Solemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 – 1 Corintios 12:3-7.12-13 – Juan 20:19-23

Queridos hermanos y hermanas: ¡es la Pascua granada! Rebosante de los frutos del Espíritu otorgados a la Iglesia en beneficio de toda la humanidad. Todos estos dones son fruto de la Pascua de Jesucristo, por eso el Evangelio que acabamos de escuchar nos ha llevado a la tarde del día de Pascua, el primer domingo de la historia. El día en que el Señor se alegró contemplando lo que había hecho, la hazaña que había obrado (cf. Sal responsorial).

Jesús se pone en medio de los discípulos y les dice por dos veces: Paz a vosotros. Que lo diga dos veces indica que se trata de algo importante. Efectivamente, la paz, como plenitud de vida, es el don mesiánico por excelencia, el don que el Dios de la paz hace a la humanidad como uno de los frutos del Espíritu que el Señor, en la cruz, va entregar al momento de morir (cf. Jn 19, 30). La paz que da Jesucristo no es tanto ausencia de tensiones y de conflictos como una serenidad interior, en el fondo del corazón, nacida de la fe de sabernos perdonados y amados entrañablemente por Dios; y es fruto, también, de la confianza que Jesucristo trae a la historia de las personas y a la historia de la humanidad hacia caminos de liberación, de salvación y de plenitud. La paz de Jesús, que es don del Espíritu, hace entrar su Luz en nuestro interior para vernos a nosotros mismos, para ver los demás y todo lo que nos rodea desde la perspectiva de la victoria pascual de Jesucristo. Y, al mismo tiempo, este don nos abre a los demás para ser portadores y artesanos de paz (Mt 5, 9). Esta paz hay que nutrirla, sin embargo, con la oración y con el amor a todos. Por ello, la paz de Jesucristo puede persistir a pesar de las dificultades; tal como dice en el Evangelio según San Juan: en mí encontrareis la paz. En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo (cf. Jn 16, 33). Al hacernos el don de la paz, el Señor se alegra contemplando lo que ha hecho.

Después de darles la paz, Jesús -tal como se hemos oído- sopló sobre los discípulos para significar que hacía una nueva creación y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Dios, según el relato del libro del Génesis, había alentado para infundir el espíritu de vida al primer hombre (cf. Gn 2, 7) y ahora el Cristo resucitado sopla sobre los discípulos para comunicarles la vida del Espíritu. Y este don hecho a los discípulos la tarde de Pascua, tiene un estallido de vida y de gracia en el día de Pentecostés que llega a todos los que creen en Cristo, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús comunica el Espíritu Santo para perdonar los pecados, para perdonar nuestras opciones contrarias a la voluntad amorosa de Dios, nuestros comportamientos malos. Jesús les confiere el ministerio de perdón que él había ejercido durante toda su existencia mortal (cf. Mt 9, 1-8.), Lo hace como fruto del don de su vida hasta la muerte y de su sangre derramada en la cruz. Gracias a Jesucristo y al Espíritu, los cristianos nos sabemos perdonados y reconciliados con Dios Padre; nos sabemos animados por la vida del Espíritu que nos infunde coraje, nos consuela, nos protege ante el mal, nos lleva hacia el conocimiento de la verdad (cf. Jn 14, 15-17.26; 16, 13). Y esto nos es fuente de alegría, de riqueza espiritual y de compromiso a imitar Dios perdonando siempre que sea necesario y favoreciendo la vida y el bien de los demás. Si lo hacemos así, el Señor se podrá alegrar contemplado lo que ha hecho.

Vigorizados ya por su paz y llevados por el Espíritu Santo, Jesús confía una misión a los discípulos y a todos los que por el bautismo serán sus continuadores, también a nosotros, pues. Dice: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Son, y somos, enviados a testimoniar a Jesús y continuar su obra. Por eso, como decía San Pablo, en la primera lectura, el Espíritu distribuye en la Iglesia dones diversos a cada uno de los bautizados para que sirvan al bien de todos. La misión que Jesucristo encarga a sus discípulos y a toda la Iglesia, prolonga la misión que el Padre le ha confiado a él. El Espíritu será la fuerza que, a través del testimonio y de la acción de los cristianos, transformará los corazones en orden a transformar el mundo según las enseñanzas de Jesús. Así el designio divino de amor hacia toda la humanidad se podrá ir haciendo realidad. Ser enviados por Jesucristo con la fuerza del Espíritu es nuestra grandeza y nuestra responsabilidad. Dios confía en nosotros para la difusión de su mensaje radicalmente liberador y salvador. Si nos dejamos llevar por el Espíritu en esta tarea, puede que constatemos que se crea una sintonía entre nuestro anuncio y los deseos más profundos del corazón de quienes nos vean o nos escuchen, como ocurrió a la gente que fue testigo del primer Pentecostés. Así, el Señor se podrá alegrar contemplando lo que ha hecho.

Jesús resucitado, como la noche de Pascua de la que nos ha hablado el evangelio, no cesa de venir en medio de los suyos. Fruto de la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, estará presente en el sacramento eucarístico para darnos vida. Y, por la participación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu actúa para unir en un solo cuerpo todos los que formamos esta asamblea y toda la Iglesia extendida de oriente a occidente (cf. plegaria eucarística II). Es la consecuencia de lo que oíamos de San Pablo en la segunda lectura: todos nosotros, seamos del linaje que seamos, hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y, además, todos los bautizados estamos habitados por el mismo Espíritu; su presencia en nuestro interior satisface nuestra sed existencial más profunda.

El evangelio nos decía que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Nosotros nos alegramos de tenerlo entre nosotros por la acción del Espíritu. Ojalá que también el Señor pueda alegrarse, tal como decía el salmo, contemplando lo que ha hecho. Lo que ha hecho por medio del Espíritu en la Iglesia, en nuestra asamblea y en cada uno de nosotros. Gloria a Dios por siempre, en esta Pascua granada, por todas sus obras. Que le sean agradables nuestros cantos de júbilo y de agradecimiento.

Abadia de MontserratSolemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Solemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (24 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 –  Efesios 1:17-23 –  Mateo 28:16-20

 

No, hermanos y hermanas. No hay contradicción entre la primera lectura y el Evangelio que acabamos de escuchar. La primera lectura, del libro de los Hechos, decía que Jesús lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Y, en cambio, el evangelio decía: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.Parece que pueda haber una contradicción, porque por un lado se nos dice que una nube se lo quitó de la vista y, por otro, que continuaría en medio de ellos y que continuará están con sus discípulos a lo largo de la historia, todos los días hasta el fin del mundo.

La nube y el hecho de perderlo de vista, es una manera de decir que Jesús entra en una nueva realidad. Como decimos en el Credo, «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo […] y se hizo hombre», él estaba con Dios desde el principio (Jn 1, 2). Ahora, en la Ascensión, retorna a Dios; lo decimos, también en el Credo: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Sentarse a la derecha es una expresión, que también hemos encontrado en la segunda lectura, y que significa que Jesús participa plenamente del señorío de Dios; de la gloria, del honor, de la autoridad, del amor infinito del Padre, en un ámbito divino que no es visible a nuestros ojos humanos. Jesús vuelve a la realidad de antes de hacerse hombre, pero llevando su cuerpo humano y sus heridas gloriosas, porque desde la encarnación ha quedado indisolublemente unido a nuestra naturaleza humana. En el seno de Dios, en lo más íntimo de la esencia divina, tenemos un hermano nuestro en humanidad.

La ascensión, sin embargo, no aleja Jesús de nosotros. Deja de ser perceptible a nuestros sentidos, pero sigue presente en medio de los suyos. De ahí la gran alegría de los discípulos después de la ascensión (cf. Lc 24, 52) y la de la Iglesia (cf. colecta) al celebrarla. La causa de esta alegría es doble. Por un lado porque el Señor y el Maestro ha vuelto a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios; y, por otra parte, también porque no nos abandona sino que sigue estando en medio de los discípulos. Y no con una presencia estática. Sino con una presencia activa, curativa, salvadora, portadora de gracia y de vida. Él mismo había dicho antes: no os dejaré huérfanos (Jn 114, 18). Y ahora les dice: yo estoy con vosotros todos los días, haciendo camino a vuestro lado.

Tal como decía el Apóstol en la segunda lectura, Jesucristo actúa en nosotros con su poder, nos comunica la fuerza de la vida nueva que viene de la resurrección, nos  ilumina los ojos de nuestro corazón para que vivamos con la esperanza que también nosotros podremos participar de la riqueza de gloria que nos tiene reservada cuando entremos a participar de la herencia que él nos quiere dar a los santos en la gloria donde él ha vuelto. Así Jesucristo, a lo largo de la historia, va conduciendo su cuerpo que es la Iglesia y a cada uno de los miembros de este cuerpo que somos los bautizados, hacia la plena participación de su vida.

La solemnidad de la ascensión nos hace comprender que la salvación está ya en nuestro interior de bautizados y que se desplegará en plenitud una vez traspasado el umbral de la muerte. Todo por don de Dios gracias a la muerte y la resurrección de Jesucristo. Ser conscientes de ello nos hace vivir con alegría. Pero no nos lo podemos guardar para nosotros solos. Los dones que ya hemos recibido y que recibimos en virtud de la fe y de la gracia de los sacramentos, y la esperanza de la participación futura de la gloria de Jesucristo, deben traducirse en amor a los demás, sobre todo a los que sufren, a los que están tristes, a los que no tienen esperanza. Los dones recibidos y la esperanza que anida en nuestro interior deben traducirse, también, como contribución a construir la sociedad particularmente ahora que la pandemia va disminuyendo entre nosotros y nos encontramos con una crisis económica muy fuerte que tiene numerosas consecuencias a nivel social: crecen los que pasan hambre, los que han perdido el trabajo, los que no pueden llegar a fin de mes, quienes experimentan de un modo u otro la precariedad. Entre todos –agentes institucionales, políticos, económicos, sociales, etc.- tenemos que encontrar la manera de crear una nueva realidad económica y social justa y solidaria. También la Iglesia –que es «experta en humanidad», como dijo San Pablo VI en la ONU-, debe aportar su reflexión sobre temas sociales y económicos y su experiencia, particularmente la vivida en los lugares de mayor pobreza y de más marginación del mundo. Si, como parece, la crisis nos empobrecerá a todos, tenemos que trabajar desde ahora para que no crezcan más las desigualdades.

La ascensión, pues, lejos de evadirnos de la realidad humana, nos inserta plenamente en ella. Desde el bautismo, hemos recibido la llamada a ser continuadores de la misión que Jesús confió a sus discípulos: ser testigos de él con la fuerza del Espíritu Santo, anunciar el Evangelio de la misericordia y de la curación de los corazones, colaborar en construir un mundo justo donde la dignidad de cada persona y de cada pueblo sea respetada y valorada, trabajar para que todos los pueblos conozcan y acojan la persona de Jesucristo y su Palabra. Esta misión la hemos recibido desde el bautismo, pero la tenemos que ejercer toda la vida a nivel individual, hasta donde llegue nuestra irradiación, y a nivel comunitario, eclesial. La presencia de Jesús en nuestro interior de bautizados unida a la vivencia espiritual de la oración nos da luz y fuerza para llevar a cabo la misión recibida. La llamada que nos hace ir hacia la gloria donde él ha llegado, es un estímulo que nos da esperanza.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. En la Eucaristía tenemos el momento más intenso de la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Está presente en la Palabra que hemos proclamado. Está presente en el sacramento de la Eucaristía que nos disponemos a celebrar y recibir. Está presente en cada hermano de nuestra asamblea o que se une a nosotros a través de los medios de comunicación. Acojámoslo, pues, en cada una de estas presencias, con amor y con agradecimiento. Y hagámonos heraldos de su persona y de su Evangelio.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Domingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (17 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 8:5-8.14-17 –  1 Pedro 3:15-18  –  Juan 14:15-21

 

Estimados hermanos y hermanas,

El fragmento del Evangelio que acabamos de escuchar, hay que situarlo en el discurso que Jesús hace en la última cena. Sus discípulos intuyen que al cabo de muy poco tiempo les será tomado y Jesús les habla con una ternura especial. Antes de dejarlos, les quiere hacer ver cómo podrán vivir unidos a Él, incluso después de su muerte. Por eso les asegura que «no les dejará huérfanos ni desamparados». Les enviará su Espíritu y Él mismo, Cristo Jesús, no los abandonará: «Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

No deben sentirse solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los rodeará y los hará vivir, ya que les llegará hasta lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos. Jesús ya no podrá ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe.

Sí, el Espíritu Santo nos hace ver y sentir a Jesús vivo donde el mundo no puede verle ni entenderle. Nos da la fuerza para perseverar, el coraje y la audacia de creer en las palabras de Cristo, y sobre todo, la apertura interior para descubrir que en lo más profundo de nuestro corazón, el Padre mismo, atraído por el Hijo, viene a hacer de nosotros su hogar.

Pero en este discurso Jesús también les pide que lo quieran y que cumplan sus enseñanzas, su estilo de obrar: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos», dice. Celebrar la Pascua es algo más que alegrarnos por la Resurrección de Jesús. La Pascua la celebraremos bien si se nota que vamos entrando en esta comunión de mentalidad, de estilo de actuación con Cristo, el Resucitado. Y esto no sólo en la Eucaristía, en nuestra oración, sino también en nuestra vida cotidiana.

La Pascua debe notarse en nuestra conducta, en nuestra forma de actuar en el mundo. Sin embargo las dificultades, la tristeza, el desánimo, nos pueden abrumar y hacernos olvidar la presencia de Dios en nuestra vida personal o comunitaria. Necesitamos paz, ánimos y alegría, pero sólo desde la convicción de la presencia viva de Cristo Resucitado y de su Espíritu podremos encontrar la llave de la serenidad interior para seguir caminando y trabajando.

En la oración colecta de hoy hemos pedido a Dios que «Los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten siempre en nuestras obras». En la poscomunión, de nuevo, pediremos que, ya que «la resurrección de Cristo nos ha hecho renacer a la vida eterna», Dios nos ayude a que se note en nuestra vida que estamos llenos de esta Pascua.

Jesús conoce bien nuestras dificultades y nuestros límites en el amor; también sabe bien que nuestros corazones no pueden encontrar paz y alegría sin querer y ser queridos. Nos basta con ser fieles a su palabra para que podamos ser introducidos en un torrente de amor infinitamente más grande que nosotros mismos. Nosotros que no sabemos amar, somos hechos partícipes del Dios del amor, capaces de amar como Dios ama, es decir, ¡entregando y desbordando de alegría!

Por ello, en la segunda lectura, San Pedro nos insta a estar siempre preparados para «dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros». Esta esperanza es la vida misma de Dios Trino, es la seguridad de que el Padre que habita en nosotros por la gracia del Espíritu Santo continúa incesantemente enviándonos a su Hijo para transformarnos a su imagen.

Hermanos y hermanas,

Hoy, especialmente en estos tiempos difíciles, como en los tiempos de los apóstoles, se nos pide ser testigos de esperanza y de solidaridad para incidir eficazmente en muchas situaciones complejas que cada día se nos presentan. Darán razón de nuestra esperanza una palabra de aliento, un gesto de proximidad, una ayuda puntual o permanente. Encontrar el equilibrio entre la vida interior y la acción caritativa, entre la contemplación y el compromiso social, puede ayudar a los demás a vivir con la misma confianza que nos mueve a hacerlo nosotros. Serán, sobre todo, razón de la esperanza que hemos puesto en Dios y que nos proyecta hacia la Vida que nos promete.

Que esta Eucaristía nos ayude a hacernos conscientes de que Jesús nos acompaña en nuestro camino, nos hace participar de la Vida que es Él mismo y nos invita a ser sus testigos.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Domingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 6:1-7 –  1 Pedro 2:4-9  –  Juan 14:1-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

En este quinto domingo de Pascua, el contexto del evangelio de san Juan que acabamos de proclamar es el discurso de despedida de Jesús al terminar la cena pascual con sus discípulos. El ambiente en el final de la comida era de inquietud ya que el Maestro había anunciado que uno de los que comía con él a la mesa lo traicionaría, y que otro, lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo. Más aún, Jesús les había hablado claramente de su partida y de su final como nunca lo había hecho hasta ese momento.

La tensión que se palpaba comportaba para los once que habían quedado en la sala, cuando Judas hubo salido, un desasosiego que llevó a Jesús a decirles que sus corazones se serenasen y por eso les pide que den un paso importante que seguro no esperaban, para poder desprenderse o para vivir de manera diferente la angustia que tenían: les pide que crean en Dios, que crean en él, es decir, les pide un gesto de confianza. Y no es fácil hacer estos gestos de confianza en situaciones similares.

Por eso no es de extrañar la reacción de los discípulos que se expresa por medio de las intervenciones de Tomás y de Felipe.

Por lo que nos dice el evangelio de hoy como el del relato de la aparición de Jesús resucitado, es fácil imaginar que Tomás era un hombre práctico, realista, que quería ver y tocar para creer. Por eso ve poco claro, poco concreto y preciso lo que Jesús dice sobre dónde va y el camino que conduce allí. Y por eso confiesa claramente su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

La pregunta de Tomás es de gran actualidad para nosotros, para la sociedad de nuestro tiempo, un tiempo y unos hombres y mujeres marcados, más de lo que pensamos, por el realismo y la concreción. Dicho en otras palabras, desconfiamos de lo que no se puede experimentar y comprobar. Pero ha sido necesaria la pandemia del Covidien-19 para darnos cuenta de que las previsiones se han derrumbado y que ha sido necesario un cambio de registro tanto a nivel personal como a nivel social y también a nivel creyente. Son muchos los que hoy se preguntan qué caminos se abrirán o habrá que abrir de cara a recuperar, si es que tiene que ser así, el ritmo que hemos vivido hasta la aparición del coronavirus. O quizás tendremos que decir como Tomás: no sabemos a dónde vamos.

No sería justo pensar que la pregunta de Tomás ¿cuál es el camino? es una pregunta retórica. Todo lo contrario, es una pregunta importante que como he dicho nace del desconcierto que él vivía en su interior, al igual que los demás. Y si la pregunta es importante mucho más lo es la respuesta porque no puede ser más concreta y precisa: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Se trata de un camino bien definido: una persona, un hombre, Jesús de Nazaret. Un camino, sin embargo, que tiene como únicas señales de guía: la fe, la esperanza, el amor y la confianza. Un camino que tiene un objetivo: la vida. Y aún, se trata de un camino que nace del coraje de ponerse en marcha caminando hacia un futuro, que hoy y aquí empezamos a crear.

Y eso es lo que precisamente proclamamos y celebramos tozudamente durante este tiempo de Pascua rodeados de sufrimiento y de incertidumbres. A lo largo de estos días y con palabras o actitudes similares a las del apóstol Tomás nos hemos preguntado a menudo qué camino de salida hay a todo lo que estamos viviendo. Y al igual que los discípulos hemos ido escuchando de palabra o a través de tantos y tantos servicios generosos y desinteresados, que Jesús no es un personaje admirable pero muerto, sino que es vida porque sigue siendo para nosotros el camino que se manifiesta a través de unos rostros concretos. «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre». Y son tantos, hermanos y hermanas, quienes en este tiempo han hecho obras como las de Jesús.

En el mismo contexto del final de la comida al apóstol Felipe le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta de Jesús vuelve a ser clara y precisa: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?».¿Quién me ha visto a mí ha visto al Padre».

Jesús no nos ha dejado un catálogo de respuestas que nos permitan definir exactamente cómo es Dios, ni cómo será la casa del Padre (este lugar donde él va). «A Dios no lo ha visto nunca nadie». Porque Dios es más de lo que nunca nosotros podremos decir o pensar. No lo podemos reducir a ninguna imaginación, concepto o sentimiento. Pero Jesús mismo nos recuerda, y es lo que creemos, que lo hemos visto en él mismo. Sus palabras y sus obras son las palabras y las obras de Dios. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Si es verdad que Dios sigue siendo indefinible, también es verdad que lo conocemos, lo escuchamos, lo vemos y lo amamos en un hombre concreto. Haciendo de Jesucristo la norma de vida (el camino), vivimos de Dios, vivimos con Dios, y nos encaminamos hacia Dios.

Hermanas y hermanos, Jesús afirma que su intimidad con el Padre no es únicamente un privilegio suyo, sino que es posible para todos nosotros que creemos en Él. A través suyo podemos llegar a hacer las mismas cosas que él hacía por los hombres y mujeres de su tiempo. Y esta es una verdadera buena noticia: con nuestras vidas podemos ser presencia de Dios para todos los que nos rodean, haciendo las mismas obras que él hacía.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Domingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14a.36-41 –  1 Pedro 2:20b-25  –  Juan 10:1-10

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El Concilio Vaticano II nos dice estas bellas palabras sobre la Iglesia: «El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues, nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: “Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios” Ahora bien, este reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo». (Lumen Gentium 5).

Si queremos acercarnos, pues, al misterio de la Iglesia, tenemos que ir a su origen, a su fundación. Este origen no es un momento concreto, es un camino, el camino que va desde la Pascua hasta Pentecostés. Es el mismo camino que conduce desde la lanzada junto a Jesús cuando estaba en la cruz hasta la unción de los discípulos con el Espíritu Santo en el Cenáculo. Para comprender las lecturas de hoy, hay que colocarse en este contexto eclesial.

Y la única manera que tenemos de entrar en este misterio es la puerta, es decir, el mismo Jesús. Los textos litúrgicos de hoy son ricos en atribuir títulos a Jesús: Señor, Mesías, Cristo, pastor, guarda y puerta. Sin embargo, en el evangelio de Juan que nos ha sido proclamado se esconde todavía otro título de Jesús quizás no tan evidente. En dos ocasiones dice «Yo soy». Esta expresión no es accidental sino que remite a aquel «Yo soy el que soy» con que Dios se designó en el desierto del Sinaí. Jesús es pues el mismo Dios que había en el Antiguo Testamento y, por tanto, Jesús es aquel-que-es, aquel-que-está-presente.

 

La presencia de Jesús es un elemento fundamental. Cristo es uno con el Padre y ha estado presente con él desde toda la eternidad. Es este mismo Cristo que en la creación fue la mano del Padre como decía san Ireneo de Lyon, o la Sabiduría que le asistió, o el modelo a partir del cual y en el que todo fue creado. Es este mismo Cristo que llegada la plenitud de los tiempos plantó su tienda entre nosotros y se hizo hombre y vivió en este mundo como cualquier otro mortal. Y es este mismo Cristo que después de la resurrección envía su Espíritu y continúa presente entre nosotros en la comunidad de los discípulos, en la Iglesia.

 

Podemos ir aún más a fondo en el significado de esta presencia de Cristo en su Iglesia. La palabra «presencia», que proviene del latín, tiene su paralelo en lengua griega en la palabra παρουσία que teológicamente designa la venida gloriosa del Señor. En otras palabras, la venida de Cristo se hace presente ahora y aquí en la Iglesia. La Iglesia se convierte en el lugar donde Dios viene a encontrarse con su pueblo y la Iglesia es también el lugar donde el pueblo espera el encuentro definitivo con Dios.

Es por este motivo que Iglesia y Eucaristía están íntimamente unidas. En la Eucaristía se realiza en esencia lo que la Iglesia es en esencia: el Cristo que viene al encuentro de cada uno de nosotros.

Esta presencia es, finalmente, una presencia salvadora. El Cristo viene y vendrá al final de los tiempos a salvarnos. Como decía el libro de los Hechos, «Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo». O también nos lo recordaba Pedro en la segunda lectura: «sus heridas os han curado». Y el mismo Jesús en el evangelio nos decía: « yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Jesús es nuestro Salvador y es por este motivo que su presencia en la Iglesia ha hecho que esta sea sacramento universal de salvación (Lumen Gentium 48).

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a escuchar y estimar la voz del Pastor que nos llama en su Iglesia. Si lo hacemos así, no tendremos miedo cuando oigamos que su voz que nos invita a cruzar a la otra orilla del río de la vida. Entonces le seguiremos esperanzados hacia las praderas eternas y luminosas de su Reino.

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Domingo III de Pascua (26 abril 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14.22-33 – 1 Pedro 1:17-21 – Lucas 24:13-35

 

Queridos hermanos y hermanas:

No sé si alguna vez habéis tenido esta experiencia realizando un viaje en coche: si la compañía es alegre, el trayecto es corto y rápido, pero… si los conocidos son gente triste y socarrona, el recorrido es largo y pesado. Hoy encontramos, de camino, a los dos discípulos del pueblo de Emaús situada en los alrededores de la capital de Jerusalén. Desalentados, tristes y desmotivados, discuten entre ellos dos sobre los hechos ocurridos en los últimos días en la Ciudad Santa. El Evangelista San Lucas nos dice el nombre de uno de ellos: se llamaba Cleofás, muy probablemente de la familia de Jesús, pero no perteneciente al grupo de los once Apóstoles. Desgraciadamente, no nos dice el nombre del segundo seguidor. Los Santos Padres de la Iglesia nos invitan a todos nosotros Cristianos a inscribir nuestro propio nombre en el lugar del peregrino desconocido: «Cleofás y María, Cleofás y Juan o Cleofás y Simeón». Todos, todos nosotros somos el segundo discípulo, que hacemos el camino de la Vida con Jesús al lado y, desgraciadamente, no lo reconocemos presente en el día a día de nuestra Vida.

En estas horas bajas de largo confinamiento por el Covid-19 Jesús nos habla al oído y nos dice palabras de amor, de esperanza, de compañía, de presencia; sólo nos falta colocarnos a su frecuencia, en su dial de la fraternidad y de la estimación. Él está realmente a nuestra derecha. Él es nuestra compañía en el camino. Desmontemos todo tipo de soledades, miremos los ojos de los vecinos, tengamos una charla larga con los niños, con nuestros abuelos, colaboremos con pequeños gestos con la sociedad, con la Iglesia, con Cáritas. Si todos aportamos nuestro granito de arena, entre todos hacemos una playa, porque Tú, seas quien seas, eres el segundo discípulo amado.

Jesús se les hace encontradizo y se pone a andar su lado. No les hace ningún reproche por su deserción, por su fuga, ni por su poca fidelidad. Solos les hace una breve pregunta: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?». La respuesta transmite una experiencia de abatimiento, de derrota, de retirada general por lo que había ocurrido días atrás en Jerusalén. El simple diálogo deja entrever su pequeña Fe: «Jesús, un profeta poderoso en obras y palabras, liberador de Israel, muerto crucificado hace tres días». Habían oído rumores de que unas mujeres asustadas decían que estaba vivo, pero no las hemos creídas -su palabra no era válida socialmente-. Algunos de los discípulos han visto el sepulcro vacío, pero a Él no lo vieron. Haciendo un camino de conversión, con la buena compañía del Señor que hacía arder de alegría sus corazones, Jesús les exponía el sentido de todas las escrituras que se referían a Él. Mientras tanto, el día ya declinaba y los dos discípulos invitan con insistencia a cenar el buen amigo de viaje. Jesús entró en la casa, se sentó a la mesa y tomó el lugar reservado de la presidencia: Él es el Maestro y Señor, Él es el dueño de casa, el mayor de la familia, que ha de bendecir, partir y repartir el pan de comunión. Jesús pasó de ser invitado en un segundo plano a invitar Él al banquete a sus queridos discípulos de camino. Es en este preciso momento, de la fracción del pan, que a los dos discípulos se les abren los ojos y reconocen al Cristo Resucitado. Llenos de gozo y de alegría, salen de la casa y rehacen rápidamente el camino de vuelta a Jerusalén. Ellos son ahora los nuevos misioneros de la Buena Noticia en la comunidad Apostólica de los once: «Realmente, al Señor Resucitado lo hemos reconocido al partir el pan».

El Evangelio de Emaús es, en definitiva, una gran Eucaristía digna de atención: la escucha de la Palabra en el camino. Explicar el sentido de las Escrituras, la homilía. Una casa y sentarse a la mesa en comunidad. Consagración, partir y repartir el pan, y finalmente salir a misionar la Buena Nueva de que Jesús está vivo y que se hace compañero nuestro en el camino de la Vida Terrenal.

Decía San Agustín: «Cuando partimos el pan en la Eucaristía Dominical y reconocemos todos al Señor: tú que crees en Él, tú que llevas el nombre de Cristiano, tú que escuchas las Palabras Divinas encontrarás al fraccionar el pan su presencia real, porque Él no está nunca ausente «, está siempre presente a tu lado.

Hermanos y hermanas: hoy por la noche celebraremos la Vigilia de Santa María y mañana su gran Solemnidad. Ella, que es Señora de Montserrat, Patrona y Princesa de Cataluña, convierta este doloroso camino del Coronavirus en «vía lucis», camino de luz, curación y normalidad social bajo el abrigo de su manto azul. Virgen Morena: imploramos tu protección sobre todas las necesidades hospitalarias. Rosa de abril, Virgen Moreneta de la Sierra, gloriosa y siempre bendita, ruega por todos nosotros. Amén.

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (26 abril 2020)

Domingo II de Pascua (19 abril 2020)

Homilía del P. Joan Recasens, subprior de Montserrat

Hechos de los Apóstoles 2:42-47 – 1 Pedro 1:3-9 –  Juan 20:19-31

Queridos hermanos y hermanas,

Después de haber vivido en la intimidad, pero solemnemente, las fiestas pascuales en las que hemos hecho presente el gran misterio del amor de Dios por la humanidad, acompañando a Jesús en los momentos trascendentales de su vida, los de su pasión y muerte en la cruz, y el de su resurrección, hoy en este segundo domingo de Pascua la liturgia nos quiere hacer vivir algunas de las apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos.

Según el fragmento del Evangelio que se nos ha proclamado, en la tarde del mismo día de Pascua Jesús se aparece a sus discípulos y les dice: «Paz a vosotros». Les enseñó las manos y el costado para dar testimonio de que era él mismo, y les vuelve a decir: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo», y alentando sobre ellos les dice:» Recibid el Espíritu Santo”.

Según el relato evangélico, en esta primera aparición de Jesús a sus discípulos, el apóstol Tomás no estaba en casa con todos los demás y es por eso que no quiere creer nada de lo que los otros discípulos le dicen de la aparición de Cristo resucitado .

Al cabo de ocho días de la primera aparición, Jesús se aparece de nuevo a sus discípulos estando las puertas cerradas, estando presente esta vez también el apóstol Tomás, y les dice de nuevo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”. No seas incrédulo, sino creyente. ¿Por qué me has visto has creído?, y añade: «Dichosos los que crean sin haber visto». Hasta aquí el relato evangélico.

Hermanos, me parece que la lección que podemos sacar de las enseñanzas del evangelio de hoy es clara: por nuestro bautismo hemos sido hechos hijos de Dios y como otro Cristo en medio del mundo que nos ha tocado vivir, tenemos que mirar de imitar a Jesucristo en nuestro comportamiento y debemos ser portadores de paz, de esperanza y de amor a todos aquellos hermanos nuestros que esperan de nosotros un gesto de estimación, de comprensión y de ayuda, sobre todo hoy que el mundo está tan carente del sentido de respeto, de hermandad y de colaboración de los unos por los otros. Es muy triste constatar que, muchas veces, muchos de los que deberían ser guías y comportarse como buenos samaritanos se dejan llevar por la envidia, por el resentimiento y por el castigo, haciendo la vida imposible a todos aquellos que no piensan como ellos y que tienen otros ideales de libertad y de respeto. Ciertamente no se puede poner la Ley como excusa, ya que la Ley está hecha para los hombres y no los hombres para la Ley. Roguemos para que el Señor nos ayude a ser más comprensivos y respetuosos con todos nuestros hermanos, para poder crear una sociedad donde reine el amor, la esperanza y la comprensión de los unos por los otros, tal como Cristo ha venido a proponernos.

Abramos nuestros corazones y dejemos que penetre el aire fresco y la luz que viene de Dios para poder ser cada día más imitadores de Jesucristo. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (19 abril 2020)