Domingo de Ramos y de Pasión (28 de marzo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (28 de marzo de 2021)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Marcos:1-15.47

 

¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? preguntan los discípulos a Jesús. Y él, hermanos y hermanas, tal como hemos oído, les da las indicaciones pertinentes. Se trataba de celebrar la Pascua que actualizaba la liberación de la esclavitud de Egipto y la alianza que, en el Sinaí, Dios había hecho con Moisés a favor de todo el pueblo. Esta cena, además, renovaba la esperanza en la venida del Mesías. Una vez en la mesa, pero, y a medida que se iba desarrollando la comida, los discípulos descubren que la intención de Jesús era dar una dimensión nueva a aquella cena, darle un carácter profético y sacramental a través de la Eucaristía que los dejaba.

Aquel, nos decía el evangelista san Marcos, era el día en que se sacrificaba el cordero pascual. Esto nos ayuda a entender esta dimensión nueva; en aquella cena, Jesús celebraba la pascua de otro modo, no sólo comiendo el cordero y el pan sin levadura. Él también era el cordero pascual. Más aún, él era el cordero perfecto y auténtico. En su persona se hacía realidad lo que anunciaba la celebración de la pascua de Israel. La cena con los discípulos era la anticipación sacramental y profética de su pascua definitiva que pocas horas después viviría de una manera cruenta en la cruz. El evangelista nos ha ido presentado los diversos momentos de la inmolación de este cordero que era Jesús: la angustia ante el sufrimiento y la muerte, la pena de ser traicionado por uno de los suyos, las acusaciones injustas ante las que él callaba, sin dar respuesta, un dolor corporal terrible, la aflicción íntima por los insultos y el trato violento, la soledad del corazón al no tener el calor amistoso de los discípulos que han huido y una oscuridad espiritual indecible debido a no sentir la presencia amorosa del Padre. Todo termina con un gran grito, hermanado con todas las angustias y con todos los clamores de la humanidad, y con la muerte. En medio de la oscura interior y de la negra nube que cubrió el Calvario, sin embargo, Dios estaba a pesar de su aparente ausencia. Y, de manera paradójica, se daba a la humanidad para liberarla, para abrirle un camino de vida plena. Comenzaba un mundo nuevo. El templo de piedra de Jerusalén dejaba su función y era relevado por un Templo no hecho por manos de hombre; es decir por Jesús mismo que ofrece un acceso libre a Dios a judíos y paganos, a la humanidad entera, a través de su persona. Vemos un ejemplo de esto en el centurión pagano que, al presenciar la forma en que Jesús expiraba, lo reconoce como hijo de Dios. Ya en la cruz, pues, se empieza a hacer realidad lo que Jesús había dicho al gran sacerdote: veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso.

¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Después de haber escuchado el relato de la pasión y de saber que Jesús la vivió por amor a la humanidad y a cada uno de sus miembros, deberíamos personalizar la pregunta de los discípulos y hacérnoslo nuestra: ¿cómo quieres que te preparemos la pascua de este año en nuestro interior? Porque la podemos vivir con una actitud hostil hacia Jesús y su Evangelio como los grandes sacerdotes, los escribas, los soldados o la gente que pasaba moviendo la cabeza con aires de mofa. La podemos vivir desde la indiferencia como Pilato y tantos otros. La podemos vivir dejándolo solo y traicionando su amistad después de haber puesto la esperanza en él y, tal vez, de haberla perdido, como Judas. La podemos vivir desde la debilidad y la negación como Pedro; sabiendo, sin embargo, que si hay compunción el perdón es posible. La podemos vivir con compasión ante aquel hombre desnudo, humillado y sufriente que es Jesús dejándonos cuestionar por su muerte, como el centurión. La podemos vivir, todavía, con piedad y dolor en el corazón, meditando todo lo que esta pasión significa, como María la madre de Jesús (cf. Lc 2, 19.33-35). Sí, preguntémonos cómo queremos vivir la semana santa y la pascua de este año.

La pasión de Jesús nos abre una puerta a la esperanza y nos libera de la levadura de la corrupción del pecado. Porque destruyendo el pecado hace posible una vida nueva de santidad según el Evangelio. La cruz de Jesús nos abre una puerta a la esperanza ante el dolor y la muerte, que con la pandemia se han vuelto más vivos y más angustiantes que nunca en estos últimos años. La muerte de Jesús, el Hijo de Dios, nos enseña que no debemos temer que todo acabe para siempre, que más allá del sufrimiento y de los límites de la miseria terrenal, la muerte ha empezado a ser definitivamente vencida gracias a Jesucristo, a su sangre derramada libremente que nos posibilita la vida para siempre. En él se ilumina el enigma del dolor y de la muerte. En él la realidad humana en su conjunto y el misterio de cada persona en particular encuentran una dimensión nueva. Cualquiera puede asociarse al misterio de Jesucristo por los caminos que el Espíritu Santo abre en el interior de cada ser humano, incluso en los que no son cristianos (cf. Gaudium et spes, 18 y 22). Porque por la sangre de su cruz Jesucristo ha puesto la paz en todo lo que hay, tanto en la tierra como en el cielo, y Dios ha reconciliado todas las cosas (Col 1, 20).

Hermanos y hermanas: Hemos escuchado con respeto y con consternación el relato de la pasión y la muerte de Jesús. Hemos acogido con fe y con agradecimiento el don que supone a favor nuestro y de toda la humanidad. Tal como decía el evangelista al inicio de la narración de la pasión, el don que libremente Jesús ha hecho de su vida en la cruz nos es comunicado por el sacramento de la eucaristía. Él lo actualiza, este don sacrificial, para perdonarnos y darnos vida, para vincular nuestros sufrimientos a su pasión y para anticiparnos a la comida eterna del Reino. La Eucaristía es prenda de la superación para siempre del dolor y de la muerte. ¡Esta es la fuente de nuestra esperanza!

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (28 de marzo de 2021)

Domingo V de Cuaresma (21 de marzo de 2021)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (21 de marzo de 2021)

Jeremías 31:31-34 / Hebreos 5:7-9 / Juan 12:20-33

 

Hermanos,

Todos tenemos algún amigo o familiar que considera a Dios como algo superfluo o extraño y, si acaso existe, muchos creen que no les va a ayudar en su día a día, que todo depende de lo que ellos hagan. Y así vemos, por ejemplo, como se esfuerzan en conocerse, en adquirir técnicas de concentración mental que les ayuden a tener éxito en las tareas que emprenden. Son personas que no manifiestan deseo de tratar con Jesucristo.

Es diferente el camino de fe y de conversión, al que el Evangelio de hoy hace referencia cuando nos habla de unos griegos anónimos, conversos al judaísmo, que, sabiendo que Jesús se encontraba en Jerusalén, se acercaron a Felipe, uno de los doce apóstoles, y le dijeron: «queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés (uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor) y ambos se lo dijeron a Jesús.

La inmediata respuesta de Jesús a aquellos que quieren verle orienta hacia el misterio de la Pascua, la manifestación gloriosa de su misión salvífica. «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado», dirá. Así pues, el atractivo de la persona de Jesús nos lleva a la hora de la glorificación del Hijo del hombre. Pero a través del paso doloroso de la pasión y de la muerte en la cruz. Sólo desde la fe sobrenatural podemos aceptar que así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos.

Dentro de tantas alertas sanitarias actuales, la palabra del Evangelio, el deseo de ver a Jesús, nos dice que no hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios. Es decir, acercarnos al Dios que habla y que nos comunica su amor para que tengamos vida abundante. Deberíamos pedir a menudo a Dios la gracia que despierte en nosotros la sed de ver y de conocer más a Cristo, que aumente en nuestra alma la divina luz de la fe que nos enseña el camino del cielo.

Nosotros, como aquellos griegos del Evangelio, también queremos ver a Jesús porque creemos que es Dios quien bajó del cielo para salvarnos de nuestros pecados, y que es Dios quien cada día nos facilita su gracia para darnos la fuerza de vivir según sus mandamientos.

Hoy podríamos detenernos y mirar atrás, hacia el fondo, para ser más conscientes de nuestro anhelo de Dios y descubrir si hemos tomado el rumbo correcto. Queremos ver a Jesús llevados de esta nostalgia que todos sentimos antes o después en el corazón, y que no es otra cosa que el anhelo de Dios. Una sed de Dios que nos hace soñar alguna vez con nuestra vida eterna, deseando la eternidad con Dios y los bienaventurados, por encima de todo bien material, incluida la salud corporal.

Dirá San Pablo que todas las cosas «se mantienen» en aquel que es «anterior a todo» (Col 1,17). Por lo tanto, quien construye la propia vida sobre el ver a Jesús en su Palabra y sus sacramentos se edifica verdaderamente de manera sólida y duradera. Como los griegos del Evangelio, hoy tenemos una gran necesidad de ser realistas. Es decir, necesitamos reconocer en Jesús el fundamento de todo.

Es un error prescindir de Jesus pensando que somos autosuficientes, que no necesitamos a Dios, que la felicidad depende de uno mismo y que consiste en una búsqueda creciente de autodeterminación, desarrollo técnico y satisfacción material. Pues el hombre no está hecho para sí mismo, ni para el mundo, está hecho para Dios, y sólo puede encontrar su felicidad en Dios.

Junto a la Virgen, dispongámonos a compartir el estado de ánimo de Jesús, preparados para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas junto con él, pensando y sintiendo como él, ya que realiza por cada uno de nosotros su misterio de cruz y de resurrección.

 

Abadia de MontserratDomingo V de Cuaresma (21 de marzo de 2021)

Solemnidad de San José (19 de marzo de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (19 de marzo de 2021)

2 Samuel 7:4-5.12-14.16 / Romanos 4:13.16-18.22 / Lucas 2:41-5

 

Tu padre y yo te buscábamos angustiados, decía María. En el fragmento evangélico que hemos leído, hermanos y hermanas, nos repetía cuatro veces que María y José eran los padres de Jesús. Íntimamente unido a su esposa, san José «amó a Jesús con corazón de padre», tal como afirma el Papa Francisco en la Carta Apostólica que ha escrito sobre el Santo carpintero de Nazaret (Carta «Patris corde»). Además, el Papa ha querido dedicarle todo este año para favorecer que crezca en el pueblo cristiano el amor a este gran santo, para impulsar que se invoque su intercesión y para favorecer la imitación de sus virtudes y de su fidelidad a la Palabra de Dios. En la Carta, el Papa destaca la misión paternal de San José, porque si bien, según los evangelios, tenía sólo la condición de padre legal, «amó a Jesús con corazón de padre». Y se puede decir que fue padre por el amor tierno, por la solicitud atenta, por la vinculación intensa en todo lo que hacía referencia a Jesús. El ansia con que María y José buscaban Jesús -tal como nos decía el Evangelio- era fruto de esta solicitud y comportaba a la vez inquietud y angustia ante la ausencia de Jesús, el hijo amado entrañablemente.

En esta Carta Apostólica dedicada a San José, el Papa Francisco destaca la discreción de este gran hombre de Dios. Según los relatos evangélicos, la suya, es una presencia que se mantiene en segundo término pero siempre muy activa y eficaz. Lo vemos, también, en el fragmento evangélico que hemos proclamado; José no habla, sólo María recrimina y expresa el dolor que han pasado los dos. José también ha sufrido, y ha apoyado a María compartiendo el ansia y la búsqueda angustiosa, pero lo vive desde el silencio contemplativo. Esta discreción, hecha de una presencia atenta pero humilde, lleva el Papa a valorar todas aquellas personas que en la vida diaria, y desde una aparente segunda línea, «tienen un protagonismo incomparable en la historia de la salvación». Al leer esto, nosotros podemos pensar en tantas personas que a causa de la pandemia han ayudado y ayudan a los demás de tantas maneras desde el anonimato, y a veces poniendo en peligro su vida. O, como se ha puesto de manifiesto durante el viaje reciente del Papa a Irak, podemos pensar en tantas personas que discretamente han arriesgado su vida para salvar a otros independientemente de cuáles fueran sus creencias, la han arriesgado para hacer obra de reconciliación, para ayudar materialmente. Y así podemos pensar, también, en muchas otras situaciones en las que tantas personas, sin hacer ruido y desde la discreción -como san José- trabajan por el bien de los demás, por la reconciliación y la paz. Y eso en varios niveles, desde el familiar al internacional.

San José, por fidelidad al plan de Dios, convirtió su proyecto humano de formar una familia con María en una ofrenda de sí mismo para ponerse al servicio de Jesús y de la misión que Dios le había confiado. Sacrifica su proyecto de vida inicial para seguir la vocación que le es confiada. Su corazón de padre va aprendiendo a amar y darse con una profundidad nueva. Así crece, como dice todavía el Papa, en la obediencia de la fe. A través del ansia de haber perdido a Jesús cuando era adolescente y a través de la angustia que -según el evangelio de San Mateo (Mt 1, 16-24) – experimentó en la infancia de Jesús, pasaba el proyecto salvador de Dios. De este modo, –según la Carta Apostólica mencionada- san José «nos enseña que tener fe en Dios incluye, además, creer que él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de la nuestra debilidad. Y nos enseña, también, que en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca «, porque, aunque muchas veces quisiéramos tenerlo todo controlado, Dios tiene siempre una mirada más amplia que la nuestra y sabe qué nos conviene para nuestro bien. Por eso le hemos de tenerle confianza. Como lo hizo José, sin poner condiciones. Más, aún, no sólo tenemos que confiar en Dios sino que también tenemos que querer a los demás confiando en ellos, acogiéndolos en todas las circunstancias de la vida.

San José, que -como dice el Papa- los evangelios presentan como un hombre que no se resigna pasivamente, sino como un creyente valiente y fuerte, nos es un modelo, sin embargo, de cómo aceptar los acontecimientos de nuestra historia personal y colectiva, dejando de lado nuestros razonamientos prefabricados, para acogerlos con responsabilidad y con confianza en el plan de Dios sobre cada uno de nosotros y sobre el mundo; un plan que siempre es de amor aunque pueda conllevar sufrimientos y decepciones. Aquel José, hijo de David, no temas (Mt 1, 20), que le dirigió el enviado de Dios al anunciarle cuál era su misión, también vale para nosotros y nos da una fortaleza llena de esperanza para acoger todos los hechos de la vida con coraje y para trabajar a favor de los demás, particularmente en la situación dolorosa y preocupante que nos deja la pandemia a nivel de pérdidas de vidas, de dificultades familiares y sociales, de situaciones económicas y laborales, etc. El ansia a nivel existencial causada por la situación actual se puede transformar en una nueva oportunidad. Como la que vivieron José y María al perder a Jesús, se transformó en una especie de anticipación pascual, una vez que, al tercer día, lo vieron lleno de la vida y de la sabiduría que le venían de estar en la casa de su Padre celestial.

San José es una figura de creyente muy cercana a nuestra realidad humana. Nos enseña que creer no significa encontrar soluciones fáciles que consuelan y que la fe no es una evasión de la realidad ni una consolación fácil. La fe que Jesucristo nos llama a vivir supone -como dice todavía el Papa- «afrontar con los ojos abiertos» la realidad y asumir «la responsabilidad en primera persona», con «coraje creativo», «sacando a la luz recursos que ni siquiera pensábamos tener «y transformando, con la ayuda de la gracia, los problemas en oportunidades. Aunque parezca que nuestra vida o nuestra historia esté sujeta a fuerzas adversas, «el Evangelio nos dice que Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Y «si a veces parece que Dios no nos ayuda, no quiere decir que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar». Es la experiencia que vivió con coraje el carpintero de Nazaret, que «con corazón de Padre» estimó a Jesús y afrontó los retos que su misión le comportaba, confiando siempre en la Providencia divina.

De custodio del niño Jesús y de su Madre María, San José ha pasado a ser custodio, patrón, de la Iglesia, que es «la prolongación del Cuerpo de Cristo en la historia». Que él interceda por la Iglesia y por todos sus miembros en estos tiempos difíciles y de crisis de fe. Que nos enseñe a confiar en Dios y a trabajar en la construcción del Reino de Dios. Que nos enseñe a amar a Jesús y su Evangelio, a estimar a la Iglesia y los hermanos en humanidad, particularmente los que viven en la pobreza o son marginados de una manera u otra.

El sacramento de la eucaristía que estamos celebrando hace presente a Cristo entre nosotros y en el mundo. Acojámoslo con corazón ardiente, como José acogió a Jesús.

Abadia de MontserratSolemnidad de San José (19 de marzo de 2021)

Domingo IV de Cuaresma (14 de marzo de 2021)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (14 de marzo de 2021)

2 Crónicas 36:14-16.19-23 / Efesios 2:4-10 / Juan 3:14-21

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Tradicionalmente, el cuarto domingo de Cuaresma tiene un carácter especial. Se llama también Domingo Laetare: primera palabra del canto de entrada en latín, que en catalán hemos traducido por ¡Alegraos! Es la alegría de saber que la Pascua ya está cerca, que nuestro camino cuaresmal está llegando a su fin. Toda la liturgia está impregnada de esta alegría esperanzada: el color rosado de los ornamentos, las flores en el altar, la música. Como pedíamos a Dios en la oración colecta: «haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales».

Evidentemente, las lecturas bíblicas que hoy nos han sido proclamadas tienen también ecos pascuales. El segundo libro de las Crónicas nos traslada ante un hecho histórico que conmocionó al pueblo de Israel. El año 587 aC Jerusalén fue ocupada por los babilonios: el Templo, símbolo de la presencia de Dios, fue destruido; y las élites del pueblo fueron conducidas a la deportación a Babilonia. Estos hechos, hicieron que los israelitas se replantearan su relación con Dios. Se preguntaban: ¿No somos nosotros el pueblo elegido? ¿No nos prometió Dios en la Alianza que nunca nos abandonaría? ¿Dónde está, pues, nuestro Dios?

Pero es en esta oscuridad de la deportación donde surge la esperanza. Unos años más tarde, el imperio persa invade Babilonia y libera al pueblo judío que estaba cautivo. Al frente de los persas estaba su rey Ciro. Según nos dice el fragmento que hemos leído del segundo libro de las Crónicas, Israel vio en Ciro a un enviado de Dios, una intervención divina para devolverlos a su país. En este mismo sentido, Ciro ordena reconstruir el Templo de Jerusalén. Así, Dios vuelve a estar presente en medio de su pueblo.

No es difícil ver en Ciro, una prefiguración de Cristo: aquel era un enviado de Dios que sacó el pueblo de la deportación, este es el mismo Hijo de Dios enviado por el Padre para llevarnos la auténtica salvación. Ciro hizo reconstruir el Templo de Jerusalén, símbolo de la presencia divina; Cristo es el verdadero templo donde Dios mismo habita y se ha manifestado realmente a la humanidad. Así pues, alegrémonos, porque Dios está presente en nuestra vida. Incluso en los momentos más difíciles y oscuros, no tengamos miedo, Cristo viene a nosotros con las armas de la esperanza y el consuelo.

El fragmento del evangelio de san Juan que hoy nos ha sido proclamado, utiliza también una imagen para mostrarnos quién es realmente Cristo. Juan cita un episodio que nos cuenta el libro de los Números: después de la salida de Egipto, el pueblo de Israel se cansó de Dios y de las incomodidades del desierto. El Señor los castigó enviándoles serpientes venenosas que les picaban y los mataban. Sin embargo, el pueblo se arrepintió y, para salvarlos del veneno, Dios hizo construir a Moisés una serpiente de bronce. Ordenó que la pusiera en lo alto de un estandarte. Y todo el que la miraba, si había sido picado, salvaba la vida.

Juan compara esta serpiente de bronce con Cristo. Al igual que la serpiente fue levantada y salvó a quienes estaban muriendo, Cristo también será elevado en la cruz para llevar la vida a toda la humanidad. El cuerpo muerto de la serpiente salvó unas cuantas personas en el desierto, el cuerpo muerto de Cristo traerá la salvación a todo el mundo. Pero el simbolismo de Juan todavía va un poco más allá. La palabra que utiliza para decir «elevarr» es la misma palabra que en otros lugares del mismo evangelio se usa para hablar de la resurrección. El Cristo que nos trae la salvación, es pues, el Cristo Resucitado.

El Cristo Pascual, el Cristo Resucitado, es esta nuestra auténtica alegría. Es este el final de la Cuaresma que empezamos ya a vislumbrar. Es de este Cristo que podemos decir con la carta a los Efesios: «Dios, que es rico en el amor, nos ha amado tanto que nos ha dado la vida junto con Cristo». Puede que aún vivimos «cerca de los ríos de Babilonia, llorando de nostalgia de Sión». Pero alegrémonos porque Dios «junto con Jesucristo nos ha resucitado y nos ha entronizado en las regiones celestiales».

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Cuaresma (14 de marzo de 2021)

Domingo III de Cuaresma (7 de marzo de 2021)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (7 de marzo de 2021)

Éxodo 20:1-17 / 1 Corintios 1:22-25 / Juan 2:13-25

 

El episodio conocido como «la purificación del templo» que acabamos de escuchar, hermanos y hermanas, y su inmediato anterior, sobradamente conocido, el de «las Bodas de Caná», son los dos signos a partir de los cuales el evangelio según san Juan comienza un diálogo continuo desde el centro de la fe de Israel hasta dirigirse a todos los demás pueblos. Hacia aquí apuntan los diferentes diálogos de Jesús con los judíos, los samaritanos y los paganos que podemos leer en este evangelio.

Si las bodas de Caná simbolizan en la pedagogía del evangelista la plenitud de la Ley, figurada en el agua convertida en vino, la purificación del templo, dando cumplimiento a la profecía de Zacarías, señala que ha llegado ya el «Día del Señor «: Ese día, dice el texto profético, en el que ya no habrá mercaderes en el templo del Señor. Jesús expulsando a los vendedores de animales y los cambistas de moneda, da cumplimiento a esta profecía manifestándose como Mesías, y llamando al templo la casa de su Padre se revela como Hijo de Dios. Es por ello que las autoridades de Israel le piden una señal que acredite unas afirmaciones tan atrevidas. «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Esta respuesta de Jesús -su propia muerte y resurrección- no les fue posible de entenderla a los judíos ya que nada de esto había tenido lugar aún. Fueron los discípulos que más tarde, una vez Jesús hubo resucitado de entre los muertos, se acordaron de lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había dicho Jesús.

La fiesta de Pascua, alrededor de la cual sitúa el evangelista la escena de la purificación del templo, es el marco perfecto para comprender mejor el cambio que supone la presencia en el templo de Jesús como Mesías, y la irrupción con Él del «Día del Señor». La fiesta de Pascua tenía un elemento imprescindible que era los animales que había de sacrificar ritualmente en el templo para comérselos después cada familia reviviendo aquella cena pascual que los israelitas hicieron la noche antes de la salida de Egipto: el cordero o el cabrito asado acompañado con panes sin levadura y hierbas amargas. Esta cena familiar forma parte del núcleo central de la celebración de la pascua judía, una fiesta que renueva en el pueblo la conciencia de su libertad y de su pertenencia a Dios como pueblo elegido, pertenencia vivida en clave de Alianza que fue rubricada con la Ley del Sinaí, las diez palabras de vida eterna -como hemos cantado en el salmo responsorial- diez sorbos de vida que salvaguardan al hombre de su propia esclavitud y lo abren al amor de Dios. Pues bien, el evangelio nos muestra, con las palabras y las obras de Jesús, como la llegada del Mesías, el «Día del Señor», es la plenitud de ese amor fiel de Dios y de esta libertad del hombre redimido en Él, un amor y una libertad que se expresan, en plenitud, en la cruz y la resurrección de Jesús.

Ciertamente que, para cierto modo de valorar las cosas, el misterio de la cruz del Señor, como ya decía San Pablo a los corintios, puede ser calificado de absurdo y de necedad. Absurdo y necedad, pero quizás no tanto, podríamos decir, porque cuando alguien experimenta que otro, negándose a sí mismo, dando su tiempo, se hace solidario de sus sufrimientos, alivia su dolor y hace nacer en él una confianza nueva en la vida, entonces, el misterio de la Cruz, ya no es tan absurdo ni necio. De hecho, es la opción que cuando todas las demás se detienen esta va más allá.

Jesús, al igual que propuso a los dirigentes del Israel de ese momento la señal de su vida entregada por amor hasta la cruz, continúa proponiendo a los hombres y mujeres de hoy este camino que lleva a la resurrección y a la vida en plenitud. Es un camino tan largo como lo sea la misma vida en la que cada uno está llamado a poner en juego todas sus posibilidades. Para no desistir de esta peregrinación, el

Señor nos da tres consejos que reflejan su propio comportamiento: ora, mantente sobrio y sé solidario; son la oración, el ayuno y la limosna, que pedíamos al Padre del cielo por medio de Jesús, su Hijo, en la oración colecta del inicio de esta misa. Son las tres actitudes que, equilibrando los deseos y las pasiones humanas, mantienen en forma el vigor del espíritu. La oración nos abre a la dimensión más potente de nuestro interior; el ayuno, la sobriedad, mantiene nuestra mente más lúcida para las cosas que importan de verdad, y la limosna o solidaridad nos hacen más persona.

Con estas actitudes queremos caminar hacia la Pascua para renovar, en el Señor, nuestro corazón y nuestro espíritu. Y en este camino quisiéramos invitar a todos como lo está haciendo ahora el Papa Francisco con su viaje a Irak: al mundo religioso para avanzar en el diálogo por la paz, al mundo político para avanzar en el diálogo por la justicia. Pero también al mundo científico para avanzar en el diálogo por la calidad de la vida de principio a fin, al mundo artístico para avanzar en humanidad mediante la belleza y la veracidad. No quisiera dejarme a nadie: a todas las personas de buena voluntad para avanzar en el diálogo hacia la fraternidad efectiva que todos deseamos. Caminos de diálogo todos ellos necesarios, pero caminos de largo recorrido en los que cada uno, aunque sólo haga una pequeña etapa en medio de la historia universal, contribuye al bien de la generación inmediatas y ésta a las que vendrán después.

El misterio de la Cruz sigue presente en el mundo. Cristo resucitado no nos abandona. Su Espíritu sigue haciendo que el absurdo aparente del amor abnegado vivido por tantas personas, más anónimas que no mediáticas, siga iluminando el mundo en su largo camino hacia la plenitud.

¡Y nosotros estamos llamados a ser de estos!

 

Abadia de MontserratDomingo III de Cuaresma (7 de marzo de 2021)