Domingo de Pascua (4 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (4 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 10:34a.37-43 / 1 Corintis 5:6b-8 / Juan 20:1-9

 

El día de Pascua es un día de carreras, según dicen los evangelios. Por la mañana, corre María Magdalena, al ver que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro donde habían puesto a Jesús estaba quitada, y se fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba para decirles, aunque ella no había mirado dentro, que se habían llevado el Señor. Corren Pedro y este otro discípulo hacia el sepulcro para ver qué había pasado. Los dos corrían juntos. Pero el otro discípulo, que era más joven, se adelantó, llegó al sepulcro, miró dentro, pero no entró. Por respeto a Pedro le esperó y entraron los dos. Y podemos imaginar, hermanos y hermanas, que después también debían correr para ir a decírselo a los demás discípulos lo que habían visto y cómo habían entendido que, según las Escrituras, Jesús debía resucitar de entre los muertos. Por la noche, aunque, corren también los dos discípulos que habían ido a Emaús y por el camino se habían encontrado con Jesús resucitado que primero les había explicado cómo la Escritura anunciaba que el Mesías debía sufrir antes de entrar en su gloria y después les había partido el pan de modo parecido a como había hecho en la cena antes de la pasión (cf. Lc 24, 23-35).

Corren porque los mueve el amor a Jesús, la sorpresa de la tumba vacía con los lienzos de amortajar aplanada y el sudario dejados allí. Corren porque los mueve la alegría de saber que Jesús está vivo; que, tal como decían las Escrituras, se habían cumplido las palabras proféticas del salmo: no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción (Sal 15, 9). O aquellas otras que hemos cantado: La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. (Sal 117, 16-17).

Fijémonos, sin embargo, un poco más en lo que el evangelio nos decía de los dos discípulos que fueron al sepulcro. Pedro entra el primero porque, como he dicho, el otro discípulo lo deja pasar por respeto a su lugar entre los apóstoles. Ve, pero parece que esto no le lleva enseguida a la fe. Podía deducir, que si se hubieran llevado el cuerpo de Jesús no se habrían entretenido en sacarle los lienzos de amortajar y dejarlos bien tendidos. Fue el primero en llegar al sepulcro. Pero, con todo, por lo que dice el evangelista, no parece que de los dos discípulos, fuera el primero en llegar a la fe pascual. Entra, a continuación, el otro discípulo. Con los ojos ve lo mismo que Pedro. Pero se deja conducir por la luz de la fe en las Escrituras y por el amor que tiene a Jesús, y eso le hace descubrir la realidad de lo que ve con una dimensión profunda que va más allá de lo que captan los sentidos. Y cree que Jesús ha resucitado. Pedro llega también a continuación a la fe al comprender que las Escrituras ya decían que Jesús había de resucitar de entre los muertos. Hemos oído su testimonio en la primera lectura.

Jesús resucitado transforma a los discípulos. De tímidos y miedosos que eran antes del día de Pascua, los hace valientes y valerosos para anunciar que él vive para siempre. Ya no tienen miedo de las consecuencias en forma de crítica, de prisión, de castigos corporales, de muerte, que esto les pueda llevar. Se entregan totalmente a su misión de ser testigos de Jesucristo, el Viviente, y de su Evangelio, para liberar a las personas, para hacerles comprender el amor con que Dios las ama, para anunciar el camino del bien y de la fraternidad y la vida que supera la muerte. La alegría de los discípulos al ver los rostro deseado del Señor después de la tristeza por la muerte cruel, debe ser también la nuestra (cf. Himno «Tristes erant Apostoli»), que guiados por su testimonio descubramos la presencia del Resucitado en nuestras vidas que nos impulsa a hacer el bien a los demás con amor y a ser testigos de alegría y de esperanza.

La fe en Cristo resucitado nos transforma, a los cristianos, en criaturas nuevas. Nos enseña a ver la realidad con ojos nuevos, desde la fe y del amor, guiados por las Escrituras. Porque desde la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la dureza de la vida, los sufrimientos que conlleva, las enfermedades, la desesperanza, la muerte se pueden transformar en semillas de vida nueva. Sabemos, como venía a decir recientemente el Papa, que no se perderá ni una de las lágrimas derramadas en tantos Calvarios como hay en el mundo actual (cf. Audiencia general, 03/31/2021). Porque el Resucitado las recoge en su amor y las transformará en vida y en alegría.

Mientras celebrábamos la pasión y la sepultura del Señor, este altar estaba desnudo. Representaba Jesucristo en su despojamiento total, en el don de su vida sin reservarse nada de nada. Pero hoy, en la Pascua, el altar es revestido festivamente como símbolo de Cristo resucitado que continúa dándose en el sacramento eucarístico. Tras la invocación del Espíritu Santo y de haber pronunciado las palabras de la institución de la Eucaristía, bajo las especies de pan y del vino estará el Cristo resucitado para dársenos a nosotros.

Hoy lo recibirán por primera vez los escolanes Blai Ferré, David Villaverde, Bernat Camats, Joan Gimeno, Valentí Jorquera y Arnau Miranda. Y también Bet Florensa, hermana de un escolán, Ton. Jesús los acoge con alegría y se les da como alimento para su fe y como amigo. Todos los que formamos esta asamblea, que representamos la Iglesia, compartimos la alegría de estos que hoy por primera vez participarán de la mesa pascual del Señor. Y rogamos por ellos, para que por el don del sacramento eucarístico crezcan cada día en la fe y en el amor a Dios y a los demás.

Cristo nuestra Pascua que ha sido inmolado, como decía san Pablo en la segunda lectura, nos invita a tomar el pan nuevo de la Pascua, el pan de la eucaristía, que es el pan de la sinceridad y de la verdad. A Jesucristo, que nos lo da, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. Ap 1, 6).

 

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