Domingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Homilía del P. Valentí, monje de Montserrat (22 de agosto de 2021)

Josué 24:1-2.15-18 / Efesios 5:21-32 / Juan 6:60-69

 

Estimados hermanos y hermanas:

Todas las lecturas de este domingo nos hablan de Eucaristía, de libertad, de fidelidad, de confesión de fe y de alianza matrimonial.

La primera lectura que hoy nos ha sido proclamada es la Alianza de Siquén, bajo la montaña del Garizin, hoy el pueblo de Nablus. Josué, el ayudante y sucesor de Moisés, mantiene un diálogo con todas las tribus de Israel, con sus dirigentes, jueces, ancianos y magistrados. Él con su autoridad los exhorta a creer sólo en Dios y les pide que dejen los otros dioses que sus padres habían adorado cuando estaban en la región occidental del Éufrates y en Egipto. Josué sabe que desde el paso del Mar Rojo, el Pueblo de Israel es libre, por lo que los hace escoger; ¡No hay de ninguna manera un término medio!: «Él y su Familia han decidido adorar al Señor!». La libertad, en primer lugar, los obliga a tener que escoger, a tener que elegir donde ponen su esperanza. Y el pueblo de Israel elige el Señor: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses!». Hoy día queremos ser libres del todo, pero nos cuesta elegir, nos cuesta tomar decisiones firmes, contundentes, radicales y para siempre. Se nos hace muy difícil de entender que el camino de la vida y el camino Cristiano, implican una firmeza, un decidirse constantemente. Nos da miedo elegir una opción que significa eliminar otras, pero la vida es así y esto es avanzar. Desgraciadamente, la opción contraria, es quedarse en un estado de adolescencia permanente. O aquella persona nerviosa que busca en todo y para todo una fecha de caducidad, un código de barras de finitud.

En la segunda lectura, de la carta a los Cristianos de Éfeso, se nos habla del matrimonio, que es una opción libre, un compromiso, una alianza de Amor recíproca, y también, de sumisión mutua, de estimación y amor total de los dos esposos. Es siempre una libertad total, y no es auténtica libertad total si no va acompañada de la fidelidad y de la responsabilidad mutua. Si hay verdadero Amor, no hay ni primero ni segundo, hay solamente un Matrimonio, una Familia Cristiana, una escuela de Amor, una escuela de servicio. El apóstol San Pablo, llega a comparar a un «gran misterio» esta estimación total. «Cristo es la Cabeza y Salvador de la Iglesia, que es como su cuerpo». Como una sola familia, y un solo Amor recíproco, del Cristo y su Iglesia.

El Evangelio que el Diácono nos ha proclamado, es el epílogo final del capítulo sexto de Juan, el Pan de Vida. Encontramos a Jesús en la ciudad de Cafarnaúm a la orilla del lago de Tiberíades en la región de Galilea. Jesús en medio de la multitud pide a todos sus seguidores, (Apóstoles, Hombres y Mujeres, Maestros de la Ley y Curiosos), su fidelidad total a Él. Pero sus Palabras, que son espíritu y son Pan de Vida, y que es Don del Padre el reconocer a Jesús como Señor, abocan a muchos discípulos a una situación de crisis, de abandono. Encuentran incomprensible su lenguaje de exigencia personal. Seguían al Maestro exteriormente, pero no habían llegado a admitirlo interiormente. Jesús muy consciente de la grave situación interroga a los mismos Apóstoles con una pregunta decisiva, trascendental y crucial: «¿También vosotros queréis marcharos?» Ahora toca a todos decidirnos, elegir,  elegir con libertad, ¡se trata del todo o nada! Simón Pedro toma la Palabra en nombre de toda la Iglesia de ayer, hoy y siempre, y hace su sincera, humilde y confiada profesión de FE con Palabras del Pescador: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Palabras simples que manifiestan una gran confesión de Fe. Ser seguidor de Jesús hoy, supone mantener firmemente los propios criterios ante la general incomprensión e incluso ante el desprecio activo social.

Hermanos y Hermanas. Las lecturas de hoy nos llevan y nos han preparado el camino hacia la Eucaristía, la gran acción de gracias que estamos celebrando. Participemos pues activamente de la Mesa del Pan de Vida que es comer su Cuerpo y beber su Sangre, prenda y esperanza, de vida eterna hacia la que todos tendemos. Que Jesús- Sacramentado sea nuestra fuerza, nuestra generosidad y nuestro Amor Liberador. Amén.

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (22 de agosto de 2021)

Domingo VI del tiempo ordinario (14 de febrero de 2021)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (14 de febrero de 2021)

Levítico 13:1-2.45-46 / 1 Corintios 10:31-11:1 / Marcos 1:40-45

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy encontramos a Jesús en su tierra de Galilea, predicando en las sinagogas, curando enfermos y haciendo el bien. Estas verdes regiones del norte del país, territorios muy fértiles, eran y son la región más productiva de toda la zona. Su forma de vida, social y religiosa, era muy pacífica, tranquila y tolerante; menos rigurosa, a diferencia de sus hermanos del sur, Judea y Jerusalén. Todo ello comportaba una idiosincrasia en su forma de vida y de trabajo; incluso, con una pronunciación, un acento dialectal, diferente del resto de Israel (Mateo 26, 73).

En este ambiente, nos encontramos hoy que un leproso sin nombre, de Galilea, un ser impuro, con vestidos rasgados, despeinado y tapado hasta la boca, se acerca a Jesús. No le acompaña nadie, vive en la total soledad. Lleva en su piel la marca clara de su exclusión. Es una persona rechazada totalmente por la Ley, marginada, que se aferra a la única posibilidad que le queda. El leproso sin nombre, transgrediendo la Ley, rompiendo todas las normas, se acerca a Jesús, se siente sucio, no le habla de su enfermedad y, en un hecho inaudito, no por sumisión sino por total confianza, se arrodilla y proclama su súplica, con toda humildad: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad. Aquel hombre representa la soledad humana y la desesperación de tantos estigmatizados de hoy en día por la pandemia que vivimos y sufrimos. Jesús se compadece, no lo excluye, sino que lo integra; no lo condena, sino que se solidariza con él. La estima y el amor de Dios por todas las personas no conoce ninguna marginación. Todos somos Presencia y Santuario del Cuerpo de Cristo. Templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros, como dice el apóstol San Pablo. (1C 3,16 y 6,19). Hoy, más que nunca, hay un despertar de la conciencia de nuestra dignidad humana, desde el primer momento de vida, hasta el último suspiro.

Jesucristo es Señor de vida y ama profundamente. Él es muy sensible al sufrimiento, pero… también era provocador rompiendo las normas, con su costumbre insólita de comer y hablar con «publicanos, pecadores, prostitutas, publicanos, escribas, gente indeseable y, sobre todo, romper el reposo sagrado del sábado”.

Jesús, transgrediendo la Ley y rompiendo todas las normas, extendió su mano buscando el contacto de la piel lacerada del leproso sin nombre, lo «tocó» y le dijo: «Sí lo quiero: queda limpio». Al instante, la lepra desapareció y quedó limpio. Jesús es vida, y en Él revive el leproso. Jesús da la mano a San Pedro en la Barca, Mt.14,31. Da la mano a la hija de Jairo, Mc.5,41. Da la mano a la suegra de Pedro, Mc. 1,31. Jesús tocó al hijo único de la viuda de Naín, que estaba muerto y lo devolvió a la vida. Lc 7,14. ¡Jesús es la Resurrección! La curación de los leprosos es uno de los signos con que Jesús remite a los dos discípulos de san Juan Bautista cuando le interrogan si es Él el Mesías (Lc 7, 18-28).

Según la antigua tradición, sobre la pureza ritual, del libro del Levítico, el contacto físico, con leprosos, enfermos, muertos, convertía automáticamente el otro en una persona impura, que no podía participar del culto y que había que separar del resto del pueblo escogido. Jesús es la pureza total que de ninguna manera el mal puede vencer. Él es la nueva Ley que nos manda amarnos los unos a los otros siguiendo su ejemplo de vida. La principal preocupación no debe ser la normativa ritual, sino la limpieza interior del corazón, hacer el bien. El corazón de Jesús es el Bien Supremo y el Amor Infinito.

Pero, el joven leproso sin nombre, Galileo, marginado y transgresor, es desobediente e indolente a la prescripción del Señor de presentarse al Temple y de mantener un silencio discreto de los hechos. Él es ahora un nuevo misionero de la Buena Nueva de Jesús de Nazaret. Camina y predica por toda la Galilea. Su alegría, su purificación no puede ser guardada, no puede ser recluida en la intimidad de una sola persona, hay que divulgarla por todas partes y a todos.

Hermanos y hermanas, desde nuestro eurocentrismo, discriminamos de forma consciente o inconsciente: Siempre que excluimos de la convivencia social, negando nuestra acogida; siempre que no compartimos con los países del Tercer Mundo la vacuna, la vacuna del Covid 19, nos estamos alejando gravemente del Mensaje de Jesús de Nazaret.

Hoy, domingo, estamos todos invitados a votar a los representantes de nuestro Parlamento. Es un deber cívico, que el Concilio Vaticano II exhortó vivamente a todos los cristianos de cara a la participación activa en la sociedad. Es un día difícil, todos lo sabemos, pero con las medidas adecuadas, y con mucha paciencia, tenemos nuevamente una oportunidad para expresar nuestro voto democrático

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (14 de febrero de 2021)

Fiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (27 de diciembre de 2020)

1 Samuel 1:20-22.24-28 / 1 Juan 3:1-2.21-24 / Lucas 2:41-52

 

Queridos hermanos y hermanas:

En medio de las grandes solemnidades de Navidad, fin de año y Reyes encontramos, dentro de la octava, la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que este año cae en domingo, memoria de San Juan Evangelista.

San José Manyanet, peregrino y devoto de Montserrat, decía: «Hacer del mundo una familia, y cada Familia un Nazaret». La fiesta de hoy nos invita a todos nosotros a contemplar la vida interior, doméstica y casera, de la pequeña y gran Familia de Jesús, que vivía en Nazaret, en una sencilla aldea, un lugar pequeñísimo, de la región de Galilea, totalmente desconocido en el Antiguo Testamento, ignorado en el Talmud Judío, y que el historiador romano Flavio Josefo desconocía totalmente. Una localidad remota que el mismo Apóstol Natanael (conocido como Bartolomé) dijo: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). O como decían los fariseos: «De Galilea no sale ninguno de los Profetas!» (Jn 7,52). Es en este pequeño pueblo donde Jesús vivía, con sus padres, una vida retirada, normal, de trabajo, estudio, alegría y fiesta, de contemplación y silencio. Nos dice el evangelista san Lucas que hemos oído hoy: «Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría». «Les era obediente, progresaba en sabiduría y aumentaba en gracia tanto ante Dios como ante los hombres». (Lc 2, 39-52). Jesús era reconocido como Nazareno por su origen familiar, para que así se cumpliera el oráculo de los profetas: «llamado nazareno» (Mt 2,23). Es sobre estas venerables ruinas, bien fundamentadas, de esta pequeña casa-cueva, que los primeros cristianos construyeron rápidamente una primitiva Iglesia, que destruida, derribada, reedificada y restaurada más de seis veces es hoy en día la gran Basílica de la Anunciación de Nazaret.

El Papa San Pablo VI en su determinante viaje a Tierra Santa de 1964, una visita histórica que todavía hoy permanece viva y actual, decía: «Nazaret es la escuela donde se empieza a entender la vida de Jesús, es la (casa) donde se inicia el conocimiento del Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde, y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí en Nazaret se aprende, incluso, tal vez de una manera casi insensible, a imitar su vida Familiar”.

Estamos viviendo un tiempo marcado por la dolorosa pandemia, que desgraciadamente se resiste a marchar de nuestro pequeño planeta y, por desgracia, hemos tenido que aprender a convivir con ella desde el comienzo de la Cuaresma pasada. Mascarillas que no nos dejan ver la expresividad del rostro, obligados a mantener las distancias sociales, los líquidos desinfectantes, aislamiento total, burbuja familiar, aforo, nuevos gestos para saludarnos, teletrabajo, y la llamada nueva normalidad … Sufrimos unas restricciones laborales muy fuertes motivadas sobre todo por Coronavirus, falta de movimientos, de trabajo, de relaciones interpersonales y sociales, así como la pérdida de familiares queridos sin poder acompañarlos y hacer un duelo cristiano; pensamos ahora, sobre todo, en las residencias y hospitales. Todo esto nos era totalmente impensable… ¡y no hace, ni siquiera, un año!

El confinamiento general o parcial, motivado por Covidien-19, ha supuesto un ritmo de vida familiar mucho más interior, más doméstico. Una forma diferente de vivir: las horas, los días y las semanas reducidos dentro un pequeño hogar o residencia. Para muchas casas ha sido un tiempo de fortalecimiento de los vínculos matrimoniales y familiares, de vivir un período de comunión, de obligación familiar y de libertad. Una Escuela de perdón que no es fácil, donde cada miembro de la familia tiene su responsabilidad. Una presencia de amor cristiano generoso, gratuito y vivo. Una pequeña Iglesia doméstica con las virtudes de la casa de Nazaret.

Desgraciadamente, para muchos otros hogares ha sido un tiempo de ruptura definitiva y como siempre los más perjudicados son los hijos pequeños que con su silencio manifiestan, calladamente, su triste dolor. Todo matrimonio es dar, pero también es recibir y compartir, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad todos los días de la vida.

Hay, sin embargo, otro grupo, muy grande, de familias que viven uno: «Statu quo» de facto; un aislamiento personal, con unas fronteras invisibles, pero palpables. Un poderoso individualismo de mi «yo personal». Un silencio significativo, fomentado sobre todo con las nuevas tecnologías. Un soportemos y te soportaré. Todos recordamos perfectamente los días negros, de niebla, de mal, pero ¿nos cuesta mucho revivir, repensar los días de alegría y de alegría? La fiesta de hoy es una pequeña invitación a romper el hielo, a hablar y fomentar lo que nos une y no lo que nos divide, a vivir con dignidad según el modelo de la familia de Nazaret. Como nos dice San Benito: «Hacer las paces antes de la puesta del sol con quien se haya reñido» y «lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie» (capítulos IV y LXX).

Como decía el Papa en la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona: «Todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana» (7 -11-2010). «Hacer del mundo una familia, y cada familia un Nazaret» (San José Manyanet). Permitidme, para terminar, esta pequeña oración de Navidad:

Señor Jesús, ¡qué grandes son todas tus obras! Danos un espíritu silencioso como San José, y un corazón abierto, contemplativo, acogedor como Santa María, para que nos saciemos siempre mirando su presencia dentro del pequeño pesebre de nuestro corazón. Amén. ¡Felices Fiestas!

 

Abadia de MontserratFiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre de 2020)

Domingo de la XXI semana de durante el año (23 agosto 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (23 de agosto de 2020)

Isaías 22:19-23 / Romanos 11:33-36 / Mateo 16:13-20

 

Estimados hermanos y hermanas,

En la primera lectura que hoy hemos oído del profeta Isaías nos muestra la llamada de Eliacín hijo de Elquías, como nuevo mayordomo del Palacio de David, en Jerusalén. Él recibirá sobre sus hombros las insignias de su poder: la gran llave y los vestidos sagrados. Cuando él haya abierto, nadie cerrará, y cuando haya cerrado, nadie podrá abrir.

En el Evangelio de hoy encontramos a Jesús en un desplazamiento por el norte de Israel en los confines del actual Líbano. En la ciudad de Cesarea de Filipo, región montañosa y verde, poco habitada por judíos y de mayoría pagana, a los pies de la gran monte Hermón y en uno de los afluentes del río Jordán. En este lugar apacible y tranquilo, Jesús, serio, como si explorara la fe de sus seguidores y de los Apóstoles, hace la triple pregunta de interpelación: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» ¿Quién dicen que es? Las respuestas son muy diferentes, pero todas de grandes personajes de Israel: «Juan Bautista, Elías, Jeremías». La tercera pregunta es la más primordial, es la definitiva: «Y vosotros, los doce, ¿quién decís que soy yo?». Entonces, Simón Pedro le contestó con firmeza su profesión de Fe, en nombre de todos los Apóstoles y también en nombre todos los cristianos de ayer, hoy, y siempre: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le responde con su gran elogio a Pedro, comunicándole la primera realidad: «¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Cabe destacar las palabras: «Yo y Mi». Es Jesucristo personalmente quien, sobre el débil hombro de «Pedro-piedra-roca firme», construye el fundamento del nuevo edificio de su propia Iglesia. No sobre la base del viejo Templo de Jerusalén. Jesús es la clave de bóveda que sostiene firme toda la Iglesia y nosotros los Cristianos somos las piedras vivas y bien cortadas que formamos las paredes de la Iglesia, que es hoy, que es ahora, y será siempre en la Tierra. No podemos nunca claudicar por pequeños terremotos, porque el cemento que une nuestras piedras es el Espíritu Santo que vive y está presente en todos nosotros.

La segunda realidad es más contundente: «Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». No es la llave terrenal, del templo de Jerusalén en los hombros del joven sirviente Eliacín. ¡Es, ni más ni menos, la Llave del Cielo y la Tierra!

La entrega de las llaves es siempre un ritual, un pacto, un trato estipulado entre dos personas. Unas llaves pueden servir también para significar la delegación de un poder de cara a una misión especial: Dar las llaves de casa a unos amigos, la llave de un nuevo hogar familiar o dar la llave de oro de una ciudad.

Todos hemos sufrido el infortunio de perder las Llaves de casa o del coche, con su inquietud y ansiedad por reencontrarlas. Y siempre es una gran tranquilidad y alegría recordar el lugar donde estaban o la persona que nos abre la puerta. Pero, ¡atención! No perdamos las llaves espirituales, aquellas que abren el corazón de las personas y las hacen más Humanas, más Cristianas, más Espirituales y abren las puertas del Cielo.

El poder de las llaves, hoy, nos es una expresión normal y cotidiana. Vivimos totalmente sumergidos con mil llaves, contraseñas, códigos y números de acceso, que abren y cierran relaciones personales, puertas de propiedad, dinero o información. Pero sólo hay una llave de paso, un pivote, una llave maestra, que es Jesucristo y su única cláusula que nos pone en nuestro contrato estipulado es ésta: «Reconocerlo como Mesías, el Hijo del Dios Vivo». Y como dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy: «de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén».

 

Abadia de MontserratDomingo de la XXI semana de durante el año (23 agosto 2020)

Domingo III de Pascua (26 abril 2020)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (26 abril 2020)

Hechos de los Apóstoles 2:14.22-33 – 1 Pedro 1:17-21 – Lucas 24:13-35

 

Queridos hermanos y hermanas:

No sé si alguna vez habéis tenido esta experiencia realizando un viaje en coche: si la compañía es alegre, el trayecto es corto y rápido, pero… si los conocidos son gente triste y socarrona, el recorrido es largo y pesado. Hoy encontramos, de camino, a los dos discípulos del pueblo de Emaús situada en los alrededores de la capital de Jerusalén. Desalentados, tristes y desmotivados, discuten entre ellos dos sobre los hechos ocurridos en los últimos días en la Ciudad Santa. El Evangelista San Lucas nos dice el nombre de uno de ellos: se llamaba Cleofás, muy probablemente de la familia de Jesús, pero no perteneciente al grupo de los once Apóstoles. Desgraciadamente, no nos dice el nombre del segundo seguidor. Los Santos Padres de la Iglesia nos invitan a todos nosotros Cristianos a inscribir nuestro propio nombre en el lugar del peregrino desconocido: «Cleofás y María, Cleofás y Juan o Cleofás y Simeón». Todos, todos nosotros somos el segundo discípulo, que hacemos el camino de la Vida con Jesús al lado y, desgraciadamente, no lo reconocemos presente en el día a día de nuestra Vida.

En estas horas bajas de largo confinamiento por el Covid-19 Jesús nos habla al oído y nos dice palabras de amor, de esperanza, de compañía, de presencia; sólo nos falta colocarnos a su frecuencia, en su dial de la fraternidad y de la estimación. Él está realmente a nuestra derecha. Él es nuestra compañía en el camino. Desmontemos todo tipo de soledades, miremos los ojos de los vecinos, tengamos una charla larga con los niños, con nuestros abuelos, colaboremos con pequeños gestos con la sociedad, con la Iglesia, con Cáritas. Si todos aportamos nuestro granito de arena, entre todos hacemos una playa, porque Tú, seas quien seas, eres el segundo discípulo amado.

Jesús se les hace encontradizo y se pone a andar su lado. No les hace ningún reproche por su deserción, por su fuga, ni por su poca fidelidad. Solos les hace una breve pregunta: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?». La respuesta transmite una experiencia de abatimiento, de derrota, de retirada general por lo que había ocurrido días atrás en Jerusalén. El simple diálogo deja entrever su pequeña Fe: «Jesús, un profeta poderoso en obras y palabras, liberador de Israel, muerto crucificado hace tres días». Habían oído rumores de que unas mujeres asustadas decían que estaba vivo, pero no las hemos creídas -su palabra no era válida socialmente-. Algunos de los discípulos han visto el sepulcro vacío, pero a Él no lo vieron. Haciendo un camino de conversión, con la buena compañía del Señor que hacía arder de alegría sus corazones, Jesús les exponía el sentido de todas las escrituras que se referían a Él. Mientras tanto, el día ya declinaba y los dos discípulos invitan con insistencia a cenar el buen amigo de viaje. Jesús entró en la casa, se sentó a la mesa y tomó el lugar reservado de la presidencia: Él es el Maestro y Señor, Él es el dueño de casa, el mayor de la familia, que ha de bendecir, partir y repartir el pan de comunión. Jesús pasó de ser invitado en un segundo plano a invitar Él al banquete a sus queridos discípulos de camino. Es en este preciso momento, de la fracción del pan, que a los dos discípulos se les abren los ojos y reconocen al Cristo Resucitado. Llenos de gozo y de alegría, salen de la casa y rehacen rápidamente el camino de vuelta a Jerusalén. Ellos son ahora los nuevos misioneros de la Buena Noticia en la comunidad Apostólica de los once: «Realmente, al Señor Resucitado lo hemos reconocido al partir el pan».

El Evangelio de Emaús es, en definitiva, una gran Eucaristía digna de atención: la escucha de la Palabra en el camino. Explicar el sentido de las Escrituras, la homilía. Una casa y sentarse a la mesa en comunidad. Consagración, partir y repartir el pan, y finalmente salir a misionar la Buena Nueva de que Jesús está vivo y que se hace compañero nuestro en el camino de la Vida Terrenal.

Decía San Agustín: «Cuando partimos el pan en la Eucaristía Dominical y reconocemos todos al Señor: tú que crees en Él, tú que llevas el nombre de Cristiano, tú que escuchas las Palabras Divinas encontrarás al fraccionar el pan su presencia real, porque Él no está nunca ausente «, está siempre presente a tu lado.

Hermanos y hermanas: hoy por la noche celebraremos la Vigilia de Santa María y mañana su gran Solemnidad. Ella, que es Señora de Montserrat, Patrona y Princesa de Cataluña, convierta este doloroso camino del Coronavirus en «vía lucis», camino de luz, curación y normalidad social bajo el abrigo de su manto azul. Virgen Morena: imploramos tu protección sobre todas las necesidades hospitalarias. Rosa de abril, Virgen Moreneta de la Sierra, gloriosa y siempre bendita, ruega por todos nosotros. Amén.

Abadia de MontserratDomingo III de Pascua (26 abril 2020)