Solemnidad de Cristo Rey (20 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (20 de noviembre de 2022)

2 Samuel 5:1-3 / Colosenses 1:12-20 / Lucas 23:35-43

 

El último domingo del año litúrgico está dedicado a la contemplación del misterio de Cristo, Rey del Universo. Esta solemnidad es el compendio de todo el camino espiritual realizado a lo largo del año litúrgico a través de los diferentes momentos, tiempos, celebraciones, fiestas y aniversarios. Todo ello converge hacia un punto luminoso y claro para todos los que nos reconocemos como cristianos. Este punto es la gloria y la luz de la Cruz de Jesús.

Celebrar a Cristo Rey contemplándole en el momento en que es clavado en una cruz, insultado, moribundo, privado de su dignidad suscita sorpresa y perplejidad, no sólo a los antiguos sino también a nosotros hoy. ¡Qué rey tan absurdo! ¿Será éste el reino del cielo y éste el estilo del Reino de Dios?

Una realeza, pues, verdaderamente distinta a la que nos propone el mundo, hecha de interés y protagonismo. Una realeza que, en cambio, se convierte en servicio, porque como dice el mismo Jesús: estoy en medio de vosotros como el que sirve. En el fondo esperamos otro tipo de rey. Un rey que sea una proyección de nuestro afán de poder y grandeza. Si Dios fuera así, estaría permitido intentarlo. Pero Dios es exactamente lo contrario.

En la cruz, vemos quién es realmente Dios, y debemos elegir: seguir proyectando nuestros propios esquemas y expectativas en Dios, esperando que sea y haga lo que nosotros queremos que haga (como ha hecho casi todo el mundo, incluido el mal ladrón); o dejar purificar nuestras ideas y el corazón por su crucifixión, haciendo un acto de reconocimiento y confianza como el buen ladrón: encomendándonos a Él, abriéndonos a su gracia.

El mal ladrón que recuerda a Jesús que si fuera rey debería salvarse a sí mismo –y salvarlos a ellos– no es tan distinto de nosotros cuando nos vemos abrumados por las dificultades de la vida, incluso las más duras, y rogamos a Dios que nos cure, que nos ayude a aprobar un examen, que evite que perdamos el trabajo. Sí, nosotros también, en el fondo, pensamos como este criminal y entendemos que quizás no sea tan malo como muchas veces lo consideramos. En cambio, la realeza de Jesús es proclamada por el otro ladrón que reconoce su inocencia: es esa misma inocencia la que le declara rey y manifiesta la realeza de Cristo.

El buen ladrón no pide que Jesús le libere, que le vengue o que resuelva “mágicamente” sus problemas. No. Sabe que merece esa condena. Acepta este sufrimiento, confiándose serenamente a Jesús. El ladrón ve en este hombre manso, injustamente sacrificado, que sigue rezando al Padre e intercediendo por sus verdugos, el verdadero Rey.

¿Qué transforma la cruz del ladrón en salvación? Abrirse a Cristo. La cruz se convierte en un camino hacia el cielo cuando la llevamos con Él, entregándonos a Él y a los demás. Jesús no quita la cruz, sino que la transforma en un instrumento de amor; no da soluciones fáciles al sufrimiento, sino que se hace presente en el sufrimiento convirtiéndolo en camino hacia el Reino. Sólo este Rey sabe transformar nuestra vida, sólo este Rey abre de par en par la puerta al Padre, sólo este Rey es capaz de transformar nuestra vida en un regalo de amor.

Sí, confesemos que Jesús es el Rey. «Rey» con mayúsculas. Nadie puede estar a la altura de su realeza. El Reino de Jesús no es de ese mundo. Es un Reino en el que se entra por la conversión y el reconocimiento. Un Reino de verdad y vida, un Reino de santidad y gracia, un Reino de justicia, amor y paz. Un Reino que sale de la sangre y el agua que brotaron del costado de Jesucristo.

Hermanas y hermanos, hoy celebramos Cristo Rey y podemos decir que Jesús sí fue rey: tiene un Reino. Pero su Reino está totalmente en desacuerdo con cualquier muestra de poder en ese mundo. El poder de la realeza de Jesús es el poder de amar y, por tanto, de salvar, porque el amor salva al amado si se deja amar. Amar es dar, y el dolor y la muerte cercana no impiden que Jesús ejerza su realeza dando el paraíso al hombre que está a su lado y también a todos nosotros si nos abrimos a Él.

Sus discípulos tenemos la gran oportunidad de recibir el mismo poder de amar como Dios ama. Experimentemos ya el Reino con santidad, y demos testimonio de Él con la caridad que autentifica la fe y la esperanza.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Cristo Rey (20 de noviembre de 2022)

Domingo XXXII del tiempo ordinario (6 de noviembre de 2022)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (6 de noviembre de 2022)

2 Macabeos 7:1-14 / 2 Tesalonicenses 2:16-3:5 / Lucas 20:27-38

 

Afortunadamente, al deseo vital de la sed corresponde la generosidad del agua, cuando tenemos hambre existe aquello que nos puede ser alimento, y el sueño no es un estado definitivo sino un regenerar el cuerpo para seguir adelante; al deseo de ser amados el amor fraterno o el de pareja son posibles. Todos los deseos vitales esenciales de la persona tienen una respuesta. Toda la creación, de cual forma parte, responde a una lógica benéfica gracias que hace posible la existencia de la humanidad. Con esta lógica también podemos abordar la inquietud vital del corazón humano que anhela una plenitud de vida que para nada es un absurdo. La inquietud surge siempre cuando la realidad no se puede controlar, cuando es más lo que ignoramos que lo que sabemos de lo que tenemos entre manos. Y ciertamente, de la muerte es más lo que ignoramos que lo que creemos saber.

La pregunta por la Vida no es ningún lujo, permanece en nuestro interior por encima de todas las demás. Se puede rehuir, se puede hacer de ella una caricatura y ridiculizarla como pretendían hacerlo los saduceos con aquel hipotético caso presentado a Jesús de la mujer que estuvo casada con siete varones. Pero quizás, más que dar respuestas a quien dice no tener fe es preguntarle por lo que desea.

Lo que nos toca hoy, a los cristianos que creemos como Jesús en la resurrección, es ayudar a despertar esa dormida sed por el sentido, para que una vez se despierte, aunque sea a tientas, sea capaz de llegar a saciarse en la frescura de esta fuente ansiada. Quizás sólo la poesía, como la de San Juan de la Cruz, se atreve a balbucear, sin vergüenza pero humildemente, la experiencia humana de esta sed de infinito. De noche, iremos de noche que, para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra. Qué bien se yo la fuente que brota y corre, aunque es de noche. Su claridad nunca es oscurecida y sé que toda la luz de ella es venida, aunque es de noche. El Señor no nos ha enviado a convencer a nadie a la fuerza, sino a anunciar con gozo lo que hemos visto y oído para que quien lo llegue a ver y sentir descubra esta Vida, este murmullo interior al que no se sabe muy bien qué nombre ponerle. No se trata de convencer como quien vende un producto estrella, sólo la propia experiencia engendra convencimiento, por eso la experiencia de la carencia puede abrirnos a la abundancia que se esconde en ella.

La fe en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos revela el sentido de nuestra vida que, asociada a Jesucristo por el bautismo, participa ya, en esperanza, de la vida eterna que nos ha ganado la muerte y la resurrección del Señor.

La fe en la resurrección de Cristo, y la nuestra cuando llegue su hora, no comporta un despreocuparse de este mundo y de las personas sino todo lo contrario, es el estímulo más potente para vivir y persistir en la fortaleza del amor, a pesar del sufrimiento o incluso de la muerte que pueda comportar vivir el evangelio tal y como hemos visto en el relato de los siete hermanos macabeos y su madre. Ellos dieron su vida para no renegar de la Ley de Moisés en la que vivían, nosotros debemos hacerlo para mantenernos en el mandamiento nuevo de Jesús de amarnos los unos a los otros tal como Él nos ha amado. Y esto tiene muchas implicaciones éticas, sociales, políticas y económicas más cerca de los pobres y de quienes tienen autoridad moral que de quienes sólo tienen dinero o poder. Proyecto hermoso en su anunciado, pero a menudo difícil de llevar a cabo en este tiempo que vivimos marcado por la violencia, la miseria y la injusticia, que parecen ahogar la honradez, la generosidad y la bondad del ser humano.

El mensaje de Jesucristo alimenta la bondad, la generosidad y la honradez humanas. Él nos mandó celebrar el Memorial de su muerte y de su resurrección en la celebración de la eucaristía para que tuviéramos en nosotros la fuerza de su Espíritu, y lo hacemos agradecidos a su amor, fiados en su palabra, pero, a pesar de todo, lo hacemos en la oscuridad de la fe, porque sobre el altar sólo vemos un poco de pan y un poco de vino, pero al recibirlos como pan y vino consagrados tocamos esta fuente que buscamos. Vuelve a ser san Juan de Cruz, que ha llegado antes que nosotros, quien nos recuerde la experiencia:

De noche, iremos de noche a encontrar la fuente.

Esta eterna fuente está escondida en este Vivo Pan por darnos vida, aunque es de noche.

Esta viva fuente que deseo en este Pan de Vida yo la veo, aunque es de noche.

Todas las necesidades esenciales del hombre tienen una respuesta oportuna: la sed tiene la frescura del agua, el hambre tiene la fortaleza que da el alimento, el cansancio el responso reconfortante del sueño. A la necesidad espiritual, el amor de Dios ha respondido sobrepasando infinitamente todo lo que podríamos desear.

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (6 de noviembre de 2022)

Domingo XXXI del tiempo ordinario (30 de octubre de 2022)

Homilía de Mns. Francesc Conesa, Bisbe de Solsona (30 de octubre de 2022)

Sabiduría 11:23-12:2 / 2 Tesalonicenses 1:11-2:2 / Lucas 19:1-10

 

De camino hacia Jerusalén, Jesús llega a la ciudad de Jericó, donde se encuentra con Zaqueo, el jefe de los publicanos de esa ciudad. Meditar en este encuentro nos ayuda a comprender cuál es la misión de Jesús y también la nuestra como comunidad de discípulos suyos, como Iglesia.

1.- Jesús busca al pecador

La narración del Evangelio pone el acento en que Jesús busca a aquellos que sienten la necesidad de ser salvados. No puede ofrecer la salvación a quienes ya se consideran buenos y justos, sino a quienes, como Zaqueo, saben que obran mal y necesitan, por tanto, su misericordia y amor.

Con mucha frecuencia vemos en los Evangelios a Jesús acercarse a todos los que eran considerados malos, pecadores, herejes, impuros para ofrecerles el mensaje del amor incondicional del Padre. Por eso le vemos tratar con los cobradores de impuestos, las prostitutas, con una adúltera o con la mujer de Samaria. Él «ha venido a buscar y salvar lo perdido». En cambio, Jesús no puede soportar la actitud de quienes, como los fariseos y los maestros de la ley, creen que ya son buenos y no necesitan a Dios.

Zaqueo era un hombre que tenía una conducta equivocada y que se sentía insatisfecho por ello. Como publicano, extorsionaba con impuestos al pueblo, cobrando muchas veces de más y oprimiendo a los más pobres. Por eso tenía muy mala fama en el pueblo. Ninguna persona honrada de Jericó se habría atrevido a conversar con él en público. Pero ese hombre no estaba a gusto con la vida; tenía deseo de algo más. Un día oyó decir que el Maestro de Galilea venía a su pueblo y, a pesar de la multitud que se reunió y las dificultades, encontró un sitio para ver a Jesús.

Lo más sorprendente es que es Jesús quien se adelanta. Es Él, el Maestro, quien quiere encontrarse con Zaqueo, con sus búsquedas, sus inquietudes y deseos. Y se invita a comer en su casa. En la época de Jesús, sentarse a comer con alguien era algo especial: expresaba deseos de comunión con esa persona, su voluntad de compartir con ella no sólo la comida, sino también la amistad. Por eso Jesús es criticado con dureza por la gente del pueblo. No comprenden que una persona santa, un Rabbí, se sentara en la mesa de un indeseable y sinvergüenza como Zaqueo.

Pero esa comida supuso para Zaqueo un cambio radical. Nadie puede entrar en comunión con Jesús sin ser transformado. Comer con el Profeta de Nazaret, acogerlo en casa, compartir la comida con Él, tiene consecuencias. Zaqueo fue transformado y, por eso, decidió repartir sus bienes y restituir especialmente a aquellas personas a las que había estafado.

Entonces Jesús puede decir lleno de gozo que la salvación de Dios ha llegado. Me imagino el aspecto de Jesús ante las palabras de Zaqueo. Aquel hombre había encontrado lo que buscaba, que no eran bienes materiales, sino claves para vivir y ser feliz. Había sentido, sobre todo, el amor inmenso de Jesús y, por eso, no tuvo reparos en cambiar su conducta equivocada. Jesús debió mirarle con un cariño extraordinario cuando dijo fuerte, para que todos se enteraran: este hombre también es hijo de Abraham; es decir, también Zaqueo es un hombre que se ha dejado llevar por la fe.

2.- La Iglesia, en busca del hombre perdido

Nosotros, los discípulos de Jesús, debemos mantener la misma actitud de nuestro Maestro. Él nos dejó el encargo de prolongar su misión. Para eso está la Iglesia; éste es el sentido de cada comunidad cristiana: ser signo de Jesucristo y hacer posible su presencia en el mundo.

Por eso, nuestra actitud debe ser la de Jesús. Existimos para traer la buena noticia de la salvación al hombre perdido. Hay muchas personas muy seguras de sí mismas, que piensan haber logrado la salvación a través de la ciencia, la medicina o los bienes que han acumulado. Es muy difícil hablarles de un Salvador. Pero también hay muchas personas que, como Zaqueo, son buscadores. Algunos tienen bienes, pero quieren algo más. Otros tienen necesidades básicas de alimento, cariño o amistad. Para todos ellos existimos como comunidad.

Somos nosotros los que debemos tomar la iniciativa. No debemos esperar a que estas personas vengan a nosotros, sino salir nosotros a buscarlas, y levantar los ojos como Jesús para encontrarlas sobre una higuera o allá donde les haya llevado la vida. Al igual que hizo Jesús, debemos ponernos en camino para llamar a la salvación, para ofrecer a estos hombres y mujeres un sentido para su vida.

Nuestra meta es conducirlos al encuentro con Jesucristo; ayudarles a que Jesús mismo entre en su casa y se siente a la mesa con ellos. No somos nosotros quienes transformamos a las personas; no es la Iglesia quien puede curar. La Iglesia -nuestras comunidades- son el espacio para facilitar el encuentro con el único Salvador; la Iglesia es la sala donde el hombre de hoy puede encontrar a Jesucristo, si quiere. Lo primero es amarlos, como Jesús; hacerles sentir que son amados por el Padre celestial.

Nosotros no debemos tener miedo a invitar a todos a entrar en la sala. No tengamos miedo de ser criticados por dejar que todos entren, para facilitar a todo el mundo el encuentro con el Maestro.

Es Él, Jesús de Nazaret, el que quiere seguir encontrándose con los hombres y mujeres de hoy. Nosotros sólo somos sus siervos, sus criados. Jesús quiere compartir su amistad con todos los hombres y nosotros, como su comunidad, somos el lugar para facilitar este encuentro, que transforma completamente a la persona.

Como Iglesia debemos oír la llamada a ponernos en salida, para buscar a los Zaqueos de nuestros días, todos aquellos que buscan en la oscuridad, para conducirlos a Cristo. Ojalá podamos repetir muchas personas: también tú eres hijo de Abraham; también tú eres amado por Dios y has sido salvado.

Abadia de MontserratDomingo XXXI del tiempo ordinario (30 de octubre de 2022)

Domingo XXX del tiempo ordinario (23 de octubre de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (23 de octubre de 2022)

Sirácida 35:12-14.16-18 / 2 Timoteo 4:6-8.16-18 / Lucas 18:9-14

 

Si echamos un vistazo a la Historia de la humanidad, ¿qué vemos?: En el orden internacional: rivalidades, guerras, disputas, opresiones dictatoriales, esclavitud de un pueblo sobre otro. ¿Y en las relaciones personales?: dominio de los inteligentes sobre los menos inteligentes, de los ricos sobre los pobres, de quienes tienen algún poder cívico, de justicia, o de poder, sobre el resto del pueblo. En el fondo sólo constatamos el hecho de ser uno más que otro, dominar y no ser dominado.

Y Dios ¿qué es lo que quiere? Lo hemos escuchado en la primera lectura: quiere hacer justicia, apiadarse de los pobres que claman a Él, y no tardará en salir a favor de ellos. Y esto es lo que suplicaba el pueblo siempre que se veía sometido al dominio de otro pueblo: de los asirios, de los babilonios, de los griegos, de los romanos. Esta justicia era lo que deseaban que hiciera el Mesías que vendría a salvarles. Querían la libertad, que es lo más innato del ser humano.

Y, al llegar la plenitud de los tiempos se cumplió ese deseo, cuando Dios envió a su Hijo hecho hombre para salvar a los hombres. Pero, ¿convocó algún tribunal? ¿Llamó a la revolución social? ¿Reunió algún ejército?

Jesús, sí vino a salvar, a hacer justicia, a liberar a toda la humanidad. Pero, ¿cómo? Esto es lo que nos dice, hoy, el Evangelio. Vinieron al templo un hombre que se tenía por justo porque cumplía al pie de la letra los preceptos de la Ley, y hasta con creces. Y se comparaba con un pobre pecador, cobrador de impuestos, que no hacía más que golpearse en el pecho y repetir: Dios mío, sedme propicio, que soy un pecador. Y Dios hizo justicia a éste y no al cumplidor orgulloso de la Ley.

Y, ¿Jesús quería salvar a Israel, con ese criterio, con esa actitud benevolente y misericordiosa hacia uno que se confesaba pecador? Pues sí. Porque él había venido a salvar y no a castigar. Y esto lo constatamos en toda su actividad durante su predicación del Reino: cuida enfermos, libra de demonios, acoge pecadores, resucita muertos, no respeta el sábado (día sagrado para los judíos). Predica contra la injusticia, contra la opresión de la mujer, que, según la Ley de Moisés, podía ser despedida por el marido, fustiga el cumplimiento estricto de la Ley antes que auxiliar a los enfermos. En fin, va contra las prácticas y costumbres establecidas en esa sociedad religiosa.

Y ahora, yo me pregunto: ¿Este comportamiento puede solucionar todos los problemas del mundo? La respuesta es evidente: es la solución divina a los problemas que afectan a la humanidad. Si todos tuviésemos algo de compasión por el que sufre, si quienes tienen poder se preocuparan de hacer justicia, si todos pensáramos más en el bien de los demás en lugar de despreocuparnos, si en el matrimonio hubiera un verdadero amor para el consorte y no un deseo dominador, si entre capitalista y trabajador hubiera propósito de hacer justicia en lugar de hacer riqueza, si todo el mundo viviera respetando el bien del otro, ¿no es verdad que el mundo cambiaría? Pero Dios no se impone con amenazas, Dios respeta nuestra libertad, porque así nos ha creado para poder ser felices, y por eso no podemos esperar a que haya un hecho milagroso que cambie la situación. Somos los hombres los únicos responsables. Jesús nos ha dejado ejemplo de cómo debemos actuar. Y ahora, también, el mismo cambio climático nos lo está diciendo: somos responsables. Pero Jesús habla al corazón. Abrámosle él nuestro, sincera y totalmente.

Abadia de MontserratDomingo XXX del tiempo ordinario (23 de octubre de 2022)

Domingo XXIX del tiempo ordinario (16 de octubre de 2022)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (16 de octubre de 2022)

Éxodo 17:8-13 / 2 Timoteo 3:14-4:2 / Lucas 18:1-8

 

Argue, obsecra, increpa, son tres palabras extraídas de la traducción latina de la segunda carta a Timoteo que hoy hemos leído y que están incrustadas en el nervio vertical de mármol del ambón desde donde os estoy dirigiendo estas palabras. Argue, obsecra, increpa: arguye, reprocha y exhorta. Argumenta, alerta y anima, podríamos traducir con un lenguaje más dinámico. Argumentar, alertar y animar por medio de la vitalidad que posee la Palabra de Dios. Esta Palabra va dirigida a toda la persona, a la mente y al corazón que deciden, a las manos que concretan; son palabras inspiradas e inspiradoras, no tanto por lo que literalmente dicen sino por lo que interiormente provocan.

Las lecturas de este domingo se mueven en estas tres dimensiones profundamente humanas que representan la mente, el corazón y las manos: nos hacen razonable la confianza en Dios, desvelan el sentido de la oración y nos animan a vivir en una esperanza activa.

El evangelista san Lucas introduce la parábola del juez injusto y la viuda, para recordarnos la necesidad de orar siempre sin desfallecer. La oración es sencilla pero insistente y perseverante. La viuda pone su vida en manos del juez, y, finalmente, contra todo pronóstico, ante un juez que no teme a Dios y no tiene ningún respeto por los hombres, obtiene justicia. El acento aquí recae sobre la actitud insistente y perseverante de la viuda que acaba venciendo a la desidia del juez. Jesús toma el ejemplo de este personaje negativo, que finalmente acaba obrando bien, para hacer ver con mayor claridad que Dios, que es bueno por naturaleza, más aún: que es el único bueno, como no va estar siempre y con mucha más generosidad a la oración de quienes le invocan.

Pero el Señor ve en la viuda al pueblo de Israel que en su pobreza clama de Dios noche y día la salvación y afirma que Dios hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche muy pronto. Jesús está anticipando veladamente la hora de su pasión y de su resurrección de entre los muertos que será la respuesta de Dios al Pueblo de Israel y a la humanidad entera, una respuesta que Israel no esperaba, pero que es la respuesta que el mundo necesitaba, porque Cristo resucitado es la respuesta más bella a los interrogantes más oscuros y a las mayores preguntas de la humanidad.

La respuesta de Dios a la oración del Pueblo escogido es Jesucristo resucitado y, a partir de él, todas las cosas toman un sentido nuevo. Ya no se trata de levantar las manos para ganar una guerra sino de formar parte de la construcción de la paz que beneficia a todos. Y sin dejar el tema de la oración, podemos ver cómo el propio evangelista, que nos narra la parábola del juez y la viuda en el evangelio, en su segundo libro, Los Hechos de los Apóstoles, nos explica cómo entendieron los primeros cristianos ese «orar siempre sin desfallecer» a partir de la resurrección del Señor. Lo hicieron con unanimidad, entre la alabanza y el discernimiento. El día de Pentecostés, nos dice San Lucas, que oraban todos juntos en un mismo lugar y que se reunían siempre para la oración. La oración, como alabanza, no es evasión sino anticipación del mundo nuevo para no olvidar hacia dónde deben converger todos nuestros esfuerzos.

Más adelante, en el capítulo IV del mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, reflejando los momentos de tribulación que vivía la comunidad, la oración se convierte en camino de discernimiento. Lo primero que los discípulos piden en la oración, sorprendentemente, no es protección, no piden ni siquiera el fin de las persecuciones que empiezan a surgir, se pide discernimiento para ver y comprender el momento presente más allá de los esfuerzos y precauciones humanas que seguramente tomaron. Esta interpretación del momento presente se realiza a partir del conocimiento orante de la Escritura. Lo primero que se tiene presente es la trascendencia de Dios, su soberanía sobre el mundo, su acción en la historia de Israel y, a partir de ahí, se lee el hoy de la tribulación en clave de identificación con la vida y la pasión redentoras de Jesús, una vida que, gracias al Espíritu, continua en la comunidad cristiana. De esta oración de discernimiento de los primeros cristianos, ¿no os parece que tenemos mucho que aprender todavía?

A menudo nuestra oración es más de petición que de alabanza o de agradecimiento, más interesada en cosas materiales que en las del espíritu. Pedimos y nos desanimamos cuando no obtenemos inmediatamente lo que hemos pedido. Pero la oración de petición, según los Hechos de los Apóstoles, es objetivamente distinta. La comunidad pide una sola cosa: poder seguir viviendo y anunciando con coraje la Palabra de Dios de modo que se manifieste la fuerza transformadora del Espíritu del Señor en lo concreto de la vida para que el mundo pueda ir transformándose en parte del Reino de Dios, o para que el estilo de vida de todos esté más acorde con la dignidad humana y en armonía con la creación diríamos hoy nosotros. Rezan para que quienes se odian lleguen a amarse como hermanos, en una palabra, rezan con sus propias palabras, pero según el sentido de la oración del Señor: el Padrenuestro; ésta es la base de toda oración cristiana. El cristiano que orando así pone el alma y la vida, forma parte, como Jesús, de la respuesta de Dios al mundo.

El evangelio de hoy termina utilizando el registro de la provocación para desvelar en nosotros la sana inquietud de una esperanza de que nos mantenga despiertos para percibir su paso entre nosotros. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

El Señor vendrá al final de los tiempos, y para cada uno de nosotros, ciertamente, en la hora de pasar de este mundo al Padre, pero también llega ahora y aquí en cada persona y en cada acontecimiento.

¿Encontrará, pues, suficiente fe en nuestros corazones ahora que se nos volverá a dar en la Eucarística?

¿Hay en nosotros una fe y una voluntad suficientemente dispuestas, ahora, a dejarse trabajar por los valores del Reino?

¿Puede encontrar hoy el Señor, en nosotros, una fe suficientemente comprometida y gozosa como para que el mundo pueda ver en ella la belleza de su rostro?

Abadia de MontserratDomingo XXIX del tiempo ordinario (16 de octubre de 2022)

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (9 de octubre de 2022)

Homilía de Mns. Salvador Giménez, Obispo de Lleida (9 de octubre de 2022)

40 aniversario de la Missa de TVE a Catalunya

2 Reyes 5:14-17 / 2 Timoteo 2:8-13 / Lucas 17:11-19

 

Abadia de MontserratDomingo XXVIII del tiempo ordinario (9 de octubre de 2022)

Domingo XXVII del tiempo ordinario (2 de octubre de 2022)

Homilía del P. Carles M Gri, monje de Montserrat (2 de octubre de 2022)

Jubileo Sacerdotal de loss PP. Bernabé M Dalmau y Carles M Gri

Habacuc 1:2-3; 2:2-4 / 2 Timoteo 1:6-8.13-14 / Lucas 17:5-10

 

Queridos hermanos, queridas hermanas: Los textos de la liturgia nos hablan hoy de la fe que encuentra su plenitud en la caridad.

El profeta Habacuc, en la primera lectura, contempla la invasión de los ejércitos babilónicos. El Pueblo escogido sufre el castigo por sus infidelidades. Por otra parte, el mal también está presente entre las filas del pueblo invasor. La justicia y la rectitud han sido molidas. En medio de esta desolación, se hace oír la Palabra de Dios: el justo por su fe vivirá. La fe traerá la salvación. He aquí la palabra de esperanza siempre válida para todos: para el israelita y para nosotros. triturar 

La segunda lectura nos lleva a fijarnos en la necesidad de que nuestra fe sea vigorosa, fuerte y decidida. San Pablo, el hombre probado por el sufrimiento, puede afirmar con autoridad a su discípulo Timoteo: Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.

Teniendo presente lo que acabamos de decir, nace espontáneo el ruego dirigido a Jesús en el evangelio: Auméntanos la fe. En efecto, por ser hombres evangélicos en medio de nuestro mundo, para ser luz y sal para los hombres de nuestro tiempo demasiado a menudo saturados por un consumo egoísta, envueltos por la malévola dictadura de un relativismo demoledor de todo sentido, de toda fidelidad y de todo ideal, necesitamos una fe robusta, sólida, lúcidamente convencida. Una fe que debemos pedir con oración insistente y confiada porque solo puede ser concedida por el propio Padre de las Luces.

Así pues, que el fruto de esta eucaristía dominical, en la que damos gracias por el don del sacerdocio recibido hace cincuenta años por el P. Bernabé Dalmau, por el P. Salvador Plans, ya traspasado, y por un servidor, sea el mismo fruto que en la segunda lectura pedía Pablo por su discípulo, el obispo Timoteo: en la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús.

Que María, la Virgen fiel, bendecida porque ha creído y amado, nos obtenga esta gracia por su maternal intercesión.

Abadia de MontserratDomingo XXVII del tiempo ordinario (2 de octubre de 2022)

Domingo XXVI del tiempo ordinario (25 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (25 de septiembre de 2022)

Amós 6:1a.4-7 / 1 Timoteo 6:11-16 / Lucas 16:19-31

 

Estimados hermanos y hermanas,

La parábola que acaba de proclamar el diácono nos sitúa ante una escena que nos trastorna porque concentra en una imagen la realidad presente de nuestro mundo: el abismo entre los ricos y los pobres. Como bien sabemos existen y coexisten la humillación y la indiferencia hacia los menos favorecidos y existe también el despilfarro desproporcionado ante la miseria de los demás.

La parábola de hoy comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que es descrito con mayor precisión. Se trata de un hombre llamado Lázaro que se encuentra en una situación desesperada. Es un pobre mendigo que además está enfermo, es decir, que tenía sobre él todas las desgracias. No es un personaje anónimo, sino que tiene rasgos precisos y que es presentado con una historia personal de pobreza y enfermedad. Su presencia junto al portal era como si fuera invisible para ese hombre rico.

La parábola nos muestra de forma muy cruda las contradicciones con las que se encuentra el hombre rico. Al contrario de Lázaro ni siquiera tiene nombre, es calificado o conocido como un hombre rico, que iba vestido de púrpura y de lino finísimo, y cada día celebraba fiestas espléndidas. Su vestir y sus banquetes ponen en evidencia su afán por el dinero, por la vanidad y por la soberbia que le oscurecían la vista hasta el punto de no darse cuenta de que un pobre estaba sentado a sus pies.

Los dos personajes están en unas condiciones diametralmente opuestas cuyo relato los pone en relación. Por un lado, el pobre pide ayuda al rico, y no lo obtiene. Por otro lado, al final de sus días, tras haberlo menospreciado, es el hombre rico que pide que Lázaro le moje la lengua con la punta de su dedo.

Sin embargo, el problema que plantea la parábola va mucho más allá de la gran riqueza o la extrema miseria, porque hay hombres y mujeres que viven de manera ejemplar y solidaria las ventajas de su situación económica y también hay hombres y mujeres que con muy pocos recursos viven atentos a la realidad de otros pobres como ellos.

¿Cuál es el significado de esta parábola? En primer lugar, debemos decir que el relato no pretende decir cómo será la vida después de la muerte, como tampoco es una promesa–sedante para los pobres de todo tipo, de tener un final feliz a una vida desdichada y llena de dificultades, como compensación de las desgracias vividas y ni mucho menos una invitación a la resignación de los pobres en beneficio del status quo de los ricos.

De forma plástica, el evangelista san Lucas nos dice que el pobre murió y fue llevado por los ángeles llevado por los ángeles hasta el seno de Abraham, mientras que el rico sencillamente fue sepultado. Ambas situaciones podrían llevarnos a una conclusión apresurada, contraponiendo el bien al mal. El problema no son las riquezas sino el vacío del corazón del rico, ya que como he dicho hace un momento hay hombres y mujeres, muchos de ellos les llamamos santos y santas que han vivido su seguimiento de Jesús compartiendo sus bienes, como también sabemos que hay hombres y mujeres que pese a disponer de grandes o pocas riquezas viven con el corazón endurecido y encerrados en cualquier realidad de sufrimiento.

La parábola, como toda enseñanza de Jesús, es para el tiempo presente, que es lo único que tenemos para vivir y realizar la experiencia de hijos de Dios. Por eso, como conclusión de esta reflexión y consciente de que la Palabra de Dios debe ser leída y vivida siempre en primera persona del singular, es necesario que no nos quedemos solo en el tema de las riquezas, de si tenemos más o menos llenos los bolsillos, sino que debemos ir hasta al fondo del corazón y contemplar el vacío que hay cuando éste no está habitado por el amor y la donación por más o menos bienes materiales que podamos tener.

El hombre sin nombre y Lázaro nos hacen dar cuenta de que la vida sólo tiene sentido cuando es dada, y no caigamos en la trampa de justificar nuestros cierres diciendo que no podemos dar nada porque no tenemos nada, ya que tenemos la mayor riqueza que pueda haber y que es la posibilidad de amar como Dios nos ama, conscientes de que amar es siempre un camino, un proceso a construir a lo largo de toda la vida.

Finalmente, la parábola nos ofrece una gran enseñanza y es hacernos caer en la cuenta de que el otro es un don para mí. La verdadera y justa relación con las personas consiste en reconocer con agradecimiento su valor. El otro, que a menudo se presenta lleno de llagas o enfermedades, tanto si tiene dinero como si no, es siempre un llamamiento a la conversión. Por eso la parábola que hoy nos ha sido proclamada es una invitación a abrir la puerta de nuestro corazón al otro, puesto que cada persona es siempre un don.

También hoy, nosotros podemos caer en el mismo pecado de ese hombre rico y que consiste en olvidarnos de quien nos necesita. Nuestro alejamiento o nuestra proximidad con Dios sólo se miden en cómo nos acercamos o alejamos de los demás.

La Palabra que hoy nos ha sido proclamada es una fuerza viva capaz de suscitar en nosotros la conversión del corazón hacia los demás y hacia Dios.

 

Abadia de MontserratDomingo XXVI del tiempo ordinario (25 de septiembre de 2022)

Domingo XXV del tiempo ordinario (18 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Emili Solano, monje de Montserrat (18 de septiembre de 2022)

Amós 8:4-7 / 1 Timoteo 2:1-8 / Lucas 16:1-13

 

Con mayor o menor frecuencia, todos hemos pedido al Señor que haga más viva y más operativa nuestra fe católica. En el sorprendente evangelio de hoy podemos encontrar alguna luz. El Señor hace una observación bien arraigada en el sentido común. Dice: El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho: y el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho. ¿Cuáles son estos bienes de valen poco y cuáles son los bienes de mucho valor?

Denomina el evangelio bienes de poco valor a los bienes de esta vida, como serían los subsidios corporales, el alimento, el vestido, la salud y cosas por el estilo, que Dios prometió dar a quienes creen en él, pero pidiendo que no estemos abrumados por estas cosas, sino que esperamos confiadamente en él, ya que Dios es la providencia de quienes se acogen, providencia segura y total.

Los bienes de mucho valor son los dones de la vida eterna e incorruptible, que Dios prometió conceder a todos aquellos que crean en él y conservan una fe sana en estos bienes eternos, pidiéndoselos al Señor, como dijo en otra ocasión: Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

En la relación con lo pequeño y lo temporal se demuestra si se cree en Dios, se pone a prueba la solidez de la fe. Cosas que Dios nos prometió concedérnoslas, a condición de que no estemos abrumados por ellas, sino que esencialmente nos preocupamos de las realidades futuras y eternas, propias del Reino de Dios.

Ahora bien, la única forma de hacer que fructifiquen para la eternidad nuestras cualidades y capacidades personales, así como las riquezas que poseemos, es compartirlas con nuestros hermanos. Así seremos buenos administradores de lo que Dios nos concede.

Narrando la parábola de un administrador astuto, por su clarividencia al ser previsor para el futuro, Cristo enseña a sus discípulos cuál es la mejor manera de utilizar el dinero y las riquezas materiales, es decir, compartirlas con los pobres, ganándose su amistad con vistas al reino del cielo. Así nos lo ha dicho el Señor: «Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas». Se trata, pues, de imitar a Cristo mismo, el cual, como escribe san Pablo, «siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza». Parece una paradoja. Cristo no nos ha enriquecido con su riqueza, sino con su pobreza, es decir, con su amor, que le impulsó a entregarse totalmente a nosotros.

Hoy, como antes, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz. Así, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas riquezas. No es extraño ver el esfuerzo y los incontables sacrificios que muchos hacen para obtener más dinero, para subir en la escala social, para obtener un bienestar material, siempre incierto. ¡Cuanto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra!

María santísima, que en el Magníficat proclama que el Señor «llena de bienes a los pobres, y los ricos se vuelven sin nada», nos ayude a todos a utilizar, con sabiduría evangélica, es decir, con generosa solidaridad, los bienes que valen poco.

 

Abadia de MontserratDomingo XXV del tiempo ordinario (18 de septiembre de 2022)

Domingo XXIV del tiempo ordinario (11 de septiembre de 2022)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (11 de septiembre de 2022)

Éxodo 32:7-11.13-14 / 1 Timoteo 1:12-17 / Lucas 15:1-32

 

Acabamos de escuchar lo que se conoce como las tres parábolas de la misericordia. Tres parábolas que van juntas, que no deben separarse. Dos son cortas: la oveja perdida y hallada, y la de la moneda de plata perdida y hallada; una tercera, más larga y muy conocida, la del hijo perdido y hallado. Aquí tenemos todo el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, compuesto únicamente por estas tres parábolas, y cada una podría resumirse en dos palabras: misericordia y alegría.

En la primera, un hombre tiene cien ovejas, pero pierde una. Deja las otras 99 y va a buscar a la oveja perdida. Cuando la encuentra, corre a anunciarlo y hay una fiesta. Entonces Jesús dice esta frase sorprendente: Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por 99 justos que no necesiten convertirse.

Lo mismo ocurre con la parábola de la moneda de plata. Una mujer tiene sólo diez monedas de plata y pierde una. Rápidamente enciende una luz, barre la casa y, cuando encuentra la moneda, su alegría estalla. Jesús termina esta parábola como la anterior: Hay una alegría igual ante los ángeles de Dios por un pecador que se convierte.

Lo mismo ocurre con la parábola del hijo perdido y encontrado, que todos conocemos como la parábola del hijo pródigo, pero que debería llamarse más bien la parábola del padre misericordioso. El padre espera a este hijo que le ha abandonado y se ha ido con su herencia a llevar una vida muy decepcionante. Cuando le ve venir por el camino, a su padre le invade la compasión y corre a encontrarlo. E inmediatamente hay una fiesta.

Tres parábolas sobre la misericordia de Dios hacia los pecadores. Las tres terminan con las mismas palabras, un poco como un estribillo: Alegraos conmigo, porque he encontrado lo que había perdido. Y en la tercera, este estribillo se refuerza con las palabras dichas dos veces: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida. … Este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Y fijémonos en que, para Dios, Padre de Misericordia, todo pecador que vuelve a casa es su hijo, pero también es nuestro hermano.

Tres parábolas a través de las cuales Jesús nos presenta el verdadero rostro de Dios. El pastor que encuentra a su oveja, la mujer que recupera la moneda y el padre que ve volver al hijo, no sólo muestran su alegría, sino que nos invitan a compartirla. Esta llamada a la alegría también puede verse como una llamada dirigida a nosotros, una llamada a la conversión, una llamada a pasar de una preocupación excesivamente centrada en uno mismo, de una búsqueda excesivamente centrada en la felicidad propia, a un auténtico deseo de compartirla con los demás. La reacción del hijo mayor nos muestra que esto no es tan fácil. Sin embargo, cabe señalar que, aunque se niega a alegrarse de la felicidad de su padre, a compartir su alegría, no es rechazado. Su padre sale de la fiesta para hablar con él, al igual que Cristo salió de su condición divina para compartir nuestra angustia, como escribe San Pablo en su carta a Filipenses.

Así es Dios, como padre que no se reconoce. Con demasiada frecuencia se ve a Dios como un adversario, un competidor. Algunos se dicen: si Dios está ahí no puedo sacar de mí lo que soy, no puedo desarrollar todo mi potencial. Así que pido mi herencia y pongo una distancia infinita entre él y yo… para darme cuenta después de que nadie está interesado en mí. Pero Jesús da la vuelta a nuestras creencias. Dios es un padre, sí, que te deja libre, que no te obliga a quedarte, que te espera y te acoge sin pedirte razón de tus tonterías, que te devuelve la dignidad, que sale a convencerte si te ofende su benevolencia desbordante, que todavía afirma con rotundidad: debemos celebrar a cada hijo dado por perdido y recuperado por la infinita ternura de Dios.

Hermanos y Hermanas, las tres parábolas de hoy expresan este corazón de Dios que quiere encontrar a quienes se han alejado y hace todo lo posible para encontrarlos. A través de estos relatos, Jesús nos habla de un Dios que está dispuesto a revolver su casa para encontrar algo importante, un Dios que está dispuesto a recorrer kilómetros para encontrar a la oveja perdida, un Dios Padre que corre a encontrar a su hijo e invita a su primogénito a unirse a la fiesta, ya que el perdido ha sido hallado.

Estas parábolas son una llamada a la conversión, una llamada a volvernos más hacia Dios nuestro Padre, ese Dios cuyo nombre es misericordia, ese Dios que nos espera y nos acoge a todos con tanta alegría.

 

Abadia de MontserratDomingo XXIV del tiempo ordinario (11 de septiembre de 2022)

Domingo XXII del tiempo ordinario (28 de agosto de 2022)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, monje de Montserrat (28 de agosto de 2022)

Sirácida 3:19-21.30-31 66:18-21 / Hebreos 12:18-19.22-24a / Lucas 14:1a.7-14

 

Queridos hermanos y hermanas:

La primera lectura de hoy, tomada de uno de los libros sapienciales del AT, nos ofrece algunas máximas de sabiduría práctica y de prudencia en el propio comportamiento. Cuanto mayor eres más humilde debes ser. Estate atento a los consejos de los sensatos y tu corazón se alegrará. En el evangelio, Jesús ilustra estos consejos con una parábola sacada de la vida cotidiana, muy sencilla en apariencia. Cuando alguien te invita a un banquete de boda, no te pongas en el primer lugar…más bien cuando te invitan ve a ocupar el lugar último… porque todo el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido.

Hasta aquí podríamos hacer, fácilmente, una aplicación moral de estas enseñanzas en nuestra vida, en el sentido de decir: aquí Jesús, el Señor, nos presenta una serie de consejos útiles para llevar una vida digna, sencilla, recta, propia de una persona humilde, con un corazón limpio.

Todo esto es verdad, y está muy bien, pero resulta exterior a nosotros mismos. Vendría a ser como un ejemplo de vida que estamos llamados a seguir y a imitar, pero que siempre queda fuera de nosotros mismos. Jesús mismo también quedaría fuera nuestro, como un maestro de sabiduría, si se quiere, pero que a lo sumo nos propondría una doctrina de perfección desde el exterior, pero no tendría la fuerza para cambiarnos desde dentro.

La realidad de la vida cristiana, sin embargo, no es así. Jesús no es un maestro eminente que nos enseña unos modelos de vida que deberíamos seguir, como si nos enseñara a conducir unos coches espléndidos, pero después nos dejara solos al volante. No. La persona viva de Jesús forma parte de su propia enseñanza. Él es el camino, la verdad y la vida, y Él penetra en nuestro interior, nos transforma desde el interior y nos da la fuerza de su Espíritu Santo para que podamos vivir la vida nueva que Él nos ha dado.

Fijaos cómo cambia la perspectiva de las lecturas de hoy, si consideramos que Jesús es el protagonista. Así, Él, que es muy rico –pues es Uno con Dios, lleno de sabiduría y de amor– se ha humillado hasta hacerse hombre como nosotros y morir en la cruz. Él, que es el mayor de todos los hombres, –porque es plenamente Dios y plenamente hombre– se ha hecho el más pequeño hasta decir con el salmista yo soy un gusano, no un hombre, befa de la gente y despreciado del pueblo (Salmo 21,7). Cuando Él entró en el banquete de boda con la humanidad, Él que era de condición divina, no guardó celosamente su igualdad con Dios, no se puso en el primer lugar, sino que se hizo nada, hasta tomar la condición de esclavo...y tenido por un hombre cualquiera, se abajó y se hizo obediente hasta aceptar la muerte y una muerte de cruz (cf. Fl 2,6-11). Y precisamente entonces, después de esta humillación, el Padre le ha ensalzado, lo ha tomado y le ha dicho Hijo mío, sube más arriba, es decir, le ha resucitado y ahora se sienta a su derecha.

Este camino que Jesucristo ha hecho el primero, ahora lo sigue realizando en cada uno de nosotros. Jesús vive en nosotros y con nosotros ese abajamiento, esa humillación; se hace suyos todos nuestros dolores, angustias y sufrimientos hasta el punto de máximo aniquilamiento que es la muerte. Jesús se pone con nosotros en el último lugar, nos da la fuerza de su Espíritu para vivir en este lugar que es el nuestro, precisamente con la absoluta confianza que el Padre, que invita a su banquete del Reino pobres e inválidos, cojos y ciegos, esto es, los más humillados, quienes lo esperan todo de los demás, nos tomará también a nosotros y nos dirá Amigo, sube más arriba.

Este camino de nuestra vida, que va desde nuestra pobreza hasta la comunión con Dios, se repite cada vez que, en la Misa, vamos a comulgar. En el momento de la comunión se produce un doble movimiento, se encuentran dos caminos: el nuestro, expresado en levantarnos del lugar donde nos sentamos y caminar en procesión hacia el pie del presbiterio, y el de Jesucristo que viene a encontrarnos, que nos sale al encuentro para incorporarnos a Él, para hacerse Uno con nosotros, y que encontramos por la fe en el pan de la eucaristía recibida de manos del presbítero. Un obispo de Jerusalén del s. IV explicaba que, justo en ese momento, debemos poner la mano izquierda bajo la derecha y ofrecerlas como un trono al Señor, al Rey de la gloria que vamos a recibir. Éste es el sentido del gesto que seguimos haciendo hoy. Recibamos la comunión en la mano, o en la boca, con fe y devoción, no la tomamos con los dedos, banalmente. Ofrecemos nuestras manos como signo de nuestra pobreza, de nuestra humanidad débil y necesitada de salvación, deseando por la fe que el Señor mismo nos incorpore a Él y nos diga: amigo, sube más arriba, ven hasta el corazón del mi corazón donde serás plenamente hombre y participarás del todo en la condición de hijo de Dios. 

Y es que nosotros, hermanas y hermanos, gracias al bautismo y a la confirmación, no nos acercamos a una montaña de fuego ardiente, oscuridad, negra nube y tormenta… sino que nos acercamos a la Jerusalén celestial, a la ciudad del Dios vivo, en el encuentro festivo…de los ciudadanos del cielo; nos acercamos a Dios que nos invita al banquete de la boda del Cordero, a la fiesta de la unión de Cristo y la Iglesia, de Dios y la humanidad; nos acercamos, para continuar con la cita de la carta a los Hebreos que hemos oído, a Jesús, el mediador de la nueva alianza. A Él sea dada la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

Abadia de MontserratDomingo XXII del tiempo ordinario (28 de agosto de 2022)

Domingo XXI del tiempo ordinario (21 de agosto de 2022)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (21 de agosto de 2022)

Isaías 66:18-21 / Hebreos 12:5-7.11-13 / Lucas 13:22-30

El comienzo del evangelio que hoy nos ha proclamado el diácono, nos sitúa en contexto: «Jesús, pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén». Los detalles tienen a menudo su importancia porque nos ayudan a situarnos y a dar más valor a las preguntas y respuestas de Jesús. El evangelio de San Lucas ya nos hizo saber que Jesús se proponía ir a Jerusalén, es una peregrinación que, para quienes le seguían y para quienes lo queremos seguir, se convierte en un camino de aprendizaje de la voluntad de Dios. Jesús a través de sus palabras va haciendo una catequesis para la vida para todos los que deseamos seguirle para que, en su seguimiento, Jesús nos lleve al Reino de Dios. Es un camino para ir profundizando en el sentido que debe tener nuestra vida, y cuál debe ser nuestro compromiso y las consecuencias de este compromiso.

La pregunta que se le hace a Jesús puede parecer muy bien intencionada y esclarecedora. De hecho, no se ve quién en concreto le hace la pregunta, quizás un apóstol, otro discípulo que no estaba en la lista de los doce y que iba escuchando lo que decía y hacía… Pero el tono como se formula la pregunta parece que quien se la hace no tenga nada que ver con él. Fijémonos, le dice: «¿son pocos los que se salvan?» Es práctica: hacemos cuentas. Esta cuestión quizá nos la hemos hecho más de una vez y quizás no nos hemos atrevido a decirla en voz alta, pero, sin embargo, la respuesta nos interesa, porque quiero saber si yo puedo ser uno de esos pocos que se salvarán. Y sobre todo cuando oigo que la respuesta nos habla de la puerta estrecha. Y sigue diciendo: «os digo que muchos intentarán entrar y no podrán». Vamos, no parece que sea fácil. ¿Cuáles son los sentimientos que nos suscita?

El mensaje que ha querido dar es que no se trata sólo de escuchar, sino de poner en práctica lo que Jesús ha ido enseñando en el camino hacia Jerusalén. Pero no es suficiente que haya un grado de conocimiento personal como el de quienes no se les abre la puerta, y argumentan: «Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas» Y la respuesta es: «Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”» Aquí está el punto importante. ¿Qué debemos entender por obrar el mal? Seguramente es simplificar mucho la respuesta si sólo decimos: cuando no hemos hecho nada para que la justicia de Dios se abra camino en nuestro mundo. Parece que vienen tiempos especialmente difíciles que, en cierto modo, estamos viviendo, ya ahora, situaciones extremadamente aterradoras en forma de guerra, sin olvidar las situaciones de hambre que van creciendo más y más, o las migraciones que se están repeliendo con violencia, o tantos y tantos permisos de trabajo denegados que dejan a las personas en el limbo más absoluto durante años y años. La indiferencia en el trato, que abandona a las personas en una auténtica soledad y desamparo, también es profundamente injusta. En el camino hacia Jerusalén, lo que enseña y practica Jesús es la atención al otro; una atención que debe vestirse con amor. Lo malo es la indiferencia y el desamor en todos los campos de la vida.

En el evangelio de hoy existe otra parte. La pregunta que le hacían a Jesús era si serían pocos quienes se salvarían. Parece que ahora responde Jesús, como si dijera: ¿pocos? E invita a levantar la mirada y no quedarse mirando a un círculo más bien reducido. Las miradas egóicas son siempre de horizontes con poco alcance. Pero la perspectiva de Dios es la eternidad de la historia de la fe. Es la experiencia de vida de Abraham, Isaac y Jacob, con todos los que se han comprometido a fondo en esta historia de fe como son los profetas. En el Reino de Dios todo el mundo puede tener su sitio en la mesa, gente de oriente y de occidente, del norte y del sur. De todas partes. ¿Y cómo podemos entenderlo? Viviendo a fondo lo que hemos podido saborear en el corazón: la respuesta al salmo que hemos cantado: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio. Y lo haremos desde nuestra experiencia de sentirnos salvados. Porque como decía el salmo: Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. Si te miras a ti, verás tu pobreza; si miras su amor y su fidelidad encontrarás su gracia, su amor, su deseo de que participes en su mesa. La mesa del Reino donde todos estamos invitados.

 

Abadia de MontserratDomingo XXI del tiempo ordinario (21 de agosto de 2022)

Domingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Homilía del P. Bonifaci Tordera, monje de Montserrat (14 de agosto de 2022)

Jeremías 38:4-6.8-10 / Hebreos 12:1-4 / Lucas 12:49-53

 

Las tres lecturas de la Liturgia de hoy nos traen el mismo mensaje: el pecado de la confrontación, de la oposición be-mal.

¿De dónde vienen las oposiciones, a veces tan violentas? ¿No sólo en el campo internacional, sino también entre religiones, entre ciudades, entre familias, entre ideologías? En cualquier lugar donde haya convivencia.

Hemos escuchado en la primera lectura cómo Jeremías anunciaba guerras y derrotas en Israel. No eran palabras halagadoras. Y le sale un falso profeta que le contrapone un mensaje triunfal. Jeremías es castigado y metido en un pozo fangoso. El problema fue no querer atender a las amenazas evidentes que anunciaba Jeremías. Fue el preferir el engaño del bienestar engañoso. Esto nos exhorta a tener coraje para abrir los ojos a la realidad y no al deseo engañoso y ficticio del bienestar.

Ésta, también, es la enseñanza que nos ofrece la carta a los Hebreos. Nos pone el ejemplo de los cristianos que han dado la vida por la fe y nos han dejado el ejemplo de una vida santa. Han luchado y han vencido, por su constancia. Han sabido posponer el bienestar ficticio, asumiendo la contrariedad al igual que Cristo, el modelo por excelencia, que ha llegado al trono de Dios a través de la cruz. Él no se avergonzó de aguantar los escarnios y el martirio, porque la verdad no se puede jugar a los dados. Resistió hasta la muerte, que él puso en manos del Padre, Juez justo que premia el bien, y lo resucitó. Él es nuestro modelo de comportamiento cristiano. Como cristianos también seremos criticados e incluso burlados. Pero nuestra fe tiene el sello de la inmortalidad. Y la verdad no puede desmentirla nadie, aunque le cueste triunfar. ¡Creamos!

La contrariedad de Jesús se resume en su mensaje: “amaos unos a otros tal y como yo os he amado”. Éste es el fuego que Jesús quería que quemara la tierra. Y éste es el fuego que quisieron apagar con su crucifixión. Él predicaba un fuego que quema el mal de la división, del egoísmo, del dominio del fuerte sobre el débil, del rico sobre el pobre, del sabio sobre el ignorante, del sano sobre el enfermo, de la injusticia sobre la justicia. Anunciaba la era del amor, de la comunión, del perdón, del respeto, de la solidaridad, de la compasión. Pero los hombres de la Ley judía no quisieron hacerle caso.

Y parece que sus seguidores no hemos sabido practicarlo durante todos los siglos de cristianismo: porque, ya durante la época apostólica hubo divisiones: si era necesario o no seguir la observancia de la circuncisión y los preceptos del judaísmo. También, en las preferencias de las viudas judías sobre las de origen griego. Y no hablemos de la lucha de San Pablo con los judaizantes. Y, en el s. II, y siglos posteriores, las diversas interpretaciones de la figura de Jesús. Y la división actual de los cristianos, que tanto dificulta la predicación del Evangelio.

Jesús nos reveló quién es Dios, y que en él no hay división alguna, y quiere que los hombres seamos uno, con comunión, en comprensión por las diferencias; que cada uno trate de abrirse a lo que dice el otro, que se abra a los avances de la civilización, que haya adaptación a las novedades positivas de los hombres. Es lo que predica tan insistentemente el Papa Francisco: No encerrarse, no anquilosarse en ideas pasadas, saber acoger lo bueno que nos aporta la nueva cultura, saber cambiar de estilo pastoral y de lenguaje. Superar el clericalismo. El amor sabe acomodarse a todo lo bueno y noble, y las potencia.

A nivel personal tratemos de poner comunión donde hay división, perdón donde existe enemistad, bondad donde existe rigidez, paciencia donde hay dificultad en cambiar. Es decir, intentar hacer la comunión y poner comprensión en las diferencias inevitables que hay entre los hombres. Pero sabiendo que quien pule una piedra, colabora en la cohesión del edificio de la Iglesia.

El amor jamás destruye, siempre edifica. El amor es Dios en nosotros.

Dejémoslo actuar.

 

Abadia de MontserratDomingo XX del tiempo ordinario (14 de agosto de 2022)

Domingo XIX del tiempo ordinario (7 de agosto de 2022)

Homilía del P. Jordi-Agustí Piqué, monje de Montserrat (7 de agosto de 2022)

Sabiduría 18:6-9 / Hebreos 11:1-2.8-19 / Lucas 12:32-48

 

Estimados hermanos y hermanas en Cristo:

El tiempo ordinario, los domingos que siguen a Pentecostés, nos permiten detenernos en las palabras y los actos de Jesús durante su predicación. El hecho de que este domingo tengan relación con Pentecostés – incluso el color verde de los ornamentos hace referencia al antiguo origen de la solemnidad- no es sólo casual. Si el Espíritu Santo prometido debe permitirnos entender todas las cosas, la liturgia nos presenta pedagógicamente las parábolas y los milagros de Jesús para que a la luz del Espíritu Santo recibido en el Bautismo podamos entender de verdad el sentido de las Escrituras. La Eucaristía de cada domingo es, para el cristiano, el contexto imprescindible para entender en la propia vida y en la propia historia lo que dijo y qué nos dice cada día el Señor resucitado.

Tres parábolas se nos presentan hoy: “donde tengáis el tesoro, tendréis vuestro corazón”; “esté a punto y velad”; y la parábola del administrador fiel. La propia liturgia post-conciliar nos da ya una clave de lectura: el tesoro del cristiano es la fe. Una fe que el Pueblo de Israel experimentó en la Pascua de la salida de Egipto y en el paso del Mara Rojo, como nos recordaba la Sabiduría; la fe de Abraham es el paradigma del creyente, como nos recordaba el texto de Herederos. La fe en Cristo es el tesoro del cristiano.

Esta fe debe ser semilla de vida, de gozo, de esperanza y de caridad en medio de nuestro mundo.

No nos precipitemos al hacer falsas interpretaciones o lecturas reductivas del Evangelio de hoy y del tema de las riquezas: ya se perdió mucho tiempo intentando averiguar si Jesús tuvo o no bolsa y sandalias, o convirtiéndolo en un liberador político de los años sesenta. Sólo con la clave de la fe podremos examinar nuestro corazón – y no pensar en el de los demás – y preguntarnos dónde tenemos el centro de nuestra vida, dónde está centrado nuestro corazón, dónde fundamentamos nuestras acciones y omisiones. Igualmente, podremos mirar, a la luz de la fe en Cristo, nuestro mundo, nuestra sociedad, la cultura, los conflictos y nuestras relaciones. Aquí estará nuestro corazón y así podremos usar bien incluso las «riquezas» que Dios nos da. Sin ese fundamento y la luz que viene de Cristo, podemos acabar siendo también nosotros profetas de desgracias.

Los que hemos tenido la suerte de ir a Misa toda la semana hemos escuchado la profecía del profeta Jeremías (Jeremías 28: 1-17): “el profeta de paz y bienaventuranza sólo es creído cuando se cumple su profecía”. Cristo predicó el reino con signos de paz y bienaventuranza que ponen todas las cosas en su sitio. Ratificó su predicación con la muerte y Dios le coronó con la resurrección. Santa María, los mártires y los santos vivieron el seguimiento de Cristo con fidelidad y radicalidad.

Vistamos las nobles armas de la fe, hermanos y hermanas, y difundamos el buen olor de Cristo y de su Palabra, exudemos la luz del Espíritu Santo que hemos recibido y vivamos en la caridad como norma de vida. Por eso, en la fe, al Padre, al Hijo y al Santo Espíritu, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. AMEN

 

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (7 de agosto de 2022)

Domingo XVIII del tiempo ordinario (31 de julio de 2022)

Homilía del P. Ignasi Fossas, monje de Montserrat (31 de julio de 2022)

Eclesiastés 1:2: 2:21-23 / Colosenses 3:1-5.9-11 / Lucas 12:13-21

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El 31 de julio el calendario romano registra la memoria de St. Ignacio de Loyola. Este año celebramos 500 años de su peregrinación a Montserrat y de su estancia en Manresa, y también coincide con los 400 años de su canonización, con motivo de la cual le fue dedicado un altar lateral en nuestra Basílica.

Pero hoy también es domingo, y la celebración de la Pascua semanal pasa por delante, como es natural, de la memoria de San Ignacio. O si se quiere, dicho positivamente, la mejor manera de honrar la memoria de San Ignacio, este gran peregrino de Montserrat, es celebrando la pasión-muerte-resurrección y ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, sedujo y cautivó al corazón de Ignacio hasta hacerle cambiar la vida. Jesucristo se convirtió en el principal objetivo del conocimiento y de la vida de Ignacio.

Y es que una de las características del ser humano es la obsesión por conocer mejor el mundo, los demás y uno mismo. Podríamos añadir, también, el conocimiento de Dios.

El hombre se plantea el cómo y el porqué de todo. Y esa búsqueda incansable distingue la historia de la humanidad. La búsqueda del conocimiento exige poner en práctica diferentes cualidades humanas, como por ejemplo la capacidad de observación y el análisis de la realidad, el razonamiento, la experimentación, la discusión, etc. Enseguida nos damos cuenta de que, en ocasiones, los sentidos nos engañan y que nuestra percepción de la realidad es equivocada. Parece que es el sol que se mueve de oriente a occidente, o que el horizonte del mar es más alto que la tierra firme. Parece que alguien quiere ayudarnos, y en cambio tiene intención de robarnos. Y podríamos ir multiplicando los ejemplos.

La Palabra de Dios nos enseña a percibir y medir mejor la realidad, tanto la realidad personal como la realidad que nos rodea. A primera vista puede parecer que el trabajo, el esfuerzo o la inquietud, el poder, el dinero o el dominio sobre los demás, nos pueden asegurar la vida y la felicidad; y así le ocurrió a San Ignacio durante la primera parte de su vida. Es decir, nos parece que todo esto forma parte de la realidad más fundamental y determinante. Y en cambio no es así, lo oíamos en la primera lectura: Todo esto es en vano. ¿Dónde está el camino para descubrir la realidad auténtica?

El salmo responsorial nos enseñaba que también nuestra percepción del tiempo puede ser sesgada. Todos hemos experimentado que el tiempo nos puede parecer muy corto o muy largo, que puede pasar muy rápido o muy despacio, dependiendo de cuál sea nuestro estado de ánimo, o de si hacemos algo más o menos a gusto, o de si estamos bien de salud o estamos enfermos. Para acabar de complicarlo, el tiempo no es igual para Dios que para nosotros: Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna. Incluso la vida de los hombres es una nada: como hierba que se renueva que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Por eso el salmista exclama ante Dios: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.

San Pablo, en la segunda lectura, nos hace dar un paso más en la búsqueda del conocimiento. Y lo hace señalando a la persona de Cristo resucitado. La conversión a la fe comporta una adhesión plena a la persona viva de Jesucristo, lo que hace cambiar radicalmente nuestra vida. Por el bautismo morimos con Cristo y resucitamos junto a Él. Por eso, os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador. Eso mismo es lo que quiso exteriorizar San Ignacio cuando se quitó sus vestidos de caballero y de soldado, aquí en Montserrat, se los dio a un pobre, y se puso él mismo una saya mucho más sencilla y mucho más simple que había comprado antes de llegar. Este conocimiento pleno del Señor se encuentra en los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Conocer, además para los cristianos, significa amar, y por eso debemos aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra. El conocimiento consiste, por tanto, en la identificación con Cristo. A medida que, por la acción del Espíritu, nos hacemos similares a Él avanzamos hacia el pleno conocimiento. En esto consiste la riqueza verdadera, la felicidad plena, la alegría profunda. En Cristo descubrimos la verdadera dimensión de la realidad. Él renueva nuestros sentidos, por los que podemos captar las cosas y las personas tal y como son realmente, sin engaños ni falsas ilusiones. Pedimos con el salmista que Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. Que vuestro amor, Señor, no tarde más en saciarnos y lo celebraremos con gozo toda la vida.

Abadia de MontserratDomingo XVIII del tiempo ordinario (31 de julio de 2022)

Domingo XVII del tiempo ordinario (24 de julio de 2022)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (24 de julio de 2022)

Génesis 18:20-32 / Colosenses 2:12-14 / Lucas 11:1-13

 

En cierta ocasión, un joven al que se le había muerto de forma prematura un familiar muy cercano se enojó con Dios, y decidió que a partir de entonces sería ateo: así lo afirmó, y así vivió durante un tiempo. Pero un buen día, mientras se preparaba para realizar una actividad que tenía cierto riesgo, se dio cuenta de que, de repente, estaba rezando el Padrenuestro para encomendarse a Dios. Esta oración que Jesús nos enseñaba hoy en el evangelio le brotó espontáneamente del corazón cuando se encontraba en un momento límite, y entonces se preguntó: ¿Qué tipo de ateo soy, pues? Veámoslo.

¿Podemos imaginarnos dos personas que se quieran, pero no se lo digan nunca? ¿O dos personas que se quieran y no se hablen? Es difícil… Pues lo mismo ocurre entre Dios y nosotros: si amamos a Dios, si Dios nos ama, no puede ser que no nos hablemos nunca. Y ese diálogo mutuo entre Dios y nosotros es la oración. Y fijémonos en que decimos “diálogo” y no “monólogo”, aunque nos parezca que en la oración del Padrenuestro sólo somos nosotros quienes hablamos y Dios nos escucha. No es exactamente así. De hecho, en esta oración le pedimos que él hable, que intervenga en nuestras vidas: “hágase su voluntad”, “venga a nosotros tu Reino” … ¿Cómo podemos saber cuál es la voluntad de Dios, y cómo podemos reconocer qué es de su Reino, si no le escuchamos? En la primera lectura Dios y Abraham dialogaban de tú a tú, como podríamos hacer con cualquier persona conocida que encontramos en nuestro día a día. Y es cierto que este diálogo entre Dios y nosotros no se produce de la misma manera, aunque podría parecernos muy práctico… Pero, aunque nos parezca que Dios no nos dice nada y queda siempre en silencio, Dios no deja nunca de hablarnos: pero lo hace de manera sutil, que hay que ir descubriendo. Dios nos habla sobre todo a través de la persona de Jesús, pero también nos habla a través de otras personas, y de las cosas que nos pasan. Lo que ocurre es que, si no tenemos el Espíritu Santo con nosotros, se nos hace difícil comprender y descubrir qué es lo que nos quiere decir. Y por eso Jesús dijo a los discípulos que el Espíritu Santo era su don más preciado, lo que Dios nos da realmente en la oración, y lo que realmente debemos aspirar a tener: «Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, mucho más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden».

Los apóstoles con la Virgen recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Nosotros lo recibimos el día de nuestra Confirmación. Pero lo seguimos recibiendo en cada celebración eucarística: hoy, ahora y aquí que estamos celebrando la Pascua semanal hemos recibido una vez más su Palabra, recibiremos los dones de la Eucaristía, y con ellos recibimos una vez más el Espíritu Santo que es el que, a través de sus dones, nos irá ayudando a descubrir qué es lo que Dios nos quiere decir, qué es lo que espera de nosotros en cada momento, y qué es lo que necesitamos para ir siguiendo adelante en nuestro camino por la vida. Y hoy que es domingo y celebramos la resurrección del Señor, recordamos una vez más que justamente esta resurrección de Jesús es el destino al que todos estamos llamados y hacia el que todos caminamos. Es el mejor regalo que Dios puede hacernos.

Si somos conscientes de todo esto, toda nuestra vida puede convertirse en una oración. Y como un ejemplo vale más que mil palabras, podemos leer ahora un texto anónimo muy ilustrativo, y que al parecer proviene de una placa que hay en un centro de recuperación en Nueva York. Dice así: “Yo había pedido a Dios la fuerza para conseguir el éxito; Él me ha hecho débil para que aprenda humildemente a obedecer. Yo había pedido la salud para hacer grandes cosas; Él me ha dado la enfermedad para que haga cosas mejores. Yo había pedido la riqueza para poder ser feliz; Él me ha dado la pobreza para que pueda ser sensato. Yo había pedido el poder para ser apreciado por los hombres; Él me ha dado la debilidad para que sienta la necesidad de Dios. Yo había pedido un compañero para no vivir solo; Él me ha dado un corazón para que pueda amar a todos mis hermanos. Yo había pedido cosas que puedan alegrar mi vida; Él me ha dado la vida para que pueda alegrarme de todas las cosas. No he tenido nada de lo que había pedido, pero he recibido todo lo esperado. Sin embargo, mis oraciones no formuladas han sido escuchadas. Yo soy de entre los hombres el más abundantemente satisfecho”. Hasta aquí el texto. Quien lo escribió, es seguro que había recibido ese don del Espíritu Santo que le permitía leer todos los acontecimientos de su vida en clave de oración. De todo lo que le pasó, tanto si de entrada lo clasificamos como “bueno” o como “malo”, él sacó la conclusión de que era lo que Dios quería decirle en cada momento. Porque Dios no puede dar nada malo, como un padre no daría una serpiente a su hijo en vez de un pez, o un escorpión en vez de un huevo.

Volviendo a aquel joven que decíamos al principio, pues, ya podemos entender qué le pasaba: aunque él se hubiera rebelado contra Dios, Dios nunca le había dejado. Y se dio cuenta de ello en ese momento límite, cuando la oración brotó espontáneamente de su corazón. La fuerza del Espíritu Santo no le había dejado del todo, y era él quien le ayudaba en ese momento de debilidad, de limitación, de contrariedad… Y después tuvo el éxito que no había pedido, y supo superar contrariedades mucho peores que le vinieron, sin perder la felicidad. Ésta es la finalidad de la oración: no es para obtener lo que nos parece que necesitamos en cada momento, sino para tener con nosotros a Aquel que nos puede ayudar a superarlo todo. Pidamos a Dios su Espíritu Santo con toda la fuerza, y estemos seguros de que el Señor nos escuchará.

Abadia de MontserratDomingo XVII del tiempo ordinario (24 de julio de 2022)

Domingo XVI del tiempo ordinario (17 de julio de 2022)

Homilía del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat (17 de julio de 2022)

Génesis 18:1-10a / Colosenses 1:24-28 / Lucas 10:38-42

 

Estimados hermanos y hermanas,

Tiempos convulsos son los nuestros. Nuestra humanidad está triste, en nuestro país hay desbarajuste. Nos encontramos con un mundo que presenta signos de cansancio más que de impulso; de vacilación más que de entusiasmo; abrumado por una ráfaga de recuperación resentida, más que atraído por una promesa alentadora.

Salíamos de una pandemia y nos encontramos con una guerra que empezamos a olvidar. Y la violencia contra los inmigrantes, atrapados entre la miseria y la muerte, deja un rastro de sangre, como acaba de suceder en la frontera de Melilla. Muchos piensan que estamos perdiendo el alma y que por el mundo se extiende una mancha de deshumanización que llega a hacernos extraños a nosotros mismos. ¿Cómo será posible mantener la alegría en los días turbulentos de la historia de la humanidad? ¿Cómo nos será posible cansados soportar el desgaste de los tiempos sin perder la esperanza? ¿Qué caminos hay que seguir para andar juntos, decidir juntos, vivir en comunión con personas, historias, culturas tan distintas?

Mientras meditamos esta situación, nos llega el reto: “Marta, Marta, estás preocupada y nerviosa por muchas cosas…”. Reconocemos respetuosa la voz del Señor, pero nos dan ganas de decir con el salmista: “¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes? Desvela, no nos rechaces para siempre. ¿Por qué nos escondes la mirada y olvidas el dolor que nos oprime?… ¡Levántate, ven a ayudarnos! ¡Libéranos por el amor que nos tienes!” (Sal 44, 24-27).

Como cuando los apóstoles veían que se hundía la barca, el salmo nos viene al pensamiento; pero el oído oye el eco: “Marta, Marta, estás preocupada y nerviosa por muchas cosas…”. Y san Bernardo nos avisa de que “demasiadas ocupaciones, una vida frenética, a menudo acaban por endurecer el corazón y hace sufrir el espíritu” (De consideratione II,3).

¿Cómo saldremos del callejón sin salida? La liturgia de hoy, con el bello pasaje de la hospitalidad que Abraham ofrece y el salmo que nos hablaba de vivir en la casa de Dios, en la montaña sagrada, parece que haga hincapié en la hospitalidad, y que, por tanto, Dios bendice la caridad de la actividad diaria. En una palabra, la liturgia toma partido por Marta, no por María. Pero en realidad la enseñanza de Jesús que “María [de Betania] ha escogido la parte mejor” nos viene a decir sintéticamente algo: que no debemos condenar la actividad a favor de los demás, sino que debemos subrayar que debe estar penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación. No debemos perdernos en el activismo puro, sino que siempre debemos dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios.

En consonancia con esta Palabra divina podremos entender aquella afirmación central de la predicación de Jesús: “Buscad el Reino de Dios, y esto [es decir, las cosas necesarias] se os dará por añadidura” (Lc 12,31). El Reino de Dios significa que Dios está presente y actúa. Y esta fe que lo ha de empapar todo, tal y como llenaba la vida entera de Jesús, nos hará comprender todos los contrastes del Evangelio: tanto los que encontramos en las parábolas, como los de las explicaciones con las que él acompañaba sus gestos.

Visto así, el contraste entre la inquietud de Marta, que también es la nuestra, y la serenidad de María, que también debe ser la nuestra, nos hace comprender el mensaje de Jesús. Los deberes que la Iglesia nos asigna hoy en el primer cuaderno de este verano tan caluroso es éste: fijarnos en los ejemplos que a nuestro alrededor podemos encontrar de personas llenas de generosidad porque han hecho caso a la Palabra de Dios.

Tiempos convulsos, los nuestros. Pero cuanto más oscuro es el horizonte, más destaca la estrella que da luz a nuestros pasos y nos ilumina el camino.

Abadia de MontserratDomingo XVI del tiempo ordinario (17 de julio de 2022)

Domingo XV del tiempo ordinario (10 de julio de 2022)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 de julio de 2022)

Deuteronomio 30:10-14 / Colosenses 1:15-20 / Lucas 10:25-37

 

Estimados hermanos y hermanas,

La liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece para nuestra contemplación y oración la parábola del Buen samaritano, que como toda parábola tiene una ambientación dramática, en este caso evidente, y un núcleo central, que es lo más importante: Dios mismo y su Reino.

En el relato de hoy, nos encontramos, en primer lugar, con un maestro de la Ley cuya intención es poner a Jesús a prueba con una pregunta sobre lo que debe hacer para tener la vida eterna. Tratándose de una pregunta trampa, Jesús se limita a pedirle qué está escrito en la Ley, ya que siendo un maestro lo sabía perfectamente. Le dice: en la Ley está escrito “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”. La respuesta gusta a Jesús y le pide ir más allá: “Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida”.

La invitación a poner en práctica lo que está escrito en la Ley no debió de convencerle demasiado ya que o no sabía cómo hacerlo o intuía que se trataba de algo serio que le obligaba a un cambio radical en su vida. Por eso, el mismo evangelista nos dice que con ganas de justificarse, preguntó de nuevo: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús ante esta insistencia le explica una parábola que cambia el significado de sus preguntas, como iremos viendo a lo largo de esta reflexión.

En la respuesta parabólica de Jesús vemos cómo un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, un trayecto no fácil en aquel tiempo y más si se hacía solo. En un momento determinado del trayecto este hombre, de quien no se nos dice en ningún momento ni el nombre, ni si era judío, pagano o samaritano, cayó en manos de ladrones, que le desnudaron, le apalearon y se fueron dejándolo medio muerto, es decir, le abandonaron a su desdicha.

Sin introducción alguna aparecen casualmente, bajando por el mismo camino, un sacerdote que lo vio, pero pasó de largo por el otro lado. Igualmente, un levita que también pasó de largo por el otro lado.

La actitud del sacerdote y del levita hacen nacer la indignación en los lectores de la parábola. Y es normal. Ante la injusticia o actitudes poco nobles nos indignamos. Y hacemos bien en hacerlo. Pero al contemplar un texto evangélico no debemos olvidar que la Escritura no habla nunca en tercera persona del singular, sino que cada uno de nosotros puede poner su nombre encima o debajo de las actitudes de todos y cada uno de los personajes que aparecen, también en el de los anónimos sacerdote y levita de ese relato. En este punto, cada uno debe tratar de ver cómo su nombre, su historia, encuentra un reflejo en la misma Palabra de Dios que es la Escritura, sabiendo que Dios es el único que conoce con nitidez la vida de cada uno, es decir, tal y como Él la ha creado. Y esto nos da confianza en el desfallecimiento.

Continuando con la reflexión de la parábola, un samaritano que viajaba por aquel lugar, supongamos que casualmente al igual que lo hacían el sacerdote y el levita, cuando llegó lo vio, se compadeció y se acercó a él.

Verle, compadecerse, acercársele, tres realidades rebosantes de humanidad. Por eso, creo que podemos decir que no hay humanidad sin compasión, siendo ésta la menos “sentimental” de los sentimientos, ya que detenerse y acercarse a la realidad que se ha visto del otro pide un proceso para ir creando en el propio corazón unas actitudes que hacen estar atentos a la realidad de quienes sufren. Seguro que aquel anónimo samaritano hijo de un pueblo considerado por los judíos como personas hostiles, despreciables, que no participaban del culto del templo de Jerusalén, donde precisamente el sacerdote y el levita ejercían su oficio, había ido trabajando en su interior actitudes profundas que se desprenden de la Ley, es decir, amar al Señor, con todo el corazón y a los demás como a uno mismo.

El samaritano va aún más allá. No sabiendo si estaba vivo o muerto le toca, vendándole las heridas después de haberlas curado. Si el herido ya estaba muerto, el samaritano tocándolo se convertía en un hombre impuro. Por eso impresiona cómo el evangelista no esquiva la pregunta del maestro de la Ley, como tampoco la esquivó Jesús, sino que le ofrece y nos ofrece a nosotros la concreción fáctica y práctica del Decálogo indicando, uno tras otro, diez verbos para describir el plan de amor de Dios: ver, compadecerse, acercarse, calmar, vendar, cargar, llevar, cuidar y volver, por si todavía se necesita algo.

Jesús cambia la pregunta del maestro de la Ley: quién es mi prójimo. La pregunta de Jesús es otra: quien se hizo prójimo. Por eso, los seguidores de Jesús se preguntan: ¿quién me necesita? En principio el prójimo no lo elegimos, muy a menudo se nos impone, nos lo encontramos en los múltiples caminos de la vida. Ciertamente, podemos cerrar los ojos para no verlo, pero no por eso su pobreza, su miseria, sus heridas dejarán de mirarnos.

Al empezar esta reflexión decía que toda parábola contiene un núcleo central, imperceptible a veces, que es Dios mismo y su Reino. ¿No os parece que ese Dios que sólo puede amar es el que constantemente nos ve, se compadece, se acerca, amorosamente, venda nuestras llagas, se nos carga en el hombro como el buen pastor, nos lleva, cuida de nosotros y vuelve, siempre, insistentemente, indefectiblemente, por si todavía nos conviene algo para que no nos apartemos de Él?

Abadia de MontserratDomingo XV del tiempo ordinario (10 de julio de 2022)

Domingo XIV del tiempo ordinario (3 de julio de 2022)

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (3 de julio de 2022)

Isaías 66:10-14c / Gálatas 6:14-18 / Lucas 10:1-12.17-20

 

Cada domingo nos encontramos para escuchar la palabra de Dios y compartir la fe, celebrando el memorial del Señor; es decir, recordemos y revivimos la donación profunda y auténtica de Jesús hasta dar su vida. En el fondo estamos poniendo en práctica lo mismo que hacían los seguidores de Jesús en su tiempo. Escuchaban las enseñanzas de Jesús, como nosotros tenemos oportunidad de escucharlas de la voz del diácono. Aprendían y aprendemos cuáles eran los objetivos de Jesús, cuál era su enseñanza y a qué daba valor.

El relato que hoy hemos escuchado es la continuación de la narración del pasado domingo, en que oímos que el evangelio nos decía que Jesús «resolvió decididamente encaminarse a Jerusalén». Durante su camino hacia Jerusalén Jesús no dejará de enseñar y enseñarnos, pero sabemos que encaminarse a Jerusalén significa que, al final de su camino a Jerusalén, Jesús sufrirá la muerte en cruz y que los discípulos se dispersarán.

El evangelio nos dice que Jesús tuvo la iniciativa de escoger a 72 para pedirles que se adelantaran, de dos en dos, hacia cada pueblo. Cuando el evangelista ha puesto el número de 72 lo ha hecho para subrayar que fueron a todas partes y que eran muchos. ¿Qué debían hacer? Nos ha dicho: decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros». Nada distinto de lo que habían visto hacer a Jesús. Seguramente nos encontramos ante la misión clave de los discípulos de Jesús. Hacer lo que hacía Jesús y como lo hacía Jesús.

El evangelista nos lo ha ido explicando, muy pedagógicamente: cuál es el núcleo de la predicación de Jesús, pero también ha añadido la actitud con la que debe hacerse. Iría muy bien que nos paráramos y nos fijáramos uno por uno en todos los detalles que especifica la narración que hemos escuchado. Seguramente que nos alargaríamos mucho, y quizás ahora no es el momento más adecuado; pero sí conviene hacer unas breves reflexiones…

Cuando acogemos el evangelio no estamos mirando unos hechos pasados, sino que, para nosotros que somos discípulos, también deben servirnos para hoy, para ahora. Porque nuestra misión como discípulos es decir a todo el mundo que el Reino de Dios está muy cerca. Por eso debemos preguntarnos si es éste, cuando nos identificamos como cristianos, el mensaje que damos. El testimonio debe ser de esperanza, y no desesperanzado por el pesimismo de una situación como la actual, llena de incertidumbre y de violencia, enterrada y explícita como la guerra de Ucrania y sus consecuencias, morales y materiales. Lo tenemos que hacer con nuestra vida y nuestra autenticidad, es decir con elementos que no distorsionen el mensaje, «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino». Porque puede que nos paremos comentando aspectos de la vida, pero que no vamos a fondo y nos olvidemos de la necesidad de dar un mensaje alentador y comprometido.

Cuando nos dice que los envía como «corderos en medio de lobos» no nos está diciendo que la misión sea fácil; los resentimientos personales y colectivos son muy desgarradores y destructores de la propia integridad. Y Jesús nos dice que primero saludemos: «Paz a esta casa». La paz de Jesús no es ausencia de conflicto, sino que está empapada de justicia y de amor. Fijémonos en que hoy las tensiones económicas y políticas van haciendo aún mayores las diferencias entre los hombres. La paz de Jesús es la que permite quedarse en la casa donde se luche por una verdadera vida en la que se comparta «comiendo y bebiendo de lo que tengan». Compartir, ¡qué palabra más maravillosa si la practicamos! Pero la enseñanza de Jesús no se impone por la fuerza, propone, por eso no se trata de forzar, sino que pide que quede claro el mensaje, de ahí que recomiende que se proclame, en caso de no ser acogidos: «El reino de Dios. ha llegado a vosotros». Toda una forma de hacer, toda una forma de ser. Ésta es la manera de hacer y de ser de Jesús.

Debemos ser conscientes de que la última etapa de Jesús será la cruz. Seguramente para muchos, yo me incluyo, la cruz nos da miedo. Tenemos a Pablo que es un discípulo privilegiado que profundiza en su vida el significado de la cruz y con él podemos atrevernos a decir: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». Porque sabemos que la cruz es el portal de la resurrección, del Reino de Dios. Sí, podemos terminar como ha terminado hoy San Pablo diciendo: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén»

Abadia de MontserratDomingo XIV del tiempo ordinario (3 de julio de 2022)