Sábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de febrero de 2024)

Deuteronomio 16:16-19 / Mateo 5:43-48

 

Las lecturas de hoy, queridos hermanos y hermanas, que son las que corresponden a este primer sábado de la semana de Cuaresma, nos invitan a la radicalidad. La lectura del libro del Deuteronomio retoma el tema de la confesión de fe de Israel, es necesario amar a Dios “con todo el corazón y con toda el alma” y lo aplica a la obediencia y a la práctica de lo que Dios quiere. Obediencia y práctica porque nuestra fe está hecha de convicciones y obras. Unas sin otras no se sostienen. 

Confesar la Trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y confesar la Encarnación de este Hijo en la persona de Jesucristo será siempre el centro ineludible, el fundamento, lo que los antiguos llamaban el punctum stantum et cadentem, el punto donde todo se sostiene o todo cae del cristianismo. 

En nuestra sociedad se intenta a veces prescindir de este núcleo y presentar la fe cristiana como una especie de voluntariado realizado sólo de valores humanistas, de compasión, de una antropología que parece omitir la dimensión genuinamente creyente. El voluntariado está muy bien, pero nosotros queremos algo más, nosotros empezamos en otro sitio, nosotros tenemos nuestro origen y nuestro destino en la persona de Jesucristo, aunque sea difícil y que alguna gente no nos comprenda. 

Pero de la confesión el Señor nos pide que pasemos a la acción y no a una acción cualquiera, sino a la que llega al amor más fuerte, al amor más contradictorio, al amor a los enemigos. 

Esto es lo que nos decía el Evangelio, amar así es lo que nos acerca al Dios grande y fuerte, al Dios misericordioso, que como rezamos en esta cuaresma se deja vencer por nuestra humildad y nuestra penitencia. 

Mantenerse firmes en la exigencia evangélica nunca ha sido fácil. Es en el fondo un don de Dios y por eso en este camino de radicalidad nos ayudan los testimonios privilegiados que nosotros veneremos y que la Iglesia proclama a santos. Entre ellos, san Josemaría Escrivá de Balaguer, que con sus obras apostólicas marcó la vida de tanta gente y enriquece la comunión de los santos y el beato Álvaro que le siguió en su misión. 

La mayoría de vosotros, conoce mucho mejor que yo el carisma de san Josemaría y no he pretendido ser yo que os dijera a vosotros una palabra sobre su enseñanza, pero en las lecturas de hoy, tanto el autor del Deuteronomio como Jesucristo en el Evangelio, invitan a todos a la santidad, a la radicalidad del evangelio y san Josemaría tomó esta idea y le dedicó la vida: invitar a cristianos a seguir a Jesucristo y su Evangelio. La asamblea de hoy, esta celebración es una muestra de que la huella que él dejó en esta idea de ser discípulo arraigó profundamente en nuestra tierra catalana como lo hizo en todo el mundo. 

Jesucristo ha venido a nosotros para contarnos humanamente quién ese Dios bondadoso, ese Dios que perdona, ese Dios humilde que no se impone, que deja a cada uno de nosotros la decisión final, por eso nuestra libertad es tan importante. 

Dios quiere hacerse especialmente presente en algunas personas y también en algunos lugares. Pertenece a su libertad hacerlo así. 

Los monjes de Montserrat, al menos es mi percepción, somos testigos de cómo Dios habita este santuario de Nuestra Señora y estamos a su servicio, acogiendo, orando y conscientes de que Él hace mucho más que nosotros y querríamos dar un testimonio con la nuestra vida de oración. En esta dinámica de acogida y testimonio, debemos situar la amistad de San Josemaría con la comunidad de Montserrat, que se inició en los años de la Guerra Civil, con la comunidad de monjes exiliada en Navarra, y que personalizaron nuestros hermanos el P. Abad Gusi, y muy especialmente el P. Abat Aureli M. Escarré, con quien San Josemaría se relacionó fraternal y amigablemente durante toda su vida. Tenemos la suerte de tener al alcance de todos la correspondencia entre ambos y una narración muy cuidada de esta relación. 

En Montserrat San Josemaría pudo vivir la devoción a la Virgen que ya había marcado su vida, desde el ofrecimiento de niño en Torreciudad hasta su muerte y que él quiso dejar en la Obra. «A Jesús se va y se vuelve por María». La Virgen María es el fuego que sin consumir calienta como decimos en la visita espiritual, por tanto, la que sabe amar siempre a esa distancia adecuada para darnos la vida del Espíritu sin ahogarnos. Y como lo hace ella nos ayuda a hacerlo así, señalando el sol de justicia, Cristo, aquél que realmente ama incondicionalmente. 

El Beato Álvaro pasó en Montserrat algunas semanas santas, viviendo además de la devoción mariana, nuestra tradición litúrgica. 

Tanto de uno como de otro, damos gracias a Dios y nos hacemos conscientes de que, sin saberlo, procurando mantenernos fieles a este carisma de acogida benedictina y, sobre todo por la gracia de Dios que a través de Santa María atrae a sus devotos como peregrinos en esta casa, tenemos el privilegio de ser espectadores de primera fila de las obras que Dios va haciendo en sus sirvientes. Y por eso hemos visto pasar a muchos hombres y mujeres que después hemos venerado como santos cuando la Iglesia así los ha proclamado. Por eso con unas frases hermosas, en el himno que nuestro gran poeta Mn. Jacint Verdaguer escribió en 1880, cuando este Santuario de Montserrat quiso celebrar el milenario del encuentro de la imagen de la Virgen María y por tanto el inicio de la devoción montserratina, decía: 

“Los santos de nuestra tierra, 
Pasan por su sierra 
Cuando suben hacia el cielo” 

Muchos santos han pasado por Montserrat, desde San Ignacio a San Juan Pablo II. Y así como tantos de estos hijos e hijas de Dios hay una memoria en el camino de San Miquel, era importante poder acoger un relieve para testimoniar el paso de San Josemaría y del Beato Álvaro, como peregrinos de la Moreneta y dar un ejemplo de tantos seguidores suyos que a partir de hoy le verán y le visitarán, y aún, de otro modo, presentarlos como discípulos de Jesucristo que crearon un carisma válido para el crecimiento espiritual del Pueblo de Dios. 

Dios quiera continuar sirviéndose de este lugar para que el seguimiento radical de Jesucristo y del evangelio continúe en el mundo y espero que hoy demos todavía otro paso en la amistad de nuestras instituciones, especialmente con esta parte de la Obra que peregrina en Cataluña, llamados todos a testimoniar la fe en Dios, el evangelio de Jesucristo y el amor a la Virgen María. 

 

 

Abadia de MontserratSábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Miércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (14 de febrero de 2024)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

“Os lo pedimos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”

Con estas palabras, queridos hermanos y hermanas, queridos escolanes, dirigidas a los cristianos de Corinto, el apóstol San Pablo nos daba un principio de vida, una actitud que vale siempre.

Quizás si San Pablo viniera un día a la Escolanía y al final le hicierais aquella pregunta que hacéis a todo el mundo: “danos un consejo para la vida”, quizá os diría esto: “reconciliaos con Dios”. O quizá os diría otra cosa porque el apóstol Pablo dice una frase interesante y memorable en casi cada una de las páginas que escribe.

Reconciliarse significa aceptarse a uno mismo tal y como es, reconciliarse es aceptar a los demás tal y como son, reconciliarse significa hacer las paces. Reconciliarse con Dios significa poner nuestra voluntad, nuestra vida, nuestro corazón, nuestra inteligencia de acuerdo con lo que Dios quiere. Dios quiere que seamos felices amándonos. Y sí, el apóstol lo decía a los de Corinto hace casi dos mil años, y todavía nos lo tiene que decir también a nosotros hoy, es porque debemos reconocer que no siempre vivimos según esa hermosa voluntad de Dios.

Si esto vale de por vida, ¿porque lo leemos especialmente hoy miércoles de ceniza? Lo hacemos porque nos ayuda, nos estimula a reservar un tiempo a corregirnos y este tiempo ha estado siempre en la Iglesia, el tiempo de Cuaresma. La oración colecta de hoy decía que empezábamos un tiempo de ejercicio. Todos sabemos que durante el día va muy bien realizar un tiempo de ejercicio, de deporte, pero que no podemos estar todo el día haciéndolo. Con la cuaresma ocurre algo parecido: Dios nos propone hacer ejercicio para darnos cuenta de lo que no hacemos bien y corregirlo, y también nos advierte que no nos despistemos porque el tiempo que tenemos hoy ya no lo volveremos a tener mañana. Quizás tendremos más pero no será el mismo. Por eso nos dice: “Enmendémonos del daño que hemos hecho sin darnos cuenta, no fuera que nos encontráramos que no tenemos tiempo para arrepentirnos”.

San Benito también lo entendió muy bien cuando escribió en la Regla que los monjes siempre deberíamos vivir como en cuaresma, siempre haciendo ejercicio, pero como esto no puede hacerlo casi nadie, al menos intentémoslo por cuaresma.

Naturalmente, el ejercicio cuaresmal no es sólo ir al gimnasio o hacer deporte, cosas que pueden ser muy saludables, sino cuidar la salud del espíritu. Y la tradición de la Iglesia lo ha hecho también con la atención a nuestro cuerpo físico, por eso pide que ayunemos; preocupándose del cuerpo sociológico, por eso pide que nos acordemos de los más necesitados y hagamos limosna y ocupándonos del cuerpo espiritual, y por eso pide que oremos un poco más durante la Cuaresma. Todas estas prácticas sólo quieren que nos reconciliemos con Dios como decía al principio. Por tanto, que personalmente nos pongamos en

disposición de amar más ya que ésta, y no ninguna otra, es la voluntad de Dios: que amamos. Y Dios sabe que haciendo esto seremos felices.

Cuando las personas comienzan a hacer ejercicio físico, tienen normalmente un propósito: adelgazar, mejorar la resistencia física, poder competir…, hay muchos propósitos. Quizás cuando empezamos la cuaresma podría ayudarnos proponernos algo. Así mantendremos más fácilmente ese tipo de tensión que necesitamos para que todo este tiempo responda a lo que hoy nos disponemos a empezar.

San Pablo nos pedía que nos reconciliáramos en nombre de Cristo. Él es el modelo porque vivió siempre reconciliado con Dios y aceptó todo lo que Dios Padre le puso por delante, incluso una muerte injusta y dolorosa. Lo hizo para poder quedar como acusador legítimo ante todas las muertes injustas y dolorosas del mundo y para que nuestros pecados fueran perdonados por su generosidad al morir sin merecerlo. Para dar a la humanidad la posibilidad de que no hubiera más muertes injustas. Y nosotros todavía después de dos mil años, parece que no lo hemos entendido.

Pronto se cumplirán dos años de la guerra de Ucrania, con todos sus muertos, los exiliados, los desastres, el gasto militar tan absurdo porque las posiciones están prácticamente en el mismo sitio.

Hace ya cuatro meses de la guerra en Gaza, donde los clamores por el respeto de la vida de los civiles, de los niños, de los enfermos, son ignorados un día y otro, provocando una muerte y un sufrimiento muy desigual entre un bando y otro. Nos sentimos pequeños y sorprendidos al ver que ni las voces de Naciones Unidas, ni del Papa Francisco, ni siquiera recientemente la del presidente de Estados Unidos parecen suficientemente fuertes para poner una paz y seguridad en la región, para evitar la inaceptable muerte de civiles. Ante la vida no vale lo de los efectos colaterales o del mal menor. Ni tampoco se escucha la voz de todos aquellos que, de tantas formas humildes, en manifestaciones, huelgas de hambre, haciendo su oficio de informar piden el fin de ésta y de toda otra guerra.

Me viene a la cabeza que todos los cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad podríamos hacer nuestras las palabras de la segunda carta a los cristianos de Corinto y decir:

“Hermanos, nosotros hacemos de embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara a través nuestro. Os lo pedimos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios.”

Hacer las paces es siempre una exigencia en el corazón del Evangelio.

Recordemos a quienes sufren en cualquier guerra. Todos aquellos que no pueden hacer ningún ayuno, ni limosna porque no tienen nada y que seguramente sí nos darían una lección si compartieran con nosotros su oración confiada. En la Guerra de Gaza todos tenemos al mismo Dios de Abraham. No es ni siquiera con un Dios diferente que es necesario reconciliarse.

De ese Dios decimos algo tan profundo como que “se deja vencer por la humildad y la penitencia”. El todopoderoso, el Creador, el Señor de la historia

tiene una rendija de bondad por la que todos podemos entrar en su comunión. Al decirnos que nos reconciliamos con él, no sólo está hablando de guerras, sino de nosotros, de cada uno, porque nos está esperando. San Pablo también nos decía “Recordad que Dios ha dicho: «Te he escuchado a la hora favorable, te he ayudado el día de la salvación»

Por eso nos ofrece un tiempo de corrección que es un tiempo de cambio, de renovación. Acabaremos cantando muchos himnos de la liturgia de las horas de cuaresma con las palabras

“nos novi per veniam,
novum canamus canticum”

Que quiere decir que «renovados por el perdón, cantamos un cántico nuevo».

Preparémonos a recibir las cenizas como signo de que queremos entrar en ese camino que limpia nuestro corazón y nuestra voluntad para hacerla más cristiana, más apta para amar a Dios y a los demás. La ceniza era una signo de luto, de tristeza por lo que nos gustaría ser y todavía no somos, pero en nuestra fe cristiana, nos ponemos la ceniza y no dejamos de celebrar la eucaristía todos los días, porque con la tristeza y el luto está siempre la alegría de la Pascua, esperada al fin de este tiempo, pero vivida en todo aquello que nos habla de posibilidad de renovación, de regreso a la mejor versión de nosotros mismos, de la resurrección de Jesucristo y de la nuestra .

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2024)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

La liturgia nos ofrece a menudo, queridos hermanos y hermanas, la mejor y más acertada explicación del sentido de la solemnidad o fiesta que celebramos. Lo hace de tal modo que no es extraño preguntarse si harían falta comentarios añadidos o si, en cambio, una buena utilidad de la homilía no fuera señalar y detenerse en alguno de estos elementos que, mezclados con tantos otros, no hayamos podido captar durante la eucaristía.

En la solemnidad de la dedicación de una Iglesia, el Prefacio, la primera parte de la Oración eucarística que se reza antes del himno “¡Santo, santo, santo!”, cumple perfectamente esa misión.

El prefacio de hoy nos da tres ideas sobre el significado profundo de un templo cristiano, de una Iglesia.

La primera es la que aquí se realiza y se cumple el misterio de comunión entre Dios y nosotros. En esta nave, como en todas las demás del mundo cristiano rezamos, personal y colectivamente.

Aquí también escuchamos la Palabra de Dios y lo hacemos de una manera especialmente intensa porque es en esta Iglesia donde el coro de los monjes, con los fieles y algunas veces la Escolanía, recita el oficio divino, donde la Palabra de Dios tiene el puesto preeminente. Y finalmente celebramos la eucaristía y otros sacramentos, cumplimiento de la comunión de cada uno de nosotros y de todos con Dios. En la extensa y detallada acta de los días de la consagración de esta basílica que el notario de Esparreguera Joan Castell escribió, el deseo final que se expresa es que Dios dé muchos años de vida al P. Abad, en aquél momento el Abad Plácido Salinas, para que pueda celebrar dignamente el santísimo sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo. Lo más importante que se puede hacer.

Todo esto lo decimos en el prefacio con las palabras “Vos simbolizáis admirablemente el misterio de su comunión con nosotros y lo realizáis en esta casa visible.” Y lo hemos escuchado también en la lectura a los cristianos hebreos: “Vosotros os habéis acercado a Dios, a Jesús, el mediador de la nueva alianza”. Nos hemos acercado aquí, en este templo que quiere ser para nosotros, lo que Jerusalén era para los israelitas, lugar de presencia y comunicación segura con Dios”.

En esa alabanza, la música siempre ha sido muy importante. La música nos trae hasta hoy el talento y la devoción de los compositores que expresaron su fe inspirados por Dios. A mí, personalmente me da respeto pensar, y lo podéis tener en cuenta los escolanos y escolanas de la Schola Cantorum, que la música de los maestros de la Escuela de Montserrat y de todas partes, que se compuso pensando concretamente en este espacio y la hemos cantado ininterrumpidamente aquí dentro de una tradición que vosotros continuáis. Sin ir más lejos, en la misma acta notarial que os he citado, se dice que durante la primera misa que se celebró en esta basílica por el obispo de Girona, Jaume

Cassador, “el órgano y muchas y dulcísimas voces de cantores resonaban en todo el templo”. De esto hace, precisamente hoy, cuatrocientos treinta y dos años.

La segunda idea del prefacio nos habla de la dimensión de la comunidad. El nombre «Iglesia» que relacionamos con el edificio, quería decir en primer lugar la asamblea que se reunía y que en el inicio del cristianismo lo hacía en las casas particulares o a escondidas por miedo a las persecuciones. Todavía hoy se utiliza en este sentido como todo el mundo sabe. El prefacio de hoy nos dirá: “Aquí continuamente escucháis y protegéis a esta comunidad de fieles que peregrina hacia Vos. Aquí os construís ese templo que somos nosotros y aquí crece esta realidad como cuerpo de Cristo”. Esto no es un local social o un club. Aquí Dios construye su pueblo. Si esta realidad es siempre válida en cualquier templo cristiano, cómo no lo será en Montserrat donde por la presencia de la Moreneta, y en comunión con todas las iglesias diocesanas, Dios también ha construido su pueblo cristiano que peregrina en Cataluña y desde Montserrat sigue animando la fe de tantas personas y creando una comunidad de fe y de amor. La profunda identificación con esta tierra no impide acoger a una multitud de peregrinos de todo el mundo. Tenemos el privilegio de ser testigos de esta otra característica de la Iglesia, como es la de estar «extendida en todo el mundo». Como decía la lectura del profeta Isaías: «todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración». Por todo ello, se cumple aquí también el misterio de la Iglesia universal, que fija su mirada en Jesucristo resucitado de quien recibe la fuerza.

Y la tercera idea del prefacio se centra en el respeto a las paredes, a las imágenes, a todo ese mismo edificio que es esta casa visible, porque es Dios mismo quien nos ha permitido construirla. Sí, el Dios de Jesucristo no se queda fuera de la vida, en las nubes. Es un Dios que permite la vida de sus discípulos y por tanto todo lo necesario para esta vida y tener un techo da, qué duda cabe, una estabilidad en cualquier proyecto. Buena ocasión hoy para recordar todas las comunidades que no tienen templo, que están en medio de la violencia. Recordemos que este templo nos permite la comunión con Dios y que el cuerpo de Cristo que formamos todos se reúna, como acabo de decir. Y a pesar de cantar que el templo de Dios somos nosotros, también rezamos que es «Dios quien nos ha permitido construir esta casa». Por eso un día, el 2 de febrero de 1592 fue consagrada y se rezó para que Dios estuviera aquí. En la oración de vísperas incensaremos todas las cruces que repartidas por toda la nave recuerdan este momento.

Dios está en el centro de todas estas dimensiones de la Iglesia que recordamos en el aniversario de la consagración. De la Iglesia templo y de la iglesia cuerpo de Cristo. Jesucristo quiso permanecer en la casa de Zaqueo. Como celebrábamos ayer, fiesta de la Presentación, la luz, es decir, Cristo, entró simbólicamente aquí en el templo, para permanecer aquí. La luz vuelve a entrar simbólicamente cada noche de Pascua, recordándonos que la piedra principal sólo es Él, Jesucristo.

Ojalá esta basílica fuera para todos nosotros como aquel árbol del evangelio que hemos leído que permitió en primer lugar que Zaqueo viera a Jesucristo, porque ésta debe ser la única y principal vocación de la Iglesia: mostrar a Jesucristo a

todo el mundo. Y ver a Cristo puede desencadenar una historia de salvación como lo hizo Zaqueo, una historia que pasa por dejar entrar a Jesús en nuestras vidas con todas sus consecuencias. Para el jefe de cobradores de impuestos y pecador Zaqueo no fueron consecuencias leves, ni en lo material a lo que tan ligado estaba, ni en lo espiritual que al menos le había llevado a la curiosidad de ver quién era aquel predicador de éxito. Dios tiene bastante con poco, con un poco de interés, con un poco de curiosidad, con un poco de voluntad y atención, para cambiar una vida. Imaginaos, sin embargo, los resultados: ¡la conversión espiritual, el alivio de alguien corrupto cuando es capaz de liberarse! E imaginad también el bien inmediato que causó restableciendo la justicia a todos los que había defraudado.

Damos gracias a Dios por el bien que ha hecho y hace en este sitio, pidámosle que nos haga dignos administradores y que nuestra oración, compartida por tantos aquí y en todas partes gracias a los medios de comunicación sea siempre para crecimiento de la comunión con Él y de la fraternidad entre nosotros.

 

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2024)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Un principio contemporáneo bastante aceptado y que en nuestros días vemos casi llevado a extremos exagerados y, me atrevería a decir, perversos, es que cualquier cosa debe comunicarse, publicarse, hacerse saber. Si no es así, casi se le considerará inexistente. Este principio ha invadido vidas privadas, se ha convertido en un negocio para los llamados youtubers e influencers y ha tenido y tiene muchísimos otros efectos. La publicidad está tan sobredimensionada que muchas veces se convierte en autorreferencial y no nos queda claro cuál es el mensaje o qué se quiere realmente comunicar.

La fiesta de la Epifanía, nombre que significa revelación, por tanto, hacer público, me ha hecho pensar en este contexto social. Después de dos semanas celebrando la Navidad, otras tres preparándola, la solemnidad de hoy añade a todo este tiempo la dimensión de la “publicidad”. La intimidad del nacimiento de Jesucristo en Belén fue anunciada a los pastores y por tanto ya desde el primer momento, no permaneció privadísima, sino que finalmente, es la revelación de hoy que la hace universal. Navidad se convierte de alguna manera en un hecho cosmológico: lo anuncia una estrella y un hecho transversal: atrae a los sabios o magos de Oriente, es decir, a la diversidad mundial.

Puesto en el contexto contemporáneo, no podemos dejar de decir que dar a conocer los acontecimientos relacionados con el nacimiento de Cristo era ya una preocupación desde el principio del cristianismo, algo que entraba en el plan de Dios. Nada malo por tanto, en hacer publicidad de algo bueno. Lo que nos separa de algunos anuncios actuales es la importancia y la claridad del contenido que se proclama y el método con el que se hace.

Nos hemos pasado días y días, explicando el significado de la Navidad como Encarnación de la Palabra de Dios en la persona de Jesús de Nazaret para nuestra salvación. Parece como si la liturgia hubiera madurado ese fundamento de la fe y hoy, ya dándolo por sabido, se centrara en su extensión, en su validez absoluta. Esta idea es importante y recoge un universalismo presente en toda la tradición judía pero lo suficientemente original e innovador para ser presentado en el inicio del cristianismo como un secreto que el apóstol Pablo conoce por la gracia y que nos lo transmite a la carta a los Efesios que hemos leído como segunda lectura: “El secreto es éste: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. ( Ef 3,5-6).”

Tenemos un secreto que ya no lo es. Que se ha hecho público. La palabra griega que utiliza el texto para decir secreto es misterion, más que un secreto, es algo que no comprendíamos y que ahora hemos entendido. Aún nos ayuda un poco a su comprensión que el texto latino diga que estamos ante un sacramentum, ante un signo que nos habla, que en el fondo nos revela algo, que es una Epifanía. La verdadera revelación es afirmar que el mensaje del Evangelio es para todos, que tiene un alcance universal.

No estamos delante de la comunicación de algo sin contenido. Hagamos publicidad del Evangelio y de la persona de Jesucristo, como nos decía la carta a los Efesios. Encontraríamos pocos libros y pocas personas en la historia de la humanidad, con una densidad como la del Evangelio y la de Jesucristo. A pesar del reto que tiene la Iglesia de seguir hablando de manera comprensible de la fe, nunca podremos decir que carezca de contenido, o que ningún método nuestro de “publicidad”, iguale la revelación que por sí misma ha hecho Dios de su Hijo. Si tenemos un desafío en dar a conocer a Jesucristo y al Evangelio, tenemos aún más una obligación de comprenderlo personalmente, de ir a su Palabra y a su vida. Nunca nos quedaremos sin mensaje. Estamos en una fuente inagotable, en un misterio que constantemente nos transmite nuevas intuiciones.

Tampoco estamos, como tanta de la publicidad actual, frente a unos métodos que nos manipulan, que intentan influir en nuestra sensibilidad, hacernos poco racionales. Jesucristo se encarna en un bebé y siendo bebé convoca también a los sabios del mundo, sin ningún engaño, sin palabras. Todas las demás palabras que dirá después, en el Evangelio, nunca serán engañosas, promoverán la autonomía de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad y de todas nuestras capacidades humanas que, por su Encarnación, Jesucristo ha elevado a otro nivel.

Jesucristo convoca la sabiduría del mundo en el momento mismo de su nacimiento. El mensaje que recibimos de esta especie de segunda escena del Belén es que en Él tenemos a alguien mayor que nadie. Un niño que todavía no habla es adorado con los presentes que significan su condición única: mirra por el hombre, oro por el rey, incienso por el Dios. En las personas de los sabios o reyes, o reyes magos, se ha querido representar siempre la diversidad. El desarrollo popular del relato del Evangelio de hoy ha acentuado aún más la diversidad de los magos. Sólo se nos decía que venían de Oriente y en cambio siempre representamos uno negro, que no es precisamente la raza de Oriente.

La imaginación, por tanto, no sólo los ha hecho sabios y generosos, sino que también los ha hecho distintos. ¿Qué les une? La llamada de Jesucristo que les espera. ¿No tenemos aquí un mensaje bonito para el mundo de hoy, un mensaje muy propio de la fiesta de la Epifanía? ¿Si el cristianismo pudiera seguir haciendo como Jesús en el Belén, desde una apariencia humilde, convocar la sabiduría diversa del mundo para procurar la mejora de las relaciones humanas? Qué continuidad más maravillosa a la adoración de los Reyes si todo el mundo le ofreciera lo que tiene para el bien de la humanidad. La llamada de la Epifanía a ofrecer los dones al salvador es tan universal que la imagino incluso incluyendo a los no cristianos pero que pueden reconocer en este bebé adorado, alguien que genera una dinámica positiva de apoderamiento de las personas en la riqueza de su diversidad y por el bien de la humanidad.

En la felicitación de Navidad de nuestra comunidad, hemos representado este año a la Epifanía. Jesús niño, sentado en el regazo de María que le pone una mano maternalmente sobre el hombro, bendice los dones que le presentan los reyes.

El efecto de nuestra donación sincera a Cristo es la bendición que recibiremos de Dios. “Hoy ya no os ofrecemos oro, incienso o mirra”, dirá la oración sobre las ofrendas, sino que ofrecemos el pan y el vino, para ser convertidos en el cuerpo y la sangre de Cristo, proclamando así nuestra fe en la ‘Encarnación y la Resurrección de Jesucristo. Por ellas, repetimos como en cada eucaristía, que Dios ha querido salvar a todos los hombres y todas las mujeres del mundo, y por eso, quiere seguir siendo proclamado y adorado por todos los pueblos de la tierra.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2024)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

«Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley».

Esta plenitud del tiempo y el envío de Cristo a la tierra fue el resultado de lo esperado y preparado en la tradición de Israel. Fue la culminación y la confirmación de que el Reino de Dios era posible.

La carta a los Gálatas también dice que por el nacimiento de Jesucristo nosotros obtenemos la condición de hijos. En las lecturas y oraciones de este tiempo, encontramos sin cesar la idea de que Navidad tiene un efecto claro para nosotros. Somos hijos y herederos de Dios y lo somos a imagen de Jesucristo. Esto significa que nuestra vida como la de él tendrá un sentido pleno cuando nos comprometamos con Dios en la construcción de su Reino.

Quisiera fijarme hoy en el salmo sesenta y seis que hemos cantado entre la primera y la segunda lectura. Es un salmo que habla de la presencia del Reino de Dios en la tierra. Muchos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, el pueblo esperaba e imaginaba. Esta tradición nos es necesaria para comprender plenamente la Navidad del Señor. Qué nos dice el salmo de hoy sobre esta nueva dimensión donde Dios será finalmente Dios.

Sus versículos van desarrollando distintos aspectos:

“Que Dios tenga piedad y nos bendiga”:

Un reino es una nueva situación. La misericordia de Dios marca el inicio de este Reino. Si no empezamos por reconocer que somos limitados y que necesitamos el perdón de Dios, no daremos ni el primer paso.

El Reino de Dios es un tiempo y un estado de bendición, hoy quizá lo llamaríamos de progreso ampliamente entendido. Aparte de perdonarnos, también necesitamos que Dios nos ayude, y lo haga para todos. El Reino debe ser armónico. Bendecir significa “hacer grande”. Pedimos a Dios que haga grande armónicamente su Reino.

El salmo también tiene la frase repetida a menudo en el AT:

«Ilumine su rostro sobre nosotros»

La liturgia de estos días nos ha hablado a menudo de la luz. En el Credo decimos que Jesucristo es luz resplandor de la luz. La expresión «Ilumine su rostro sobre nosotros» nos habla de nuestra relación personal con Dios.

Es en el fondo una frase navideña. En la versión original hebrea la frase dice que «Dios ilumine su rostro sobre nosotros», O que Dios nos muestre su cara, o incluso que Dios revele su cara, en la versión griega utiliza el verbo «epifanía”, lo mismo que dará nombre a la próxima fiesta de la Epifanía o de Reyes.

¿Qué es Navidad, sino que Dios se ha dado a conocer? Me parece bonito que la liturgia de la Palabra extienda esta manifestación de Dios a los sentidos: Dios ha hablado, Dios ha mostrado o nos hace ver la claridad de su mirada. La oreja y la vista participan de la buena nueva, la inteligencia también.

Este versículo nos abre a la idea de que el Reino de Dios es un reino interior. Todas sus dimensiones como todos los aspectos humanos quedan fortalecidos por la fe.

El Reino tiene una parte íntima, espiritual, mística me atrevería a decir, y espero que nadie se asuste, ya que místico sólo significa la posibilidad de comunicarnos con Dios y esto es un don del Espíritu Santo para todos los bautizados. Dios ilumina su rostro sobre nosotros para que seamos capaces de ver la claridad de su mirada. Es decir, entrar en una profunda, fructífera y salvadora relación personal con Él. Es necesaria una respuesta de nuestra parte a tanta gracia, a poder seguir los caminos de comunión que nos ha vuelto a abrir Jesucristo. Al final uno de los sentidos de nuestra vida, no sólo la de los monjes, es alabar a Dios y poder repetir con el salmo.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Lo han entendido todos los santos, que nunca han olvidado, a pesar de su fecundidad apostólica, que era necesaria la oración y la relación personal y espiritual con Dios.

El salmo todavía dice:

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

La bendición de Dios debe ser armónica porque nuestro Dios es social. Siempre incorpora a los demás a su proyecto. Por eso decimos que el Reino de Dios está con «nosotros». La lectura en los Gálatas habla con la segunda persona del plural. La armonización de los bienes y derechos de la tierra, de la que os hablaba, es el estado que se construye sobre la justicia, la rectitud, el dejarse guiar por Dios: la Paz que Dios desea desde siempre sobre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Estos días de fin de año, son muy indicados para encomendar a Dios tantas y tantas cosas que nos funcionan, para hacernos conscientes. Para pensar en qué podemos hacer para mejorarlas, para no empeorarlas. Para quejarnos si es necesario.

Y Dios no incorpora sólo «a los demás», sino que incorpora «a todos los demás». Un monje de nuestra comunidad ya difunto que puso un título a cada salmo que resumía su contenido, llamó a este salmo sesenta y seis: “catolicismo”, porque contempla que Dios es para todos.

Conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Dios envió a su Hijo a la tierra para que nosotros obtuviéramos la condición de hijos. Lo envió bajo la Ley, en continuidad con la tradición de su pueblo, en la esperanza de que se cumpliera todo lo que dice este salmo.

Al hacernos hijos, nos introdujo en la esperanza radical que desea el Reino de Dios y no nos ha colocado de forma pasiva, sino como colaboradores activos.

El día de hoy, día de Año Nuevo, es un día de deseos. Me cuesta imaginar un mejor deseo que recuperar la esperanza del Reino de Dios, tal y como nos la desea el salmo sesenta seis. Jesucristo en el mundo haciéndonos hijos de Dios a su imagen debería ser el motor de nuestra conversión definitiva y nuestra energía para construir el Reino.

El coral final de la parte del oratorio de Navidad que Johann Sebastian Bach dedicó al día de Año Nuevo dice,

Jesu richte mein Beginnen,
Jesu bleibte stets bei mir,
Jesu zäumte mir die Sinnen,
Jesu sei nur mein Begier,
Jesu sei mir in Gedanken,
Jesu, lasse mich nicht wanken!

Jesús, guía mi empresa,
Jesús, ¡quédate siempre conmigo!
(Jesús, frenad mis sentidos,)
Jesús, sed mi único deseo,
Jesús, sed en mi pensamiento
Jesús, no me dejes flaquear.

Que, con estos deseos, podamos adentrarnos en este año 2024, pidiendo por intercesión de Santa María, la Paz y el Bienestar, la bendición y la misericordia, con una esperanza que no desfallece porque está fundamentada en la fe y recibe la recompensa de ver los frutos de la caridad que ejercemos para con nuestros hermanos y hermanas, especialmente los más necesitados.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Misa Exequial del G. Pere Damià Coral (26 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (26 de desembre de 2023)

Hechos de los Apóstoles 6:8-10; 7:54-59 / Mateo 10:17-22

 

Continuamos, queridos hermanos y hermanas, celebrando, hoy, día de San Esteban, la Navidad, aunque nuestra comunidad, sus familiares y amigos ruegan en esta eucaristía por el reposo de nuestro hermano Pere Damià Coral Sendrós, monje, que murió en el corazón de la noche de ayer, mientras nosotros estábamos en la misa del Gallo. Quisiéramos acompañarle y dirigirnos al Señor con las palabras del salmo responsorial: Confío mi aliento en vuestras manos.

Jesús de Nazaret vivió en el mundo entre Navidad y Pascua. Su vida en la tierra nos ha dejado el testimonio de quién era, de qué decía, de lo que nos pedía. Ese tiempo, esta existencia no empezó como la de cualquier ser humano en el momento de su nacimiento. El sentido profundo de la Navidad es que esta vida de Jesús, es la de Cristo, la del Ungido, la del Mesías, la de la Palabra de Dios hecha carne y esto marca profundamente a su persona, su humanidad que está siempre unida a la divinidad que le corresponde como verbo de Dios hecho hombre.

Su muerte tampoco fue un final. Por su resurrección y ascensión al cielo recuperó el lugar junto al Padre, pero llevó allí a esta humanidad con la que había paseado, hablado, llorado y amado.

Sólo desde esa posición el Señor nos pide la donación radical. Toda vida cristiana está llamada a reproducir e imitar a Jesús de Nazaret en la dinámica que se mueve entre la Navidad y la Pascua, pero también aspira a seguirle más allá de la muerte, en la resurrección. Nuestro nacimiento, tanto el natural como el espiritual en la fe, es nuestra inserción en la comunión con Dios, en la Iglesia. Por el bautismo nos incorporamos a Él, y ya en la liturgia del bautismo está presente el anhelo y el deseo definitivo, aquél que espera todo cristiano, que es compartir finalmente la gloria de Cristo, junto a Dios, con María, asunta también al Cielo.

Todo esto nos trae, para decirlo con palabras sencillas, el que Dios entrara en nuestra casa en Navidad, para hacernos entrar en Su casa en Pascua. El hermano Pere Damià fue experimentando esta vida de fe, ya antes de entrar en el monasterio, en su relación con los oblatos del monasterio.

La fe puede vivirse en muy variadas opciones. Cualquier vida puede concretar esa dinámica. Uno de los primeros ejemplos es el santo que el calendario nos propone para hoy, precisamente al día siguiente de la solemnidad de la Navidad: San Esteban, el llamado protomártir de nuestra fe. La conciencia temprana de seguir los pasos de Cristo le dieron la fuerza de la confesión y de la fidelidad. Él nos ayuda a identificar el núcleo de lo que creemos: apertura al Espíritu Santo, comunión con Jesús por encima de cualquier concepto establecido, confianza final en su fuerza frente a todas las dificultades. La radicalidad de las circunstancias que los primeros cristianos se encontraron han hecho que les veneremos como testigos de esta fe que cree que la Palabra de Dios encarnada da sentido a toda la vida, a la misma muerte y que su resurrección fundamenta nuestra esperanza en la resurrección.

Desde el ejemplo de los mártires, como os decía, cualquier vida puede ser vivida como seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta, la vida monástica ha sido considerada martirial, porque da testimonio de la fe, sencillamente intentando vivir con conciencia la dinámica de encarnación y resurrección que empezó Jesucristo. Lo hace sin sangre, día a día, con las armas de la obediencia, la conversión y la paciencia.

Nuestro hermano Pere Damià, recibió el nombre de Pere en su bautismo, había nacido en la Geltrú como a él le gustaba matizar, no en Vilanova y la Geltrú, y vivió unos primeros años plenamente identificado con la vida de su pueblo, su familia, el trabajo en la fábrica Pirelli, incluso en la política, muestra su preocupación por el país y por su gente. A una edad madura, a los 46 años, sintió la llamada de Jesucristo de vivir la fe y el amor a Jesucristo en nuestra comunidad de Montserrat, a la que entró en septiembre de 1987 recibiendo el nombre de Pere Damià. No se resistió, al Espíritu Santo como los hechos de los Apóstoles nos dicen de San Esteban. Acostumbrado al trabajo, enseguida empezó a colaborar en diversas secciones del monasterio, la enfermería y las colecciones en las que combinaba algunas aficiones personales. Su labor, por ejemplo, en la colección de gozos del monasterio le ha llevado a catalogar miles y miles de ejemplares. A menudo detrás de cada uno de ellos, encontraba un santo, una ermita, una persona que le había hecho llegar, un testimonio de cariño hacia Montserrat y el recuerdo de una devoción o de un lugar de Cataluña.

El hermano Pere Damià pertenecía a la generación que valoraba conservar y coleccionar. Hasta su muerte fue el responsable de las colecciones de sellos, monedas y postales e hizo un trabajo paciente, sencillo y humilde clasificando y, dando, por tanto, valor, a todas las monedas extranjeras que los peregrinos dejaban en Montserrat. Durante unos años vivió en el Miracle, en una vida cerca del campo y de la gente de los alrededores, de la que siempre guardó un buen recuerdo. ¡También se ocupó de la cocina y del refectorio del monasterio, uno de los servicios importantes para que haya paz en una comunidad!

La vida monástica y nuestra Regla de San Benito define espiritualmente algunos oficios. Los monjes leemos ordenadamente toda la Regla y cada día del año nos corresponde un fragmento. El día 24 de diciembre, se nos propone leer el capítulo dedicado a los porteros del monasterio que san Benito define pidiendo que sean unos hombres llenos de sensatez y que estén siempre listos para que quienes lleguen encuentren a alguien que les responda. El hermano Pere Damià había estado muchas horas en la portería del monasterio acogiendo y respondiendo a quienes llegaban. Lo hacía con amabilidad y era recordado por eso. San Benito nos enseña que en los huéspedes acogemos al propio Jesucristo y que debemos tratarlos con humanidad.

Pero un día quien llamará definitivamente a la puerta será Cristo mismo y habrá que estar entrenarnos para responderle. Esta noche de Navidad, Jesús llamó a la puerta del G. Pere Damià, algo inesperadamente. Es nuestra confianza en que una vida larga, vivida con fe y humilde en tantos servicios le haya preparado para estar a punto y que le haya respondido enseguida y con la gran confianza de la que nos habla el salmo responsorial de hoy.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia. 

Como vemos en las lecturas de hoy, las dificultades forman parte del camino y tampoco le fueron ahorradas durante estos últimos años a nuestro hermano en forma de diversas enfermedades y problemas de salud que fue soportando sin que le afectaran el sentido del humor, el amor a la comunidad, sintiéndose hermano y en algunos momentos graves encomendándose a su venerado beato Pere Tarrés y a los beatos mártires de Montserrat.

Como en San Esteban, la fe, la llamada y la convicción monástica marcaron una vida que quiso imitar la de Jesucristo siguiendo su evangelio desde su bautismo. Hoy al despedirlo y al enterrarlo, esperamos que también habrá entrado a participar en aquella vida del cielo que el Señor inauguró con su Pascua, porque toda su humanidad, redimida conjuntamente con la de todos por la Encarnación de Jesucristo continúe espiritualmente en la alegría de la inmortalidad, por la misericordia de Dios capaz de salvar y perdonar a todos los que en Él confían y llegar en el día final de la resurrección de los muertos en la plena comunión con todos los santos y redimidos de Dios.

 

 

Abadia de MontserratMisa Exequial del G. Pere Damià Coral (26 de desembre de 2023)

Misa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2023)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“Dios antiguamente había hablado a los padres por boca de los profetas; pero ahora, en estos días que son los últimos, nos ha hablado a nosotros en la persona del Hijo, que él ha constituido heredero de todo, por medio del cual ya había creado el mundo. Él, que es resplandor de la gloria de Dios e impronta de su mismo ser. (Hb 1, 1-6)”

Me he permitido repetir las primeras palabras de la segunda lectura, porque son un resumen perfecto de lo que estamos celebrando. Como hemos escuchado en el Evangelio, estamos celebrando que Dios ha hablado. Que existía una Palabra desde el principio y que esa palabra es la huella del mismo ser de Dios. Ahora hemos podido escuchar finalmente esta Palabra. Todo esto que os digo, responde muy bien a una conversación que teníamos con algunos escolanes de segundo, el día de San Nicolás, después de comer. Me preguntabais cuál era mi imagen de Dios. Y yo os dije que la única imagen correcta de Dios es Jesucristo. Os pregunté cuál era vuestra imagen de Dios, y alguien me dijo que un viejo con barba blanca y os respondí lo mismo, que la única imagen de Dios era Jesucristo. Me preguntasteis si Dios podía ser mujer y os dije que, aunque decimos Dios padre, esto es simbólico, porque Dios está más allá de ser hombre o mujer y que la única imagen de Dios es Jesucristo.

Algún arte europeo occidental de los últimos siglos nos ha representado a este Dios Padre, la primera persona de la Trinidad, efectivamente como un anciano con una barba blanca, con forma humana, como está en esta misma iglesia, en el rosetón del coro de arriba, pero esto no acaba de ser tan correcto como representar únicamente a Jesucristo como hombre. Sería mejor si nos quedáramos como en el arte románico, como en los iconos, como en el fragmento de la carta a los hebreos, como en el Evangelio según san Juan, con la idea de que a Dios nadie le ha visto nunca y que es el Hijo, Jesucristo quien lo ha revelado y representáramos esto.

Esta historia humana de Dios que comienza en la Navidad, nos invita a poner belenes en casa, en las iglesias, en algunas instituciones, para recordar y ver el nacimiento de Jesucristo, para entrar un poco más con la mirada, con las manos, en lo que ocurrió hace unos 2023 años. Ésta es una idea muy pedagógica que imaginó y realizó por primera vez san Francisco de Asís hace ochocientos años, cuando hizo el primer pesebre, que fue un pesebre viviente en el pueblo de Greccio: “para poder ver con los ojos” decía el santo. Lo hacía movido por el amor a Jesús y a los hombres y mujeres, por el deseo de hacer participar más y mejor a todo el mundo en la renovación cristiana que esta Palabra de Dios le inspiró como tan pocos otros santos en la historia. El Belén nos acerca el misterio del nacimiento de Jesús. El de este año os da un mensaje a todos los escolanes que representa cantando, mirando al director, cómo debe ser, pero más allá, mirando a Jesús que nace. Quedaos con la importancia de mirar siempre al final, a la persona de Cristo. Podéis hacerlo incluso mientras cantáis, o jugáis. Es importante mirar a Jesús. ¡Más importante que mirar el móvil!

Navidad a través de la persona de Jesucristo nos explica quién es Dios, pero también nos dice que ese Dios ha venido a impregnarnos. A partir de Jesucristo, nuestra humanidad también ha cambiado, quedando en una situación mucho más favorable a hacer el bien, limpia, bien dispuesta. En su vida que, simbólicamente comienza esta noche, Jesús de Nazaret, Cristo, nos demostró hasta qué punto podía ser maravillosa la condición humana, hasta qué punto él podía enseñarnos a qué metas de generosidad, de servicio y de amor podíamos llegar los hombres y mujeres si nos lo proponemos. Dios, que desde siempre nos había llamado a la bondad a través de los profetas y de todos los testimonios que encontramos en el Antiguo Testamento, vino a transformar definitivamente la condición humana cuando en la historia quiso quedar “en humilde pequeñez recluido” como le cantamos en el Santa Nit.

Pero no siempre respondemos al reto de amor que esta presencia de Jesús nos exige, para la que nos capacita e incluso para la que nos deja un libro de instrucciones que es el Evangelio.

Quisiera que se fijarais que, en este pesebre de la basílica, hay una luz, un farolillo. Cada año un grupo de scouts austríacos iban a Belén a encender una luz y le llamaban la luz de la paz. Luego la repartían a los scouts de toda Europa. El pasado domingo, no ayer, aquí en Montserrat, los escoltas catalanes a través del Agrupament de Monistrol quisieron repartir esa luz de la paz de Belén y también se quedó aquí para recordarnos al pie del pesebre que este año, sin embargo, no se ha podido encender en Belén a causa de la guerra. Esto nos hace pensar en todas las víctimas inocentes de Tierra Santa, el lugar en el que nació Jesús, muy especialmente de las de Gaza, con tantos niños muertos y heridos y con una situación humanitaria insostenible.

Y nos hace pensar también en todas las víctimas de las guerras, de las persecuciones y de todos los que se marchan de casa, tantas veces engañados. Por eso hoy, como hemos hecho esta noche, os proponemos participar en la colecta que haremos a favor de la ayuda sanitaria a los migrantes africanos que llegan a Marruecos y que son atendidos por el arzobispado de Rabat. Una diócesis que tiene unos lazos fuertes con Montserrat.

Las situaciones difíciles del mundo nos hacen confiar en esta Palabra que no sólo nos dice y nos habla de quien es Dios, sino con cuyo poder Él mismo sostiene el universo. Esta afirmación debería llevarnos a comprometernos. No podemos pensar que Dios sostiene él solo el universo con el poder de su Palabra. El mensaje de Navidad es que precisamente él cuenta con cada uno de nosotros para que la historia continúe un camino adecuado hacia el bien.

El poder de la Palabra de Dios nos ayuda sobre todo a nosotros y a nuestro compromiso. Cuántas veces nos hemos sentido apoyados por el ejemplo, por la comunión que captamos en Jesucristo en oración, por la presencia insustituible de los sacramentos, especialmente en la eucaristía.

La Navidad es certificar que Dios nos ha hablado definitivamente en Cristo. Con una Palabra que viene a explicarnos quien es Dios y a pedir nuestro compromiso con el mundo, para continuar su labor de sostener, de ayudar a que brille luz en las tinieblas que no le han podido acoger. Él es una palabra que habla más allá de toda lengua, habla al corazón de quien se confía en él.

Christmas is the security that God has spoken to us definitively in Christ. With a Word that comes to explain to us who God is and to ask for our commitment to the world, to continue his work of sustaining, of helping His light shine in the darkness that has not been able to welcomeHim. He is The word that speaks beyond all language, he speaks to the heart of those who trust in him.

En estas Navidades, solidarias con el mundo, confesando ese Dios que conocemos por la Palabra y con quien confiamos por el poder de esta misma palabra, seamos sobre todo agradecidos por todo lo que tenemos y por la situación de Paz que disfrutamos en nuestra casa y que nos permite celebrar estas fiestas en la alegría y la fraternidad de la familia, de los amigos, de nuestra comunidad. Saludo a los enfermos.

 

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2023)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

En esta Nochebuena, muchos hombres y mujeres, jóvenes y niños nos reunimos para estar juntos, para orar, para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, en Belén de Judea.

Da que pensar el que recordemos cada año una historia tan conocida. Seguro que es importante para nosotros. Estos momentos que se repiten cada año nos ayudan a entender que nosotros somos pequeños, somos poca cosa, sólo somos algunas generaciones que van pasando y que celebran lo mismo que nuestras abuelas, que nuestros bisabuelos y lo que esperamos que celebren quienes vendrán después de nosotros. Lo importante es lo que resta: la Navidad, que quiere decir: “Dios está con nosotros” como cantábamos en el tercer nocturno de maitines.

En el mundo en el que estamos, cuesta decir «Dios está con nosotros». ¿Por qué? Porque no puede ser que Dios esté sólo con nosotros aquí en la Escolanía, en la Basílica, en quienes estáis en casa. Esta frase debe valer por todos. ¿Cómo estarán diciendo “Dios está con nosotros” los cristianos de Tierra Santa, especialmente los de la franja de Gaza, en medio de las guerras? ¿Cómo lo deben decir en Ucrania? ¿En Sudán? ¿Cómo decir esto en un mundo tan lleno de sufrimiento? Sería bonito que nos lo contaran ellos mismos, porque todos sabemos que incluso en estas situaciones, muchos de los que sufren dicen que Dios está con ellos. Nosotros estamos seguros de que, sobre todo en las situaciones más tristes, Él está ahí.

Nos ayuda a pensar así el que tampoco fuera fácil la primera Navidad. Nada tuvo que ver con ir de compras, iluminar las calles, preparar comida. Todo fue mucho más pobre, mucho más sencillo. Porque en el nacimiento de Jesús de Nazaret ya se insinuaba que allí empezaba una vida que, a pesar de ser la del Hijo de Dios hecho hombre, no escaparía de ninguna de las dificultades del mundo, es más, las iría a buscar con espíritu de cambiarlas, de redimirlas, de salvarlas.

Los artistas lo han entendido bien cuando por ejemplo han pintado al niño Jesús en los iconos amortajado, como a punto de enterrarlo, para expresar claramente su humanidad que algún día debería morir.

También lo entendió el compositor de la letra del oratori del Pessebre, Joan Alavedra, que después musicalizó Pau Casals, de quien este año hemos celebrado el quincuagésimo aniversario de su muerte. En un momento del principio y hablando de las figuras del Belén, antes de explicar la alegría del nacimiento hay un aria de contralto, que bajo el nombre muy inocente de la vieja que fila, ya habla de la pasión, porque aquello que hila la vieja es el trapo con el que el Señor se enjugará la sangre camino del calvario y el mismo sudario donde lo envolverán después de morir. Las reflexiones teológicas y artísticas sobre la Navidad tienen en cuenta ciertamente el sufrimiento tan humano de Jesús. Y esto tiene dos consecuencias.

A los escolanes deben gustarles las historias de héroes o de superhéroes. Las que nosotros leíamos en revistas y que ahora seguramente están en los videojuegos y en todo eso, que algunas generaciones ya no conocemos. Jesucristo, a pesar de ser Mesías, no es un superhéroe, no se nos presenta como un superhombre, es Dios hecho hombre, no Dios hecho superhombre o Superman, o Batman o alguno de esos héroes que admiréis. Quizás en gran parte de su manera de hacer es incluso mucho menos espectacular que todos estos superhéroes: no vuela, no se disfraza, no tiene una doble identidad, ni una fuerza física inhumana. Es mucho más sencillo. Es un hombre que ama. Que ama mucho: solidario de todo el mal y de todo el pecado del mundo. Difícil de imaginar a alguien capaz de arreglar todo lo que está mal, de comprender y perdonar los defectos de todas las personas. Pues él puede solucionarlo y de todo se puede compadecer.

La segunda idea que nos transmite esta humanidad que debe morir, ya representada en el momento de su nacimiento, es la capacidad de acoger por solidaridad todas las situaciones difíciles, todo el dolor del mundo, no para justificarlo, sino para combatirlo. Y especialmente todo aquel dolor que sería fácilmente evitable. En todas estas situaciones la muerte está muy presente. La Navidad y la memoria de Jesucristo debería recordarnos permanentemente que Él fue anunciado por los profetas como el príncipe de la paz y el clamor que acompañó a su nacimiento fue un deseo de paz a los hombres y mujeres de buena voluntad, como hemos leído en la primera lectura y en el Evangelio.

¡Qué mundo el nuestro! Cuántas situaciones como os decía que no tienen paz y en las que resuena esta noche la palabra “paz” como un deseo real. Pienso en los países y los conflictos que os he dicho y pienso sobre todo en lo que nosotros no conocemos porque no sale ni en las noticias, ni en los periódicos ni en las redes. El cardenal-arzobispo de Rabat, un buen amigo nuestro, que estuvo aquí durante la cuaresma del 2022, nos ha pedido que nos acordemos de los inmigrantes que llegan a Marruecos desde el África subsahariana y a los que ellos, que son una iglesia pequeñísima intentan atender. Nos queremos solidarizar con ellos con la colecta que cada año hacemos en Navidad. Os lo proponemos como un signo de comunión con tantas realidades que olvidamos, que no conocemos, que son noticia un día para quedar apartadas por la siguiente, y os invitamos a participar.

Sentimos en esta Navidad la necesidad de tener presente este grito de paz surgido de las guerras del mundo. Debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros, es necesario que no dejemos de escandalizarnos ante cualquier conflicto y no conformarnos con la incapacidad humana de arreglarlos de otra manera que no sea con las armas. La humanidad dedica una inmensa cantidad de medios económicos y políticos que parecen en muchos lugares y casos ineficientes y me hacen pensar si deberemos al final de dar la razón a un conocido hombre del mundo del deporte que al inicio de una de las recientes guerras notaba el fracaso de los medios y de las instituciones políticas. Hasta ahora, tiene bastante razón.

Nuestra gran fuerza, nuestra solución siempre será la que Dios ha puesto en medio de la humanidad en la persona y el Evangelio de su Hijo Jesucristo, cuyo efecto es en primer lugar nuestra conversión personal de nuestro egoísmo al amor. Aquí está el principio de la paz.

El mismo oratorio del Pesebre que he citado antes termina con unos versículos que dicen:

“Gloria a Dios y a toda criatura,
Paz en la tierra
Nunca más ningún pecado,
nunca más ninguna guerra,
Paz a los hombres de buena voluntad
Paz”

El poeta que escribió esto ya veía que, en el camino hacia la paz, el pecado de los hombres, el mal que hacemos cada uno es también importante. Jesucristo es el Cordero que quita el pecado del mundo, porque viene a salvar toda la naturaleza humana. Si en Navidad celebramos el principio de esta salvación, ojalá su efecto sea también el de avanzar decididamente en el camino de la paz, no una paz cualquiera, sino una paz que no tenga fin fundamentada como decía el Profeta Isaías en «el derecho y la justicia», en libertad y con total respeto a los derechos humanos, podemos añadir nosotros.

Que Dios que ha amado al mundo hasta darle a su Hijo único, nos lo conceda.

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Misa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de desembre de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

La muerte es, queridos hermanos y hermanas, la última pregunta, sobre la que hemos escrito y reflexionado mucho pero que nunca hemos llegado a explicar. La muerte, que vivimos como el término biológico de nuestra vida, pero que alarga su sombra sobre otras situaciones personales, que experimentamos de forma triste, amenazadora. Es muy normal que el contraste entre una vida que sentimos real y la seguridad de que esto acabará con la muerte algún día, sea el humus, donde nazca la esperanza de la inmortalidad, creando una tensión inmensamente creativa y fecunda.

La primera lectura del libro de las Lamentaciones nos planteaba la alternativa entre dos posibilidades esenciales: nos amargamos y envenenamos con nuestras reflexiones, alimentando todo tipo de tristezas o «hacemos revivir otros sentimientos que nos mantienen la esperanza». Una actitud es la de repliegue sobre uno mismo, la otra es de apertura, no a la euforia, sino a la confianza tranquila en Dios, a «esperar silenciosamente la salvación del Señor». La persona es la misma, la respuesta es totalmente distinta.

Es en ese momento donde la idea central del cristianismo, la posibilidad de la resurrección de entre los muertos a imagen de Jesucristo se convierte en confesión de la propia existencia de Dios. Se convierte en confesión de fe. La esperanza cristiana que pone nuestro futuro absoluto bajo la misericordia de Dios es en sí misma confesante, reconoce su presencia desde la Creación al cumplimiento final, en una línea sostenida por Dios mismo y en la que nuestras vidas concretas, queridas, irrepetibles y únicas son un punto de esta línea, llamadas a unirse a ella cuando después de morir Dios nos hace dignos, hecho en lo que confiamos por su gran misericordia.

Es por esta fe que nos viene de la noche pascual, recordada aquí con el cirio que encendimos y que proclamaba la resurrección de Jesucristo, que nos hemos reunido hoy para orar por su reposo y dar gracias por la vida de nuestro hermano el P. Pius Tragan difunto.

Es por esta fe que podemos cantar: «Que Cristo te acoja en la gloria» o «Que la luz perpetua lo ilumine», como hemos hecho acompañando el cuerpo de nuestro hermano, al entrarlo en esta Basílica de Montserrat por última vez.

Es por esta fe que a todas las preguntas que nos hace la carta a los cristianos de Roma, que hemos leído como segunda lectura: ¿Quién nos acusará? ¿Quién nos condenará? ¿Quién nos alejará? y al miedo profundo de toda una serie de situaciones vitales que nos plantea, salimos apostando por la vida y confesando que tenemos a Dios a nuestro favor y que nada, ni la muerte, es capaz de alejarnos de ese Dios, que Cristo ha demostrado cómo nos ama.

La condición única e irrepetible de cada hijo e hija de Dios hace que el momento de la muerte sea adecuado para contemplar la riqueza de los dones que recibimos del Señor. La fe existe en cada persona creyente concreta y ocupa todo su ser, ninguna dimensión humana ha quedado fuera de la Encarnación del Verbo, de esta “Palabra que se hizo carne para iluminar a todos los que vivían en las tinieblas (Jn 1, )”. Es con toda la persona que vivimos nuestra fe, sobre todo con la inteligencia que somos capaces de elaborarla.

Al despedir al P. Pius no podemos dejar de contemplar cómo la fe también se apodera de la inteligencia y la obliga, la cuestiona, es más, es una dimensión irrenunciable. San Anselmo, el mayor de los teólogos benedictinos, ya lo tenía claro en el siglo undécimo, cuando escribió: “Así como el recto orden exige que creamos con fe profunda antes de pretender cuestionarla, me parecería una negligencia si después de haber sido confirmados en la fe, no tuviera todo el celo para entender lo que creo” (1). ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere. Quizá sea el mayor estímulo intelectual que puede recibir alguien: ese estímulo que le enfrenta al misterio inefable de las grandes cuestiones vitales, que las respuestas cristianas dadas por la Iglesia no se pueden dar nunca por cerradas, sino que son fuente de creatividad, de espíritu, de riqueza interior. Creo que se puede decir justamente que la vida del Padre Pius-Ramon Tragan estuvo marcada por no permitirse “anselmianamente” la negligencia de no entender lo que creyó.

La muerte puso fin a la vida del Padre Pius M. Tragan el jueves por la noche, en la enfermería del monasterio. Acababa así su larga peregrinación en este mundo. Una vida que empezó en Esparreguera en 1928, hace más de 95 años, donde recibió el nombre de bautismo de Ramón que utilizaría muchos años después junto con el nombre monástico de Pius María. La intensidad con la que vivió el P. Pius se explica sobre todo por su amor a la vida, porque era una perfecta encarnación del intelectual comprometido en la búsqueda de la verdad, para él sobre todo búsqueda de la verdad de la fe, de Dios, de la Biblia, de la persona de Jesucristo. En su extenso currículum, visto todo en conjunto, con todas las etapas una tras otra, queda claro que se arriesgó siempre para poder continuar la investigación, el pensamiento y la reflexión, superando bastantes crisis graves de salud, que nunca le habrían hecho pensar que llegaría a la edad que tenía cuando murió y a vivir casi 75 años de profesión monástica.

Montserrat fue su primera escuela, y después, siguiendo primero al P. Abad Aureli M. Escarré, de quien fue secretario en el momento del exilio de Montserrat y al que acompañó a Viboldone, junto a Milán, Múnich, Jerusalén y Estrasburgo fueron las sedes donde contactó con el pensamiento teológico avanzado y la investigación bíblica moderna, especialmente dedicada al Nuevo Testamento, de la que haría su gran pasión. Montserrat, Estrasburgo y Roma, su querida Roma, fueron las cátedras donde compartió generosamente el resultado de toda su actividad intelectual, de forma cordial, que causaba impacto por su sabiduría, por la claridad con la que explicaba y por la profundidad del intelectual que siempre busca el porqué más profundo de aquello que sabe y que aprende.

Era la fe recibida de joven, enriquecida con tantas y tantas lecturas y clases, uno de los potentes estímulos de su inteligencia y de su curiosidad natural. Encarnaba realmente al sabio benedictino que se ha tomado como deber y como tarea la búsqueda de la verdad.

Incluso, podía llegar al sentido del humor, como una vez cuando me dijo: “¡Vi lo que pasó antes, he visto qué está pasando ahora, y ahora lo siento porque no veré cómo se acabará!” Últimamente incluso me manifestaba una curiosidad frente a la muerte. ¿Cómo será? ¿Sabemos algo? -Una pregunta que me parece totalmente honesta, ya que la buena teología nunca pierde la conciencia de la inefabilidad radical de todo lo que explica, – pero yo le decía protestando y en broma: “Soy el profesor de escatología y me paso muchas horas explicando todo lo que ocurre después! No me lo deshaga todo”. Lúcido hasta el mismo día de su muerte, todavía al mediodía, me reconoció como Padre Abad y quiso que le diéramos en comunidad el sacramento de la unción de los enfermos.

La civilización cristiana ha aportado al mundo y a la cultura tantas figuras en las que reconocemos las capacidades intelectuales un camino de virtud, cultivado con disciplina. Si Dios ha querido encarnarse en un ser inteligente como Jesús de Nazaret es porque también la inteligencia puede ser un vehículo del amor. Es más, me atrevería a decir que el estudio puede refinar a la persona haciéndola más capaz de amar, más capaz de compartir. Esto, que no ocurre en todos los intelectuales, podemos decir que se produjo en la vida del P. Pius y por eso estos días hemos recibido infinitas muestras, no sólo de reconocimiento intelectual sino de agradecimiento por el cariño y la amistad con la que trató a tantos familiares, amigos, colegas y discípulos, como Jesucristo, el Buen Pastor, a quien él dedicó la tesis doctoral, hacía con sus amigos. De todo damos gracias a Dios.

Si ninguna vida está exenta de ambigüedades, tampoco puede estarlo una vida tan larga e intensa como la de Pius. Por eso estamos también aquí, para orar por él, para ayudarle en este paso definitivo de este mundo a la casa de Dios, porque en ese momento final cuando Jesucristo le habrá dicho:

Yo soy la resurrección y la vida. Quienes creen en mí, aunque mueran vivirán. Y todos los que viven y creen en mí, jamás morirán. ¿Lo crees esto?

Podamos nosotros acompañarle con nuestra oración a responder con Marta:

Sí. Señor. Yo creo que os sois el Mesías. El Hijo de Dios que había de venir al mundo.

El final de la historia personal permanece siempre en manos de Jesucristo, pero resucitó a Lázaro y resucitó él mismo de entre las muertes, como conmemoramos en cada eucaristía.

(1) Sicut rectus ordo exigit ut profunda fidei prius credamus priusquam ea praesumamus ratione discutere, ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere (Cur Deus Homo II)

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de diciembre de 2023)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

 

Y María respondió.

El final del prefacio de hoy, que rezaremos al iniciar la oración eucarística, nos dice que María es para nosotros ejemplo de santidad. La santidad es la comunión posible y eficaz que cada uno de nosotros puede tener con Dios, con el Padre, con Jesucristo, siempre por la fuerza del Espíritu Santo y todas sus consecuencias.

Sí. María respondió. Sería una de las primeras actitudes de su santidad. Respondió porque estaba atenta, porque había escuchado lo que Dios le había dicho. Quizás no lo había entendido porque era bastante complicado y seguro que no había captado todas las implicaciones que ese anuncio tan extraordinario tendría en su vida, ya no digamos en la de toda la historia de la humanidad. Pero, sin embargo, respondió. Nada que ver con aquellos alumnos que en la Escuela cuando les hacen una pregunta y llaman a su nombre, bajan de la luna a la tierra y se dan cuenta de que no han oído ni la pregunta. San María, en la escena tan entrañable de la Anunciación nos da una primera lección: debemos estar atentos. Qué necesaria es la atención en nuestro mundo tan lleno de información, tan lleno de mensajes, donde en cada momento podemos estar conectados y no precisamente con nuestro interior ni con Dios.

Porque, en cambio, Dios habla más en el silencio, o por boca de una sola persona, o en un momento tranquilo. No creo que un grupo de whatsupp sea allí donde mejor le escucharemos. Debemos estar atentos porque si no, podemos no escuchar qué nos dice, ni siquiera oírlo. La Virgen María, a pesar de no tener móvil, fue totalmente capaz de escuchar una llamada y una voz, escucharla y cumplirla.

Como ella, podemos ejercitar nuestra capacidad de atención si hacemos un esfuerzo por escuchar y por responder a aquellas personas que nos preguntan, que nos dicen algo, que quieren hacerse cercanas. No hay mayor desprecio que hacer ver que el otro no existe. A todos nos gusta que nos respondan, pero aprendamos también a ser comedidos. No hace falta responderlo todo siempre ni de inmediato, ni especialmente exigir que los demás lo hagan. Cuántos de nosotros no hemos visto a personas ponerse muy nerviosas porque al cabo de pocos minutos o incluso segundos, alguien no ha respondido un mensaje. También debemos aprender a esperar.

Con la respuesta, Santa María nos da otra lección: la de la responsabilidad. Es responsable porque es capaz de responder, no sólo a una pregunta, sino haciéndose cargo de una situación. En catalán lo decimos: yo respondo de esa persona. La Virgen María aceptó la situación, feliz, por un lado, tan enigmático y sorprendente por otro, de ser madre de Jesús, Cristo, el Mesías el esperado de Israel. Su responsabilidad se concreta en la capacidad de mantenerse fiel en la respuesta dada: «aquí estoy, que se haga en mí según tu palabra» y de hacerlo durante toda la vida, cuando la misma responsabilidad de mantenerse fiel a la respuesta la llevó a nuevos horizontes, inimaginables al principio. Aquí está la verdadera fidelidad, la que no tiene calculadas desde el inicio todas sus consecuencias, sino que queda abierta.

Respuesta y responsabilidad forman parte de la santidad y no son nada que nos quede tan lejos. Con estos rasgos tan humanos, Santa María nos enseña la forma de ser discípulos, se pone al frente de esta humanidad, y muy especialmente de nosotros que queremos testimoniar en el mundo que Dios existe, como creador de toda vida y nos llama a la felicidad superando todos los males de la historia, que vienen de esa ambigüedad antigua, de ese pecado al que los hombres y las mujeres también estamos sometidos desde el mismo principio de nuestro tiempo.

En la segunda lectura, un himno cristiano muy antiguo que forma parte de la Carta a los Efesios, que nuestra liturgia ha incorporado cada semana en la hora de Vísperas del lunes, encontramos una especie de yo colectivo, una primera persona del plural que se dirige a Dios para darle gracias de la elección que ha hecho de la humanidad para llevarla por amor a la santidad, a cumplir la voluntad de Dios, a la irreprensibilidad, a la esperanza con Cristo.

El himno nos habla de un gran proyecto de Dios. Si la primera lectura nos había dejado quizás un mal sabor, porque se ponía en marcha la historia humana en sus aspectos inevitables de ambigüedad, sometida a la presencia de ciertas formas de mal, que siempre están activas; San Pablo, muchos siglos después y cuando la Iglesia naciente ya experimentaba plenamente la resurrección de Jesucristo, vuelve a colocar la historia en manos de Dios y no destaca tanto su ambigüedad humana como la línea recta de la voluntad de Dios sobre todos nosotros.

Parece que está haciendo el retrato perfecto de la llamada a ser cristianos, y por tanto, aunque no la cite, encabezando este «nosotros» encontramos Santa María, que no sólo hace suyo este canto, sino que es la única que puede decir que lo cumple de verdad, la única escogida sin lugar a dudas, la única irreprensible, la única toda santa por su a comunión con Dios Padre, con el Hijo que de ella se encarnó y con el Espíritu Santo que la habitó. Esto es lo que celebramos hoy, la santidad absoluta de María desde el momento de su Concepción.

Ella es la irreprensible, no por carácter, sino por naturaleza. La solemnidad de hoy, al proclamar su Inmaculada Concepción, recuerda que Cristo la separa de la ambigüedad que se produce en todos los demás seres humanos. La iguala así a Él mismo. Esto es lo que celebramos: su irreprensibilidad ante todo mal y todo pecado.

Pensad los escolanes qué significa ser irreprensible por naturaleza. Significa ser incapaces de hacer nada mal hecho, que nunca te puedan regañar, ni castigar, y no porque no te pillen sino porque no haces nada mal. Esto es casi imposible pero la responsabilidad personal en las cosas de cada día, en aquellas respuestas que debéis dar, os ayudarán a acercaros a esta irreprensibilidad. Vosotros que tenéis tan presente a Santa María en vuestro canto, en cada Salve, en el Virolai, pensad que ella es ejemplo de responsabilidad, de hacer lo que toca, de no decir ahora sí y ahora no, sino de mantenerse siempre fiel a una palabra dada. Esto puede ser muy importante en vuestras vidas y en las de todos nosotros.

¿Dónde estamos amados hermanos y hermanas ante este plan ideal de Dios? ¿Hemos respondido a la voluntad de Dios de bendecirnos? ¿Y cómo hemos respondido? ¿Cómo hemos podido, pero no hemos evitado hasta hoy las guerras, el hambre, la miseria, la injusticia? Tantas y tantas situaciones que nos duelen y que nos sorprenden especialmente porque parecen congeladas, resistentes a dejar entrar una brizna de sentido común, de razonabilidad, de responsabilidad.

El mundo no es santo ni irreprensible, como mucho está en camino y en esto debemos ser responsables: al mantenernos en el camino de la voluntad de Dios, ésta que el himno dice que es su designio sobre todos nosotros, ésta que María aceptó diciendo: “Que se cumpla en mí según vuestras palabras”; esa voluntad que cada día pedimos que “se haga” cuando rezamos el Padrenuestro.

Seamos responsables como María, con la voluntad de Dios.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2023)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

No sé si os pasa también a vosotros, pero la santidad es una realidad que personalmente imagino y pienso de manera espontánea como algo bastante lejano. Quizás porque aquellos que recordamos primero, cuando escuchamos la palabra santos, son hombres y mujeres que vivieron en épocas muy pasadas o quizás, si son más actuales o incluso si los hemos visto y “tocado” porque sabemos que fueron capaces de vivir y de actuar durante sus vidas de una forma que a nosotros nos parece inalcanzable.

La Solemnidad de hoy, al proclamar una santidad anónima, unos santos y santas que no podemos recordar ni saber qué hicieron, nos obliga a repensar qué es realmente un santo cristiano y nos da no pocas pistas en las lecturas, plegarias e himnos que vamos rezando durante el oficio y la misa. La reflexión que en el fondo hacemos hoy es que la santidad es una llamada y una propuesta de Dios para todos, y que todos aquellos que son proclamados santos por la Iglesia, más todos los que hoy también celebramos, nos señalan el fin de un itinerario, de un camino, de una peregrinación vital y no tanto un estado estático. Y porque es más un camino que una categoría, todos estamos invitados, todos estamos llamados.

La Primera Carta de San Juan nos marca este itinerario de vida cristiana empezando por colocarnos delante de Dios, de su amor, de su capacidad de reconocernos ya aquí y ahora como hijos. Sí.

El principio de la santidad cristiana es la fe, no es haber realizado obras extraordinarias, sino creer en Dios. Una fe que entra a menudo en contradicción con el mundo. Pero tampoco le damos al mundo toda la culpa. Con quien primero entra en contradicción la fe es con una cantidad increíble de tendencias interiores que nos llevan a resistir la llamada permanente, esto es muy importante, que Dios nos está haciendo continuamente. Por tanto, la misma carta de San Juan nos presenta esta fe como una realidad no completa, no perfecta, como un auténtico camino que tiene el objetivo más allá de este mundo, porque se dirige a la comunión perfecta y total con Dios, que nos hará posible ser 100% inteligentes, vernos a nosotros como nos ve Dios.

Es reconfortante que la misma lectura nos diga que vivir de esta forma, con esta esperanza nos purifica a imagen de Jesucristo. Por purificarnos no puedo entender nada diferente a ser Santo. La finalidad, la santidad no es un premio al final del camino, sino un reto por cada etapa.

Es decir, la fe, poniéndonos siempre delante de Dios y en relación con Él, nos hace andar y avanzar continuamente en una comunión que tiene efectos concretos y reales en nuestra espiritualidad y en nuestra corporalidad. Naturalmente es una actitud que necesita nuestra colaboración, que creamos que es posible. Que tengamos una actitud positiva con nuestras vidas. No creo que haya ningún santo que haya negado de entrada sus cualidades personales. La fe en un Dios creador nos obliga a reconocer en primer lugar los dones recibidos. Cuando los escolanes os preparáis para hacer un concierto, y los solistas para hacer un solo, lo primero que hace falta que pase para que vaya todo bien es que estéis seguros de que lo podréis hacer bien, esto es tener fe en vosotros mismos. Sin eso nada saldría bien. La misma actitud no la podemos aplicar todos. Dios nos pide que tengamos fe en nosotros mismos, que estemos contentos de ser quienes somos. Aparte de ser un reconocimiento de la obra de Dios en nosotros, es una actitud que nos ayuda a ponernos en marcha. Lo dice un salmo muy bonito; Israel se siente feliz del Señor que lo ha creado. Creo que en esta actitud está el inicio de la santidad. Empezando por esto tan sencillo, tal vez esta santidad no nos parezca tan lejana.

En el himno de maitines de esta mañana, rezábamos que Cristo es la vida de los santos, el camino, la esperanza y la salvación. Jesucristo es la vida de los santos. Esta fe en Dios que ahora decía que es el fundamento de la santidad, no puede ser más que la referencia a Cristo y a su evangelio. Una parte importante de la riqueza de la santidad de la Iglesia, radica en la capacidad de ver que esta identificación personal con el Señor se da de formas muy diversas: desde la santidad de una vida recluida en un monasterio como la de Santa Teresa del Niño Jesús al entusiasmo misionero de San Francisco Javier, a la de los últimos papas de la Iglesia, San Juan XXIII, San Pablo VI y San Juan Pablo II, todos fueron sencillamente, cristianos, que significa de Jesús, que es el camino, la esperanza y la salvación.

Al reconocer esta multitud de santos, la Iglesia sigue afirmando y proponiendo el evangelio como la norma de vida para todos los bautizados y para todos los que quieran sumarse. El Evangelio de las bienaventuranzas no podría ser más indicado para ello. Es un evangelio que tiene algo inclusivo, alarga y ensancha los brazos de Dios a mucha gente, porque la fe de cada uno, finalmente sólo Él, el Señor, la conoce y por eso la multitud que celebramos hoy no tiene rasgos claramente definidos, porque es una realidad de Dios, y como realidad de Dios se realiza definitivamente en el cielo, en el más allá. Por eso, Todos los Santos combina la sensibilidad tan realista, tan de aquí a la tierra de las bienaventuranzas con una mirada siempre más allá, fijada en este encuentro donde “todos los santos se alegran con Cristo”, como los escolanes y la capilla cantará en el motete.

Y así como reconocer con fe los propios dones que Dios nos ha hecho es el principio de la santidad, no hay nada que se le oponga tanto, como pensar que somos perfectos. Este camino tan positivo que os he querido describir, lo vivimos personas humanas, con muchos defectos, que debemos reconocer y asumir, como un tramo que también hay que recorrer. La purificación que puede venir del contacto con Jesucristo, nos exige una mirada a nuestra historia personal y colectiva para encontrar las posibilidades de superar todo el mal que también hemos podido sembrar en el mundo y que en tanto que es mal, no puede ser de Dios.

Sólo desde este reconocimiento de los límites, podremos reivindicar la otra parte: una parte a veces muy olvidada por los medios públicos de información y que es real, comprobable, testimoniada por siglos y siglos: esta parte es la de la santidad que la Iglesia ha sembrado durante toda la historia, comunicando la fe una generación tras otra, promoviendo la caridad para tantas y tantas personas, poniendo el fundamento para vivir en este mundo sin perder nunca la esperanza de un futuro mejor.

Que la eucaristía en esta solemnidad de Todos los Santos nos coloque en ese camino que nos han abierto una multitud innumerable de santos.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Misa por los confrades difuntos (9 de octubre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (9 de octubre de 2023)

Actos de la peregrinación a Roma con motivo de la conmemoración de los 800 años de la Cofradía de la Virgen de Montserrat.

Estar al final de una peregrinación.

¿Qué es peregrinar? Salmo responsorial. Ir a la casa del Señor. Siempre es una imagen de la vida.

Hoy recordamos a quienes no han terminado una peregrinación como la nuestra sino EL PEREGRINAJE.

En la peregrinación de una vida no faltan, como a nosotros estos días el cansancio, el calor, algunos problemas…etc. Pero lo que nos enseñan estos días es cómo nosotros somos capaces, si estamos motivados, si tenemos un motivo, una ilusión, si nos sentimos llamados a hacer todo lo que estamos haciendo, de cambiar el camino en un camino más ligero…

Pedir perdón.

Las peregrinaciones son concentración de sentido, lo digo mucho en Montserrat, son intensificación de la vida en pocos días para vivir más profundamente la fe, la devoción a María, la buena voluntad de ser más fieles al Evangelio.

Como nuestra peregrinación de estos días, es invitación a la vida más profunda y por tanto, puede ser recuerdo agradecido e intercesión por quienes nos han dejado. Que nos recuerden que nuestra vida aquí es camino hacia la vida del cielo. Virolai.

Nosotros como ellos, peregrinamos por la fe. Como los discípulos de Emaús, con Jesús al lado a veces sin reconocerlo. Qué actual que es este evangelio, cuando el Señor no está, todo es hablar de desgracias, cuando Él se hace presente, todo se transforma en futuro… ¡De la primera manera caminamos no se sabe hacia dónde, de la segunda se camina hacia Jerusalén! Este Jerusalén que por la fe extendemos a cualquier lugar de peregrinaje…, Tierra Santa, Roma, Montserrat… recordad lo que hay escrito en la fachada del monasterio… Urbs Ierusalem Beata…

Breve resumen en español.

Somos una peregrinación eminentemente mariana. El vínculo que nos une es la devoción a la Virgen de Montserrat. Estamos en Santa María la Mayor, la Iglesia madre de las dedicadas a la Virgen. Nuestra peregrinación ha sido muy mariana. Trastevere. Las palabras del Papa… una parada para celebrar el domingo centrándonos en Jesucristo a través de sus dos apóstoles San Pablo y San Pedro, y continuar con Montserrat y hoy aquí…

Qué palabras tan bonitas del Santo Padre Francisco el sábado. Miremos a María como facilitadora. En qué momento de este relato de los discípulos de Emaús, pero del relato de Emaús en nuestras vidas aparece Ella, para hacernos reconocer más fácilmente dónde está Jesús. ¡Y esto es un momento de alegría!

Nunca olvidemos que ella indica a Cristo. Aquí lo que se venera son las reliquias del Belén, del testimonio de que, en Cristo, Dios se hizo hombre en María, con toda humildad y nos enseñó el camino de la misma humildad, para serlo nosotros y para enseñarnos que lo encontraremos en los más pobres.

Después de haberle dicho esto, venerémosla con toda la gloria: digámosle con el lema del santuario de Montserrat: “vos sois el honor de nuestro Pueblo”, y recémosle con fe el Virolai y la visita espiritual, que dicen casi todo lo que se puede decir: “con su nombre comienza nuestra historia y es Montserrat nuestro Sinaí.”

Y no olvidemos nunca que la vocación de María como la de la fe cristiana es universal es la de ser madre de todos. Y que nuestra cofradía sea fiel a esta vocación histórica de Montserrat extendiendo la sonrisa maravillosa y acogedora de la Moreneta en todo el mundo. Por eso hemos estado tan contentos de tener con nosotros estos días a la Delegación de Sevilla, de Sao Paolo en Brasil, a una delegación de Ginebra, todos podemos apropiarnos de las palabras del Virolai y decirle a María: “vierte tus dones y virtudes en el corazón de nuestros pueblos, haz de ellos tú paraíso”

Cada día estoy más convencido de que Montserrat es un don de Dios para el mundo. Lo veo no yo, sino en el testimonio de quienes venís, lo veo en la fuerza de esta peregrinación. En la historia de estos 800 años que hoy celebramos, y que nos lleva a pensar que estamos aquí por la fuerza de quienes nos han precedido como cofrades y que nos esperan en aquella realidad que a los monjes nos gusta decir: el Montserrat del Cielo, donde la cofradía seguro que tiene un sitio, con todos los difuntos.

Quizá sea el momento de despedirnos pensando siempre en el futuro y en nuestra misión de seguir llevando el evangelio y su alegría en todo el mundo. Pero también dando gracias por todo lo vivido. Muchos me han dado las gracias, pero tengo muy claro que somos nosotros quienes os debemos dar las gracias, a todos los que habéis venido, en primer lugar al cardenal Joan Josep Omella, a los arzobispos y obispos que nos han acompañado, a todas las delegaciones, a los guías y a los acompañantes, a todos nuestros colaboradores de Montserrat que os han hecho de ángeles de la guarda: Lourdes, Montserrat, Dolors, Josep, Jesús Lluís y todos los demás guías de Roma. También a Mireia y Jordi por todo su trabajo con la cofradía, Christian Almada que hoy hace de organista y muy especialmente a la Hermana Natalia que ha sido el puntal de todas las actividades en Roma. Pero todos sabemos que aquí «el culpable de todo» es el padre Joan M. Mayol. Os decía el primer día que pasar de una idea a la realidad es muy complicado, pero hay algunas ideas que parecen de ciencia ficción y sólo una voluntad y una fe muy firme las hacen avanzar y esto es lo que ha hecho el P. Joan M., con el trabajo para revitalizar la cofradía de todos estos años y que estos días se ha visto coronada y finalmente pensando que esa peregrinación a Roma era posible. La mejor recompensa es la presencia de todos vosotros los 800, uno por cada año de la historia de la cofradía aquí.

Celebramos la eucaristía, en recuerdo de los difuntos, en acción de gracias por estos días, en una petición especial: os invito a pensar ¿qué han sido estos días en vuestro camino de fe?, ¿qué os lleváis de Roma y qué le pedís a Santa María, Salus Populi Romani?

Abadia de MontserratMisa por los confrades difuntos (9 de octubre de 2023)

La Natividad de la Virgen y profesión del G. Frederic Fosalba (8 septiembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2023)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Con la gente famosa o conocida, por las razones que sea, desde los santos hasta los deportistas, o también con la gente que amamos especialmente, tenemos una tendencia natural a conocerlos más y mejor, y por tanto a saber dónde han nacido, quiénes son sus padres, dónde han estudiado, con quienes viven y tantas otras cosas personales. Esto lo hacemos para tener perspectiva, que es una palabra que significa “mirar a través de”, o también “mirar más profundamente”.

Estimando cómo amamos a Jesucristo no es extraño que desde el principio todo lo que le rodeó en el tiempo de su vida en la tierra, haya sido un tema de interés profundo, un intento de tener una perspectiva mejor para comprender quién es Él, qué quiso decir su vida, qué ocurrió después de su muerte. Él es el foco al que se dirigen todas las miradas, él es también la luz que ilumina estas perspectivas que lo contemplan. De todas las personas de su entorno, el lugar privilegiado de su madre, Santa María forma parte de nuestra fe y de la revelación cristiana. Por eso en algunas fiestas marianas celebramos los momentos de la vida de la Virgen María como pre-historia de Jesucristo, ya sea en su Inmaculada Concepción, en su Natividad, hoy, o en el momento de la Anunciación y en otras fiestas, como la Asunción de Santa María al cielo, en que celebramos, podríamos decir, la post-historia de Jesucristo, todo lo que continuó después, con su resurrección, que es ya historia de la comunidad cristiana.

Nos admira pues esta presencia de María, antes, durante y después de Jesucristo, como envolviendo la vida de su Hijo, siendo realmente Arca de la Nueva alianza.

De este modo, al igual que algunos objetos nos ayudan a comprender sus matrices, Santa María es por tanto una perspectiva, la mejor perspectiva de Jesucristo, nos ayuda a mirarle y mirarle con más profundidad. La Virgen nos ayuda a entender a Jesucristo, aunque Él como el modelo de toda la humanidad, es también el origen de su propia madre de quien decimos poéticamente en una antífona: “Eres madre del que te ha creado”.

Perspectiva también es una palabra que se puede entender como un sinónimo en el sentido de ser un buen punto de vista. Todo lo que hace la Biblia es darnos mejores perspectivas para conocer a Dios y para comprender a Jesucristo.

Un ejemplo para que los escolanes lo entendáis es que tenemos muchas personas en la historia que son como microscopios o telescopios, es decir, instrumentos que nos ayudan a ver con mucho más detalle una realidad o a ver lo que por estar tan lejos no veríamos o nos costaría ver. Estos instrumentos nos dan perspectivas. A Dios nadie le ha visto nunca, pero por Jesucristo, ante todo, y por Él, con la Virgen María y con todos los santos y profetas, tenemos estos instrumentos que sí nos permiten ver, conocer y amar a Dios.

Centrándonos sólo en la primera lectura de la misa de hoy, encontramos la óptica del profeta Miqueas, una visión previa al Mesías, que reconocemos en Jesús de Nazaret, en la que nos dice que ese que está por venir será el que traerá la unidad y la paz. La unidad porque nos decía el profeta que este Mesías hará volver a todos a casa.

Como cristianos quisiéramos ser testigos de unidad y de paz. Son dos insignias mesiánicas, aplicadas a Cristo, que amamos especialmente los monjes benedictinos.

La unidad, por la que nuestras comunidades querrían ser signos de una iglesia que acoge a los hijos y las hijas de Dios como una sola familia. Aquí en Montserrat la presencia de la Virgen María, nos da una referencia más fuerte a estos vínculos fraternales y familiares que quisiéramos tener entre nosotros y con todos. Una unidad que queremos vivir en comunidad, una familia que hoy se hace algo mayor con la profesión solemne, esto es el compromiso definitivo a vivir como monje en este monasterio de Montserrat, de nuestro hermano Federico. Dios bendice ese buen deseo de unidad que acompañamos cantando el salmo, “qué bueno y agradable vivir todos juntos los hermanos”.

Dios hace de nuestra comunidad un signo de una mayor unidad, la de la Iglesia, que a su tiempo quiere simbolizar la de toda la humanidad. En un mundo tan dividido, con tantas guerras, violencias, explotaciones, tanto daño que me atrevo a decir que tiene su origen en una mirada individualista, protectora siempre de lo mío, debemos recordar que todos los seres humanos estamos llamados a ser uno en Jesucristo. El signo generoso y sencillo de esta mañana, de optar por una vida en común según la llamada de Jesucristo, es una esperanza para todos los que creemos en Dios y en las posibilidades de las personas humanas.

También la paz es amada en los monasterios. San Benito en su Regla la pone como uno de los bienes que el monje debe buscar y conseguir. La paz que deseamos a todos los que entran en nuestro santuario, en el monumento llamado precisamente Pax Vobis, en la carretera antes de la curva de los Apóstoles. Una paz que debe empezar en una reconciliación dentro de nosotros, escuchando qué nos pide la voz de Dios y procurando ser dóciles.

Unidad y paz son formas de vivir Jesucristo. Lo son para los cristianos y lo son por los monjes. Siguiendo el ejemplo de Santa María, viviendo así, reflejamos la luz de Cristo y nos volvemos también nosotros perspectivas de Cristo. Y lo más increíble es que cada uno es una perspectiva necesaria, única e insustituible en la familia cristiana.

Tu donación a Dios hoy, Federico, te lleva a ser servidor como María. Ella, siendo quien era, no dudó en reconocerse pequeña ante la grandeza de Dios. Imitemos esta humildad que es la mejor virtud, imprescindible para ser discípulos en esta escuela que es el monasterio y bajo la instrucción de la Regla de Sant Benito. Ninguna palabra mía podría igualar las que rezaremos en la oración de consagración. Escúchalas bien. Está todo.

Los escolanes saben bien que desde hace un año el hermano Frederic es el subprefecto de la Escolanía. Por tanto, el sitio principal, no el único, donde en nombre de la comunidad le he pedido que se haga servidor de Jesucristo. Me gusta deciros esto y que lo entendáis. La vocación de Federico, como la de todos nosotros no es ser maestro o educador, es ser monjes. Todo lo que hacemos por vosotros, muy especialmente los monjes que están en la Escolanía, lo hacemos por amor a Jesucristo, a Montserrat y también a la Escolanía que es una parte de Montserrat.

¡El monasterio pide a estos hermanos que busquen esta paz y esta unidad entre vosotros! Es un reto importante, ¿no? ¡Ponédselo un poco fácil! Dios también quiere de vosotros que viváis unidos y en paz, y cantar juntos todos los días a la Virgen, la Reina de la paz, es una muy buena escuela. Cuando cantáis siempre estáis unidos y en paz. ¡Aplicadlo a la vida!

En la unidad, en la paz, en el servicio, Jesucristo te llama a comprometerte. A consagrarte, que es retirarte para descubrir quién eres y poder ofrecerlo a los demás. La consagración al amor, a la vida y a la verdad son una forma de vincularse más profundamente a la humanidad. En un proceso que no acaba hoy, sino que es como un círculo que empezó cuando decidiste emprender ese camino y que se irá repitiendo hasta el final.

Sólo Él, Jesucristo, es capaz de pedir esto y de llevarlo a plenitud, Él da la luz y la gracia para que con todo lo que eres y tienes, seas siempre una perspectiva, un punto de vista desde donde se le vea a Él.

Y nosotros no podemos hacer otra cosa que darle gracias por todo esto.

Abadia de MontserratLa Natividad de la Virgen y profesión del G. Frederic Fosalba (8 septiembre 2023)

Asunción de la Virgen (15 de agosto de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2023)

Apocalipsis 11:19a,12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

“Y oí una gran voz en el cielo que decía: «Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».(Ap 11, 10,a-b).

Este último versículo de la primera lectura, nos coloca queridos hermanos y hermanas, en la dinámica de hoy, de esta solemnidad, de esta Pascua de María, que celebramos con alegría, y con una voz que no grita, si no que canta la victoria de Dios, que ha magnificado la pequeñez de su sirvienta, la ha hecho mayor, la ha puesto junto a Jesucristo que reina para siempre, en una hora que es el momento de Dios.

Diría que hoy hemos querido imitar esta alabanza que describe el libro del Apocalipsis que quiere hacernos llegar el ambiente del cielo. Sí, aunque nos parezca extraño, inalcanzable, el libro del Apocalipsis quiere precisamente transmitirnos algo del más allá, por eso se llama Libro de la Revelación.

Un ambiente, donde según unos fragmentos del mismo libro, no faltan las trompetas para anunciar que estamos ante Dios: “Después vi que los siete ángeles que están de pie ante Dios recibían siete trompetas y entonces los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocar, (Ap 8, 2.6)”.

No tenemos siete y no todo son trompetas, pero la intención es ésta: que en estos momentos todos alabamos a Dios con la música. No estamos en Babilonia, donde según el mismo libro del Apocalipsis, no sonarán las trompetas, sino que estamos con la intención en la Jerusalén del Cielo, por eso esta celebración es solemne, y en ella hay derramado el talento, el gusto y el esfuerzo, porque los hombres y las mujeres intentamos con nuestro trabajo acercarnos a Dios también en la oración y la música siempre tiene un gran papel. Queridos cantores y músicos que hoy nos acompañáis en este día, y todos, hacemos real lo que canta el himno de ese día:

Del cielo Reina se os corona.
Y al honor que Dios os da
Juntamos nuestros cantos

Pero ¿quién es esa Reina, esa que vemos hasta en cuatro lugares de nuestra basílica asunta el cielo o coronada?

Es María de Nazaret, la Virgen María que ha llegado a la gloria del Cielo, porque puso su humanidad al servicio del Reino. Por eso no es una figura inalcanzable, sino un modelo y un ejemplo para todos.

¿Cómo responder hoy nosotros a Dios? Nos lo enseñan las lecturas que hemos escuchado. Sorprende si pensamos en el momento histórico y cultural, el papel que toman las mujeres en el evangelio. El de hoy es un buen ejemplo porque nos permite acercarnos a la fe de dos mujeres, sí de dos mujeres fundamentales en la historia cristiana: Naturalmente María, la Virgen María e Isabel la madre de Juan Bautista. ¿Qué nos enseñan?

Isabel nos enseña en primer lugar la confianza. Dios puede cambiar las situaciones más complicadas, casi imposibles.

Nos enseña la acogida, por eso este evangelio es tan importante en los santuarios marianos y muy especialmente aquí en Montserrat donde lo leemos muchas veces durante el año. Isabel nos enseña que es importante acoger y que es importante dejarse ayudar: ¡Cuántas veces no reconocemos por orgullo, diciendo que “no queremos molestar”, que necesitamos ayuda!

¿Y que nos enseña María, la Virgen María?

El espíritu peregrino. El Evangelio de la visitación es el relato de Nuestra Señora peregrina que es acogida desde el principio al final, ya que se quedó tres meses con Isabel. ¡En su caso una peregrinación totalmente gratuita! ¿Dónde debía peregrinar a la Madre del Señor? ¿La madre de Jesucristo? ¿La que llevaba a Dios en las entrañas? Ella da ejemplo de servicio y peregrina. Quizás porque ese hijo que lleva dentro le es una exigencia para con los más necesitados. Ella va a encontrar a una mujer bastante anciana, que ha quedado embarazada. Alegría y trasiegos por la situación totalmente inesperada.

Santa María nos enseña a aceptar lo que somos humildemente. Su respuesta al “Feliz tú que has creído” de Isabel no es decir: ¡No, no.…si yo no creo tanto! O ¡Qué dices! ¡Este niño es normal! Su respuesta es volverse a Dios, a su Dios de Israel, y reconocer que todo viene de Él. Él es quien obra, Él es quien lo hace todo. Un Dios preocupado por la felicidad de sus hijos. Un Dios muy concreto que llena de bienes a los pobres y ensalza a los humildes.

Santa Isabel y María, la Virgen María, también nos enseñan la sensibilidad espiritual. Intentaré decirlo con un símil musical: Hay que estar afinado. Cuando estamos afinados entendemos la música, entendemos la distancia entre los sonidos, captamos su belleza. Podemos hablar de una suerte de afinación interior que nos permite captar la justeza de la realidad.

¿Quién, que no estuviera afinado, entonado, en línea con el Espíritu Santo podría captar que con esa prima jovencita llegaba Cristo, como lo hizo Isabel? ¿Quién, si no Dios mismo presente en sus entrañas puede inspirar una respuesta como el Magnificado que canta la Virgen María?

La primera sensibilidad espiritual es la que nos permite conectar con nosotros mismos. No sé si nunca el evangelio de hoy ha comentado las actitudes de Isabel y de Santa María como la actitud de la mujer que interpreta lo que le dicen sus entrañas, lo que representan sus hijos. Las que sois madres seguramente podrían enseñarnos muchas cosas de esta capacidad de empatía con nosotros mismos.

La sensibilidad de las dos primas va más allá, es capaz de ver y captar la presencia de Dios. Isabel la capta en la persona de María y por eso le dice: “¡Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo!” Y también le hace el mejor elogio: “¡Dichosa la que ha creído!” Y también capta que Dios se hace presente en el evento: «se cumplirá todo lo que el Señor te ha hecho saber».

Y Santa María tiene una comprensión más cósmica, más global y por eso recapitula la historia de Dios en ella y no se olvida de quienes sufren, de los pobres, de los destituidos, de los humildes. El Magnificat une el cielo y la tierra. Cuesta pensar si los momentos que vivimos son más complicados que hace unos años. Sí que es verdad que nuestra fe nos invita a tener siempre presentes a todos aquellos que el canto de la Virgen María identifica como pequeños y a tenerlos por los preferidos de Dios. Ésta es la exigencia de nuestra fe. La promesa de alcanzar el Reino de Dios, siguiendo el ejemplo de María, no nos dispensa de la solidaridad con el mundo en el que vivimos. Al revés nos obliga. Cada uno desde dónde es y desde donde pueda. Intentando cada uno unir en su vida el cielo y la tierra, esto es la alabanza a Dios con la exigencia de amor del Evangelio, que es lo que nos ha traído Jesucristo, ante el que saltaba ya el que nacería como Juan, el Bautista.

Sí, hermanos y hermanas queridos, Dios está ahí y las cosas van aconteciendo por su capacidad de cumplirlas. La fe nos pide y nos ayuda a desarrollar esa sensibilidad por las cosas de Dios arraigada en nuestro interior. Disfrutemos del “cielo” de hoy pero no olvidemos de volver siempre a la tierra.

Y volvió a su casa. Parece queridos hermanos y hermanas, que Santa María, la Virgen María, cuando ya ha terminado el trabajo se vuelve a casa, desaparece. Nos lo explica el evangelio de hoy de la visita. Después de haber visitado a Isabel y de haberla ayudado todo lo necesario, se va. Se vuelve a su casa. La primera lectura nos decía que Dios le ha preparado un sitio en el desierto. De hecho, este lugar es el suyo, con su Hijo Jesucristo, el Padre y el Espíritu Santo. Desde la gloria de Dios siempre la encontraremos en estos lugares como son los santuarios, que ella llena con su presencia y en todos los demás lugares donde se hace presente: en las capillas, en las ermitas, en las cofradías, como la nuestra de la Virgen de Montserrat que celebra sus 800 años.

Pidámosle pues que en nuestro regreso a “casa”, en nuestro regreso a Dios, sea nuestra ayuda y nuestra intercesora, como canta el final de la estrofa del himno de hoy que he citado antes:

Sed siempre, Virgen pía,
Dulce consuelo y nuestra guía
Hasta veros triunfantes

 

Abadia de MontserratAsunción de la Virgen (15 de agosto de 2023)

San Benito (11 de julio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de julio de 2023)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

San Agustín comienza el libro de las Confesiones, diciendo: “Nos habéis creado para Vos, Señor y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Vos”. Esta célebre y citada frase lo que quiere es que nos acordemos de nuestra capacidad de Dios y de la inclinación de todo nuestro ser hacia Él.

Los hombres y mujeres como capaces de Dios. La tradición cristiana nos enseña que esta relación espiritual entre persona y trascendente es posible y que para los discípulos de Jesucristo toma forma en una participación de nuestra humanidad en la vida de Dios, a través del Espíritu Santo y en comunión con Jesucristo. Por eso la fe bien entendida nunca destruye la humanidad, sino que la potencia. Existe una verdadera colaboración entre el crecimiento de los dones personales y la fe.

Esta idea es propia de la humanidad creyente y por eso la encontramos ya en los libros del Antiguo Testamento, como el Libro de los Proverbios al que pertenece la primera lectura.

El texto nos invita a fortalecer, elevar a la máxima potencia todas nuestras cualidades personales. Y es precisamente porque en ellas encontramos la huella de Dios, que nos ha creado, que lo encontramos a Él cuando buscamos, acogemos y cultivamos la virtud de la inteligencia. Nada nos pone tan a su nivel como eso. La lectura nos invita a reconocer en Dios la fuente y el origen de la sabiduría. Y después la lectura da un giro: si comprendemos y conocemos, nuestra vida cambia: aparecen la honradez, la rectitud en los caminos, la justicia y la bondad. Parece que pasamos a una dimensión más vital, más activa. Conocer a Dios por el uso de la sabiduría y de la inteligencia tiene efectos reales en nuestras vidas.

Para algunos es más que sabido que hoy, 11 de julio, celebramos la memoria de San Benito de Nursia como Patrón de Europa. Otros, tal vez, se hayan encontrado con esta celebración un poco más solemne de lo que se puede esperar los días de cada día en Montserrat. Celebramos al fundador de nuestra orden benedictina, la memoria de quien escribió la Regla para monjes que desde hace quince siglos y todavía hoy inspira la vida de miles de hombres y mujeres en el mundo, monjes y monjas y también laicos.

No es de extrañar que la liturgia proponga este fragmento del libro de los proverbios como primera lectura de hoy, solemnidad de nuestro Padre San Benito. Aunque literalmente no encontramos las palabras de la primera lectura en la Regla, el libro de los Proverbios es uno de los más citados, por tanto, un libro querido para San Benito. El estilo es similar. El maestro habla al discípulo y procura decirle palabras de sabiduría vital, palabras que le enfoquen hacia sí mismo y hacia Dios. Este maestro participa de esta dinámica bíblica que, cuanto más se preocupa de buscar a Dios, más ve también cómo crecen las cualidades humanas.

La Regla de San Benito es un instrumento de crecimiento personal, un plan de vida centrado, por la fe, en Jesucristo y en su imitación. Esta identificación se hace sobre todo por la obediencia y el reconocimiento de la capacidad personal de cambiar, que en el lenguaje monástico y eclesial lo llamamos conversión, una palabra que se ha hecho sinónima de vida monástica. El conocimiento de Dios, de cuya inteligencia del mundo y de cuya sabiduría nos hablaba el Libro de los proverbios, se adquieren en el propósito de la vida monástica viviendo en un espíritu obediente y de conversión.

Vivir en espíritu de cambio y de obediencia es muy extensible y proponible a todos, también a vosotros que hoy me escucháis. Más de una vez he escuchado a personas que no han hecho profesión monástica decir que la vida familiar y matrimonial les obliga también a ser muy obedientes, no en el sentido de sumisión de uno a otro, sino en el de trabajar y vivir en un espíritu que necesita una fidelidad a unos compromisos, renunciando muchas veces a muchas cosas. Estoy convencido.

Desde el espíritu de conversión, del cambio, los monjes y los cristianos quisiéramos ser ejemplo de hombres que en primer lugar se reconocen imperfectos, no terminados, pecadores también. ¡Qué contracultural es esto en el mundo de hoy en día, en el que todos los modelos que se nos presentan son perfectos! ¿Habéis oído alguna vez a un jugador de fútbol o una estrella del espectáculo reconocer algún defecto personal? No. No está de moda. Espero que no lo digan pero que al menos se los reconozcan. Es la única forma de avanzar en la vida.

San Benito nos pone a menudo delante de nosotros mismos para que avancemos en la conversión. No lo hace con grandes interiorizaciones, reflexiones o meditaciones. Me atrevería a decir que la Espiritualidad de San Benito es una espiritualidad práctica, de las que propone crecer, por la sencilla obediencia de la vida de cada día, referida siempre a Dios. En esta espiritualidad, la humildad es la virtud esencial y no nos pide que la practiquemos con heroicidades sin sentido, sino aceptando lo que vamos encontrando cada día.

Lo hace de una manera muy concreta para los monjes en la vida de cada día del monasterio, en la comida, en el hablar, en el vestir, en el silencio, pero lo describe en un marco que sería perfectamente proponible a cualquier persona que quiera vivir centrada.

San Pablo VI, en una famosa homilía pronunciada en 1964 en el monasterio de Montecassino, que podría ser perfectamente un programa para la vida monástica de hoy, utiliza la expresión “el hombre recuperado para Él mismo” como un modelo que la vida monástica que quiere proponer a todo el mundo. Esta recuperación para uno mismo se hace por la fe, por la oración, por el silencio, por la paz. Como el propio Papa decía, «en una palabra, por el Evangelio».

Vivir recuperado para uno mismo, aceptado con todas las fragilidades personales, es una dinámica, es un camino. También la Regla tiene clara esta característica de ir avanzando por un camino. Si se va adelante de forma equilibrada, la obediencia a la realidad y la humildad para aceptarla te hace capaz de una comprensión muy grande del mundo y te das cuenta de que Dios con su perfección y omnipotencia se sirve de medios muy sencillos y se abren posibilidades de cambiar siguiendo el Evangelio.

Ojalá viviéramos siempre así las diversas dimensiones de nuestra existencia: nuestra oración, nuestras ideas y actitudes morales y nuestro hacer, movidos por esta conciencia de Dios. Qué descanso encontrar en la historia de la Iglesia hombres y mujeres que han vivido de esta manera y nos han dejado testimonio.

San Benito es uno de esos hombres que ilumina el mundo y nos propone el reto de continuar su carisma y transmitir el tesoro de virtudes a todos los hombres y mujeres del mundo.

 

Abadia de MontserratSan Benito (11 de julio de 2023)

San Pedro y San Pablo (29 de junio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 de junio de 2023)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

«sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.» (Mt 16,18)

Dios lo puede todo. Confesar a Dios es confesar que la vida tiene más poder que la muerte, que el bien vence al mal. La vida y el testimonio del apóstol San Pedro nos lo confirman. En su biografía, en todo lo que le alcanza directamente, este poder de Dios se manifiesta tanto en acontecimientos extraordinarios como en la cotidianidad de la vida, en la curación y resurrección de enfermos y muertos, como en su transformación interior, todo son signos de la capacidad de la vida para resistir la muerte que él atestigua. Simón, el hijo de Juan, Pedro, es el resistente frente a estas puertas del reino de la muerte que ceden ante Dios. Por eso nos es un modelo inspirador, del que podemos aprender mucho. Y creo que una buena perspectiva para acercarnos a San Pedro es precisamente la de observar sus luchas personales, esas resistencias que tuvo que practicar frente a las puertas del reino de la muerte.

Si empezáramos cronológicamente al revés, por el final de su vida, encontraríamos la resistencia frente a un Imperio Romano, al que molestaba profundamente aquella secta cristiana que proclamaba que había un solo Dios, que un hombre crucificado era su Hijo y el Mesías, cuyas palabras defendían unos valores que ponían a los seres humanos al mismo nivel, con una misma dignidad, que decía que había que perdonar, poner la otra mejilla cuando te pegaban, que las riquezas eras efímeras y todas estas cosas tan antipáticas para los que siempre se han beneficiado de los comportamientos violentos, explotadores y egoístas. La estructura de poder de Roma, podía ser todo esto, pero no era ingenua y por tanto no hay ninguna duda de que intuyó que todos aquellos predicadores no eran ni inocentes ni inofensivos y que por tanto más valía terminarlo rápido, eliminándolos. Y lo hicieron.

La resistencia al evangelio que seguimos viviendo hoy en el mundo, nos hace evidente que el mensaje cristiano es válido y que el ejemplo de la opción de San Pedro, para resistir la presión y con su palabra mantenerse fiel a Jesucristo, aceptando todas sus consecuencias, abre un verdadero camino de transformación en el mundo, que dura desde entonces. A pesar de no haber eliminado el mal y todas sus manifestaciones sociales, lo ha resistido y transformado en miles de ocasiones. Lección para hoy: Las resistencias al evangelio del inicio, no están tan lejos de las de ahora, pero las puertas del reino de la muerte no nos han superado nunca: Dios puede todo y lo vemos en la historia de la humanidad.

Si avanzamos deshaciendo su vida, veremos cómo San Pedro también encontró la resistencia de una tradición religiosa y política en el judaísmo que no podía permitir todo ese mensaje tan provocativo. Primero porque venía de fuentes no autorizadas: esto es de hombres sencillos, no formados, que se apoyaban en el testimonio de un rabino muy alternativo al que reconocían sin embargo como el propio Mesías. Es muy interesante ver cómo hay una lectura de la fe cristiana capaz de recuperar todo el núcleo de la tradición judía anterior y llevarla a cumplimiento, y que por tanto no debemos olvidar la capacidad del judaísmo para abrirse al mensaje de Jesús y de los apóstoles. Éste fue el primer gran ámbito de predicación de San Pedro. En esta tradición, todo se centra en reconocer la centralidad de Jesucristo. Qué duda tenemos que la referencia vital de Pedro fue Jesús de Nazaret: vivo, muerto y resucitado. Simón, no sin errores ni negaciones, siempre volvió a Él. Qué biografía espiritual no podríamos escribir a partir de los diálogos de Jesucristo y de San Pedro:

Empezando por el primer encuentro y citando breves fragmentos de diversos evangelios, en los que Jesús pregunta y Pedro responde, encontramos estos momentos:

“Echa las Redes (Lc 5,4)”.

“Apartaos de mí que soy un pecador (Lc 5,8)”.

“¿Quién decís que soy yo?”

“Vos sois el Mesías el Hijo de Dios vivo (Mt 16,15-16)”.

“¿Vosotros también queréis dejarme? (Jn 6,66)”

“Señor a donde iríamos, sólo Vos tenéis palabras de vida eterna (Jn 6,68)”.

O cuando Pedro pregunta y Jesús responde:

“Señor, ¿quiere lavarme los pies? (Jn 13,6)”

«Si no te lavo, no tienes parte conmigo (Jn 13,8)»

“Señor. ¿Por qué no puedo seguiros ahora mismo? Daré por Vos mi vida (Jn 13,37).”

  “¿Tú quieres dar la vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo que no me hayas negado tres veces (Jn 13, 38)”.

Hasta llegar a la pregunta final,

“Simón Hijo de Juan, ¿me amas?”

“Señor, lo sabéis todo. Sabéis que os amo (Jn 21,17)”

.

No puede sorprendernos que, con este fondo, con esta relación personal, Pedro resistiera cualquier inmovilización religiosa y se convirtiera en fundamento de la nueva fe en Cristo. La lección para hoy: volver a Jesucristo. Dios puede todo y siempre encuentra su camino en los hombres y las mujeres.

Pero finalmente y estos breves diálogos que he citado son una buena muestra, en San Pedro, las resistencias más iluminadoras son las interiores. Todas las que los evangelios nos cuentan y que acompañan a su relación personal con Jesús de Nazaret. La resistencia que nace de la conciencia de estar muy lejos de aquél que con una sola palabra le hace cambiar de idea. Estaban pescando: ¿qué sabía un carpintero de pescar? Pero por algo, Pedro confía y aparece el pescado donde no había. Y de eso nace un sentimiento de superación, de querer alejarse, de miedo. Pero en ese momento aparece siempre la llamada de Jesucristo, de volver, de mantenerse fiel. Quizás esta misma conciencia de indignidad superada siempre por la Palabra del Señor nos da una clave para entender la vida de Pedro, y tendrá su momento último en la negación durante la pasión, cuando la fuerza de querer alejarse de todo, pasa por delante de todas las declaraciones de fidelidad, y donde definitivamente ya no hace falta otra palabra que su propia conciencia recordándole que ha traicionado al maestro y amigo. Porque después de la negación en la noche de la pasión, las palabras que escuchará San Pedro serán ya las del resucitado, que no cambiarán, que continuarán siendo las palabras que confirman aquella llamada que hemos leído en el Evangelio: tú eres Pedro. Pero en cambio, en el momento de la resurrección, junto al Lago de Genesaret, en el evangelio que la solemnidad de hoy propone para la misa de la víspera, el Señor le preguntará tres veces a Pedro: ¿me quieres? Y la respuesta será la abandonarse totalmente en Cristo, sin ninguna resistencia, diciendo finalmente: Vos lo sabéis todo, Vos sabéis que os amo. Leo por hoy: Dios lo puede todo, porque perdona lo que ni nosotros nos osaríamos perdonarnos a nosotros mismos.

De esta forma la misión de San Pedro en la historia se apoya en la confesión que hace de Jesucristo como Señor y Mesías y en el amor que finalmente le demuestra incondicionalmente, en la piedra y en el corazón. Por su vida, nos demuestra que él es la piedra contra la que se estrellan todas las luchas sociales, religiosas y personales, pero que esto sólo puede ser así si la referencia de su corazón es Jesucristo. Petra autem era Christus. La piedra realmente es Cristo. Es una frase escrita en ese altar. Y la Iglesia se mantiene unida en Cristo y en aquellos que participan con amor y con fe, como san Pedro, de Cristo. El cimiento y la piedra no podía ser otro. Todos nosotros también estamos invitados hoy a participar como el primero de los apóstoles en la fe y en el amor, en la eucaristía que ha sido siempre el sacramento de la unidad.

 

 

Abadia de MontserratSan Pedro y San Pablo (29 de junio de 2023)

El Cuerpo y la Sangre de Cristo (11 de junio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de junio de 2023)

Deuteronomio 8:2-3.14b-16a / 1 Corintios 10:16-17 / Juan 6:51-58

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, en este domingo de Corpus, Jesucristo nos pide lo que nos ha pedido siempre: que creamos en Él, que no nos quedemos en la superficie, en la anécdota, o en los hechos de la historia, sino que lo reconozcamos viviente y presente en el mundo.

Honestamente podemos preguntarnos si nuestras vidas son tanto, más o menos complicadas que la del pueblo de Israel atravesando el desierto del Sinaí, pero de lo que no dudamos es que todos somos peregrinos y que nuestra vida es andar en medio de uno ambiente en el que hay alegrías, pero también problemas y dificultades.

El libro del Deuteronomio es el quinto de la Ley judía, la Torah y en buena parte es una reflexión sobre los hechos fundamentales de la fe de Israel, en la que la peregrinación es muy importante. En todos estos primeros libros de la Biblia está claro que el pueblo tenía tres elementos importantes:

  • un destino prometido por Dios, una tierra, a la que había que llegar y esto no era fácil,
  • tenía sobre todo la ayuda de Dios.
  • Además, había alguien que era capaz de interpretar el sentido de la historia, los acontecimientos que ocurrían, la vigencia de la promesa y sobre todo alguien que sabía explicar el sentido que Dios daba a todo esto, por lo que las dificultades nunca podían destruir la esperanza que emana de la promesa de Dios.

En la primera lectura, ese alguien es Moisés, que se sitúa ya al final de la peregrinación por el desierto y en la visión que le da la historia, interpreta el camino como el lugar donde Dios ayuda siempre y donde la sed, el hambre y el peligro de las serpientes venenosas y los escorpiones, son contrarrestadas con el agua de la roca y el pan del cielo, el maná. Pero, además, Moisés también defiende el valor pedagógico de esta experiencia de dificultad, porque es aquí donde referirnos a Dios nos hace conscientes de que somos probados, que somos capaces de conocer nuestros sentimientos y yo además me atrevo a decir que el texto también pide a los israelitas si son lo suficientemente honestos para reconocer que como dice el salmo: la ayuda nos viene del Señor, del Señor que ha hecho el cielo y la tierra.

El inicio de este camino fue la Pascua, el paso del Señor en la noche antes de empezar la liberación de Egipto. Una liberación curiosa si pensamos en la historia inmediata que siguió esa noche y todo el resto de la historia, una historia de muchos desiertos, de exilios, de genocidios y de dramas personales como los que sufre cualquier hombre o mujer desde que el mundo es el mundo. La liberación no fue ni mágica ni inmediata. Pero la memoria de ese momento es el fundamento de toda la identidad colectiva de la tradición judía, a la que perteneció el propio Jesús de Nazaret.

Precisamente Jesucristo, celebrando esta memoria en la Pascua también quiso marcar una continuidad y una ruptura.

La continuidad del plan de liberación de Dios que pasaba por un Mesías, que él afirmó ser, tal y como nos dicen los evangelios. Dios seguía ayudando, seguía prometiendo, seguía presente en la historia y nos exhortaba a hacernos colaboradores de Él, confesándolo y actuando en consecuencia.

La ruptura porque el mismo Jesucristo, culminando la lógica de su Encarnación, la de un Dios trascendente que se hace hombre, quiso poner su humanidad, su cuerpo y su sangre, como el fundamento de otra Pascua, como el inicio de un pueblo nuevo, de otra alianza y de una peregrinación que debería pasar necesariamente por él. Con esto, Cristo instituyó la necesidad de otra memoria y transformó los tres elementos que marcaban la vida del pueblo:

Una nueva promesa: la liberación ya no es la de Egipto, la promesa no es sólo la tierra que nos da la vida material. La unión irrenunciable del momento de la Santa cena con la de la Pasión y la resurrección, nos hacen presente que la nueva promesa es su vida, vencer a la muerte y entrar en la plena comunión con Dios y con Cristo por la participación dada por el bautismo y renovada por los demás sacramentos.

Una nueva ayuda por el don de poder compartir su humanidad en sus elementos más básicos, el cuerpo y la sangre, que nos ha dejado como eucaristía, como acción de gracias.

Y una mediación que hace que cualquiera que pretenda ser intérprete de la voluntad de Dios, deberá referirse siempre a Jesucristo y al Evangelio.

Todo esto que estoy diciendo, aunque os parezca extraño, los escolanes os lo sabéis todos de memoria: estoy seguro de que podríais cantar y recitar sin partitura más de una versión del motete Oh Sacrum Convivium, que cantáis a menudo y que también cantareis hoy. La letra nos dice que esta eucaristía contiene los elementos de la memoria del mesías, del que nos interpreta la vida: passionis eius recolitur; recordamos su pasión; también contiene el elemento de la ayuda que nos da Dios, esto significa mens impletur gratia; nos llenamos de su gracia y finalmente también nos deja clara cuál es la promesa: futurae gloriae nobis pignus datur, se nos da la prenda de la gloria que esperamos.

Como decía al principio de estas palabras, hoy sólo necesitamos seguir creyendo y confesando que Él, Jesús de Nazaret, Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre está en el centro de la memoria, de la promesa y de la ayuda. Recordadlo cuando cantéis este motete. Muchos de vosotros habéis recibido sacramentos importantes en esta Pascua, especialmente la confirmación. Hace sólo dos semanas: ¡espero que os acordéis, todavía! Recordad siempre que Jesús es el centro de los sacramentos y con él está siempre el evangelio y sus exigencias.

Quizá ahora sería el momento de preguntarnos si en cada eucaristía: ¿somos nosotros suficientemente conscientes de que estamos en la mayor posibilidad de comunión, de memoria, de ayuda y de esperanza que nos haya podido dar nunca Dios? ¿Nos quedamos como os decía al empezar en la superficie de la fe? Pero lo importante no es donde estamos o donde nos quedamos sino donde nos invita Cristo a ir que es a la profundidad de la fe y del don. Un don que en la eucaristía incluye a todo el mundo, no lo olvidemos nunca y que por tanto nos obliga a la acogida incondicional.

El recordado y querido por tantos, obispo Antoni Vadell, me decía unos diez años después de ser ordenado presbítero, que, de toda su experiencia, se quedaba con la celebración de la eucaristía. Todos los que lo conocéis sabéis perfectamente que si algo no le faltaba eran capacidades pastorales y empatía con todo tipo de personas, pero la fuente y la cima de su vida estaba en la comunión con Cristo presente en el pan y el vino de la eucaristía, en esta fe que como un tesoro hemos recibido durante generaciones y generaciones y que agradecemos a Dios, procurando volver amor con amor a Él y a todos los hermanos y hermanas.

 

Abadia de MontserratEl Cuerpo y la Sangre de Cristo (11 de junio de 2023)

Domingo de Pentecostés (28 de mayo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (28 de mayo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / 1 Corintios 12:3b-7.12-13 / Juan 20:19-23

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡el Espíritu Santo tiene una lógica que se nos escapa! Observamos cómo va apareciendo siempre y por todas partes: Desde la Creación del mundo hasta la Encarnación. Jesús mismo lo promete en la última cena, en el Evangelio de hoy hemos leído cómo es dado a los discípulos el mismo día de Pascua, y cómo después vuelve a venir sobre un grupo mucho mayor y más internacional en el día de Pentecostés. Decimos que está en el Padre y en el Hijo, y también en nosotros, decimos que hoy vendrá especialmente sobre quienes se confirmen. San León lo llamaba abundancia de manifestaciones. ¡Pero quizás ya está bien que del misterio de Dios haya algo, que nos cueste sistematizar, poner en un esquema y definir! Ésta es la gran riqueza del Espíritu Santo, ser la libertad de Dios, esa libertad que se nos escapa.

Como veis, he empezado diciendo muchas cosas. Quizá sea uno de nuestros defectos con el Espíritu Santo: hablar mucho y escuchar poco. Expresar esto al empezar una homilía cuando de hecho tendré que hablar unos diez minutos seguidos no es que sea lo más coherente… Espero que él, el Espíritu haga más que yo y os hable e inspire a cada uno de vosotros.

Cuando la comunidad cristiana se reúne para celebrar la eucaristía siempre hace memoria, siempre recuerda. Todos tenemos presente que, en el corazón de la misa, en el momento de la consagración repetimos las palabras de Jesús «Haced esto, para celebrar mi memorial». En otros muchos momentos también recordamos los hechos y las ideas importantes de nuestra fe. Lo hacemos especialmente en las lecturas. El Espíritu Santo en esta libertad nos recuerda que lo que celebramos no es sólo un ejercicio de memoria de nuestras raíces creyentes, de identidad colectiva, una exhortación moral del predicador, con una música muy bonita, sino que estamos realmente confesando y creyendo que Dios está aquí con nosotros, esta mañana de primavera.

Y como celebramos un sacramento, decimos que estamos haciendo algo que no sólo recuerda, sino que es eficaz, que significa que tiene efecto, que cambia, que transforma. Si esto siempre es verdad en cada eucaristía, al celebrar hoy también el sacramento de la confirmación por algunos escolanes y hermanas de escolanes, todavía lo podemos vivir mucho más intensamente. La confirmación es el sacramento del Espíritu Santo, por eso es tan adecuado y nos ayuda a vivir la fiesta de Pentecostés pudiendo celebrarlo en esta misa conventual.

Las lecturas de hoy nos hablan de Espíritu Santo enviado por Dios y por Jesucristo. Quisiera comentar tres puntos sobre el Espíritu: su discreción, su capacidad de transformación y su libertad.

El Espíritu Santo es normalmente la discreción de Dios. No sabemos que realmente haya vuelto a pasar algo como lo que leíamos en los Hechos de los Apóstoles, que de discreto no tuvo nada. No debería ser una reunión muy distinta a la nuestra. Por la cantidad de personas de sitios diferentes, por las lenguas que hablaban podemos deducir que eran muchos y diversos, como nosotros hoy. En nuestras celebraciones, El Espíritu Santo, que puede hacer lo que quiera, viene normalmente con discreción, en medio de nuestra liturgia, en nuestros corazones, no como ese día de Pentecostés. Pero el efecto es el mismo: Nos constituye en una única comunidad y nos da la fuerza del Señor resucitado. Ese momento inicial, nos ha dejado de hecho la seguridad de que cuando le invocamos como Iglesia creyente, viene a ayudarnos. Por eso hoy, delegado por el sr. Obispo de San Feliu, que es a quien correspondería esta invocación del Espíritu sobre quienes se confirman, reunidos en comunidad tal y como se reunían los discípulos en los primeros días después de la muerte y la resurrección de Jesús, podemos orar y estar ciertos que el Santo Espíritu de Dios viene sobre vosotros: Bet, Isona, Rita, Arnau, Quim, Jacob, Miquel, Oriol, Blai, Gerard, Eric, Jan, Jaume, Roger, Xavier, David i Albert Y también lo hace con discreción, gestos y palabras que la tradición nos ha ido transmitiendo. Esta discreción no significa ni poca importancia ni poca efectividad… Al revés: entramos aquí en el ámbito de lo eficaz aunque no se ve, ¡cómo son la gran mayoría de las cosas y de los cambios, tranquilos y lentos! 

Las lecturas de hoy también nos hablan de la capacidad que tiene el Espíritu de transformar, cambiar, convertir. Los discípulos de la primera lectura se convierten. Podemos pensar que estaban en una celebración algo triste, donde muchos no entendían lo que se decía. Eran judíos piadosos, había fe y convencimiento, pero quizá carecían de comprensión, alegría y comunión. La irrupción de este viento violento, de estas lenguas de fuego, da de inmediato un sentido mucho más fuerte de unidad, a pesar del respeto a cada uno. Todo el mundo se entiende. Y de ahí nace todo de lo que carecían, especialmente la alegría de cantar las maravillas de Dios y una gran fuerza para proclamar el evangelio y la buena nueva de Jesucristo, resucitado.

¿Qué nos enseña hoy ese poder transformador del Espíritu Santo? Nos dice que todos somos capaces de cambiar. Que la realidad a pesar de parecernos a veces triste, apagada, vacía, puede reavivarse. Nos dice que esta conversión personal es el fundamento de cualquier otra transformación social que quiera acercar el mundo a la realidad de la paz y de la justicia que es el Reino de Dios. Una realidad colectiva que nunca podemos olvidar. En este texto que hemos cantado y que se llama la Secuencia le pedíamos que lavara lo que está sucio y que curara todo lo que está enfermo. ¡Incluso le pedimos que riegue lo que está seco! ¿Qué actual, no?

A vosotros que os confirmáis, el Espíritu Santo puede realmente transformaros y ayudaros a vivir mejor como cristianos. Acabada la homilía responderéis a unas preguntas y haréis unos compromisos que no son ninguna broma. Todos los que nos hemos confirmado sabemos que son el principio de un camino personal de transformación que dura toda la vida. Es el camino que va de las dudas a la fe y del egoísmo al amor. Y la experiencia nos hace conscientes de que recibimos el Espíritu Santo para poder seguir caminando siempre en la confianza que avanzaremos en el sentido de lo que prometemos. Pero necesitaréis recordarlo y esforzaros. Por eso ser testigos de esta confirmación hoy es para todos nosotros recuerdo agradecido y comprometido del don del Espíritu Santo.

Por último, he dicho que el Espíritu Santo es la libertad de Dios. Sabiendo algo de historia del pensamiento cristiano, encontraríamos que siempre ha sido el inspirador de cambios y reformas. Nos hace falta dejar que nos guíe para saber qué debemos hacer, una tarea que sólo podemos hacer cada uno de nosotros. La libertad del Espíritu Santo sólo podía hacernos libres también a nosotros. Fijaos que, en el Evangelio de hoy, el día de su misma resurrección, Jesús dio el Espíritu Santo y justo después dio a los discípulos la posibilidad, pero también la libertad de perdonar los pecados: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. El Espíritu Santo no es un algoritmo que nos programa como la Inteligencia Artificial para que todo funcione automáticamente. El Espíritu Santo respeta profundamente lo que nosotros decidimos hacer, entendiendo bien que no todo le da igual. Por eso hoy, todos los que se confirmen, recibirán el Espíritu de libertad y libremente se comprometerán en este camino de fe, que vosotros mismos o vuestros padres y madres escogieron para vosotros en el bautismo y diréis dos cosas especialmente bonitas e interesantes: que deseáis ser imitadores de Jesús y que confiaréis en Dios en cualquier circunstancia de la vida. Ojalá que el recuerdo de este día os ayude siempre. Y que todos los demás escolanes que han hecho la confirmación o la hará algún día viváis siempre con este buen propósito.

La eucaristía es para todos un don del Espíritu Santo que transforma los dones en el cuerpo y sangre de Cristo para alimentarnos y hacernos vivir en cada celebración el gozo de la unidad. En esta unidad eucarística estamos contentos de acoger a Joan (Esteban Galmés) que participará por primera vez. Joan, que también tú, puedas avanzar por el camino de la fe junto a Jesús, de quien estarás a partir de ahora mucho más cerca, como todos nosotros, cada vez que lo recibas en su cuerpo y su sangre.

Abadia de MontserratDomingo de Pentecostés (28 de mayo de 2023)

Domingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (9 de abril de 2023)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

Después de haber pasado una noche en vigilia nos volvemos a reunir para celebrar la eucaristía en esta fiesta de las fiestas que es la Pascua. Parece que no nos cansamos de rezar y es que no encontramos otra manera de seguir contemplando y agradeciendo lo que cantábamos en el canto de entrada, en las palabras que hoy son las palabras de Jesús: que después de una vida entera de amor a Dios, y de esta muerte en Cruz, puede volverse hacia Dios y decirle: “He resucitado, me he reencontrado contigo, ¡no me has dejado de tu mano!”

“No me has dejado de tu mano”. Una frase sencilla que nos revela los rasgos más tiernos de Dios que como padre o madre, no dejan de la mano a su hijo, frágil. O que nos revela un gesto típico de las parejas que se quieren. Una de las oraciones típicas de la divina liturgia bizantina ha captado esta naturaleza de Dios y utiliza una expresión que explica muy bien esa frase. Dice que Dios es “bueno y amigo de los hombres” αγαθός και φιλάνθροπος. En la palabra original, filanthropos se incluye a cualquier persona humana sin distinciones, empezando por la de ser hombre o mujer. Por eso algunos prefieren traducirla como amigo de la humanidad.

Jesucristo es el primero en volver por su resurrección al Padre. Si este retorno tenía una razón teológica muy clara, “porque de Dios venía y a Dios volvía”, esto ocurre en la historia, hay testigos, afecta a aquel que, siendo Dios encarnado, vivió, caminó y murió como hombre en la tierra: a Jesús de Nazaret. Precisamente por eso, podemos pensar que su historia será un día la nuestra y que, desde el momento de su resurrección, Dios es más que nunca bueno y amigo de la humanidad y “nunca nos deja de su mano”.

Si bien él lo es de todos, Amigo de los hombres sin distinciones, nosotros hemos llenado nuestro mundo de categorías humanas, de primeros, segundos, terceros y cuartos mundos. Medimos por Productos Interiores Brutos de los países, por rentas per cápita, por tantos otros factores que en el fondo no hacen sino medir lo que Dios seguramente no hubiera querido nunca: las enormes diferencias dentro de una misma humanidad. Él ha resucitado por todos.

Una de nuestras primeras obligaciones como cristianos sería hacer como Dios, por tanto, ser también nosotros amigos de la humanidad y mirar cómo no podemos dejar a nadie de nuestra mano. Aunque sea un granito de arena en esta labor utópica que no deja de ser eso que llamamos construcción y venida del Reino de Dios a la tierra, muchas instituciones se hacen conscientes de las desigualdades y quieren ayudar a corregirlas. Haciéndonos solidarios haremos, en la misa de hoy una colecta a favor de la comunidad de San Egidio que tiene una sensibilidad especial por los pobres y necesitados.

La forma en que Jesucristo se hace amigo de la humanidad en la Resurrección es en el fondo muy discreta. Nos han explicado que cuando los escolanes estuvieron en Australia, hace un mes, fuisteis un día a ver los canguros a un lugar llamado Clealand Wildlife Park y le dijeron que debían acercarse poco a poco. Si estabais tranquilos, los canguros vendrían solos. El evangelio está lleno de momentos en los que nosotros hombres y mujeres tenemos miedo a Dios, a sus apariciones, incluso miedo a Jesucristo cuando hace cosas demasiado extraordinarias. Pero él nos dice que no tengamos miedo. Si vosotros, escolanes, erais capaces de entender el miedo de los canguros, y por tanto de acercaros poco a poco, ¿cómo Jesús resucitado no será capaz de entender nuestro miedo y de acercarse a nosotros poco a poco, diciéndonos que no tengamos miedo? Nos lo dice incluso cuando resucita. Por eso digo que es discreto. Tan discreto que incluso no le reconocemos muchas de las veces que se aparece resucitado. Como si dejara tiempo a cada uno para realizar su proceso de comprensión, de acercamiento. En esta comparación nosotros somos los canguros que tenemos miedo y él es como vosotros escolanes que quiere acercarse. Jesucristo resucitado también quiere acercarse de una forma muy discreta pero muy eficaz y muy directa a vosotros, a todos.

De una manera muy especial, hoy Jesucristo se acerca a vosotros cuatro, los dos Orioles, Lluc y Martí, escolanes de cuarto que haréis la primera comunión. En el pan y el vino, aunque son elementos muy sencillos, confesamos la presencia de Jesús, la presencia de Cristo resucitado. Vosotros vivís una vida de fe porque la Escolanía os la facilita, participáis en la oración de Salve, ahora ya de lleno, activos en el coro y vivís en Montserrat, desde donde podéis uniros y ayudar en la oración de tantos peregrinos. Pero con la primera comunión, y con todas las que vendrán desde ahora, Jesús os pide también que personalmente creáis en esto que he estado diciendo antes, que él es amigo de la humanidad, y por tanto amigo vuestro. Cada vez que comulguéis, pensad en ello. Pensad en este Jesús que quiere que seáis felices y que estará a vuestro lado siempre, incluso en aquellos momentos que no lo sintáis. Para algunas personas, el momento de la primera comunión, ha sido un recuerdo importante para su fe, durante toda su vida. Y no sólo vosotros, sino todos los escolanes, pensad en este Dios que no deja de ir de vuestra mano.

La Resurrección de Cristo es el testimonio definitivo de que Dios es el Amigo de los hombres. Porque si se había encarnado en él devolviéndonos aquella dignidad con la que nos creó, ahora da definitivamente a la humanidad un sitio a su lado. No podríamos imaginar una prueba de amistad mayor que ésta.

Queridos hermanos y Hermanas, que estáis aquí en Montserrat o que os unís a nuestra celebración, el mensaje central que quiero transmitir esta hermosa mañana de Pascua, está resumido en las palabras del canto de entrada: He resucitado y estoy aun y siempre contigo. Dios como reza la liturgia oriental es bueno y amigo de la humanidad, se nos acerca en humildad y discreción, como discreta es la Iglesia que nace de la resurrección de Cristo y sirve al mundo como amiga de las mujeres y de los Hombres, mostrándonos el camino para ser discípulos de Cristo en el mundo.

Dear brothers and sisters. It may be that some of you have joined us from abroad this blessed Easter morning in Montserrat or are following us through electronic media, in some part of the world. I would like to give a very short message using the words we said at the beginning: I have risen, and I am with you still, You have laid your hand upon me. These words express a deep insight about God who the Eastern Liturgy named as Friend of Humanity. In his Resurrection Christ calls us to be part of a living community of Faith, Love and service, to be part of a Church that wants to be a true friend of every man and woman.

Y, además, Dios es bueno y amigo de los hombres porque de todo esto nace la Iglesia, que es también amiga de la humanidad. Con sus defectos, que siempre tenemos que querer corregir, porque somos hombres y mujeres quienes la formamos, el cariño y el servicio que la gran comunidad cristiana ha hecho y da son inmensamente mayores que estos defectos. Tantas veces con esta misma discreción que Cristo hecho eucaristía y que Cristo resucitado, poniéndose en cada una de las situaciones sociales que la necesitan, dejándose clavar en la cruz con tantos crucificados.

Es necesario que seamos conscientes, como decía San León de la dignidad que tenemos por el hecho de ser cristianos, es una dignidad que nos viene de Dios, que nos viene de Cristo. Hoy domingo de Pascua, es el día de recordar y repetir:

He resucitado, me he reencontrado contigo

No me has dejado de tu mano

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Vigilia Pascual (8 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de abril de 2023)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Mateo 28:1-10

 

Una vez, un amigo me explicó que participando en una vigilia pascual con una persona no cristiana, ésta le preguntó: ¿Realmente toda esa gente cree que alguien puede resucitar?

Tal como está propuesta, incluso yo compartiría algo, queridas hermanas y hermanos, de la pregunta porque tiene algo de trampa. Puesto que la cuestión no es si alguien puede resucitar, sino que Jesucristo ha resucitado, esto es lo que nosotros creemos y con nosotros muchos millones de hermanos y hermanas en todo el mundo.

Esta noche la reservamos a esto, a celebrar que Jesucristo ha resucitado. La separamos de las otras noches, la alargamos, durmiendo un poco menos. ¡Y si fuéramos monjes orientales no dormiríamos nada! Nuestra fe tiene su centro en esta Vigilia y todo lo que nosotros creemos hoy: el ser de la persona de Jesús de Nazaret, su evangelio, la Iglesia, la belleza de la liturgia que hemos ido enriqueciendo durante los siglos, pero no hablar de la música y el arte cristiano y de la influencia de nuestra fe en toda la cultura y el pensamiento contemporáneo; todo, todo comienza en esta noche, en una resurrección que transforma la vida de un predicador y profeta, que a pesar de las interesantísimas cosas que dijo, las curaciones y los milagros que hizo, probablemente habría acabado como un perfecto desconocido si no hubiera resucitado.

Hoy, esta noche de Pascua del año 2023, después de tantos siglos de tradición, podría parecernos que todo es algo apoteósico, pero si volvemos a los orígenes, veremos que este camino de la fe en la Resurrección de Jesucristo no fue tan fácil. Empezó con el testimonio de una mujer, de dos mujeres, de dos discípulos…, un testigo que en el primer momento costaba mucho creer; ¡más o menos como ahora! ¡Había que ir y verlo! Y fueron.

Menos mal que el Señor es perseverante y no sólo resucitó, sino que se apareció bastantes veces para acabar convenciendo a una comunidad de discípulos suficiente para asegurar esta fe, que se nos ha transmitido hasta el día de hoy. Una fe que, a pesar de nuestra percepción europea, nunca ha parado de crecer.

Como le decía al principio. La resurrección que celebramos no es la de alguien cualquiera que resucita. Es la del Hijo de Dios que en Navidad celebrábamos como la Palabra de Dios venida al mundo. Que ese Dios venido a la tierra no podía morir parece lógico. Forma parte de un plan que comienza en la Creación y va avanzando abriéndose paso en multitud de circunstancias humanas e históricas. Pero que la resurrección sea parte de la historia y no una idea teológica, es lo que la hace fuerte, real, que da a Jesús la atracción para ser seguido.

La celebración de hoy reúne presente, pasado y futuro.

Pasado porque hemos escuchado algunos momentos de ese plan de Dios que siempre apunta a la vida, en la Creación, en el sacrificio de Isaac, en el paso del Mar Rojo, en las profecías…, el mensaje siempre es que Dios vence y que la libertad, y la vida no pueden deshacerse. No podía ser pues de otra manera por este Hijo amado, Jesucristo, que como Palabra de Dios ya estaba presente en todos estos momentos de vida, lucha y esperanza del Pueblo de Israel.

Presente, por la misma resurrección de Cristo, que hemos significado con el encendido del cirio Pascual, la entrada en la Iglesia en medio de la oscuridad y el canto del Exultet. Sí, esto siempre está presente porque hoy es el día en que ha obrado el Señor. Sólo afirmando que quien resucita no es alguien anónimo, puede entonces la resurrección convertirse en la esperanza para todos los que nos hemos unido a Jesucristo por el bautismo. En Jesucristo resucitado Dios nos está esperando. Desde toda la eternidad, durante toda la historia, Dios nos espera a cada uno de nosotros.

Todos estamos llamados a revivir la fe de aquellas mujeres que vieron al resucitado y tuvieron miedo y quizás alguna duda sobre qué ocurría. Quisiera que nos hiciéramos conscientes de que el núcleo de nuestra fe, en tanto que acto humano, comienza a menudo en esta duda y ese miedo a aquellas mujeres humildes. La gran celebración de esta noche llega para ayudarnos a fortalecer nuestra fe, para centrarla en lo esencial: Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero nunca se puede quedar encerrada en sí misma como un vigilia bonita y suficiente.

Futuro porque Dios os está esperando a vosotros David y Cinto. Vosotros habéis hecho, como corresponde a chicos de vuestra edad, el camino hacia la fe en Jesucristo resucitado. Y estáis en el corazón de esta noche, la proyección más importante que podríamos hacer hacia el futuro, porque representáis con todos los más jóvenes que estáis aquí, el mañana de nuestra Iglesia. Os incorporaréis a la familia de los bautizados, recibiréis el Espíritu Santo y participaréis por primera vez de la Eucaristía. Seréis llamados a vivir como cristianos en la Escolanía, donde todos sus compañeros también participan de la fe. Todos los escolanes añadís a la vocación de quienes se bautizan, la de compartir una vida de escuela, de amistad y de preparación para la vida en medio de un grupo de chicos que como vosotros, sus padres y madres han querido que estuvierais unos años aquí, en Montserrat. Montserrat es un lugar de fe, donde muchos peregrinos vienen a celebrar cada día la Pascua, que recordamos en nuestra misa y otros vienen a rezar o quizás acaban orando gracias a vosotros, aunque venían para otra cosa.

Aunque no os lo parezca todos vosotros, no sólo David y Cinto, sois como aquellas dos mujeres, como aquellos dos discípulos de Emaús que decían: El Señor ha resucitado y sabemos, porque tenemos testimonios de ello, que vuestro canto ha sido a veces el principio de la fe de algunas personas. 

Sé que los más pequeños habéis trabajado hoy una cruz, que al principio no significaba mucho, pero que habéis ido pintando, y pegando flores, la habéis llenado de vida. Muchos caminamos ayer juntos detrás de la Cruz, acompañando a Jesús crucificado. La verdad es que él os acompaña a vosotros y puede hacer si confiáis, que algunas dificultades que os encontraréis en la vida, que son estas cruces vacías y frías, se vuelvan cruces llenas de vida si sois capaces de mirarlas y de transformarlas como habéis hecho en la actividad de hoy que ahora presentaréis. Esta noche celebramos esto: que esa Cruz donde estaba Jesús muerto, ahora representa a Jesús vivo y vencedor de la muerte.

A vosotros, pues los más jóvenes, y a todos, Cristo nos llama hoy a comprometernos en su seguimiento. Por eso renovamos en medio de esta noche nuestras promesas bautismales y hacemos una apuesta por el futuro. Por un futuro más evangélico. Necesitamos creer en Dios y en la Paz. Ayer y hoy el mundo se ha levantado con otras dos amenazas de guerras: Una en la frontera entre Israel y el Líbano, muy cerca de Nazaret, de las fuentes del Jordán, donde Jesús fue reconocido como Mesías por sus discípulos, y otros lugares tan importantes para la fe y aún otra amenaza en los límites entre China y Taiwán. ¡Porque al Reino de Dios le cuesta mucho avanzar en la historia! ¿Y qué podemos hacer nosotros? Intentar ser constructores de paz. Intentar ser solidarios. Hoy volveremos a hacer una colecta a favor de Caritas, conscientes de que los conflictos comienzan tantas veces en las dificultades y en las exclusiones más básicas, y que también es importante que procuremos equilibrar un poco todas las diferencias que el mundo genera automáticamente pero que son tan contrarias a la voluntad de Dios.

Continuemos esta celebración con fe agradecida porque creemos en Jesucristo resucitado, y en todo lo recibido, con esperanza renovada porque esta resurrección del Señor nos abre las puertas de un futuro mejor, tanto personal como colectivamente y roguémosle que en esta eucaristía nos renueve en nuestra capacidad de amarle cada día más a Él y a todos nuestros hermanos y hermanas.

 

 

Abadia de MontserratVigilia Pascual (8 de abril de 2023)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (7 de abril de 2023)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Silencio.

Desde el final de la celebración de ayer, el jueves Santo y el inicio de la adoración al santísimo, nos ha acompañado el silencio. Decíamos ayer que quedaban veinticuatro horas. Ahora no. Ahora ha terminado. Ésta es una de las impresiones emocionales fuertes del viernes Santo.

Hemos comenzado esta conmemoración en silencio.

Hemos acompañado la muerte de Jesucristo en la Cruz callando y arrodillándonos, los que habéis podido, o con otro signo corporal que quería hacer más fuerte y significativo este momento.

Ha dejado de tocar el órgano. Y aunque seguimos cantando porque la música no puede faltar nunca, queremos que el silencio acompañe también nuestra oración quizás más que en ninguna otra celebración del año.

Pienso que en días como hoy, cuando habla la Palabra, quizá deberíamos callar.

La humildad nos hace conscientes de que ninguna palabra puede igualar a las de Jesús en el relato de la Pasión, cuando habla casi sin decir nada, con palabras medidas. Qué silencios más llenos. ¿Cuántos ecos no tienen?

Más que hablar, trato de hacer como la pared de los ecos de nuestra montaña, que devuelve algunos de los sonidos que le llegan, un sonido que para nosotros son las lecturas y la liturgia de hoy. En el centro del silencio del viernes santo está la cruz de Jesucristo. Y si recuperamos la pregunta que os propuse y que nos ha acompañado desde el domingo de Ramos: ¿Quién es éste? Nada nos lo revelará tanto como la cruz, donde fue crucificado y ejecutado Jesús de Nazaret. Sin embargo, hasta en la cruz y en la muerte, la Pasión según San Juan, nos transmite la serenidad, el control que un rey o, mejor, alguien como Dios tiene sobre la realidad y la historia. Por eso, sin embargo, y porque somos hijos de la resurrección incluso el viernes santo, hoy, no callamos, y celebramos y adoramos una cruz que confesamos como portadora de vida.

Seguramente los más jóvenes y pequeños habéis hecho alguna vez una cruz. Es sencillo. Basta con atar dos travesaños, dos ramas, lo que se tenga, y cruzarlas, en ángulos más o menos rectos. El travesaño vertical está destinado a hundirse en el suelo y levantarse hacia arriba, hacia el cielo, hacia donde siempre, infantilmente hemos colocado a Dios, al menos en nuestra lengua, en la que utilizamos la misma palabra para el cielo físico y para el cielo teológico. El otro travesaño es el horizontal, el que se extiende hacia los demás, el que abarca la realidad.

En medio de los dos travesaños de la cruz, en el centro, está siempre Jesucristo crucificado. En su muerte en cruz, podemos ver la verticalidad de su cuerpo que prolonga el travesaño clavado en la tierra, en la tierra de su vida, de los caminos de Galilea, en esta vida que pasó queriendo explicar quién era realmente el Dios de Israel, hacia quien apunta ese mismo travesaño vertical y quien era él mismo, Jesús de Nazaret, su Hijo amado.

Y eso sólo lo explica el otro travesaño de la cruz, el horizontal. Lo que abraza al mundo, el de los encuentros con todos los marginados de la sociedad, desde los leprosos y las prostitutas, con los enfermos, con los excluidos por motivos religiosos, con las viudas pobres e incluso con los ricos como Leví que estaban al margen por ser estafadores y explotadores.

La cruz nos explica de verdad la realidad. Si ayer decíamos que la eucaristía era más que un recuerdo, porque Dios estaba realmente presente, hoy lo volvemos a decir.

La cruz también pone en tensión a Dios y al mundo, en esta relación de amor por parte del Padre y de odio inexplicable por nuestra parte, la humanidad, una tensión que la Cruz misma manifiesta mejor que ningún otro signo.

Odio de una parte del mundo, de una parte, de nosotros mismos, de cada uno de nosotros, que rechaza a Dios y al evangelio, que se mantiene cerrado. El odio que prefiere indultar a un culpable que perdonar a un inocente, odio que nos hace a veces tan manipulables como los que gritaban: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. El odio que no aceptó la bondad y la palabra de Jesús y pensó que haciéndole desaparecer le liquidaba para siempre. Pero la cruz también nos manifiesta amor, amor sobre todo de Jesucristo. Porque no huyó ni se desdijo de sus palabras, porque se mantuvo fiel. Porque no negoció con lo que no era negociable.

Los improperios que cantaremos adorando la Cruz son reflejo de esta bondad de Dios y de esta respuesta inexplicable. En cada estrofa existe esta dinámica: ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? Yo te amé y tú me has crucificado.

Naturalmente que esta tensión produce sufrimiento, un sufrimiento que puede llegar a triturar a quienes se ponen en medio, como leíamos en la primera lectura. La fidelidad tiene muchas veces esa dureza. Pero un sufrimiento que nos hace fuertes y nos hace mayores. Nos hace como personas y sufrimos porque amamos y de nuestro amor siempre hay alguien que se beneficia directa o indirectamente.

Entendiéndola de este modo, podemos acercarnos a la naturaleza salvadora de la Cruz y del sufrimiento de Jesucristo, que son en el fondo un misterio, por el que necesitamos tanta fe como la que reclamábamos ayer para la eucaristía.

¡Y hoy, si volvemos a pensar en los improperios, nos acercamos incluso al sufrimiento de Dios por nosotros, que parece que no entienda porqué hemos preparado una cruz a nuestro salvador!

El viernes santo es un día de recuerdo, de catolicidad, esto es de universalidad. Un día en el que los brazos de la cruz se extienden a todos y lo recordamos en la oración de los fieles, llamada precisamente universal. Lo que rememoramos nos hace tener presente Tierra Santa, las dificultades de los cristianos que viven en ella y que cada vez se reducen más. Por eso, la Iglesia nos llama hoy a acordarnos de aquellas tierras en una colecta, como ya hizo San Pablo, en los inicios de la evangelización.

Pensemos también en nosotros, en cómo la idea de los dos travesaños de la cruz nos coloca como Jesús delante de Dios y delante del mundo. Nos coloca en la tensión del servicio a los demás y de la fe, con sus dificultades y sufrimientos. Podría ser una buena idea cuando vayamos a adorar la Cruz. Pensar en un Dios que se ha hecho hombre y se ha hundido en la tierra como el travesaño vertical para abrazar a toda la humanidad, con el travesaño horizontal, y llevarla hacia el cielo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)

Missa de la Cena del Señor (6 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de abril de 2023)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

¿Qué ha cambiado, queridas hermanas y hermanos, desde el domingo? Observábamos la tensión que se producía entre la entrada de Jesús en Jerusalén como rey y la narración de su muerte, como delincuente. Estos días de Semana Santa han sido un seguimiento, una profundización más tranquila de la historia de los últimos días del Señor y de los discípulos, pero ahora, al iniciar el Tríduum pascual, tenemos la sensación de que el tiempo se acelera, que el tiempo se termina y que todo se resolverá en breve.

Todos hemos hecho la experiencia o alguna vez nos han preguntado lo que haríamos si nos quedara poco tiempo para vivir. Es decir, todos hemos sido a veces puestos ante aquella situación en la que el tiempo se acelera. Nuestra sociedad lo hace casi por defecto y nos hace vivir con el tiempo normalmente siempre acelerado, forzándonos así a tomar rápidamente decisiones que las fuerzas que más o menos lo manejan todo quieren que tomemos.

Pero la aceleración del tiempo en el fin de la vida de Jesús que hoy queremos tener presente, no es una pregunta retórica para estimular nuestra imaginación ni una estrategia comercial, sino algo muy real. Es el fin. Tiene veinticuatro horas. Entonces decide concentrar el sentido de todo en el gesto más significativo que encuentra o imagina.

Este gesto es la eucaristía. En la línea de la tensión hacia el final pone la semilla del futuro.

Si el domingo de Ramos nos encontrábamos ante la pregunta sobre ¿quién es Éste? Hoy me atrevería a decir que este jueves Santo es la participación en la intimidad de Jesús y de sus discípulos. En la víspera de su muerte, reúne al grupo más cercano. No hace una gran performance o un show, en el sentido de que nosotros estamos acostumbrados hoy por los medios. Aprovecha un elemento de la tradición, la cena pascual judía, que hemos escuchado explicar en la primera lectura y nos dice que él es quien se sacrificará en lugar del cordero o el cabrito, que la sangre derramada será su sangre. Todo esto lo hace en comunidad, con un grupo reducido, hace una opción por la comunidad. Prepara a los discípulos. Los hace testigos directos para que puedan desde ese mismo momento imitar y reunir a la comunidad para recordarlo. «Estando con ellos en la mesa» decía el evangelio y «Aquella noche de la cena, el último con los hermanos, sentado con ellos…», dirá el himno que cantaremos al final de la celebración, en la procesión al santísimo.

En esta preparación para el futuro vemos reflejada la llamada a los presbíteros a ser servidores de las comunidades, estimulando dentro de las posibilidades humanas de cada uno, el recuerdo de Jesucristo, por la predicación de la Palabra, por la celebración de los sacramentos, por el ejemplo. Por eso hoy celebramos que el Señor nos haya llamado a servir de esta forma a las comunidades. Nos obliga y nos impresiona tener que promover realmente el recuerdo del Jesucristo en el ahora y aquí de la historia. Él, Jesús de Nazaret y su evangelio, es el criterio de nuestro servicio y normalmente la intuición de los fieles es más que suficiente para ver si vamos por el buen camino. Necesitamos escucharla.

Pero no sólo celebramos un recuerdo de Jesús como personaje histórico o un gesto. Su identificación con el pan y el vino de la eucaristía conecta con la realidad de Dios, de ahí su fuerza. Él está siempre presente. Por la eucaristía nos ha dado el sacramento más fuerte, más central, la fuente y la cima de la vida de la Iglesia. La reserva del cuerpo y de la sangre de Cristo ilumina las Iglesias con esta realidad de Jesucristo resucitado que se nos ofrece a nuestro nivel más básico, el de la comida cotidiana y que desde ese primer jueves Santo se ha quedado para siempre en el centro de cada comunidad cristiana. Creerlo así nos pide fe.

La música de lo que cantamos es muy importante. Yo os animo a vosotros escolanes que estáis tan abocados a la música y que cantáis tanto esta semana a fijaros y tratar de comprender lo que cantáis. Por ejemplo, para entender esta fe podemos decir que hoy la hacemos muy explícita y los cantos nos ayudan. Si retomamos las palabras que Santo Tomás de Aquino escribió en el himno Canta lengua el santo misterio, que ya he citado encontraremos dos frases muy cortas que nos enseñan que la profundidad de los gestos de Jesús, la comprendemos con la fe: “aunque el sentido no alcanza, para afirmarlo al sincero corazón con la sola fe le basta”. ¡En ningún caso estamos diciendo que los sentidos no nos ayuden, sino que necesitamos ir un poco más allá! Lo cantaréis vosotros y lo cantaremos todos, adorando precisamente el pan, convertido en el cuerpo de Cristo que reservamos solemnemente para poder seguir adorándolo hoy, sintiéndonos cerca de esta intimidad tan propia del Jueves Santo.

El evangelio de hoy nos habla también de servicio. Recordamos el lavatorio de los pies.

Este amor y este servicio de Jesús nos salva porque vienen de él, pero también nos obliga. ¿A quién debemos lavar los pies nosotros, para quien repetimos los gestos y la oración de la eucaristía cada vez que la celebramos?

Lo hacemos a quienes sufren más. Aunque es difícil identificar colectivamente quiénes son estos más necesitados, cada jueves santo hacemos el signo de recordarlos y de confiar a Cáritas el fruto de la colecta a la que os invitamos a participar junto con nuestra comunidad. Caritas nos recuerda constantemente aquellos sectores en los que hace falta ayuda. La salud mental de los jóvenes y adolescentes, los problemas de vivienda, los sin techo.

En el ámbito de la exclusión social, todos estamos algo aterrorizados cuando escuchamos noticias de violaciones cometidas por menores de edad, que normalmente proceden de situaciones sociales difíciles. ¿Han pasado siempre y no lo sabíamos? ¿Son una novedad fruto de modelos perversos accesibles cada vez más pronto y más fácilmente? ¿Qué parte existe de responsabilidad personal y qué parte de no ser capaces de crear los entornos saludables? Ver cómo extender a todos los que necesitan el amor y el servicio de la Iglesia es también un reto de cada eucaristía.

Pero todavía podemos ensanchar la mirada y el sentido. Quisiéramos orar y amar a todo el mundo, porque servir y celebrar nos hace Iglesia, y la Iglesia está llamada en este mundo a ser signo de la unidad de toda la familia humana. Por eso cantaremos también durante el lavatorio de los pies “buscando unidad nos reúne el amor de Cristo”.

Yo diría que además la Iglesia está destinada hoy a ser signo de que existe esperanza en una vida diferente para todos. Una vida humana, una vida de plenitud, el modelo para una sociedad que no deje a nadie a un lado, desde el punto de vista material pero también desde el punto de vista espiritual. Nosotros sólo podríamos decir que tenemos la fuerza que tenemos, que ciertamente no sería suficiente para nada, pero tantos siglos de eucaristía nos refuerzan en la convicción de Dios que ayuda.

Jesucristo quiso que la cena fuera el inicio de su Pascua y quiso aparecerse como resucitado en más de una comida de los discípulos, desde entonces no hemos dejado de recordarle ni un solo día en la larga historia de la comunidad cristiana.

Da devoción cuando escuchas todavía hoy en Grecia, por doquier, la palabra gracias, euxaristoso, que se parece tanto a la Palabra eucaristía. Se te hace evidente que debemos dar gracias por el don de Jesucristo que nos reúne como hermanos y hermanas. Ojalá que él, el Señor, nos mantenga fieles al espíritu de servicio y de donación que emanan de este jueves Santo.

Abadia de MontserratMissa de la Cena del Señor (6 de abril de 2023)

Domingo de Ramos y de Pasión (2 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de abril de 2023)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Mateu 26:14-27.66

 

¿Quién es éste? Una vez más, queridas hermanas y hermanos, hemos visto que la forma de hacer de Jesús de Nazaret, provocaba la pregunta “¿Quién es éste?” que cerraba la descripción de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que hemos leído en el evangelio fuera en la plaza, antes de empezar la procesión.

Los evangelios nos han dejado el testimonio de la admiración, del interés, de la curiosidad de los primeros discípulos y de otros contemporáneos, que ante hechos extraordinarios se preguntaban cómo encajaba aquel “profeta, Jesús de Nazaret” en las categorías con las cuales ellos solían calificar a los hombres, los rabinos e incluso los propios profetas. La respuesta es muy fácil: sencillamente, no encajaba: Jesús no encajaba en ningún sitio. Había que buscar y preguntarse más, era necesario ir un poco más allá, forzar la tradición. La pregunta: “¿Quién es éste?” surge sobre todo cuando Jesucristo hace cosas que corresponden a Dios: perdona los pecados, se manifiesta con poder sobre el viento y el mal mar, o como hoy, toma el lugar de aquel salvador esperado y predicho por el profeta Zacarías: “Digan a la ciudad de Sión: Mira, tu rey hace humildemente su entrada, montado, en un pollino, hijo de un animal de carga”, un salvador al que el pueblo recibe con estos “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en lo alto del cielo»

Parecía que finalmente la categoría de ese Mesías salvador era la buena. Lo leíamos durante la Cuaresma en la boca de la mujer Samaritana: “¿No será el Mesías que esperábamos?” No nos hacemos ilusiones: Él mismo nos lo ha dicho en la lectura de la Pasión: “Esta noche todos tendrán de mí un desengaño”. Él es el Rey que entra en Jerusalén y es el delincuente que fallecido crucificado. Si el nombre de Mesías le iba bien, no es en el sentido en que lo esperaba el pueblo de Israel. Ni siquiera este nombre, tal y como era tradicionalmente entendido le corresponde, por eso San Pablo podrá decir después con acierto: «Nosotros predicamos un Mesías crucificado, que es un escándalo para los judíos».

No creo que encontráramos una mejor entrada en esta Semana Santa que hacernos la pregunta “¿Quién es éste?” como una invitación a profundizar en nuestro conocimiento de Jesucristo. A todos, los que estáis aquí, y seguramente participarán en todas las celebraciones, a todos los que nos sigan desde casa, a los que quizás sólo asistan o se conecten por la misa de hoy, domingo de Ramos, les invito a preguntaros desde vuestra vida, desde vuestra experiencia cristiana, en el estado en el que esté, incluso si está en los márgenes de la fe, a preguntaros: «¿Quién es éste?», y a intentar escuchar la palabra y la liturgia de esta Semana Santa y Pascua. El testimonio cristiano tiene su origen en la narración de lo que empezamos a conmemorar hoy, la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Si éste es el núcleo de nuestra fe, deberá ser también aquel que mejor nos responda sobre la identidad de quien está en el centro.

Intentaré acercarme a Jesús y a los distintos escenarios de estos días, viendo lo que nos dice la tensión que se palpa en todo lo que va pasando. En catalán, uno de los significados de la palabra tensión es el de expectación.

Un primer testimonio muy básico de esta tensión lo encontramos en el uso de la palabra deprisa, a continuación, al instante. Algunas cosas ocurren enseguida, deprisa. Los discípulos van enseguida a buscar la burra y el pollino y también prometen que lo devolverán enseguida. El gallo también canta enseguida, al instante. A Jesús en la cruz le traen también enseguida el vinagre para beber. Todo esto que ocurre nos afecta ya, hoy, no podemos dejarlo para mañana, no podemos relativizarlo.

En el relato de la Pasión y en todo el Evangelio, una de las formas en las que Jesucristo se revela es precisamente mediante la tensión y la expectación que se crea en torno a él. Es una tensión que se produce entre los dos extremos que hoy nos han relatado: ser Rey, ser Mesías, tener un dominio de la situación similar al de Dios y al mismo tiempo manifestársenos como totalmente sometido a la realidad, a una realidad que puede ser tan adversa que le lleve a ser ejecutado.

Esta tensión se va manifestando: entre Él y el Padre de forma extrema en el huerto de Getsemaní, en el interrogatorio de Pilato, en lo alto de la Cruz. La humanidad es llevada al extremo. ¿Cómo podría ser de otra forma, si esta humanidad de Jesús de Nazaret contiene sin embargo la divinidad de Dios con toda su exigencia?

Pensando en los más jóvenes, me gustó un detalle que vi hace unos días en un icono que representaba la entrada de Jesús en Jerusalén: había un niño pequeño que le daba una hoja al burro que montaba Jesús. Pensé, es una forma de hacer participar a todo el mundo.

Todo esto que estoy diciendo lo podéis entender bien también vosotros escolanes si comparamos los dos cantos de hoy. El de la procesión, en el que todo era alegría “Hosanna, bendito el que viene” y lo que cantaremos en el canto de comunión: Mis manos y mis pies han agujereado, puedo contar todos mis huesos”. ¿No veis clara la diferencia? ¿Incluso musicalmente? ¡y no ha pasado ni una hora de celebración! La diferencia entre estos dos momentos y todo lo que significan es lo que mantiene viva toda la historia de los últimos días de Jesús de Nazaret. La historia de la Pasión es para todos.

La tensión se nos manifiesta más real cuando no sólo la vemos como algo propio y que define a Jesús, sino que también afecta a sus relaciones con los discípulos. Pensamos en la tensión entre la buena voluntad de permanecer fieles y orando junto al maestro y el sueño de los discípulos en el huerto de Getsemaní y cómo finalmente se impone el sueño. Pensamos en la tensión de las contradicciones de San Pedro durante las negaciones que también se imponen y pensamos en la tensión terrible en el corazón de Judas que le lleva al suicidio. Si algo tiene todo esto de consolador es que tanto los discípulos como Judas, que también fue un discípulo, no aparecen como héroes sino como humanos muy frágiles. Uno de ellos tan frágil que no pudo superar el peso de su propia realidad, porque es incapaz de perdonarse y de dejarse perdonar.

También nosotros como los discípulos vivimos la tensión de seguir a Jesucristo en nuestro día a día. Por un lado, nos llama Dios como si nos estirara, por el otro debemos aceptar nuestros límites, las dificultades. Tantas veces nos llegan testimonios y noticias de personas que como Judas caen en los pozos de la depresión, del malestar personal respecto a la propia identidad cada vez más influida por modelos totalmente ficticios impuestos por estereotipos que persiguen hacer a todos dependientes de las modas y del consumo que siempre tiene asociado. Las enfermedades mentales, los intentos de suicidios de menores, hasta cuatro diarios en Catalunya según algún estudio, no pueden dejarnos indiferentes. Colocados en la tensión de este mundo que produce tantas barbaridades, deberíamos situarnos en el lado de Dios y estirar con Él hacia esta cultura de la atracción de Dios por la vida, por la felicidad y por el amor a cada uno tal y como es. No es fácil, pero lo tenemos al lado y de ejemplo.

Porque: ¿Cómo persistió Jesucristo? Confiando en Dios. Con la fe de que, detrás de todo, Dios siempre tiene la última palabra. La actitud del profeta Isaías que hemos leído en la primera lectura avanzaba la actitud de Jesús, pero también nos ayuda a nosotros y en cuatro frases, nos hace evidente que, en la tensión de la vida, escuchar al Señor es siempre la mejor garantía:

«Dios Me abre el oído para que escuche como un discípulo»

«Dios me ha dado una lengua de maestro para sostener a los cansados»

«No he escondido la cara ante las ofensas»

«El Señor Dios me ayuda por eso no me doy por vencido.»

Ojalá pudiéramos reproducirlas en cada una de nuestras vidas.

En la celebración de este domingo de Ramos, domingo de Pasión, pese al contraste entre apoteosis y tragedia, celebramos la eucaristía, el recuerdo de la resurrección, el fin de la historia, la resolución de la tensión. Teniéndolo bien presente, no desperdiciemos la pedagogía con la que la liturgia en esta Semana Santa nos va acercando hacia el momento del que brota todo el sentido de nuestra fe y que nos revelará del todo Quién es ese que celebramos.

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (2 de abril de 2023)

Fiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (21 de marzo de 2023)

Génesis 12:1-4 / Filipenses 4:4-9 / Juan 17:20-26

 

Ya que a San Benito lo llamamos con razón, queridas hermanas y hermanos, que es padre de monjes, no debe sorprendernos que la primera lectura de hoy nos evoque Abraham, tenido por padre de la fe de los judíos y por tanto también de los cristianos. Los padres, en el sentido inclusivo de padre y madre, son quienes nos dan la vida, nos educan, nos dejan su ejemplo. Un padre en la fe como Abraham es quien nos da el ejemplo de una vida creyente, más con hechos que con teorías o discursos según el testimonio que nos ha llegado en el libro del Génesis. De él decimos Patriarca que quiere decir gran padre.

¿Y qué nos enseña Abraham en ese pequeño fragmento que hemos leído en la primera lectura? ¿Cómo ilumina la figura de Nuestro Padre San Benito y la vida de todos los que estamos aquí: monjes, escolanes, oblatos, presbíteros amigos y peregrinos presentes o virtuales?

Ante todo, nos enseña a escuchar a Dios: “En aquellos días, Dios le dijo” y queda claro que Abraham escuchó. El otro Patriarca que celebramos hoy, nuestro Padre San Benito también nos enseña a escuchar a Dios. Su vida, escrita por el Papa Gregorio I, nos lo presenta como un joven que se marchó de Roma para huir del ruido buscando un lugar donde pudiera escuchar tranquilamente la voz de Dios, viviendo únicamente bajo su mirada. A los benedictinos nos gusta peregrinar aún hoy a este lugar apartado, al Sacro Specco, o Santa Cova, en la villa de Subiaco, en el centro de Italia, para recordar ese inicio. No debe extrañarnos pues que al escribir muchos años más tarde la Regla para monjes que todavía hoy es el texto fundamental de todas las familias benedictinas, lo empezara con la palabra “escucha”. Escuchar ha sido siempre el centro de la vida monástica y en el monasterio aprendemos muchas maneras de escuchar a Dios, principalmente en la Palabra de la Escritura y en la vida de los hermanos, de los huéspedes, de los peregrinos, de vosotros escolanes: aunque os parezca extraño, también escuchamos a Dios cuando os escuchamos a vosotros. Ojalá supiéramos hacerlo bien y supiéramos transmitir al mundo este valor fundamental. Como todos sabéis, el Papa Francisco también ha querido que la Iglesia entrara en un proceso de escuchar a Dios que habla a través de todos y ha convocado un sínodo, digamos una reunión a la que todo el mundo está convocado. Como he dicho en un principio, estamos contentos de acoger hoy a una de las principales responsables de este sínodo.

Abraham no sólo escuchó, sino que comprendió lo que le decían. Normalmente si escuchamos entendemos, aunque alguna vez, nos dicen cosas tan complicadas que ni escuchando las entendemos, pero tengamos claro que entonces no es culpa nuestra. Abraham comprendió que Dios le pedía que se marchara, que dejara su país, su familia y que se pusiera en camino, hacia un lugar que Él, el Señor le diría. ¡NO sabía adónde iba! Hace gracia pensar que hoy en día si no nos han enviado la ubicación al móvil y no tenemos un navegador y no nos dicen exactamente dónde vamos, ¡ya nos parece que no podremos llegar! Algo diferente del caso de Abraham, que empezó una aventura que, al principio de todo, era sencillamente de confianza en Dios. Sólo sabía lo que dejaba atrás. Todo lo que quedaba delante era un interrogante, una pregunta. No fue la última vez de su vida que tuvo que confiar en Dios.

Aunque parece que San Benito quizá sabía algo mejor geográficamente adónde iba, su huida de Roma también era un viaje a una experiencia totalmente nueva y desconocida para él. Como a Abraham, Dios, a través también de otras personas le enseñó el camino.

Ni la vida de los monjes ni la de la mayoría de la gente se entiende como una aventura, aunque existen excepciones como la del P. Bonaventura Ubach y sus viajes, que son verdaderas aventuras de novela. Nosotros hoy, como decía, tenemos una especie de seguridad total que llegaremos al lugar al que vamos, siempre que no nos quedemos sin cobertura o batería en el móvil, pero la vida de la fe, la que queremos vivir con Dios sí es una aventura que sólo Él, el Señor nos va enseñando. Algunas veces pensamos saber tan bien y con tanta seguridad adónde vamos que esto mismo nos hace poco capaces para escuchar, para comprender, para ampliar la visión, para vivir la aventura de la vida. La vida monástica geográficamente es tan estable, tanto que ha hecho de esta estabilidad un voto que nos ata al lugar y al monasterio, tan estable que por ejemplo nosotros hace casi mil años que estamos aquí mismo, querría ser capaz de aportar esta apertura a Dios y a todas las novedades que Él quiera inspirar. Esta apertura sería lo contrario a lo que dice un sociólogo contemporáneo cuando afirma que el mayor daño del mundo es decir que no hay alternativas a todas las situaciones contrarias a las personas y a sus derechos. Éste no hay alternativas deberíamos tenerlo prohibido. ¡No hay nada más contrario al Evangelio!

A Abraham le movió una promesa de Dios. La de un país para vivir, la de ser padre de un gran pueblo y sobre todo la de ser bendición y motivo de bendición. Bendecir significa “decir bien”, o hacer mayor y poderoso. Que te Dios te bendiga es importante, significa que estás en el buen camino. Que nosotros podamos bendecir también es bonito, y en algunos países la gente pide muy a menudo que la bendigas, pero que tu nombre se utilice para bendecir es mucho más. Quiere decir casi que quedas ligado a lo bueno de la vida, junto a Dios. La promesa hecha a Abraham con estas palabras era realmente importante. ¿Y qué significa el nombre de San Benito? Benedictus con latín: bendito. Como dice la primera frase de su vida: “Fuit vir vitae venerabilis, gratia Benedictus et nomine”; «. Hubo un hombre de vida venerable, Benito de nombre y bendito de Dios». Con él la bendición de Dios se hizo también persona y don para la Iglesia y para el mundo. Dios le bendijo durante su vida y también ha quedado unido a las grandes obras de Dios. Él nos señala a todos nosotros el camino para sentir siempre que Dios está listo para hacer mayor y proteger todo lo que haremos en su nombre y para ser bendición para los demás. No es tan difícil. Sólo hay que amar todos los días. Y a esto llegamos todos.

Y finalmente Abraham también obedeció. Dice la lectura del Génesis: Se marchó tal y como el Señor le había dicho. Escuchar y entender quedarían incumplidos si al final no hiciéramos. El Señor nos pide que hagamos, que actuemos. Aunque a nosotros se nos ha dicho a veces que éramos monjes contemplativos, también San Benito nos pide que hagamos. Orar también es hacer y la Regla nos organiza el día para que nuestra oración sea ordenada; hoy incluso, mucha gente se fía de nuestro orden y en nuestro horario para unirse a nosotros por los medios de comunicación. Además, si miramos la historia y las obras de los monasterios benedictinos en el mundo, veremos que “hacer” siempre ha sido muy importante y esperamos continuar fieles con su ayuda.

También Dios os llama a todos vosotros a hacer lo que habéis escuchado y entendido, sea lo que sea. Seguro que, en su palabra, en los relatos que leemos, en vuestra lectura, incluso observando la realidad, encontraréis, escucharéis, comprenderéis y veréis que puede “salir” de vosotros mismos y hacer algo por los demás, por quienes tenéis tan cerca. Pensad que esto os está acercando a Abraham, os está acercando a San Benito, os está acercando a quien sucedió y superó a Abraham y precedió e inspiró a Benito, a Jesucristo, al Señor, que apoyando toda intuición espiritual y toda obra buena nos mantiene en la perseverancia de todo lo que empezamos. Celebremos con fe su memorial en la eucaristía.

Abadia de MontserratFiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2023)

Misa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de marzo de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

«Es bueno esperar silenciosamente la salvación del Señor». Estas palabras del libro de las Lamentaciones con las que terminaba la primera lectura describen bien nuestra actitud en este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo. Colectivamente esperamos la Pascua. La esperamos austeramente, en el silencio que se va extendiendo durante las semanas de este tiempo centrado en la conversión, que es un proceso que nos ayuda a reflexionar sobre nuestra condición mientras estamos en el mundo, con la voluntad puesta, sin embargo, siempre, en otra realidad, la de Dios, la del Señor, la de Jesucristo resucitado.

Nuestra vida de cristianos es una vida de conversión, de girarse desde una realidad a otra. Casi diría que la vida de cualquier persona humana es una vida de conversión, en tanto que es o querría ser una vida de progreso personal, de eso que ahora en las escuelas llaman progresar adecuadamente. De modo especial los monjes llamamos a nuestra opción monástica: conversión: una vida llamada a convertirnos. Esto es, ir de un sitio a otro.

El momento de la muerte es el único en el que podemos ser conscientes del todo de cómo nos hemos convertido, pero el conocimiento de esto ya es o será entonces privilegio de Dios, puesto que las dimensiones más profundas de la persona le pertenecen, tal y como reza la cuarta oración eucarística que al orar por los difuntos dice: “cuya fe sólo Dios ha conocido”.

La muerte sorprendió a nuestro hermano el Padre Martí Roig y Coromina la noche del pasado domingo, después de haber pasado un día totalmente normal. Un aneurisma le provocó una muerte inmediata. Le faltaba un mes justo para cumplir ochenta y seis años, hacía sesenta y dos que era monje y cincuenta y cinco que era sacerdote. Murió silenciosamente, sin hacer ruido, sin avisar siquiera. Como hermanos tenemos el pesar de no haberlo podido acompañar en este último momento final, que es con todo tan entrañable en la vida de la comunidad, y seguro que compartimos ese sentimiento con la familia y los amigos que estáis aquí, o os unís a la celebración desde lejos, o estáis espiritualmente en comunión con todos nosotros.

Todas las lecturas de hoy tienen en cuenta esta idea de la distancia que existe en nuestras vidas entre la realidad en la que vivimos y aquella que anhelamos. Pero también tenemos claro que no están separadas, aisladas, sino que existe un recorrido que nos da la posibilidad de caminar hacia ese lugar y estado diferente, movidos por un deseo. Hablo de posibilidad porque podríamos quedarnos encerrados en nuestros límites, que nos llevarían sin duda alguna al pesimismo con el que empezaba la primera lectura, la del libro de las Lamentaciones: “Mi alma vive lejos del bienestar (…) el recuerdo de mis penas y de mi abandono me amarga y envenena (Lm 3, 17-26)”; un pesimismo que también compartían los discípulos de Emaús en un camino en el que parecía que sólo el fracaso y la derrota estuvieran presentes. Pero ser cristianos es no quedarnos nunca en esta realidad, sino avanzar, andar. Ser capaces de decir con el libro de las Lamentaciones: «Pero ahora quiero revivir otros pensamientos que me mantendrán la esperanza»; ser cristianos significa poder acoger como los discípulos lo desconocido en el camino, aunque parezca que venga del huerto, porque quizá sea precisamente él, quien nos aclare el sentido de nuestra realidad, aparentemente oscura e insípida.

Pero naturalmente quien nos coge la mano en este camino, como el buen pastor y nos conduce durante toda la vida, en la muerte y después de la muerte es Jesucristo, que nos confirma que toda la esperanza que tenemos puesta en los favores de Dios, en su nueva piedad cada mañana, en su fidelidad inmensa y en nuestra capacidad de decirle: “mi parte es el Señor”, no cae en el vacío, sino que es confirmada en su resurrección, que compartimos todos los bautizados.

Sé que el P. Martí, porque él mismo me lo había comentado, aconsejaba mantenerse en esa esperanza de la fe a personas que se encontraban ante dificultades. Seguro que también la esperanza silenciosa de la salvación le fue guiando. El P. Martí Roig Coromina nació en Barcelona en 1937 en una familia cristiana y fue bautizado con el nombre de Juan. Tuvo la juventud normal de un joven católico de esa época hasta llegar a estudiar algunos cursos de medicina en la Universidad de Barcelona. Entró en el monasterio en 1958, vistió el hábito de novicio en 1959 y hizo su primera profesión en 1960, para continuar los estudios en nuestro monasterio hasta la ordenación de presbítero en 1967. En su vida de monje, vivió de cerca y amó y sirvió tanto la realidad de las personas humanas como la de la naturaleza, las dos expresiones de las maravillas que nos revela la Creación de Dios. Sólo hablando de sus principales servicios a la comunidad, en el primer gran ámbito, el de las personas, cabe destacar que fue el enfermero del monasterio durante veinticuatro años y el último consiliario de los trabajadores de Montserrat, y vio por tanto la transformación que el Santuario experimentó entre 1970 y 1987, cuando poco a poco, dejó de ser el lugar de residencia habitual de nuestros trabajadores. También fue el encargado del orden y la seguridad del santuario y acompañó también a una comunidad de religiosas carmelitas. Todos estos servicios le llevaron a tener relaciones con mucha gente. Algunos de ellos nos acompañan hoy, testimoniando la estima que le tenían. En el ámbito de la naturaleza fue el encargado del jardín, del trabajo en las tierras y en la granja del Miracle y últimamente en las fincas de Can Castells y Can Martorell al pie de la montaña, lo conectaron a la tierra y al oficio de payés y se sentía bien haciéndolo. Una tarea que conecta directamente con la bondad que Dios nos manifiesta con los frutos de la tierra y la dureza de un trabajo que siempre se encuentra con dificultades. Personalmente compartimos muchos ratos hablando de las posibilidades y el futuro de la tierra. Estos últimos años, con algunos problemas de movilidad, quiso ser útil a la comunidad y en la que hacía presente en los días de fiesta hasta casi el último día de su vida.

Durante nuestra vida se nos hace el don de reconocer a Jesucristo en muchos momentos concretos y anhelamos que al final le veremos cara a cara, directamente y que entonces se cumplirá del todo nuestra esperanza. Caminar con esta fe el camino de la vida, hace que mientras nos envejecemos en el cuerpo y en la vida exterior, nos renovemos en el espíritu y en la vida interior como decía San Pablo en la segunda lectura, porque “no apuntamos a esto que vemos sino a lo que no vemos”.

Ésta es nuestra oración hoy por el Padre Martí, conscientes de que sólo Dios conoce la profundidad, la auténtica vivencia personal que, a través de tantos servicios, de tantos contactos, de tantas personas, formaron su camino monástico, su oración, su vida de conversión. Al final de toda vida humana, nos encontramos en el fondo con el misterio de una persona, que aún muy cercana y hermana, sólo podemos encomendar a aquel que penetra los corazones de todos, a Dios, Señor de la vida, que en la resurrección de Jesús se ha afirmado precisamente vencedor de la muerte y nos ha abierto la esperanza de un futuro de plenitud, de una meta y un destino. Él es también, como en Emaús, el único capaz de interpretar el sentido de nuestra vida con Dios, el significado de nuestra vida de fe para los demás.

Caminemos cada uno de nosotros hacia la Pascua donde, aparte de vivir del todo la realidad del Espíritu, confiamos hacerlo juntos, en la comunión de los santos y reencontrarnos con todos nuestros seres queridos. Para los monjes más concretamente, de reencontrarnos también con lo que familiarmente decimos el Montserrat del Cielo, donde nos esperan todos los que nos han precedido, con Santa María que vela por esta casa y con todo el Pueblo santo y glorificado de Dios.

Y sabemos que el camino es Jesús que se hace prójimo y por eso hoy tomaremos sus mismas palabras y acompañaremos el cuerpo de nuestro hermano Martí, mientras cantamos: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente”.

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Martí M. Roig (9 de marzo de 2023)