Domingo de Pascua (31 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (31 de marzo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

“Hoy es el día en que ha obrado el Señor, ¡alegrémonos y celebrémoslo!” Son unas palabras que repetiremos mucho esta semana. En la misa de esta mañana de Pascua, las cantarán los escolanes y la capella durante el motete del ofertorio, en la versión de Giovanni Pierluigi da Palestrina y en latín: “Haec dies quam fecit Dominus, exultemur et laetemur in ea”. ¡Seguro que la recordaréis bien porque estaréis tres minutos repitiendo esta breve frase!

“Este día de hoy” ha empezado esta noche, ¡tan corta! Parece una contradicción: ¿no es la noche lo contrario del día? ¡En cambio cantábamos al iniciar la Vigilia Pascual que la noche era tan clara como el día y que, por Dios, la luz y la oscuridad eran igual! Ésta es la fuerza de la Pascua, ésta es la fuerza de ese día en que ha obrado el Señor, un día que llega a iluminar la noche.

Y si bien es verdad que lo primero que hizo Dios fue dar a la luz el nombre de día y a la oscuridad el de noche, como dice la Biblia casi al principio, también es verdad que Él mismo iluminó la oscuridad del pueblo que huía de Egipto, y quiso que todo Israel esperara siempre el día del Señor, el día en que todas las promesas esperadas se cumplirían, día que comienza en otra noche, la de Navidad también iluminada por Dios desde la oscuridad y termina hoy.

¿Cuál es el secreto de María Magdalena yendo por la mañana, cuando todavía estaba de noche en el sepulcro de Jesucristo? Es el deseo del amor que no se resigna al fracaso y puede más que las pruebas evidentes de la muerte. Como nos gustaría que Ella, apóstol de los apóstoles, nos transmitiera ese deseo de buscar a Cristo incluso en las horas más oscuras de la vida. Por eso le hemos preguntado, cantando en la secuencia, ese fragmento de la misa de Pascua, de hoy, antes del Aleluya. “Dinos María, ¿a quién has visto en el camino?”

María Magdalena ha sido testigo de que realmente ¡Aquel fue el día en que obró el Señor!

Oraba San Anselmo a Dios, recordando la resurrección del Señor, “ojalá hubiera estado yo allá con las santas mujeres para escuchar el anuncio de la resurrección del Señor, anuncio que me consuela, anuncio tan esperado, anuncio tan deseado.

¡Hoy es el día en que ha obrado el Señor! Esta frase que estoy comentando está sacada del salmo 118, muchos siglos antes de la resurrección de Jesucristo. Quien la escribió no contaba una historia, sino que hablaba de una esperanza, deseaba ver el día en que realmente Dios actuaría. En la fiesta de Pascua, resucitando a Jesucristo de entre los muertos, el salmo 118 se ha cumplido del todo: a partir de ahora, todo lo bueno que puede pasar no será sino una reproducción y una actualización del mensaje profundo del día de hoy, tal y como nos vuelve a decir la secuencia:

«la vida y la muerte tenían una guerra y el rey de la vida, a pesar de haber muerto, reina vivo».

La lucha entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, es algo que vemos constantemente en nuestro entorno. Lo vemos en las noticias, en las películas, en las series, supongo que en los vídeojuegos. Ambas dimensiones están presentes en el mundo. También las tenemos muy en cuenta en nuestra oración. Y si estos últimos días, os hacía notar que incluso en los momentos más digamos dramáticos de nuestra oración, el viernes santo por ejemplo, durante la pasión y en la oración de la mañana, en medio de cantos que preguntaban a Dios el porqué de tanto mal, había siempre una esperanza, ¡el mensaje de Pascua no podría olvidar que su luz, su vida, su bien se proyectan sobre un mundo y sobre una realidad que la necesitan porque están llenas de todo lo contrario!

En todas estas historias de ficción, el autor decide si quiere que se acaben bien o mal. Lo que no es real es dominable, la gran verdad de Pascua es que, con ella, Dios ha dado a la historia y a la realidad un final que siempre acaba bien. La resurrección de Jesucristo ha cambiado la idea de la humanidad, el destino de todo, y lo ha hecho abriendo esta vida a la inmensa dimensión de Dios, que abarca todo el pasado y todo el futuro. Y donde Dios domina, sólo puede reinar, el bien, la luz y la bondad.

Los iconos de la resurrección lo expresan con una imagen muy bonita, en la que Jesús no resucita solo, sino que baja y atraviesa unas puertas, las puertas de la muerte y va a buscar a todos los que han muerto antes que él, simbolizados en Adán. Es una forma de decir que con esta resurrección conquista y lleva la vida a todo lo que había pasado antes. Y naturalmente su resurrección nos dice también una palabra sobre el futuro que nosotros podemos esperar, que es el de la vida después de la muerte, para cada uno de nosotros cuando será el momento, para todo el universo, el día de la Pascua de la Creación.

Con este marco que nos abre la gran solemnidad pascual, casi necesitamos hermanos y hermanas, ser optimistas y administrar la vida sabiendo, y hace falta fe, que la decisión final de Dios sobre el mundo está tomada, pero que depende de nosotros de parte de quien queremos estar, si de la luz o de la oscuridad. Recordemos siempre esto lo que hemos celebrado esta semana Santa, recordamos la respuesta solidaria que Dios nos ha dado ante nuestra hipocresía, nuestra debilidad, incluso ante la violencia que somos capaces de ejercer como humanidad contra los inocentes. Acordémonos de Jesucristo y no nos será difícil decidir en qué lado de la historia queremos estar.

En cualquier lucha que el mundo libra contra el mal, la resurrección de Jesucristo es la fuerza del bien, de la luz, de la paz, es la que nos urge a ponernos del lado del amor. Os invito queridos hermanos y hermanas a dejar que el Señor vencedor de la muerte entre en vuestros corazones.

We are here this morning celebrating the feast of feasts, Easter, the Resurrection of our Lord Jesus Christ. May him grant us his light, his goodness, his Peace, to make us able to fight the wrong, the war, the darkness of this world. Truly aware that He has overcome, win the battle of the world and the history.

¡Hoy es el día en que ha obrado el Señor! Alegrémonos y celebrémoslo.

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (31 marzo 2024)

Vigilia Pascual (30 març 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (30 de març de 2024)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Marcos 16:1-7

 

Pascua

En esa noche tan llena, tan intensa, proclamamos que la solidaridad de Dios no es un recuerdo histórico ni una esperanza, es una realidad. Esta Vigilia Pascual recupera todos los elementos de nuestra fe. La memoria de las hazañas de Dios a favor de la humanidad ha ocupado un trecho de nuestra vigilia. Hemos repasado cómo el amor se hace historia a favor de los hombres y mujeres, como las promesas del Señor siempre se realizan en el tiempo y nos mueven a la esperanza de que se cumple y se supera. La creación, la Alianza, la liberación de Egipto, el retorno del Exilio, son las diversas etapas de un itinerario que desemboca en esta noche, glosada literariamente de forma sublime en el Pregón Pascual, una noche en la que ya no esperamos porque todo se ha realizado y cumplido. Por eso en el corazón de esta vigilia proclamamos: “Aleluya, realmente Cristo ha resucitado de entre los muertos, Aleluya” y lo repetiremos sin cesar toda una semana, como si fuera, por un lado, demasiado grande, demasiado difícil de digerir y de comprenderlo de una sola vez, y por otra, como movidos por una necesidad de compartirlo, de recordarnos a nosotros mismos la alegría interna de este mensaje pascual.

Dios comparte la vida de la humanidad en Jesús de Nazaret, comparte su muerte, pero la supera con la resurrección, porque Él es un dios de vivos y no un dios de muertos. Había que actuar desde dentro, desde el corazón de la humanidad para que todo fuera salvado por la resurrección. Para que la vida se impusiera sin reserva alguna. Nada podría expresar mejor esta vida, que la luz y el agua que llenan esta celebración desde el inicio.

Pascua en el mundo: Galilea

Con toda sinceridad podríamos afirmar: Si todo esto pudiera ser en el mundo tal y como lo celebramos esta noche, ¡con qué gozo no viviría la humanidad! Pero esta conciencia de un mundo que vive lejos de la realidad pascual, nunca quitará valor a nuestra vigilia. Si nuestra liturgia es capaz de hacernos sentir en esta noche la vida de Cristo Resucitado que perdura y se transmite, que nosotros veremos en los sacramentos que nos harán evidente que nuestro pueblo crece enriquecido por la iniciación cristiana del Benat, Eloi e Isidro; si en esta noche podemos vivir la convicción de que el mensaje del Evangelio, que recibió su legitimación definitiva en la noche de Pascua, está tan vigente como el primer día; si esta noche nos hace sentirnos cercanos a Dios, y conscientes de que, por su resurrección, Jesucristo no es sólo una memoria sino una presencia viva y cercana en lo más íntimo de nosotros mismos, en una palabra finalmente, si esta noche es una noche de fe, será una noche llamada a iluminar también toda la realidad que tenemos alrededor, por muy lejos que nuestro mundo presente tantas situaciones muy alejadas de la Pascua de Jesucristo.

El mismo evangelio de hoy no se ha quedado en el sepulcro vacío, no se ha quedado contemplando a este ángel resplandeciente, ni tampoco nos hemos quedado pensando quién había movido la piedra, esa piedra realmente muy grande, no. El evangelio de san Marcos que hemos leído, ha terminado enviando a los discípulos a Galilea a encontrarse con un hombre vivo, con un resucitado, no a venerar los restos o a investigar las evidencias de un hecho extraordinario, sino a seguir a Jesucristo en la realidad. Porque Galilea tiene en los evangelios un regusto de realidad. Parece enigmático que, en el corazón de la Pascua, desde Jerusalén, cuando Jesús de Nazaret ha resucitado y desafiado a la naturaleza mortal de la vida, cuando ha cumplido y superado todo lo imaginable en el mundo físico y metafísico para cualquier inteligencia, Dios nos reenvíe sencillamente al inicio, al lugar de la vida escondida de Nazaret, de la predicación, de las curaciones, también de las primeras incomprensiones. La Pascua no se desentiende del mundo. Lo hemos cantado en el Pregón Pascual: «Oh noche bienaventurada que une el cielo y la tierra».

A nosotros nos tocará amados hermanos y hermanas, preguntarnos cuál es esa Galilea a la que nos envía el Señor resucitado.

Actitudes para vivir a ser cristianos en Galilea

Espero que para vosotros escolanes, muy especialmente para Bernat, Eloi e Isidre, que hoy se incorporan al pueblo de los bautizados, al pueblo de Cristo, la Escolanía y Montserrat haya sido un poco vuestra Galilea, el lugar donde los discípulos conocieron a Jesús, le escucharon y aprendieron a vivir como cristianos. Éste es el reto con el que, por el bautismo, la confirmación y la primera comunión os comprometéis hoy: ser cristianos. Y nosotros os acompañamos renovando también nuestra voluntad de serlo.

Para ser cristiano, y hablo también para todos los demás escolanes, para los niños y niñas y para los jóvenes que habéis pasado juntos esta Semana Santa en Montserrat, es necesario conocer, utilizar la inteligencia para comprender a Dios y para comprender el mundo. Con vuestros animadores, habéis pensado sobre Jesús que se nos daba como pan en la eucaristía, un pan hecho con trigo, que viene de una semilla, que vosotros como la tierra buena debéis acoger. Toda la asamblea acogerá en el momento del ofertorio este deseo de ser tierra buena, muy concreto, que presentaréis como un deseo. En la sociedad en la que vivimos, cualquier ocasión es insustituible para avanzar en el camino de la fe. Todo lo que aprendáis sobre Dios, sobre Jesucristo y su Evangelio ahora que sois muy jóvenes, lo tendréis para siempre y os ayudará siempre, os hará tener una capacidad diferente de ver las cosas. A los monjes nos gusta esta dimensión intelectual de nuestra fe y procuramos transmitirla sobre todo a los escolanes, en las clases de religión, en la preparación de las celebraciones. Somos hijos de ese gran monje y obispo, San Anselmo, que decía que la fe ponía preguntas y que eso también era buscar a Dios.

Para ser cristiano, también es necesario rezar. Desde Montserrat, nosotros invitamos a muchas personas a orar y vosotros los escolanes, los cantores, todos los que participáis en la liturgia y en la música, lo hacéis de una manera especial. La resurrección de Jesucristo nos asegura que Él está vivo y presente y que podemos buscarlo en nuestra oración. Los más jóvenes han querido adentrarse en el silencio de la naturaleza. Desde el libro de la sabiduría, los creyentes hemos visto en la creación pistas de la existencia y de la presencia de Dios. En un mundo tan lleno de palabras, el silencio es el primer paso para escuchar y para poder dice una palabra. Ojalá todos practicáramos aquella frase de un conocido jesuita del siglo pasado: ¡No estropeemos el tiempo, con palabras que no hayan nacido del silencio! Pero también se han fijado en otras cosas que he subrayado hoy: la palabra, la cotidianidad como lugares y momentos en los que podemos encontrar a Cristo.

Pero sobre todo debéis amar. Ser cristiano es sobre todo amar. Porque Dios es amor y Jesucristo nos ha amado y sólo nos pide esto. Es muy fácil de entender y más difícil de realizar. Pensar y preguntarnos cosas, hacer silencio y orar, deberían llevaros siempre a amar.

Y permítidme unas breves palabras en inglés, en atención a un grupo de jóvenes de una universidad de Ohio, que han pasado el Tríduum con nosotros.

This Easter night, invites us to take part in the life of the risen Christ. Light and water lead us into the mystery of the resurrection. Easter, as the centre of our life of faith is intended to help and enlighten a world often strange to the Gospel. However, the Risen Christ show us in his words, the way to Galilee, the way to the reality, to the beginnings, where we are called to be disciples, to be Christians, through reflection and though, through silence and prayer, and above all through love. Let us live all that in the joy of this Easter!

Y con la alegría de Pascua seguimos celebrando todavía todo lo que nos falta en “Esta noche que devuelve la alegría a los entristecidos, que exulta de alegría, en y que nos muestra la predilección con que Dios nos ha amado.”

 

 

Abadia de MontserratVigilia Pascual (30 març 2024)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (29 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 marzo de 2024)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

De pasión a pasión como le decía el domingo. Acabamos de escuchar queridos hermanos y hermanas por segunda vez, en la versión de San Juan, la pasión de Jesucristo: el relato de sus últimas horas y de su muerte.

No podemos acostumbrarnos a escuchar el relato del abandono, de las torturas y de la muerte del Señor y quedarnos igual. Si el domingo de Ramos hablaba de solidaridad constatada en la historia y ayer, jueves, de solidaridad activa en la memoria actualizada en cada eucaristía, hoy quisiera proyectar esta solidaridad al futuro, porque hoy, después de esta celebración entraremos en el silencio, mañana sábado santo, no hablaremos, no voy a hablar ni yo, que tengo la impresión de que, con las cinco homilías que predico esta semana, no paro nunca de hablar. El fin del oficio de hoy, con la retirada incluso de la reserva eucarística de la Iglesia nos introduce en un ambiente en el que toda nueva acción de Dios sólo puede ser esperada.

Jesucristo ha muerto en la cruz, y aunque la presencia de la cruz sobre nuestro altar nos lo recordará todo el día de mañana, en el Evangelio, le hemos dejado enterrado, sepultado, ausente incluso en la realidad del su cuerpo muerto.

Me he dado cuenta de que se predica muy poco sobre el sábado Santo. Hoy parece que debemos quedarnos con todo lo que Jesucristo sufrió y en la noche de Pascua, ya hemos pasado página. Un biblista contemporáneo ha calificado el sábado Santo de tierra de paso, tierra de tráfico, momento privilegiado para esperar, cuando la esperanza sólo podía fundamentarse en alguna palabra o indicio de Jesús, que ciertamente sus discípulos principales sólo creyeron a medias.

Os invito a pensar sobre la intensidad del silencio que envuelve ese día de mañana. Un silencio muy lleno, rebosante de todo lo que hemos oído. La lectura en los Hebreos retomaba muchos temas que habíamos encontrado en la carta a los Filipenses que leímos el domingo de Ramos: la solidaridad de Jesús, su capacidad de acogida y compadecerse, sus sentimientos humanos que le llevaban a suplicar a Dios. Es hermoso que el modelo de Jesús como sacerdote que nos presenta sea éste: compadecerse, acoger, orar.

Jesucristo hace esto sobre todo por quienes más lo necesitan, por quienes más sufren. Hay una palabra de la Pasión de este año que más profundamente me ha resonado:

¿Por qué me pegas? Seguro que todos, también los escolanes, alguna vez habéis pensado y oído que alguien os hacía algo que no merecíais. Pensemos en alguien como Jesús, capaz de todo, que también sufre que alguien le pegue, que alguien le insulte y no se vuelve a él, sino que responde de la manera más humana posible: pide el porqué, pide una razón posible a la violencia. Y no encuentra ninguna. Tenemos un Dios que es capaz de compadecerse, decía la Carta a los Hebreos, tenemos un Dios que es capaz de decir por qué me pegas después de recibir una bofetada.

¿Por qué me pegas? Porque me tiras una bomba o porque me matas, podrían decir los niños de Gaza o de Ucrania, de Sudán, del Congo, de tantos lugares, de tantos suburbios del mundo. ¿Por qué me haces cualquier tipo de violencia podrían decir tantas víctimas? Lo dirían si pudieran hablar después de haber sufrido, cosa que no ocurre normalmente, ya que no suele haber palabra después de la muerte y de la destrucción. Quizá por eso quienes tenemos todavía la capacidad de hablar podemos levantar la voz y preguntar: ¿Por qué se pega a todos aquellos preferidos de Cristo que comparten su pasión? Y todavía podemos escandalizarnos que los seres humanos no hayamos conseguido, imitando a Jesucristo, de llevar la resolución de los conflictos de la violencia a la palabra. Tampoco lo logró Él, pero con su pregunta nos ha dejado al menos la denuncia contra toda violencia ejercida contra un inocente. Su pregunta: “Por qué” se convierte hoy en una inusual actualidad.

El silencio de tantas víctimas después de la muerte, es como el silencio del sepulcro de Cristo. Espera esta solidaridad definitiva que Él mereció para sí mismo y mereció para nosotros. La mereció porque también como hombre obedeció libremente, oró y Dios lo escuchó. La consiguió para nosotros porque su obediencia era totalmente gratuidad que nos salva, porque ofreció su vida y su muerte a pesar de su inocencia, en coherencia y por eso lo tenemos por víctima inocente capaz de ponerse en el sitio de cada una de las víctimas y como sacerdote que intercede por toda injusticia que se comete en el nuevo Israel de Dios.

La Carta a los Hebreos nos dice que nos acerquemos a Dios para pedirle ayuda, que él nos la concederá en un buen momento, en el momento adecuado, cuando sea la hora, en el “eukairon”. Forma parte del misterio del mal en el mundo que este Sábado Santo sea tan largo en algunas situaciones y que no entendamos qué espera Dios para pensar que es el buen momento.

El mundo reproduce toda la pasión de Jesucristo que yo os he propuesto sintetizar en este “por qué me pegas”.

Necesitamos mantener la esperanza. El Sábado Santo termina en la noche de Pascua cuando entramos en otra dimensión. En nuestras vidas, esta tierra de tránsito, también acabará con una muerte que desde este lado nos parecerá que no cumple nada, por eso nuestra fe se lo juega todo en confiar en que este silencio es preparación para un día totalmente diferente, la noche y el día de Pascua, en la que la solidaridad histórica, la actualizada y la esperada serán una sola cosa en el cumplimiento definitivo de nuestra esperanza, por eso, a pesar de este silencio, hoy todavía nos reunimos en nombre de Cristo resucitado y al mismo tiempo que lo veneramos en la cruz, participamos de su cuerpo y su sangre que son el sacramento de su resurrección.

Pero no avancemos eventos. Respetamos el tempo y lo que especialmente la Iglesia nos propone celebrar: el silencio profundo del gran sábado.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (29 marzo 2024)

Missa de la Cena del Señor (28 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (28 de marzo de 2024)

Éxodo 12:1-8.11-14 / 1 Corintios 11:23-26 / Juan 13:1-15

 

El amor de Jesucristo que el domingo de Ramos os proponía contemplar bajo el nombre de solidaridad, se hace hoy presente y activo. De hecho, en este Jueves Santo conmemoramos y recordamos que el Señor nos ha dejado el signo más fuerte de su solidaridad, la presencia continuada entre nosotros, por el sacramento de la eucaristía.

Debemos agradecer esta memoria activa en el interior de la historia. Nuestra debilidad era demasiado débil para fiarnos de que podíamos guardar el Evangelio solos, sin la fortaleza de esta realidad eucarística que nos recuerda la persona, la vida, la pasión y la resurrección de Cristo y que nos deja siempre mirando al futuro, esperando su retorno definitivo. Esta solidaridad es la mayor que puede haber: no es sólo un signo, no es sólo una palabra, no es sólo un rito, Jesús de Nazaret se dio a sí mismo.

Hace unas semanas escuché de un obispo francés la frase: Hay que actuar desde el interior. Il faut agir de l’intérieur, que él atribuía a una conversación privada con el hermano Roger de Taizé, hace unos cuarenta años. El Jueves Santo es un día que nos revela la validez de esta afirmación.

Actuar desde dentro significa en primer lugar saberse dentro de una forma de hacer, de una tradición. Es casi la primera palabra y la primera idea que escuchábamos en la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto: «Hermanos, esta tradición que yo he recibido y que os he transmitido a vosotros, viene del Señor.» Los escolanes entenderán bien de qué habla San Pablo porque también hacen muchas cosas “desde dentro” y les gusta mucho reivindicar las tradiciones, sobre todo las que les van bien. Cuántas veces los prefectos, educadores y profesores no hemos escuchado la frase: «eso siempre se ha hecho así». Pero no hablamos de tradiciones de la Escolanía sino de toda la Iglesia, de la tradición del mismo Jesús.

Hoy es un día en el que nos sentimos mucho dentro de esta tradición de Jesús, una palabra que significa entrega, trasmitir.

Él actuó desde dentro y se entregó por nosotros desde el interior, de la costumbre de su familia, de su religión. La cena pascual era una de las conmemoraciones más importantes del pueblo judío. Jesús no inventó un signo extraordinario, sino que se mantuvo dentro de la tradición de Israel.

Hay otro sentido de este actuar desde el interior que viene marcado por lo cotidiano. Jesús lava los pies como era costumbre entre los judíos, bendice pan y vino, en una cena. Nada fue extraordinario. Todo eran elementos y actos que ocurrían habitualmente. Pero actuar desde el interior, dentro de una tradición, no significa inmovilismo, no quiere decir que nada se mueva. El sentido que Jesucristo dio a la cena pascual de Israel fue totalmente nuevo, quizás porque actuó desde el interior no sólo de una tradición y de una cotidianidad sino que lo hizo desde el interior de su ser, por eso su gesto tiene todavía mucho más valor.

¿Qué había dentro de Jesucristo? Naturalmente sólo podemos acercarnos desde el misterio, pero sabemos que Él, que al final quiso entregarse como pan y vino, era al principio la Palabra de Dios hecha hombre. La voluntad de donación, la voluntad de que su amor alimentara a todos los que creerían en Él era intrínseca, fluía. Entre estos dos momentos de encarnación y pasión, existe una vida marcada por la sabiduría, por la comprensión del ser humano en sus dimensiones más profundas, por el carisma de ayudar. Ayudar a las personas que buscan un sentido a la vida proponiéndoles el amor, ayudar a los hombres y mujeres enfermos a recuperar la salud, proponer un nuevo horizonte social, que él llamó Reino de Dios y que quedó ligado indisolublemente a su persona y a su presencia. Hermanos y hermanas, la eucaristía en tanto que sacramento pascual y memoria de Jesucristo no está desconectada de su vida, de su Evangelio.

En las palabras “haced esto en recuerdo mío” quizás no sólo quiere decir que reproduzcamos la cena pascual y celebremos la eucaristía; también puede querer decir que imitemos lo que le inspiró, la donación radical y la vida que esta santa cena sellaba.

¿Cómo podríamos vivir nosotros desde el interior, fieles a lo mejor de nuestra tradición?

Tenemos un reto colectivo como cristianos en descubrir y vivir más profundamente la espiritualidad de nuestra fe y sobre todo en comunicarla. El diario decía ayer que un 20% de los catalanes no saben que es la Navidad. ¡Mejor no preguntar por la Pascua! Debemos convencernos del privilegio que tenemos de poder dar a nuestra vida la dimensión de ser una existencia que se vive en comunión con Cristo, con fe.

Hay momentos, ojalá esta Semana Santa fuera uno, o lugares, y también ojalá Montserrat lo fuera para muchos, en los que parece que tocamos más de cerca esta realidad de Dios. Es necesario siempre hacer memoria de los momentos intensos de oración, de comprensión de nuestra fe.

Dios nos llama hoy a ser los testigos de esa solidaridad activa y presente que surge de la celebración de este Jueves Santo y de los signos que lo acompañan. Jesucristo sigue siendo siempre solidario con nosotros y esto hace que a menudo lo sintamos cercano, presente, inspirador. Pero existe una solidaridad activa que viene del Evangelio que necesita nuestras manos y nuestros gestos. Pueden ser gestos distintos, desde la oración al servicio activo, pero todos tienen su origen en la caridad de Cristo llamada a extenderse a través de nosotros.

La ayuda a situaciones difíciles también se incluye en los gestos de solidaridad que nos pide el Evangelio. La realidad social de nuestro país es en muchos aspectos precaria y el origen de muchas de sus fragilidades radica en la falta de un trabajo digno. La Fundación Acción Solidaria contra el Paro lleva muchos años dignificando, con la ayuda a proyectos de empleo, la situación laboral de los más necesitados. Como hemos hecho otras veces, os pedimos que colaboráis en la colecta que haremos a favor de ellos, como una muestra de la caridad de Cristo que hoy celebramos.

Hoy Jesús nos invita a entregarnos. Pensadlo los más jóvenes, los escolanes. Toda esa solidaridad y entrega de la que estoy hablando significa ser capaces de servir, de amar. El lavado de pies era algo que hacían los servidores, los de más abajo de la escala social, quizá chicos y chicas como vosotros, la mayoría de los cuales por aquel entonces no tenían una vida nada fácil. Jesús se puso en su sitio, para demostrar que quería amar y servir. Esto es lo que nos pide que hagamos, siempre y en cualquier situación. Algunos están muy acostumbrados a celebrar la eucaristía y sabéis que en el momento de la consagración decimos “Entregado por vosotros”. En el «vosotros» de Jesús también estamos todos. Él no puso excepciones. Y cada eucaristía es una imitación a ser como Él.

Actuar desde el interior significa también estar atentos a las intuiciones más profundas, aquellas que hacen el bien, que dejan buen sabor de boca, que nos dan paz con sólo pensarlas e imaginarlas. Estas intuiciones deben comunicarse con la vida. La imitación del ejemplo de Jesús es la guía. Amar y servir en todo, sabiendo que no todo el mundo tiene la misma medida y la misma capacidad, pero conscientes también de que las medidas de cada uno sólo le corresponde juzgarlas a Dios. A nosotros nos toca poner en marcha la actitud de arrodillarnos y lavar los pies, y debemos hacerlo todos, pero muy especialmente los presbíteros y diáconos, que hoy conmemoramos el don con el que el Señor nos unió para siempre a su “tradición”, a su entrega.

Comprometámonos, mientras lo reproducimos y cantamos que “donde hay verdadero amor, allí está Dios”

 

 

 

Abadia de MontserratMissa de la Cena del Señor (28 marzo 2024)

Domingo de Ramos y de Pasión (24 marzo 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de marzo de 2024)

Isaías 50:4-7 / Filipenses 2:6-11 / Marcos 14:1-15.47

 

Como un hombre cualquiera…

Impacta, queridos hermanos y hermanas, encontrar, en medio del himno de la carta de San Pablo a Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura, esta semblanza de Jesucristo: “como un hombre cualquiera”.

De Dios a esclavo, de Dios a ser un hombre cualquiera, expresión que, al menos en catalán, tiene un deje despectivo. Podemos leer este texto desde su vertiente más teológica, es decir, la de un Dios que desciende y se hace hombre, y que pasando por una vida complicada es finalmente glorificado. Hoy, sin embargo, este domingo de Ramos, quisiera dejarnos inspirar por la dimensión especialmente humana de esta vida, la de Jesús de Nazaret, la de un hombre cualquiera, el cual, movido por lo que era en esencia, Hijo de Dios, vivió hasta el final de la manera más solidaria y compasiva que podamos imaginar.

Nos admiran pues la solidaridad y la compasión de Jesucristo. Esta semana podremos contemplar estas virtudes del Señor y las veremos entre Pasión y Pasión. Entre el domingo de Ramos, y el viernes Santo, la semana Santa avanza con la lectura de la pasión según San Marcos, hoy, y la de San Juan, como cada año, el viernes. El resto de la semana seguimos meditando y orando las últimas horas de la vida de Jesús.

La Pasión de Cristo es la prueba de que esta solidaridad se ha hecho historia concreta. El «se despojó de sí mismo» del himno a los Filipenses», el «tomando condición de siervo», el «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios», el » haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre” son teología, palabra sobre Dios, hecha concreta en la vida de Jesucristo.

Podemos entender esta vida de Jesús como solidaridad y profunda compasión. La Pasión es un ejemplo de radicalidad humana. Jesucristo es el «resistente». Nos muestra hasta dónde puede ir la entrega a Dios de un hombre convencido. Es un ejemplo de libertad ganada por la fidelidad, coherencia y honestidad, resistentes contra todo.

Todo esto hace de Jesús de Nazaret a alguien humanamente solidario. Por mucho Dios que fuera, el himno a los Filipenses nos dice que nada le fue ahorrado como hombre y que todo lo aceptó hasta el final, hasta aquellos castigos y desprecios que nos dirían de alguien que realmente era un hombre cualquiera en el más despectivo de los sentidos.

Más allá de la solidaridad salvadora que Cristo nos ha llevado con todo el ciclo de su vida, de la Encarnación a la Resurrección, existe una compasión profunda en cómo la Pasión nos revela cómo somos las personas humanas. Sí. La liturgia de hoy con el rápido contraste entre las dos actitudes del pueblo, la que aclama y la que crucifica nos dice cómo somos, cómo podemos llegar a ser las personas humanas.

Una forma de amor es no escondernos y decirnos quiénes y cómo somos. Podemos hacer rey hoy a una persona e incluso a una cosa y mañana matarla. Qué actual es esta movilidad de ánimo, ese tipo de hipocresía personal que nos hace inconstantes en nuestros afectos, y cómo nos ayuda a que Cristo nos lo advierta y nos muestre en su propia persona que éste no es el camino.

¿Existe tal vez en esta revelación de nuestra naturaleza algo de sufrimiento personal? Y es que en la palabra compasión, ¿no está incluida la palabra pasión? Cristo se compadece de nosotros porque ha sufrido primero con nosotros.

Pero él nos muestra el camino durante cualquier pasión personal: se mantiene fiel atravesándolo todo: la traición de un discípulo cercano que le entrega, el abandono de los íntimos en la hora más oscura de su oración en Getsemaní, los malos tratos físicos y psíquicos, la negación de quien él había hecho ya la piedra de sus apóstoles… Ciertamente que eso de hacerse obediente hasta la muerte dio para mucho si lo miramos con la lupa de quien contempla el detalle de la vida de Jesús… Había que decir lo suficiente. Y, sin embargo, Jesucristo nunca dijo lo suficiente. De hecho, sólo reproduce en su pasión la misma solidaridad y compasión que Dios había demostrado a su pueblo en la historia, cuando respondía con fidelidad y dando nuevas oportunidades a cada una de las rebeliones de Israel.

La lección que podríamos sacar, por ejemplo, para vosotros escolanes, es que cuando alguien os corrija, pensad que normalmente os quiere. Que puede estar haciendo lo mismo que Dios hace constantemente con nosotros: decirnos que somos mucho mejores que aquello que hemos hecho mal y animarnos a mejorar siempre.

¿Cómo nos sentimos nosotros, hermanos y hermanas frente a la generosidad de Jesucristo? Tan propensos como somos a decirnos generosos y buenos cristianos, y tan fáciles a juzgar, tan difíciles a perdonar y dar todas las oportunidades que hagan falta a nuestros hermanos y hermanas. Pero hasta estas actitudes se hace solidario el Señor y nos las perdona cómo perdonó a Pedro, cómo perdonó incluso a quienes lo crucificaban.

Cuando lo miramos así, es necesario reconocer que somos inmensamente pequeños y con un campo infinito por recorrer en esta vida que querría ser imitación de la de Cristo.

Intentamos aplicarnos el himno a Filipenses a nosotros mismos. Podríamos guardar nuestra igualdad con Dios. Ya sabemos que no somos Dios, pero podríamos encerrarnos en lo que nos eleva, en el orgullo, que a veces tiene su fundamento en características buenas, incluso en dones que Dios nos puede haber hecho. ¡Imaginad, vosotros escolanes, un solista que pensara que lo único importante de su vida fuera su magnífica voz y que eso le hacía superior a los demás! Jesús en este himno nos enseña exactamente a hacer lo contrario, a no quedarnos en superioridad alguna sino a ponernos al nivel de todos. ¡Lo hizo Él, Jesucristo, repito, pasando de Dios a esclavo! Quizás nosotros que sólo tenemos que pasar de hombre a hombre, de mujer a mujer, y ponernos en el mismo sitio que los demás, no lo tenemos tan difícil.

Espero que siendo para todos la palabra solidaridad, reflejo de una actitud habitual en vuestra vida, sepamos en primer lugar hacerla muy concreta. El mundo está lleno de necesidades, el mundo necesita personas que se pongan al nivel del sufrimiento, empáticas. No quiero volver a hacer la lista de los dramas nacionales e internacionales. Ved a vuestro alrededor. coged un diario. Escuchad. Vivamos entonces esta solidaridad como una forma de ser cristianos, de ser imitadores de Cristo. Démosle a esta compasión, que es un nombre del amor, la profundidad de la fe para que la practiquemos en nombre de Cristo y el futuro de la esperanza, porque él mismo nos dice: todo esto que hacíais a un hermano mío, por pequeño que fuera, le será tenido en cuenta en el Reino de los Cielos.

El himno en Filipenses es hoy totalmente válido porque atestigua la profundidad de la vida de Jesús. Este himno, ese “no guardarse su igualdad con Dios, sino haberse hecho nada, hasta tomar la condición de esclavo, hacerse igual a los hombres y empezó a considerarse como un hombre cualquiera” lo practicó Jesús siempre y a nosotros nos han quedado ejemplos en todos los evangelios. Por eso podemos acercarnos a Él.

Sólo llegaremos a ser como Él al final de todo de la vida, y lo seremos finalmente por su solidaridad y compasión incondicionales. La eucaristía, celebrada en la liturgia de hoy, que ha comenzado con la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y ha continuado con el relato trágico de su Pasión, nos dice que la muerte no tiene la palabra final y que Él, en su solidaridad extrema ha querido estar con el pan y el vino, transformados en su cuerpo y su sangre, recuerdo de su resurrección, presencia perpetua entre nosotros, garantía de su regreso para alimentar aquí y ahora la nuestra fe, nuestra caridad y nuestra esperanza.

 

 

Abadia de MontserratDomingo de Ramos y de Pasión (24 marzo 2024)

Fiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 20243)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (21 de marzo de 2024)

Génesis 12:1-4 / Filipenses 4:4-9 / Juan 17:20-26

 

Podéis imaginar, queridos hermanos y hermanas, que hoy es un día muy importante para nosotros, los monjes, tan importante que los escolanes nos acompañan en esta celebración, entre otras cosas porque en julio estáis de vacaciones, pero para eso todavía falta bastante. Celebramos el santo que nos da el nombre de benedictinos, que todavía hoy nos dice tantas y tantas cosas a través de la Regla, ese santo que habéis visto pintado y esculpido en tantos lugares del monasterio, normalmente siempre con un libro en la mano, que es precisamente la Regla que escribió.

En torno a todo esto quisiera hablar de tres puntos.

Nosotros hemos conocido a San Benito de una forma viva. No hemos descubierto un libro antiguo y escondido y lo hemos empezado a investigar y poner en práctica, sino que, sin interrupción, desde él a nosotros ha habido siempre hombres y mujeres que han querido vivir como él. Nos han transmitido la vida monástica, nos la han entregado. Esta trasmisión es lo que llamamos tradición.

Algo interesante de San Benito es que él nunca pensó en expandirse. Se preocupó del día a día de sus comunidades en el centro de Italia, y quiso escribir para ellas, lejos de imaginar que quince siglos después la Regla serviría para monasterios que están en Australia, en Chile, en Canadá, en Sudáfrica y en cualquier lugar del mundo. ¡Era imposible que se lo imaginara porque ninguna de estas tierras que he dicho se conocían en el siglo sexto! Pero escribió un texto tan notable, que otras muchas comunidades quisieron adoptarlo y cuando se descubrió lo que llamamos el Nuevo Mundo, junto con el Evangelio, también llegó, un poco después, la regla de San Benito. Es un ejemplo de que algunas veces el trabajo concreto y bien hecho es el que tiene futuro, a pesar de no proponérselo. Todo esto forma la tradición benedictina y su expansión.

Es muy importante que sea así por una razón sencilla: la tradición nos enseña normalmente si alguna idea ha funcionado. Nosotros decimos sabiendo que no es mérito nuestro sino don de Dios, que la vida benedictina funciona. ¿Y qué es lo que funciona?

El centro de la espiritualidad de San Benito, en segundo lugar, la forma que nos propone a los monjes de ser cristianos, se resume en una expresión muy simple: buscar a Dios. Es un propósito que compartimos con muchas personas, con los oblatos benedictinos, personas que quieren vivir algunas intuiciones de la Regla en una vida familiar, laboral como la de todos, pero también con todos los bautizados, pues buscar a Dios es algo natural cuando crees, cuando te interesas, cuando quieres amarlo.

Buscar a Dios querría decir tenerlo presente e intentar ver cómo Él está en todas las personas y circunstancias que nos vamos encontrando cada día.

Los monjes querríamos hacerlo con intensidad, en la oración, en la lectura, en una vida donde todos tenemos el mismo objetivo y así nos ayudamos unos a otros.

Los escolanes también lo podéis hacer con vuestras familias, con vuestros compañeros, y con la música que cantáis, por ejemplo, que ha estado muy a menudo compuesta por personas que hacían un ejercicio real de buscar a Dios cuando la escribían, algunos de ellos monjes de Montserrat como sabéis bien. Cantándola participáis de la búsqueda de ellos, la hacéis viva hoy, después de tantos y tantos años en la mayoría de las piezas que cantáis.

Todos podemos buscar a Dios. Hacerlo. Nos dará un aliento distinto a nuestra vida cristiana. El Evangelio de hoy nos prometía que Jesucristo estaría con nosotros de la misma forma que Él y el Padre son una sola cosa. ¿Qué otra garantía necesitaríamos?

San Benito en tercer lugar, no habla de buscar a Dios como una investigación sólo intelectual, metafísica. Su búsqueda se produce allá mismo donde él hizo la experiencia de ser monje, de ser abad. En el día a día y con efectos muy directos en nuestro comportamiento, incluso en nuestra felicidad. Queridos hermanos y hermanas, quien escogió el fragmento de la segunda lectura que hemos leído acertó. Una lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Filipos que nos ha hablado de estos efectos del día a día y de muchos temas que también encontramos en la Regla de San Benito. Estos versículos revelan la proximidad de Dios, lo dicen literalmente: Dios está cerca.

Como he dicho, San Pablo no nos ha pedido cosas extraordinarias. Para la vida de cada día nos dice que vivamos siempre contentos; que seamos amables, de buen trato; que no nos inquietemos y que nos interesemos por lo bueno, lo auténtico, no los fakes que están de moda y que son una manera de engañar a todo el mundo. Como nos relacionamos tanto por medio de la tecnología, ¡podemos engañar a todos sobre quiénes somos! ¡La carta a los Filipenses nos pide lo contrario y también lo hace la Regla de Sant Benet! ¡Tenemos que ser lo que somos! Debéis intentarlo vosotros escolanes, que os encontraréis pronto con un mundo, lleno de publicidad y de modas, que os propondrá ser lo que él quiere que seáis, no lo que cada uno es. Yo espero que mientras estéis en Montserrat, aprendáis también, cómo intentamos hacer los monjes, a escuchar esta voz interior que en nos habla y nos va enseñando el camino de la vida. Es la voz de Dios, y seguirla es siempre una garantía.

En nuestra relación con Dios, nos pide que le recemos y le demos gracias. Y finalmente, nos asegura que si lo hacemos así ocurrirá algo: el Dios de la Paz y la paz de Dios estarán siempre con nosotros. Lo dice literalmente así en griego: el Dios de la paz y la paz de Dios. Este Dios que buscamos porque muchas personas antes que nosotros lo han hecho, que nos dice que amemos la vida, es finalmente el Dios de la paz.

La vida monástica está en el mundo para decirnos que buscar a Dios es recordarle en la vida de oración y también en el buen trato con personas humanas y que encontrar la paz es una prueba de que lo estamos haciendo bien: que estamos buscando a otras personas y no a nosotros mismos.

Éste querríamos que fuera el camino benedictino. Para los que están aquí, para los que nos siguen por los medios de comunicación. A todos los que amáis a Montserrat, no podemos hacer otra cosa que invitaros a experimentar con nosotros esta experiencia de salvación cristiana y benedictina que está en el corazón de nuestra espiritualidad y que lleva mil años en el inagotable camino de avanzar hacia a Dios, siguiendo los pasos de todos los que nos han precedido. Yo os invitaría también a buscar su tradición, a buscar su cotidianidad, en una palabra, a buscar a Dios de verdad.

 

 

Abadia de MontserratFiesta del Tránsito de Sant Benito (21 de marzo de 20243)

Sábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de febrero de 2024)

Deuteronomio 16:16-19 / Mateo 5:43-48

 

Las lecturas de hoy, queridos hermanos y hermanas, que son las que corresponden a este primer sábado de la semana de Cuaresma, nos invitan a la radicalidad. La lectura del libro del Deuteronomio retoma el tema de la confesión de fe de Israel, es necesario amar a Dios “con todo el corazón y con toda el alma” y lo aplica a la obediencia y a la práctica de lo que Dios quiere. Obediencia y práctica porque nuestra fe está hecha de convicciones y obras. Unas sin otras no se sostienen. 

Confesar la Trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y confesar la Encarnación de este Hijo en la persona de Jesucristo será siempre el centro ineludible, el fundamento, lo que los antiguos llamaban el punctum stantum et cadentem, el punto donde todo se sostiene o todo cae del cristianismo. 

En nuestra sociedad se intenta a veces prescindir de este núcleo y presentar la fe cristiana como una especie de voluntariado realizado sólo de valores humanistas, de compasión, de una antropología que parece omitir la dimensión genuinamente creyente. El voluntariado está muy bien, pero nosotros queremos algo más, nosotros empezamos en otro sitio, nosotros tenemos nuestro origen y nuestro destino en la persona de Jesucristo, aunque sea difícil y que alguna gente no nos comprenda. 

Pero de la confesión el Señor nos pide que pasemos a la acción y no a una acción cualquiera, sino a la que llega al amor más fuerte, al amor más contradictorio, al amor a los enemigos. 

Esto es lo que nos decía el Evangelio, amar así es lo que nos acerca al Dios grande y fuerte, al Dios misericordioso, que como rezamos en esta cuaresma se deja vencer por nuestra humildad y nuestra penitencia. 

Mantenerse firmes en la exigencia evangélica nunca ha sido fácil. Es en el fondo un don de Dios y por eso en este camino de radicalidad nos ayudan los testimonios privilegiados que nosotros veneremos y que la Iglesia proclama a santos. Entre ellos, san Josemaría Escrivá de Balaguer, que con sus obras apostólicas marcó la vida de tanta gente y enriquece la comunión de los santos y el beato Álvaro que le siguió en su misión. 

La mayoría de vosotros, conoce mucho mejor que yo el carisma de san Josemaría y no he pretendido ser yo que os dijera a vosotros una palabra sobre su enseñanza, pero en las lecturas de hoy, tanto el autor del Deuteronomio como Jesucristo en el Evangelio, invitan a todos a la santidad, a la radicalidad del evangelio y san Josemaría tomó esta idea y le dedicó la vida: invitar a cristianos a seguir a Jesucristo y su Evangelio. La asamblea de hoy, esta celebración es una muestra de que la huella que él dejó en esta idea de ser discípulo arraigó profundamente en nuestra tierra catalana como lo hizo en todo el mundo. 

Jesucristo ha venido a nosotros para contarnos humanamente quién ese Dios bondadoso, ese Dios que perdona, ese Dios humilde que no se impone, que deja a cada uno de nosotros la decisión final, por eso nuestra libertad es tan importante. 

Dios quiere hacerse especialmente presente en algunas personas y también en algunos lugares. Pertenece a su libertad hacerlo así. 

Los monjes de Montserrat, al menos es mi percepción, somos testigos de cómo Dios habita este santuario de Nuestra Señora y estamos a su servicio, acogiendo, orando y conscientes de que Él hace mucho más que nosotros y querríamos dar un testimonio con la nuestra vida de oración. En esta dinámica de acogida y testimonio, debemos situar la amistad de San Josemaría con la comunidad de Montserrat, que se inició en los años de la Guerra Civil, con la comunidad de monjes exiliada en Navarra, y que personalizaron nuestros hermanos el P. Abad Gusi, y muy especialmente el P. Abat Aureli M. Escarré, con quien San Josemaría se relacionó fraternal y amigablemente durante toda su vida. Tenemos la suerte de tener al alcance de todos la correspondencia entre ambos y una narración muy cuidada de esta relación. 

En Montserrat San Josemaría pudo vivir la devoción a la Virgen que ya había marcado su vida, desde el ofrecimiento de niño en Torreciudad hasta su muerte y que él quiso dejar en la Obra. «A Jesús se va y se vuelve por María». La Virgen María es el fuego que sin consumir calienta como decimos en la visita espiritual, por tanto, la que sabe amar siempre a esa distancia adecuada para darnos la vida del Espíritu sin ahogarnos. Y como lo hace ella nos ayuda a hacerlo así, señalando el sol de justicia, Cristo, aquél que realmente ama incondicionalmente. 

El Beato Álvaro pasó en Montserrat algunas semanas santas, viviendo además de la devoción mariana, nuestra tradición litúrgica. 

Tanto de uno como de otro, damos gracias a Dios y nos hacemos conscientes de que, sin saberlo, procurando mantenernos fieles a este carisma de acogida benedictina y, sobre todo por la gracia de Dios que a través de Santa María atrae a sus devotos como peregrinos en esta casa, tenemos el privilegio de ser espectadores de primera fila de las obras que Dios va haciendo en sus sirvientes. Y por eso hemos visto pasar a muchos hombres y mujeres que después hemos venerado como santos cuando la Iglesia así los ha proclamado. Por eso con unas frases hermosas, en el himno que nuestro gran poeta Mn. Jacint Verdaguer escribió en 1880, cuando este Santuario de Montserrat quiso celebrar el milenario del encuentro de la imagen de la Virgen María y por tanto el inicio de la devoción montserratina, decía: 

“Los santos de nuestra tierra, 
Pasan por su sierra 
Cuando suben hacia el cielo” 

Muchos santos han pasado por Montserrat, desde San Ignacio a San Juan Pablo II. Y así como tantos de estos hijos e hijas de Dios hay una memoria en el camino de San Miquel, era importante poder acoger un relieve para testimoniar el paso de San Josemaría y del Beato Álvaro, como peregrinos de la Moreneta y dar un ejemplo de tantos seguidores suyos que a partir de hoy le verán y le visitarán, y aún, de otro modo, presentarlos como discípulos de Jesucristo que crearon un carisma válido para el crecimiento espiritual del Pueblo de Dios. 

Dios quiera continuar sirviéndose de este lugar para que el seguimiento radical de Jesucristo y del evangelio continúe en el mundo y espero que hoy demos todavía otro paso en la amistad de nuestras instituciones, especialmente con esta parte de la Obra que peregrina en Cataluña, llamados todos a testimoniar la fe en Dios, el evangelio de Jesucristo y el amor a la Virgen María. 

 

 

Abadia de MontserratSábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Miércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (14 de febrero de 2024)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

“Os lo pedimos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”

Con estas palabras, queridos hermanos y hermanas, queridos escolanes, dirigidas a los cristianos de Corinto, el apóstol San Pablo nos daba un principio de vida, una actitud que vale siempre.

Quizás si San Pablo viniera un día a la Escolanía y al final le hicierais aquella pregunta que hacéis a todo el mundo: “danos un consejo para la vida”, quizá os diría esto: “reconciliaos con Dios”. O quizá os diría otra cosa porque el apóstol Pablo dice una frase interesante y memorable en casi cada una de las páginas que escribe.

Reconciliarse significa aceptarse a uno mismo tal y como es, reconciliarse es aceptar a los demás tal y como son, reconciliarse significa hacer las paces. Reconciliarse con Dios significa poner nuestra voluntad, nuestra vida, nuestro corazón, nuestra inteligencia de acuerdo con lo que Dios quiere. Dios quiere que seamos felices amándonos. Y sí, el apóstol lo decía a los de Corinto hace casi dos mil años, y todavía nos lo tiene que decir también a nosotros hoy, es porque debemos reconocer que no siempre vivimos según esa hermosa voluntad de Dios.

Si esto vale de por vida, ¿porque lo leemos especialmente hoy miércoles de ceniza? Lo hacemos porque nos ayuda, nos estimula a reservar un tiempo a corregirnos y este tiempo ha estado siempre en la Iglesia, el tiempo de Cuaresma. La oración colecta de hoy decía que empezábamos un tiempo de ejercicio. Todos sabemos que durante el día va muy bien realizar un tiempo de ejercicio, de deporte, pero que no podemos estar todo el día haciéndolo. Con la cuaresma ocurre algo parecido: Dios nos propone hacer ejercicio para darnos cuenta de lo que no hacemos bien y corregirlo, y también nos advierte que no nos despistemos porque el tiempo que tenemos hoy ya no lo volveremos a tener mañana. Quizás tendremos más pero no será el mismo. Por eso nos dice: “Enmendémonos del daño que hemos hecho sin darnos cuenta, no fuera que nos encontráramos que no tenemos tiempo para arrepentirnos”.

San Benito también lo entendió muy bien cuando escribió en la Regla que los monjes siempre deberíamos vivir como en cuaresma, siempre haciendo ejercicio, pero como esto no puede hacerlo casi nadie, al menos intentémoslo por cuaresma.

Naturalmente, el ejercicio cuaresmal no es sólo ir al gimnasio o hacer deporte, cosas que pueden ser muy saludables, sino cuidar la salud del espíritu. Y la tradición de la Iglesia lo ha hecho también con la atención a nuestro cuerpo físico, por eso pide que ayunemos; preocupándose del cuerpo sociológico, por eso pide que nos acordemos de los más necesitados y hagamos limosna y ocupándonos del cuerpo espiritual, y por eso pide que oremos un poco más durante la Cuaresma. Todas estas prácticas sólo quieren que nos reconciliemos con Dios como decía al principio. Por tanto, que personalmente nos pongamos en

disposición de amar más ya que ésta, y no ninguna otra, es la voluntad de Dios: que amamos. Y Dios sabe que haciendo esto seremos felices.

Cuando las personas comienzan a hacer ejercicio físico, tienen normalmente un propósito: adelgazar, mejorar la resistencia física, poder competir…, hay muchos propósitos. Quizás cuando empezamos la cuaresma podría ayudarnos proponernos algo. Así mantendremos más fácilmente ese tipo de tensión que necesitamos para que todo este tiempo responda a lo que hoy nos disponemos a empezar.

San Pablo nos pedía que nos reconciliáramos en nombre de Cristo. Él es el modelo porque vivió siempre reconciliado con Dios y aceptó todo lo que Dios Padre le puso por delante, incluso una muerte injusta y dolorosa. Lo hizo para poder quedar como acusador legítimo ante todas las muertes injustas y dolorosas del mundo y para que nuestros pecados fueran perdonados por su generosidad al morir sin merecerlo. Para dar a la humanidad la posibilidad de que no hubiera más muertes injustas. Y nosotros todavía después de dos mil años, parece que no lo hemos entendido.

Pronto se cumplirán dos años de la guerra de Ucrania, con todos sus muertos, los exiliados, los desastres, el gasto militar tan absurdo porque las posiciones están prácticamente en el mismo sitio.

Hace ya cuatro meses de la guerra en Gaza, donde los clamores por el respeto de la vida de los civiles, de los niños, de los enfermos, son ignorados un día y otro, provocando una muerte y un sufrimiento muy desigual entre un bando y otro. Nos sentimos pequeños y sorprendidos al ver que ni las voces de Naciones Unidas, ni del Papa Francisco, ni siquiera recientemente la del presidente de Estados Unidos parecen suficientemente fuertes para poner una paz y seguridad en la región, para evitar la inaceptable muerte de civiles. Ante la vida no vale lo de los efectos colaterales o del mal menor. Ni tampoco se escucha la voz de todos aquellos que, de tantas formas humildes, en manifestaciones, huelgas de hambre, haciendo su oficio de informar piden el fin de ésta y de toda otra guerra.

Me viene a la cabeza que todos los cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad podríamos hacer nuestras las palabras de la segunda carta a los cristianos de Corinto y decir:

“Hermanos, nosotros hacemos de embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara a través nuestro. Os lo pedimos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios.”

Hacer las paces es siempre una exigencia en el corazón del Evangelio.

Recordemos a quienes sufren en cualquier guerra. Todos aquellos que no pueden hacer ningún ayuno, ni limosna porque no tienen nada y que seguramente sí nos darían una lección si compartieran con nosotros su oración confiada. En la Guerra de Gaza todos tenemos al mismo Dios de Abraham. No es ni siquiera con un Dios diferente que es necesario reconciliarse.

De ese Dios decimos algo tan profundo como que “se deja vencer por la humildad y la penitencia”. El todopoderoso, el Creador, el Señor de la historia

tiene una rendija de bondad por la que todos podemos entrar en su comunión. Al decirnos que nos reconciliamos con él, no sólo está hablando de guerras, sino de nosotros, de cada uno, porque nos está esperando. San Pablo también nos decía “Recordad que Dios ha dicho: «Te he escuchado a la hora favorable, te he ayudado el día de la salvación»

Por eso nos ofrece un tiempo de corrección que es un tiempo de cambio, de renovación. Acabaremos cantando muchos himnos de la liturgia de las horas de cuaresma con las palabras

“nos novi per veniam,
novum canamus canticum”

Que quiere decir que «renovados por el perdón, cantamos un cántico nuevo».

Preparémonos a recibir las cenizas como signo de que queremos entrar en ese camino que limpia nuestro corazón y nuestra voluntad para hacerla más cristiana, más apta para amar a Dios y a los demás. La ceniza era una signo de luto, de tristeza por lo que nos gustaría ser y todavía no somos, pero en nuestra fe cristiana, nos ponemos la ceniza y no dejamos de celebrar la eucaristía todos los días, porque con la tristeza y el luto está siempre la alegría de la Pascua, esperada al fin de este tiempo, pero vivida en todo aquello que nos habla de posibilidad de renovación, de regreso a la mejor versión de nosotros mismos, de la resurrección de Jesucristo y de la nuestra .

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2024)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

La liturgia nos ofrece a menudo, queridos hermanos y hermanas, la mejor y más acertada explicación del sentido de la solemnidad o fiesta que celebramos. Lo hace de tal modo que no es extraño preguntarse si harían falta comentarios añadidos o si, en cambio, una buena utilidad de la homilía no fuera señalar y detenerse en alguno de estos elementos que, mezclados con tantos otros, no hayamos podido captar durante la eucaristía.

En la solemnidad de la dedicación de una Iglesia, el Prefacio, la primera parte de la Oración eucarística que se reza antes del himno “¡Santo, santo, santo!”, cumple perfectamente esa misión.

El prefacio de hoy nos da tres ideas sobre el significado profundo de un templo cristiano, de una Iglesia.

La primera es la que aquí se realiza y se cumple el misterio de comunión entre Dios y nosotros. En esta nave, como en todas las demás del mundo cristiano rezamos, personal y colectivamente.

Aquí también escuchamos la Palabra de Dios y lo hacemos de una manera especialmente intensa porque es en esta Iglesia donde el coro de los monjes, con los fieles y algunas veces la Escolanía, recita el oficio divino, donde la Palabra de Dios tiene el puesto preeminente. Y finalmente celebramos la eucaristía y otros sacramentos, cumplimiento de la comunión de cada uno de nosotros y de todos con Dios. En la extensa y detallada acta de los días de la consagración de esta basílica que el notario de Esparreguera Joan Castell escribió, el deseo final que se expresa es que Dios dé muchos años de vida al P. Abad, en aquél momento el Abad Plácido Salinas, para que pueda celebrar dignamente el santísimo sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo. Lo más importante que se puede hacer.

Todo esto lo decimos en el prefacio con las palabras “Vos simbolizáis admirablemente el misterio de su comunión con nosotros y lo realizáis en esta casa visible.” Y lo hemos escuchado también en la lectura a los cristianos hebreos: “Vosotros os habéis acercado a Dios, a Jesús, el mediador de la nueva alianza”. Nos hemos acercado aquí, en este templo que quiere ser para nosotros, lo que Jerusalén era para los israelitas, lugar de presencia y comunicación segura con Dios”.

En esa alabanza, la música siempre ha sido muy importante. La música nos trae hasta hoy el talento y la devoción de los compositores que expresaron su fe inspirados por Dios. A mí, personalmente me da respeto pensar, y lo podéis tener en cuenta los escolanos y escolanas de la Schola Cantorum, que la música de los maestros de la Escuela de Montserrat y de todas partes, que se compuso pensando concretamente en este espacio y la hemos cantado ininterrumpidamente aquí dentro de una tradición que vosotros continuáis. Sin ir más lejos, en la misma acta notarial que os he citado, se dice que durante la primera misa que se celebró en esta basílica por el obispo de Girona, Jaume

Cassador, “el órgano y muchas y dulcísimas voces de cantores resonaban en todo el templo”. De esto hace, precisamente hoy, cuatrocientos treinta y dos años.

La segunda idea del prefacio nos habla de la dimensión de la comunidad. El nombre «Iglesia» que relacionamos con el edificio, quería decir en primer lugar la asamblea que se reunía y que en el inicio del cristianismo lo hacía en las casas particulares o a escondidas por miedo a las persecuciones. Todavía hoy se utiliza en este sentido como todo el mundo sabe. El prefacio de hoy nos dirá: “Aquí continuamente escucháis y protegéis a esta comunidad de fieles que peregrina hacia Vos. Aquí os construís ese templo que somos nosotros y aquí crece esta realidad como cuerpo de Cristo”. Esto no es un local social o un club. Aquí Dios construye su pueblo. Si esta realidad es siempre válida en cualquier templo cristiano, cómo no lo será en Montserrat donde por la presencia de la Moreneta, y en comunión con todas las iglesias diocesanas, Dios también ha construido su pueblo cristiano que peregrina en Cataluña y desde Montserrat sigue animando la fe de tantas personas y creando una comunidad de fe y de amor. La profunda identificación con esta tierra no impide acoger a una multitud de peregrinos de todo el mundo. Tenemos el privilegio de ser testigos de esta otra característica de la Iglesia, como es la de estar «extendida en todo el mundo». Como decía la lectura del profeta Isaías: «todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración». Por todo ello, se cumple aquí también el misterio de la Iglesia universal, que fija su mirada en Jesucristo resucitado de quien recibe la fuerza.

Y la tercera idea del prefacio se centra en el respeto a las paredes, a las imágenes, a todo ese mismo edificio que es esta casa visible, porque es Dios mismo quien nos ha permitido construirla. Sí, el Dios de Jesucristo no se queda fuera de la vida, en las nubes. Es un Dios que permite la vida de sus discípulos y por tanto todo lo necesario para esta vida y tener un techo da, qué duda cabe, una estabilidad en cualquier proyecto. Buena ocasión hoy para recordar todas las comunidades que no tienen templo, que están en medio de la violencia. Recordemos que este templo nos permite la comunión con Dios y que el cuerpo de Cristo que formamos todos se reúna, como acabo de decir. Y a pesar de cantar que el templo de Dios somos nosotros, también rezamos que es «Dios quien nos ha permitido construir esta casa». Por eso un día, el 2 de febrero de 1592 fue consagrada y se rezó para que Dios estuviera aquí. En la oración de vísperas incensaremos todas las cruces que repartidas por toda la nave recuerdan este momento.

Dios está en el centro de todas estas dimensiones de la Iglesia que recordamos en el aniversario de la consagración. De la Iglesia templo y de la iglesia cuerpo de Cristo. Jesucristo quiso permanecer en la casa de Zaqueo. Como celebrábamos ayer, fiesta de la Presentación, la luz, es decir, Cristo, entró simbólicamente aquí en el templo, para permanecer aquí. La luz vuelve a entrar simbólicamente cada noche de Pascua, recordándonos que la piedra principal sólo es Él, Jesucristo.

Ojalá esta basílica fuera para todos nosotros como aquel árbol del evangelio que hemos leído que permitió en primer lugar que Zaqueo viera a Jesucristo, porque ésta debe ser la única y principal vocación de la Iglesia: mostrar a Jesucristo a

todo el mundo. Y ver a Cristo puede desencadenar una historia de salvación como lo hizo Zaqueo, una historia que pasa por dejar entrar a Jesús en nuestras vidas con todas sus consecuencias. Para el jefe de cobradores de impuestos y pecador Zaqueo no fueron consecuencias leves, ni en lo material a lo que tan ligado estaba, ni en lo espiritual que al menos le había llevado a la curiosidad de ver quién era aquel predicador de éxito. Dios tiene bastante con poco, con un poco de interés, con un poco de curiosidad, con un poco de voluntad y atención, para cambiar una vida. Imaginaos, sin embargo, los resultados: ¡la conversión espiritual, el alivio de alguien corrupto cuando es capaz de liberarse! E imaginad también el bien inmediato que causó restableciendo la justicia a todos los que había defraudado.

Damos gracias a Dios por el bien que ha hecho y hace en este sitio, pidámosle que nos haga dignos administradores y que nuestra oración, compartida por tantos aquí y en todas partes gracias a los medios de comunicación sea siempre para crecimiento de la comunión con Él y de la fraternidad entre nosotros.

 

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2024)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Un principio contemporáneo bastante aceptado y que en nuestros días vemos casi llevado a extremos exagerados y, me atrevería a decir, perversos, es que cualquier cosa debe comunicarse, publicarse, hacerse saber. Si no es así, casi se le considerará inexistente. Este principio ha invadido vidas privadas, se ha convertido en un negocio para los llamados youtubers e influencers y ha tenido y tiene muchísimos otros efectos. La publicidad está tan sobredimensionada que muchas veces se convierte en autorreferencial y no nos queda claro cuál es el mensaje o qué se quiere realmente comunicar.

La fiesta de la Epifanía, nombre que significa revelación, por tanto, hacer público, me ha hecho pensar en este contexto social. Después de dos semanas celebrando la Navidad, otras tres preparándola, la solemnidad de hoy añade a todo este tiempo la dimensión de la “publicidad”. La intimidad del nacimiento de Jesucristo en Belén fue anunciada a los pastores y por tanto ya desde el primer momento, no permaneció privadísima, sino que finalmente, es la revelación de hoy que la hace universal. Navidad se convierte de alguna manera en un hecho cosmológico: lo anuncia una estrella y un hecho transversal: atrae a los sabios o magos de Oriente, es decir, a la diversidad mundial.

Puesto en el contexto contemporáneo, no podemos dejar de decir que dar a conocer los acontecimientos relacionados con el nacimiento de Cristo era ya una preocupación desde el principio del cristianismo, algo que entraba en el plan de Dios. Nada malo por tanto, en hacer publicidad de algo bueno. Lo que nos separa de algunos anuncios actuales es la importancia y la claridad del contenido que se proclama y el método con el que se hace.

Nos hemos pasado días y días, explicando el significado de la Navidad como Encarnación de la Palabra de Dios en la persona de Jesús de Nazaret para nuestra salvación. Parece como si la liturgia hubiera madurado ese fundamento de la fe y hoy, ya dándolo por sabido, se centrara en su extensión, en su validez absoluta. Esta idea es importante y recoge un universalismo presente en toda la tradición judía pero lo suficientemente original e innovador para ser presentado en el inicio del cristianismo como un secreto que el apóstol Pablo conoce por la gracia y que nos lo transmite a la carta a los Efesios que hemos leído como segunda lectura: “El secreto es éste: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. ( Ef 3,5-6).”

Tenemos un secreto que ya no lo es. Que se ha hecho público. La palabra griega que utiliza el texto para decir secreto es misterion, más que un secreto, es algo que no comprendíamos y que ahora hemos entendido. Aún nos ayuda un poco a su comprensión que el texto latino diga que estamos ante un sacramentum, ante un signo que nos habla, que en el fondo nos revela algo, que es una Epifanía. La verdadera revelación es afirmar que el mensaje del Evangelio es para todos, que tiene un alcance universal.

No estamos delante de la comunicación de algo sin contenido. Hagamos publicidad del Evangelio y de la persona de Jesucristo, como nos decía la carta a los Efesios. Encontraríamos pocos libros y pocas personas en la historia de la humanidad, con una densidad como la del Evangelio y la de Jesucristo. A pesar del reto que tiene la Iglesia de seguir hablando de manera comprensible de la fe, nunca podremos decir que carezca de contenido, o que ningún método nuestro de “publicidad”, iguale la revelación que por sí misma ha hecho Dios de su Hijo. Si tenemos un desafío en dar a conocer a Jesucristo y al Evangelio, tenemos aún más una obligación de comprenderlo personalmente, de ir a su Palabra y a su vida. Nunca nos quedaremos sin mensaje. Estamos en una fuente inagotable, en un misterio que constantemente nos transmite nuevas intuiciones.

Tampoco estamos, como tanta de la publicidad actual, frente a unos métodos que nos manipulan, que intentan influir en nuestra sensibilidad, hacernos poco racionales. Jesucristo se encarna en un bebé y siendo bebé convoca también a los sabios del mundo, sin ningún engaño, sin palabras. Todas las demás palabras que dirá después, en el Evangelio, nunca serán engañosas, promoverán la autonomía de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad y de todas nuestras capacidades humanas que, por su Encarnación, Jesucristo ha elevado a otro nivel.

Jesucristo convoca la sabiduría del mundo en el momento mismo de su nacimiento. El mensaje que recibimos de esta especie de segunda escena del Belén es que en Él tenemos a alguien mayor que nadie. Un niño que todavía no habla es adorado con los presentes que significan su condición única: mirra por el hombre, oro por el rey, incienso por el Dios. En las personas de los sabios o reyes, o reyes magos, se ha querido representar siempre la diversidad. El desarrollo popular del relato del Evangelio de hoy ha acentuado aún más la diversidad de los magos. Sólo se nos decía que venían de Oriente y en cambio siempre representamos uno negro, que no es precisamente la raza de Oriente.

La imaginación, por tanto, no sólo los ha hecho sabios y generosos, sino que también los ha hecho distintos. ¿Qué les une? La llamada de Jesucristo que les espera. ¿No tenemos aquí un mensaje bonito para el mundo de hoy, un mensaje muy propio de la fiesta de la Epifanía? ¿Si el cristianismo pudiera seguir haciendo como Jesús en el Belén, desde una apariencia humilde, convocar la sabiduría diversa del mundo para procurar la mejora de las relaciones humanas? Qué continuidad más maravillosa a la adoración de los Reyes si todo el mundo le ofreciera lo que tiene para el bien de la humanidad. La llamada de la Epifanía a ofrecer los dones al salvador es tan universal que la imagino incluso incluyendo a los no cristianos pero que pueden reconocer en este bebé adorado, alguien que genera una dinámica positiva de apoderamiento de las personas en la riqueza de su diversidad y por el bien de la humanidad.

En la felicitación de Navidad de nuestra comunidad, hemos representado este año a la Epifanía. Jesús niño, sentado en el regazo de María que le pone una mano maternalmente sobre el hombro, bendice los dones que le presentan los reyes.

El efecto de nuestra donación sincera a Cristo es la bendición que recibiremos de Dios. “Hoy ya no os ofrecemos oro, incienso o mirra”, dirá la oración sobre las ofrendas, sino que ofrecemos el pan y el vino, para ser convertidos en el cuerpo y la sangre de Cristo, proclamando así nuestra fe en la ‘Encarnación y la Resurrección de Jesucristo. Por ellas, repetimos como en cada eucaristía, que Dios ha querido salvar a todos los hombres y todas las mujeres del mundo, y por eso, quiere seguir siendo proclamado y adorado por todos los pueblos de la tierra.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2024)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

«Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley».

Esta plenitud del tiempo y el envío de Cristo a la tierra fue el resultado de lo esperado y preparado en la tradición de Israel. Fue la culminación y la confirmación de que el Reino de Dios era posible.

La carta a los Gálatas también dice que por el nacimiento de Jesucristo nosotros obtenemos la condición de hijos. En las lecturas y oraciones de este tiempo, encontramos sin cesar la idea de que Navidad tiene un efecto claro para nosotros. Somos hijos y herederos de Dios y lo somos a imagen de Jesucristo. Esto significa que nuestra vida como la de él tendrá un sentido pleno cuando nos comprometamos con Dios en la construcción de su Reino.

Quisiera fijarme hoy en el salmo sesenta y seis que hemos cantado entre la primera y la segunda lectura. Es un salmo que habla de la presencia del Reino de Dios en la tierra. Muchos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, el pueblo esperaba e imaginaba. Esta tradición nos es necesaria para comprender plenamente la Navidad del Señor. Qué nos dice el salmo de hoy sobre esta nueva dimensión donde Dios será finalmente Dios.

Sus versículos van desarrollando distintos aspectos:

“Que Dios tenga piedad y nos bendiga”:

Un reino es una nueva situación. La misericordia de Dios marca el inicio de este Reino. Si no empezamos por reconocer que somos limitados y que necesitamos el perdón de Dios, no daremos ni el primer paso.

El Reino de Dios es un tiempo y un estado de bendición, hoy quizá lo llamaríamos de progreso ampliamente entendido. Aparte de perdonarnos, también necesitamos que Dios nos ayude, y lo haga para todos. El Reino debe ser armónico. Bendecir significa “hacer grande”. Pedimos a Dios que haga grande armónicamente su Reino.

El salmo también tiene la frase repetida a menudo en el AT:

«Ilumine su rostro sobre nosotros»

La liturgia de estos días nos ha hablado a menudo de la luz. En el Credo decimos que Jesucristo es luz resplandor de la luz. La expresión «Ilumine su rostro sobre nosotros» nos habla de nuestra relación personal con Dios.

Es en el fondo una frase navideña. En la versión original hebrea la frase dice que «Dios ilumine su rostro sobre nosotros», O que Dios nos muestre su cara, o incluso que Dios revele su cara, en la versión griega utiliza el verbo «epifanía”, lo mismo que dará nombre a la próxima fiesta de la Epifanía o de Reyes.

¿Qué es Navidad, sino que Dios se ha dado a conocer? Me parece bonito que la liturgia de la Palabra extienda esta manifestación de Dios a los sentidos: Dios ha hablado, Dios ha mostrado o nos hace ver la claridad de su mirada. La oreja y la vista participan de la buena nueva, la inteligencia también.

Este versículo nos abre a la idea de que el Reino de Dios es un reino interior. Todas sus dimensiones como todos los aspectos humanos quedan fortalecidos por la fe.

El Reino tiene una parte íntima, espiritual, mística me atrevería a decir, y espero que nadie se asuste, ya que místico sólo significa la posibilidad de comunicarnos con Dios y esto es un don del Espíritu Santo para todos los bautizados. Dios ilumina su rostro sobre nosotros para que seamos capaces de ver la claridad de su mirada. Es decir, entrar en una profunda, fructífera y salvadora relación personal con Él. Es necesaria una respuesta de nuestra parte a tanta gracia, a poder seguir los caminos de comunión que nos ha vuelto a abrir Jesucristo. Al final uno de los sentidos de nuestra vida, no sólo la de los monjes, es alabar a Dios y poder repetir con el salmo.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Lo han entendido todos los santos, que nunca han olvidado, a pesar de su fecundidad apostólica, que era necesaria la oración y la relación personal y espiritual con Dios.

El salmo todavía dice:

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

La bendición de Dios debe ser armónica porque nuestro Dios es social. Siempre incorpora a los demás a su proyecto. Por eso decimos que el Reino de Dios está con «nosotros». La lectura en los Gálatas habla con la segunda persona del plural. La armonización de los bienes y derechos de la tierra, de la que os hablaba, es el estado que se construye sobre la justicia, la rectitud, el dejarse guiar por Dios: la Paz que Dios desea desde siempre sobre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Estos días de fin de año, son muy indicados para encomendar a Dios tantas y tantas cosas que nos funcionan, para hacernos conscientes. Para pensar en qué podemos hacer para mejorarlas, para no empeorarlas. Para quejarnos si es necesario.

Y Dios no incorpora sólo «a los demás», sino que incorpora «a todos los demás». Un monje de nuestra comunidad ya difunto que puso un título a cada salmo que resumía su contenido, llamó a este salmo sesenta y seis: “catolicismo”, porque contempla que Dios es para todos.

Conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Dios envió a su Hijo a la tierra para que nosotros obtuviéramos la condición de hijos. Lo envió bajo la Ley, en continuidad con la tradición de su pueblo, en la esperanza de que se cumpliera todo lo que dice este salmo.

Al hacernos hijos, nos introdujo en la esperanza radical que desea el Reino de Dios y no nos ha colocado de forma pasiva, sino como colaboradores activos.

El día de hoy, día de Año Nuevo, es un día de deseos. Me cuesta imaginar un mejor deseo que recuperar la esperanza del Reino de Dios, tal y como nos la desea el salmo sesenta seis. Jesucristo en el mundo haciéndonos hijos de Dios a su imagen debería ser el motor de nuestra conversión definitiva y nuestra energía para construir el Reino.

El coral final de la parte del oratorio de Navidad que Johann Sebastian Bach dedicó al día de Año Nuevo dice,

Jesu richte mein Beginnen,
Jesu bleibte stets bei mir,
Jesu zäumte mir die Sinnen,
Jesu sei nur mein Begier,
Jesu sei mir in Gedanken,
Jesu, lasse mich nicht wanken!

Jesús, guía mi empresa,
Jesús, ¡quédate siempre conmigo!
(Jesús, frenad mis sentidos,)
Jesús, sed mi único deseo,
Jesús, sed en mi pensamiento
Jesús, no me dejes flaquear.

Que, con estos deseos, podamos adentrarnos en este año 2024, pidiendo por intercesión de Santa María, la Paz y el Bienestar, la bendición y la misericordia, con una esperanza que no desfallece porque está fundamentada en la fe y recibe la recompensa de ver los frutos de la caridad que ejercemos para con nuestros hermanos y hermanas, especialmente los más necesitados.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Misa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2023)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“Dios antiguamente había hablado a los padres por boca de los profetas; pero ahora, en estos días que son los últimos, nos ha hablado a nosotros en la persona del Hijo, que él ha constituido heredero de todo, por medio del cual ya había creado el mundo. Él, que es resplandor de la gloria de Dios e impronta de su mismo ser. (Hb 1, 1-6)”

Me he permitido repetir las primeras palabras de la segunda lectura, porque son un resumen perfecto de lo que estamos celebrando. Como hemos escuchado en el Evangelio, estamos celebrando que Dios ha hablado. Que existía una Palabra desde el principio y que esa palabra es la huella del mismo ser de Dios. Ahora hemos podido escuchar finalmente esta Palabra. Todo esto que os digo, responde muy bien a una conversación que teníamos con algunos escolanes de segundo, el día de San Nicolás, después de comer. Me preguntabais cuál era mi imagen de Dios. Y yo os dije que la única imagen correcta de Dios es Jesucristo. Os pregunté cuál era vuestra imagen de Dios, y alguien me dijo que un viejo con barba blanca y os respondí lo mismo, que la única imagen de Dios era Jesucristo. Me preguntasteis si Dios podía ser mujer y os dije que, aunque decimos Dios padre, esto es simbólico, porque Dios está más allá de ser hombre o mujer y que la única imagen de Dios es Jesucristo.

Algún arte europeo occidental de los últimos siglos nos ha representado a este Dios Padre, la primera persona de la Trinidad, efectivamente como un anciano con una barba blanca, con forma humana, como está en esta misma iglesia, en el rosetón del coro de arriba, pero esto no acaba de ser tan correcto como representar únicamente a Jesucristo como hombre. Sería mejor si nos quedáramos como en el arte románico, como en los iconos, como en el fragmento de la carta a los hebreos, como en el Evangelio según san Juan, con la idea de que a Dios nadie le ha visto nunca y que es el Hijo, Jesucristo quien lo ha revelado y representáramos esto.

Esta historia humana de Dios que comienza en la Navidad, nos invita a poner belenes en casa, en las iglesias, en algunas instituciones, para recordar y ver el nacimiento de Jesucristo, para entrar un poco más con la mirada, con las manos, en lo que ocurrió hace unos 2023 años. Ésta es una idea muy pedagógica que imaginó y realizó por primera vez san Francisco de Asís hace ochocientos años, cuando hizo el primer pesebre, que fue un pesebre viviente en el pueblo de Greccio: “para poder ver con los ojos” decía el santo. Lo hacía movido por el amor a Jesús y a los hombres y mujeres, por el deseo de hacer participar más y mejor a todo el mundo en la renovación cristiana que esta Palabra de Dios le inspiró como tan pocos otros santos en la historia. El Belén nos acerca el misterio del nacimiento de Jesús. El de este año os da un mensaje a todos los escolanes que representa cantando, mirando al director, cómo debe ser, pero más allá, mirando a Jesús que nace. Quedaos con la importancia de mirar siempre al final, a la persona de Cristo. Podéis hacerlo incluso mientras cantáis, o jugáis. Es importante mirar a Jesús. ¡Más importante que mirar el móvil!

Navidad a través de la persona de Jesucristo nos explica quién es Dios, pero también nos dice que ese Dios ha venido a impregnarnos. A partir de Jesucristo, nuestra humanidad también ha cambiado, quedando en una situación mucho más favorable a hacer el bien, limpia, bien dispuesta. En su vida que, simbólicamente comienza esta noche, Jesús de Nazaret, Cristo, nos demostró hasta qué punto podía ser maravillosa la condición humana, hasta qué punto él podía enseñarnos a qué metas de generosidad, de servicio y de amor podíamos llegar los hombres y mujeres si nos lo proponemos. Dios, que desde siempre nos había llamado a la bondad a través de los profetas y de todos los testimonios que encontramos en el Antiguo Testamento, vino a transformar definitivamente la condición humana cuando en la historia quiso quedar “en humilde pequeñez recluido” como le cantamos en el Santa Nit.

Pero no siempre respondemos al reto de amor que esta presencia de Jesús nos exige, para la que nos capacita e incluso para la que nos deja un libro de instrucciones que es el Evangelio.

Quisiera que se fijarais que, en este pesebre de la basílica, hay una luz, un farolillo. Cada año un grupo de scouts austríacos iban a Belén a encender una luz y le llamaban la luz de la paz. Luego la repartían a los scouts de toda Europa. El pasado domingo, no ayer, aquí en Montserrat, los escoltas catalanes a través del Agrupament de Monistrol quisieron repartir esa luz de la paz de Belén y también se quedó aquí para recordarnos al pie del pesebre que este año, sin embargo, no se ha podido encender en Belén a causa de la guerra. Esto nos hace pensar en todas las víctimas inocentes de Tierra Santa, el lugar en el que nació Jesús, muy especialmente de las de Gaza, con tantos niños muertos y heridos y con una situación humanitaria insostenible.

Y nos hace pensar también en todas las víctimas de las guerras, de las persecuciones y de todos los que se marchan de casa, tantas veces engañados. Por eso hoy, como hemos hecho esta noche, os proponemos participar en la colecta que haremos a favor de la ayuda sanitaria a los migrantes africanos que llegan a Marruecos y que son atendidos por el arzobispado de Rabat. Una diócesis que tiene unos lazos fuertes con Montserrat.

Las situaciones difíciles del mundo nos hacen confiar en esta Palabra que no sólo nos dice y nos habla de quien es Dios, sino con cuyo poder Él mismo sostiene el universo. Esta afirmación debería llevarnos a comprometernos. No podemos pensar que Dios sostiene él solo el universo con el poder de su Palabra. El mensaje de Navidad es que precisamente él cuenta con cada uno de nosotros para que la historia continúe un camino adecuado hacia el bien.

El poder de la Palabra de Dios nos ayuda sobre todo a nosotros y a nuestro compromiso. Cuántas veces nos hemos sentido apoyados por el ejemplo, por la comunión que captamos en Jesucristo en oración, por la presencia insustituible de los sacramentos, especialmente en la eucaristía.

La Navidad es certificar que Dios nos ha hablado definitivamente en Cristo. Con una Palabra que viene a explicarnos quien es Dios y a pedir nuestro compromiso con el mundo, para continuar su labor de sostener, de ayudar a que brille luz en las tinieblas que no le han podido acoger. Él es una palabra que habla más allá de toda lengua, habla al corazón de quien se confía en él.

Christmas is the security that God has spoken to us definitively in Christ. With a Word that comes to explain to us who God is and to ask for our commitment to the world, to continue his work of sustaining, of helping His light shine in the darkness that has not been able to welcomeHim. He is The word that speaks beyond all language, he speaks to the heart of those who trust in him.

En estas Navidades, solidarias con el mundo, confesando ese Dios que conocemos por la Palabra y con quien confiamos por el poder de esta misma palabra, seamos sobre todo agradecidos por todo lo que tenemos y por la situación de Paz que disfrutamos en nuestra casa y que nos permite celebrar estas fiestas en la alegría y la fraternidad de la familia, de los amigos, de nuestra comunidad. Saludo a los enfermos.

 

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2023)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

En esta Nochebuena, muchos hombres y mujeres, jóvenes y niños nos reunimos para estar juntos, para orar, para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, en Belén de Judea.

Da que pensar el que recordemos cada año una historia tan conocida. Seguro que es importante para nosotros. Estos momentos que se repiten cada año nos ayudan a entender que nosotros somos pequeños, somos poca cosa, sólo somos algunas generaciones que van pasando y que celebran lo mismo que nuestras abuelas, que nuestros bisabuelos y lo que esperamos que celebren quienes vendrán después de nosotros. Lo importante es lo que resta: la Navidad, que quiere decir: “Dios está con nosotros” como cantábamos en el tercer nocturno de maitines.

En el mundo en el que estamos, cuesta decir «Dios está con nosotros». ¿Por qué? Porque no puede ser que Dios esté sólo con nosotros aquí en la Escolanía, en la Basílica, en quienes estáis en casa. Esta frase debe valer por todos. ¿Cómo estarán diciendo “Dios está con nosotros” los cristianos de Tierra Santa, especialmente los de la franja de Gaza, en medio de las guerras? ¿Cómo lo deben decir en Ucrania? ¿En Sudán? ¿Cómo decir esto en un mundo tan lleno de sufrimiento? Sería bonito que nos lo contaran ellos mismos, porque todos sabemos que incluso en estas situaciones, muchos de los que sufren dicen que Dios está con ellos. Nosotros estamos seguros de que, sobre todo en las situaciones más tristes, Él está ahí.

Nos ayuda a pensar así el que tampoco fuera fácil la primera Navidad. Nada tuvo que ver con ir de compras, iluminar las calles, preparar comida. Todo fue mucho más pobre, mucho más sencillo. Porque en el nacimiento de Jesús de Nazaret ya se insinuaba que allí empezaba una vida que, a pesar de ser la del Hijo de Dios hecho hombre, no escaparía de ninguna de las dificultades del mundo, es más, las iría a buscar con espíritu de cambiarlas, de redimirlas, de salvarlas.

Los artistas lo han entendido bien cuando por ejemplo han pintado al niño Jesús en los iconos amortajado, como a punto de enterrarlo, para expresar claramente su humanidad que algún día debería morir.

También lo entendió el compositor de la letra del oratori del Pessebre, Joan Alavedra, que después musicalizó Pau Casals, de quien este año hemos celebrado el quincuagésimo aniversario de su muerte. En un momento del principio y hablando de las figuras del Belén, antes de explicar la alegría del nacimiento hay un aria de contralto, que bajo el nombre muy inocente de la vieja que fila, ya habla de la pasión, porque aquello que hila la vieja es el trapo con el que el Señor se enjugará la sangre camino del calvario y el mismo sudario donde lo envolverán después de morir. Las reflexiones teológicas y artísticas sobre la Navidad tienen en cuenta ciertamente el sufrimiento tan humano de Jesús. Y esto tiene dos consecuencias.

A los escolanes deben gustarles las historias de héroes o de superhéroes. Las que nosotros leíamos en revistas y que ahora seguramente están en los videojuegos y en todo eso, que algunas generaciones ya no conocemos. Jesucristo, a pesar de ser Mesías, no es un superhéroe, no se nos presenta como un superhombre, es Dios hecho hombre, no Dios hecho superhombre o Superman, o Batman o alguno de esos héroes que admiréis. Quizás en gran parte de su manera de hacer es incluso mucho menos espectacular que todos estos superhéroes: no vuela, no se disfraza, no tiene una doble identidad, ni una fuerza física inhumana. Es mucho más sencillo. Es un hombre que ama. Que ama mucho: solidario de todo el mal y de todo el pecado del mundo. Difícil de imaginar a alguien capaz de arreglar todo lo que está mal, de comprender y perdonar los defectos de todas las personas. Pues él puede solucionarlo y de todo se puede compadecer.

La segunda idea que nos transmite esta humanidad que debe morir, ya representada en el momento de su nacimiento, es la capacidad de acoger por solidaridad todas las situaciones difíciles, todo el dolor del mundo, no para justificarlo, sino para combatirlo. Y especialmente todo aquel dolor que sería fácilmente evitable. En todas estas situaciones la muerte está muy presente. La Navidad y la memoria de Jesucristo debería recordarnos permanentemente que Él fue anunciado por los profetas como el príncipe de la paz y el clamor que acompañó a su nacimiento fue un deseo de paz a los hombres y mujeres de buena voluntad, como hemos leído en la primera lectura y en el Evangelio.

¡Qué mundo el nuestro! Cuántas situaciones como os decía que no tienen paz y en las que resuena esta noche la palabra “paz” como un deseo real. Pienso en los países y los conflictos que os he dicho y pienso sobre todo en lo que nosotros no conocemos porque no sale ni en las noticias, ni en los periódicos ni en las redes. El cardenal-arzobispo de Rabat, un buen amigo nuestro, que estuvo aquí durante la cuaresma del 2022, nos ha pedido que nos acordemos de los inmigrantes que llegan a Marruecos desde el África subsahariana y a los que ellos, que son una iglesia pequeñísima intentan atender. Nos queremos solidarizar con ellos con la colecta que cada año hacemos en Navidad. Os lo proponemos como un signo de comunión con tantas realidades que olvidamos, que no conocemos, que son noticia un día para quedar apartadas por la siguiente, y os invitamos a participar.

Sentimos en esta Navidad la necesidad de tener presente este grito de paz surgido de las guerras del mundo. Debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros, es necesario que no dejemos de escandalizarnos ante cualquier conflicto y no conformarnos con la incapacidad humana de arreglarlos de otra manera que no sea con las armas. La humanidad dedica una inmensa cantidad de medios económicos y políticos que parecen en muchos lugares y casos ineficientes y me hacen pensar si deberemos al final de dar la razón a un conocido hombre del mundo del deporte que al inicio de una de las recientes guerras notaba el fracaso de los medios y de las instituciones políticas. Hasta ahora, tiene bastante razón.

Nuestra gran fuerza, nuestra solución siempre será la que Dios ha puesto en medio de la humanidad en la persona y el Evangelio de su Hijo Jesucristo, cuyo efecto es en primer lugar nuestra conversión personal de nuestro egoísmo al amor. Aquí está el principio de la paz.

El mismo oratorio del Pesebre que he citado antes termina con unos versículos que dicen:

“Gloria a Dios y a toda criatura,
Paz en la tierra
Nunca más ningún pecado,
nunca más ninguna guerra,
Paz a los hombres de buena voluntad
Paz”

El poeta que escribió esto ya veía que, en el camino hacia la paz, el pecado de los hombres, el mal que hacemos cada uno es también importante. Jesucristo es el Cordero que quita el pecado del mundo, porque viene a salvar toda la naturaleza humana. Si en Navidad celebramos el principio de esta salvación, ojalá su efecto sea también el de avanzar decididamente en el camino de la paz, no una paz cualquiera, sino una paz que no tenga fin fundamentada como decía el Profeta Isaías en «el derecho y la justicia», en libertad y con total respeto a los derechos humanos, podemos añadir nosotros.

Que Dios que ha amado al mundo hasta darle a su Hijo único, nos lo conceda.

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de diciembre de 2023)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

 

Y María respondió.

El final del prefacio de hoy, que rezaremos al iniciar la oración eucarística, nos dice que María es para nosotros ejemplo de santidad. La santidad es la comunión posible y eficaz que cada uno de nosotros puede tener con Dios, con el Padre, con Jesucristo, siempre por la fuerza del Espíritu Santo y todas sus consecuencias.

Sí. María respondió. Sería una de las primeras actitudes de su santidad. Respondió porque estaba atenta, porque había escuchado lo que Dios le había dicho. Quizás no lo había entendido porque era bastante complicado y seguro que no había captado todas las implicaciones que ese anuncio tan extraordinario tendría en su vida, ya no digamos en la de toda la historia de la humanidad. Pero, sin embargo, respondió. Nada que ver con aquellos alumnos que en la Escuela cuando les hacen una pregunta y llaman a su nombre, bajan de la luna a la tierra y se dan cuenta de que no han oído ni la pregunta. San María, en la escena tan entrañable de la Anunciación nos da una primera lección: debemos estar atentos. Qué necesaria es la atención en nuestro mundo tan lleno de información, tan lleno de mensajes, donde en cada momento podemos estar conectados y no precisamente con nuestro interior ni con Dios.

Porque, en cambio, Dios habla más en el silencio, o por boca de una sola persona, o en un momento tranquilo. No creo que un grupo de whatsupp sea allí donde mejor le escucharemos. Debemos estar atentos porque si no, podemos no escuchar qué nos dice, ni siquiera oírlo. La Virgen María, a pesar de no tener móvil, fue totalmente capaz de escuchar una llamada y una voz, escucharla y cumplirla.

Como ella, podemos ejercitar nuestra capacidad de atención si hacemos un esfuerzo por escuchar y por responder a aquellas personas que nos preguntan, que nos dicen algo, que quieren hacerse cercanas. No hay mayor desprecio que hacer ver que el otro no existe. A todos nos gusta que nos respondan, pero aprendamos también a ser comedidos. No hace falta responderlo todo siempre ni de inmediato, ni especialmente exigir que los demás lo hagan. Cuántos de nosotros no hemos visto a personas ponerse muy nerviosas porque al cabo de pocos minutos o incluso segundos, alguien no ha respondido un mensaje. También debemos aprender a esperar.

Con la respuesta, Santa María nos da otra lección: la de la responsabilidad. Es responsable porque es capaz de responder, no sólo a una pregunta, sino haciéndose cargo de una situación. En catalán lo decimos: yo respondo de esa persona. La Virgen María aceptó la situación, feliz, por un lado, tan enigmático y sorprendente por otro, de ser madre de Jesús, Cristo, el Mesías el esperado de Israel. Su responsabilidad se concreta en la capacidad de mantenerse fiel en la respuesta dada: «aquí estoy, que se haga en mí según tu palabra» y de hacerlo durante toda la vida, cuando la misma responsabilidad de mantenerse fiel a la respuesta la llevó a nuevos horizontes, inimaginables al principio. Aquí está la verdadera fidelidad, la que no tiene calculadas desde el inicio todas sus consecuencias, sino que queda abierta.

Respuesta y responsabilidad forman parte de la santidad y no son nada que nos quede tan lejos. Con estos rasgos tan humanos, Santa María nos enseña la forma de ser discípulos, se pone al frente de esta humanidad, y muy especialmente de nosotros que queremos testimoniar en el mundo que Dios existe, como creador de toda vida y nos llama a la felicidad superando todos los males de la historia, que vienen de esa ambigüedad antigua, de ese pecado al que los hombres y las mujeres también estamos sometidos desde el mismo principio de nuestro tiempo.

En la segunda lectura, un himno cristiano muy antiguo que forma parte de la Carta a los Efesios, que nuestra liturgia ha incorporado cada semana en la hora de Vísperas del lunes, encontramos una especie de yo colectivo, una primera persona del plural que se dirige a Dios para darle gracias de la elección que ha hecho de la humanidad para llevarla por amor a la santidad, a cumplir la voluntad de Dios, a la irreprensibilidad, a la esperanza con Cristo.

El himno nos habla de un gran proyecto de Dios. Si la primera lectura nos había dejado quizás un mal sabor, porque se ponía en marcha la historia humana en sus aspectos inevitables de ambigüedad, sometida a la presencia de ciertas formas de mal, que siempre están activas; San Pablo, muchos siglos después y cuando la Iglesia naciente ya experimentaba plenamente la resurrección de Jesucristo, vuelve a colocar la historia en manos de Dios y no destaca tanto su ambigüedad humana como la línea recta de la voluntad de Dios sobre todos nosotros.

Parece que está haciendo el retrato perfecto de la llamada a ser cristianos, y por tanto, aunque no la cite, encabezando este «nosotros» encontramos Santa María, que no sólo hace suyo este canto, sino que es la única que puede decir que lo cumple de verdad, la única escogida sin lugar a dudas, la única irreprensible, la única toda santa por su a comunión con Dios Padre, con el Hijo que de ella se encarnó y con el Espíritu Santo que la habitó. Esto es lo que celebramos hoy, la santidad absoluta de María desde el momento de su Concepción.

Ella es la irreprensible, no por carácter, sino por naturaleza. La solemnidad de hoy, al proclamar su Inmaculada Concepción, recuerda que Cristo la separa de la ambigüedad que se produce en todos los demás seres humanos. La iguala así a Él mismo. Esto es lo que celebramos: su irreprensibilidad ante todo mal y todo pecado.

Pensad los escolanes qué significa ser irreprensible por naturaleza. Significa ser incapaces de hacer nada mal hecho, que nunca te puedan regañar, ni castigar, y no porque no te pillen sino porque no haces nada mal. Esto es casi imposible pero la responsabilidad personal en las cosas de cada día, en aquellas respuestas que debéis dar, os ayudarán a acercaros a esta irreprensibilidad. Vosotros que tenéis tan presente a Santa María en vuestro canto, en cada Salve, en el Virolai, pensad que ella es ejemplo de responsabilidad, de hacer lo que toca, de no decir ahora sí y ahora no, sino de mantenerse siempre fiel a una palabra dada. Esto puede ser muy importante en vuestras vidas y en las de todos nosotros.

¿Dónde estamos amados hermanos y hermanas ante este plan ideal de Dios? ¿Hemos respondido a la voluntad de Dios de bendecirnos? ¿Y cómo hemos respondido? ¿Cómo hemos podido, pero no hemos evitado hasta hoy las guerras, el hambre, la miseria, la injusticia? Tantas y tantas situaciones que nos duelen y que nos sorprenden especialmente porque parecen congeladas, resistentes a dejar entrar una brizna de sentido común, de razonabilidad, de responsabilidad.

El mundo no es santo ni irreprensible, como mucho está en camino y en esto debemos ser responsables: al mantenernos en el camino de la voluntad de Dios, ésta que el himno dice que es su designio sobre todos nosotros, ésta que María aceptó diciendo: “Que se cumpla en mí según vuestras palabras”; esa voluntad que cada día pedimos que “se haga” cuando rezamos el Padrenuestro.

Seamos responsables como María, con la voluntad de Dios.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de noviembre de 2023)

Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a

 

No sé si os pasa también a vosotros, pero la santidad es una realidad que personalmente imagino y pienso de manera espontánea como algo bastante lejano. Quizás porque aquellos que recordamos primero, cuando escuchamos la palabra santos, son hombres y mujeres que vivieron en épocas muy pasadas o quizás, si son más actuales o incluso si los hemos visto y “tocado” porque sabemos que fueron capaces de vivir y de actuar durante sus vidas de una forma que a nosotros nos parece inalcanzable.

La Solemnidad de hoy, al proclamar una santidad anónima, unos santos y santas que no podemos recordar ni saber qué hicieron, nos obliga a repensar qué es realmente un santo cristiano y nos da no pocas pistas en las lecturas, plegarias e himnos que vamos rezando durante el oficio y la misa. La reflexión que en el fondo hacemos hoy es que la santidad es una llamada y una propuesta de Dios para todos, y que todos aquellos que son proclamados santos por la Iglesia, más todos los que hoy también celebramos, nos señalan el fin de un itinerario, de un camino, de una peregrinación vital y no tanto un estado estático. Y porque es más un camino que una categoría, todos estamos invitados, todos estamos llamados.

La Primera Carta de San Juan nos marca este itinerario de vida cristiana empezando por colocarnos delante de Dios, de su amor, de su capacidad de reconocernos ya aquí y ahora como hijos. Sí.

El principio de la santidad cristiana es la fe, no es haber realizado obras extraordinarias, sino creer en Dios. Una fe que entra a menudo en contradicción con el mundo. Pero tampoco le damos al mundo toda la culpa. Con quien primero entra en contradicción la fe es con una cantidad increíble de tendencias interiores que nos llevan a resistir la llamada permanente, esto es muy importante, que Dios nos está haciendo continuamente. Por tanto, la misma carta de San Juan nos presenta esta fe como una realidad no completa, no perfecta, como un auténtico camino que tiene el objetivo más allá de este mundo, porque se dirige a la comunión perfecta y total con Dios, que nos hará posible ser 100% inteligentes, vernos a nosotros como nos ve Dios.

Es reconfortante que la misma lectura nos diga que vivir de esta forma, con esta esperanza nos purifica a imagen de Jesucristo. Por purificarnos no puedo entender nada diferente a ser Santo. La finalidad, la santidad no es un premio al final del camino, sino un reto por cada etapa.

Es decir, la fe, poniéndonos siempre delante de Dios y en relación con Él, nos hace andar y avanzar continuamente en una comunión que tiene efectos concretos y reales en nuestra espiritualidad y en nuestra corporalidad. Naturalmente es una actitud que necesita nuestra colaboración, que creamos que es posible. Que tengamos una actitud positiva con nuestras vidas. No creo que haya ningún santo que haya negado de entrada sus cualidades personales. La fe en un Dios creador nos obliga a reconocer en primer lugar los dones recibidos. Cuando los escolanes os preparáis para hacer un concierto, y los solistas para hacer un solo, lo primero que hace falta que pase para que vaya todo bien es que estéis seguros de que lo podréis hacer bien, esto es tener fe en vosotros mismos. Sin eso nada saldría bien. La misma actitud no la podemos aplicar todos. Dios nos pide que tengamos fe en nosotros mismos, que estemos contentos de ser quienes somos. Aparte de ser un reconocimiento de la obra de Dios en nosotros, es una actitud que nos ayuda a ponernos en marcha. Lo dice un salmo muy bonito; Israel se siente feliz del Señor que lo ha creado. Creo que en esta actitud está el inicio de la santidad. Empezando por esto tan sencillo, tal vez esta santidad no nos parezca tan lejana.

En el himno de maitines de esta mañana, rezábamos que Cristo es la vida de los santos, el camino, la esperanza y la salvación. Jesucristo es la vida de los santos. Esta fe en Dios que ahora decía que es el fundamento de la santidad, no puede ser más que la referencia a Cristo y a su evangelio. Una parte importante de la riqueza de la santidad de la Iglesia, radica en la capacidad de ver que esta identificación personal con el Señor se da de formas muy diversas: desde la santidad de una vida recluida en un monasterio como la de Santa Teresa del Niño Jesús al entusiasmo misionero de San Francisco Javier, a la de los últimos papas de la Iglesia, San Juan XXIII, San Pablo VI y San Juan Pablo II, todos fueron sencillamente, cristianos, que significa de Jesús, que es el camino, la esperanza y la salvación.

Al reconocer esta multitud de santos, la Iglesia sigue afirmando y proponiendo el evangelio como la norma de vida para todos los bautizados y para todos los que quieran sumarse. El Evangelio de las bienaventuranzas no podría ser más indicado para ello. Es un evangelio que tiene algo inclusivo, alarga y ensancha los brazos de Dios a mucha gente, porque la fe de cada uno, finalmente sólo Él, el Señor, la conoce y por eso la multitud que celebramos hoy no tiene rasgos claramente definidos, porque es una realidad de Dios, y como realidad de Dios se realiza definitivamente en el cielo, en el más allá. Por eso, Todos los Santos combina la sensibilidad tan realista, tan de aquí a la tierra de las bienaventuranzas con una mirada siempre más allá, fijada en este encuentro donde “todos los santos se alegran con Cristo”, como los escolanes y la capilla cantará en el motete.

Y así como reconocer con fe los propios dones que Dios nos ha hecho es el principio de la santidad, no hay nada que se le oponga tanto, como pensar que somos perfectos. Este camino tan positivo que os he querido describir, lo vivimos personas humanas, con muchos defectos, que debemos reconocer y asumir, como un tramo que también hay que recorrer. La purificación que puede venir del contacto con Jesucristo, nos exige una mirada a nuestra historia personal y colectiva para encontrar las posibilidades de superar todo el mal que también hemos podido sembrar en el mundo y que en tanto que es mal, no puede ser de Dios.

Sólo desde este reconocimiento de los límites, podremos reivindicar la otra parte: una parte a veces muy olvidada por los medios públicos de información y que es real, comprobable, testimoniada por siglos y siglos: esta parte es la de la santidad que la Iglesia ha sembrado durante toda la historia, comunicando la fe una generación tras otra, promoviendo la caridad para tantas y tantas personas, poniendo el fundamento para vivir en este mundo sin perder nunca la esperanza de un futuro mejor.

Que la eucaristía en esta solemnidad de Todos los Santos nos coloque en ese camino que nos han abierto una multitud innumerable de santos.

Abadia de MontserratSolemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre de 2023)

Misa por los confrades difuntos (9 de octubre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (9 de octubre de 2023)

Actos de la peregrinación a Roma con motivo de la conmemoración de los 800 años de la Cofradía de la Virgen de Montserrat.

Estar al final de una peregrinación.

¿Qué es peregrinar? Salmo responsorial. Ir a la casa del Señor. Siempre es una imagen de la vida.

Hoy recordamos a quienes no han terminado una peregrinación como la nuestra sino EL PEREGRINAJE.

En la peregrinación de una vida no faltan, como a nosotros estos días el cansancio, el calor, algunos problemas…etc. Pero lo que nos enseñan estos días es cómo nosotros somos capaces, si estamos motivados, si tenemos un motivo, una ilusión, si nos sentimos llamados a hacer todo lo que estamos haciendo, de cambiar el camino en un camino más ligero…

Pedir perdón.

Las peregrinaciones son concentración de sentido, lo digo mucho en Montserrat, son intensificación de la vida en pocos días para vivir más profundamente la fe, la devoción a María, la buena voluntad de ser más fieles al Evangelio.

Como nuestra peregrinación de estos días, es invitación a la vida más profunda y por tanto, puede ser recuerdo agradecido e intercesión por quienes nos han dejado. Que nos recuerden que nuestra vida aquí es camino hacia la vida del cielo. Virolai.

Nosotros como ellos, peregrinamos por la fe. Como los discípulos de Emaús, con Jesús al lado a veces sin reconocerlo. Qué actual que es este evangelio, cuando el Señor no está, todo es hablar de desgracias, cuando Él se hace presente, todo se transforma en futuro… ¡De la primera manera caminamos no se sabe hacia dónde, de la segunda se camina hacia Jerusalén! Este Jerusalén que por la fe extendemos a cualquier lugar de peregrinaje…, Tierra Santa, Roma, Montserrat… recordad lo que hay escrito en la fachada del monasterio… Urbs Ierusalem Beata…

Breve resumen en español.

Somos una peregrinación eminentemente mariana. El vínculo que nos une es la devoción a la Virgen de Montserrat. Estamos en Santa María la Mayor, la Iglesia madre de las dedicadas a la Virgen. Nuestra peregrinación ha sido muy mariana. Trastevere. Las palabras del Papa… una parada para celebrar el domingo centrándonos en Jesucristo a través de sus dos apóstoles San Pablo y San Pedro, y continuar con Montserrat y hoy aquí…

Qué palabras tan bonitas del Santo Padre Francisco el sábado. Miremos a María como facilitadora. En qué momento de este relato de los discípulos de Emaús, pero del relato de Emaús en nuestras vidas aparece Ella, para hacernos reconocer más fácilmente dónde está Jesús. ¡Y esto es un momento de alegría!

Nunca olvidemos que ella indica a Cristo. Aquí lo que se venera son las reliquias del Belén, del testimonio de que, en Cristo, Dios se hizo hombre en María, con toda humildad y nos enseñó el camino de la misma humildad, para serlo nosotros y para enseñarnos que lo encontraremos en los más pobres.

Después de haberle dicho esto, venerémosla con toda la gloria: digámosle con el lema del santuario de Montserrat: “vos sois el honor de nuestro Pueblo”, y recémosle con fe el Virolai y la visita espiritual, que dicen casi todo lo que se puede decir: “con su nombre comienza nuestra historia y es Montserrat nuestro Sinaí.”

Y no olvidemos nunca que la vocación de María como la de la fe cristiana es universal es la de ser madre de todos. Y que nuestra cofradía sea fiel a esta vocación histórica de Montserrat extendiendo la sonrisa maravillosa y acogedora de la Moreneta en todo el mundo. Por eso hemos estado tan contentos de tener con nosotros estos días a la Delegación de Sevilla, de Sao Paolo en Brasil, a una delegación de Ginebra, todos podemos apropiarnos de las palabras del Virolai y decirle a María: “vierte tus dones y virtudes en el corazón de nuestros pueblos, haz de ellos tú paraíso”

Cada día estoy más convencido de que Montserrat es un don de Dios para el mundo. Lo veo no yo, sino en el testimonio de quienes venís, lo veo en la fuerza de esta peregrinación. En la historia de estos 800 años que hoy celebramos, y que nos lleva a pensar que estamos aquí por la fuerza de quienes nos han precedido como cofrades y que nos esperan en aquella realidad que a los monjes nos gusta decir: el Montserrat del Cielo, donde la cofradía seguro que tiene un sitio, con todos los difuntos.

Quizá sea el momento de despedirnos pensando siempre en el futuro y en nuestra misión de seguir llevando el evangelio y su alegría en todo el mundo. Pero también dando gracias por todo lo vivido. Muchos me han dado las gracias, pero tengo muy claro que somos nosotros quienes os debemos dar las gracias, a todos los que habéis venido, en primer lugar al cardenal Joan Josep Omella, a los arzobispos y obispos que nos han acompañado, a todas las delegaciones, a los guías y a los acompañantes, a todos nuestros colaboradores de Montserrat que os han hecho de ángeles de la guarda: Lourdes, Montserrat, Dolors, Josep, Jesús Lluís y todos los demás guías de Roma. También a Mireia y Jordi por todo su trabajo con la cofradía, Christian Almada que hoy hace de organista y muy especialmente a la Hermana Natalia que ha sido el puntal de todas las actividades en Roma. Pero todos sabemos que aquí «el culpable de todo» es el padre Joan M. Mayol. Os decía el primer día que pasar de una idea a la realidad es muy complicado, pero hay algunas ideas que parecen de ciencia ficción y sólo una voluntad y una fe muy firme las hacen avanzar y esto es lo que ha hecho el P. Joan M., con el trabajo para revitalizar la cofradía de todos estos años y que estos días se ha visto coronada y finalmente pensando que esa peregrinación a Roma era posible. La mejor recompensa es la presencia de todos vosotros los 800, uno por cada año de la historia de la cofradía aquí.

Celebramos la eucaristía, en recuerdo de los difuntos, en acción de gracias por estos días, en una petición especial: os invito a pensar ¿qué han sido estos días en vuestro camino de fe?, ¿qué os lleváis de Roma y qué le pedís a Santa María, Salus Populi Romani?

Abadia de MontserratMisa por los confrades difuntos (9 de octubre de 2023)

La Natividad de la Virgen y profesión del G. Frederic Fosalba (8 septiembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de septiembre de 2023)

Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

 

Con la gente famosa o conocida, por las razones que sea, desde los santos hasta los deportistas, o también con la gente que amamos especialmente, tenemos una tendencia natural a conocerlos más y mejor, y por tanto a saber dónde han nacido, quiénes son sus padres, dónde han estudiado, con quienes viven y tantas otras cosas personales. Esto lo hacemos para tener perspectiva, que es una palabra que significa “mirar a través de”, o también “mirar más profundamente”.

Estimando cómo amamos a Jesucristo no es extraño que desde el principio todo lo que le rodeó en el tiempo de su vida en la tierra, haya sido un tema de interés profundo, un intento de tener una perspectiva mejor para comprender quién es Él, qué quiso decir su vida, qué ocurrió después de su muerte. Él es el foco al que se dirigen todas las miradas, él es también la luz que ilumina estas perspectivas que lo contemplan. De todas las personas de su entorno, el lugar privilegiado de su madre, Santa María forma parte de nuestra fe y de la revelación cristiana. Por eso en algunas fiestas marianas celebramos los momentos de la vida de la Virgen María como pre-historia de Jesucristo, ya sea en su Inmaculada Concepción, en su Natividad, hoy, o en el momento de la Anunciación y en otras fiestas, como la Asunción de Santa María al cielo, en que celebramos, podríamos decir, la post-historia de Jesucristo, todo lo que continuó después, con su resurrección, que es ya historia de la comunidad cristiana.

Nos admira pues esta presencia de María, antes, durante y después de Jesucristo, como envolviendo la vida de su Hijo, siendo realmente Arca de la Nueva alianza.

De este modo, al igual que algunos objetos nos ayudan a comprender sus matrices, Santa María es por tanto una perspectiva, la mejor perspectiva de Jesucristo, nos ayuda a mirarle y mirarle con más profundidad. La Virgen nos ayuda a entender a Jesucristo, aunque Él como el modelo de toda la humanidad, es también el origen de su propia madre de quien decimos poéticamente en una antífona: “Eres madre del que te ha creado”.

Perspectiva también es una palabra que se puede entender como un sinónimo en el sentido de ser un buen punto de vista. Todo lo que hace la Biblia es darnos mejores perspectivas para conocer a Dios y para comprender a Jesucristo.

Un ejemplo para que los escolanes lo entendáis es que tenemos muchas personas en la historia que son como microscopios o telescopios, es decir, instrumentos que nos ayudan a ver con mucho más detalle una realidad o a ver lo que por estar tan lejos no veríamos o nos costaría ver. Estos instrumentos nos dan perspectivas. A Dios nadie le ha visto nunca, pero por Jesucristo, ante todo, y por Él, con la Virgen María y con todos los santos y profetas, tenemos estos instrumentos que sí nos permiten ver, conocer y amar a Dios.

Centrándonos sólo en la primera lectura de la misa de hoy, encontramos la óptica del profeta Miqueas, una visión previa al Mesías, que reconocemos en Jesús de Nazaret, en la que nos dice que ese que está por venir será el que traerá la unidad y la paz. La unidad porque nos decía el profeta que este Mesías hará volver a todos a casa.

Como cristianos quisiéramos ser testigos de unidad y de paz. Son dos insignias mesiánicas, aplicadas a Cristo, que amamos especialmente los monjes benedictinos.

La unidad, por la que nuestras comunidades querrían ser signos de una iglesia que acoge a los hijos y las hijas de Dios como una sola familia. Aquí en Montserrat la presencia de la Virgen María, nos da una referencia más fuerte a estos vínculos fraternales y familiares que quisiéramos tener entre nosotros y con todos. Una unidad que queremos vivir en comunidad, una familia que hoy se hace algo mayor con la profesión solemne, esto es el compromiso definitivo a vivir como monje en este monasterio de Montserrat, de nuestro hermano Federico. Dios bendice ese buen deseo de unidad que acompañamos cantando el salmo, “qué bueno y agradable vivir todos juntos los hermanos”.

Dios hace de nuestra comunidad un signo de una mayor unidad, la de la Iglesia, que a su tiempo quiere simbolizar la de toda la humanidad. En un mundo tan dividido, con tantas guerras, violencias, explotaciones, tanto daño que me atrevo a decir que tiene su origen en una mirada individualista, protectora siempre de lo mío, debemos recordar que todos los seres humanos estamos llamados a ser uno en Jesucristo. El signo generoso y sencillo de esta mañana, de optar por una vida en común según la llamada de Jesucristo, es una esperanza para todos los que creemos en Dios y en las posibilidades de las personas humanas.

También la paz es amada en los monasterios. San Benito en su Regla la pone como uno de los bienes que el monje debe buscar y conseguir. La paz que deseamos a todos los que entran en nuestro santuario, en el monumento llamado precisamente Pax Vobis, en la carretera antes de la curva de los Apóstoles. Una paz que debe empezar en una reconciliación dentro de nosotros, escuchando qué nos pide la voz de Dios y procurando ser dóciles.

Unidad y paz son formas de vivir Jesucristo. Lo son para los cristianos y lo son por los monjes. Siguiendo el ejemplo de Santa María, viviendo así, reflejamos la luz de Cristo y nos volvemos también nosotros perspectivas de Cristo. Y lo más increíble es que cada uno es una perspectiva necesaria, única e insustituible en la familia cristiana.

Tu donación a Dios hoy, Federico, te lleva a ser servidor como María. Ella, siendo quien era, no dudó en reconocerse pequeña ante la grandeza de Dios. Imitemos esta humildad que es la mejor virtud, imprescindible para ser discípulos en esta escuela que es el monasterio y bajo la instrucción de la Regla de Sant Benito. Ninguna palabra mía podría igualar las que rezaremos en la oración de consagración. Escúchalas bien. Está todo.

Los escolanes saben bien que desde hace un año el hermano Frederic es el subprefecto de la Escolanía. Por tanto, el sitio principal, no el único, donde en nombre de la comunidad le he pedido que se haga servidor de Jesucristo. Me gusta deciros esto y que lo entendáis. La vocación de Federico, como la de todos nosotros no es ser maestro o educador, es ser monjes. Todo lo que hacemos por vosotros, muy especialmente los monjes que están en la Escolanía, lo hacemos por amor a Jesucristo, a Montserrat y también a la Escolanía que es una parte de Montserrat.

¡El monasterio pide a estos hermanos que busquen esta paz y esta unidad entre vosotros! Es un reto importante, ¿no? ¡Ponédselo un poco fácil! Dios también quiere de vosotros que viváis unidos y en paz, y cantar juntos todos los días a la Virgen, la Reina de la paz, es una muy buena escuela. Cuando cantáis siempre estáis unidos y en paz. ¡Aplicadlo a la vida!

En la unidad, en la paz, en el servicio, Jesucristo te llama a comprometerte. A consagrarte, que es retirarte para descubrir quién eres y poder ofrecerlo a los demás. La consagración al amor, a la vida y a la verdad son una forma de vincularse más profundamente a la humanidad. En un proceso que no acaba hoy, sino que es como un círculo que empezó cuando decidiste emprender ese camino y que se irá repitiendo hasta el final.

Sólo Él, Jesucristo, es capaz de pedir esto y de llevarlo a plenitud, Él da la luz y la gracia para que con todo lo que eres y tienes, seas siempre una perspectiva, un punto de vista desde donde se le vea a Él.

Y nosotros no podemos hacer otra cosa que darle gracias por todo esto.

Abadia de MontserratLa Natividad de la Virgen y profesión del G. Frederic Fosalba (8 septiembre 2023)

Domingo XXII del tiempo ordinario (3 de septiembre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad emérito de Montserrat (3 de septiembre de 2023)

Jeremías 20:7-9 / Romanos 12:1-2 / Mateo 16:21-27

 

He escogido tres frases, una de cada lectura, para centrar nuestra atención en este momento de la eucaristía dominical en la que el P. Abad Manel celebra las bodas de plata de profesión y renueva su compromiso monástico. Se trata, queridos hermanos y hermanas, de tres frases que mutuamente se potencian a nivel espiritual y que son básicas en nuestra vivencia cristiana y monástica.

La primera frase es del evangelio. Después de anunciar que debe sufrir pasión, debe ser muerto y que resucitará, Jesús dice: Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo que tome su cruz y me acompañe. Son palabras exigentes, que nos cuesta admitir, tal como a Pedro le costó admitir que la misión de Jesús pasara por el sufrimiento. El apóstol acababa de reconocerlo como Mesías, pero tenía un concepto demasiado humano de la misión mesiánica. Y por eso se escandaliza de las palabras de Jesús que hablaban de sufrimiento y de muerte y se puso a regañarle. El Señor, sin embargo, le acalló inmediatamente porque Pedro no pensaba según el plan establecido por Dios, sino de una manera demasiado humana.

Jesús nos enseña que sus discípulos debemos hacer un camino parecido al de él: seguirlo con la propia cruz, cada uno con la que le acarree la vida. Dicho de otra forma. El discípulo de Jesús debe morir a las ambiciones y en los egoísmos que se le presentan, y que son propios de una mentalidad no evangélica. Y debe gastar la vida en favor de los demás. Jesús nos propone, pues, una nueva forma de existencia: una vida dada a Dios y a los demás, según el nuevo orden de valores del Evangelio. Quien lo vive amando encuentra que el amor engendra vida, que el sufrimiento se vuelve fecundo, que la obediencia a la palabra de Jesús libera, que gastar y perder la vida a favor de los demás se convierte en una ganancia, porque la muerte no es la última palabra. La muerte desemboca en la resurrección. Quien pierda la vida de este modo por amor a Jesucristo, encontrará la felicidad verdadera y cuando el Señor vuelva glorioso recibirá la recompensa de vivir para siempre con él.

La segunda frase que he escogido es de la segunda lectura, de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma. Les dice: os pido, por el amor entrañable que Dios nos tiene, que le ofrezcáis todo lo que sois como una víctima viva, santa y agradable. Dar la vida a Dios y a los demás tal y como nos pide Jesús en el evangelio de hoy, es un culto agradable a Dios. Le ofrecemos para corresponder, desde nuestra insignificancia, al entrañable amor que él nos tiene. Porque tomar nuestra cruz y hacernos seguidores, discípulos, de Jesucristo es para corresponder al amor con el que somos queridos. Para corresponder no debemos amoldarnos al mundo presente, dice san Pablo. Nuestros criterios, nuestra forma de hacer y de vivir no deben ser según las pautas egoístas que suelen imperar en la sociedad, sino que debemos discernir cuál es la voluntad de Dios en lo concreto de nuestra vida para amar más, servir más, darnos más. Así la vida cristiana se convierte en un culto existencial ofrecido a Dios, en una liturgia viva, según el modelo que encontramos en Jesucristo ofreciendo toda su vida al Padre.

Y la tercera frase escogida proviene de la primera lectura, del profeta Jeremías: Me habéis seducido, Señor, y me he dejado seducir, decía. El profeta se lamentaba amargamente porque la gente se reía de él y le escarnecía cuando anunciaba la palabra de Dios y llamaba a la conversión ante las infidelidades del pueblo. Estaba desolado y experimentaba que no podía continuar la misión que Dios le ha confiado. Estoy rendido de tanto aguantar, ya no puedo más, decía al final de la lectura. Pero, sin embargo, sentía en su corazón un fuego que ardía, que no le permitía dejar su misión. Experimentaba que el Dios que le había seducido y por el que libremente se había dejado seducir, era más fuerte; no podía rehuirlo, debía dejar que Dios tuviera la última palabra, que es siempre una palabra de compasión y de salvación.

Me ha seducido, Señor, y me he dejado seducir Ésta es la razón fundamental que tenemos los cristianos, y los monjes, para darnos a Dios y a su Hijo Jesucristo. La única razón para procurar vivir siguiendo a Cristo con nuestra cruz, a veces con fatiga o encontrando la incomprensión de la gente. La única razón para dar la propia vida es que Dios por Jesucristo nos ha seducido. Es decir, nos ha atraído, nos ha cautivado y ganado nuestra confianza. Y, por eso, con toda libertad nos hemos entregado a él porque sólo él tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Dejemos, pues, que el amor del Señor nos atraiga más para acoger generosamente nuestra cruz, para vivir con abnegación la ofrenda espiritual de nuestra vida en servicio de los demás.

Hoy, como he dicho al principio, damos gracias por los dones que Dios ha hecho a lo largo de los veinticinco años de vida monástica de nuestro P. Abad Manel, en el momento en el que se dispone a renovar los compromisos de su profesión. Entonces, en 1998, fueron tres novicios que profesaron: el P. Abad Manel, el P. Juan Carlos Elvira (que el Señor llamó hacia él prematuramente hace seis años) y el P. José Antonio Martínez (actualmente monje del monasterio hermano de Santo Domingo de Silos y que hoy se encuentra entre nosotros). Ser monje comporta tomar cada día con abnegación la propia cruz y seguir a Jesucristo en el servicio de los hermanos. San Benito lo dice con otras palabras. Habla de participar “de los sufrimientos de Cristo con la paciencia” a fin de merecer “de compartir también su Reino” (cf. RB Prólogo, 50) y esto porque el monje debe procurar no anteponer nada absolutamente a Cristo (cf. RB 5, 72, 11), por el que se siente seducido.

Querido P. Abad Manel: la fidelidad a tu compromiso monástico de hace veinticinco años, te ha llevado, por designio de Dios y la elección de la comunidad, a asumir el servicio abacial en nuestro monasterio. Y, por tanto, a vivir un plus de abnegación y un plus de unión con Cristo. Porque el servicio abacial, que san Benito describe como imitación del Buen Pastor (cf. RB 2, 8; 27, 8), es “officium amoris”, por decirlo con palabras san Agustín (cf. In Io. Ev .Trat., 123, 5). Es una tarea de amor que implica dinamismo y exigencia personal, solicitud y misericordia hacia los hermanos. Y, por eso, pide una mayor intimidad con Jesucristo, aquél que te sedujo desde tu juventud y por quien te dejaste seducir. Y del que quieres escuchar cada día su voz, tal y como dice tu lema abacial (cf. Ps 94, 7).

Hoy, pues, damos gracias contigo por tu vocación monástica, por tu fidelidad. Y aún damos gracias por la fidelidad que Dios te ha tenido en estos veinticinco años de vida monástica y ya antes desde el bautismo. Damos gracias también por tu servicio abacial iniciado hace un par de años. Y sobre todo hoy, de manera particular, oramos por ti.

Que el Señor con la fuerza del Espíritu Santo, y por las oraciones de Santa María, Madre de monjes y Señora de Montserrat, siga llevando a buen término la obra que empezó en ti con la profesión, que te siga sosteniendo en tu camino monástico y en tu ministerio abacial, con la responsabilidad comunitaria, eclesial y social que conlleva en Montserrat. Que te haga el don de experimentar cada día más “la inefable dulzura del amor” (RB Prólogo, 49) en el gozoso seguimiento de Cristo.

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (3 de septiembre de 2023)

Asunción de la Virgen (15 de agosto de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (15 de agosto de 2023)

Apocalipsis 11:19a,12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56

 

“Y oí una gran voz en el cielo que decía: «Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».(Ap 11, 10,a-b).

Este último versículo de la primera lectura, nos coloca queridos hermanos y hermanas, en la dinámica de hoy, de esta solemnidad, de esta Pascua de María, que celebramos con alegría, y con una voz que no grita, si no que canta la victoria de Dios, que ha magnificado la pequeñez de su sirvienta, la ha hecho mayor, la ha puesto junto a Jesucristo que reina para siempre, en una hora que es el momento de Dios.

Diría que hoy hemos querido imitar esta alabanza que describe el libro del Apocalipsis que quiere hacernos llegar el ambiente del cielo. Sí, aunque nos parezca extraño, inalcanzable, el libro del Apocalipsis quiere precisamente transmitirnos algo del más allá, por eso se llama Libro de la Revelación.

Un ambiente, donde según unos fragmentos del mismo libro, no faltan las trompetas para anunciar que estamos ante Dios: “Después vi que los siete ángeles que están de pie ante Dios recibían siete trompetas y entonces los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocar, (Ap 8, 2.6)”.

No tenemos siete y no todo son trompetas, pero la intención es ésta: que en estos momentos todos alabamos a Dios con la música. No estamos en Babilonia, donde según el mismo libro del Apocalipsis, no sonarán las trompetas, sino que estamos con la intención en la Jerusalén del Cielo, por eso esta celebración es solemne, y en ella hay derramado el talento, el gusto y el esfuerzo, porque los hombres y las mujeres intentamos con nuestro trabajo acercarnos a Dios también en la oración y la música siempre tiene un gran papel. Queridos cantores y músicos que hoy nos acompañáis en este día, y todos, hacemos real lo que canta el himno de ese día:

Del cielo Reina se os corona.
Y al honor que Dios os da
Juntamos nuestros cantos

Pero ¿quién es esa Reina, esa que vemos hasta en cuatro lugares de nuestra basílica asunta el cielo o coronada?

Es María de Nazaret, la Virgen María que ha llegado a la gloria del Cielo, porque puso su humanidad al servicio del Reino. Por eso no es una figura inalcanzable, sino un modelo y un ejemplo para todos.

¿Cómo responder hoy nosotros a Dios? Nos lo enseñan las lecturas que hemos escuchado. Sorprende si pensamos en el momento histórico y cultural, el papel que toman las mujeres en el evangelio. El de hoy es un buen ejemplo porque nos permite acercarnos a la fe de dos mujeres, sí de dos mujeres fundamentales en la historia cristiana: Naturalmente María, la Virgen María e Isabel la madre de Juan Bautista. ¿Qué nos enseñan?

Isabel nos enseña en primer lugar la confianza. Dios puede cambiar las situaciones más complicadas, casi imposibles.

Nos enseña la acogida, por eso este evangelio es tan importante en los santuarios marianos y muy especialmente aquí en Montserrat donde lo leemos muchas veces durante el año. Isabel nos enseña que es importante acoger y que es importante dejarse ayudar: ¡Cuántas veces no reconocemos por orgullo, diciendo que “no queremos molestar”, que necesitamos ayuda!

¿Y que nos enseña María, la Virgen María?

El espíritu peregrino. El Evangelio de la visitación es el relato de Nuestra Señora peregrina que es acogida desde el principio al final, ya que se quedó tres meses con Isabel. ¡En su caso una peregrinación totalmente gratuita! ¿Dónde debía peregrinar a la Madre del Señor? ¿La madre de Jesucristo? ¿La que llevaba a Dios en las entrañas? Ella da ejemplo de servicio y peregrina. Quizás porque ese hijo que lleva dentro le es una exigencia para con los más necesitados. Ella va a encontrar a una mujer bastante anciana, que ha quedado embarazada. Alegría y trasiegos por la situación totalmente inesperada.

Santa María nos enseña a aceptar lo que somos humildemente. Su respuesta al “Feliz tú que has creído” de Isabel no es decir: ¡No, no.…si yo no creo tanto! O ¡Qué dices! ¡Este niño es normal! Su respuesta es volverse a Dios, a su Dios de Israel, y reconocer que todo viene de Él. Él es quien obra, Él es quien lo hace todo. Un Dios preocupado por la felicidad de sus hijos. Un Dios muy concreto que llena de bienes a los pobres y ensalza a los humildes.

Santa Isabel y María, la Virgen María, también nos enseñan la sensibilidad espiritual. Intentaré decirlo con un símil musical: Hay que estar afinado. Cuando estamos afinados entendemos la música, entendemos la distancia entre los sonidos, captamos su belleza. Podemos hablar de una suerte de afinación interior que nos permite captar la justeza de la realidad.

¿Quién, que no estuviera afinado, entonado, en línea con el Espíritu Santo podría captar que con esa prima jovencita llegaba Cristo, como lo hizo Isabel? ¿Quién, si no Dios mismo presente en sus entrañas puede inspirar una respuesta como el Magnificado que canta la Virgen María?

La primera sensibilidad espiritual es la que nos permite conectar con nosotros mismos. No sé si nunca el evangelio de hoy ha comentado las actitudes de Isabel y de Santa María como la actitud de la mujer que interpreta lo que le dicen sus entrañas, lo que representan sus hijos. Las que sois madres seguramente podrían enseñarnos muchas cosas de esta capacidad de empatía con nosotros mismos.

La sensibilidad de las dos primas va más allá, es capaz de ver y captar la presencia de Dios. Isabel la capta en la persona de María y por eso le dice: “¡Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo!” Y también le hace el mejor elogio: “¡Dichosa la que ha creído!” Y también capta que Dios se hace presente en el evento: «se cumplirá todo lo que el Señor te ha hecho saber».

Y Santa María tiene una comprensión más cósmica, más global y por eso recapitula la historia de Dios en ella y no se olvida de quienes sufren, de los pobres, de los destituidos, de los humildes. El Magnificat une el cielo y la tierra. Cuesta pensar si los momentos que vivimos son más complicados que hace unos años. Sí que es verdad que nuestra fe nos invita a tener siempre presentes a todos aquellos que el canto de la Virgen María identifica como pequeños y a tenerlos por los preferidos de Dios. Ésta es la exigencia de nuestra fe. La promesa de alcanzar el Reino de Dios, siguiendo el ejemplo de María, no nos dispensa de la solidaridad con el mundo en el que vivimos. Al revés nos obliga. Cada uno desde dónde es y desde donde pueda. Intentando cada uno unir en su vida el cielo y la tierra, esto es la alabanza a Dios con la exigencia de amor del Evangelio, que es lo que nos ha traído Jesucristo, ante el que saltaba ya el que nacería como Juan, el Bautista.

Sí, hermanos y hermanas queridos, Dios está ahí y las cosas van aconteciendo por su capacidad de cumplirlas. La fe nos pide y nos ayuda a desarrollar esa sensibilidad por las cosas de Dios arraigada en nuestro interior. Disfrutemos del “cielo” de hoy pero no olvidemos de volver siempre a la tierra.

Y volvió a su casa. Parece queridos hermanos y hermanas, que Santa María, la Virgen María, cuando ya ha terminado el trabajo se vuelve a casa, desaparece. Nos lo explica el evangelio de hoy de la visita. Después de haber visitado a Isabel y de haberla ayudado todo lo necesario, se va. Se vuelve a su casa. La primera lectura nos decía que Dios le ha preparado un sitio en el desierto. De hecho, este lugar es el suyo, con su Hijo Jesucristo, el Padre y el Espíritu Santo. Desde la gloria de Dios siempre la encontraremos en estos lugares como son los santuarios, que ella llena con su presencia y en todos los demás lugares donde se hace presente: en las capillas, en las ermitas, en las cofradías, como la nuestra de la Virgen de Montserrat que celebra sus 800 años.

Pidámosle pues que en nuestro regreso a “casa”, en nuestro regreso a Dios, sea nuestra ayuda y nuestra intercesora, como canta el final de la estrofa del himno de hoy que he citado antes:

Sed siempre, Virgen pía,
Dulce consuelo y nuestra guía
Hasta veros triunfantes

 

Abadia de MontserratAsunción de la Virgen (15 de agosto de 2023)

San Benito (11 de julio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (11 de julio de 2023)

Proverbios 2:1-9 / Colosenses 3:12-17 / Mateo 19:27-29

 

San Agustín comienza el libro de las Confesiones, diciendo: “Nos habéis creado para Vos, Señor y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Vos”. Esta célebre y citada frase lo que quiere es que nos acordemos de nuestra capacidad de Dios y de la inclinación de todo nuestro ser hacia Él.

Los hombres y mujeres como capaces de Dios. La tradición cristiana nos enseña que esta relación espiritual entre persona y trascendente es posible y que para los discípulos de Jesucristo toma forma en una participación de nuestra humanidad en la vida de Dios, a través del Espíritu Santo y en comunión con Jesucristo. Por eso la fe bien entendida nunca destruye la humanidad, sino que la potencia. Existe una verdadera colaboración entre el crecimiento de los dones personales y la fe.

Esta idea es propia de la humanidad creyente y por eso la encontramos ya en los libros del Antiguo Testamento, como el Libro de los Proverbios al que pertenece la primera lectura.

El texto nos invita a fortalecer, elevar a la máxima potencia todas nuestras cualidades personales. Y es precisamente porque en ellas encontramos la huella de Dios, que nos ha creado, que lo encontramos a Él cuando buscamos, acogemos y cultivamos la virtud de la inteligencia. Nada nos pone tan a su nivel como eso. La lectura nos invita a reconocer en Dios la fuente y el origen de la sabiduría. Y después la lectura da un giro: si comprendemos y conocemos, nuestra vida cambia: aparecen la honradez, la rectitud en los caminos, la justicia y la bondad. Parece que pasamos a una dimensión más vital, más activa. Conocer a Dios por el uso de la sabiduría y de la inteligencia tiene efectos reales en nuestras vidas.

Para algunos es más que sabido que hoy, 11 de julio, celebramos la memoria de San Benito de Nursia como Patrón de Europa. Otros, tal vez, se hayan encontrado con esta celebración un poco más solemne de lo que se puede esperar los días de cada día en Montserrat. Celebramos al fundador de nuestra orden benedictina, la memoria de quien escribió la Regla para monjes que desde hace quince siglos y todavía hoy inspira la vida de miles de hombres y mujeres en el mundo, monjes y monjas y también laicos.

No es de extrañar que la liturgia proponga este fragmento del libro de los proverbios como primera lectura de hoy, solemnidad de nuestro Padre San Benito. Aunque literalmente no encontramos las palabras de la primera lectura en la Regla, el libro de los Proverbios es uno de los más citados, por tanto, un libro querido para San Benito. El estilo es similar. El maestro habla al discípulo y procura decirle palabras de sabiduría vital, palabras que le enfoquen hacia sí mismo y hacia Dios. Este maestro participa de esta dinámica bíblica que, cuanto más se preocupa de buscar a Dios, más ve también cómo crecen las cualidades humanas.

La Regla de San Benito es un instrumento de crecimiento personal, un plan de vida centrado, por la fe, en Jesucristo y en su imitación. Esta identificación se hace sobre todo por la obediencia y el reconocimiento de la capacidad personal de cambiar, que en el lenguaje monástico y eclesial lo llamamos conversión, una palabra que se ha hecho sinónima de vida monástica. El conocimiento de Dios, de cuya inteligencia del mundo y de cuya sabiduría nos hablaba el Libro de los proverbios, se adquieren en el propósito de la vida monástica viviendo en un espíritu obediente y de conversión.

Vivir en espíritu de cambio y de obediencia es muy extensible y proponible a todos, también a vosotros que hoy me escucháis. Más de una vez he escuchado a personas que no han hecho profesión monástica decir que la vida familiar y matrimonial les obliga también a ser muy obedientes, no en el sentido de sumisión de uno a otro, sino en el de trabajar y vivir en un espíritu que necesita una fidelidad a unos compromisos, renunciando muchas veces a muchas cosas. Estoy convencido.

Desde el espíritu de conversión, del cambio, los monjes y los cristianos quisiéramos ser ejemplo de hombres que en primer lugar se reconocen imperfectos, no terminados, pecadores también. ¡Qué contracultural es esto en el mundo de hoy en día, en el que todos los modelos que se nos presentan son perfectos! ¿Habéis oído alguna vez a un jugador de fútbol o una estrella del espectáculo reconocer algún defecto personal? No. No está de moda. Espero que no lo digan pero que al menos se los reconozcan. Es la única forma de avanzar en la vida.

San Benito nos pone a menudo delante de nosotros mismos para que avancemos en la conversión. No lo hace con grandes interiorizaciones, reflexiones o meditaciones. Me atrevería a decir que la Espiritualidad de San Benito es una espiritualidad práctica, de las que propone crecer, por la sencilla obediencia de la vida de cada día, referida siempre a Dios. En esta espiritualidad, la humildad es la virtud esencial y no nos pide que la practiquemos con heroicidades sin sentido, sino aceptando lo que vamos encontrando cada día.

Lo hace de una manera muy concreta para los monjes en la vida de cada día del monasterio, en la comida, en el hablar, en el vestir, en el silencio, pero lo describe en un marco que sería perfectamente proponible a cualquier persona que quiera vivir centrada.

San Pablo VI, en una famosa homilía pronunciada en 1964 en el monasterio de Montecassino, que podría ser perfectamente un programa para la vida monástica de hoy, utiliza la expresión “el hombre recuperado para Él mismo” como un modelo que la vida monástica que quiere proponer a todo el mundo. Esta recuperación para uno mismo se hace por la fe, por la oración, por el silencio, por la paz. Como el propio Papa decía, «en una palabra, por el Evangelio».

Vivir recuperado para uno mismo, aceptado con todas las fragilidades personales, es una dinámica, es un camino. También la Regla tiene clara esta característica de ir avanzando por un camino. Si se va adelante de forma equilibrada, la obediencia a la realidad y la humildad para aceptarla te hace capaz de una comprensión muy grande del mundo y te das cuenta de que Dios con su perfección y omnipotencia se sirve de medios muy sencillos y se abren posibilidades de cambiar siguiendo el Evangelio.

Ojalá viviéramos siempre así las diversas dimensiones de nuestra existencia: nuestra oración, nuestras ideas y actitudes morales y nuestro hacer, movidos por esta conciencia de Dios. Qué descanso encontrar en la historia de la Iglesia hombres y mujeres que han vivido de esta manera y nos han dejado testimonio.

San Benito es uno de esos hombres que ilumina el mundo y nos propone el reto de continuar su carisma y transmitir el tesoro de virtudes a todos los hombres y mujeres del mundo.

 

Abadia de MontserratSan Benito (11 de julio de 2023)

San Pedro y San Pablo (29 de junio de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (29 de junio de 2023)

Hechos de los Apóstoles 12:1-11 / 2 Timoteo 4:6-8.17-18 / Mateo 16:13-19

 

«sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.» (Mt 16,18)

Dios lo puede todo. Confesar a Dios es confesar que la vida tiene más poder que la muerte, que el bien vence al mal. La vida y el testimonio del apóstol San Pedro nos lo confirman. En su biografía, en todo lo que le alcanza directamente, este poder de Dios se manifiesta tanto en acontecimientos extraordinarios como en la cotidianidad de la vida, en la curación y resurrección de enfermos y muertos, como en su transformación interior, todo son signos de la capacidad de la vida para resistir la muerte que él atestigua. Simón, el hijo de Juan, Pedro, es el resistente frente a estas puertas del reino de la muerte que ceden ante Dios. Por eso nos es un modelo inspirador, del que podemos aprender mucho. Y creo que una buena perspectiva para acercarnos a San Pedro es precisamente la de observar sus luchas personales, esas resistencias que tuvo que practicar frente a las puertas del reino de la muerte.

Si empezáramos cronológicamente al revés, por el final de su vida, encontraríamos la resistencia frente a un Imperio Romano, al que molestaba profundamente aquella secta cristiana que proclamaba que había un solo Dios, que un hombre crucificado era su Hijo y el Mesías, cuyas palabras defendían unos valores que ponían a los seres humanos al mismo nivel, con una misma dignidad, que decía que había que perdonar, poner la otra mejilla cuando te pegaban, que las riquezas eras efímeras y todas estas cosas tan antipáticas para los que siempre se han beneficiado de los comportamientos violentos, explotadores y egoístas. La estructura de poder de Roma, podía ser todo esto, pero no era ingenua y por tanto no hay ninguna duda de que intuyó que todos aquellos predicadores no eran ni inocentes ni inofensivos y que por tanto más valía terminarlo rápido, eliminándolos. Y lo hicieron.

La resistencia al evangelio que seguimos viviendo hoy en el mundo, nos hace evidente que el mensaje cristiano es válido y que el ejemplo de la opción de San Pedro, para resistir la presión y con su palabra mantenerse fiel a Jesucristo, aceptando todas sus consecuencias, abre un verdadero camino de transformación en el mundo, que dura desde entonces. A pesar de no haber eliminado el mal y todas sus manifestaciones sociales, lo ha resistido y transformado en miles de ocasiones. Lección para hoy: Las resistencias al evangelio del inicio, no están tan lejos de las de ahora, pero las puertas del reino de la muerte no nos han superado nunca: Dios puede todo y lo vemos en la historia de la humanidad.

Si avanzamos deshaciendo su vida, veremos cómo San Pedro también encontró la resistencia de una tradición religiosa y política en el judaísmo que no podía permitir todo ese mensaje tan provocativo. Primero porque venía de fuentes no autorizadas: esto es de hombres sencillos, no formados, que se apoyaban en el testimonio de un rabino muy alternativo al que reconocían sin embargo como el propio Mesías. Es muy interesante ver cómo hay una lectura de la fe cristiana capaz de recuperar todo el núcleo de la tradición judía anterior y llevarla a cumplimiento, y que por tanto no debemos olvidar la capacidad del judaísmo para abrirse al mensaje de Jesús y de los apóstoles. Éste fue el primer gran ámbito de predicación de San Pedro. En esta tradición, todo se centra en reconocer la centralidad de Jesucristo. Qué duda tenemos que la referencia vital de Pedro fue Jesús de Nazaret: vivo, muerto y resucitado. Simón, no sin errores ni negaciones, siempre volvió a Él. Qué biografía espiritual no podríamos escribir a partir de los diálogos de Jesucristo y de San Pedro:

Empezando por el primer encuentro y citando breves fragmentos de diversos evangelios, en los que Jesús pregunta y Pedro responde, encontramos estos momentos:

“Echa las Redes (Lc 5,4)”.

“Apartaos de mí que soy un pecador (Lc 5,8)”.

“¿Quién decís que soy yo?”

“Vos sois el Mesías el Hijo de Dios vivo (Mt 16,15-16)”.

“¿Vosotros también queréis dejarme? (Jn 6,66)”

“Señor a donde iríamos, sólo Vos tenéis palabras de vida eterna (Jn 6,68)”.

O cuando Pedro pregunta y Jesús responde:

“Señor, ¿quiere lavarme los pies? (Jn 13,6)”

«Si no te lavo, no tienes parte conmigo (Jn 13,8)»

“Señor. ¿Por qué no puedo seguiros ahora mismo? Daré por Vos mi vida (Jn 13,37).”

  “¿Tú quieres dar la vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo que no me hayas negado tres veces (Jn 13, 38)”.

Hasta llegar a la pregunta final,

“Simón Hijo de Juan, ¿me amas?”

“Señor, lo sabéis todo. Sabéis que os amo (Jn 21,17)”

.

No puede sorprendernos que, con este fondo, con esta relación personal, Pedro resistiera cualquier inmovilización religiosa y se convirtiera en fundamento de la nueva fe en Cristo. La lección para hoy: volver a Jesucristo. Dios puede todo y siempre encuentra su camino en los hombres y las mujeres.

Pero finalmente y estos breves diálogos que he citado son una buena muestra, en San Pedro, las resistencias más iluminadoras son las interiores. Todas las que los evangelios nos cuentan y que acompañan a su relación personal con Jesús de Nazaret. La resistencia que nace de la conciencia de estar muy lejos de aquél que con una sola palabra le hace cambiar de idea. Estaban pescando: ¿qué sabía un carpintero de pescar? Pero por algo, Pedro confía y aparece el pescado donde no había. Y de eso nace un sentimiento de superación, de querer alejarse, de miedo. Pero en ese momento aparece siempre la llamada de Jesucristo, de volver, de mantenerse fiel. Quizás esta misma conciencia de indignidad superada siempre por la Palabra del Señor nos da una clave para entender la vida de Pedro, y tendrá su momento último en la negación durante la pasión, cuando la fuerza de querer alejarse de todo, pasa por delante de todas las declaraciones de fidelidad, y donde definitivamente ya no hace falta otra palabra que su propia conciencia recordándole que ha traicionado al maestro y amigo. Porque después de la negación en la noche de la pasión, las palabras que escuchará San Pedro serán ya las del resucitado, que no cambiarán, que continuarán siendo las palabras que confirman aquella llamada que hemos leído en el Evangelio: tú eres Pedro. Pero en cambio, en el momento de la resurrección, junto al Lago de Genesaret, en el evangelio que la solemnidad de hoy propone para la misa de la víspera, el Señor le preguntará tres veces a Pedro: ¿me quieres? Y la respuesta será la abandonarse totalmente en Cristo, sin ninguna resistencia, diciendo finalmente: Vos lo sabéis todo, Vos sabéis que os amo. Leo por hoy: Dios lo puede todo, porque perdona lo que ni nosotros nos osaríamos perdonarnos a nosotros mismos.

De esta forma la misión de San Pedro en la historia se apoya en la confesión que hace de Jesucristo como Señor y Mesías y en el amor que finalmente le demuestra incondicionalmente, en la piedra y en el corazón. Por su vida, nos demuestra que él es la piedra contra la que se estrellan todas las luchas sociales, religiosas y personales, pero que esto sólo puede ser así si la referencia de su corazón es Jesucristo. Petra autem era Christus. La piedra realmente es Cristo. Es una frase escrita en ese altar. Y la Iglesia se mantiene unida en Cristo y en aquellos que participan con amor y con fe, como san Pedro, de Cristo. El cimiento y la piedra no podía ser otro. Todos nosotros también estamos invitados hoy a participar como el primero de los apóstoles en la fe y en el amor, en la eucaristía que ha sido siempre el sacramento de la unidad.

 

 

Abadia de MontserratSan Pedro y San Pablo (29 de junio de 2023)

800 años Cofradía de la Virgen de Montserrat (6 de mayo de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de mayo de 2023)

Hechos de los Apóstoles 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-56

 

Decíamos, queridos hermanos y hermanas, en una de las antífonas de laudes de esta semana, con palabras de San Juan, “Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón,” (Jn 16,22), y yo pensaba: “Qué bien reflejan estas palabras el corazón de nuestra devoción a la Virgen de Montserrat”, porque es en la mirada perenne, constante, e inmutable de nuestra querida Moreneta que todos y cada uno de nosotros hemos vivido el gozo del reencuentro.

“Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón,” es de hecho unas palabras de Jesucristo en ese momento pascual de la última cena, del discurso de despedida a sus amigos íntimos, pero me permito hoy, ya que siempre María es intermedia del amor de Jesucristo y por tanto su mirada es la de su hijo, decir que ahora es la Virgen María que nos dice que nos alegramos porque la volvamos a ver.

Santa María continúa en medio de nuestra Iglesia tal y como lo estuvo al principio en medio de los apóstoles. La primera lectura de hoy empezaba con la frase: “Después de ver cómo Jesús era llevado al cielo…” Ciertamente la visión de la ascensión es la última de los discípulos, es la que cierra las muchas veces que Jesús miró, habló y que los discípulos vieron, incluso después de resucitar. El tiempo pascual que estamos celebrando es el tiempo de la visión. Es el momento de tener los ojos abiertos. Debemos abrir los ojos y en esto María nos es maestra como lo ha sido siempre.

No se trata sólo de mirar, sino que hay que ver algo más allá. Quizá necesitamos extender nuestros ojos a otros sentidos, y hacernos discípulos de Cristo con todo el corazón, con toda el alma con todas las fuerzas, y en eso tenemos en la Virgen un modelo a seguir.

Ella nos es maestra para que abramos los ojos de la fe. Por la fe María fue capaz de confiar en medio de las situaciones más desesperadas. Por la fe fue capaz de comprender lo que racionalmente no podía ser, debemos creer que por la fe pudo pasar de la oscuridad del sepulcro donde habían puesto a su hijo, a la luz de la noche y de la mañana de Pascua que este cirio nos recuerda durante todo ese tiempo. ¡Qué reto, qué estímulo, qué gracia tener Santa María por ejemplo!

Ella nos es maestra para que abramos también los ojos a las necesidades de los demás. El Evangelio de la visitación que hemos leído es el evangelio en primer lugar de la conciencia de las necesidades de los demás, de la prima Isabel que espera un hijo. Qué ejemplo tan poco complicado, tan cercano. Qué bien comprenderéis tantas de vosotros que en un momento de la vida habéis ayudado y/o habéis sido ayudadas por una hermana, una amiga, una madre en el momento del embarazo. El evangelio de hoy nos dice en primer lugar que en esta sencillez de la ayuda está el primer reconocimiento de un Dios, que se hace muy cercano a Jesucristo.

El evangelio de la Visitación está profundamente arraigado en la historia de nuestro santuario. Lo leemos el día de la solemnidad titular de la Basílica, el día 8 de septiembre, lo leemos el día de la Visitación naturalmente, a finales de este mes de mayo, el día de San Juan, el día 21 de diciembre. En todas estas ocasiones, el evangelio nos recuerda que somos como María peregrinos, pero que es también a ella a la que venimos a visitar, para ser en el fondo visitados y acogidos por su amor, por su gracia, por su mirada. Es Dios, en todo caso, quien da a todos nuestros sentimientos de piedad una intensidad diferente aquí, en Montserrat, donde a veces, al menos a mí me pasaba de niño y joven, parece más fácil creer, más fácil amar, más fácil ser feliz.

Los ojos de la imagen de la Moreneta están abiertos desde siempre, acogiendo las plegarias, alegrías y esperanzas de todos los pueblos, y muy especialmente de nuestra gente catalana que le dice “Vos sois el honor de Nuestro Pueblo” y hace de esa frase el lema de Montserrat. Es la fuerza de su mirada que nos cautiva y os hace volver, y os hace quererla tener también presente en vuestras parroquias e instituciones, en cada lugar donde arraiga esa fraternidad de amor y de cariño mariano y montserratino que es nuestra cofradía, y de la que hoy celebramos estos ochocientos años.

Desde su trono de Montserrat ella nos dice: “vuestro corazón se alegrará porque os volveré a ver, y vuestra alegría nadie os la quitará”. La promesa de Santa María de Montserrat es siempre la promesa de la vuelta aquí, a casa. De la añoranza de este lugar que nuestros poetas y músicos han cantado: como Mossèn Cinto Verdaguer cuando escribió en el Emigrant: “donde encontraré tus cimas Bello Montserrat”; O el “Recuerda Madre divina, recuerda a quien se aleja, con el corazón en Cataluña, orando mientras camina” de Pau Casals que nuestra escolanía sigue cantando a menudo.

Vuestras delegaciones mantienen vivo este noble sentimiento que primero os vincula a Jesucristo, Dios hecho hombre, y a su madre, en el desafío personal de la fe cristiana y del seguimiento del evangelio, después os une a la comunidad que ruega en Montserrat, monjes, escolanes y peregrinos, y por estas dos razones también os hermana entre vosotros.

El monasterio, promotor desde el inicio hace ochocientos años de la Cofradía ha querido estos últimos años animar una vez más a esta hermandad y muy especialmente con la dedicación del P. Joan M. Mayol, rector del santuario, la ha visto reflorecer, llamear las brasas todavía bien rojas de una devoción que ha ayudado a encender otras hogueras nuevas, en pueblos y parroquias a las que no había llegado antes.

Pero desde siempre, Dios nos ha hecho la gracia de que la advocación de Montserrat vaya más allá de Cataluña, y la Cofradía también se ha hecho ejemplo de ello. La Cofradía hermanada de Sevilla, hoy presente, las delegaciones de Caspe, y las más lejanas de Chile y Brasil son la muestra de que hemos tenido la gran alegría de ver ampliar la cofradía hasta los extremos de la tierra. Y aún podríamos añadir muchos más lugares donde veneramos la memoria y la imagen de la Virgen de Montserrat. Juntos estamos convocados a ir a celebrar este aniversario en el corazón de la Iglesia, para presentar al Papa Francisco esta realidad de fe, de piedad popular y que también quisiéramos que fuera de solidaridad.

Debemos tener los ojos abiertos, los de la fe y los de la caridad, como ya he comentado, pero también los de la esperanza. La alegría que nadie nos va a quitar, tiene algo divino, eterno. La esperanza de que somos capaces de transformar la tierra y de luchar por el amor, pero que finalmente todo pertenece a Dios. La mirada de la Moreneta nos hace pensar que ella hace realidad la oración del Canto Espiritual de Joan Maragall: “Y cuando venga la hora temible en que se cierren estos ojos humanos, dame otros mayores para contemplar vuestra faz inmensa”. Éste es nuestro deseo más profundo, el que millones de veces confiamos a la Moreneta cuando en el Virolai le decimos con fe, guiadnos hacia el Cielo, que Ella, la Estrella de Montserrat nos conduzca allí mientras caminamos por esta vida.

https://youtube.com/watch?v=3JmI2K0htOs

 

Abadia de Montserrat800 años Cofradía de la Virgen de Montserrat (6 de mayo de 2023)

Domingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (9 de abril de 2023)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / Colosenses 3:1-4 / Juan 20:1-9

 

Después de haber pasado una noche en vigilia nos volvemos a reunir para celebrar la eucaristía en esta fiesta de las fiestas que es la Pascua. Parece que no nos cansamos de rezar y es que no encontramos otra manera de seguir contemplando y agradeciendo lo que cantábamos en el canto de entrada, en las palabras que hoy son las palabras de Jesús: que después de una vida entera de amor a Dios, y de esta muerte en Cruz, puede volverse hacia Dios y decirle: “He resucitado, me he reencontrado contigo, ¡no me has dejado de tu mano!”

“No me has dejado de tu mano”. Una frase sencilla que nos revela los rasgos más tiernos de Dios que como padre o madre, no dejan de la mano a su hijo, frágil. O que nos revela un gesto típico de las parejas que se quieren. Una de las oraciones típicas de la divina liturgia bizantina ha captado esta naturaleza de Dios y utiliza una expresión que explica muy bien esa frase. Dice que Dios es “bueno y amigo de los hombres” αγαθός και φιλάνθροπος. En la palabra original, filanthropos se incluye a cualquier persona humana sin distinciones, empezando por la de ser hombre o mujer. Por eso algunos prefieren traducirla como amigo de la humanidad.

Jesucristo es el primero en volver por su resurrección al Padre. Si este retorno tenía una razón teológica muy clara, “porque de Dios venía y a Dios volvía”, esto ocurre en la historia, hay testigos, afecta a aquel que, siendo Dios encarnado, vivió, caminó y murió como hombre en la tierra: a Jesús de Nazaret. Precisamente por eso, podemos pensar que su historia será un día la nuestra y que, desde el momento de su resurrección, Dios es más que nunca bueno y amigo de la humanidad y “nunca nos deja de su mano”.

Si bien él lo es de todos, Amigo de los hombres sin distinciones, nosotros hemos llenado nuestro mundo de categorías humanas, de primeros, segundos, terceros y cuartos mundos. Medimos por Productos Interiores Brutos de los países, por rentas per cápita, por tantos otros factores que en el fondo no hacen sino medir lo que Dios seguramente no hubiera querido nunca: las enormes diferencias dentro de una misma humanidad. Él ha resucitado por todos.

Una de nuestras primeras obligaciones como cristianos sería hacer como Dios, por tanto, ser también nosotros amigos de la humanidad y mirar cómo no podemos dejar a nadie de nuestra mano. Aunque sea un granito de arena en esta labor utópica que no deja de ser eso que llamamos construcción y venida del Reino de Dios a la tierra, muchas instituciones se hacen conscientes de las desigualdades y quieren ayudar a corregirlas. Haciéndonos solidarios haremos, en la misa de hoy una colecta a favor de la comunidad de San Egidio que tiene una sensibilidad especial por los pobres y necesitados.

La forma en que Jesucristo se hace amigo de la humanidad en la Resurrección es en el fondo muy discreta. Nos han explicado que cuando los escolanes estuvieron en Australia, hace un mes, fuisteis un día a ver los canguros a un lugar llamado Clealand Wildlife Park y le dijeron que debían acercarse poco a poco. Si estabais tranquilos, los canguros vendrían solos. El evangelio está lleno de momentos en los que nosotros hombres y mujeres tenemos miedo a Dios, a sus apariciones, incluso miedo a Jesucristo cuando hace cosas demasiado extraordinarias. Pero él nos dice que no tengamos miedo. Si vosotros, escolanes, erais capaces de entender el miedo de los canguros, y por tanto de acercaros poco a poco, ¿cómo Jesús resucitado no será capaz de entender nuestro miedo y de acercarse a nosotros poco a poco, diciéndonos que no tengamos miedo? Nos lo dice incluso cuando resucita. Por eso digo que es discreto. Tan discreto que incluso no le reconocemos muchas de las veces que se aparece resucitado. Como si dejara tiempo a cada uno para realizar su proceso de comprensión, de acercamiento. En esta comparación nosotros somos los canguros que tenemos miedo y él es como vosotros escolanes que quiere acercarse. Jesucristo resucitado también quiere acercarse de una forma muy discreta pero muy eficaz y muy directa a vosotros, a todos.

De una manera muy especial, hoy Jesucristo se acerca a vosotros cuatro, los dos Orioles, Lluc y Martí, escolanes de cuarto que haréis la primera comunión. En el pan y el vino, aunque son elementos muy sencillos, confesamos la presencia de Jesús, la presencia de Cristo resucitado. Vosotros vivís una vida de fe porque la Escolanía os la facilita, participáis en la oración de Salve, ahora ya de lleno, activos en el coro y vivís en Montserrat, desde donde podéis uniros y ayudar en la oración de tantos peregrinos. Pero con la primera comunión, y con todas las que vendrán desde ahora, Jesús os pide también que personalmente creáis en esto que he estado diciendo antes, que él es amigo de la humanidad, y por tanto amigo vuestro. Cada vez que comulguéis, pensad en ello. Pensad en este Jesús que quiere que seáis felices y que estará a vuestro lado siempre, incluso en aquellos momentos que no lo sintáis. Para algunas personas, el momento de la primera comunión, ha sido un recuerdo importante para su fe, durante toda su vida. Y no sólo vosotros, sino todos los escolanes, pensad en este Dios que no deja de ir de vuestra mano.

La Resurrección de Cristo es el testimonio definitivo de que Dios es el Amigo de los hombres. Porque si se había encarnado en él devolviéndonos aquella dignidad con la que nos creó, ahora da definitivamente a la humanidad un sitio a su lado. No podríamos imaginar una prueba de amistad mayor que ésta.

Queridos hermanos y Hermanas, que estáis aquí en Montserrat o que os unís a nuestra celebración, el mensaje central que quiero transmitir esta hermosa mañana de Pascua, está resumido en las palabras del canto de entrada: He resucitado y estoy aun y siempre contigo. Dios como reza la liturgia oriental es bueno y amigo de la humanidad, se nos acerca en humildad y discreción, como discreta es la Iglesia que nace de la resurrección de Cristo y sirve al mundo como amiga de las mujeres y de los Hombres, mostrándonos el camino para ser discípulos de Cristo en el mundo.

Dear brothers and sisters. It may be that some of you have joined us from abroad this blessed Easter morning in Montserrat or are following us through electronic media, in some part of the world. I would like to give a very short message using the words we said at the beginning: I have risen, and I am with you still, You have laid your hand upon me. These words express a deep insight about God who the Eastern Liturgy named as Friend of Humanity. In his Resurrection Christ calls us to be part of a living community of Faith, Love and service, to be part of a Church that wants to be a true friend of every man and woman.

Y, además, Dios es bueno y amigo de los hombres porque de todo esto nace la Iglesia, que es también amiga de la humanidad. Con sus defectos, que siempre tenemos que querer corregir, porque somos hombres y mujeres quienes la formamos, el cariño y el servicio que la gran comunidad cristiana ha hecho y da son inmensamente mayores que estos defectos. Tantas veces con esta misma discreción que Cristo hecho eucaristía y que Cristo resucitado, poniéndose en cada una de las situaciones sociales que la necesitan, dejándose clavar en la cruz con tantos crucificados.

Es necesario que seamos conscientes, como decía San León de la dignidad que tenemos por el hecho de ser cristianos, es una dignidad que nos viene de Dios, que nos viene de Cristo. Hoy domingo de Pascua, es el día de recordar y repetir:

He resucitado, me he reencontrado contigo

No me has dejado de tu mano

 

Abadia de MontserratDomingo de Pascua (9 de abril de 2023)

Vigilia Pascual (8 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de abril de 2023)

(…) / Romanos 6: 3-11 / Mateo 28:1-10

 

Una vez, un amigo me explicó que participando en una vigilia pascual con una persona no cristiana, ésta le preguntó: ¿Realmente toda esa gente cree que alguien puede resucitar?

Tal como está propuesta, incluso yo compartiría algo, queridas hermanas y hermanos, de la pregunta porque tiene algo de trampa. Puesto que la cuestión no es si alguien puede resucitar, sino que Jesucristo ha resucitado, esto es lo que nosotros creemos y con nosotros muchos millones de hermanos y hermanas en todo el mundo.

Esta noche la reservamos a esto, a celebrar que Jesucristo ha resucitado. La separamos de las otras noches, la alargamos, durmiendo un poco menos. ¡Y si fuéramos monjes orientales no dormiríamos nada! Nuestra fe tiene su centro en esta Vigilia y todo lo que nosotros creemos hoy: el ser de la persona de Jesús de Nazaret, su evangelio, la Iglesia, la belleza de la liturgia que hemos ido enriqueciendo durante los siglos, pero no hablar de la música y el arte cristiano y de la influencia de nuestra fe en toda la cultura y el pensamiento contemporáneo; todo, todo comienza en esta noche, en una resurrección que transforma la vida de un predicador y profeta, que a pesar de las interesantísimas cosas que dijo, las curaciones y los milagros que hizo, probablemente habría acabado como un perfecto desconocido si no hubiera resucitado.

Hoy, esta noche de Pascua del año 2023, después de tantos siglos de tradición, podría parecernos que todo es algo apoteósico, pero si volvemos a los orígenes, veremos que este camino de la fe en la Resurrección de Jesucristo no fue tan fácil. Empezó con el testimonio de una mujer, de dos mujeres, de dos discípulos…, un testigo que en el primer momento costaba mucho creer; ¡más o menos como ahora! ¡Había que ir y verlo! Y fueron.

Menos mal que el Señor es perseverante y no sólo resucitó, sino que se apareció bastantes veces para acabar convenciendo a una comunidad de discípulos suficiente para asegurar esta fe, que se nos ha transmitido hasta el día de hoy. Una fe que, a pesar de nuestra percepción europea, nunca ha parado de crecer.

Como le decía al principio. La resurrección que celebramos no es la de alguien cualquiera que resucita. Es la del Hijo de Dios que en Navidad celebrábamos como la Palabra de Dios venida al mundo. Que ese Dios venido a la tierra no podía morir parece lógico. Forma parte de un plan que comienza en la Creación y va avanzando abriéndose paso en multitud de circunstancias humanas e históricas. Pero que la resurrección sea parte de la historia y no una idea teológica, es lo que la hace fuerte, real, que da a Jesús la atracción para ser seguido.

La celebración de hoy reúne presente, pasado y futuro.

Pasado porque hemos escuchado algunos momentos de ese plan de Dios que siempre apunta a la vida, en la Creación, en el sacrificio de Isaac, en el paso del Mar Rojo, en las profecías…, el mensaje siempre es que Dios vence y que la libertad, y la vida no pueden deshacerse. No podía ser pues de otra manera por este Hijo amado, Jesucristo, que como Palabra de Dios ya estaba presente en todos estos momentos de vida, lucha y esperanza del Pueblo de Israel.

Presente, por la misma resurrección de Cristo, que hemos significado con el encendido del cirio Pascual, la entrada en la Iglesia en medio de la oscuridad y el canto del Exultet. Sí, esto siempre está presente porque hoy es el día en que ha obrado el Señor. Sólo afirmando que quien resucita no es alguien anónimo, puede entonces la resurrección convertirse en la esperanza para todos los que nos hemos unido a Jesucristo por el bautismo. En Jesucristo resucitado Dios nos está esperando. Desde toda la eternidad, durante toda la historia, Dios nos espera a cada uno de nosotros.

Todos estamos llamados a revivir la fe de aquellas mujeres que vieron al resucitado y tuvieron miedo y quizás alguna duda sobre qué ocurría. Quisiera que nos hiciéramos conscientes de que el núcleo de nuestra fe, en tanto que acto humano, comienza a menudo en esta duda y ese miedo a aquellas mujeres humildes. La gran celebración de esta noche llega para ayudarnos a fortalecer nuestra fe, para centrarla en lo esencial: Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero nunca se puede quedar encerrada en sí misma como un vigilia bonita y suficiente.

Futuro porque Dios os está esperando a vosotros David y Cinto. Vosotros habéis hecho, como corresponde a chicos de vuestra edad, el camino hacia la fe en Jesucristo resucitado. Y estáis en el corazón de esta noche, la proyección más importante que podríamos hacer hacia el futuro, porque representáis con todos los más jóvenes que estáis aquí, el mañana de nuestra Iglesia. Os incorporaréis a la familia de los bautizados, recibiréis el Espíritu Santo y participaréis por primera vez de la Eucaristía. Seréis llamados a vivir como cristianos en la Escolanía, donde todos sus compañeros también participan de la fe. Todos los escolanes añadís a la vocación de quienes se bautizan, la de compartir una vida de escuela, de amistad y de preparación para la vida en medio de un grupo de chicos que como vosotros, sus padres y madres han querido que estuvierais unos años aquí, en Montserrat. Montserrat es un lugar de fe, donde muchos peregrinos vienen a celebrar cada día la Pascua, que recordamos en nuestra misa y otros vienen a rezar o quizás acaban orando gracias a vosotros, aunque venían para otra cosa.

Aunque no os lo parezca todos vosotros, no sólo David y Cinto, sois como aquellas dos mujeres, como aquellos dos discípulos de Emaús que decían: El Señor ha resucitado y sabemos, porque tenemos testimonios de ello, que vuestro canto ha sido a veces el principio de la fe de algunas personas. 

Sé que los más pequeños habéis trabajado hoy una cruz, que al principio no significaba mucho, pero que habéis ido pintando, y pegando flores, la habéis llenado de vida. Muchos caminamos ayer juntos detrás de la Cruz, acompañando a Jesús crucificado. La verdad es que él os acompaña a vosotros y puede hacer si confiáis, que algunas dificultades que os encontraréis en la vida, que son estas cruces vacías y frías, se vuelvan cruces llenas de vida si sois capaces de mirarlas y de transformarlas como habéis hecho en la actividad de hoy que ahora presentaréis. Esta noche celebramos esto: que esa Cruz donde estaba Jesús muerto, ahora representa a Jesús vivo y vencedor de la muerte.

A vosotros, pues los más jóvenes, y a todos, Cristo nos llama hoy a comprometernos en su seguimiento. Por eso renovamos en medio de esta noche nuestras promesas bautismales y hacemos una apuesta por el futuro. Por un futuro más evangélico. Necesitamos creer en Dios y en la Paz. Ayer y hoy el mundo se ha levantado con otras dos amenazas de guerras: Una en la frontera entre Israel y el Líbano, muy cerca de Nazaret, de las fuentes del Jordán, donde Jesús fue reconocido como Mesías por sus discípulos, y otros lugares tan importantes para la fe y aún otra amenaza en los límites entre China y Taiwán. ¡Porque al Reino de Dios le cuesta mucho avanzar en la historia! ¿Y qué podemos hacer nosotros? Intentar ser constructores de paz. Intentar ser solidarios. Hoy volveremos a hacer una colecta a favor de Caritas, conscientes de que los conflictos comienzan tantas veces en las dificultades y en las exclusiones más básicas, y que también es importante que procuremos equilibrar un poco todas las diferencias que el mundo genera automáticamente pero que son tan contrarias a la voluntad de Dios.

Continuemos esta celebración con fe agradecida porque creemos en Jesucristo resucitado, y en todo lo recibido, con esperanza renovada porque esta resurrección del Señor nos abre las puertas de un futuro mejor, tanto personal como colectivamente y roguémosle que en esta eucaristía nos renueve en nuestra capacidad de amarle cada día más a Él y a todos nuestros hermanos y hermanas.

 

 

Abadia de MontserratVigilia Pascual (8 de abril de 2023)

Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (7 de abril de 2023)

Isaías 52:13-53:12 / Hebreos 4:14-16; 5:7-9 / Juan 18:1-19:42

 

Silencio.

Desde el final de la celebración de ayer, el jueves Santo y el inicio de la adoración al santísimo, nos ha acompañado el silencio. Decíamos ayer que quedaban veinticuatro horas. Ahora no. Ahora ha terminado. Ésta es una de las impresiones emocionales fuertes del viernes Santo.

Hemos comenzado esta conmemoración en silencio.

Hemos acompañado la muerte de Jesucristo en la Cruz callando y arrodillándonos, los que habéis podido, o con otro signo corporal que quería hacer más fuerte y significativo este momento.

Ha dejado de tocar el órgano. Y aunque seguimos cantando porque la música no puede faltar nunca, queremos que el silencio acompañe también nuestra oración quizás más que en ninguna otra celebración del año.

Pienso que en días como hoy, cuando habla la Palabra, quizá deberíamos callar.

La humildad nos hace conscientes de que ninguna palabra puede igualar a las de Jesús en el relato de la Pasión, cuando habla casi sin decir nada, con palabras medidas. Qué silencios más llenos. ¿Cuántos ecos no tienen?

Más que hablar, trato de hacer como la pared de los ecos de nuestra montaña, que devuelve algunos de los sonidos que le llegan, un sonido que para nosotros son las lecturas y la liturgia de hoy. En el centro del silencio del viernes santo está la cruz de Jesucristo. Y si recuperamos la pregunta que os propuse y que nos ha acompañado desde el domingo de Ramos: ¿Quién es éste? Nada nos lo revelará tanto como la cruz, donde fue crucificado y ejecutado Jesús de Nazaret. Sin embargo, hasta en la cruz y en la muerte, la Pasión según San Juan, nos transmite la serenidad, el control que un rey o, mejor, alguien como Dios tiene sobre la realidad y la historia. Por eso, sin embargo, y porque somos hijos de la resurrección incluso el viernes santo, hoy, no callamos, y celebramos y adoramos una cruz que confesamos como portadora de vida.

Seguramente los más jóvenes y pequeños habéis hecho alguna vez una cruz. Es sencillo. Basta con atar dos travesaños, dos ramas, lo que se tenga, y cruzarlas, en ángulos más o menos rectos. El travesaño vertical está destinado a hundirse en el suelo y levantarse hacia arriba, hacia el cielo, hacia donde siempre, infantilmente hemos colocado a Dios, al menos en nuestra lengua, en la que utilizamos la misma palabra para el cielo físico y para el cielo teológico. El otro travesaño es el horizontal, el que se extiende hacia los demás, el que abarca la realidad.

En medio de los dos travesaños de la cruz, en el centro, está siempre Jesucristo crucificado. En su muerte en cruz, podemos ver la verticalidad de su cuerpo que prolonga el travesaño clavado en la tierra, en la tierra de su vida, de los caminos de Galilea, en esta vida que pasó queriendo explicar quién era realmente el Dios de Israel, hacia quien apunta ese mismo travesaño vertical y quien era él mismo, Jesús de Nazaret, su Hijo amado.

Y eso sólo lo explica el otro travesaño de la cruz, el horizontal. Lo que abraza al mundo, el de los encuentros con todos los marginados de la sociedad, desde los leprosos y las prostitutas, con los enfermos, con los excluidos por motivos religiosos, con las viudas pobres e incluso con los ricos como Leví que estaban al margen por ser estafadores y explotadores.

La cruz nos explica de verdad la realidad. Si ayer decíamos que la eucaristía era más que un recuerdo, porque Dios estaba realmente presente, hoy lo volvemos a decir.

La cruz también pone en tensión a Dios y al mundo, en esta relación de amor por parte del Padre y de odio inexplicable por nuestra parte, la humanidad, una tensión que la Cruz misma manifiesta mejor que ningún otro signo.

Odio de una parte del mundo, de una parte, de nosotros mismos, de cada uno de nosotros, que rechaza a Dios y al evangelio, que se mantiene cerrado. El odio que prefiere indultar a un culpable que perdonar a un inocente, odio que nos hace a veces tan manipulables como los que gritaban: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. El odio que no aceptó la bondad y la palabra de Jesús y pensó que haciéndole desaparecer le liquidaba para siempre. Pero la cruz también nos manifiesta amor, amor sobre todo de Jesucristo. Porque no huyó ni se desdijo de sus palabras, porque se mantuvo fiel. Porque no negoció con lo que no era negociable.

Los improperios que cantaremos adorando la Cruz son reflejo de esta bondad de Dios y de esta respuesta inexplicable. En cada estrofa existe esta dinámica: ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he entristecido? Yo te amé y tú me has crucificado.

Naturalmente que esta tensión produce sufrimiento, un sufrimiento que puede llegar a triturar a quienes se ponen en medio, como leíamos en la primera lectura. La fidelidad tiene muchas veces esa dureza. Pero un sufrimiento que nos hace fuertes y nos hace mayores. Nos hace como personas y sufrimos porque amamos y de nuestro amor siempre hay alguien que se beneficia directa o indirectamente.

Entendiéndola de este modo, podemos acercarnos a la naturaleza salvadora de la Cruz y del sufrimiento de Jesucristo, que son en el fondo un misterio, por el que necesitamos tanta fe como la que reclamábamos ayer para la eucaristía.

¡Y hoy, si volvemos a pensar en los improperios, nos acercamos incluso al sufrimiento de Dios por nosotros, que parece que no entienda porqué hemos preparado una cruz a nuestro salvador!

El viernes santo es un día de recuerdo, de catolicidad, esto es de universalidad. Un día en el que los brazos de la cruz se extienden a todos y lo recordamos en la oración de los fieles, llamada precisamente universal. Lo que rememoramos nos hace tener presente Tierra Santa, las dificultades de los cristianos que viven en ella y que cada vez se reducen más. Por eso, la Iglesia nos llama hoy a acordarnos de aquellas tierras en una colecta, como ya hizo San Pablo, en los inicios de la evangelización.

Pensemos también en nosotros, en cómo la idea de los dos travesaños de la cruz nos coloca como Jesús delante de Dios y delante del mundo. Nos coloca en la tensión del servicio a los demás y de la fe, con sus dificultades y sufrimientos. Podría ser una buena idea cuando vayamos a adorar la Cruz. Pensar en un Dios que se ha hecho hombre y se ha hundido en la tierra como el travesaño vertical para abrazar a toda la humanidad, con el travesaño horizontal, y llevarla hacia el cielo.

 

Abadia de MontserratViernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor (7 de abril de 2023)