Ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo auxiliar de Barcelona y rito de ordenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

Ezequiel 34:11-16 / Romanos 5:5-11 / Lucas 15:3-7

 

Saludo

Queridos padre Abad y comunidad de monjes benedictinos de Santa Maria de Montserrat; querido Jordi, padres, familiares y amigos venidos de Mata, Banyoles; queridos chicos y jóvenes de la Escolanía -que hoy iniciáis vuestras merecidas vacaciones de verano-; queridos hermanas y hermanos en Cristo, también quienes siguen esta solemne eucaristía a través del canal YouTube de Montserrat:

Me apetece mucho, en esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, subir a Montserrat, como un peregrino más, para la ordenación diaconal de Jordi Puigdevall Roca, OSB, monje de esta comunidad benedictina. Gracias P. Abad por su invitación para que un servidor presidiera hoy esta eucaristía en la que oramos para que este buen monje, elegido para el diaconado, sea “activo y diligente en la acción, bueno en el servicio y constante en la oración” (cf. oración colecta de la ordenación de diáconos).

Dentro de la brevedad obligada de una reflexión homilética, permitidme, sin embargo, hacer tres aproximaciones: desde la Palabra de Dios proclamada, desde las enseñanzas del papa Francisco y desde la Regla de san Benito, padre de los monjes de la Iglesia latina, cuyo magisterio inspira toda la vida de este nuevo diácono.

1. Desde la Palabra de Dios

Desde la Palabra de Dios, se nos recuerda hoy que Dios nunca se queda corto en amor y ternura. Por encima del pecado y de la infidelidad humanas, la misericordia de Dios ya se manifestaba como una fuerza especial. Consistía en unos lazos de amor que se estiraban y estiraban sin llegarse nunca a romper. A la larga, este diálogo iba a parar en la llamada a vivir en una intimidad de amistad con el Señor.

En materia de amor, Dios tiene siempre las de ganar, porque desde que empezó la obra de la creación no ha aburrido nada de lo que ha creado. Por el contrario, el misterio de la creación está vinculado al misterio de la elección: “Te quiero con un amor eterno, por eso te he atraído con misericordia” (1) (Jr 31,3).

Encarnado y elevado a la cruz, Jesucristo ha atraído todo hacia él, y los lazos de amor que hay entre el Padre y la humanidad los ha convertido en una nueva y eterna alianza en su sangre.

El prefacio de la solemnidad de hoy dice: “Él, elevado al árbol de la Cruz, se entregó a sí mismo por nosotros con un amor admirable, y de su costado traspasado, fuente de los sacramentos de la Iglesia, del que salió sangre y agua, para que todos, atraídos a su Corazón abierto, pudiéramos beber con gozo en las fuentes de la salvación”.

Las lecturas de la celebración de hoy expresan esta verdad con una imagen de gran presencia en la Biblia, la imagen del Bon Pastor. Tú, Jordi, que estás estudiando en Roma, has visto esta imagen, ahí en las catacumbas. El profeta Ezequiel pone en labios del Señor esta promesa que será real en Cristo. “Yo mismo haré apacentar a mis ovejas y yo mismo las llevaré a reponer”. Es Cristo quien realizará esta promesa profética.

En el evangelio, Cristo, nuestro Buen Pastor, nos invita a celebrar con gozo que ha encontrado la oveja perdida. Esta oveja perdida somos todos y cada uno de nosotros, yo el primero, tú también, cada uno de los que estamos aquí. “En el cielo habrá más alegría por un solo pecador convertido, que, por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse”. El Señor lo decía ante los fariseos y los maestros de la ley. Y hoy también nos advierte a todos nosotros. Es maravilloso el lenguaje que utiliza para hacernos comprender «la inmensidad de su amor», como hemos rogado en la oración colecta al inicio de la eucaristía. Es maravilloso. Él siempre viene a nuestro encuentro, él siempre nos acoge. Como diría el papa Francisco, «él nunca se cansa de perdonar». Contemplamos hoy su amor hasta el extremo. Dejémonos tomar por Cristo. Su amor, su corazón, es inmenso. ¡Él es único!

Estimado Jordi, te pido que no olvides nunca este salmo que cantamos, el salmo responsorial de hoy, el Salmo 22, el del Bon Pastor. Que siempre puedas decir con tu corazón y con tus actos: “El Señor es mi pastor, nada me falta (…). Me guía por caminos seguros por el amor de su nombre.” Y esos caminos son los caminos, desde hoy, de la diaconía, el camino del servicio.

2. Desde la enseñanza del papa Francisco

Desde la enseñanza del papa Francisco, querido Jordi, te comparto un sencillo pensamiento a raíz de su exhortación apostólica Gaudete et exsultate (GE). En virtud del bautismo recibido, todos los bautizados tenemos la vocación a la santidad. Por tanto, esto no es una experiencia extraordinaria reservada sólo a una élite, a unos cuantos escogidos. Todos estamos llamados a esa santidad. Y así como existe «la santidad de la puerta del lado de casa» (GE, 6-9) -de quienes son vecinos nuestros, que pasan desapercibidos, pero que a los ojos de Dios han dejado que su gracia trabaje en ellos, no le han sido un estorbo- también, por gracia de Dios, hay, en esta comunidad monástica, la santidad del vecino de la celda de al lado, del compañero de comunidad, del hermano de mesa, que se convierte, aunque sea sin palabras, en un estímulo para todos los hermanos de vocación a “buscar Dios de verdad” ya adorarlo “en espíritu y en verdad”.

Vive, pues, desde hoy tu vocación a la santidad «sirviendo al Señor -¡y a los hermanos!- con alegría», como dice el salmista (salmo 99,2), siendo desde hoy un verdadero monje-diácono. Es decir, sobre todo un servidor de la Palabra de Dios, un servidor del altar, un servidor de los hermanos, un servidor de los más pobres y necesitados y un servidor -no lo olvidemos- de la evangelización en este santuario de Montserrat la función pastoral del cual, especialmente en el ámbito de las diócesis de Cataluña, es de una especial trascendencia. Es un gran servicio, es una gran “diaconía”, que los obispos de la Conferencia Episcopal Tarraconense sabes que valoramos especialmente, y ésta es la razón que lo recuerde en el día de tu ordenación.

3. Desde la espiritualidad y la Regla de san Benito

Desde la espiritualidad benedictina, desde la Regla de san Benito, te pido de antemano, que me disculpes por recordar eso que sigue a quien sin duda tiene un conocimiento mucho más amplio y mucho más profundo que el que pueda tener un servidor.

Sin embargo, me atrevo a sugerirte que hoy escuches especialmente en el interior de tu corazón estas palabras de san Benito: “Mirad cómo el Señor, con su bondad, nos muestra el camino de la vida. Ceñidos, pues, nuestros lomos con la fe y con la observancia de las buenas obras, hacemos sus caminos siguiendo la guía del Evangelio, para que merezcamos de ver a Aquel que nos ha llamado a su reino. Si queremos habitar en el tabernáculo de su reino, miremos que no se llega si no es corriendo con las buenas obras” (Regla de san Benito, Prólogo, 20-22).

En la escuela de tu padre en el espíritu, sé muy humilde, y si ves basura en el ojo de un hermano tuyo, no dejes de ver la viga en el tuyo (cf. Mt 7,3-5). Y esto todos nosotros también, tratamos de vivirlo así. No dudes en ir subiendo, ayudado por la gracia de Dios, en esos escalones de la humildad, los escalones de la escalera de la virtud, de los que trata el capítulo VII de la Regla. Recuerda lo que dice, al hablar de cuáles son los instrumentos de las buenas obras, “antes de todo, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Después, el prójimo como a sí mismo”” y sobre todo y en todo momento “no anteponer nada al amor de Cristo” (Regla de San Benito, cap. IV, 1-2 y 21) y “no desesperar nunca de la misericordia de Dios” (Ibídem, 74). Es providencial que seas ordenado precisamente en esta solemnidad donde disfrutamos de la inmensidad de la misericordia de Dios, de la inmensidad del amor del Señor.

Recordando el clásico consejo que da san Benito cuando pide: «que no se anteponga nada al oficio divino» (ningún XLIII), te sugiero, si quieres tenerlo en cuenta, que tu oración, desde ahora, sea ​​para ti un servicio, una diaconía, orando especialmente por la paz en Ucrania y en muchos otros países en guerra -como nos recuerda constantemente el papa Francisco que dice que estamos viviendo una tercera guerra mundial pero “a trozos”-, y que reces también por las necesidades del mundo y de la Iglesia, y concretamente por los frutos del “camino sinodal”, ese camino valiente al que nos ha convocado el Santo Padre, esta aventura del Espíritu. Ruega, sí, por los frutos del camino sinodal que el buen papa Francisco nos ha pedido realizar a todos los bautizados, “caminando juntos”, discerniendo, escuchando al Espíritu.

Conclusión

Querido nuevo diácono, a los pies de la Virgen de Montserrat, nuestra entrañable Moreneta, patrona de las diócesis catalanas, admiramos el gran corazón y sentimos el amor inmenso de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a hacerse servir sino a servir. Como cantamos en el Virolai, “Cedro gentil del Líbano sois corona, árbol de incienso, palmera de Sión, el fruto sagrado que vuestro amor nos da es Jesucristo -iba a decir, “¡el gran Diácono”!-, el Redentor del mundo ”.

Amén

(1)  La misericordia ha ocupado en los últimos tiempos de forma muy fuerte la conciencia y también –así lo esperamos- la praxis pastoral de la Iglesia. San Juan Pablo II en los inicios de su pontificado dedicó una encíclica a Dios Padre centrada en su amor hecho misericordia. Fue la carta Dives in misericordia, de 1980. El papa emérito Benedicto XVI, en 2005, primer año de su pontificado, en su encíclica Deus caritas est, afirmó que Jesucristo es “el amor de Dios encarnado”. Y el papa Francisco en 2016 invitó a toda la Iglesia a celebrar el Jubileo de la misericordia, con un documento titulado Misericordiae vultus, presentándonos a Cristo como “el verdadero rostro de la misericordia de Dios Padre”.

Abadia de MontserratOrdenación diaconal del G. Jordi Puigdevall (24 de junio de 2022)

El Cuerpo y la Sangre de Cristo (19 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (19 de junio de 2022)

Génesis 14:18-20 / 1 Corintios 11:23-26 / Lucas 9:11b-17

 

Con el sacramento de la eucaristía, podría llegar a pasarnos, queridos hermanos y hermanas, que nos acostumbráramos tanto, que no fuéramos conscientes de todo su valor. Es un gozo y un privilegio, quizás cada vez más privilegio en nuestra Iglesia, poder celebrar diariamente o semanalmente la eucaristía y participar con la comunión del cuerpo de Cristo.

La Solemnidad del Corpus, concluido ya el tiempo pascual, tiene sin embargo ecos de su inicio, el Jueves Santo, cuando celebrábamos la institución de la eucaristía. Quizás el día tradicional de celebración del Corpus, en jueves, dejaba más clara esta relación. Celebrábamos entonces y celebramos hoy que Dios no tuvo ningún límite para hacerse presente entre los hombres y las mujeres y por eso se encarnó en Jesucristo y que, de igual modo, Jesucristo tampoco se limitó para continuar presente en toda la historia que acontecería detrás de Él y por eso quiso que el pan y el vino fueran su presencia privilegiada, porque en la sencillez de los elementos más básicos y tan sólo con la invocación del Espíritu Santo y con las palabras breves que él dijo, pudiéramos hacerlo presente.

Toda la historia de la humanidad está marcada por Jesucristo, por su Encarnación, por su muerte y resurrección. Por eso es el punto final de un tiempo y el inicio del otro, por eso en la mayoría de sociedades cristianas y en muchas otras, el tiempo se señala a partir de él. La eucaristía es la memoria perenne de Jesucristo en este segundo tiempo de la historia que debe perdurar hasta el final. La celebramos hasta que vuelva como decía el final la segunda lectura de hoy, cuando su revelación absoluta hará innecesaria su memoria. Pero mientras esto no llega, tenemos como decía el privilegio de su presencia en el sacramento de su cuerpo y de su sangre, en el pan y el vino eucarístico.

Resuena en las oraciones de la misa de hoy esta dinámica histórica entre memoria de Jesús, de su Pasión, y esperanza en el futuro, en esta vida eterna, que podemos imaginar y anticipar cuando sentimos o nos hacemos conscientes de la presencia de Dios en nosotros, de su comunión con el mundo, que es lo que nos lleva de forma intensa e insustituible el sacramento de la eucaristía. El motete eucarístico (es también la antífona del Magnificat de las II Vísperas de hoy) Oh sagrado convite, de Santo Tomás de Aquino, tantas veces cantado por nuestra Escolanía, que hoy está en Alemania invitada para un concierto, nos lo dice: Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura.

A veces estoy tentado a pensar como si con la Encarnación de Dios en la humanidad no hubiera bastado, que había que bajar más, tan humilde es nuestro Dios y tan fácil nos lo quería poner que no tuvo por menos de estar presente Jesucristo en el pan y en el vino, en la simplicidad de los alimentos más corrientes de la cultura Mediterránea.

El evangelio de hoy nos sugiere que la institución de la eucaristía en la última cena, sólo fue la conclusión final de una vida toda dada por amor. Me gusta contemplar la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, no tanto como un milagro material, sino como la escena de la preocupación y la acción eficaz de Jesús, para que nadie pase más hambre.

Ante las amenazas de escasez directa de alimentos y del encarecimiento de los disponibles, amenazas que la Guerra de Ucrania parece no poder acabar rápidamente sino acentuar cada día más, pienso en cómo podríamos nosotros hacernos conscientes de que la eucaristía va ligada también a la preocupación de Jesús para que no haya hambre en el mundo. Jesús sació a sus discípulos en medio de la cotidianidad mientras predicaba y curaba. Parece que nuestro día a día nos ha llevado también a encontrarnos en situaciones de necesidad similares a las que hemos escuchado. La Iglesia hace mucho: Cáritas, las Misiones, el anonimato de tantas personas que ayudan, son los verdaderos efectos de tener presente y recordar a Jesús y el evangelio en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas. Nunca lo separamos. Diremos hoy que éste es el sacramento de la unidad y de la paz. Pero Dios no nos impone la unidad y la paz como una consigna, como una ideología como han utilizado regímenes totalitarios de todos los signos que han pervertido estas palabras. La transformación social cristiana que tiene sus raíces en el evangelio nace de la fe y la comunión con Jesús. De una relación personal y libre que nunca puede ser impuesta, que nace de la primera llamada a ser discípulos de Jesucristo.

La fiesta de hoy tiene sus orígenes en la necesidad de intensificar con oración y alabanza ese privilegio de presencia personal que Dios nos hace con su cuerpo y su sangre y que nos ayuda a profundizar e intensificar nuestra intimidad con Él. Pero tampoco podemos caer en un intimismo excluyente y en esta relación espiritual olvidarnos de que la eucaristía es pan roto y repartido. Que la unidad eclesial entera está siempre presente y que toda eucaristía es una oración y una afirmación de la paz querida por el Señor, como decimos al final de la oración eucarística antes de darnos la paz simbólicamente: conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Es imposible en esta unidad no tener muy presentes a quienes lo pasan peor, es difícil pensar que pueda haber paz donde no hay ni siquiera los alimentos necesarios para vivir.

Cada eucaristía nos recuerda que tenemos el deber de seguir firmes en esta lucha por los necesitados. Por eso, uniéndonos a tantas comunidades, haremos hoy una colecta a favor de caritas, que vela por tantas y tantas situaciones extremas.

La tradición católica latina nos ha legado el culto eucarístico, esto es la adoración al cuerpo y la Sangre de Cristo no sólo en el momento propio de celebrar el memorial del Señor en cada eucaristía y de comulgar, sino también en la posibilidad silenciosa de rezar en presencia de Él. Hoy nos uniremos a esta veneración llevando solemnemente la reserva eucarística a la capilla del santísimo, de la misma manera que lo hacemos el Jueves Santo, y dejaremos expuesto el sacramento para todos los que durante el día quieran orar en silencio. Es el Señor mismo presente por el memorial de su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, que nos exhorta a vivir intensamente nuestra comunión con él y los hermanos y hermanas de todas partes.

Abadia de MontserratEl Cuerpo y la Sangre de Cristo (19 de junio de 2022)

Solemnidad de la Santísima Trinidad (12 de junio de 2022)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad Emérito de Montserrat (12 de junio de 2022)

Proverbios 8:22-31 / Romanos 5:1-5 / Juan 16:12-15

 

Queridos Hermanos y hermanas:

Hemos empezado nuestra celebración «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Más aún, desde el momento del bautismo toda nuestra vida de cristianos está puesta bajo ese nombre de las Tres Personas divinas. Nacimos a la vida cristiana con la invocación del “Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. No “en los nombres” de ellos, como si fueran tres nombres diferentes, sino en un solo nombre porque sólo hay un solo Dios que es la Santísima Trinidad: el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo (cf. CEC 233).

Ésta es la realidad central de la fe y de la vida cristiana. Ésta es la realidad central de nuestra vida de discípulos de Jesús. Lo que podría parecer un misterio alejado de nuestra existencia, es una realidad íntima. Efectivamente, cuando fuimos incorporados a Jesucristo por el bautismo, también entramos en el corazón de la Santísima Trinidad. Esta realidad nos la ha revelado Jesús a partir de su experiencia de la vida divina. Él sabe que Dios le es Padre, lo experimenta en lo más íntimo de sí mismo y disfruta, consciente de que él es su Hijo eterno. Y sabe también, y lo experimenta y disfruta, que entre él y el Padre hay un Amor recíproco infinito. A este Amor, Jesús nos ha enseñado a llamarlo Espíritu Santo (cf. I. Gomà, Reflexiones en torno a los textos bíblicos dominicales. PAM, 1988, p.829).

Nosotros al ser incorporados a Cristo por el bautismo hemos entrado en relación íntima con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y podemos, por tanto, gozar por la fe y la oración de la realidad íntima del Dios que es Amor. Lo decía san Pablo, en la segunda lectura: Dios, dándonos el Espíritu Santo, ha derramado en nuestros corazones su amor (Rm 5, 5). Y ese mismo Espíritu nos hace gritar de lo más íntimo de nosotros mismos: ¡Abba, Padre! (Ga 4, 6), mientras nos ayuda a vivir llenos de confianza la vida de hijos suyos y nos va guiando hacia la verdad entera, como decía Jesús en el evangelio que hemos escuchado.

Sí. El Espíritu nos adentra en la familiaridad con Dios porque sólo podemos realizar en plenitud nuestra vida amando al Dios Trinidad y sabiéndonos amados por él. Y a la vez amando a los demás y acogiendo su amor.

Por otra parte, el Espíritu, el Defensor prometido por Jesús en el evangelio de hoy, nos conforta en nuestras fatigas y en nuestras dificultades, y nos da la esperanza de la salvación para siempre cuando participemos eternamente del amor Trinitario.

Por último, os invito a detenernos en unas palabras de san Pablo en la carta a los Gálatas, que nos hablan de nuestra relación con la Santa Trinidad. Las cantaremos en el canto de comunión. Dice Pablo: Sabemos que somos hijos de Dios porque el Espíritu de su Hijo, que él ha enviado, grita en nuestros corazones: ¡Abba, Padre! (Ga 4, 6). En otras palabras, es como si el Apóstol dijera: ¿no sabes qué prueba tenemos de que somos hijos de Dios? Y responde apelando a la realidad más profunda y más simple de nuestro ser cristianos. ¿No se da cuenta de que cuando se pone delante de Dios sale de su interior la invocación “Padre”? ¿No os dais cuenta de que cada vez que oráis a Dios con la oración que Jesús nos enseñó empezamos diciendo “Padre nuestro!”? Pues bien; es el Espíritu que ha puesto en vuestro interior esta invocación que nos hermana con Jesucristo. Sí. En lo más profundo de nuestro ser, el Espíritu confirma nuestra condición de hijos. Aunque quizá estemos medio distraídos, el Espíritu clama en el corazón de los bautizados para invocar a Dios como Padre y adentrarnos en la vida de hijos.

No busquemos, pues, al Dios Trinidad cielo arriba, allá del firmamento. Busquémoslo en la profundidad de nuestro corazón donde el Espíritu Santo nos hace invocar al Padre unidos a Jesucristo; busquémoslo, también, en los sacramentos de la Iglesia, en el amor a todos los hermanos y hermanas en humanidad.

Hoy, de modo particular, adoramos y glorificamos el misterio del Dios tres veces santo. Del único Dios verdadero inalcanzable a nuestra comprensión en su grandeza y al mismo tiempo presente en lo más íntimo de nosotros mismos para ser la vida de nuestra vida.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Santísima Trinidad (12 de junio de 2022)

Domingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (5 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Romanos 8:8-17 / Juan 14:15-16.23b-26

 

¿Podría ser que, con el Espíritu Santo, Dios se hubiera superado a sí mismo?

Con esta expresión: te has superado, expresamos, queridas hermanas y hermanos, esa acción que nos ha sorprendido porque va más allá de las expectativas. Alguna vez, irónicamente, te ha superado, lo decimos en sentido negativo, cuando has hecho algo mal más allá de lo esperado.

¿Por qué me pregunto si Dios se ha superado enviando al Espíritu Santo? Quizás porque es el aspecto, la persona, más imprevisible de Dios.

En la celebración de nuestra fe fácilmente seguimos los hechos de Dios-Padre, autor de cuya Creación encontramos huellas en la belleza de la naturaleza y de las personas, confesamos también Dios- Hijo, autor de la redención, Jesucristo, de quien tenemos la historia de su persona y de su vida y el testimonio de la comunidad que le reconoció mesías y salvador. Pero ¿y del Espíritu Santo? Naturalmente también lo confesamos en el Credo y en cada invocación a la Trinidad, pero ¿somos conscientes de que el Dios-Espíritu Santo es el actualizador? ¿Aquél a través del cual actúan y obran en nosotros el Padre y el Hijo, renovando la creación, haciendo que la redención de Jesucristo sea creída y tenga efectos reales en nuestra vida?

Enviar el Espíritu Santo fue una superación de una historia de Dios que hubiera podido quedar como un relato antiguo, como una mitología con su sabiduría religiosa y humana, pero desconectada de cada persona desde los inicios de los tiempos hasta hoy, en el siglo XXI.

El Espíritu Santo es la intimidad del padre con su hijo, con Jesús. Él mismo, Jesucristo, quiso que su presencia entre nosotros fuera mucho más que el recuerdo de un magisterio excepcional y de un testimonio coherente entre vida, palabra y muerte. Quiso una conexión diferente y por eso como nos ha dicho el Evangelio, el mismo día de Pascua, quiso quedarse con los apóstoles y lo hizo con su Espíritu, que después sería enviado a toda la comunidad, y que desde entonces no ha dejado de ser protagonista de la vida del mundo, de la Iglesia, de cada sacramento, de cada vida espiritual, de cada discernimiento. Con razón de las pocas cosas que confesamos del Espíritu Santo en el Credo, una de las más importantes dice que infunde la vida: Señor y dador de vida.

He leído recientemente un libro que dice que el mundo lleva unos cuarenta años sometido a una doctrina llamada TINA. No es un diminutivo de un nombre, sino las siglas en inglés de la frase There Is No Alternative; es decir, no hay alternativa. La frase viene a decir que existe una doctrina económica, antropológica, social presentada como inevitable. El autor critica esta doctrina y es favorable a defender que sí existen alternativas.

Cuando ponemos juntos el Espíritu Santo y el mundo en el que vivimos, podemos decir que para los cristianos esta TINA es inaceptable y que el Espíritu Santo es precisamente la superación de un mundo sin alternativas. ¿Cuántas razones prueban esto:

Dios se supera en la historia porque el motor inmediato que mueve al mundo es la acción del hombre y la mujer. Esta acción puede ser inspirada por muchas causas, pero es el Espíritu Santo quien asegura la presencia de Dios en cada persona. Afirmar que no hay alternativas es realizar un análisis pobre de nuestro mundo y de nuestra humanidad, renunciando al protagonismo de dirigir y controlar la Creación guiados por este Santo Espíritu, del que decimos en el himno Veni Creator Spiritus que es el guía que nos va delante. (ductore sic te praevio).

¿Dónde viene a encontrarnos el Espíritu de Dios? ¿Dónde está presente? Dios se supera también siempre en la persona humana. Es muy significativo que utilicemos la misma palabra, espíritu, para hablar de esa parte de nuestra humanidad que permanece abierta a la trascendencia, a la mística, a todo lo que no podemos tocar pero que podemos sentir desde nuestra sensibilidad. Hay una especie de zona 0, de zona de encuentro previo, íntimo, en toda persona que necesitamos afirmar. Los más jóvenes, los niños, muy especialmente los escolanes, la cultivan constantemente con la música, para vosotros y para tantos que os escuchan.

Una de las grandes propuestas del cristianismo hoy es la de la afirmación radical de que la espiritualidad forma parte de la persona humana y la enriquece. Quizás para alguien sea muy obvio, pero yo cuando miro a mi alrededor y veo tanta dependencia de la tecnología, de las plataformas, de los móviles, del bombardeo constante de información y de entretenimiento, me pregunto qué espacio dejamos al espíritu. Ojalá esta solemnidad de Pentecostés fuera una reivindicación de la espiritualidad. Me parece que recordarlo es una de las misiones de la vida monástica hoy. Este espíritu humano es el que naturalmente nos permite también permanecer abiertos a la propuesta cristiana, a la que nos viene del Espíritu Santo, del Espíritu de Dios, del Espíritu con mayúscula: de permanecer abiertos en definitiva a la fe. El espíritu es el actualizador de todo. Aunque no seamos a veces conscientes, somos colaboradores del Espíritu cuando cantamos, cuando celebramos, lo sois los escolanes cuando facilitáis que la gente descubra la belleza. Porque las cosas del Espíritu son las que más pueden acercarnos a todos, son nuestra gran oportunidad pastoral.

Si nos creemos esta conexión espiritual entre Dios y nosotros por el Espíritu Santo, más que de la TINA, (del no hay alternativa) deberíamos hacernos seguidores de la TIA, There is Alternative y defender que naturalmente sí hay alternativas.

Dios se supera con el Espíritu Santo porque permite que la persona, tal y como he dicho que la entendemos, y la historia se combinen correctamente, en una acción que busca siempre la mejor opción, y por tanto llenarnos de confianza en el futuro.

Esta correcta combinación es la alternativa cristiana fundamentada en la conversión personal, obra del Espíritu Santo. La conversión de un solo hombre o una sola mujer ha tenido efectos multiplicadores en tantos momentos de la historia. De la capacidad del Espíritu Santo para convertirnos hablaba hoy también la secuencia, ese fragmento que hemos cantado en gregoriano después de la segunda lectura y que tenía tres frases llenas de sentido que traducidas al -castellano- dicen:

Doblegad nuestro orgullo, calentad nuestra frialdad, enderezad lo que está desviado.

¡Creer que el Espíritu es capaz de todo esto es realmente creer que Dios se ha superado y que nos propone un verdadero camino a cada uno de nosotros y a todos colectivamente de superación!

En cambio, la pretendida conversión de estructuras, olvidando a las personas, se ha acabado ahogando siempre bajo su mismo peso, carente de ese dinamismo que permite respirar, adaptarse, carente de la fluidez tan propia del Espíritu, de quien decimos que es viento, fuego y agua: fijaos, elementos que nos cuesta mucho controlar.

La influencia del Espíritu Santo en la historia por la acción de las personas provoca que la propuesta cristiana sea socialmente transformadora. Me atrevería a decir que es en términos históricos la que más lo ha transformado todo, pero el camino siempre comienza en Dios, de Él pasa al espíritu de los hombres y de las mujeres que actúan para cambiar las cosas.

Y la superación de Dios en el Espíritu no ha terminado. Su gran característica es que se actualiza, cada día, como los programas y las aplicaciones y por tanto queda siempre abierta a versiones mejores de nosotros mismos y del mundo, y con esta actualización el Espíritu nos da finalmente una especie de actualización diaria en el don de la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino de la eucaristía. ¿Qué más podríamos pedir?

Abadia de MontserratDomingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

La Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (29 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Hebreos 9:24-28; 10:19-23 / Lucas 24:46-53

 

Todos hemos hecho la experiencia de desear intensamente que ocurra algo, que algún momento llegue: un encuentro con un familiar o amigo, para vosotros escolanes quizás un concierto, o una gira en el extranjero. También hemos vivido aquellos momentos de nervios ante un examen, una entrevista de trabajo, … La importancia de lo que esperamos siempre marca la intensidad de cómo vivimos los momentos previos. A menudo también, si estos hechos son normales ya no los esperamos con la misma ilusión o no los esperamos en absoluto. Estas ideas sobre cómo vivimos y esperamos me ayudan a entender la solemnidad de hoy, la de la Ascensión del Señor, un momento muy preciso de aquel tiempo esencial que llegó después de la muerte de Jesucristo.

En la euforia de la Resurrección del Señor, podríamos pensar que los apóstoles y los discípulos y todos los que gozaron personalmente de la experiencia de saber que Jesús estaba vivo, que el crucificado había resucitado, ya lo tenían todo hecho y aprendido. Y que todos, incluso el dudoso Tomás cuando ya estaba seguro personalmente de todo lo ocurrido, se quedarían en la seguridad de la presencia entre ellos de Jesús, que ese tiempo quizá se prolongaría. A pesar del impacto de la resurrección en los discípulos, las solemnidades de hoy y la de Pentecostés, que está íntimamente relacionada, nos vienen a decir que no, que todavía faltaba algún paso.

Hace muchos años en los cines había un descanso en las películas muy largas. Como todos sabéis, los escritos de San Lucas en el Nuevo Testamento tienen dos partes, el evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Puede que algunos hayan encontrado que la primera lectura y el evangelio de hoy eran algo repetitivos y explicaban la misma historia. No es raro. Aunque de forma inversa, hoy hemos leído el fin del Evangelio y el principio de los Hechos de los Apóstoles. Los dos textos nos explicaban La Ascensión del Señor, que podríamos decir que marca la media parte, y que al empezar de nuevo el relato, en la segunda parte, se recuerda un poco donde lo habíamos dejado. La Ascensión marca el punto en el que la historia dejar de ser la historia de la vida de Jesús para pasar a ser la historia del Espíritu Santo, que hace a la comunidad, a la Iglesia.

La Ascensión nos dice que no podemos controlar nosotros a Jesús resucitado. Nosotros sólo podemos acoger alguna de sus maneras de estar allí. Quizás para estimularnos, quizás para que no nos quedáramos demasiado en la resurrección palpable, como en la transfiguración del Tabor, quizás para seguir mostrándonos aquel destino definitivo, aquella comunión con Él que nos tiene preparada, cambió al cabo de cuarenta días de haber resucitado, la forma de estar presente en el mundo. Y lo primero que hizo fue desaparecer. Litúrgicamente lo representaremos el próximo domingo retirando de la Iglesia el cirio pascual, que ha presidido nuestras celebraciones desde el domingo de Pascua.

La Ascensión del Señor nos enseña tres cosas importantes. La primera, tal como os decía al principio, es que nos hace vivir un vacío, y de este modo nos hace vivir la intensidad frente a algo que debe pasar. El mismo Jesús se refiere a esto: Vendrá el Espíritu Santo. Es necesario que yo me vaya, dirá incluso el evangelio de San Juan. Era necesario que los discípulos, y nosotros por extensión, se pusieran en situación. Subrayo un detalle curioso y bonito: Jesús dice: esperad al Espíritu Santo juntos y en Jerusalén. La expectación compartida seguro que es más intensa. Esta espera pertenece al ámbito más sagrado, más espiritual, el ámbito que para los judíos representaba Jerusalén. Es necesario que hagamos y demos al Espíritu Santo el lugar interior que le corresponde. Tengamos siempre en cuenta que es el vínculo entre Dios, Cristo y nosotros.

El segundo mensaje en la fiesta de la Ascensión es que Jesucristo se mantiene fiel a sí mismo. Se mantiene siempre. Diría que aprovecha incluso el hecho de irse para seguir insistiendo en su mesianismo diferente y activo. Y lo hace sin dar por perdidos a los apóstoles y discípulos que parecen no ser capaces de salir de sus esquemas. Parece difícil de comprender que después de todo lo que habían vivido, aún estuvieran como desorientados y le preguntaran: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? La pregunta a mí me sigue sonando demasiado dependiente de una manera de ser Mesías antigua, impropia de uno que ya ha pasado por la Cruz, ha resucitado y se ha hecho Señor del tiempo y del espacio, como Dios mismo que es. Es en este sentido que él responde: cuándo va a suceder esto no es importante. Lo que cuenta es ser testigos ahora y extenderse a toda la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles es la historia de una comunidad que nace en Jerusalén fruto del don del Espíritu y que se extiende en todo el mundo. Y si finalmente podemos afirmar que sí, que Jesucristo restablece la realeza de Israel, debemos decir que lo hace de una manera totalmente diferente.

Y después de subir al cielo: todavía se oye una voz que nos devuelve a la tierra: Hombres de Galilea, (referencia al origen para personalizar, para dirigirse muy directamente a los íntimos):, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo, pero es necesario que la historia mientras tanto continúe, y ciertamente el Libro de los Hechos de los apóstoles continúa, con una gran cantidad de aventuras apostólicas. Jesús sube al cielo bendiciendo. Bendiciendo todo lo que va a pasar.

Y la tercera cosa que nos marca la Ascensión es un camino personal. Nuestra vida de cristianos se hace siempre a imitación de Cristo: en el seguimiento de su enseñanza espiritual, de su compasión, incluso al intentar vivir pascualmente como resucitados, no dejándonos llevar por las fuerzas que nos llevarían a la muerte y siempre con la aspiración de la plena comunión con Él. La Ascensión que marca, si cabía todavía, un paso más en la ya irreversible comunión entre el Padre y el Hijo, nos enseña que nosotros vamos hacia Dios y donde tenemos la esperanza de llegar, como nos ha dicho la oración colecta: la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo. Y también nos dirá la oración de la poscomunión: Dios todopoderoso y eterno, que, mientras vivimos aún en la tierra, nos concedes gustar los divinos misterios, te rogamos que el afecto de nuestra piedad cristiana se dirija allí donde nuestra condición humana está contigo.

(En francés) Muy brevemente, he tratado de resaltar tres mensajes que la solemnidad de hoy tiene para todos nosotros. El primero es la espera del Espíritu Santo, el don que Dios nos da y que celebraremos el próximo domingo. La segunda es la fidelidad de Jesús a un modo de ser Rey y Mesías que nos hace estar siempre en la tierra, para ser sus testigos. La tercera es la invitación a seguirlo.

Pensadlo todavía un poco los escolanes: los que se confirmaron en Pascua, los que se confirmaron el pasado domingo. Nos comprometimos juntos a promover en nuestros corazones la conciencia del Espíritu Santo que hemos recibido, pero que seguimos pidiendo, nos comprometimos a la fidelidad al mesianismo de Jesucristo, que es Rey, pero en el servicio, en la ayuda, en la compasión a los más necesitados, por tanto, fiel a sí mismo, y también nos comprometimos al reto de su seguimiento, a nuestra identificación en todos los aspectos inagotables de la personalidad y el mensaje de Jesús de Nazaret. Un reto que tiene en sí mismo la prueba del éxito. Imaginad que fácil: Un desafío de la vida que la puedes encarar sabiendo que lo vas a lograr y no sólo tú, sino todos los que se atrevan a aceptar el reto de ser cristianos hoy. En el fondo, lo que habéis hecho ha sido aceptar el reto que Jesús resucitado nos vuelve a proponer hoy: tenerlo a Él por referente principal de vuestras vidas, anhelando la comunión con Dios. Éstos son los mensajes que nos deja la solemnidad de hoy.

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Domingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (9 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:25-26.34-35.44-48 / 1 Juan 4:7-10 / Juan 15:9-17

 

Vamos terminando la celebración del tiempo Pascual. Hemos participado sacramentalmente de los misterios salvadores. ¿Podríamos explicar la vida de Jesús en pocas palabras? Ya que el final de la vida responde a todo lo que ha sido la experiencia anterior: “Como vives, morirás”.

Hay una frase en el interrogatorio de Pilato que creo puede resumir el porqué de la existencia de Jesús. Pilato le pregunta: «¿Tú eres rey?». Y Jesús responde: «Sí, pero mi reino no es de este mundo. Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Esta respuesta contiene la explicación de todo lo que Jesús ha hecho y cómo lo ha hecho.

Jesús nunca quiso hacer signos maravillosos para deslumbrar a los hombres. Cuando le pidieron una señal del cielo se negó. Él no venía a entusiasmar a la gente, su actuar fue siempre discreto. Hasta pedía que no se hiciera propaganda. Jesús enseñaba y actuaba según veía que hacía el Padre. Y la actuación de Dios es discreta. Apunta al corazón, no a los sentimientos. Él vino a enseñar la verdad, y la verdad absoluta, y ésta no se puede discutir. Simplemente: es. Por eso, cuando el Bautista envía a sus discípulos a preguntarle si era él al que esperaban, les dijo: «Id a decir a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y feliz el que no se escandaliza de mí». Jesús no daba otros argumentos de lo que decía y hacía. Y así afirmó ante Anás: «Id y pregunta lo que yo he dicho y hecho a los que me escuchaban». Él no necesitaba defenderse, sino que le apoyaba el Padre que lo había enviado, porque él hacía lo que le indicaba: «Yo no hago nada que no vea hacer al Padre». «Si no me creéis a mí, creed las obras». De ahí que, al final de su vida dijo: «todo ha sido cumplido. Y expiró”.

De todo ello podemos extraer el contenido de la respuesta: «He venido a dar testimonio de la verdad». Porque la VERDAD es única, la Verdad es Dios: Amor. Y Jesús muestra a Dios: «El que me ve a mí ve al Padre». Ve como Dios ama el mundo. ¿Podríamos dudar que lo resucitara?

Nos dice hoy el discípulo de Jesús: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene cuando nos envió a su Hijo único…, él ha sido el primero en amarnos, no que nosotros nos hayamos avanzado a amar a Dios». Esto es: Dios es Amor. Y el amor ¿qué respuesta pide?: Amor. “El amor saca amor”, dice Santa Teresa. Esto lo podemos comprobar cuando el amor es verdaderamente humano. No es ninguna teoría, es la realidad. Comprendemos, pues, claramente lo que se deriva. «Yo os quiero tal y como el Padre me ama. Manteneros en el amor que os tengo. Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como yo os he amado». Ahora sois mis amigos, y no hay secretos entre amigos. Por eso os he hecho saber lo que he oído a mi Padre. Yo os he elegido para ser mis testigos. Y el Padre os concederá todo lo que le pidáis en mi nombre. Esto os mando: que os améis unos a otros. Este es, pues, el testamento de Jesús.

El amor no puede ser egoísta. Jesús nos ha enseñado la verdad: ha dado la propia vida por todos nosotros. También nosotros debemos darla por los hermanos. Esto supone abnegación, renuncia, mortificación. Pero es el esfuerzo lo que da fruto y no el egoísmo. Basta mirar a nuestro alrededor y constatar lo lejos que estamos, para que se pueda decir: ‘mirad cómo se aman’. Pero sólo en eso se podrá conocer que somos discípulos de Cristo. Y el mundo lo espera. Ya que el amor que el mundo practica es sólo el carnal que, sin el espiritual, se consume. Porque sólo perdura el espiritual, que es el verdadero que nos ha dejado el Cristo resucitado con su vida.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (9 de mayo de 2021)

Domingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (2 de mayo de 2021)

Hechos de los Apóstoles 9:26-31 / 1 Juan 3:18-24 / Juan 15:1-8

 

Si nos preguntáramos cuál es el objetivo final de nuestra existencia, qué hacemos aquí, qué sentido tiene todo… la última frase del evangelio que nos ha sido proclamado podría ser la respuesta: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Ser discípulos de Cristo y dar fruto, es toda una misión.

Y para explicarlo, hoy el Señor ha usado una de esas imágenes que tanto le gustan, una imagen del mundo rural que todo el mundo puede entender con facilidad: la vid, la cepa y los sarmientos. Es una imagen muy utilizada a lo largo de toda la biblia, porque va muy bien para explicar nuestra relación con Dios. Ya la encontramos en el Génesis donde se explica que Noé, sólo salir del arca, «fue el primero en trabajar la tierra, y plantó una viña» (Cf. Gn 9,20), y a partir de ahí la imagen de Dios como viñador, es utilizada en diferentes ocasiones. Y en el pasaje de hoy se decía que en esta viña quiso plantar una cepa única, especial, «la vid verdadera»: Jesús. Y no sólo eso. Los sarmientos que salen de esta cepa, somos nosotros. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos», nos decía. Cepa y sarmientos son, en realidad, una misma planta. Y eso quiere decir que todos nosotros formamos parte de Cristo resucitado, nos alimentamos de la misma savia -hemos recibido la misma gracia, y es a través nuestro que la cepa da su fruto. No es cualquier cosa, es una misión y una responsabilidad muy importante: Dios nos ha hecho la gracia de ser sus hijos, con todo lo que ello implica.

Esta imagen también tiene una connotación eucarística. No es casual que Jesús nos dejara el vino como prenda y sacramento en la eucaristía. El vino es el fruto de la vid, es la sangre de Cristo, y esto convierte la eucaristía en la vida de la Iglesia. Domingo tras domingo, cuando la comunidad está reunida con Cristo resucitado en torno a su mesa, es un momento privilegiado para escucharlo, y para tomar conciencia de que nosotros y Cristo resucitado somos uno -estamos unidos en comunión, y formamos parte del mismo cuerpo: el sarmiento es una parte importantísima de la cepa, porque sin ella no daría uva. Nosotros damos fruto en el mundo a través de los dones que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. Y es aquí, a través de la oración y del diálogo con Dios que hacemos en el tiempo, cómo podemos irlos descubriendo y desarrollando, para que los podamos llegar a ofrecer como un servicio, como un regalo, como un agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

Hoy, pues, es un buen día para preguntarnos qué frutos damos y cuáles quisiéramos dar. Podemos ignorar nuestros dones, o nos los podemos quedar para nosotros… Pero si queremos ser buenos discípulos de Jesús, estamos llamados a hacerlos crecer, y sobre todo, a darlos. Y por eso siempre nos deberíamos estar preguntando qué puedo hacer yo desde allí donde estoy, o qué hubiera hecho Jesús en mi lugar, ante las situaciones que se nos planteen.

Es un buen momento para recordar la última frase del evangelio con la que empezábamos este comentario: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Dios desea que seamos sus colaboradores más estrechos, y podemos serlo siguiendo a Cristo. Y si lo hacemos de manera auténtica, llegaremos a identificarnos tanto con Él que seremos una parte de sí mismo, como los sarmientos son las ramas de la vid que le están unidas. Dicho en palabras de la segunda lectura, «Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él»: como los sarmientos en la vid. Así podremos llevar a cabo la misión que Dios ha soñado para nosotros.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (2 de mayo de 2021)

Domingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (25 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:8-12 / 1 Juan 3:1-2 / Juan 10:11-18

 

Hermanas y hermanos: En este IV Domingo de Pascua, cada año contemplamos al Resucitado como Buen Pastor. Es una imagen muy sugerente y querida por los primeros cristianos, elegida por el mismo Jesús, que resume la misión que él asumió mientras estaba entre nosotros y que, glorificado a la derecha del Padre, continúa ejerciendo para con la Iglesia peregrina: velar por su rebaño y conducirlo a «las praderas eternas», como dice la poscomunión de este domingo.

La imagen bíblica del «buen Pastor», propia de la cultura agraria, también la podríamos traducir hoy con otras imágenes: «el buen entrenador», «el buen animador», «el buen líder político», «la buena madre o el buen padre de familia «, «el buen educador «, «el buen maestro espiritual», «el buen obispo «, «el buen abad»… Todas estas figuras o imágenes requieren cualidades de iniciativa, discernimiento, apoyo y orientación a fin de evitar la irresponsabilidad, el abandono, el caos, el vagar por la vida sin ningún objetivo, o el «sálvese quien pueda». En cambio, cuando estas instancias de gobierno funcionan bien, las personas, comunidades y los diversos grupos sociales crecen, se desarrollan, se implican en los proyectos y gozan de estabilidad, motivación y capacidad creativa, siempre que haya una mutua colaboración.

Jesús se sintió conmovido al ver el pueblo de Israel perdido, «como ovejas sin pastor». Esta situación le daba pena y le preocupaba hasta que, fiel a la misión para la que vino al mundo, reunió un nuevo pueblo para que tuviera vida en él y tuviera como ley el mandamiento nuevo del amor.

Jesús, el buen Pastor, nos llama a su seguimiento, pero no es un seguimiento frío e impersonal ni quiere establecer una relación de asalariado que sólo mira por el propio provecho mientras que los otros le son indiferentes. La relación que quiere establecer con su discípulo es entrar en la dialéctica de conocerlo y ser conocido por él; una relación de íntima amistad que se enriquece a partir de un encuentro personal y crece cada vez más en la estimación recíproca y el mutuo conocimiento.

Es por eso que dice: «Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas y ellas me reconocen a mí» y si no son de su rebaño, las busca y hace que conozcan su voz, para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Quizás el problema que tenemos hoy en día es que no acabamos de reconocer la voz de este pastor y preferimos pastar por otros cercados. Celosos de nuestro individualismo y nuestra realización personal, no acabamos de ver claro eso de ser «oveja» ni que nos digan lo que tenemos que hacer o que nos desinstalen de nuestra zona de confort.

Jesús no ha venido a llamar discípulos duros, insensibles, sin capacidad de iniciativa ni ningún sentido crítico. Desea una comunidad madura, en la que sus miembros se sientan personas realizadas y sean reconocidos en su individualidad. No quiere una masa amorfa y servil, un rebaño de cristianos masificados que sólo cuenten para llenar la estadística de quienes pertenecen a la Iglesia, ni quiere formar una especie de «gueto» de creyentes, que viven ajenos a los problemas de la gente ni se hacen presentes en los ámbitos que reclaman solidaridad y cooperación. Es un pastor que nos quiere adultos, responsables, capaces de actuar libremente, de tomar decisiones, afrontar nuestros propios riesgos, y asumir el hecho de ser una comunidad unida por el amor y que respete la pluralidad de maneras de vivir el Evangelio.

Sin embargo, no podemos ignorar que a veces se hace difícil escuchar la voz de nuestro Pastor… Somos víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces, imágenes y ruidos, que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para discernir su voz, sus palabras de vida eterna, adictos a tantas pantallas que nos hacen vagar por prados efímeros y alimentan nuestra trivialidad.

Sin embargo, si estamos atentos, la «voz» de Jesús también resuena en los profetas de hoy, en el esfuerzo callado de tantas personas que siembran el bien a su entorno, en los que crean espacios y condiciones para hacer creíbles palabras que hemos reducido a una pobre caricatura como: justicia, libertad, verdad, amor, paz, fraternidad y que son semilla de la nueva humanidad, del Reino de Dios que Jesús predicaba.

Hoy somos invitados a recuperar de nuevo el silencio y la capacidad de escucha; a estar atentos a la voz del «buen Pastor» si no queremos ver nuestra fe ahogada por tantas voces que nos acechan; a sintonizar con lo mejor que hay en nosotros y desarrollar esa sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar sentido a nuestra vida, que nos apoya y nos guía y que como el salmista le podemos decir confiadamente: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara de pastor me sosiega y me conforta”. (Salmo 23)

Que Él, que ha dado su vida por nosotros, y ahora se nos da en la Eucaristía, nos conduzca a la Vida plena.

 

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (25 de abril de 2021)

Domingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (18 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 3:13-15.17-19 / 1 Juan 2:1-5a / Lucas 24:35-48

 

Luc Ferry es un filósofo francés, antiguo ministro de educación, del que soy gran admirador y leo con fruición sus obras. Me gusta mucho su pensamiento, claro, profundo, crítico, bien argumentado…. pero con el que no siempre estoy de acuerdo. Y no lo puedo estar porque se declara abiertamente ateo. Sin embargo, el suyo es un ateísmo respetuoso, con lo que se puede dialogar y con el que se puede coincidir en muchas cosas. No puede ser de otro modo de un no creyente que dice que el libro que se llevaría a una isla desierta es el Evangelio de San Juan. Su apertura le lleva a reconocer, sin dejar de ser crítico, los aspectos positivos que el cristianismo ha aportado a la civilización. Por este motivo se le ha preguntado, en conferencias y diálogos que ha mantenido en varias ocasiones con gente de Iglesia, qué razones había para no ser creyente. Y la respuesta que da es, entre otras, que el mensaje que transmite el cristianismo es demasiado bonito para ser cierto. Algo parecido les debía pasar a los apóstoles cuando Jesús se apareció en medio de ellos.

En el relato del evangelista Lucas nos dice que «de tanta alegría no acababan de creer». Como si dijera, ¡demasiado bueno para ser verdad! Y quizás sea esta la razón por la que, aún hoy, a muchos cristianos nos cuesta manifestar la íntima alegría que debería invadirnos, al saber que hemos puesto nuestra vida en manos de Aquel que fue crucificado y sepultado, pero que luego resucitó, Aquel que, a quienes se confían a Él, les ofrece compartir la vida más allá de la muerte. Incluso a los que creen, les resulta difícil captar esta perspectiva como antídoto para las ansiedades y los miedos y las dificultades que tanto o tan poco aquejan la vida cotidiana de todos. Cristo ha resucitado, ¿resucitaré con él? Demasiado bueno para ser verdad, tal vez piensen muchos. Pero el sentido profundo de la fe radica precisamente aquí: creer en la experiencia de los apóstoles, que después de la cruz lo vieron, lo tocaron, lo escucharon, adquiriendo una certeza de la resurrección que fueron a difundir por todo el mundo. Y lo sostuvieron incluso a costa de perder la vida: la terrenal, con la certeza de conseguir la otra, la que no tiene fin.

El relato de Lucas es una verdadera invitación a repensar nuestra manera de buscar al Señor. No hay que buscarlo en las grandes teofanías o en realidades abstractas; hay que buscarlo en la vida cotidiana, al partir el pan, al compartir la mesa, al experimentar sus heridas que siguen sangrando en la humanidad herida por el pecado y la fragilidad. En cada persona herida por el pecado y la fragilidad revive todo el Misterio Pascual. En las heridas de la humanidad sufriente están presentes la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Con sus heridas dolorosas y gloriosas se hace reconocible y presente en medio de la comunidad de los creyentes.

Lo que Lucas nos presenta hoy no es un Cristo ascético o dogmático, sino un Jesús con un rostro profundamente humano que revela su divinidad compartiendo todo el misterio de la fragilidad humana, con la excepción de pecado, que supera y anula, ofreciendo su vida en el árbol de la Cruz. Como los discípulos, también nosotros tenemos que ser testigos del Misterio Pascual y tenemos que invitar a todos a mirar y tocar a Cristo, presente en sus vidas, en sus historias, a menudo llenas de contradicciones y de sufrimiento, recordando, sin embargo, que la última palabra sobre todo acontecimiento humano está en las manos heridas y gloriosas de Jesús, que con su Resurrección venció la muerte y nos devolvió la esperanza de una vida nueva.

Hermanos y hermanas, hoy, a imagen de los discípulos, tal y como lo explica el relato evangélico, somos invitados a ser y reaccionar de otra manera, nosotros, que tantas veces hemos tenido la oportunidad de reconocer al Señor en la Eucaristía. Que la experiencia del encuentro con el Resucitado cambie algo en nuestras vidas, como lo hizo con los discípulos de Emaús al partir el pan, como lo hizo en el resto de apóstoles y seguidores, y nos mueva a dar testimonio de nuestra fe en nuestro vivir cotidiano.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (18 de abril de 2021)

Domingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (11 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:32-35 / 1 Juan 5:1-6 / Juan 20:19-31

 

Todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Dios no niega al apóstol Tomás una segunda oportunidad para creer. Cuando ayer, ya teniendo en mente este evangelio de la duda de Santo Tomás, leí el evangelio que tocaba, un fragmento de San Marcos, me di cuenta de que el apóstol Tomás se ha cargado bastante solo la fama de no haber creído en Jesús resucitado y haber necesitado una segunda oportunidad.

En cambio, este evangelio de San Marcos, de ayer, sábado de la Octava de Pascua, que era un breve resumen de las tres grandes apariciones de Jesús Resucitado: primero a las mujeres, después a los discípulos que iban de camino y finalmente a los apóstoles, afirmaba que tras las dos primeras apariciones, los apóstoles tampoco creyeron el testimonio, e incluso el mismo Jesucristo les reprochó después que les hubiera costado tanto la fe. Podemos pues pensar que el reconocimiento del Resucitado no fue fácil para nadie y que la incredulidad de Santo Tomás no es una excepción y que los mismos apóstoles en conjunto, necesitaron una segunda oportunidad y una experiencia más personal de Jesucristo resucitado para ser capaces de creer.

Estas anotaciones sobre la debilidad de los apóstoles, de los que habían convivido con Jesús, sorprenden más si pensamos en el ambiente de euforia misionera que debería rodear el momento de la redacción de los evangelios, en el nacimiento del cristianismo y hacen por ello un testimonio importante del realismo de las primeras comunidades, que a pesar de ser descritas y deseadas como ideales de fe y de caridad, también tenían sus ambigüedades como todo lo humano.

Nos sentimos un poco aliviados cuando leemos que los apóstoles, los discípulos también necesitaban segundas oportunidades, y seguramente terceras y cuartas y muchas más. Aliviados porque esto abre un espacio a nuestras propias dudas y faltas, abre un espacio de comunión en la debilidad, abre un espacio donde Dios puede actuar en nosotros, donde puede salvar. Dios hace posibles las segundas oportunidades porque es muy paciente y muy insistente. Por eso me gusta leer el evangelio de hoy también desde el punto de vista de Dios, y no sólo desde nuestra fe.

Pensamos si nosotros, después de que alguien nos hubiera cuestionado en la forma que Santo Tomás cuestionó a Jesús resucitado, hubiéramos dado una segunda oportunidad o bien hubiéramos echado para siempre al que hubiera osado dudar tanto de nosotros. Pero Dios no. Dios no excluye. Dios sigue insistiendo, pacientemente: con Tomás, con los discípulos y con nosotros. Forma parte de su naturaleza. La paciencia y la insistencia son dos características de Dios que se potencian siempre en bien nuestro.

Admirar la vida de Jesucristo, su coherencia, su enseñanza, es difícil pero es razonablemente muy defendible, el reto de reconocerlo resucitado, esto es vencedor de la muerte, es un reto de fe, más grande, quizás el más grande. No es fácil en este mundo tan lleno de dolor y de sufrimiento, acentuados en todo este último año por la pandemia, afirmar con esperanza que la vida ha vencido a la muerte. Pero no olvidemos nunca que la resurrección no es el final de una vida ordenada, políticamente correcta, lograda por el propio esfuerzo, de manera fácil, sino que llega como don de Dios tras una muerte en cruz.

Pero a pesar de no ser fácil, afirmar todo esto es posible: la primera lectura no dudaba en afirmar: Nuestra fe es la victoria que ya ha vencido el mundo. La fe no permanece en la abstracción, ni siquiera cuando se centra en la Resurrección de Jesús. La fe que vence al mundo, esto quiere decir que vence el mal del mundo. En las tres lecturas de hoy está bien presente esta dimensión de vencer al mundo, vencerlo por la caridad: está en la descripción ideal de la comunidad de los Hechos, en la primera lectura: donde la unidad de corazón y de alma provocaba la solidaridad radical de los hermanos entre ellos, está en la segunda lectura donde tan claramente hemos leído que amar a Dios significa amar a los hijos de Dios, y también está en el Evangelio, donde la consecuencia inmediata del reconocimiento del resucitado es la misión. Yo os envío, a perdonar…

Nosotros somos hijos e hijas de aquellos primeros cristianos. Si nos consuela compartir sus dudas, que también nos provoque y nos mueva a imitar su fe y su caridad para que reconozcamos a Jesús como viviente entre nosotros y dejemos que esta fe nos haga transformadores y vencedores del mal del mundo, confiados en todas las oportunidades que Él nos da. Este es el sentido de centrar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, de recordarla en cada eucaristía, de celebrarla constantemente durante ocho días enteros en Pascua y repetir Hoy es el día en que actuó el Señor, Aleluya, aleluya.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Jubileo monástico del P. Ramon Ribera (1 juny 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (1 junio 2020)

Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia.

Génesis 3:9-15 – Juan 19:25-34

Mujer, ahí tienes a tu hijo. Esta frase, hermanos y hermanas, es la base de la celebración de Santa María como Madre de la Iglesia. El Papa Francisco, desde hace tres años, estableció que el lunes después de Pentecostés se hiciera memoria de la maternidad espiritual de la Virgen sobre todos los discípulos de Jesús. Es una consecuencia de un hecho anterior. El Papa Pablo VI, al final de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, declaró María «Madre de la Iglesia», es decir, de todo el pueblo cristiano, fieles y pastores.

Recordemos brevemente este pasaje de la escena evangélica que hemos escuchado. Jesús, antes de morir, desde la cruz deja un testamento de amor a su madre y al discípulo amado. Pide a María que acoja en su solicitud maternal a este discípulo y a este discípulo le da María por madre y con ello le pide que tenga una actitud filial hacia ella. Pero la comprensión de la Iglesia ve un alcance más amplio en este testamento de Jesús. Se da cuenta de que este discípulo personifica a todos los discípulos de Jesús, los de la primera hora y todos los que lo serán a lo largo de los siglos. Este discípulo personifica, por tanto, la Iglesia, que es la comunidad que reúne a todos los discípulos de Jesús. Y, con una perspectiva más amplia, personifica a la humanidad entera. A todos nos ha sido dada María como Madre. Y ella nos recibe como hijos y acoge la misión de cuidar de todos los que Jesucristo ha engendrado en la cruz entregándoles el Espíritu Santo. María se convierte así, cerca del nuevo árbol del nuevo paraíso, que es la cruz (Gn 2, 17), en la nueva Eva, la madre de todos los que viven (cf. Gn 2, 20). Esta misión maternal, María la empezó a ejercer desde los primeros inicios de la comunidad cristiana, cuando ella junto con los apóstoles y otros discípulos de Jesús perseveraban en la oración en espera del don del Espíritu Santo. María ejerció esta nueva misión de la maternidad confiada por su Hijo, orando, haciendo comunidad, amando y sirviendo, testimoniando la vida de Jesús en medio de los que estaban reunidos en aquella casa de Jerusalén (Hch 1, 12-14). Adán dijo a Dios, según hemos escuchado en la primera lectura: La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí (Gn 3, 12). María, en cambio, la mujer puesta al lado de Jesús, y enemistada radicalmente con el poder del Mal, en su misión maternal nos guía hacia la vida nueva que brota del costado abierto de Jesús. Esta maternidad espiritual de María se hace presente cada día en esta casa de Montserrat, ella acoge y consola a todos quienes la invocan para llevarlos a Jesús.

El testamento de Jesús en la cruz, encarga una nueva misión a su Madre que abarca a todos los discípulos, a todo el pueblo cristiano. Y esta misión de María continúa después de su Asunción al cielo, desde donde sostiene el pueblo cristiano que peregrina en la tierra y a toda la humanidad con su oración de intercesión y con su solicitud llena de misericordia y portadora de esperanza. Es Virgen y Madre de la Iglesia.

Ahí tienes a tu madre. Pero el testamento de Jesús también encarga una nueva misión al discípulo amado. En un signo de confianza, le es dada María porque con amor filial la acoja, no sólo físicamente en su casa, sino también y sobre todo en lo más íntimo de sí mismo. Tal como he dicho antes, este discípulo representa a todos los discípulos de Jesucristo, a toda la Iglesia. En él, pues, Jesús nos da su madre como madre nuestra y nos llama a acogerla en lo más íntimo de nuestra vida interior. Y esto quiere decir imitarla en el modo de acoger la Palabra de Dios llena de apertura del corazón y de amor agradecido, significa poner toda nuestra existencia al servicio de la voluntad de Dios, dejar que Jesucristo crezca en el nuestro interior para identificarnos cada vez más con él, significa servir a los demás con amor, ver la historia con los ojos de la fe en el Dios que la lleva, testimoniar la esperanza de la plenitud futura. Y, para poder hacerlo a pesar de nuestra poca cosa, significa invocar María y confiar en su solicitud maternal.

Le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. A Jesús, después de haber cumplido todo lo que decía la Escritura y de haber entregado el Espíritu, la lanzada de un soldado le abrió el costado y en brotó sangre y agua.Más allá de la explicación natural que esto puede tener, la mirada contemplativa del evangelista ve una realidad más profunda. A partir de la enseñanza de Jesús, el agua evoca el don del Espíritu Santo (cf. Jn 7, 37-38) y la sangre, la vida eterna otorgada, también según la palabra de Jesús, a quienes la beben (Jn 6, 53-55). Espíritu y vida que son comunicados a los creyentes a través de los sacramentos, sobre todo a través del bautismo y la confirmación y de la Eucaristía, que son los que dan vida a la Iglesia. La muerte de Jesús no es el final de una existencia. Es el nacimiento de una vida nueva. Por ello podemos hacer un paralelo con el libro del Génesis; allí Eva, la esposa, sale del costado de Adán dormido (cf. Gn 2, 21-22). Aquí, la Iglesia, esposa de Jesucristo, el nuevo Adán, nace, gracias a los sacramentos, de su costado abierto mientras duerme en la cruz. Los nuevos discípulos estimados dados a María como hijos nacemos, pues, a la vida cristiana del costado abierto de Jesús.

La memoria de Santa María, Madre de la Iglesia, nos hace entender que la vida cristiana debe estar arraigada en el misterio de la cruz, unida a la oblación que Jesucristo hace de sí mismo al Padre y ayudada por la oración de Santa María, que se unió a la ofrenda de su Hijo; y, por ello, a la misión de ser la madre del Redentor, le fue confiada la de ser madre de los redimidos.

Hoy, lunes después de Pentecostés, se cumplen los cincuenta años de profesión de nuestro P. Ramon Ribera Mariné. Damos gracias junto con él por todos los dones que el Señor le ha hecho durante estos años de vida monástica y por todo el bien que ha hecho a través de él a favor de tantas personas, particularmente a través de la difusión de la Palabra de Dios y del anuncio de Jesús, el Mesías de Israel y Salvador de toda la humanidad. Ahora que renovará su compromiso monástico en el seno de nuestra comunidad, rogamos que cada día más se puedan hacer realidad en él aquellas palabras del salterio: Feliz […] el que ama de corazón la ley del Señor y la repasa de noche y de día (Sal 1, 2); el Señor será su pastor, el hará descansar en verdes praderas junto al agua, y, ni que pase por cañadas oscuras, no tendrá miedo de ningún daño, porque la bondad y el amor del Señor le acompañan y le prometen que vivirá por años en la casa del Señor (Sal 22, 1-4.6).

 

Abadia de MontserratJubileo monástico del P. Ramon Ribera (1 juny 2020)

Solemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (31 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 – 1 Corintios 12:3-7.12-13 – Juan 20:19-23

Queridos hermanos y hermanas: ¡es la Pascua granada! Rebosante de los frutos del Espíritu otorgados a la Iglesia en beneficio de toda la humanidad. Todos estos dones son fruto de la Pascua de Jesucristo, por eso el Evangelio que acabamos de escuchar nos ha llevado a la tarde del día de Pascua, el primer domingo de la historia. El día en que el Señor se alegró contemplando lo que había hecho, la hazaña que había obrado (cf. Sal responsorial).

Jesús se pone en medio de los discípulos y les dice por dos veces: Paz a vosotros. Que lo diga dos veces indica que se trata de algo importante. Efectivamente, la paz, como plenitud de vida, es el don mesiánico por excelencia, el don que el Dios de la paz hace a la humanidad como uno de los frutos del Espíritu que el Señor, en la cruz, va entregar al momento de morir (cf. Jn 19, 30). La paz que da Jesucristo no es tanto ausencia de tensiones y de conflictos como una serenidad interior, en el fondo del corazón, nacida de la fe de sabernos perdonados y amados entrañablemente por Dios; y es fruto, también, de la confianza que Jesucristo trae a la historia de las personas y a la historia de la humanidad hacia caminos de liberación, de salvación y de plenitud. La paz de Jesús, que es don del Espíritu, hace entrar su Luz en nuestro interior para vernos a nosotros mismos, para ver los demás y todo lo que nos rodea desde la perspectiva de la victoria pascual de Jesucristo. Y, al mismo tiempo, este don nos abre a los demás para ser portadores y artesanos de paz (Mt 5, 9). Esta paz hay que nutrirla, sin embargo, con la oración y con el amor a todos. Por ello, la paz de Jesucristo puede persistir a pesar de las dificultades; tal como dice en el Evangelio según San Juan: en mí encontrareis la paz. En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo (cf. Jn 16, 33). Al hacernos el don de la paz, el Señor se alegra contemplando lo que ha hecho.

Después de darles la paz, Jesús -tal como se hemos oído- sopló sobre los discípulos para significar que hacía una nueva creación y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Dios, según el relato del libro del Génesis, había alentado para infundir el espíritu de vida al primer hombre (cf. Gn 2, 7) y ahora el Cristo resucitado sopla sobre los discípulos para comunicarles la vida del Espíritu. Y este don hecho a los discípulos la tarde de Pascua, tiene un estallido de vida y de gracia en el día de Pentecostés que llega a todos los que creen en Cristo, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús comunica el Espíritu Santo para perdonar los pecados, para perdonar nuestras opciones contrarias a la voluntad amorosa de Dios, nuestros comportamientos malos. Jesús les confiere el ministerio de perdón que él había ejercido durante toda su existencia mortal (cf. Mt 9, 1-8.), Lo hace como fruto del don de su vida hasta la muerte y de su sangre derramada en la cruz. Gracias a Jesucristo y al Espíritu, los cristianos nos sabemos perdonados y reconciliados con Dios Padre; nos sabemos animados por la vida del Espíritu que nos infunde coraje, nos consuela, nos protege ante el mal, nos lleva hacia el conocimiento de la verdad (cf. Jn 14, 15-17.26; 16, 13). Y esto nos es fuente de alegría, de riqueza espiritual y de compromiso a imitar Dios perdonando siempre que sea necesario y favoreciendo la vida y el bien de los demás. Si lo hacemos así, el Señor se podrá alegrar contemplado lo que ha hecho.

Vigorizados ya por su paz y llevados por el Espíritu Santo, Jesús confía una misión a los discípulos y a todos los que por el bautismo serán sus continuadores, también a nosotros, pues. Dice: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Son, y somos, enviados a testimoniar a Jesús y continuar su obra. Por eso, como decía San Pablo, en la primera lectura, el Espíritu distribuye en la Iglesia dones diversos a cada uno de los bautizados para que sirvan al bien de todos. La misión que Jesucristo encarga a sus discípulos y a toda la Iglesia, prolonga la misión que el Padre le ha confiado a él. El Espíritu será la fuerza que, a través del testimonio y de la acción de los cristianos, transformará los corazones en orden a transformar el mundo según las enseñanzas de Jesús. Así el designio divino de amor hacia toda la humanidad se podrá ir haciendo realidad. Ser enviados por Jesucristo con la fuerza del Espíritu es nuestra grandeza y nuestra responsabilidad. Dios confía en nosotros para la difusión de su mensaje radicalmente liberador y salvador. Si nos dejamos llevar por el Espíritu en esta tarea, puede que constatemos que se crea una sintonía entre nuestro anuncio y los deseos más profundos del corazón de quienes nos vean o nos escuchen, como ocurrió a la gente que fue testigo del primer Pentecostés. Así, el Señor se podrá alegrar contemplando lo que ha hecho.

Jesús resucitado, como la noche de Pascua de la que nos ha hablado el evangelio, no cesa de venir en medio de los suyos. Fruto de la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, estará presente en el sacramento eucarístico para darnos vida. Y, por la participación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu actúa para unir en un solo cuerpo todos los que formamos esta asamblea y toda la Iglesia extendida de oriente a occidente (cf. plegaria eucarística II). Es la consecuencia de lo que oíamos de San Pablo en la segunda lectura: todos nosotros, seamos del linaje que seamos, hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y, además, todos los bautizados estamos habitados por el mismo Espíritu; su presencia en nuestro interior satisface nuestra sed existencial más profunda.

El evangelio nos decía que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Nosotros nos alegramos de tenerlo entre nosotros por la acción del Espíritu. Ojalá que también el Señor pueda alegrarse, tal como decía el salmo, contemplando lo que ha hecho. Lo que ha hecho por medio del Espíritu en la Iglesia, en nuestra asamblea y en cada uno de nosotros. Gloria a Dios por siempre, en esta Pascua granada, por todas sus obras. Que le sean agradables nuestros cantos de júbilo y de agradecimiento.

Abadia de MontserratSolemnidad de Pentecostés (31 mayo 2020)

Solemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (24 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 –  Efesios 1:17-23 –  Mateo 28:16-20

 

No, hermanos y hermanas. No hay contradicción entre la primera lectura y el Evangelio que acabamos de escuchar. La primera lectura, del libro de los Hechos, decía que Jesús lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Y, en cambio, el evangelio decía: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.Parece que pueda haber una contradicción, porque por un lado se nos dice que una nube se lo quitó de la vista y, por otro, que continuaría en medio de ellos y que continuará están con sus discípulos a lo largo de la historia, todos los días hasta el fin del mundo.

La nube y el hecho de perderlo de vista, es una manera de decir que Jesús entra en una nueva realidad. Como decimos en el Credo, «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo […] y se hizo hombre», él estaba con Dios desde el principio (Jn 1, 2). Ahora, en la Ascensión, retorna a Dios; lo decimos, también en el Credo: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Sentarse a la derecha es una expresión, que también hemos encontrado en la segunda lectura, y que significa que Jesús participa plenamente del señorío de Dios; de la gloria, del honor, de la autoridad, del amor infinito del Padre, en un ámbito divino que no es visible a nuestros ojos humanos. Jesús vuelve a la realidad de antes de hacerse hombre, pero llevando su cuerpo humano y sus heridas gloriosas, porque desde la encarnación ha quedado indisolublemente unido a nuestra naturaleza humana. En el seno de Dios, en lo más íntimo de la esencia divina, tenemos un hermano nuestro en humanidad.

La ascensión, sin embargo, no aleja Jesús de nosotros. Deja de ser perceptible a nuestros sentidos, pero sigue presente en medio de los suyos. De ahí la gran alegría de los discípulos después de la ascensión (cf. Lc 24, 52) y la de la Iglesia (cf. colecta) al celebrarla. La causa de esta alegría es doble. Por un lado porque el Señor y el Maestro ha vuelto a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios; y, por otra parte, también porque no nos abandona sino que sigue estando en medio de los discípulos. Y no con una presencia estática. Sino con una presencia activa, curativa, salvadora, portadora de gracia y de vida. Él mismo había dicho antes: no os dejaré huérfanos (Jn 114, 18). Y ahora les dice: yo estoy con vosotros todos los días, haciendo camino a vuestro lado.

Tal como decía el Apóstol en la segunda lectura, Jesucristo actúa en nosotros con su poder, nos comunica la fuerza de la vida nueva que viene de la resurrección, nos  ilumina los ojos de nuestro corazón para que vivamos con la esperanza que también nosotros podremos participar de la riqueza de gloria que nos tiene reservada cuando entremos a participar de la herencia que él nos quiere dar a los santos en la gloria donde él ha vuelto. Así Jesucristo, a lo largo de la historia, va conduciendo su cuerpo que es la Iglesia y a cada uno de los miembros de este cuerpo que somos los bautizados, hacia la plena participación de su vida.

La solemnidad de la ascensión nos hace comprender que la salvación está ya en nuestro interior de bautizados y que se desplegará en plenitud una vez traspasado el umbral de la muerte. Todo por don de Dios gracias a la muerte y la resurrección de Jesucristo. Ser conscientes de ello nos hace vivir con alegría. Pero no nos lo podemos guardar para nosotros solos. Los dones que ya hemos recibido y que recibimos en virtud de la fe y de la gracia de los sacramentos, y la esperanza de la participación futura de la gloria de Jesucristo, deben traducirse en amor a los demás, sobre todo a los que sufren, a los que están tristes, a los que no tienen esperanza. Los dones recibidos y la esperanza que anida en nuestro interior deben traducirse, también, como contribución a construir la sociedad particularmente ahora que la pandemia va disminuyendo entre nosotros y nos encontramos con una crisis económica muy fuerte que tiene numerosas consecuencias a nivel social: crecen los que pasan hambre, los que han perdido el trabajo, los que no pueden llegar a fin de mes, quienes experimentan de un modo u otro la precariedad. Entre todos –agentes institucionales, políticos, económicos, sociales, etc.- tenemos que encontrar la manera de crear una nueva realidad económica y social justa y solidaria. También la Iglesia –que es «experta en humanidad», como dijo San Pablo VI en la ONU-, debe aportar su reflexión sobre temas sociales y económicos y su experiencia, particularmente la vivida en los lugares de mayor pobreza y de más marginación del mundo. Si, como parece, la crisis nos empobrecerá a todos, tenemos que trabajar desde ahora para que no crezcan más las desigualdades.

La ascensión, pues, lejos de evadirnos de la realidad humana, nos inserta plenamente en ella. Desde el bautismo, hemos recibido la llamada a ser continuadores de la misión que Jesús confió a sus discípulos: ser testigos de él con la fuerza del Espíritu Santo, anunciar el Evangelio de la misericordia y de la curación de los corazones, colaborar en construir un mundo justo donde la dignidad de cada persona y de cada pueblo sea respetada y valorada, trabajar para que todos los pueblos conozcan y acojan la persona de Jesucristo y su Palabra. Esta misión la hemos recibido desde el bautismo, pero la tenemos que ejercer toda la vida a nivel individual, hasta donde llegue nuestra irradiación, y a nivel comunitario, eclesial. La presencia de Jesús en nuestro interior de bautizados unida a la vivencia espiritual de la oración nos da luz y fuerza para llevar a cabo la misión recibida. La llamada que nos hace ir hacia la gloria donde él ha llegado, es un estímulo que nos da esperanza.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. En la Eucaristía tenemos el momento más intenso de la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Está presente en la Palabra que hemos proclamado. Está presente en el sacramento de la Eucaristía que nos disponemos a celebrar y recibir. Está presente en cada hermano de nuestra asamblea o que se une a nosotros a través de los medios de comunicación. Acojámoslo, pues, en cada una de estas presencias, con amor y con agradecimiento. Y hagámonos heraldos de su persona y de su Evangelio.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Ascensión del Senyor (24 mayo 2020)

Domingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (17 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 8:5-8.14-17 –  1 Pedro 3:15-18  –  Juan 14:15-21

 

Estimados hermanos y hermanas,

El fragmento del Evangelio que acabamos de escuchar, hay que situarlo en el discurso que Jesús hace en la última cena. Sus discípulos intuyen que al cabo de muy poco tiempo les será tomado y Jesús les habla con una ternura especial. Antes de dejarlos, les quiere hacer ver cómo podrán vivir unidos a Él, incluso después de su muerte. Por eso les asegura que «no les dejará huérfanos ni desamparados». Les enviará su Espíritu y Él mismo, Cristo Jesús, no los abandonará: «Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

No deben sentirse solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los rodeará y los hará vivir, ya que les llegará hasta lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos. Jesús ya no podrá ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe.

Sí, el Espíritu Santo nos hace ver y sentir a Jesús vivo donde el mundo no puede verle ni entenderle. Nos da la fuerza para perseverar, el coraje y la audacia de creer en las palabras de Cristo, y sobre todo, la apertura interior para descubrir que en lo más profundo de nuestro corazón, el Padre mismo, atraído por el Hijo, viene a hacer de nosotros su hogar.

Pero en este discurso Jesús también les pide que lo quieran y que cumplan sus enseñanzas, su estilo de obrar: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos», dice. Celebrar la Pascua es algo más que alegrarnos por la Resurrección de Jesús. La Pascua la celebraremos bien si se nota que vamos entrando en esta comunión de mentalidad, de estilo de actuación con Cristo, el Resucitado. Y esto no sólo en la Eucaristía, en nuestra oración, sino también en nuestra vida cotidiana.

La Pascua debe notarse en nuestra conducta, en nuestra forma de actuar en el mundo. Sin embargo las dificultades, la tristeza, el desánimo, nos pueden abrumar y hacernos olvidar la presencia de Dios en nuestra vida personal o comunitaria. Necesitamos paz, ánimos y alegría, pero sólo desde la convicción de la presencia viva de Cristo Resucitado y de su Espíritu podremos encontrar la llave de la serenidad interior para seguir caminando y trabajando.

En la oración colecta de hoy hemos pedido a Dios que «Los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten siempre en nuestras obras». En la poscomunión, de nuevo, pediremos que, ya que «la resurrección de Cristo nos ha hecho renacer a la vida eterna», Dios nos ayude a que se note en nuestra vida que estamos llenos de esta Pascua.

Jesús conoce bien nuestras dificultades y nuestros límites en el amor; también sabe bien que nuestros corazones no pueden encontrar paz y alegría sin querer y ser queridos. Nos basta con ser fieles a su palabra para que podamos ser introducidos en un torrente de amor infinitamente más grande que nosotros mismos. Nosotros que no sabemos amar, somos hechos partícipes del Dios del amor, capaces de amar como Dios ama, es decir, ¡entregando y desbordando de alegría!

Por ello, en la segunda lectura, San Pedro nos insta a estar siempre preparados para «dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros». Esta esperanza es la vida misma de Dios Trino, es la seguridad de que el Padre que habita en nosotros por la gracia del Espíritu Santo continúa incesantemente enviándonos a su Hijo para transformarnos a su imagen.

Hermanos y hermanas,

Hoy, especialmente en estos tiempos difíciles, como en los tiempos de los apóstoles, se nos pide ser testigos de esperanza y de solidaridad para incidir eficazmente en muchas situaciones complejas que cada día se nos presentan. Darán razón de nuestra esperanza una palabra de aliento, un gesto de proximidad, una ayuda puntual o permanente. Encontrar el equilibrio entre la vida interior y la acción caritativa, entre la contemplación y el compromiso social, puede ayudar a los demás a vivir con la misma confianza que nos mueve a hacerlo nosotros. Serán, sobre todo, razón de la esperanza que hemos puesto en Dios y que nos proyecta hacia la Vida que nos promete.

Que esta Eucaristía nos ayude a hacernos conscientes de que Jesús nos acompaña en nuestro camino, nos hace participar de la Vida que es Él mismo y nos invita a ser sus testigos.

 

Abadia de MontserratDomingo VI de Pascua (17 mayo 2020)

Domingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 mayo 2020)

Hechos de los Apóstoles 6:1-7 –  1 Pedro 2:4-9  –  Juan 14:1-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

En este quinto domingo de Pascua, el contexto del evangelio de san Juan que acabamos de proclamar es el discurso de despedida de Jesús al terminar la cena pascual con sus discípulos. El ambiente en el final de la comida era de inquietud ya que el Maestro había anunciado que uno de los que comía con él a la mesa lo traicionaría, y que otro, lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo. Más aún, Jesús les había hablado claramente de su partida y de su final como nunca lo había hecho hasta ese momento.

La tensión que se palpaba comportaba para los once que habían quedado en la sala, cuando Judas hubo salido, un desasosiego que llevó a Jesús a decirles que sus corazones se serenasen y por eso les pide que den un paso importante que seguro no esperaban, para poder desprenderse o para vivir de manera diferente la angustia que tenían: les pide que crean en Dios, que crean en él, es decir, les pide un gesto de confianza. Y no es fácil hacer estos gestos de confianza en situaciones similares.

Por eso no es de extrañar la reacción de los discípulos que se expresa por medio de las intervenciones de Tomás y de Felipe.

Por lo que nos dice el evangelio de hoy como el del relato de la aparición de Jesús resucitado, es fácil imaginar que Tomás era un hombre práctico, realista, que quería ver y tocar para creer. Por eso ve poco claro, poco concreto y preciso lo que Jesús dice sobre dónde va y el camino que conduce allí. Y por eso confiesa claramente su desconcierto: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

La pregunta de Tomás es de gran actualidad para nosotros, para la sociedad de nuestro tiempo, un tiempo y unos hombres y mujeres marcados, más de lo que pensamos, por el realismo y la concreción. Dicho en otras palabras, desconfiamos de lo que no se puede experimentar y comprobar. Pero ha sido necesaria la pandemia del Covidien-19 para darnos cuenta de que las previsiones se han derrumbado y que ha sido necesario un cambio de registro tanto a nivel personal como a nivel social y también a nivel creyente. Son muchos los que hoy se preguntan qué caminos se abrirán o habrá que abrir de cara a recuperar, si es que tiene que ser así, el ritmo que hemos vivido hasta la aparición del coronavirus. O quizás tendremos que decir como Tomás: no sabemos a dónde vamos.

No sería justo pensar que la pregunta de Tomás ¿cuál es el camino? es una pregunta retórica. Todo lo contrario, es una pregunta importante que como he dicho nace del desconcierto que él vivía en su interior, al igual que los demás. Y si la pregunta es importante mucho más lo es la respuesta porque no puede ser más concreta y precisa: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Se trata de un camino bien definido: una persona, un hombre, Jesús de Nazaret. Un camino, sin embargo, que tiene como únicas señales de guía: la fe, la esperanza, el amor y la confianza. Un camino que tiene un objetivo: la vida. Y aún, se trata de un camino que nace del coraje de ponerse en marcha caminando hacia un futuro, que hoy y aquí empezamos a crear.

Y eso es lo que precisamente proclamamos y celebramos tozudamente durante este tiempo de Pascua rodeados de sufrimiento y de incertidumbres. A lo largo de estos días y con palabras o actitudes similares a las del apóstol Tomás nos hemos preguntado a menudo qué camino de salida hay a todo lo que estamos viviendo. Y al igual que los discípulos hemos ido escuchando de palabra o a través de tantos y tantos servicios generosos y desinteresados, que Jesús no es un personaje admirable pero muerto, sino que es vida porque sigue siendo para nosotros el camino que se manifiesta a través de unos rostros concretos. «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre». Y son tantos, hermanos y hermanas, quienes en este tiempo han hecho obras como las de Jesús.

En el mismo contexto del final de la comida al apóstol Felipe le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta de Jesús vuelve a ser clara y precisa: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?».¿Quién me ha visto a mí ha visto al Padre».

Jesús no nos ha dejado un catálogo de respuestas que nos permitan definir exactamente cómo es Dios, ni cómo será la casa del Padre (este lugar donde él va). «A Dios no lo ha visto nunca nadie». Porque Dios es más de lo que nunca nosotros podremos decir o pensar. No lo podemos reducir a ninguna imaginación, concepto o sentimiento. Pero Jesús mismo nos recuerda, y es lo que creemos, que lo hemos visto en él mismo. Sus palabras y sus obras son las palabras y las obras de Dios. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Si es verdad que Dios sigue siendo indefinible, también es verdad que lo conocemos, lo escuchamos, lo vemos y lo amamos en un hombre concreto. Haciendo de Jesucristo la norma de vida (el camino), vivimos de Dios, vivimos con Dios, y nos encaminamos hacia Dios.

Hermanas y hermanos, Jesús afirma que su intimidad con el Padre no es únicamente un privilegio suyo, sino que es posible para todos nosotros que creemos en Él. A través suyo podemos llegar a hacer las mismas cosas que él hacía por los hombres y mujeres de su tiempo. Y esta es una verdadera buena noticia: con nuestras vidas podemos ser presencia de Dios para todos los que nos rodean, haciendo las mismas obras que él hacía.

Abadia de MontserratDomingo V de Pascua (10 mayo 2020)

Domingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14a.36-41 –  1 Pedro 2:20b-25  –  Juan 10:1-10

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El Concilio Vaticano II nos dice estas bellas palabras sobre la Iglesia: «El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues, nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: “Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios” Ahora bien, este reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo». (Lumen Gentium 5).

Si queremos acercarnos, pues, al misterio de la Iglesia, tenemos que ir a su origen, a su fundación. Este origen no es un momento concreto, es un camino, el camino que va desde la Pascua hasta Pentecostés. Es el mismo camino que conduce desde la lanzada junto a Jesús cuando estaba en la cruz hasta la unción de los discípulos con el Espíritu Santo en el Cenáculo. Para comprender las lecturas de hoy, hay que colocarse en este contexto eclesial.

Y la única manera que tenemos de entrar en este misterio es la puerta, es decir, el mismo Jesús. Los textos litúrgicos de hoy son ricos en atribuir títulos a Jesús: Señor, Mesías, Cristo, pastor, guarda y puerta. Sin embargo, en el evangelio de Juan que nos ha sido proclamado se esconde todavía otro título de Jesús quizás no tan evidente. En dos ocasiones dice «Yo soy». Esta expresión no es accidental sino que remite a aquel «Yo soy el que soy» con que Dios se designó en el desierto del Sinaí. Jesús es pues el mismo Dios que había en el Antiguo Testamento y, por tanto, Jesús es aquel-que-es, aquel-que-está-presente.

 

La presencia de Jesús es un elemento fundamental. Cristo es uno con el Padre y ha estado presente con él desde toda la eternidad. Es este mismo Cristo que en la creación fue la mano del Padre como decía san Ireneo de Lyon, o la Sabiduría que le asistió, o el modelo a partir del cual y en el que todo fue creado. Es este mismo Cristo que llegada la plenitud de los tiempos plantó su tienda entre nosotros y se hizo hombre y vivió en este mundo como cualquier otro mortal. Y es este mismo Cristo que después de la resurrección envía su Espíritu y continúa presente entre nosotros en la comunidad de los discípulos, en la Iglesia.

 

Podemos ir aún más a fondo en el significado de esta presencia de Cristo en su Iglesia. La palabra «presencia», que proviene del latín, tiene su paralelo en lengua griega en la palabra παρουσία que teológicamente designa la venida gloriosa del Señor. En otras palabras, la venida de Cristo se hace presente ahora y aquí en la Iglesia. La Iglesia se convierte en el lugar donde Dios viene a encontrarse con su pueblo y la Iglesia es también el lugar donde el pueblo espera el encuentro definitivo con Dios.

Es por este motivo que Iglesia y Eucaristía están íntimamente unidas. En la Eucaristía se realiza en esencia lo que la Iglesia es en esencia: el Cristo que viene al encuentro de cada uno de nosotros.

Esta presencia es, finalmente, una presencia salvadora. El Cristo viene y vendrá al final de los tiempos a salvarnos. Como decía el libro de los Hechos, «Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo». O también nos lo recordaba Pedro en la segunda lectura: «sus heridas os han curado». Y el mismo Jesús en el evangelio nos decía: « yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Jesús es nuestro Salvador y es por este motivo que su presencia en la Iglesia ha hecho que esta sea sacramento universal de salvación (Lumen Gentium 48).

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a escuchar y estimar la voz del Pastor que nos llama en su Iglesia. Si lo hacemos así, no tendremos miedo cuando oigamos que su voz que nos invita a cruzar a la otra orilla del río de la vida. Entonces le seguiremos esperanzados hacia las praderas eternas y luminosas de su Reino.

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (3 mayo 2020)

Solemnidad de la Virgen de Montserrat (27 abril 2020)

Homilía predicada por el P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (27 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 1:12-14 – Efesios 1:3-6.11-12 – Lucas 1:39-47

 

Queridos hermanos y hermanas, los pocos que se encuentra en la basílica y los muchos que, en esta fiesta tan nuestra de la Virgen de Montserrat, se une a esta celebración a través de los medios de comunicación:

Acabamos de escuchar, en el evangelio, el encuentro de dos madres, María e Isabel, y el de dos niños, Jesús y Juan Bautista, que ellas llevan en su seno como don gratuito de Dios a favor de la humanidad. En la visitación, Maria impulsada, por el Espíritu Santo, va decididamente a encontrarse con su prima Isabel para ayudarla en el nacimiento del hijo que ha concebido por don de Dios en su vejez. María lleva la presencia de Jesús hospedado en sus entrañas, la alegría de la fe y el amor que mueve a servir. Entonces, en la montaña de Judá, resuena la alabanza a María hecha por Isabel llena del Espíritu Santo: bendita eres tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre […]. ¡Feliz tú que ha creído! Y resuena, también, la alabanza de María dirigida a Dios: proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. María, consciente de su pequeñez, canta primero su gratitud personal por los dones que ha recibido y por la vocación a ser madre del Mesías, el Hijo de Dios. Y en segundo lugar, canta, también, el agradecimiento de todo el pueblo de Dios por el cumplimiento de las promesas hechas con motivo de la Alianza.

Son unas alabanzas a Dios y a María que siguen resonando desde hace siglos en nuestra montaña de Montserrat, por parte de los monjes, de los escolanes y de los peregrinos. Ciertamente, hay una fuerte continuidad espiritual entre la visitación de María a Isabel y la experiencia de fe que se vive en Montserrat. Los monjes cuando vinimos llamando a las puertas del monasterio y los peregrinos de todas partes cuando suben a esta montaña a visitar la Virgen, la proclamamos feliz porque ha creído, le decimos bienaventurada por los dones que ha recibido y sobre todo por haber sido elegida como Madre de Jesucristo y le agradecemos el patronazgo sobre nuestro pueblo. Los peregrinos suben a abrirle el corazón, a darle gracias, a pedir su intercesión. Aquí se produce una visitación perenne. Monjes y peregrinos venimos a visitar a la Virgen en esta montaña que la providencia de Dios ha escogido, donde le ha hecho un palacio -como dice Verdaguer- con los «cerros vestidos de romero» (cf. Virolai). Pero en el fondo, somos nosotros los que somos visitados por ella, recibiendo su ayuda, su servicio. Antes de que traspasemos el umbral de esta basílica, ella ya nos ha visto y nos acoge.

 

Con una gran finura espiritual, la liturgia bizantina dice que María «seca las lágrimas de Eva» (cf. Himno Acatista, estancia 1). Las lágrimas de Eva son provocadas por el arrepentimiento de la desobediencia a la voluntad de Dios con el pecado, por la pesadez de la vida fuera del paraíso, por la violencia entre sus descendientes, por la muerte. Y María seca, también, las lágrimas de los hijos de Eva que «gemimos y lloramos en este valle de lágrimas», como dice nuestra Salve. De una manera particular estos días de pandemia, Maria enjuga las lágrimas causadas por la muerte, por el sufrimiento, por la angustia y por el miedo, por la soledad, por la impotencia de no poder ayudar más y salvar más vidas; las lágrimas causadas por falta de recursos de subsistencia, por la pérdida del trabajo, por la marginación. Maria vuelve hacia nosotros «sus ojos misericordiosos» y nos presenta a Jesucristo (cf. Salve Regina) que con su Palabra cura las heridas de nuestro corazón, nos consuela, nos da pautas para un comportamiento solidario, nos salva y nos adentra en el misterio de la cruz y de la resurrección inherente a toda vida cristiana.

Nosotros somos portadores del Cristo desde el bautismo y somos templos del Espíritu, por eso nuestra relación con los demás debería reproducir siempre el contenido espiritual de la visitación. Como María tenemos que llevar la presencia de Jesucristo, la alegría de la fe y el amor que mueve a servir. Esto significa hacernos portadores de paz, de alegría, de ayuda solidaria. El espíritu de la visitación, que nos propone la solemnidad de la Virgen de Montserrat, por tanto, nos debe hacer superar la dialéctica de amigo y enemigo que en estos últimos tiempos se ha ido infiltrando en las controversias sociales y políticas como herramienta para avalar a los que coinciden con las propias ideas y a la vez para significar y censurar a los que piensan diferente. El cristiano, identificado por el bautismo como está con Jesucristo, no puede entrar en esta dialéctica, sino que ha de que contraponer el ideal del amor, del respeto, del compromiso y del servicio.

Este ideal del amor nos lleva, durante la pandemia, a orar por los difuntos y por sus familiares, a favorecer la solidaridad y el trabajo abnegado para apoyar a los que sufren y para sostener según nuestras posibilidades los que luchan para superar la situación actual. Pero, pensando, también, en las consecuencias económicas y sociales que nos dejará esta crisis, los cristianos, en el espíritu de la visitación y en la medida de nuestras posibilidades, debemos colaborar a construir unos modelos económicos que vayan más allá de buscar sólo la ganancia y el crecimiento, debemos esforzarnos para garantizar la sostenibilidad en el medio ambiente y para la cohesión social procurando evitar descartar nadie. Nuestra sociedad, también a nivel político, sólo tendrá futuro si entre todos buscamos el bien común. Estamos viendo cómo la crisis de la pandemia cuestiona el afán de poseer bienes materiales, sacude las seguridades que nos habíamos hecho, y hace más viva la preocupación por vivir. Mientras procuramos construir esta nueva manera de entender la vida, que arraiga en la palabra del Evangelio, debemos ayudar a otros a ir más allá de las necesidades materiales y abrirse a lo que puede saciar espiritualmente el corazón, lo que ofrece un consuelo real, y una esperanza cierta de poder superar la precariedad humana con la salvación que Jesucristo nos ofrece.

Puede parecer una tarea ingente y difícil en el contexto de nuestro mundo. Pero hemos visto como en este tiempo de crisis ha surgido espontánea la generosidad y la solidaridad de muchísimas personas, bien empapada de humanidad y de amor. Hemos visto como hay más bondad que maldad. Y el don del Espíritu, que lleva novedad cada día, puede suscitar un nuevo dinamismo de solidaridad y de amor.

Que Santa María, que desde esta montaña de Montserrat vela por el pueblo que tiene confiado, continúe siendo madre de consuelo y de esperanza, solícita para llevarnos a Jesucristo y protectora de nuestra vida eclesial y social en estos momentos difíciles. Por ello, especialmente estos días de confinamiento, dejemos que Santa María nos visite espiritualmente en nuestros hogares y ponga la alegría, la paz y el espíritu de servicio que llevó a casa de Isabel.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Virgen de Montserrat (27 abril 2020)

Domingo III de Pascua (26 abril 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14.22-33 – 1 Pedro 1:17-21 – Lucas 24:13-35

 

Queridos hermanos y hermanas:

No sé si alguna vez habéis tenido esta experiencia realizando un viaje en coche: si la compañía es alegre, el trayecto es corto y rápido, pero… si los conocidos son gente triste y socarrona, el recorrido es largo y pesado. Hoy encontramos, de camino, a los dos discípulos del pueblo de Emaús situada en los alrededores de la capital de Jerusalén. Desalentados, tristes y desmotivados, discuten entre ellos dos sobre los hechos ocurridos en los últimos días en la Ciudad Santa. El Evangelista San Lucas nos dice el nombre de uno de ellos: se llamaba Cleofás, muy probablemente de la familia de Jesús, pero no perteneciente al grupo de los once Apóstoles. Desgraciadamente, no nos dice el nombre del segundo seguidor. Los Santos Padres de la Iglesia nos invitan a todos nosotros Cristianos a inscribir nuestro propio nombre en el lugar del peregrino desconocido: «Cleofás y María, Cleofás y Juan o Cleofás y Simeón». Todos, todos nosotros somos el segundo discípulo, que hacemos el camino de la Vida con Jesús al lado y, desgraciadamente, no lo reconocemos presente en el día a día de nuestra Vida.

En estas horas bajas de largo confinamiento por el Covid-19 Jesús nos habla al oído y nos dice palabras de amor, de esperanza, de compañía, de presencia; sólo nos falta colocarnos a su frecuencia, en su dial de la fraternidad y de la estimación. Él está realmente a nuestra derecha. Él es nuestra compañía en el camino. Desmontemos todo tipo de soledades, miremos los ojos de los vecinos, tengamos una charla larga con los niños, con nuestros abuelos, colaboremos con pequeños gestos con la sociedad, con la Iglesia, con Cáritas. Si todos aportamos nuestro granito de arena, entre todos hacemos una playa, porque Tú, seas quien seas, eres el segundo discípulo amado.

Jesús se les hace encontradizo y se pone a andar su lado. No les hace ningún reproche por su deserción, por su fuga, ni por su poca fidelidad. Solos les hace una breve pregunta: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?». La respuesta transmite una experiencia de abatimiento, de derrota, de retirada general por lo que había ocurrido días atrás en Jerusalén. El simple diálogo deja entrever su pequeña Fe: «Jesús, un profeta poderoso en obras y palabras, liberador de Israel, muerto crucificado hace tres días». Habían oído rumores de que unas mujeres asustadas decían que estaba vivo, pero no las hemos creídas -su palabra no era válida socialmente-. Algunos de los discípulos han visto el sepulcro vacío, pero a Él no lo vieron. Haciendo un camino de conversión, con la buena compañía del Señor que hacía arder de alegría sus corazones, Jesús les exponía el sentido de todas las escrituras que se referían a Él. Mientras tanto, el día ya declinaba y los dos discípulos invitan con insistencia a cenar el buen amigo de viaje. Jesús entró en la casa, se sentó a la mesa y tomó el lugar reservado de la presidencia: Él es el Maestro y Señor, Él es el dueño de casa, el mayor de la familia, que ha de bendecir, partir y repartir el pan de comunión. Jesús pasó de ser invitado en un segundo plano a invitar Él al banquete a sus queridos discípulos de camino. Es en este preciso momento, de la fracción del pan, que a los dos discípulos se les abren los ojos y reconocen al Cristo Resucitado. Llenos de gozo y de alegría, salen de la casa y rehacen rápidamente el camino de vuelta a Jerusalén. Ellos son ahora los nuevos misioneros de la Buena Noticia en la comunidad Apostólica de los once: «Realmente, al Señor Resucitado lo hemos reconocido al partir el pan».

El Evangelio de Emaús es, en definitiva, una gran Eucaristía digna de atención: la escucha de la Palabra en el camino. Explicar el sentido de las Escrituras, la homilía. Una casa y sentarse a la mesa en comunidad. Consagración, partir y repartir el pan, y finalmente salir a misionar la Buena Nueva de que Jesús está vivo y que se hace compañero nuestro en el camino de la Vida Terrenal.

Decía San Agustín: «Cuando partimos el pan en la Eucaristía Dominical y reconocemos todos al Señor: tú que crees en Él, tú que llevas el nombre de Cristiano, tú que escuchas las Palabras Divinas encontrarás al fraccionar el pan su presencia real, porque Él no está nunca ausente «, está siempre presente a tu lado.

Hermanos y hermanas: hoy por la noche celebraremos la Vigilia de Santa María y mañana su gran Solemnidad. Ella, que es Señora de Montserrat, Patrona y Princesa de Cataluña, convierta este doloroso camino del Coronavirus en «vía lucis», camino de luz, curación y normalidad social bajo el abrigo de su manto azul. Virgen Morena: imploramos tu protección sobre todas las necesidades hospitalarias. Rosa de abril, Virgen Moreneta de la Sierra, gloriosa y siempre bendita, ruega por todos nosotros. Amén.

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (26 abril 2020)

Domingo II de Pascua (19 abril 2020)

Homilía del P. Joan Recasens, subprior de Montserrat

Hechos de los Apóstoles 2:42-47 – 1 Pedro 1:3-9 –  Juan 20:19-31

Queridos hermanos y hermanas,

Después de haber vivido en la intimidad, pero solemnemente, las fiestas pascuales en las que hemos hecho presente el gran misterio del amor de Dios por la humanidad, acompañando a Jesús en los momentos trascendentales de su vida, los de su pasión y muerte en la cruz, y el de su resurrección, hoy en este segundo domingo de Pascua la liturgia nos quiere hacer vivir algunas de las apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos.

Según el fragmento del Evangelio que se nos ha proclamado, en la tarde del mismo día de Pascua Jesús se aparece a sus discípulos y les dice: «Paz a vosotros». Les enseñó las manos y el costado para dar testimonio de que era él mismo, y les vuelve a decir: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo», y alentando sobre ellos les dice:» Recibid el Espíritu Santo”.

Según el relato evangélico, en esta primera aparición de Jesús a sus discípulos, el apóstol Tomás no estaba en casa con todos los demás y es por eso que no quiere creer nada de lo que los otros discípulos le dicen de la aparición de Cristo resucitado .

Al cabo de ocho días de la primera aparición, Jesús se aparece de nuevo a sus discípulos estando las puertas cerradas, estando presente esta vez también el apóstol Tomás, y les dice de nuevo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”. No seas incrédulo, sino creyente. ¿Por qué me has visto has creído?, y añade: «Dichosos los que crean sin haber visto». Hasta aquí el relato evangélico.

Hermanos, me parece que la lección que podemos sacar de las enseñanzas del evangelio de hoy es clara: por nuestro bautismo hemos sido hechos hijos de Dios y como otro Cristo en medio del mundo que nos ha tocado vivir, tenemos que mirar de imitar a Jesucristo en nuestro comportamiento y debemos ser portadores de paz, de esperanza y de amor a todos aquellos hermanos nuestros que esperan de nosotros un gesto de estimación, de comprensión y de ayuda, sobre todo hoy que el mundo está tan carente del sentido de respeto, de hermandad y de colaboración de los unos por los otros. Es muy triste constatar que, muchas veces, muchos de los que deberían ser guías y comportarse como buenos samaritanos se dejan llevar por la envidia, por el resentimiento y por el castigo, haciendo la vida imposible a todos aquellos que no piensan como ellos y que tienen otros ideales de libertad y de respeto. Ciertamente no se puede poner la Ley como excusa, ya que la Ley está hecha para los hombres y no los hombres para la Ley. Roguemos para que el Señor nos ayude a ser más comprensivos y respetuosos con todos nuestros hermanos, para poder crear una sociedad donde reine el amor, la esperanza y la comprensión de los unos por los otros, tal como Cristo ha venido a proponernos.

Abramos nuestros corazones y dejemos que penetre el aire fresco y la luz que viene de Dios para poder ser cada día más imitadores de Jesucristo. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (19 abril 2020)