Domingo XXXI del tiempo ordinario (31 de octubre de 2021)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (31 de octubre de 2021)

Deuteronomio 6:2-6 / Hebreos 7:23-28 / Marcos 12:28b-34

 

Hermanas y hermanos: Que «Dios es amor» y que «Nuestro Señor es bueno y nos ama» lo hemos oído y repetido tantas veces que han pasado de ser los compendios más breves y más sublimes de la fe cristiana, a convertirse a menudo en los eslóganes más recurrentes de nuestros discursos más improvisados ​​cuando debemos hablar de Dios. Sin embargo, estamos tocando el núcleo de la predicación de Jesús y un día, un escriba, experto en las Sagradas Escrituras, le quiere hacer una pregunta, pero ésta no es una pregunta cualquiera y quién sabe si abrumado por la cantidad de leyes, preceptos y obligaciones que imponía la ley judía, buscaba una aclaración o una precisión para conocer de primera mano, qué es lo que este Jesús, de quien había oído hablar, consideraba lo más importante para ser un buen judío: cuál es el “mandamiento mayor”, ese mandamiento que incluiría todo el resto de preceptos que un buen israelita debía cumplir.

Jesús le contesta de una manera breve y concisa: Amar a Dios y amar al prójimo. Una respuesta que no se limita al desempeño externo de unas costumbres o de unos preceptos sino más bien es como una síntesis de vida, como si dijera que de estos dos mandamientos depende todo: la acción social, la religión, la moral, el sentido de la existencia.

Al escriba le debió sorprender la respuesta, y no por la novedad del mensaje, ya que estos dos preceptos aparecían en los escritos antiguos, sino porque Jesús une indisolublemente los dos mandamientos sin que se pueda practicar uno y olvidarse del otro. La unión entre los dos mandamientos, amar a Dios y amar a los demás, nos recuerda lo de la primera carta de S. Juan: «Si alguien afirmaba: ‘Yo amo a Dios’, pero no ama a su hermano, sería un mentiroso, porque quien no ama a su hermano, que ve, no puede amar a Dios, que no ve» (1Jn 4, 20). Se puede vaciar de Dios la política y decir que sólo hay que pensar en el prójimo. Se puede vaciar del «prójimo» la religión y decir que sólo hay que servir a «Dios», pero «Dios» y «prójimo», para Jesús, son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Puede ser el amor objeto de un mandamiento? ¿Puedo obligar o mandar a alguien que me quiera? Ante todo, hay que decir que el amor que Jesús nos propone no está en el mismo plano que los demás mandamientos. Es mucho más que una norma u obligación externa que alguien nos impone. Así pues, «amar» pasa a ser más que un mandamiento, convirtiéndose en una exigencia interna y una forma de hacer que debemos integrar en nosotros: lo que configura nuestros actos y nuestra vida.

Si Jesús convierte el amor en objeto de un mandamiento, es para que lo asumamos libremente y lo tengamos como la referencia que nos identifica con él pero sabemos que amar cómo Jesús nos pide es exigente, porque nos empuja a hacer del amor una realidad concreta y nos recuerda que amar al estilo de Jesús supone una conversión constante, sabiendo que el amor se verifica «más en las obras que en las palabras» y esto no es fácil, puesto que pide mucha determinación. La misma que Dios tuvo cuando decidió amarnos y que nos urge hacer presente este amor a nuestros hermanos.

Bien sabemos que el amor, en nuestro contexto social y en los medios de comunicación, es una palabra que no escapa a la ambigüedad de significados. Normalmente no tenemos problema en aceptar una concepción “light” del amor: un amor de telenovela, que no nos comprometa a mucho, ocasional, de temporada, con fecha de caducidad, o reducido a menudo a un sentimiento que expresamos con los emoticonos del “WhatsApp”, sí… pero no siempre estamos dispuestos a aceptarlo cuando nos saca de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo, o de nuestros intereses y proyectos.

La “desvinculación moral”, es decir, justificar o dar una explicación convincente sobre las razones por las que traicionamos valores en los que decimos creer es una amenaza siempre presente en nuestra vida. El verdadero amor, aquel que nos exige un compromiso, una implicación voluntaria y que se convierte en oblación por los demás al estilo de Jesús, va más allá de la obligación y pide a menudo un espíritu libre y generoso para asumirlo. Gracias a Dios también tenemos testimonios de esta manera de amar, muy a menudo muy cerca de nosotros, y pese a vivirlo en medio del dolor o el anonimato, es vivido con gozo y llena la vida de sentido.

Nosotros, como aquel maestro de la Ley que fue a encontrar a Jesús, también estamos llamados a amar. El tiempo, los compromisos, las luchas, las caídas, nos irán abonando la fe hasta que alcancemos la madurez espiritual. Madurez espiritual que nos exige ir limando nuestros defectos, identificándonos cada día un poco más con Jesús.

El evangelio nos pone como siempre el listón muy alto, y Jesús nos recuerda el mandamiento del amor porque sabe que nosotros intentaremos rebajarlo, pero también nos señala con mucha claridad cuál es el camino y la dirección adecuada y nos da la fuerza y ​​los medios para lograrlo.

Que el amor que hemos aprendido de Él, y que ahora se hará sacramento sobre el altar, inspire nuestros actos y nuestra vida.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXI del tiempo ordinario (31 de octubre de 2021)