Domingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (4 de julio de 2021)

Ezequiel 2:2-5  /  2 Corintios 12:7-10 / Marcos 6:1-6

 

Queridos hermanos y hermanas,

Jesús se considera profeta cuando se aplica a si mismo el refrán: “Los profetas sólo son mal recibido en su pueblo, entre sus parientes, entre los suyos”. Se apropia el dicho después del fracaso en la sinagoga de Nazaret. El profetismo es una institución que ya encontrábamos en el antiguo Israel y en otras culturas de los pueblos vecinos. Una de las más nobles misiones del profeta –quizás la más característica– es ayudar a discernir la voluntad de Dios, no simplemente ni siempre prediciendo el futuro. La palabra “profeta”, sin embargo, ha ensanchado sus significados.

Cuando la liturgia dejó de celebrarse totalmente en latín, en muchas iglesias de nuestro país se adaptó un negro-espiritual que repetía tres veces: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”. A la juventud que iba a misa le gustaba este canto, que tenía su lugar en los campamentos y en las juergas de los locales parroquiales. Eran tiempos también de represión, y dicho canto se entonaba en manifestaciones callejeras alternado con cánticos a la Virgen y eslóganes reivindicativos.

¿Qué podía entender de profetismo la juventud de aquella época? Eran tiempos en que la cultura cristiana todavía tenía incidencia en la sociedad, lo que permitía ciertas extrapolaciones: claro que los cánticos reivindicativos de las primeras guitarra eléctricas no eran una aplicación demasiado correcta del legado que la Sagrada Escritura nos ha dado sobre el profetismo.

Por lo cual, hoy que contemplamos a Jesús como profeta, tenemos el deber de averiguar en qué puede consistir en nuestros días “la fe de los profetas”. ¿Coincide con la misión de la Iglesia? Debemos reconocer que la comunidad cristiana tiene muy difícil hacerse entender. En primer lugar, porque las propias debilidades son materia arrojadiza cuando los que no piensan como ella desean contraatacar. Después, porque el mismo mensaje específicamente cristiano choca con la mentalidad individualista que, a pesar de las novedades que creíamos que la pandemia nos enseñaría, en realidad no ha provocado demasiados cambios. En tercer lugar, y no menos importante, la diversidad de pareceres en materia social o política dificulta que los pastores –también me incluyo un servidor, como presbítero de la Iglesia– puedan contentar a todo el mundo. A los pastores nos duele cuando oímos a menudo, quizás con cierta razón, que “la Iglesia siempre llega con retraso”. Y es una de las cruces que el pastor debe asumir, si quiere tener la auténtica fe de los profetas. Porque los que viven alejados de la Iglesia todavía añaden al reproche: “llega tarde y mal”. Tal vez más difícil de ejercer la función profética recibida en el bautismo la tienen todavía más los laicos comprometidos, puesto que han de convivir a menudo con compañeros no cristianos: cada vez sienten mayor la tentación de no comprometerse en el deber cristiano de incidir en la vida social y política. En efecto, la democracia frágil de los últimos años pone en juego otros elementos más fundamentales para ellos como pueden ser la convivencia familiar y la educación de los hijos.

La dificultad de ejercer hoy el profetismo no nos hace automáticamente más configurados a Jesucristo, menospreciado por sus conciudadanos. El profetismo tiene muchas dimensiones, no sólo la que incide en la vida política y social. Básicamente debe estar enraizado en aquella fe con que Jesús vivía su docilidad a Dios Padre.

Nuestro Señor Jesucristo es el gran profeta que renovará Jerusalén. Él nos dará aliento para entender, asimilar y transmitir la fe en el Padre rico en misericordia. Digámosle, ¿por qué no?, como los jóvenes de hace sesenta años: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”.

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)