Domingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 6:1-7 –  1 Pedro 2:4-9  –  Juan 14:1-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

En este quinto domingo de Pascua, el contexto del evangelio de san Juan que acabamos de proclamar es el discurso de despedida de Jesús al terminar la cena pascual con sus discípulos. El ambiente en el final de la comida era de inquietud ya que el Maestro había anunciado que uno de los que comía con él a la mesa lo traicionaría, y que otro, lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo. Más aún, Jesús les había hablado claramente de su partida y de su final como nunca lo había hecho hasta ese momento.

La tensión que se palpaba comportaba para los once que habían quedado en la sala, cuando Judas hubo salido, un desasosiego que llevó a Jesús a decirles que sus corazones se serenasen y por eso les pide que den un paso importante que seguro no esperaban, para poder desprenderse o para vivir de manera diferente la angustia que tenían: les pide que crean en Dios, que crean en él, es decir, les pide un gesto de confianza. Y no es fácil hacer estos gestos de confianza en situaciones similares.

Por eso no es de extrañar la reacción de los discípulos que se expresa por medio de las intervenciones de Tomás y de Felipe.

Por lo que nos dice el evangelio de hoy como el del relato de la aparición de Jesús resucitado, es fácil imaginar que Tomás era un hombre práctico, realista, que quería ver y tocar para creer. Por eso ve poco claro, poco concreto y preciso lo que Jesús dice sobre dónde va y el camino que conduce allí. Y por eso confiesa claramente su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

La pregunta de Tomás es de gran actualidad para nosotros, para la sociedad de nuestro tiempo, un tiempo y unos hombres y mujeres marcados, más de lo que pensamos, por el realismo y la concreción. Dicho en otras palabras, desconfiamos de lo que no se puede experimentar y comprobar. Pero ha sido necesaria la pandemia del Covidien-19 para darnos cuenta de que las previsiones se han derrumbado y que ha sido necesario un cambio de registro tanto a nivel personal como a nivel social y también a nivel creyente. Son muchos los que hoy se preguntan qué caminos se abrirán o habrá que abrir de cara a recuperar, si es que tiene que ser así, el ritmo que hemos vivido hasta la aparición del coronavirus. O quizás tendremos que decir como Tomás: no sabemos a dónde vamos.

No sería justo pensar que la pregunta de Tomás ¿cuál es el camino? es una pregunta retórica. Todo lo contrario, es una pregunta importante que como he dicho nace del desconcierto que él vivía en su interior, al igual que los demás. Y si la pregunta es importante mucho más lo es la respuesta porque no puede ser más concreta y precisa: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Se trata de un camino bien definido: una persona, un hombre, Jesús de Nazaret. Un camino, sin embargo, que tiene como únicas señales de guía: la fe, la esperanza, el amor y la confianza. Un camino que tiene un objetivo: la vida. Y aún, se trata de un camino que nace del coraje de ponerse en marcha caminando hacia un futuro, que hoy y aquí empezamos a crear.

Y eso es lo que precisamente proclamamos y celebramos tozudamente durante este tiempo de Pascua rodeados de sufrimiento y de incertidumbres. A lo largo de estos días y con palabras o actitudes similares a las del apóstol Tomás nos hemos preguntado a menudo qué camino de salida hay a todo lo que estamos viviendo. Y al igual que los discípulos hemos ido escuchando de palabra o a través de tantos y tantos servicios generosos y desinteresados, que Jesús no es un personaje admirable pero muerto, sino que es vida porque sigue siendo para nosotros el camino que se manifiesta a través de unos rostros concretos. «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre». Y son tantos, hermanos y hermanas, quienes en este tiempo han hecho obras como las de Jesús.

En el mismo contexto del final de la comida al apóstol Felipe le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta de Jesús vuelve a ser clara y precisa: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?».¿Quién me ha visto a mí ha visto al Padre».

Jesús no nos ha dejado un catálogo de respuestas que nos permitan definir exactamente cómo es Dios, ni cómo será la casa del Padre (este lugar donde él va). «A Dios no lo ha visto nunca nadie». Porque Dios es más de lo que nunca nosotros podremos decir o pensar. No lo podemos reducir a ninguna imaginación, concepto o sentimiento. Pero Jesús mismo nos recuerda, y es lo que creemos, que lo hemos visto en él mismo. Sus palabras y sus obras son las palabras y las obras de Dios. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Si es verdad que Dios sigue siendo indefinible, también es verdad que lo conocemos, lo escuchamos, lo vemos y lo amamos en un hombre concreto. Haciendo de Jesucristo la norma de vida (el camino), vivimos de Dios, vivimos con Dios, y nos encaminamos hacia Dios.

Hermanas y hermanos, Jesús afirma que su intimidad con el Padre no es únicamente un privilegio suyo, sino que es posible para todos nosotros que creemos en Él. A través suyo podemos llegar a hacer las mismas cosas que él hacía por los hombres y mujeres de su tiempo. Y esta es una verdadera buena noticia: con nuestras vidas podemos ser presencia de Dios para todos los que nos rodean, haciendo las mismas obras que él hacía.

Anton GordilloDomingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Related Posts