Domingo IV del tiempo ordinario (31 de enero de 2021)

Homilía del P. Damià M Roure, monje de Montserrat (31 enero 2021)

Deuteronomio 18:15-20 / 1 Corintios 7:32-35 / Marcos 1:21-28

 

La primera lectura que hemos escuchado nos hablaba de la relación entre Dios y Moisés. El Señor le decía: «Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande». Y, a continuación, Moisés transmitió a mucha gente, tanto como podía, lo que él había recibido de Dios, y cómo Dios ama a todos. Nosotros, cristianos, admiramos de este patriarca su capacidad de acoger y de comprender lo que Dios quería enseñar y transmitir. Es una voluntad de Dios, que ha llegado hasta nosotros.

En las palabras de Jesús que hemos oído en el Evangelio podemos seguir claramente lo que explicó él mismo a los primeros discípulos para que ellos lo vivieran y lo transmitieran a todos. Una de las principales recomendaciones de Jesús -que ha pasado de generación en generación- es el deseo de Dios que se respete el bien de cada persona y que sea tratada humanamente con un respeto sincero.

En el evangelio que acabamos de escuchar, san Marcos nos hacía ver como Jesús actuaba con autoridad para ayudar a quienes lo necesitaban, concretamente curaba un enfermo, cosa que los discípulos de Jesús siempre han tomado como una actitud de ayuda, porque expresa el deseo de Dios que se consiga el bien de todos. Es por ello que tanto los primeros discípulos de Jesús, como los cristianos de todos los tiempos han abierto el corazón para descubrir, cada vez con más claridad, lo que nos aporta Jesús, y cómo nos hace conscientes de ayudar a los más necesitados y nos ayuda a hacernos saber qué nos ofrece Dios en el concreto de nuestra vida. De esta manera nos ayuda a superar muchas dificultades y crear una buena convivencia.

Por eso podemos decir siempre: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». Estas palabras nos ayudan a crear en nuestro entorno un ambiente de buen trato y de solidaridad, tal como lo desea Jesús, para el bien de la familia, del pueblo, de la ciudad y de todo el mundo, porque el espacio donde vivimos lo formamos entre todos.

Por nuestra parte, nosotros hemos de orientarnos bien porque Jesús, nos ofrece un camino a seguir que nos impulsa a vivir con estimación, con coraje y con esperanza. Es una manera de tratarnos que nos ayuda, tanto en la familia, como en la amistad con los amigos, como con la gente con la que trabajamos, y también en la comunidad eclesial y en la vida religiosa. Si lo miramos bien, es un gozo para todos trabajar para que la gran comunidad que es la iglesia, en medio de cada pueblo y en medio del mundo, sea una gran familia, que incluya también a la gente más necesitada.

Tal como lo deseaba Jesús, toda la actividad de la Iglesia busca el bien integral de cada persona, alentándonos a poner remedio a tantas miserias, y crear, tanto como podamos, un ambiente constructivo para el bien de todos. De esta manera con todas aquellas actitudes que Jesús supo llevar a cabo y enseñar, conviene mantenerlas hoy para mejorar la salud y el bien de cada persona y conseguir así una mejor calidad de vida.

Afortunadamente, la palabra de Jesús nos ha sido conservada en los evangelios y transmitida a lo largo de todas las generaciones que nos han precedido. Gracias a ello tenemos un medio que nos orienta para favorecer el diálogo con todo el mundo y el respeto en medio de las circunstancias que nos presenta la vida. Poco a poco tenemos, así, la posibilidad de descubrir, cada vez más, que de verdad vale la pena ser cristianos de corazón, de espíritu y de hecho.

En el evangelio de hoy, Jesús nos empuja, pues, y nos ayuda a crecer, tanto en la inteligencia como en el corazón. Él lo dice con una expresión muy simple: «el Reino de Dios está cerca». Trabajemos, pues, para crear cada uno esta unidad de fe, de sentido de justicia, de comprensión mutua y de ayuda entre todos. Esto nos dará consistencia y nos ayudará a crecer como personas en el mundo en que vivimos. Pidamos a Dios los dones necesarios para seguir adelante y démosle gracias de todo corazón, ahora que continuamos la celebración de la misa, acogiendo y agradeciendo todo lo que Jesucristo nos ha ofrecido.

 

 

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