando un todo humano y espiritual compartido.

En la segunda parte del fragmento evangélico de hoy, cuando los discípulos preguntan otra vez al respecto, Jesús, dirigiéndose a ellos, les responde limpio i claro: desligarse de la promesa de fidelidad al amor libremente hecha ante Dios, es adulterar la calidad de este amor que Dios ha bendecido y santificado convirtiéndolo en embajador de su Buena Nueva. Porque ¿qué es un matrimonio cristiano sino dos apóstoles que caminan unidos anunciando, con su vida conyugal y familiar, la realidad viva del Reino de Dios? Las actitudes que deterioran este amor no dejan de debilitar el testimonio de la autenticidad de su vida y de su fe.

A juzgar por las estadísticas podría parecer que no es posible vivir la fidelidad del amor conyugal. La catequesis mediática del «nada es limpio, todo vale y todo el mundo lo hace» en que nos encontramos rodeados, a pesar de parecer «muy liberadora», en realidad nos lleva más tristeza y dolor que placeres y alegrías. Pero las estadísticas no pueden desmentir la fidelidad que perdura en tantos matrimonios que continúan hoy manifestando la realidad del Reino Dios por medio de su amor fiel, que es reflejo del amor fiel de Dios por todos los hombres.

¿Se puede llegar a 50 o 60 años amándose en fidelidad y no morir en el intento? Lo he preguntado a muchos matrimonios y más o menos, con mirada de niños grandes, con una cierta socarronería y un punto de buen humor, me han respondido prácticamente igual: «Padre: ceder, ahora uno ahora el otro, para ganar los dos, aquí está el secreto «. La sabiduría de la experiencia no se debe menospreciar; ceder en lo secundario en beneficio de lo esencial, ceder, ahora uno, ahora el otro, para ganar los dos. Ceder, sin claudicar, estirar sin llegar a rasgar, es la manera de persistir en lo esencial, es una forma sana de aprender a negociar, a pactar, a respetar que, al fin y al cabo, esto es, en la convivencia humana, amar.

El evangelio termina con el relato de los niños acercándose a Jesús. El Reino de Dios, nos decía el Señor, es para quienes se hacen como los niños. Cierto: el Reino de Dios es para los que se hacen como los niños, pero no es un juego de chiquillos. El camino del amor fiel es toda su hoja de ruta. Porque el camino de la fidelidad mutua es un camino de conversión, de ceder sin claudicar, de estirar sin rasgar, un aprendizaje que nos hace pasar de ser una carga que se arrastra a ser un don que ayuda a ir adelante. Si nos acercamos a Jesús, no con prejuicios sino con confianza, como un niño busca el abrazo del padre y de la madre, su palabra de vida traerá paz a nuestro corazón, nos acompañará siempre y su presencia amorosa no nos dejará de recordar lo esencial y vital para nuestra realización plena como personas y como comunidad: El amor y la fidelidad. El amor sin fidelidad es egoísmo, la fidelidad sin el amor sería esclavitud. Sólo el amor fiel nos puede hacer capaces de desatarnos de la esclavitud del egoísmo y abrirnos a la libertad fecunda del amor de Dios. De hecho, es lo que cantaba en nuestra Escolanía en el versículo del aleluya que acompañaba la procesión del evangelio: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». No faltará nada si cabe todo el mundo.

¡Vean ustedes si puede ser de efectivo creer en Dios! Pero lo decisivo sigue siendo que Él cree en cada uno y cada una de nosotros.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (3 d’octubre de 2021)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (26 de septiembre de 2021)

Números 11:25-29 / Santiago 5:1-6 / Marcos 9:38-43.45.47-48

 

Estimados hermanos y hermanas,

P. Damià RoureEn el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús nos hace sentir su fidelidad que no sólo tiene en cuenta A los que le siguen de cerca sino que manifiesta un gran respeto para cada persona. De una manera especial, aprecia a quienes ayudan a los demás, aunque sea con un trozo de pan o con un vaso de agua a quien lo necesita.

Por eso Jesús desea que tanto los apóstoles, como cualquier persona, y nosotros también, actuemos por el bien de todos. Así Dios ama al que da algo a quien lo necesita, ya sea una persona conocida como si no lo es.

Nos propone, pues, tener un espíritu sin fronteras y sin barreras, que nos lleva a descubrir, tal vez poco a poco, lo que hay de bueno en cada persona. Todo el mundo desea ser reconocido y tratado de manera normal, sin actitudes rígidas ni parciales. Preguntémonos sinceramente si, según nuestras posibilidades, podemos ayudar a los que lo necesitan. De esta manera compartimos con Jesús su manera de actuar para el bien de cada persona.       

Incluso en las cosas más pequeñas, Jesús nos anima a tratar bien a todos. Es bueno dar un vaso de agua a quien lo necesita, ya sea cristiano como si es una persona bien alejada de nuestra fe. Es la forma en que actuaba Jesús y que, gracias a los evangelios nos podemos hacer cargo, si lo leemos o escuchamos. Por eso nos hace tanto bien de conocer como Jesús hablaba y actuaba, y como lo hacía con naturalidad y sinceridad. Incluso, si tenemos puntos de vista diferentes de lo que tienen otras personas, en el Reino de Dios no hay enemigos, y lo mejor que podemos hacer es respetar a todo el mundo. 

Podemos apreciar también las actitudes positivas de muchas personas que no siguen nuestra fe cristiana, pero que mantienen en su corazón, y en su manera de vivir, un respeto para todos.            

En todo caso, debemos evitar cualquier malevolencia. Si lo pensamos bien, lo que queremos conseguir es vivir con una actitud positiva para el bien de todos: una manera de hacer que sea capaz de ayudarnos no sólo entre nosotros, sino también con todo el mundo. Y es cierto que muchas personas, en un momento dado, descubren en las palabras y las actitudes de Jesús una ayuda que les orienta y fortalece.               

Santiago en la segunda lectura: nos decía que no nos podemos fiar de nuestras riquezas, porque pueden oxidarse. Lo cierto es que Jesús ha querido liberarnos de muchas pequeñeces, actuando siempre a favor de todos, con un espíritu universal. Que sepamos seguir nuestro camino, a la manera de Jesús, con un espíritu amplio y abierto, mejorando siempre, si es necesario, nuestra manera de ser y de actuar, con un espíritu siempre ancho y abierto. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (26 de septiembre de 2021)

Domingo XXV del tiempo ordinario (19 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (19 de septiembre de 2021)

Saviesa 2:12.17-20 / Jaume 3:16-4:3 / Marc 9:30-37

 

Entre nosotros está muy arraigada la costumbre de emplear la palabra «servidor» como una fórmula de cortesía para designarse a sí mismo: lo podemos oír en las tiendas cuando piden tanda o preguntan a quién toca, lo sustituimos por nuestro nombre si alguna vez debemos leer en público, y consideramos que es más educado decir «servidor» que un simple «yo» cuando nos llaman por el nombre. Y además, es una costumbre que tiene una raíz muy cristiana: si soy cristiano, soy servidor. Vamos a verlo.

Estos domingos estamos recorriendo la narración de San Marcos correspondiente a la última subida de Jesús a Jerusalén, antes de su pasión y muerte. Según el texto, durante este trayecto Jesús anunció tres veces como sería su fin, y hoy nos ha sido proclamada la segunda: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará», decía el texto. Jesús no murió de mayor, en una cama y rodeado de los suyos. Jesús tuvo una muerte martirial, como Juan Bautista, porque no fue comprendido ni bien acogido. De hecho, ni sus mismos discípulos no acababan de comprender, porque pensaban que instituiría un reino como los de la tierra. Y por eso discutían sobre quién sería el más importante. Pero Jesús, haciendo uso de la paciencia y amor que predicaba, cuando llegaron a casa se sentó con ellos y se lo volvió a explicar: no se trataba ni de cargos, ni de poderes, ni de autoridades. Se trataba de servicio. Jesús vivió la vida como un servicio a los demás, y ellos tenían que hacer lo mismo y reconocerlo a él en los más débiles y humildes, y no en los fuertes y prestigiosos. Jesús todavía tenía que lavar los pies a los discípulos, y ellos todavía tenían que entender mejor.

La eucaristía que estamos celebrando es la prolongación de esta casa en la que Jesús se sentó con los doce para instruirlos. Es la continuación de aquel día que Jesús lavó los pies, como si fuera un sirviente, a sus discípulos. Porque hoy, aquí y ahora, es el mismo Señor resucitado quien nos instruye con las mismas palabras que instruyó a los que no lo habían entendido. Y la lección de vida cristiana que nos da es muy clara: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Ser cristiano no consiste sólo en la repetición de unos rituales o de unas costumbres, o en venir a Misa cada domingo. Ser cristiano es una manera de hacer el camino de la vida, una manera de ser hombre y mujer: consiste en vivir la vida sirviendo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Ser cristiano es encontrar en el servicio a los demás el sentido de la propia existencia, dándose y dándolo todo por amor. Y por eso les puso el ejemplo de un niño: parece ser que en el arameo que hablaban Jesús y los discípulos podía haber un juego de palabras, ya que la misma palabra o una muy parecida servía para llamar un «niño «y un» sirviente «o criado (como en catalán podría pasar con la palabra» muchacho «o» criada «). Y en ese tiempo, el sirviente era el encargado de acoger al que llegaba: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado». Al final, se trata de acoger a Dios a través de su palabra que ponemos en práctica. Por ello cabe preguntarse hoy si entendemos la vida como un servicio, o como una escalada que nos debe hacer llegar a alguna parte, o ser «alguien”… ¿Trabajo para ganar dinero, o para servir mejor a los demás? De la respuesta que demos dependerán muchas cosas, pero al final lo que cuenta es que sepamos convertir todo lo que hacemos en la mejor manera de servir a los demás. Ojalá que, si un día nos preguntan quién es el que al menos lo ha intentado, podamos responder diciendo: «Servidor».

 

Abadia de MontserratDomingo XXV del tiempo ordinario (19 de septiembre de 2021)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de septiembre de 2021)

Isaías 20:5-9a / Santiago 2:14-18 / Marcos 8:27-35

 

Queridos hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar, en la versión de San Marcos, cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías. Nos es más conocida la versión de San Mateo, más desplegada y coronada con el anuncio que hace el Señor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero el texto de hoy no incluye ninguna promesa sino, al contrario, una prohibición de hablar.

Esta versión de hoy, más antigua, contiene, sin embargo, igualmente la reprensión que Jesús hace a Pedro. El apóstol, con la candidez de quien quiere dar lecciones, se resiste a admitir que el mesianismo de Jesús no pasa por un triunfo humano, sino por el sufrimiento de la cruz y la gloria de la resurrección. Jesús es contundente: lo trata de Satanás, es decir, de adversario, de quien pone obstáculos al plan de Dios. Al apóstol no le quedó más remedio que callar y escuchar lo que Jesús dirige a todos: «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Tomar la propia cruz. Nos es pesado, hacerlo. Cuentan que uno de los llamados Padres del Desierto se quejaba de la peso de su cruz. Un ángel le condujo a una estancia donde había cruces de todas las dimensiones y pesos. El asceta las fue probando una por una diciéndose interiormente: «Esta, no… Esta, tampoco… Esta!». Finalmente había encontrado una que le gustó y se la quedó. El ángel le dijo: «Era la tuya …».

Como vemos, acompañar a Jesús en el camino de la cruz es condición esencial para ser discípulo suyo. No quiere decir que sólo los discípulos de Jesús tenemos cruces, porque sufrimiento, poco o mucho, todo el mundo tiene. Los seguidores de Jesús nos distinguimos porque somos llamados a tomar la cruz y creemos que Dios nos ayuda a cargarla. San Lucas añade el matiz «tomarla cada día», porque de una manera u otra siempre tenemos que seguir tras Jesús.

Nos podríamos preguntar si este seguimiento excluye todo tipo de felicidad en este mundo. No, si Jesús asumió la cruz es porque la confianza absoluta que tenía en la bondad del Padre le hacía tomar con él los sufrimientos humanos. Había, en el término de todo, la resurrección. Quizás sea más fácil decir esto, en cambio, es más difícil hacerlo nuestro. Pero si nos reunimos para escuchar y asimilar la Palabra de Dios, y especialmente el Evangelio, es porque sabemos que aquí encontramos el fundamento de nuestra esperanza.

En esta situación también vale el matiz de San Lucas «cada día», porque forma parte de la identidad cristiana saber que cada día es una nueva oportunidad para aumentar nuestra esperanza. Y junto con ella, la fe y la caridad que le son inseparables.

La pandemia nos ha enseñado muchas cosas. Y nos ha mostrado que la capacidad humana de hacer el bien no tiene límites. Yo te invitaría, por ejemplo, hoy que esta basílica vuelve a tener su aforo normal, hoy que comienza una etapa en la Escolanía con el ingreso de ocho niños cantores, os invitaría a saber valorar todas las novedades que cada día el Señor nos ofrece: en la propia vida, en la propia familia, en la propia comunidad. Es lo que nos decía hace una veintena de años un abad extranjero: saber volver la gracia de los comienzos, y algunos monjes nos acordamos.

Tengamos, pues, esta capacidad cristiana de asumir cada día la cruz y a la vez de enriquecernos con la esperanza de empezar cada día con la confianza de que Dios guía nuestro presente y nuestro futuro. Es realmente una gracia.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Domingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Isaías 35:4-7 / Santiago 2:1-5 / Marcos 7:31-37

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

Según los relatos bíblicos, al inicio de los tiempos, cuando Dios creó el cielo y la tierra, un buen día, el Señor se agachó, cogió polvo y formó al hombre y la mujer. Así fue dando forma a su creación más preciada. Con sus manos divinas hizo las orejas y les dio el sentido del oído, hizo la lengua y le dio la capacidad de hablar. Finalmente, hizo descender sobre ellos el aliento de vida y les mandó que fueran fecundos y se multiplicaran, que llenaran la tierra y la dominaran.

Así «Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, creó al hombre y la mujer» (Gn 1, 28). También en nosotros, como descendientes y herederos de Adán y Eva, hay inscrita en nuestro corazón la imagen y semejanza de Dios. Nuestra existencia no es fruto de la casualidad o del azar. Nuestra existencia es fruto del amor y de la voluntad de Dios. Y todos llevamos dentro esa chispa de la divinidad que nos hace hijos de Dios y nos llama a compartir en plenitud la vida divina.

Esta imagen divina que llevamos en nuestro corazón se convierte en aquel icono que hace presente a Dios en medio del mundo. Es aquel icono que nos abre a la trascendencia y nos dice que la humanidad siempre necesita y necesitará de Dios. Y precisamente por este motivo, el icono de Dios a menudo es rechazado. La humanidad está obcecada en construir un mundo sin Dios. Pasa entonces, lo mismo que pasó en el Gólgota: cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó. Ahora también: cuando eliminamos a Cristo de nuestra vida, su imagen queda rasgada.

Vivimos en una sociedad que podríamos llamar neoiconoclasta. Nos da miedo abrirnos a la trascendencia y nos da miedo abrirnos a Dios. Por eso, la mejor manera de rechazarlo es eliminar los iconos que lo hacen presente en medio del mundo. Y el gran icono de Cristo que es su Iglesia, a menudo rechazada, debe gritar desde su corazón: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? ¡Respóndeme! ».

Sustituimos el icono por el ídolo. Si el icono es la imagen que nos lleva hacia la trascendencia y hacia Dios, el ídolo es aquella imagen falsa que nos refleja a nosotros mismos y nuestro pecado. En vez de mirar hacia Dios, miramos hacia nosotros. Y es entonces cuando la vida deja de tener sentido y perdemos el fundamento de nuestra existencia. Nos construimos nuestros propios dioses, hechos a nuestra propia imagen y semejanza. Unos manantiales que tienen boca pero no hablan, oídos que no oyen. Y nosotros, lejos de Dios, corremos el riesgo de convertirse en sordos y mudos ante la fe.

Pero como decía el profeta Isaías en la primera lectura: «Decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis». Es Dios mismo que nos viene a salvar. Cristo viene a devolvernos la imagen y semejanza que había quedado oscurecida. Al igual que al inicio de los tiempos, Dios se inclinó y creó al hombre y la mujer, ahora, como hemos visto en el Evangelio, Cristo se agacha de nuevo y con el mismo polvo de los inicios restaura la imagen divina que se había rasgado.

Todos nosotros somos aquel sordo que casi no sabía hablar y que Cristo se encontró por el camino. Todos nosotros necesitamos que Cristo nos toque de nuevo y nos devuelva el oído y el habla para oír y proclamar la Palabra de Dios. Sólo Cristo puede hacerlo, él que es la verdadera imagen del Padre y ya estaba presente cuando Dios creó el mundo. Sólo Cristo puede salvarnos.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXIII del tiempo ordinario (5 de septiembre de 2021)

Domingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Deuteronomio 4:1-2.6-8 / Santiago 1:17-18.21b-22.27 / Marcos 7:1-8a.14-15.21-23

 

Habitualmente, en el Evangelio, los fariseos y los maestros de la ley, quienes se consideran representantes y guardianes de la verdadera fe, aparecen para controlar las palabras y las acciones del Maestro de Galilea. En esta ocasión, los fariseos critican a Jesús y a sus discípulos por no lavarse las manos antes de comer, transgrediendo una tradición, y haciéndose impuros a sus ojos. La respuesta de Jesús es atronadora: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

En el mundo griego, el hipócrita es el actor, el que hace un papel, el que lleva una máscara. ¿Y por qué algunos fariseos y maestros son acusados ​​de actores por Jesús? Porque con sus labios dicen una cosa, pero en sus corazones viven otra; se aferran a una pequeña regla por fuera, pero no hay amor en sus corazones. Parecen piadosos y devotos, pero por dentro son malvados, sin misericordia.

Las palabras más duras de Jesús en el Evangelio son precisamente contra los que se muestran como creyentes pero luego en realidad no lo son; quienes utilizan la religión y el nombre de Dios para el propio beneficio, para atraer apoyos sociales, para mostrarse como creyentes y dignos de confianza, pero que con sus opciones de vida son escándalo para los que sinceramente quieren seguir a Dios.

¿De qué sirve observar todas las tradiciones y normas, incluso las más pequeñas e insignificantes, si esto sólo sirve para mostrar a otros un sentido de superioridad religiosa y quizás convertirlo en motivo de orgullo, juicio, condena, sin, por otra parte, estimar profundamente lo que se profesa con los labios?

¿De qué sirve decirse cristiano porque se va a misa todos los domingos, se sigue el Catecismo al pie de la letra, se observan todas las disposiciones litúrgicas, se conocen todos los rituales sacramentales a la perfección, si esto sólo sirve para juzgar, para criticar, para sentirse mejor que los demás?

Esta es precisamente la hipocresía de la fe, cuando la vida religiosa se reduce al cumplimiento de unas reglas que no tocan el corazón ni la vida real, y la vida religiosa se convierte en una serie limitada en el tiempo de unos pocos gestos religiosos, pero no se convierte en una sentida opción de vida.

Pero también está el lado contrario, los que reducen la fe a dos o tres preceptos para tranquilizar la conciencia y sentir que ya han cumplido: ir a misa una vez al año, una limosna ocasional, una señal de la cruz a toda prisa, encender una vela de vez en cuando… y listo. Son aquellos que dicen: yo y Dios ya nos entendemos, no necesito que nadie me diga qué tengo que hacer; todo esto son cosas de mayores, ahora no tengo tiempo; quizás más adelante… En el fondo, no hay una inquietud religiosa. Para estos, Dios no interesa.

Ambas posiciones son el resultado de la indiferencia. Los primeros se han acostumbrado a vivir la religión como una práctica externa o una tradición rutinaria, que no toca el corazón. Los segundos no es que hayan tomado la decisión de apartarse de Dios, pero de hecho su vida se ha ido alejando.

Es evidente que estas actitudes se deben a la falta de cuidado de la vida interior: sólo si empiezo a bajar día a día a mi corazón podré reconocer mis tendencias oscuras, los sentimientos y pensamientos negativos a los que doy cabida o que me condicionan en las mis acciones, descubriendo que tengo necesidad de Dios y de su perdón.

Porque, ¿qué es lo que realmente hace a la persona impura, es decir, no disponible para Dios? Las cosas que salen de su corazón. Por eso, Jesús no se opone a la Ley, sino que la profundiza, va a la raíz del mal: el corazón. Jesús vino a cambiar nuestros corazones por medio del don del Espíritu Santo en nosotros, que nos transforma, nos cambia, en la medida que roguemos y luchemos contra las inclinaciones erróneas. Nuestra vida no cambia poniendo normas, renovando la casa, cambiando de look… sólo cambia si cambia nuestro corazón, y ¡sólo Dios puede cambiar nuestro corazón! Y entonces seremos libres para amar y para afrontar cualquier situación, incluso la más dolorosa.

Jesús realmente vino a la tierra como un hombre, y no representó un papel. Nuestra fe nos enseña que Él, como verdadero hombre y verdadero Dios, quiso enseñar a la humanidad que Dios no es una serie de acciones exteriores momentáneas, sino una elección profunda que cambia la vida real de uno y el mundo real.

Hermanos y hermanas,

Jesús quiere realmente que seamos libres, plenamente responsables ante Dios y ante nuestros hermanos, con plena conciencia de nuestras acciones y opciones. Jesús vino a darnos el Espíritu Santo, para superar nuestra incapacidad de amar, para superar estas contradicciones que tenemos en el corazón.

Todos necesitamos dejarnos curar, transformar por Dios, para estar verdaderamente disponibles para Él. A esto quiere llevarnos Jesús. Esto es lo que vino a hacer, como nos prometió: Os daré un corazón nuevo, pondré un Espíritu nuevo dentro de vosotros.

 

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Domingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Homilía del P. Valentí, monje de Montserrat (22 de agosto de 2021)

Josué 24:1-2.15-18 / Efesios 5:21-32 / Juan 6:60-69

 

Estimados hermanos y hermanas:

Todas las lecturas de este domingo nos hablan de Eucaristía, de libertad, de fidelidad, de confesión de fe y de alianza matrimonial.

La primera lectura que hoy nos ha sido proclamada es la Alianza de Siquén, bajo la montaña del Garizin, hoy el pueblo de Nablus. Josué, el ayudante y sucesor de Moisés, mantiene un diálogo con todas las tribus de Israel, con sus dirigentes, jueces, ancianos y magistrados. Él con su autoridad los exhorta a creer sólo en Dios y les pide que dejen los otros dioses que sus padres habían adorado cuando estaban en la región occidental del Éufrates y en Egipto. Josué sabe que desde el paso del Mar Rojo, el Pueblo de Israel es libre, por lo que los hace escoger; ¡No hay de ninguna manera un término medio!: «Él y su Familia han decidido adorar al Señor!». La libertad, en primer lugar, los obliga a tener que escoger, a tener que elegir donde ponen su esperanza. Y el pueblo de Israel elige el Señor: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses!». Hoy día queremos ser libres del todo, pero nos cuesta elegir, nos cuesta tomar decisiones firmes, contundentes, radicales y para siempre. Se nos hace muy difícil de entender que el camino de la vida y el camino Cristiano, implican una firmeza, un decidirse constantemente. Nos da miedo elegir una opción que significa eliminar otras, pero la vida es así y esto es avanzar. Desgraciadamente, la opción contraria, es quedarse en un estado de adolescencia permanente. O aquella persona nerviosa que busca en todo y para todo una fecha de caducidad, un código de barras de finitud.

En la segunda lectura, de la carta a los Cristianos de Éfeso, se nos habla del matrimonio, que es una opción libre, un compromiso, una alianza de Amor recíproca, y también, de sumisión mutua, de estimación y amor total de los dos esposos. Es siempre una libertad total, y no es auténtica libertad total si no va acompañada de la fidelidad y de la responsabilidad mutua. Si hay verdadero Amor, no hay ni primero ni segundo, hay solamente un Matrimonio, una Familia Cristiana, una escuela de Amor, una escuela de servicio. El apóstol San Pablo, llega a comparar a un «gran misterio» esta estimación total. «Cristo es la Cabeza y Salvador de la Iglesia, que es como su cuerpo». Como una sola familia, y un solo Amor recíproco, del Cristo y su Iglesia.

El Evangelio que el Diácono nos ha proclamado, es el epílogo final del capítulo sexto de Juan, el Pan de Vida. Encontramos a Jesús en la ciudad de Cafarnaúm a la orilla del lago de Tiberíades en la región de Galilea. Jesús en medio de la multitud pide a todos sus seguidores, (Apóstoles, Hombres y Mujeres, Maestros de la Ley y Curiosos), su fidelidad total a Él. Pero sus Palabras, que son espíritu y son Pan de Vida, y que es Don del Padre el reconocer a Jesús como Señor, abocan a muchos discípulos a una situación de crisis, de abandono. Encuentran incomprensible su lenguaje de exigencia personal. Seguían al Maestro exteriormente, pero no habían llegado a admitirlo interiormente. Jesús muy consciente de la grave situación interroga a los mismos Apóstoles con una pregunta decisiva, trascendental y crucial: «¿También vosotros queréis marcharos?» Ahora toca a todos decidirnos, elegir,  elegir con libertad, ¡se trata del todo o nada! Simón Pedro toma la Palabra en nombre de toda la Iglesia de ayer, hoy y siempre, y hace su sincera, humilde y confiada profesión de FE con Palabras del Pescador: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Palabras simples que manifiestan una gran confesión de Fe. Ser seguidor de Jesús hoy, supone mantener firmemente los propios criterios ante la general incomprensión e incluso ante el desprecio activo social.

Hermanos y Hermanas. Las lecturas de hoy nos llevan y nos han preparado el camino hacia la Eucaristía, la gran acción de gracias que estamos celebrando. Participemos pues activamente de la Mesa del Pan de Vida que es comer su Cuerpo y beber su Sangre, prenda y esperanza, de vida eterna hacia la que todos tendemos. Que Jesús- Sacramentado sea nuestra fuerza, nuestra generosidad y nuestro Amor Liberador. Amén.

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Domingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (8 de agosto de 2021)

I Reyes 19:4-8 / Efesios 4:30-5:24 / Juan 6:41-51

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar un fragmento del capítulo sexto del Evangelio de San Juan, al que los entendidos llaman el discurso del pan de vida. Este discurso comienza con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, dando de comer a una multitud, al igual que Dios hizo en el desierto con su pueblo, y después de cruzar el mar. En él se nos presenta a Jesús como el verdadero pan del cielo, un término que el Antiguo Testamento utiliza para el maná, y del que la humanidad, no sólo el pueblo de Israel, debe alimentarse por la fe. Él es el medio por el que llega la vida de Dios al mundo. En el fragmento que hemos oído hoy el Señor revela el sentido de la vida cristiana y cómo este es el fruto, no tanto del esfuerzo de cada uno de nosotros, como de dejarse atraer por Él.

Los judíos habían puesto en duda el papel de Jesús como enviado de Dios, señalando su humanidad: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». ¿Quién les podría reprochar su incredulidad? Pero Jesús les responde a partir de las Escrituras e indicando la necesidad de la intervención del Padre en el origen de la fe. Reconocer a Jesús es entrar en el misterio divino, lo que no puede realizarse sin la iniciativa de Dios.

Dice el Evangelio: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.» Ir a Jesús es lo mismo que creer en Jesús. Con estos términos se describe la fe como una relación, como acercarse a una persona. A Jesús lo encontramos en la lectura del Evangelio, en la Eucaristía, en los hermanos, pero el creer es más que verlo: hay que acercarse a Él, hay que dar el paso de la fe, hacerse amigo, porque «ir a él» es aceptar la invitación de Dios.

Puede parecer más natural o más fácil buscar en otro lugar el sentido de nuestra vida, en certezas aparentemente más sólidas, más inmediatas o que creemos que dependen únicamente de nosotros mismos. Pero, en realidad es una ilusión, todos conocemos las limitaciones y la fragilidad de las cosas humanas. Es mucho mejor confiar en Dios, que ha escogido la finitud para manifestar el infinito, que ha escogido las palabras de un hombre para manifestar su Palabra.

No hay necesidad de esfuerzos sobre humanos para comprender las cosas del cielo. Quien desee conocer a Dios debe conocer a su Hijo. Quien quiera comprender el misterio de Dios, basta que lea el Evangelio. Quien se deja atraer por el Evangelio se deja atraer por Dios y recibe un alimento que no muere; un amor que no traiciona, sino que dura eternamente y es capaz de transmitirnos la vida que dura para siempre.

Alimentarse de Cristo significa saber acogerlo en la propia vida y dejar que su Palabra se convierta en la energía que alimenta nuestras acciones, los pensamientos y las palabras y dirige toda la voluntad hacia la voluntad de Aquel que quiere que seamos como Él en todas las cosas, que seamos verdaderamente santos.

En Jesús la vida encuentra la satisfacción de sus necesidades, porque Él es la respuesta a lo que se encuentra en el fondo de toda búsqueda. Jesús es el verdadero pan de vida, y no el maná del desierto. La diferencia entre ambos se encuentra en sus consecuencias, la muerte o la vida.

Hermanos y hermanas, el pan ofrecido en el desierto a Elías, agotado por la fatiga y deprimido por el deseo de muerte, se convierte para nosotros en un símbolo del «pan de vida» que es Jesús. El agua ofrecida junto con el pan se convierte para nosotros en un símbolo del don de la vida eterna, del don del Espíritu Santo. Como Elías, caminemos hacia la montaña de Dios, el Horeb de la presencia del Padre que nos espera a todos para la comunión eterna con Él.

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Domingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (1 de agosto de 2021)

Éxodo 16:2-4.12-15 / Efesios 4:17.20-24 / Juan 6:24-3

 

Hoy, la Liturgia nos trae un tema único: la separación del Reino de Dios del reino del mundo. No opuestos, sino independientes. «No se puede servir a Dios y al dinero» y «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

Hoy, la cultura del bienestar, de las instalaciones y de la comunicación nos empuja en la dirección fácil, pero de esclavitud: hacia abajo, y nos hace olvidar la dirección hacia arriba, de libertad, hacia Dios. Y no se trata de negar la bondad de los medios modernos que favorecen la independencia de la vida, sino de no quedar absorbidos, subyugados. Jesús no se negó a participar en actos humanos, pero su misión fue la de enseñarnos a buscar a Dios, sobre todo. Y esto lo ha olvidado la cultura actual. Es más, se opone. Y con ello deforma la imagen del hombre, que es cuerpo y espíritu. Es terrenal y destinado al cielo. De lo contrario, ¿qué sentido tiene la existencia? ¿Ser como los animales? ¡Creo que somos algo más!

El texto del Éxodo presenta al pueblo pidiendo comida en el desierto, y Dios les concede un pan y una comida inesperados, pero los pone a prueba exigiéndoles recoger sólo para cada día. Quiere que reconozcan su dependencia, que él tiene providencia de su pueblo. Es decir, quiere que crean en él.

San Pablo nos dice que los creyentes no podemos vivir como los paganos que no conocen a Dios, que viven volcados a las cosas corruptibles; que «Cristo os ha enseñado… a renovaros en la mente y en el espíritu. Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas». Es necesario, pues, que tengan conciencia de que son hijos de Dios y que lo demuestren con su vida, que sean hijos de la luz y no de las tinieblas, a fin de que quienes los vean glorifiquen al Padre del cielo. Están en el mundo, pero no viven como el mundo. Que somos caminantes hacia el cielo.

En el Evangelio vemos que la gente busca a Jesús entusiasmada, porque les ha dado pan multiplicado milagrosamente. Pero Jesús les pide que busquen el pan que no se estropea y da vida eterna. ¿Qué pan? Es necesario que crean en aquel que Dios ha enviado, que es el que realmente ha bajado del cielo; no como el pan que dio Moisés en el desierto. Y este pan es él mismo. Él es el pan que da la vida verdadera y satisface plenamente el hambre; y él, quien también apaga la sed con el vino de su sangre. Es decir, Jesús apunta a la dimensión del hombre destinado a la vida eterna, pero hay que tener fe en él. Y eso, evidentemente, conlleva renuncias, no en la dimensión material, sino a la esclavitud de estas cosas. Hay que usar de ellas, pero usarlas bien, nunca abusando. Hay que ser señores y no sirvientes de ellas. Hay que ser libres y no sus esclavos. Es seguir el camino estrecho que lleva a la vida eterna.

Si tuviéramos presentes los miles de toneladas de comida que anualmente se tiran en los países ricos, por su mal uso, quizás los pobres no pasarían tanta hambre. Si fuéramos cuidadosos con los residuos que polucionan tierras, ríos y mares; si no malgastásemos carburantes fósiles, podríamos tener un clima más favorable y se evitarían lluvias devastadoras. Es cuestión de conciencia responsable. De seriedad cristiana. Esta conducta se traduce en esta frase de Jesús: «Haz a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti». Esto es hacer la voluntad de Dios: no buscar mi bien o mi comodidad, sino evitar hacer daño a los demás con mi mala conducta. Y es que podemos matar sin disparar un arma, de lejos, desperdiciando. Que Dios nos abra los ojos en este camino del amor que lleva hacia el cielo.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (1 de agosto de 2021)

Solemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:33; 5:12.27-33; 12:1b-2    o bé 11:19-21;12:1-2.24  /  2 Corintis 4:7-15 / Mateo 20:20-28

 

La contundente afirmación de Jesús en medio de la discusión entre los apóstoles, para ver cuáles de ellos podrían ocupar los primeros lugares en el Reino de Dios, nos aclara, sin rodeos, que la ambición de poder no es el camino. Entre vosotros no debe ser así, les dice el Señor. La relación con Jesús, que funda el Reino de Dios, no se mide por los méritos y privilegios sino por la generosidad y la amistad, por el hecho de compartir una misma manera de situarse ante el mundo, tal como lo hizo Jesús que no vino a ser servido sino a servir a los demás y dar su vida en rescate por todos los hombres.
Santiago, uno de los protagonistas destacado de la discusión, como los otros discípulos, tuvo que saber deshacer el camino andadopara poder seguir las huellas de Jesús que iban justamente en dirección contraria a la que él, con su impetuosidad, presuponía. El camino de Santiago es también el nuestro, es el camino de la amistad con Jesús, un camino que el evangelio describe como una peregrinación a la ciudadsanta, una subida a Jerusalén en diferentes etapas, un camino marcado con las señales imprescindibles que aseguran el sentido correcto de este recorrido vital en el que todos nos encontramos por el hecho mismo de existir.
La primera señal que nos sitúa correctamente en actitud de salida es la bendición de Dios, la llamada personal de Jesús para cada uno de sus discípulos. Es una etapa que comienza justamente deteniéndose, deteniéndose para escuchar, para reconocer la voz que encuentra respuesta en lo de mejor de nosotros mismos que aún está por realizar; y esa voz es la de Jesús que nos llama a ir con Él.Sin saber con quién, dónde y aqué se va, se pueden dar muchas vueltas, pero no se emprende ningúncamino.Las etapas siguientes, más largas o más cortas, de camino llano o empinado, forman parte de este acompañar a Jesús, estar con Él, entender su predicación y saber leer los signos de luz y de vida que lo acompañan. Sin pararse a escuchar no se puede comprender demasiado nada, y sin entender no se puede valorar ni amaren verdad.
De los diferentes desacuerdos con Jesús que Santiago y su hermano Juan tuvieron en este camino, el descrito en el evangelio de hoy nos es una ocasión para comprender el auténtico carácter de la misión evangelizadora que los apóstoles iniciaron una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos: servir y darse, todo lo contrario de lo que ellos tenían en la cabeza en ese momento. Parecería que, dada la condición humana, sólo desde el poder se puede hacer efectiva lapropuesta del evangelio, pero Jesús nos hace ver que este no es el camino. Él no ha venido a dominar sino a servir; ha venido a hacer posible,con la donación de su vida por todos los hombres, un cambio cualitativo en la condición humana, recreándolade nuevo en Élmismopara que pueda resurgir con su verdadera fisonomía hecha a semejanza del Creador.

El camino de los discípulos es el mismo camino que el Maestro ha marcado. Los discípulos lo han de realizar,sin embargo, desde la conciencia de ser como vasijasde barro que sin embargo llevan el tesoro del ministerio que Dios les ha confiado. Con su propia vida deben anunciar la cruz y la resurrección del Señor y el don del Espíritu que Dios sigue infundiendoen el corazón de los hombres. Servir y darse, es el Camino.
El servicio se acredita por su utilidad, de lo contrario es más un estorbo que una ayuda. El servicio de los discípulos de Jesús es el de la Palabra del Evangelio, palabra útil a la inteligencia y eficaz para la buena calidad de las relaciones humanas, palabra viva que infunde esperanza ante los enigmas irresolubles del mal, del sufrimiento y de la muerte. Darse, como discípulo del Señor, es hacer presente con la manera de vivir, en medio de las contingencias humanas, la realidad liberadora del Reino de Dios. El camino de este Reino no pasa por la ambición del poder sino por su deseo deservicio; no se trata de imposición irracional sino de donación inteligible, liberada y gratuita; no es tanto elocuencia y promesas como hechos limpios y claros.
El camino que Jesús propone a todo el que quiera ser útil en el mundo, es el del servicio humilde, particular y concreto que cada uno puede hacer dentro de este gran proyecto de fraternidad y de paz que Jesús ha abierto.Es un camino no exento de contrariedades y de problemas, y sería ilusorio pensar que no conlleva renuncias y sufrimiento. No es el poder lo que sube a la cabeza sino la cabeza que baja al poder. El egoísmo humano, el afán de protagonismo y la ambición de poder son caminos de bajada con muchapendiente que, sin la ayuda de Dios, no es posible vencer la inercia negativa que arrastra y se lleva por delante lo que sea. Por otra parte, nadie ama por decreto ley. Es necesariaesta liberación interior que el amor resucitado de Cristo genera en todo el que lo acoge con sinceridad y verdad.
Acojamos, pues, con gozo la bendiciónde Dios que cada día nos renueva su amor, y vivamos con humildad y perseverancia el servicio de la Palabra y la donación en la caridad: Es este el Camino: servir y amar.
No me queda más que deciros y decirme a mí mismo, hermanos, lo tanconocido que resuena cada mañana a las puertas de los albergues del Camino de Santiago:¡Buen camino!
Abadia de MontserratSolemnidad de Santiago Apóstol (25 de julio de 2021)

Domingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de julio de 2021)

Jeremías 23:1-6  /  Efesios 2:13-18 / Marcos 6:30-34

 

Estimados hermanos.

Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, que quiere guiarnos a buenos prados, donde podamos alimentarnos y descansar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es la plenitud de la vida en el seno del Padre. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización.

En el evangelio de hoy hemos visto que los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El descanso de las tareas apostólicas consiste en estar con el Señor, disfrutando de su intimidad. Sin embargo, la caridad del Buen Pastor es la norma decisiva de las acciones de Jesús; ante la presencia de una multitud que eran «como ovejas sin pastor» Jesús se compadece e interrumpe el descanso antes incluso de comenzarlo. Frente a los malos pastores que dispersan las ovejas porque buscan su propio interés, los discípulos de Jesús deben compartir la misma compasión y la misma solicitud del Maestro por la gente con necesidad de escucharlo.

Seguramente somos bastantes los que experimentamos una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de donde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, como hemos de vivir. En cuanto a todo esto hay muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir; parece que cada vez tenemos menos claro para qué hemos venido a la vida y adónde vamos.

En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor. Jesús hizo esta constatación cuando vio la multitud que le seguía en despoblado porque, entre las diversas corrientes de pensamiento de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura; en la confusión, ya no sabían qué decía Dios.

El Salmo 22 que hemos cantado, puede dar luz a nuestra vida. Expresa con una fuerza poco común la sensación de paz y gozo de quien se sabe guiado por el Señor. El salmista hace alusión a los peligros, pero no como amenazas que están al acecho, sino como quien se siente libre de peligro en la presencia protectora de Dios.

También nosotros podemos dejarnos empapar por los sentimientos que este salmo 22 manifiesta. Ante todo, la seguridad – «no tengo miedo» – al saberse guiado por el Señor incluso en los momentos y situaciones en que no se ve la salida -las «cañadas oscuras». Junto a la seguridad, la confianza de quien se sabe defendido con mano firme y con acierto, de quien se sabe cuidado con ternura en toda ocasión y circunstancia. Finalmente, la plenitud – «nada me falta» -, que se traduce en paz y gozo sosegados. Pero todo esto brota de la certeza de que el Señor está presente – «Tú vas conmigo» – y nos cuida directamente. El que pierde esa conciencia de la presencia protectora del Señor suele caer en todo tipo de temores y angustias.

El Buen Pastor es Jesucristo. Él reúne sus ovejas, las alimenta, las protege de todo mal; más aún, conoce y ama a cada una y da su vida por ellas. En el evangelio lo hemos visto sintiendo lástima por la multitud que eran como ovejas sin pastor. También a la Virgen Mría le duele que, teniendo un pastor como Jesucristo, haya tanta gente que se siente perdida y abandonada porque no lo conocen bien.

 

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (18 de julio de 2021)

Domingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (4 de julio de 2021)

Ezequiel 2:2-5  /  2 Corintios 12:7-10 / Marcos 6:1-6

 

Queridos hermanos y hermanas,

Jesús se considera profeta cuando se aplica a si mismo el refrán: “Los profetas sólo son mal recibido en su pueblo, entre sus parientes, entre los suyos”. Se apropia el dicho después del fracaso en la sinagoga de Nazaret. El profetismo es una institución que ya encontrábamos en el antiguo Israel y en otras culturas de los pueblos vecinos. Una de las más nobles misiones del profeta –quizás la más característica– es ayudar a discernir la voluntad de Dios, no simplemente ni siempre prediciendo el futuro. La palabra “profeta”, sin embargo, ha ensanchado sus significados.

Cuando la liturgia dejó de celebrarse totalmente en latín, en muchas iglesias de nuestro país se adaptó un negro-espiritual que repetía tres veces: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”. A la juventud que iba a misa le gustaba este canto, que tenía su lugar en los campamentos y en las juergas de los locales parroquiales. Eran tiempos también de represión, y dicho canto se entonaba en manifestaciones callejeras alternado con cánticos a la Virgen y eslóganes reivindicativos.

¿Qué podía entender de profetismo la juventud de aquella época? Eran tiempos en que la cultura cristiana todavía tenía incidencia en la sociedad, lo que permitía ciertas extrapolaciones: claro que los cánticos reivindicativos de las primeras guitarra eléctricas no eran una aplicación demasiado correcta del legado que la Sagrada Escritura nos ha dado sobre el profetismo.

Por lo cual, hoy que contemplamos a Jesús como profeta, tenemos el deber de averiguar en qué puede consistir en nuestros días “la fe de los profetas”. ¿Coincide con la misión de la Iglesia? Debemos reconocer que la comunidad cristiana tiene muy difícil hacerse entender. En primer lugar, porque las propias debilidades son materia arrojadiza cuando los que no piensan como ella desean contraatacar. Después, porque el mismo mensaje específicamente cristiano choca con la mentalidad individualista que, a pesar de las novedades que creíamos que la pandemia nos enseñaría, en realidad no ha provocado demasiados cambios. En tercer lugar, y no menos importante, la diversidad de pareceres en materia social o política dificulta que los pastores –también me incluyo un servidor, como presbítero de la Iglesia– puedan contentar a todo el mundo. A los pastores nos duele cuando oímos a menudo, quizás con cierta razón, que “la Iglesia siempre llega con retraso”. Y es una de las cruces que el pastor debe asumir, si quiere tener la auténtica fe de los profetas. Porque los que viven alejados de la Iglesia todavía añaden al reproche: “llega tarde y mal”. Tal vez más difícil de ejercer la función profética recibida en el bautismo la tienen todavía más los laicos comprometidos, puesto que han de convivir a menudo con compañeros no cristianos: cada vez sienten mayor la tentación de no comprometerse en el deber cristiano de incidir en la vida social y política. En efecto, la democracia frágil de los últimos años pone en juego otros elementos más fundamentales para ellos como pueden ser la convivencia familiar y la educación de los hijos.

La dificultad de ejercer hoy el profetismo no nos hace automáticamente más configurados a Jesucristo, menospreciado por sus conciudadanos. El profetismo tiene muchas dimensiones, no sólo la que incide en la vida política y social. Básicamente debe estar enraizado en aquella fe con que Jesús vivía su docilidad a Dios Padre.

Nuestro Señor Jesucristo es el gran profeta que renovará Jerusalén. Él nos dará aliento para entender, asimilar y transmitir la fe en el Padre rico en misericordia. Digámosle, ¿por qué no?, como los jóvenes de hace sesenta años: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”.

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Domingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (27 de junio de 2021)

Sabiduría 1:13-15; 2:23-24  /  2 Corintios 8:7.9.13-15 / Marcos 5,21-43

 

Estimados hermanos y hermanas,

El evangelio que nos acaba de proclamar el diácono, nos presenta dos situaciones de muerte. La primera hace referencia a una mujer que tenías pérdidas de sangre. Su situación era dramática, ya que con las hemorragias no sólo se le escapaba la «vida», sino que además esta enfermedad era causa de impureza y por tanto quedaba excluida del pueblo como si estuviera muerta de verdad. La segunda situación de muerte es la de una chica joven, la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga.

Ante el misterio de la muerte, los hombres de todos los tiempos, o bien escondemos la cabeza o bien usamos expresiones y actitudes que denotan el recelo y el miedo que nos hace hablar de ello. El éxito fácil, las apariencias, el triunfo, el deseo de una eterna juventud, …, son cortinas de humo que disimulan la certeza de que hemos de morir. El relato de hoy, en cambio, nos ayuda a saber cuáles son las actitudes de Jesús ante la enfermedad y la muerte y, como contrapunto, nos ayuda a nosotros a no esconder la cabeza bajo el ala ni a caer en respuestas fáciles a un misterio que no tiene nada de fácil, ya que la mayor dificultad que tenemos para hablar de la muerte es que muy a menudo no sabemos cómo hablar de la vida.

Jesús ante la cruda realidad de la enfermedad y la muerte, no habla, en el sentido de hacer ningún discurso de tipo moral ni teológico, sino que Jesús actúa. Es decir, Él, que lo podía hacer, cura y resucita. La salud o la vida recuperadas, devuelven el hombre a la situación original querida por Dios, que es siempre el hombre vivo, tal y como nos ha recordado el Libro de la Sabiduría que hemos proclamando en la primera lectura: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte».

Nosotros no tenemos el poder de hacer milagros como Jesús, pero esto no nos exime de tratar de concretar esta lección evangélica de hoy en nuestras vidas.

Siguiendo el ejemplo de Jesús no se trata tanto de hablar como de actuar, ya que ante el sufrimiento y la muerte el exceso de palabras convierte en superficialidad y banalidad. Y actuar, ¿cómo? Haciendo el intento de comunicar vida a los que más la necesitan, es decir, haciendo gestos, creando en nuestro interior actitudes que engendren vida. Y esto se concreta en cosas tan sencillas, pero tan difíciles a veces, como hacer compañía, estar allí por si me necesitan, atendiendo con estimación, ayudando en todo lo que necesitan los que pasan por una enfermedad o viven la muerte de un ser querido, … y un largo etcétera que cada uno puede completar. Es lo que muchos han hecho en este tiempo de pandemia que aún vivimos y que muchos siguen haciendo ante el sufrimiento de otras pandemias como son el hambre, la miseria, la inmigración forzada, … Es esta manera de actuar la que nos ayuda a superar la dificultad de hablar sobre la vida y su sentido, ya que Jesús quiso tanto la vida que la dio para todos, sin excepción. Por eso, él es el Viviente.

Ciertamente lo que acabo de decir no es consecuencia del poder de obrar milagros, que no tenemos, pero sí que es consecuencia del poder de amar, ya que sin él no sirve para nada hacer milagros, como nos ha recordado también el autor del Libro de la Sabiduría cuando nos decía: «el reino de la muerte no es de la tierra, para que la bondad y la justicia son inmortales. Dios no creó al hombre sometido a la muerte, sino a imagen de su existencia eterna”.

No sé si haciéndose eco de este fragmento, el P. Miguel Estradé escribía: «toda vida es marcada por un comienzo y un final, dos días más densos que todos los demás, dos días paralelos en que el nacimiento es enmarcado por toda una vida por delante y un amor detrás, mientras que la muerte tiene toda una vida detrás y un amor infinito por delante «, el amor por lo tanto es la clave que nos permite acercarnos a la realidad definitiva del misterio de la vida y del misterio de la muerte.

Dios es fuente de amor, creador de vida y está al lado de los que sufren. Esta fe que nosotros hemos recibido de Jesucristo, es la que renovamos y celebramos ahora en la Eucaristía.

 

Abadia de MontserratDomingo XIII del tiempo ordinario (27 de junio de 2021)

Domingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Homilía del P. Damià Roure, monje de Montserrat (20 de junio de 2021)

Job 38:1.8-11 / 2 Corintios 5:14-17 / Marcos 4:35-41

 

El evangelio de este domingo nos enseña hoy como Jesús está cerca y nos ayuda en los momentos difíciles. Hemos oído como Jesús y los discípulos navegaban en una barca en el lago de Genesaret. Jesús se había dormido. Mientras tanto, sin embargo, se desató un temporal tan fuerte que las olas entraban en la barca y la barca se llenaba de agua. Se encontraban en medio del lago y lejos de las dos riberas. Y se iba oscureciendo.

Con este mal tiempo, los discípulos no podían orientarse. Si hubiéramos podido ver las estrellas, tal vez se habrían podido orientar. Pero la tormenta era tan violenta que las olas golpeaban la barca y la situación era grave porque la barca podía hundirse de un momento a otro. Los discípulos necesitaban ayuda. Jesús dormía y decidieron despertarle. Jesús les preguntó por qué tenían miedo, y los animaba a mantenerse serenos. Pero, al mismo tiempo, Jesús retó el viento y se creó una gran calma.

El evangelio nos muestra hoy como Jesús está cerca de quienes lo siguen y les ayuda en los momentos difíciles. Pero necesitamos tener fe y decirle cuál es nuestro problema o nuestro dolor. Jesús no se desentiende de ninguna manera. Cuando nos encontramos con dificultades, él nos anima a vivir con aguante y firmeza. Si nosotros tenemos fe en Jesús, Él está y estará siempre al lado nuestro. Si somos conscientes, podremos aguantar con más firmeza los momentos difíciles y mantenernos con más serenidad, tal como el evangelio nos propone.

Cada persona, todos nosotros, en un momento u otro, nos encontramos con periodos duros y difíciles, en momentos concretos de nuestra vida, y, por muy graves que sean los peligros, si tenemos confianza en Dios, podemos hacer frente a la realidad con fe y con coraje. En cualquier situación, de una manera o de otra, por muy graves que sean las dificultades que padecemos, nuestra fe en Jesucristo puede ayudarnos mucho. Todos los que estamos aquí y los que nos seguís desde lejos, tenemos cerca a Jesucristo que nos apoya. Muy a menudo no pensamos en Él. Por eso, en momentos difíciles, tratamos de mantener una fe valerosa, contando con Jesús y con su Madre, que nos ayudarán a continuar nuestro camino con más firmeza y serenidad.

Jesús nos ofrece a menudo renovar nuestra fe, una fe que enriquece nuestra vida. Sabemos que nuestra vida, a veces, pasa dificultades y no siempre lo conseguimos fácilmente. Recordemos entonces lo que nos dice Jesús: «¿Por qué tiene miedo? No tenéis fe». De esta manera nos abre los ojos para que sigamos la realidad que nos toca vivir confiando en Dios, con un corazón que puede ser más valiente, si tenemos en cuenta que Jesucristo está junto a nosotros y de cada persona, y nos ayuda hacer frente, con serenidad y coraje, a las dificultades más diversas. Una fe que hemos recibido, y que hemos acogido, sería muy bueno, también, que procuráramos compartirla.

Como cristianos tenemos, pues, la ayuda de nuestra fe. Y cuando nos encontramos con contratiempos, podemos hacer como lo hacían hoy los discípulos de Jesús cuando le decían: «Maestro, ¿no te importa que nos perdamos?» nuestra fe puede llegar a ser lo suficientemente fuerte como para sentirnos acompañados en cualquier momento difícil de nuestra vida. Hay un proverbio que dice: si quieres huir de tus problemas seguirás una carrera que no ganarás nunca. Nosotros podemos traducirlo diciendo: si no sigues tu fe, seguirás una carrera que te costará mucho superar.

Recordemos lo que tuvo que afrontar la Madre de Jesús: momentos muy dolorosos para una Madre. Pero nada la hizo caer. Sufrió duramente, pero se mantuvo con un aguante constante y con un corazón abierto a Dios durante toda su vida. Como ella, de una cierta manera, en situaciones de todo tipo, a pesar de los vientos contrarios, será bueno que cada persona pueda valorar y agradecer lo que ella, la Virgen, es para nosotros. En una situación difícil, necesitamos trabajar con coraje para mantenernos con paz y salir adelante en bien.

Gracias a Jesús y gracias también a su Madre, que en Montserrat veneramos de todo corazón, puede ser muy posible que, en la vida de cada una y de cada uno de nosotros, todo, con sorpresa, se vuelva tranquilo. Así lo deseamos: que así sea.

Abadia de MontserratDomingo XII del tiempo ordinario (20 de junio de 2021)

Domingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)

Homilía del G. Anton Gordillo, monje de Montserrat (13 de junio de 2021)

Ezequiel 17:22-24 / 2 Corintios 5:6-10 / Marcos 4:26-34

 

Queridos hermanos y hermanas:

Confianza y esperanza. Estas palabras son las palabras que me han suscitado las lecturas que hemos oído hoy: confianza y esperanza.

Esperanza en un mundo mejor. Un mundo semejante a un cedro magnífico que crece de un esqueje pequeño por la fuerza que le da el Señor, como nos acaba de decir el profeta Zacarías. Un mundo en el que vivimos como emigrantes lejos de los nuestros y quizás con una fe temblorosa y llena de miedos, pero destinados a intentar cambiar el mundo ya ahora, para reunir a todos los hombres y mujeres en un mundo mejor (el Reino de Dios) como hemos oído en la segunda lectura, a pesar de tener también la mirada puesta en el mundo futuro donde disfrutaremos del Amor de Dios. Esta es nuestra esperanza, poder cambiar el mundo ahora, no por nuestros méritos, no porque seamos los mejores, sino porque confiamos en Dios: en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas. No me gusta el mundo en que vivimos. No me gusta la violencia, el hambre, la pobreza, el individualismo, las adicciones, el dolor de tantos inocentes, la indiferencia de los ricos y de los poderosos (los perros mudos como los llamaba San Antonio de Padua, mi patrono). .. Me duele el mundo actual: lo quiero cambiar y quiero instaurar el Reino de Dios: ahora.

Hermanos y hermanas, ¿queréis ayudarme a cambiar el mundo? Pues podemos hacer lo que decía el Papa San Gregorio hace casi mil quinientos años: «cuando formulamos buenos deseos, plantamos la semilla en la tierra; cuando empezamos a obrar bien, somos una brizna de hierba; cuando crecemos, llegamos a ser espigas y cuando ya estamos firmes en el buen obrar con perfección, la espiga se llena de grano maduro » (San Gregorio, Homilías sobre la profecía de Ezequiel, libro 2,3,5). Y sí, a pesar de todo esto, somos conscientes de nuestra poca cosa, de nuestras fragilidades e incoherencias, de nuestros miedos…

Pero, hermanos y hermanas, somos cristianos y podemos tener confianza en Dios-Bondad que nos ama: «¿qué diremos, pues, ante esto? si tenemos a Dios con nosotros, ¿quién estará en contra? « (Romanos 8:31). El mal no tiene la última palabra, porque gracias a la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, el mal ha sido vencido. Porque creemos que la bondad y el amor de Dios nos acompañan toda la vida (cf. Salmo 22).

Pero Dios (que nos ama), Dios (que nos ha hecho hijos suyos), respeta muchísimo nuestra libertad, pero espera que nosotros colaboremos en intentar cambiar el mundo y en la instauración de su Reino. Dios no quiere imponer el bien sin contar con nosotros: contigo, contigo, contigo… y conmigo. Dios desea que participemos en la instauración de su Reino.

Por ello, no importan los achaques de la edad o de la enfermedad, no importan nuestras fragilidades o nuestros miedos. Todos, independientemente de nuestra edad (seamos viejos o jóvenes inexpertos) o de nuestra condición (con más conocimientos o menos, con más habilidades o menos), todos podemos orar. Y la oración es muy poderosa: porque todo lo que pedimos al Padre en nombre de Jesús nos lo concederá (cf. Juan 14:13). Esta puede ser nuestra principal forma de cambiar el mundo, de mover los corazones de las personas, porque «por la oración, todo bautizado trabaja para la Venida del Reino» (CEC n. 2632). Después, cada uno según sus posibilidades, intentaremos poner también nuestra cabeza y nuestras manos, nuestra inteligencia y nuestro obrar para conseguir cambiar el mundo.

Eso sí: conscientes de que sin Dios no puede nada nuestra debilidad (colecta del domingo XI B), conscientes de que, quien hace crecer la semilla es el Señor, confiados en nuestro Padre Dios. Como decía Juliana de Norwich, mística inglesa de comienzos del siglo XIV:

«Dios mira con compasión y no con reproche el dolor del alma. No hacemos más que pecar. Somos protegidos en el consuelo y el temor, porque quiere que nos volvamos hacia él y nos adhiramos prontamente a su amor, viendo que es nuestro remedio. Así hemos de amar en el deseo y en la alegría. Todo lo que es contrario a esta actitud no viene de Dios sino del enemigo» (Juliana de Norwich. Libro de las Revelaciones del Amor Divino. Introducción al capítulo 82).

Nosotros podemos anunciar el Evangelio, es decir, alegres de comunicar una buena nueva (que esto significa Evangelio). Una pequeña aportación de nuestra parte, y Dios hará salir el resto: hará crecer la planta, convertirá aquella semilla y aquel esqueje en un árbol. Esperanzados porque sabemos que podemos cambiar el mundo y porque nos espera un mundo mejor. Confiados porque somos hijos de Dios.

Hermanos y hermanas. Podemos estar seguros de que nuestra fe y de nuestra esperanza no son inútiles: roguemos por la venida del Reino y anunciémoslo a los demás hombres y mujeres para que participen también de esta buena nueva. Que colaboren con nosotros a instaurar el Reino de Dios, seguros y confiados de que Dios, Bondad infinita, está a nuestro lado porque nos ama. Intentemos amarle a Él y a los hermanos, y después de muertos y resucitados, conseguiremos disfrutar de la vida eterna en Dios.

Confianza y esperanza. Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza. Este es nuestro amor, por Dios y por los hermanos. Porque: «todo acabará bien; todas las cosas, sean cuales sean, acabarán bien» (Juliana de Norwich, Op. Cit. cap. 27).

Abadia de MontserratDomingo XI del tiempo ordinario (13 de junio de 2021)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (30 de mayo de 2021)

Deuteronomio 4:32-34.39-40 / Romanos 8:14-17 / Mateo 28:16-20

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Una antigua tradición nos cuenta que el gran San Agustín caminaba un día por la playa intentando comprender los misterios de la Santísima Trinidad. Allí se encontró un niño pequeño que había hecho un agujero en la arena y con una concha iba vertiendo el agua del mar. San Agustín, sorprendido, preguntó al niño que estaba haciendo. Este le respondió que quería poner toda el agua del mar dentro del agujero que había hecho. Agustín le dijo que eso era imposible. El chico le rebatió que era aún más imposible entender la Trinidad con nuestro pobre entendimiento. Y añadió que si llegamos a comprender a Dios, ya no será Dios.

Nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en su inmensa grandeza se nos ha manifestado en el misterio. No podía ser de otra manera: nuestros límites humanos son incapaces de captar la plenitud inefable de Dios. Nuestro entendimiento queda sobrepasado por tan gran misterio. Nuestra vista queda cegada por el brillo de una luz tan brillante. Nuestros oídos no son aptos para percibir una música tan excelsa. Como Moisés en el desierto sólo podemos cubrirnos el rostro con un velo para intentar percibir el rastro que la Trinidad ha dejado en el mundo.

Pero a pesar de nuestra pequeñez, tampoco somos capaces de dejar de contemplar, admirados, el misterio divino del Dios salvador. En este sentido, la oración colecta de hoy nos da tres claves para aproximarnos al misterio trinitario: primero profesar la fe verdadera, después reconocer la gloria de la Trinidad eterna y, finalmente, adorar su unidad de poder y de majestad.

Profesar la fe verdadera. Sólo la fe nos abre el acceso al gran misterio del Dios Único en Tres personas. No hay otra opción. Nuestra razón puede darnos motivos para pensar que Dios existe pero sólo la fe en la palabra de Jesucristo nos revela que nuestro Dios es trinitario. Hay que creer y confiar en Dios. Este es el único camino que nos guía hacia nuestro interior, hacia la búsqueda de la imagen y semejanza de Dios que llevamos impresa en nuestros corazones. Y sólo yendo hacia nuestro interior somos capaces de alzarnos hacia las alturas vertiginosas donde habitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Desde el bautismo todos llevamos dentro la huella de la Trinidad.

El segundo elemento de la oración colecta es reconocer la gloria de la Trinidad eterna. Esta es la auténtica protagonista de la historia de la salvación. Detrás de todos los acontecimientos salvíficos, desde la creación hasta la resurrección de Cristo, es la Trinidad quien ha hecho presente y ha mostrado su inmensa gloria. Detrás la historia de la salvación late constantemente el corazón de la Trinidad. Desde el misterio, la Trinidad nos da la vida y guía la historia hacia el encuentro definitivo con nuestro Salvador.

Y finalmente, necesitamos adorar su unidad, nos decía la oración colecta. La adoración es la respuesta del creyente que se encuentra desbordado por tan gran misterio. Adorar su unidad es adorar su esencia. Y la esencia de Dios es el amor. Sólo el amor es digno de fe, de gloria y de adoración. Nuestro Dios es amor. La comunión de las tres personas divinas es la fuente de este amor. A través de ella Dios nos une a él y nos transforma a la imagen y semejanza de Cristo glorioso.

Hermanos y hermanas, tal como rezaba San Agustín, también nosotros podemos dirigirnos a Dios y decirle: «Señor y Dios mío, creo en ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo (…). Cuando lleguemos a su presencia se terminarán todas estas cosas de las que ahora hablamos sin entenderlas, y vos lo seréis todo en todos, y entonces cantaremos un cántico eterno, alabándoos unidos a vos»(De Trinitate, XV, XXVIII, 51). Amén.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2021)

Domingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (9 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:25-26.34-35.44-48 / 1 Juan 4:7-10 / Juan 15:9-17

 

Vamos terminando la celebración del tiempo Pascual. Hemos participado sacramentalmente de los misterios salvadores. ¿Podríamos explicar la vida de Jesús en pocas palabras? Ya que el final de la vida responde a todo lo que ha sido la experiencia anterior: “Como vives, morirás”.

Hay una frase en el interrogatorio de Pilato que creo puede resumir el porqué de la existencia de Jesús. Pilato le pregunta: «¿Tú eres rey?». Y Jesús responde: «Sí, pero mi reino no es de este mundo. Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Esta respuesta contiene la explicación de todo lo que Jesús ha hecho y cómo lo ha hecho.

Jesús nunca quiso hacer signos maravillosos para deslumbrar a los hombres. Cuando le pidieron una señal del cielo se negó. Él no venía a entusiasmar a la gente, su actuar fue siempre discreto. Hasta pedía que no se hiciera propaganda. Jesús enseñaba y actuaba según veía que hacía el Padre. Y la actuación de Dios es discreta. Apunta al corazón, no a los sentimientos. Él vino a enseñar la verdad, y la verdad absoluta, y ésta no se puede discutir. Simplemente: es. Por eso, cuando el Bautista envía a sus discípulos a preguntarle si era él al que esperaban, les dijo: «Id a decir a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y feliz el que no se escandaliza de mí». Jesús no daba otros argumentos de lo que decía y hacía. Y así afirmó ante Anás: «Id y pregunta lo que yo he dicho y hecho a los que me escuchaban». Él no necesitaba defenderse, sino que le apoyaba el Padre que lo había enviado, porque él hacía lo que le indicaba: «Yo no hago nada que no vea hacer al Padre». «Si no me creéis a mí, creed las obras». De ahí que, al final de su vida dijo: «todo ha sido cumplido. Y expiró”.

De todo ello podemos extraer el contenido de la respuesta: «He venido a dar testimonio de la verdad». Porque la VERDAD es única, la Verdad es Dios: Amor. Y Jesús muestra a Dios: «El que me ve a mí ve al Padre». Ve como Dios ama el mundo. ¿Podríamos dudar que lo resucitara?

Nos dice hoy el discípulo de Jesús: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene cuando nos envió a su Hijo único…, él ha sido el primero en amarnos, no que nosotros nos hayamos avanzado a amar a Dios». Esto es: Dios es Amor. Y el amor ¿qué respuesta pide?: Amor. “El amor saca amor”, dice Santa Teresa. Esto lo podemos comprobar cuando el amor es verdaderamente humano. No es ninguna teoría, es la realidad. Comprendemos, pues, claramente lo que se deriva. «Yo os quiero tal y como el Padre me ama. Manteneros en el amor que os tengo. Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como yo os he amado». Ahora sois mis amigos, y no hay secretos entre amigos. Por eso os he hecho saber lo que he oído a mi Padre. Yo os he elegido para ser mis testigos. Y el Padre os concederá todo lo que le pidáis en mi nombre. Esto os mando: que os améis unos a otros. Este es, pues, el testamento de Jesús.

El amor no puede ser egoísta. Jesús nos ha enseñado la verdad: ha dado la propia vida por todos nosotros. También nosotros debemos darla por los hermanos. Esto supone abnegación, renuncia, mortificación. Pero es el esfuerzo lo que da fruto y no el egoísmo. Basta mirar a nuestro alrededor y constatar lo lejos que estamos, para que se pueda decir: ‘mirad cómo se aman’. Pero sólo en eso se podrá conocer que somos discípulos de Cristo. Y el mundo lo espera. Ya que el amor que el mundo practica es sólo el carnal que, sin el espiritual, se consume. Porque sólo perdura el espiritual, que es el verdadero que nos ha dejado el Cristo resucitado con su vida.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Domingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (2 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 9:26-31 / 1 Juan 3:18-24 / Juan 15:1-8

 

Si nos preguntáramos cuál es el objetivo final de nuestra existencia, qué hacemos aquí, qué sentido tiene todo… la última frase del evangelio que nos ha sido proclamado podría ser la respuesta: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Ser discípulos de Cristo y dar fruto, es toda una misión.

Y para explicarlo, hoy el Señor ha usado una de esas imágenes que tanto le gustan, una imagen del mundo rural que todo el mundo puede entender con facilidad: la vid, la cepa y los sarmientos. Es una imagen muy utilizada a lo largo de toda la biblia, porque va muy bien para explicar nuestra relación con Dios. Ya la encontramos en el Génesis donde se explica que Noé, sólo salir del arca, «fue el primero en trabajar la tierra, y plantó una viña» (Cf. Gn 9,20), y a partir de ahí la imagen de Dios como viñador, es utilizada en diferentes ocasiones. Y en el pasaje de hoy se decía que en esta viña quiso plantar una cepa única, especial, «la vid verdadera»: Jesús. Y no sólo eso. Los sarmientos que salen de esta cepa, somos nosotros. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos», nos decía. Cepa y sarmientos son, en realidad, una misma planta. Y eso quiere decir que todos nosotros formamos parte de Cristo resucitado, nos alimentamos de la misma savia -hemos recibido la misma gracia, y es a través nuestro que la cepa da su fruto. No es cualquier cosa, es una misión y una responsabilidad muy importante: Dios nos ha hecho la gracia de ser sus hijos, con todo lo que ello implica.

Esta imagen también tiene una connotación eucarística. No es casual que Jesús nos dejara el vino como prenda y sacramento en la eucaristía. El vino es el fruto de la vid, es la sangre de Cristo, y esto convierte la eucaristía en la vida de la Iglesia. Domingo tras domingo, cuando la comunidad está reunida con Cristo resucitado en torno a su mesa, es un momento privilegiado para escucharlo, y para tomar conciencia de que nosotros y Cristo resucitado somos uno -estamos unidos en comunión, y formamos parte del mismo cuerpo: el sarmiento es una parte importantísima de la cepa, porque sin ella no daría uva. Nosotros damos fruto en el mundo a través de los dones que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. Y es aquí, a través de la oración y del diálogo con Dios que hacemos en el tiempo, cómo podemos irlos descubriendo y desarrollando, para que los podamos llegar a ofrecer como un servicio, como un regalo, como un agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

Hoy, pues, es un buen día para preguntarnos qué frutos damos y cuáles quisiéramos dar. Podemos ignorar nuestros dones, o nos los podemos quedar para nosotros… Pero si queremos ser buenos discípulos de Jesús, estamos llamados a hacerlos crecer, y sobre todo, a darlos. Y por eso siempre nos deberíamos estar preguntando qué puedo hacer yo desde allí donde estoy, o qué hubiera hecho Jesús en mi lugar, ante las situaciones que se nos planteen.

Es un buen momento para recordar la última frase del evangelio con la que empezábamos este comentario: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Dios desea que seamos sus colaboradores más estrechos, y podemos serlo siguiendo a Cristo. Y si lo hacemos de manera auténtica, llegaremos a identificarnos tanto con Él que seremos una parte de sí mismo, como los sarmientos son las ramas de la vid que le están unidas. Dicho en palabras de la segunda lectura, «Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él»: como los sarmientos en la vid. Así podremos llevar a cabo la misión que Dios ha soñado para nosotros.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Domingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (25 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:8-12 / 1 Juan 3:1-2 / Juan 10:11-18

 

Hermanas y hermanos: En este IV Domingo de Pascua, cada año contemplamos al Resucitado como Buen Pastor. Es una imagen muy sugerente y querida por los primeros cristianos, elegida por el mismo Jesús, que resume la misión que él asumió mientras estaba entre nosotros y que, glorificado a la derecha del Padre, continúa ejerciendo para con la Iglesia peregrina: velar por su rebaño y conducirlo a «las praderas eternas», como dice la poscomunión de este domingo.

La imagen bíblica del «buen Pastor», propia de la cultura agraria, también la podríamos traducir hoy con otras imágenes: «el buen entrenador», «el buen animador», «el buen líder político», «la buena madre o el buen padre de familia «, «el buen educador «, «el buen maestro espiritual», «el buen obispo «, «el buen abad»… Todas estas figuras o imágenes requieren cualidades de iniciativa, discernimiento, apoyo y orientación a fin de evitar la irresponsabilidad, el abandono, el caos, el vagar por la vida sin ningún objetivo, o el «sálvese quien pueda». En cambio, cuando estas instancias de gobierno funcionan bien, las personas, comunidades y los diversos grupos sociales crecen, se desarrollan, se implican en los proyectos y gozan de estabilidad, motivación y capacidad creativa, siempre que haya una mutua colaboración.

Jesús se sintió conmovido al ver el pueblo de Israel perdido, «como ovejas sin pastor». Esta situación le daba pena y le preocupaba hasta que, fiel a la misión para la que vino al mundo, reunió un nuevo pueblo para que tuviera vida en él y tuviera como ley el mandamiento nuevo del amor.

Jesús, el buen Pastor, nos llama a su seguimiento, pero no es un seguimiento frío e impersonal ni quiere establecer una relación de asalariado que sólo mira por el propio provecho mientras que los otros le son indiferentes. La relación que quiere establecer con su discípulo es entrar en la dialéctica de conocerlo y ser conocido por él; una relación de íntima amistad que se enriquece a partir de un encuentro personal y crece cada vez más en la estimación recíproca y el mutuo conocimiento.

Es por eso que dice: «Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas y ellas me reconocen a mí» y si no son de su rebaño, las busca y hace que conozcan su voz, para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Quizás el problema que tenemos hoy en día es que no acabamos de reconocer la voz de este pastor y preferimos pastar por otros cercados. Celosos de nuestro individualismo y nuestra realización personal, no acabamos de ver claro eso de ser «oveja» ni que nos digan lo que tenemos que hacer o que nos desinstalen de nuestra zona de confort.

Jesús no ha venido a llamar discípulos duros, insensibles, sin capacidad de iniciativa ni ningún sentido crítico. Desea una comunidad madura, en la que sus miembros se sientan personas realizadas y sean reconocidos en su individualidad. No quiere una masa amorfa y servil, un rebaño de cristianos masificados que sólo cuenten para llenar la estadística de quienes pertenecen a la Iglesia, ni quiere formar una especie de «gueto» de creyentes, que viven ajenos a los problemas de la gente ni se hacen presentes en los ámbitos que reclaman solidaridad y cooperación. Es un pastor que nos quiere adultos, responsables, capaces de actuar libremente, de tomar decisiones, afrontar nuestros propios riesgos, y asumir el hecho de ser una comunidad unida por el amor y que respete la pluralidad de maneras de vivir el Evangelio.

Sin embargo, no podemos ignorar que a veces se hace difícil escuchar la voz de nuestro Pastor… Somos víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces, imágenes y ruidos, que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para discernir su voz, sus palabras de vida eterna, adictos a tantas pantallas que nos hacen vagar por prados efímeros y alimentan nuestra trivialidad.

Sin embargo, si estamos atentos, la «voz» de Jesús también resuena en los profetas de hoy, en el esfuerzo callado de tantas personas que siembran el bien a su entorno, en los que crean espacios y condiciones para hacer creíbles palabras que hemos reducido a una pobre caricatura como: justicia, libertad, verdad, amor, paz, fraternidad y que son semilla de la nueva humanidad, del Reino de Dios que Jesús predicaba.

Hoy somos invitados a recuperar de nuevo el silencio y la capacidad de escucha; a estar atentos a la voz del «buen Pastor» si no queremos ver nuestra fe ahogada por tantas voces que nos acechan; a sintonizar con lo mejor que hay en nosotros y desarrollar esa sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar sentido a nuestra vida, que nos apoya y nos guía y que como el salmista le podemos decir confiadamente: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara de pastor me sosiega y me conforta”. (Salmo 23)

Que Él, que ha dado su vida por nosotros, y ahora se nos da en la Eucaristía, nos conduzca a la Vida plena.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Domingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (18 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 3:13-15.17-19 / 1 Juan 2:1-5a / Lucas 24:35-48

 

Luc Ferry es un filósofo francés, antiguo ministro de educación, del que soy gran admirador y leo con fruición sus obras. Me gusta mucho su pensamiento, claro, profundo, crítico, bien argumentado…. pero con el que no siempre estoy de acuerdo. Y no lo puedo estar porque se declara abiertamente ateo. Sin embargo, el suyo es un ateísmo respetuoso, con lo que se puede dialogar y con el que se puede coincidir en muchas cosas. No puede ser de otro modo de un no creyente que dice que el libro que se llevaría a una isla desierta es el Evangelio de San Juan. Su apertura le lleva a reconocer, sin dejar de ser crítico, los aspectos positivos que el cristianismo ha aportado a la civilización. Por este motivo se le ha preguntado, en conferencias y diálogos que ha mantenido en varias ocasiones con gente de Iglesia, qué razones había para no ser creyente. Y la respuesta que da es, entre otras, que el mensaje que transmite el cristianismo es demasiado bonito para ser cierto. Algo parecido les debía pasar a los apóstoles cuando Jesús se apareció en medio de ellos.

En el relato del evangelista Lucas nos dice que «de tanta alegría no acababan de creer». Como si dijera, ¡demasiado bueno para ser verdad! Y quizás sea esta la razón por la que, aún hoy, a muchos cristianos nos cuesta manifestar la íntima alegría que debería invadirnos, al saber que hemos puesto nuestra vida en manos de Aquel que fue crucificado y sepultado, pero que luego resucitó, Aquel que, a quienes se confían a Él, les ofrece compartir la vida más allá de la muerte. Incluso a los que creen, les resulta difícil captar esta perspectiva como antídoto para las ansiedades y los miedos y las dificultades que tanto o tan poco aquejan la vida cotidiana de todos. Cristo ha resucitado, ¿resucitaré con él? Demasiado bueno para ser verdad, tal vez piensen muchos. Pero el sentido profundo de la fe radica precisamente aquí: creer en la experiencia de los apóstoles, que después de la cruz lo vieron, lo tocaron, lo escucharon, adquiriendo una certeza de la resurrección que fueron a difundir por todo el mundo. Y lo sostuvieron incluso a costa de perder la vida: la terrenal, con la certeza de conseguir la otra, la que no tiene fin.

El relato de Lucas es una verdadera invitación a repensar nuestra manera de buscar al Señor. No hay que buscarlo en las grandes teofanías o en realidades abstractas; hay que buscarlo en la vida cotidiana, al partir el pan, al compartir la mesa, al experimentar sus heridas que siguen sangrando en la humanidad herida por el pecado y la fragilidad. En cada persona herida por el pecado y la fragilidad revive todo el Misterio Pascual. En las heridas de la humanidad sufriente están presentes la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Con sus heridas dolorosas y gloriosas se hace reconocible y presente en medio de la comunidad de los creyentes.

Lo que Lucas nos presenta hoy no es un Cristo ascético o dogmático, sino un Jesús con un rostro profundamente humano que revela su divinidad compartiendo todo el misterio de la fragilidad humana, con la excepción de pecado, que supera y anula, ofreciendo su vida en el árbol de la Cruz. Como los discípulos, también nosotros tenemos que ser testigos del Misterio Pascual y tenemos que invitar a todos a mirar y tocar a Cristo, presente en sus vidas, en sus historias, a menudo llenas de contradicciones y de sufrimiento, recordando, sin embargo, que la última palabra sobre todo acontecimiento humano está en las manos heridas y gloriosas de Jesús, que con su Resurrección venció la muerte y nos devolvió la esperanza de una vida nueva.

Hermanos y hermanas, hoy, a imagen de los discípulos, tal y como lo explica el relato evangélico, somos invitados a ser y reaccionar de otra manera, nosotros, que tantas veces hemos tenido la oportunidad de reconocer al Señor en la Eucaristía. Que la experiencia del encuentro con el Resucitado cambie algo en nuestras vidas, como lo hizo con los discípulos de Emaús al partir el pan, como lo hizo en el resto de apóstoles y seguidores, y nos mueva a dar testimonio de nuestra fe en nuestro vivir cotidiano.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Domingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (11 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:32-35 / 1 Juan 5:1-6 / Juan 20:19-31

 

Todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Dios no niega al apóstol Tomás una segunda oportunidad para creer. Cuando ayer, ya teniendo en mente este evangelio de la duda de Santo Tomás, leí el evangelio que tocaba, un fragmento de San Marcos, me di cuenta de que el apóstol Tomás se ha cargado bastante solo la fama de no haber creído en Jesús resucitado y haber necesitado una segunda oportunidad.

En cambio, este evangelio de San Marcos, de ayer, sábado de la Octava de Pascua, que era un breve resumen de las tres grandes apariciones de Jesús Resucitado: primero a las mujeres, después a los discípulos que iban de camino y finalmente a los apóstoles, afirmaba que tras las dos primeras apariciones, los apóstoles tampoco creyeron el testimonio, e incluso el mismo Jesucristo les reprochó después que les hubiera costado tanto la fe. Podemos pues pensar que el reconocimiento del Resucitado no fue fácil para nadie y que la incredulidad de Santo Tomás no es una excepción y que los mismos apóstoles en conjunto, necesitaron una segunda oportunidad y una experiencia más personal de Jesucristo resucitado para ser capaces de creer.

Estas anotaciones sobre la debilidad de los apóstoles, de los que habían convivido con Jesús, sorprenden más si pensamos en el ambiente de euforia misionera que debería rodear el momento de la redacción de los evangelios, en el nacimiento del cristianismo y hacen por ello un testimonio importante del realismo de las primeras comunidades, que a pesar de ser descritas y deseadas como ideales de fe y de caridad, también tenían sus ambigüedades como todo lo humano.

Nos sentimos un poco aliviados cuando leemos que los apóstoles, los discípulos también necesitaban segundas oportunidades, y seguramente terceras y cuartas y muchas más. Aliviados porque esto abre un espacio a nuestras propias dudas y faltas, abre un espacio de comunión en la debilidad, abre un espacio donde Dios puede actuar en nosotros, donde puede salvar. Dios hace posibles las segundas oportunidades porque es muy paciente y muy insistente. Por eso me gusta leer el evangelio de hoy también desde el punto de vista de Dios, y no sólo desde nuestra fe.

Pensamos si nosotros, después de que alguien nos hubiera cuestionado en la forma que Santo Tomás cuestionó a Jesús resucitado, hubiéramos dado una segunda oportunidad o bien hubiéramos echado para siempre al que hubiera osado dudar tanto de nosotros. Pero Dios no. Dios no excluye. Dios sigue insistiendo, pacientemente: con Tomás, con los discípulos y con nosotros. Forma parte de su naturaleza. La paciencia y la insistencia son dos características de Dios que se potencian siempre en bien nuestro.

Admirar la vida de Jesucristo, su coherencia, su enseñanza, es difícil pero es razonablemente muy defendible, el reto de reconocerlo resucitado, esto es vencedor de la muerte, es un reto de fe, más grande, quizás el más grande. No es fácil en este mundo tan lleno de dolor y de sufrimiento, acentuados en todo este último año por la pandemia, afirmar con esperanza que la vida ha vencido a la muerte. Pero no olvidemos nunca que la resurrección no es el final de una vida ordenada, políticamente correcta, lograda por el propio esfuerzo, de manera fácil, sino que llega como don de Dios tras una muerte en cruz.

Pero a pesar de no ser fácil, afirmar todo esto es posible: la primera lectura no dudaba en afirmar: Nuestra fe es la victoria que ya ha vencido el mundo. La fe no permanece en la abstracción, ni siquiera cuando se centra en la Resurrección de Jesús. La fe que vence al mundo, esto quiere decir que vence el mal del mundo. En las tres lecturas de hoy está bien presente esta dimensión de vencer al mundo, vencerlo por la caridad: está en la descripción ideal de la comunidad de los Hechos, en la primera lectura: donde la unidad de corazón y de alma provocaba la solidaridad radical de los hermanos entre ellos, está en la segunda lectura donde tan claramente hemos leído que amar a Dios significa amar a los hijos de Dios, y también está en el Evangelio, donde la consecuencia inmediata del reconocimiento del resucitado es la misión. Yo os envío, a perdonar…

Nosotros somos hijos e hijas de aquellos primeros cristianos. Si nos consuela compartir sus dudas, que también nos provoque y nos mueva a imitar su fe y su caridad para que reconozcamos a Jesús como viviente entre nosotros y dejemos que esta fe nos haga transformadores y vencedores del mal del mundo, confiados en todas las oportunidades que Él nos da. Este es el sentido de centrar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, de recordarla en cada eucaristía, de celebrarla constantemente durante ocho días enteros en Pascua y repetir Hoy es el día en que actuó el Señor, Aleluya, aleluya.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Domingo V de Cuaresma (21 de marzo de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (21 de marzo de 2021)

Jeremías 31:31-34 / Hebreos 5:7-9 / Juan 12:20-33

 

Hermanos,

Todos tenemos algún amigo o familiar que considera a Dios como algo superfluo o extraño y, si acaso existe, muchos creen que no les va a ayudar en su día a día, que todo depende de lo que ellos hagan. Y así vemos, por ejemplo, como se esfuerzan en conocerse, en adquirir técnicas de concentración mental que les ayuden a tener éxito en las tareas que emprenden. Son personas que no manifiestan deseo de tratar con Jesucristo.

Es diferente el camino de fe y de conversión, al que el Evangelio de hoy hace referencia cuando nos habla de unos griegos anónimos, conversos al judaísmo, que, sabiendo que Jesús se encontraba en Jerusalén, se acercaron a Felipe, uno de los doce apóstoles, y le dijeron: «queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés (uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor) y ambos se lo dijeron a Jesús.

La inmediata respuesta de Jesús a aquellos que quieren verle orienta hacia el misterio de la Pascua, la manifestación gloriosa de su misión salvífica. «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado», dirá. Así pues, el atractivo de la persona de Jesús nos lleva a la hora de la glorificación del Hijo del hombre. Pero a través del paso doloroso de la pasión y de la muerte en la cruz. Sólo desde la fe sobrenatural podemos aceptar que así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos.

Dentro de tantas alertas sanitarias actuales, la palabra del Evangelio, el deseo de ver a Jesús, nos dice que no hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios. Es decir, acercarnos al Dios que habla y que nos comunica su amor para que tengamos vida abundante. Deberíamos pedir a menudo a Dios la gracia que despierte en nosotros la sed de ver y de conocer más a Cristo, que aumente en nuestra alma la divina luz de la fe que nos enseña el camino del cielo.

Nosotros, como aquellos griegos del Evangelio, también queremos ver a Jesús porque creemos que es Dios quien bajó del cielo para salvarnos de nuestros pecados, y que es Dios quien cada día nos facilita su gracia para darnos la fuerza de vivir según sus mandamientos.

Hoy podríamos detenernos y mirar atrás, hacia el fondo, para ser más conscientes de nuestro anhelo de Dios y descubrir si hemos tomado el rumbo correcto. Queremos ver a Jesús llevados de esta nostalgia que todos sentimos antes o después en el corazón, y que no es otra cosa que el anhelo de Dios. Una sed de Dios que nos hace soñar alguna vez con nuestra vida eterna, deseando la eternidad con Dios y los bienaventurados, por encima de todo bien material, incluida la salud corporal.

Dirá San Pablo que todas las cosas «se mantienen» en aquel que es «anterior a todo» (Col 1,17). Por lo tanto, quien construye la propia vida sobre el ver a Jesús en su Palabra y sus sacramentos se edifica verdaderamente de manera sólida y duradera. Como los griegos del Evangelio, hoy tenemos una gran necesidad de ser realistas. Es decir, necesitamos reconocer en Jesús el fundamento de todo.

Es un error prescindir de Jesus pensando que somos autosuficientes, que no necesitamos a Dios, que la felicidad depende de uno mismo y que consiste en una búsqueda creciente de autodeterminación, desarrollo técnico y satisfacción material. Pues el hombre no está hecho para sí mismo, ni para el mundo, está hecho para Dios, y sólo puede encontrar su felicidad en Dios.

Junto a la Virgen, dispongámonos a compartir el estado de ánimo de Jesús, preparados para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas junto con él, pensando y sintiendo como él, ya que realiza por cada uno de nosotros su misterio de cruz y de resurrección.

 

Abadia de MontserratDomingo V de Cuaresma (21 de marzo de 2021)