Domingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Domingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (17 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 8:5-8.14-17 –  1 Pedro 3:15-18  –  Juan 14:15-21

 

Estimados hermanos y hermanas,

El fragmento del Evangelio que acabamos de escuchar, hay que situarlo en el discurso que Jesús hace en la última cena. Sus discípulos intuyen que al cabo de muy poco tiempo les será tomado y Jesús les habla con una ternura especial. Antes de dejarlos, les quiere hacer ver cómo podrán vivir unidos a Él, incluso después de su muerte. Por eso les asegura que «no les dejará huérfanos ni desamparados». Les enviará su Espíritu y Él mismo, Cristo Jesús, no los abandonará: «Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

No deben sentirse solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los rodeará y los hará vivir, ya que les llegará hasta lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos. Jesús ya no podrá ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe.

Sí, el Espíritu Santo nos hace ver y sentir a Jesús vivo donde el mundo no puede verle ni entenderle. Nos da la fuerza para perseverar, el coraje y la audacia de creer en las palabras de Cristo, y sobre todo, la apertura interior para descubrir que en lo más profundo de nuestro corazón, el Padre mismo, atraído por el Hijo, viene a hacer de nosotros su hogar.

Pero en este discurso Jesús también les pide que lo quieran y que cumplan sus enseñanzas, su estilo de obrar: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos», dice. Celebrar la Pascua es algo más que alegrarnos por la Resurrección de Jesús. La Pascua la celebraremos bien si se nota que vamos entrando en esta comunión de mentalidad, de estilo de actuación con Cristo, el Resucitado. Y esto no sólo en la Eucaristía, en nuestra oración, sino también en nuestra vida cotidiana.

La Pascua debe notarse en nuestra conducta, en nuestra forma de actuar en el mundo. Sin embargo las dificultades, la tristeza, el desánimo, nos pueden abrumar y hacernos olvidar la presencia de Dios en nuestra vida personal o comunitaria. Necesitamos paz, ánimos y alegría, pero sólo desde la convicción de la presencia viva de Cristo Resucitado y de su Espíritu podremos encontrar la llave de la serenidad interior para seguir caminando y trabajando.

En la oración colecta de hoy hemos pedido a Dios que «Los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten siempre en nuestras obras». En la poscomunión, de nuevo, pediremos que, ya que «la resurrección de Cristo nos ha hecho renacer a la vida eterna», Dios nos ayude a que se note en nuestra vida que estamos llenos de esta Pascua.

Jesús conoce bien nuestras dificultades y nuestros límites en el amor; también sabe bien que nuestros corazones no pueden encontrar paz y alegría sin querer y ser queridos. Nos basta con ser fieles a su palabra para que podamos ser introducidos en un torrente de amor infinitamente más grande que nosotros mismos. Nosotros que no sabemos amar, somos hechos partícipes del Dios del amor, capaces de amar como Dios ama, es decir, ¡entregando y desbordando de alegría!

Por ello, en la segunda lectura, San Pedro nos insta a estar siempre preparados para «dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros». Esta esperanza es la vida misma de Dios Trino, es la seguridad de que el Padre que habita en nosotros por la gracia del Espíritu Santo continúa incesantemente enviándonos a su Hijo para transformarnos a su imagen.

Hermanos y hermanas,

Hoy, especialmente en estos tiempos difíciles, como en los tiempos de los apóstoles, se nos pide ser testigos de esperanza y de solidaridad para incidir eficazmente en muchas situaciones complejas que cada día se nos presentan. Darán razón de nuestra esperanza una palabra de aliento, un gesto de proximidad, una ayuda puntual o permanente. Encontrar el equilibrio entre la vida interior y la acción caritativa, entre la contemplación y el compromiso social, puede ayudar a los demás a vivir con la misma confianza que nos mueve a hacerlo nosotros. Serán, sobre todo, razón de la esperanza que hemos puesto en Dios y que nos proyecta hacia la Vida que nos promete.

Que esta Eucaristía nos ayude a hacernos conscientes de que Jesús nos acompaña en nuestro camino, nos hace participar de la Vida que es Él mismo y nos invita a ser sus testigos.

 

Anton GordilloDomingo VI de Pascua (17 mayo 2020)
Domingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Domingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 6:1-7 –  1 Pedro 2:4-9  –  Juan 14:1-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

En este quinto domingo de Pascua, el contexto del evangelio de san Juan que acabamos de proclamar es el discurso de despedida de Jesús al terminar la cena pascual con sus discípulos. El ambiente en el final de la comida era de inquietud ya que el Maestro había anunciado que uno de los que comía con él a la mesa lo traicionaría, y que otro, lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo. Más aún, Jesús les había hablado claramente de su partida y de su final como nunca lo había hecho hasta ese momento.

La tensión que se palpaba comportaba para los once que habían quedado en la sala, cuando Judas hubo salido, un desasosiego que llevó a Jesús a decirles que sus corazones se serenasen y por eso les pide que den un paso importante que seguro no esperaban, para poder desprenderse o para vivir de manera diferente la angustia que tenían: les pide que crean en Dios, que crean en él, es decir, les pide un gesto de confianza. Y no es fácil hacer estos gestos de confianza en situaciones similares.

Por eso no es de extrañar la reacción de los discípulos que se expresa por medio de las intervenciones de Tomás y de Felipe.

Por lo que nos dice el evangelio de hoy como el del relato de la aparición de Jesús resucitado, es fácil imaginar que Tomás era un hombre práctico, realista, que quería ver y tocar para creer. Por eso ve poco claro, poco concreto y preciso lo que Jesús dice sobre dónde va y el camino que conduce allí. Y por eso confiesa claramente su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

La pregunta de Tomás es de gran actualidad para nosotros, para la sociedad de nuestro tiempo, un tiempo y unos hombres y mujeres marcados, más de lo que pensamos, por el realismo y la concreción. Dicho en otras palabras, desconfiamos de lo que no se puede experimentar y comprobar. Pero ha sido necesaria la pandemia del Covidien-19 para darnos cuenta de que las previsiones se han derrumbado y que ha sido necesario un cambio de registro tanto a nivel personal como a nivel social y también a nivel creyente. Son muchos los que hoy se preguntan qué caminos se abrirán o habrá que abrir de cara a recuperar, si es que tiene que ser así, el ritmo que hemos vivido hasta la aparición del coronavirus. O quizás tendremos que decir como Tomás: no sabemos a dónde vamos.

No sería justo pensar que la pregunta de Tomás ¿cuál es el camino? es una pregunta retórica. Todo lo contrario, es una pregunta importante que como he dicho nace del desconcierto que él vivía en su interior, al igual que los demás. Y si la pregunta es importante mucho más lo es la respuesta porque no puede ser más concreta y precisa: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Se trata de un camino bien definido: una persona, un hombre, Jesús de Nazaret. Un camino, sin embargo, que tiene como únicas señales de guía: la fe, la esperanza, el amor y la confianza. Un camino que tiene un objetivo: la vida. Y aún, se trata de un camino que nace del coraje de ponerse en marcha caminando hacia un futuro, que hoy y aquí empezamos a crear.

Y eso es lo que precisamente proclamamos y celebramos tozudamente durante este tiempo de Pascua rodeados de sufrimiento y de incertidumbres. A lo largo de estos días y con palabras o actitudes similares a las del apóstol Tomás nos hemos preguntado a menudo qué camino de salida hay a todo lo que estamos viviendo. Y al igual que los discípulos hemos ido escuchando de palabra o a través de tantos y tantos servicios generosos y desinteresados, que Jesús no es un personaje admirable pero muerto, sino que es vida porque sigue siendo para nosotros el camino que se manifiesta a través de unos rostros concretos. «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre». Y son tantos, hermanos y hermanas, quienes en este tiempo han hecho obras como las de Jesús.

En el mismo contexto del final de la comida al apóstol Felipe le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta de Jesús vuelve a ser clara y precisa: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?».¿Quién me ha visto a mí ha visto al Padre».

Jesús no nos ha dejado un catálogo de respuestas que nos permitan definir exactamente cómo es Dios, ni cómo será la casa del Padre (este lugar donde él va). «A Dios no lo ha visto nunca nadie». Porque Dios es más de lo que nunca nosotros podremos decir o pensar. No lo podemos reducir a ninguna imaginación, concepto o sentimiento. Pero Jesús mismo nos recuerda, y es lo que creemos, que lo hemos visto en él mismo. Sus palabras y sus obras son las palabras y las obras de Dios. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Si es verdad que Dios sigue siendo indefinible, también es verdad que lo conocemos, lo escuchamos, lo vemos y lo amamos en un hombre concreto. Haciendo de Jesucristo la norma de vida (el camino), vivimos de Dios, vivimos con Dios, y nos encaminamos hacia Dios.

Hermanas y hermanos, Jesús afirma que su intimidad con el Padre no es únicamente un privilegio suyo, sino que es posible para todos nosotros que creemos en Él. A través suyo podemos llegar a hacer las mismas cosas que él hacía por los hombres y mujeres de su tiempo. Y esta es una verdadera buena noticia: con nuestras vidas podemos ser presencia de Dios para todos los que nos rodean, haciendo las mismas obras que él hacía.

Anton GordilloDomingo V de Pascua (10 mayo 2020)
Domingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Domingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14a.36-41 –  1 Pedro 2:20b-25  –  Juan 10:1-10

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El Concilio Vaticano II nos dice estas bellas palabras sobre la Iglesia: «El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues, nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: “Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios” Ahora bien, este reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo». (Lumen Gentium 5).

Si queremos acercarnos, pues, al misterio de la Iglesia, tenemos que ir a su origen, a su fundación. Este origen no es un momento concreto, es un camino, el camino que va desde la Pascua hasta Pentecostés. Es el mismo camino que conduce desde la lanzada junto a Jesús cuando estaba en la cruz hasta la unción de los discípulos con el Espíritu Santo en el Cenáculo. Para comprender las lecturas de hoy, hay que colocarse en este contexto eclesial.

Y la única manera que tenemos de entrar en este misterio es la puerta, es decir, el mismo Jesús. Los textos litúrgicos de hoy son ricos en atribuir títulos a Jesús: Señor, Mesías, Cristo, pastor, guarda y puerta. Sin embargo, en el evangelio de Juan que nos ha sido proclamado se esconde todavía otro título de Jesús quizás no tan evidente. En dos ocasiones dice «Yo soy». Esta expresión no es accidental sino que remite a aquel «Yo soy el que soy» con que Dios se designó en el desierto del Sinaí. Jesús es pues el mismo Dios que había en el Antiguo Testamento y, por tanto, Jesús es aquel-que-es, aquel-que-está-presente.

 

La presencia de Jesús es un elemento fundamental. Cristo es uno con el Padre y ha estado presente con él desde toda la eternidad. Es este mismo Cristo que en la creación fue la mano del Padre como decía san Ireneo de Lyon, o la Sabiduría que le asistió, o el modelo a partir del cual y en el que todo fue creado. Es este mismo Cristo que llegada la plenitud de los tiempos plantó su tienda entre nosotros y se hizo hombre y vivió en este mundo como cualquier otro mortal. Y es este mismo Cristo que después de la resurrección envía su Espíritu y continúa presente entre nosotros en la comunidad de los discípulos, en la Iglesia.

 

Podemos ir aún más a fondo en el significado de esta presencia de Cristo en su Iglesia. La palabra «presencia», que proviene del latín, tiene su paralelo en lengua griega en la palabra παρουσία que teológicamente designa la venida gloriosa del Señor. En otras palabras, la venida de Cristo se hace presente ahora y aquí en la Iglesia. La Iglesia se convierte en el lugar donde Dios viene a encontrarse con su pueblo y la Iglesia es también el lugar donde el pueblo espera el encuentro definitivo con Dios.

Es por este motivo que Iglesia y Eucaristía están íntimamente unidas. En la Eucaristía se realiza en esencia lo que la Iglesia es en esencia: el Cristo que viene al encuentro de cada uno de nosotros.

Esta presencia es, finalmente, una presencia salvadora. El Cristo viene y vendrá al final de los tiempos a salvarnos. Como decía el libro de los Hechos, «Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo». O también nos lo recordaba Pedro en la segunda lectura: «sus heridas os han curado». Y el mismo Jesús en el evangelio nos decía: « yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Jesús es nuestro Salvador y es por este motivo que su presencia en la Iglesia ha hecho que esta sea sacramento universal de salvación (Lumen Gentium 48).

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a escuchar y estimar la voz del Pastor que nos llama en su Iglesia. Si lo hacemos así, no tendremos miedo cuando oigamos que su voz que nos invita a cruzar a la otra orilla del río de la vida. Entonces le seguiremos esperanzados hacia las praderas eternas y luminosas de su Reino.

Anton GordilloDomingo IV de Pascua (3 mayo 2020)