Domingo V del tiempo ordinario (7 de febrero de 2021)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (7 de febrero de 2021)

Job 7:1-4.6-7 / 1 Corintios 9:16-19.22-23 / Marcos 1:29-39

 

Queridos hermanos y hermanas,

Qué consuelo y qué ánimo tan grandes nos da el texto evangélico que acaba de ser proclamado. En forma resumida, sintética, San Marcos nos quiere ofrecer una jornada estándar de Jesús. Las partes de la narración nos ofrecen como un tríptico que resume la vida pública del Señor en sus rasgos principales.

Empecemos por el cuadro central; ya contemplaremos después los dos postigos. Jesucristo nos es presentado como sanador. Ordinariamente le damos los títulos, muy adecuados, de Salvador, Redentor, Maestro y otras de mayor profundidad doctrinal como los de Señor e Hijo de Dios. Pero los evangelios también nos presentan a Jesús a menudo curando enfermos, con episodios concretos y con nombres de pacientes determinados. Y generalmente comentando el porqué de su acción, siempre en la línea de hacer la voluntad del Padre, de promover la fe de quienes lo escuchan y aportar remedio a las personas. El texto de hoy, con un énfasis en los enfermos agobiados por el espíritu del Mal, no nos da ningún nombre concreto de pacientes ni ninguna explicación especial. Sólo constata el hecho del restablecimiento de la salud corporal y espiritual. Pero sí subraya la cantidad: «todos los enfermos», «muchos enfermos», «diversas enfermedades». Con carácter de resumen, pues, nos quiere hacer ver esta dimensión de su predicación del Evangelio. Quizás alguien pueda pensar: ¿qué valor tiene este acento en la cantidad, si Jesús no curó a todos los enfermos de su tiempo ni de su entorno. Y más aún, pensando nosotros que pronto hará un año que sufrimos la pandemia, nos sale una oración íntima: «¿Por qué, Señor, permites que nuestra generación sufra tanto durante más de un año? Aquella persona y aquella otra que conocemos que han sido hospitalizadas y quizás aún sufren los efectos de la pandemia. Aquellas desapariciones sin despedida familiar, aquellas oraciones comunitarias por los difuntos que aún no hemos podido hacer. Aquellos que sufren pérdidas económicas o laborales». Tantos interrogantes que nos quedan, y a pesar de tantas muestras de generosidad que hemos visto, no llegan a poder secar muchas lágrimas.

Continuemos orando: «Señor, no tenemos respuestas a las preguntas que nos golpean, pero ahora nos muestras en el primer postigo de este tríptico tu profundo sentimiento. Dice el Evangelio: «Él le dio la mano, y la levantó y la fiebre le desapareció». Señor, danos la mano y te serviremos con alegría. Haremos que todo el resto de la vida sea como la de Pedro. Con nuestros dudas y nuestras flaquezas, y quién sabe si con traiciones y todo. Pero ante tu presencia de Resucitado te diremos ahora y al término de nuestra vida, como el apóstol: Señor, tú sabes que te quiero.

»Para poderlo decir, necesitamos que nos comuniques, el otro postigo del evangelio de hoy: tu intimidad con el Padre, que también es nuestro Padre. Mucha gente y muchas cosas nos estarán buscando. Pero en la soledad de nuestro corazón estará viva la oración. Y en la hermandad en torno a la Palabra y a tu sacramento, tú que has hecho el pan y el vino para que fueran nuestro alimento cotidiano, nos harás un sacramento de vida eterna (cf. Oración sobre las ofrendas). Mientras da a todos la salud y la paz de espíritu para poder hacer conocer tu Evangelio y curar a todo aquel que se nos aproxima esperando que le demos la mano sanadora, tal como hiciste en otro tiempo». Amén.

 

 

 

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