Domingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Domingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 d’octubre de 2020)

Isaías 45:1.4-6 / 1 Tesalonicenses 1:1-5b / Mateo 22:15-21

 

Estimados hermanos.

El Evangelio de hoy nos ha dicho que los fariseos y herodianos quisieron sorprenderle con una trampa comprometedora. Le preguntaron si era lícito pagar impuesto al César, es decir, al emperador romano. Si contestaba que no era lícito el tributo, mostraría rebeldía frente al emperador, que podía ser denunciada y castigada por los magistrados romanos. Si, en cambio, respondía que había que pagar este impuesto, estaba reconociendo la potestad del César. En este caso, serían los judíos los que reaccionarían, movidos por motivos muy poderosos. Hay que tener en cuenta que el tributo es señal de sumisión a la autoridad que gobierna; el pueblo de Israel tenía un origen divino, por la promesa hecha a Abraham. Por lo tanto, confesaba que no tenía otro señor más que Dios, lo que impedía que aceptara ningún tipo de esclavitud. Pues bien, la sabiduría de Jesucristo neutralizó fácilmente la malicia de los adversarios. Pide que le enseñen una moneda del impuesto que llevaba grabada la imagen y la inscripción del César y responde con esta frase que todos conocemos: «Dad al César lo que es del César, ya Dios lo que es de Dios».

Dejando de lado las dos alternativas, Jesús se puso en un plano superior, y respondió distinguiendo el orden natural representado por César y el orden sobrenatural que corresponde a Dios. No sólo se escapa de la trampa, sino que además los hace ver a sus interlocutores su superficialidad. La riqueza hay que darla al emperador en su justa medida, pero el hombre es imagen de Dios y por eso le pertenece a Dios, que es su Creador, su Amo y Señor. Es como decir: vosotros pertenecéis a Dios; debéis obedecerle, siguiendo su voluntad.

La formación católica nos ha enseñado a reconocer que el hombre fue creado para este fin: glorificar al Señor, honrarle y servirle según la voluntad divina, y salvar así su alma, porque todo en este mundo no tiene otra razón de ser que ayudar al hombre a alcanzar este fin sobrenatural, la verdadera felicidad. Es necesario que la vida presente sea una preparación para la vida futura. Hay que subordinar los bienes temporales a los eternos. Por ello, hoy quizás nos puede dar más luz la segunda parte de la frase de Jesus que nos invita a tener la mirada puesta en Dios para vivir en su presencia, que es algo esencial en la vida de toda persona para vencer cualquier miedo.

Pero Dios es generoso con nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, aunque a menudo nosotros no escuchemos sus palabras, mostremos más interés por otras cosas, poniendo en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. Todos y cada uno de nosotros, hemos sido llamados a la vida nueva en Cristo, que se desarrolla en el seno de la Iglesia. Es formando parte de ella, de una manera activa, consciente y fructuosa, como el hombre puede experimentar la renovación integral de su ser, que nos ha regalado Dios en el misterio de la Encarnación redentora.

Nuestra Madre la Virgen supo dar a Dios lo que es de Dios, consagrándole su vida. Que ella nos ayude a vivir cada día con Él, por Él y en Él. Así también nosotros sabremos dar a Dios lo que es de Dios.

Anton GordilloDomingo de la XXIX semana de durante el año (18 de octubre de 2020)
Fiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Fiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat (13 de octubre 2020)

Isaías 25:6.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Juan 15:18-21

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, celebramos con alegría la fiesta de nuestros mártires, los monjes más ilustres de nuestra comunidad en toda su historia casi milenaria. Son los que dieron la vida por Cristo entre el verano de 1936 y el invierno de 1937.

La liturgia de este día rezuma una alegría serena, porque estos hermanos nuestros, por el bautismo y por la profesión monástica, se fueron identificando con Jesucristo, el Señor, de quien eran siervos, para decirlo con palabras del evangelio que acabamos de escuchar. Y como, tal como hemos oído, el siervo no es más que el dueño, ellos también la imitaron con el don cruento de la vida y ahora participan de su gloria. La suya, como toda sangre martirial, da fecundidad a la madre Iglesia, la hace resplandecer con una luz más pura y la llena de alegría al ver la donación radical a Jesucristo de estos hijos. Porque morir por Cristo -como enseña Tertuliano- no significa limitarse a la aceptación del dolor con la constancia de los estoicos, sino que es el testimonio más auténtico de la fe, del coraje, del amor por Cristo (cf. Ad Martyras, cap.1).

Por ello, ya en la oración que iniciaba esta nuestra celebración eucarística, pedíamos que «los mártires de Montserrat» nos fueran motivo de alegría. Y no sólo porque vivieron hasta el fondo su vida de bautizados y de monjes, sino también por «la corona fraterna» que forman. Aunque no fueron todos sacrificados conjuntamente, los lazos fraternos que los unían eran muy profundos. Habían formado una «corona fraterna» en el monasterio, unidos, tal como pide San Benito, en el combate cristiano y monástico (cf. RB 1, 5) para progresar en las virtudes y en la hermandad. Y, en el momento, supremo -cuando no antepusieron ni la propia vida al amor de Cristo (cf. RB 4, 21) – supieron seguir manteniendo esta fraternidad. El martirio selló su hermandad. Ahora juntos forman una corona victoriosa. Una corona ofrecida a Jesucristo, el Rey de los mártires que, a su tiempo los corona a ellos con la aureola del martirio y de la gloria. Son una corona, también, para la Iglesia que se alegra -tal como he dicho- de su fidelidad a Cristo y los muestra como verdaderos discípulos del Evangelio. Son todavía una corona para nuestra comunidad. Honran a Montserrat con su victoria martirial, ellos que llevaron hasta las últimas consecuencias la enseñanza de san Benito cuando habla de participar «de los sufrimientos de Cristo, con la paciencia», «hasta la muerte» en «la dulzura del amor «(cf. RB Prólogo, 49-50).

La liturgia de hoy, sin embargo, no sólo nos lleva a pedir que nuestros mártires nos sean motivo de alegría. También pedimos «que aumente el vigor de nuestra fe». Nuestra fe debe ser fuerte para poder perseverar en la adhesión a Jesucristo en el contexto social actual. Y quizás no siempre lo es, porque forma parte del itinerario cristiano y de nuestro proceso de creyentes, puede que a veces se debilite nuestra creencia, que nos encontremos en medio de la niebla o de la oscuridad. Por eso recurrimos a la oración y pedimos que el Señor nos dé más fe (cf. Lc 15, 5), que nos la vigorice. El ejemplo y la intercesión de los mártires nos ayudan a creer más profundamente -que significa fiarnos más totalmente de Dios- y a profundizar los contenidos de la fe y de la esperanza cristiana para saber dar razón de ella a nosotros mismos y a todo el que nos la pida (cf. 1 P, 3, 15). Es más, en la oración sobre las ofrendas, pediremos que el sacramento eucarístico que celebramos nos inflame el corazón en el amor a Dios. Porque la solidez de la fe va estrechamente unida a la firmeza del amor. De este modo, como dice todavía la oración sobre las ofrendas, podremos perseverar cada día en la vida de seguimiento de Cristo y llegar a disfrutar, con los mártires y los santos, del premio dado a los que se han mantenido fieles hasta el final.

Esta perseverancia, la liturgia de hoy la pide en la oración después de la comunión. Pide que perseveremos unidos a Dios por el amor abnegado, de tal forma que cada día vivamos de él y nos dedicamos por completo, sin dejar fuera ningún componente de la vida, al servicio de Dios, que es siempre inseparablemente al servicio a los demás.

Hay, todavía, finalmente, otra petición en la oración colecta que he comentado. Pide que el Señor nos «dé consuelo» por la intercesión de los mártires de Montserrat. Siempre lo necesitamos este consuelo, este bálsamo en las penas, en los dolores, en las oscuridades, mientras caminamos hacia el término avanzando en medio de alegrías y de dificultades. En los interrogantes ante la fe, en la falta de horizonte, en la enfermedad, en los contratiempos que puede presentar la convivencia, etc., necesitamos el bálsamo que suaviza las heridas del corazón. Pero, hoy, pedimos particularmente por intercesión de los mártires de Montserrat obtener consuelo en el contexto de la epidemia que padecemos y que continúa creando situaciones difíciles a varios niveles. No un consuelo esterilizante. Sino el consuelo, el confort, que permite superar el miedo, que permite continuar trabajando a favor de los demás, de ser solidarios no sólo tomando las medidas para evitar la difusión del virus, sino también para atender según nuestras posibilidades a tantas personas necesitadas debido a la crisis económica creciente que provoca. Y pedimos, también, el consuelo que viene de la resurrección de Jesucristo y que nos asegura que la muerte, por cruda que sea, es siempre el umbral de una vida nueva.

Que esta fiesta nos sea, pues, una invitación a vivir más intensamente la comunión fraterna en las comunidades cristianas, en toda la Iglesia. Que nos sea una invitación a progresar en la profundización de la fe y del amor a Dios y a los demás. Que por la gracia de la Eucaristía crezca en nosotros la esperanza de la victoria final iniciada en la Pascua de Jesucristo.

Anton GordilloFiesta de los Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2020)
Domingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Domingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (11 d’octubre de 2020)

Isaías 25:6-10a / Filipenses 4:12-14.19-20 / Mateo 22:1-14

 

Queridos hermanos y hermanas,

El texto evangélico que nos acaba de proclamar el diácono es la conocida parábola de los invitados a la boda del hijo de un rey y que tiene el mismo tema de fondo que la parábola de los viñadores homicidas que leímos el pasado domingo, es decir, el rechazo a la invitación que Dios hace para acoger la salvación que Él ofrece y que en el caso de hoy es representada con la imagen de un banquete de bodas.

El evangelista San Mateo, en el texto que acabamos de escuchar, ha unido dos parábolas: la de los invitados al banquete (Mt 22, 1-10) y la del comensal que no llevaba el traje adecuado (Mt 22, 11-14).

Adentrándonos en la reflexión de este texto evangélico nos damos cuenta de que la realidad que expresan las parábolas de este domingo es también nuestra.

¡Todo está a punto!, hemos escuchado para indicar que el banquete estaba preparado y que sólo hacía falta que la sala se llenara con los invitados. Participar en la fiesta de bodas es una invitación, no una obligación, por lo tanto se trata de una oportunidad, que al mismo tiempo reclama un gesto de libertad. En la parábola, Jesús nos presenta un Dios comprometido en preparar una fiesta en la que tiene cabida todo el mundo.

En esta parábola nos aparecen tres imágenes. La primera, la sala de la fiesta. Dios ofrece una fiesta y aunque a las invitaciones hechas no acude nadie. Ha invitado a muchos pero la sala quedó vacía y triste. El rey ha fracasado en su intento de organizar un banquete en ocasión de la boda de su hijo. Es una imagen dura que muchas personas han vivido a veces y que han visto que por razones diversas un convite o un encuentro que habían preparado con ilusión ha quedado en nada. Es una experiencia que duele.

En nuestro caso, en nuestra vida de fe, se trata de un Dios que no es escuchado ni tenido en cuenta, ya que pasan por delante muchas otras preocupaciones en lugar de lo que es esencial. Muy a menudo a pesar de afirmar nuestra creencia en él, Dios se convierte en irrelevante en nuestras vidas. La invitación del rey al banquete de la boda de su hijo, la llamada que Dios nos hace a cada uno de nosotros consiste en saber dar la importancia que le corresponde a las cosas de Dios. No cuidarlas puede convertirse en un drama para los hombres y mujeres de todos los tiempos, ya que está en juego la propia felicidad; aquella felicidad que sabe captar la alegría que hay detrás de la invitación de Dios y de las invitaciones que recibimos, bajo múltiples formas, por parte de los demás.

Otra imagen que nos propone el relato de hoy es la de los caminos. “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda». Podría parecer que se trata de una invitación hecha in extremis para llenar la sala y para que la comida preparada no se pierda. Pero no es eso. Se trata, en nuestras vidas, que a pesar del rechazo que Dios recibe a menudo de parte nuestra, él continúa llamándonos e invitándonos a su fiesta. Y si no hemos sabido responder a la primera invitación, su voz, a través de los que nos envía, nos llega a lo largo de los múltiples caminos que trillamos a lo largo de la vida. Dios siempre va más allá y no da nunca nada ni a nadie por perdido. Prueba de ello es que los criados invitaron a todos, tanto si eran buenos como si no lo eran. Y la sala se llenó.

Otra imagen que nos ofrece el evangelio de hoy y que es en sí misma una segunda parábola, es la del invitado que no lleva el traje adecuado para asistir a la fiesta y que es sacado de la sala. La lógica humana nos hace decir, si iba por los caminos, ¿cómo podía llevar un vestido de fiesta? ¿será que los otros invitados iban ya bien vestidos por si alguien los invitaba? Por eso cabe

preguntarse: ¿Qué significado tiene llevar o no llevar el vestido adecuado a una boda? Más aún cuando hoy, en muchas celebraciones se va con la ropa habitual.

En primer lugar hay que decir que no se trata de un traje externo, sino de un vestido que hace referencia a lo que se nos dijo el día de nuestro bautismo al sernos entregado el vestido blanco: «has sido revestido de Cristo”, más aún, se nos dijo «conserva este vestido hasta el día de la venida del Señor». Por tanto no se trata de un vestido material sino que se trata de un revestirse, poco a poco, a lo largo de toda la vida y a veces con mucho esfuerzo y paciencia, para revestirnos de Cristo, es decir, hacer nuestros sus gestos, sus palabras, su mirada, sus manos y los sentimientos de su corazón. Se trata de hacer llegar la luz del Evangelio a todos los rincones de nuestra vida, para que en Cristo la vida misma, en su cotidianidad se convierta en una fiesta. Y no hay que desalentarse, ya que el revestirse con el traje apropiado es para nosotros el propio proyecto de vida, nuestro camino. Y es una tarea importante en este tiempo que pandemia que vivimos. Son tantos y tantos los que han hecho el esfuerzo de revestirse con el traje de la solidaridad, de la compañía, de la ayuda material,… creando a su alrededor el banquete de la amistad, el banquete de la confianza, el banquete del consuelo.

Hermanos y hermanas, las parábolas que hemos proclamado en este domingo nos ayudan a saber quién es Dios. Demasiado a menudo lo pensamos o lo vivimos como alguien lejano, separado de nuestras obligaciones. Pero no es así. Dios se encuentra en la sala de la vida, en esta sala del mundo, como una promesa de felicidad y no como una amenaza de castigo; Dios trabaja para que la sala esté llena. Pero cuidado, por nuestra parte no seamos fáciles en juzgar el vestido de los demás sino dejémonos revestir por la mirada, por la mirada de Dios que todo lo transforma y todo lo hace nuevo.

 

Anton GordilloDomingo de la XXVIII semana de durante el año (11 de octubre de 2020)
Domingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Domingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)

Homilía del P. Sergi d’Assís Gelpí, monje de Montserrat (4 d’octubre de 2020)

Isaías 5:1-7 / Filipenses 4:6-9 / Mateo 21:33-43

 

Queridos hermanos y hermanas,

En la antigua Roma, cuando un general desfilaba triunfalmente por las calles de Roma tras una victoria, tenía tras de sí un esclavo que le iba diciendo: «Memento mori» ( «recuerda que tienes que morir»). Tertuliano nos dice que le decían: «¡Recuerda que eres un hombre!».

Estos días me ha venido a la memoria esta tradición antigua viendo la pandemia. ¿No podríamos decir que todo esto que estamos viviendo a nivel mundial es como aquella vocecita que nos dice: recuerda tu limitación, la contingencia más cruda, que no todo lo puedes controlar ni prever? La pandemia nos ha cogido a todos desarmados.

Ahora mismo, además de todos los que os encontráis en la basílica de Montserrat, hay miles de personas que nos seguís a través de los medios de comunicación. Y seguro que, entre todos vosotros, también habrá que no se sienta creyentes, pero que está siguiendo esta celebración haciendo compañía a alguien de casa, o bien sencillamente porque haciendo zapping se han quedado mirando la Misa sin saber demasiado por qué. Me gustaría que estas palabras que voy a decir sean también significativas para vosotros.

El Evangelio de hoy es duro, Jesús provoca a quienes le escuchan. Y lo hace con un cuento lleno de mensaje. Habla de unos hombres a los que se les ha confiado una viña para que la hagan fructificar. Al cabo de un tiempo, cuando ya la habrían podido hacer rendir, van recibiendo visitas de unos enviados que les preguntan como han aprovechado este regalo. Y en lugar de interpretarlo como llamadas a la responsabilidad, a ser conscientes del don que han recibido, no lo saben encajar y rechazan absolutamente todas estas visitas. Eran llamadas que les podían hacer valorar más lo que se les había confiado, aquel tesoro que era la viña. Pero no lo hacen, al contrario.

Este Evangelio me ha hecho pensar en una historia que me ha acompañado desde hace años. Todos leemos el Evangelio y la vida misma a partir de nuestra biografía, de lo que hemos vivido y que hemos recibido. En mi casa, desde pequeño he oído hablar de Joan Alsina, un cura que mis padres conocieron cuando eran jóvenes y que todavía mucha gente lo recuerda en mi pueblo Malgrat, donde dejó una buena huella los pocos años que estuvo como vicario.

El caso es que Joan fue a misiones, concretamente en Chile. Allí, estuvo muy comprometido con la gente más sencilla. Cuando hubo el golpe de estado del año 73, él era el jefe de personal de un hospital de la capital. Se vivieron días de mucha confusión, violencia e injusticia. Le llegó a través de amigos que, por su implicación social, corría peligro si volvía al hospital. Él dijo que no tenía nada que ocultar, y que no dejaría de servir a quienes lo necesitaban, y más aquellos días tan complicados. El caso es que fue al hospital y ya no volvió.

Días después, encontraron en su mesilla de noche un escrito impresionante donde, entre sus palabras y palabras bíblicas, expresa su dolor, un sufrimiento muy grande la noche antes de volver al hospital. Pero acaba este escrito con confianza, con letras más grandes escribe: «Adiós. Él nos acompaña siempre, dondequiera que estemos”.

Tiene miedo, pero es mayor su confianza en que el Amor es más fuerte. Y que por eso vale la pena seguir adelante.

Se hizo correr la versión que Juan había muerto en un tiroteo. «Fake news», que diríamos ahora. Pero todos los que lo conocían sabían que él no habría cogido un arma. Entonces un cura catalán decidió buscar a su asesino, y aclarar los hechos. Su búsqueda duró años. ¡Y al cabo de 17 años, lo encontró!

El chico que lo había asesinado, entonces ya mayor, se puso a llorar. Aquellos días del golpe de estado habían matado a muchos, pero recordaba perfectamente a Joan y como había ido todo. Y es que en el momento de irlo a fusilar, se le acercó para ponerle una venda en los ojos como hacían habitualmente, y Joan le dijo: «Por favor, no me pongas la venta, mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón». Aquel hombre, pasados tantos años, aún conservaba una esquela de Joan que miraba de vez en cuando. Y guardaba como un recuerdo imborrable de que aquel hombre lo había perdonado de todo corazón.

Nosotros, evidentemente, estamos viviendo momentos muy diferentes de lo que él vivió. Entonces, ¿por qué he contado esta historia hoy? Y ¿qué relación tiene con el Evangelio que hemos escuchado y con lo que vivimos? Pues porque Joan habría podido esconderse, habría podido pensar que todo lo que sucedía no iba con él, habría podido vivir todos aquellos acontecimientos como obstáculos en su camino de entrega a los demás. Y en cambio, leyó los hechos de aquellos días como oportunidades para darse más, para estar más comprometido, para ser más coherente con sus principios de hacer un mundo mejor.

En el Evangelio, aquellos hombres que han recibido la viña no interpretan bien las visitas que les preguntan cómo han hecho fructificar la viña. Nosotros también recibimos visitas de este estilo en nuestra vida, situaciones que nos pueden hacer pensar en cómo estamos cuidando todo lo que nos ha sido confiado y de nuestra propia vida.

Para cada uno, estas situaciones (que pueden ser desagradables y generarnos rechazo) serán diferentes. Pero es verdad que también hay hechos que nos afectan colectivamente: la pandemia con todas sus consecuencias, la situación política, y con una mirada más larga, este mundo tan mal repartido que provoca que mucha gente de los países del Sur se vaya de su país para buscar una vida mejor en el Norte.

¿De qué manera podríamos dejarnos interpelar por estas situaciones, y responder según nuestros valores y principios? ¿De qué manera podríamos vivirlas como llamadas a ser más auténticos?

No hay una sola manera, cada uno debe encontrar la suya sinceramente. Pero Jesús nos llama a estar atentos: hemos recibido una viña, y debemos cuidarla.

Que Él nos ayude a acertar los caminos para responder a sus llamadas constantes.

 

Anton GordilloDomingo de la XXVII semana de durante el año (4 de octubre de 2020)
Homilia de la Misa Exequial por el P. Hilari Raguer  (3 octubre de 2020)

Homilia de la Misa Exequial por el P. Hilari Raguer (3 octubre de 2020)

Homilía del P. Josep M. Soler, Abad de Montserrat (3 de octubre de 2020)

Job 19:1.23-27 / Romanos 8:14-23 / Juan 17:24-26

 

Estimados Sr. Arzobispo, hermanos monjes y concelebrantes, autoridades, hermana y familiares del P. Hilari, hermanos y hermanas en Cristo:

En el libro de Job que hemos leído en la primera lectura, hemos encontrado un testimonio de fe que a la luz de Jesucristo toma todo su significado. Y que en estos momentos de separación de un ser querido nos ofrece un consuelo y una esperanza sólidos. Estas palabras de Job, leídas desde la perspectiva evangélica, expresan, también, la convicción profunda que ha empapado toda la vida del P. Hilari.

Recordémoslo. Job decía: Yo sé que mi defensor vive y que él será mi abogado aquí en la tierra. Y aunque la piel se me caiga a pedazos, yo, en persona, veré a Dios. Con mis propios ojos he de verlo yo mismo. En último término, al final de la vida terrena de una persona, lo que cuenta es saber que tenemos un defensor, que nos protege de lo que pueda haber de menos acertado en la vida y que nos protege del poder de la muerte misma. Este defensor, tal como dice Job, nos llevará a contemplar a Dios, nos llevará a la vida para siempre.

Este defensor vivo es Jesucristo, que vive tras haber experimentar las angustias de la muerte. Él puede atestiguar a favor nuestro porque ha clavado en la cruz el documento donde constaban todas nuestras negligencias y nuestros pecados (Ef 1, 7). Puede atestiguar a favor nuestro porque él ha pagado nuestra deuda y nos ha liberado (cf. Rm 5, 5-8). Uniendo nuestro sufrimiento y nuestra muerte a los suyos, nos apoya también en el momento del traspaso y nos anuncia la buena nueva de la vida para siempre y de la glorificación cerca de él en su Reino.

Por eso podíamos cantar en el salmo: los que esperan en ti no quedan defraudados. El Señor, en el amor que nos guarda desde siempre, se compadece, mira nuestra aflicción y nuestras penas, ensancha nuestro corazón oprimido, nos perdona y nos saca de la desgracia de la muerte. Porque es nuestro defensor, que fue muerto y ahora vive para siempre y tiene las llaves de la muerte y del abismo (Ap 1, 18). Para ser defendidos por él, simplemente basta con no cerrarse a su obra de amor.

Este mismo mensaje intuido en la primera alianza, lo encontrábamos, ya desde la luz pascual, en la carta de San Pablo a los cristianos de Roma. El apóstol daba un paso más de lo que podíamos deducir de una lectura cristiana del texto de Job y del salmo, y nos hablaba de nuestra filiación divina. Somos hijos de Dios por don, gracias a Jesucristo y al Espíritu Santo, que es el otro defensor que el Padre nos ha dado (cf. Jn 16, 7-11). Y Pablo decía, todavía, los sufrimientos de esta vida, y la muerte misma, son como unos dolores de parto de la vida nueva que nos es otorgada. Por eso podemos vivir siempre en la esperanza de ser redimidos y glorificados una vez hayamos sido liberados de todo lo que nos esclaviza, del dolor y de la muerte. Esta es nuestra esperanza empapada de fe y de oración en la muerte del P. Hilari.

Él, había nacido en Madrid en 1928, de padres ripolleses, que el año siguiente se trasladaron a Barcelona. Educado en los escolapios de Balmes, de joven había pertenecido al grupo de universitarios católicos catalanistas «Torras y Bages». Se licenció en Derecho en la Universidad de Barcelona. En 1951, fue detenido, procesado y encarcelado en el Castillo de Montjuic por su antifranquismo activo y por sus actividades a favor de Cataluña y de sus derechos. En 1954 ingresó en nuestro monasterio. Él solía explicar que en ese momento no sabía demasiado en qué consistía la vida monástica, pero que veía que en Montserrat podría servir a Dios y Cataluña. Profesó un año después y en 1960 fue ordenado sacerdote. Empezó entonces una larga trayectoria de estudios y de servicios pastorales difícil de resumir. En la Sorbona de París, en 1960 se licenció en Sociología y obtuvo en el Instituto de Estudios Sociales, también de París, el Diploma en Estudios Superiores en Ciencias Sociales y Políticas. En 1975 obtuvo el Doctorado en Derecho en la Universidad de Barcelona y en 1979, después de hacer unos cursos en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, se licenció en Teología bíblica en el Pontificio Ateneo de San Anselmo también de Roma. Del 1962 al 1965 y de 1968 a 1972 formó parte de la comunidad benedictina de Medellín, fundada por nuestro monasterio en Colombia. Allí fue maestro de novicios, profesor en el Instituto de Liturgia del CELAM, en el seminario mayor de Medellín en la Universidad Bolivariana, además de formar parte del Secretariado Nacional de Liturgia de Colombia. Antes de ir a Colombia había fundado la revista «Documents d’Església «.

Vuelto a Montserrat en 1975, fue profesor en el Centro de estudios teológicos del monasterio, en la Facultad de Teología de Barcelona y al CEVRE. También col laboró activamente en la pastoral del santuario e hizo acompañamiento espiritual de muchas personas. Su trabajo de investigación en el ámbito de la historia, particularmente en la época de la guerra civil de 1936 y también de cómo esta implicó a la Iglesia, ha sido muy extenso; y merecen ser destacados los cinco volúmenes del Archivo de la Iglesia catalana durante la guerra civil. También son notables, por su capacidad pedagógica y divulgativa, sus publicaciones sobre los salmos y sobre la Liturgia de las Horas. El P. Hilari fue miembro del equipo internacional del Istituto por le Scienze Religiose de Bologna, que, dirigido por el profesor Giuseppe Alberigo, publicó la Historia del Concilio Vaticano II. Últimamente había publicado algunos textos de reflexión bíblica y cristiana a cuatro manos con Oriol Junqueres. Su labor investigadora fue premiada, entre otros galardones, con la Cruz de Sant Jordi y con la Medalla de Oro de la Universidad de Barcelona.

Valga este resumen para ver como el P. Hilari, en su vida de monje, ha servido a Dios, a la Iglesia y a Cataluña. Una Iglesia y una Cataluña que quería libres de toda servidumbre injusta. Era un hombre de fuertes convicciones y muy recto, que sabía unir a un gran sentido del humor. Mantenía fuertemente sus posiciones y sabía defenderlas con pericia de abogado. Esto en algunos momentos de su vida le supuso encontrarse en situaciones difíciles. Sus profundas convicciones cristianas, en cambio, lo llevaban de una manera u otra a procurar superarlas desde la caridad fraterna.

Job decía que contemplaría a Dios. Y Jesús en el evangelio pedía que aquellos que el Padre le ha dado puedan estar con él, el Señor y Defensor, y así vean su gloria. Ahora, todos unidos -los monjes, los concelebrantes, su hermana Isabel, sus familiares y amigos– ofrecemos la Eucaristía para que el Señor, en su amor, lo purifique de las faltas que haya podido tener y le conceda contemplarlo en su gloria.

Así se cumplirá el deseo profundo del P. Hilari, tal como lo expresaba en 2014, cuando decía: «estoy a punto de cumplir ochenta y seis años y miro atrás, como lo hacía Juan XXIII cuando, en sus postrimerías contemplaba «la ‘umile arco della mia vita», [es decir] la parábola que describe mi vida, ya en la parte descendente cerca de su término. Veo una trayectoria muy diferente de la de Roncalli – Juan XXIII, pero como él contemplo cómo Dios me ha acompañado siempre con su providencia amorosa, y eso me hace esperar confiado el final y el más allá «(cf. D. Pagès , ¿Qué te ha enseñado la vida ?. 2019, p. 144)

Anton GordilloHomilia de la Misa Exequial por el P. Hilari Raguer (3 octubre de 2020)
Domingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (27 de septiembre de 2020)

Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El conjunto de las lecturas bíblicas de este domingo nos ponen ante el tema de la responsabilidad moral que tenemos los cristianos. Por un lado, el cristianismo es el heredero de la gran tradición del mundo griego antiguo: la vida virtuosa, la honradez, la justicia, la grandeza de espíritu. Pero Jesucristo nos muestra que seguirlo va mucho más allá de este sustrato histórico, él mismo nos enseña que la fe sin obras es estéril y que las obras sin la fe son inútiles.

En realidad, la primera gran enseñanza cristiana sobre la moral es la radical libertad que tenemos como seres humanos. Somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y semejanza; y por tanto, hemos sido hechos partícipes de la misma libertad de Dios. A menudo se habla mucho de la libertad pero no se comprende cuál es su sentido más profundo. La libertad no es la capacidad de hacer lo que queramos y cuando queramos, sino que es la radical capacidad de buscar la verdad y de hacer el bien. Dios no quiere que lo busquemos desde la esclavitud sino desde la libertad.

Pero esto conlleva una gran exigencia: tenemos el derecho y el deber de elegir, cada día, en cada actividad, en cada acción, en cada pensamiento: forma parte del don que Dios nos ha dado. Debemos ser conscientes de que lo que hacemos aquí y ahora tiene consecuencias eternas. Debemos ser valientes para asumir esta responsabilidad. De lo contrario caeríamos en la tentación del discurso que hizo el Gran Inquisidor en un célebre capítulo del libro Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoyevski. Decía este Gran Inquisidor que Cristo nos había cargado con el peso insoportable de la libertad, por lo que la humanidad había sido incapaz de llevar esta carga y había optado, en su lugar, por la felicidad, una felicidad ficticia.

El evangelio de hoy nos presenta, pues, a dos hijos que hacen uso de su libertad. Cuando el padre les manda que vayan a trabajar en la viña, el primero dice que no pero finalmente va a la viña; en cambio, el segundo dice que sí pero en realidad no va. Sorprende, en primer lugar, que Cristo no ponga el ejemplo de un hijo perfecto, del hijo que dice que sí y lo hace. Quizá es que el cristiano perfecto no existe: todos y cada uno de nosotros somos pecadores, todos y cada uno de nosotros hemos sido marcados por el pecado original.

Al contrario, Cristo nos pone como ejemplo a seguir el del hijo que dice que no a su padre, pero finalmente va a trabajar en la viña. El camino a seguir es el del arrepentimiento y el de la conversión. El arrepentimiento y la conversión nos liberan y nos ayudan a actuar correctamente. La moral cristiana no es un camino de esclavitud sino un camino de liberación. Nuestro Dios no es un Dios vengativo que pasa lista de nuestros errores sino que es el Dios del amor, que perdona y se compadece de nosotros hasta setenta veces siete. Es el Dios que nunca manifiesta tanto su omnipotencia como cuando perdona y se compadece.

En cambio, el segundo hijo, es el que dice: «No va bien encaminada la manera de obrar del Señor». Es aquel que se encadena con los grilletes de la hipocresía y de la vanidad, que no son sino los fundamentos de la soberbia. El segundo hijo no sabe utilizar correctamente su libertad y vive en la esclavitud.

La fe cristiana nos pide, pues, una coherencia de vida en nuestro decir y nuestro hacer. Pero para que la moral no se convierta en un conjunto de normas estériles y

opresoras deben tener siempre a Cristo por referente. Aquel Cristo a quien Dios exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre. Otro autor ruso, el filósofo Vladimir Soloviov, escribió a finales del siglo XIX un pequeño cuento titulado El Anticristo. Hablaba de un personaje que en medio de las calamidades del mundo se erigía como gran político y como gran servidor del pueblo, era un personaje brillante, sabio y moralmente irreprensible. Pero tenía un defecto: se puso él en el lugar de Cristo. La conclusión es fácil: «¿De qué sirve entonces ganar el mundo si perdemos el alma?» (Mateo 16, 26).

Estimados hermanos y hermanas, un poeta griego llamado Arquíloc escribió: «El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo sabe una pero es muy grande». Los cristianos somos como un erizo, puede que no sepamos muchas cosas pero sí sabemos una de muy grande: nuestra vida no es nada sin Cristo y, con Cristo, lo es todo.

 

 

Anton GordilloDomingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)
Domingo de la XXV semana de durante el año (20 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXV semana de durante el año (20 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (20 de septiembre de 2020)

Isaías 55:6-9 / Filipenses 1:20c-24.27a / Mateo 20:1-16a

 

Algunos evangelios son, queridos hermanos y hermanas, difíciles de aceptar por la rareza de lo que cuentan de Dios. La discriminación positiva que el propietario, representando a Dios Padre, hace de los trabajadores que han trabajado menos y que cobran lo mismo, nos rompe demasiado los esquemas. Rompe uno de los principios de nuestra sociedad occidental fundamentada en el derecho romano que tenía como una de sus tres máximas la frase: Suum quique tribuere: es decir dar a cada uno lo que le toca. Entendemos así la justicia. ¿Quién acepta hoy trabajar igual y ganar menos? ¿Qué sindicato lo aceptaría o qué empresario se atrevería a hacerlo?

¿Qué significa esta generosidad de Dios independiente de nuestro esfuerzo? ¿Nos escaparemos de buscar todo el sentido?

¿Diremos que el mismo evangelio nos dice que estas ideas sirven para describir el Reino del Cielo, por lo tanto algo que se mueve en otro ambiente distinto al nuestro de cada día?

Diremos que Dios puede ser así de generoso porque conoce la verdad de cada persona, de cada situación pero que nosotros en la vida de cada día, tenemos que encontrar el equilibrio porque todo es muy ambiguo…, que ya lo decía el mismo Isaías, Como el cielo es más alto que la tierra,

mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

Diremos que la frase final: ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?, es ingenua y quizás servía para los propietarios de antes del contrato social que hace que nos demos infinidad de leyes y reglas que precisamente no nos dejan hacer lo que queremos ni en nuestra casa?

Todas estas razones pueden ser instrumentos de supervivencia, pero me parece que Dios y la realidad del Reino tal como nos lo presenta el Evangelio, son para iluminar este mundo y no otro de paralelo y que podemos dar excusas y perdernos en justificaciones infinitas, pero no le vamos a sacar nada a la radicalidad del evangelio por mucho que nos cueste.

El evangelio de hoy nos presenta primero un Dios que llama a todo el mundo. Hasta los ociosos. Este julio cuando escuchaba hablar de cómo en los pueblos del Segrià de madrugada se contrata a los temporeros, mirando sus cualidades, pensaba en este Evangelio y me decía: Dios los querría a todos.

Pero además, nos presenta un Dios gratuito. No nos dice nada de méritos especiales, de necesidades extras de los trabajadores de última hora favorecidos con una paga igual que los de la primera. Me parece que lo hace así, para centrarse totalmente en Dios: para explicar una generosidad y una naturaleza de Dios que escapa a cualquier cálculo, a cualquier reciprocidad, a cualquier justicia humana…

¿Qué sentido tiene esto en nuestras vidas? A veces tengo la impresión de que nos cuesta mucho aceptar las ideas radicales del evangelio aplicadas a Dios y en cambio aceptamos utopías y heroicidades tanto o más grandes con mucha más facilidad… parece que nos creamos, de los hombres y de las mujeres, posibilidades que no nos creemos de Dios ni de nosotros mismos.

¿O, es que quizá no hay en nuestro mundo, muchos ejemplos de amor fuera de cálculos, dentro y fuera de la Iglesia?

La idea de un Reino de los cielos donde el mínimo es la justicia, para que el propietario en el evangelio de hoy no rompe ninguna palabra ni ningún pacto, y el máximo es la generosidad fuera de toda medida, es una utopía, la utopía de Dios. Para los cristianos, la más grande que existe. Todas las utopías, como las estrellas, son inalcanzables pero sirven para iluminar, guiar e inspirar nuestra vida y por lo tanto, la generosidad de Dios también debe servir para eso. Para inspirar nuestra acción un poco más allá de los cálculos, para no contar siempre lo que nos han hecho y lo que devolveremos nosotros… una tendencia muy humana y muy poco evangélica.

Pero la radicalidad del Evangelio, la radicalidad del amor practicado con la misma medida de Dios no es un idealismo que nos ha de angustiar porque siempre tenemos delante su imposibilidad. No es un idealismo paralizador, un idealismo inalcanzable. En su sabiduría infinita, Dios sabe de qué somos capaces y no piensa en superhombres o supermujeres. Sabe que sus caminos no son nuestros, pero nos invita siempre a la conversión, con una paciencia infinita, rico en perdón. Nada de parálisis: estímulo a amar en toda situación, en el horizonte del cumplimiento final del amor en la vida eterna.

Las situaciones difíciles han sido siempre personalmente y colectivamente momentos de cambio, de gracia, de crecimiento si las hemos vivido con el espíritu de la conversión y de vuelta a un mundo justo, y más que justo. Ojalá la pandemia y todas sus consecuencias que nos traiga, con su sufrimiento real e innegable para tanta gente en esta conversión.

Dar, amar, perdonar son las muestras más grandes de la generosidad y de la libertad de Dios. Que la eucaristía de hoy sea una llamada a de Dios a ser libres y estimar con una libertad y un amor igual a los suyos.

 

Anton GordilloDomingo de la XXV semana de durante el año (20 de septiembre de 2020)
Domingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (13 de septiembre de 2020)

Sirácida 27:30-28 / Romanos 14:7-9 / Mateo 18:21-35

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de oír parte del capítulo 18 del Evangelio según Mateo, un capítulo donde el evangelista nos ofrece el «Discurso de la comunidad» que es un discurso que recoge diversas dichos de Jesús sobre las relaciones fraternas entre los miembros de la Iglesia. La semana pasada vimos el tema de la corrección fraterna, hoy es el del perdón.

En este fragmento, Pedro hace a Jesús una pregunta, una pregunta que no ha perdido nada de su relevancia y que nos podemos hacer nosotros: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? Nos podemos reconocer perfectamente en esta impotencia para estimar el otro más allá de las heridas recibidas de él. Pero Jesús responde con lo imposible: «No os digo hasta siete veces, sino setenta y siete veces». Algunos textos del Antiguo Testamento pedían que se concediera el perdón al menos tres veces. Pedro ya parecía ser audaz y generoso al imaginar un perdón dado hasta siete veces. Jesús, en cambio, va más allá rompiendo todas las medidas del perdón. Deshace el terrible canto de violencia pronunciado por Lámec el Génesis cuando éste dice «Siete veces Caín será vengado, pero Lamec lo será setenta y siete» (Gn 4,24), y exige a sus discípulos perdón ilimitado, expresado a través de la cifra desorbitada de «setenta veces siete».

Si Jesús se hubiera detenido aquí, sería comprensible desanimarnos. Pero Jesús continúa con la conocida parábola del deudor perdonado. Un ministro tenía una enorme deuda con su rey, indicada en los 10.000 talentos, una cantidad exorbitante. Aquel pide perdón al rey, suplicándole que le dé tiempo. El rey, conmovido por la condición del subordinado, no sólo aplazó la deuda, sino que lo perdonó completamente. Pero en cuanto salía el ministro de la presencia del rey, se encuentra con un compañero que tiene una pequeña deuda con él y, a pesar del perdón que acaba de recibir, aplica un rigor inexorable que no conoce plazos ni tolerancias.

El significado es claro, cada uno de nosotros es inmensamente deudor de Dios: de la vida, de la salvación, de todo el mal que hemos escogido y cometido, hiriendo a los demás, a nosotros mismos, a la creación. Sin embargo, Dios siempre está dispuesto a perdonar, a rehabilitarnos, a levantarnos de la caída. Su misericordia no tiene límites, siempre se ofrece plenamente y a todo el mundo. Aquí tenemos la raíz profunda y la fuente de este perdón que Jesús pide que vivan sus discípulos. Si olvidamos la misericordia obtenida o si no sabemos verla, nos reduciremos a ser rigoristas intransigentes como el ministro de la parábola. Si no sé hasta qué punto Dios es bueno para mí, cómo su bondad supera cualquier simple justicia, cuánta paciencia me ha concedido a lo largo de mi vida, siempre arriesgaré a medir las faltas de los demás en la escala de mi rigorismo, de mi estrechez de corazón.

La misericordia por el ministro es el sentimiento y la acción de Dios por nosotros. Dios nos mira con esta misericordia. Sabe de qué estamos hechos, sabe que somos débiles. Un niño no puede crecer si cuando cae no es acogido una y mil veces, consolado, y alentado a volverlo a intentar; ni puede madurar de una manera sana si siempre se le acusa, se le critica. La vida siempre empieza de nuevo, descubriendo que se nos ha concedido una nueva posibilidad: esta es la lógica de Dios.

Quien no entre en esta lógica, quien no se adentre en esta generosidad vivirá intentando demostrar que es bueno y capaz pero no perdonado, intentando demostrar que merece vivir. Y, en consecuencia, controlando y juzgando el «rendimiento de los otros», con una mirada a menudo hipercrítica y minuciosa. Pero no se vive por el mérito, sino por la gracia. Todo es gracia. Todo es generosidad divina. ¡Cuanto más se abre el corazón a esta bondad, más bueno se vuelve! Por lo tanto, Jesús nos pide que estemos siempre dispuestos a conceder generosamente el perdón, soltando todo tipo de resentimiento, de rencor, sin recurrir a principios vanos y raquíticos como el del «perdono, pero no lo olvido».

El perdón es escandaloso porque pide la conversión, no de quienes han cometido el mal, sino los que la han sufrido. Cuando, ante una ofensa, creo que estoy satisfaciendo mi deuda con un reproche, todo lo que hago es elevar el nivel de dolor y violencia. Creo que estoy curando una herida en curar mi propia herida, como si el mal pudiera ser reparado, curado por otro mal. Pero entonces ya no será una, sino dos las heridas que sangran.

El evangelio nos recuerda que somos más grandes que la realidad que nos hirió, que podemos tener el corazón de los reyes, que podemos ser tan grandes como «el perdón que rompe los círculos viciosos, rompe la compulsión de repetir el mal sufrido en otros, rompe la cadena de culpa y venganza, rompe las simetrías del odio «, como decía una pensadora judía (Hannah Arendt).

Hermanos y hermanas, El tiempo del perdón es el coraje de la anticipación: hacerlo sin esperar a que todo pase y vuelva a su lugar sin más; es el coraje de los comienzos y de las partidas, porque el perdón no libera el pasado, sino que libera el futuro.

Que el Señor nos ayude a vivir con esta mirada misericordiosa y con este corazón libre, mirada y corazón de quien se sabe perdonado y aprende, en Cristo, a perdonar.

 

Anton GordilloDomingo de la XXIV semana de durante el año (13 de septiembre de 2020)
Solemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Solemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 septiembre 2020)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza, decía el salmista. Era, hermanas y hermanos, un salmo responsorial muy corto, pero de una gran profundidad y de un contenido que abarca muchos siglos de historia. El salmista manifiesta su confianza en el amor de Dios, y esa confianza se transforma en alegría por la salvación que le es prometida y, también, en alabanza a Dios por sus beneficios.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Era la confianza que alimentaba la esperanza del resto fiel del pueblo del Antiguo Testamento y le infundía alegría por la salvación que el Señor enviaría. Se sabía depositaria de las promesas mesiánicas que esperaba. Detrás de cada nombre que hemos escuchado de la genealogía, hay una historia que parte de Abraham, y en medio de luces y de sombras, quizás más de sombras que de luces-, llega hasta Jesús, nacido de María. Es una historia tejida de fidelidades, de debilidades y de pecados, pero sobre todo de fidelidad por parte de Dios a sus promesas. Durante siglos, no se veía el cumplimiento. Pero los hombres y mujeres de fe tenían plena confianza en que Dios no les dejaría confundidos. Esperaban que llegaría el día en el que se cumplirían aquellas palabras del profeta: consolad a mi pueblo … decidle que se ha acabado su servidumbre, que ha sido perdonada su culpa (Is 40, 1-2). Esperaban que se harían realidad lo que Dios había dicho a David: pondré en tu sitio uno de tu linaje […]; tu casa y tu realeza se perpetuarán […]; tu trono permanecerá por siempre (2Sa 7, 12-16). Lo esperaban incluso cuando, debido a la deportación a Babilonia (que era el periodo que comprendía el último tramo de la genealogía que hemos escuchado), la dinastía de David parecía extinguida para siempre y humanamente no había ninguna esperanza de que fuera restablecida. El resto fiel del pueblo, sin embargo, continuaba confiando y creyendo en la palabra divina y esperaba que llegara el momento en el que se cumpliría la profecía que decía: la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14).

En medio de la larga noche de siglos que desde Abraham hasta José, el carpintero de Nazaret, hubo hombres y mujeres fieles que vivían con esperanza, hasta que llegó el momento de gracia esperado y nació Santa María, la que sería esposa de José y de la cual nació Jesús, llamado Cristo, como decía el final de la genealogía. Ella es la madre de la que hablaba, también, la profecía de Miqueas que hemos escuchado en la primera lectura. En ella se hace realidad, como hemos escuchado en el evangelio, lo de que la virgen tendrá un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. En María, pues, comienzan a cumplirse las promesas. Las hechas a Abraham sobre la descendencia que tendría y que sería bendición para todos (cf. Gn 12, 1-3.7). Y las hechas a David diciendo que su trono perduraría para siempre (cf. Sal 131, 11-12). Ambas se cumplen plenamente en Jesucristo hijo de María.

Por eso la Iglesia, extendida de oriente a occidente, celebra con tanto gozo la solemnidad de hoy. El nacimiento de Santa María anuncia el de Jesús. Ella, pequeño niño en pañales, es como la aurora que precede la venida del sol, de aquel Sol, Jesucristo, venido del cielo para iluminar, curar y salvar a todos. (Lc 1, 78).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Estas palabras expresan, también, la vivencia espiritual de María a lo largo de su vida. Como vemos en el Magníficat y cantábamos en el salmo, ella aclamó al Señor, llena de gozo (Is 61, 10); su corazón se alegraba porque se veía salvada al considerar las maravillas que Dios obraba en ella y a través de ella a favor de todo el pueblo creyente, a favor de toda la humanidad (cf. Lc 1, 47-55). La mayor de las cuales era la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas para ser el salvador del mundo. No todo fueron momentos de luz en la vida de la Virgen María; hubo situaciones de dolor y de oscuridad en los que una espada le traspasaba el alma (Lc 2, 35), pero como el resto fiel de Israel y de una manera aún mayor, ella seguía creyendo, continuaba esperando, continuaba fiándose de las promesas de Dios, continuaba amando y sirviendo. Así se daba generosamente al Dios que la había escogido y la quería tiernamente, y se entregaba a los otros a imitación de Dios que se daba y se da a la humanidad. María nos enseña a ver la historia humana, también la nuestra, toda traspasada por el amor de Dios, de generación en generación y nos hace entender la fidelidad de Dios a la promesa hecha a Abraham y a su descendencia para siempre (cf. Lc 1, 50.55).

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. Los cristianos sabemos cómo la humanidad entera es amada por Dios porque Jesucristo, el Hijo de María, nos lo ha mostrado. Y por eso aclamamos al Señor llenos de gozo. Sabemos, también, que el período de la historia que nos toca vivir es continuación de la historia de salvación que ya atravesaba invisiblemente las generaciones de las que nos ha hablado del evangelio de la genealogía. Las promesas hechas a los patriarcas y a David se cumplen en Cristo y en la Iglesia, que es el gran pueblo en que Dios había dicho que se convertiría la descendencia de Abraham y que sería portador de bendición para toda la humanidad (cf. Gn 12, 2). Vivimos en continuidad con la historia de la primera alianza, sin embargo, con una particularidad muy grande: Jesucristo, el resucitado, hace camino a nuestro lado, es cada día el Emmanuel, el Dios con nosotros (Mt 28, 20). Esto nos debe infundir confianza en todas las circunstancias de nuestra vida y nos ha de acompañar siempre. Dios continúa con su proyecto a favor de la humanidad, de una manera imperceptible pero eficaz, siempre según su plan de amor. Con todo, para llevarlo a cabo, este proyecto cuenta con la colaboración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Por ello, nos toca aportar esperanza y compromiso en la tarea de construir cada día la sociedad. Vivimos tiempos difíciles debido a la pandemia y de sus consecuencias negativas a nivel de salud, sanitario, social y económico. Situaciones difíciles también debido a otros problemas a nivel mundial, estatal y a nivel de Cataluña. Y no debemos olvidar que en el mundo sigue el drama de los refugiados, de la violencia, los odios, del hambre.

Como cristianos nos toca ser «hospital de campaña», según la expresión tan significativa del Francisco. Es decir, debemos acoger, de apoyar, de ayudar a curar heridas, de ser solidarios a nivel social y económico. Y nos toca ser constructores de puentes, para superar enfrentamientos e incomprensiones y favorecer un diálogo respetuoso de la manera de pensar de cada uno, que sea constructivo para favorecer el bien común en los grandes retos que tenemos planteados. Estamos en vísperas del 11 de Septiembre, Diada Nacional de Cataluña, y debemos orar y trabajar para que se encuentre una salida justa a la situación actual de nuestro País. Ayudaría el poder revisar la situación de los políticos y líderes sociales que están en la cárcel o en el extranjero.

Yo sabiendo que me amas, tengo plena confianza. La Eucaristía nos renueva el amor que Dios nos tiene y nos infunde confianza para seguir trabajando en bien de los demás construyendo el Reino de Jesucristo, como lo hizo la Virgen. Los cristianos sabemos que las dificultades y los sufrimientos actuales son dolores de parto para el alumbramiento del mundo nuevo en el reinado de Jesucristo (cf. Rm 8, 18-23). Con Maria aclamemos al Señor llenos de gozo y agradezcamos sus favores.

 

Anton GordilloSolemnidad de la Natividad de la Virgen (8 septiembre 2020)
Domingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Domingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (6 de septiembre de 2020)

Ezequiel 33:7-9 / Romanos 13:8-10 / Mateo 18:15-20

 

Queridos hermanos y hermanas,

¿Habéis pensado alguna vez en el bien inmenso que representa para nosotros el hecho de que la Iglesia esté formada también por pecadores, o mejor aún: que la formamos personas en las que el bien coexiste con el mal, el pecado con la gracia, la generosidad con el egoísmo, la limpieza con la suciedad? ¿No os daría miedo una Iglesia que en la tierra pretendiera ser no la comunidad de los creyentes sino la peña de los creídos, el rincón de los buenos, de los puros, donde no habría ni que perdonar ni recibir el perdón, donde Dios debería entrar de puntillas cuando quisiera demostrar que ama infinitamente? Pero no: Por suerte, la Iglesia no es ni el redil de los perfectos ni un coro de ángeles adormecidos. Es una familia, en la que hoy caigo yo y tú mañana, donde hoy yo te apoyo y tú pasado mañana me tendrás que dar la mano, donde gracias a Dios las caídas no son irreparables ni los hundimientos catastróficos. La grandeza de la Iglesia, el fundamento de la alegría de los que formamos parte de ella radica en la misericordia incorregible de Dios, para el que siempre hay algo que hacer -y mucho- en bien de los que ama.

No todo acaba aquí. Supongamos que la Iglesia fuera un espacio de perdón y de concordia, donde, sin embargo, para no restar ociosos, cada uno de nosotros debería observar si la bondad de Dios se derrama primero antes al vecino que a mí, o al revés; en este caso, como mucho, podríamos comunicarnos las vivencias de pecado y de perdón, pero siempre, ante la infinidad de Dios, quedaríamos en la incertidumbre de saber si ya hemos hecho toda la experiencia de la bondad de Dios o si aún tenemos que superar una etapa más. Evidentemente, en este mundo nunca podremos captar toda la riqueza del amor de Dios; pero basta haberla notado una sola vez para adivinar cuál puede ser el destino que nos tiene preparado. ¿Nos atrae este destino?

Volvamos a nuestro mundo y escuchemos otra vez las palabras de Jesús: «todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Es decir: en familia, todos los problemas los arreglamos en casa, y no debemos esperar que nos los solucione el vecino, ni tampoco debemos anhelar que nos venga de Dios lo que precisamente quiere que resolvamos entre nosotros. Tan extraño resulta ello a la miopía humana que el día que Jesús perdonó los pecados al paralítico la gente se maravillaba del poder que Dios había dado a los hombres. Pero entonces se trataba de la primera vez; la humanidad no conocía la enseñanza de Jesús sobre el perdón.

Si los cristianos no tenemos o no queremos tener entre nosotros los medios para hacer presente la bondad del Señor para con los hombres -en esto consiste la experiencia de ser perdonado por Dios-, ya no sé francamente donde debemos buscarlos. Si Cristo no ha resucitado nos recuerda san Pablo-, somos los más desgraciados de todos los hombres. Si la resurrección suya no tiene efectos visibles en nuestras relaciones de hermano a hermano, ya no es necesario que recemos el Padrenuestro. Si no hacemos de la Iglesia un lugar de reencuentro entre nosotros y todos los hombres, entre nosotros y Dios, la historia de la salvación se habría podido detenerse en la torre de Babel.

Y, desgraciadamente, a veces parece que sea así. Preferimos caminar agachados antes que con la cabeza erguida, escogemos la jaula en vez del campo abierto, y cuando resuena la palabra liberadora de Cristo, buscamos chivos expiatorios a quien cargar nuestras excusas para que se las lleve lejos y bien lejos. Si Jesús nos dice «Todo lo que atéis en la tierra…», le respondemos que estas palabras ya hay alguien que las tiene demasiado aprendidas. Si el Señor nos insinúa «Cuando tu hermano peque, ve a buscarlo…», le replicamos con lo de Caín «Es que soy el guardián de mi hermano?». Si Jesús nos sugiere al oído que hablemos a la comunidad reunida, le demostramos que de comunidades vivas no hay. Y lanzamos la criatura junto con el agua sucia, o, como decía Jesús mismo, dejamos colar el mosquito y nos tragamos el camello.

¿Nuestra insatisfacción no proviene muchas veces de no haber entrado en la pedagogía del perdón cristiano? Si tenemos de camino a correr! Necesitamos acabar con la visión que divide los

hombres en buenos y malos y olvida que en toda persona hay una parte de bien y una parte de mal. Necesitamos estimar tanto a los hermanos que seamos capaces de practicar la exigencia evangélica de la corrección fraterna. Necesitamos sentir en la propia carne nuestra miseria y la de los demás para que seamos capaces de implorar el perdón de Dios. Necesitamos experimentar este perdón para aprender, a través del único camino posible, que Dios es amor. Necesitamos saber perdonar a los que nos han ofendido para poder recibir el perdón que Dios nos ofrece. Necesitamos tener presente que cuando Dios perdona no sólo borra el pecado sino que derrama a manos llenas su bondad sin límites. Necesitamos saber recomenzar cada día nuestra vida -en esto consiste la conversión- para no caer en la desesperación ni en el sopor. Necesitamos… Necesitamos tantas cosas que sólo en la Eucaristía encontramos la fuerza para obtenerlas.

Anton GordilloDomingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)