Domingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (29 de agosto de 2021)

Deuteronomio 4:1-2.6-8 / Santiago 1:17-18.21b-22.27 / Marcos 7:1-8a.14-15.21-23

 

Habitualmente, en el Evangelio, los fariseos y los maestros de la ley, quienes se consideran representantes y guardianes de la verdadera fe, aparecen para controlar las palabras y las acciones del Maestro de Galilea. En esta ocasión, los fariseos critican a Jesús y a sus discípulos por no lavarse las manos antes de comer, transgrediendo una tradición, y haciéndose impuros a sus ojos. La respuesta de Jesús es atronadora: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

En el mundo griego, el hipócrita es el actor, el que hace un papel, el que lleva una máscara. ¿Y por qué algunos fariseos y maestros son acusados ​​de actores por Jesús? Porque con sus labios dicen una cosa, pero en sus corazones viven otra; se aferran a una pequeña regla por fuera, pero no hay amor en sus corazones. Parecen piadosos y devotos, pero por dentro son malvados, sin misericordia.

Las palabras más duras de Jesús en el Evangelio son precisamente contra los que se muestran como creyentes pero luego en realidad no lo son; quienes utilizan la religión y el nombre de Dios para el propio beneficio, para atraer apoyos sociales, para mostrarse como creyentes y dignos de confianza, pero que con sus opciones de vida son escándalo para los que sinceramente quieren seguir a Dios.

¿De qué sirve observar todas las tradiciones y normas, incluso las más pequeñas e insignificantes, si esto sólo sirve para mostrar a otros un sentido de superioridad religiosa y quizás convertirlo en motivo de orgullo, juicio, condena, sin, por otra parte, estimar profundamente lo que se profesa con los labios?

¿De qué sirve decirse cristiano porque se va a misa todos los domingos, se sigue el Catecismo al pie de la letra, se observan todas las disposiciones litúrgicas, se conocen todos los rituales sacramentales a la perfección, si esto sólo sirve para juzgar, para criticar, para sentirse mejor que los demás?

Esta es precisamente la hipocresía de la fe, cuando la vida religiosa se reduce al cumplimiento de unas reglas que no tocan el corazón ni la vida real, y la vida religiosa se convierte en una serie limitada en el tiempo de unos pocos gestos religiosos, pero no se convierte en una sentida opción de vida.

Pero también está el lado contrario, los que reducen la fe a dos o tres preceptos para tranquilizar la conciencia y sentir que ya han cumplido: ir a misa una vez al año, una limosna ocasional, una señal de la cruz a toda prisa, encender una vela de vez en cuando… y listo. Son aquellos que dicen: yo y Dios ya nos entendemos, no necesito que nadie me diga qué tengo que hacer; todo esto son cosas de mayores, ahora no tengo tiempo; quizás más adelante… En el fondo, no hay una inquietud religiosa. Para estos, Dios no interesa.

Ambas posiciones son el resultado de la indiferencia. Los primeros se han acostumbrado a vivir la religión como una práctica externa o una tradición rutinaria, que no toca el corazón. Los segundos no es que hayan tomado la decisión de apartarse de Dios, pero de hecho su vida se ha ido alejando.

Es evidente que estas actitudes se deben a la falta de cuidado de la vida interior: sólo si empiezo a bajar día a día a mi corazón podré reconocer mis tendencias oscuras, los sentimientos y pensamientos negativos a los que doy cabida o que me condicionan en las mis acciones, descubriendo que tengo necesidad de Dios y de su perdón.

Porque, ¿qué es lo que realmente hace a la persona impura, es decir, no disponible para Dios? Las cosas que salen de su corazón. Por eso, Jesús no se opone a la Ley, sino que la profundiza, va a la raíz del mal: el corazón. Jesús vino a cambiar nuestros corazones por medio del don del Espíritu Santo en nosotros, que nos transforma, nos cambia, en la medida que roguemos y luchemos contra las inclinaciones erróneas. Nuestra vida no cambia poniendo normas, renovando la casa, cambiando de look… sólo cambia si cambia nuestro corazón, y ¡sólo Dios puede cambiar nuestro corazón! Y entonces seremos libres para amar y para afrontar cualquier situación, incluso la más dolorosa.

Jesús realmente vino a la tierra como un hombre, y no representó un papel. Nuestra fe nos enseña que Él, como verdadero hombre y verdadero Dios, quiso enseñar a la humanidad que Dios no es una serie de acciones exteriores momentáneas, sino una elección profunda que cambia la vida real de uno y el mundo real.

Hermanos y hermanas,

Jesús quiere realmente que seamos libres, plenamente responsables ante Dios y ante nuestros hermanos, con plena conciencia de nuestras acciones y opciones. Jesús vino a darnos el Espíritu Santo, para superar nuestra incapacidad de amar, para superar estas contradicciones que tenemos en el corazón.

Todos necesitamos dejarnos curar, transformar por Dios, para estar verdaderamente disponibles para Él. A esto quiere llevarnos Jesús. Esto es lo que vino a hacer, como nos prometió: Os daré un corazón nuevo, pondré un Espíritu nuevo dentro de vosotros.

 

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (29 de agosto de 2021)