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La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero 2026)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2026)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

El Evangelio de hoy describe una interesante e inspiradora escena para nuestra vida. Zaqueo se adelanta corriendo a una multitud para encontrar un buen lugar para ver a Jesús. ¡Habría tantos paralelos con el mundo actual! Cuántas veces no hemos visto en eventos deportivos por ejemplo que todo el mundo trata de colocarse en un buen lugar para ver de cerca a los jugadores o atletas, incluso corriendo; o no hemos oído hablar de las colas de horas e incluso de días, por ser los primeros en entrar en un concierto para poder estar delante de todos; o, incluso, situarse bien en una audiencia del Santo Padre, para verle pasar y con un poco de suerte, ¡llegar a tocarlo!

El deseo de proximidad física con alguien que admiramos y al que no tenemos otro acceso es muy humana, y tanto por los ejemplos que he puesto, como por lo que nos dice el Evangelio, es también antigua. Una buena manera de describir la posición de Zaqueo frente a Jesús es precisamente pensar que el maestro de Nazaret, ya muy famoso, es alguien al que se piensa tener acceso sólo desde muy lejos. Y que con ese pequeño contacto ya quedaríamos satisfechos.

Quizás para comprender un poco más el evangelio: nos podemos imaginar que aquel deportista, ese cantante o incluso el Papa, del que sólo esperábamos verlo de lejos -y, evidentemente, hoy en día, porque no puede ser de otra manera, hacernos el inevitable “selfie” con el móvil que dejara constancia del momento en el círculo infinito de nuestros contactos digitales; imaginamos, pues, que este personaje, en lugar de pasar, se parara y nos dijera: “¡Hoy vengo a cenar a tu casa!” ¡Esta es la emoción de Zaqueo cuando Jesús lo ve, se para y se auto invita a cenar!

Si hace un momento os decía que en situaciones como la de los ejemplos que he puesto, creemos que no tenemos otra manera de acercarnos a quienes admiramos, el caso de Zaqueo nos dice que con Jesucristo estamos muy equivocados porque Él es capaz de distinguirnos entre la multitud, de comprender nuestra voluntad de acercarnos a él y de superar con mucho nuestra expectativa de relación.

El error es pensar que sólo teníamos una lejana posibilidad de acercarnos a él.

Jesús no es el que pasa un momento y le perdemos de vista en medio de la gente sino el que se queda a cenar con nosotros.

A menudo, como imagino que os ha pasado a algunos de los que me escuchan, he pensado porqué se nos propone este Evangelio de Zaqueo en la solemnidad de la Dedicación de la Propia Iglesia, que hoy celebramos en Montserrat, recordando que hace 434 años de la consagración de esta basílica dedicada a la Natividad de la Madre de Dios.

Continuando con el ejemplo del Evangelio, la Iglesia es esta casa de Zaqueo donde Jesucristo dice: «Hoy tengo que quedarme en tu casa». La dedicación de nuestra basílica, no se celebró el 3 de febrero de 1592, sino el día 2, el día de la fiesta de la presentación de Jesús en el templo. En la liturgia de ayer, también nos lo recordaba la homilía del P. Abad Josep M., recordábamos precisamente la entrada de Cristo a toda iglesia, como luz que se revela a las naciones y se nos exhortaba a levantar los dinteles y agrandar las portaladas. Y por eso, desde el momento de la dedicación, esta nave, este edificio, hace más fácil que sintamos que Dios está ahí, que Dios se deja encontrar. ¡Qué diferencia entre una Iglesia y un auditorio! Incluso el ambiente, independientemente de la fe que tengamos y de la teología que hayamos aprendido, nos transmite otra dimensión.

Dios, a quien sabemos presente y actuando en el corazón de cada hombre y mujer, quiere ayudarnos a recordarle, a verle, no sólo como aquél que pasa, sino como aquél que se queda. Nosotros le respondemos, pues, dedicándole algunos lugares, algunos momentos, en la mediación de la comunidad reunida en oración, en la tradición litúrgica, en la música que cantáis los escolanes. Dios acoge y santifica estas obras humanas que le ofrecemos. Todo esto se convierte en ese correr y adelantarse de Zaqueo y de todos nosotros al encuentro de Jesús. Dios naturalmente no lo necesita. Lo necesitamos nosotros. Nuestra humanidad que necesitaba correr y adelantarse a probar si tenía suerte de verle, ahora puede plenamente confiar en encontrarse con Cristo. Por su resurrección y por el Espíritu Santo, lo tenemos casi a nuestra disposición, como don: tan grande es su capacidad de venir a nuestra casa.

Por eso, las iglesias cristianas toman simbólicamente en la liturgia el lugar de la ciudad de Dios, de Sión, de Jerusalén. El lugar, donde de algún modo misterioso, los creyentes de Israel estaban seguros de que Dios estaba allí. Lo cantará los escolanes en el ofertorio. «Fundamenta Eius in montibus Sanctis, diligit Dominus portas Sion super omnia tabernacula Iacob. El Señor tiene el palacio en la montaña santa y ama más los portales de Sión que todas las villas de Jacob (salmo 87)». Lo cantamos hoy porque creemos que en esta basílica de Montserrat también Dios hace el don a muchos fieles, especialmente por intercesión de Santa María, de revelarse y fortalecer su fe. Y por eso en nuestra fachada también hay ha escrito: «Ciudad Santa de Jerusalén», las primeras palabras del himno de las vísperas.

Pero esta presencia de Dios en las iglesias y en las comunidades que se reúnen, debería tener consecuencias. La relación cristiana básica de cada uno de nosotros con Cristo, no es neutra. Fijémonos en que en el Evangelio no sólo se prepara una estancia, sino que Zaqueo queda profundamente impactado y es capaz, no sólo de acoger al personaje y al profeta, admirado por una adhesión incondicional, sino de escuchar y obedecer sus palabras. Así Dios provoca el reconocimiento de quiénes somos y de nuestra conversión hacia su amor.

Quizás por eso, nuestra liturgia y nuestra oración, cuando corresponden a nuestra vida de conversión, están vivas y nos recuerdan nuestro compromiso cristiano con los hermanos y el mundo. Nunca deberíamos desligar una cosa de la otra, porque siempre es Dios quien está detrás de la caridad y de la celebración. Y esto es importante en una solemnidad como ésta, en la que podríamos quedarnos fijados en la idea material de las paredes y no en lo que espiritualmente acogen y representan.

Al término del acta de consagración de esta basílica, en 1592, extendida por un notario de Esparreguera, después de reconocer el mérito del Abad Plácido de Salinas, “el cual felizmente condujo las obras hasta el final”; se desea que “Se le concedan muchos años felices de vida, para que en este nuevo templo se pueda celebrar dignamente el sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo a gloria y alabanza de Dios”.

Es con una humilde acción de gracias, que lo seguimos haciendo en este mismo sitio, más de cuatro siglos después.

 

Última actualització: 6 febrero 2026