Domingo II del tiempo ordinario (16 de enero de 2022)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (16 de enero de 2022)

Isaías 62:1-5 / 1 Corintios 12:4-11 / Juan 2:1-12

 

Por aquel entonces, se celebró una boda en Caná de Galilea. Así comienza el relato evangélico de uno de los episodios más conocidos de la vida de Jesús. La liturgia de la Iglesia, en la festividad de la Epifanía, ve en Jesús una triple manifestación de la gloria de Dios: en la adoración de los Magos, en el bautismo en el Jordán y en el primer milagro de Jesús en Caná de Galilea donde, invitado a una boda con su madre y sus discípulos, «manifestó su gloria».

El evangelio de Juan nos dice que fue en medio de aquella boda en la que Jesús hizo el “primer signo”, el signo que nos ofrece la clave para entender toda su actuación y el sentido profundo de su misión salvadora.

Todo ocurre en el marco de una boda, la fiesta humana por excelencia, el símbolo más expresivo del amor, la mejor imagen de la tradición bíblica para evocar la Alianza de Dios con la humanidad. La salvación de Jesucristo es vivida y ofrecida para sus seguidores como una fiesta que da plenitud a las fiestas humanas cuando quedan vacías, «sin vino» y sin capacidad de llenar nuestro deseo de felicidad total.

Las bodas eran en Galilea la fiesta más esperada y querida entre la gente del campo. Durante unos días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas de boda y cantando canciones de amor. Y he aquí que de repente, en plena fiesta, María, le hace notar a Jesús algo inesperado y grave: «No tienen vino», indispensable en una boda y más para aquella gente donde el vino era, además, el símbolo más expresivo para celebrar el amor y la alegría. Pero Jesús le responde como si se hiciera el desentendido: «Madre, ¿por qué me lo dices a mí? Aún no ha llegado mi hora». María, sin discutir, ni siquiera pedir a Jesús que utilice su poder para hacer un milagro, deja que decida él mismo lo que conviene hacer.

Es precisamente en una boda, en un contexto muy humano de fiesta y alegría, donde Jesús no tiene inconveniente en obrar un signo de su divinidad, manifestando en el agua convertida en vino, la novedad del Reino que predicaba, parecido a un banquete de boda donde se celebra el amor de unos esposos; donde el vino es signo del amor esponsal de una nueva Alianza entre Dios y la humanidad que culminará en su Pascua; donde la gratitud, la fidelidad, la compasión, el servicio y el don de sí mismo son generadores de fraternidad y de fiesta y hacen posible entrar en comunión unos a otros y con Dios mismo. Así pues, María obtiene de su hijo que “la hora” de la salvación sea anticipada de algún modo en aquella boda, manifestando su gloria, y sin “aguar” la fiesta ni las expectativas de los invitados, guarda para el final el vino mejor.

Además de esto, también podemos encontrar en la actitud de María y de Jesús, un ejemplo práctico para nosotros. Hay una sabiduría de vida que consiste en esto: el «estar», el estar en el «lugar exacto» donde deberíamos estar y en el «momento oportuno», haciendo «lo que conviene hacer». El evangelio de hace unos domingos nos transmitía la respuesta que dio Jesús a la extrañada María: «¿No sabías que tengo que estar en la casa de mi Padre?» Es como si dijera: «Estaba allí: dónde debía estar». En otra página evangélica, mucho más adelante, el evangelista Juan nos dirá de María: «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre». La lectura es la misma: «Era dónde debía estar». Se trata de «saber estar». Incluso en los asuntos más humildes solemos alabar a quien actúa así. Mirando la trayectoria de algún futbolista famoso, más de una vez hemos oído emitir el juicio siguiente: «No es que fuera un gran goleador, un “crack” lo llamaríamos hoy, pero en los momentos claves siempre estaba». Pues bien, en el evangelio de hoy, María y Jesús también «estaban», y este saber «estar atentos» a las necesidades de los demás salvó una situación que hubiera podido ser bastante desagradable por aquellos novios.

«Dichosos quienes en las tareas que les corresponde hacer, aunque sean humildes, se esfuerzan por «estar»» porque cuántas veces (por no decir nosotros) hemos visto verdaderos especialistas de “la evasión” o del “escaqueo”? O cuántas veces hemos constatado cómo el activismo que nos agobia, la falta de tiempo que nos acosa, el vivir inquietos por tantas cosas olvidándonos de atender las más necesarias, hace que a menudo queramos estar presentes en todas partes y resulta que estamos ausentes de dónde deberíamos estar.

El difícil arte de la convivencia no se reduce exclusivamente a una correlación de derechos y obligaciones, ni la comunidad cristiana es ninguna asociación de individuos, donde cualquiera puede ser secuestrado e instrumentalizado al servicio de intereses ocultos. La dignidad y el amor con que Jesús nos ha amado y que merece cada persona, está en la base de la comunión fraterna que estamos llamados a vivir. Como en la boda de Caná, esta fraternidad no es más que el comienzo de una nueva familia. No es más que una promesa de vida en plenitud que nos reclama “estar” para ir construyéndola en lo concreto de nuestro día a día.

Jesús quiere transformar en un “vino mejor” nuestra vida, animándonos a hacer que nuestros valores, gestos y actitudes nos acercan más a la fraternidad de los hijos de Dios, donde todos nos reconoceremos como hermanos y hermanas reunidos en la mesa del banquete del Reino y que la Eucaristía que estamos celebrando es sacramento. Allí el vino no faltará nunca porque tendrá en Jesucristo su denominación de origen que sabe a plenitud, fiesta y alegría. ¡Que sepamos agradecerlo y celebrarlo!

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (16 de enero de 2022)

Domingo XXXI del tiempo ordinario (31 de octubre de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (31 de octubre de 2021)

Deuteronomio 6:2-6 / Hebreos 7:23-28 / Marcos 12:28b-34

 

Hermanas y hermanos: Que «Dios es amor» y que «Nuestro Señor es bueno y nos ama» lo hemos oído y repetido tantas veces que han pasado de ser los compendios más breves y más sublimes de la fe cristiana, a convertirse a menudo en los eslóganes más recurrentes de nuestros discursos más improvisados ​​cuando debemos hablar de Dios. Sin embargo, estamos tocando el núcleo de la predicación de Jesús y un día, un escriba, experto en las Sagradas Escrituras, le quiere hacer una pregunta, pero ésta no es una pregunta cualquiera y quién sabe si abrumado por la cantidad de leyes, preceptos y obligaciones que imponía la ley judía, buscaba una aclaración o una precisión para conocer de primera mano, qué es lo que este Jesús, de quien había oído hablar, consideraba lo más importante para ser un buen judío: cuál es el “mandamiento mayor”, ese mandamiento que incluiría todo el resto de preceptos que un buen israelita debía cumplir.

Jesús le contesta de una manera breve y concisa: Amar a Dios y amar al prójimo. Una respuesta que no se limita al desempeño externo de unas costumbres o de unos preceptos sino más bien es como una síntesis de vida, como si dijera que de estos dos mandamientos depende todo: la acción social, la religión, la moral, el sentido de la existencia.

Al escriba le debió sorprender la respuesta, y no por la novedad del mensaje, ya que estos dos preceptos aparecían en los escritos antiguos, sino porque Jesús une indisolublemente los dos mandamientos sin que se pueda practicar uno y olvidarse del otro. La unión entre los dos mandamientos, amar a Dios y amar a los demás, nos recuerda lo de la primera carta de S. Juan: «Si alguien afirmaba: ‘Yo amo a Dios’, pero no ama a su hermano, sería un mentiroso, porque quien no ama a su hermano, que ve, no puede amar a Dios, que no ve» (1Jn 4, 20). Se puede vaciar de Dios la política y decir que sólo hay que pensar en el prójimo. Se puede vaciar del «prójimo» la religión y decir que sólo hay que servir a «Dios», pero «Dios» y «prójimo», para Jesús, son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Puede ser el amor objeto de un mandamiento? ¿Puedo obligar o mandar a alguien que me quiera? Ante todo, hay que decir que el amor que Jesús nos propone no está en el mismo plano que los demás mandamientos. Es mucho más que una norma u obligación externa que alguien nos impone. Así pues, «amar» pasa a ser más que un mandamiento, convirtiéndose en una exigencia interna y una forma de hacer que debemos integrar en nosotros: lo que configura nuestros actos y nuestra vida.

Si Jesús convierte el amor en objeto de un mandamiento, es para que lo asumamos libremente y lo tengamos como la referencia que nos identifica con él pero sabemos que amar cómo Jesús nos pide es exigente, porque nos empuja a hacer del amor una realidad concreta y nos recuerda que amar al estilo de Jesús supone una conversión constante, sabiendo que el amor se verifica «más en las obras que en las palabras» y esto no es fácil, puesto que pide mucha determinación. La misma que Dios tuvo cuando decidió amarnos y que nos urge hacer presente este amor a nuestros hermanos.

Bien sabemos que el amor, en nuestro contexto social y en los medios de comunicación, es una palabra que no escapa a la ambigüedad de significados. Normalmente no tenemos problema en aceptar una concepción “light” del amor: un amor de telenovela, que no nos comprometa a mucho, ocasional, de temporada, con fecha de caducidad, o reducido a menudo a un sentimiento que expresamos con los emoticonos del “WhatsApp”, sí… pero no siempre estamos dispuestos a aceptarlo cuando nos saca de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo, o de nuestros intereses y proyectos.

La “desvinculación moral”, es decir, justificar o dar una explicación convincente sobre las razones por las que traicionamos valores en los que decimos creer es una amenaza siempre presente en nuestra vida. El verdadero amor, aquel que nos exige un compromiso, una implicación voluntaria y que se convierte en oblación por los demás al estilo de Jesús, va más allá de la obligación y pide a menudo un espíritu libre y generoso para asumirlo. Gracias a Dios también tenemos testimonios de esta manera de amar, muy a menudo muy cerca de nosotros, y pese a vivirlo en medio del dolor o el anonimato, es vivido con gozo y llena la vida de sentido.

Nosotros, como aquel maestro de la Ley que fue a encontrar a Jesús, también estamos llamados a amar. El tiempo, los compromisos, las luchas, las caídas, nos irán abonando la fe hasta que alcancemos la madurez espiritual. Madurez espiritual que nos exige ir limando nuestros defectos, identificándonos cada día un poco más con Jesús.

El evangelio nos pone como siempre el listón muy alto, y Jesús nos recuerda el mandamiento del amor porque sabe que nosotros intentaremos rebajarlo, pero también nos señala con mucha claridad cuál es el camino y la dirección adecuada y nos da la fuerza y ​​los medios para lograrlo.

Que el amor que hemos aprendido de Él, y que ahora se hará sacramento sobre el altar, inspire nuestros actos y nuestra vida.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXI del tiempo ordinario (31 de octubre de 2021)

Domingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (25 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:8-12 / 1 Juan 3:1-2 / Juan 10:11-18

 

Hermanas y hermanos: En este IV Domingo de Pascua, cada año contemplamos al Resucitado como Buen Pastor. Es una imagen muy sugerente y querida por los primeros cristianos, elegida por el mismo Jesús, que resume la misión que él asumió mientras estaba entre nosotros y que, glorificado a la derecha del Padre, continúa ejerciendo para con la Iglesia peregrina: velar por su rebaño y conducirlo a «las praderas eternas», como dice la poscomunión de este domingo.

La imagen bíblica del «buen Pastor», propia de la cultura agraria, también la podríamos traducir hoy con otras imágenes: «el buen entrenador», «el buen animador», «el buen líder político», «la buena madre o el buen padre de familia «, «el buen educador «, «el buen maestro espiritual», «el buen obispo «, «el buen abad»… Todas estas figuras o imágenes requieren cualidades de iniciativa, discernimiento, apoyo y orientación a fin de evitar la irresponsabilidad, el abandono, el caos, el vagar por la vida sin ningún objetivo, o el «sálvese quien pueda». En cambio, cuando estas instancias de gobierno funcionan bien, las personas, comunidades y los diversos grupos sociales crecen, se desarrollan, se implican en los proyectos y gozan de estabilidad, motivación y capacidad creativa, siempre que haya una mutua colaboración.

Jesús se sintió conmovido al ver el pueblo de Israel perdido, «como ovejas sin pastor». Esta situación le daba pena y le preocupaba hasta que, fiel a la misión para la que vino al mundo, reunió un nuevo pueblo para que tuviera vida en él y tuviera como ley el mandamiento nuevo del amor.

Jesús, el buen Pastor, nos llama a su seguimiento, pero no es un seguimiento frío e impersonal ni quiere establecer una relación de asalariado que sólo mira por el propio provecho mientras que los otros le son indiferentes. La relación que quiere establecer con su discípulo es entrar en la dialéctica de conocerlo y ser conocido por él; una relación de íntima amistad que se enriquece a partir de un encuentro personal y crece cada vez más en la estimación recíproca y el mutuo conocimiento.

Es por eso que dice: «Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas y ellas me reconocen a mí» y si no son de su rebaño, las busca y hace que conozcan su voz, para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Quizás el problema que tenemos hoy en día es que no acabamos de reconocer la voz de este pastor y preferimos pastar por otros cercados. Celosos de nuestro individualismo y nuestra realización personal, no acabamos de ver claro eso de ser «oveja» ni que nos digan lo que tenemos que hacer o que nos desinstalen de nuestra zona de confort.

Jesús no ha venido a llamar discípulos duros, insensibles, sin capacidad de iniciativa ni ningún sentido crítico. Desea una comunidad madura, en la que sus miembros se sientan personas realizadas y sean reconocidos en su individualidad. No quiere una masa amorfa y servil, un rebaño de cristianos masificados que sólo cuenten para llenar la estadística de quienes pertenecen a la Iglesia, ni quiere formar una especie de «gueto» de creyentes, que viven ajenos a los problemas de la gente ni se hacen presentes en los ámbitos que reclaman solidaridad y cooperación. Es un pastor que nos quiere adultos, responsables, capaces de actuar libremente, de tomar decisiones, afrontar nuestros propios riesgos, y asumir el hecho de ser una comunidad unida por el amor y que respete la pluralidad de maneras de vivir el Evangelio.

Sin embargo, no podemos ignorar que a veces se hace difícil escuchar la voz de nuestro Pastor… Somos víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces, imágenes y ruidos, que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para discernir su voz, sus palabras de vida eterna, adictos a tantas pantallas que nos hacen vagar por prados efímeros y alimentan nuestra trivialidad.

Sin embargo, si estamos atentos, la «voz» de Jesús también resuena en los profetas de hoy, en el esfuerzo callado de tantas personas que siembran el bien a su entorno, en los que crean espacios y condiciones para hacer creíbles palabras que hemos reducido a una pobre caricatura como: justicia, libertad, verdad, amor, paz, fraternidad y que son semilla de la nueva humanidad, del Reino de Dios que Jesús predicaba.

Hoy somos invitados a recuperar de nuevo el silencio y la capacidad de escucha; a estar atentos a la voz del «buen Pastor» si no queremos ver nuestra fe ahogada por tantas voces que nos acechan; a sintonizar con lo mejor que hay en nosotros y desarrollar esa sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar sentido a nuestra vida, que nos apoya y nos guía y que como el salmista le podemos decir confiadamente: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara de pastor me sosiega y me conforta”. (Salmo 23)

Que Él, que ha dado su vida por nosotros, y ahora se nos da en la Eucaristía, nos conduzca a la Vida plena.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Domingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (9 de agosto de 2020)

1 Reyes 19:9a,11a – Romanos 9:1-5 – Mateo 14:22-33

 

El evangelio de este domingo es continuación del pasado domingo, donde Jesús ante la multitud necesitada, siente compasión, cura los enfermos y antes de despedirlos, pide a sus discípulos que les den de comer con sólo cinco panes y dos peces.

En la escena de hoy, después de despedir a la gente, Jesús pide a sus discípulos que cojan la barca y se adelanten hacia la otra orilla mientras él se queda solo orando hasta altas horas de la madrugada; los discípulos están en la barca en medio del lago, donde deberán afrontar grandes dificultades y, además, Jesús no está con ellos. Tienen miedo. Sin embargo, no los abandona y se les aparece durante la noche pero ellos no lo reconocen. Jesús espera de sus discípulos una fe confiada, se acerca caminando sobre el agua y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Pedro confía en la palabra de Jesús, va a su encuentro y camina hacia él sobre el agua por indicación del maestro, pero empieza a hundirse en el momento en que desconfía. Entonces gritó: «Señor, sálvame». Y Jesús le dio la mano diciéndole: «¿Por qué has dudado?»

Este pasaje, si lo miramos bien, nos muestra dos maneras de afrontar nuestra relación con Jesús: ¡o confiamos o perecemos! Jesús nos pide confianza ante las situaciones de la vida y nosotros le pedimos pruebas. Como Pedro exigimos signos, milagros, y quisiéramos caminar sobre el agua para asegurarnos en quien ponemos la confianza.

Como en el caso de Elías, quisiéramos que Dios se manifestara con hechos extraordinarios, grandiosos y tan evidentes que nos ahorraran la fe, ya que como Pedro, no nos es fácil reconocer a Jesús en medio del temporal o las dificultades de la vida y nos preguntamos: ¿no será una fantasma caminando sobre el agua? ¿No será todo un espejismo, un engaño? ¿No será Jesús y su Evangelio una ilusión bella y efímera, sin consistencia real?

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, una evocación de la Iglesia. Como aquellos discípulos amedrentados, también nosotros estamos en la barca donde, en medio de las contrariedades y dudas, necesitamos purificar nuestra mirada, necesitamos reconocer a Jesús que nos viene al encuentro discretamente, sin evidencias espectaculares, y quien sabe si nuestra poca fe, la desconfianza o el desconcierto que podamos experimentar en nuestra vida de cristianos, nos hace ver su mano salvadora como una realidad que no acabamos de ver claramente, angustiados por las crisis, las dudas, los temores y la sensación de ausencia de Dios que a veces se apodera de nuestras vidas. Entonces es cuando vemos puesta a prueba nuestra fe y como Pedro nos acobardamos y empezamos a hundirnos.

Es en estos momentos cuando podemos sentir en nuestro interior la voz alentadora de Jesús, que nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Y si hacemos nuestra esta palabra, podremos revivir también la experiencia de Pedro: caminar sobre el agua, es decir, caminar hacia Jesús a pesar de la inconsistencia de nuestra fe, sabiendo que más allá de la fuerza del viento y la inestabilidad que podamos sentir, siempre podemos gritar como Pedro: «¡Señor, sálvame»! Será entonces cuando percibiremos a Jesús como quien sostiene nuestra vida y no nos deja a merced de nuestros miedos y nuestras inseguridades.

El evangelio de hoy, hermanos, nos invita a subir a la barca; a sentirnos comunidad de creyentes e ir mar adentro para lanzarnos a la aventura de la vida desde esta realidad acogedora ya la vez frágil que es la Iglesia.

Es también esta la experiencia de vida del obispo Pere Casaldáliga. Su testimonio nos es un estímulo y un ejemplo de libertad evangélica y reconocimiento de Jesús y de su Reino en la presencia y la lucha a favor de los más vulnerables y excluidos por los poderosos de este mundo.

Como dice en uno de sus poemas:

» Al acecho del Reino diferente,

voy amando las cosas y la gente,

ciudadano de todo y extranjero.

Y me llama Tu paz como un abismo

mientras cruzo las sombras, guerrillero

del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo «.

(En Exodo. Pedro Casaldáliga)

Si estamos atentos a la llamada de Jesús veremos como más allá de las inclemencias, sombras y dudas que experimentamos, se nos hace cercano el murmullo de su palabra y nos da la mano, a pesar de nuestra poca fe para acercarnos a Él que nos viene al encuentro y podamos decir como aquellos discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14,33).

Que esta Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y también podamos decir como el apóstol y tantos otros seguidores de Jesús: «sé bien en quién he creído» (2 Tm 1,12).

Abadia de MontserratDomingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Domingo de la XII semana de durante el año (21 junio 2020)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (21 de junio de 2020)

Jeremias 20:10-13 – Romanos 5:12-15 – Mateo 10:26-33

Hay una emoción inherente a la misma naturaleza humana que nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte: el miedo. Jesús habla de ello en el evangelio. «No tengáis miedo» repite en varias ocasiones y en el breve fragmento que hemos leído hoy lo cita cuatro veces. Desde el libro del Génesis, donde Adán se esconde porque va desnudo y tiene miedo de Dios, hasta nuestros días, el miedo ha estado presente en la historia de la humanidad; incluso ha sido reproducido en los cuentos populares para niños con referencias a personajes malévolos que sembraban la semilla de los terrores infantiles: el hombre del saco, el lobo de Caperucita, el de los tres cerditos, la madrastra … Mitos, supersticiones, leyendas, relatos de ficción, religiones, han alimentado todo tipo de miedos en el sensible mapa de las emociones humanas. ¡Hay tantas de miedos!

Hoy proliferan muchos métodos que quieren ayudarnos a gestionar positivamente nuestro miedo: técnicas orientales de autodominio, relajación y autoconciencia,… Algunas son muy saludables, otros no tanto, pero todas ellas ponen el centro en el individuo y su capacidad de autocontrol: «la paz está en ti, busca tu centro vital, tú tienes la llave de tu felicidad, etc». No digo que no sean efectivas, pero estas técnicas pueden ayudarnos como mucho a vencer la inseguridad, la timidez, la ansiedad… pero no el miedo. El miedo a fracasar, a la incertidumbre por el futuro, a la pérdida de un ser querido, a la enfermedad, al sufrimiento, a la muerte, a lo que nos es desconocido, al inmigrante, al pobre, a ver invadido nuestro espacio, a ver alterada nuestra rutina, el miedo al cambio, el miedo al qué dirán … la lista es interminable pero aun así, el miedo también nos protege de actitudes temerarias y nos hace ser más prudentes y cautelosos, pero también nos limita, nos quita la capacidad de arriesgarnos para progresar y avanzar en nuestra vida, paralizando iniciativas y posibilidades que nos podrían ayudar a crecer y mejorar.

Tras la II Guerra Mundial tuvo gran popularidad la obra de Erich Fromm, un psicólogo norteamericano, de origen judeo-alemán, especialmente por dos libros que llevan por título «El miedo a la libertad» y «El arte de amar”. Este autor estudió a fondo las condiciones psicosociales que permitieron la emergencia del nazismo y las transformaciones que experimentó la sociedad alemana durante este periodo. Encontró en ella un verdadero laboratorio social donde pudo constatar el enorme poder del miedo colectivo como arma de dominación social, debido a la trágica experiencia del régimen nazi, y sus consecuencias. Esto hizo que Erich Fromm llegara a una conclusión muy sutil pero que es avalada por la experiencia histórica: el miedo que subyace bajo el temor social inducido no es un miedo cualquiera sino que en última instancia es un miedo a la libertad. El hallazgo de Fromm fue tan grande que aún hoy su importancia es muy actual y nos viene a decir que las personas, tomadas en grupo y organizadas socialmente, son capaces de renunciar a su libertad si son impulsadas a sentirse amenazadas en la su seguridad. Basta con introducir una percepción de inseguridad o de riesgo real o imaginario en el cuerpo social, para que así sea.

Por poner un ejemplo muy actual, el miedo al coronavirus nos demuestra no sólo que somos frágiles biológicamente sino cómo podemos llegar a ser débiles socialmente y aceptar amenazas progresivas a nuestra libertad que alteren nuestra privacidad de datos, nuestra movilidad, asumiendo un distanciamiento, cambios en nuestros comportamientos, que queramos o no, afectan a la calidad de nuestras relaciones interpersonales. Es así como descubrimos que el miedo no es únicamente una cuestión personal sino que tiene una dimensión colectiva enormemente importante. No se trata ya de saber qué nos asusta, sino que seamos asustados sin que se vea la mano que mueve el espanto; no es que reaccionamos de manera lógica a una amenaza sino que las amenazas, reales o imaginarias, inminentes o potenciales, sean utilizadas en detrimento de nuestros intereses para convertirnos en víctimas, no ya de lo que se supone que nos asusta, sino de los que organizan el miedo colectivo para sacar provecho de nosotros y hacerlo en perjuicio de nuestro bienestar, nuestra paz y nuestra libertad.

Sin embargo, no podemos olvidar como creyentes que Jesús no nos pide renunciar a nuestra libertad y hoy nos vuelve a decir «no tengáis miedo» ni viváis atemorizados vuestra fe en un mundo y una sociedad alejada de los referentes cristianos. Jesús nos invita, como a sus discípulos, a la confianza, más que a la valentía, ya que sólo podemos confiar cuando nos sentimos queridos y como dice el apóstol, «quien nos podrá separar del amor de Cristo? La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la muerte? » (Rm 8,35).

Jeremías también hace de alguna manera esta experiencia. Es muy consciente del peligro, ha probado el sabor amargo de la traición, de la calumnia, del falso testimonio y de la corrupción; pero todo esto ha contribuido a hacer más firme su confianza, y gracias a la prueba, ha conocido la fidelidad de aquel a quien ha confiado su causa.

Las pruebas y contrariedades son para el creyente, como una depuradora de la confianza, es decir, de aquella fe que nos da la certeza de saber de quién nos hemos fiado. Y eso no nos hace vivir bajo el dominio del miedo, sino que, más allá de las aflicciones de la vida, nos hace sentir valientes para anunciar y vivir el Evangelio a plena luz, gracias a la fuerza de Aquel en quien tenemos puesta nuestra esperanza y nos da la libertad de los hijos de Dios.

Abadia de MontserratDomingo de la XII semana de durante el año (21 junio 2020)