Domingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

Homilía del P. Bernat Juliol, monje de Montserrat (27 de septiembre de 2020)

Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El conjunto de las lecturas bíblicas de este domingo nos ponen ante el tema de la responsabilidad moral que tenemos los cristianos. Por un lado, el cristianismo es el heredero de la gran tradición del mundo griego antiguo: la vida virtuosa, la honradez, la justicia, la grandeza de espíritu. Pero Jesucristo nos muestra que seguirlo va mucho más allá de este sustrato histórico, él mismo nos enseña que la fe sin obras es estéril y que las obras sin la fe son inútiles.

En realidad, la primera gran enseñanza cristiana sobre la moral es la radical libertad que tenemos como seres humanos. Somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y semejanza; y por tanto, hemos sido hechos partícipes de la misma libertad de Dios. A menudo se habla mucho de la libertad pero no se comprende cuál es su sentido más profundo. La libertad no es la capacidad de hacer lo que queramos y cuando queramos, sino que es la radical capacidad de buscar la verdad y de hacer el bien. Dios no quiere que lo busquemos desde la esclavitud sino desde la libertad.

Pero esto conlleva una gran exigencia: tenemos el derecho y el deber de elegir, cada día, en cada actividad, en cada acción, en cada pensamiento: forma parte del don que Dios nos ha dado. Debemos ser conscientes de que lo que hacemos aquí y ahora tiene consecuencias eternas. Debemos ser valientes para asumir esta responsabilidad. De lo contrario caeríamos en la tentación del discurso que hizo el Gran Inquisidor en un célebre capítulo del libro Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoyevski. Decía este Gran Inquisidor que Cristo nos había cargado con el peso insoportable de la libertad, por lo que la humanidad había sido incapaz de llevar esta carga y había optado, en su lugar, por la felicidad, una felicidad ficticia.

El evangelio de hoy nos presenta, pues, a dos hijos que hacen uso de su libertad. Cuando el padre les manda que vayan a trabajar en la viña, el primero dice que no pero finalmente va a la viña; en cambio, el segundo dice que sí pero en realidad no va. Sorprende, en primer lugar, que Cristo no ponga el ejemplo de un hijo perfecto, del hijo que dice que sí y lo hace. Quizá es que el cristiano perfecto no existe: todos y cada uno de nosotros somos pecadores, todos y cada uno de nosotros hemos sido marcados por el pecado original.

Al contrario, Cristo nos pone como ejemplo a seguir el del hijo que dice que no a su padre, pero finalmente va a trabajar en la viña. El camino a seguir es el del arrepentimiento y el de la conversión. El arrepentimiento y la conversión nos liberan y nos ayudan a actuar correctamente. La moral cristiana no es un camino de esclavitud sino un camino de liberación. Nuestro Dios no es un Dios vengativo que pasa lista de nuestros errores sino que es el Dios del amor, que perdona y se compadece de nosotros hasta setenta veces siete. Es el Dios que nunca manifiesta tanto su omnipotencia como cuando perdona y se compadece.

En cambio, el segundo hijo, es el que dice: «No va bien encaminada la manera de obrar del Señor». Es aquel que se encadena con los grilletes de la hipocresía y de la vanidad, que no son sino los fundamentos de la soberbia. El segundo hijo no sabe utilizar correctamente su libertad y vive en la esclavitud.

La fe cristiana nos pide, pues, una coherencia de vida en nuestro decir y nuestro hacer. Pero para que la moral no se convierta en un conjunto de normas estériles y

opresoras deben tener siempre a Cristo por referente. Aquel Cristo a quien Dios exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre. Otro autor ruso, el filósofo Vladimir Soloviov, escribió a finales del siglo XIX un pequeño cuento titulado El Anticristo. Hablaba de un personaje que en medio de las calamidades del mundo se erigía como gran político y como gran servidor del pueblo, era un personaje brillante, sabio y moralmente irreprensible. Pero tenía un defecto: se puso él en el lugar de Cristo. La conclusión es fácil: «¿De qué sirve entonces ganar el mundo si perdemos el alma?» (Mateo 16, 26).

Estimados hermanos y hermanas, un poeta griego llamado Arquíloc escribió: «El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo sabe una pero es muy grande». Los cristianos somos como un erizo, puede que no sepamos muchas cosas pero sí sabemos una de muy grande: nuestra vida no es nada sin Cristo y, con Cristo, lo es todo.

 

 

Anton GordilloDomingo de la XXVI semana de durante el año (27 de septiembre de 2020)

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