Domingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Domingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (24 enero 2021)

Jonás 3:1-5.10 / 1 Corintios 7:29-31 / Marcos 1:14-20

 

Estimados hermanos y hermanas,

En el evangelio que acabamos de proclamar encontramos a Jesús en el inicio de su ministerio en Galilea una vez Juan Bautista había sido encarcelado. San Marcos, sitúa el contenido de la misión con una afirmación rotunda por parte de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio», es decir, la presencia de Jesús conlleva un tiempo nuevo en el que el Reino de Dios ya está muy cerca. Se trata del inicio de un tiempo nuevo que perdura hasta hoy y que hace posible que Dios reine sobre cada uno de nosotros. Es una llamada constante, una vocación constante, para vivir atentos a la voz de Dios dejando entrar en el propio corazón su misterio.

En el mismo texto, el evangelista nos hace ver que la manera más adecuada de concretar la conversión y el creer consiste en seguir a Jesús. Por eso ha vinculado el anuncio de la Buena Noticia con la vocación de los primeros discípulos. Pasando junto al lago de Galilea, Jesús vio a un grupo de pescadores ocupados en su trabajo cotidiano. Hablando desde la lógica no deja de sorprendernos que tanto Simón y Andrés como Santiago y Juan, dejando lo que estaban haciendo, respondan de manera tan radical a la llamada de un desconocido. Pero el evangelista no pretende narrarnos la cronología de unos hechos, ni siquiera de un diálogo sino que intenta reflejar los rasgos esenciales de lo que significa ser discípulo de Jesús, más allá de las circunstancias concretas en que éste se lleve a cabo. Los cuatro pescadores son llamados simplemente a fiarse y ponerse en marcha.

Todos nosotros, con nuestras cualidades, conocimientos, costumbres y forma de vida… somos llamados constantemente por Jesús a quien vemos o intuimos alrededor de los múltiples lagos de Galilea de nuestras vidas. Él está presente de maneras muy diversas y quiere convertir nuestra actividad cotidiana en una nueva manera de hacer: continuar pescando, pero con él. Quiere que lo sigamos y muy a menudo nos pedirá que volvamos mar adentro para calar de nuevo las redes. Esta es nuestra conversión: hacer de nuestra vida cotidiana una buena noticia.

Por lo tanto, convertirse para creer en el Evangelio y responder a la llamada que Jesús nos hace continuamente consiste en volverse hacia donde está la luz. A menudo confundimos la conversión con prácticas ascéticas o morales. Y no es eso solamente. Se trata de hacer el esfuerzo para volvernos hacia la verdadera luz. La conversión encuentra su sentido en Jesús mismo que se define como la Luz del mundo. Por admirable que sea la reacción y la respuesta de aquellos pescadores, el personaje principal de la llamada es Jesús.

En este tiempo de pandemia que estamos viviendo con las consecuencias que conlleva para tantas personas y pueblos, me doy cuenta que las palabras de Jesús: «Ha llegado la hora y el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio «y así como la llamada a seguirlo que hizo a los primeros discípulos, toman un relieve particular. Y lo toman porque la pandemia nos ha cogido desprevenidos como seguramente cogió desprevenidos a Simón, Andrés, Santiago y Juan, la llamada que Jesús les hizo a seguirlo.

También, hoy, en este presente, complejo y lleno de sufrimiento de todo tipo, la voz de Jesús resuena igual que junto al lago de Galilea: ¡seguidme! Siguiéndolo podremosconvertir nuestra manera de mirar a los demás, de mirarnos a nosotros mismos, de mirar Dios. Los primeros discípulos simplemente se levantaron y se fueron con él, sin hacerle ninguna pregunta. ¿No será que hoy también cada uno de nosotros haya de levantarse y simplemente tenerle confianza? Y sabemos por experiencia ajena o propia que cuesta mucho.

Para ilustrar lo que acabo de decir nos puede ayudar el testimonio de Etty Hillesum, la joven judía que murió a los 29 años en la cámara de gas de Auschwitz (30 de noviembre de 1943). En su diario, que había continuado escribiendo incluso en el campo de concentración, escribió: «Estoy dispuesta a todo, me iré a cualquier lugar del mundo, donde Dios me envíe, y estoy dispuesta a testificar, en cada situación hasta la muerte, que la vida es hermosa, que tiene sentido y que no es culpa de Dios, sino nuestra que todo haya llegado hasta este punto» (se refería a la barbarie nazi). Y continuaba escribiendo: «interiormente me siento en paz. Dentro de mí hay una confianza en Dios que al principio casi me daba miedo por la forma como iba creciendo, pero ahora me pertenece. Y ahora a trabajar”.

El sufrimiento y la desdicha la llevaron a orar así: «amo tanto al prójimo porque en cada persona amo un pedazo de ti, oh Dios. Te busco por todas partes en los seres humanos. Intento desenterrarte del corazón de los demás «.

¿No es esto un modelo de conversión que nos puede ayudar y estimular a vivir nuestro compromiso cristiano en este tiempo de pandemia? Que nos ayude Dios mismo.

 

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (24 de enero de 2021)
Domingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)

Domingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)

Homilía del P. Antoni Pou, monje de Montserrat (17 enero 2021)

1 Samuel 3:3b-10.19 / 1 Corintios 6:13b-15a.17-20 / Juan 1:35-42

 

Si viéramos el año litúrgico como unos largos ejercicios espirituales ignacianos, nos encontraríamos este domingo en la segunda semana. Después de haber meditado la encarnación de Jesús para salvar la condición humana, su nacimiento en la humildad de un establo, y su epifanía en el Bautismo, hoy los textos bíblicos nos invitan a meditar sobre nuestra vocación.

En la primera lectura hemos escuchado la vocación de Samuel. La voz del Señor se le hace presente mientras dormía, posiblemente en un sueño. Él cree que es Elí que le llamaba… no está todavía acostumbrado a oír la voz de Dios. En la tercera vez Elí le dice: «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha». Dios llama de muchas maneras, pero una de las más comunes es desde nuestro interior. Si estamos atentos a nuestros deseos, anhelos interiores, pensamientos… y no sólo nos dejamos arrastrar por ellos de una manera inconsciente, podría ser que alguna vez nos diéramos cuenta de que algunos de estos anhelos, deseos o pensamientos nacen de lo más profundo de nosotros mismos, como si no fueran nuestros, sino del Espíritu, una realidad que nos empuja a buscar, trascendernos, y abandonarnos a Dios.

Esta época de pandemia, terrible en muchos aspectos, y que deseamos que lo antes posible se termine, ha restringido nuestras relaciones sociales, y ha hecho que tuviéramos que aprender, de una manera forzada, a cultivar nuestra interioridad. Hemos aprendido que no es fácil estar con nosotros mismos, y que si no estamos atentos, los pensamientos negativos nos comen. Pero si hemos dado un paso más nos damos cuenta de que en nuestro corazón también hay semillas de trascendencia, de compasión, de piedad para con Dios… podemos sentir la llamada Dios que nos empuja a la solidaridad, a profundizar en nuestra espiritualidad.

Este cultivo de la interioridad es propio también de la espiritualidad cristiana. Hoy que es la fiesta de San Antonio, abad, podemos recordar el carisma de los ermitaños y ermitañas, los contemplativos, que son con su experiencia maestros de interioridad, y que fecundan, a menudo de manera oculta, toda la vida de la Iglesia y de la sociedad. A Tomas Merton le gustaba decir que los contemplativos somos como los árboles que, en silencio, dan oxígeno a toda la tierra.

El Evangelio de Juan, por otra parte, nos ha presentado la llamada de los primeros discípulos de una manera diferente a como lo hacen los otros evangelios… en Mateo, Marcos y Lucas, Jesús es el maestro itinerante, que encuentra a quienes serán los sus discípulos en su vida cotidiana: repasando las redes, en la barca, recaudando impuestos. Estos evangelios mantienen fresca la tradición oral de los primeros grupos cristianos mendicantes, que recorrían, como Jesús, caminos, pueblos y villas e invitaban a quienes se animaban con su mensaje a una vida nueva, dejándolo todo, para predicar la Buena Nueva.

El Evangelio de Juan es diferente: Jesús encuentra a los primeros discípulos entre los seguidores de Juan Bautista, y ya no es aquel profeta itinerante que no tiene donde apoyar la cabeza, sino el maestro anfitrión que invita a quienes están interesados en él a su casa: «Maestro, ¿dónde vives?» – Venid y lo veréis. Es como si el Evangelista proyectara en la evangelización de Jesús lo que debía pasar en sus comunidades cristianas basadas en las familias cristianas que invitaban a los interesados en la nueva fe, a compartir lo que creían y vivían, y más tarde después de un largo proceso, al bautismo y la eucaristía.

Esto, naturalmente nos invita a reflejar de qué manera nosotros, como comunidades cristianas, somos buenos anfitriones, y tenemos las puertas abiertas para que todos puedan «venir y ver» cómo vivimos; dándoles razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Más aún, si escuchamos las directrices que nos da el Papa Francisco, no sólo tenemos que esperar que se nos pida venir, sino que nosotros mismos tenemos que salir para hacernos encontradizos, como cristianos, en nuestra sociedad. No se trata de hacer una campaña de adoctrinamiento, haciéndonos pesados y molestos, mostrándonos como superiores y guardianes de la verdad. Sino de compartir lo que somos y vivimos de manera sencilla, respetando que los demás tengan otra experiencia de la vida distinta a la nuestra. Buscando lo bueno, respetable, y verdadero que tenemos en común, trabajando por una sociedad más justa y más humana.

La confesión desacomplejada y sincera de nuestra fe, también puede hacer que algunas personas con las que tratamos se interesen por cómo vivimos nuestra espiritualidad. Hay personas que buscan trascender una vida basada sólo en la supervivencia material y están sedientas de algo más. El Evangelio da una perspectiva más profunda a la vida, sus narraciones son medicina y alimento para el alma.

¿Qué buscáis? Pregunta Jesús a Andrés y al otro discípulo. Jesús invita a su casa a quienes están en búsqueda, y ls responde «Venid y veréis». Y después de estar un día con Jesús, los discípulos salen entusiasmados a comunicarlo a Pedro. «Hemos encontrado al Mesías”… hemos encontrado lo que buscábamos, el cumplimiento de lo que nos había sido prometido, y anhelábamos.

Como también nosotros somos los que buscamos, en esta eucaristía somos de nuevo invitados por Jesús a su casa, él no sólo comparte su palabra, sino que pone la mesa y nos invita a la comida que simboliza su amor, entregado por nosotros. Que salgamos también, como Andrés y el otro discípulo, entusiasmados, con la necesidad de compartir lo que hemos visto, oído y lo que hemos vivido. Así sea.

 

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (17 de enero de 2021)
Fiesta del Bautismo del Señor (10 de enero de 2021)

Fiesta del Bautismo del Señor (10 de enero de 2021)

Homilía del P. Joan M Recasens, monje de Montserrat (10 enero 2021)

Isaïes 55:1-11 / 1 Joan 5:1-9 / Marc 1:7-11

 

Con esta fiesta del Bautismo del Señor se cierran las celebraciones litúrgicas navideñas y se inicia el periodo llamado la vida pública de Jesús.

En la primera lectura que se nos ha proclamado, Isaías ponía en boca de Dios todo lo que el pueblo de Israel recibiría con la venida de su Mesías. Les decía que sería un tiempo de prosperidad y de bienestar para todos aquellos que buscasen al Señor. Él se dejaría encontrar y lo sentirían muy cercano. Les predecía que al igual que la lluvia y la nieve que caen del cielo fecundan la tierra y la hacen germinar, la palabra salida de los labios del Señor haría que se cumpliera en ellos todo lo que les había predicho.

El pueblo esperaba con ansia la venida de este Mesías de Dios, ya que los acontecimientos políticos que los rodeaban les hacían cada vez más imposible la vida, especialmente en la gente sencilla y pobre del pueblo de Israel. De esta espera y de este malestar surgieron varios movimientos mesiánicos que se presentaban como precursores de la definitiva venida del Mesías prometido por Dios y que los tenía que liberar de la opresión insoportable de los poderosos.

Juan Bautista se presenta como uno de estos precursores de la venida del Mesías y predica un movimiento de conversión de costumbres con un bautismo de purificación con el fin de allanar los caminos para la venida definitiva del Mesías Salvador anunciado por todos los profetas.

La fama de Juan y de su predicación atraía mucha gente del pueblo para hacerse bautizar con su bautismo de purificación en las aguas del río Jordán. Con todo, Juan dirá a la gente que él no es el Mesías esperado ya que detrás de él viene otro más poderoso, del que no es digno ni de agacharse para desatarle la correa de su calzado. Les dirá también que él los bautiza con agua, pero que el que viene detrás, sí los bautizará con Espíritu Santo.

Jesús, después de vivir unos años una vida normal como la de cualquier hijo de su pueblo, atraído por la fama del Bautista, lo dejará todo, familia, pueblo y trabajo para ir junto al río Jordán a hacerse bautizar por Juan. Y al salir del agua, tal como nos ha dicho san Marcos en el fragmento evangélico que se nos ha proclamado, Jesús vio rasgarse el cielo y al Espíritu en forma de paloma, se ponía encima de él y que una voz del cielo le decía: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

El encuentro con Juan Bautista será para Jesús una experiencia existencial que le hará dar un giro completo a su vida. Después del bautismo, Jesús ya no vuelve a su ciudad de Nazaret ni se adhiere al movimiento del Bautista, se retira un tiempo en el desierto para prepararse para iniciar la misión que cree que le ha sido encomendada y que siente como único objetivo de su vida futura, la de anunciar a todos con voz insistente la Buena Nueva de Salvación de un Dios que es Amor y Padre y que quiere que todo el mundo se convierta y se salve.

Esta experiencia de Jesús puede tener también para todos nosotros un significado existencial de purificación y de cambio de vida. La fe es un itinerario personal que cada uno debe recorrer si quiere alcanzar esa gran misión que todos hemos recibido en el momento de nuestro bautismo: la de ser imitadores de Jesucristo y testigos del amor de Dios en medio del mundo en el que vivimos.

Hoy, en este nuestro mundo tan desastrado y con el azote de una pandemia, hay demasiada gente que sufre por falta de posibilidades económicas y por la explotación de aquellos que creen ser los dueños de la humanidad y los poseedores de la verdad. Es urgente que nosotros que queremos ser seguidores de Jesucristo procuramos llevar una brizna de esperanza que les ayude a cambiar la manera de hacer y de actuar ante las necesidades de nuestro hermano. Quizás necesitamos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los gestos pequeños. Ciertamente no nos sentimos llamados a ser ni héroes ni mártires, pero sí estamos invitados a vivir poniendo nuestra vida al servicio de los demás con pequeños gestos que les puedan dar un poco de esperanza. Aprender a estar atentos a aquel que necesita de una palabra de confort, de una mano extendida que lo haga salir del pozo donde se siente sumergido, de una sonrisa acogedora al que está solo y desamparado. En definitiva, tratar de imitar a Jesucristo llevando amor y esperanza a todos aquellos que nos rodean y tienen necesidad de sentirse queridos y valorados por lo que realmente son, hijos de un mismo Padre que nos ama de tal manera que nos ha enviado a su propio Hijo para demostrarnos que lo que quiere es nuestro bienestar y que tengamos paz y alegría interior porque nos sabemos amados con un amor infinito.

Deseo que la fiesta de hoy nos haga tomar más conciencia de lo que somos y de lo que deberíamos ser.

 

Abadia de MontserratFiesta del Bautismo del Señor (10 de enero de 2021)
Domingo II de Navidad (3 de enero de 2021)

Domingo II de Navidad (3 de enero de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monjo de Montserrat (3 enero 2021)

Siràcida 24:1-4.12-16 / Efesis 1:3-6 / Joan 1:1-18

 

Estimados hermanos y hermanas,

Celebramos el segundo domingo de Navidad y se nos ofrece, en las lecturas de hoy, una página del Evangelio que ya hemos escuchado en días precedentes. Concretamente en la misa del día de Navidad y el pasado jueves, 31 de diciembre. Así pues, si la Iglesia nos presenta el mismo pasaje tres veces en un corto espacio de tiempo, quiere decir que esto es realmente importante.

Y en verdad lo es. Este inicio conforma el prólogo del Evangelio de San Juan, del que quiere ser una especie de introducción y resumen. En estos 18 versículos, el evangelista es capaz de introducir todos los conceptos que luego desarrollará en el curso de su narración: Palabra, Vida, Luz, Gracia, Filiación… Es fundamentalmente un himno, denso en teología, que canta la gloria de la creación y redención.

Un pasaje largo y también un poco complejo. Mucho se ha escrito sobre este prólogo y mucho se podría decir. Yo sólo comentaré un par de frases. La primera, en mi opinión, es realmente hermosa y esperanzadora, especialmente en los tiempos que estamos viviendo: «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió».

Esta es verdaderamente una Buena Noticia. La oscuridad, toda la oscuridad, no supera la Luz de Dios. Lo que Juan quiere decirnos es que la Luz que Dios envía es una luz segura, una luz en la que podemos confiar, porque es más fuerte que las tinieblas, capaz de brillar incluso en la oscuridad, y superarla. Esta Luz, como bien sabemos, es Jesús. En este mismo Evangelio dirá: «Yo soy la luz del mundo, el que me siga tendrá la luz de la vida».

¿Qué significa tener la luz de la vida? Quiere decir que nuestra vida brilla. Pero no porque nosotros producimos esta luz, por méritos propios, sino que la reflejamos como la luna refleja la luz del sol por la noche o los vitrales tiñen de colores el ambiente dejando pasar los rayos de luz. Esta es la verdad, si estamos unidos a Dios, a su hijo Jesús, si escuchamos su palabra y la ponemos en práctica, seremos resplandecientes, porque estaremos continuamente iluminados por una luz que nadie nos podrá quitar, ninguna maldad ni arrogancia. Si entendemos que esto es importante debemos permanecer anclados en la luz, porque sólo así podremos brillar.

Y escuchamos también otra expresión importante de este pasaje: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Así es, unos reciben a esta persona que es la palabra de Dios, y otros, no. Pero todos necesitamos la luz de esta palabra. Todos necesitamos, para descubrir el sentido de nuestra vida, esta sabiduría que nos ayuda a ver las cosas desde los ojos de Dios, que es la «Luz de quienes en él creen» (Colecta). Si no recibimos a este Cristo como la Palabra definitiva de Dios no nos extrañemos del desconcierto y la confusión que reina en este mundo.

Los cristianos no creemos en un Dios aislado e inaccesible, encerrado en su Misterio impenetrable. Nos podemos encontrar con él en un ser humano como nosotros. Para relacionarnos con él, no tenemos que salir de nuestro mundo. No debemos buscarlo fuera de nuestra vida. Lo encontramos hecho carne en Jesús. Esto nos hace vivir la relación con él con una profundidad única e inconfundible. Jesús es para nosotros el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.

Todo esto lo hemos de entender de manera viva y concreta. La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y como nos quiere ver actuar con los que sufren. La acogida amistosa de Jesús a pecadores y marginados nos manifiesta como nos comprende y perdona, y como nos quiere ver perdonar a los que nos ofenden.

Por eso dice Juan que Jesús está «lleno de gracia y de verdad». En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quien confiar, no hay nada más importante que poner en el centro de nuestra vida a Jesús como rostro humano de Dios.

Hermanos y hermanas, esta es la grandeza de la Navidad: Dios se hace hombre, se hace pequeño para hacernos como Él, para hacernos partícipes de Él, uno con Él. No hay necesidad de añadir nada más. Esta es la grandeza a la que estamos llamados y de la que somos partícipes. De nosotros depende.

 

Abadia de MontserratDomingo II de Navidad (3 de enero de 2021)
Fiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Fiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (27 de diciembre de 2020)

1 Samuel 1:20-22.24-28 / 1 Juan 3:1-2.21-24 / Lucas 2:41-52

 

Queridos hermanos y hermanas:

En medio de las grandes solemnidades de Navidad, fin de año y Reyes encontramos, dentro de la octava, la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que este año cae en domingo, memoria de San Juan Evangelista.

San José Manyanet, peregrino y devoto de Montserrat, decía: «Hacer del mundo una familia, y cada Familia un Nazaret». La fiesta de hoy nos invita a todos nosotros a contemplar la vida interior, doméstica y casera, de la pequeña y gran Familia de Jesús, que vivía en Nazaret, en una sencilla aldea, un lugar pequeñísimo, de la región de Galilea, totalmente desconocido en el Antiguo Testamento, ignorado en el Talmud Judío, y que el historiador romano Flavio Josefo desconocía totalmente. Una localidad remota que el mismo Apóstol Natanael (conocido como Bartolomé) dijo: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). O como decían los fariseos: «De Galilea no sale ninguno de los Profetas!» (Jn 7,52). Es en este pequeño pueblo donde Jesús vivía, con sus padres, una vida retirada, normal, de trabajo, estudio, alegría y fiesta, de contemplación y silencio. Nos dice el evangelista san Lucas que hemos oído hoy: «Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría». «Les era obediente, progresaba en sabiduría y aumentaba en gracia tanto ante Dios como ante los hombres». (Lc 2, 39-52). Jesús era reconocido como Nazareno por su origen familiar, para que así se cumpliera el oráculo de los profetas: «llamado nazareno» (Mt 2,23). Es sobre estas venerables ruinas, bien fundamentadas, de esta pequeña casa-cueva, que los primeros cristianos construyeron rápidamente una primitiva Iglesia, que destruida, derribada, reedificada y restaurada más de seis veces es hoy en día la gran Basílica de la Anunciación de Nazaret.

El Papa San Pablo VI en su determinante viaje a Tierra Santa de 1964, una visita histórica que todavía hoy permanece viva y actual, decía: «Nazaret es la escuela donde se empieza a entender la vida de Jesús, es la (casa) donde se inicia el conocimiento del Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde, y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí en Nazaret se aprende, incluso, tal vez de una manera casi insensible, a imitar su vida Familiar”.

Estamos viviendo un tiempo marcado por la dolorosa pandemia, que desgraciadamente se resiste a marchar de nuestro pequeño planeta y, por desgracia, hemos tenido que aprender a convivir con ella desde el comienzo de la Cuaresma pasada. Mascarillas que no nos dejan ver la expresividad del rostro, obligados a mantener las distancias sociales, los líquidos desinfectantes, aislamiento total, burbuja familiar, aforo, nuevos gestos para saludarnos, teletrabajo, y la llamada nueva normalidad … Sufrimos unas restricciones laborales muy fuertes motivadas sobre todo por Coronavirus, falta de movimientos, de trabajo, de relaciones interpersonales y sociales, así como la pérdida de familiares queridos sin poder acompañarlos y hacer un duelo cristiano; pensamos ahora, sobre todo, en las residencias y hospitales. Todo esto nos era totalmente impensable… ¡y no hace, ni siquiera, un año!

El confinamiento general o parcial, motivado por Covidien-19, ha supuesto un ritmo de vida familiar mucho más interior, más doméstico. Una forma diferente de vivir: las horas, los días y las semanas reducidos dentro un pequeño hogar o residencia. Para muchas casas ha sido un tiempo de fortalecimiento de los vínculos matrimoniales y familiares, de vivir un período de comunión, de obligación familiar y de libertad. Una Escuela de perdón que no es fácil, donde cada miembro de la familia tiene su responsabilidad. Una presencia de amor cristiano generoso, gratuito y vivo. Una pequeña Iglesia doméstica con las virtudes de la casa de Nazaret.

Desgraciadamente, para muchos otros hogares ha sido un tiempo de ruptura definitiva y como siempre los más perjudicados son los hijos pequeños que con su silencio manifiestan, calladamente, su triste dolor. Todo matrimonio es dar, pero también es recibir y compartir, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad todos los días de la vida.

Hay, sin embargo, otro grupo, muy grande, de familias que viven uno: «Statu quo» de facto; un aislamiento personal, con unas fronteras invisibles, pero palpables. Un poderoso individualismo de mi «yo personal». Un silencio significativo, fomentado sobre todo con las nuevas tecnologías. Un soportemos y te soportaré. Todos recordamos perfectamente los días negros, de niebla, de mal, pero ¿nos cuesta mucho revivir, repensar los días de alegría y de alegría? La fiesta de hoy es una pequeña invitación a romper el hielo, a hablar y fomentar lo que nos une y no lo que nos divide, a vivir con dignidad según el modelo de la familia de Nazaret. Como nos dice San Benito: «Hacer las paces antes de la puesta del sol con quien se haya reñido» y «lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie» (capítulos IV y LXX).

Como decía el Papa en la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona: «Todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana» (7 -11-2010). «Hacer del mundo una familia, y cada familia un Nazaret» (San José Manyanet). Permitidme, para terminar, esta pequeña oración de Navidad:

Señor Jesús, ¡qué grandes son todas tus obras! Danos un espíritu silencioso como San José, y un corazón abierto, contemplativo, acogedor como Santa María, para que nos saciemos siempre mirando su presencia dentro del pequeño pesebre de nuestro corazón. Amén. ¡Felices Fiestas!

 

Abadia de MontserratFiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)
Domingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Domingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (20 de diciembre de 2020)

2 Samuel 7:1-5.8b-11.16 / Romans 16:25-27 / Lluc 1:26-38

 

Seguro que habréis tenido esta experiencia: mirando fotografías de la infancia y de la juventud de personajes importantes, os admiráis de que aquellos niños o jóvenes llegasen allí donde llegaron. Por ejemplo, el Papa Juan XXIII, que siendo un humilde hijo de agricultores vemos en las fotografías de joven aquel anciano que causó un tsunami eclesial anunciando el Concilio Vaticano II. Pues bien, eso es lo que pretende la página que Lucas nos presenta: nos proyecta, en el momento del anuncio a María, lo que sería Jesús; es decir, sobrepone una fotografía del Jesús grande sobre la del niño Jesús. Y nos dice que sobre aquel niño reposaba ya la mano de Dios que le conduciría hasta dar la vida por todos los hombres. Esto no se podía haber supuesto a lo largo del recorrido de su vida hasta que no hubiera llegado el momento final. Pero ya estaba definido por Dios.

Pero esto es lo que nos cuenta el ángel Gabriel, embajador de Dios, enviado por Dios como uno de los seres que conocen los planes de Dios: María, aquella joven desconocida, de un pueblecito desconocido de entre los 200 pueblos de Galilea, Nazaret, -un nombre nunca mencionado en la Biblia- será madre por intervención del poder de Dios sobre ella, madre de un niño que no será fruto de unión matrimonial, sino engendrado por obra del Espíritu Santo, exclusivamente. Y cumplirá la profecía hecha a David: será el Mesías anhelado por todos los siglos y anunciado antes por los oráculos divinos. La realización del plan de Dios, sin embargo, no se impuso de golpe: se fue preparando lentamente a lo largo de los siglos y por fin ¡hace nacer a su Hijo, virginalmente, pero como un hombre cualquiera! No nace en ningún palacio real, ni en ninguna casa sacerdotal o rica, sino en el lugar más pobre y desconocido. María, jovencita, toda pura y humilde, no lo comprende paso -ya que esto no se comprende racionalmente-, pero lo acepta con fe obediente: «que se haga en mí según tu palabra». Y aquí comienza la redención. El cielo se une con la tierra. La voluntad divina se une a la voluntad humana. Y en la noche de ese día del nacimiento el cielo se llenó de luz y los ángeles anunciaron la venida del Redentor del mundo. Dios se abajó para hacerse hermano nuestro y elevarnos a hijos de Dios. ¿Lo comprendemos esto? No. Pero lo creemos por todo lo que Jesús dijo e hizo en su vida. Nos dijo que «el Padre y él son uno», que «el que cree en mí, aunque muera, vivirá», porque él ha venido a dar la vida abundantemente. Que resucitó y fue a prepararnos un lugar en el cielo.

Ante este derroche de amor, no sólo sobre María, sino sobre toda la humanidad, ¿cómo no podía ella entonar aquel himno de alabanza al Padre que tiene unos planes tan inexplicables, -como nos decía san Pablo-, y que nos ama sin límite: Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador? Ha mirado mi pequeñez y la de toda la humanidad. Porque su nombre es santo, y todo lo que se propone queda santificado. Desde aquel momento todo el mundo quedó iluminado por el don de Dios. Los ángeles lo anuncian y glorifican a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que Dios ama».

Esto lo revivimos cada vez que celebramos los santos misterios. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía se hacen presentes todos los actos salvadores de la vida de Cristo. Nosotros no podemos celebrar más que un misterio cada vez, pero la presencia siempre es total. No venimos, pues, a «oír misa», como quien escucha un concierto, sino a participar y compartir el don inmenso que Dios ha hecho a los hombres: el don de su Hijo, que se ha hecho hermano y Salvador nuestro; y unidos a él nos ha hecho hijos de Dios de verdad. Demos gloria a Dios, con María.

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (20 de diciembre de 2020)
Domingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Domingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (13 de diciembre de 2020)

Isaías 61:1-2a.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Nos podríamos preguntar queridos hermanos y hermanas qué sentido tiene que la Iglesia proponga tiempo intensos para preparar y vivir las grandes fiestas del año. Nosotros hacemos a menudo lo mismo en nuestra vida cotidiana: ¿o tal vez no hemos escuchado nunca esa pregunta retórica: tú qué harías si sólo te quedaran unos cuantos meses de vida? ¿O qué tres cosas te llevarías a una isla desierta? Con esta pregunta, en un contexto normalmente muy diferente del religioso, lo que pretendemos es concentrar el tiempo o el espacio, tener una percepción diferente, no tan extensa o infinita como la que tenemos habitualmente, y de esta manera, darle mucha más importancia a las cosas que pasan en este tiempo o en este espacio, porque lo creemos limitado.

Los tiempos litúrgicos fuertes que nos propone la Iglesia también pretenden intensificar el tiempo y eso pasa de una manera muy especial en el Adviento, con su importante contenido de reflexión histórica. El Adviento quiere que nos concentremos en el nacimiento de Jesús y en su regreso al final del tiempo. Un evento en la historia pasada y otro en la historia que está por venir y que tendríamos la tentación de pensar que nunca sucederá.

Y si el mundo nos pregunta a veces cuáles son las tres cosas importantes que haríamos si tuviéramos poco tiempo, yo me he atrevido preguntarme y preguntar a las lecturas de hoy qué tres palabras nos dicen que son importantes. Y me han salido tres, que empiezan todas por la letra jota.

La primera jota es la de Jesucristo. No hay más centro, no hay más fundamento, no hay más piedra angular que Él. Las lecturas de hoy nos dan tres perspectivas de Cristo: Ya sea recuperando la esperanza histórica de Israel en el nacimiento de su Mesías, como encontramos en el profeta Isaías; ya sea compartiendo la espera inminente de los dos grandes personajes del Adviento, Santa María y San Juan Bautista, cuya vida no tiene más sentido que la de reflejar la importancia del Mesías-Hijo de Dios que viene, o ya sea también a partir de la primera reflexión que San Juan y San Pablo nos transmitieron después de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret, una vida y una muerte y una resurrección que son luz que ha venido al mundo y mensaje para impactar la vida de cada uno de nosotros, desde la primera generación cristiana hasta hoy. ¡Qué tipo de misterio, que palabras que tienen 2000 años! – Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo, quedaos con lo bueno. Guardaos de toda forma de mal. ¡Qué misterio, digo, que estas palabras sean tan actuales, tan aplicables a nuestra vida hoy mismo! Ni el contexto, ni el cambio de mentalidad, ni el estilo, que hacen que todo caduque a velocidades vertiginosas han podido descalificar ninguna de esas palabras que hemos escuchado en la 2ª lectura.

La segunda jota que acompaña siempre a la de Jesucristo es la de Justicia. La justicia bíblica que no es un equilibrio de valores, o una ecuación legal que se resuelve en una sentencia, sino que es la restauración en la tierra del orden querido por Dios. Las lecturas de hoy nos hablan de ella; la curación de los enfermos, la liberación de los cautivos, el cambio radical de pobres por ricos, y de poderosos por humildes del Magnificat, que hemos cantado como salmo responsorial. Los profetas acompañan siempre la venida del Mesías con la justicia del Reino. Y hoy el mensaje sigue tan o más válido que siempre, en un mundo y en una sociedad tan lejos aún del proyecto de Dios. Hay que destacar un matiz: cuantas veces los hombres y las

mujeres nos hemos puesto en el centro en la búsqueda de una justicia de este mundo, una búsqueda desarraigada de Dios, desarraigada de un fundamento, una búsqueda que poniendo sólo las ideas en el centro, ha acabado olvidando y despreciando a las personas concretas. Todos estos intentos han fracasado. La verdadera búsqueda cristiana de la justicia perdura después de 2000 años, capaz de luchar con la voluntad de no sacrificar a nadie en el camino.

La tercera jota que nos acompaña este domingo es la jota de alegría. La alegría del profeta Isaías cuando canta: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios, la alegría de Santa María cuando canta: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Alegría a pesar de todo. A pesar de la Covid19 que nos pone socialmente ante la Navidad más extraña que hayamos vivido la inmensa mayoría de nosotros, alegría a pesar de los muertos cercanos en tantas familias, alegría quizás imposible en algunas familias porque la situación no lo permitirá, pero vivida aunque sólo sea como un deseo para el futuro. Porque sí: la alegría de este domingo Gaudete, domingo de la alegría, es tan absolutamente actual este año porque no es alegría por algo que haya pasado sino por lo que esperamos que pase. Quizás nunca nos habían colocado colectivamente en una situación de esperanza tan grande en el futuro. Los monjes rogamos con todo el mundo a menudo para que pase la pandemia, se lo pedimos a Dios: compartimos desde nuestra fe el deseo gozoso y alegre de otro escenario y en esta espera nos encontramos con la celebración del nacimiento de Jesús, del Navidad, un año más, un año diferente. Y tenemos la ocasión perfecta de asociar todo el sufrimiento que hemos testimoniado y que vivimos, a la esperanza cumplida de Israel por el nacimiento del Mesías, y recordar con consuelo el testimonio del pueblo cristiano que ha sufrido y pasado tantas cosas en su larga historia confiando en el Señor y que siempre ha reencontrado la paz y la alegría.

Si pensáramos, en la mitad de este de Adviento, en aquella pregunta que os recordaba al principio: ¿qué haríamos si tuviéramos poco tiempo? Responder que vivir en la alegría, en la justicia y en la fe en Jesucristo, sería una respuesta muy alternativa y muy poco esperada, pero que nos daría más felicidad que todas las enajenaciones que en el fondo nos alejan de Dios y de las alegrías y esperanzas del mundo. Pidamos a Dios que nos ayude mientras celebramos el memorial que el mismo Jesucristo nos dejó.

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (13 de diciembre de 2020)
Domingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Domingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (6 de diciembre de 2020)

Isaías 40:11-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Seis siglos antes de la venida del Señor, el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó la población. Fue uno de los peores momentos de la historia de Israel, y los judíos exiliados a Babilonia lo vivieron como una situación trágica: los sacrificios del templo habían cesado, Jerusalén había sido destruida y ellos se sentían completamente abandonados por Dios. Estaban en un país lejano y habían perdido la esperanza ante un futuro incierto. Pero cuando parecía que habían caído en el pozo más profundo, el profeta Isaías les hizo el anuncio gozoso que escuchábamos en la primera lectura: el Señor no les había abandonado sino que perdonaba sus pecados, y cambiaría la historia. Al igual que el antiguo pueblo de Israel había vivido un éxodo y había sido liberado de Egipto, ellos también vivirían un evento de igual trascendencia que les permitiría el retorno a la tierra prometida. « que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, […], la cordillera se volverá una llanura, el terreno escabroso será un valle» era una forma de decir que, fueran cuales fueran las dificultades, el Señor se abriría paso para llevarles la salvación. Y así lo hizo. En otra época no carente de dificultades para el pueblo hebreo que vivía bajo la ocupación del Imperio Romano, el mismo Dios se hizo presente en la figura de Jesús. Del mismo modo que Dios había guiado al antiguo pueblo por el desierto, ahora, encarnándose se pondría al frente de la humanidad para guiarla en su peregrinación desde este mundo hacia la Jerusalén celestial.

Desde aquellos tiempos lejanos en que el antiguo pueblo de Israel recibió las promesas hasta ahora, no ha habido ninguna época que no se haya carecido de dificultades. Y en medio de estas dificultades, el Adviento reaparece cíclicamente cada año para volver a llenarnos de esperanza. Cuanto más evidente se hace a nuestros ojos la imposibilidad de salir de la situación con nuestros propios recursos, más intenso se hace el deseo de la salvación de Dios. Y por eso el mensaje del Adviento siempre nos es motivo de alegría, porque recordamos de nuevo que Dios nos ha prometido que el destino final de nuestro camino es «un cielo y una tierra nueva, en el que habite la justicia», según las palabras de la segunda lectura. Es el destino donde confluyen todos nuestros caminos personales, y hacia el cual ya estamos caminando. Y es el destino que se nos anticipa cada vez que celebramos la Eucaristía, el memorial del Señor, que es prenda de aquel convite eterno al que todos estamos invitados. Allí veremos a Dios cara a cara, mientras que ahora sólo lo podemos hacer a través del velo de la fe.

Pero si todo lo que vemos «se desintegrará», si pase lo que pase Dios nos tiene preparado un destino inmejorable, si el Adviento nos recuerda que el Señor vendrá a nuestras vidas un día u otro y este mismo Señor «no quiere que nadie se pierda »… ¿Cómo hemos de vivir? ¿Es necesario que nos sigamos esforzando? La respuesta es afirmativa: Sí. El profeta nos pedía que abriéramos en el desierto el camino del Señor, y Juan Bautista lo cumplió. Pero a diferencia de ellos, todos los cristianos que hemos venido detrás ya hemos sido bautizados con el Espíritu Santo, y todos hemos recibido la misma misión: debemos abrir caminos al Señor, debemos contribuir a hacer llegar a todos la buena nueva del evangelio. El Señor vino en la carne, volverá al final de los tiempos, y se hace presente en nuestras vidas cada vez que recibimos su palabra o que lo recibimos sacramentalmente como haremos. Pero también cada vez que, haciendo un pequeño gesto, cumpliendo nuestras responsabilidades lo mejor que sepamos, lo hacemos presente en la vida de los demás. Y hacer presente al Señor a través de nuestras obras… ¿no os parece una manera apasionante de hacer el camino de la vida?

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (6 de diciembre de 2020)
Domingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Domingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, Prior de Montserrat (29 de noviembre de 2020)

Isaías 63:16b-17.19b; 64:2b-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Las lecturas de este primer domingo de Adviento del ciclo B nos sitúan muy bien en la triple perspectiva de la vida cristiana. Hay como tres realidades capitales en la historia de la salvación, que se repiten también en la vida de cada uno de los creyentes y que desearíamos ver reproducidas en la existencia de muchos de nuestros contemporáneos que se sienten, más o menos conscientemente, lejos de Jesucristo .

He hablado de una triple perspectiva para referirme a tres realidades que señalan el camino de la Iglesia y, como decía, de cada uno de los discípulos de Cristo. La primera se puede resumir en la pregunta del profeta Isaías: ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? No nos de miedo, hermanas y hermanos, reconocer nuestra dificultad para creer y aceptar que, incluso eso que nos puede parecer tan extraño, también forma parte del plan de Dios para salvarnos. Y es que creer lo que profesaremos a continuación, después de esta homilía, es decir que existe un Dios personal que lo ha creado todo, que quiere el bien de sus criaturas, que ama la vida, que es el Amor con mayúscula, que nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo hecho hombre para salvarnos del pecado y de la muerte, que nos ha dado su Espíritu para que seamos un solo cuerpo y una sola alma y que renueva en nosotros su Espíritu Santo, siempre que se lo pedimos, creer todo esto no es fácil, ni es espontáneo, ni es cómodo. Incluso, más de una vez parece que los acontecimientos cotidianos quieran desmentir tercamente nuestra pobre fe. El misterio del mal y de la muerte, que es tan habitual por desgracia en buena parte de la humanidad y que nos ha aparecido como una novedad inesperada en nuestras sociedades occidentales con la Covidien-19, este misterio de tantas y tantas personas inocentes que sufren y que mueren, así como también el misterio de nuestra propia muerte ineludible, todo ello no nos resulta fácil de afrontarlo desde la fe. Si añadimos un entorno social y comunicativo contrario o que, sencillamente, ignora esta dimensión del ser humano, tendremos un cuadro bastante completo de la situación. Y para acabarlo de complicar, el profeta atribuye a Dios por lo menos una parte de nuestra falta de fe: Señor, ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Es que Dios, hermanas y hermanos, no nos quiere hacer creer en Él por fuerza, sino que espera que nuestra fe sea el resultado de un acto libre, movido por el amor a Jesucristo Salvador nuestro.

La segunda perspectiva ya la anunciaba, también, el profeta Isaías y la encontramos explicitada en el fragmento de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Decía el profeta: tu nombre de siempre es «nuestro Liberador […] Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano. Dios no rechaza su obra, porque la ama y porque nos ha creado a imagen y semejanza de su Hijo. En Jesucristo encontramos la razón, el fundamento y la fuerza de nuestra fe en Dios. Él es nuestra esperanza. Por eso san Pablo comienza la primera carta a los Corintios bendiciendo Dios pensando en la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús. Y eso que Pablo decía a los cristianos de Corinto también nos lo dice a nosotros: bendito sea Dios porque nos ha enriquecido en Cristo en toda palabra y en toda ciencia. Pablo saluda a sus destinatarios deseándoles la gracia y la paz de Dios. Estos dos términos sintetizan lo mejor de la cultura griega y de la sabiduría judía, que han dado forma a nuestra fe y han modelado en buena parte, aunque no exclusivamente, nuestra cultura. La gracia, la Xaris griega, es el favor de Dios, su benevolencia, el don de sí mismo que Dios ha depositado en nosotros, es también la fuerza de su Espíritu. La paz, shalom judío, ya se adivina que no es sólo la ausencia de guerras o de conflictos, que ya sería mucho, claro, sino que expresa aquella manera de vivir en la que se lleva a cabo nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. La paz es también el fruto de la sabiduría que viene de Dios y que nos permite ver y comprender la realidad tal como es a los ojos de su Creador, que es al mismo tiempo el Salvador. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor..

La tercera perspectiva también la anunciaban el profeta Isaías y San Pablo y es más explícita en el Evangelio. Isaías gritaba: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. Y San Pablo recordaba con toda la fuerza a los Corintios que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Pero en el evangelio es Jesús mismo quien nos desvela con su palabra: Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento […] no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa […] no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.. Es decir, la salvación que Jesucristo vino a traer y a anunciar con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ya empieza a estar presente y efectiva mientras vivimos en este mundo, pero nos damos cuenta que no es perfecta, que no está completa del todo. El Reino de Dios que Jesús anunciaba como un Reino cercano, aún no ha llegado a su plenitud. Cuando llegue todo será nuevo, todo será claro y diáfano, entonces triunfarán definitivamente el amor y la vida sobre el pecado, el mal y la muerte.

Jesús exhortaba a sus contemporáneos a velar para que el fin del mundo no los encontrara dormidos, pero también para que fueran capaces de captar y de vivir aquellos momentos en los que el Reino ya se hace presente en la vida de las personas y de las comunidades. Y eso que les decía a ellos, lo dice a todo el mundo, nos lo dice también a nosotros. Se trata de velar, hermanas y hermanos, para darnos cuenta de que la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte ya se empieza a manifestar ahora, en nuestra historia que es un tejido de pecado y de gracia, de luz y de tinieblas. Jesucristo resucitado, nuestra gran esperanza, sigue presente entre nosotros y nos empuja a desear con todo nuestro ser su manifestación definitiva. Por eso le podemos dirigir con gozo la aclamación del salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Amén.

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (29 de noviembre de 2020)
Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Domingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Joan M. Mayol, Rector del Santuario de Montserrat (22 de noviembre de 2020)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Corintios 15:20-26.28 / Mateo 25:31-46

 

Las lecturas de la eucaristía de esta solemnidad de Cristo Rey, nos hablan de Jesús, como Pastor solícito, Rey misericordioso y Juez justo. Jesús es el Gran Pastor del Pueblo de Dios porque ha dado la vida por sus ovejas, es verdaderamente Rey universal porque ha sido el único hombre que ha realizado incomparablemente mejor el oficio de ser persona. Dios ya había hecho al hombre “rey de lo que había creado» pero la historia nos dice que este ha hecho de sí mismo un tirano y se ha comportado con la naturaleza de idéntica manera.

La imagen que hoy sobresale más en esta escena del juicio final, sin embargo, es la de Jesús como Juez justo. El Padre ha dado a él el juicio porque él, abrazando la condición humana, ha vivido todos sus límites, ha sufrido sus tentaciones, pero no ha caído en ningún momento en la maldad del pecado porque ha confiado siempre en Dios y se ha mantenido humilde y respetuoso ante él. Jesucristo ha demostrado al género humano que ser persona, de acuerdo con el plan amoroso de Dios, es posible, no es fácil pero tampoco difícil, todo es ponerse; y en su providencia, conociendo nuestra debilidad, nos ha dejado como remedio a este mal radical del egoísmo que nos domina, el don de la misericordia. ¿Por qué la misericordia y no otro don? Porque la misericordia nos hace humildes, más personas. Ejerciendo la misericordia tenemos una oportunidad muy personal de experimentar, de alguna manera, el amor viviente que es Dios mismo. Y este amor es lo que puede ir transformando nuestro ego pagado de sí mismo en un yo liberado y liberador, en un yo en comunión fraterna con todos los demás.

La misericordia nos lleva a compartir más que a acumular, a cuidar más que a devorar, con lo cual la naturaleza sale beneficiada y por ende nosotros mismos. La misericordia nos empuja más a ser creativos que ser violentos.

Hablar de misericordia no es hablar de conmiseración paternalista, sino de empatía y de autenticidad humana, de gozo por el valor útil y eficaz de la propia existencia. La capacidad de ser misericordiosos es el gran don que la Providencia ha puesto en nuestras entrañas. Ser misericordiosos, empático, comprometido con el bien, es lo que nos hace benditos de Dios, la falta de todo esto o su contrario es lo que arruina la propia vida y la convivencia que se deriva. Misericordia no es ir con lirio en la mano, es más bien tener el coraje de renunciar a toda violencia para estrechar con fuerza las manos solidariamente tanto con los de cerca como con los de lejos, y ponerse juntos a abrir camino.

Las palabras de Jesús nos invitan a estar atentos a nuestras decisiones para no acabar condenando nuestra vida y nuestra historia, ya ahora, a un suplicio eterno debido al egoísmo o al amor inactivo. Los condenados que están a la izquierda y los salvados que están a la derecha del Señor, no están ahí por haber ignorado o conocido Jesús y su Evangelio, no se cuestiona aquí su religiosidad, la cuestión esencial que se debate es el ejercicio o no ejercicio de la misericordia con los que les son iguales en humanidad.

La argumentación de Jesús sopla sobre el incienso de piedad que podría ocultar los problemas que nos afectan a todos y que está en nuestras manos resolverlos: el hambre, la falta de agua, la miseria, la inmigración, problemas todos ellos que mal resueltos o resueltos sólo para unos pocos acaban generando para todos violencia, lágrimas y resentimientos.

Jesús no nos pide un imposible, él mismo no hizo más que lo que estaba a su alcance natural; pero no quiere que, por desidia o por miedo, acabemos mirando a otro lado cuando el Cristo necesitado lo tenemos en frente; su evangelio nos hace mirar con la empatía de Dios la realidad humana que tenemos a nuestro alcance para así, contribuir, entre todos, eficazmente, en el todo inalcanzable del mundo. Joan Maragall, poeta de alma rebelde y de espíritu inquieto, en su «Elogio del vivir», expresa esta responsabilidad evangélica que todos y todas tenemos, con una belleza sobria y así de acertadamente.

Ama tu oficio,

tu vocación,

tu estrella,

aquello para lo que sirves,

aquello en que realmente,

eres uno entre los hombres,

esfuérzate en tu quehacer

como si de cada detalle que piensas,

de cada palabra que dices,

de cada pieza que colocas,

de cada martillazo que das,

dependiese la salvación de la humanidad.

Porque depende, créeme.

Si olvidándote de ti mismo

haces todo lo que puedes en tu trabajo,

haces más que el emperador

que rige automáticamente sus estados;

haces más que el que inventa teorías universales

sólo para satisfacer su vanidad,

haces más que el político,

que el agitador, que el que gobierna.

Puedes desdeñar todo esto

y el arreglo del mundo.

El mundo se arreglaría bien el solo,

sólo con que cada uno

cumpliera su deber con amor, en su casa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIV, Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el universo (22 de noviembre de 2020)