La Virgen de Montserrat (27 de abril de 2021)

Homilía del P. Josep M Soler, Abad de Montserrat (27 de abril de 2021)

Hechos de los Apóstoles 1:12-14 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:39-47

 

Desde la montaña de Montserrat, hermanos y hermanas, hemos escuchado como María se fue aprisa a la montaña de Judá para visitar a su prima Isabel. La Providencia divina ha relacionado espiritualmente estas dos montañas en torno a la persona de Santa María, la Madre de Jesús y por eso Madre de Dios.

El evangelio de hoy es uno de los pasajes más bellos y más llenos de alegría de toda la Sagrada Escritura. Hemos escuchado como María iba a visitar a Isabel. Lo hacía, decía el evangelista, con decisión, con convencimiento, con amor. En el momento de recibir el anuncio de que sería Madre de Jesucristo Salvador, y ante su extrañeza por un hecho tan grande y tanto insólito, sin que ella lo pidiera, le fue dicho, como una señal de que no hay nada imposible para Dios, que su prima, ya mayor, esperaba un hijo (Lc 1, 36). María no se quedó, pues, en casa meditando el don de la maternidad que había recibido, sino que se va a casa de Isabel, no para comprobar la veracidad de lo que le había sido dicho, sino para ayudar. Ella, la madre del Señor, como le dice su prima, no va a casa de ella para ser servida sino para servir. Porque María no vive para sí misma sino para los demás. Por eso se pone en camino llevando el Hijo de Dios en las entrañas, con el corazón lleno de «magníficat», bajo el impulso del amor y el deseo de servir.

En este encuentro entrañable concuerdan la fe, la humildad la voluntad de servir y la alabanza a Dios de María con la maravilla y la alegría que experimenta Isabel que alaba a María por haber creído y por su maternidad. Pero sobre todo, en el encuentro de las dos mujeres, está la presencia de Jesucristo y la acción del Espíritu Santo. Todo con la mayor simplicidad empapada del amor fiel a Dios. María, con el hijo en las entrañas, es la nueva arca de la alianza portadora de la presencia de Dios ante la que, como un nuevo David (cf. 2S 6, 2-16)), Juan Bautista salta de alegría en entrañas de su madre.

Decía al principio que la Providencia divina ha relacionado espiritualmente la montaña de Judá y nuestra montaña de Montserrat. Efectivamente, hay una continuidad espiritual entre la Visitación de la Virgen a Isabel y la realidad de lo que ocurre a los ojos de la fe en este lugar en torno a la persona de Santa María. También aquí es lugar de visitación. Dios, en su amor, ha querido que en esta montaña se hiciera presente espiritualmente la Virgen. Verdaguer lo expresa poéticamente en el Virolai con aquellas palabras: «Reina del cielo que los serafines bajaron, dadnos abrigo dentro de vuestro manto azul». Esta presencia espiritual de Santa María desde hace siglos, ha convertido este lugar en un espacio de encuentro con ella para que ella nos muestre a Jesús, tal como bellamente expresa la Imagen de nuestra Virgen Morena.

Montserrat, pues, es lugar de encuentro con María, lugar de visitación. Pero, ¿quién visita a quién? En la montaña de Judá fue María quien visitó a Isabel. En Montserrat puede parecer que somos nosotros, los peregrinos, los monjes, los escolanes, los que subimos a visitar a María, para orar y pedirle su ayuda. Pero, paradójicamente, en el fondo es ella quien nos visita y nos otorga los frutos de la visitación a su prima Isabel. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo para que lo dejemos entrar más y más en nuestras vidas hasta que nuestra persona sea plenamente evangelizada. Visitándonos y presentándonos a Jesucristo nos hace experimentar el gozo del Espíritu Santo, nos invita a crecer en el amor y a ponernos, como ella, al servicio de los demás. Nos invita, y nos ayuda con su intercesión.

Hoy, con la Virgen magnificamos al Señor por las maravillas que ha hecho en ella desde la concepción inmaculada y la plenitud de la gracia hasta la asunción al cielo. Magnifiquemos el Señor, también, por las obras que ha hecho y hace a favor nuestro y de toda la humanidad. Y, al mismo tiempo, proclamemos bienaventurada a María por su fe, por las grandes obras que Dios ha hecho en ella. Y pidámosle que nos sea madre de consuelo y de esperanza, patrona solícita de nuestro Pueblo en esta hora en que estamos afligidos por la pandemia y sus consecuencias graves, pero que experimentemos también las capacidades de nuestra sociedad para hacerle frente y vigorizar el tejido social mientras se desarrolla una economía al servicio de las personas y en favor sobre todo de los más pobres e injustamente dejados de lado. Y le pedimos, asimismo, que ayude al gobierno que se pueda formar, al Parlamento y todas las instituciones públicas y privadas a trabajar para superar el momento difícil que estamos viviendo y hacer una sociedad más justa y solidaria, más atenta al crecimiento humano y espiritual de las personas, no a la ganancia por la ganancia. Y le pedimos, también, que la Iglesia que peregrina en Cataluña, pastores y fieles, esté llena de vitalidad evangélica y sea testigo gozosa de Jesucristo resucitado.

Y agradecemos, además, a Dios el don que es Montserrat para los que vivimos aquí, por la Iglesia, por nuestro pueblo, por todos los peregrinos que aquí experimentan la visitación de la Virgen y el encuentro con Jesucristo. Impresiona pensar que a lo largo de los siglos tantos santos y santas canonizados y tantas personas de buena voluntad hay experimentado la Visitación de Santa María mientras le abrían el corazón, le presentaban sus proyectos y le pedían su ayuda. Hacemos que el «Magnificat de roca», como llamó san Juan Pablo II a nuestra montaña (cf. Homilía en Montserrat, 7-11.1982), sea también un magníficat de corazones creyentes que en este santuario glorifican a Dios, cantan su amor que se extiende de generación en generación (Lc 1, 50), que celebran a Dios que nos salva y nos alimenta con la Palabra de la verdad y con el Pan de la vida.

 

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