Asunción de la Virgen (15 de agosto de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2022)

Apocalipsis 11:19a,12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

¡Feliz tú que has creído! Las lecturas de esta solemnidad de la Asunción de la Virgen, día que nos marca siempre la cima del verano, son, amadas hermanas y hermanos, más allá del clima festivo que rodea nuestra eucaristía, un gran testimonio de fe.

La fe es reconocer, aceptar, asentir a Dios, a su verdad y a su realidad en el mundo. Quizás hace unos años era más frecuente la pregunta: ¿Eres creyente? La pregunta no quería decir normalmente si creías en algo, sino si eras cristiano, si reconocías a este Dios Padre, con el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, como viviente, como real, como rector del mundo y de la historia.

El evangelio de hoy, podría ser muy bien la respuesta de Santa María a esta pregunta: ¿Eres creyente? La vida de la Madre de Jesucristo, Madre de Dios, está marcada por la fe. Su ejemplo para con todos nosotros es precisamente el reconocimiento que ella hace de Dios en la historia: en su pequeña historia personal y en la historia del Pueblo de Israel.

Uno de los rasgos más fascinantes de la manifestación de Dios es su humildad, su capacidad de hacerse presente en lo cotidiano. En este sentido, digo que las lecturas de hoy son un testimonio de fe porque a partir de hechos muy normales, nos muestran una verdadera confesión de fe.

¿O no es normal que una chica joven, en estado, vaya a visitar a una prima de más edad, también embarazada, para ayudarla? ¿O no es normal que las dos estén llenas de alegría por los hijos que esperan? Pero sobre esta línea de “normalidad” se produce el acto de fe, el reconocimiento de que la vida es un don de Dios y ya muy concretamente en María, que la Vida que espera, Jesucristo, sólo ha sido posible porque ella ha reconocido y ha creído en las posibilidades infinitas de que Dios es capaz de abrir y cumplir. Por tanto, en el reconocimiento de que Dios efectivamente está ahí y actúa.

Esta escena de la visitación, que releemos bastantes veces durante el año en nuestra liturgia en Montserrat, nos habla de una mujer, Isabel, que tiene esa misión tan importante de convertirse en acompañante en los procesos de fe, reconocedora de la realidad espiritual, instrumento de Dios para la revelación de la verdad de María. A nosotros nos ayuda contemplar las palabras llenas de sentido de Isabel a María porque son revelación del plan de Dios: en su alegría; en la del niño, Juan el Bautista, que espera; en el reconocimiento también de la distancia, de la diferencia inmensa que existe entre uno y otro nacimiento; en el saludo inspirado: eres bendecida entre todas las mujeres y finalmente en la frase: ¡Feliz tú que has creído! Isabel capta el momento de Dios que se produce entre ella y Santa María en esta entrañable escena de la Visitación.

En este año del setenta y quinto aniversario del ofrecimiento que el pueblo de Cataluña hizo de un nuevo trono a la Virgen de Montserrat y de la correspondiente entronización de la Santa imagen en 1947, nuestro Santuario ha elegido como lema pastoral precisamente las palabras de Isabel a María en esta escena: ¡Feliz tú que has creído! Aparte de reconocer la fe de la Virgen María, querríamos proponer a todos los peregrinos seguir su ejemplo y dar gracias por el camino que ella abre para que también nosotros podamos creer más, más sincera y más profundamente, en Dios.

¿Y cuál es la respuesta de Santa María? Cuando Isabel pone de relieve de forma tan clara la fe de la Virgen, la respuesta de ella es este canto del Magníficat, un canto que lo contiene casi todo. La iglesia le ha dado el espacio privilegiado de ser rezado cada día en el oficio de vísperas, invitándonos a una identificación personal con las actitudes de la Virgen. El lenguaje sencillo nos ayuda aún más a hacer de este texto una posibilidad de oración, unas palabras que, a pesar de tener veinte siglos, no han perdido ni actualidad ni frescura. Permitidme por tanto que hable del Magníficat en primera persona del plural, como unas palabras dirigidas a nosotros:

María nos invita al reconocimiento de la humildad personal, que hace más fuerte por contraste, la salvación y toda la acción de Dios. Él es quien actúa. Él es quien actúa en nuestra pequeñez. Ante él sólo podemos reconocerlo y reconocer sus maravillas en todos nosotros, alabarlo es ya confesarlo, quizás es la confesión más fuerte que podemos hacer de él. Alabar a Dios nos descentra. ¡Qué actual y qué nuevo es esta actitud en un mundo a menudo ególatra y egocéntrico!

También en el Magníficat, hablamos del Dios que ama de generación en generación, del Dios que protege a Israel, que se acuerda del amor a Abraham y a nuestros padres. A Dios no nos inventamos los teólogos, los obispos, las monjas o los abades y los curas, ni nadie más. A Dios le reconocemos cada uno personalmente por todo lo que Él ha hecho en la historia, la personal y la general. Ni María en su grandeza se inventó a Dios, hasta el mismo Señor y Salvador Jesucristo, sino que reconoció en su vida encarnada en una persona humana, al Dios de Israel como su Padre y como el Señor del Universo y de la historia. Qué antídoto para nuestra sociedad que se piensa tan autónoma respecto al pasado, tan autosuficiente.

Encontramos finalmente a un Dios que María reconoce como quien da la vuelta al orden social y avanzando tantas afirmaciones que después encontraremos en el evangelio, se pone junto a quienes pasan hambre, de los pobres y de los humildes, con un lenguaje bastante fuerte, radical. El evangelio nos lleva siempre al hermano necesitado. Ahora y siempre. Necesitamos convertirnos a esto.

Digamos pues que la escena y el diálogo entre Isabel y María no es inocente. Es un himno profundo a la fe, a reconocer a un Dios implicado en la historia y que nos pide a nosotros la misma actitud de fe activa y comprometida que ellas tienen y cantan.

Contamos hoy con todos los que participáis especialmente con vuestro canto para que podamos celebrar más solemnemente este día. A quienes han avanzado un día el inicio de los Encuentros de animadores de canto como a los que han venido sólo para la misa, quisiera deciros que la escena que hemos leído hoy desprende una joya casi musical. ¡Cuánta música no ha inspirado a la Virgen! ¿Cuántas versiones no tenemos del Magnifict? He encontrado una página muy interesante en internet, una entrada de la Wikipedia que en inglés se llama lista de los compositores de Magníficats. Desde el gregoriano a Penderecki o Arvo Part, muchos han querido transmitirnos la alegría de María por las obras admirables de Dios. También los cantores de la coral Tirychae que nos acompañan, revivirán hoy esta tradición que canta a María con cantos antiguos y nuevos. Estoy seguro de que con Mariam Matrem canto medieval del Llibre Vermell y con una obra de hace pocos años de Josep Ollé, L’Ave Maris Stella, que ya es tradicional en esta celebración, nos ayudará a alabar a Dios cantando, como María, y espero que os acerquéis a las palabras que cantáis y al espíritu de fe que sus compositores seguramente tuvieron al componerlas.

¡Dichosos también nosotros que queremos creer! Vivir la fe como María, es tener la esperanza de que podremos asociarnos como ella, a la Pascua de Jesucristo. Su asunción al cielo, representada por la pintura de este presbiterio, por el gran rosetón de la fachada de la Basílica y por el mármol que hay encima de la Escalera que sube al camarín, es el cumplimiento de su fe, es la realidad de su felicidad con Cristo por haber creído, es su Pascua, es la llamada más sencilla que nos hace a todos y cada uno de nosotros: aceptar que Jesucristo nos ha prometido la plena comunión con Dios, una comunión que ahora anticiparemos en la eucaristía, participando del cuerpo y de sangre de Cristo y que nos invita como ella a creer, a alabar y a amar a todos.

Abadia de MontserratAsunción de la Virgen (15 de agosto de 2022)

San Benito (11 de julio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de julio de 2022)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

Pienso, queridos hermanos y hermanas, que la relación y el conocimiento personal con San Benito de Nursia de todos los que estáis escuchando aquí o por medio de internet, debe ser muy diferente.

Quizás algunos de vosotros sin idea alguna que hoy había esta celebración, se la han encontrado; otros conocedores del calendario litúrgico, la han identificado enseguida, los oblatos y los monjes benedictinos esperábamos la fecha y tenemos claro que hoy recordamos la proclamación como Patrón de Europa, del autor de la Regla, el texto que nos identifica y da sentido a nuestras vidas. La vida benedictina es un tesoro de sabiduría espiritual llena de consejos e intuiciones capaces de enriquecer la vida incluso fuera de los monasterios y sin necesidad de ser monjes. Por eso, al hablar de San Benito y de la espiritualidad de la Regla quisiera que todo el mundo se sintiera incluido.

¿Cómo se hace presente en el mundo esta sabiduría espiritual? ¿Tiene que ver con los edificios románicos, góticos o más modernos que los monjes fueron edificando y que hoy son en tantos lugares patrimonio histórico? Un poco sí, pero no creo que los edificios hagan justicia a la sabiduría de san Benito.

¿Quizás esta sabiduría se ha concretado en cultura? Es interesante que la etimología amplia de la palabra cultura está cercana al significado de la palabra catalana cultivo (conreu). San Pablo VI dijo que los benedictinos fuimos importantes en la creación de Europa occidental, la creamos con el libro y con el arado: esto es con todo tipo de cultura. Sí. El impacto cultural en sentido amplio ha sido fuerte y esperamos que lo siga siendo, pero tampoco agota el significado profundo de la aportación que creo que nos hace la Regla benedictina.

El núcleo, lo imprescindible de nuestro texto venerable, radica en el ámbito de la persona y de su dimensión espiritual: es tomar al hombre o a la mujer y enfocarlos hacia Dios. Éste es el fundamento. Queda claro que uno de los momentos en los que cualquier institución debe ser clara con lo que quiere, es el momento en el que es necesario incorporar nuevos miembros, nuevos trabajadores, nuevos socios. En este momento no podemos engañarnos sencillamente porque nos va en ello la identidad y la continuidad. La Regla de Sant Benet establece el criterio definitivo del discernimiento de las vocaciones al establecer que es necesario que «busquen a Dios de verdad». Es por esta razón que me atrevo a decir, no inventándomelo, sino apoyado por toda la tradición monástica, que el núcleo de nuestra vida es ponerse de cara a Dios, para empezar un camino sostenido por la fe, con plena conciencia de la fragilidad personal, pero avanzando hacia Dios, que nos ha creado y ha puesto el deseo de buscarlo en nuestro interior. Este principio tiene algunos rasgos interesantes:

Es universal. No puedo proponeros honestamente a todos los que me estáis escuchando que viváis la comunión de bienes, la estabilidad en una comunidad, la obediencia a un superior. Sin embargo, proponeros que busquéis a Dios de verdad es totalmente posible Quizás por esta razón afirmamos que, hablando hoy de temas monásticos, podemos hablar a todo el mundo.

Buscar a Dios de verdad es una proposición sencilla. Sólo tres palabras en el latín original. Las cosas importantes no deben ser largas ni complicadas. La propuesta será sencilla, pero toca el fondo humano de cada uno: buscamos, por tanto, estamos en movimiento, la espiritualidad benedictina nos comprende como hombres y mujeres de deseo, no perfectas.

Naturalmente es una propuesta creyente. No buscamos cualquier cosa. Buscamos a Dios. El Dios de Jesucristo. Y desde la fe, no podría pensarse una vida sin Dios. Por tanto, profundizamos lo que somos y lo que creemos como cristianos. Nada más, nada menos. Cualquier propuesta cristiana debería responder plenamente a aquellas palabras de Jesús: he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

También es una propuesta estable. En la espiritualidad de la Regla benedictina, el buscar a Dios de verdad no está pensado como algo puntual. Es lo suficientemente serio como para implicar toda la vida. Es una propuesta que no es necesario cambiar constantemente. En nuestro contexto actual, incluso me atrevería a decir que esta idea de la estabilidad en las opciones, tanto cristiana como benedictina es nueva, es alternativa. La practica poca gente. Pero está comprobado que da felicidad y sentido. Quizá esta estabilidad sea una de las cosas que podríamos predicar más como monjes, sin olvidar que debemos vivirlo primero nosotros para predicarlo con algo de dignidad.

Por último, Buscar Dios de verdad es una propuesta personalizada. Es necesario que cada uno se ponga en camino. Por mucho que parezca abstracto, Sant Benet nos concreta bastante cómo hacerlo: Habrá que orar y habrá que amar. Los monjes lo haremos en comunidad y cada uno que haya incorporado este rasgo espiritual a su vida o lo quiera incorporar, podrá ver cómo reza y cómo ama a su alrededor. Tampoco es difícil de entender. Orar y amar para hacer bien concreto vivir, creer y buscar a Dios es una propuesta para una vida tomada en serio. De vida sólo hay una y estaría bien que no nos pasara lo que tan bien expresaba el poeta castellano Jorge Manrique,

Este mundo es el camino / para el otro, que se morada / sin pesar; / pero cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar. (V)

No mirando a nuestro daño, / corremos a rienda suelta / sin parar; / desde que veamos el engaño / y queremos dar la vuelta, / no hay lugar. (XII)

(Coplas a la Muerte de su padre)

Estas intuiciones frente a la vida y la muerte, no son lejanas de la Regla de San Benito, y nos demuestran con esta proximidad que más allá del carisma estamos ante verdaderos enfoques creyentes y humanistas. La sabiduría espiritual es en el fondo un patrimonio de la humanidad, y Dios la reparte como quiere y al que quiere, generosamente.

Habiéndonos centrado en este leiv motiv, buscar a Dios de verdad, la Regla nos dice que, viviendo así, orando y amando, la sabiduría espiritual impregnará nuestra vida, todas nuestras relaciones e incluso nuestras actitudes corporales.

Ésta es la raíz del árbol benedictino, cuyos frutos y cuya fecundidad han sido tan grandes. Procuramos que el crecimiento y los frutos del árbol estén siempre en relación con la raíz, esto es en la verdadera búsqueda de Dios, en la oración, en el amor. Para una propuesta así, que no hace más que replicar la llamada de Jesucristo a seguirle, entendemos que el evangelio de hoy justifique que podamos dejarlo todo.

Pongámonos siempre en disposición de escuchar y acoger la voz del Señor que nos llama, lo hace siempre, y lo hace en cada eucaristía, abrámosle pues el corazón.

Abadia de MontserratSan Benito (11 de julio de 2022)

San Pedro y San Pablo (29 de junio de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 de junio de 2022)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

La solemnidad de hoy, de San Pedro y San Pablo, queridos hermanos y hermanas, como la de todas las celebraciones y memorias de santos, nos ayuda a centrarnos en dos mediaciones fundamentales entre Dios y la humanidad: el testimonio, porque estamos frente a dos grandes testigos, y la de la comunidad, la Iglesia de la cual son sus columnas. En la historia espiritual de casi cada uno, los testigos y la comunidad nos han llevado hacia la fe en Dios, al seguimiento de Jesucristo, a recibir el Espíritu Santo y las que nos permiten avanzar en ese camino de confianza.

Si hablamos de testigos, hoy vamos a los verdaderos orígenes del cristianismo. En el diálogo del Evangelio que hemos leído, el propio Jesús busca con sus preguntas provocar la reflexión y la formulación de un testimonio sobre él: ¿Quién dice la gente que soy yo? No es de extrañar que, en el aprendizaje de la fe, tantas veces, en catequesis, en grupos de jóvenes, nos hayan repetido la pregunta de Jesús: ¿quién es Jesús para ti? La pregunta hecha por sí mismo a los apóstoles, en un momento tranquilo, en la tranquilad de las fuentes del Jordán, en Cesarea de Filipo, como nos dice el evangelio de Marcos, paralelo al que hemos leído, provocó la respuesta de fe de Pedro, una de las confesiones más fundamentales del evangelio: tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Tú, Jesús de Nazaret, rompes la lógica de un Dios lejano, invisible, inefable y lo haces cercano. Tú te conviertes en una esperanza por una humanidad que se salva porque es visitada en su esencia por Dios y un Dios que se humilla hasta la muerte para no dejar nada sin redimir.

Un testimonio es legítimo si lo que dice es verdadero, si puede dar fe por conocimiento y experiencia propia, si el resto de su vida es coherente con lo que ha proclamado.

El apóstol Pedro cumple con creces estas tres condiciones: La primera es la verdad de todo lo que ha anunciado. Incluso Jesús le reconoce que está inspirado por el mismo Dios como nos señala el evangelio: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. San Pedro entendió que Jesús era Cristo, el Mesías y su comprensión cambió la historia, cambió la relación de los hombres y las mujeres con Dios.

La segunda condición de legitimidad de un testigo es la proximidad a la fuente. Y evidentemente también se cumple en aquél que, desde el momento de dejar las redes, siguió de cerca a Jesús y después de la Pasión, fue un testimonio de su resurrección. Imagino la vida de San Pedro hasta su martirio en el Vaticano, como una larga experiencia de comprensión que quizás nunca completó, de aquellas palabras: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo y de todas las demás que va escuchar decir a Jesús.

Y, por último, un testigo debe tener coherencia al proclamar la fe. Algunos diréis: ¿coherente san Pedro? ¿Y las negaciones? Pero ¿le tendremos en cuenta nosotros las negaciones cuando el mismo Jesús las perdonó y no dudó en hacer de él la piedra y el cimiento de su comunidad? Coherencia a pesar de alguna debilidad. Las debilidades de Pedro nos ayudan precisamente a tenerlo por testimonio de la fe y de Cristo. No es necesario ser perfecto para ser discípulo. Basta con saber pedir perdón cuando te equivocas y niegas al Señor.

¿Quién dudará de que la fe de San Pedro nos ha ayudado?

El evangelio de hoy no nos habla de ello, pero casi cada domingo y otros muchos días durante el año encontramos también el testimonio de Pablo. ¿Quién dudará de que algunas de las páginas más profundas, del testimonio más íntimo de la relación posible de una persona con Jesucristo y de su significado nos vienen de San Pablo? Un discípulo que es testigo porque quedó tocado y se dedicó con cuerpo y alma a reflexionar, a compartir, a dejarnos escrita la que personalmente me atrevo a llamar madre de toda la teología.

Pese a que podamos hablar de experiencia directa de Dios, no nos queda ninguna duda de que para insertarnos en la tradición cristiana hacían falta los santos Pedro y Pablo, y detrás de ellos, como cantamos en el Te Deum, el ejército radiante de los mártires, palabra que en griego significa testigo.

La solemnidad de hoy nos lleva naturalmente a otra mediación: la Iglesia, que es el primer fruto de la fe de los apóstoles. En la confesión de Pedro, sigue el mandamiento de Jesucristo: Sobre ti, edificaré mi Iglesia. Y el encargo más importante que el Señor le hizo fue la de confirmar en la fe a todos los que vendríamos después. Precisamente porque la fe contenida en su confesión es también el fundamento de cualquier comunidad que se reúne en torno a Jesucristo. Desde la unidad del primer grupo de seguidores de Jesús, la comunidad se ha extendido hasta cumplir el mismo mandamiento de Jesús: Id y predicad el Evangelio en todo el mundo. No podemos negar que, en estos dos mil años de historia, la comunidad cristiana, a pesar de no perder nunca la referencia a los apóstoles Pedro y Pablo, no ha logrado mantenerse formalmente unida. Sin embargo, sí me parece digno de decir que al menos la gran comunidad católica se mantiene una, siendo uno de los fenómenos más numeroso, más antiguo, más activo de toda la historia de la humanidad. San Pedro y el ministerio de sus sucesores, los obispos de Roma, los Papas, son su vínculo de comunión, y la ansiada unidad cristiana, debería tener siempre en cuenta su servicio.

Sería bueno ver a la Iglesia como la que nos ha dado la posibilidad de nuestro conocimiento de Jesucristo y la que nos ayuda a mantenernos en la fe. La que vivimos en cada eucaristía, como estamos haciendo ahora. Quizás demasiado a menudo perdamos de vista esta esencia y nos perdemos en críticas colaterales que no sé si llevan a ninguna parte. Sé que la crítica expresa a menudo amor y preocupación por la Iglesia. Procuremos que no sea otra cosa. El ejemplo y la enseñanza de San Pedro y San Pablo no fue otro que Jesucristo. Aferrémonos a Jesucristo, como el Señor que nos ama más allá de todo y nos lo demuestra constantemente como hace ahora en esta celebración, haciéndonos participar de su cuerpo y su sangre.

Abadia de MontserratSan Pedro y San Pablo (29 de junio de 2022)

Vigilia Pascual (16 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (16 de abril de 2022)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Lucas 24:1-12

 

Algunas veces, queridas hermanas y hermanos, cuando tienes que hacer una homilía, cuesta encontrar temas o que la liturgia que corresponde comentar, te inspire alguna palabra. Esta noche es todo lo contrario: la riqueza de signos y de textos con la que celebramos esta vigilia Pascual, hacen más bien que personalmente oscile entre la duda de explicar tanto como sea posible o de decirme: ¿puedo realmente añadir alguna cosa a lo que la misma celebración ya explica extensamente tan admirablemente, tan insuperablemente?

Una cosa sorprendente de esta noche es que la llenamos de significado para explicar la resurrección de Jesucristo, que aconteció de hecho en el silencio, en la soledad, casi diría yo en aquel anonimato que el Pregón Pascual expresa tan bien cuando canta: Oh noche bienaventurada, sólo tú supiste la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos. Aquel quedarse esperando en la puerta del sepulcro, el silencio del viernes santo, el silencio aún más profundo del sábado se adentra en la noche de Pascua hasta que, como una explosión, con el fuego, el cirio pascual y la luz que no mengua cuando la repartimos, sino que se multiplica, confesamos que sí, que, en el corazón de esta noche Santa, Jesús, crucificado, muerto y enterrado, ha vuelto a la vida.

Casi entramos en cierto vértigo si nos detenemos a pensar cómo un hecho concreto de una noche de la historia ha tenido tantas consecuencias: la más sencilla es que: si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí. Y todo lo que celebramos no es más que la vida venciendo a la muerte. Algunos de los hermanos de los escolanes y otros niños lo han trabajado hoy cuando ha observado que una bellota, el fruto de la encina que parecía muerto, era capaz de tener vida y de convertirse en un árbol pequeño. Y después, dentro de poco, traerán al altar estas pequeñas macetas plantadas con una esperanza y se las volverán a llevar como recuerdo de que esta noche, es una noche para la vida. De hecho, este es un experimento que recuerdo que los escolanes siempre hacían en cuarto y veías las macetas con las plantas por el suelo en su aula. Jesucristo es como el grano, como la bellota enterrada que vuelve a la vida, que resucita en una planta nueva.

Todas las lecturas de hoy nos hablan de esta vida, nos hablan de muchas formas con muchas palabras e historias diferentes: la creación de la naturaleza con todos sus elementos, la libertad, la fe, pero en el fondo el mensaje es siempre lo mismo: Dios opta decididamente por la vida. Por eso no podía dejar a Jesucristo en la muerte. Y Él ha querido compartir su vida de resucitado con nosotros, la suya es también nuestra vida, puesto que como nos ha dicho San Pablo – y volvemos a las plantas-; si nosotros hemos estado plantados junto a él por esta muerte parecida a la suya, también debemos serlo por la resurrección.

Me dirijo especialmente a vosotros que hoy os bautizáis, confirmáis y hacéis la primera comunión, y a los que sólo se bauticen, representados por sus padres y padrinos, es decir a los escolanes Pedro y Tomás, y a los niños: María y a los hermanos Caterina, Isabel e Isaac y también a David que hace la primera comunión. La vida de la que estamos hablando ahora y aquí no es sólo levantarnos, comer y dormir. Nosotros creemos que todos, los hombres, las mujeres y también vosotros sean chicos un poco mayores o niños, tienen la posibilidad de una vida del espíritu, de una vida interior, totalmente importante y esencial para la persona humana. Una vida que queremos infundir, estimular y hacer crecer en todos vosotros con los sacramentos, que por eso mismo llamamos de la iniciación. Por eso es tan bonito que en esta noche que celebremos la vida, podamos comunicar, como pueblo de Dios y comunidad cristiana, esta vida a todos vosotros y podamos hacer real aquella otra frase del pregón pascual: noche en la que el hombre reencuentra a Dios. Esto es lo que confesamos: que el hombre reencuentra a Dios en Jesús y que nada debería ser como antes. Lo encontramos en el bautismo, intensificamos aún más este encuentro con la confirmación porque recibimos su espíritu y tenemos la comunión para poder recibirlo en cada eucaristía.

Ahora os contaré una anécdota especialmente para vosotros Tomás y Pedro, relacionada con estos sacramentos que recibiréis esta noche, especialmente con la confirmación, y que tiene que ver con un buen amigo mío y de muchísima gente, el obispo Antoni Vadell, que quizás recordareis (sobre todo los escolanes mayores) porque alguna vez había estado en la Escolanía y había presidido una misa conventual a principio de curso, y que murió muy joven a los 49 años hace dos meses. Los teólogos, que nos dedicamos a estudiar todas estas cosas relacionadas con la fe y las celebraciones, discutimos si es mejor confirmarse a vuestra edad, a los nueve o diez años, especialmente si coincide con el bautismo o hacerlo de más mayores. Cuando con el Padre Efrem hablábamos de todo esto, a principios de diciembre, llamé al obispo Toni, que era bastante especialista en esto y le pregunté: ¿Qué te parece? ¿Confirmamos o no confirmamos a los escolanes de cuarto que se van a bautizar? Y él me dijo, sí. Porque en la Escolanía tendrán la posibilidad de vivir a fondo una vida cristiana y está muy bien que la vivan con la confirmación hecha. Fue la última vez que hablé con él. Y por tanto os dejo esta reflexión a vosotros dos, a todos los escolanes y a todos, porque todos recordaremos hoy nuestro bautismo, nuestra confirmación y participaremos de la eucaristía: los sacramentos son la posibilidad de vivir a fondo la vida cristiana. Todos pueden hacerlo o intentar que sus hijos la vivan en la medida de sus posibilidades. Y es que Cristo no nos quita nada de la vida, sólo nos la da y nos la hace más feliz.

Estos días he hablado de la identidad de Jesús de Nazaret en cada homilía. La noche de Pascua une tres momentos que nos ayudan a comprenderlo mejor:

  • su vida, con el entusiasmo por su mensaje y por su persona, que los testigos que convivieron con él nos han dejado en los evangelios;
  • su pasión y su muerte, solidaria con tantos sufrimientos humanos y ante la que y de los que, a menudo lo más adecuado es el silencio y la oración;
  • y finalmente su resurrección, que se manifestó como experiencia a sus discípulos, empezando por las mujeres que fueron al sepulcro y recibieron aquel mensaje sorprendente: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Dios se sirve de la humanidad de Jesús de Nazaret para estar presente en el mundo, y Jesús de Nazaret se sirve de la humanidad de todos los hombres y mujeres para comunicarse en su vida, en su muerte y en la su vida de resucitado. Desde aquella noche de Pascua, en el testimonio que proclama la sencilla frase: ¡El Señor ha resucitado! Realmente ha resucitado, transmitido de generación en generación de cristianos, no hemos dejado de creer en él, el viviente, el Señor de la vida:

la estrella de la mañana, aquella estrella, quiero decir que nunca se oculta, Cristo que volviendo de entre los muertos, se apareció glorioso a las mujeres y a los hombres como el sol en día sereno. Él, que vive y reina por los siglos. Amén.

Abadia de MontserratVigilia Pascual (16 de abril de 2022)

Domingo de Pascua (17 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (17 de abril de 2022)

(…) / Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

¡Si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí! No estaríamos aquí porque no celebraríamos el día de Pascua, ni hoy en la alegría de la fiesta de las fiestas, ni en cada una de nuestras eucaristías. El mensaje insistente de las lecturas, las oraciones y los cantos de esta misa de la mañana del domingo de Pascua no es otro que éste: ¡Cristo ha resucitado! Y añadimos el canto de gozo más sencillo de la Iglesia: Aleluya, aleluya, que no habíamos cantado durante toda la cuaresma.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, su vida se habría perdido en el anonimato del tiempo, y no estaríamos aquí porque seguramente no tendríamos ningún testigo de él, ni de su persona, ni de su mensaje liberador, inteligente, profundo, conocedor de la persona hasta las dimensiones más profundas, inspirador de tantos y tantas que han venido después de él y han enriquecido nuestra cultura y nuestra espiritualidad cristianas.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no estaríamos aquí porque no formaríamos ninguna comunidad de bautizados, porque nuestro sentido de ser hijos de un mismo Padre Dios y de ser hermanos y hermanas unos de otros, no encontraría su fundamento en Jesús de Nazaret, y como la historia nos demuestra, sólo Dios es capaz de reunir a la humanidad en una familia realmente global y permanente en el tiempo. Pero como sabemos bien, Pascua no es una celebración cerrada de los discípulos consigo mismos, contentos de reencontrar aquella intimidad de amigos y compañeros que habían tenido en la vida de Jesús, sino que fue un impulso hacia delante y hacia afuera. Y en este impulso hacia fuera tenemos la alegría de acoger nuevos bautizados como hemos hecho esta noche, y de acoger también a la plena comunión de la eucaristía a vosotros, los escolanes Francesc, Josep y los dos Guillems, i también Isona, Berta y Teresa que hoy hará la primera comunión. Esta comunidad de monjes, escolanes y peregrinos, que celebra la eucaristía aquí en Montserrat, con vosotros cada domingo, os acoge con alegría en la mesa del Señor en nombre de toda la Iglesia.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no estaríamos aquí porque no confiaríamos en que su amor es capaz de hacernos mejores, y eso también os lo digo a vosotros que hacéis la primera comunión. En el canto de entrada decíamos: he resucitado, me he reencontrado con vosotros, y los escolanes volverán a cantarlo en el ofertorio en latín. Resurrexi et adhuc tecum sum. Con la resurrección Jesús pudo encontrarse con Dios y como nosotros siempre vamos detrás de lo que él hace, de las posibilidades que nos abre, todos podemos encontrarnos con Dios en Jesucristo resucitado. Y la mejor forma de hacerlo es la de participar en la comunión del pan y el vino, que es su sacramento, la forma que Él mismo nos dejó para permanecer entre nosotros siempre. Este encuentro frecuente puede y debe tener consecuencias: debería ayudaros a vosotros y a todos a superar nuestros defectos, a amar más y mejor, a no tener vergüenza de ser cristianos, Jesucristo fue capaz de cambiar en fidelidad la negación de Pedro. Como cristianos estamos llamados a vivir la misma conversión de Pedro, que es una conversión pascual.

La conversión pascual se hace concreta en algún gesto a favor de los demás. Tal y como hicimos el Jueves Santo, os proponemos que participéis en la colecta que haremos a favor de Caritas. Ellos conocen las necesidades de nuestra sociedad y han tenido también un papel activo, a través de Cáritas internacional, en la ayuda a refugiados de la guerra y otros lugares. Nos hablaban recientemente, por ejemplo, de la labor increíble que Cáritas de Polonia ha hecho en la frontera con Ucrania.

Si Jesucristo no hubiera resucitado, no sé dónde estaríamos. Algunos sabéis que me gusta hacer comparaciones con la informática. Un biblista muy conocido escribió que Dios se dio cuenta de que su Creación y su historia eran como un programa informático que fallaba y con Jesucristo volvió a instalarlo o al menos a ejecutarlo. To run the program again, dice él en inglés. ¿Os imagináis un programa o una aplicación que no se puede actualizar ni ejecutar? Seguramente va funcionando cada vez peor hasta que ya ni se abre, y si es un software importante, hace que colapse incluso el ordenador. El miércoles de ceniza os decía que la Cuaresma era como un antivirus que evita que los programas se estropeen, hoy es mejor, hoy todo es nuevo, porque desde la resurrección de Jesús el programa funciona, porque siempre está actualizado. La resurrección celebrada en cada eucaristía es esta actualización constante del programa, y ​​que el programa funcione significa que los objetivos de su creación se han confirmado en la redención que Jesucristo ha llevado al mundo y todo nos conduce a su voluntad de salvar de ser felices, de ser capaces de amar siempre más y mejor. Y si algo no funciona, será por nuestra culpa, que no conocemos bien el programa, y ​​no culpa de él, tal y como tenemos costumbre de pensar a menudo.

Si Jesucristo no hubiera resucitado no estaríamos aquí, porque somos hijos e hijas de la resurrección del Señor. En el monasterio he oído a veces la expresión muy bonita: ¡somos hijos de la Resurrección! Se utiliza cuando es necesario continuar adelante alguna actividad o incluso una celebración y ha habido algún evento triste. Con mucha sencillez, nos transmite nuestra visión de la vida y de la muerte, profundamente impregnada de la esperanza pascual de una vida eterna, plena, en la comunión de Cristo Resucitado, pero perfectamente consciente de que la vida se vive aquí en el día a día.

En esta mañana radiante del domingo, ponemos nuestras vidas bajo la luz del resucitado que nos ilumina, la llama un poco débil de este cirio que arde desde ayer, ha resistido y ha iluminado la oscuridad de toda la noche. Con él podemos decir, hemos resucitado y nos hemos reencontrado con él para siempre.

¡Celebramos la Pascua viviendo con sinceridad y verdad, Aleluya, aleluya!

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (17 de abril de 2022)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (15 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de abril de 2022)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Espero y deseo estimados hermanos y hermanas que todos encontremos en nuestra agenda y en nuestro corazón, un poco del silencio necesario para dejar que todas estas palabras que hemos escuchado resuenen, arraiguen y den fruto en nuestros corazones. Son palabras que nos reclaman ese espacio interior, tanta es su profundidad y su fuerza.

Las lecturas que hemos leído confirman una idea que he querido hacer presente en estos días: la de la verdadera identidad de Jesús. Nada, ni siquiera la muerte en cruz, reservada a los delincuentes, esconde quién es él. De modo especial, en la lectura de la Pasión según San Juan que leemos el Viernes Santo, se nos muestra más claramente que Jesús de Nazaret clavado en la cruz es más que un hombre crucificado, aunque nunca deja de ser también un hombre crucificado.

Por un lado, ningún sufrimiento, ningún insulto, nada le es ahorrado y muere. Pero, por otra parte, Jesucristo domina la situación: fijaos, sino, en la fuerza que, en el momento que le detienen, tienen sus palabras: yo soy, que hacen que todo el mundo caiga al suelo; incluso domina la situación desde la Cruz: con la capacidad de confiar, mutuamente cuando ya ha sido crucificado, a su madre y a san Juan; y finalmente la serenidad de su muerte, sin gritos, sin quejas, sólo con un “todo se ha cumplido”, que nos adelanta que no estamos delante del final.

Habían crucificado a Jesús de Nazaret, el Rey de los Judíos, que se había presentado como un rey y mesías diferente. Quizás por eso, si ayer os hablaba de un amor que nos une en el recuerdo, la vida y la esperanza; hoy contemplamos un amor que resiste, que lo resiste todo. El amor de Dios se hace resistencia en Jesús crucificado, demostrándonos la capacidad de ir hasta el final, hasta el sacrificio de la propia vida en la coherencia de una misión que en Él une el ejemplo como persona y su mensaje como Evangelio.

Por eso resiste el Evangelio durante los siglos porque viene de quien ha aguantado en el amor los escarnios, los ultrajes y todo el mal que le ha venido encima, cuando él sólo pretendía darnos los instrumentos, las ideas y las claves para poder vencer personalmente y todos juntos ese mal, tan palpable en nuestro mundo, que, debemos reconocerlo, a veces se nos presenta tan o más resistente que el amor de Dios. Y si es verdad que el mal a veces se nos presenta más resistente que el amor de Dios, no lo es.

Y la prueba más clara de esto es la capacidad de los discípulos de Jesús para llegar todavía hoy a hacer el camino de la cruz, demostrando que Él nos hace participar de su resistencia al mal cuando nosotros también fundamentamos nuestra vida en su evangelio.

Tuve ocasión de participar la semana pasada en una oración que recordaba a los mártires de nuestro tiempo: eran hombres y mujeres concretos, jóvenes, mayores, con nombre y apellidos, de todo el mundo, que habían muerto en situaciones diversas, muchos de ellos murieron en el año 2021 y hasta este mismo 2022. Algunos habían sencillamente seguido su vocación hasta el final, atendiendo a enfermos de Covid e infectándose, otros habían sufrido directamente el odio religioso hasta la muerte contra los cristianos por parte de algunos fanáticos que nunca pueden ser representativos de ninguna religión o idea. Compartían todos el hecho de ser cristianos. Puedo aseguraros que la reflexión que me hice fue la de la actualidad de la cruz de Jesús en el mundo y de la validez de su mensaje que todavía hoy merece tener tantos testigos, que genera una fuerza tan grande de adhesión al amor, tan grande, que lo hace precisamente resistente. Y me hizo pensar si todas las modas que el mundo nos presenta y propone tienen algún crucificado que las valide, tal como nosotros tenemos a Jesús de Nazaret.

Quizás esta reflexión llevará a alguien de vosotros a pensar que eso que nos explica el P. Abad es sólo para los héroes, por las situaciones extremas y que ya veremos qué hacemos si nos llegan. Pero no. Una mujer conocida y cercana me comentó hace años que no entendía la cruz de Jesús. Se trataba de alguien profundamente cristiano, que había vivido ayudando siempre, coherentemente con su fe, yendo bastante más allá de lo justito para quedar bien. Sufriendo a veces para vivir de ese modo. Y pensé: ¿tú no entiendes la cruz si la vives todos los días?

Busquemos vivir el Evangelio y la cruz ya la encontraremos. Y cuando la encontremos, que nos guíe el amor resistente de Jesucristo y su ejemplo, ya que así y no de otro modo más espectacular, más directa o más rápida quiso salvar Dios al mundo, sirviéndose de su humanidad encarnada y aceptando todos sus límites.

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (15 de abril de 2022)

Missa de la Cena del Señor (14 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (14 de abril de 2022)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

Donde hay verdadero amor, allí está Dios.

Me gustaría, queridos hermanos y hermanas, invitaros a vivir este jueves Santo, este inicio del Tríduum Pascual, con el espíritu de esta frase, tan sencilla, tan antigua, tan profunda: donde hay verdadero amor, allí hay Dios, que cantaremos en un rato, en el momento del ofertorio.

La identificación de Dios con el amor no la formuló el supuesto autor de este himno, Paulino de Aquilea, a finales del siglo octavo, sino que, como todos sabemos, es propia del Nuevo Testamento, y transmitida literalmente en la Primera carta de San Juan que nos dice con toda simplicidad y claridad: El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). La liturgia de este jueves santo nos ayuda a recordar que Dios es amor, a vivir el amor de Dios y a esperar en el amor de Dios.

Recordamos que Dios es amor porque nuestra historia está llena de signos de ese amor, y esta memoria se irá haciendo presente en todas las celebraciones de este triduo pascual. Recordemos sobre todo que Dios es amor porque hacemos memoria de Jesucristo en la institución de la eucaristía, en la llamada que Dios nos ha hecho a algunos de entre todos los hermanos a servirle como presbíteros y diáconos y en la vocación cristiana universal a la caridad fraterna. Os lo digo con toda la intención: en cada una de esas memorias, al que realmente recordamos es a Jesucristo. Pervertiríamos el sentido si pensáramos que hoy nos hacemos un homenaje por ser presbíteros o diáconos, o para celebrar muy bien la eucaristía o ni siquiera porque tenemos mucha caridad y ayudamos mucho a los demás. Jesús nos enseña que imitarle es servir, es amar, es ayudar en todo lo que haga falta. Si él, con plena conciencia de quien era: sabía que de Dios venía y a Dios volvía, quiso hacer de criado, lavando los pies; ¿qué no deberíamos estar dispuestos a hacer nosotros? Jesucristo nos dijo que en esto consistía el amor. Estaría bien que nunca lo olvidáramos. Que recordáramos que en cada eucaristía lo hacemos presente, que los presbíteros y diáconos somos sobre todo signos de ello. De aquel amar y servir en todo que guio la vida del peregrino más ilustre de nuestro santuario, San Ignacio de Loyola, de cuyo paso por Montserrat conmemoramos este año el quinto centenario.

Y el recuerdo nos ayuda a vivir el amor de Dios en el presente. Cada eucaristía que celebremos debería ser fuente de amor concreto y de caridad. Sabemos que no siempre llegamos, que no siempre estamos a la altura, que a menudo la celebración nos deja igual, fríos y que somos capaces de caer en ciertos egoísmos y pequeñeces humanas, incluso durante y después de ir a misa, pero no deberíamos resignarnos. Concretamente este Jueves Santo, al recordar el gesto humilde de Jesús lavando los pies, quisiera rezar al Señor que no nos quedáramos sólo en el gesto, sino que éste sea también una oración que nos muestre caminos de servir mejor. Caminos de ver más claramente dónde hacemos más falta: nosotros como monjes, vosotros, todos. En las estrofas del canto donde hay verdadero amor, decimos:

Formando unidad nos reúne el amor de Cristo.

El verdadero amor es concreto cuando nuestra celebración se abre a las necesidades de los más pobres. La liturgia cristiana siempre ha tenido presente esta solidaridad cuando recordaba la donación de Jesucristo en el pan y en el vino de la eucaristía. Las necesidades del mundo son inmensas. Las desigualdades entre mundos también. Quizás no podemos aportar mucho, pero necesitamos abrir nuestro amor a esta solidaridad. Hoy os proponemos hacer una colecta a favor de Cáritas. La pandemia, los efectos económicos ya presentes y los que algunas organizaciones anuncian que vendrán fruto de la guerra de Ucrania, dejan un rastro de necesidades incontables. Cáritas es el nombre latino de este amor que estoy comentando: Ubi caritas vera, Deus ibi est, caritas vera, verdadero amor. El brazo de la Iglesia que se preocupa de los demás lleva el nombre del amor. Si hacemos presente el amor, ayudamos también a este brazo que quiere llegar a quienes sufren más la falta de recursos económicos.

Y todo esto nos lo deberíamos aplicarnos más que nadie los diáconos y los presbíteros. Seamos conscientes de a quién pretendemos representar en la vocación y la gracia recibida de Dios. No es poco el rememorar este Jueves Santo en cada eucaristía. ¿Hasta dónde debería llevarnos en nuestra vida de donación y servicio? Que nos pueda servir de guía la frase que también es una estrofa del canto:

Tememos y amamos al Dios viviente y con corazón sincero, también nosotros amémonos.

Esperar en el amor de Dios es el tercer movimiento para amar. La memoria y la voluntad presente y actual de amar nos proyectan más allá. Lo tenía claro Jesús según el evangelio de San Juan que hemos leído: Jesús sabía que había llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre y por eso dejó un mandamiento nuevo que mira al futuro, que mira a la Iglesia, la comunidad de sus hijos e hijas que creemos en un Dios y un Señor que nos espera al final de la historia, de la personal y de la colectiva, y que nos pide que celebremos esta eucaristía hasta que él vuelva. Pero mientras esperamos que vuelva, tenemos el derecho y el deber de esperar un mundo mejor, un mundo en el que como también cantaremos todavía: 

Cesen las luchas malignas, cesen las discordias.

Pueda la Iglesia edificada en el amor verdadero, donde Dios está, convertirse en signo de esperanza de un cumplimiento definitivo, pero también de un Reino entre nosotros donde la guerra, la muerte absurda de los inocentes, los exilios, las condiciones de vida infrahumanas por tantos hombres y mujeres en Ucrania, pero también en tantos barrios y ciudades de nuestro país y de tantos otros lugares del mundo. Debemos apreciar la respuesta solidaria de tantas personas ante la última crisis como un signo de confianza y esperanza de que somos capaces de construir un mundo diferente. Ojalá que la Iglesia pudiera situarse junto a todos estos hombres y mujeres de buena voluntad. Así lo intuyó San Juan XXIII cuando dirigió su última encíclica Pacem in Terris, más allá de los límites de la comunidad católica y cristiana, cuya amplitud era una intuición profética y válida para un mundo en el que debemos amar más allá de identificaciones religiosas.

Recordar, vivir y esperar. Tres verbos y tres actitudes que unen pasado, presente y futuro para hacer presente que Donde hay verdadero amor, ahí está Dios. Que esta eucaristía nos abra a la alegría inmensa, a la alegría pura de quienes, junto con los santos, ven la faz gloriosa de Cristo.

 

Abadia de MontserratMissa de la Cena del Señor (14 de abril de 2022)

Domingo de Ramos y de Pasión (10 de abril de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (10 de abril de 2022)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Lucas 22:14-23.56

 

Bien podríamos decir, queridas hermanas y hermanos, de la misa de hoy que es la celebración de los contrastes. En una sola liturgia de la Palabra, en el devenir del evangelio leído antes de la procesión, de las dos lecturas y de la lectura de la Pasión, hemos pasado de proclamar a Jesús como Mesías a dejarlo solo en un sepulcro. En la narración de la vida de Jesús de Nazaret encontramos a menudo este contraste, necesario para explicar algo difícil: ¿quién es Él? Las lecturas de hoy nos lo quieren decir en tres momentos:

El primer momento nos remite a Navidad. ¿A Navidad? ¿Hoy? Sí. Fijémonos en un detalle que sólo leemos este año, que la liturgia nos propone en la versión de San Lucas. Entre los gritos que acompañaron la entrada a Jerusalén, hemos escuchado: “Paz en el cielo y Gloria en las alturas”. ¿No os suena a Navidad? Sí. Es una frase muy parecida a la que decían los ángeles en el anuncio a los pastores: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra”. Jesús es la presencia absoluta de Dios en una persona humana, su Encarnación y éste es el mensaje de Navidad. Nada de lo que ocurrirá a partir de ahora puede hacernos olvidar ante quienes estamos realmente.

El segundo momento tiene un contexto más histórico. Explica la continuidad que existe entre este Jesús, en el que Dios que se ha hecho hombre, y el Mesías, el ungido, Cristo, el esperado de Israel, que entra en la ciudad real de Jerusalén, cumpliendo las profecías del Antiguo Testamento, como hemos recordado en este momento entrañable de la bendición de los ramos y de la procesión. Si le confesamos como Hijo de Dios lo confesamos también como Mesías. Un título más fácil de aceptar por sus contemporáneos, que estaban plenamente familiarizados con la figura de este Ungido, Hijo de David, que debía venir a salvar al pueblo.

El tercer momento es el de la gran ruptura. Jesús se separa de la identificación de sus contemporáneos con todo lo que esperaban del Mesías. Lo rompe y es aquí donde está la gran novedad. En su Pasión nos dice quién es. Nos dice que por el mismo título por el que es aclamado cuando entra en Jerusalén: Rey de los judíos, es crucificado y dejado solo en un sepulcro: a la espera, que es donde nos deja la liturgia de la Palabra de hoy: esperando.

¿Cómo es posible que un Dios y un Mesías acaben tan mal?

Precisamente porque Dios se revela en Jesucristo, una parte importante de su mensaje, de su evangelio, es proclamar que su mesianismo debe entenderse de manera diferente. No renunciamos a nada de su mesianidad, de su carácter absoluto como Hijo de Dios bajado y hecho hombre, como la segunda lectura nos presentaba, pero necesitamos reconocer al mismo tiempo, que, en el relato de la pasión, este Jesús nos transforma la idea de ser rey, la idea de poder, la propia idea de Dios.

Es un Dios y un Mesías que se deja torturar, sin ejército, con tan débiles seguidores, tan poco líder, diríamos hoy. Él nos enseña que nuestro Dios más que en títulos se hace totalmente presente en un hombre que destaca por tres virtudes:

  • la humildad, visible en tantos momentos de su vida;
  • la coherencia y la resistencia en la proclamación de su mensaje ante todos los demás poderes de este mundo, hasta la muerte si es necesario;
  • la comunión llena de misericordia con toda la debilidad humana que encontramos en tantos y tantos otros ejemplos del evangelio, y que hemos escuchado en el relato de la pasión de una manera especial en el ladrón crucificado a su lado y perdonado, en las mujeres de Jerusalén que lloran, e insuperablemente en su perdón desde la cruz a quienes le estaban crucificando.

¿Y a nosotros? ¿Qué nos enseña este contraste que nos hace capaces, en tanto que humanidad, un día proclamar a Jesús como Mesías, y al cabo de cinco días, crucificarlo? No nos engañemos: lo que hemos leído no es sólo una historia de aquel tiempo que debemos mirar desde lejos. Así como nosotros podemos pensar que nunca lo haríamos, que no seríamos capaces, también podría ser que todos los que le aclamaban el domingo, no imaginaran que gritarían: crucificarlo, crucificarlo, el viernes.

Poco vale decir que se confundían. Que pusieron las expectativas en una persona equivocada. Quizás algunos sí, pero no todos. No excusemos tan fácilmente nuestra capacidad de cambiar, de dejarnos arrastrar. Los dramas y los conflictos de todo tipo presentes en el mundo son una prueba irrefutable.

También el evangelio de la entrada en Jerusalén nos ha hablado de sus «adictos», por tanto, una parte de la aclamación no era a un personaje desconocido, sino a un predicador y profeta que ya había predicado un mensaje renovador. La actitud de los fariseos nos lo confirma. Ellos eran los verdaderamente asustados en aquella aclamación que consagraba una manera de comprender a Dios diferente a la suya. La petición de los fariseos a Jesús es otro detalle propio del evangelio de Lucas: diles a tus seguidores que se callen. La respuesta de Jesús le coloca nuevamente en su lugar absoluto: “si estos callaran, gritarían las piedras”. Si algo no se cuestiona es quién es él. Esto no depende en absoluto de lo griten o dejen de gritar los demás.

Esta idea la comprenderéis bien con un ejemplo (Esto, los escolanes lo entenderán muy bien). Hoy muchas personas se consideran importantes si tienen muchos seguidores, que tu fama dependa de tus fans, de tus likes, de tus suscriptores es propio de youtubers, de influencias, de telepredicadores y de tantos personajes de feria que nos invaden constantemente. Pero Jesús a pesar de ser un “influencer”, seguro que lo más importante de la historia, no depende ni siquiera de la opinión de sus seguidores. Le gusta tener seguidores, claro que sí, pero es libre incluso respecto a ellos. Jesús de Nazaret fundamenta todo su mensaje en su persona y su persona se fundamenta en Dios mismo. De lo contrario, sería imposible la propuesta de vida, cada día más contracultural que nos hace. A diferencia de tantos personajes no esconde el dolor que sufrió hasta el punto que le cantamos, como haréis en el ofertorio con la capella, con las palabras del profeta Jeremías: Oh vos omnes qui transitis per viam…, oh todos vosotros que camináis por el camino, paraos y mirad si hay un dolor parecido al dolor que me aflige. ¿Qué Dios ha sido capaz de decir algo así?

El domingo de Ramos es por su contraste entre grandeza y humildad, entre la gloria y la cruz, un toque de atención, queridos hermanos y hermanas, a nuestras contradicciones y ambigüedades y un llamamiento a estas actitudes básicas de Jesús que el relato de la Pasión nos va revelando, y entre las que os recordaba, la humildad, la coherencia y la misericordia.

A pesar de haber dicho que la liturgia de la Palabra nos dejaba en la puerta de un sepulcro esperando. Nuestra celebración no termina aquí. Sigue recordando al Jesús vencedor, presente en el pan y en el vino, los dones de la Pascua. Entremos en este misterio, más que nunca en este inicio de la Semana Santa

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (10 de abril de 2022)

Fiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (21 de marzo de 2022)

Génesis 12:1-4 / Filipenses 4:4-9 / Juan 17:20-26

 

¿Es bueno, queridos hermanos y hermanas, y monaguillos tener éxito en la vida? Negarlo sería realmente colocarse muy a contracorriente de un mundo que nos motiva constantemente a tenerlo. Un mundo que nos dice coloquialmente: ¡Has triunfado! Cuando algo nos ha salido especialmente bien. No sería normal que en vez de apoyar esta actitud pensáramos que es mejor fracasar. El problema es seguramente lo que creemos que es nuestro éxito, nuestro triunfo. ¿Es ganar uno de estos concursos tipo “operación triunfo” o “Gran hermano”? ¿Es conseguir jugar en uno de los mejores equipos deportivos o ser como una estrella de la música? Muchos en nuestro mundo considerarían que todo esto es lo máximo del éxito, y que más que eso es imposible. Entonces, por qué tantas personas que triunfan de esta forma muchas veces no son felices. ¿Por qué algunas aparecen públicamente algún tiempo después de haber logrado ese éxito y no tienen nada que ver con esos triunfadores tan admirados en su día?

He empezado esta homilía con estas palabras porque encontramos en la liturgia de hoy a tres personajes que también tuvieron éxito. ¡Un poco diferente de los ejemplos que he puesto! No sólo lo tuvieron, sino que de alguna manera todavía lo tienen hoy, ya que les recordamos, leemos y pensamos que lo que hicieron sigue siendo importante, a pesar de haber pasado un tiempo casi incontable.

¿Abraham tuvo éxito? Quién puede dudarlo, es el padre de tres religiones muy importantes del mundo: el judaísmo, el islam y el cristianismo. Pero Abraham vivió mucho tiempo de su vida muy lejos de sentirse una persona que triunfa. Le faltaba algo tan importante en su cultura como tener hijos y también carecía del objetivo que se había propuesto, obedeciendo la voz de Dios, cuando dejó su tierra: tener un lugar estable donde vivir. Sin embargo, tenía fe, creía en Dios y no abandonó sus objetivos. Fracasar viene de una palabra latina que significa romperse. Un fracasado es alguien quebrado, alguien que ya no puede conseguir sus objetivos porque se ha roto. Abraham nunca llegó a romperse, sino que acabó recibiendo la promesa que tendría incluso de lo que carecía: tierras e hijos e hijas. Gracias a su confianza, tuvo uno de los mayores logros que se pueden tener en la vida: que tu nombre esté asociado al bien, a la buena suerte, a que todos los demás también les vayan bien las cosas cuando te recuerden. Esto significa que tu nombre sirva para bendecir. Permitidme añadir todavía una cosa. En vida, Abraham gozó muy poco de su éxito: de esta gran descendencia prometida sólo pudo ver a dos hijos y es que a veces, como ha pasado por ejemplo a muchos artistas, la fama y el éxito te llegan después de muerte.

En la segunda lectura, encontramos el segundo triunfador de la liturgia de hoy: San Pablo. Alguien que pueda decir: Pon en práctica lo que de mí ha aprendido y recibido, visto y oído. Y el Dios de la paz estará con vosotros, es alguien que seguramente se siente muy seguro de la vida y de todo lo que quiere decir y comunicar y exhorta a sus seguidores a imitarle. Yo nunca me atrevería a decir algo parecido, decir que si alguien me imita obtendrá la paz de Dios, pero claro: yo no soy San Pablo. Él no llegó aquí por casualidad, sino después de haber vivido, de haber cambiado profundamente lo que creía, es decir, de haberse convertido a Jesucristo, de eso tan cuaresmal y de haber reflexionado y escrito tanto, que todavía hoy no deja de inspirarnos y de ser leído en millones y millones de celebraciones en todo el mundo, casi todos los domingos, sino todos los días. Y su éxito fue ver crecer a la Iglesia. Ver que muchos le escuchaban y se convertían como él a la fe en Jesús. Un éxito que no le ahorró morir mártir, que le asesinaran por su fe.

El tercer personaje de hoy no sale en las lecturas, pero es precisamente el santo que conmemoramos. Nuestro padre San Benito. También tuvo éxito, aunque los doce monasterios que fundó y la influencia de la Regla que él pudo constatar mientras vivía, nada tienen que ver con la importancia que ha tenido su magisterio para tantos miles de monjes durante los quince siglos posteriores. El éxito de San Benito también se fundamenta en haber seguido profundamente las intuiciones de su corazón. De haber hecho en la vida lo que sintió que Dios le pedía hacer. Y esto lo hizo un día tras otro. El éxito a veces, me parece a mí, no es un momento de gloria y admiración, sino poder mirar tu vida y sentirte tranquilo. Y, sobre todo, que lo que haces pueda inspirar a alguien.

Muchos se habrán fijado a menudo que al final de la carretera que llega a Montserrat hay una columna de piedra con la inscripción Pax vobis (la paz sea con vosotros). Algunos monjes tienen todavía la costumbre de poner al principio de las cartas que escriben la palabra Pau, o pax en latín. Es hermoso que se nos asocie con la paz. Hoy, fiesta del tránsito de San Benito, es un buen día para los monjes benedictinos y para todos los que siguen y se inspiran en la espiritualidad de la Regla, muy especialmente los oblatos, para seguir viviendo la vida como un camino propuesto a aquel que busca la paz, y la primera paz a buscar es la del propio corazón, la que a través de la humildad nos reconcilia con nosotros mismos y nos hace así más capaces de relacionarnos con los demás. No dudo que éste es un reto que compartimos todos los monjes y que quizás nos dé un cierto éxito, una plenitud en nuestra vida. Pero reclamarnos hombres de paz también debe hacernos hombres de oración por la paz. Llevamos casi un mes en guerra en Europa. La semana pasada pudimos acoger a cuatro mujeres y dos niñas y un niño ucranianos: estos se llamaban Slata, Maria y Max, que pasaron una noche en Montserrat camino de sus lugares de acogida. Eran de la misma edad que vosotros, escolanes. Os digo que costaba comprender cómo era posible que aquella gente hubieran tenido que huir de las bombas. Os lo digo de una manera tan concreta para pediros también a vosotros que nos unimos para orar por la paz, hoy en la fiesta de Sant Benet. Quizás cuando le cantáis a la Virgen María a la Salve, Illos tuos misericordes oculos ad nos converte, podéis pensar en toda la gente que no tiene paz.

Ojalá nuestro éxito en la vida pueda ser el de quienes promueven la paz y el entendimiento, porque esto es lo que Dios quiere para la humanidad y lo que Jesucristo nos pidió que hiciéramos y así podamos todos, viviendo así, inspirar también a otros una vida de bondad, de cariño y de sabiduría, una vida de comunión con Dios y con los demás como nos pedía el evangelio de hoy.

 

Abadia de MontserratFiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 2022)

Miércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de marzo de 2022)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

Convertíos. Ésta es la palabra que escuchamos por encima de todas las demás en la liturgia de hoy. Convertíos con todo tu corazón, convertíos al Señor, convertíos y creed en el Evangelio, por citar sólo aquellas que literalmente contienen el verbo convertir porque la idea todavía aparece más veces.

Convertir en su significado más normal significa transformar una cosa en otra, darle la vuelta. Su significado más antiguo y básico sería cambiar. Este es el grito del miércoles de Ceniza, éste es el grito de toda la Cuaresma: ¡cambiad! Transformaos, giraos. Para que todos estos verbos tengan sentido necesitamos evidentemente saber de qué a qué debemos cambiar. Éste es en el fondo, el camino que debemos recorrer durante todas estas semanas, quizás durante toda nuestra vida de creyentes: tomar conciencia de dónde estamos y adónde vamos. No avanzaremos sólo en este itinerario. Sabemos que caminamos siempre bajo la mirada de Dios. En el evangelio, hemos escuchado cuatro veces el verbo ver, mirar, dos referidas a Dios y dos referidas a la gente. Permítanme que utilice la imagen de esta mirada para explicarme.

Para averiguar de dónde somos y adónde vamos necesitamos primero una mirada sobre nosotros mismos. La liturgia de hoy no es muy optimista. Pone de relieve más bien toda la oscuridad, todo el pecado, todo lo que no hacemos bien y nos invita a ser conscientes de ello, ya que éste es el primer paso para transformarlo. Esto lo digo pensando sobre todo en los escolanes: hace años, antes de que nacierais vosotros, un predicador hizo una homilía un miércoles de Ceniza y habló mucho de ordenadores, de sistemas operativos y de informática. Durante algunos años, a este predicador que no es ningún monje de nuestra comunidad pero que viene de vez en cuando, los escolanes le decían el antivirus, porque de su homilía del miércoles de Ceniza, que queda claro que escuchasteis muy atentamente, recordasteis esta idea. No escuché la homilía porque ese año yo estaba en Roma, y ​​no sé si repetiré lo que él dijo, pero en todo caso me ha parecido que podéis entender bien qué es la cuaresma con este ejemplo. Cuando nos miramos a nosotros mismos -es como si miráramos nuestro ordenador, nuestro ipad, el móvil y viéramos que no funciona perfectamente. ¿Quizás un virus, quizás alguna aplicación no actualizada? Primero debemos pasar uno de esos programas que te dicen que lo limpian y luego seguramente deberemos instalar un antivirus o descargarnos algunas actualizaciones. Esto es lo que quiere Dios. Que miremos qué no funciona, es decir dónde estamos, y a base de algunas prácticas, la oración, la ayuda a los demás y renunciar a algunas cosas que nos gustan, que tendrán que hacer de antivirus, intentamos ser mejores, intentamos ir hacia donde Dios quiere que vayamos. Es decir que nuestro ordenador funcione perfectamente, que nosotros como personas, también amemos y trabajemos por los demás al cien por cien. Ya os aviso que todo esto a veces es más lento que simplemente instalarse un programa o descargarse una aplicación. ¡Quienes no sois escolanes, estoy seguro de que también lo habéis entendido perfectamente!

La ceniza en la cabeza era un signo de estar de luto. De estar tristes. Nos la ponemos hoy en este sentido de mirarnos a nosotros mismos y reconocer que no podemos estar del todo satisfechos con nosotros mismos y que necesitamos transformarnos en el camino del Evangelio, que es el camino señalado por Jesús y por todas sus enseñanzas.

Esta mirada individual es la que domina más hoy, ya que cada uno es responsable de su vida y de sus acciones y la llamada que oímos hoy va muy dirigida a cada uno en concreto, de una manera muy personal. Pero también existe una mirada colectiva. Todos somos solidarios. La Guerra de Ucrania, por su proximidad, nos hace realmente reflexionar sobre la humanidad, sobre cómo es posible todo esto que hemos visto y escuchado estos días. Si miramos, ya no a nosotros mismos, sino con una mirada colectiva a Europa y al mundo, no nos gusta dónde estamos, no nos gusta nada. Naturalmente no nos gusta la invasión, y tampoco vemos tan clara tan limpia y tan libre de intereses las respuestas. ¿Nos queda claro que las personas y las vidas son lo más importante? Aquí es donde deberíamos ir y no es ciertamente dónde estamos. El Papa Francisco ha llamado a solidarizarnos todos por la paz, con las prácticas cuaresmales de siempre: la oración, el ayuno y la ayuda. Los sacerdotes de la primera lectura lloraban entre el vestíbulo y el altar, como cantaremos ahora en el motete del ofertorio: Inter vestibulum et altare plorabunt sacerdotes…, ¿por qué lloraban? Por el pueblo, por el mundo. Qué buen ejemplo para nosotros. La situación de Ucrania puede ser un toque de atención a tantas otras situaciones mundiales donde las personas no están en el centro. Llorar es el fruto de ver dónde estamos con preocupación, pero de ahí debe venir la fuerza de conformarnos, no el mundo tal y como está, sino querer cambiarlo, darle la vuelta incluso. Nuestra transformación colectiva debería ir en esa dirección, poner a los seres humanos y la preservación de la tierra en el centro.

¿Cómo debe ser esa mirada individual y colectiva? Deberíamos mirar cómo mira Dios. Dios no mira ni se queda dónde estamos, Dios mira adónde vamos. Mejor aún: Dios ve allá donde podemos llegar. Dios es benigno y entrañable, lento para el castigo, rico en el amor. Dios abre siempre la perspectiva de un futuro mejor. Y además esa mirada de Dios es auténtica como nos dice el Evangelio. Ve la realidad de nuestros corazones. No mira cómo mira la gente. Dios nos dice muy claramente que esta transformación a la que nos invita cada Cuaresma no es para exhibirla, es para que sea real, en el corazón y en la vida de cada uno y de todos. Pongámonos a ello con toda la sinceridad.

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (2 de marzo de 2022)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

Para comprender mejor lo que querría comunicaros con estas palabras, os propongo que empecemos haciendo cada uno un ejercicio de memoria personal y recordemos aquellos momentos de nuestra vida en los que nos hemos encontrado con una ermita en medio del campo, o una capilla en lo alto de una colina, o una iglesia en la ciudad o hemos entrado en cualquier lugar de oración. Seguramente era un edificio antiguo como la mayoría de lugares de culto de nuestro país, probablemente artístico, más o menos bonito; quizás significaba personalmente algo para nosotros porque era conocido: esto significa que nos traía recuerdos, o quizás era totalmente nuevo. Sea como fuere, la primera sensación, viendo todavía el edificio por fuera es que estábamos ante un testimonio de la presencia de la fe en aquel lugar, de quienes lo hicieron, de todos los que lo han visto antes nuestro y cómo nos sentimos unidos en esa fe, ver iglesias nos hace sentir un poco como en casa. Esta sensación se hace seguramente más intensa al entrar. Entrar en un templo es muy diferente a entrar en un Museo. Puede estar también lleno de obras de arte, como ocurre en una exposición, pero hay algo más, hay una vida espiritual que a menudo se respira. Una parte de esta experiencia es compartida incluso por personas sensibles espiritualmente, sean de la confesión o de la religión que sean. Quizá sea un poco de deformación profesional, pero nunca dejo de mirar si la puerta de una iglesia está abierta y de entrar, habiendo repetido esta experiencia sin cansarme.

La solemnidad de hoy da un valor especial a este aspecto tan material, tan físico del espacio en el que nos encontramos. Dedicar una iglesia es orar a Dios para que entre estas paredes cada uno pueda repetir este encuentro con el Señor, que intentaba recordar hace un momento, esto se hace por la celebración de los sacramentos y de la oración personal y colectiva. Y esta dedicación es tan importante que celebramos cada año su aniversario. La fiesta de hoy no se queda en la alabanza de las piedras que forman las paredes. Constantemente, no sólo en la misa sino también en los maravillosos himnos que cantamos en Vísperas y Laudas, de los mejores de todo el repertorio gregoriano, se nos recuerda que el edificio de una Iglesia es símbolo de una realidad diferente, significa en primer lugar la posibilidad para cada uno de encontrarse con Dios y así lo hemos cantado con en el salmo responsorial: éste es el tabernáculo donde Dios se encontrará con los hombres.

Jerusalén es la ciudad donde los judíos iban a encontrarse con Dios y allí, en su templo, estaban seguros de que Dios les escuchaba. Ésta es la tradición que de la Jerusalén de la geografía y la historia ha pasado en una dimensión espiritual a la Iglesia toda entera y en todos los edificios que la hacen concreta y real, como lugares de encuentro de cada una de las comunidades con Jesucristo. Por eso, sí, esta Iglesia nuestra de Montserrat puede ser llamada, Ciudad Santa de Jerusalén, llamada visión de paz, Urbes Ierusalén Beata, dicta pacis visio, como todos vosotros habéis leído en la fachada del monasterio y cómo cantaremos en el himno de vísperas. Una Iglesia que pasa así de ser de piedras a ser de personas, de piedras vivías.

Esta piedra será testigo. Esta piedra puede ser exactamente este altar, centro de esta iglesia. Y esta piedra es testigo del encuentro con Dios: Para nosotros esto no es nada abstracto: para los monjes nuestra basílica de Montserrat es naturalmente muy querida. Es aquí que ocurre lo principal de nuestra vida, la oración comunitaria que compartimos con tantos peregrinos presentes y ausentes, el día a día pero también algunos de los momentos fuertes, nuestras profesiones, las ordenaciones, la despedida última de nuestros hermanos difuntos. Esta piedra nos es testigo de que en cada una de estas ocasiones Dios nos ofrece su comunión, la posibilidad de encontrarnos con Él. También me gustaría que vosotros escolanes pensarais en todas las cosas de las que os es testigo esta piedra: de cada Salve, de cada Virolai, de vuestra vestición, de vuestra despedida de la Escolanía, para algunos del bautizo, de la confirmación, de la primera comunión y que pensarais que Jesús os invita a tenerlo siempre presente en vuestras vidas: a hacer el bien y a amar. Lo mismo podríamos decir de los oblatos y de los cofrades que estáis aquí. También esta basílica de Montserrat, construida en el siglo decimosexto y desde el primer momento destinada más allá de ser Iglesia monástica, a poder acoger a los peregrinos que no cabían en la antigua iglesia románica de Montserrat, es un lugar de encuentro con Dios para tantas personas que vienen. Un sitio de memorias y recuerdos arraigados del propio camino de cada uno con el Señor. Que Dios haga que siga siendo esto y que colaboremos en hacer más intensa la vida espiritual de todos los que la visitan.

El evangelio de hoy es un buen ejemplo del fundamento de ese encuentro. Sólo la fe, sólo el deseo de Dios nos permite vivir el encuentro con Jesucristo a quien queremos permanentemente en nuestras vidas. ¿Quién es Zaqueo? Zaqueo era un hombre que a pesar de sus límites quería ver a Jesús. Que había entendido, o sentido, o intuido, quizás sin poder poner estas palabras, que en Jesús había una santidad que curaba. ¡Qué alegría cuando le invita a su casa y cuántas consecuencias para su vida poder acoger a Jesús en casa! Ayer también nosotros celebrábamos que Jesús como luz entraba en esta Iglesia y sencillamente recordábamos lo que todos sabemos: que Él se hace presente aquí todos los días y de tantas maneras. Qué esto también tenga consecuencias para nosotros, los hombres y las mujeres que Dios llama a rezar aquí o reza desde lejos con nosotros.

Seamos agradecidos por el don que Dios nos hace en sus iglesias, por su poder de hacer santas todas las cosas, incluso los edificios. Porque una cosa santa, una persona santa, es aquella que nos hace a Dios cercano. Por eso Jesús es el más santo de todos, porque nadie nos ha hecho a Dios tan cercano como Él y nada nos hace tan cercano a Jesucristo como participar de su cuerpo y de su sangre, que nos dejó como memoria suya. Este Jesucristo que como rezaremos en el prefacio, simboliza admirablemente nuestra comunión con Dios y la realiza en esta casa visible que nos ha permitido levantar.

Acto seguido, querido hermano Jordi, con una breve oración recibirás la bendición que te instituye como ministro de la palabra y del altar. Son dos servicios litúrgicos que hace años que cumples en nuestra comunidad, pero no lo des todo por hecho y por aprendido. Recibe la bendición de Dios como una nueva oportunidad para hacerte consciente de que, con la lectura de la Palabra, acercas a tanta gente que te escucha a Dios, pones voz a la Revelación, al testimonio milenario de la comunidad cristiana. Nunca te cierres a la acción de esta palabra que además como monje estás llamado a meditar y a rezar para que te conforme a Jesucristo, Dios hecho hombre, la Palabra, la fuente de toda la Revelación.

Recibe también la bendición del servicio de acólito, con conciencia de que la proximidad del altar debería llevarnos siempre a la humildad. Humildad por nuestra pequeñez, indignidad, distancia en la santidad, entre lo que aportamos nosotros y lo que nos da Dios, pero también oportunidad de comunión profunda y de servicio a la Eucaristía, que es servicio en el encuentro más fuerte que Jesús ofrece a su pueblo y que nosotros acogemos y recibimos en esta casa de Nuestra Señora, fieles a nuestra misión secular.

Que en estos servicios tengas siempre presente que Él, Cristo, es el protagonista y que todo lo hacemos para que en todo sea glorificado, servido y amado.

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 de febrero de 2022)

Solemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2022)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Aunque hoy todavía no cerramos litúrgicamente este tiempo de Navidad, tenemos suficiente perspectiva, queridas hermanas y hermanos, para mirar atrás y ver qué hemos ido contemplando desde el principio del Adviento. Miremos cómo lo miremos, el protagonista siempre es Jesucristo, siempre es el misterio de la Encarnación, de un Dios que se ha querido hacer humano. Alguna vez tenemos la sensación de que siempre predicamos lo mismo, pero mientras sea sobre Él, sobre Cristo, uno tiene menos miedo a repetirse, pero al menos siempre estaremos hablando del centro, de lo principal de nuestra fe.

Haciendo pues este recorrido hacia atrás, leyendo al profeta Isaías durante las primeras semanas de Adviento imaginábamos primero a este Cristo, a este Mesías como el que debía venir. Él mismo aparecía identificado con la Sabiduría de Dios. Cerca de Navidad, ya en el momento de la Encarnación, era la Palabra que venía al seno de María, que finalmente se hacía hombre, y que nacía en Belén, acompañado de efectos especiales, llamaríamos hoy, como las apariciones a los pastores, y otros eventos celestiales que le proclamaban definitivamente Mesías. La liturgia, todavía nos ha deslocalizado cuando entre Navidad y Epifanía, ha continuado la pedagógica revelación de la esencia del niño, explicándonos lo esperado que era en el templo para los ancianos Simeón y Ana, en un relato que se ubica después del nacimiento y fuera de Belén. Y finalmente hoy, recuperando la localización de Belén, celebramos todavía en torno a la cueva el último homenaje hecho al niño Jesús: la peregrinación de los Reyes con sus dones, que son, aún más, la afirmación de la naturaleza de Cristo: Oro porque es rey, incienso porque es Dios, mirra porque es hombre. Todo es una contemplación y una invitación a mirar con más y más profundidad a este Jesús de Nazaret niño, que contiene ya toda la potencia de su identidad y de su mensaje en el momento de su nacimiento.

Esta manifestación, que es lo que significa Epifanía, concluye un proceso que si nos fijamos bien ha ido del secreto y de la intimidad a convertirse en totalmente conocido, público, notorio. La expectación mesiánica del Antiguo Testamento era una promesa, era una esperanza. Más que secreta o íntima, estaba todavía en el reino de lo futuro. La anunciación a María, en cambio, toma ya el carácter de un hecho, de un acontecimiento histórico que ocurrirá, pero todavía está en lo más íntimo de una sola persona. San José comparte el secreto con la Virgen, después en el momento del nacimiento de Jesús podríamos decir que es el entorno, el kilómetro 0, los pastores quienes participan. Digo todo esto, para poner un contexto en la celebración de hoy y para intentar explicar que con la manifestación a los Reyes, a los reyes de Oriente, el relato evangélico nos quiere decir que Jesucristo se ha hecho universal, que su destino ya es ser conocido en todo el mundo y que esa intuición, esa promesa hecha en Israel, ese anuncio dicho a María se han cumplido por el bien del mundo, de todo el mundo.

El cristianismo ha sabido ser fiel a la vocación universal de la persona y del mensaje de Jesucristo que la fiesta de la Epifanía proclama. Ha sabido ser fiel en el sentido de que realmente el evangelio ha sido proclamado en todo el mundo. San Pablo como nos ha dicho la segunda lectura fue el primero de los apóstoles en comprender esta vocación universal. En comprender que la tradición de Israel quedaba realizada en el cristianismo y que la vocación universal no miraba sólo a la evangelización futura del mundo, sino que necesitaba integrar también la fe precedente que lo había hecho nacer todo. De dos pueblos ha hecho uno solo. La expansión rápida y fecunda de los primeros siglos, nos hace caer en cuenta de que realmente somos hijos de esta Epifanía de Cristo que ha ido reproduciéndose en la historia del pueblo de Dios. Por todas estas razones, la liturgia de la fiesta de hoy es casi eufórica: la alegría se respira por todas partes.

También nos es lícito preguntarnos, si esta extensión geográfica del cristianismo, concuerda con la profundidad con la que creemos y actuamos como cristianos. Un monje hermano nuestro difunto cuestionaba el discurso sobre la descristianización contemporánea haciéndose la pregunta de si realmente habíamos sido cristianizados alguna vez. La intención profunda de esta cuestión me parece que es ponernos ante la evidencia de que somos cristianos pero no somos perfectos, no hemos terminado todo lo que hay que hacer, porque evidentemente nuestra vida es seguimiento imperfecto y especialmente creo que tenemos siempre el reto de comprender que celebrar la Epifanía, celebrar que lo de Cristo es Universal, debería tener algún efecto más importante de los que tiene.

No quisiera amargarle a nadie una de las fiestas más entrañables del año, muy especialmente en la sociedad, pero la conciencia de lo que ocurre en el mundo es la primera condición para preguntarnos si hacemos suficientemente presente el evangelio de ese Jesús de Nazaret, manifestado a todos los pueblos. La primera página de un diario reciente decía que más de 4.000 personas, entre ellas más de 200 niños, han muerto intentando llegar a España durante el 2021. No es desgraciadamente la única mala noticia de estos días, pero impacta. Especialmente cuando en un día como hoy nos habla de niños. Y nos repetimos la pregunta: ¿realmente nuestro mundo está cristianizado y pasan estas cosas? ¿La Epifanía ha llegado a todo el mundo? ¿O es que Cristo se manifiesta y muchos no le hacen o no le hacemos suficiente caso?

No debemos desanimarnos si los caminos del seguimiento y de la conversión del mundo a una justicia y a una paz mayor, como la que propone el Evangelio son lentos. Lo que no nos está permitido es no ser conscientes de ello, no ocuparnos cada uno desde sus posibilidades, dicho en una palabra de hoy: No podemos pasar de todo esto. Nuestra vocación, el hecho mismo de que nosotros que éramos, a los ojos de Israel, paganos, hayamos recibido el evangelio y Cristo por la gracia de esta epifanía global, debería hacernos por vocación, preocupados de todo el mundo y de todas sus injusticias.

Quizás además de toda la conciencia de la realidad que vivimos, podríamos preguntarnos si no deberíamos recapitular el camino de la Epifanía que hemos contemplado tal y como os lo he intentado describir, y, empezando por el final, por la conciencia de que sí, que Cristo se ha manifestado en todo el mundo, ir atrás hasta recuperar una experiencia como la de Santa María, que yo me atrevería a llamar una Epifanía interior, una manifestación de Jesús en nuestro corazón. Quizás podemos entender su manifestación a todas las naciones como la condición que hace posible que cada hombre y cada mujer puedan vivir esta epifanía interior, y desde ella una conversión a Dios y a su Reino: Un compromiso personal y definitivo a hacer su voluntad. Porque quizás en el fondo todo comienza en un corazón sencillo y dispuesto a amar más allá de todo los límites. Y quién sabe, si eso quizás sí que cambie el mundo.

Abadia de MontserratSolemnidad de la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2022)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2022)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

En las eucaristías solemnes de estos días, la historia del nacimiento de Jesús nos va pasando por delante como las escenas de un Belén: En la Nochebuena contemplábamos la Anunciación a los pastores, el mensaje de los ángeles y el establo con el nacimiento del niño. El próximo jueves, fiesta de la Epifanía, leeremos el evangelio de la peregrinación y de la adoración de los Reyes. Uno se da cuenta de la pedagogía catequética que tienen precisamente los pesebres, que se convierten en expresiones materiales de los evangelios, escenificaciones del relato literario del nacimiento de Jesús.

El Evangelio de hoy nos llevaría a otra escena típica de los belenes: los pastores adorando al niño, los pastores yendo y viniendo de la cueva. Unos pastores que vienen de una experiencia fuerte como ha sido la de haber escuchado la proclamación de la Gloria de Dios en el cielo y la Paz en la tierra. Los pastores escucharon esto en medio de su hábitat corriente, es decir un campo al raso, en una noche de invierno, mientras hacían su trabajo, que ya se entiende por estas condiciones, que era un trabajo humilde, un momento y una ocupación poco inclinada a emociones fuertes o a eventos extravagantes. Después de esto y de decirse ellos mismos: Vamos a ver lo que ha pasado, los pastores llegan al pesebre, ven, se cuentan, escuchan y se vuelven alabando a Dios, después de comprobar que todo en conjunto no ha sido una alucinación. Si sólo tomáramos este evangelio, nos quedaríamos bastante vacíos: ¿qué cuentan los pastores y a quién, quiénes son estos otros, este todo el mundo, que tanto se maravilla de eso que les cuentan? Hay algo de misterio en todas estas alusiones, como si de algún modo nos invitaran a preguntar, a buscar qué es todo esto tan importante que está en el ambiente, on the air. Una lectura continuada del evangelio y de todas las escenas del pesebre nos ayuda a comprender, ya que nos lleva a tener muy presente que el mensaje a los pastores, y que leímos en Nochebuena decía:

 “No temáis, os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo: 11 Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. 12 Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. 13 Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, alabando a Dios, diciendo: 14 “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.(Lc 2,10-12)»

La brevedad no resta importancia al contenido: Este niño es el Mesías, el Señor, y esto provoca euforia, hasta en unos pastores medio dormidos. A partir de esta proclamación, la teología no ha hecho mucho más que intentar comprender qué quería decir que Jesús de Nazaret fuera el Mesías. Sólo el don de la fe nos hace capaces de ver a Dios presente en un hombre. La historia, las cosas que van pasando podrían tener interpretaciones mucho más realistas o pragmáticas, pero la fe nos permite decir que este niño en pañales es realmente el ser nuevo, el punto radical de conversión y cambio en la historia de la humanidad, aquél al que estos días cantamos como príncipe, como primero, desde Oriente, el lugar donde sale el sol, hasta poniente, en el límite de la tierra. Por el reconocimiento de su divinidad, contenida en su mesianidad y tan maravillosamente cantada al principio del evangelio según San Juan que leíamos el día de Navidad y repetíamos ayer, podremos reconocer a Dios presente en tantas y tantas personas. La fe nos ayudará a captar el amor entre los hombres y las mujeres como algo que viene de Dios, a comprender los progresos humanos como inspirados por Dios, a volvernos hacia él en los momentos difíciles para encontrar esa fuerza especial que viene de su Espíritu Santo y que tanto necesitamos.

Los momentos que marcan fuertemente el devenir del tiempo, como hoy, primer día del año nuevo civil, me parecen momentos indicados casi por naturaleza para recordarnos aquellas cosas que no pasan, aquellas que han marcado la historia y que permanecen: entre todas la Encarnación del Señor. También es un momento para reconocer la acción de Dios en el mundo, estos días tan inclinados a hacer resúmenes y estadísticas de tantos tipos.

Me gustó que un programa de la BBC del día de Navidad se titulara las noticias felices del 2021. Y se subtitulase, las historias más edificantes y estimulantes del año: Y hablara como primera noticia feliz de la vacuna, pero no la del Covid…, sino la de la malaria. Me gustó porque de alguna manera no ponía el centro en nosotros, los “occidentales” y nuestro gran problema, sino en un problema que afecta a muchos países pobres, especialmente en África. Un año nuevo civil es un momento en el que tenemos la sensación de que el libro está en blanco y querríamos poner muchas noticias de éstas y muy pocas de las demás. Me parece que no debemos perder la esperanza y que es muy sana la ilusión del progreso personal y comunitario que nos proponemos todos al empezar un año. Pero hay que pedírselo a Dios.

El breve mensaje transmitido a los pastores, tenía un solo deseo para la tierra: Paz. 

En este año que empezamos hoy, queridos hermanos y hermanas, celebrando la solemnidad de Santa María Madre de Dios, celebramos también la Jornada Mundial de la Paz, instituida por San Pablo VI en 1968, con el deseo de que fuera una conmemoración continuada, como así ha sido, y que fuese más allá del ámbito eclesial. Es todo un símbolo, un compromiso dedicar el primer día del año a la paz y hacerlo en medio de estas fiestas de Navidad, de la noche y del día, en que escuchamos que el nacimiento de Jesús era proclamado como ¡la gloria de Dios en el cielo y la paz en la tierra para los hombres y mujeres de buena voluntad!

En la tradición bíblica, la paz tiene la hondura de la palabra Shalom, de algo que no es quietismo, ni siquiera ausencia de conflictos, sino plenitud de Dios. Como algo que tiene que ser construido en profundidad, no sorprende que ya San Pablo VI hablara de la Paz como del desarrollo integral y que en el mensaje del Papa Francisco por el día de hoy nos proponga el diálogo entre generaciones, la educación y el trabajo como los instrumentos necesarios para construir una sociedad pacífica, que se apoye en la justicia, la única garantía de una paz verdadera. Los objetivos son ambiciosos, pero nos colocan en la línea de nuestra mayor ambición, la única válida: promover ahora y aquí la construcción del Reino de Dios, del Reino de Cristo, del Reino del Evangelio con todas nuestras fuerzas. Nuestra oración hoy es pedir fuerza para renovar nuestro compromiso personal y comunitario con el Reino de Dios para este año 2022 que empezamos y confiar en los “tempi” de su realización definitiva al único que tiene el poder de hacerlo: al Señor que nos espera al final de la historia.

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero de 2022)

Misa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2021)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Lo acabamos de escuchar. Era la última frase de este fragmento inicial del evangelio de San Juan. Permitidme un apunte referente a la traducción. El verbo final utilizado en catalán, revelar traduce un verbo original griego exegésato que en la versión latina tradujeron por enarravit. Los dos verbos significan explicar detalladamente, narrar…, esta traducción, algo distinta a la litúrgica, nos permitiría decir que la última frase que he citado nos proclama sencillamente que Jesucristo nos ha explicado con detalle quién es Dios: ipse enarravit.

Lo primero que nos explica Jesucristo de Dios es su voluntad de servirse de la humanidad. Demasiado resplandeciente para ser visto, Dios quiso hacerse hombre en Jesucristo para que no tuviéramos más confusiones, ni errores sobre quién era él: un Dios capaz de amar más allá de las categorías humanas, más allá de la reciprocidad, más allá de todo. En toda la tradición del Antiguo Testamento, Dios apuntaba ya a la humanidad como un instrumento de su salvación, pero finalmente como nos decía la lectura de la Carta a los Hebreos, después de haber hablado de muchas maneras, ha hablado definitivamente en Jesucristo. Admira, hace pensar que la humildad de lo que contemplamos en cada pesebre, un paisaje, unas personas, un niño recién nacido, es exactamente lo que San Juan nos explica en el inicio de su Evangelio, El que es la Palabra se ha hecho hombre y ha habitado entre nosotros. Hombre en el sentido de humano, sin distinción alguna de género. Humano y suficiente. Sin adjetivos. No humano europeo, o humano rico o pobre, ni siquiera humano cristiano, sino humano. ¡Qué exigencia de fraternidad universal no debería provocarnos un Dios hecho hombre de este modo radicalmente transversal!

Jesucristo nos explicará a Dios a partir de aquí por su vida humana. No celebramos el nacimiento de las personas ni sus cumpleaños por su nacimiento sino por todas sus vidas. También Jesús, más allá del significado inevitable de la Encarnación, contenido desde el primer momento de su concepción, en su nacimiento proyecta de algún modo todo lo que vendrá después. Porque a pesar de cumplir la promesa mesiánica del Antiguo Testamento y proclamarlo Rey, Príncipe de la paz, mensajero del designio de Dios y tantas otras categorías con las que la liturgia de Navidad nos invita a alabarle, es el hijo de María y José, será conocido como Jesús de Nazaret y nos dejará por encima de todo un evangelio, fuente para conocerlo y ley para seguirle como cristianos. En este evangelio, leeremos que su mesianismo es amar. Estimar especialmente lo que más necesita ser amado: los pobres, los enfermos, las viudas, los leprosos. Nos explicará a un Dios que ha querido salir al mundo a buscar estas situaciones, que nos manda que no nos desentendamos de las situaciones de pobreza.

Siempre me ha sorprendido la validez del lenguaje del Evangelio, después de casi dos mil años de su redacción. Cuántos pobres, cuántos enfermos, cuántas personas solas a imagen de las viudas del Antiguo Testamento, no tenemos hoy en nuestras sociedades. ¿Cuántos desequilibrios territoriales en el mundo. Jesucristo ha venido a explicarnos que Dios quiere otra cosa. Quiere su Reino: si no lo tuviéramos claro en todo el Antiguo Testamento, que también lo decía, ahora no podemos dudar de ello. Su nacimiento casi como un sin techo nos exige ser solidarios con estas realidades que ha querido habitar. Nos estremece escuchar y leer algunos casos de familias sin techo, a quienes vemos caer a veces en manos de mafias que negocian incluso con habitáculos infrahumanos, aprovechándose de la miseria y de la desesperación. Con el propósito de colaborar y tener presente el drama de tantas personas sin techo, os proponemos colaborar con Caritas, que nos advierte de las graves consecuencias sociales de la Covid y que presta especial atención a los problemas de vivienda.

Pero a pesar de su enseñanza, a pesar de su intervención directa en el mundo con hechos y palabras, Jesucristo también nos ha explicado que ni siquiera Él, mientras estuvo en la tierra, consiguió la conversión de la humanidad a los ideales de Dios y del Reino. Es más: acabó víctima de la misma dolencia humana, y sólo en el ámbito pascual de su resurrección, su mensaje empezó a impregnar el mundo y lo sigue haciendo hasta la fecha. La Navidad que hoy celebramos también avanza la Pascua: la divinidad entra en la humanidad, para que un día la humanidad pueda entrar en la divinidad, como su destino y su desempeño final. No nos desesperemos pues, si nos cuesta ver avanzar a este Reino. Lo único que podemos hacer es seguir luchando por hacerlo real.

Jesucristo nos explica de Dios su generosidad y gratuidad como también dice el evangelio de hoy: y a nosotros nos ha hecho el don de poder acogerla. Pero fijaos: poder acogerla. Ninguna obligación, ninguna exigencia. Dios admite de nuevo los límites humanos y nos deja la libertad de seguirle. ¿Podría ser de otro modo si hablamos de un Dios manifestado en un niño, en humildad y debilidad? Gracia y libertad son también los dones de Navidad. Gracia porque todo es gratis: Porque sí: porque podemos decirnos cómo decía San Agustín hablando de la Encarnación, en el final de uno de sus sermones de Navidad: Pregunta qué mérito, pregunta qué causa, pregunta qué justicia, y verás que sólo encuentras gracia: gratuito. Quaere meritum, quaere causam, quaere iustitiam; et vide utrum invenias nisi gratiam.

Y por si aún no lo hubiéramos entendido del todo, finalmente Jesucristo nos ha explicado un Dios que ha ido hasta el extremo del amor, que no sólo ha querido hacerse hombre sino que ha querido todavía abajarse más, hasta la misma materia de cada día y quedarse con nosotros en el pan y el vino de la eucaristía, en su cuerpo y su sangre: gratuitos, ofrecidos a todos, signo de un Reino que empezó ciertamente en un Pesebre de Belén, en la primera Navidad, y que continuaremos celebrando hasta su regreso glorioso.

Es él quien nos lo explicó. Ipse enarravit. Creo que Dios en Jesucristo y su Evangelio nos lo ha dejado bastante claro.

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 de diciembre de 2021)

Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2021)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

Celebramos Navidad en medio de la noche. El nacimiento de Jesucristo ocurre en la oscuridad. En la oscuridad física de las horas en las que no hay luz, en un momento del año en el que en nuestras latitudes las noches son especialmente largas, en una familia, que a pesar de ser de la Casa de David, no tenía lo que hoy llamaríamos “glamour”, en la improvisación de un alojamiento precario, en un momento de la historia de Israel, donde prevalecía más la sensación de derrota y de fracaso que la del triunfo y del éxito. Por otra parte, sin embargo, no era un nacimiento inesperado ya que toda la tradición de Israel preparaba ese momento. La historia del pueblo de Israel es más una historia de éxodos, de exilios, de derrotas que la de una nación favorecida por el bienestar material y la estabilidad política en la tierra. Israel elabora en toda su teología, muy especialmente en la de los profetas, la esperanza de una liberación, de un redentor, de un Mesías. Da mucho que pensar que el pueblo que llamamos escogido por Dios, sea este tipo de pueblo, sometido a tantas pruebas. Quizá hacía falta que la salvación arraigara en quien fuera capaz de entenderla a fondo. Sí. El mensaje de la redención no viene en un contexto fácil y, sin embargo, Dios promete venir y hacerse presente. La promesa, y la esperanza en el cumplimiento de esta promesa, han sido siempre temas característicos del pueblo judío, nuestros hermanos mayores en la fe.

Y es aún más sorprendente que esta promesa tan trascendental, anunciada a los patriarcas, contada por los profetas sea explicada en el Evangelio de una manera tan sencilla: el nacimiento de un niño en un establo, en plena noche, cuando no se ha encontrado sitio, ¡en ninguna parte! Naturalmente que tenemos la perspectiva para afirmar que este nacimiento es extraordinario, es sin embargo el cumplimiento de la misma promesa histórica hecha en Israel y por Israel para toda la humanidad: la promesa de El Salvador. Aún más extraordinario, la promesa se cumple en el anonimato más profundo y sólo algunas circunstancias privadas nos lo dicen, como las revelaciones a la Virgen, a San José, a Zacarías y a Isabel, padres de Juan Bautista, tal y como son explicadas en los evangelios llamados de la Infancia y con los que hemos ido preparando esa solemnidad.

Por eso cantamos esta noche en todo el mundo:

¡Santa noche!, ¡plácida noche!

Jesus, tan pequeño,

es el Dios, Ser Supremo poderoso,

en humilde pequeñez recluido

para salvar a todo el mundo,

Situados en esta noche de la historia, entendemos mejor lo que es Navidad. Y que gran parte de su mensaje ha sido captado en la frase del villancico que nos dice que ese Dios tan grande ha sido “En humilde pequeñez recluido”.

¿Cómo podemos comprender desde nuestra situación actual el significado de la Navidad? En el diálogo que debemos tener y que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, ¿a menudo nos encontramos con la pregunta fundamental sobre la salvación? ¿De qué debemos ser salvados hoy? ¿Qué sentido puede tener la Navidad si no somos capaces de arraigarlo en una promesa y en una esperanza de salvación real, existencial, que quiera decir algo para el mundo de hoy? Podríamos responder naturalmente con el catecismo, con la antropología de la Iglesia que nos dice que todos somos pecadores y por tanto todos celebramos con la Navidad, el nacimiento de Jesucristo que nos ha devuelto la inocencia que como humanidad habíamos perdido y nos ha perdonado los pecados. Pero si en vez de quedarnos a este nivel teórico, queremos ir un poco más allá, hacer que esta verdad de salvación personal y colectiva realmente se entienda y se viva en el mundo, ¿cómo podemos explicarlo?

Hace dos años que vivimos la pandemia del cóvid19. ¿Podría ser que este hecho nos acercara a una especie de conciencia universal de salvación? La pandemia es global como lo es la situación de la que Dios viene a salvarnos a todos. Hacía muchos decenios que no sentíamos tan cercana, tan real una amenaza colectiva por la humanidad. Tratemos de ser conscientes de ello porque puede nacer un valor de solidaridad real, más allá de las fronteras, de las culturas, de las divisiones que a los ojos de los cristianos deberían ser escandalosas entre diversos tipos de mundo: primero, tercero, cuarto… ¿Es que Dios ha creado mundos diferentes? ¿Es que se ha encarnado quizás en humanidades distintas?

La pandemia nos ha vuelto a colocar en la inseguridad. Hay cierto desconcierto ante tanta y tanta información. Nos ha desinstalado de nuestras fes y confianzas ciegas en el progreso y la ciencia. Quizás nos ha vuelto a manifestar aquella situación que tantas veces encontramos en la Biblia, por la que el mayor pecado es la autosuficiencia humana, prescindiendo de Dios. No cabe duda de que saldremos adelante gracias a los esfuerzos de los científicos, pero el contexto extraordinario que vivimos podría ayudarnos a reflexionar sobre nuestros límites, a dejar entrar un poco lo inesperado, lo imprevisible, lo inefable a las nuestras vidas.

¿Qué significa celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, de Cristo, la encarnación de Dios en medio de este mundo? No creo que quiera decir confiar en una intervención directa por parte de Dios. Jesús no nace este año en Belén con una vacuna, o una píldora, o directamente con anticuerpos por todo ser humano. Ya nos ha demostrado que la intervención directa no es su estilo habitual. Pero Navidad debe ser recordarle a Él y a su evangelio y saber que en primer lugar, da sentido por su sola presencia a la vida, el dolor y la muerte de todos los hombres y mujeres. La Iglesia tiene ejemplos constantes de ese sentido concedido como un don de Dios en Jesucristo a la humanidad. Esto es salvación. Y hace falta sentirla como necesaria, a poco que salgamos de la anestesia colectiva en la que nos encontrábamos, no sé si nos encontramos todavía, y a la que, tengo a menudo la impresión estos días, de que muchos tienen prisa para volver rápidamente, cuando todo esto pase.

Esto que estamos haciendo esta noche, rezar, velar, renovar el sentimiento de la esperanza de Israel en la promesa y celebrar que en Jesús se cumplió por completo, por su condición de ser el Mesías esperado, da sentido al mundo. Pero todavía nos falta un paso más: necesitamos humanizar el mundo. De la misma manera que Dios, por su Palabra, tal y como hemos cantado, quiso elevar a la humanidad, cuando la asumió en la persona del Hijo, también nosotros debemos trabajar para dar al mundo esta humildad que le haga sentir necesidad de ser salvado, predispuesto a acoger a Jesús y confianza de haberlo sido realmente.

Compartir es un signo de solidaridad. Por eso os proponemos esta noche colaborar con la colecta que haremos a favor de Caritas, que nos advierte de los peligros de exclusión y pobreza que ha provocado la pandemia.

Celebramos Navidad. Celebramos el nacimiento de Jesucristo. ¿Por qué? Para continuar la obra de su evangelio que es hacer un mundo más habitable, más sostenible, más justo y más fraterno. Nadie negará que de esto, se le llame Salvación u otro nombre, tenemos hoy, toda la necesidad.

 

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 de diciembre de 2021)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (8 de diciembre de 2021)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

Cuando algo más joven que ahora estudié la asignatura que en teología habla de la Virgen María, la mariología, el profesor asoció esta solemnidad de la Inmaculada Concepción a la vocación de Santa María. Inmaculada Concepción significa, queridas hermanas y hermanos, completamente limpia desde el principio de la vida, sin haber cometido ninguna falta ni tener la posibilidad de cometerla y eso es una circunstancia que sólo la Virgen comparte, ella y ningún otro ser humano, con Jesucristo. Por esa cualidad tan especial, Dios la preparó para su vocación, para la llamada que le haría y que hemos leído en el Evangelio a ser la Madre de Jesucristo. Al poner juntas la solemnidad de hoy y la vocación podemos también hacer una lectura existencial de lo que le ocurrió y que nos afecte a todos. Porque a pesar de las diferencias entre nosotros y ella, todos tenemos o tendremos una vocación, una llamada de Dios a hacer algo en la vida. Y sobre este punto quisiera compartir algunas ideas. 

La primera nos dice que, a pesar de la dificultad recurrente de nuestra fe en creerlo, Dios es capaz de comunicarse con nosotros. Esta idea tan simple es la base de la primera lectura y del evangelio que hemos leído. Dios quería decir algo a Eva y quería decir algo a María. Una de las formas que las tradiciones judías y cristianas tienen de representar este mensaje de Dios a los hombres y mujeres son los ángeles, como hemos leído en el Evangelio. También encontramos otras formas de cómo Dios se comunica: por ejemplo en la primera lectura sale a hablar y a preguntar directamente a Adán y a Eva, les pregunta: ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? En otros pasajes Dios habla utilizando experiencias interiores, el silencio, la luz… La situación más normal en nuestra vida no es que se nos aparezcan ángeles con un mensaje muy claro o que oigamos a Dios hablarnos y haciéndonos preguntas, sino que normalmente debemos buscar la voluntad de Dios en nuestra realidad de cada día, en lo que nos dicen los padres o los maestros, los amigos, los hermanos de comunidad, algún maestro o director espiritual, también en las cosas que pasan a nuestro alrededor, en las necesidades que vemos que existen. Sea como fuere, lo que quiero decir es que podemos comprender de muchas formas diferentes qué quiere Dios de nosotros. Esta voluntad de Dios será distinta también en las etapas de la vida. ¡Qué diferente para María la voluntad de Dios en el momento de la anunciación o al pie de la Cruz! Pero siempre fue fidelidad a Jesucristo. También una misma llamada puede tomar en nuestras vidas momentos muy distintos. Lo puedo decir por experiencia. El Evangelio de hoy nos habla, en primer lugar, sobre todo de la posibilidad real de una vocación.

La segunda idea de hoy es la de la preparación para hacer lo que nos piden. Las vocaciones nunca pueden venir si no existen las posibilidades de desarrollarlas. Dios no juega con nosotros. Dios no pide lo imposible. En el caso de la Virgen María, esta preparación fue toda una disposición personal dada gratuitamente para poder recibir el misterio de la encarnación de Jesucristo. Y para ella fue inesperada, incierta, con horizontes insospechados en el momento de producirse. Pero ciertamente estaba preparada, Pre Parata, es decir dispuesta por adelantado para cumplir su llamada. ¿Y nosotros? Nosotros deberíamos tener también la confianza en que Dios nos dará los medios para cumplir las vocaciones que vamos a recibir. En la mayoría de los casos nuestras capacidades ya serán un punto de partida: todo lo que somos es don de Dios y por tanto todo lo que nos proponemos en la vida lo hacemos a partir de lo que somos, y reconocerlo debería ser el primer paso para averiguar qué quiere Dios de nosotros. Creo que ésta fue la actitud de la Virgen, a pesar del miedo, la duda, la sensación, también a menudo tan nuestra, de no ser capaces de hacer lo que nos piden. Pero es todo lo contrario. Si es de Dios podremos hacerlo. ¿Fácil? No. Como no lo fue para Santa María, ni lo fue especialmente para Jesús, pero su fidelidad demostró que Dios nunca se equivocaba.

Todavía existe una tercera idea en este evangelio. A María no le preguntaron explícitamente si aceptaba o no esa situación de ser Madre de Dios. Pero, en cambio, el relato nos reporta su actitud de aceptarlo. Las más que célebres frases: Soy la sierva del Señor, que se haga en mí según tu Palabra, nos ayudan a entender que nosotros y nuestra actitud ante lo que nos pide Dios serán muy importantes. La respuesta de María, paradigma de toda la disponibilidad cristiana en ponerse en el camino del evangelio y de la obediencia interior a Dios, será siempre el ejemplo de la respuesta auténtica, aunque a veces no seamos plenamente conscientes de hasta dónde nos puede llevar. Y después de esto el ángel se retiró, como confirmando que ya no era necesario, que el mensaje se había entendido.

En el fondo, la solemnidad de hoy, nos recuerda que Dios pide nuestra colaboración en su proyecto para la humanidad que es el de que todo el mundo viva y se salve.

Desde tantos lugares y desde tantas capacidades personales, podemos y debemos trabajar para conseguir que todo el mundo viva y se salve. Pensemos si no, en la amenaza a la vida, a la integridad, a la salud de tantas personas. Pensamos en un mundo que se ha cerrado sobre un cierto egoísmo a causa del Covid, pensamos en tantos países que se llaman de tradición cristiana y parecen tan indiferentes a la situación de la vacunación de los más pobres, tal y como insistentemente denuncia el Papa Francisco… Menos mal que Dios es perseverante, insistente en sus llamamientos y firme en su plan salvador que continúa hasta cuando miramos hacia otro lado.

Que nos sirva esta celebración para disponernos a cumplir siempre con la voluntad de Dios.

 

 

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2021)

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (2 de noviembre de 2021)

Sabiduría 3:1-9 / 2 Timoteo 2:8-13 / Lucas 24:13-35

 

En la solemnidad de ayer hablábamos estimados hermanos y hermanas de un horizonte de plenitud, porque nuestra mirada se dirigía a todos aquellos que por su santidad, anónima o no, gozaban de la plenitud de Dios. Hoy en cambio recordamos a los fieles difuntos y nuestra celebración quizás se queda un paso atrás. De los fieles difuntos no afirmamos rotundamente su comunión con Dios como podemos hacer con los santos, sino que, más conscientes de sus vidas, de su debilidad, oramos por ellos… porque sí, para que lleguen a unirse a todos los santos del cielo. Evidentemente que las dos celebraciones están muy ligadas, pero la liturgia de hoy, recordando a los difuntos, nos llama preferentemente a una actitud de oración, de esperanza, de confianza.

Todos hemos pasado por la experiencia de la muerte de una persona querida. También vosotros escolanes, si bien esto de los funerales va aumentando con la edad. Estos momentos de despedida, ¿no son siempre un momento para hacer balance? ¿Para pensar en la vida? ¿Para pensar cómo amamos? Y algunos, ya mayores, quizás pensamos en nuestra vida porque toda muerte nos hace pensar que sólo tenemos una vida.

El salmo responsorial nos ayuda a entrar en esta tranquila reflexión que la liturgia de hoy nos propone. El salmo nos habla de la presencia de Dios en nuestra vida: Un Dios que ilumina, que salva, que es un muro que protege. Un Dios que sabe que no hemos llegado, que estamos en camino, pero que avanzamos, que nos dice: Tu rostro buscaré. 

Un Dios al que nosotros decimos que queremos estar en su casa. Estos días cuando debo recibir romerías les digo que Dios nos ha hecho el don de este lugar, porque lo custodiamos y nos permite ser testigos de la alegría de quienes vienen a Montserrat. Sentíos también parte de esta alegría, escolanes, vosotros que también vivís en la casa de Dios y de Santa María y que sois una parte importante de la alegría de los peregrinos, ¡que hacéis feliz a tanta gente!

Y ese salmo que dice todas estas cosas que parecen más relacionadas con la vida que con la muerte acaba diciendo: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida

En catalán rezamos dos versiones de este versículo: Una dice “disfrutaré en la vida eterna” y la otra “disfrutaré en esta vida” de la bondad que me tiene el Señor. Pregunté una vez a un salmista entendido del monasterio qué versión era la buena y me respondió: las dos, porque de vida sólo hay una: la que vivimos aquí y la del más allá son la misma. Y por eso el mensaje de este salmo podría ser que todo lo que vivimos y que podemos controlar hoy afectará a la vida eterna, que es una verdad fundamental, esencial e irrenunciable de nuestra fe. Y por eso oramos por los difuntos, porque sabemos que no fueron perfectos aquí, cuando estaban con nosotros y todo lo que imaginamos del más allá, lo imaginamos en la esperanza y en la fe.

Como cristianos, tanto nuestra vida hoy como nuestra esperanza de resucitar, debe estar centrada en Jesucristo. Cuando Jesucristo vivía entre la gente, antes de su muerte nos dijo muchas cosas útiles para vivir plenamente, las podríamos resumir diciendo que dijo que quisiéramos a Dios y nos amáramos unos a otros. ¡No dijo esto y se fue! Lo más interesante, lo que más nos ayuda a seguir sus palabras no es que sean muy inteligentes, muy profundas o siempre acertadas en cada una de las situaciones que se encontró; todo esto es verdad, pero lo más importante es que, después de morir, resucitó. Esto significa que se hizo presente y sigue presente entre nosotros y llama a todos a vivir como él vivió, para después poder seguir viviendo con él en la vida que nunca se acaba.

Este estar presente de Jesús resucitado después de su muerte, le explica muy bien el evangelio de los discípulos de Emaús. Estos discípulos están frustrados. Todo lo que Jesús había enseñado parece que ya no tiene sentido, teniendo en cuenta su muerte en cruz y su desgracia pública. Es curioso: sus palabras son las mismas que entusiasmaban a la multitud, se recuerdan sus actos y sus curaciones, pero ahora no provocan entusiasmo, más bien provocan que estos dos discípulos se marchen hacia otro lado, en dirección contraria. Se van incluso habiendo escuchado ya un primer mensaje de la resurrección, pero sin haberlo creído… “algunas mujeres han dicho…”; pero total, ¿quién puede hacer caso de algunas mujeres en algo tan serio…? Con todo, Jesús se hace presente, sin reconocerlo, camina con ellos en su misma dirección, a pesar de ser contraria a la del lugar de su Resurrección y de su mínima e incipiente comunidad de creyentes. Y caminando con ellos, no fuerza nada, va hablando, va contando hasta que en el momento de compartir el pan, lo reconocen. Entonces todo tiene sentido: sus vidas, las palabras de Jesús, ¡incluso lo que habían dicho las mujeres! A partir de ahí la vida de estos discípulos como la de todos los demás que hemos venido detrás, estará acompañada de la presencia de Jesús resucitado y de la esperanza de reunirnos con él en nuestra resurrección.

La diferencia que aporta la vida cristiana a una filosofía de vida es esa intimidad que Cristo resucitado nos hace posible con Él, por su Espíritu Santo enviado y en la comunión de Dios Padre, por todos los días de la vida única. Ésta y la futura.

Por eso hoy oramos por los difuntos, para que se cumpla su bautismo, para que su vida en Jesucristo aquí, tenga la continuidad y la plenitud de la comunión con Dios en la eternidad. Este último año nuestra comunidad ha rogado que esta realidad de vida plena fuera verdad para nuestro hermano el Padre Anselm Parés que murió el pasado 29 de mayo, después de veinticinco años aproximadamente de ser monje. A la esperanza de que Dios, por su misericordia, le haya perdonado y acogido, añadimos la acción de gracias por sus muchos ejemplos de piedad, paciencia, discreción y fe. Sí. Nuestros hermanos difuntos también pueden sernos, por su ejemplo, una exigencia para nosotros hoy, porque encarnan maneras de amar a Dios y al prójimo. Dejémonos inspirar por ellos.

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús resucitado al partir el pan. En cada eucaristía el Señor nos da esa posibilidad porque se hace presente. Pongamos toda nuestra atención para reconocerlo vivo entre nosotros con todas sus consecuencias.

Abadia de MontserratConmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre de 2021)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2021)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

La solemnidad de Todos los Santos que estamos celebrando nos coloca, queridos hermanos y hermanas, en lo que podríamos llamar una perspectiva final. Utilizando la imagen contemporánea del “pasar pantalla”, sería como si se nos permitiera ir a la última pantalla y ver lo que hay. No es extraño que sea el último libro de la Biblia, el Apocalipsis el que mejor describe esta pantalla final y todo lo que pasará, por eso también se le ha llamado libro de la Revelación. En varios pasajes del Apocalipsis se habla de los santos, de una multitud de personas que alaban a Dios. ¿Quiénes son? Son muchos hombres y mujeres que han vivido antes que nosotros y que han llegado ya a la pantalla final, la que aparece no en esta vida sino cuando precisamente esta vida se termina. De muchos de ellos, de todos los santos, de todos los que hoy conmemoramos, sabemos que en esta pantalla han encontrado a Dios, han encontrado la plenitud del amor de Dios. Esa plenitud es lo que habían intentado vivir mientras vivían en la tierra, con las debilidades y defectos que ellos mismos tenían y que ahora han cesado, porque allí donde está la plena comunión con Dios, cesan las carencias de este mundo.

Estas expresiones como plenitud del amor o de la comunión con Dios, son formas de explicar la realización de la vida, muy especialmente de la vida cristiana. En la liturgia de la Palabra de hoy, todavía hemos leído otra expresión similar: Ver a Dios. La primera carta de San Juan nos lo decía: Cuando Dios se manifestará: esto es en la última pantalla, veremos a Dios tal y como es. También una de las bienaventuranzas que hemos leído en el Evangelio habla especialmente de esto: Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Aunque lo de ver a Dios pueda parecer algo muy abstracto, muy teórico, ver a Dios debería ser una aspiración de cada día para todos. La solemnidad de hoy recuerda vidas concretas de hermanos y hermanas nuestras que han vivido queriendo ver a Dios. Aquellos que llamamos santos, son esos hermanos y hermanas nuestras que han caminado por la vida siguiendo a Jesucristo y su Evangelio. La Iglesia, consciente de que sólo puede reconocer de forma oficial y pública la santidad a algunos de los que han hecho este camino, incluye en la solemnidad de hoy a los santos anónimos, aquellos que Dios reconoce y que quizás nunca serán conocidos. Siempre me ha impresionado que estos santos anónimos se incluyan en una celebración más solemne que la de algunas figuras eminentes y destacadas de la historia eclesial. Tan importante es para Dios esa vida escondida, esa santidad que Él sí conoce.

¿Pero qué nos dice a nosotros hoy esta realidad tan grande de personas que han vivido haciendo el bien? Nos enseñan que es posible vivir como cristianos y realizarse plenamente. Muy a menudo he intentado explicar la vida cristiana como un camino:

En este camino, Dios nos pone un objetivo difícil, casi imposible: la santidad: La oración de después de la comunión de hoy nos dice que la santidad es la plenitud del amor de Dios, por tanto que la santidad es lo que estas expresiones: plenitud, comunión y visión de Dios, significan.

En este camino, Dios, a veces hace que nos demos cuenta de dónde estamos nosotros y dónde está el objetivo. Y si bien podríamos caer en un cierto desánimo por la distancia entre una cosa y otra, lo importante es hacernos en este preciso momento conscientes de la misericordia de Dios, porque buena parte del camino hacia la plenitud empieza en el realismo de lo que somos. Cuando nos ponemos con esta sinceridad ante Dios, Él mismo nos da la fuerza para continuar y seguramente nos hace más claro y más presente el objetivo hacia el que avanzamos. Los hombres y mujeres santos lo son porque han hecho este camino, en el fondo tan humano, que es el camino del crecimiento y de la maduración cristiana.

La solemnidad de hoy debería ser compromiso en ese camino personal. ¿Qué puede ser hoy ese camino que nos propone Dios? El camino de Jesucristo en las bienaventuranzas, que dijo que seríamos felices hasta en condiciones extrañas y adversas: en el llanto, en la pobreza, en la persecución… Pero todas estas situaciones no tienen la última palabra, no son lo que sale en la última pantalla, al igual que nuestras debilidades, nuestros errores, todo lo que llamamos pecado tampoco tiene la última palabra en nuestra vida. Los santos no son quienes no tienen pecados sino quienes han sabido reconocerlos y por eso nos son un ejemplo cercano.

El horizonte que nos abre la solemnidad de hoy es un horizonte con Dios, pero como decía, antes de la pantalla final, deben pasarse unas cuantas. Es necesario pasar las pantallas de la vida. Las bienaventuranzas también nos invitan a ser muy sensibles con las realidades que describen. Nos invitan a ser parte de la “solución” o de la resolución que en cada una de las bienaventuranzas aparece como un segundo término, especialmente en aquellas bienaventuranzas que describen situaciones de los demás, situaciones sociales. No podemos recitar las bienaventuranzas y decirnos: ¡si los pobres son felices no hace falta hacer nada! Allí donde Dios nos quiere es en la resolución: esto es, a hacer algo por los pobres, a ser consuelo para quienes lloran, a colaborar en saciar el hambre y sed de justicia, en ser constructores de paz. Y atrevámonos a extender alguna bienaventuranza, pensemos que justicia y paz también es cuidar la tierra, nuestro planeta, estos días que todo el mundo está pendiente de los pasos que hay que dar para proteger la Creación. Si seguir las bienaventuranzas nos trajera algún problema, que nos consuele saber que sólo estamos siguiendo el camino del Evangelio y que el horizonte que nos espera es el de ver a Dios. Y no somos los primeros, ni seremos los últimos. Siendo los cristianos de hoy, nos toca ser el eslabón en la cadena de santidad de la Iglesia. ¡Qué reto! Siempre nos ayudará la comunión que formamos cuando recordamos a Jesús en la eucaristía, como estamos haciendo.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2021)