Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2024)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Un principio contemporáneo bastante aceptado y que en nuestros días vemos casi llevado a extremos exagerados y, me atrevería a decir, perversos, es que cualquier cosa debe comunicarse, publicarse, hacerse saber. Si no es así, casi se le considerará inexistente. Este principio ha invadido vidas privadas, se ha convertido en un negocio para los llamados youtubers e influencers y ha tenido y tiene muchísimos otros efectos. La publicidad está tan sobredimensionada que muchas veces se convierte en autorreferencial y no nos queda claro cuál es el mensaje o qué se quiere realmente comunicar.

La fiesta de la Epifanía, nombre que significa revelación, por tanto, hacer público, me ha hecho pensar en este contexto social. Después de dos semanas celebrando la Navidad, otras tres preparándola, la solemnidad de hoy añade a todo este tiempo la dimensión de la “publicidad”. La intimidad del nacimiento de Jesucristo en Belén fue anunciada a los pastores y por tanto ya desde el primer momento, no permaneció privadísima, sino que finalmente, es la revelación de hoy que la hace universal. Navidad se convierte de alguna manera en un hecho cosmológico: lo anuncia una estrella y un hecho transversal: atrae a los sabios o magos de Oriente, es decir, a la diversidad mundial.

Puesto en el contexto contemporáneo, no podemos dejar de decir que dar a conocer los acontecimientos relacionados con el nacimiento de Cristo era ya una preocupación desde el principio del cristianismo, algo que entraba en el plan de Dios. Nada malo por tanto, en hacer publicidad de algo bueno. Lo que nos separa de algunos anuncios actuales es la importancia y la claridad del contenido que se proclama y el método con el que se hace.

Nos hemos pasado días y días, explicando el significado de la Navidad como Encarnación de la Palabra de Dios en la persona de Jesús de Nazaret para nuestra salvación. Parece como si la liturgia hubiera madurado ese fundamento de la fe y hoy, ya dándolo por sabido, se centrara en su extensión, en su validez absoluta. Esta idea es importante y recoge un universalismo presente en toda la tradición judía pero lo suficientemente original e innovador para ser presentado en el inicio del cristianismo como un secreto que el apóstol Pablo conoce por la gracia y que nos lo transmite a la carta a los Efesios que hemos leído como segunda lectura: “El secreto es éste: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. ( Ef 3,5-6).”

Tenemos un secreto que ya no lo es. Que se ha hecho público. La palabra griega que utiliza el texto para decir secreto es misterion, más que un secreto, es algo que no comprendíamos y que ahora hemos entendido. Aún nos ayuda un poco a su comprensión que el texto latino diga que estamos ante un sacramentum, ante un signo que nos habla, que en el fondo nos revela algo, que es una Epifanía. La verdadera revelación es afirmar que el mensaje del Evangelio es para todos, que tiene un alcance universal.

No estamos delante de la comunicación de algo sin contenido. Hagamos publicidad del Evangelio y de la persona de Jesucristo, como nos decía la carta a los Efesios. Encontraríamos pocos libros y pocas personas en la historia de la humanidad, con una densidad como la del Evangelio y la de Jesucristo. A pesar del reto que tiene la Iglesia de seguir hablando de manera comprensible de la fe, nunca podremos decir que carezca de contenido, o que ningún método nuestro de “publicidad”, iguale la revelación que por sí misma ha hecho Dios de su Hijo. Si tenemos un desafío en dar a conocer a Jesucristo y al Evangelio, tenemos aún más una obligación de comprenderlo personalmente, de ir a su Palabra y a su vida. Nunca nos quedaremos sin mensaje. Estamos en una fuente inagotable, en un misterio que constantemente nos transmite nuevas intuiciones.

Tampoco estamos, como tanta de la publicidad actual, frente a unos métodos que nos manipulan, que intentan influir en nuestra sensibilidad, hacernos poco racionales. Jesucristo se encarna en un bebé y siendo bebé convoca también a los sabios del mundo, sin ningún engaño, sin palabras. Todas las demás palabras que dirá después, en el Evangelio, nunca serán engañosas, promoverán la autonomía de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad y de todas nuestras capacidades humanas que, por su Encarnación, Jesucristo ha elevado a otro nivel.

Jesucristo convoca la sabiduría del mundo en el momento mismo de su nacimiento. El mensaje que recibimos de esta especie de segunda escena del Belén es que en Él tenemos a alguien mayor que nadie. Un niño que todavía no habla es adorado con los presentes que significan su condición única: mirra por el hombre, oro por el rey, incienso por el Dios. En las personas de los sabios o reyes, o reyes magos, se ha querido representar siempre la diversidad. El desarrollo popular del relato del Evangelio de hoy ha acentuado aún más la diversidad de los magos. Sólo se nos decía que venían de Oriente y en cambio siempre representamos uno negro, que no es precisamente la raza de Oriente.

La imaginación, por tanto, no sólo los ha hecho sabios y generosos, sino que también los ha hecho distintos. ¿Qué les une? La llamada de Jesucristo que les espera. ¿No tenemos aquí un mensaje bonito para el mundo de hoy, un mensaje muy propio de la fiesta de la Epifanía? ¿Si el cristianismo pudiera seguir haciendo como Jesús en el Belén, desde una apariencia humilde, convocar la sabiduría diversa del mundo para procurar la mejora de las relaciones humanas? Qué continuidad más maravillosa a la adoración de los Reyes si todo el mundo le ofreciera lo que tiene para el bien de la humanidad. La llamada de la Epifanía a ofrecer los dones al salvador es tan universal que la imagino incluso incluyendo a los no cristianos pero que pueden reconocer en este bebé adorado, alguien que genera una dinámica positiva de apoderamiento de las personas en la riqueza de su diversidad y por el bien de la humanidad.

En la felicitación de Navidad de nuestra comunidad, hemos representado este año a la Epifanía. Jesús niño, sentado en el regazo de María que le pone una mano maternalmente sobre el hombro, bendice los dones que le presentan los reyes.

El efecto de nuestra donación sincera a Cristo es la bendición que recibiremos de Dios. “Hoy ya no os ofrecemos oro, incienso o mirra”, dirá la oración sobre las ofrendas, sino que ofrecemos el pan y el vino, para ser convertidos en el cuerpo y la sangre de Cristo, proclamando así nuestra fe en la ‘Encarnación y la Resurrección de Jesucristo. Por ellas, repetimos como en cada eucaristía, que Dios ha querido salvar a todos los hombres y todas las mujeres del mundo, y por eso, quiere seguir siendo proclamado y adorado por todos los pueblos de la tierra.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Solemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2023)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Hemos escuchado muy a menudo, queridas hermanas y hermanos, durante estas fiestas de Navidad, la referencia a la gloria de Dios, por ejemplo, en el mismo momento del nacimiento del Señor, el canto de los ángeles frente al Belén, ante Jesucristo niño, era un canto a la gloria de Dios, y tantas otras veces, la palabra se ha ido repitiendo, también hoy en la primera lectura o en la oración colecta.

La solemnidad de la Epifanía es como el punto de inflexión que nos proyecta hacia delante. Durante estos días nos hemos llenado, «hemos contemplado su gloria», como cantábamos en Nochebuena. Lo hemos hecho meditando lo incomprensible de que Dios haya querido bajar a la tierra, tomar la condición humana hasta sus últimas consecuencias y elevarla hacia Dios. Habiendo sido testigos de todo esto, ahora nos tocará llenar el año y todas sus celebraciones con esa misma gloria. Lo hemos cantado en el anuncio del año litúrgico, que empezaba con estas palabras: La gloria del Señor se ha manifestado en Belén y seguirá manifestándose entre nosotros, hasta el día de su regreso glorioso.

Pero, ¿qué es esa gloria, de la que hablamos tanto?

Gloria es una palabra que en hebreo tiene el sentido común de peso, algo que pesa, incluso de carga. Desde este significado pasa a ser en el lenguaje teológico una característica tan propia de Dios, que incluso alguna lengua como el alemán, la componen a partir del mismo nombre de «Señor». La gloria es como la divinidad de Dios. Algo que pesa y por tanto el reto es ¿cómo hacer que Dios pese realmente en nuestras vidas y en nuestra Iglesia? ¿Cómo hacernos capaces de dejar ver en nosotros mismos algo de la gloria de Dios?

La primera lectura de hoy habla precisamente de la gloria colectiva. No habla de individuos. El Señor viene a la comunidad reunida, en Jerusalén, lugar de la reunión de los creyentes judíos, lugar en el que la inmediatez de Dios estaba asegurada. Esta realidad lo convierte en un lugar atrayente, un lugar que por encima de todo lleva luz, que es radiante, es decir que ilumina. Podríamos mirarlo como algo fantástico, utópico, pero no: era y es una realidad y al mismo tiempo una vocación y un reto: Avanzar hacia hacer de nuestras comunidades lugares parecidos a la descripción del profeta Isaías. Comunidades de abundancia, por todo lo que reciben y por todo lo que dan de lo que reciben. El primero de los retos es creer con fe firme que podemos ser así y animarnos a convertirnos en cristianos radiantes y comunidad iluminadoras. Sabemos que la luz viene mientras las tinieblas envuelven la tierra y oscuras nubes cubren las naciones, pero también hemos leído estos días que la luz resplandece en la oscuridad y la oscuridad no ha podido ahogarla. No necesitamos magia alguna, sólo creer y abrirse a la acción de Cristo que es la luz del mundo.

Esta gloria de Dios nos viene gratuitamente: Ya lo decía San Agustín en uno de sus sermones de Navidad: pregunta qué mérito, qué razón, qué causa y verás que sólo encuentras gracia, es decir gratuidad. Quizás si buscáramos o si creyéramos que podemos de alguna manera dominar esta gloria de Dios se nos escaparía.

Don que recibimos en comunidad y por voluntad de Dios, sin embargo, Él nos llama a ser testigos e incluso administradores, porque nuestra vocación es devolver al mundo lo que recibimos de Dios. Esto lo incluye todo:

Empezando por la oración: ¿O no es nuestra liturgia como lugar privilegiado de encontrarse con la Palabra y con el mismo Jesucristo en la eucaristía, momento privilegiado para vivir la gloria de Dios y para comunicarla, especialmente en nuestra celebración abierta por naturaleza? Quizás siendo algo conscientes de ello ya nos habremos puesto en camino.

Pero también incluye obedecer a la Palabra y al Evangelio y un compromiso personal por la justicia, por la persona humana, por la paz. Jesús niño es la Palabra, la luz, porque es Dios hecho hombre y esto sólo puede ser luz y vida, pero en su camino entre nosotros, de la gloria de Dios antes de la Encarnación al regreso a la gloria después de la ascensión, Jesús es también el hombre que, como decía el Papa Francisco en Nochebuena, ha nacido en un pesebre, ha vivido itinerante y ha muerto en una cruz. Éste es también su trono. No nos costará demasiado encontrar situaciones en las que nuestro testimonio de la gloria de Dios será como Jesucristo, acercarnos a los pesebres de quienes nacen pobres o de quienes mueren en las cruces.

Con todo esto sólo queremos recibir y testimoniar la gloria, el peso de Dios en nuestra vida. Lo que pesa siempre ha sido una manera de decir lo importante. En muchas culturas las balanzas son un instrumento de medir y valorar simbólicamente el peso de nuestras vidas. En algunos frescos románicos, San Miguel pesa a las almas cristianas con una balanza frente a la fuerza del mal. Quizás podríamos decir que, si hay Dios, nuestra vida siempre pesará más, siempre estará más llena de ese amor y de aquella bondad que nos ayudan a amar, intercediendo por el mundo, siendo testigos de Dios y ayudando con caridad.

La fiesta de hoy es la fiesta de la proyección de la fe cristiana en el mundo, de la manifestación en las naciones, esto es el significado de Epifanía y en el fondo incluye además de la adoración de los Reyes, otros dos momentos de la vida de Jesús que iremos siguiendo las próximas semanas: el bautismo y la boda de Canaán, cuyo evangelio termina con la afirmación: Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él, Jn 2, 11. Una vez más, la escritura nos lleva a ver en otras situaciones de la vida de Jesús, cómo su persona es la verdadera revelación de ese Dios, demasiado resplandeciente para ser visto, pero absolutamente decidido a hacerse visible en Jesucristo, y presente en la Iglesia y en todos nosotros por participación, que se convierten así en signos radiantes de luz y de paz para toda la humanidad.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2023)

Solemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2022)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Aunque hoy todavía no cerramos litúrgicamente este tiempo de Navidad, tenemos suficiente perspectiva, queridas hermanas y hermanos, para mirar atrás y ver qué hemos ido contemplando desde el principio del Adviento. Miremos cómo lo miremos, el protagonista siempre es Jesucristo, siempre es el misterio de la Encarnación, de un Dios que se ha querido hacer humano. Alguna vez tenemos la sensación de que siempre predicamos lo mismo, pero mientras sea sobre Él, sobre Cristo, uno tiene menos miedo a repetirse, pero al menos siempre estaremos hablando del centro, de lo principal de nuestra fe.

Haciendo pues este recorrido hacia atrás, leyendo al profeta Isaías durante las primeras semanas de Adviento imaginábamos primero a este Cristo, a este Mesías como el que debía venir. Él mismo aparecía identificado con la Sabiduría de Dios. Cerca de Navidad, ya en el momento de la Encarnación, era la Palabra que venía al seno de María, que finalmente se hacía hombre, y que nacía en Belén, acompañado de efectos especiales, llamaríamos hoy, como las apariciones a los pastores, y otros eventos celestiales que le proclamaban definitivamente Mesías. La liturgia, todavía nos ha deslocalizado cuando entre Navidad y Epifanía, ha continuado la pedagógica revelación de la esencia del niño, explicándonos lo esperado que era en el templo para los ancianos Simeón y Ana, en un relato que se ubica después del nacimiento y fuera de Belén. Y finalmente hoy, recuperando la localización de Belén, celebramos todavía en torno a la cueva el último homenaje hecho al niño Jesús: la peregrinación de los Reyes con sus dones, que son, aún más, la afirmación de la naturaleza de Cristo: Oro porque es rey, incienso porque es Dios, mirra porque es hombre. Todo es una contemplación y una invitación a mirar con más y más profundidad a este Jesús de Nazaret niño, que contiene ya toda la potencia de su identidad y de su mensaje en el momento de su nacimiento.

Esta manifestación, que es lo que significa Epifanía, concluye un proceso que si nos fijamos bien ha ido del secreto y de la intimidad a convertirse en totalmente conocido, público, notorio. La expectación mesiánica del Antiguo Testamento era una promesa, era una esperanza. Más que secreta o íntima, estaba todavía en el reino de lo futuro. La anunciación a María, en cambio, toma ya el carácter de un hecho, de un acontecimiento histórico que ocurrirá, pero todavía está en lo más íntimo de una sola persona. San José comparte el secreto con la Virgen, después en el momento del nacimiento de Jesús podríamos decir que es el entorno, el kilómetro 0, los pastores quienes participan. Digo todo esto, para poner un contexto en la celebración de hoy y para intentar explicar que con la manifestación a los Reyes, a los reyes de Oriente, el relato evangélico nos quiere decir que Jesucristo se ha hecho universal, que su destino ya es ser conocido en todo el mundo y que esa intuición, esa promesa hecha en Israel, ese anuncio dicho a María se han cumplido por el bien del mundo, de todo el mundo.

El cristianismo ha sabido ser fiel a la vocación universal de la persona y del mensaje de Jesucristo que la fiesta de la Epifanía proclama. Ha sabido ser fiel en el sentido de que realmente el evangelio ha sido proclamado en todo el mundo. San Pablo como nos ha dicho la segunda lectura fue el primero de los apóstoles en comprender esta vocación universal. En comprender que la tradición de Israel quedaba realizada en el cristianismo y que la vocación universal no miraba sólo a la evangelización futura del mundo, sino que necesitaba integrar también la fe precedente que lo había hecho nacer todo. De dos pueblos ha hecho uno solo. La expansión rápida y fecunda de los primeros siglos, nos hace caer en cuenta de que realmente somos hijos de esta Epifanía de Cristo que ha ido reproduciéndose en la historia del pueblo de Dios. Por todas estas razones, la liturgia de la fiesta de hoy es casi eufórica: la alegría se respira por todas partes.

También nos es lícito preguntarnos, si esta extensión geográfica del cristianismo, concuerda con la profundidad con la que creemos y actuamos como cristianos. Un monje hermano nuestro difunto cuestionaba el discurso sobre la descristianización contemporánea haciéndose la pregunta de si realmente habíamos sido cristianizados alguna vez. La intención profunda de esta cuestión me parece que es ponernos ante la evidencia de que somos cristianos pero no somos perfectos, no hemos terminado todo lo que hay que hacer, porque evidentemente nuestra vida es seguimiento imperfecto y especialmente creo que tenemos siempre el reto de comprender que celebrar la Epifanía, celebrar que lo de Cristo es Universal, debería tener algún efecto más importante de los que tiene.

No quisiera amargarle a nadie una de las fiestas más entrañables del año, muy especialmente en la sociedad, pero la conciencia de lo que ocurre en el mundo es la primera condición para preguntarnos si hacemos suficientemente presente el evangelio de ese Jesús de Nazaret, manifestado a todos los pueblos. La primera página de un diario reciente decía que más de 4.000 personas, entre ellas más de 200 niños, han muerto intentando llegar a España durante el 2021. No es desgraciadamente la única mala noticia de estos días, pero impacta. Especialmente cuando en un día como hoy nos habla de niños. Y nos repetimos la pregunta: ¿realmente nuestro mundo está cristianizado y pasan estas cosas? ¿La Epifanía ha llegado a todo el mundo? ¿O es que Cristo se manifiesta y muchos no le hacen o no le hacemos suficiente caso?

No debemos desanimarnos si los caminos del seguimiento y de la conversión del mundo a una justicia y a una paz mayor, como la que propone el Evangelio son lentos. Lo que no nos está permitido es no ser conscientes de ello, no ocuparnos cada uno desde sus posibilidades, dicho en una palabra de hoy: No podemos pasar de todo esto. Nuestra vocación, el hecho mismo de que nosotros que éramos, a los ojos de Israel, paganos, hayamos recibido el evangelio y Cristo por la gracia de esta epifanía global, debería hacernos por vocación, preocupados de todo el mundo y de todas sus injusticias.

Quizás además de toda la conciencia de la realidad que vivimos, podríamos preguntarnos si no deberíamos recapitular el camino de la Epifanía que hemos contemplado tal y como os lo he intentado describir, y, empezando por el final, por la conciencia de que sí, que Cristo se ha manifestado en todo el mundo, ir atrás hasta recuperar una experiencia como la de Santa María, que yo me atrevería a llamar una Epifanía interior, una manifestación de Jesús en nuestro corazón. Quizás podemos entender su manifestación a todas las naciones como la condición que hace posible que cada hombre y cada mujer puedan vivir esta epifanía interior, y desde ella una conversión a Dios y a su Reino: Un compromiso personal y definitivo a hacer su voluntad. Porque quizás en el fondo todo comienza en un corazón sencillo y dispuesto a amar más allá de todo los límites. Y quién sabe, si eso quizás sí que cambie el mundo.

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Epifanía del Señor (6 de enero de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (6 de enero 2021)

Isaïes 60:1-6 / Efesis 2:2-3a.5-6 / Mateu 2:1-12

 

El evangelio que nos ha proclamado el diácono, hermanas y hermanos, parece que nos quiera instruir más bien expresando sentimientos y actitudes que no con diálogos. Porque la parte más importante de la narración, que es el encuentro de los magos con Jesús, no contiene ninguna reproducción de palabras dichas por los personajes que intervienen. Me explico.

Primero, el evangelista nos ha dicho que los magos habían visto en el firmamento, cuando aún estaban en su tierra, en Oriente, una estrella que brillaba de una forma nueva. Y dedujeron que era la estrella que indicaba el nacimiento del nuevo rey de los judíos. Esta estrella los puso en camino y los condujo a Jerusalén, la Ciudad Santa de Israel. En este punto de la narración, sí hemos encontrado un diálogo entre los magos que preguntaban por el lugar donde podían encontrar el recién nacido rey de los judíos porque le quieren presentar su homenaje, y el rey Herodes de quien esperaban una respuesta. Herodes, a pesar del temor por el peligro de que este niño podía representar por su trono (cf. Mt 2, 13:15), se la da tras consultar a los principales sacerdotes y a los letrados conocedores de las Sagradas Escrituras. Les dice que el rey de los judíos ha de nacer en Belén de Judea.

Una vez recibida la respuesta, los magos se pusieron en camino hacia esta pequeña población de la tierra de Judá. A partir de aquí, el evangelista San Mateo ya no nos relata otro diálogo. Sólo vivencias interiores de los magos y gestos que las expresan. Estas vivencias y estos gestos, sin embargo, nos permiten entrar en el núcleo de la celebración de hoy.

La primera vivencia es la humildad expresada por todo su itinerario de investigación pero sobre todo en la postración en el suelo ante el niño; ellos, altos personajes en sus tierras, se sienten pequeños ante Jesús. La segunda vivencia de los magos es la alegría inmensa al volver a ver la estrella que habían descubierto y les había hecho ponerse en camino y que ahora, llegados a Belén les indicaba la casa donde estaba el niño que buscaban para presentarle su homenaje. Entran y lo encuentran con su madre, María. La tercera vivencia es el reconocimiento de Jesús expresado con unas acciones concretas. Se postran en el suelo, le presentan su homenaje, abren las arquetas y le ofrecen los presentes de oro, incienso y mirra. Con la postración en el suelo, reconocen en el niño Jesús su condición de rey de los judíos, de Mesías y Pastor de Israel y adoran la presencia soberana de Dios en él. Con sus presentes, además, hacen realidad lo que afirmaba la esperanza mesiánica de Israel, tal como hemos escuchado en la primera lectura y el salmo responsorial: que los reyes de oriente ofrecerían presentes al Mesías y le llevarían oro e incienso, y que le harían homenaje todos los pueblos.

Así es narrada la epifanía los magos. Es decir, la manifestación del niño Jesús a los primeros no judíos, como signo de que él ha venido a «iluminar a todos los pueblos» de la tierra (cf. prefacio), no sólo al pueblo de la Primera Alianza. Esta realidad universal, la tradición cristiana la ha expresado representándola con estos magos como pertenecientes a pueblos y razas diferentes. Porque, como escuchábamos en la segunda lectura: en Jesucristo, todos los pueblos tienen parte en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y partícipes de la promesa.

La narración no hablaba casi de miradas. Sólo mencionaba una cuando decía que los magos vieron al niño con María, su madre. Ven a Jesús con los ojos corporales llenos de alegría por haber encontrado el recién nacido objeto de su ardua investigación y, también, lo ven con la mirada de la fe que les hace descubrir la identidad de aquel niño ante el que se postran para adorarlo. Pero podemos deducir otras miradas. Ellos, unos personajes tan singulares y venidos de lejanas tierras, también fueron mirados por María y por Jesús. Quizá por José, que en el evangelio de Mateo tiene un papel muy importante en toda la infancia de Jesús, pero que en la escena de los magos no se nos dice que estuviera presente. Fueron mirados por María que, gozosa porque con su maternidad ha puesto al mundo al Salvador, les muestra a su Hijo (cf. Mt 1, 21). Y fueron mirados sobre todo por Jesús que, a través de los ojos corporales, los mira con el corazón. Porque su mirada es la de Dios, y tal como dice el Francisco, «Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón» porque mira desde el amor que lo lleva a querer a cada persona concreta sea quien sea y sea como sea (cf. Fratelli tutti, n. 281).

La epifanía, la manifestación de Jesús, continúa también en nuestros días. Jesús se deja encontrar en brazos de aquella que María representa y personifica: la Iglesia. La Iglesia continúa a lo largo de la historia la acción de poner a Jesucristo en el mundo para que pueda estar al alcance de cada persona. Nosotros, provenientes de pueblos no judíos, también hemos descubierto a Jesucristo como Salvador, como aquel que nos mira con el corazón porque nos ama tal como somos, y nos hace entrar en su herencia junto con una multitud de hermanos.

Este año la solemnidad de la epifanía está marcada, también, por la pandemia que siega vidas, perjudica la salud, crea preocupación, y aumenta las situaciones de precariedad, de pobreza, de marginación. Pero, también en esta coyuntura, Jesucristo es Salvador. Y, como los magos al descubrir en la naturaleza la señal de la estrella, también nosotros tenemos que saber leer a la luz de la Sagrada Escritura la señal de la naturaleza que es la pandemia y encontrar una invitación a ponernos en camino hacia el encuentro con el Señor. Él nos ayudará a vivir esta situación como momento de salvación y de amor fraterno; y nos consolará en el sufrimiento, nos abrirá nuevas perspectivas de esperanza, nos hará encontrar la herencia que es la vida más allá de la muerte, nos enseñará a construir un dinamismo social nuevo, más solidario entre las personas, más empapado de paz, más respetuoso del medio ambiente.

En la Eucaristía que estamos celebrando como miembros de la Iglesia, el Señor Jesús se hará presente en los Santos Dones del pan y del vino. Acerquémonos a él con las actitudes profundas que nos enseñan los magos: con humildad, con fe, con espíritu de adoración para hacerle homenaje con el don de nuestra vida y con la entrega a los demás, con voluntad de poner en práctica su Palabra divina para llegar a la plenitud de nuestra existencia en el cumplimiento de su promesa. Y experimentaremos la alegría de encontrarnos en la presencia del Señor unidos a muchos hermanos. Y de sabernos mirados amorosamente por él no tanto con los ojos del cuerpo como con los del corazón. Porque la mirada de Jesús, el Hijo de María, es la mirada entrañable de Dios.

 

Abadia de MontserratEpifanía del Señor (6 de enero de 2021)