Homilía del P. Manel GAsch i Hurios, Abat de Montserrat (6 de enero de 2026)
Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12
Fijándonos en lo que nos dice la liturgia de hoy, hemos escuchado y continuaremos escuchando a menudo, queridos hermanos y hermanas, la palabra «pueblos» e incluso la expresión: «todos los pueblos». Sí. La solemnidad de la Epifanía subraya algo muy presente en la Navidad, el nacimiento de Jesucristo no es un hecho nacional, exclusivo, sino que sobrepasa cualquier frontera porque toca la misma esencia de toda la humanidad y de cada hombre y mujer concretos.
El cumplimiento mesiánico de Israel en Jesús de Nazaret, fue también la actualización, la validación de una idea profundamente arraigada en la tradición judía que decía claramente que la expectación de un salvador, se extendía a todas las naciones. Las referencias del Antiguo Testamento a ese universalismo son constantes. El lenguaje disponible de la fe de la antigua alianza hace pasar esta expectación de salvación por Jerusalén, por el Templo, por la plenitud de la Ley, por unas categorías que de judías pasarán a cristianas y que Jesucristo hará estallar. El Nuevo Testamento dará la posibilidad a esta salvación de extenderse mucho más allá del marco religioso judío. Hemos celebrado el nacimiento de Jesús, que como su mismo nombre de Jesús indica, significa Salvador y pone esta salvación en el centro de la fe cristiana.
Celebrar su epifanía, la revelación de Jesús a todos los pueblos, representados en estos magos de Oriente, en los “reyes” como popularmente los llamamos nosotros en catalán, sella definitivamente que Él y su mensaje son para todos, para todos los pueblos. Es la coherencia misionera de la Navidad. Pero a quienes podemos considerarnos “otros pueblos” nos hace felices ser explícitamente considerados en la liturgia de estos tiempos.
¿Qué más significa la Epifanía?
Nuestra fe cristiana, todo lo que celebramos participa de la dinámica del “ya, pero todavía no”.
Esto aplicado a estas fiestas y hoy, significa que naturalmente Cristo se encarnó y se reveló, pero que la comprensión y los efectos totales que deberían tener estos hechos salvíficos, los vamos comprendiendo, incorporando, nos resistimos a veces, y por eso nuestra historia de salvación se va haciendo. Por tanto, la expectación del Mesías de la que nos hablaba la primera lectura, aun cumplida en Jesucristo, se mantiene simbólicamente en todo aquello que aún no ha sido cumplido de su pretensión principal, instaurar en la tierra el Reino de Dios. Las palabras de la primera lectura “Mientras las tinieblas envuelven la tierra, y oscuras nubes cubren las naciones, sobre ti amanece el Señor y aparece su gloria” son actualísimas. Hoy también vemos tinieblas y oscuras nubes, donde miremos en el mundo. Forman parte de la realidad.
La Epifanía también nos habla de un Jesucristo que se nos presenta como rey: lo decíamos en el canto de entrada: «Viene el soberano de todos los pueblos. Tiene en sus manos el reino, el poder y el imperio.» Rey de reyes y Señor de señores», como le llama la visión del libro del Apocalipsis. Este lenguaje continúa diciéndonos que hoy, Él, Cristo, es lo más importante para todos. Si lo observamos desde Su punto de vista, veremos sencillamente que no quiere dejar a nadie fuera de su salvación y que, por eso, como decía al principio, hizo grandes sus propias categorías religiosas para que todo el mundo entrara, para que fueran humanamente asequibles. Por eso nos dio una ley donde el amor es el criterio primero y último, y ¿quién hay que no sea capaz de amar?
También existe otro punto de vista. El nuestro, el de los «pueblos». Debemos reconocerlo. Necesitamos saber que su lugar no puede ser ocupado por ningún otro rey. No hablemos en esto de ninguna tentación nueva. Pretender ser Dios ha sido el pecado más repetido de la condición humana. La Epifanía nos recuerda quién es el soberano de todos los pueblos y nos enseña además la forma de Jesucristo de ser rey. Serlo para todos. Colaborar con el Reino será tener a todo el mundo presente en el ejercicio del poder. Evidentemente hay gobernantes que, aunque no son perfectos se dejan guiar por estos buenos criterios, criterios de servicio, de empatía hacia los más débiles. Ejercer el poder pensando sólo en un beneficio personal o restringido a un país en prejuicio de los demás, no hace avanzar al Reino sobre toda la tierra. En los últimos cien años, la humanidad ha hecho un camino de civilización, de diálogo, de una idea global de avanzar. Lo ha hecho conviviendo con muchos intereses colectivos y personales, con guerras, con grandes diferencias, avanzando y retrocediendo, pero con cierta idea de que en el mundo estábamos todos. Y es preciso decir que la inspiración cristiana de esta evolución es reconocida.
En una solemnidad como la de hoy, en la que celebramos que Jesús se revela a todos los pueblos, será bueno que oremos para no perder todo lo logrado internacionalmente y no ir atrás. A la larga, ocupar el lugar de Dios, nunca da buenos resultados.
Seguramente es una oración muy ambiciosa: ¡En el fondo pedimos que se superen los intereses particulares por un bien mayor! Pero como cristianos necesitamos pensar a lo grande, en categorías de Reino de Dios. Esto forma parte de la esperanza, unida a la fe y la caridad cristianas.
¿Qué pediríamos hoy a los reyes? Quizá vayamos un poco tarde, porque de hecho a esta hora ya han pasado por todas partes. Pediríamos, en comunión con la Iglesia que es testigo de Jesucristo, que esta esperanza, a la que se ha dedicado el Jubileo del 2025 que ahora se está clausurando en Roma, no desfallezca nunca y nos ayude a reconocer a Jesucristo y el Evangelio como el centro de nuestra fe y además que nos ayude a identificar todo aquello que nos ayude a identificar todo aquello que corresponde a Él.
En cada eucaristía hacemos presente de una manera muy concreta la Epifanía del Señor. Al final del embolismo, que son las palabras que el celebrante dice después de Padrenuestro, se reza «Mientras esperamos el cumplimiento de nuestra esperanza, la manifestación de Jesucristo nuestro Salvador, porque son vuestros para siempre el Reino, el Poder y la Gloria».
La eucaristía nos pone en el «ya pero todavía no» de la fe cristiana. ¡Vivamos con toda la intensidad que contiene!
Última actualització: 15 enero 2026

