Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de noviembre de 2022)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Juan 12:23-28

 

Vivimos queridos hermanos y hermanas en un mundo muy entretenido. Hay quien se preocupa mucho de que no nos aburramos y propone constantemente todo tipo de diversiones. Incluso se utiliza esta idea de la diversión continua para realizar propaganda. Recuerdo haber escuchado una vez el anuncio de un crucero que ofrecía veinticuatro horas seguidas de entretenimiento. Sinceramente pensé que sería el último lugar del mundo en el que iría a pasar unas vacaciones. Estos rasgos de nuestra cultura contemporánea van normalmente de la mano de una visión de la vida a muy corto plazo, en la que cuestan los proyectos vitales, las propuestas que podrían llegar a dar sentido a toda la existencia. Los cristianos, respetando la libertad de cada uno, debemos decir que nuestro punto de vista sobre la vida incluye algo más que la diversión.

En el Antiguo y en el Nuevo Testamentos, siempre encontramos la descripción de una realidad que quizás no es tan divertida, pero que es real, que es auténtica, que explica mucho mejor lo que vivimos. En las lecturas de hoy, este punto de realismo lo hemos tenido muy claro:

Así el libro de las Lamentaciones nos decía:

Mi alma vive lejos del bienestar

El recuerdo de mis penas y de mi abandono me amarga y envenena.

Cuanto más pienso y lo medito, más me repliego sobre mí.

Pienso que en la vida de las personas hay momentos en que estas frases o algunas similares, o aquellas que cada uno quiera formular para expresarse, son más adecuadas para describir lo que vivimos, que todo el resto de palabras vacías que se nos ofrecen para olvidarnos de quiénes somos, de dónde estamos y de adónde vamos. La espiritualidad bíblica permite identificar todas las dificultades de nuestra existencia y de las del mundo. La Palabra de Dios no ha pasado de moda por más antigua que sea.

Pero nunca nos quedamos aquí. Es bonito que la sabiduría del Antiguo Testamento, en este libro de las Lamentaciones, en los Salmos y en tantos otros testigos, no se quede aquí. Pasamos por la pena, pero no nos quedamos allí. En medio de todo esto, siempre está Dios que es una ventana al futuro.

Pero ahora quiero revivir otros pensamientos que me van a mantener la esperanza.

Dios nos propone un horizonte distinto: La salvación. A veces me parece intuir que detrás de toda esta saturación de entretenimiento contemporáneo hay una actitud muy básica: nos hacernos conscientes de que aparte de divertirnos también necesitamos a Dios y su salvación y que seguramente hemos puesto en su sitio muchas cosas, muchas plataformas, mucha música, muchos videojuegos, mucho móvil y todo lo que queráis y lo que vendrá, que no podemos ni imaginar; y así nos vamos entreteniendo. El fragmento que hemos leído del libro de las Lamentaciones acababa diciéndonos, en cambio:

Es bueno esperar silenciosamente la salvación del Señor.

Esperar silenciosamente. Me parece una frase casi revolucionaria en el mundo que vivimos. Esperar porque no todo se logra ya. Y hacerlo silenciosamente. Hay en esta frase un matiz muy bonito de profundidad, de hacernos conscientes de la salvación de una manera contemplativa, sabiendo que necesitamos un camino paciente y una actitud recogida para ir sabiendo qué es para cada uno de nosotros esta salvación.

Pienso en vosotros escolanes, que tenéis cada día un ejemplo breve de esta actitud cuando esperáis silenciosamente para salir a cantar. Podríais tomarlo como una actitud de por vida. Especialmente para los momentos que tengáis alguna dificultad y pensar en estos momentos de silencio y de preparación antes de la Salve. No son siempre momentos fáciles como sabemos quienes hemos estado allí, pero van bien. Lo sabéis. Vosotros tendréis al menos un referente de lo que significa el silencio. En esta homilía no estoy criticando que en la vida haya diversión ni todas las formas modernas de divertirse. Estoy criticando que en ocasiones no haya tiempo o ideales para casi nada más. Guardaos vuestra experiencia en la escolanía como una experiencia de una vida aprovechada al máximo.

Hoy conmemoramos a los Fieles Difuntos. La muerte fortalece una visión total sobre la vida.

Nuestra muerte nos hace pensar en el final y por tanto en toda la vida, tanto la pasada como la futura.

La muerte de los otros nos permite ver qué les ha pasado, en sus vidas.

No diré que la muerte no haga respeto, pero estoy convencido de que tenerla presente, cada uno según corresponda a su edad, puede llevarnos a una conciencia más plena de todo lo que hacemos. Es una idea que encontramos también con frecuencia en nuestra Regla Benedictina, donde se nos pide que la tengamos presente cada día.

Hoy conmemoramos a los Fieles Difuntos, pero no estamos celebrando la muerte, sino la vida. Y si hasta aquí, lo que he intentado decir tiene una sabiduría, nos falta el sello que confirma todo. La historia de Jesús de Nazaret, en especial su Pasión, muerte y resurrección, que son el ejemplo más claro de espera silenciosa a través de la muerte en la salvación de Dios. Hemos escuchado en el Evangelio a Jesús diciendo:

¿Qué debo decir: ¿Padre Sálvame de esa hora? No. Es para llegar a esta hora que he venido. Tampoco Él se ahorró ninguna oscuridad, pero no se quedó en ella.

Con su resurrección, la vida fue más poderosa que la muerte y así nos dejó a todos la esperanza de nuestra propia resurrección. Por eso celebramos la vida, la de Jesucristo resucitado como algo fundamental de la fe, la de nuestros hermanos y hermanas difuntos, como una esperanza sólida, que se apoya en la bondad de sus vidas, en la capacidad de haber seguido estos preceptos tan sencillos del evangelio de hoy: que el grano de trigo muera, que podamos dar la vida para seguir al Señor, para llegar a una eternidad, a un cielo que sólo la misericordia de Dios garantiza. Celebramos finalmente nuestra vida como un camino que debe dirigirse e inspirarse por este evangelio, del que dan testimonio Todos los santos de Dios que celebrábamos ayer.

En Jesucristo Dios se ha hecho solidario de toda la humanidad. Se ha hecho solidario de las tragedias personales y colectivas, de las naturales y de las provocadas, y las ha vencido. Todo lo que es destrucción y muerte no ha podido con la capacidad de ser y vivir de la Creación que tiene detrás la fuerza de Dios.

Esta esperanza de resucitar con Jesucristo y de seguirle fielmente durante los días de sus vidas, guió a los dos hermanos de nuestra comunidad, el hermano Martí Sas y Massip y el Padre Josep Massot i Muntaner que murieron este año con pocos días de diferencia la última semana de abril. Les recordamos con cariño y esperanza, agradeciendo también todas sus cualidades y el legado material y espiritual que nos han dejado. Nos hacemos así solidarios de sus vidas y de sus muertes, que también nosotros vivimos y viviremos.

Hoy también, recordando a nuestros hermanos difuntos, podemos pensar que el Señor está cerca de todos los que sufrís o estáis tristes porque habéis perdido a alguien querido y lo recordáis. Quisiéramos aseguraros nuestra oración y nuestro recuerdo desde Montserrat. Sabemos que estáis a menudo con los monjes, en nuestras celebraciones. Percibo que esta experiencia compartida de la muerte cercana y la esperanza también común de la resurrección nos hermanan más que nunca.

Celebremos hoy al Señor de la vida, el Señor que nos espera al final de la historia, la nuestra y la de todo el mundo, Jesucristo Resucitado, que se volverá a hacer presente en la mesa de la eucaristía, donde su solidaridad con la humanidad nos permite la comunión con Él, entre nosotros y con toda la Iglesia del Cielo.

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2022)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2022)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

Hemos cantado amados hermanos y hermanas, dos versículos del salmo 23 que dicen:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos. (salmo 23, 2)

Ambos nos trasladan una idea de orden. Dios empezó por el principio, poniendo los cimientos de la Creación de una manera ordenada, para que el resto que vendría después se apoyara de forma segura en algo sólido. Es una idea que encontraremos en muchos pasajes de la Biblia y que también fue muy querida por las tradiciones de sabiduría y pensamiento antiguas, reflejando una especie de necesidad natural de ordenar nuestro entorno. La palabra cosmos se opone a la palabra caos, porque incluye el orden querido por Dios. Es curioso. Cuántas veces hablamos de caos y decimos “esto es un caos” o “esto es caótico” y que rara vez hablamos de cosmos o decimos “esto es cósmico”. En cambio, la Creación de Dios explicada en el Génesis y en algunos salmos es una especie de descripción de este orden cósmico: una explicación por etapas. En cada una de ellas, se crea ordenando: dando una función: el sol y la luna para separar el día de la noche; las aguas para separar el cielo y los océanos, y así hasta llegar al final.

Y la última etapa de la creación, como todos sabemos, es la de crear al hombre y a la mujer también con un orden que incluye ser conscientes de sus posibilidades, de su lugar ante Dios, del lugar personal de cada uno y de aquél que le corresponde ante los demás. En una palabra: de nuestra responsabilidad, del correcto ejercicio de la propia libertad. Alguien podría preguntarse: ¿Y esto, que tiene que ver con la solemnidad de hoy, de Todos los Santos? La santidad es uno de los nombres que podemos dar a ese orden querido por Dios, en su dimensión más humana. La propia liturgia de hoy nos dará la definición más simple y mejor de santidad. La rezaremos en la oración de después de la comunión que pide a Dios la gracia para que: «quienes caminamos hacia la santidad que es la plenitud de tu amor, podamos pasar de esta mesa de peregrinos al convite de la patria celestial”.

Desde esa idea es fácil y bonito contemplar en primer lugar el salmo responsorial que también nos decía:

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Estamos en el deseo. Nos dice adónde debemos ir, antes de decirnos cómo.

Y ese mismo lugar al que vamos, también nos lo describe la primera lectura de hoy del libro del Apocalipsis, en la perspectiva final que le es propia, nos da un cuadro de la humanidad cósmica, ordenada, santa en el amor. Nos intenta transmitir cómo será esta comunión de los hombres y mujeres en la santidad: una multitud que permanece en presencia de Dios. En la plenitud de su amor.

El amor es el destino y es también el camino. Y para hacer un camino, hace falta tiempo. Dios se toma un tiempo para marcar. Dios manda que el bien prime de entrada sobre todo mal, para darnos tiempo. Y muchos responden. ¿No es bonito pensar que en este mundo nuestro, tan acelerado, Dios prevea un tiempo para hacernos santos? A los monjes y otras personas que tienen una familiaridad con la Regla de san Benito, esta idea no podrá dejar de resonarnos a la cita que el Prólogo hace sobre la paciencia de Dios, que nos ayuda a la conversión, que no es nada más que uno de los nombres de ese camino de amor y santidad.

Tener tiempo para vivir la plenitud del amor de Dios.

Sabemos a dónde vamos, sabemos que Dios nos da tiempo para ir allí, nos falta saber cómo. ¿Cuántas formas no tenemos de avanzar en este camino de santidad? Todavía el salmo responsorial nos proponía algunas de estas formas básicas:

El hombre de manos inocentes y puro corazón,

que no confía en los ídolos.

Sólo esta última frase podría darnos todas las pistas necesarias. ¡Qué actual! ¡No confiar en los dioses falsos! Decía un escritor católico inglés: Charles Keith Chesterton, que quien no creía en Dios podía creer en cualquier otra cosa. Aunque la frase fue dicha hace cien años, está plenamente vigente. ¿Con cuántas infinitas cosas no nos apartamos hoy de vivir intensamente el amor a los hermanos, el amor a Dios, hasta me atrevería a decir el amor a un mismo bien entendido, no aquella alimentación continua del ego infantil y adolescente a base de dioses falsos, con que la sociedad procura tenernos siempre ocupados y despistados? Nosotros, con el salmo, queremos andar y creer en el Dios que salva, al que nos acercamos con las manos limpias y sin culpa, en aquél de quien recibiremos las bendiciones.

Ésta es la propuesta de Dios. Siempre en beneficio del crecimiento de la persona humana.

¿Y quién responde? En primer lugar, responden las tribus de Israel, estos 144.000. La lectura tiene un fragmento que no hemos leído, donde después de hablar de estos 144.000 da los detalles: Esto es doce mil por cada tribu. Podría pensarse: Todo muy ordenado. Muy perfecto. Pero Dios se supera y en la siguiente escena, los santos son ya una multitud incontable, universal, plurilingüe, multirracial: Luego vi a una multitud tan grande que nadie habría podido contarla. Eran gente de toda nacionalidad, de todas las razas, y de todos los pueblos y lenguas.

En unos momentos, los escolanes cantarán un ofertorio con música de Tomás de Luis de Vitoria que explica de una manera más sencilla este texto del apocalipsis. Dice precisamente que toda esa multitud forma el

Glorioso Reino de Dios, en el que Todos los Santos se alegran con Cristo.

Oh quam gloriosum est Regnum, in quo cum Christo gaudent omnes sancti.

Y Vestidos de blanco, siguen al cordero, donde va

Amicti stolis albis, sequuntur agnum, quocumque ierit.

En catalán lo cantaremos otra vez en las vísperas de hoy, como la antífona en el Magnificat.

La santidad de Dios es inclusiva. No cabe duda. Quiere a todo el mundo. Y eso hace una santidad anónima. Hoy celebramos, queridos hermanos y hermanas, esa santidad anónima. La de todos los santos. La de todos aquellos que no han sido declarados oficialmente santos por la Iglesia. Pero ¡cuidado!: Anónima, quizá porque no está incluida en los santorales oficiales, pero nunca desconocida ni por Dios, ni a menudo por el entorno de cada uno, ¿Cuántas veces hemos dicho u oído: “¡Es un santo!”, cuando una persona es ejemplar. La mayor recompensa que podemos tener cuando seguimos este camino de la plenitud del amor será nuestra conciencia reconciliada con Dios. En el anonimato de esta santidad también existe un aspecto muy interesante: sólo es finalmente Dios quien conoce nuestra santidad y nuestros intentos exitosos o no. Él tiene la última palabra para hacer que cualquiera de nosotros, con nuestra fe y con nuestro amor siempre imperfectos, nos unamos a la multitud de quienes lo alaban en el cielo. Y naturalmente esto sólo lo hacemos imitando a Jesucristo y su Evangelio.

A todos los que nos han pasado delante en ese camino. A Todos los Santos, los tenemos presentes hoy, cuando celebramos esta eucaristía que une como siempre el cielo y la tierra.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2022)

Beatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (13 de octubre de 2022)

Primer aniversario de la Bendición Abacial

Isaías 25:6a.7-9 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Juan 15:18-21

 

Aunque no nos guste demasiado, los conflictos, queridas hermanas y hermanos, están presentes en nuestro entorno, en nuestra vida, en nuestro mundo. Debemos creer que todos preferiríamos un escenario donde todo se arreglara pacíficamente, con diálogo, donde prevalecieran los intereses que incluyen el mayor bien para el mayor número de personas y donde no hiciera falta recurrir a ningún tipo de violencia para solucionar los dilemas y las opciones que se nos van proponiendo. Este panorama, aunque utópico, ha sido un constante anhelo humano que ha recibido muchos nombres. En la tradición cristiana, esta utopía podríamos decir que es una suerte de aplicación social del Reino de Dios, del cielo o del paraíso, de ese estado donde Dios será todo en todos.

Pero la realidad se impone de otra manera. La Sagrada Escritura con su pedagogía ya nos habla de los primeros conflictos en cuanto están el primer y el segundo ser humano en la tierra, Adán y Eva. Estos conflictos se convierten en violentos y mortales entre el tercero y el cuarto hombre; Caín y Abel. Estaríamos un poco tentados de decir: y desde entonces hasta hoy… ¿qué ha cambiado? Han cambiado los sistemas de dañar, cada vez más refinados; quizás incluso ha cambiado la valoración de la vida humana que tantas veces nos parece que cuente tan poco, siempre que la vida en cuestión no pertenezca a nuestro primer mundo y tenga un cierto status, donde entonces puede llegar a ser venerada.

Pero el Antiguo Testamento no empieza con este pesimismo. El libro del Génesis habla de una creación armónica, querida por Dios y que se mantiene siempre como una posibilidad de regreso a ese Reino del que nos alejamos tantas veces personal y colectivamente. Podríamos pensar que la paz que emana de la creación de Dios y la guerra que viene de nosotros caminan paralelamente, al mismo nivel. Nunca lo han hecho. Dios siempre ha sido más fuerte que el mal, aunque cueste verlo. Muy especialmente nos lo ha dicho definitivamente en Jesucristo de quien decimos que es, príncipe de Paz, y que ha vencido al mal, al pecado y a la muerte.

Este esquema sencillo que intento explicar se repite a menudo en la historia y es triste que hoy tengamos que constatarlo todavía en muchos conflictos bélicos, pero también en tantas peleas internas de cada casa. ¿Os imagináis un mundo sin guerras, una Escolanía sin ninguna pelea? ¡Qué tranquilidad! Para conseguirlo, la primera lucha que debemos emprender es la propia: la de cada uno consigo mismo, con su fidelidad al bien, a la paz, a Dios. Cuántas cosas empiezan por la tozuda inmadurez que se rebela en nuestro interior contra los mejores deseos.

Y esta es la pregunta que las lecturas y la Fiesta de hoy, de los Santos Mártires de Montserrat nos hacen de forma intensa: ¿cómo nos situamos personalmente ante los conflictos? ¿Cuál puede ser la enseñanza de los mártires para nosotros?

Ante todo, la cordura. Utilizando todas nuestras capacidades que son reflejo de la bondad y sabiduría de Dios en su Creación, que nos incluye a nosotros. Somos conscientes de la complejidad del mundo en el que vivimos. La mayoría de los monjes de Montserrat en 1936 lo hicieron e intentaron salvar su vida. Muchos lo consiguieron y por eso estamos nosotros aquí. Es nuestra responsabilidad comprender bien los porqués de las situaciones, ya que así nos será más fácil encontrar en el ámbito de cada uno soluciones sencillas que preparen el Reino de Dios. Sí, porque el Reino de Dios se prepara a menudo con actitudes simples.

A los escolanes le diría que miraseis a vuestro alrededor y no acabarais siempre con las excusas de que la culpa es de los demás o que esto siempre se ha hecho así, aunque esté mal. Debéis ser capaces de poder cambiar cosas. Si lo podéis hacer ahora, puede que os preparéis para cambiar otras más importantes en la vida.

En segundo lugar, a menudo los horizontes racionales, históricos, todos los que pertenecen a las visiones humanas se agotan. Nos queda entonces la fe. La fe como fundamento, sabiendo que Dios es mayor que nosotros. Nosotros nos hemos acercado a la montaña que es Jesucristo. Entendamos todos, también vosotros escolanes, qué significa amar a Dios y a los hermanos. La fe nos hace confesar que Dios prevalece sobre el resto. Que hay un horizonte trascendente en el que todo es posible.

Las lecturas de hoy hablan de ese horizonte del más allá, de ese Reino de Dios, como de una montaña donde todos estamos llamados. La fiesta de hoy, que hace sólo ocho años que se celebra, desde el año siguiente a la beatificación de los mártires, el 13 de octubre del año 2013, recuerda a los monjes que fueron muertos durante los primeros meses de la Guerra, llamada Civil, en 1936 y 1937. Al elegir las lecturas, se quiso que las montañas bíblicas que aparecen nos evocaran nuestra montaña de Montserrat en la que ellos, estos monjes mártires, fueron llamados para vivir una vida monástica, que quería ser fiel a ese Reino de Dios. Una vida que no podía imaginar los conflictos que debería enfrentarse. El evangelio de San Juan que hemos leído se entiende por completo si pensamos en aquellos que, llevados por el odio estructural del momento histórico, que se apoderó de tantas mentes y de tantas voluntades, no dudaron en perseguir y en matar a otros hombres por pertenecer a la Iglesia, ser monjes, ser cristianos.

Mártir significa testigo, significa proclamar la verdad. El testimonio más importante que debemos dar los cristianos es el de nuestra fe. El de afirmar que creemos en Dios, en el Padre, en Jesucristo en el Espíritu Santo. Nuestros hermanos mártires atestiguaron de una forma muy sencilla, sin grandes confesiones, siendo lo que eran, fortalecidos por una situación que les acercó aún más a Jesús y a la donación de sus vidas que habían hecho con la profesión monástica. En ese momento tuvieron seguramente la convicción que expresó el P. Robert Grau, prior del monasterio:

Debemos creer que el poder y la sabiduría de nuestro Padre celestial nunca son tan manifiestos como cuando saca bien del mal. (…) Así lo hará Él en estas horas terribles de prueba, ciertamente, pero al fin (horas) de misericordia suya, si vivimos nuestra fe y nuestra confianza absoluta en Él (…).

En tercer lugar, recordemos que lo de los mártires no es sólo historia. Aún lo tenemos cerca. Incluso los escolanes de cuarto estuvisteis hace cuatro años, justo cuando llegasteis, al funeral del P. Alexandre Olivar, que había entrado en el monasterio antes de la guerra y que era compañero de algunos monjes muertos mártires a los dieciocho años. También hoy muchas personas siguen dando su vida porque son cristianos. Fui este año a una celebración donde se recordaba a personas fallecidas recientemente por causa de la fe, aún no reconocidas como beatos o santos de la Iglesia. Me sorprendió que había muchos testimonios diferentes, desde los asesinatos sin más razón que el odio al cristianismo, a aquellos a quienes se les consideraba testigos de la caridad porque habían arriesgado la vida cuidando a enfermos o pobres y necesitados.

Los mártires de la historia nos enseñan el camino que debemos tomar hoy ante la injusticia, la guerra, la pobreza, fieles siempre al Evangelio de Jesucristo con todas sus consecuencias. Sólo Jesucristo y este Evangelio pueden pedirnos un testimonio total y radical. Veneraremos a nuestros hermanos mártires de Montserrat, sus reliquias, en este relicario que como una gavilla nos los recuerda intensamente en esta eucaristía, porque ellos fueron testigos en sus circunstancias tan especiales y les pedimos su intercesión para poder serlo también nosotros.

 

Abadia de MontserratBeatos Mártires de Montserrat (13 de octubre de 2022)

La Natividad de la Virgen (8 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2022)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Seguro que todos os babéis dado cuenta, queridos hermanos y hermanas, queridos escolanes, que las lecturas de hoy suenan a Navidad. Celebramos el nacimiento de la Virgen María, de Santa María, pero lo hacemos hablando de Navidad, es decir del nacimiento de Jesucristo. Todas las fiestas litúrgicas de la Virgen María que, durante el año, conmemoran su Natividad, hoy ocho de septiembre; la Inmaculada Concepción, el ocho de diciembre; su Maternidad sobre toda la Iglesia, el primero de enero; y, finalmente, su asunción al cielo, que celebrábamos hace tres semanas el quince de agosto, son todas ellas fiestas que sólo se comprenden si las ponemos en relación con Jesucristo.

Mostrarnos a Jesucristo debería ser siempre el fin de una fiesta mariana. Cada día en la Salve rezamos que la Virgen María nos muestre a Jesucristo. Quizás por eso no es tan extraño que, para celebrar a Santa María, hablemos de Cristo, del Señor. Casualmente, mientras preparaba esta homilía recibí un wassupp de un amigo que vive en Dallas, en Texas, en Estados Unidos. Allí son mucho más normales que aquí los mensajes cristianos en público: en carteles por las calles, detrás de los camiones… Aquí sorprenderían un poco. Este amigo me los envía muy a menudo. Lo que recibí mientras preparaba esta homilía era un cartel junto a una carretera que decía It’s all about Jesus. Todo va sobre Jesús. En nuestra fe, finalmente todo debe ir sobre Jesús y su evangelio. También el recuerdo de la Virgen María.

Hoy celebramos la natividad de la Virgen María. Celebrar un nacimiento es algo muy humano. El nacimiento nos coloca en una familia, en una tradición, llevamos un nombre que nos ponen cuando nacemos y que nos identifica. Y que normalmente no lo cambiamos y si lo hacemos, como algunos monjes, es para significar precisamente un gran cambio en la vida. En el caso de Santa María su nacimiento la identifica como una hija de Israel, su pueblo, una fiel sencilla, sin apariencia exterior alguna de ser destinada a la misión que cumplió. Tenemos, pues, en la solemnidad de hoy, una primera realidad muy concreta. La memoria de la mujer, de María de Nazaret.

Esta misma fiesta de la Natividad de la Virgen María, también nos revela otra realidad. Del día de hoy también decimos al menos aquí que es la fiesta de las vírgenes encontradas. Hoy es la fiesta de aquellas advocaciones en las que la tradición habla de una imagen encontrada como Núria, Meritxell, Queralt, Claustro, Cinta y muchas de las que encontrará en nuestro camino de los Degotalls. También era la fiesta de la Virgen de Montserrat, hasta que en 1881 se instituyó la solemnidad propia del 27 de abril.

De la hija de Israel, de María de Nazaret pasamos pues a la Madre que cada tierra se hace suya, que tantos y tantos lugares acogen. Casi diría que la tierra se ofrece a Dios para acoger a Santa María. Fijaos que la Virgen María lleva el nombre del lugar. Es realmente la geografía concreta que queda tomada por Dios, para recordar la encarnación de su Hijo. Recuerdo que una vez en Navidad cuando hacíamos el Pesebre, no pusimos ninguna cueva y un monje me dijo, falta la cueva porque es el signo de la tierra que, como María, acoge la Palabra de Dios y hace nacer al Salvador. La explicación de que Santa María tome un nombre en cada lugar es precisamente el de la fe cristiana extendida y arraigada en cada rincón de la tierra. Pero ella no es que se multiplica. Es el Cristo único de la que es madre que la hace tan universal y tan católica, que, siendo siempre la única Madre de Dios, se convierte en un fruto de cada lugar, por la evangelización que ha llevado el nombre de Dios a todas partes. Esta dinámica es doble. No sólo ofrecemos nosotros a Dios la tierra y el lugar, que de hecho ya hemos recibido de él, sino que Dios también viene por esta presencia de Santa María a querer estar en toda cultura, en toda lengua y en darles el valor mayor que puedan tener. Quizás los catalanes y las catalanas podríamos tener muy presente y dar gracias por el don de la presencia de Dios en tantos santuarios, que, desde el punto de vista de la fe, son signo de su amor por nosotros.

Y si todo va sobre Jesús, se entiende que la primera lectura y el evangelio de hoy sean evangelios de tema navideño, que hablan de la expectación del Mesías, Cristo y del cumplimiento de su venida al mundo que tuvo lugar por su Encarnación. La primera lectura del profeta Miqueas nos pone ante la expectación de un rey y pastor llamado a gobernar en nombre de Dios, con su majestad y su gloria. Esto significa el modo como Dios gobernaría si estuviera él presente. Qué actual y bonito que el fruto de esta manera de gobernar sea la paz: Y vivirán en paz porque Él será la paz (Mi 5,3-4). Qué actual por contraste, porque ciertamente no constatamos que la forma de gobernar general en el mundo nos lleve precisamente la paz. Todo lo contrario. Nunca nos cansamos como cristianos de tener presente esta frase corta de Miqueas: y vivirán en paz porque el Señor se hará grande hasta el confín de la tierra. Él mismo será la paz». La oración colecta de hoy pide que el fruto de esta fiesta sea la paz. ¡Deseémoslo intensamente!

Y el evangelio nos dice que esa expectativa se realizó en la historia porque Dios vino. Aquel Salvador que Miqueas nos decía que sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales (Mi 5,1), el evangelio nos dice que ese es Jesús, hijo de María, que sí, que realmente viene de lejos, por eso es hijo de todas las generaciones que forman su pueblo, por eso las nombra a todas desde Abraham. Dios vino para eso. Jesucristo es Emmanuel: Dios con nosotros nos decía el evangelio, en la última frase, como si nos hubiera contado toda la historia para prepararnos para ello, para este punto final, para ésta confesión.

Todo va sobre Jesús. Pensad, especialmente vosotros los escolanes, que esta iglesia de Montserrat, tan importante para tanta gente y también para vosotros, junto con la imagen de la Moreneta, con sus cantos, con la oración de los monjes, sólo quiere una cosa: recordar a todo el mundo que Dios está con nosotros. La misma Virgen María con el niño en el regazo nos dice que Dios está con nosotros. Y si Dios está con nosotros, deberíamos amarnos más, de procurar hacer un mundo mejor, de tomarnos más en serio la injusticia, la pobreza, la desigualdad, las amenazas del cambio climático…, porque Dios no quiere ninguna de estas cosas, pero nos deja la libertad para hacerlas y para arreglarlas. Todo depende de cómo utilicemos nuestra libertad. Santa María la utilizó para colaborar plenamente con Dios, encomendémonos a ella como cantamos en el himno de hoy

es luz de amanecer,

que anuncia el Redentor,

ya de tiempo predestinada,

a ser Madre del Señor

Abadia de MontserratLa Natividad de la Virgen (8 de septiembre de 2022)

Asunción de la Virgen (15 de agosto de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2022)

Apocalipsis 11:19a,12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

¡Feliz tú que has creído! Las lecturas de esta solemnidad de la Asunción de la Virgen, día que nos marca siempre la cima del verano, son, amadas hermanas y hermanos, más allá del clima festivo que rodea nuestra eucaristía, un gran testimonio de fe.

La fe es reconocer, aceptar, asentir a Dios, a su verdad y a su realidad en el mundo. Quizás hace unos años era más frecuente la pregunta: ¿Eres creyente? La pregunta no quería decir normalmente si creías en algo, sino si eras cristiano, si reconocías a este Dios Padre, con el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, como viviente, como real, como rector del mundo y de la historia.

El evangelio de hoy, podría ser muy bien la respuesta de Santa María a esta pregunta: ¿Eres creyente? La vida de la Madre de Jesucristo, Madre de Dios, está marcada por la fe. Su ejemplo para con todos nosotros es precisamente el reconocimiento que ella hace de Dios en la historia: en su pequeña historia personal y en la historia del Pueblo de Israel.

Uno de los rasgos más fascinantes de la manifestación de Dios es su humildad, su capacidad de hacerse presente en lo cotidiano. En este sentido, digo que las lecturas de hoy son un testimonio de fe porque a partir de hechos muy normales, nos muestran una verdadera confesión de fe.

¿O no es normal que una chica joven, en estado, vaya a visitar a una prima de más edad, también embarazada, para ayudarla? ¿O no es normal que las dos estén llenas de alegría por los hijos que esperan? Pero sobre esta línea de “normalidad” se produce el acto de fe, el reconocimiento de que la vida es un don de Dios y ya muy concretamente en María, que la Vida que espera, Jesucristo, sólo ha sido posible porque ella ha reconocido y ha creído en las posibilidades infinitas de que Dios es capaz de abrir y cumplir. Por tanto, en el reconocimiento de que Dios efectivamente está ahí y actúa.

Esta escena de la visitación, que releemos bastantes veces durante el año en nuestra liturgia en Montserrat, nos habla de una mujer, Isabel, que tiene esa misión tan importante de convertirse en acompañante en los procesos de fe, reconocedora de la realidad espiritual, instrumento de Dios para la revelación de la verdad de María. A nosotros nos ayuda contemplar las palabras llenas de sentido de Isabel a María porque son revelación del plan de Dios: en su alegría; en la del niño, Juan el Bautista, que espera; en el reconocimiento también de la distancia, de la diferencia inmensa que existe entre uno y otro nacimiento; en el saludo inspirado: eres bendecida entre todas las mujeres y finalmente en la frase: ¡Feliz tú que has creído! Isabel capta el momento de Dios que se produce entre ella y Santa María en esta entrañable escena de la Visitación.

En este año del setenta y quinto aniversario del ofrecimiento que el pueblo de Cataluña hizo de un nuevo trono a la Virgen de Montserrat y de la correspondiente entronización de la Santa imagen en 1947, nuestro Santuario ha elegido como lema pastoral precisamente las palabras de Isabel a María en esta escena: ¡Feliz tú que has creído! Aparte de reconocer la fe de la Virgen María, querríamos proponer a todos los peregrinos seguir su ejemplo y dar gracias por el camino que ella abre para que también nosotros podamos creer más, más sincera y más profundamente, en Dios.

¿Y cuál es la respuesta de Santa María? Cuando Isabel pone de relieve de forma tan clara la fe de la Virgen, la respuesta de ella es este canto del Magníficat, un canto que lo contiene casi todo. La iglesia le ha dado el espacio privilegiado de ser rezado cada día en el oficio de vísperas, invitándonos a una identificación personal con las actitudes de la Virgen. El lenguaje sencillo nos ayuda aún más a hacer de este texto una posibilidad de oración, unas palabras que, a pesar de tener veinte siglos, no han perdido ni actualidad ni frescura. Permitidme por tanto que hable del Magníficat en primera persona del plural, como unas palabras dirigidas a nosotros:

María nos invita al reconocimiento de la humildad personal, que hace más fuerte por contraste, la salvación y toda la acción de Dios. Él es quien actúa. Él es quien actúa en nuestra pequeñez. Ante él sólo podemos reconocerlo y reconocer sus maravillas en todos nosotros, alabarlo es ya confesarlo, quizás es la confesión más fuerte que podemos hacer de él. Alabar a Dios nos descentra. ¡Qué actual y qué nuevo es esta actitud en un mundo a menudo ególatra y egocéntrico!

También en el Magníficat, hablamos del Dios que ama de generación en generación, del Dios que protege a Israel, que se acuerda del amor a Abraham y a nuestros padres. A Dios no nos inventamos los teólogos, los obispos, las monjas o los abades y los curas, ni nadie más. A Dios le reconocemos cada uno personalmente por todo lo que Él ha hecho en la historia, la personal y la general. Ni María en su grandeza se inventó a Dios, hasta el mismo Señor y Salvador Jesucristo, sino que reconoció en su vida encarnada en una persona humana, al Dios de Israel como su Padre y como el Señor del Universo y de la historia. Qué antídoto para nuestra sociedad que se piensa tan autónoma respecto al pasado, tan autosuficiente.

Encontramos finalmente a un Dios que María reconoce como quien da la vuelta al orden social y avanzando tantas afirmaciones que después encontraremos en el evangelio, se pone junto a quienes pasan hambre, de los pobres y de los humildes, con un lenguaje bastante fuerte, radical. El evangelio nos lleva siempre al hermano necesitado. Ahora y siempre. Necesitamos convertirnos a esto.

Digamos pues que la escena y el diálogo entre Isabel y María no es inocente. Es un himno profundo a la fe, a reconocer a un Dios implicado en la historia y que nos pide a nosotros la misma actitud de fe activa y comprometida que ellas tienen y cantan.

Contamos hoy con todos los que participáis especialmente con vuestro canto para que podamos celebrar más solemnemente este día. A quienes han avanzado un día el inicio de los Encuentros de animadores de canto como a los que han venido sólo para la misa, quisiera deciros que la escena que hemos leído hoy desprende una joya casi musical. ¡Cuánta música no ha inspirado a la Virgen! ¿Cuántas versiones no tenemos del Magnifict? He encontrado una página muy interesante en internet, una entrada de la Wikipedia que en inglés se llama lista de los compositores de Magníficats. Desde el gregoriano a Penderecki o Arvo Part, muchos han querido transmitirnos la alegría de María por las obras admirables de Dios. También los cantores de la coral Tirychae que nos acompañan, revivirán hoy esta tradición que canta a María con cantos antiguos y nuevos. Estoy seguro de que con Mariam Matrem canto medieval del Llibre Vermell y con una obra de hace pocos años de Josep Ollé, L’Ave Maris Stella, que ya es tradicional en esta celebración, nos ayudará a alabar a Dios cantando, como María, y espero que os acerquéis a las palabras que cantáis y al espíritu de fe que sus compositores seguramente tuvieron al componerlas.

¡Dichosos también nosotros que queremos creer! Vivir la fe como María, es tener la esperanza de que podremos asociarnos como ella, a la Pascua de Jesucristo. Su asunción al cielo, representada por la pintura de este presbiterio, por el gran rosetón de la fachada de la Basílica y por el mármol que hay encima de la Escalera que sube al camarín, es el cumplimiento de su fe, es la realidad de su felicidad con Cristo por haber creído, es su Pascua, es la llamada más sencilla que nos hace a todos y cada uno de nosotros: aceptar que Jesucristo nos ha prometido la plena comunión con Dios, una comunión que ahora anticiparemos en la eucaristía, participando del cuerpo y de sangre de Cristo y que nos invita como ella a creer, a alabar y a amar a todos.

Abadia de MontserratAsunción de la Virgen (15 de agosto de 2022)

San Benito (11 de julio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de julio de 2022)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

Pienso, queridos hermanos y hermanas, que la relación y el conocimiento personal con San Benito de Nursia de todos los que estáis escuchando aquí o por medio de internet, debe ser muy diferente.

Quizás algunos de vosotros sin idea alguna que hoy había esta celebración, se la han encontrado; otros conocedores del calendario litúrgico, la han identificado enseguida, los oblatos y los monjes benedictinos esperábamos la fecha y tenemos claro que hoy recordamos la proclamación como Patrón de Europa, del autor de la Regla, el texto que nos identifica y da sentido a nuestras vidas. La vida benedictina es un tesoro de sabiduría espiritual llena de consejos e intuiciones capaces de enriquecer la vida incluso fuera de los monasterios y sin necesidad de ser monjes. Por eso, al hablar de San Benito y de la espiritualidad de la Regla quisiera que todo el mundo se sintiera incluido.

¿Cómo se hace presente en el mundo esta sabiduría espiritual? ¿Tiene que ver con los edificios románicos, góticos o más modernos que los monjes fueron edificando y que hoy son en tantos lugares patrimonio histórico? Un poco sí, pero no creo que los edificios hagan justicia a la sabiduría de san Benito.

¿Quizás esta sabiduría se ha concretado en cultura? Es interesante que la etimología amplia de la palabra cultura está cercana al significado de la palabra catalana cultivo (conreu). San Pablo VI dijo que los benedictinos fuimos importantes en la creación de Europa occidental, la creamos con el libro y con el arado: esto es con todo tipo de cultura. Sí. El impacto cultural en sentido amplio ha sido fuerte y esperamos que lo siga siendo, pero tampoco agota el significado profundo de la aportación que creo que nos hace la Regla benedictina.

El núcleo, lo imprescindible de nuestro texto venerable, radica en el ámbito de la persona y de su dimensión espiritual: es tomar al hombre o a la mujer y enfocarlos hacia Dios. Éste es el fundamento. Queda claro que uno de los momentos en los que cualquier institución debe ser clara con lo que quiere, es el momento en el que es necesario incorporar nuevos miembros, nuevos trabajadores, nuevos socios. En este momento no podemos engañarnos sencillamente porque nos va en ello la identidad y la continuidad. La Regla de Sant Benet establece el criterio definitivo del discernimiento de las vocaciones al establecer que es necesario que «busquen a Dios de verdad». Es por esta razón que me atrevo a decir, no inventándomelo, sino apoyado por toda la tradición monástica, que el núcleo de nuestra vida es ponerse de cara a Dios, para empezar un camino sostenido por la fe, con plena conciencia de la fragilidad personal, pero avanzando hacia Dios, que nos ha creado y ha puesto el deseo de buscarlo en nuestro interior. Este principio tiene algunos rasgos interesantes:

Es universal. No puedo proponeros honestamente a todos los que me estáis escuchando que viváis la comunión de bienes, la estabilidad en una comunidad, la obediencia a un superior. Sin embargo, proponeros que busquéis a Dios de verdad es totalmente posible Quizás por esta razón afirmamos que, hablando hoy de temas monásticos, podemos hablar a todo el mundo.

Buscar a Dios de verdad es una proposición sencilla. Sólo tres palabras en el latín original. Las cosas importantes no deben ser largas ni complicadas. La propuesta será sencilla, pero toca el fondo humano de cada uno: buscamos, por tanto, estamos en movimiento, la espiritualidad benedictina nos comprende como hombres y mujeres de deseo, no perfectas.

Naturalmente es una propuesta creyente. No buscamos cualquier cosa. Buscamos a Dios. El Dios de Jesucristo. Y desde la fe, no podría pensarse una vida sin Dios. Por tanto, profundizamos lo que somos y lo que creemos como cristianos. Nada más, nada menos. Cualquier propuesta cristiana debería responder plenamente a aquellas palabras de Jesús: he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

También es una propuesta estable. En la espiritualidad de la Regla benedictina, el buscar a Dios de verdad no está pensado como algo puntual. Es lo suficientemente serio como para implicar toda la vida. Es una propuesta que no es necesario cambiar constantemente. En nuestro contexto actual, incluso me atrevería a decir que esta idea de la estabilidad en las opciones, tanto cristiana como benedictina es nueva, es alternativa. La practica poca gente. Pero está comprobado que da felicidad y sentido. Quizá esta estabilidad sea una de las cosas que podríamos predicar más como monjes, sin olvidar que debemos vivirlo primero nosotros para predicarlo con algo de dignidad.

Por último, Buscar Dios de verdad es una propuesta personalizada. Es necesario que cada uno se ponga en camino. Por mucho que parezca abstracto, Sant Benet nos concreta bastante cómo hacerlo: Habrá que orar y habrá que amar. Los monjes lo haremos en comunidad y cada uno que haya incorporado este rasgo espiritual a su vida o lo quiera incorporar, podrá ver cómo reza y cómo ama a su alrededor. Tampoco es difícil de entender. Orar y amar para hacer bien concreto vivir, creer y buscar a Dios es una propuesta para una vida tomada en serio. De vida sólo hay una y estaría bien que no nos pasara lo que tan bien expresaba el poeta castellano Jorge Manrique,

Este mundo es el camino / para el otro, que se morada / sin pesar; / pero cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar. (V)

No mirando a nuestro daño, / corremos a rienda suelta / sin parar; / desde que veamos el engaño / y queremos dar la vuelta, / no hay lugar. (XII)

(Coplas a la Muerte de su padre)

Estas intuiciones frente a la vida y la muerte, no son lejanas de la Regla de San Benito, y nos demuestran con esta proximidad que más allá del carisma estamos ante verdaderos enfoques creyentes y humanistas. La sabiduría espiritual es en el fondo un patrimonio de la humanidad, y Dios la reparte como quiere y al que quiere, generosamente.

Habiéndonos centrado en este leiv motiv, buscar a Dios de verdad, la Regla nos dice que, viviendo así, orando y amando, la sabiduría espiritual impregnará nuestra vida, todas nuestras relaciones e incluso nuestras actitudes corporales.

Ésta es la raíz del árbol benedictino, cuyos frutos y cuya fecundidad han sido tan grandes. Procuramos que el crecimiento y los frutos del árbol estén siempre en relación con la raíz, esto es en la verdadera búsqueda de Dios, en la oración, en el amor. Para una propuesta así, que no hace más que replicar la llamada de Jesucristo a seguirle, entendemos que el evangelio de hoy justifique que podamos dejarlo todo.

Pongámonos siempre en disposición de escuchar y acoger la voz del Señor que nos llama, lo hace siempre, y lo hace en cada eucaristía, abrámosle pues el corazón.

Abadia de MontserratSan Benito (11 de julio de 2022)

San Pedro y San Pablo (29 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

La solemnidad de hoy, de San Pedro y San Pablo, queridos hermanos y hermanas, como la de todas las celebraciones y memorias de santos, nos ayuda a centrarnos en dos mediaciones fundamentales entre Dios y la humanidad: el testimonio, porque estamos frente a dos grandes testigos, y la de la comunidad, la Iglesia de la cual son sus columnas. En la historia espiritual de casi cada uno, los testigos y la comunidad nos han llevado hacia la fe en Dios, al seguimiento de Jesucristo, a recibir el Espíritu Santo y las que nos permiten avanzar en ese camino de confianza.

Si hablamos de testigos, hoy vamos a los verdaderos orígenes del cristianismo. En el diálogo del Evangelio que hemos leído, el propio Jesús busca con sus preguntas provocar la reflexión y la formulación de un testimonio sobre él: ¿Quién dice la gente que soy yo? No es de extrañar que, en el aprendizaje de la fe, tantas veces, en catequesis, en grupos de jóvenes, nos hayan repetido la pregunta de Jesús: ¿quién es Jesús para ti? La pregunta hecha por sí mismo a los apóstoles, en un momento tranquilo, en la tranquilad de las fuentes del Jordán, en Cesarea de Filipo, como nos dice el evangelio de Marcos, paralelo al que hemos leído, provocó la respuesta de fe de Pedro, una de las confesiones más fundamentales del evangelio: tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Tú, Jesús de Nazaret, rompes la lógica de un Dios lejano, invisible, inefable y lo haces cercano. Tú te conviertes en una esperanza por una humanidad que se salva porque es visitada en su esencia por Dios y un Dios que se humilla hasta la muerte para no dejar nada sin redimir.

Un testimonio es legítimo si lo que dice es verdadero, si puede dar fe por conocimiento y experiencia propia, si el resto de su vida es coherente con lo que ha proclamado.

El apóstol Pedro cumple con creces estas tres condiciones: La primera es la verdad de todo lo que ha anunciado. Incluso Jesús le reconoce que está inspirado por el mismo Dios como nos señala el evangelio: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. San Pedro entendió que Jesús era Cristo, el Mesías y su comprensión cambió la historia, cambió la relación de los hombres y las mujeres con Dios.

La segunda condición de legitimidad de un testigo es la proximidad a la fuente. Y evidentemente también se cumple en aquél que, desde el momento de dejar las redes, siguió de cerca a Jesús y después de la Pasión, fue un testimonio de su resurrección. Imagino la vida de San Pedro hasta su martirio en el Vaticano, como una larga experiencia de comprensión que quizás nunca completó, de aquellas palabras: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo y de todas las demás que va escuchar decir a Jesús.

Y, por último, un testigo debe tener coherencia al proclamar la fe. Algunos diréis: ¿coherente san Pedro? ¿Y las negaciones? Pero ¿le tendremos en cuenta nosotros las negaciones cuando el mismo Jesús las perdonó y no dudó en hacer de él la piedra y el cimiento de su comunidad? Coherencia a pesar de alguna debilidad. Las debilidades de Pedro nos ayudan precisamente a tenerlo por testimonio de la fe y de Cristo. No es necesario ser perfecto para ser discípulo. Basta con saber pedir perdón cuando te equivocas y niegas al Señor.

¿Quién dudará de que la fe de San Pedro nos ha ayudado?

El evangelio de hoy no nos habla de ello, pero casi cada domingo y otros muchos días durante el año encontramos también el testimonio de Pablo. ¿Quién dudará de que algunas de las páginas más profundas, del testimonio más íntimo de la relación posible de una persona con Jesucristo y de su significado nos vienen de San Pablo? Un discípulo que es testigo porque quedó tocado y se dedicó con cuerpo y alma a reflexionar, a compartir, a dejarnos escrita la que personalmente me atrevo a llamar madre de toda la teología.

Pese a que podamos hablar de experiencia directa de Dios, no nos queda ninguna duda de que para insertarnos en la tradición cristiana hacían falta los santos Pedro y Pablo, y detrás de ellos, como cantamos en el Te Deum, el ejército radiante de los mártires, palabra que en griego significa testigo.

La solemnidad de hoy nos lleva naturalmente a otra mediación: la Iglesia, que es el primer fruto de la fe de los apóstoles. En la confesión de Pedro, sigue el mandamiento de Jesucristo: Sobre ti, edificaré mi Iglesia. Y el encargo más importante que el Señor le hizo fue la de confirmar en la fe a todos los que vendríamos después. Precisamente porque la fe contenida en su confesión es también el fundamento de cualquier comunidad que se reúne en torno a Jesucristo. Desde la unidad del primer grupo de seguidores de Jesús, la comunidad se ha extendido hasta cumplir el mismo mandamiento de Jesús: Id y predicad el Evangelio en todo el mundo. No podemos negar que, en estos dos mil años de historia, la comunidad cristiana, a pesar de no perder nunca la referencia a los apóstoles Pedro y Pablo, no ha logrado mantenerse formalmente unida. Sin embargo, sí me parece digno de decir que al menos la gran comunidad católica se mantiene una, siendo uno de los fenómenos más numeroso, más antiguo, más activo de toda la historia de la humanidad. San Pedro y el ministerio de sus sucesores, los obispos de Roma, los Papas, son su vínculo de comunión, y la ansiada unidad cristiana, debería tener siempre en cuenta su servicio.

Sería bueno ver a la Iglesia como la que nos ha dado la posibilidad de nuestro conocimiento de Jesucristo y la que nos ayuda a mantenernos en la fe. La que vivimos en cada eucaristía, como estamos haciendo ahora. Quizás demasiado a menudo perdamos de vista esta esencia y nos perdemos en críticas colaterales que no sé si llevan a ninguna parte. Sé que la crítica expresa a menudo amor y preocupación por la Iglesia. Procuremos que no sea otra cosa. El ejemplo y la enseñanza de San Pedro y San Pablo no fue otro que Jesucristo. Aferrémonos a Jesucristo, como el Señor que nos ama más allá de todo y nos lo demuestra constantemente como hace ahora en esta celebración, haciéndonos participar de su cuerpo y su sangre.

Abadia de MontserratSan Pedro y San Pablo (29 de junio de 2022)

El Cuerpo y la Sangre de Cristo (19 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (19 de junio de 2022)

Génesis 14:18-20 / 1 Corintios 11:23-26 / Lucas 9:11b-17

 

Con el sacramento de la eucaristía, podría llegar a pasarnos, queridos hermanos y hermanas, que nos acostumbráramos tanto, que no fuéramos conscientes de todo su valor. Es un gozo y un privilegio, quizás cada vez más privilegio en nuestra Iglesia, poder celebrar diariamente o semanalmente la eucaristía y participar con la comunión del cuerpo de Cristo.

La Solemnidad del Corpus, concluido ya el tiempo pascual, tiene sin embargo ecos de su inicio, el Jueves Santo, cuando celebrábamos la institución de la eucaristía. Quizás el día tradicional de celebración del Corpus, en jueves, dejaba más clara esta relación. Celebrábamos entonces y celebramos hoy que Dios no tuvo ningún límite para hacerse presente entre los hombres y las mujeres y por eso se encarnó en Jesucristo y que, de igual modo, Jesucristo tampoco se limitó para continuar presente en toda la historia que acontecería detrás de Él y por eso quiso que el pan y el vino fueran su presencia privilegiada, porque en la sencillez de los elementos más básicos y tan sólo con la invocación del Espíritu Santo y con las palabras breves que él dijo, pudiéramos hacerlo presente.

Toda la historia de la humanidad está marcada por Jesucristo, por su Encarnación, por su muerte y resurrección. Por eso es el punto final de un tiempo y el inicio del otro, por eso en la mayoría de sociedades cristianas y en muchas otras, el tiempo se señala a partir de él. La eucaristía es la memoria perenne de Jesucristo en este segundo tiempo de la historia que debe perdurar hasta el final. La celebramos hasta que vuelva como decía el final la segunda lectura de hoy, cuando su revelación absoluta hará innecesaria su memoria. Pero mientras esto no llega, tenemos como decía el privilegio de su presencia en el sacramento de su cuerpo y de su sangre, en el pan y el vino eucarístico.

Resuena en las oraciones de la misa de hoy esta dinámica histórica entre memoria de Jesús, de su Pasión, y esperanza en el futuro, en esta vida eterna, que podemos imaginar y anticipar cuando sentimos o nos hacemos conscientes de la presencia de Dios en nosotros, de su comunión con el mundo, que es lo que nos lleva de forma intensa e insustituible el sacramento de la eucaristía. El motete eucarístico (es también la antífona del Magnificat de las II Vísperas de hoy) Oh sagrado convite, de Santo Tomás de Aquino, tantas veces cantado por nuestra Escolanía, que hoy está en Alemania invitada para un concierto, nos lo dice: Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura.

A veces estoy tentado a pensar como si con la Encarnación de Dios en la humanidad no hubiera bastado, que había que bajar más, tan humilde es nuestro Dios y tan fácil nos lo quería poner que no tuvo por menos de estar presente Jesucristo en el pan y en el vino, en la simplicidad de los alimentos más corrientes de la cultura Mediterránea.

El evangelio de hoy nos sugiere que la institución de la eucaristía en la última cena, sólo fue la conclusión final de una vida toda dada por amor. Me gusta contemplar la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, no tanto como un milagro material, sino como la escena de la preocupación y la acción eficaz de Jesús, para que nadie pase más hambre.

Ante las amenazas de escasez directa de alimentos y del encarecimiento de los disponibles, amenazas que la Guerra de Ucrania parece no poder acabar rápidamente sino acentuar cada día más, pienso en cómo podríamos nosotros hacernos conscientes de que la eucaristía va ligada también a la preocupación de Jesús para que no haya hambre en el mundo. Jesús sació a sus discípulos en medio de la cotidianidad mientras predicaba y curaba. Parece que nuestro día a día nos ha llevado también a encontrarnos en situaciones de necesidad similares a las que hemos escuchado. La Iglesia hace mucho: Cáritas, las Misiones, el anonimato de tantas personas que ayudan, son los verdaderos efectos de tener presente y recordar a Jesús y el evangelio en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas. Nunca lo separamos. Diremos hoy que éste es el sacramento de la unidad y de la paz. Pero Dios no nos impone la unidad y la paz como una consigna, como una ideología como han utilizado regímenes totalitarios de todos los signos que han pervertido estas palabras. La transformación social cristiana que tiene sus raíces en el evangelio nace de la fe y la comunión con Jesús. De una relación personal y libre que nunca puede ser impuesta, que nace de la primera llamada a ser discípulos de Jesucristo.

La fiesta de hoy tiene sus orígenes en la necesidad de intensificar con oración y alabanza ese privilegio de presencia personal que Dios nos hace con su cuerpo y su sangre y que nos ayuda a profundizar e intensificar nuestra intimidad con Él. Pero tampoco podemos caer en un intimismo excluyente y en esta relación espiritual olvidarnos de que la eucaristía es pan roto y repartido. Que la unidad eclesial entera está siempre presente y que toda eucaristía es una oración y una afirmación de la paz querida por el Señor, como decimos al final de la oración eucarística antes de darnos la paz simbólicamente: conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Es imposible en esta unidad no tener muy presentes a quienes lo pasan peor, es difícil pensar que pueda haber paz donde no hay ni siquiera los alimentos necesarios para vivir.

Cada eucaristía nos recuerda que tenemos el deber de seguir firmes en esta lucha por los necesitados. Por eso, uniéndonos a tantas comunidades, haremos hoy una colecta a favor de caritas, que vela por tantas y tantas situaciones extremas.

La tradición católica latina nos ha legado el culto eucarístico, esto es la adoración al cuerpo y la Sangre de Cristo no sólo en el momento propio de celebrar el memorial del Señor en cada eucaristía y de comulgar, sino también en la posibilidad silenciosa de rezar en presencia de Él. Hoy nos uniremos a esta veneración llevando solemnemente la reserva eucarística a la capilla del santísimo, de la misma manera que lo hacemos el Jueves Santo, y dejaremos expuesto el sacramento para todos los que durante el día quieran orar en silencio. Es el Señor mismo presente por el memorial de su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, que nos exhorta a vivir intensamente nuestra comunión con él y los hermanos y hermanas de todas partes.

Abadia de MontserratEl Cuerpo y la Sangre de Cristo (19 de junio de 2022)

Domingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (5 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / Romanos 8:8-17 / Juan 14:15-16.23b-26

 

¿Podría ser que, con el Espíritu Santo, Dios se hubiera superado a sí mismo?

Con esta expresión: te has superado, expresamos, queridas hermanas y hermanos, esa acción que nos ha sorprendido porque va más allá de las expectativas. Alguna vez, irónicamente, te ha superado, lo decimos en sentido negativo, cuando has hecho algo mal más allá de lo esperado.

¿Por qué me pregunto si Dios se ha superado enviando al Espíritu Santo? Quizás porque es el aspecto, la persona, más imprevisible de Dios.

En la celebración de nuestra fe fácilmente seguimos los hechos de Dios-Padre, autor de cuya Creación encontramos huellas en la belleza de la naturaleza y de las personas, confesamos también Dios- Hijo, autor de la redención, Jesucristo, de quien tenemos la historia de su persona y de su vida y el testimonio de la comunidad que le reconoció mesías y salvador. Pero ¿y del Espíritu Santo? Naturalmente también lo confesamos en el Credo y en cada invocación a la Trinidad, pero ¿somos conscientes de que el Dios-Espíritu Santo es el actualizador? ¿Aquél a través del cual actúan y obran en nosotros el Padre y el Hijo, renovando la creación, haciendo que la redención de Jesucristo sea creída y tenga efectos reales en nuestra vida?

Enviar el Espíritu Santo fue una superación de una historia de Dios que hubiera podido quedar como un relato antiguo, como una mitología con su sabiduría religiosa y humana, pero desconectada de cada persona desde los inicios de los tiempos hasta hoy, en el siglo XXI.

El Espíritu Santo es la intimidad del padre con su hijo, con Jesús. Él mismo, Jesucristo, quiso que su presencia entre nosotros fuera mucho más que el recuerdo de un magisterio excepcional y de un testimonio coherente entre vida, palabra y muerte. Quiso una conexión diferente y por eso como nos ha dicho el Evangelio, el mismo día de Pascua, quiso quedarse con los apóstoles y lo hizo con su Espíritu, que después sería enviado a toda la comunidad, y que desde entonces no ha dejado de ser protagonista de la vida del mundo, de la Iglesia, de cada sacramento, de cada vida espiritual, de cada discernimiento. Con razón de las pocas cosas que confesamos del Espíritu Santo en el Credo, una de las más importantes dice que infunde la vida: Señor y dador de vida.

He leído recientemente un libro que dice que el mundo lleva unos cuarenta años sometido a una doctrina llamada TINA. No es un diminutivo de un nombre, sino las siglas en inglés de la frase There Is No Alternative; es decir, no hay alternativa. La frase viene a decir que existe una doctrina económica, antropológica, social presentada como inevitable. El autor critica esta doctrina y es favorable a defender que sí existen alternativas.

Cuando ponemos juntos el Espíritu Santo y el mundo en el que vivimos, podemos decir que para los cristianos esta TINA es inaceptable y que el Espíritu Santo es precisamente la superación de un mundo sin alternativas. ¿Cuántas razones prueban esto:

Dios se supera en la historia porque el motor inmediato que mueve al mundo es la acción del hombre y la mujer. Esta acción puede ser inspirada por muchas causas, pero es el Espíritu Santo quien asegura la presencia de Dios en cada persona. Afirmar que no hay alternativas es realizar un análisis pobre de nuestro mundo y de nuestra humanidad, renunciando al protagonismo de dirigir y controlar la Creación guiados por este Santo Espíritu, del que decimos en el himno Veni Creator Spiritus que es el guía que nos va delante. (ductore sic te praevio).

¿Dónde viene a encontrarnos el Espíritu de Dios? ¿Dónde está presente? Dios se supera también siempre en la persona humana. Es muy significativo que utilicemos la misma palabra, espíritu, para hablar de esa parte de nuestra humanidad que permanece abierta a la trascendencia, a la mística, a todo lo que no podemos tocar pero que podemos sentir desde nuestra sensibilidad. Hay una especie de zona 0, de zona de encuentro previo, íntimo, en toda persona que necesitamos afirmar. Los más jóvenes, los niños, muy especialmente los escolanes, la cultivan constantemente con la música, para vosotros y para tantos que os escuchan.

Una de las grandes propuestas del cristianismo hoy es la de la afirmación radical de que la espiritualidad forma parte de la persona humana y la enriquece. Quizás para alguien sea muy obvio, pero yo cuando miro a mi alrededor y veo tanta dependencia de la tecnología, de las plataformas, de los móviles, del bombardeo constante de información y de entretenimiento, me pregunto qué espacio dejamos al espíritu. Ojalá esta solemnidad de Pentecostés fuera una reivindicación de la espiritualidad. Me parece que recordarlo es una de las misiones de la vida monástica hoy. Este espíritu humano es el que naturalmente nos permite también permanecer abiertos a la propuesta cristiana, a la que nos viene del Espíritu Santo, del Espíritu de Dios, del Espíritu con mayúscula: de permanecer abiertos en definitiva a la fe. El espíritu es el actualizador de todo. Aunque no seamos a veces conscientes, somos colaboradores del Espíritu cuando cantamos, cuando celebramos, lo sois los escolanes cuando facilitáis que la gente descubra la belleza. Porque las cosas del Espíritu son las que más pueden acercarnos a todos, son nuestra gran oportunidad pastoral.

Si nos creemos esta conexión espiritual entre Dios y nosotros por el Espíritu Santo, más que de la TINA, (del no hay alternativa) deberíamos hacernos seguidores de la TIA, There is Alternative y defender que naturalmente sí hay alternativas.

Dios se supera con el Espíritu Santo porque permite que la persona, tal y como he dicho que la entendemos, y la historia se combinen correctamente, en una acción que busca siempre la mejor opción, y por tanto llenarnos de confianza en el futuro.

Esta correcta combinación es la alternativa cristiana fundamentada en la conversión personal, obra del Espíritu Santo. La conversión de un solo hombre o una sola mujer ha tenido efectos multiplicadores en tantos momentos de la historia. De la capacidad del Espíritu Santo para convertirnos hablaba hoy también la secuencia, ese fragmento que hemos cantado en gregoriano después de la segunda lectura y que tenía tres frases llenas de sentido que traducidas al -castellano- dicen:

Doblegad nuestro orgullo, calentad nuestra frialdad, enderezad lo que está desviado.

¡Creer que el Espíritu es capaz de todo esto es realmente creer que Dios se ha superado y que nos propone un verdadero camino a cada uno de nosotros y a todos colectivamente de superación!

En cambio, la pretendida conversión de estructuras, olvidando a las personas, se ha acabado ahogando siempre bajo su mismo peso, carente de ese dinamismo que permite respirar, adaptarse, carente de la fluidez tan propia del Espíritu, de quien decimos que es viento, fuego y agua: fijaos, elementos que nos cuesta mucho controlar.

La influencia del Espíritu Santo en la historia por la acción de las personas provoca que la propuesta cristiana sea socialmente transformadora. Me atrevería a decir que es en términos históricos la que más lo ha transformado todo, pero el camino siempre comienza en Dios, de Él pasa al espíritu de los hombres y de las mujeres que actúan para cambiar las cosas.

Y la superación de Dios en el Espíritu no ha terminado. Su gran característica es que se actualiza, cada día, como los programas y las aplicaciones y por tanto queda siempre abierta a versiones mejores de nosotros mismos y del mundo, y con esta actualización el Espíritu nos da finalmente una especie de actualización diaria en el don de la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino de la eucaristía. ¿Qué más podríamos pedir?

Abadia de MontserratDomingo de Pentecostés (5 de junio de 2022)

La Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (29 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 1:1-11 / Hebreos 9:24-28; 10:19-23 / Lucas 24:46-53

 

Todos hemos hecho la experiencia de desear intensamente que ocurra algo, que algún momento llegue: un encuentro con un familiar o amigo, para vosotros escolanes quizás un concierto, o una gira en el extranjero. También hemos vivido aquellos momentos de nervios ante un examen, una entrevista de trabajo, … La importancia de lo que esperamos siempre marca la intensidad de cómo vivimos los momentos previos. A menudo también, si estos hechos son normales ya no los esperamos con la misma ilusión o no los esperamos en absoluto. Estas ideas sobre cómo vivimos y esperamos me ayudan a entender la solemnidad de hoy, la de la Ascensión del Señor, un momento muy preciso de aquel tiempo esencial que llegó después de la muerte de Jesucristo.

En la euforia de la Resurrección del Señor, podríamos pensar que los apóstoles y los discípulos y todos los que gozaron personalmente de la experiencia de saber que Jesús estaba vivo, que el crucificado había resucitado, ya lo tenían todo hecho y aprendido. Y que todos, incluso el dudoso Tomás cuando ya estaba seguro personalmente de todo lo ocurrido, se quedarían en la seguridad de la presencia entre ellos de Jesús, que ese tiempo quizá se prolongaría. A pesar del impacto de la resurrección en los discípulos, las solemnidades de hoy y la de Pentecostés, que está íntimamente relacionada, nos vienen a decir que no, que todavía faltaba algún paso.

Hace muchos años en los cines había un descanso en las películas muy largas. Como todos sabéis, los escritos de San Lucas en el Nuevo Testamento tienen dos partes, el evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Puede que algunos hayan encontrado que la primera lectura y el evangelio de hoy eran algo repetitivos y explicaban la misma historia. No es raro. Aunque de forma inversa, hoy hemos leído el fin del Evangelio y el principio de los Hechos de los Apóstoles. Los dos textos nos explicaban La Ascensión del Señor, que podríamos decir que marca la media parte, y que al empezar de nuevo el relato, en la segunda parte, se recuerda un poco donde lo habíamos dejado. La Ascensión marca el punto en el que la historia dejar de ser la historia de la vida de Jesús para pasar a ser la historia del Espíritu Santo, que hace a la comunidad, a la Iglesia.

La Ascensión nos dice que no podemos controlar nosotros a Jesús resucitado. Nosotros sólo podemos acoger alguna de sus maneras de estar allí. Quizás para estimularnos, quizás para que no nos quedáramos demasiado en la resurrección palpable, como en la transfiguración del Tabor, quizás para seguir mostrándonos aquel destino definitivo, aquella comunión con Él que nos tiene preparada, cambió al cabo de cuarenta días de haber resucitado, la forma de estar presente en el mundo. Y lo primero que hizo fue desaparecer. Litúrgicamente lo representaremos el próximo domingo retirando de la Iglesia el cirio pascual, que ha presidido nuestras celebraciones desde el domingo de Pascua.

La Ascensión del Señor nos enseña tres cosas importantes. La primera, tal como os decía al principio, es que nos hace vivir un vacío, y de este modo nos hace vivir la intensidad frente a algo que debe pasar. El mismo Jesús se refiere a esto: Vendrá el Espíritu Santo. Es necesario que yo me vaya, dirá incluso el evangelio de San Juan. Era necesario que los discípulos, y nosotros por extensión, se pusieran en situación. Subrayo un detalle curioso y bonito: Jesús dice: esperad al Espíritu Santo juntos y en Jerusalén. La expectación compartida seguro que es más intensa. Esta espera pertenece al ámbito más sagrado, más espiritual, el ámbito que para los judíos representaba Jerusalén. Es necesario que hagamos y demos al Espíritu Santo el lugar interior que le corresponde. Tengamos siempre en cuenta que es el vínculo entre Dios, Cristo y nosotros.

El segundo mensaje en la fiesta de la Ascensión es que Jesucristo se mantiene fiel a sí mismo. Se mantiene siempre. Diría que aprovecha incluso el hecho de irse para seguir insistiendo en su mesianismo diferente y activo. Y lo hace sin dar por perdidos a los apóstoles y discípulos que parecen no ser capaces de salir de sus esquemas. Parece difícil de comprender que después de todo lo que habían vivido, aún estuvieran como desorientados y le preguntaran: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? La pregunta a mí me sigue sonando demasiado dependiente de una manera de ser Mesías antigua, impropia de uno que ya ha pasado por la Cruz, ha resucitado y se ha hecho Señor del tiempo y del espacio, como Dios mismo que es. Es en este sentido que él responde: cuándo va a suceder esto no es importante. Lo que cuenta es ser testigos ahora y extenderse a toda la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles es la historia de una comunidad que nace en Jerusalén fruto del don del Espíritu y que se extiende en todo el mundo. Y si finalmente podemos afirmar que sí, que Jesucristo restablece la realeza de Israel, debemos decir que lo hace de una manera totalmente diferente.

Y después de subir al cielo: todavía se oye una voz que nos devuelve a la tierra: Hombres de Galilea, (referencia al origen para personalizar, para dirigirse muy directamente a los íntimos):, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo, pero es necesario que la historia mientras tanto continúe, y ciertamente el Libro de los Hechos de los apóstoles continúa, con una gran cantidad de aventuras apostólicas. Jesús sube al cielo bendiciendo. Bendiciendo todo lo que va a pasar.

Y la tercera cosa que nos marca la Ascensión es un camino personal. Nuestra vida de cristianos se hace siempre a imitación de Cristo: en el seguimiento de su enseñanza espiritual, de su compasión, incluso al intentar vivir pascualmente como resucitados, no dejándonos llevar por las fuerzas que nos llevarían a la muerte y siempre con la aspiración de la plena comunión con Él. La Ascensión que marca, si cabía todavía, un paso más en la ya irreversible comunión entre el Padre y el Hijo, nos enseña que nosotros vamos hacia Dios y donde tenemos la esperanza de llegar, como nos ha dicho la oración colecta: la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo. Y también nos dirá la oración de la poscomunión: Dios todopoderoso y eterno, que, mientras vivimos aún en la tierra, nos concedes gustar los divinos misterios, te rogamos que el afecto de nuestra piedad cristiana se dirija allí donde nuestra condición humana está contigo.

(En francés) Muy brevemente, he tratado de resaltar tres mensajes que la solemnidad de hoy tiene para todos nosotros. El primero es la espera del Espíritu Santo, el don que Dios nos da y que celebraremos el próximo domingo. La segunda es la fidelidad de Jesús a un modo de ser Rey y Mesías que nos hace estar siempre en la tierra, para ser sus testigos. La tercera es la invitación a seguirlo.

Pensadlo todavía un poco los escolanes: los que se confirmaron en Pascua, los que se confirmaron el pasado domingo. Nos comprometimos juntos a promover en nuestros corazones la conciencia del Espíritu Santo que hemos recibido, pero que seguimos pidiendo, nos comprometimos a la fidelidad al mesianismo de Jesucristo, que es Rey, pero en el servicio, en la ayuda, en la compasión a los más necesitados, por tanto, fiel a sí mismo, y también nos comprometimos al reto de su seguimiento, a nuestra identificación en todos los aspectos inagotables de la personalidad y el mensaje de Jesús de Nazaret. Un reto que tiene en sí mismo la prueba del éxito. Imaginad que fácil: Un desafío de la vida que la puedes encarar sabiendo que lo vas a lograr y no sólo tú, sino todos los que se atrevan a aceptar el reto de ser cristianos hoy. En el fondo, lo que habéis hecho ha sido aceptar el reto que Jesús resucitado nos vuelve a proponer hoy: tenerlo a Él por referente principal de vuestras vidas, anhelando la comunión con Dios. Éstos son los mensajes que nos deja la solemnidad de hoy.

Abadia de MontserratLa Ascensión del Señor (29 de mayo de 2022)

Domingo IV de Pascua (8 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de mayo de 2022)

Hechos de los Apóstoles 13:14.43-52 / Apocalipsis 7:9.14-17 / Juan 10:27-30

 

La globalización es hoy una palabra muy extendida. Seguramente todos asociamos globalización con actualidad. Cuando yo tenía la edad que tenéis vosotros, escolanes, no sabíamos ni que existiera esta palabra y a vosotros que habéis crecido en medio de ella, quizá la tengáis tan asimilada que tampoco le hagáis mucho caso. Una definición dice ser un proceso histórico de integración mundial en los ámbitos económico, político, tecnológico, social y cultural. ¿Y esto es bueno o es malo?

Será bueno si permite una humanidad que avance junta hacia unas mejores condiciones de vida para todos, que pueda asegurar la paz, la preservación del medio ambiente. No será bueno si anula la riqueza cultural, lingüística… si nos hace pasar a todos por el mismo agujero.

La fe cristiana es una de las respuestas personales más globales de la historia de la humanidad y no es porque sí. Lo es porque nuestro Dios, que es el Dios de Jesucristo, ha querido ser Dios para toda la humanidad. Así lo hemos leído en la primera lectura. Cuando Pablo y Bernabé se enfrentan a la resistencia a predicar la buena nueva de Jesucristo en Antioquía de Pisidia, encuentran enseguida una frase de los profetas que les empuja más allá, hacia la globalización de la fe en el mundo, una frase del profeta Isaías hablando del Mesías: Te he hecho luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta los límites de la tierra (Is 49,6). Y la fe se hizo global porque el nombre de Jesús alcanzó los límites de la tierra. Y llegó mucho antes de que la tecnología hiciera muy fácil comunicarse, hiciera más fácil esta globalización, llegó porque Pablo y Bernabé quisieron llevar el evangelio a todo el mundo. Me considero afortunado de haber vivido esa universalidad de la fe desde muy joven. De haber conocido a cristianos de todo el mundo, de saber también que con nosotros rezan tantos hermanos y hermanas diferentes, como veis en Salve cada día.

La fuerza extensiva de la fe cristiana de esos inicios me consuela. Me pregunto cómo podríamos ahora recuperar esa fuerza para seguir diciendo que Jesús y su evangelio son la luz y la salvación hasta los límites de la tierra, unos límites que no son geográficos, sino que ¡quizás tenemos que empezar a buscar en nuestro alrededor!

Somos un pueblo de elegidos. Lo podemos decir desde muchos puntos de vista. Somos elegidos en tanto que humanos, porque hubo una elección de Dios al crearnos, somos elegidos como personas porque cada uno de nosotros es alguien querido y llamado por Dios en la vida, somos elegidos, por encima de todo, en tanto que cristianos.

¿De dónde nos viene la elección? De una voz que nos llama y que nosotros reconocemos. Como el pastor llama a las ovejas, nosotros somos llamados por Jesucristo y reunidos en su rebaño, el rebaño del buen pastor.

Nuestro reto es convertirse en capaces de escuchar la voz del buen pastor y de entrar como ovejas en este rebaño. Responder con nuestra vida a la llamada y especialmente mantenernos en ella. ¿Dónde escucharemos hoy esa voz? La Iglesia nos propone su oración, reflejo de la misma Palabra de Dios ordenada pedagógicamente para ser orada y nos pide que participemos. El buen pastor también nos llama a través de tantas otras situaciones de la vida: en el testimonio de quienes le han escuchado, en las situaciones que nos presenta la historia, en las necesidades sociales y personales de tantos hermanos y hermanas. El rebaño de Jesucristo tiene vocación de ser universal, de estar abierto. La Iglesia no es una secta, tiene las puertas abiertas a todos y no aísla nunca a sus hijos e hijas de las demás voces del mundo, sino que promueve su madurez para ser capaces de discernir el llamamiento de Jesucristo de las demás voces. Estas otras voces nos llevarían a rebaños que no son de Dios y no nos conservarían en esa unidad que es donde Él nos quiere.

¿Y a dónde nos lleva esta elección? En la vida eterna. Nos lo promete la primera lectura, aunque no lo diga expresamente, porque la predicación de la primera iglesia apostólica tuvo su punto fundamental en la afirmación de un resucitado, Jesucristo que abría las puertas de la vida eterna, de la vida de Dios, a todos los que creían en Él. También el evangelio nos dice claramente: Yo os doy la vida eterna y la lectura del apocalipsis nos describe de una manera simbólica cómo será esta eternidad: estaremos con Dios, todo el dolor y el sufrimiento habrán pasado, ¡viviremos! La promesa de la vida eterna no es abstracción o ausencia, sino que es compromiso en el mundo para promover esta vida de Dios que se nos promete.

Somos un pueblo de elegidos. Dentro de la elección cristiana y dentro del rebaño, Jesucristo nos vuelve a llamar a cada uno para seguirle en una vocación más específica. De este modo mediante la llamada a la vida monástica, nos ha reunido a los monjes y monjas a formar otro rebaño dentro del rebaño, una familia que se siente elegida para este servicio de oración, de trabajo y de acogida. Si no viniera de Dios, esta llamada, contracultural al mundo en tantos aspectos, no podría sostenerse. Como la llamada a la fe, también la vocación monástica trabaja día a día en el discernimiento de la voz de la fidelidad de tantas voces seductoras. Es por esta razón que siempre que celebramos un aniversario de vida monástica tal y como hacemos hoy, celebramos la fidelidad de Dios de habernos llamado y de haberse mantenido fiel a su gracia, en uno de nuestros hermanos de comunidad. Muchos de los que estáis aquí os podéis hacer una idea de lo que significan cincuenta años de fidelidad. Quienes celebren un aniversario de boda, comparten, seguro, muchas de las reflexiones que podemos hacer sobre la fidelidad. A otros, como a los escolanes, cincuenta años de vida le puede parecer algo inimaginable, ¡que multiplica por cinco los que habéis vivido! ¡Puedo aseguraros que son bastantes años! ¡Preguntadlo a vuestros abuelos y os lo explicarán!

En el aniversario de los cincuenta años de profesión monástica del P. Abad Josep M. Soler, no podemos dejar de recordar que, en todas las llamadas señaladas, Jesucristo le llamó a ser pastor a imagen de él de un rebaño aún más concreto, que es el de nuestra comunidad. Por casualidades litúrgicas, este domingo IV de Pascua, es llamado del Buen Pastor y fue el mismo domingo que inició la semana de su elección, hace veintidós años, en mayo del año 2020. En el recordatorio de la bendición estaba la imagen del buen pastor de Josep Obiols cargando una oveja en los hombros y la frase Animam pono pro ovibus: Doy mi vida por las ovejas. En todos estos años ha cargado muchas ovejas en los hombros y otras muchas circunstancias de las ovejas y del rebaño. La exigencia de lo que pide la Regla de San Benito al Abad del monasterio, sólo se puede afrontar con una humildad que nos haga conscientes de que los llamamientos de nuestra vida vienen de Jesucristo y con una confianza que Él se mantiene siempre fiel en lo que pide.

No podemos dejar de dar gracias por el ejemplo de vida monástica y de fidelidad del P. Abad Josep M. Creemos que a la fidelidad de Dios también es necesario que responda nuestra libertad que, movida por la gracia, debe colaborar en el plan de Dios sobre sus hijos, que en toda vida monástica pasa por un día a día de oración, de lectura espiritual, de vida fraterna, de acogida. Cuando durante una vida esto se va haciendo realidad y lo vemos en un hermano nuestro, en un monje, no podemos dejar de sentirnos motivados y confirmados que esta vida concreta nos dice que todos los demás que participamos avanzamos hacia un ideal personal posible y realizable. Y más allá de nuestra opción concreta, todo el que honestamente vive su llamada cristiana a cualquier tipo de vida con amor y fidelidad es ejemplo para la Iglesia y el mundo porque logra un cumplimiento personal y cristiano que la encamina hacia Dios mismo.

Un cumplimiento que, en cada eucaristía, ese momento de transfiguración personal y comunitaria, quisiéramos saborear por la gracia que Dios nos hace de compartir el cuerpo y la sangre de Cristo.

Abadia de MontserratDomingo IV de Pascua (8 de mayo de 2022)

Misa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (2 de mayo de 2022)

Apocalipsis 21:1-5a.6b-7 / Romanos 6:3-9 / Mateo 25:31-46

 

Los cristianos de Oriente, queridos hermanos y hermanas, siguiendo una tradición muy antigua, tienen la costumbre de felicitarse la Pascua, ese tiempo que estamos celebrando, diciéndose: Cristo ha resucitado y respondiendo: Realmente ha resucitado. El tiempo pascual está totalmente centrado en la resurrección de Jesucristo, ese acontecimiento que confirmó el valor absoluto de su persona, de su vida y el sentido de su muerte. Antes de Jesucristo, en la fe de Israel estaba la percepción de que más allá de la muerte se entraba en una comunión con Dios y se iba a reunir con los seres que nos habían precedido, pero esta percepción, no exenta de dudas tal y como nos muestran los evangelios en las polémicas con los saduceos, que no creían en la resurrección, esta percepción, digo, se convierte en certeza y en el fundamento de la fe cristiana, que nace de la afirmación que Jesucristo ha resucitado. Los apóstoles y los discípulos no llegaron aquí fruto de una reflexión interna o de la necesidad de superar un fracaso que exigía una sublimación en un futuro que diera una salida válida a todo lo vivido con Jesús. No. Llegaron porque el Señor resucitó, se hizo presente en sus vidas después de muerto y entendieron que aquel hecho era lo que cambiaba todo, porque daba una respuesta a la pregunta eterna: ¿Y después qué? Contestando con sencillez: luego está la vida eterna, porque Dios no deja en medio de la muerte a los difuntos.

Jesucristo, el Hijo de Dios, habiendo querido compartir nuestra condición humana hasta la muerte, se levanta (éste es el sentido literal del verbo resucitar en griego), para continuar presente, con una forma ciertamente que no es la misma que la de antes de la muerte en cruz, pero que se nos explica como presencia real, histórica y viva entre nosotros. De este modo Dios no se traiciona a sí mismo. Hay una imagen que me gusta mucho, es de un teólogo castellano que murió bastante joven, que dice que Dios fija una cuerda en el momento de la Creación que es el hilo de la historia y la mantiene tensada hasta el final. Alguna vez la cuerda se destensa, pero siempre se recupera y tira de todo hacia el cumplimiento definitivo. Todos estamos en esa cuerda mientras vivimos. Jesucristo, como hombre, también estuvo en la cuerda, pero como Dios, también la estiraba y nosotros esperamos que después de muertos por la resurrección ayudaremos a estirar esta cuerda y a mantenerla tensada con Dios Padre, en Jesucristo, con el Espíritu Santo, y todos los santos y santas de Dios.

La resurrección de Jesucristo provocó una llamada universal a su seguimiento, una llamada a ser una Iglesia que se identifica como la de los cristianos, los de Él, los de Cristo. A esta Iglesia nos incorporamos por el bautismo. Por esta razón en la teología más cercana a la de la resurrección del Señor, que es la del apóstol San Pablo, aparece tantas veces el bautismo como nuestro vínculo con Jesús. Nos hace participar de su vida porque él también se bautizó y para que participemos de su vida, asumimos todas las consecuencias que esta participación tiene: que resumidas quieren decir: seguir su Evangelio hasta compartir su misma muerte. Pero también el vínculo que establecemos es el que nos permite tener la esperanza de que un día resucitaremos con él. Lo hemos leído en la carta a los Romanos, Por el bautismo hemos muerto y hemos sido sepultados con él, porque, así como Cristo, por la acción poderosa del Padre, resucitó de entre los muertos, nosotros también emprendemos una nueva vida. (Romanos 6:4).

El hermano Martí Sas quiso emprender realmente una nueva vida cuando entró en nuestro monasterio de Montserrat en 1958. Nacido en 1926 en Palma de Ebro, en la diócesis de Tortosa, tenía, el pasado sábado, cuando murió, 95 años y era el monje más anciano de nuestra comunidad. De hecho, el hermano Martí era el último monje de nuestra comunidad que entró en el noviciado como hermano, separado de lo que hacían los monjes destinados al presbiterado y que, tras las reformas de la vida monástica que siguió al Concilio Vaticano II, hizo la profesión solemne en 1964, con todos los demás hermanos, haciendo que todos los monjes compartiéramos desde ese momento una misma profesión.

Subrayo el hecho de que quiso emprender una nueva vida cuando entró en el monasterio porque la vocación monástica le significó un redescubrimiento personal y fuerte de la fe cristiana con más de treinta años, una edad algo avanzada para entrar en el monasterio según las costumbres de ese momento. Mantuvo siempre una actitud fuerte como creyente y como monje que alimentaba de ese tipo de conversión que le había llevado de una vida profesional como sastre en el monasterio. Le gustaba recordar y compartir con nosotros y con gente de fuera los cimientos, aquellos que podíamos intuir que estaban en el corazón de su fe y de su espiritualidad.

Iba desnudo y me vestiste. Si os decía que la fe nos lleva a identificarnos con Jesucristo y con su evangelio, y que esto exige y encuentra formas muy concretas de realizarse como nos narra el evangelio de San Mateo que hemos leído, no podemos tener ninguna duda que este versículo: Iba desnudo y me vestiste resume bien todo el servicio monástico del hermano Martí, e incluso más allá incluso. Su calidad de primer nivel como sastre fuera del monasterio, también quedó dentro de esta transformación espiritual cuando, colaborando primero y encargándose después de la sastrería del monasterio e hizo un ministerio y un servicio, especialmente en confección de toda la ropa litúrgica del monasterio, nunca fruto de la improvisación sino con una visión que Dios también debía ser glorificado en la dignidad y el buen gusto de las albas, las túnicas, las casullas, los hábitos y las cogullas con una visión de la armonía que todo el conjunto debía dar al corazón de los monjes que celebraba y oraba, muy fiel al precepto de la Regla de San Benito que pide dignidad en el vestir de los hermanos. Quizás incluso inspirado por la visión de esta ciudad santa de Jerusalén que quiere anticipar la asamblea litúrgica y que él quiso engalanar como una novia que se prepara para su esposo.

La nueva vida abrazada después de su entrada en el monasterio, también tuvo una dimensión de soledad y de acogida. Durante muchos años, cuidó y buscó ratos de soledad y silencio en la ermita de San Dimas, lugar que amaba con predilección y el cual todavía visitó cumplidos los 90 años, hasta que no le fue físicamente posible continuar yendo. Desde san Dimas también acogió a amigos y algunos grupos que se acercaban para compartir ratos de oración y celebración.

Siendo un monje que ocupaba todas las horas del día y buena parte de las de la noche practicando el ora et labora hasta una edad muy avanzada, tuvo que emprender una nueva vida y convertirse y prepararse para esta hora final. Durante los últimos años, en la enfermería del monasterio, el Señor le fue desnudando de sus capacidades físicas y mentales, hasta llamarlo a compartir por la muerte, su resurrección. Nos quedan de estos últimos años su alegría, casi infantil, cuando veía a un hermano de comunidad, y los intentos difíciles pero entrañables de procurar comprender lo que quería comunicar. Pero hasta en estos momentos, me atrevería a decir, que no perdió aquella fortaleza ante la vida que le venía de la fe y de las convicciones profundas.

Los cristianos de lengua siria tienen la tradición de que las almas de los difuntos cuando llegan a la puerta del paraíso no encuentran a San Pedro sino a San Dimas, el buen ladrón, salvado por la cruz de Cristo, que es la clave para entrar en el cielo, donde él es el primero en haber llegado. A pesar de no ser sirios, permitámonos hoy pensar que San Dimas ha recibido al G. Martí en la puerta del cielo para decirle que sí, que la promesa de Jesucristo de que un día nos encontraremos con él, compartiendo su resurrección, es verdad. Y que así vivamos la novedad, la plenitud y la comunión con Jesucristo, con el Alfa y la Omega, con el Señor de la vida, cuya victoria sobre la muerte celebramos en cada eucaristía.

Abadia de MontserratMisa Exequial del G. Martí M. Sas (2 de mayo de 2022)

Vigilia Pascual (16 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (16 de abril de 2022)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Lucas 24:1-12

 

Algunas veces, queridas hermanas y hermanos, cuando tienes que hacer una homilía, cuesta encontrar temas o que la liturgia que corresponde comentar, te inspire alguna palabra. Esta noche es todo lo contrario: la riqueza de signos y de textos con la que celebramos esta vigilia Pascual, hacen más bien que personalmente oscile entre la duda de explicar tanto como sea posible o de decirme: ¿puedo realmente añadir alguna cosa a lo que la misma celebración ya explica extensamente tan admirablemente, tan insuperablemente?

Una cosa sorprendente de esta noche es que la llenamos de significado para explicar la resurrección de Jesucristo, que aconteció de hecho en el silencio, en la soledad, casi diría yo en aquel anonimato que el Pregón Pascual expresa tan bien cuando canta: Oh noche bienaventurada, sólo tú supiste la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos. Aquel quedarse esperando en la puerta del sepulcro, el silencio del viernes santo, el silencio aún más profundo del sábado se adentra en la noche de Pascua hasta que, como una explosión, con el fuego, el cirio pascual y la luz que no mengua cuando la repartimos, sino que se multiplica, confesamos que sí, que, en el corazón de esta noche Santa, Jesús, crucificado, muerto y enterrado, ha vuelto a la vida.

Casi entramos en cierto vértigo si nos detenemos a pensar cómo un hecho concreto de una noche de la historia ha tenido tantas consecuencias: la más sencilla es que: si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí. Y todo lo que celebramos no es más que la vida venciendo a la muerte. Algunos de los hermanos de los escolanes y otros niños lo han trabajado hoy cuando ha observado que una bellota, el fruto de la encina que parecía muerto, era capaz de tener vida y de convertirse en un árbol pequeño. Y después, dentro de poco, traerán al altar estas pequeñas macetas plantadas con una esperanza y se las volverán a llevar como recuerdo de que esta noche, es una noche para la vida. De hecho, este es un experimento que recuerdo que los escolanes siempre hacían en cuarto y veías las macetas con las plantas por el suelo en su aula. Jesucristo es como el grano, como la bellota enterrada que vuelve a la vida, que resucita en una planta nueva.

Todas las lecturas de hoy nos hablan de esta vida, nos hablan de muchas formas con muchas palabras e historias diferentes: la creación de la naturaleza con todos sus elementos, la libertad, la fe, pero en el fondo el mensaje es siempre lo mismo: Dios opta decididamente por la vida. Por eso no podía dejar a Jesucristo en la muerte. Y Él ha querido compartir su vida de resucitado con nosotros, la suya es también nuestra vida, puesto que como nos ha dicho San Pablo – y volvemos a las plantas-; si nosotros hemos estado plantados junto a él por esta muerte parecida a la suya, también debemos serlo por la resurrección.

Me dirijo especialmente a vosotros que hoy os bautizáis, confirmáis y hacéis la primera comunión, y a los que sólo se bauticen, representados por sus padres y padrinos, es decir a los escolanes Pedro y Tomás, y a los niños: María y a los hermanos Caterina, Isabel e Isaac y también a David que hace la primera comunión. La vida de la que estamos hablando ahora y aquí no es sólo levantarnos, comer y dormir. Nosotros creemos que todos, los hombres, las mujeres y también vosotros sean chicos un poco mayores o niños, tienen la posibilidad de una vida del espíritu, de una vida interior, totalmente importante y esencial para la persona humana. Una vida que queremos infundir, estimular y hacer crecer en todos vosotros con los sacramentos, que por eso mismo llamamos de la iniciación. Por eso es tan bonito que en esta noche que celebremos la vida, podamos comunicar, como pueblo de Dios y comunidad cristiana, esta vida a todos vosotros y podamos hacer real aquella otra frase del pregón pascual: noche en la que el hombre reencuentra a Dios. Esto es lo que confesamos: que el hombre reencuentra a Dios en Jesús y que nada debería ser como antes. Lo encontramos en el bautismo, intensificamos aún más este encuentro con la confirmación porque recibimos su espíritu y tenemos la comunión para poder recibirlo en cada eucaristía.

Ahora os contaré una anécdota especialmente para vosotros Tomás y Pedro, relacionada con estos sacramentos que recibiréis esta noche, especialmente con la confirmación, y que tiene que ver con un buen amigo mío y de muchísima gente, el obispo Antoni Vadell, que quizás recordareis (sobre todo los escolanes mayores) porque alguna vez había estado en la Escolanía y había presidido una misa conventual a principio de curso, y que murió muy joven a los 49 años hace dos meses. Los teólogos, que nos dedicamos a estudiar todas estas cosas relacionadas con la fe y las celebraciones, discutimos si es mejor confirmarse a vuestra edad, a los nueve o diez años, especialmente si coincide con el bautismo o hacerlo de más mayores. Cuando con el Padre Efrem hablábamos de todo esto, a principios de diciembre, llamé al obispo Toni, que era bastante especialista en esto y le pregunté: ¿Qué te parece? ¿Confirmamos o no confirmamos a los escolanes de cuarto que se van a bautizar? Y él me dijo, sí. Porque en la Escolanía tendrán la posibilidad de vivir a fondo una vida cristiana y está muy bien que la vivan con la confirmación hecha. Fue la última vez que hablé con él. Y por tanto os dejo esta reflexión a vosotros dos, a todos los escolanes y a todos, porque todos recordaremos hoy nuestro bautismo, nuestra confirmación y participaremos de la eucaristía: los sacramentos son la posibilidad de vivir a fondo la vida cristiana. Todos pueden hacerlo o intentar que sus hijos la vivan en la medida de sus posibilidades. Y es que Cristo no nos quita nada de la vida, sólo nos la da y nos la hace más feliz.

Estos días he hablado de la identidad de Jesús de Nazaret en cada homilía. La noche de Pascua une tres momentos que nos ayudan a comprenderlo mejor:

  • su vida, con el entusiasmo por su mensaje y por su persona, que los testigos que convivieron con él nos han dejado en los evangelios;
  • su pasión y su muerte, solidaria con tantos sufrimientos humanos y ante la que y de los que, a menudo lo más adecuado es el silencio y la oración;
  • y finalmente su resurrección, que se manifestó como experiencia a sus discípulos, empezando por las mujeres que fueron al sepulcro y recibieron aquel mensaje sorprendente: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Dios se sirve de la humanidad de Jesús de Nazaret para estar presente en el mundo, y Jesús de Nazaret se sirve de la humanidad de todos los hombres y mujeres para comunicarse en su vida, en su muerte y en la su vida de resucitado. Desde aquella noche de Pascua, en el testimonio que proclama la sencilla frase: ¡El Señor ha resucitado! Realmente ha resucitado, transmitido de generación en generación de cristianos, no hemos dejado de creer en él, el viviente, el Señor de la vida:

la estrella de la mañana, aquella estrella, quiero decir que nunca se oculta, Cristo que volviendo de entre los muertos, se apareció glorioso a las mujeres y a los hombres como el sol en día sereno. Él, que vive y reina por los siglos. Amén.

Abadia de MontserratVigilia Pascual (16 de abril de 2022)

Domingo de Pascua (17 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (17 de abril de 2022)

(…) / Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

¡Si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí! No estaríamos aquí porque no celebraríamos el día de Pascua, ni hoy en la alegría de la fiesta de las fiestas, ni en cada una de nuestras eucaristías. El mensaje insistente de las lecturas, las oraciones y los cantos de esta misa de la mañana del domingo de Pascua no es otro que éste: ¡Cristo ha resucitado! Y añadimos el canto de gozo más sencillo de la Iglesia: Aleluya, aleluya, que no habíamos cantado durante toda la cuaresma.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, su vida se habría perdido en el anonimato del tiempo, y no estaríamos aquí porque seguramente no tendríamos ningún testigo de él, ni de su persona, ni de su mensaje liberador, inteligente, profundo, conocedor de la persona hasta las dimensiones más profundas, inspirador de tantos y tantas que han venido después de él y han enriquecido nuestra cultura y nuestra espiritualidad cristianas.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no estaríamos aquí porque no formaríamos ninguna comunidad de bautizados, porque nuestro sentido de ser hijos de un mismo Padre Dios y de ser hermanos y hermanas unos de otros, no encontraría su fundamento en Jesús de Nazaret, y como la historia nos demuestra, sólo Dios es capaz de reunir a la humanidad en una familia realmente global y permanente en el tiempo. Pero como sabemos bien, Pascua no es una celebración cerrada de los discípulos consigo mismos, contentos de reencontrar aquella intimidad de amigos y compañeros que habían tenido en la vida de Jesús, sino que fue un impulso hacia delante y hacia afuera. Y en este impulso hacia fuera tenemos la alegría de acoger nuevos bautizados como hemos hecho esta noche, y de acoger también a la plena comunión de la eucaristía a vosotros, los escolanes Francesc, Josep y los dos Guillems, i también Isona, Berta y Teresa que hoy hará la primera comunión. Esta comunidad de monjes, escolanes y peregrinos, que celebra la eucaristía aquí en Montserrat, con vosotros cada domingo, os acoge con alegría en la mesa del Señor en nombre de toda la Iglesia.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no estaríamos aquí porque no confiaríamos en que su amor es capaz de hacernos mejores, y eso también os lo digo a vosotros que hacéis la primera comunión. En el canto de entrada decíamos: he resucitado, me he reencontrado con vosotros, y los escolanes volverán a cantarlo en el ofertorio en latín. Resurrexi et adhuc tecum sum. Con la resurrección Jesús pudo encontrarse con Dios y como nosotros siempre vamos detrás de lo que él hace, de las posibilidades que nos abre, todos podemos encontrarnos con Dios en Jesucristo resucitado. Y la mejor forma de hacerlo es la de participar en la comunión del pan y el vino, que es su sacramento, la forma que Él mismo nos dejó para permanecer entre nosotros siempre. Este encuentro frecuente puede y debe tener consecuencias: debería ayudaros a vosotros y a todos a superar nuestros defectos, a amar más y mejor, a no tener vergüenza de ser cristianos, Jesucristo fue capaz de cambiar en fidelidad la negación de Pedro. Como cristianos estamos llamados a vivir la misma conversión de Pedro, que es una conversión pascual.

La conversión pascual se hace concreta en algún gesto a favor de los demás. Tal y como hicimos el Jueves Santo, os proponemos que participéis en la colecta que haremos a favor de Caritas. Ellos conocen las necesidades de nuestra sociedad y han tenido también un papel activo, a través de Cáritas internacional, en la ayuda a refugiados de la guerra y otros lugares. Nos hablaban recientemente, por ejemplo, de la labor increíble que Cáritas de Polonia ha hecho en la frontera con Ucrania.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no sé dónde estaríamos. Algunos sabéis que me gusta hacer comparaciones con la informática. Un biblista muy conocido escribió que Dios se dio cuenta de que su Creación y su historia eran como un programa informático que fallaba y con Jesucristo volvió a instalarlo o al menos a ejecutarlo. To run the program again, dice él en inglés. ¿Os imagináis un programa o una aplicación que no se puede actualizar ni ejecutar? Seguramente va funcionando cada vez peor hasta que ya ni se abre, y si es un software importante, hace que colapse incluso el ordenador. El miércoles de ceniza os decía que la Cuaresma era como un antivirus que evita que los programas se estropeen, hoy es mejor, hoy todo es nuevo, porque desde la resurrección de Jesús el programa funciona, porque siempre está actualizado. La resurrección celebrada en cada eucaristía es esta actualización constante del programa, y ​​que el programa funcione significa que los objetivos de su creación se han confirmado en la redención que Jesucristo ha llevado al mundo y todo nos conduce a su voluntad de salvar de ser felices, de ser capaces de amar siempre más y mejor. Y si algo no funciona, será por nuestra culpa, que no conocemos bien el programa, y ​​no culpa de él, tal y como tenemos costumbre de pensar a menudo.

Si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí, porque somos hijos e hijas de la resurrección del Señor. En el monasterio he oído a veces la expresión muy bonita: ¡somos hijos de la Resurrección! Se utiliza cuando es necesario continuar adelante alguna actividad o incluso una celebración y ha habido algún evento triste. Con mucha sencillez, nos transmite nuestra visión de la vida y de la muerte, profundamente impregnada de la esperanza pascual de una vida eterna, plena, en la comunión de Cristo Resucitado, pero perfectamente consciente de que la vida se vive aquí en el día a día.

En esta mañana radiante del domingo, ponemos nuestras vidas bajo la luz del resucitado que nos ilumina, la llama un poco débil de este cirio que arde desde ayer, ha resistido y ha iluminado la oscuridad de toda la noche. Con él podemos decir, hemos resucitado y nos hemos reencontrado con él para siempre.

¡Celebramos la Pascua viviendo con sinceridad y verdad, Aleluya, aleluya!

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (17 de abril de 2022)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (15 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de abril de 2022)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Espero y deseo estimados hermanos y hermanas que todos encontremos en nuestra agenda y en nuestro corazón, un poco del silencio necesario para dejar que todas estas palabras que hemos escuchado resuenen, arraiguen y den fruto en nuestros corazones. Son palabras que nos reclaman ese espacio interior, tanta es su profundidad y su fuerza.

Las lecturas que hemos leído confirman una idea que he querido hacer presente en estos días: la de la verdadera identidad de Jesús. Nada, ni siquiera la muerte en cruz, reservada a los delincuentes, esconde quién es él. De modo especial, en la lectura de la Pasión según San Juan que leemos el Viernes Santo, se nos muestra más claramente que Jesús de Nazaret clavado en la cruz es más que un hombre crucificado, aunque nunca deja de ser también un hombre crucificado.

Por un lado, ningún sufrimiento, ningún insulto, nada le es ahorrado y muere. Pero, por otra parte, Jesucristo domina la situación: fijaos, sino, en la fuerza que, en el momento que le detienen, tienen sus palabras: yo soy, que hacen que todo el mundo caiga al suelo; incluso domina la situación desde la Cruz: con la capacidad de confiar, mutuamente cuando ya ha sido crucificado, a su madre y a san Juan; y finalmente la serenidad de su muerte, sin gritos, sin quejas, sólo con un “todo se ha cumplido”, que nos adelanta que no estamos delante del final.

Habían crucificado a Jesús de Nazaret, el Rey de los Judíos, que se había presentado como un rey y mesías diferente. Quizás por eso, si ayer os hablaba de un amor que nos une en el recuerdo, la vida y la esperanza; hoy contemplamos un amor que resiste, que lo resiste todo. El amor de Dios se hace resistencia en Jesús crucificado, demostrándonos la capacidad de ir hasta el final, hasta el sacrificio de la propia vida en la coherencia de una misión que en Él une el ejemplo como persona y su mensaje como Evangelio.

Por eso resiste el Evangelio durante los siglos porque viene de quien ha aguantado en el amor los escarnios, los ultrajes y todo el mal que le ha venido encima, cuando él sólo pretendía darnos los instrumentos, las ideas y las claves para poder vencer personalmente y todos juntos ese mal, tan palpable en nuestro mundo, que, debemos reconocerlo, a veces se nos presenta tan o más resistente que el amor de Dios. Y si es verdad que el mal a veces se nos presenta más resistente que el amor de Dios, no lo es.

Y la prueba más clara de esto es la capacidad de los discípulos de Jesús para llegar todavía hoy a hacer el camino de la cruz, demostrando que Él nos hace participar de su resistencia al mal cuando nosotros también fundamentamos nuestra vida en su evangelio.

Tuve ocasión de participar la semana pasada en una oración que recordaba a los mártires de nuestro tiempo: eran hombres y mujeres concretos, jóvenes, mayores, con nombre y apellidos, de todo el mundo, que habían muerto en situaciones diversas, muchos de ellos murieron en el año 2021 y hasta este mismo 2022. Algunos habían sencillamente seguido su vocación hasta el final, atendiendo a enfermos de Covid e infectándose, otros habían sufrido directamente el odio religioso hasta la muerte contra los cristianos por parte de algunos fanáticos que nunca pueden ser representativos de ninguna religión o idea. Compartían todos el hecho de ser cristianos. Puedo aseguraros que la reflexión que me hice fue la de la actualidad de la cruz de Jesús en el mundo y de la validez de su mensaje que todavía hoy merece tener tantos testigos, que genera una fuerza tan grande de adhesión al amor, tan grande, que lo hace precisamente resistente. Y me hizo pensar si todas las modas que el mundo nos presenta y propone tienen algún crucificado que las valide, tal como nosotros tenemos a Jesús de Nazaret.

Quizás esta reflexión llevará a alguien de vosotros a pensar que eso que nos explica el P. Abad es sólo para los héroes, por las situaciones extremas y que ya veremos qué hacemos si nos llegan. Pero no. Una mujer conocida y cercana me comentó hace años que no entendía la cruz de Jesús. Se trataba de alguien profundamente cristiano, que había vivido ayudando siempre, coherentemente con su fe, yendo bastante más allá de lo justito para quedar bien. Sufriendo a veces para vivir de ese modo. Y pensé: ¿tú no entiendes la cruz si la vives todos los días?

Busquemos vivir el Evangelio y la cruz ya la encontraremos. Y cuando la encontremos, que nos guíe el amor resistente de Jesucristo y su ejemplo, ya que así y no de otro modo más espectacular, más directa o más rápida quiso salvar Dios al mundo, sirviéndose de su humanidad encarnada y aceptando todos sus límites.

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (15 de abril de 2022)

Missa de la Cena del Señor (14 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (14 de abril de 2022)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

Donde hay verdadero amor, allí está Dios.

Me gustaría, queridos hermanos y hermanas, invitaros a vivir este jueves Santo, este inicio del Tríduum Pascual, con el espíritu de esta frase, tan sencilla, tan antigua, tan profunda: donde hay verdadero amor, allí hay Dios, que cantaremos en un rato, en el momento del ofertorio.

La identificación de Dios con el amor no la formuló el supuesto autor de este himno, Paulino de Aquilea, a finales del siglo octavo, sino que, como todos sabemos, es propia del Nuevo Testamento, y transmitida literalmente en la Primera carta de San Juan que nos dice con toda simplicidad y claridad: El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). La liturgia de este jueves santo nos ayuda a recordar que Dios es amor, a vivir el amor de Dios y a esperar en el amor de Dios.

Recordamos que Dios es amor porque nuestra historia está llena de signos de ese amor, y esta memoria se irá haciendo presente en todas las celebraciones de este triduo pascual. Recordemos sobre todo que Dios es amor porque hacemos memoria de Jesucristo en la institución de la eucaristía, en la llamada que Dios nos ha hecho a algunos de entre todos los hermanos a servirle como presbíteros y diáconos y en la vocación cristiana universal a la caridad fraterna. Os lo digo con toda la intención: en cada una de esas memorias, al que realmente recordamos es a Jesucristo. Pervertiríamos el sentido si pensáramos que hoy nos hacemos un homenaje por ser presbíteros o diáconos, o para celebrar muy bien la eucaristía o ni siquiera porque tenemos mucha caridad y ayudamos mucho a los demás. Jesús nos enseña que imitarle es servir, es amar, es ayudar en todo lo que haga falta. Si él, con plena conciencia de quien era: sabía que de Dios venía y a Dios volvía, quiso hacer de criado, lavando los pies; ¿qué no deberíamos estar dispuestos a hacer nosotros? Jesucristo nos dijo que en esto consistía el amor. Estaría bien que nunca lo olvidáramos. Que recordáramos que en cada eucaristía lo hacemos presente, que los presbíteros y diáconos somos sobre todo signos de ello. De aquel amar y servir en todo que guio la vida del peregrino más ilustre de nuestro santuario, San Ignacio de Loyola, de cuyo paso por Montserrat conmemoramos este año el quinto centenario.

Y el recuerdo nos ayuda a vivir el amor de Dios en el presente. Cada eucaristía que celebremos debería ser fuente de amor concreto y de caridad. Sabemos que no siempre llegamos, que no siempre estamos a la altura, que a menudo la celebración nos deja igual, fríos y que somos capaces de caer en ciertos egoísmos y pequeñeces humanas, incluso durante y después de ir a misa, pero no deberíamos resignarnos. Concretamente este Jueves Santo, al recordar el gesto humilde de Jesús lavando los pies, quisiera rezar al Señor que no nos quedáramos sólo en el gesto, sino que éste sea también una oración que nos muestre caminos de servir mejor. Caminos de ver más claramente dónde hacemos más falta: nosotros como monjes, vosotros, todos. En las estrofas del canto donde hay verdadero amor, decimos:

Formando unidad nos reúne el amor de Cristo.

El verdadero amor es concreto cuando nuestra celebración se abre a las necesidades de los más pobres. La liturgia cristiana siempre ha tenido presente esta solidaridad cuando recordaba la donación de Jesucristo en el pan y en el vino de la eucaristía. Las necesidades del mundo son inmensas. Las desigualdades entre mundos también. Quizás no podemos aportar mucho, pero necesitamos abrir nuestro amor a esta solidaridad. Hoy os proponemos hacer una colecta a favor de Cáritas. La pandemia, los efectos económicos ya presentes y los que algunas organizaciones anuncian que vendrán fruto de la guerra de Ucrania, dejan un rastro de necesidades incontables. Cáritas es el nombre latino de este amor que estoy comentando: Ubi caritas vera, Deus ibi est, caritas vera, verdadero amor. El brazo de la Iglesia que se preocupa de los demás lleva el nombre del amor. Si hacemos presente el amor, ayudamos también a este brazo que quiere llegar a quienes sufren más la falta de recursos económicos.

Y todo esto nos lo deberíamos aplicarnos más que nadie los diáconos y los presbíteros. Seamos conscientes de a quién pretendemos representar en la vocación y la gracia recibida de Dios. No es poco el rememorar este Jueves Santo en cada eucaristía. ¿Hasta dónde debería llevarnos en nuestra vida de donación y servicio? Que nos pueda servir de guía la frase que también es una estrofa del canto:

Tememos y amamos al Dios viviente y con corazón sincero, también nosotros amémonos.

Esperar en el amor de Dios es el tercer movimiento para amar. La memoria y la voluntad presente y actual de amar nos proyectan más allá. Lo tenía claro Jesús según el evangelio de San Juan que hemos leído: Jesús sabía que había llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre y por eso dejó un mandamiento nuevo que mira al futuro, que mira a la Iglesia, la comunidad de sus hijos e hijas que creemos en un Dios y un Señor que nos espera al final de la historia, de la personal y de la colectiva, y que nos pide que celebremos esta eucaristía hasta que él vuelva. Pero mientras esperamos que vuelva, tenemos el derecho y el deber de esperar un mundo mejor, un mundo en el que como también cantaremos todavía: 

Cesen las luchas malignas, cesen las discordias.

Pueda la Iglesia edificada en el amor verdadero, donde Dios está, convertirse en signo de esperanza de un cumplimiento definitivo, pero también de un Reino entre nosotros donde la guerra, la muerte absurda de los inocentes, los exilios, las condiciones de vida infrahumanas por tantos hombres y mujeres en Ucrania, pero también en tantos barrios y ciudades de nuestro país y de tantos otros lugares del mundo. Debemos apreciar la respuesta solidaria de tantas personas ante la última crisis como un signo de confianza y esperanza de que somos capaces de construir un mundo diferente. Ojalá que la Iglesia pudiera situarse junto a todos estos hombres y mujeres de buena voluntad. Así lo intuyó San Juan XXIII cuando dirigió su última encíclica Pacem in Terris, más allá de los límites de la comunidad católica y cristiana, cuya amplitud era una intuición profética y válida para un mundo en el que debemos amar más allá de identificaciones religiosas.

Recordar, vivir y esperar. Tres verbos y tres actitudes que unen pasado, presente y futuro para hacer presente que Donde hay verdadero amor, ahí está Dios. Que esta eucaristía nos abra a la alegría inmensa, a la alegría pura de quienes, junto con los santos, ven la faz gloriosa de Cristo.

 

Abadia de MontserratMissa de la Cena del Señor (14 de abril de 2022)

Domingo de Ramos y de Pasión (10 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (10 de abril de 2022)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Lucas 22:14-23.56

 

Bien podríamos decir, queridas hermanas y hermanos, de la misa de hoy que es la celebración de los contrastes. En una sola liturgia de la Palabra, en el devenir del evangelio leído antes de la procesión, de las dos lecturas y de la lectura de la Pasión, hemos pasado de proclamar a Jesús como Mesías a dejarlo solo en un sepulcro. En la narración de la vida de Jesús de Nazaret encontramos a menudo este contraste, necesario para explicar algo difícil: ¿quién es Él? Las lecturas de hoy nos lo quieren decir en tres momentos:

El primer momento nos remite a Navidad. ¿A Navidad? ¿Hoy? Sí. Fijémonos en un detalle que sólo leemos este año, que la liturgia nos propone en la versión de San Lucas. Entre los gritos que acompañaron la entrada a Jerusalén, hemos escuchado: “Paz en el cielo y Gloria en las alturas”. ¿No os suena a Navidad? Sí. Es una frase muy parecida a la que decían los ángeles en el anuncio a los pastores: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra”. Jesús es la presencia absoluta de Dios en una persona humana, su Encarnación y éste es el mensaje de Navidad. Nada de lo que ocurrirá a partir de ahora puede hacernos olvidar ante quienes estamos realmente.

El segundo momento tiene un contexto más histórico. Explica la continuidad que existe entre este Jesús, en el que Dios que se ha hecho hombre, y el Mesías, el ungido, Cristo, el esperado de Israel, que entra en la ciudad real de Jerusalén, cumpliendo las profecías del Antiguo Testamento, como hemos recordado en este momento entrañable de la bendición de los ramos y de la procesión. Si le confesamos como Hijo de Dios lo confesamos también como Mesías. Un título más fácil de aceptar por sus contemporáneos, que estaban plenamente familiarizados con la figura de este Ungido, Hijo de David, que debía venir a salvar al pueblo.

El tercer momento es el de la gran ruptura. Jesús se separa de la identificación de sus contemporáneos con todo lo que esperaban del Mesías. Lo rompe y es aquí donde está la gran novedad. En su Pasión nos dice quién es. Nos dice que por el mismo título por el que es aclamado cuando entra en Jerusalén: Rey de los judíos, es crucificado y dejado solo en un sepulcro: a la espera, que es donde nos deja la liturgia de la Palabra de hoy: esperando.

¿Cómo es posible que un Dios y un Mesías acaben tan mal?

Precisamente porque Dios se revela en Jesucristo, una parte importante de su mensaje, de su evangelio, es proclamar que su mesianismo debe entenderse de manera diferente. No renunciamos a nada de su mesianidad, de su carácter absoluto como Hijo de Dios bajado y hecho hombre, como la segunda lectura nos presentaba, pero necesitamos reconocer al mismo tiempo, que, en el relato de la pasión, este Jesús nos transforma la idea de ser rey, la idea de poder, la propia idea de Dios.

Es un Dios y un Mesías que se deja torturar, sin ejército, con tan débiles seguidores, tan poco líder, diríamos hoy. Él nos enseña que nuestro Dios más que en títulos se hace totalmente presente en un hombre que destaca por tres virtudes:

  • la humildad, visible en tantos momentos de su vida;
  • la coherencia y la resistencia en la proclamación de su mensaje ante todos los demás poderes de este mundo, hasta la muerte si es necesario;
  • la comunión llena de misericordia con toda la debilidad humana que encontramos en tantos y tantos otros ejemplos del evangelio, y que hemos escuchado en el relato de la pasión de una manera especial en el ladrón crucificado a su lado y perdonado, en las mujeres de Jerusalén que lloran, e insuperablemente en su perdón desde la cruz a quienes le estaban crucificando.

¿Y a nosotros? ¿Qué nos enseña este contraste que nos hace capaces, en tanto que humanidad, un día proclamar a Jesús como Mesías, y al cabo de cinco días, crucificarlo? No nos engañemos: lo que hemos leído no es sólo una historia de aquel tiempo que debemos mirar desde lejos. Así como nosotros podemos pensar que nunca lo haríamos, que no seríamos capaces, también podría ser que todos los que le aclamaban el domingo, no imaginaran que gritarían: crucificarlo, crucificarlo, el viernes.

Poco vale decir que se confundían. Que pusieron las expectativas en una persona equivocada. Quizás algunos sí, pero no todos. No excusemos tan fácilmente nuestra capacidad de cambiar, de dejarnos arrastrar. Los dramas y los conflictos de todo tipo presentes en el mundo son una prueba irrefutable.

También el evangelio de la entrada en Jerusalén nos ha hablado de sus «adictos», por tanto, una parte de la aclamación no era a un personaje desconocido, sino a un predicador y profeta que ya había predicado un mensaje renovador. La actitud de los fariseos nos lo confirma. Ellos eran los verdaderamente asustados en aquella aclamación que consagraba una manera de comprender a Dios diferente a la suya. La petición de los fariseos a Jesús es otro detalle propio del evangelio de Lucas: diles a tus seguidores que se callen. La respuesta de Jesús le coloca nuevamente en su lugar absoluto: “si estos callaran, gritarían las piedras”. Si algo no se cuestiona es quién es él. Esto no depende en absoluto de lo griten o dejen de gritar los demás.

Esta idea la comprenderéis bien con un ejemplo (Esto, los escolanes lo entenderán muy bien). Hoy muchas personas se consideran importantes si tienen muchos seguidores, que tu fama dependa de tus fans, de tus likes, de tus suscriptores es propio de youtubers, de influencias, de telepredicadores y de tantos personajes de feria que nos invaden constantemente. Pero Jesús a pesar de ser un “influencer”, seguro que lo más importante de la historia, no depende ni siquiera de la opinión de sus seguidores. Le gusta tener seguidores, claro que sí, pero es libre incluso respecto a ellos. Jesús de Nazaret fundamenta todo su mensaje en su persona y su persona se fundamenta en Dios mismo. De lo contrario, sería imposible la propuesta de vida, cada día más contracultural que nos hace. A diferencia de tantos personajes no esconde el dolor que sufrió hasta el punto que le cantamos, como haréis en el ofertorio con la capella, con las palabras del profeta Jeremías: Oh vos omnes qui transitis per viam…, oh todos vosotros que camináis por el camino, paraos y mirad si hay un dolor parecido al dolor que me aflige. ¿Qué Dios ha sido capaz de decir algo así?

El domingo de Ramos es por su contraste entre grandeza y humildad, entre la gloria y la cruz, un toque de atención, queridos hermanos y hermanas, a nuestras contradicciones y ambigüedades y un llamamiento a estas actitudes básicas de Jesús que el relato de la Pasión nos va revelando, y entre las que os recordaba, la humildad, la coherencia y la misericordia.

A pesar de haber dicho que la liturgia de la Palabra nos dejaba en la puerta de un sepulcro esperando. Nuestra celebración no termina aquí. Sigue recordando al Jesús vencedor, presente en el pan y en el vino, los dones de la Pascua. Entremos en este misterio, más que nunca en este inicio de la Semana Santa

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (10 de abril de 2022)

Fiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (21 de marzo de 2022)

Génesis 12:1-4 / Filipenses 4:4-9 / Juan 17:20-26

 

¿Es bueno, queridos hermanos y hermanas, y monaguillos tener éxito en la vida? Negarlo sería realmente colocarse muy a contracorriente de un mundo que nos motiva constantemente a tenerlo. Un mundo que nos dice coloquialmente: ¡Has triunfado! Cuando algo nos ha salido especialmente bien. No sería normal que en vez de apoyar esta actitud pensáramos que es mejor fracasar. El problema es seguramente lo que creemos que es nuestro éxito, nuestro triunfo. ¿Es ganar uno de estos concursos tipo “operación triunfo” o “Gran hermano”? ¿Es conseguir jugar en uno de los mejores equipos deportivos o ser como una estrella de la música? Muchos en nuestro mundo considerarían que todo esto es lo máximo del éxito, y que más que eso es imposible. Entonces, por qué tantas personas que triunfan de esta forma muchas veces no son felices. ¿Por qué algunas aparecen públicamente algún tiempo después de haber logrado ese éxito y no tienen nada que ver con esos triunfadores tan admirados en su día?

He empezado esta homilía con estas palabras porque encontramos en la liturgia de hoy a tres personajes que también tuvieron éxito. ¡Un poco diferente de los ejemplos que he puesto! No sólo lo tuvieron, sino que de alguna manera todavía lo tienen hoy, ya que les recordamos, leemos y pensamos que lo que hicieron sigue siendo importante, a pesar de haber pasado un tiempo casi incontable.

¿Abraham tuvo éxito? Quién puede dudarlo, es el padre de tres religiones muy importantes del mundo: el judaísmo, el islam y el cristianismo. Pero Abraham vivió mucho tiempo de su vida muy lejos de sentirse una persona que triunfa. Le faltaba algo tan importante en su cultura como tener hijos y también carecía del objetivo que se había propuesto, obedeciendo la voz de Dios, cuando dejó su tierra: tener un lugar estable donde vivir. Sin embargo, tenía fe, creía en Dios y no abandonó sus objetivos. Fracasar viene de una palabra latina que significa romperse. Un fracasado es alguien quebrado, alguien que ya no puede conseguir sus objetivos porque se ha roto. Abraham nunca llegó a romperse, sino que acabó recibiendo la promesa que tendría incluso de lo que carecía: tierras e hijos e hijas. Gracias a su confianza, tuvo uno de los mayores logros que se pueden tener en la vida: que tu nombre esté asociado al bien, a la buena suerte, a que todos los demás también les vayan bien las cosas cuando te recuerden. Esto significa que tu nombre sirva para bendecir. Permitidme añadir todavía una cosa. En vida, Abraham gozó muy poco de su éxito: de esta gran descendencia prometida sólo pudo ver a dos hijos y es que a veces, como ha pasado por ejemplo a muchos artistas, la fama y el éxito te llegan después de muerte.

En la segunda lectura, encontramos el segundo triunfador de la liturgia de hoy: San Pablo. Alguien que pueda decir: Pon en práctica lo que de mí ha aprendido y recibido, visto y oído. Y el Dios de la paz estará con vosotros, es alguien que seguramente se siente muy seguro de la vida y de todo lo que quiere decir y comunicar y exhorta a sus seguidores a imitarle. Yo nunca me atrevería a decir algo parecido, decir que si alguien me imita obtendrá la paz de Dios, pero claro: yo no soy San Pablo. Él no llegó aquí por casualidad, sino después de haber vivido, de haber cambiado profundamente lo que creía, es decir, de haberse convertido a Jesucristo, de eso tan cuaresmal y de haber reflexionado y escrito tanto, que todavía hoy no deja de inspirarnos y de ser leído en millones y millones de celebraciones en todo el mundo, casi todos los domingos, sino todos los días. Y su éxito fue ver crecer a la Iglesia. Ver que muchos le escuchaban y se convertían como él a la fe en Jesús. Un éxito que no le ahorró morir mártir, que le asesinaran por su fe.

El tercer personaje de hoy no sale en las lecturas, pero es precisamente el santo que conmemoramos. Nuestro padre San Benito. También tuvo éxito, aunque los doce monasterios que fundó y la influencia de la Regla que él pudo constatar mientras vivía, nada tienen que ver con la importancia que ha tenido su magisterio para tantos miles de monjes durante los quince siglos posteriores. El éxito de San Benito también se fundamenta en haber seguido profundamente las intuiciones de su corazón. De haber hecho en la vida lo que sintió que Dios le pedía hacer. Y esto lo hizo un día tras otro. El éxito a veces, me parece a mí, no es un momento de gloria y admiración, sino poder mirar tu vida y sentirte tranquilo. Y, sobre todo, que lo que haces pueda inspirar a alguien.

Muchos se habrán fijado a menudo que al final de la carretera que llega a Montserrat hay una columna de piedra con la inscripción Pax vobis (la paz sea con vosotros). Algunos monjes tienen todavía la costumbre de poner al principio de las cartas que escriben la palabra Pau, o pax en latín. Es hermoso que se nos asocie con la paz. Hoy, fiesta del tránsito de San Benito, es un buen día para los monjes benedictinos y para todos los que siguen y se inspiran en la espiritualidad de la Regla, muy especialmente los oblatos, para seguir viviendo la vida como un camino propuesto a aquel que busca la paz, y la primera paz a buscar es la del propio corazón, la que a través de la humildad nos reconcilia con nosotros mismos y nos hace así más capaces de relacionarnos con los demás. No dudo que éste es un reto que compartimos todos los monjes y que quizás nos dé un cierto éxito, una plenitud en nuestra vida. Pero reclamarnos hombres de paz también debe hacernos hombres de oración por la paz. Llevamos casi un mes en guerra en Europa. La semana pasada pudimos acoger a cuatro mujeres y dos niñas y un niño ucranianos: estos se llamaban Slata, Maria y Max, que pasaron una noche en Montserrat camino de sus lugares de acogida. Eran de la misma edad que vosotros, escolanes. Os digo que costaba comprender cómo era posible que aquella gente hubieran tenido que huir de las bombas. Os lo digo de una manera tan concreta para pediros también a vosotros que nos unimos para orar por la paz, hoy en la fiesta de Sant Benet. Quizás cuando le cantáis a la Virgen María a la Salve, Illos tuos misericordes oculos ad nos converte, podéis pensar en toda la gente que no tiene paz.

Ojalá nuestro éxito en la vida pueda ser el de quienes promueven la paz y el entendimiento, porque esto es lo que Dios quiere para la humanidad y lo que Jesucristo nos pidió que hiciéramos y así podamos todos, viviendo así, inspirar también a otros una vida de bondad, de cariño y de sabiduría, una vida de comunión con Dios y con los demás como nos pedía el evangelio de hoy.

 

Abadia de MontserratFiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2022)

Miércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de marzo de 2022)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Convertíos. Ésta es la palabra que escuchamos por encima de todas las demás en la liturgia de hoy. Convertíos con todo tu corazón, convertíos al Señor, convertíos y creed en el Evangelio, por citar sólo aquellas que literalmente contienen el verbo convertir porque la idea todavía aparece más veces.

Convertir en su significado más normal significa transformar una cosa en otra, darle la vuelta. Su significado más antiguo y básico sería cambiar. Este es el grito del miércoles de Ceniza, éste es el grito de toda la Cuaresma: ¡cambiad! Transformaos, giraos. Para que todos estos verbos tengan sentido necesitamos evidentemente saber de qué a qué debemos cambiar. Éste es en el fondo, el camino que debemos recorrer durante todas estas semanas, quizás durante toda nuestra vida de creyentes: tomar conciencia de dónde estamos y adónde vamos. No avanzaremos sólo en este itinerario. Sabemos que caminamos siempre bajo la mirada de Dios. En el evangelio, hemos escuchado cuatro veces el verbo ver, mirar, dos referidas a Dios y dos referidas a la gente. Permítanme que utilice la imagen de esta mirada para explicarme.

Para averiguar de dónde somos y adónde vamos necesitamos primero una mirada sobre nosotros mismos. La liturgia de hoy no es muy optimista. Pone de relieve más bien toda la oscuridad, todo el pecado, todo lo que no hacemos bien y nos invita a ser conscientes de ello, ya que éste es el primer paso para transformarlo. Esto lo digo pensando sobre todo en los escolanes: hace años, antes de que nacierais vosotros, un predicador hizo una homilía un miércoles de Ceniza y habló mucho de ordenadores, de sistemas operativos y de informática. Durante algunos años, a este predicador que no es ningún monje de nuestra comunidad pero que viene de vez en cuando, los escolanes le decían el antivirus, porque de su homilía del miércoles de Ceniza, que queda claro que escuchasteis muy atentamente, recordasteis esta idea. No escuché la homilía porque ese año yo estaba en Roma, y ​​no sé si repetiré lo que él dijo, pero en todo caso me ha parecido que podéis entender bien qué es la cuaresma con este ejemplo. Cuando nos miramos a nosotros mismos -es como si miráramos nuestro ordenador, nuestro ipad, el móvil y viéramos que no funciona perfectamente. ¿Quizás un virus, quizás alguna aplicación no actualizada? Primero debemos pasar uno de esos programas que te dicen que lo limpian y luego seguramente deberemos instalar un antivirus o descargarnos algunas actualizaciones. Esto es lo que quiere Dios. Que miremos qué no funciona, es decir dónde estamos, y a base de algunas prácticas, la oración, la ayuda a los demás y renunciar a algunas cosas que nos gustan, que tendrán que hacer de antivirus, intentamos ser mejores, intentamos ir hacia donde Dios quiere que vayamos. Es decir que nuestro ordenador funcione perfectamente, que nosotros como personas, también amemos y trabajemos por los demás al cien por cien. Ya os aviso que todo esto a veces es más lento que simplemente instalarse un programa o descargarse una aplicación. ¡Quienes no sois escolanes, estoy seguro de que también lo habéis entendido perfectamente!

La ceniza en la cabeza era un signo de estar de luto. De estar tristes. Nos la ponemos hoy en este sentido de mirarnos a nosotros mismos y reconocer que no podemos estar del todo satisfechos con nosotros mismos y que necesitamos transformarnos en el camino del Evangelio, que es el camino señalado por Jesús y por todas sus enseñanzas.

Esta mirada individual es la que domina más hoy, ya que cada uno es responsable de su vida y de sus acciones y la llamada que oímos hoy va muy dirigida a cada uno en concreto, de una manera muy personal. Pero también existe una mirada colectiva. Todos somos solidarios. La Guerra de Ucrania, por su proximidad, nos hace realmente reflexionar sobre la humanidad, sobre cómo es posible todo esto que hemos visto y escuchado estos días. Si miramos, ya no a nosotros mismos, sino con una mirada colectiva a Europa y al mundo, no nos gusta dónde estamos, no nos gusta nada. Naturalmente no nos gusta la invasión, y tampoco vemos tan clara tan limpia y tan libre de intereses las respuestas. ¿Nos queda claro que las personas y las vidas son lo más importante? Aquí es donde deberíamos ir y no es ciertamente dónde estamos. El Papa Francisco ha llamado a solidarizarnos todos por la paz, con las prácticas cuaresmales de siempre: la oración, el ayuno y la ayuda. Los sacerdotes de la primera lectura lloraban entre el vestíbulo y el altar, como cantaremos ahora en el motete del ofertorio: Inter vestibulum et altare plorabunt sacerdotes…, ¿por qué lloraban? Por el pueblo, por el mundo. Qué buen ejemplo para nosotros. La situación de Ucrania puede ser un toque de atención a tantas otras situaciones mundiales donde las personas no están en el centro. Llorar es el fruto de ver dónde estamos con preocupación, pero de ahí debe venir la fuerza de conformarnos, no el mundo tal y como está, sino querer cambiarlo, darle la vuelta incluso. Nuestra transformación colectiva debería ir en esa dirección, poner a los seres humanos y la preservación de la tierra en el centro.

¿Cómo debe ser esa mirada individual y colectiva? Deberíamos mirar cómo mira Dios. Dios no mira ni se queda dónde estamos, Dios mira adónde vamos. Mejor aún: Dios ve allá donde podemos llegar. Dios es benigno y entrañable, lento para el castigo, rico en el amor. Dios abre siempre la perspectiva de un futuro mejor. Y además esa mirada de Dios es auténtica como nos dice el Evangelio. Ve la realidad de nuestros corazones. No mira cómo mira la gente. Dios nos dice muy claramente que esta transformación a la que nos invita cada Cuaresma no es para exhibirla, es para que sea real, en el corazón y en la vida de cada uno y de todos. Pongámonos a ello con toda la sinceridad.

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

Para comprender mejor lo que querría comunicaros con estas palabras, os propongo que empecemos haciendo cada uno un ejercicio de memoria personal y recordemos aquellos momentos de nuestra vida en los que nos hemos encontrado con una ermita en medio del campo, o una capilla en lo alto de una colina, o una iglesia en la ciudad o hemos entrado en cualquier lugar de oración. Seguramente era un edificio antiguo como la mayoría de lugares de culto de nuestro país, probablemente artístico, más o menos bonito; quizás significaba personalmente algo para nosotros porque era conocido: esto significa que nos traía recuerdos, o quizás era totalmente nuevo. Sea como fuere, la primera sensación, viendo todavía el edificio por fuera es que estábamos ante un testimonio de la presencia de la fe en aquel lugar, de quienes lo hicieron, de todos los que lo han visto antes nuestro y cómo nos sentimos unidos en esa fe, ver iglesias nos hace sentir un poco como en casa. Esta sensación se hace seguramente más intensa al entrar. Entrar en un templo es muy diferente a entrar en un Museo. Puede estar también lleno de obras de arte, como ocurre en una exposición, pero hay algo más, hay una vida espiritual que a menudo se respira. Una parte de esta experiencia es compartida incluso por personas sensibles espiritualmente, sean de la confesión o de la religión que sean. Quizá sea un poco de deformación profesional, pero nunca dejo de mirar si la puerta de una iglesia está abierta y de entrar, habiendo repetido esta experiencia sin cansarme.

La solemnidad de hoy da un valor especial a este aspecto tan material, tan físico del espacio en el que nos encontramos. Dedicar una iglesia es orar a Dios para que entre estas paredes cada uno pueda repetir este encuentro con el Señor, que intentaba recordar hace un momento, esto se hace por la celebración de los sacramentos y de la oración personal y colectiva. Y esta dedicación es tan importante que celebramos cada año su aniversario. La fiesta de hoy no se queda en la alabanza de las piedras que forman las paredes. Constantemente, no sólo en la misa sino también en los maravillosos himnos que cantamos en Vísperas y Laudas, de los mejores de todo el repertorio gregoriano, se nos recuerda que el edificio de una Iglesia es símbolo de una realidad diferente, significa en primer lugar la posibilidad para cada uno de encontrarse con Dios y así lo hemos cantado con en el salmo responsorial: éste es el tabernáculo donde Dios se encontrará con los hombres.

Jerusalén es la ciudad donde los judíos iban a encontrarse con Dios y allí, en su templo, estaban seguros de que Dios les escuchaba. Ésta es la tradición que de la Jerusalén de la geografía y la historia ha pasado en una dimensión espiritual a la Iglesia toda entera y en todos los edificios que la hacen concreta y real, como lugares de encuentro de cada una de las comunidades con Jesucristo. Por eso, sí, esta Iglesia nuestra de Montserrat puede ser llamada, Ciudad Santa de Jerusalén, llamada visión de paz, Urbes Ierusalén Beata, dicta pacis visio, como todos vosotros habéis leído en la fachada del monasterio y cómo cantaremos en el himno de vísperas. Una Iglesia que pasa así de ser de piedras a ser de personas, de piedras vivías.

Esta piedra será testigo. Esta piedra puede ser exactamente este altar, centro de esta iglesia. Y esta piedra es testigo del encuentro con Dios: Para nosotros esto no es nada abstracto: para los monjes nuestra basílica de Montserrat es naturalmente muy querida. Es aquí que ocurre lo principal de nuestra vida, la oración comunitaria que compartimos con tantos peregrinos presentes y ausentes, el día a día pero también algunos de los momentos fuertes, nuestras profesiones, las ordenaciones, la despedida última de nuestros hermanos difuntos. Esta piedra nos es testigo de que en cada una de estas ocasiones Dios nos ofrece su comunión, la posibilidad de encontrarnos con Él. También me gustaría que vosotros escolanes pensarais en todas las cosas de las que os es testigo esta piedra: de cada Salve, de cada Virolai, de vuestra vestición, de vuestra despedida de la Escolanía, para algunos del bautizo, de la confirmación, de la primera comunión y que pensarais que Jesús os invita a tenerlo siempre presente en vuestras vidas: a hacer el bien y a amar. Lo mismo podríamos decir de los oblatos y de los cofrades que estáis aquí. También esta basílica de Montserrat, construida en el siglo decimosexto y desde el primer momento destinada más allá de ser Iglesia monástica, a poder acoger a los peregrinos que no cabían en la antigua iglesia románica de Montserrat, es un lugar de encuentro con Dios para tantas personas que vienen. Un sitio de memorias y recuerdos arraigados del propio camino de cada uno con el Señor. Que Dios haga que siga siendo esto y que colaboremos en hacer más intensa la vida espiritual de todos los que la visitan.

El evangelio de hoy es un buen ejemplo del fundamento de ese encuentro. Sólo la fe, sólo el deseo de Dios nos permite vivir el encuentro con Jesucristo a quien queremos permanentemente en nuestras vidas. ¿Quién es Zaqueo? Zaqueo era un hombre que a pesar de sus límites quería ver a Jesús. Que había entendido, o sentido, o intuido, quizás sin poder poner estas palabras, que en Jesús había una santidad que curaba. ¡Qué alegría cuando le invita a su casa y cuántas consecuencias para su vida poder acoger a Jesús en casa! Ayer también nosotros celebrábamos que Jesús como luz entraba en esta Iglesia y sencillamente recordábamos lo que todos sabemos: que Él se hace presente aquí todos los días y de tantas maneras. Qué esto también tenga consecuencias para nosotros, los hombres y las mujeres que Dios llama a rezar aquí o reza desde lejos con nosotros.

Seamos agradecidos por el don que Dios nos hace en sus iglesias, por su poder de hacer santas todas las cosas, incluso los edificios. Porque una cosa santa, una persona santa, es aquella que nos hace a Dios cercano. Por eso Jesús es el más santo de todos, porque nadie nos ha hecho a Dios tan cercano como Él y nada nos hace tan cercano a Jesucristo como participar de su cuerpo y de su sangre, que nos dejó como memoria suya. Este Jesucristo que como rezaremos en el prefacio, simboliza admirablemente nuestra comunión con Dios y la realiza en esta casa visible que nos ha permitido levantar.

Acto seguido, querido hermano Jordi, con una breve oración recibirás la bendición que te instituye como ministro de la palabra y del altar. Son dos servicios litúrgicos que hace años que cumples en nuestra comunidad, pero no lo des todo por hecho y por aprendido. Recibe la bendición de Dios como una nueva oportunidad para hacerte consciente de que, con la lectura de la Palabra, acercas a tanta gente que te escucha a Dios, pones voz a la Revelación, al testimonio milenario de la comunidad cristiana. Nunca te cierres a la acción de esta palabra que además como monje estás llamado a meditar y a rezar para que te conforme a Jesucristo, Dios hecho hombre, la Palabra, la fuente de toda la Revelación.

Recibe también la bendición del servicio de acólito, con conciencia de que la proximidad del altar debería llevarnos siempre a la humildad. Humildad por nuestra pequeñez, indignidad, distancia en la santidad, entre lo que aportamos nosotros y lo que nos da Dios, pero también oportunidad de comunión profunda y de servicio a la Eucaristía, que es servicio en el encuentro más fuerte que Jesús ofrece a su pueblo y que nosotros acogemos y recibimos en esta casa de Nuestra Señora, fieles a nuestra misión secular.

Que en estos servicios tengas siempre presente que Él, Cristo, es el protagonista y que todo lo hacemos para que en todo sea glorificado, servido y amado.

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Solemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2022)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Aunque hoy todavía no cerramos litúrgicamente este tiempo de Navidad, tenemos suficiente perspectiva, queridas hermanas y hermanos, para mirar atrás y ver qué hemos ido contemplando desde el principio del Adviento. Miremos cómo lo miremos, el protagonista siempre es Jesucristo, siempre es el misterio de la Encarnación, de un Dios que se ha querido hacer humano. Alguna vez tenemos la sensación de que siempre predicamos lo mismo, pero mientras sea sobre Él, sobre Cristo, uno tiene menos miedo a repetirse, pero al menos siempre estaremos hablando del centro, de lo principal de nuestra fe.

Haciendo pues este recorrido hacia atrás, leyendo al profeta Isaías durante las primeras semanas de Adviento imaginábamos primero a este Cristo, a este Mesías como el que debía venir. Él mismo aparecía identificado con la Sabiduría de Dios. Cerca de Navidad, ya en el momento de la Encarnación, era la Palabra que venía al seno de María, que finalmente se hacía hombre, y que nacía en Belén, acompañado de efectos especiales, llamaríamos hoy, como las apariciones a los pastores, y otros eventos celestiales que le proclamaban definitivamente Mesías. La liturgia, todavía nos ha deslocalizado cuando entre Navidad y Epifanía, ha continuado la pedagógica revelación de la esencia del niño, explicándonos lo esperado que era en el templo para los ancianos Simeón y Ana, en un relato que se ubica después del nacimiento y fuera de Belén. Y finalmente hoy, recuperando la localización de Belén, celebramos todavía en torno a la cueva el último homenaje hecho al niño Jesús: la peregrinación de los Reyes con sus dones, que son, aún más, la afirmación de la naturaleza de Cristo: Oro porque es rey, incienso porque es Dios, mirra porque es hombre. Todo es una contemplación y una invitación a mirar con más y más profundidad a este Jesús de Nazaret niño, que contiene ya toda la potencia de su identidad y de su mensaje en el momento de su nacimiento.

Esta manifestación, que es lo que significa Epifanía, concluye un proceso que si nos fijamos bien ha ido del secreto y de la intimidad a convertirse en totalmente conocido, público, notorio. La expectación mesiánica del Antiguo Testamento era una promesa, era una esperanza. Más que secreta o íntima, estaba todavía en el reino de lo futuro. La anunciación a María, en cambio, toma ya el carácter de un hecho, de un acontecimiento histórico que ocurrirá, pero todavía está en lo más íntimo de una sola persona. San José comparte el secreto con la Virgen, después en el momento del nacimiento de Jesús podríamos decir que es el entorno, el kilómetro 0, los pastores quienes participan. Digo todo esto, para poner un contexto en la celebración de hoy y para intentar explicar que con la manifestación a los Reyes, a los reyes de Oriente, el relato evangélico nos quiere decir que Jesucristo se ha hecho universal, que su destino ya es ser conocido en todo el mundo y que esa intuición, esa promesa hecha en Israel, ese anuncio dicho a María se han cumplido por el bien del mundo, de todo el mundo.

El cristianismo ha sabido ser fiel a la vocación universal de la persona y del mensaje de Jesucristo que la fiesta de la Epifanía proclama. Ha sabido ser fiel en el sentido de que realmente el evangelio ha sido proclamado en todo el mundo. San Pablo como nos ha dicho la segunda lectura fue el primero de los apóstoles en comprender esta vocación universal. En comprender que la tradición de Israel quedaba realizada en el cristianismo y que la vocación universal no miraba sólo a la evangelización futura del mundo, sino que necesitaba integrar también la fe precedente que lo había hecho nacer todo. De dos pueblos ha hecho uno solo. La expansión rápida y fecunda de los primeros siglos, nos hace caer en cuenta de que realmente somos hijos de esta Epifanía de Cristo que ha ido reproduciéndose en la historia del pueblo de Dios. Por todas estas razones, la liturgia de la fiesta de hoy es casi eufórica: la alegría se respira por todas partes.

También nos es lícito preguntarnos, si esta extensión geográfica del cristianismo, concuerda con la profundidad con la que creemos y actuamos como cristianos. Un monje hermano nuestro difunto cuestionaba el discurso sobre la descristianización contemporánea haciéndose la pregunta de si realmente habíamos sido cristianizados alguna vez. La intención profunda de esta cuestión me parece que es ponernos ante la evidencia de que somos cristianos pero no somos perfectos, no hemos terminado todo lo que hay que hacer, porque evidentemente nuestra vida es seguimiento imperfecto y especialmente creo que tenemos siempre el reto de comprender que celebrar la Epifanía, celebrar que lo de Cristo es Universal, debería tener algún efecto más importante de los que tiene.

No quisiera amargarle a nadie una de las fiestas más entrañables del año, muy especialmente en la sociedad, pero la conciencia de lo que ocurre en el mundo es la primera condición para preguntarnos si hacemos suficientemente presente el evangelio de ese Jesús de Nazaret, manifestado a todos los pueblos. La primera página de un diario reciente decía que más de 4.000 personas, entre ellas más de 200 niños, han muerto intentando llegar a España durante el 2021. No es desgraciadamente la única mala noticia de estos días, pero impacta. Especialmente cuando en un día como hoy nos habla de niños. Y nos repetimos la pregunta: ¿realmente nuestro mundo está cristianizado y pasan estas cosas? ¿La Epifanía ha llegado a todo el mundo? ¿O es que Cristo se manifiesta y muchos no le hacen o no le hacemos suficiente caso?

No debemos desanimarnos si los caminos del seguimiento y de la conversión del mundo a una justicia y a una paz mayor, como la que propone el Evangelio son lentos. Lo que no nos está permitido es no ser conscientes de ello, no ocuparnos cada uno desde sus posibilidades, dicho en una palabra de hoy: No podemos pasar de todo esto. Nuestra vocación, el hecho mismo de que nosotros que éramos, a los ojos de Israel, paganos, hayamos recibido el evangelio y Cristo por la gracia de esta epifanía global, debería hacernos por vocación, preocupados de todo el mundo y de todas sus injusticias.

Quizás además de toda la conciencia de la realidad que vivimos, podríamos preguntarnos si no deberíamos recapitular el camino de la Epifanía que hemos contemplado tal y como os lo he intentado describir, y, empezando por el final, por la conciencia de que sí, que Cristo se ha manifestado en todo el mundo, ir atrás hasta recuperar una experiencia como la de Santa María, que yo me atrevería a llamar una Epifanía interior, una manifestación de Jesús en nuestro corazón. Quizás podemos entender su manifestación a todas las naciones como la condición que hace posible que cada hombre y cada mujer puedan vivir esta epifanía interior, y desde ella una conversión a Dios y a su Reino: Un compromiso personal y definitivo a hacer su voluntad. Porque quizás en el fondo todo comienza en un corazón sencillo y dispuesto a amar más allá de todo los límites. Y quién sabe, si eso quizás sí que cambie el mundo.

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2022)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

En las eucaristías solemnes de estos días, la historia del nacimiento de Jesús nos va pasando por delante como las escenas de un Belén: En la Nochebuena contemplábamos la Anunciación a los pastores, el mensaje de los ángeles y el establo con el nacimiento del niño. El próximo jueves, fiesta de la Epifanía, leeremos el evangelio de la peregrinación y de la adoración de los Reyes. Uno se da cuenta de la pedagogía catequética que tienen precisamente los pesebres, que se convierten en expresiones materiales de los evangelios, escenificaciones del relato literario del nacimiento de Jesús.

El Evangelio de hoy nos llevaría a otra escena típica de los belenes: los pastores adorando al niño, los pastores yendo y viniendo de la cueva. Unos pastores que vienen de una experiencia fuerte como ha sido la de haber escuchado la proclamación de la Gloria de Dios en el cielo y la Paz en la tierra. Los pastores escucharon esto en medio de su hábitat corriente, es decir un campo al raso, en una noche de invierno, mientras hacían su trabajo, que ya se entiende por estas condiciones, que era un trabajo humilde, un momento y una ocupación poco inclinada a emociones fuertes o a eventos extravagantes. Después de esto y de decirse ellos mismos: Vamos a ver lo que ha pasado, los pastores llegan al pesebre, ven, se cuentan, escuchan y se vuelven alabando a Dios, después de comprobar que todo en conjunto no ha sido una alucinación. Si sólo tomáramos este evangelio, nos quedaríamos bastante vacíos: ¿qué cuentan los pastores y a quién, quiénes son estos otros, este todo el mundo, que tanto se maravilla de eso que les cuentan? Hay algo de misterio en todas estas alusiones, como si de algún modo nos invitaran a preguntar, a buscar qué es todo esto tan importante que está en el ambiente, on the air. Una lectura continuada del evangelio y de todas las escenas del pesebre nos ayuda a comprender, ya que nos lleva a tener muy presente que el mensaje a los pastores, y que leímos en Nochebuena decía:

 “No temáis, os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo: 11 Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. 12 Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. 13 Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, alabando a Dios, diciendo: 14 “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.(Lc 2,10-12)»

La brevedad no resta importancia al contenido: Este niño es el Mesías, el Señor, y esto provoca euforia, hasta en unos pastores medio dormidos. A partir de esta proclamación, la teología no ha hecho mucho más que intentar comprender qué quería decir que Jesús de Nazaret fuera el Mesías. Sólo el don de la fe nos hace capaces de ver a Dios presente en un hombre. La historia, las cosas que van pasando podrían tener interpretaciones mucho más realistas o pragmáticas, pero la fe nos permite decir que este niño en pañales es realmente el ser nuevo, el punto radical de conversión y cambio en la historia de la humanidad, aquél al que estos días cantamos como príncipe, como primero, desde Oriente, el lugar donde sale el sol, hasta poniente, en el límite de la tierra. Por el reconocimiento de su divinidad, contenida en su mesianidad y tan maravillosamente cantada al principio del evangelio según San Juan que leíamos el día de Navidad y repetíamos ayer, podremos reconocer a Dios presente en tantas y tantas personas. La fe nos ayudará a captar el amor entre los hombres y las mujeres como algo que viene de Dios, a comprender los progresos humanos como inspirados por Dios, a volvernos hacia él en los momentos difíciles para encontrar esa fuerza especial que viene de su Espíritu Santo y que tanto necesitamos.

Los momentos que marcan fuertemente el devenir del tiempo, como hoy, primer día del año nuevo civil, me parecen momentos indicados casi por naturaleza para recordarnos aquellas cosas que no pasan, aquellas que han marcado la historia y que permanecen: entre todas la Encarnación del Señor. También es un momento para reconocer la acción de Dios en el mundo, estos días tan inclinados a hacer resúmenes y estadísticas de tantos tipos.

Me gustó que un programa de la BBC del día de Navidad se titulara las noticias felices del 2021. Y se subtitulase, las historias más edificantes y estimulantes del año: Y hablara como primera noticia feliz de la vacuna, pero no la del Covid…, sino la de la malaria. Me gustó porque de alguna manera no ponía el centro en nosotros, los “occidentales” y nuestro gran problema, sino en un problema que afecta a muchos países pobres, especialmente en África. Un año nuevo civil es un momento en el que tenemos la sensación de que el libro está en blanco y querríamos poner muchas noticias de éstas y muy pocas de las demás. Me parece que no debemos perder la esperanza y que es muy sana la ilusión del progreso personal y comunitario que nos proponemos todos al empezar un año. Pero hay que pedírselo a Dios.

El breve mensaje transmitido a los pastores, tenía un solo deseo para la tierra: Paz. 

En este año que empezamos hoy, queridos hermanos y hermanas, celebrando la solemnidad de Santa María Madre de Dios, celebramos también la Jornada Mundial de la Paz, instituida por San Pablo VI en 1968, con el deseo de que fuera una conmemoración continuada, como así ha sido, y que fuese más allá del ámbito eclesial. Es todo un símbolo, un compromiso dedicar el primer día del año a la paz y hacerlo en medio de estas fiestas de Navidad, de la noche y del día, en que escuchamos que el nacimiento de Jesús era proclamado como ¡la gloria de Dios en el cielo y la paz en la tierra para los hombres y mujeres de buena voluntad!

En la tradición bíblica, la paz tiene la hondura de la palabra Shalom, de algo que no es quietismo, ni siquiera ausencia de conflictos, sino plenitud de Dios. Como algo que tiene que ser construido en profundidad, no sorprende que ya San Pablo VI hablara de la Paz como del desarrollo integral y que en el mensaje del Papa Francisco por el día de hoy nos proponga el diálogo entre generaciones, la educación y el trabajo como los instrumentos necesarios para construir una sociedad pacífica, que se apoye en la justicia, la única garantía de una paz verdadera. Los objetivos son ambiciosos, pero nos colocan en la línea de nuestra mayor ambición, la única válida: promover ahora y aquí la construcción del Reino de Dios, del Reino de Cristo, del Reino del Evangelio con todas nuestras fuerzas. Nuestra oración hoy es pedir fuerza para renovar nuestro compromiso personal y comunitario con el Reino de Dios para este año 2022 que empezamos y confiar en los “tempi” de su realización definitiva al único que tiene el poder de hacerlo: al Señor que nos espera al final de la historia.

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Misa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2021)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Lo acabamos de escuchar. Era la última frase de este fragmento inicial del evangelio de San Juan. Permitidme un apunte referente a la traducción. El verbo final utilizado en catalán, revelar traduce un verbo original griego exegésato que en la versión latina tradujeron por enarravit. Los dos verbos significan explicar detalladamente, narrar…, esta traducción, algo distinta a la litúrgica, nos permitiría decir que la última frase que he citado nos proclama sencillamente que Jesucristo nos ha explicado con detalle quién es Dios: ipse enarravit.

Lo primero que nos explica Jesucristo de Dios es su voluntad de servirse de la humanidad. Demasiado resplandeciente para ser visto, Dios quiso hacerse hombre en Jesucristo para que no tuviéramos más confusiones, ni errores sobre quién era él: un Dios capaz de amar más allá de las categorías humanas, más allá de la reciprocidad, más allá de todo. En toda la tradición del Antiguo Testamento, Dios apuntaba ya a la humanidad como un instrumento de su salvación, pero finalmente como nos decía la lectura de la Carta a los Hebreos, después de haber hablado de muchas maneras, ha hablado definitivamente en Jesucristo. Admira, hace pensar que la humildad de lo que contemplamos en cada pesebre, un paisaje, unas personas, un niño recién nacido, es exactamente lo que San Juan nos explica en el inicio de su Evangelio, El que es la Palabra se ha hecho hombre y ha habitado entre nosotros. Hombre en el sentido de humano, sin distinción alguna de género. Humano y suficiente. Sin adjetivos. No humano europeo, o humano rico o pobre, ni siquiera humano cristiano, sino humano. ¡Qué exigencia de fraternidad universal no debería provocarnos un Dios hecho hombre de este modo radicalmente transversal!

Jesucristo nos explicará a Dios a partir de aquí por su vida humana. No celebramos el nacimiento de las personas ni sus cumpleaños por su nacimiento sino por todas sus vidas. También Jesús, más allá del significado inevitable de la Encarnación, contenido desde el primer momento de su concepción, en su nacimiento proyecta de algún modo todo lo que vendrá después. Porque a pesar de cumplir la promesa mesiánica del Antiguo Testamento y proclamarlo Rey, Príncipe de la paz, mensajero del designio de Dios y tantas otras categorías con las que la liturgia de Navidad nos invita a alabarle, es el hijo de María y José, será conocido como Jesús de Nazaret y nos dejará por encima de todo un evangelio, fuente para conocerlo y ley para seguirle como cristianos. En este evangelio, leeremos que su mesianismo es amar. Estimar especialmente lo que más necesita ser amado: los pobres, los enfermos, las viudas, los leprosos. Nos explicará a un Dios que ha querido salir al mundo a buscar estas situaciones, que nos manda que no nos desentendamos de las situaciones de pobreza.

Siempre me ha sorprendido la validez del lenguaje del Evangelio, después de casi dos mil años de su redacción. Cuántos pobres, cuántos enfermos, cuántas personas solas a imagen de las viudas del Antiguo Testamento, no tenemos hoy en nuestras sociedades. ¿Cuántos desequilibrios territoriales en el mundo. Jesucristo ha venido a explicarnos que Dios quiere otra cosa. Quiere su Reino: si no lo tuviéramos claro en todo el Antiguo Testamento, que también lo decía, ahora no podemos dudar de ello. Su nacimiento casi como un sin techo nos exige ser solidarios con estas realidades que ha querido habitar. Nos estremece escuchar y leer algunos casos de familias sin techo, a quienes vemos caer a veces en manos de mafias que negocian incluso con habitáculos infrahumanos, aprovechándose de la miseria y de la desesperación. Con el propósito de colaborar y tener presente el drama de tantas personas sin techo, os proponemos colaborar con Caritas, que nos advierte de las graves consecuencias sociales de la Covid y que presta especial atención a los problemas de vivienda.

Pero a pesar de su enseñanza, a pesar de su intervención directa en el mundo con hechos y palabras, Jesucristo también nos ha explicado que ni siquiera Él, mientras estuvo en la tierra, consiguió la conversión de la humanidad a los ideales de Dios y del Reino. Es más: acabó víctima de la misma dolencia humana, y sólo en el ámbito pascual de su resurrección, su mensaje empezó a impregnar el mundo y lo sigue haciendo hasta la fecha. La Navidad que hoy celebramos también avanza la Pascua: la divinidad entra en la humanidad, para que un día la humanidad pueda entrar en la divinidad, como su destino y su desempeño final. No nos desesperemos pues, si nos cuesta ver avanzar a este Reino. Lo único que podemos hacer es seguir luchando por hacerlo real.

Jesucristo nos explica de Dios su generosidad y gratuidad como también dice el evangelio de hoy: y a nosotros nos ha hecho el don de poder acogerla. Pero fijaos: poder acogerla. Ninguna obligación, ninguna exigencia. Dios admite de nuevo los límites humanos y nos deja la libertad de seguirle. ¿Podría ser de otro modo si hablamos de un Dios manifestado en un niño, en humildad y debilidad? Gracia y libertad son también los dones de Navidad. Gracia porque todo es gratis: Porque sí: porque podemos decirnos cómo decía San Agustín hablando de la Encarnación, en el final de uno de sus sermones de Navidad: Pregunta qué mérito, pregunta qué causa, pregunta qué justicia, y verás que sólo encuentras gracia: gratuito. Quaere meritum, quaere causam, quaere iustitiam; et vide utrum invenias nisi gratiam.

Y por si aún no lo hubiéramos entendido del todo, finalmente Jesucristo nos ha explicado un Dios que ha ido hasta el extremo del amor, que no sólo ha querido hacerse hombre sino que ha querido todavía abajarse más, hasta la misma materia de cada día y quedarse con nosotros en el pan y el vino de la eucaristía, en su cuerpo y su sangre: gratuitos, ofrecidos a todos, signo de un Reino que empezó ciertamente en un Pesebre de Belén, en la primera Navidad, y que continuaremos celebrando hasta su regreso glorioso.

Es él quien nos lo explicó. Ipse enarravit. Creo que Dios en Jesucristo y su Evangelio nos lo ha dejado bastante claro.

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2021)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

Celebramos Navidad en medio de la noche. El nacimiento de Jesucristo ocurre en la oscuridad. En la oscuridad física de las horas en las que no hay luz, en un momento del año en el que en nuestras latitudes las noches son especialmente largas, en una familia, que a pesar de ser de la Casa de David, no tenía lo que hoy llamaríamos “glamour”, en la improvisación de un alojamiento precario, en un momento de la historia de Israel, donde prevalecía más la sensación de derrota y de fracaso que la del triunfo y del éxito. Por otra parte, sin embargo, no era un nacimiento inesperado ya que toda la tradición de Israel preparaba ese momento. La historia del pueblo de Israel es más una historia de éxodos, de exilios, de derrotas que la de una nación favorecida por el bienestar material y la estabilidad política en la tierra. Israel elabora en toda su teología, muy especialmente en la de los profetas, la esperanza de una liberación, de un redentor, de un Mesías. Da mucho que pensar que el pueblo que llamamos escogido por Dios, sea este tipo de pueblo, sometido a tantas pruebas. Quizá hacía falta que la salvación arraigara en quien fuera capaz de entenderla a fondo. Sí. El mensaje de la redención no viene en un contexto fácil y, sin embargo, Dios promete venir y hacerse presente. La promesa, y la esperanza en el cumplimiento de esta promesa, han sido siempre temas característicos del pueblo judío, nuestros hermanos mayores en la fe.

Y es aún más sorprendente que esta promesa tan trascendental, anunciada a los patriarcas, contada por los profetas sea explicada en el Evangelio de una manera tan sencilla: el nacimiento de un niño en un establo, en plena noche, cuando no se ha encontrado sitio, ¡en ninguna parte! Naturalmente que tenemos la perspectiva para afirmar que este nacimiento es extraordinario, es sin embargo el cumplimiento de la misma promesa histórica hecha en Israel y por Israel para toda la humanidad: la promesa de El Salvador. Aún más extraordinario, la promesa se cumple en el anonimato más profundo y sólo algunas circunstancias privadas nos lo dicen, como las revelaciones a la Virgen, a San José, a Zacarías y a Isabel, padres de Juan Bautista, tal y como son explicadas en los evangelios llamados de la Infancia y con los que hemos ido preparando esa solemnidad.

Por eso cantamos esta noche en todo el mundo:

¡Santa noche!, ¡plácida noche!

Jesus, tan pequeño,

es el Dios, Ser Supremo poderoso,

en humilde pequeñez recluido

para salvar a todo el mundo,

Situados en esta noche de la historia, entendemos mejor lo que es Navidad. Y que gran parte de su mensaje ha sido captado en la frase del villancico que nos dice que ese Dios tan grande ha sido “En humilde pequeñez recluido”.

¿Cómo podemos comprender desde nuestra situación actual el significado de la Navidad? En el diálogo que debemos tener y que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, ¿a menudo nos encontramos con la pregunta fundamental sobre la salvación? ¿De qué debemos ser salvados hoy? ¿Qué sentido puede tener la Navidad si no somos capaces de arraigarlo en una promesa y en una esperanza de salvación real, existencial, que quiera decir algo para el mundo de hoy? Podríamos responder naturalmente con el catecismo, con la antropología de la Iglesia que nos dice que todos somos pecadores y por tanto todos celebramos con la Navidad, el nacimiento de Jesucristo que nos ha devuelto la inocencia que como humanidad habíamos perdido y nos ha perdonado los pecados. Pero si en vez de quedarnos a este nivel teórico, queremos ir un poco más allá, hacer que esta verdad de salvación personal y colectiva realmente se entienda y se viva en el mundo, ¿cómo podemos explicarlo?

Hace dos años que vivimos la pandemia del cóvid19. ¿Podría ser que este hecho nos acercara a una especie de conciencia universal de salvación? La pandemia es global como lo es la situación de la que Dios viene a salvarnos a todos. Hacía muchos decenios que no sentíamos tan cercana, tan real una amenaza colectiva por la humanidad. Tratemos de ser conscientes de ello porque puede nacer un valor de solidaridad real, más allá de las fronteras, de las culturas, de las divisiones que a los ojos de los cristianos deberían ser escandalosas entre diversos tipos de mundo: primero, tercero, cuarto… ¿Es que Dios ha creado mundos diferentes? ¿Es que se ha encarnado quizás en humanidades distintas?

La pandemia nos ha vuelto a colocar en la inseguridad. Hay cierto desconcierto ante tanta y tanta información. Nos ha desinstalado de nuestras fes y confianzas ciegas en el progreso y la ciencia. Quizás nos ha vuelto a manifestar aquella situación que tantas veces encontramos en la Biblia, por la que el mayor pecado es la autosuficiencia humana, prescindiendo de Dios. No cabe duda de que saldremos adelante gracias a los esfuerzos de los científicos, pero el contexto extraordinario que vivimos podría ayudarnos a reflexionar sobre nuestros límites, a dejar entrar un poco lo inesperado, lo imprevisible, lo inefable a las nuestras vidas.

¿Qué significa celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, de Cristo, la encarnación de Dios en medio de este mundo? No creo que quiera decir confiar en una intervención directa por parte de Dios. Jesús no nace este año en Belén con una vacuna, o una píldora, o directamente con anticuerpos por todo ser humano. Ya nos ha demostrado que la intervención directa no es su estilo habitual. Pero Navidad debe ser recordarle a Él y a su evangelio y saber que en primer lugar, da sentido por su sola presencia a la vida, el dolor y la muerte de todos los hombres y mujeres. La Iglesia tiene ejemplos constantes de ese sentido concedido como un don de Dios en Jesucristo a la humanidad. Esto es salvación. Y hace falta sentirla como necesaria, a poco que salgamos de la anestesia colectiva en la que nos encontrábamos, no sé si nos encontramos todavía, y a la que, tengo a menudo la impresión estos días, de que muchos tienen prisa para volver rápidamente, cuando todo esto pase.

Esto que estamos haciendo esta noche, rezar, velar, renovar el sentimiento de la esperanza de Israel en la promesa y celebrar que en Jesús se cumplió por completo, por su condición de ser el Mesías esperado, da sentido al mundo. Pero todavía nos falta un paso más: necesitamos humanizar el mundo. De la misma manera que Dios, por su Palabra, tal y como hemos cantado, quiso elevar a la humanidad, cuando la asumió en la persona del Hijo, también nosotros debemos trabajar para dar al mundo esta humildad que le haga sentir necesidad de ser salvado, predispuesto a acoger a Jesús y confianza de haberlo sido realmente.

Compartir es un signo de solidaridad. Por eso os proponemos esta noche colaborar con la colecta que haremos a favor de Caritas, que nos advierte de los peligros de exclusión y pobreza que ha provocado la pandemia.

Celebramos Navidad. Celebramos el nacimiento de Jesucristo. ¿Por qué? Para continuar la obra de su evangelio que es hacer un mundo más habitable, más sostenible, más justo y más fraterno. Nadie negará que de esto, se le llame Salvación u otro nombre, tenemos hoy, toda la necesidad.

 

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2021)