Domingo II de Cuaresma (13 de marzo de 2022)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (13 de marzo de 2022)

Génesis 15:5-12.17-18 / Filipenses 3:17-4:1 / Lucas 9:28b-36

 

Estimados hermanos y hermanas:

Este segundo domingo de Cuaresma nos es un llamamiento a la conversión y a un seguimiento más intenso y más firme de seguir a Jesucristo, nuestro Salvador. Jesús, que tenía una gran predilección por las montañas, por contemplar el Sol que viene del cielo. Aquí, en Montserrat, cada día, las grandes salidas de Sol son siempre diversas y espléndidas, y las más discretas puestas de Sol entre las montañas siempre son de postal. Maravillas, que, día tras día, son irrepetibles, únicas y distintas. Como decía el Padre Basili Girbau, último monje ermitaño de Montserrat: «De película y gratis».

Entre las diversas montañas del Nuevo Testamento encontramos la de las Bienaventuranzas, la montaña de las Tentaciones o de la Cuarentena del pasado domingo en Jericó. La montaña de los Olivos, el gran macizo del Hermon en Cesarea de Filipo, la cordillera de Jerusalén y la montaña de hoy, el Tabor, que domina toda la llanura Jezrael. En su cima (590 metros) se encuentra la gran Basílica de la Transfiguración y los restos de un Monasterio Benedictino antiquísimo (s. VII).

En el Evangelio que hoy hemos escuchado al Señor que invita a subir y a rezar en la montaña a tres de sus discípulos de mayor confianza: San Pedro y los Hijos de Zebedeo, Santiago el Mayor y su hermano Juan, el discípulo amado. San Pablo los reconoce como columnas de la Iglesia (Gal 2:9) y son los mismos que velarán en el huerto de Getsemaní en la noche de su Pasión (Mt.26: 36ss.).

Jesús subió a la montaña para rezar y fue en oración que se volvió su vestido blanco como la nieve, y su rostro resplandeciente y luminoso como “Aquel Sol que viene del Cielo”. La Transfiguración nos invita a contemplar, en adelante, la Gloria y la Majestad de Jesús Resucitado Viviente y Glorioso para siempre. Él es nuestro Redentor y nuestra Salvación. Como nos dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy: «Jesucristo, el Señor, transformará nuestro pobre cuerpo para configurarlo en su cuerpo glorioso» (Fl.3.17ss).

Nuestra vida terrenal es como una montaña muy alta, que hay que coronarla… Que no significa allanarla, que no quiere decir destruirla, porque nuestra vida humana tiene siempre mucho VALOR, desde el primer momento hasta el final. A medida que vivimos, en el día a día, nos transformamos físicamente con el paso de los años. Un paso del tiempo a lo largo del cual no hay que desfallecer en el camino de subida, de la vida creciente. Debemos tener los ojos renovados para contemplar como un niño, un niño, la salida del Sol que siempre es gratis, diferente y esplendorosa. Necesitamos ahora, más que nunca, en este tiempo de guerra y de pandemia, subir de nuevo a la montaña de la vida con más Amor y salir de la Ciudad, de la Tierra Baja, de nuestro personalismo, de nuestro Yo y del nuestro Tener… Preguntarnos ahora, sinceramente: en nuestro corazón, ¿hay lugar para hacer una pequeña Transfiguración, -Configuración con Jesús, ahora y aquí? Pero, con sinceridad, vivimos demasiado acelerados. Demasiado estresados. Las redes sociales piden movimiento, rapidez, fotos, tuits y mensajes. Si interactúas existes; sino, no eres nada. ¿Somos realmente felices con tanta tecnología? La conversión, seguir a Jesús, es como escalar una montaña alta, que supone mucho esfuerzo subirla, pero, sí, ahora más que nunca, vale la pena construir una casa en la cima, para estar cerca de Dios y rezar con Él, Moisés y Elías, que son testimonios vivos que conversan y hablan con Jesús, representan la Ley y los Profetas, son la Palabra de Dios hecha letra y norma de Vida.

La Teofanía, la Voz del Padre, de la nube, es como en el bautismo de Jesús en el río Jordán (Lc.3:21ss) o en la montaña Santa del Sinaí, es una Manifestación que ratifica la Palabra Dios: “Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadlo”. San Benito dice a los monjes: “Escucha, hijo, las prescripciones del Maestro, inclina el oído de tu Corazón” (Prólogo a la suya de Regla).

Cada uno de nosotros debe valorar, dentro de su Corazón, si permanece demasiado en el valle, sin nunca subir a la montaña, y no ver nunca la salida del Sol que viene del Cielo, o bien, si permanece siempre arriba, en la cima, como quería San Pedro. Nosotros hoy nos encontramos en lo alto de la Montaña de Montserrat, celebrando la Eucaristía. Sobre la cima del Altar, Cristo estará presente en su Cuerpo y su Sangre, Transfigurado para todos nosotros cristianos. Digamos como San Pedro: “Maestro, que bien estamos aquí arriba”, bajo los pies de Santa María.

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (13 de marzo de 2022)

Domingo II de Cuaresma (28 de febrero de 2021)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (28 de febrero de 2021)

Génesis 22:1-2.9a.10-13.15-18 / Romanos 8:31b-34 / Marcos 9:2-10

 

¿Qué significado tiene que hoy se nos haya proclamado el evangelio de la transfiguración cuando ya hace unos días hemos iniciado un camino que nos invita a transformar nuestra vida para ponerla en sintonía con el deseo de Dios? Y muchos de nosotros tenemos la sensación de que es una llamada a la conversión personal. Cada uno debe transformar su vida, cada uno debe convertirse. Pero el fragmento de la carta a los romanos que hemos escuchado no nos hablaba como si se tratara de un mensaje particular, individualizado, sino que nos ha hablado como si todos formáramos parte de un colectivo; no nos ha dicho, «si tienes Dios a tu favor, ¿quién tendrás en contra?», sino que hemos podido escuchar: «si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ». Pienso que es importante esto, porque la experiencia que vamos haciendo en esta cuaresma no es un asunto puramente particular, sino que contiene ese sentido profundo que como creyentes, como iglesia, como grupo, debemos avanzar juntos.

Nosotros, como Pedro, Santiago y Juan, fuimos llamados. El evangelio de San Marcos nos hace ver que la experiencia que relata, es la experiencia de quienes han ido siguiendo a Jesús. En nuestro descubrimiento de la fe nos hemos dado cuenta de las obras maravillosas que hizo Jesús, así como ellos (Pedro, Santiago y Juan) lo fueron descubriendo. El éxito de Jesús prometía un futuro maravilloso. Eso sí que parecía que era el Reino de Dios; y Pedro, llevado por el entusiasmo había proclamado: «Tú eres el Cristo», pero también hay que recordar que a Jesús no le gustaba este modo de sentir y de expresarse, más bien él pedía lo que hoy llamaríamos discreción; por eso Jesús «les mandó enérgicamente que lo dijeran a nadie.» Había que ir madurando el sentido del camino de la fe. Y Jesús empezó a instruirlos. Les anunció que aquel camino tan espléndido, lleno de aciertos, acabaría en un derrumbe, que parecía era la derrota del proyecto. Efectivamente, Jesús había anunciado su pasión y muerte en manos de quienes más se oponían a su acción. Pero también es cierto que les decía que a los tres días resucitaría. De eso hacía seis días. Y ahora toma Pedro, Santiago y Juan; y con Pedro, Santiago y Juan, también nos toma a nosotros.

Si pues, de alguna manera, nos identificamos con estos discípulos, teniendo en cuenta que también hemos sido llamados a ser discípulos, Jesús nos lleva a una montaña alta, un lugar donde por excelencia la tradición nos dice que Dios se manifiesta profundamente e intensamente. Con muy pocas palabras el evangelista nos describe una experiencia que sólo puede ver el que cree. Los vestidos de Jesús son propios del cielo, porque ningún tintorero nos dice, es capaz de dejarlos tan blancos. Y es aquí, en este contexto, que descubrimos a Elías y Moisés, aquellos de quienes la Historia Sagrada nos ha enseñado la profunda intimidad que habían tenido con Dios. Y conversan con Jesús. Impactante. Para el que cree, eso sólo revela la gloria de Dios. Y Pedro se quiere quedar en este cielo. Y nosotros también nos quedaríamos, olvidando la lucha, las contradicciones, los sufrimientos y la muerte; ¡y añadiríamos la pobreza y la pandemia! El evangelista nos abre los ojos de sentido de la fe. La nube es el signo de la presencia de Dios, lo sabían los israelitas cuando atravesaron la prueba del desierto. Sienten la voz de los que ven en la fe. Descubren dos cosas que son fundamentales: ¡Jesús es Hijo de Dios, y es amado! ¿Qué significa para mí esto? Y un mandamiento para toda la vida: Escuchadle. Seguir la voz es nuestra guía.

Pienso que vivir esta escena como protagonistas con Pedro, Santiago y Juan, con la Iglesia de los creyentes con la que hacemos camino, guardarla en el fondo del corazón, conservar esta experiencia como lo hizo María, es luz en la oscuridad.

El evangelio de hoy nos invita a pisar la realidad. La lucha por la causa que Jesús proclama no se abandona, todo lo contrario, continuará más y más sobrecogedora. Las perspectivas humanas son duras. El sufrimiento y la muerte estarán y están presentes. Ahora, después de la experiencia en la montaña, escuchar a Jesús es el alimento en esta lucha encarnizada que debemos llevar a cabo, como él la llevó a cabo. No son sólo sus palabras, sino su vida, su acción, el sentirse amado, el sentirnos queridos. Quizás tenemos la sensación de debilidad (la pandemia es uno de los puntos que nos la hace sentir… pero en muchos otros aspectos cada uno puede ir descubriendo, esta debilidad), también la pobreza, el egoísmo (¿sólo miro por mí y por los míos?) ¿Y los otros que necesitan que se les trate justamente? Que viven cerca o muy allá.

Fijémonos bien en el evangelio de hoy, la mirada y la palabra de Jesús no es una causa perdida. Él les dijo a Pedro, Santiago y Juan, nos lo ha dicho a nosotros, a la comunidad que deseamos seguirlo, que el Hijo amado resucitará. Nos puede pasar lo mismo que ocurrió a los primeros discípulos y que reflexionemos y nos preguntamos: ¿qué significa resucitar de entre los muertos? En el camino hacia la Pascua encontraremos la respuesta, ¡pero hay que caminar!

 

Abadia de MontserratDomingo II de Cuaresma (28 de febrero de 2021)