Domingo XVI del tiempo ordinario (17 de julio de 2022)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (17 de julio de 2022)

Génesis 18:1-10a / Colosenses 1:24-28 / Lucas 10:38-42

 

Estimados hermanos y hermanas,

Tiempos convulsos son los nuestros. Nuestra humanidad está triste, en nuestro país hay desbarajuste. Nos encontramos con un mundo que presenta signos de cansancio más que de impulso; de vacilación más que de entusiasmo; abrumado por una ráfaga de recuperación resentida, más que atraído por una promesa alentadora.

Salíamos de una pandemia y nos encontramos con una guerra que empezamos a olvidar. Y la violencia contra los inmigrantes, atrapados entre la miseria y la muerte, deja un rastro de sangre, como acaba de suceder en la frontera de Melilla. Muchos piensan que estamos perdiendo el alma y que por el mundo se extiende una mancha de deshumanización que llega a hacernos extraños a nosotros mismos. ¿Cómo será posible mantener la alegría en los días turbulentos de la historia de la humanidad? ¿Cómo nos será posible cansados soportar el desgaste de los tiempos sin perder la esperanza? ¿Qué caminos hay que seguir para andar juntos, decidir juntos, vivir en comunión con personas, historias, culturas tan distintas?

Mientras meditamos esta situación, nos llega el reto: “Marta, Marta, estás preocupada y nerviosa por muchas cosas…”. Reconocemos respetuosa la voz del Señor, pero nos dan ganas de decir con el salmista: “¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes? Desvela, no nos rechaces para siempre. ¿Por qué nos escondes la mirada y olvidas el dolor que nos oprime?… ¡Levántate, ven a ayudarnos! ¡Libéranos por el amor que nos tienes!” (Sal 44, 24-27).

Como cuando los apóstoles veían que se hundía la barca, el salmo nos viene al pensamiento; pero el oído oye el eco: “Marta, Marta, estás preocupada y nerviosa por muchas cosas…”. Y san Bernardo nos avisa de que “demasiadas ocupaciones, una vida frenética, a menudo acaban por endurecer el corazón y hace sufrir el espíritu” (De consideratione II,3).

¿Cómo saldremos del callejón sin salida? La liturgia de hoy, con el bello pasaje de la hospitalidad que Abraham ofrece y el salmo que nos hablaba de vivir en la casa de Dios, en la montaña sagrada, parece que haga hincapié en la hospitalidad, y que, por tanto, Dios bendice la caridad de la actividad diaria. En una palabra, la liturgia toma partido por Marta, no por María. Pero en realidad la enseñanza de Jesús que “María [de Betania] ha escogido la parte mejor” nos viene a decir sintéticamente algo: que no debemos condenar la actividad a favor de los demás, sino que debemos subrayar que debe estar penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación. No debemos perdernos en el activismo puro, sino que siempre debemos dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios.

En consonancia con esta Palabra divina podremos entender aquella afirmación central de la predicación de Jesús: “Buscad el Reino de Dios, y esto [es decir, las cosas necesarias] se os dará por añadidura” (Lc 12,31). El Reino de Dios significa que Dios está presente y actúa. Y esta fe que lo ha de empapar todo, tal y como llenaba la vida entera de Jesús, nos hará comprender todos los contrastes del Evangelio: tanto los que encontramos en las parábolas, como los de las explicaciones con las que él acompañaba sus gestos.

Visto así, el contraste entre la inquietud de Marta, que también es la nuestra, y la serenidad de María, que también debe ser la nuestra, nos hace comprender el mensaje de Jesús. Los deberes que la Iglesia nos asigna hoy en el primer cuaderno de este verano tan caluroso es éste: fijarnos en los ejemplos que a nuestro alrededor podemos encontrar de personas llenas de generosidad porque han hecho caso a la Palabra de Dios.

Tiempos convulsos, los nuestros. Pero cuanto más oscuro es el horizonte, más destaca la estrella que da luz a nuestros pasos y nos ilumina el camino.

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (17 de julio de 2022)

Domingo VII del tiempo ordinario (20 de febrero de 2022)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (20 de febrero de 2022)

1 Samuel 26:2.7-9.12-13.22-23 / 1 Corintios 15:45-49 / Lucas 6:27-39

 

Estimados hermanos y hermanas, llamados a amar sin límites,

«Amad a los enemigos», nos ha dicho Jesús. Nos lo ha dicho con mucha insistencia: «Vosotros debéis amar a los enemigos, debéis hacer bien y prestar sin esperar nada a cambio». Todo el texto que acabamos de escuchar ha ido desglosando esa idea central.

Una idea que nos parece imposible. Y no nos excusa creer que no tengamos enemigos sino, en todo caso, adversarios. Aunque así fuera, quizás seríamos una excepción si tuviéramos sólo adversarios, rivales, concurrentes. La insistencia de Jesús es comprensible porque, cercanos o lejanos, todos tenemos enemigos. Donde hay odio vengativo allí hay enemigo, como “donde hay verdadero amor allí está Dios”.

El mundo es muy grande. Y si tenemos la suerte de pensar que no tenemos enemigos es porque quizás no somos suficientemente solidarios de nuestra humanidad, llena de rivalidades y agresiones. Por tanto, debemos partir de la base de que, si no tenemos enemigos personales, en algún sitio u otro hay gente que se odia y se hace la vida imposible. Es válido, pues, el precepto de Jesús «Amad a los enemigos».

Dejando ambiguas apreciaciones, debemos trabajar por amar a los enemigos. A este ideal casi inalcanzable podemos llegar, debemos llegar, pero por etapas, a pasos. Intentemos describirlo:

El primer paso es más bien de cariz humanitario. Para poder amar a los demás –y, pues, también, a los enemigos– debemos empezar amándonos nosotros mismos. No, de acuerdo con aquella declaración del egoísmo más sutil que dice: «La caridad bien entendida comienza por uno mismo». Esto sólo es aceptable si lo entendemos como base de poder amar a los demás. Una verdadera caridad bien entendida comienza, por supuesto, por la autoestima. Y esto significa que debemos aceptarnos tal y como somos, no para ir tirando de la mediocridad, sino para asumir con agradecimiento la vida como un don de Dios. Aceptar la propia vida como don divino permite asumir la propia historia personal, nuestro pasado dulce o triste, nuestro presente a menudo difícil, nuestro futuro ciertamente incierto. De lo contrario no sólo no podremos amar a los demás, sino que caeremos en el egoísmo sutil que sólo crea insatisfacción, desidia, esa falta de interés y de gusto hacia las cosas espirituales, la acidia que decían los antiguos.

Asumido el primer grado, nos será fácil el segundo, que ya encontramos como mandamiento en la Biblia: “Ama a los demás como a ti mismo” (Lv 19,18). Escribe san Pablo: “Nunca ha habido nadie que no amase el propio cuerpo; al contrario, todo el mundo le alimenta y lo viste” (Ef 5,29). El amor de sí mismo es evidente. ¿Quién de nosotros no se ama? Quizás ante ciertos sufrimientos…, pero en principio todo el mundo se quiere a sí mismo. Yo me quiero. La mayoría de la gente que conozco tiene esta profunda autoestima. Ya es mucho si lo decimos con espíritu de acción de gracias por todos aquellos que han contribuido a ser lo que somos: Dios en primer lugar, pero también los padres, los abuelos, los hermanos, los amigos… aquellos que lo han dado todo para que seamos felices y llevemos a cabo nuestros ideales, el despliegue de nuestra libertad. En muchas iglesias cantan: “Gracias por esta aurora encendida, gracias por este nuevo día claro, gracias, porque las inquietudes en Ti las puedo abandonar”.

Pero todo esto es aún insuficiente. Pensemos que la meta es “amar a los enemigos”. Debemos ensanchar el amor a aquellos que están más lejos, que quizás no conocemos, pero que han sido creados y amados por Dios como nosotros. Más aún: la meta consiste en amar a los enemigos como lo hizo Jesús.

“Ante el misterio del mal y del odio, ante nuestras incomprensiones, la cólera de las injusticias, no hay otro remedio, ningún otro remedio, […] que pedir a Dios con todas las fuerzas, amar como hizo Jesús, que amó a sus enemigos. Si no, es que no le seguimos” (M. Aupetit, Homilía de despedida de la diócesis de París, 10.12.21).

En la eucaristía, actualización de la muerte y de la resurrección de Jesucristo, es donde encontramos la fuerza para llegar a la meta de amar a los enemigos. Dios ha venido al mundo, y en el mundo lo descubrimos. «En el corazón de los más débiles, de las personas, vulnerables, de los pobres» debemos reconocer la presencia del Señor. “Le reconozco en cada uno de vosotros que abrís los corazones a la presencia de Dios. Aquí, ahora. Que podamos vivirlo de verdad y ayudarnos unos a otros a vivirlo juntos” (ibid.).

 

Abadia de MontserratDomingo VII del tiempo ordinario (20 de febrero de 2022)

Domingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de diciembre de 2021)

Sofonías 3:14-18a / Filipenses 4:4-7 / Lucas 3:10-18

 

Queridos hermanos y hermanas,

El domingo III de Adviento recibe el nombre de “Gaudete” por las palabras que hemos cantado al comienzo de la celebración: “Alegraos”. Forman parte del capítulo de advertencias de la carta de san Pablo a los Filipenses que hemos escuchado como segunda lectura.

Este colofón del escrito del Apóstol contiene, en su brevedad, unas recomendaciones de permanente actualidad. Si hacemos una disección para entender mejor su alcance, nos encontramos en cinco afirmaciones que podríamos imaginar colocadas en un podio con dos escalones a cada lado.

El lugar central, el del campeón, lo ocuparía una afirmación de fe: «El Señor está cerca».

Para subir encontraríamos al principio la conocida afirmación que da nombre a este domingo: “Alegraos siempre en el Señor”. Y san Pablo insiste: “Lo repito: alegraos”.

A continuación, un escalón más arriba, una invitación a la coherencia cristiana: “Que todo el mundo os conozca como gente de buen trato”.

Y la afirmación central de la proximidad del Señor es la consecuencia: «El Señor está cerca».

Se derivan dos consecuencias, los dos escalones de bajada: Primero, “No os inquietéis por nada”. Y segundo: “Acudid a la oración y a la súplica con acción de gracias”.

Así tenemos, en pocos versículos, cinco advertencias que podemos resumir con estas cinco expresiones: Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Son intercambiables. Si queréis empezar por la última –la oración con acción de gracias–, iremos a parar a la alegría.

Pero me gustaría insistir en la que pasa más desapercibida, la serenidad: “No os inquietéis por nada”. Da pie a ello la profecía de Sofonías, con su constante invitación a la alegría. Este mensaje destinado a Israel –originariamente llamado aquí hija de Sión– nos hace pensar en nosotros, en nuestra Iglesia. Estamos inquietos, y por muchas razones. No quisiera pasar por alto que actualmente goza de poca credibilidad en la sociedad en general. No es el momento de describir sus causas, ni hacer constataciones estadísticas, ni, menos aún, bajar a noticias contemporáneas. Ocurre con la Iglesia como con las vidrieras de una catedral (piense en las de la Sagrada Familia, de Barcelona, ​​o en el rosetón mismo de nuestra basílica). “Si uno mira las ventanas desde el exterior, sólo ve trozos de cristal oscuro unidos por tiras de plomo igualmente oscuras. Pero si se entra dentro y se miran esas mismas vidrieras a contraluz, ¡qué esplendor de colores, de historias y de significados ante nuestros ojos! Se trata, pues, de mirar a la Iglesia desde dentro, en el sentido más fuerte de la palabra, a la luz del misterio del que es portadora” (Card. R. Cantalesa, I Predicación de Adviento, 3.12.21).

Quedémonos en el hecho de que a esta “hija de Sión” el profeta le recuerda dos veces que “tienes dentro de ti al Señor” y que él, Dios, “por ti se ha transportado de alegría, te renueva su amor ”. En una palabra: le anima a gritar de gozo. La expresión “hija de Sión” ha emparentado la Iglesia con María, y la doctrina de nuestros días es que la Virgen María “sobresale entre los pequeños y los pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben la salvación” (Conc. Vat. II, LG 55). Esta afirmación contundente da sentido a la forma en que debemos contemplar a María en este Adviento. Da sentido, además, a la forma en que debemos asumir, desde el interior de la comunidad cristiana, la pobreza de desnudarnos de hipocresías y trabajar para ser cada vez más coherentes.

Alegría – Coherencia – Proximidad del Señor – Serenidad – Oración. Por tanto, vamos hoy a comulgar con el mensaje profético que la Iglesia nos canta: “Decid a los corazones inquietos: ¡animaos no temáis!”. Si superamos la inquietud que nos atrapa, recuperaremos, en caso de que las hayamos perdido, no sólo la serenidad, sino también la coherencia y la alegría, porque sabemos que el Señor está cerca.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (12 de diciembre de 2021)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (12 de septiembre de 2021)

Isaías 20:5-9a / Santiago 2:14-18 / Marcos 8:27-35

 

Queridos hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar, en la versión de San Marcos, cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías. Nos es más conocida la versión de San Mateo, más desplegada y coronada con el anuncio que hace el Señor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero el texto de hoy no incluye ninguna promesa sino, al contrario, una prohibición de hablar.

Esta versión de hoy, más antigua, contiene, sin embargo, igualmente la reprensión que Jesús hace a Pedro. El apóstol, con la candidez de quien quiere dar lecciones, se resiste a admitir que el mesianismo de Jesús no pasa por un triunfo humano, sino por el sufrimiento de la cruz y la gloria de la resurrección. Jesús es contundente: lo trata de Satanás, es decir, de adversario, de quien pone obstáculos al plan de Dios. Al apóstol no le quedó más remedio que callar y escuchar lo que Jesús dirige a todos: «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Tomar la propia cruz. Nos es pesado, hacerlo. Cuentan que uno de los llamados Padres del Desierto se quejaba de la peso de su cruz. Un ángel le condujo a una estancia donde había cruces de todas las dimensiones y pesos. El asceta las fue probando una por una diciéndose interiormente: «Esta, no… Esta, tampoco… Esta!». Finalmente había encontrado una que le gustó y se la quedó. El ángel le dijo: «Era la tuya …».

Como vemos, acompañar a Jesús en el camino de la cruz es condición esencial para ser discípulo suyo. No quiere decir que sólo los discípulos de Jesús tenemos cruces, porque sufrimiento, poco o mucho, todo el mundo tiene. Los seguidores de Jesús nos distinguimos porque somos llamados a tomar la cruz y creemos que Dios nos ayuda a cargarla. San Lucas añade el matiz «tomarla cada día», porque de una manera u otra siempre tenemos que seguir tras Jesús.

Nos podríamos preguntar si este seguimiento excluye todo tipo de felicidad en este mundo. No, si Jesús asumió la cruz es porque la confianza absoluta que tenía en la bondad del Padre le hacía tomar con él los sufrimientos humanos. Había, en el término de todo, la resurrección. Quizás sea más fácil decir esto, en cambio, es más difícil hacerlo nuestro. Pero si nos reunimos para escuchar y asimilar la Palabra de Dios, y especialmente el Evangelio, es porque sabemos que aquí encontramos el fundamento de nuestra esperanza.

En esta situación también vale el matiz de San Lucas «cada día», porque forma parte de la identidad cristiana saber que cada día es una nueva oportunidad para aumentar nuestra esperanza. Y junto con ella, la fe y la caridad que le son inseparables.

La pandemia nos ha enseñado muchas cosas. Y nos ha mostrado que la capacidad humana de hacer el bien no tiene límites. Yo te invitaría, por ejemplo, hoy que esta basílica vuelve a tener su aforo normal, hoy que comienza una etapa en la Escolanía con el ingreso de ocho niños cantores, os invitaría a saber valorar todas las novedades que cada día el Señor nos ofrece: en la propia vida, en la propia familia, en la propia comunidad. Es lo que nos decía hace una veintena de años un abad extranjero: saber volver la gracia de los comienzos, y algunos monjes nos acordamos.

Tengamos, pues, esta capacidad cristiana de asumir cada día la cruz y a la vez de enriquecernos con la esperanza de empezar cada día con la confianza de que Dios guía nuestro presente y nuestro futuro. Es realmente una gracia.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (12 de septiembre de 2021)

Domingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (4 de julio de 2021)

Ezequiel 2:2-5  /  2 Corintios 12:7-10 / Marcos 6:1-6

 

Queridos hermanos y hermanas,

Jesús se considera profeta cuando se aplica a si mismo el refrán: “Los profetas sólo son mal recibido en su pueblo, entre sus parientes, entre los suyos”. Se apropia el dicho después del fracaso en la sinagoga de Nazaret. El profetismo es una institución que ya encontrábamos en el antiguo Israel y en otras culturas de los pueblos vecinos. Una de las más nobles misiones del profeta –quizás la más característica– es ayudar a discernir la voluntad de Dios, no simplemente ni siempre prediciendo el futuro. La palabra “profeta”, sin embargo, ha ensanchado sus significados.

Cuando la liturgia dejó de celebrarse totalmente en latín, en muchas iglesias de nuestro país se adaptó un negro-espiritual que repetía tres veces: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”. A la juventud que iba a misa le gustaba este canto, que tenía su lugar en los campamentos y en las juergas de los locales parroquiales. Eran tiempos también de represión, y dicho canto se entonaba en manifestaciones callejeras alternado con cánticos a la Virgen y eslóganes reivindicativos.

¿Qué podía entender de profetismo la juventud de aquella época? Eran tiempos en que la cultura cristiana todavía tenía incidencia en la sociedad, lo que permitía ciertas extrapolaciones: claro que los cánticos reivindicativos de las primeras guitarra eléctricas no eran una aplicación demasiado correcta del legado que la Sagrada Escritura nos ha dado sobre el profetismo.

Por lo cual, hoy que contemplamos a Jesús como profeta, tenemos el deber de averiguar en qué puede consistir en nuestros días “la fe de los profetas”. ¿Coincide con la misión de la Iglesia? Debemos reconocer que la comunidad cristiana tiene muy difícil hacerse entender. En primer lugar, porque las propias debilidades son materia arrojadiza cuando los que no piensan como ella desean contraatacar. Después, porque el mismo mensaje específicamente cristiano choca con la mentalidad individualista que, a pesar de las novedades que creíamos que la pandemia nos enseñaría, en realidad no ha provocado demasiados cambios. En tercer lugar, y no menos importante, la diversidad de pareceres en materia social o política dificulta que los pastores –también me incluyo un servidor, como presbítero de la Iglesia– puedan contentar a todo el mundo. A los pastores nos duele cuando oímos a menudo, quizás con cierta razón, que “la Iglesia siempre llega con retraso”. Y es una de las cruces que el pastor debe asumir, si quiere tener la auténtica fe de los profetas. Porque los que viven alejados de la Iglesia todavía añaden al reproche: “llega tarde y mal”. Tal vez más difícil de ejercer la función profética recibida en el bautismo la tienen todavía más los laicos comprometidos, puesto que han de convivir a menudo con compañeros no cristianos: cada vez sienten mayor la tentación de no comprometerse en el deber cristiano de incidir en la vida social y política. En efecto, la democracia frágil de los últimos años pone en juego otros elementos más fundamentales para ellos como pueden ser la convivencia familiar y la educación de los hijos.

La dificultad de ejercer hoy el profetismo no nos hace automáticamente más configurados a Jesucristo, menospreciado por sus conciudadanos. El profetismo tiene muchas dimensiones, no sólo la que incide en la vida política y social. Básicamente debe estar enraizado en aquella fe con que Jesús vivía su docilidad a Dios Padre.

Nuestro Señor Jesucristo es el gran profeta que renovará Jerusalén. Él nos dará aliento para entender, asimilar y transmitir la fe en el Padre rico en misericordia. Digámosle, ¿por qué no?, como los jóvenes de hace sesenta años: “Dame la fe de los profetas, porque tal vez me falta a mí”.

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (4 de julio de 2021)

Domingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (7 de febrero de 2021)

Job 7:1-4.6-7 / 1 Corintios 9:16-19.22-23 / Marcos 1:29-39

 

Queridos hermanos y hermanas,

Qué consuelo y qué ánimo tan grandes nos da el texto evangélico que acaba de ser proclamado. En forma resumida, sintética, San Marcos nos quiere ofrecer una jornada estándar de Jesús. Las partes de la narración nos ofrecen como un tríptico que resume la vida pública del Señor en sus rasgos principales.

Empecemos por el cuadro central; ya contemplaremos después los dos postigos. Jesucristo nos es presentado como sanador. Ordinariamente le damos los títulos, muy adecuados, de Salvador, Redentor, Maestro y otras de mayor profundidad doctrinal como los de Señor e Hijo de Dios. Pero los evangelios también nos presentan a Jesús a menudo curando enfermos, con episodios concretos y con nombres de pacientes determinados. Y generalmente comentando el porqué de su acción, siempre en la línea de hacer la voluntad del Padre, de promover la fe de quienes lo escuchan y aportar remedio a las personas. El texto de hoy, con un énfasis en los enfermos agobiados por el espíritu del Mal, no nos da ningún nombre concreto de pacientes ni ninguna explicación especial. Sólo constata el hecho del restablecimiento de la salud corporal y espiritual. Pero sí subraya la cantidad: «todos los enfermos», «muchos enfermos», «diversas enfermedades». Con carácter de resumen, pues, nos quiere hacer ver esta dimensión de su predicación del Evangelio. Quizás alguien pueda pensar: ¿qué valor tiene este acento en la cantidad, si Jesús no curó a todos los enfermos de su tiempo ni de su entorno. Y más aún, pensando nosotros que pronto hará un año que sufrimos la pandemia, nos sale una oración íntima: «¿Por qué, Señor, permites que nuestra generación sufra tanto durante más de un año? Aquella persona y aquella otra que conocemos que han sido hospitalizadas y quizás aún sufren los efectos de la pandemia. Aquellas desapariciones sin despedida familiar, aquellas oraciones comunitarias por los difuntos que aún no hemos podido hacer. Aquellos que sufren pérdidas económicas o laborales». Tantos interrogantes que nos quedan, y a pesar de tantas muestras de generosidad que hemos visto, no llegan a poder secar muchas lágrimas.

Continuemos orando: «Señor, no tenemos respuestas a las preguntas que nos golpean, pero ahora nos muestras en el primer postigo de este tríptico tu profundo sentimiento. Dice el Evangelio: «Él le dio la mano, y la levantó y la fiebre le desapareció». Señor, danos la mano y te serviremos con alegría. Haremos que todo el resto de la vida sea como la de Pedro. Con nuestros dudas y nuestras flaquezas, y quién sabe si con traiciones y todo. Pero ante tu presencia de Resucitado te diremos ahora y al término de nuestra vida, como el apóstol: Señor, tú sabes que te quiero.

»Para poderlo decir, necesitamos que nos comuniques, el otro postigo del evangelio de hoy: tu intimidad con el Padre, que también es nuestro Padre. Mucha gente y muchas cosas nos estarán buscando. Pero en la soledad de nuestro corazón estará viva la oración. Y en la hermandad en torno a la Palabra y a tu sacramento, tú que has hecho el pan y el vino para que fueran nuestro alimento cotidiano, nos harás un sacramento de vida eterna (cf. Oración sobre las ofrendas). Mientras da a todos la salud y la paz de espíritu para poder hacer conocer tu Evangelio y curar a todo aquel que se nos aproxima esperando que le demos la mano sanadora, tal como hiciste en otro tiempo». Amén.

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)

Domingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (8 de noviembre de 2020)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-13

 

Queridos hermanos y hermanas aquí presentes y los que no seguís de lejos,

Acabamos de oír la conocida parábola de las diez vírgenes o muchachas invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino del cielo, de la vida eterna. Una parábola de las que invitan a la vigilancia, a estar siempre preparados. Una recomendación insistente en estos últimos domingos del año litúrgico y que también caracterizará el inicio del tiempo de Adviento. “Estad preparados, porque no sabéis ni el día ni la hora”. Debemos, pues, estar atentos, porque la situación presente de epidemia a escala mundial nos suscita muchas preguntas. Y también conviene que, cuando reflexionamos a la luz de nuestra fe, la imagen que tenemos de Dios debe estar en acuerdo con el designio con el cual ha creado el mundo y ha puesto en el centro al ser humano.

También el evangelio de hoy, como todas las parábolas de Jesús, nos da a conocer el designio de Dios pero al mismo tiempo nos lo oculta, a fin de que sepamos captar el toque de atención que Jesús nos hace. Los detalles suplementarios de lógica humana en este caso no tienen importancia. Por ejemplo, que las cinco chicas prudentes no sean solidarias hacia las demás, o bien cuál establecimiento está abierto a medianoche para comprar aceite, este producto mediterráneo tan antioxidante para la salud y tan abrasador para atizar antorchas.

“¿Qué representa este «aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don,

se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de la muerte, eso ya no será posible” (Benedicto XVI, 6.11.11).

Por eso la lectura primera invitaba a levantarse pronto para salir a buscar tal sabiduría. De hecho, el evangelio de la próxima fiesta de Cristo Rey, describiendo el Juicio final, será algo más que una simple invitación a estar atentos. Será una interpelación sobre si hemos sido prudentes, llenos de la sabiduría que la catequesis cristiana ha sistematizado en las llamadas obras de misericordia: “Estuve hambriento y no me disteis de comer, sediento y no me disteis de beber, era forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y encarcelado y no me visitasteis”.

¡Aceite de calidad para las lámparas! Amor, pues, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. “Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara para atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida” (Benedicto XVI, ib.).

Que podamos acoger siempre tal don, con el realismo que la hora presente nos ofrece, pero también sabiendo sostener alta la lámpara de la fe.

Abadia de MontserratDomingo de la XXXII semana de durante el año (8 de noviembre de 2020)

Domingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (6 de septiembre de 2020)

Ezequiel 33:7-9 / Romanos 13:8-10 / Mateo 18:15-20

 

Queridos hermanos y hermanas,

¿Habéis pensado alguna vez en el bien inmenso que representa para nosotros el hecho de que la Iglesia esté formada también por pecadores, o mejor aún: que la formamos personas en las que el bien coexiste con el mal, el pecado con la gracia, la generosidad con el egoísmo, la limpieza con la suciedad? ¿No os daría miedo una Iglesia que en la tierra pretendiera ser no la comunidad de los creyentes sino la peña de los creídos, el rincón de los buenos, de los puros, donde no habría ni que perdonar ni recibir el perdón, donde Dios debería entrar de puntillas cuando quisiera demostrar que ama infinitamente? Pero no: Por suerte, la Iglesia no es ni el redil de los perfectos ni un coro de ángeles adormecidos. Es una familia, en la que hoy caigo yo y tú mañana, donde hoy yo te apoyo y tú pasado mañana me tendrás que dar la mano, donde gracias a Dios las caídas no son irreparables ni los hundimientos catastróficos. La grandeza de la Iglesia, el fundamento de la alegría de los que formamos parte de ella radica en la misericordia incorregible de Dios, para el que siempre hay algo que hacer -y mucho- en bien de los que ama.

No todo acaba aquí. Supongamos que la Iglesia fuera un espacio de perdón y de concordia, donde, sin embargo, para no restar ociosos, cada uno de nosotros debería observar si la bondad de Dios se derrama primero antes al vecino que a mí, o al revés; en este caso, como mucho, podríamos comunicarnos las vivencias de pecado y de perdón, pero siempre, ante la infinidad de Dios, quedaríamos en la incertidumbre de saber si ya hemos hecho toda la experiencia de la bondad de Dios o si aún tenemos que superar una etapa más. Evidentemente, en este mundo nunca podremos captar toda la riqueza del amor de Dios; pero basta haberla notado una sola vez para adivinar cuál puede ser el destino que nos tiene preparado. ¿Nos atrae este destino?

Volvamos a nuestro mundo y escuchemos otra vez las palabras de Jesús: «todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Es decir: en familia, todos los problemas los arreglamos en casa, y no debemos esperar que nos los solucione el vecino, ni tampoco debemos anhelar que nos venga de Dios lo que precisamente quiere que resolvamos entre nosotros. Tan extraño resulta ello a la miopía humana que el día que Jesús perdonó los pecados al paralítico la gente se maravillaba del poder que Dios había dado a los hombres. Pero entonces se trataba de la primera vez; la humanidad no conocía la enseñanza de Jesús sobre el perdón.

Si los cristianos no tenemos o no queremos tener entre nosotros los medios para hacer presente la bondad del Señor para con los hombres -en esto consiste la experiencia de ser perdonado por Dios-, ya no sé francamente donde debemos buscarlos. Si Cristo no ha resucitado nos recuerda san Pablo-, somos los más desgraciados de todos los hombres. Si la resurrección suya no tiene efectos visibles en nuestras relaciones de hermano a hermano, ya no es necesario que recemos el Padrenuestro. Si no hacemos de la Iglesia un lugar de reencuentro entre nosotros y todos los hombres, entre nosotros y Dios, la historia de la salvación se habría podido detenerse en la torre de Babel.

Y, desgraciadamente, a veces parece que sea así. Preferimos caminar agachados antes que con la cabeza erguida, escogemos la jaula en vez del campo abierto, y cuando resuena la palabra liberadora de Cristo, buscamos chivos expiatorios a quien cargar nuestras excusas para que se las lleve lejos y bien lejos. Si Jesús nos dice «Todo lo que atéis en la tierra…», le respondemos que estas palabras ya hay alguien que las tiene demasiado aprendidas. Si el Señor nos insinúa «Cuando tu hermano peque, ve a buscarlo…», le replicamos con lo de Caín «Es que soy el guardián de mi hermano?». Si Jesús nos sugiere al oído que hablemos a la comunidad reunida, le demostramos que de comunidades vivas no hay. Y lanzamos la criatura junto con el agua sucia, o, como decía Jesús mismo, dejamos colar el mosquito y nos tragamos el camello.

¿Nuestra insatisfacción no proviene muchas veces de no haber entrado en la pedagogía del perdón cristiano? Si tenemos de camino a correr! Necesitamos acabar con la visión que divide los

hombres en buenos y malos y olvida que en toda persona hay una parte de bien y una parte de mal. Necesitamos estimar tanto a los hermanos que seamos capaces de practicar la exigencia evangélica de la corrección fraterna. Necesitamos sentir en la propia carne nuestra miseria y la de los demás para que seamos capaces de implorar el perdón de Dios. Necesitamos experimentar este perdón para aprender, a través del único camino posible, que Dios es amor. Necesitamos saber perdonar a los que nos han ofendido para poder recibir el perdón que Dios nos ofrece. Necesitamos tener presente que cuando Dios perdona no sólo borra el pecado sino que derrama a manos llenas su bondad sin límites. Necesitamos saber recomenzar cada día nuestra vida -en esto consiste la conversión- para no caer en la desesperación ni en el sopor. Necesitamos… Necesitamos tantas cosas que sólo en la Eucaristía encontramos la fuerza para obtenerlas.

Abadia de MontserratDomingo de la XXIII semana de durante el año (6 de septiembre de 2020)