Domingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (8 de agosto de 2021)

I Reyes 19:4-8 / Efesios 4:30-5:24 / Juan 6:41-51

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar un fragmento del capítulo sexto del Evangelio de San Juan, al que los entendidos llaman el discurso del pan de vida. Este discurso comienza con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, dando de comer a una multitud, al igual que Dios hizo en el desierto con su pueblo, y después de cruzar el mar. En él se nos presenta a Jesús como el verdadero pan del cielo, un término que el Antiguo Testamento utiliza para el maná, y del que la humanidad, no sólo el pueblo de Israel, debe alimentarse por la fe. Él es el medio por el que llega la vida de Dios al mundo. En el fragmento que hemos oído hoy el Señor revela el sentido de la vida cristiana y cómo este es el fruto, no tanto del esfuerzo de cada uno de nosotros, como de dejarse atraer por Él.

Los judíos habían puesto en duda el papel de Jesús como enviado de Dios, señalando su humanidad: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». ¿Quién les podría reprochar su incredulidad? Pero Jesús les responde a partir de las Escrituras e indicando la necesidad de la intervención del Padre en el origen de la fe. Reconocer a Jesús es entrar en el misterio divino, lo que no puede realizarse sin la iniciativa de Dios.

Dice el Evangelio: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.» Ir a Jesús es lo mismo que creer en Jesús. Con estos términos se describe la fe como una relación, como acercarse a una persona. A Jesús lo encontramos en la lectura del Evangelio, en la Eucaristía, en los hermanos, pero el creer es más que verlo: hay que acercarse a Él, hay que dar el paso de la fe, hacerse amigo, porque «ir a él» es aceptar la invitación de Dios.

Puede parecer más natural o más fácil buscar en otro lugar el sentido de nuestra vida, en certezas aparentemente más sólidas, más inmediatas o que creemos que dependen únicamente de nosotros mismos. Pero, en realidad es una ilusión, todos conocemos las limitaciones y la fragilidad de las cosas humanas. Es mucho mejor confiar en Dios, que ha escogido la finitud para manifestar el infinito, que ha escogido las palabras de un hombre para manifestar su Palabra.

No hay necesidad de esfuerzos sobre humanos para comprender las cosas del cielo. Quien desee conocer a Dios debe conocer a su Hijo. Quien quiera comprender el misterio de Dios, basta que lea el Evangelio. Quien se deja atraer por el Evangelio se deja atraer por Dios y recibe un alimento que no muere; un amor que no traiciona, sino que dura eternamente y es capaz de transmitirnos la vida que dura para siempre.

Alimentarse de Cristo significa saber acogerlo en la propia vida y dejar que su Palabra se convierta en la energía que alimenta nuestras acciones, los pensamientos y las palabras y dirige toda la voluntad hacia la voluntad de Aquel que quiere que seamos como Él en todas las cosas, que seamos verdaderamente santos.

En Jesús la vida encuentra la satisfacción de sus necesidades, porque Él es la respuesta a lo que se encuentra en el fondo de toda búsqueda. Jesús es el verdadero pan de vida, y no el maná del desierto. La diferencia entre ambos se encuentra en sus consecuencias, la muerte o la vida.

Hermanos y hermanas, el pan ofrecido en el desierto a Elías, agotado por la fatiga y deprimido por el deseo de muerte, se convierte para nosotros en un símbolo del «pan de vida» que es Jesús. El agua ofrecida junto con el pan se convierte para nosotros en un símbolo del don de la vida eterna, del don del Espíritu Santo. Como Elías, caminemos hacia la montaña de Dios, el Horeb de la presencia del Padre que nos espera a todos para la comunión eterna con Él.

Abadia de MontserratDomingo XIX del tiempo ordinario (8 de agosto de 2021)

Domingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (9 de agosto de 2020)

1 Reyes 19:9a,11a – Romanos 9:1-5 – Mateo 14:22-33

 

El evangelio de este domingo es continuación del pasado domingo, donde Jesús ante la multitud necesitada, siente compasión, cura los enfermos y antes de despedirlos, pide a sus discípulos que les den de comer con sólo cinco panes y dos peces.

En la escena de hoy, después de despedir a la gente, Jesús pide a sus discípulos que cojan la barca y se adelanten hacia la otra orilla mientras él se queda solo orando hasta altas horas de la madrugada; los discípulos están en la barca en medio del lago, donde deberán afrontar grandes dificultades y, además, Jesús no está con ellos. Tienen miedo. Sin embargo, no los abandona y se les aparece durante la noche pero ellos no lo reconocen. Jesús espera de sus discípulos una fe confiada, se acerca caminando sobre el agua y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Pedro confía en la palabra de Jesús, va a su encuentro y camina hacia él sobre el agua por indicación del maestro, pero empieza a hundirse en el momento en que desconfía. Entonces gritó: «Señor, sálvame». Y Jesús le dio la mano diciéndole: «¿Por qué has dudado?»

Este pasaje, si lo miramos bien, nos muestra dos maneras de afrontar nuestra relación con Jesús: ¡o confiamos o perecemos! Jesús nos pide confianza ante las situaciones de la vida y nosotros le pedimos pruebas. Como Pedro exigimos signos, milagros, y quisiéramos caminar sobre el agua para asegurarnos en quien ponemos la confianza.

Como en el caso de Elías, quisiéramos que Dios se manifestara con hechos extraordinarios, grandiosos y tan evidentes que nos ahorraran la fe, ya que como Pedro, no nos es fácil reconocer a Jesús en medio del temporal o las dificultades de la vida y nos preguntamos: ¿no será una fantasma caminando sobre el agua? ¿No será todo un espejismo, un engaño? ¿No será Jesús y su Evangelio una ilusión bella y efímera, sin consistencia real?

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, una evocación de la Iglesia. Como aquellos discípulos amedrentados, también nosotros estamos en la barca donde, en medio de las contrariedades y dudas, necesitamos purificar nuestra mirada, necesitamos reconocer a Jesús que nos viene al encuentro discretamente, sin evidencias espectaculares, y quien sabe si nuestra poca fe, la desconfianza o el desconcierto que podamos experimentar en nuestra vida de cristianos, nos hace ver su mano salvadora como una realidad que no acabamos de ver claramente, angustiados por las crisis, las dudas, los temores y la sensación de ausencia de Dios que a veces se apodera de nuestras vidas. Entonces es cuando vemos puesta a prueba nuestra fe y como Pedro nos acobardamos y empezamos a hundirnos.

Es en estos momentos cuando podemos sentir en nuestro interior la voz alentadora de Jesús, que nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Y si hacemos nuestra esta palabra, podremos revivir también la experiencia de Pedro: caminar sobre el agua, es decir, caminar hacia Jesús a pesar de la inconsistencia de nuestra fe, sabiendo que más allá de la fuerza del viento y la inestabilidad que podamos sentir, siempre podemos gritar como Pedro: «¡Señor, sálvame»! Será entonces cuando percibiremos a Jesús como quien sostiene nuestra vida y no nos deja a merced de nuestros miedos y nuestras inseguridades.

El evangelio de hoy, hermanos, nos invita a subir a la barca; a sentirnos comunidad de creyentes e ir mar adentro para lanzarnos a la aventura de la vida desde esta realidad acogedora ya la vez frágil que es la Iglesia.

Es también esta la experiencia de vida del obispo Pere Casaldáliga. Su testimonio nos es un estímulo y un ejemplo de libertad evangélica y reconocimiento de Jesús y de su Reino en la presencia y la lucha a favor de los más vulnerables y excluidos por los poderosos de este mundo.

Como dice en uno de sus poemas:

» Al acecho del Reino diferente,

voy amando las cosas y la gente,

ciudadano de todo y extranjero.

Y me llama Tu paz como un abismo

mientras cruzo las sombras, guerrillero

del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo «.

(En Exodo. Pedro Casaldáliga)

Si estamos atentos a la llamada de Jesús veremos como más allá de las inclemencias, sombras y dudas que experimentamos, se nos hace cercano el murmullo de su palabra y nos da la mano, a pesar de nuestra poca fe para acercarnos a Él que nos viene al encuentro y podamos decir como aquellos discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14,33).

Que esta Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y también podamos decir como el apóstol y tantos otros seguidores de Jesús: «sé bien en quién he creído» (2 Tm 1,12).

Abadia de MontserratDomingo de la XIX semana de durante el año (9 agosto 2020)