Domingo XIX del tiempo ordinario (7 de agosto de 2022)

Homilía del P. Jordi-Agustí Piqué, monje de Montserrat (7 de agosto de 2022)

Sabiduría 18:6-9 / Hebreos 11:1-2.8-19 / Lucas 12:32-48

 

Estimados hermanos y hermanas en Cristo:

El tiempo ordinario, los domingos que siguen a Pentecostés, nos permiten detenernos en las palabras y los actos de Jesús durante su predicación. El hecho de que este domingo tengan relación con Pentecostés – incluso el color verde de los ornamentos hace referencia al antiguo origen de la solemnidad- no es sólo casual. Si el Espíritu Santo prometido debe permitirnos entender todas las cosas, la liturgia nos presenta pedagógicamente las parábolas y los milagros de Jesús para que a la luz del Espíritu Santo recibido en el Bautismo podamos entender de verdad el sentido de las Escrituras. La Eucaristía de cada domingo es, para el cristiano, el contexto imprescindible para entender en la propia vida y en la propia historia lo que dijo y qué nos dice cada día el Señor resucitado.

Tres parábolas se nos presentan hoy: “donde tengáis el tesoro, tendréis vuestro corazón”; “esté a punto y velad”; y la parábola del administrador fiel. La propia liturgia post-conciliar nos da ya una clave de lectura: el tesoro del cristiano es la fe. Una fe que el Pueblo de Israel experimentó en la Pascua de la salida de Egipto y en el paso del Mara Rojo, como nos recordaba la Sabiduría; la fe de Abraham es el paradigma del creyente, como nos recordaba el texto de Herederos. La fe en Cristo es el tesoro del cristiano.

Esta fe debe ser semilla de vida, de gozo, de esperanza y de caridad en medio de nuestro mundo.

No nos precipitemos al hacer falsas interpretaciones o lecturas reductivas del Evangelio de hoy y del tema de las riquezas: ya se perdió mucho tiempo intentando averiguar si Jesús tuvo o no bolsa y sandalias, o convirtiéndolo en un liberador político de los años sesenta. Sólo con la clave de la fe podremos examinar nuestro corazón – y no pensar en el de los demás – y preguntarnos dónde tenemos el centro de nuestra vida, dónde está centrado nuestro corazón, dónde fundamentamos nuestras acciones y omisiones. Igualmente, podremos mirar, a la luz de la fe en Cristo, nuestro mundo, nuestra sociedad, la cultura, los conflictos y nuestras relaciones. Aquí estará nuestro corazón y así podremos usar bien incluso las «riquezas» que Dios nos da. Sin ese fundamento y la luz que viene de Cristo, podemos acabar siendo también nosotros profetas de desgracias.

Los que hemos tenido la suerte de ir a Misa toda la semana hemos escuchado la profecía del profeta Jeremías (Jeremías 28: 1-17): “el profeta de paz y bienaventuranza sólo es creído cuando se cumple su profecía”. Cristo predicó el reino con signos de paz y bienaventuranza que ponen todas las cosas en su sitio. Ratificó su predicación con la muerte y Dios le coronó con la resurrección. Santa María, los mártires y los santos vivieron el seguimiento de Cristo con fidelidad y radicalidad.

Vistamos las nobles armas de la fe, hermanos y hermanas, y difundamos el buen olor de Cristo y de su Palabra, exudemos la luz del Espíritu Santo que hemos recibido y vivamos en la caridad como norma de vida. Por eso, en la fe, al Padre, al Hijo y al Santo Espíritu, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. AMEN

 

Última actualització: 12 agosto 2022

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