Domingo IV de Adviento (19 de diciembre de 2021)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (19 de diciembre de 2021)

Miquees 5:1-4a / Hebreus 10:5-10 / Lluc 1:39-45

 

Estimados hermanos y hermanas,

Acabamos de escuchar el texto evangélico conocido con el nombre de “la visitación”, que en el conjunto del evangelio según san Lucas está precedido por el relato del anuncio del ángel Gabriel a María de su maternidad por obra del Espíritu Santo. Subrayo esto, al inicio de esta reflexión, porque es importante no desligar ambos textos.

En la anunciación, Gabriel, el mensajero de Dios, es enviado a una joven de Nazaret, llamada María, para hacerle saber que ha encontrado gracia a los ojos de Dios y que Éste la ha escogido para ser madre del Hijo del Altísimo. La disposición de María para acoger esta llamada nos la hace ver como una mujer que vive abierta y atenta de forma incondicional a la Palabra de Dios, que en esta ocasión le está dirigida directamente.

Una vez el ángel se retira para que el misterio de la presencia del Espíritu en María se realice en el silencio y en la intimidad, María se levanta decidida y se va a la montaña de Judá, a casa de su prima Isabel, una mujer ya muy mayor, que también como ella esperaba un hijo.

Dicho esto, conviene que nos fijemos en un primer aspecto muy importante: siempre que escuchemos la Palabra de Dios, siempre que hagamos un rato de oración, siempre que participemos en la celebración de la Eucaristía o de otros sacramentos, no podemos quedarnos parados, impasibles, en nuestra casa o encerrados en las propias seguridades o miedos. La Palabra de Dios, que es Buena Noticia en toda ocasión, nos empuja a serlo también nosotros para aquellos que viven marcados por la necesidad o por la tragedia. María dejando a un lado su seguridad y no contemplándose a sí misma, sale decidida hacia Judea para tratar de ser una ayuda y una compañía para su prima. María nos aparece como la mujer de la caridad, la mujer misionera. Por eso no es de extrañar, que al encontrarse las dos madres, estalle por parte de ambas un canto de acción de gracias, que hace saltar de entusiasmo al niño que Isabel lleva en las entrañas.

“en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre», gritó Isabel llena de gozo. La presencia de Dios en nuestra vida, tal y como María la llevaba en su seno, y también en la vida de los demás es fuente de gozo, ya que Dios es el verdadero origen y la plenitud de nuestra alegría. Por eso os invito a preguntarnos: ¿Qué irradio a mi entorno: paz, alegría, serenidad, confianza o, por el contrario, desbarajuste, mal humor, desconfianza, desazón, etc.?

Para irradiar alegría verdadera, tal y como nos invitaba la liturgia del pasado domingo, es necesario que seamos capaces, como María, de acoger con fe al Señor, en nuestro corazón, no olvidando nunca, que la alegría verdadera va íntimamente ligada al espíritu de servicio. María era plenamente feliz, como toda madre que espera un hijo, pero esto no le fue ningún obstáculo, ni durante el embarazo ni después, para hacer felices a quienes le rodeaban. Entre ellos también estamos cada uno de nosotros, ya que Ella se ha convertido en la madre de todos los creyentes.

» ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!… Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá», continuó diciendo Isabel haciendo un elogio de la fe de María, que sin duda fue muy mayor.

La grandeza de fe de María no excluye que viviera con desconcierto y sin entender muchas de las cosas que le sucedieron a sí misma o a su Hijo Jesús. Sin embargo María confió siempre en el Señor y ésta fue la clave de bóveda de su fe, de su disponibilidad, de su sí incondicional y para siempre. Por eso, todo lo que el Señor le prometió se cumplió. Promesa que tuvo su plenitud al pie de la cruz y en el amanecer luminoso de la mañana de Pascua.

Hermanos y hermanas, la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Jesús, es para nosotros el cumplimiento de la promesa que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros y que nos ha renovado, como cada año, en este Adviento, que ya toca en su final.

 

 

 

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