Domingo de la XXI semana de durante el año (23 agosto 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (23 de agosto de 2020)

Isaías 22:19-23 / Romanos 11:33-36 / Mateo 16:13-20

 

Estimados hermanos y hermanas,

En la primera lectura que hoy hemos oído del profeta Isaías nos muestra la llamada de Eliacín hijo de Elquías, como nuevo mayordomo del Palacio de David, en Jerusalén. Él recibirá sobre sus hombros las insignias de su poder: la gran llave y los vestidos sagrados. Cuando él haya abierto, nadie cerrará, y cuando haya cerrado, nadie podrá abrir.

En el Evangelio de hoy encontramos a Jesús en un desplazamiento por el norte de Israel en los confines del actual Líbano. En la ciudad de Cesarea de Filipo, región montañosa y verde, poco habitada por judíos y de mayoría pagana, a los pies de la gran monte Hermón y en uno de los afluentes del río Jordán. En este lugar apacible y tranquilo, Jesús, serio, como si explorara la fe de sus seguidores y de los Apóstoles, hace la triple pregunta de interpelación: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» ¿Quién dicen que es? Las respuestas son muy diferentes, pero todas de grandes personajes de Israel: «Juan Bautista, Elías, Jeremías». La tercera pregunta es la más primordial, es la definitiva: «Y vosotros, los doce, ¿quién decís que soy yo?». Entonces, Simón Pedro le contestó con firmeza su profesión de Fe, en nombre de todos los Apóstoles y también en nombre todos los cristianos de ayer, hoy, y siempre: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le responde con su gran elogio a Pedro, comunicándole la primera realidad: «¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Cabe destacar las palabras: «Yo y Mi». Es Jesucristo personalmente quien, sobre el débil hombro de «Pedro-piedra-roca firme», construye el fundamento del nuevo edificio de su propia Iglesia. No sobre la base del viejo Templo de Jerusalén. Jesús es la clave de bóveda que sostiene firme toda la Iglesia y nosotros los Cristianos somos las piedras vivas y bien cortadas que formamos las paredes de la Iglesia, que es hoy, que es ahora, y será siempre en la Tierra. No podemos nunca claudicar por pequeños terremotos, porque el cemento que une nuestras piedras es el Espíritu Santo que vive y está presente en todos nosotros.

La segunda realidad es más contundente: «Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». No es la llave terrenal, del templo de Jerusalén en los hombros del joven sirviente Eliacín. ¡Es, ni más ni menos, la Llave del Cielo y la Tierra!

La entrega de las llaves es siempre un ritual, un pacto, un trato estipulado entre dos personas. Unas llaves pueden servir también para significar la delegación de un poder de cara a una misión especial: Dar las llaves de casa a unos amigos, la llave de un nuevo hogar familiar o dar la llave de oro de una ciudad.

Todos hemos sufrido el infortunio de perder las Llaves de casa o del coche, con su inquietud y ansiedad por reencontrarlas. Y siempre es una gran tranquilidad y alegría recordar el lugar donde estaban o la persona que nos abre la puerta. Pero, ¡atención! No perdamos las llaves espirituales, aquellas que abren el corazón de las personas y las hacen más Humanas, más Cristianas, más Espirituales y abren las puertas del Cielo.

El poder de las llaves, hoy, nos es una expresión normal y cotidiana. Vivimos totalmente sumergidos con mil llaves, contraseñas, códigos y números de acceso, que abren y cierran relaciones personales, puertas de propiedad, dinero o información. Pero sólo hay una llave de paso, un pivote, una llave maestra, que es Jesucristo y su única cláusula que nos pone en nuestro contrato estipulado es ésta: «Reconocerlo como Mesías, el Hijo del Dios Vivo». Y como dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy: «de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén».

 

Anton GordilloDomingo de la XXI semana de durante el año (23 agosto 2020)

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