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Domingo II de Cuaresma (25 febrero 2024)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (25 de febrero de 2024)

Génesis 2:1-2.9a.10-13.15.18 / Romanos 8:31b-34 / Marcos 9:2-10

 

Del desierto a la montaña. La Cuaresma nos lleva en el espacio de una semana a dos sitios completamente diferentes, casi opuestos, y con tiempo igualmente opuestos. El pasado domingo, el Evangelio nos hablaba de la estancia de Jesús en el desierto durante 40 días, humanamente solo, aparte del tentador por un lado y los ángeles por el otro. Hoy, el evangelista Marcos nos lleva a lo alto de una montaña donde está Jesús, con tres de sus discípulos, y con Moisés y Elías. Por la forma en que se narra el episodio, podríamos incluso aventurar que habrá durado, no 40 días, sino quizás menos de 40 segundos…. De hecho, el lenguaje utilizado por el evangelista más que describir la escena exteriormente, desde el punto de vista de los ojos y oídos de los apóstoles, elige el punto de vista del corazón y de la fe.

Jesús ya había predicado el Evangelio por toda Palestina, y ya había elegido, entre los muchos que le seguían, doce más cercanos a los que llamó apóstoles, pero la Buena Nueva sólo había sido comprendida en una pequeña parte: sus discípulos seguían siendo dubitativos y tibios, y sobre todo tenían una idea distinta de la mesianidad de Jesús. Para confirmar en la fe al menos a los más cercanos, después de haberlos instruido a todos sobre su futura pasión y su negación del mundo, “Jesús tomó con él Pedro, Santiago y Juan, se los llevó aparte todos sólo en lo alto de una montaña alta y se transfiguró delante de ellos”.

Tanto Marcos, como Mateo y Lucas, sitúan el evento los días inmediatamente posteriores a la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Es un momento decisivo en la vida de Jesús. Un momento marcado también por el progresivo alejamiento de las multitudes de Galilea. El relato de la transfiguración se inserta, pues, en un movimiento de pensamiento en cuyo centro se encuentran los temas entrelazados de la identidad mesiánica y divina de Jesús y la necesidad de que el discípulo sufra para seguirle.

Marcos le sitúa en el centro de su relato evangélico, como para subrayar su centralidad tanto en la vida de Jesús como en la de la comunidad cristiana que representan a los tres discípulos. Han pasado seis días y, en el séptimo día, los tres discípulos, junto con Jesús, suben a la montaña donde tiene lugar la transfiguración. Es una escena extraordinaria que muestra claramente quién es Jesús: el Mesías que las Escrituras habían predicho. Es la segunda vez, después del bautismo, que el evangelista hace oír la voz del cielo en la tierra. Pero como tantas veces en el Evangelio de Marcos, Jesús prohíbe dar a conocer lo que había pasado: “les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos”.

Se trata de levantar un poco el velo para descubrir lo que se esconde debajo, pero esto sólo ocurrirá completamente hacia el final de los días de Jesús, a la luz de su Misterio Pascual. La transfiguración es un momento, un destello de gloria para revelar a los discípulos el significado de ese momento de intimidad. Esta transfiguración temporal debe sostener la fe de los discípulos y convencerles de que pueden confiar completamente en sus manos, puesto que en este hombre de apariencia ordinaria habita la plenitud de la divinidad.

Pero es el miedo lo que hace hablar a Pedro. Y, en ocasiones, es el miedo lo que nos hace buscar seguridad incluso en la fe. “Tres chozas”, para tener bajo control lo que no se puede tener bajo control, es decir, el Misterio. Pero tener fe no significa montar una tienda como certeza que tranquiliza. Significa, en cambio, “escuchar” al Hijo Querido.

Y el mensaje de este Hijo es de una sencillez desarmante: ¡bajad de esta montaña! No nos gusta bajar. No nos gusta la “cruda realidad” de nuestras vidas. Siempre queremos efectos especiales. Pero nadie puede llegar a comprender la Pascua a menos que “baje”. La teología llama a este proceso kénosis, y es el camino trazado por Jesús.

El sentido de la vida no se encuentra en la fuga de la realidad, sino en el fondo de la realidad. Hay que beber hasta el fondo todo el cáliz amargo de lo que somos, de lo que vivimos, de lo que nos pasa para seguir de verdad al Hijo de Dios. No existe alternativa. Nadie puede decir que escucha al Hijo si no se toma en serio lo que está viviendo en este momento, su realidad desnuda y cruda. Pero no una escucha cualquiera, sino una escucha amorosa.

Hermanos y hermanas, siempre es difícil bajar del Tabor, porque siempre es difícil amar lo que está ahí y no lo que nos gustaría que estuviera allí. Pero el discipulado es precisamente seguirle con confianza en ese esfuerzo. El cristianismo es vivir a Su manera, no a nuestro modo. Sólo así se consigue escalar otra montaña, el Calvario. Solo siguiéndolo con esa confianza se llega más allá de lo que parece ser el final. Sólo así se pasa de las tinieblas a la luz de la Pascua.

Última actualització: 1 marzo 2024