Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (8 de diciembre 2020)

Génesis 3:9-15.20 / Romanos 15:4-9 / Lucas 1:26-38

 

La liturgia del tiempo de adviento, queridos hermanos y hermanas, nos presenta tres personajes principales. El profeta Isaías; en el libro bíblico que lleva su nombre se recogen los clamores de la humanidad antigua y se anuncia la futura venida salvadora del Mesías, el Emmanuel. El segundo personaje es Juan Bautista, el último de los profetas, que muestra cómo hay que preparar el camino al Señor que viene, anuncia la inminencia del Reino de Dios, y muestra a Jesús como Mesías prometido y deseado. El tercer personaje es Santa María, la Madre de Jesucristo, y por eso Virgen.

La solemnidad de hoy se centra plenamente en ella. El pueblo cristiano, al celebrar la concepción de María, agradece a Dios el don de esta mujer singular, agradece la plenitud de gracia de la que el Señor la adornó desde el principio. Y, también, la elogia por su fidelidad plena a Dios vivida ya desde pequeña, la proclama bienaventurada por la vocación que recibió de ser la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, tal como hemos oído en el evangelio, y agradece, además, la misión de Santa María cerca de su Hijo y su función en la Iglesia.

En María y, a través de ella, en la Iglesia y en el mundo, el Señor ha hecho maravillas. Y por eso hoy cantamos a Dios un cántico nuevo (cf. Salmo responsorial: 97, 1). Y proclamamos María bienaventurada (Lc 1, 48). En Santa María todo es don de Dios, y todo don encuentra una correspondencia perfecta en ella. Siempre atenta al plan divino, y por eso siempre bien dispuesta a escuchar y acoger. Acoge primero la Palabra eterna de Dios en su corazón. Y luego, fiel a su vocación, acoge esta Palabra eterna en su seno.

Por ello, en la solemnidad de hoy damos gracias por las maravillas que Dios ha hecho en Santa María y por la generosidad de ella en servir a Dios y a los demás. Lo encontramos de una manera bien patente en la acción de gracias que la liturgia de hoy hace en el prefacio.

Comienza agradeciendo que Dios preservara a la Virgen María de toda mancha de pecado original desde su concepción y que la enriqueciera con la plenitud de la gracia. En palabras de la carta de San Pablo a los Efesios, que hemos escuchado en la segunda lectura, Dios la eligió y la bendijo con toda clase de dones espirituales de un modo eminente, para hacerla toda santa. Esta elección era a causa de Jesucristo. De este modo María cambiaba la situación de enemistad radical con Dios creada por la desobediencia de Adán y Eva que era portadora de muerte, tal como hemos escuchado en la primera lectura. En María se hace realidad la buena nueva que anunciaba esta lectura: vendrá un día -decía- en el que el descendiente de una mujer vencerá radicalmente el poder del mal. En medio del desastre y de la desolación más grande, Dios no abandona la humanidad. Al contrario, le promete la victoria salvadora de Jesucristo, el Hijo de María. Cantemos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas en María y en la Iglesia, en cada bautizado y en el conjunto del pueblo cristiano. Siempre en bien de toda la humanidad.

Con la plenitud de gracia que le fue otorgada, Dios fue preparando a María para hacerla digna madre de Hijo divino. Digna humanamente para que contribuyera a forjar con toda su madurez la personalidad humana de este Hijo. Y digna espiritualmente, porque su corazón y su seno se convirtieran una nueva arca de la alianza, un templo santo para acoger la santidad divina del Hijo. Por ello, creciendo cada día más en la fe y en el amor, el corazón de María se convertía en un foco de adoración y de contemplación, lleno de agradecimiento por los prodigios que Dios obraba.

El prefacio, sin embargo, no se fija sólo en la persona individual de Santa María y en su vinculación con Jesucristo. Da gracias, también, por la relación íntima entre María y la Iglesia. De ello destaca sobre todo dos cosas. Por un lado, María prefigura la Iglesia. Es decir, la representa anticipadamente. Lo hace llevando Cristo al mundo, anunciándolo y sirviéndole amorosamente. Lo hace, también, en su santidad inmaculada y en su amor esponsal a Dios. Porque, tal como enseña, también, el apóstol, Jesucristo quiere purificar y santificar la Iglesia, que es su esposa, para que sea santa e inmaculada y por llevarla a su presencia sin manchas ni arrugas (Ef 5 , 25-28). Y, al hablar de la Iglesia, el apóstol se refiere al conjunto del pueblo cristiano. Y, por tanto, a la vocación de cada bautizado.

El prefacio, además, destaca que María es abogada de la gracia y ejemplo de santidad para el pueblo cristiano. Abogada de la gracia, en el sentido de que, asunta al cielo, intercede para que Dios otorgue sus dones a los discípulos de Jesucristo. Y ejemplo de santidad; es decir, de vida de fe y de amor entregada a Dios y a los hermanos. Por eso es el modelo de la Iglesia y es modelo de vida de todo cristiano.

Esta es la razón por la que la solemnidad de hoy no se puede quedar sólo en la admiración por los dones hechos a María Inmaculada. Nos debe implicar profundamente, porque también a nosotros Dios nos ha elegido en Cristo, como decía la segunda lectura. El gran proyecto del Padre del cielo sobre la humanidad en torno a Jesucristo, se inicia en María. Pero nos implica también a nosotros. Nosotros, a diferencia de ella, sí tenemos manchas y arrugas por el pecado. Y tenemos que trabajar para lavarlas y plancharlas, para sacarlas de nuestra vida con la ayuda de la gracia divina. Y si la tarea de vencer el mal que pueda haber en nuestro interior nos puede parecer difícil no nos desalentemos, porque también vale para nosotros aquello de para Dios nada hay imposible que escuchábamos en el evangelio. María, con su oración intercesora, nos ayuda a acoger la gracia que el Señor nos otorga. Y en el dolor, la incertidumbre y la precariedad de la pandemia que aqueja al mundo, ella nos es Madre de consuelo y de esperanza.

Ahora, en la eucaristía, recibiremos los favores del Señor, hechos de misericordia y de fuerza espiritual, para que nuestro interior se vaya transformando según el ejemplo de santidad que encontramos en Santa María, la Madre Dios. Cantemos, pues, al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho y hace maravillas

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