Domingo II de Pascua (11 de abril de 2021)

Homilía del P. Manel Gasch, monje de Montserrat (11 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 4:32-35 / 1 Juan 5:1-6 / Juan 20:19-31

 

Todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Dios no niega al apóstol Tomás una segunda oportunidad para creer. Cuando ayer, ya teniendo en mente este evangelio de la duda de Santo Tomás, leí el evangelio que tocaba, un fragmento de San Marcos, me di cuenta de que el apóstol Tomás se ha cargado bastante solo la fama de no haber creído en Jesús resucitado y haber necesitado una segunda oportunidad.

En cambio, este evangelio de San Marcos, de ayer, sábado de la Octava de Pascua, que era un breve resumen de las tres grandes apariciones de Jesús Resucitado: primero a las mujeres, después a los discípulos que iban de camino y finalmente a los apóstoles, afirmaba que tras las dos primeras apariciones, los apóstoles tampoco creyeron el testimonio, e incluso el mismo Jesucristo les reprochó después que les hubiera costado tanto la fe. Podemos pues pensar que el reconocimiento del Resucitado no fue fácil para nadie y que la incredulidad de Santo Tomás no es una excepción y que los mismos apóstoles en conjunto, necesitaron una segunda oportunidad y una experiencia más personal de Jesucristo resucitado para ser capaces de creer.

Estas anotaciones sobre la debilidad de los apóstoles, de los que habían convivido con Jesús, sorprenden más si pensamos en el ambiente de euforia misionera que debería rodear el momento de la redacción de los evangelios, en el nacimiento del cristianismo y hacen por ello un testimonio importante del realismo de las primeras comunidades, que a pesar de ser descritas y deseadas como ideales de fe y de caridad, también tenían sus ambigüedades como todo lo humano.

Nos sentimos un poco aliviados cuando leemos que los apóstoles, los discípulos también necesitaban segundas oportunidades, y seguramente terceras y cuartas y muchas más. Aliviados porque esto abre un espacio a nuestras propias dudas y faltas, abre un espacio de comunión en la debilidad, abre un espacio donde Dios puede actuar en nosotros, donde puede salvar. Dios hace posibles las segundas oportunidades porque es muy paciente y muy insistente. Por eso me gusta leer el evangelio de hoy también desde el punto de vista de Dios, y no sólo desde nuestra fe.

Pensamos si nosotros, después de que alguien nos hubiera cuestionado en la forma que Santo Tomás cuestionó a Jesús resucitado, hubiéramos dado una segunda oportunidad o bien hubiéramos echado para siempre al que hubiera osado dudar tanto de nosotros. Pero Dios no. Dios no excluye. Dios sigue insistiendo, pacientemente: con Tomás, con los discípulos y con nosotros. Forma parte de su naturaleza. La paciencia y la insistencia son dos características de Dios que se potencian siempre en bien nuestro.

Admirar la vida de Jesucristo, su coherencia, su enseñanza, es difícil pero es razonablemente muy defendible, el reto de reconocerlo resucitado, esto es vencedor de la muerte, es un reto de fe, más grande, quizás el más grande. No es fácil en este mundo tan lleno de dolor y de sufrimiento, acentuados en todo este último año por la pandemia, afirmar con esperanza que la vida ha vencido a la muerte. Pero no olvidemos nunca que la resurrección no es el final de una vida ordenada, políticamente correcta, lograda por el propio esfuerzo, de manera fácil, sino que llega como don de Dios tras una muerte en cruz.

Pero a pesar de no ser fácil, afirmar todo esto es posible: la primera lectura no dudaba en afirmar: Nuestra fe es la victoria que ya ha vencido el mundo. La fe no permanece en la abstracción, ni siquiera cuando se centra en la Resurrección de Jesús. La fe que vence al mundo, esto quiere decir que vence el mal del mundo. En las tres lecturas de hoy está bien presente esta dimensión de vencer al mundo, vencerlo por la caridad: está en la descripción ideal de la comunidad de los Hechos, en la primera lectura: donde la unidad de corazón y de alma provocaba la solidaridad radical de los hermanos entre ellos, está en la segunda lectura donde tan claramente hemos leído que amar a Dios significa amar a los hijos de Dios, y también está en el Evangelio, donde la consecuencia inmediata del reconocimiento del resucitado es la misión. Yo os envío, a perdonar…

Nosotros somos hijos e hijas de aquellos primeros cristianos. Si nos consuela compartir sus dudas, que también nos provoque y nos mueva a imitar su fe y su caridad para que reconozcamos a Jesús como viviente entre nosotros y dejemos que esta fe nos haga transformadores y vencedores del mal del mundo, confiados en todas las oportunidades que Él nos da. Este es el sentido de centrar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, de recordarla en cada eucaristía, de celebrarla constantemente durante ocho días enteros en Pascua y repetir Hoy es el día en que actuó el Señor, Aleluya, aleluya.

Abadia de MontserratDomingo II de Pascua (11 de abril de 2021)